Fuentes: Rebelión - Foto: Liberación de Saigón: evacuación cerca de la embajada de EE.UU., 30 de abril de 1975

Las guerras contra Vietnam, Irak y Afganistán fueron derrotas para Estados Unidos. Sin embargo, los medios dominantes y la industria cultural las presentaron no solo como victorias morales, sino también como victorias militares.

El experto en propaganda computacional, Samuel Woolley, en 2020 publicó en su libro The Reality Game la historia de Jascha, quien se había instalado en Ucrania en 2013, un año antes del golpe de Estado. Durante este período, “fue testigo de nuevas formas de manipular la opinión pública usando información de muy baja calidad destinada a determinados grupos en el país. Más tarde nos dimos cuenta de que Ucrania era la avanzada de la propaganda computacional en el mundo. Ahora [2020] cuando queremos tener una idea de hacia dónde va el futuro de las fake news y de los bots políticos, simplemente miramos hacia Ucrania usamos Ucrania como caso de estudio”. En Computacional Propaganda, libro en el que reunió en 2019 una decena de expertos, reiteró la idea: la manipulación de la opinión pública a través de la propaganda computacional ha sido una guerra entre Rusia y Occidente en Ucrania desde los primeros años del siglo XXI.

Aparte de la CIA, desde 1997 la OTAN se aseguró de fundar agencias en Ucrania, para que las milicias cibernéticas aprendan el arte de la guerra moderna, es decir, de la propaganda computacional, con la fundación del “Centro de Información y Documentación (NIDC)”. Según sus declaraciones de principios, se trataba de un mecanismo que apuntaba a “crear conciencia y comprensión sobre los objetivos de la OTAN en Ucrania”, formando por décadas a “periodistas independientes”.

Los diagnósticos de los expertos han sido abundantes y consistentes, pero ninguno ha alcanzado los titulares de los grandes medios occidentales. El 16 de marzo de 2022, Sean McFate, integrante del Atlantic Council, fue directo: “Rusia puede estar ganando la guerra en el campo de batalla, pero Ucrania está ganando la guerra de la información. Esa es la clave para obtener el apoyo y la simpatía de los aliados”. Un oficial del Departamento de Estado señaló que “los ucranianos han dado una clase magistral en guerra de información”. Otro alto funcionario de la OTAN, en calidad de anonimato, le reconoció al Washington Post que el gobierno de Ucrania estaba haciendo un “excelente trabajo de comunicación” y de “operación psicológica” junto con un centenar de compañías publicitarias y medios internacionales. Es probable que esta funcionaria anónima sea Natalia Popovych, presidenta de One Philosophy, poderoso grupo que gestiona la imagen de gigantes como Microsoft, McDonald’s, MasterCard y Opel, financiadas, a su vez por varios gobiernos europeos, por la embajada de Estados Unidos en Ucrania, la USAID y el Institute for Statecraft de Inglaterra.

La guerra de Washington en Vietnam, como en Irak o en Afganistán más recientemente, fue una vergonzosa derrota que los medios dominantes y la industria cultural se empeñaron en presentar como una victoria moral. Más que eso, se vendió como una victoria militar, sobre todo en las películas, al extremo que hasta estudiantes universitarios aún hoy se sorprenden cuando escuchan que su país perdió la mítica guerra de Vietnam, recordada en millones de gorras de baseball que usan los “héroes ancianos” en McDonald o en Walmart para que los dejen pasar primero en la fila de la caja y, de ser posible, se arrodillen y les repitan aquello de “gracias por su servicio”, “gracias por proteger la libertad de nuestra nación”. 

Al igual que la humillación de Bahía Cochinos en 1961, en Vietnam la derrota se basó, en alguna medida, en un defecto de la propaganda, pese al tsunami de millones de dólares inyectados por la administración de Johnson para demonizar a los disidentes más conocidos (Martin Luther King, Mohammed Ali, Noam Chomsky, Edward Said…) y a estudiantes que protestaban contra la guerra, hasta el extremo de reprimirlos a tiros en varias universidades. El resultado fue parcial pero sintomático: los padres de los estudiantes masacrados en universidades como Kent State University justificaron la violencia policial para evitar alguna forma de antipatripitsmo. 

En Cuba se debió a la observación del médico argentino Ernesto Guevara, quien en 1954 se encontraba en Guatemala cuando la CIA destruyó esa democracia manipulando los medios. Cuando la Revolución cubana triunfó en 1959, una anomalía histórica en América latina, Guevara aseguró: “Cuba no será otra Guatemala”. Las enigmáticas palabras revelaban mucho para quienes tenían algún conocimiento de la realidad, como el agente de la CIA David Atlee Phillips quien, luego de la vergonzosa derrota, afirmó: “Castro y Guevara aprendieron de la historia; nosotros no”. Una década después, ocurrió algo similar en Vietnam. La millonaria maquinaria propagandística de Washington había regado ese país no sólo con armas de destrucción masiva, como el Agente Naranja, sino también con seis mil millones de panfletos para convencer a la población de su superioridad moral. El resultado fue catastrófico: los vietnamitas usaron los panfletos como papel higiénico.

