Imagen ilustrativa.pixabay.com/fernando zhiminaicela

A la mayoría esto parece no interesarle, porque "es adicta a sus teléfonos inteligentes", se lamenta un investigador de la Universidad de California en Berkeley.

 

Los teléfonos celulares aumentan drásticamente el riesgo de desarrollar tumores cerebrales, debido a que la radiación que emiten es dañina, advierten científicos de la Universidad de California en Berkeley (EE.UU.).

El uso a largo plazo de esos dispositivos plantea riesgos para la salud, de tal forma que si se usan 17 minutos al día durante un período de 10 años aumenta en un 60 % el riesgo de sufrir cáncer de cerebro, afirma Joel Moskowitz, investigador de la entidad educativa.

La radiación que emiten los teléfonos celulares puede aumentar el estrés oxidativo, causar hipersensibilidad y alteraciones bioquímicas en los sistemas inmunológico y circulatorio. Sin embargo, a la mayoría de la gente esto parece no interesarle, porque "es adicta a sus teléfonos inteligentes", se lamenta Moskowitz.

Con el objetivo de disminuir la exposición a la radiación, ese investigador recomienda minimizar el uso de teléfonos celulares, así como desactivar el Wi-Fi y Bluetooth. Además aconseja mantener el dispositivo a unos 25 centímetros de distancia del cuerpo, no dormir junto al teléfono, apagarlo y si lo lleva en el bolsillo activar el modo avión. También sugiere usar auriculares con cable o altavoces para llamadas y usar el teléfono celular solo cuando la señal sea fuerte, puesto que esos dispositivos están diseñados para aumentar la radiación cuando la señal es deficiente.

Publicado: 9 jul 2021 06:20 GMT

Serían bajo estado de emergencia los Juegos Olímpicos de Tokio

Tokio. El incremento de casos de Covid-19 en Tokio alcanzó su punto más alto en dos meses, lo cual casi garantiza que el gobierno de Japón declarará un nuevo estado de emergencia a partir de la próxima semana y que continuará durante los Juegos Olímpicos de Tokio, que darán inicio el 23 de julio.

La cita veraniega ha seguido adelante haciendo caso omiso de las recomendaciones de los expertos sanitarios. La insistencia obedece en buena medida a que el aplazamiento de las justas afectó los ingresos del Comité Olímpico Internacional (COI). Casi 75 por ciento de lo que factura entra por la ven-ta de los derechos audiovisuales y se calcula que perderían entre 3 mil y 4 mil millones de dólares con una cancelación.

Thomas Bach, presidente del COI, tiene previsto llegar a la ciudad de Tokio este jueves y cumplirá una cuarentena de tres días en un hotel cinco estrellas destinado a miembros del organismo.

Un nuevo estado de emergencia impediría que hasta los propios japoneses puedan acudir a las competencias. La decisión sobre si se permiten o no espectadores se tomaría el viernes, cuando los organizadores locales se reúnan con el organismo internacional y otras entidades.

El cuasi estado de emergencia que rige actualmente debe culminar el domingo.

Tokio reportó 920 nuevos casos ayer, en alza con respecto a los 714 del pasado miércoles. Se trata de la mayor cantidad desde los mil diez del 13 de mayo.

El primer ministro Yoshihide Suga se reunió con su gabinete para analizar las medidas contra el virus y, según versiones de prensa, contempla volver a imponer hoy un estado de emergencia en la capital, hasta el 22 de agosto. Los Juegos acaban el 8 de agosto.

Suga no confirmó las versiones, pero resaltó el repunte de casos en Tokio y prometió "hacer todo lo posible para prevenir la propagación de contagios".

Los espectadores extranjeros fueron vetados hace varios meses atrás, pero hace dos semanas se anunció que las sedes podrían tener una capacidad máxima de 50 por ciento, con un techo de 10 mil asistentes.

Publicado enInternacional
La filósofa francesa Claire Marin reflexiona sobre las "rupturas" en el mundo capitalista

"El liberalismo disimula lo doloroso detrás de la idea de adaptabilidad"

Tras superar una larga enfermedad, escribió un libro que fue suceso en Francia y se editó en la Argentina. Allí interroga las experiencias límite que atraviesan siempre nuestras vidas, y que sin embargo el mundo capitalista busca esconder bajo la alfombra. La pandemia abrió una nueva percepción de lo que implica "romper", esta vez a nivel global. 

 

Hermosas, inconfesables, dolorosas, trágicas o salvadoras, las rupturas atraviesan toda nuestra vida. Romper es sufrir y renacer, o, también, perderse para siempre. Algo tan íntimo y común a la condición humana como la ruptura no figura entre las reflexiones filosóficas predilectas. Y, sin embargo, la ruptura es, a su manera demoledora, la batuta de nuestras existencias. Alguien, en ese mundo trastornado por la ruptura global que introdujo la pandemia, se puso a pensar en ello mucho antes del virus. Se trata de la filosofa francesa Claire Marin, cuyo libro Rupturas (publicado en español por Alienta Editorial) interroga esa experiencia límite sin caer en ninguna de las tentaciones más fáciles: no es un tratado para consolar a los que sufren, ni un intento de ver la ruptura bajo la lupa de la incongruente psicología híper positiva tan promocionada por los gringos, ni tampoco un ungüento literario sobre el dolor, la tragedia, la separación o la catástrofe. 

Claire Marin pertenece a la corriente de “los filósofos de lo íntimo” y ello la condujo a pensar la ruptura, el lugar que tiene en nuestras vidas, lo que produce, sus mitos, sus alcances y sus límites, así como su variable ideológica. Porque, a no dudarlo, la ruptura también cuenta con una mirada ideológica. El ultra liberalismo ponzoñoso, por ejemplo, la niega, ni quiere oír hablar de ella, ni de sus consecuencias. El liberalismo necesita que admitamos las rupturas que el sistema propone como si fuera un deber religioso. En este ensayo delicioso y alentador, Claire Marin recorre el amplio catalogo de la ruptura: separación, engaño amoroso, perdida de trabajo, viaje, tragedias, desaparición de seres queridos. En suma, la infinidad de terremotos que cimbran las costas de nuestras vidas, las incertidumbres majestuosas a las que las rupturas dan lugar y nuestra curiosa incapacidad o capacidad para seguir con la melodía, imponernos a las catástrofes, superar las fronteras dolorosas y, de allí, empezar nuevas vidas. 

Publicó antes de la ruptura universal que trajo la pandemia, con el ensayo Rupturas muchos seres humanos encontraron en esas páginas maduras y alegres un reflejo de sus almas. La pensadora francesa sufrió los azotes de una larga enfermedad, que superó. De esas experiencias intimas, de esa soledad, se nutren muchas de sus reflexiones.

--Nuestras vidas están casi reguladas por la ruptura. Sin embargo, nos empeñamos en negarla, las sociedades contemporáneas escoden la ruptura y presentan lo que produce como una debilidad. ¿Por qué cree que es?

--Tenemos una tendencia a cubrir los momentos de ruptura con una especie de continuidad que nos tranquiliza. Pero, en realidad, nuestra vida transcurre al ritmo de las rupturas. También hay una suerte de silencio filosófico en torno a la dimensión física, encarnada, corporal, del sufrimiento. Sabemos que en los momentos de ruptura perdemos el apetito, adelgazamos, tenemos insomnio, perdemos el equilibrio y el cuerpo nos duele. Es como si nuestro cuerpo se volviera un extraño. Nuestro cuerpo es una caja de resonancia y cuando atravesamos momentos difíciles el cuerpo se llena de malestar y perturbaciones. Nunca entendí por qué esta dimensión corporal del sufrimiento se veía silenciada cuando, en realidad, en la vida cotidiana, para contar la gravedad de lo que nos ocurre solemos decir “he perdido diez kilos, hace tres meses que no duermo, pierdo la memoria”. Cada persona hace de su cuerpo un testigo de la violencia de la experiencia. Lo paradójico de esta situación es que, en la mayoría de los análisis académicos, esta dimensión corporal del sufrimiento no es tomada en cuenta.

Un mundo de héroes camaleónicos

--En este mundo ultraliberal donde se valoriza el éxito, la dureza, el caparazón, se prohíbe prácticamente la ruptura, incluso se la niega. ¿El liberalismo no quiere sufrimientos sino héroes siempre dispuestos a adaptarse a todo?

--De una forma muy hipócrita, el liberalismo disimula la ruptura detrás de la idea de elasticidad, flexibilidad, adaptabilidad, las cuales aparecen como las nuevas virtudes de las generaciones más jóvenes. Hay que ser capaz de pasar de un trabajo a otro, de una región a otra, de un país a otro como si, cada vez, no hubiese un profundo esfuerzo de la persona para adaptarse, acomodarse, aceptar e interiorizar las relaciones con los demás, para trabajar con un equipo nuevo, en otro país, en otro idioma, con otras normas. Esto siempre requiere un esfuerzo. Pero la ideología liberal va más lejos: no solo esconde la ruptura en lo que tiene de más brutal, sino que, además, impone rupturas violentas que termina por disimular como una suerte de virtud del trabajador contemporáneo. Nos postulan camaleones cuando, de hecho, cada vez que cambiamos de espacio o de relación perdemos algo de nosotros mismos. Desde luego que, felizmente, podemos cambiar de contexto, de país, de idioma. Eso forma parte de la existencia. Pero una cosa es decidirlo, otra es verse prácticamente obligados a hacerlo de forma explicita, lo cual se niega. Y eso es lo que está latente en esta lógica ultraliberal: hacer aparecer la ruptura como un simple acomodo que, al final, va a beneficiar a la lógica económica. Hay rupturas, cambios, que son felices, excitantes, llenos de aventuras, y en los cuales –y esto es importante–tenemos la posibilidad tomarnos el tiempo necesario para adaptarnos. Eso es precisamente lo que la lógica liberal no nos ofrece. Nos priva del tiempo necesario para que una ruptura sea lo menos violenta y lo menos dolorosa posible.

--Pero usted resalta que la ruptura también puede ser una posibilidad de transformación, porque comporta “un impulso creador”.

