Jueves, 11 Junio 2015 06:51

Galardonan a Padura con el Princesa de Asturias de las Letras

Escrito por Afp y Dpa
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Galardonan a Padura con el Princesa de Asturias de las Letras

El escritor cubano Leonardo Padura obtuvo el Premio Princesa de Asturias de las Letras este miércoles por el diálogo y la libertad de su obra, que recurre a la ficción para diseccionar la realidad cubana.


Desde la ficción, Padura muestra los desafíos y los límites de la búsqueda de la verdad, afirmó el presidente del jurado y director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, al leer el acta de concesión del premio, al que optaban 27 candidaturas de 18 países.


El narrador de 59 años agradeció el gran honor que me conceden y que asumo como reconocimiento a tantos años de trabajo, llenos de las incertidumbres, las dudas, los temores de la creación.


El galardón, expresó Padura en un comunicado, "me llena de satisfacción y orgullo como ser humano, como escritor, como cubano... Mil gracias.


Hay premios que uno a veces espera y los gana o no los gana. Éste, de verdad, no esperaba ganarlo.
Interés por las historias de los otros


Leonardo Padura (La Habana, 1955) fue definido por el jurado como un autor arraigado en su tradición y decididamente contemporáneo; un indagador de lo culto y lo popular; un intelectual independiente, de firme temperamento ético.
En la escritura del galardonado destaca un recurso que caracteriza su voluntad literaria: el interés por escuchar las voces populares y las historias perdidas de los otros, añadió el acta del galardón.


Su obra es una soberbia aventura del diálogo y la libertad, agregó el jurado de un premio cuya concesión coincide con el acercamiento entre La Habana y Washington, algo por lo que siempre había abogado el autor.


En una entrevista con La Jornada (26/6/01), Padura dijo:


Yo sólo soy un hombre que escribe, en una esquinita de La Habana, cada vez más retirado de todo lo que no sea el acto mismo de la escritura, que es lo que más me gusta hacer en la vida. No soy importante ni académica ni políticamente, y tampoco me interesa serlo. Prefiero esta relativa independencia de escribir mis libros y vivir de lo que ellos me aporten económicamente, sin convertir mi literatura en un instrumento que otros utilicen, en ningún sentido.


Su obra literaria va más allá de cualquier crítica al gobierno de Raúl Castro y se distanció de una lectura sólo política de sus libros, explicó a la agencia Dpa.


Soy un escritor cubano que escribe sobre Cuba, sobre todo, los problemas de Cuba y los de mi generación, añadió Padura, quien también deploró que lo definan como un escritor crítico con el régimen de la isla.


No me gusta que me pongan esa etiqueta, dijo Padura.


Me gusta que valoren mis libros por lo que son literariamente, pidió.


Destacar que es ante todo un crítico del gobierno me abarata como escritor, consideró.


Trato de que la política sea un componente que pongan los lectores, manifestó el autor de El hombre que amaba a los perros, novela sobre la vida de Ramón Mercader, el asesino del revolucionario ruso León Trotsky.


Vecino del barrio Mantilla


Padura ha vivido toda su vida en el barrio Mantilla, en el sur de La Habana. En 2012 recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba, que las autoridades culturales de la isla le otorgaron por haber enriquecido el legado de la cultura cubana en general y de su literatura en particular. También ha sido distinguido con la Orden de las Artes y las Letras de Francia.


Alcanzó el reconocimiento internacional con su serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Mario Conde, que le han servido para interpretar y reflejar la realidad cubana, según el mismo escritor ha manifestado.


Aprendí de Hammett, Chandler, Vázquez Montalbán y Sciascia que es posible una novela policial que tenga relación real con el ambiente del país, que denuncie o toque realidades concretas y no sólo imaginarias, afirmó el autor, refirió la Fundación Princesa de Asturias.


El premio, que el pasado año recayó en el novelista irlandés John Banville, está dotado con 50 mil euros y una escultura creada por Joan Miró.


La ceremonia de entrega tendrá lugar en octubre, en Oviedo, y estará presidida previsiblemente por los reyes de España, Felipe VI y Letizia.


El escritor, la soledad y los lectores


(Artículo publicado el 10/6/2015 por la agencia SPUTNIK)


Hemingway, que a lo largo de su vida dijo tantas tonterías que se han hecho célebres (como aquella historia del editor del Toronto Star que lanzaba máquinas de escribir por la ventana del periódico), también expresó algunas de las grandes verdades del oficio de escritor, sin haberse propuesto nunca (afortunadamente) teorizar sobre el arte de la escritura, sino más bien sobre la experiencia del trabajo con las palabras y las historias.

Fue el autor de El viejo y el mar quien advirtió con mayor claridad del peligro que representa para el novelista, en un determinado momento de su carrera, depender del oficio periodístico, tan absorbente y devorador. Fue también quien comparó la novela con un iceberg, que apenas muestra una octava parte de su volumen, pero que debe sostenerse sobre las otras siete que están sumergidas. Y resulto ser Hemingway quien formuló, con similar certeza, una de las más dramáticas realidades del trabajo del novelista, cuando aseguró que en la medida en que el escritor avanza en su labor a lo largo del tiempo, se va quedando solo. Y no por una maldición intrínseca a su tarea, sino por una necesidad: la soledad es indispensable para el trabajo del novelista, y debe buscarla u olvidarse de lo que pretende ser.