Tanto en las Guerras Bananeras, como en la Primer Guerra Fría, como en esta Segunda Guerra Fría, las estrategias de la propaganda imperial son las mismas. Una de las consecuencias directas de la guerra psicológica consiste en el objetivo maniqueo que el presidente George W. Bush resumió en su paranoia belicista: “O están con nosotros o están contra nosotros”. Como decía la CIA en los años 50, “nuestra principal arma escupe palabras, no balas”. De esta forma se secuestran los pueblos para que se identifiquen con sus gobiernos que, básicamente, son instrumentos de las multimillonarias corporaciones. Ese “nosotros” apela a lo que hace dos décadas llamamos “La enfermedad moral del patriotismo” (ver también, “Las fronteras mentales del tribalismo”). Nada diferente al lema de la dictadura brasileña: “Brasil, ame-o ou deixe-o”. Por “Brasil” querían decir “nuestra ideología, nuestra oligarquía, los dueños del país”. Bajo este lema expulsaron al pedagogo y teórico Paulo Freire, “por ignorante” y antipatriota. 

Esta estrategia de la propaganda convierte a cualquier crítico en un enemigo, tal como lo definiera la socialista convertida en halcón conservador del gobierno de Ronald Reagan, Jeane Kirkpatrick (no hay seres más resentidos que los conversos). Según la consejera y luego embajadora ante las Naciones Unidas, “aquellos que nos definen como una fuerza imperialista, racista, colonialista, genocida y guerrera, no son auténticos demócratas, no son amigos; se definen como enemigos y deben ser tratados como enemigos”.

Por esta lógica profundamente antidemocrática, gente decente que podría hacerle algún bien real a su propio país y al mundo se convierte con extrema facilidad en ciudadanos dóciles, autocensurados y funcionales a los intereses ajenos—en nombre de sus propios intereses, claro, porque en eso consiste cualquier tipo de propaganda.

Según mi modesto entender, no existe democracia sin dos requisitos fundamentales:

1) Tanto el poder político, económico como mediático deben estar supervisados y controlados por el pueblo (en el caso de las redes sociales, a través de comités internacionales);

2) Una democracia verdadera se mide por su tolerancia a la crítica radical, porque el pueblo también puede equivocarse, aún en un estado ideal donde su opinión no ha sido manipulada por el poder de turno.

Por Jorge Majfud | 22/06/2022 .

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Familias enteras hacen fila en el puesto fronterizo de la población paquistaní de Chaman, ayer, con la intención de retornar a suelo afgano.Foto Afp

Hace mas de 11 años aseveré que la OTAN estaba ya derrotada en Afganistán: cementerio de invasores desde Alejandro Magno, los británicos, los soviéticos y ahora EU (https://bit.ly/3CSpBCG). Hace cuatro meses contemplé el "síndrome de Vietnam" que se perfilaba en su horizonte (https://bit.ly/3mcQ6g3).

Se equivocaron grotescamente los servicios de espionaje de la OTAN –en particular, la CIA– y hasta el Mossad cuando "todos" calcularon la instalación de un gobierno interino entre el hoy tránsfuga ex presidente Ashraf Ghani –quien huyó con carros repletos de dinero– y los talibanes en 18 meses, que luego, tras el blitzkrieg con la sorprendente captura de cinco importantes ciudades en sólo tres días, redujeron su errado horizonte cronológico en forma dramática a sólo 72 horas.

Hasta el analista militar israelí Zvi Bar’el se equivocó feamente cuando dos días antes de la caída de Kabul afirmó que tomaría de dos a tres meses (https://bit.ly/3CYnwVJ).También los "infalibles" del Mossad se equivocan. El estrafalario error "occidental" se debe a que no conocen a las poblaciones ni la idiosincrasia sicopolítica y la etnoteología de los países que invaden, cuando basan sus previsiones en ecuaciones arregladas para favorecer sus designios. Un cálculo peregrino consistió en contrastar a los 350 mil soldados del ejército afgano, entrenados por los ejércitos de EU/OTAN y equipados con tanques y helicópteros de ensueño, frente a los rupestres 60 mil talibanes. Les faltó "calcular" la mística de los talibanes que le faltó al ejército afgano y, más que nada, los determinantes dos factores etnogeopolíticos: 1) a la mayoría de los pashtunes que conforman a los talibanes y al ejército entregado, y 2) el Pashtunistán que traslapa las dos fronteras de Afganistán y Pakistán en la región noreste del célebre Hindu Kush.

Global Times publica un impactante infograma del desastre militar de EU en 20 años y su destrucción de Afganistán con su narconeoliberalismo militarizado (https://bit.ly/2W5VQx6). RT critica que EU “salvó a los perros antes que las vidas de los afganos (https://bit.ly/3yVbLwU)”.

PressTV, de Irán, sentencia ferozmente que la invasión de EU “acabó como empezó (https://bit.ly/3srB4ED)”. El consultor estratégico ruso Andrei Martyanov comenta en su blog que “el mundo tomó nota y EU concedió la victoria a los fanáticos (sic) islámicos y así los envalentonó, de igual forma en que EU avivó las llamas del Islam político en los 80 y los ayudó a formar la fuerza que es radicalmente anticivilizatoria en su esencia (https://bit.ly/2Upj9l9)”.