--Esa es una de las características que más me interesó, esta ambivalencia de la experiencia de la ruptura. Yo no quería presentarla bajo la mirada de una suerte de psicología ultra positiva y decir que de todas las catástrofes se puede sacar algo formidable. No creo en ello. Pienso que hay catástrofes que nos hieren definitivamente. Hay duelos, heridas y deformaciones corporales o psíquicas que afectan profundamente a las personas y es difícil imaginar que la vida pueda ser mejor después. Ahora bien, inversamente, creo que hay momentos complicados de la existencia, rupturas profesionales o amorosas, accidentes, enfermedades, que vivimos como una catástrofe dolorosa pero que, al cabo del tiempo, resultan decisivas para una nueva inflexión, una nueva orientación. Desde luego, hace falta que el individuo trabaje sobre la representación de esos acontecimientos, los integre psicológicamente y les de un sentido. Cada persona le da un sentido diferente a las catástrofes por las cuales atraviesa. Nuestra ruta en la vida no es directa, lineal. Hay bifurcaciones obligadas, contrariedades, objeciones fuertes a nuestros proyectos iniciales. Esas bifurcaciones pueden hacer aparecer horizontes que no habíamos previsto, que pueden ser felices, aunque no sean los que habíamos concebido. Estamos entonces ante revelaciones inesperadas.

--¿Incluso si es una experiencia vertiginosa que buscamos evitar, la ruptura posee una dosis de renovación?

---Con la ruptura se produce una suerte de reconversión de la mirada. De pronto miro las cosas de otra manera y me miro a mí mismo también de otra forma. Si fuimos capaces de atravesar la mala experiencia descubrimos que disponíamos de más recursos de lo que imaginábamos. Luego, se trata de saber qué hacemos con esos recursos, con esa autonomía, con nuestra capacidad de adaptación para realizar cosas que no contemplábamos. La ruptura también nos libera de ciertas convenciones, de esquemas preestablecidos que corresponden a nuestros orígenes sociales, a nuestra educación familiar. En la perdida hay algo que forma parte del orden de la libración frente situaciones que, tal vez, no eran forzosas, que se inscribían en un proyecto de vida, con las cuales vivíamos bien, pero ante las cuales, luego de la catástrofe, entendemos que no nos eran tan esenciales, sea un trabajo, una relación afectiva o una promoción. La catástrofe tiene un efecto de distanciamiento que puede ser liberador. Ya no me importa tanto estar bien con mi familia o con mis colegas. Somos más libres, el juicio de los demás nos parece secundario. Me he liberado de obligaciones de las cuales no era del todo consciente.

Tornar visible lo invisible

--De alguna manera entonces, la ruptura torna visible lo que era invisible en nosotros.

--Tiene el efecto de dejarnos ver claro cosas que estaban enterradas, negadas, cosas a las que habíamos renunciado porque las considerábamos tal vez como ideales de la juventud. Es como si, de pronto, un montón de cosas que eran periféricas, que estaban latentes, se volviesen centrales, emergieran, se desplazaran del margen hacia el centro. Se produce una visibilidad nueva, que es muy importante en la vida.

No se trata de decir que aquello que no me mata me hace más fuerte. Pero, dentro de cierta temporalidad, es decir, meses o años, tomamos consciencia de capacidades que ignorábamos. Entonces estamos dispuestos a reorganizar nuestra vida profesional o sentimental con otras prioridades. Podemos atravesar rupturas violentas y luego comprometernos con otras iniciativas voluntarias y controladas por el sujeto.

--Usted escribe que, tras la ruptura, se aprende a domesticar la nueva soledad para luego poseerla de forma positiva.

--Este proceso interroga nuestra angustia ante la ruptura porque hacemos lo imposible para evitarla y también interroga nuestra capacidad a vivir solos. La ruptura que engendró la pandemia, o sea, el confinamiento, donde muchísimas personas se encontraron solas, nos mostró cuán poco preparados estamos tanto cultural como psicológicamente a la soledad. El confinamiento nos demostró igualmente a qué punto necesitamos de los demás en una sociedad moderna, capitalista, que, por el contrario, está fundada sobre la lógica de un individuo solo, autónomo. Ahora vemos que vivir solos requiere un trabajo, una reapropiación, una capacidad para vivir frente a frente con uno mismo. Cuando un individuo se queda solo hay un espacio por habitar, un espacio de verdad del sujeto.

--La sociedad moderna quiso hacer de nosotros súper héroes y en realidad somos seres frágiles.

--Esta es una temática muy contemporánea, es decir, la vulnerabilidad de los individuos. En cuanto nos encontramos aislados constatamos inmediatamente hasta qué grado todos los aspectos de nuestra vida, sean los aspectos materiales o los aspectos psicológicos más profundos, están construidos mediante el intercambio con los demás y la presencia del otro. El mito del individuo autónomo y autosuficiente mostró sus límites durante los últimos meses.

--Usted dice: nunca renacemos solos, y nunca somos los mismos después. ¿La ruptura marca también el comienzo de otra relación con la vida?

---Absolutamente. En el caso de una enfermedad, el cuerpo nunca vuelve a ser el mismo después. El cuerpo se transforma, conserva huellas. Podemos utilizar esta imagen en lo que atañe a la ruptura. Por eso no creo que se deban olvidar o considerar las dificultades como paréntesis que cerramos. Las rupturas dicen algo sobre nuestra historia y en vez de cubrirlas con tatuajes es más idóneo reverlas para ver también las dificultades por las que atravesamos. La tendencia más espontánea, de mala fe, consiste en pasarle a los demás la responsabilidad de las dificultades cuyo origen está en nosotros. Se dan insatisfacciones personales porque nuestra vida no coincide con lo que queremos. Buscamos mantener un ideal de nosotros mismos y, como no lo logramos, hacemos responsable de esto al otro, a la situación económica o política. En la ruptura, cuando la decidimos, hay una forma de valentía al decidir que será en otro marco o en otra relación donde podemos expresarnos mejor. A veces no se tiene esa valentía y volcamos en los otros el peso de nuestro malestar.

---Es un tema complejo. Se trata igualmente de evitar el mito de la ruptura. La separación, el alejamiento, no lo arreglan todo.

---Es posible que ese ideal que tenemos de nosotros mismos no se concretice con la ruptura. Si sueño con ser un novelista y tengo la impresión de que mi vida familiar o mi trabajo me lo impiden y dejo a mi compañero o mi trabajo, no es por eso que me convertiré en la novelista que quiero ser. Permanece la posibilidad de que, en el imaginario que origina la ruptura, haya representaciones fantasmagóricas. La ruptura comporta riesgo, nada está ganado. No es porque decido romper con mi vida de antes que la nueva será tal y como la imagino.

---El amor es quizá el sentimiento más amenazado por la ruptura. Siempre está ahí, flotando.

---El riesgo de la ruptura es inherente a la relación amorosa, pero también es el que aporta intensidad. La fragilidad intrínseca del amor reviste de belleza la relación amorosa, esa pasividad consentida que preside el amor. La ruptura es un código que forma parte del amor, es como una catástrofe que se avecina ante todo aquel que se enamora.

La ruptura global de la pandemia

---La ruptura es una experiencia intima, individual. Sin embargo, la pandemia hizo de la ruptura una experiencia colectiva, planetaria, compartida al mismo tiempo por casi toda la humanidad. ¿Hemos pasado a vivir en un estado de duelo globalizado?

--En una sociedad contemporánea diseñada como espacio atomizado, hemos visto hasta qué punto estamos ligados los unos a los otros, y digo ligados y no simplemente conectados. Estamos ligados incluso biológicamente y en esta interdependencia hay un riesgo, como lo vimos con la pandemia. Las fronteras no existen, para bien y para mal. Ojalá que esta conciencia desemboque en transformaciones, modificaciones de nuestras maneras de relacionarnos. La pandemia nos condujo a una emoción universal. Ha sido una experiencia inédita: ingresamos al unísono en la enfermedad, la tristeza, la angustia o la depresión. En la historia de la humanidad no creo que haya existido una emoción colectiva semejante.

--A esa emoción colectiva le sigue también un interrogante global: al cabo de esta gran ruptura, ¿qué perspectiva tenemos para el mundo de después?

--Hubo un primer momento en el que estuvimos aturdidos por ese esfuerzo colectivo que fueron las restricciones impuestas a nuestras libertades. Luego pensamos que esta tragedia nos traería un mundo mejor, pero rápidamente nos dimos cuenta de que esa esperanza era una simple ilusión. Ello no quita que conservemos la esperanza de que se produzcan cambios, sobre todo porque las sociedades ricas estuvieron también bajo la amenaza de la pandemia. La pregunta que me hago consiste es saber qué impacto tendrá en las nuevas generaciones esta experiencia colectiva de la pandemia, de las rupturas que acarreó. ¿Acaso cambiará sus formas de interactuar, sus comportamientos? No es imposible que esa generación cambie porque las representaciones del futuro han sido modificadas por la presencia de la amenaza.

--La pandemia expuso públicamente y a escala universal la fragilidad de la condición humana.

---Sí, totalmente. La pandemia amplificó esa evidencia: los seres vivientes son frágiles. Precisamente, porque estoy vivo soy vulnerable. La ilusión según la cual todo podía ser tratado o curado no funciona más. La pandemia aportó una duda existencial. De pronto, todo lo que parecía seguro, garantizado, trazado, derivó en una duda, en un interrogante sobre lo que nos ocurrirá. La realidad se tornó más compleja porque cuando estamos enfermos la realidad se vuelve más hostil. La enfermedad pone todo en un plano condicional. Nuestra relación con el tiempo, con la vida, se focaliza más en el presente, en el instante. Al inicio de la pandemia era insoportable no poder hacer proyectos, anticipar. Es lo propio de las enfermedades: nada está asegurado, los próximos pasos son inciertos. No somos nosotros quienes decidimos, se produce una experiencia de desposesión de la vida muy característica. Recordemos lo que fue ocurriendo en el transcurso de la pandemia cuando perdimos nuestra capacidad de pensar, de crear, de programar. Todo era demasiado enorme como para pensarlo. La experiencia de la enfermedad tiene ese mismo perfil: es una catástrofe tan enorme en la existencia que hace falta cierto tiempo para comprenderla, para inscribirme en la historia de una vida en un contexto donde todo aparece como absurdo, inimaginable e inaceptable.

---Es no obstante paradójico que algo tan íntimo y a menudo inconfesable como la ruptura se haya convertido en público.

---Sí, totalmente. Hay algo inédito aquí porque nos llevó a poner en el espacio público las fragilidades que, por lo general, se tratan de disimular. La gente confiesa que está cansada, que tiene miedo, que no soporta, que está deprimida, que no aguanta más. Hay como confesiones públicas de nuestras vulnerabilidades que no son comunes en nuestras sociedades competitivas, perfectas, optimistas. La lógica del éxito y la del súper héroe se tambalea y tal vez ello reconfigure las relaciones con perfiles más humanos.