García Márquez, que solía acuñar también este tipo de frases rotundas, aunque con la levedad y la gracia de un hombre del Caribe, decía al respecto que el mejor lugar para vivir un escritor es un burdel: fiesta en la noche y silencio sepulcral en las mañanas. O lo que es lo mismo: distracción sin compromiso y soledad para el trabajo.

Cuando se escribe una novela las exigencias de concentración del escritor deben alcanzar sus máximos niveles, y únicamente la soledad del estudio de trabajo pueden garantizar la satisfacción de esa necesidad. Fuera deben quedar muchas de las atracciones o distracciones del mundo, sin que eso signifique que el individuo que escribe novelas deba ser un anacoreta (como lo fue Onetti durante años), pues de su contacto con su realidad surge o puede surgir una parte de su alimento literario.

En el mundo contemporáneo tal imperativo del oficio de novelista es cada vez más difícil de obtener. Los compromisos promocionales y sociales, las exigencias económicas y las peticiones personales ocupan un tiempo precioso aunque a la vez necesario para una labor que se inicia en el estudio de trabajo pero que se materializa en la librería a la que llega un lector y, entre cientos, miles de ofertas que abarrotan los estantes, decide comprar un libro determinado... ¿Cómo se llega a ese lector? ¿Quién es ese lector?

Las presentaciones de libros en ferias y diversos tipos de eventos promocionales suelen colocar al escritor necesitado de soledad en un escenario donde forma parte de un espectáculo indispensable, pues si no promueve y vende sus libros, difícilmente podrá aspirar a un poco de soledad para escribir, pues tendrá que gastarse y desgastarse en otras labores de las cuales arañar el sustento. Pero esos eventos públicos suelen tener una importante gratificación –al menos así lo asumo yo-: el encuentro personal con el lector, esa posibilidad de ponerle rostro y voz a ese ser difuso y múltiple para el que, en definitiva, uno se encierra durante horas, a lo largo de meses y años, para escribir la novela que, así lo espera, será leída por... ese lector que se acerca y nos pide una firma o algo más.

Cuando ese ente casi abstracto e imprescindible que es lector se materializa e individualiza frente al escritor y le elogia su trabajo, todas las semanas y meses de soledad a que ha debido someterse el escritor cobran su mejor y más amable sentido... Pero cuando ese lector, apenas dichas las primeras palabras se convierte en alguien singular (por lo que dice como lector, por lo que es como persona, por lo que representa como individuo) entonces se abre un mundo de conexiones y posibilidades a los que nunca, en la soledad del estudio de trabajo, pensó llegar al escritor.

Algo así es lo que me ha ocurrido recientemente en Madrid cuando en una presentación de mis libros se me acercó una señora, ciega, y me dijo que era una gran admiradora de mis libros y que mi novela Herejes había sido la última selección del club de lectores ciegos al que pertenece. De inmediato supe que Guadalupe Iglesias no era un lector más, deseoso de un breve diálogo con un escritor, sino alguien especial... que resultó ser muy especial.

De aquel breve encuentro con Guadalupe, surgió un compromiso: asistir a una tertulia con el Club de Lectura del grupo Retina Madrid (que forma parte de la Fundación Retina España) compuesto por personas afectadas por diversas afectaciones de la retina que les provocan ceguera parcial o total, como es el caso de Guadalupe.

Pocas veces en mi vida de escritor –que se va haciendo larga, mientras pierdo pelo y se me oxidan las rodillas- he tenido un encuentro tan cálido y cercano como el que, en medio de decenas de compromisos y trabajos, al fin efectué con este club de lectores en el restaurante madrileño Rías Baixas. Pocas veces he conversado con lectores tan ávidos y apasionados, que han hecho de la literatura una de las formas de comunicarse con un mundo a cuyo acceso se han visto limitados por la pérdida parcial o total de la visión... Pero, sobre todo, pocas veces he estado con gentes con tantos deseos de vivir y de encontrar la plenitud del disfrute de la belleza del mundo como entre estas personas ciegas que leen libros, asisten a cines y museos, viajan por el mundo pues no se han dejado derrotar por la adversidad de un terrible padecimiento.

Si alguna vez he sentido que la soledad de mi trabajo, las dudas desgarradoras del proceso de creación, los temores de todo tipo que anteceden y preceden a mis partos literarios han tenido algún sentido, una invaluable recompensa, ocurrió en esa noche, en un restaurante gallego, con un grupo de lectores ciegos, voraces y suspicaces, que para completar el ensalmo de una noche definitivamente mágica, casi literaria, efectuaron la ceremonia de la queimada del aguardiente, con el tradicional pronunciamiento del conjuro de las brujas... hecho por una Guadalupe Iglesias vital e invencible, vestida de meiga (bruja) gallega para celebrar y brindar por la vida y por los libros.

Información adicional

  • Autor:Afp y Dpa
  • País:Cuba
  • Región:El Caribe
  • Fuente:La Jo
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