Martyanov aduce "encontrarse menos preocupado por el triunfo de los talibanes como resistencia local en Afganistán, que con el ejemplo de su victoria que imprime en los islamitas más radicales en otras partes del mundo".

Patrick Armstrong fulmina que las élites de EU no han aprendido nada porque son incapaces de "aprender", como demuestra su nueva derrota de sus "juegos de guerra" afganos (https://bit.ly/3xZTqgN).

Antonio Giustozzi –profesor visitante en el Colegio King de Londres–, en su visión exageradamente anglosajona, comenta que las “creencias de la línea dura (sic) del grupo no han cambiado, pero que los socios de la coalición y los poderes regionales pueden ser influencias moderadoras (https://bit.ly/3gunV95)”. Giustozzi arguye que el gobierno talibán será "pragmático" con China, Rusia, Pakistán e Irán, además de sus tres vecinos centroasiáticos norteños: Uzbekistán, Tayikistán y Turkmenistán.

Cuatro días antes de la caída de Kabul, a sabiendas de su epílogo, Rusia informó a Irán de su aceptación al Grupo de Shanghái, mejor conocido como la Organización de Cooperación de Shanghái (https://bit.ly/2W3XhMX).

Antes de la catástrofe de la OTAN encabezada por EU en Afganistán, el presidente Biden prometió al premier iraquí, Mustafa al-Kadhimi, en visita a la Casa Blanca, el retiro de las tropas de EU en Irak el 31 de diciembre (https://bit.ly/3sqiaxA). Las retiradas militares de EU suelen ser peores que sus invasiones fallidas.

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EEUU: los campamentos de verano donde se aprende a ser espía

Funcionan como semillero de la CIA y de la NSA 

Dos programas son claves para que miles de estudiantes se formen en ciberseguridad: GenCyber y CyberPatriot. El rol de las instituciones educativas. 

01/08/2021

Los campamentos de verano funcionan como el semillero de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y de la CIA estadounidenses. Durante julio y agosto, estos laboratorios trabajan a pleno. Miles de alumnos y profesores, en 45 de los 50 estados de EEUU, se forman en ciberseguridad. De esa masa crítica saldrán muchos de los especialistas del rubro, sean o no espías o hackers del futuro. Dos programas son claves para comprender la envergadura del plan con generoso apoyo gubernamental. El GenCyber comenzó en 2014 y fue creado por la NSA. El CyberPatriot es una iniciativa de la Asociación de la Fuerza Aérea (AFA) que persigue un objetivo similar. Su principal patrocinadora es la Fundación Northrop Grumman, un apéndice del complejo de empresas aeroespaciales y de defensa homónimo. Se trata del cuarto mayor contratista de defensa militar de los Estados Unidos, fabricante del B-2 Spirit (también conocido como el Stealth Bomber o bombardero furtivo) y primer constructor de buques de guerra.

Expertos en ciberseguridad

Uno de los argumentos que sostiene la NSA para formar en sus campamentos – hasta hoy han sido 154- es “la brecha de hasta 600.000 profesionales necesarios para satisfacer la demanda de la nación”. Aduce que la oferta de expertos en ciberseguridad “ha quedado muy por debajo de la demanda”. En la página oficial del GenCyber se lee que ese programa “busca despertar y mantener el interés en ciberseguridad en el nivel K-12 con el fin de construir un flujo de trabajo competente, diverso y adaptable a través de la alineación con los Centros Nacionales de Excelencia Académica en Ciberseguridad…”

Qué es la NSA

  La NSA es la responsable del monitoreo, recopilación, procesamiento global de la información y datos con el objetivo de hacer inteligencia y contrainteligencia en el país y en el exterior. Además se especializa en una disciplina conocida como inteligencia de señales (SIGINT). Las denuncias de Edward Snowden en 2013 expusieron que sus presuntos objetivos legítimos eran tan ilegítimos como la forma en que EEUU espíaba al resto del mundo. Angela Merkel y Dilma Rousseff fueron víctimas de ese espionaje en 2013. 

El contratista estadounidense asilado en Rusia trabajó para la NSA. La misma agencia que sostiene ahora lo vital que resulta el GenCyber en el objetivo de “asegurar que suficientes jóvenes se sientan inspirados para utilizar sus talentos en ciberseguridad” porque “es fundamental para el futuro de la seguridad nacional y económica de nuestro país a medida que dependemos aún más de la tecnología cibernética en todos los aspectos de nuestra vida diaria”. Además de la NSA, el programa es apoyado financieramente por la Fundación Nacional de Ciencias y otros socios federales que hacen aportes anuales.

Las instituciones educativas de EEUU son claves para que esta experiencia en seguridad tenga su espacio propicio: “Las universidades, las escuelas públicas o privadas o los sistemas escolares son elegibles para recibir becas GenCyber. Las subvenciones proporcionan fondos para que las universidades administren y ejecuten campamentos GenCyber”, informa la página del programa. Los campamentos deben durar un mínimo de cinco días y/o treinta horas y están destinados a la enseñanza intermedia y secundaria. No pueden participar ciudadanos no estadounidenses o sin residencia permanente en el país.