Por Eduardo Febbro

05 de julio de 2021

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Publicado enSociedad
Un banco de la especie Paramuricea clavata coralligeno.Foto Europa Press

Son fuente de alimento única y refugio para algunas especies, señala estudio

 

La pérdida de coral en el futuro podría causar una reducción de más de 40 por ciento en la diversidad de peces de arrecife a escala mundial, especies que proporcionan proteínas a millones de personas.

Un nuevo estudio, dirigido por Giovanni Strona en la Universidad de Helsinki, encuentra que las proyecciones globales de diversidad de peces sin corales son tan bajas como sugieren los experimentos a pequeña escala.

Esos animales coloniales se blanquean cada vez más y, a menudo, mueren cuando el agua se calienta. ¿Qué pasa con los peces si no hay arrecifes alternativos para nadar? Las pocas especies que se alimentan de corales inevitablemente morirán de hambre, pero el resto podría encontrar un hábitat rocoso alternativo para persistir. Hasta ahora, ha sido difícil hacer análisis a gran escala que puedan proyectar cuáles sobrevivirán.

En la nueva investigación, un equipo internacional de biólogos marinos comenzó con mapas de la diversidad de peces tropicales y corales en los océanos para cada grado cuadrado de latitud y longitud. Estos planos sin precedente mostraron lo que los expertos saben desde hace mucho tiempo: que varía ampliamente, con muchas más especies en el "triángulo de coral" del Indo-Pacífico que en el Atlántico occidental y el Pacífico oriental.

Los puntos críticos de diversidad marina se han explicado durante mucho tiempo por la forma en que la latitud, el hábitat, la temperatura y la geografía afectan las tasas de especiación y extinción entre los corales y los peces por igual. Después de controlar los factores que la impulsan en general, los autores encontraron que la diversidad de corales engendra la de peces.

"Esto no es particularmente sorprendente debido a que los corales proporcionan una fuente de alimento única para algunas especies, así como un hábitat tridimensional que muchas de ellas usan de refugio. Los peces que dependen de esos organismmos pueden ser presa de los que no requieren de ellos", señaló Strona.

Después de ajustar la línea entre la diversidad de corales y la de peces, los autores hicieron un experimento mental. Anticiparon la extirpación global de los primeros, hasta que acabaron con ellos, extrapolando la asociación entre ambas especies.

Esa extrapolación sugirió que es probable que alrededor de 40 por ciento de los peces de arrecifes tropicales del mundo desaparezcan en caso de que se extingan los corales.

Medio ambiente, biogeografía e historia

Como se muestra en experimentos a menor escala, ésta es una pérdida mucho mayor que las especies que se sabe que dependen directa o incluso indirectamente del coral, lo que sugiere que las redes alimentarias de los arrecifes comenzarán a deshacerse si esos organismos se extinguen. Se espera que este desenredo sea más intenso en algunos lugares que en otros. Se estima que el Pacífico central pierda más de 60 por ciento de sus peces de esos bancos, en comparación con sólo 10 por ciento en el Atlántico occidental.

"Primero diseñamos un modelo estadístico para desentrañar el efecto del medio ambiente, la biogeografía y la historia en la diversidad de peces y corales que predice con precisión la variedad de los primeros a escala local como respuesta a varias variables como la temperatura del agua, el pH y la salinidad y la diversidad de los corales", explicó Strona.

"Además de ofrecer una forma de predecir la diversidad de peces en condiciones ambientales novedosas, el enfoque ofreció una herramienta para explorar cómo variará en respuesta a los cambios en la de los corales", añadió Valeriano Parravicini, codirector del estudio en la Universidad de Perpignan.

"Para cualquiera que haya disfrutado buceando con esnórquel en un banco de coral, o para los millones de personas que dependen de los peces de arrecife para alimentarse, este experimento mental debería ser preocupante. Pero también inspira mayores esfuerzos para conservar y restaurar esos hábitats", afirmó Kevin Lafferty, científico principal del Servicio Geológico de Estados Unidos, en la Universidad de California, en Santa Bárbara.

Lunes, 28 Junio 2021 05:26

Recuperar el alimento

Recuperar el alimento

Periféricamente en un Occidente epistémico, bajo la anestesia de las promesas siempre frustradas de la urbanidad, con el ensordecedor ruido de la fe en el progreso cientificista, y el candil cegador de la falsa idea de desarrollo nos hemos olvidado de los componentes esenciales que nos tejen a la trama de la vida. Pero ni siquiera este desgarrador olvido, de por sí grave, es lo más drástico. Esa amnesia colectiva lleva como correlato intrínseco una encallada tara civilizatoria por la cual nos obstinamos día a día en dañar a las fuentes mismas de nuestros soportes elementales que nos permiten devenir organismos vivientes. Y al hacerlo, bajo una marca profunda de soberbia, celebramos desde un supuesto deber ser de la historia los éxitos en el avance de una carrera frenética, que si en algo no tiene competidores es en su capacidad (auto) destructiva.

Esta potencia erosiva opera de una vez en varios planos, profundamente entrelazados: sanitario, ambiental, social, cultural y fundamentalmente -esto es el interés de estas líneas- en el de las subjetividades políticas. Se hace hincapié aquí acerca de lo auto-destructivo a partir de observar a uno de esos nodos que hacen al entramado de eso que llamamos humanidad: pondremos en el centro de este relato al alimento. Hablaremos de esa fibra nutricia que permite que la humanidad devenga vida biológico-cultural. Recuperaremos entonces al alimento, a esa urdimbre que brota en la danza de infinitos procesos entreverados que surgen del fluir de la luz solar, del agua, de la tierra, del aire, de los minerales, y de las comunidades humanas y no humanas, para decantar en energía disponible para nuestros cuerpos, como parte de un tapiz de complejas y solidarias redes de reciprocidad.

Partamos de resituar la mirada en lo más terrenal. En esos alimentos que cada día en menor o mayor medida ingieren en la actualidad buena parte de las mujeres y hombres que conocemos. O al menos eso que creemos, entendemos, confiamos son alimentos. O tal vez eso que ya ni siquiera cuestionamos si son o no son alimentos. Pensemos en una fruta con residuos de veintitantos pesticidas; un puñado de fideos a base de una harina ultra-refinada producto de un trigo tratado con agroquímicos que acabará en nuestro intestino; una carne vacuna con origen en un feed-lot que dejó un suelo muerto cargado de desechos sin capacidad ya de ser asimilados, y hará otro tanto en nuestro metabolismo; galletas de fórmula con derivados de soja y de maíz transgénico que para llegar a ser cosechados dejaron napas, ríos y cuerpos de su entorno más próximo cargados de tóxicos y así dialogarán con nuestro sistema digestivo. ¿Por qué esto deviene norma? ¿Qué mandato justifica esta cotidianeidad? ¿Cuáles son las consecuencias de tamaña sin-razón-emoción por la vida propia?

Al menos como primera propuesta surge revisar nuestra propia humanidad, su andar en esta tierra, y entonces recordar que, salvo situación fortuita o una primera experimentación, mujeres y hombres buscaron en la larga marcha humana evitar la ingesta sistemática –más allá de bebidas o frutos que formaban parte de experiencias religiosas puntuales-  de alimentos que pusieran en riesgo su salud. Más bien, la pulsión a la vida, entendida esta no en términos individuales sino como supervivencia de la colectividad, indica todo lo opuesto. Múltiples trabajos de perfil antropológico, etnográfico, histórico y económico dan cuenta desde hace siglos de que el alimento era alimento en tanto y en cuanto tenía como fin satisfacer y cancelar la necesidad fisiológica-cultural de saciar el hambre de diversas comunidades, brindar las mejores condiciones sanitarias para adaptarse al territorio habitado, al tiempo que surgía de la labor colectiva y tenía profundo sentido de arraigo cultural. ¿Cómo alcanzamos este presente de híper-conocimiento científico-aplicado donde sobran productos derivados del agro en términos de cuotas alimentarias según los organismos internacionales, y no cesan su hambre los hambrientos, mientras que otra gran parte de la masa que sí se alimenta, según los cánones de estas entidades, asiste a marcados procesos de afección en su salud producto de esa misma supuesta alimentación?¿Cómo nos hemos vaciado de esa intensa historia que vincula el cuidado de la tierra, de nuestros cuerpos, de nuestras culturas y nuestras comunidades?

¿Cómo alcanzamos este presente de híper-conocimiento científico-aplicado donde sobran productos derivados del agro y no cesan su hambre los hambrientos, mientras que otra gran parte de la masa que sí se alimenta asiste a marcados procesos de afección en su salud? ¿Cómo nos hemos vaciado de esa intensa historia que vincula el cuidado de la tierra, de nuestros cuerpos, de nuestras culturas y nuestras comunidades?

Sin dudas que violentos procesos expropiatorios han hecho la tarea inicial, siempre re-editada en nuevas geografías, para persistir luego mediante mecanismos insensibilizadores que nos tornan autómatas sujetos indigestados de sucedáneos, insanos nutricionalmente, episitemicidas agro-culturalmente, y extremadamente nocivos ecológicamente. Y como nudo, esos objetos llevan intrínseca la fundamental huella despolitizadora de la vida, tan claramente expresa en la disputa por el alimento.

No podemos ya ignorar que la política se ha basado esencialmente en la forma en las que las comunidades humanas se han organizado para reproducir la vida en vínculo con su naturaleza exterior. Esa articulación colectiva, en búsqueda de adaptación a diversas geografías y ciclos naturales, ha tenido en la obtención del alimento y del agua sus más elementales sentidos, aunque ya casi no lo recordemos. La politicidad del alimento y la politicidad de la reproducción de la vida humana en su más literal sentido material son dos aspectos inseparables. Por tanto se tornan claves del hacer y, sobre todo, del pensar político, aunque no por casualidad hayan sido borrados de las páginas más difundidas de la teoría política.  Re-situarnos allí, tal vez, nos permita desandar caminos, para enfrentar la calamitosa crisis civilizatoria (climática, ecológica, migratoria, política, emocional) que atravesamos y encontrar entonces sí algunas posibles respuestas y propuestas.  Será entonces tarea urgente dotar de sentido político nuestra palabra-territorio en cuestión: el alimento. Ingerir un objeto cargado de veneno no es saludable. Si no es saludable entendemos que no es alimento. Un objeto que destruye la tierra sólo para generar una ganancia abstracta hiere en ese proceso nuestros propios soportes biofísicos. Por tanto, digámoslo, no es alimento. Un objeto, fruto del suelo y del trabajo humano, que puede descartarse a gran escala porque no encontró el mejor precio de mercado o sirve para especular es absolutamente lesivo en términos sociales. Entonces, claro está, no es alimento. Y así podríamos continuar.