El programa ya se está dando en lenguas extranjeras como el portugués. La Universidad de Augusta, en Georgia, difunde que si los alumnos “son aceptados en la cohorte del campamento anual, los campistas disfrutarán de oportunidades de aprendizaje prácticas y atractivas que incluyen actividades en el aula y excursiones a NSA Georgia y al Centro de excelencia cibernético de Fort Gordon”.

Este cuartel cuyo nombre fue asignado en honor a un militar del ejército confederado, se abrió en 1941 para entrenamiento de las tropas durante la II Guerra Mundial. Desde junio de 1985, Fort Gordon aloja al Cuerpo de Señales de los EEUU, la rama del ejército que se encarga de proporcionar y mantener sus sistemas de información y redes de comunicación. En apenas seis años, los campamentos GenCyber pasaron de ocho a 154 y en estos días se siguen desarrollando semana a semana.

Las universidades que adhirieron al programa llaman a las instalaciones como Fort Gordon “academias de guerreros” diseñadas para entrenar futuros “ciberguerreros”. En un artículo publicado en la página oficial de la Universidad pública del Norte de Georgia sobre el curso de 2017 se lee: “La Academia de Guerreros Cibernéticos entrena a la próxima generación para el empleo en el combate virtual”.

El CyberPatriot no es muy diferente del programa prohijado por la NSA. Estimula que los alumnos se anoten en carreras de seguridad informática o de planes de estudio semejantes bajo el auspicio de la Asociación la Fuerza Aérea (AFA) que reúne tanto a militares en actividad como retirados. Pueden cursarlo alumnos de casi todos los niveles de enseñanza. El financiamiento lo aporta la fundación de la corporación armamentística Northrop Grumman de Denver, Colorado. Es el cuarto mayor proovedor del ministerio de Defensa de EEUU.

En el distrito escolar de Fairfax, un condado de Virginia, se adhirieron al CyberPatriot en 2014. A las escuelas del lugar se las encuadró en el llamado Centro de Excelencia CyberPatriot de la AFA. A pocos minutos de ahí se encuentra Langley, donde tiene sus oficinas centrales la CIA. En la zona también se levantan las sedes de varias agencias de seguridad. Todo queda muy cerca de Washington, desde donde gobierna el presidente Joe Biden. Pero los campamentos de verano en los que se enseña ciberseguridad están desparramados por la amplia geografía de Estados Unidos. Un país donde no sólo proliferan las armas. También los aprendices de espías.

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Lunes, 21 Junio 2021 05:39

El generalísimo del brazo largo

El generalísimo del brazo largo

En septiembre de 1956 se celebró en Panamá una cumbre de las Américas a la que asistió el presidente Dwight Ei­senhower, de Estados Unidos, quien se vio rodeado de la conspicua fauna de dictadores latinoamericanos, todos en sus más vistosas galas militares, y el pecho sobrados de medallas.

Era el tiempo de las repúblicas bananeras, cuando en plena guerra fría los hermanos John Foster y Allen Dulles, el uno jefe de la CIA, el otro secretario de Estado, quitaban y ponían presidentes en el Caribe, si así lo quería la United Fruit Company.

Las fotos tomadas en aquella ocasión son memorables. Disputando el sitio más próximo a Eisenhower, aparecen, entre otros, el general Anastasio Somoza, de Nicaragua; el coronel Carlos Castillo Armas, de Guatemala; el general Marcos Pérez Jiménez, de Venezuela; el general Gustavo Rojas Pinilla, de Colombia, y el general Fulgencio Batista, de Cuba.

Falta, sin embargo, el más notable de todos aquellos sátrapas en traje de opereta, el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Por razones protocolarias no podía estar presente en el cónclave, pues había dado en préstamo temporal la presidencia de la República Dominicana a su hermano, el general Héctor Bienvenido Negro Trujillo, quien ocupa su lugar en la foto de familia.

El generalísimo, que no había tenido empacho en llamar a la capital Ciudad Trujillo, en su propio homenaje, aparentando pudor había dejado en depósito la banda presidencial a Héctor Bienvenido, el más dócil y apagado de sus hermanos, mientras él preservaba en su puño todos los poderes, empezando por el de vida o muerte.

Esta fauna tan peculiar no tardaría mucho en desaparecer del mapa. Somoza fue muerto a tiros, al apenas regresar a Nicaragua, por un poeta desconocido; Rojas Pinilla fue obligado a renunciar por un paro nacional en mayo de 1957; en julio del mismo año, Castillo Armas cayó bajo las balas de un custodio del palacio presidencial; Pérez Jiménez fue derrocado en enero de 1958, y Batista huyó de Cuba la nochevieja de ese año. Y el gran ausente, el generalísimo Trujillo, fue emboscado y muerto el 31 de mayo de 1961, hace ahora 60 años.

El generalísimo se consideraba situado en un sitial más alto que el de sus demás colegas del zoológico. Somoza, tras una visita oficial a Ciudad Trujillo en 1952, regresó quejándose de que en las reuniones oficiales, el sillón de su anfitrión se hallaba siempre colocado en lo alto de una tarima, lo cual lo obligaba a mirar hacia arriba. Tampoco se conformaba Trujillo con reinar solamente en su isla; y fueron sus ambiciones de poder más allá de las fronteras, y su sed de venganza, llevada también más allá de las fronteras, lo que terminó perdiéndolo. Y, astuto como era, tampoco pudo leer el cambio de los tiempos.

El primer clavo de su ataúd lo puso con el secuestro, en plena Quinta Avenida de Nueva York en 1956, del profesor Jesús Galíndez, un exiliado vasco que tras la caída de la república española había vivido en República Dominicana. Fue trasladado en un vuelo clandestino a Ciudad Trujillo, y asesinado por la policía secreta, en venganza porque Galíndez había revelado en un libro un secreto de alcoba: Ramfis Trujillo, heredero del generalísimo, no era hijo suyo.

En 1957 extendió su largo brazo hasta Guatemala para asesinar a Castillo Armas, también por venganza ante la vanidad herida: Trujillo lo había apoyado con armas y dinero para derrocar al coronel Jacobo Árbenz en 1954, y esperaba que lo invitara a presenciar el desfile de la victoria; o que, una vez en la presidencia, lo condecorara con la Orden del Quetzal. La tarea de dirigir el complot la confió nada menos que el jefe de sus servicios secretos, Johnny Abes García, a quien acreditó como diplomático en Guatemala.

Y por último, el atentado contra el presidente Rómulo Betancourt, de Venezuela, en junio de 1960, lo cual lo llevó a meterse en aguas profundas, y fatales. Betancourt era un respetado líder, electo democráticamente tras la caída de Pérez Jiménez. Sobrevivió, con quemaduras, a la carga de explosivos que estalló al paso de su caravana en una avenida de Caracas; pero Trujillo pagó esa cuenta, y muchas otras, antes de que se cumpliera un año.

Como la historia se suele contar mejor en las novelas, hay tres que leer sobre la era Trujillo: Galíndez, formidable y poco frecuentado libro de Manuel Vázquez Montalbán; La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, y La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz.

Tres enfoques diferentes, pero que concurren a develar la figura del dictador de bicornio emplumado que se propuso él mismo como candidato al Premio Nobel de la Paz, y se dio a él mismo una infinita cauda de títulos entre los que se hallaban los de Padre de la Patria Nueva, Paladín de la Libertad, Primer Agricultor Dominicano, Primer Maestro de la Patria, Protector de Todos los Obreros, Primer Anticomunista de América.

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Sancho R. Somalo

Tras un mes de juicio en Londres, la justicia británica ha anunciado que el 4 de enero, en el marco del nombramiento presidencial en Estados Unidos, hará pública su decisión sobre la extradición de Julian Assange a este país. Allí, el activista se enfrenta a 175 años de cárcel por la publicación de informaciones que llevaron a la opinión pública los crímenes de guerra cometidos en Iraq y Afganistán, o las torturas a las que son sometidos los detenidos en Guantánamo.

 

Diciembre de 2006. Wikileaks publica un documento, supuestamente firmado por el jeque somalí Hassan Dahir Aweys, en el que ordenaba la contratación de sicarios para asesinar a varios cargos del gobierno de este país. La publicación del documento, según describe The New Yorker en un artículo publicado cuatro años después, se realizó a pesar de que no estaban seguros de su autenticidad, advirtiendo de ello y pidiendo a los lectores colaboración para su análisis. 

Casi 14 años y decenas de publicaciones después, la cara más visible de Wikileaks, Julian Assange, se enfrenta a su extradición a Estados Unidos, tras haber pasado siete años recluido en la embajada de Ecuador en Londres. La resolución sobre la extradición de Assange se hará pública el próximo 4 de enero, durante el proceso de nombramiento del presidente de Estados Unidos tras las elecciones de noviembre. Si la justicia británica da luz verde a la extradición, el activista australiano irá a juicio en Estados Unidos, donde se le acusa 18 cargos de violación a la Ley de Espionaje de 1917 por obtener y publicar “información clasificada”, delitos por los que se enfrenta a 175 años de cárcel. 

Mientras, el Juzgado número 5 de la Audiencia Nacional investiga el espionaje al que habría sido sometido Assange durante su estancia en la embajada ecuatoriana por parte de la empresa UC Global, a cargo del exmilitar español David Morales. Según los documentos de la investigación, a los que ha podido acceder El Salto, Morales habría vendido durante años información sobre el activista a la CIA, institución a la que, en conversaciones con los trabajadores de la empresa, denominaba “el amigo americano”, a través del magnate de los casinos Sheldon Adelson y su equipo de seguridad. 

Estados Unidos acusa a Julian Assange de un delito de conspiración para obtener información de defensa nacional, siete delitos de obtención de información de defensa nacional, nueve delitos de revelación de información y un delito más de conspiración para la comisión de intrusión en ordenadores. La causa se lleva a cabo en la División de Alejandría de la Corte de Virginia. Entre las filtraciones citadas en la acusación, con fecha 23 de mayo de 2019, aparecen:

*La enciclopedia de la CIA ‘Intellipedia’.

*Reglas de Compromiso de Estados Unidos en Iraq y Afganistán.

*Procedimientos de interrogatorios en Guantánamo y documentos sobre los detenidos en esta instalación.