Pero de lo que se trata no es de caer en un binarismo vano de quién está en el camino correcto de la alimentación y quién no. Por el contrario, se trata de la búsqueda sensata del cuidado siempre sentido en términos colectivos; de asumir que hemos llegado a este presente cargado de profundas heridas que se nos hacen carne, permean nuestros imaginarios, y se manifiestan en nuestras inconscientes claudicaciones cotidianas operadas a través de la alimentación. Es cuestión por tanto de caminar la senda para recuperar el sentido pleno del alimento, no como objetivo personal en pos de una dieta de mejor calidad para un cuerpo aislado sino como impostergable disputa política del retejernos como comunidades que comprenden su ser parte de esta trama de la vida.     

Es desde este punto de partida que se torna imperioso dejar explícito que eso de lo que hablamos a diario no es alimento. El alimento socialmente producido como objeto  de lucro (bien de cambio y dudoso bien de uso), atravesado por la génesis mercantil-colonial, la expansión industrial capitalista, y agravado a niveles extremos en los marcos del neoliberalismo vigente ha dejado hace tiempo de ser alimento. Y sus consecuencias eminentemente políticas son cruciales. Porque el alimento fue y será semilla indispensable del más profundo sentido de la politicidad de la vida.

El alimento socialmente producido como objeto  de lucro, atravesado por la génesis mercantil-colonial, la expansión industrial capitalista, y agravado en los marcos del neoliberalismo vigente ha dejado hace tiempo de ser alimento. Las consecuencias eminentemente políticas son cruciales, porque el alimento fue y será semilla indispensable del más profundo sentido de la politicidad de la vida.

Allí se han forjado los lazos que sostienen a esta especie humana en el planeta, como parte de una diversa gama de “apoyos mutuos”, como bien ha señalado hace más de un siglo Kropotkin. El vínculo espiritual inalienable con la tierra (que fue, es y será) habitada, el trabajo en común, el saber y el sabor colectivo, y el cuidado del ecosistema (exterior-territorio e interior-cuerpo) se encuentran –en su doble acepción- en el alimento. Todo eso han intentado, y aún insisten en, socavar desde arriba, con gran eficacia en inocular la amnesia de crecientes franjas de “los abajos”.

Cuando la filósofa y activista hindú Vandana Shiva lanza la idea de ‘monocultivos de la mente’ para condensar la potencia del agronegocio en términos de subjetividades invita a revisar los imaginarios que circulan a diario, sea en forma de noticias, políticas públicas, legislaciones, conversaciones en el hogar o en el espacio público. “Cosechas récord”; “Gran expectativa por la entrada de divisas del agro”; “Pujanza de la industria alimentaria: crece la venta de primeras marcas”, son frases que podemos recrear en base a la experiencia discursiva hegemónica que nos habita. Estos eufóricos mensajes celebratorios tienen su reverso en la preocupación de sectores político-partidarios, académicos y comunicacionales cuando estos indicadores decaen. Una y otra vez, desde la llamada “opinión pública” alertan por las alicaídas cifras macro-económicas, como si de forma lineal esos movimientos de mercado fueran una marca indeleble de un supuesto bienestar. En el medio de esa propaladora, vaciados se sustancia quedan la agricultura y el alimento. Cuando la marea de los grandes mercados anda en la buena, según esas concepciones, poco o nada dicen los aduladores del crecimiento per se sobre los impactos ecológicos, sanitarios, y subjetivos de esos gráficos al alza. Cuando viene la mala, claro, mucho menos. En el mejor de los casos, la calidad del alimento, quién y cómo lo produce, qué entramado social tiene en su composición es un debate siempre pospuesto, nunca tan urgente como poner un plato de comida para todes de forma inmediata. Y quién podría oponerse a eso. No es ese el punto en cuestión. Es que las discusiones no son excluyentes, más bien indefectiblemente deben darse en simultáneo si es que genuinamente deseamos que la comunidad se alimente; si anhelamos una salud próspera de los cuerpos y los territorios.

La calidad del alimento, quién y cómo lo produce, qué entramado social tiene en su composición es un debate siempre pospuesto, nunca tan urgente como poner un plato de comida para todes de forma inmediata. Pero esas discusiones no son excluyentes, más bien indefectiblemente deben darse en simultáneo si es que genuinamente deseamos que la comunidad se alimente; si anhelamos una salud próspera de los cuerpos y los territorios.

Decía Hipócrates que “el alimento sea tu medicina”, y en pleno siglo XXI pareciera que buena parte de las voces hegemónicas, a derecha y buena parte de la izquierda, no han llegado a comprender del todo la frase. “Que las dietas vuelvan a tener más fruta, que vuelva a crecer el consumo de carne y pescado, y que aumente la ingesta de leche”, enfatizan dirigentes político-partidarios, comunicadores y opinadores varios. Y otra vez, nadie puede oponerse. Frente al brutal saqueo de arriba, el tiempo alimentario apremia. Pero qué duda cabe de que ya entramos tarde a la discusión, de que es impostergable dejar de manifiesto si queremos alimentarnos para sanar o seguiremos con la ingesta de sucedáneos que multiplican las problemáticas sanitarias a escala masiva. Quién puede desconocer ya las graves patologías causadas por los alimentos ultra-procesados, por las micro dosis de pesticidas que ingerimos a diario, por el sobre consumo de carnes y leches de pésima calidad, saturadas de antibióticos; de pescados extraídos de ríos teñidos de glifosato y demás agrotóxicos. La recuperación del alimento no se trata de un tema que deba quedar reducido a círculos del activismo, que bien pueden marcar otros horizontes posibles tal como nunca han dejado de hacer comunidades campesinas e indígenas, pero de lo que se trata es  de interpelar y (con)mover estructuras socio-políticas y emotivas profundas. Claro que los “formadores de opinión”, decisores de políticas públicas y agentes del mercado, sean liberales, conservadores o progresistas ignoran esta urgencia o deliberadamente la niegan. Posponer esta discusión con la información hoy disponible a mano es temerario; es no tomar nota de la catástrofe social, ecológica, sanitaria que implica el actual patrón civilizatorio con un modelo agro-alimentario brutal como cimiento. Debemos remarcar este negacionismo, sin dudas, pero sobre todo habrá que orientar el flujo de energías políticas en una profunda pedagogía por abajo, basada en un hondo sentido del amor, que retome la politicidad de la vida en la mayor diversidad de ámbitos posibles. Será este (y ya lo es) un proceso, plagado de complejidad, como lo es la vida en su devenir. No se plantean aquí instantáneos cambios, movimiento de algunas piezas y nombres como parte de la (nunca alcanzada) transformación. Esa es la lógica que prometen siempre desde arriba.

Habrá entonces que artesanalmente cultivar el suelo para que el retorno del alimento a nuestras vidas crezca con raíces sanas y duraderas. En la diversa geografía que habitamos están dadas las condiciones para transitar hacia alimentaciones diversas, saludables, sostenidas en procesos agro-productivos agroecológicos, libres de xenobióticos, basados en su gran mayoría en circuitos cortos de comercio, justos para agricultores y consumidores, con marcado sentido de solidaridad. Ya tenemos abono para iniciar el cultivo de nuestros huertos de futuro porque existen gran cantidad de experiencias que multiplican estas semillas de esperanza: comunas por la agroecología, cooperativas de huerteras y huerteros,  y redes agrícolas en transición agro-ecológica, colectivos de consumo consciente, y una infinidad de ejemplos. Que entonces el alimento vuelva a ser esencia de nuestras humanas existencias, esas que saben del cuidado de la tierra, del agua, de la biodiversidad, del cuerpo y del espíritu, del hacer en común para dignificar nuestros sentires y prácticas, y en última instancia nuestro propio sentido de concebir la densidad política de la vida.

Leonardo Rossi. Periodista e investigador abocado a temas vinculados a la soberanía alimentaria, los impactos de proyectos extractivos y formas autónomas de organización política. Comunicador social por la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y becario doctoral del Conicet. Cursa el doctorado en Ciencia Política del Centro de Estudios Avanzados de la UNC e integra el colectivo Ecología Política del Sur en el Centro de Investigaciones y Transferencia de Catamarca. Es autor del libro Córdoba respira lucha (Eduvim, 2016), escribe en medios como La Tinta y PáginaI12 y es columnista de Ecología Política en el programa radial Sintonía Fina, en la FM 102.3 de la UNC.

Por Leonardo Rossi | 28/06/2021

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Domingo, 27 Junio 2021 05:42

¡El momento de luchar es ahora!

¡El momento de luchar es ahora!

Filtración del borrador del 6º informe del GIEC

 

"La vida en la Tierra puede recuperarse de un cambio climático importante evolucionando hacia nuevas especies y creando nuevos ecosistemas. La humanidad no”.

Eso es lo que dice el borrador del informe del IPCC (6º informe de evaluación, que normalmente se espera para febrero de 2022).

El texto es inequívoco en cuanto al umbral de peligro que no se debe cruzar: ir más allá de 1,5°C conllevará "consecuencias progresivamente graves, durante siglos, y a veces irreversibles". Entre otros fenómenos, la dislocación de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida sería irreversible a escala histórica. Sin embargo, la desaparición de los glaciares amenazados en estas regiones (para algunos glaciólogos, el proceso ya ha comenzado y no se detendrá) provocaría un aumento del nivel de los océanos en unos 13 metros en los próximos siglos.

"Lo peor está por llegar"

El acuerdo de París fijó el objetivo de "mantener el calentamiento muy por debajo de los 2 ºC y continuar los esfuerzos para no superar los 1,5 ºC". Los expertos del IPCC no están satisfechos con esta fórmula ambigua. Según el texto, deberíamos quedarnos muy por debajo de 1,5°C; de hecho, "incluso a 1,5°C, las condiciones de vida cambiarán más allá de la capacidad de adaptación de algunos organismos", se lee en el informe. A modo de recordatorio, el aumento medio de la temperatura con respecto a la era preindustrial es ya de 1,1°C y la Organización Meteorológica Mundial advierte que, al ritmo actual de emisiones, existe un riesgo del 40% de que la superación del umbral de 1,5°C en un año se de en 2025.

“Lo peor está por llegar", escribe el IPCC, "con implicaciones para la vida de nuestros hijos y nietos mucho más que para la nuestra". Si no se adoptan medidas antiliberales radicales, en diez años 130 millones de personas más caerán en la pobreza extrema. Con 2°C de calentamiento, el número de personas hambrientas aumentará en 80 millones para 2050, y cientos de millones de personas en las ciudades costeras sufrirán inundaciones más frecuentes, lo que provocará una mayor migración. Incluso con 1,5°C, el número de habitantes urbanos expuestos a la escasez de agua aumentará en 350 millones para 2050.