*Vídeos sobre interrogatorios realizados por la CIA.

*Información sobre armamento.

*Telegramas del Departamento de Estado de Estados Unidos, filtración denominada Cablegate.

En junio de 2020, Estados Unidos amplió la acusación contra Assange, sin aumentar los cargos presentados contra él. La ampliación le acusaba también de conspirar junto a hackers del colectivo Anonymous. 

14 años filtrando secretos de Estado

El documento sobre Hassan Dahir Aweys fue el primero publicado por Wikileaks, una organización entonces dirigida por el activista australiano Julian Assange como uno de los proyectos de una organización de periodistas y programadores llamada The Sunshine Press.

El dominio había sido registrado tan solo dos meses antes y, aunque esa primera publicación pasó prácticamente desapercibida, supuso su presentación en sociedad y fue pronto seguida de filtraciones de información sensible que dieron la vuelta al mundo: en agosto de 2007, The Guardian publicó un reportaje sobre el robo de mil millones de libras esterlinas por parte de la familia del expresidente keniano Daniel arap Moi, una información obtenida a partir de un informe realizado por la consultora Kroll al que habría tenido acceso a través de Wikileaks.

Ese mismo año, Wikileaks publicó un manual del ejército estadounidense sobre procedimientos operativos en el centro de detención de Guantánamo, un documento que la American Civil Liberties Union llevaba solicitando desde 2003 en base a la Ley de Libertad de Información —ese sistema de acceso a la información institucional que en España se aprobó en 2013 pero que en Estados Unidos está vigente desde 1967— y en el que se describe las torturas a las que eran sometidos los detenidos en esta instalación, como el uso de perros para intimidar a los prisioneros.

En 2008, a través del banquero y denunciante Rudolf Elmer —que fue después condenado a dos años de libertad condicional y al pago de una multa de 9.500 euros—, Wikileaks denunció cómo el banco suizo Julius Baer usaba las Islas Caimán para facilitar que sus clientes evadieran impuestos. Vídeos de disturbios civiles en Tíbet previamente censurados por el Gobierno chino, documentos internos de la iglesias de la Cienciología, informes sobre ejecuciones extrajudiciales en Kenia —que supusieron que Amnistía Internacional premiara a Wikileaks por su labor de difusión— o listas de los militantes del Partido Nacionalista Británico, de extrema derecha son algunas de las publicaciones que siguieron en 2008.

En 2009, Wikileaks continuó su trabajo publicando, entre otras cosas, informes que probaban como Barclays ayudaba a evadir impuestos a sus clientes —que habían sido publicados previamente por The Guardian, medio que fue obligado por la justicia británica a despublicarlos—, también artículos sobre las reuniones del Club Bilderberg, el caso Petroaudios —compra de contratos petrolíferos en Perú—, sobre los préstamos realizados por el Kaupthing Bank —el mayor banco de Islandia— a sus principales accionistas poco antes de la crisis financiera en el país o las comunicaciones entre las instituciones gubernamentales estadounidenses el 11 de septiembre de 200, día del atentado de las Torres Gemelas. 

Pero 2010 fue el año en el que las informaciones difundidas por Wikileaks llegaron a un punto de inflexión. El 5 de abril de ese año, sacaron a la luz, bajo el nombre de Collateral Murder, un vídeo de 38 minutos grabado desde un helicóptero Apache estadounidense de un ataque sobre población civil producido el 12 de julio de 2007 en el barrio Nueva Bagdad, en la capital iraquí, en el que murieron una docena de personas, entre ellas el fotógrafo de Reuters Namir Noor-Eldeen y su ayudante Saeed Chmagh. 

Un mes después, la ex soldado y analista de inteligencia Chelsea Manning fue detenida y encerrada en régimen de aislamiento en una prisión militar en Virginia durante casi un año para pasar después a una prisión en Kansas hasta su juicio en 2013, en el que fue condenada a 35 años de cárcel, pena conmutada en 2017 por Barack Obama. Su delito: haber filtrado los documentos y vídeos de ataque de Bagdad y otros archivos que serían publicadas por Wikileaks a lo largo de ese año y los siguientes.

La serie de documentos Afghan War Diaries, publicada en julio de 2010, fue el siguiente petardazo: una colección de cerca de 91.000 informes militares datados entre 2004 y 2010 en los que se detallaban centenares de muertes de civiles en este país a manos de soldados estadounidenses, el supuesto apoyo a los talibanes de países como Irán o Corea del Norte, los pagos a medios de comunicación afganos para limpiar la imagen del ejército estadounidense o el consumo de prostitución infantil por parte de contratistas en el país del Ejército estadounidense.

En octubre de 2010, los Iraq War Logs, otros más de 391.000 documentos, esta vez sobre la guerra en Iraq de 2004 a 2009 en los que se contaban 15.000 muertes de civiles que nunca habían sido admitidas por Estados Unidos. Y un mes después, el Cablegate ponía a disposición, primero de cinco grandes medios de comunicación —El País, Der Spiegel, Le Monde, The Guardian y The New York Times— y después de todo el mundo 251.287 telegramas enviados al Departamento de Estado de Estados Unidos desde las cientos de embajadas y consulados que tiene por todo el mundo.

¿Qué sacaron a la luz estas filtraciones? El espionaje ejercido por Estados Unidos y Reino Unido sobre el entonces secretario de Naciones Unidas, Kofi Annan, semanas antes de la invasión de Estados Unidos en Iraq; la filtración de espías cubanos en Venezuela o las presiones de Estados Unidos al Gobierno español —entonces en manos del PSOE— para obstaculizar la investigación sobre la muerte en Iraq del cámara José Couso, a causa de un ataque del ejército estadounidense sobre el Hotel Palestina en 2003 —sepultado definitivamente por la reforma de la justicia universal aprobada en España por el Partido Popular en 2014.

A partir de entonces, aunque continuaron las filtraciones —documentos sobre detenidos en Guantánamo, sobre la industria de la vigilancia, también de la agencia privada de inteligencia Stratfor, de cargos políticos de Siria...— la atención ya estaba más enfocada sobre el propio Julian Assange que sobre la información difundida por Wikileaks. 

Comienza la carrera de procesos jurídicos contra Assange. El 21 de agosto de 2010 la justicia sueca ordena el arresto de Assange por la presunta violación de la opositora cubana Anna Ardin. Pocas horas después, la fiscalía retira la acusación, pero en septiembre se vuelve a abrir. Assange ya no estaba en Suecia entonces y en diciembre de ese año, después de que Interpol cursara una alerta roja para su detención, se presenta en una comisaría en Reino Unido y pocos días después es puesto en libertad bajo fianza.

En febrero de 2011, Reino Unido aprueba la extradición de Assange a Suecia para ser juzgado por violación. Un año y pocos meses después, Ecuador lo acoge en su embajada en Londres, donde Assange pasa siete años de su vida hasta que, tras el cambio de gobierno en el país latinoamericano y su retirada de asilo político, la policía británica le detiene a petición de Estados Unidos, que ya había presentado una acusación contra él con una petición de 175 años de cárcel. Eso fue el 11 de abril de 2019. Assange fue condenado por Reino Unido a 50 semanas de prisión por violar los términos de su libertad condicional y enviado a la prisión de Belmarsh, en el sur de Londres. Antes de que se cumpliera esa condena, Suecia había retirado la acusación de violación contra Assange.

Extradición y espionaje

En septiembre, tras varios meses de retraso por el covid-19, comienza el juicio en Reino Unido para decidir sobre la extradición de Assange a Estados Unidos. Según explica el medio inglés The Intercept, la primera magistrada asignada al caso Assange se retiró después de que saliera a la opinión pública las relaciones de su familia con los servicios secretos y con la industria militar. La juez que le tomó el relevo y ha presidido las sesiones del juicio tiene en su haber la aprobación de 23 de las 24 extradiciones sobre las que ha decidido, y en seis de ellas la justicia del país finalmente decidió rechazar la extradición.

El juicio se celebró a pesar de que los abogados de Assange pidieron más tiempo para poder preparar el caso, ya que solo habían podido reunirse con el activista un par de veces, y bajo vigilancia, en la cárcel en la que estaba recluido. Y se celebró con Assange metido en una caja de cristal, sin poder hablar con sus abogados durante las vistas. Ni siquiera pudo escuchar todo lo que se decía en la sala, debido a problemas en el sistema de sonido en su caja de cristal.


Las altas posibilidades de que Assange se suicidara si era extraditado a Estados Unidos y sus problemas de salud, agravados por su confinamiento en la embajada de Ecuador y aún más por su más de un año en la cárcel londinense, en la que no se le dejó ni siquiera usar sus gafas ni una radio fueron una de las argumentaciones de la defensa de Assange. “El señor Assange ha sido expuesto deliberadamente, por un periodo de varios años, a persistentes y progresivamente severas formas de trato cruel, inhumano y degradante, los efectos acumulados de estos solo pueden ser descritos como tortura psicológica”, afirmó durante el juicio el relator especial para la tortura de Naciones Unidas, Nils Melzer.

Pero en las vistas celebradas en Londres para decidir sobre la extradición de Assange también se habló de otra investigación en la que el activista es la víctima: el espionaje cometido por él durante su estancia en la embajada de Ecuador en Londres por la empresa española UC Global. El caso, investigado por el Juzgado número 5 de la Audiencia Nacional, cuenta con numerosa información sacada de los ordenadores de la empresa del ex militar jerezano David Morales y de varios ex trabajadores de la empresa, que afirman que las imágenes y audios grabados en secreto de Assange y las personas que le visitaban en la embajada eran facilitados a la CIA.

Espiado por una empresa jerezana

UC Global, empresa con sede en Jerez y dirigida por el exmilitar David Morales, comenzó a trabajar para Ecuador en 2015, prestando servicio de seguridad a las hijas del entonces presidente del país, Rafael Correa. Poco después, ampliaría los servicios al país ocupándose de la seguridad de Julian Assange en la embajada en Londres. ¿Por qué Ecuador contrataría a una empresa española para prestar servicios de seguridad en Londres? La razón esgrimida inicialmente era esquivar los problemas burocráticos que conllevarían llevar a Reino Unido trabajadores desde Ecuador, sin embargo, según aparece en los documentos de la investigación, a los que ha tenido acceso El Salto, la empresa española habría realizado pagos a la jefa de seguridad de la embajada de Ecuador en Londres. 