Hay que repetirlo una y otra vez: los pobres y los países pobres serán los más afectados por la intensificación del desastre. El proyecto de informe señala que "se espera que por encima de los 2°C los costes de adaptación para África aumenten en decenas de miles de millones de dólares al año". ¿Quién pagará? A modo de recordatorio, más de diez años después de la COP de Cancún (2010), los países ricos todavía no han cumplido su promesa de pagar 100.000 millones de dólares anuales al fondo climático destinado a ayudar a los países del Sur global. Este es uno de los puntos conflictivos de las negociaciones de cara a la COP 26, prevista para finales de año en Glasgow. Así, lentamente, con la discreción cuidadosamente mantenida por el personal financiero y político, se está preparando un crimen contra la humanidad sin precedentes. Un crimen contra los pobres, que no tienen casi ninguna responsabilidad en el cambio climático.

¡Es hora de luchar!

El texto filtrado a la prensa no es el borrador del informe propiamente dicho, sino el borrador del Resumen para Responsables Políticos. La práctica habitual del IPCC -un organismo intergubernamental, no lo olvidemos- es que este resumen sea objeto de negociaciones -a menudo feroces- entre los científicos que redactaron el informe completo y los representantes de los Estados. Parece probable que quienes filtraron el documento lo hicieron para que el texto original circule antes de que los representantes de los Estados impongan la suavización o eliminación de las formulaciones más alarmantes. Esta hipótesis es muy probable, porque el lobby capitalista de los combustibles fósiles lleva décadas esforzándose por negar o minimizar el peligro y dispone de poderosos resortes políticos (por ejemplo, China y Arabia Saudí han conseguido que la prensa y las ONG no asistan a los debates preparatorios de la COP 26). La filtración es, por tanto, una doble señal de alarma: por un lado, sobre la extrema gravedad de la situación objetiva; por otro, sobre el peligro de que la versión final oculte en parte esta extrema gravedad a la opinión mundial.

Sea como fuere, no hay que escurrir el bulto: más que nunca, los movimientos sociales deben hacer sonar la alarma con toda su fuerza y movilizarse lo más ampliamente posible para obligar a los Estados a adoptar inmediatamente las medidas radicales indispensables para estabilizar el calentamiento muy por debajo de 1,5°C, basadas en la justicia social y la justicia Norte-Sur (respeto estricto del principio de "responsabilidad común pero diferenciada"). Sin juego de manos, sin rebasamiento temporal, sin recurrir a tecnologías de aprendiz de brujo y desplegando únicamente medidas compatibles con la protección imperativa de la biodiversidad.

"Cero emisiones netas", una política criminal

Pero seamos claros: este no es en absoluto el escenario que traman los gobiernos cuando nos prometen la "neutralidad del carbono" (o "cero emisiones netas")[1] para 2050. En el mejor de los casos, estos gobiernos preparan un escenario de "rebasamiento temporal" de 1,5°C con el incremento de las "tecnologías bajas en carbono" (nombre en clave de la energía nuclear) y el despliegue de las llamadas "tecnologías de emisiones negativas". Aunque la mayoría de estas tecnologías sólo están en fase de prototipo o de prueba, se nos hace creer que enfriarán el planeta eliminando enormes cantidades de CO2 de la atmósfera en la segunda mitad del siglo y almacenándolo bajo tierra. En realidad, estos escenarios de ciencia-ficción sólo pretenden mantener intacta la vaca sagrada del crecimiento capitalista y proteger los beneficios de los principales responsables del desaguisado: las multinacionales del petróleo, del carbón, del gas y de la agroindustria.

El reciente informe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) sobre "emisiones netas cero" señala el camino de esta política criminal. De hecho, según la AIE, para esperar alcanzar las "emisiones netas cero" en 2050 sin tocar el crecimiento, necesitaríamos: duplicar el número de centrales nucleares; aceptar que una quinta parte de la energía mundial siga procediendo de la quema de combustibles fósiles, que emiten 7,6Gt de CO2/año; capturar y almacenar esas 7,6Gt de CO2 bajo tierra cada año en depósitos geológicos (cuya estanqueidad no puede garantizarse); dedicar 410 millones de hectáreas al monocultivo de biomasa energética (¡lo que equivale a un tercio de la superficie agrícola en cultivo permanente!); duplicar el número de grandes presas; destruir todo -incluso la Luna- para monopolizar las "tierras raras" indispensables para las "tecnologías verdes", etc.

Con variantes, es esta insana política productivista la que aplican los países y grupos de países que ahora se precipitan hacia el capitalismo verde... Su objetivo no es salvar el planeta, sino ofrecer a los capitalistas la mayor cuota posible de mercado de las nuevas tecnologías, la mayor cuota posible de beneficios... ¿Es necesario señalar que esto implica también, para atraer a los inversores, continuar con las políticas neoliberales de destrucción de los derechos sociales y democráticos?

Ecolo-groen, portadores de agua del capitalismo verde

La voluntad declarada del gobierno belga de salir de la energía nuclear no debe inducir a error: efectivamente, actúa en este marco neoliberal del capitalismo verde. Utilizar las centrales de gas para compensar las centrales nucleares es un crimen contra el clima y un insulto a las decenas de miles de jóvenes que se manifestaron en nuestro país en respuesta al llamamiento de Greta Thunberg. Ofrecer millones de euros a las multinacionales de la energía que construirán estas centrales inútiles y dañinas es un insulto a los cientos de miles de trabajadores sometidos a una asfixiante austeridad salarial. Capturar el CO2 producido por estas centrales y enterrarlo en los acuíferos del Mar del Norte (¿a costa de quién?) es tan irresponsable con las generaciones futuras como enterrar los residuos nucleares en capas geológicas profundas, como en Bure (en Francia) o en otros lugares. Y la compra de derechos de emisión, de la "compensación de carbono en el Sur global es tan colonialista como el saqueo directo de los recursos de estos países en la época de Leopoldo II y sus sucesores.

Lo que necesitamos es otra política. Una política social y ecológica que rompa con este crecimiento capitalista que genera tanta desigualdad y destrucción... que genera y generará aún más desigualdad y destrucción. El productivismo es un callejón sin salida. Ya es hora, para nosotros y sobre todo para nuestros hijos, de derribar los muros que nos impiden inventar otro futuro, uno que valga la pena vivir. La manera de vivir mejor, de vivir bien-Buen vivir, el camino hacia un futuro posible y deseable es producir menos, consumir menos, transportar menos, compartir más y cuidar. Compartir la riqueza, el trabajo necesario, el tiempo y el espacio, a escala planetaria; cuidar a los humanos, a los no humanos y a los ecosistemas, a escala planetaria. O abrimos este camino anticapitalista a través de nuestras luchas, de la articulación de nuestras luchas, o seguiremos hundiéndonos en la oscuridad de una terrible catástrofe.

El 10 de octubre tendrá lugar en Bruselas una gran manifestación por el clima. Reunamos todas las fuerzas, todos los colectivos, todos los individuos -feministas, sindicalistas, antirracistas, ecologistas- que estén dispuestos a dirigirla en esta dirección.

Daniel Tanuro

26 junio 2021

https://www.gaucheanticapitaliste.org/pour-le-climat-pour-la-vie-pour-nous-et-nos-enfants-cest-maintenant-quil-faut-se-battre/

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El bioquímico Jesse Bloom, del Centro de Investigación Fred Hutchinson, en Seattle (EE UU).HHMI

El bioquímico Jesse Bloom, investigando en solitario, recupera los archivos eliminados y asegura que reafirman que el virus ya circulaba en Wuhan antes del brote de diciembre de 2019

 

Una pesquisa en solitario de un prestigioso científico estadounidense ha provocado un pequeño terremoto en la investigación del origen de la pandemia. El bioquímico Jesse Bloom —del Centro de Investigación Fred Hutchinson, en Seattle— se percató de que algunas secuencias genómicas de los primeros casos de covid en la ciudad china de Wuhan habían desaparecido de una base de datos internacional. En un trabajo detectivesco, deduciendo el nombre de los archivos, Bloom logró recuperar la información borrada, gracias a que también se había subido a la plataforma Google Cloud, un espacio virtual de almacenamiento. “Parece probable que las secuencias se eliminaran para ocultar su existencia”, afirma el investigador en un borrador de sus conclusiones publicado este martes.

Bloom sostiene que las 13 secuencias parciales que ha conseguido reconstruir presentan mutaciones que sugieren que el virus ya circulaba en Wuhan antes del brote de diciembre de 2019 en el mercado de Huanan. Su investigación, controvertida y pendiente de revisión por otros científicos, destaca tres mutaciones presentes en los coronavirus del mercado, pero ausentes en las secuencias rescatadas ahora y en los virus de murciélago emparentados con el SARS-CoV-2. Algunos especialistas creen que esta nueva información es clave. El genetista Rasmus Nielsen, de la Universidad de California en Berkeley (EE UU), ha afirmado en sus redes sociales que “estos son los datos más importantes sobre el origen de la covid en más de un año”.

Otros expertos, como el genetista Fernando González Candelas, son mucho más escépticos. “Hace mucho ruido con poca paja real, todo para concluir que la pandemia no empezó en el mercado de Wuhan, lo que ya se sabía, y que el virus circulaba antes de lo que se ha dicho, como ocurre siempre en una nueva epidemia”, opina González Candelas, catedrático de la Universidad de Valencia. “Lo de borrar secuencias de una base de datos no es lo habitual, pero habrá que ver por qué se ha hecho. Puestos a especular, es una buena arma para cualquier teoría conspirativa”, añade.

Los archivos fueron suprimidos de la base de datos SRA, perteneciente a los Institutos Nacionales de la Salud de EE UU. El organismo, una agencia gubernamental, ha explicado este miércoles en un comunicado que borró las secuencias en junio de 2020 a petición de un investigador chino que tenía los derechos sobre ellas. El científico indicó que la información se había actualizado, que la quería enviar a otra base de datos y que deseaba eliminar la primera versión para evitar confusiones.

Las indagaciones de Bloom apuntan a que las muestras de aquellos pacientes de covid fueron recogidas por el farmacéutico chino Aisi Fu en el Hospital Renmin de la Universidad de Wuhan. Aisi Fu y sus colegas no escondieron entonces el material, todo lo contrario. Usaron la información para desarrollar un test de detección del coronavirus y publicaron un borrador de sus resultados el 6 de marzo de 2020. Y hace justo un año publicaron sus conclusiones definitivas en la revista especializada Smallun estudio con información parcial de las secuencias que, con un formato inusual y en una revista minoritaria, pasó desapercibido. Tanto Bloom como la revista Science han intentado obtener la versión de los investigadores chinos, sin éxito. El bioquímico estadounidense no ha encontrado las secuencias borradas en ninguna otra base de datos.

Jesse Bloom pertenece al grupo de 18 científicos de primera fila que pidió el 13 de mayo “una auténtica investigación” sobre el origen de la pandemia. A juicio de estos expertos, “siguen siendo posibles tanto la teoría de un escape accidental de un laboratorio como la de un salto natural desde los animales”. El Instituto de Virología de Wuhan, en cuyos laboratorios se trabajaba con coronavirus antes de la pandemia, está a 14 kilómetros del mercado de Huanan.

Los 18 científicos, en una carta publicada en la revista Science, fueron muy críticos con el informe de la misión conjunta de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y China, cuyos autores aseguraron en marzo de 2021 que la hipótesis de una fuga de un laboratorio era “extremadamente improbable”, mientras que el salto natural desde un animal era “probable o muy probable”.

El propio informe de la OMS detalla 168 casos de covid en Wuhan en diciembre de 2019, 47 de ellos asociados al mercado de Huanan. Otros enfermos, 38, habían estado en otros establecimientos similares, pero no habían visitado el de Huanan. El virólogo Robert Garry, experto en virus emergentes de la Universidad Tulane (EE UU), ha detectado dos linajes distintos de coronavirus en esos primeros casos vinculados con mercados de fauna salvaje. Su hipótesis es que un progenitor del virus en los murciélagos saltó a otra especie, algunos animales infectados fueron capturados y los ejemplares afectados —ya con diferentes variantes del virus por mutaciones en granjas abarrotadas— acabaron siendo vendidos en diferentes mercados de Wuhan. Este proceso pudo requerir décadas.

Un equipo de científicos chinos reveló hace dos semanas que en la mayoría de mercados de Wuhan se vendían animales salvajes vivos de forma ilegal antes de la pandemia. Una de las especies a la venta era el perro mapache, un carnívoro del tamaño de un zorro que se cría por millones en las granjas peleteras de China. El coronavirus del síndrome respiratorio agudo grave (SARS) —que apareció en China en 2002 y provocó la muerte de casi 800 personas— se detectó en un mercado de animales de Guangdong en la civeta de las palmeras enmascarada, un pequeño mamífero, y también en perros mapache. El propio Jesse Bloom ha reconocido en la revista Science que su investigación detectivesca “no refuerza ni la hipótesis del origen en un laboratorio ni la de una zoonosis [un salto natural desde los animales]”.

Por MANUEL ANSEDE

24 JUN 2021 - 08:08 COT


El misterio de los datos borrados sobre el origen de la pandemia

Alberto Sicilia

24 junio 2021

El origen de la pandemia sigue siendo asunto de debate. La hipótesis del origen natural es la mayoritaria entre los virólogos. ¿Por qué? Porque lo hemos visto muchas veces con otros virus. Para el virus del MERS, otro coronavirus, hay registrados decenas de 'saltos' desde un camello a un humano.

Pero también hay algunos virólogos reconocidos que piden que se estudie la hipótesis del accidente en laboratorio. ¿Por qué? Porque también hubo accidentes en el pasado. Una reciente carta en Science pidiendo que la OMS reabra la investigación generó bastante polémica en el mundo científico.

Y el debate se ha calentado aún más tras la pre-publicación de un trabajo de Jesse Bloom, un investigador del Howard Hughes Medical Institute de Seattle.

Bloom ha descubierto que se borraron datos científicos que podrían ser importantes para entender el origen de la pandemia.

Pero vamos a intentar explicarlo por partes.

¿Qué se sabe del origen de la pandemia?

Se sabe que el coronavirus tiene su origen en los murciélagos. Hay un virus de murciélago llamado RaTG13 que es muy parecido al que causa la COVID.

¿Cómo se determina que un virus 'se parece' a otro?

El material genético del virus es una secuencia de 30.000 letras.

Los virus mutan con facilidad. Una mutación es un cambio de una letra por otra.

Comparando la secuencia de letras de diferentes muestras, los investigadores pueden construir el 'árbol genealógico' del virus.

Entonces, si tuviésemos las secuencias de los primeros casos, ¿podríamos saber cómo comenzó la pandemia?

Exacto.

¿Y tenemos las secuencias de los primeros casos en Wuhan?

Hay algunas secuencias (pero no muchas) de las muestras que se tomaron en pacientes que habían pasado por el famoso mercado de animales de Wuhan a finales de diciembre de 2019.

Estas secuencias son la principal base científica del informe conjunto de la OMS y el gobierno de China que concluye "con alta probabilidad" que el origen del virus fue natural.

¿Dónde se publican los datos de las secuencias?

Muchos investigadores suben secuencias del virus a un servidor del NIH, el Instituto Estadounidense de Investigación Biomédica.

De esa manera, científicos de otros países pueden descargarse la información y trabajar con ella.

¿Los investigadores chinos también suben los datos a ese servidor?

Sí. Muchos investigadores chinos han utilizado el servidor del NIH para subir secuencias del virus.

Lo que Bloom ha descubierto es que científicos chinos subieron al servidor más de 200 secuencias al principio de la pandemia que luego desaparecieron de la base de datos.

¿Quién puede borrar los datos que se suben al servidor?

Los científicos que han subido los datos pueden pedir que esos datos se borren.

Pero entonces los datos se borraron, ¿no?

Se borraron, pero Bloom ha encontrado partes de esas secuencias en una copia de seguridad en la nube de Google.

¿Y qué se puede concluir algo de esos datos?

Según el análisis de Bloom, los datos ahora descubiertos demuestran que las secuencias en las que se basó el informe de la OMS y China no eran representativas del virus que estaba circulando en Wuhan al inicio de la pandemia.

Tampoco se entiende por qué se borraron: esas secuencias de los primeros casos son esenciales para entender cómo comenzó todo.

¿Esto demuestra que el virus se escapó de un laboratorio?

No. Esto no es niguna prueba de que el virus escapase del laboratorio. Pero sí demuestra que aún faltan muchos detalles por conocer sobre el origen de la pandemia.

El Gobierno de Japón propone semana laboral de cuatro días para impulsar la economía y luchar contra el estrés

Propone la reducción de jornada para promover los cuidados, evitar suicidios y reactivar el consumo.

 

El problema del estrés en Japón es una de las principales preocupaciones de su gobierno y se le atribuye una de las tasas de suicidios por la presión laboral más altas del planeta. Incluso tiene un nombre: Karoshi, traducido por “muerte por trabajo”. Además, el país nipón tiene serios problemas en cuanto a los cuidados. Las largas jornadas laborales imposibilitan que muchas personas puedan formar una familia o cuidar de sus mayores. El Gobierno japonés ha encontrado en la jornada laboral de cuatro días un posible remedio para dichos problemas y ha empezado una campaña en la que pretende convencer a las empresas de abordar la reducción de jornada laboral.

En dicha campaña, el Gobierno argumenta que con dicha reducción de jornada las empresas también saldrán ganando al retener el personal que, sujetos a las largas jornadas laborales niponas, deciden dejar sus empleos para formar una familia. La misma campaña también invita a las personas empleadas a utilizar ese día libre para formarse y obtener nuevas aptitudes educativas y laborales.

Más tiempo libre, mejor para la economía. La reducción de jornada no es vista únicamente desde el punto de vista de salud mental. El Gobierno también pretende reactivar la economía con esta medida. Defienden que un día libre a la semana puede reactivar y favorecer el consumo y las actividades de ocio, impulsando una economía estancada y en crisis por la covid-19.

De momento, la gran incógnita sigue sin resolverse: ¿conllevará la reducción de jornada una reducción de salario? El Gobierno no ha entrado en detalles, pero según indica el medio Japan Today, los trabajadores han mostrado su preocupación a que la reducción de horas y días trabajados tenga una bajada proporcional en la nómina.

Publicado enSociedad
Martes, 22 Junio 2021 05:50

Por qué el agua es el nuevo petróleo

Por qué el agua es el nuevo petróleo

La escasez del agua en el mundo, acelerada por el derretimiento de los glaciares, la contaminación y su uso intensivo, para algunos es sinónimo de negocio. Su cotización en Wall Street habilitó el mecanismo técnico para su commoditización. Mauro Fernández reconstruye el mapa de las corporaciones que, con aliados clave de la política, se convierten en “la vanguardia sensible de esta embestida sobre el bien estratégico del siglo XXI”.

Esta investigación es parte del especial Agua realizado y publicado en bocado.lat

En su mansión al norte de Nueva York, Laurence Fink, uno de los treinta hombres más poderosos del planeta se despertó con sed. Era 2 de noviembre y cumplía 66 años. Todavía no había pandemia. Se levantó de la cama a las cinco de la mañana y no tomó nada. Con la garganta reseca apretó la nariz contra la ventana de la sala de estar, mirando al parque de cuatro hectáreas. Después de veinte segundos inmóvil, tragó saliva. Las mejores ideas de su vida las había tenido siguiendo intuiciones. Nadie sabría cómo se gestó la más reciente ofensiva sobre el agua, pero Larry recordaría siempre esa sedienta mañana.

Fink tiene ahora 68 años, es más largo que alto, tiene una alopecia profunda y usa anteojos sin marco. Se ríe seguido y la comisura derecha se le levanta con picardía porteña. Su padre era zapatero y su madre, profesora de inglés. Nació en Los Ángeles y estudió ciencia política en la Universidad de California donde se unió a la fraternidad universitaria Kappa Beta Phi. Catorce años después de recibirse, fundó y se convirtió en el número uno de BlackRock, hoy el fondo de inversiones más grande del mundo. En 2020, el grupo gestionó fondos por 8,7 billones de dólares, una riqueza que lo posicionaría como la tercera potencia mundial, sólo detrás de Estados Unidos y China. El fondo es copropietario de más de diecisiete mil empresas entre las principales farmacéuticas (Pfizer), alimentarias (Bayer-Monsanto y Coca-Cola), petroleras (Exxon Mobile) y tecnológicas (Apple y AOL), entre otras. Es la cueva donde nunca descansan los mejores lobos de Wall Street; una manada de la que Larry es el macho alfa.

Si bien toma impulso con sus intuiciones, Fink siempre se basa en las proyecciones. Desde hace años que conoce los informes sobre la escasez del agua en el mundo, acelerada por el derretimiento de los glaciares, la contaminación y su uso intensivo, en particular del sector agrícola —el 72% del consumo global se utiliza de ese modo de acuerdo a la ONU—, los municipios y las industrias. Según el World Resources Institute, en los últimos cincuenta años la demanda doméstica se incrementó en más de un 600 por ciento. Pero la ONU estima que aún 2.200 millones de personas (casi un tercio de la población global) no tiene acceso seguro al agua potable, y tres mil millones no acceden siquiera a lavarse las manos con agua y jabón. Para los jugadores como Fink, gestionar e incrementar artificialmente esa escasez es una excelente oportunidad de negocios.

BlackRock avanzó en su proyecto por distintos frentes. En julio de 2020 publicó el informe Troubled Waters (aguas turbulentas), en el que advirtió que el estrés hídrico —mayor demanda que disponibilidad del recurso— produciría graves riesgos financieros en las próximas décadas. Mencionó especialmente los riesgos para el sector inmobiliario, el agrícola y la generación eléctrica. Lo vinculó, además, con las sequías y las inundaciones producto de la crisis climática. Reconoció el contexto y tomó carrera.

En diciembre de 2020, el agua comenzó a cotizar en Wall Street, esa cueva de Fink y otros popes de la economía de mercado global. Se trata, por el momento, de precios futuros para el comercio de agua de cuencas de California para el mercado agrícola. Pero también es lo que parece: el mecanismo técnico necesario para abrir formalmente el camino a la commoditización del agua. 

Luego la vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, reconoció que “durante años, varias generaciones pelearon guerras por el petróleo; en un corto tiempo se pelearán por el agua”. Para defender el recurso, Harris la catalogó como una “commodity preciosa”. Plantea así un escenario en el cual el agua nos llevará, o bien a la guerra formal y conocida, o otra más abstracta pero igual de sangrienta, la que deviene de ingresarla con un valor cuantificable, competitivo y comerciable. Lo que propone la vicepresidenta norteamericana es que si queremos evitar que nos arrebaten el agua al calor del hierro, debemos aceptar —y abrazar— su valorización económica. 

En 2020 Fink mostró su primer modelo de ataque. Copropietario de la farmacéutica estadounidense Pfizer, dueña de una de las vacunas que se comercializa contra la Covid-19 habría exigido que los países que querían comprar la droga pusieran activos soberanos a modo de garantía para responder ante eventuales juicios futuros. El caso fue develado por una investigación periodística del Bureau of Investigative Journalism y reiterado en Argentina por Jorge Rachid, asesor del gobierno de la Provincia de Buenos Aires, quien declararó que Pfizer le exigió a la Argentina que sancionara una ley que eventualmente permitiera embargar los glaciares andinos. Si algo salía mal con la vacuna, Argentina respondería con sus cuerpos de hielo, nada menos que sus reservas de agua. El país, hasta ahora, rechazó esas condiciones.

***

Cordillera de los Andes. Centro-oeste de la Argentina. Departamento de Las Heras, Provincia de Mendoza. Allí se emplaza la Reserva turística Villavicencio. Un paraíso verde entre las altas cumbres, a casi dos mil metros sobre el nivel del mar, que corona una construcción blanca de estilo andina. El Hotel Villavicencio tiene cuatro pisos y techos de tejas ocre. La reserva posee el 8% de la superficie total del departamento. El dominio de esas 72 mil hectáreas que incluyen el manantial, tres ecosistemas distintos, 240 especies de fauna y 200 especies de flora es privado. Desde el año 2000, lo administra la compañía multinacional Danone. El acceso es arancelado (hoy ingresar cuesta unos dos dólares) y parte de los caudales de agua son embotellados por esa compañía en botellas que llevan la imagen del hotel impresa y luego son vendidas a un dólar el litro.

Lejos de la figura clásica del villano de película que acompaña a las corporaciones agrotóxicas, fósiles o megamineras, las que venden agua avanzan con rostro humano y cercanía a las poblaciones. Son la vanguardia sensible de esta embestida sobre el bien estratégico del siglo XXI. 

Según datos de 2018, sólo tres corporaciones controlan el 85% del mercado del agua en Argentina: Danone, Nestlé y Coca-Cola. ¿Quién se esconde detrás de las tres? Los lobos. El 10% de Coca-Cola (Coke Inc.) es controlada por BlackRock; en Danone, aunque el principal fondo de inversión es otro —el Massachusetts Financial Services—, el gigante norteamericano tiene más del 5%; y en Nestlé ningún accionista supera el 3 por ciento, excepto la compañía de Fink. Estos gigantes financieros lanzan sus inversiones detrás de toda gran empresa global. Esto es clave para entender el criterio que aplican sobre el agua y su commoditización, así como para identificar a los ganadores y los perdedores de esta idea quedeja de ser amenaza latente para convertirse en realidad.

La intención se oculta con publicidad. Coca-Cola propone que sientas el sabor.  Nestlé habla de buena comida, buena vida. Danone va más allá: un planeta, una salud dice en un registro épico. Los sitios de las principales embotelladoras están inundados de noticias sobre sustentabilidad, medio ambiente, bienestar y reciclaje. Parecen una oenegé, cuando su core business es embotellar un derecho. La estrategia de marketing está disfrazada de responsabilidad social.

Coca-Cola, por ejemplo, acordó con el Gobierno de Salta que llevaría agua potable a la región. En principio, con una prueba piloto que aplicara veinte (sí, veinte) filtros familiares a comunidades originarias de los departamentos de Rivadavia y San Martín. No importa que para fabricar un litro de Coca-Cola se utilicen litros y litros de agua, sin contar la cantidad utilizada para el envase o el endulzante. Aunque a pesar de su rol clave en el sector del agua embotellada a través de Bonaqua y Kin, el foco de la empresa norteamericana sigue siendo su gaseosa de bandera y su estrategia comercial no logra despegarse del impacto que produce como sí intenta, con mejor éxito, la francesa Danone.

Ya sea en la promoción de lácteos como garantes de salud, como en la gestión del agua, Danone no sólo busca parecer una oenegé: también las financia. Así, junto al programa SedCero —que integra junto con el Rotary, la empresa de marketing sustentable Diamonds, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y organizaciones sociales—, lanzaron en 2018en  la Casa Rosada) la Plataforma del Agua. Esta herramienta busca, según su sitio web, facilitar procesos de “desarrollo inclusivo y sustentable”. Desde ese espacio, el último Día Mundial del Agua que se celebró el 22 de marzo, Danone, SedCero, Avina y la Universidad Nacional de Quilmes firmaron un convenio con el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales que depende de la Jefatura de Gabinete de la Nación. El documento con la carta intención no se hizo pública ni se conocieron avances posteriores, pero tanto desde el Estado como desde las organizaciones firmantes aseguran que la colaboración pondría a disposición del Consejo la información sobre vulnerabilidad en el acceso al agua generada por la mencionada plataforma, financiada por la principal embotelladora del país. 

Los datos de escasez de agua en Argentina son alarmantes. Según el INDEC, cinco millones trescientas mil personas no tienen acceso al agua potable en sus viviendas y más del 13% de los argentinos no gozan de acceso permanente a este recurso vital. En las zonas rurales, como el Gran Chaco —donde centra su actividad el programa SedCero—, la situación se agrava y la escasez hídrica alcanza al 41% de los hogares. La inexistencia de una ley nacional para regular el agua aumenta la complejidad del abordaje, imposibilita el acceso a los datos reales y deja librada la gestión a colaboraciones con privados que se benefician con la venta del recurso que se busca garantizar. 

El Consejo Nacional es un espacio de articulación entre distintas áreas del Estado que busca optimizar los recursos en relación a las poblaciones más vulnerables. Su presidenta, Victoria Tolosa Paz, no considera que el rol del sector privado en la gestión de estos datos despierte ninguna alarma. Por el contrario: cree que los datos hay que buscarlos allí donde están, para poder cruzar la información existente con los mapas de vulnerabilidad y acceso al agua y acercar soluciones urgentes a los que más necesitan ese recurso. “Sin datos no se pueden tomar decisiones”, dice. Durante las semanas que duró esta investigación intentamos comunicarnos con la empresa pero nada logró más que una promesa de respuesta futura.

Buscando otras respuestas, aparece una declaración del exdirector financiero de Danone Argentina entre 2007 y 2010, François-Xavier Lacroix, ahora a cargo de Aguas Danone España. En una entrevista con ElEconomista.es, Lacroix reconoció que “el agua corriente no es competencia [a su negocio], pero dar agua gratis puede ser contraproducente”. Su razonamiento es el siguiente: “Hay que darle un trato adecuado al agua, porque si se ve como algo gratuito sin interés ni sofisticación, toda la categoría agua cae, y da más espacio a los productos que pueden ofrecer una experiencia de consumo más atractiva pero son menos sanos”. No es un caso aislado en el sector. En esta misma línea se expresó tiempo atrás Peter Brabeck-Letmathe, CEO de Nestlé entre 1997 y 2008: “La posición de que todo ser humano debe tener derecho al agua es extrema. […] Personalmente creo que es mejor darle al agua un valor de mercado para que todos seamos conscientes de que tiene un precio”.

La doctora Ana Torlaschi preside el Comité de Salud y Ambiente de la Asociación Médica Argentina y se especializó en el mercado del agua embotellada y el acceso al agua segura. Torlaschi cree que “las empresas privadas tienen la capacidad de ver un negocio donde tendría que haber un derecho; aprovechan el agujero que deja el Estado”. Dice que “los gobiernos deberían proveer el agua segura a la población porque el acceso al agua es un derecho humano como lo es el derecho al aire” y no duda en considerar que “el agua va a ser el oro del futuro”. Sobre el acuerdo entre el Estado y Danone, Torlaschi se pregunta sobre los datos que relevarán y exhibirán: “el que tiene la información tiene la manija”. 

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La Veredita es un largo pasillo de casas bajas en el que se estima que viven unas ciento cuarenta familias. Está ubicado en el sudoeste de la ciudad de Buenos Aires, a dos cuadras del estadio de San Lorenzo, el club del que es hincha el Papa Francisco. Algunas de esas casas no tienen las cuatro paredes de material, se arreglan con nylon y frazadas. Durante catorce años, el barrio no tuvo agua. Ni siquiera es uno de los 57 barrios de emergencia relevados en la Ciudad de Buenos Aires (que habitan unas 73.600 familias): el Gobierno de la Ciudad no lo reconoce, alejando a sus habitantes de sus derechos básicos como el acceso al agua. Desde la primera toma tuvieron varios conflictos entre vecinos por intentar acceder al recurso que ya tenía el barrio lindante, Los Pinos, y la Federación de Asociaciones Bolivianas que queda cruzando la calle.

Laura tiene menos de cuarenta años, vive con su marido, dos hijos y una nieta pequeña. Tiene pelo oscuro, un mechón violeta y usa un barbijo negro con la pipa de Nike. Tiene ojos negros y una mirada profunda. Desde hace tres años gestiona el comedor de La Veredita al que asisten unas setenta familias a buscar la comida que prepara junto con otras dos mujeres. “Yo busco donde está la solución y avanzo, te atropello”, dice. Cuenta que hace unos años, el Gobierno de la Ciudad colocó dos tanques en cada esquina. Mantenerlos funcionando es una tarea que obliga a los vecinos a mantenerse atentos: deben llamar por teléfono cuando el agua se está acabando. La distribución hacia cada casa la hacen los mismos vecinos con baldes. 

 “Esa agua la ponés en el balde y en cinco minutos se pone amarilla”, relata Laura. “Tuvimos chicos con forúnculos, diarreas, todo por esa agua”. El gobierno no lo reconoce, pero lo sabe. Por eso, para beber, cada quince días acercan a cada familia cuatro bidones de cinco litros de agua de mesa (que en realidad es agua corriente, pero envasada) que comercializa la empresa Akua S.A. bajo la marca Freezy. Por familia supone alrededor de un litro por día. La familia tipo de La Veredita tiene unos seis o siete integrantes, como mínimo. Laura atiende en el comedor a familias de nueve y hasta doce personas. Lo que les lleva el gobierno los enferma o no alcanza. El barrio está lleno de chicos que corren y juegan entre los bidones de agua que se amontonan vacíos.

La pandemia agravó varios problemas que ya existían. “Te dicen que te quedes aislada en tu casa, ¿pero cómo hacés si no tenés agua ni para lavarte las manos?”. Entre la sed y la enfermedad, Laura avanzó y atropelló. Varios vecinos del barrio se convirtieron en ingenieros hidráulicos a través de YouTube. En noviembre del 2020 buscaron un caño, lo cortaron, sellaron y canalizaron hacia el barrio. Con apoyo de una parroquia cercana consiguieron una tuneladora y pasaron los caños prolijamente por debajo del asfalto. Llevaron agua hasta los tanques del gobierno y se organizaron cada cuatro vecinos para comprar caños más pequeños para que el agua llegara hasta las casas. No cubre toda la cuadra, pero media Veredita tiene su canilla. Para los que aún no llega, usan las canillas populares que pueden abrir y cargar sus baldes con agua más segura que la que les acerca el gobierno y sin miedo a que se termine. Así pasaron la primera ola, organizándose para mejorar la higiene básica y permitiéndose el primer verano en el que los chicos pasaron el calor refrescándose en una pileta de lona.

Esta situación no es una excepción. De acuerdo al Observatorio Villero de La Poderosa, el 75% de las asambleas que integran en todo el país tienen conexiones informales, el 55% no poseen tanques para almacenarla y el 25% tienen sólo una canilla por casa. Uno de cada cinco no tiene ni una sola gota. Cuando alrededor del 40% de los habitantes de las villas tienen menos de 15 años y 7 de cada diez menos de 30, el ataque es contra el futuro. A Laura y a sus vecinos no les dejan alternativa: “No es la solución correcta, pero vamos tapando huequitos; más no podemos hacer”.

Los fondos de inversión que especulan con el precio del agua en Wall Street o las multinacionales que ocupan grandes reservas naturales para embotellar un bien público están muy lejos de estas realidades. La cotización bursátil en Estados Unidos es irrelevante en la realidad cotidiana de los vecinos de los barrios populares. Las verdaderas guerras por el agua ya se están peleando allí. La privatización del bien común, la ausencia en la gestión estatal y la profunda desigualdad social son parte de esta embestida que crece desde la sed de los lobos y las maniobras de quienes visten de corderos mientras oscurecen el futuro de los pibes en la estepa latinoamericana.

Por Mauro Fernández | 22/06/2021

Publicado enMedio Ambiente
Colonialismo y derechos de personas LGTBI

Es innegable que el colonialismo siempre se legitimó mediante teorías racistas, según las cuales los habitantes de las colonias eran subhumanos que necesitaban ser civilizados. Pues bien: en nuestro continente hay colonias, lo que para nosotros no es ninguna novedad, por supuesto.

A los habitantes de las colonias o de territorios de nuestro continente, por regla general, ahora se les reconocen los mismos Derechos Humanos que a los de las metrópolis. Esto es lo que hacen en la actualidad Francia (cuyas leyes rigen en Guadeloupe, Martinique, Saint Martin y Saint Barthélemy y la Guyana Francesa), Holanda (en Bonaire, Sint Eustatius and Saba) y los Estados Unidos (en Puerto Rico y las Virgin Islands).

Se supone que en todos esos territorios también gozan de la protección de los Derechos Humanos las personas LGTB y, en efecto, en todos los mencionados rigen, por ejemplo, las mismas leyes de matrimonio igualitario de las metrópolis.

Pero hay una curiosa excepción: Gran Bretaña.Allí parece que hay diferencias entre las personas LGTB blancas o residentes en las islas británicas y los de las colonias. Aunque parezca mentira, en nuestro continente hay personas mayores de edad que son condenadas por mantener relaciones sexuales absoluta y libremente consentidas con otras del mismo sexo e incluso hasta por actos de intimidad.

La legislación británica no se extiende a las colonias, porque el gobierno del Reino Unido afirma que como delegó esas facultades en autoridades locales relativamente autonomizadas, no puede hacerlo. La cuestión no se entiende, porque la lógica indica que si no puede hacerlo es porque las colonias no son colonias, pero si son colonias no se explica que no pueda hacerlo. Sería absurdo que mañana una colonia británica restableciese la esclavitud y al gobierno del Reino Unido diga que no puede hacer nada.

Más aún: la obligatoriedad de la Convención Europea fue extendida por el gobierno británico a todos sus territorios en los años sesenta, sin perjuicio de que, además y en el plano universal, la Carta de las Naciones Unidas lo haga responsable por los actos de las autoridades locales de las colonias. No obstante estas obviedades, para las personas LGTBI del Caribe no rige la Convención Europea, es decir, los habitantes LGTBI de Cayman Islands, British Virgin Islands, Turks y Caicos, Monserrat y Anguila, no gozan de los derechos a que están amparados por la Convención Europea de Derechos Humanos.

Como es natural, el Parlamento Británico tiene el poder de legislar para esas colonias, porque la autonomía legislativa de éstas es delegada como concesión del propio Parlamento, puesto que no son independientes. En ejercicio de ese poder, en 2018 el Parlamento legisló en materia de lavado de dinero. Pero además y en la propia cuestión de matrimonio igualitario, en 2019 lo legisló para Irlanda del Norte, porque el parlamento local se negaba a tratar el tema. Para los irlandeses del norte sí, pero para los caribeños no, sin dar razón de eso. ¿Será una cuestión de melanina?

En homenaje a la verdad, como no deja de haber gente racional en todos lados, cabe reconocer que la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de los Comunes remitió una nota en 2019 al primer ministro, instándolo a que emplace a los gobiernos de las colonias del Caribe para que cumplan con la Convención Europea y para que legislen sobre matrimonio igualitario, bajo pena de hacerlo por decreto real o por ley del parlamento de Londres. Pero el poder ejecutivo se negó a hacerlo, argumentando que se trata de temas que son materia delegada a los gobiernos de las colonias. Es decir, el mismo argumento: con los irlandeses del norte sí, con los caribeños no.

Pero la situación de las personas LGTBI del Caribe es todavía más complicada, porque incluso en los países independientes hay problemas. Esto merece una explicación que no es fácil de comprender.

Cuando los países del Caribe anglófono se independizaron conservaron como tribunal supremo –de última instancia- el llamado Consejo Privado de la Corona Británica, que con algunas excepciones se compone con los mismos jueces de la Corte Suprema del Reino Unido.

Para escapar de esta competencia suprema, los Estados caribeños independientes se pusieron de acuerdo y establecieron su propia Corte de Justicia del Caribe, pero hay países que no han adherido a ese tribunal (como Trinidad y Tobago) y siguen dependiendo en cuanto a tribunal supremo del Consejo Privado británico.

Bien: este Consejo sostiene la extraña tesis de que los jueces locales de los países caribeños no pueden revisar la constitucionalidad de las leyes de tiempos de la colonia, razón por la cual, las leyes que en Gran Bretaña se derogaron hace sesenta años y que hoy serían absolutamente inadmisibles en razón de la Convención Europea, siguen rigiendo en algunos países del Caribe, pese a ser independientes. Imaginemos que después de nuestras independencias, un tribunal español o portugués nos prohibiese derogar las Leyes de Indias o las Ondenaciones Filipinas.

En síntesis: las personas LGTBI pueden tener relaciones y casarse y gozar de todos los derechos que garantiza la Convención Europea en el territorio británico europeo; en sus colonias del Caribe sus habitantes gozan de todos los derechos que la Convención, menos de practicar su sexualidad y casarse, porque para eso es lo único en que parece que no las consideran colonias sino independientes; pero los habitantes de sus ex-colonias ahora independientes que no se han sacado de encima la tutela del Consejo de la Reina como tribunal supremo, no sólo no pueden casarse sino que son penados.

En conclusión, a diferencia de los otros países de fuera de la región que mantienen colonias o territorios en el Caribe, sólo los británicos permiten la violación de los Derechos Humanos de las personas LGTBI en sus cinco territorios caribeños -Cayman Islands, Turks y Caicos, BVI, Monserrat y Anguilla– y en Bermuda, pese a que el Parlamento Británico por leyes y la Corona a través de decretos reales (llamados Orders in Council) tienen el poder constitucional para legislar en cualquier materia y terminar con dicha violación. Y como frutita del postre, a través del Consejo Privado prohíbe a los estados independientes que no se lo sacaron de encima (por adhesión a la Corte de Justicia del Caribe), que declare inconstitucional la ley que pena las relaciones con personas del mismo sexo.

Más claro imposible: los derechos son para nosotros y nuestras personas LGTBI, pero para los caribeños no, porque son ricos en melanina y todavía debemos civilizarlos, como diría la Reina Victoria. Y esto sucede en nuestro continente.

18 de junio de 2021

Eugenio Raúl Zaffaroni es Profesor Emérito de la UBA

Publicado enInternacional