El escrito de la acusación explica como Morales, una vez que tuvo el contrato para la vigilancia de Assange, viajó a mediados de 2015 a Las Vegas para asistir a una feria de seguridad, donde presentó su contrato en la embajada ecuatoriana en Londres como su principal atractivo. A su vuelta de Las Vegas, el exmilitar afirmó a los trabajadores de UC Global que “desde ahora vamos a jugar en primera división” y que habían entrado en el “lado oscuro”.

La empresa de Morales firmaría poco después un contrato de seguridad con Las Vegas Sands, del magnate Sheldon Adelson, conocido simpatizante republicano y uno de los mayores donantes a la campaña de Donald Trump, quien tenía en su servicio de seguridad a varios exaltos cargos de la CIA. El contrato versaba sobre dar seguridad en un viaje en barco de lujo de Adelson por el Mediterráneo, aunque en el barco ya se contaba con un equipo propio de seguridad. Varios trabajadores que son testigos protegidos afirman que Morales les informó de que ahora trabajaban para las autoridades de Estados Unidos, ofreciéndoles información sobre Assange.

Cuando, en diciembre de 2016, Donald Trump ganó las elecciones presidenciales en Estados Unidos, la acusación detalla, aportando imágenes y correos electrónicos de la empresa, cómo la vigilancia sobre Assange se fue agravando: cambiaron las cámaras, que inicialmente no grababan sonido, por otras que sí lo grababan —compradas en una tienda con el ilustrativo nombre de 'Espiamos'—; pusieron micrófonos hasta en el baño; instalaron unas pegatinas cuyo objetivo era bloquear los dispositivos de ruido blanco usados por Assange para evitar que grabaran sus reuniones; incluso escanearon la documentación y copiaron los datos móviles de las decenas de personas que visitaron a Assange en la embajada, desde políticos como Yanis Varoufakis a personalidades de sociedad y cultura como Pamela Anderson y Yoko Ono, o periodistas premiados con el Pulitzer como Glen Greenwald —precisamente premiado por las publicaciones que hizo a partir de otras filtraciones, las de Edward Snowden sobre el espionaje masivo realizado por Estados Unidos—. Incluso habrían grabado reuniones entre Assange y el jefe del Senain, el servicio de inteligencia que oficialmente les tenía contratados para que prestaran servicios en la embajada, o con Dana Rohrabacher, ex congresista republicano que habría sido mandado por Trump a la embajada para ofrecer a Assange un indulto a cambio de que afirmara que Rusia no estaba detrás de las filtraciones de correos electrónicos del Partido Demócrata —aunque después Rohrabacher desmintió que hubiera sido enviado por Trump—. También incluso habrían intentado robar el pañal de un bebé que acompañaba a amigos y abogados de Assange para analizar sus heces y comprobar si era hijo del activista. El contenido de las grabaciones, según explica la acusación, se compartía a las autoridades estadounidenses por parte de Morales en los habituales viajes —mensuales— que hacía a Estados Unidos, en donde tendría, como centro de operaciones, el hotel de Adelson.

El juez de la Audiencia Nacional José de la Mata ha citado ya a testificar en la causa a Julian Assange, a varios de sus abogados, a Rafael Correa y al embajador de Ecuador en Londres, entre otros. También ha acordado tomar declaración a una docena de personas afectadas por el espionaje en varios países y a Zoah Lahav, uno de los empleados del equipo de seguridad de Las Vegas Sands, a donde Morales viajaba asiduamente. “Francia, Grecia, Islandia… todos los países cooperan, menos Estados Unidos”, lamenta Aitor Martinez, uno de los abogados de Julian Assange. El juez del Juzgado número 5 de la Audiencia Nacional ha pedido información a la justicia estadounidense sobre las IP que han accedido desde este país al servidor de UC Global en Jerez de la Frontera, en el que la empresa guardaba las grabaciones realizadas a Assange, pero la respuesta por parte de Estados Unidos ha sido requerir información sobre las fuentes de la investigación de la Audiencia Nacional y sobre lo que Morales ha declarado ante el juez.

Por Ter García

@tergar_

10 oct 2020 05:16

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Jueves, 17 Septiembre 2020 06:15

"Que grite la economía"

"Que grite la economía"

Génesis y legado del golpe de Estado ordenado por Nixon y patrocinado por la CIA en Chile

El 3 de septiembre de 1970, durante una reunión de 30 minutos en la Oficina Oval, entre las 3:25 y las 3:45 de la tarde, el presidente Richard Nixon ordenó a la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés) promover un golpe militar en Chile. Según notas manuscritas tomadas por el director de la agencia, Richard Helms, Nixon giró órdenes para evitar que el nuevo presidente de Chile, Salvador Allende, tomara posesión de su cargo en noviembre… o crear condiciones para derrocarlo en caso de que asumiera la presidencia.

"Una probabilidad de una en 10, quizá, pero salven a Chile." "No importan los riesgos". Helms garrapateaba sus notas mientras el presidente exigía un cambio de régimen en la nación sudamericana, que se había convertido en la primera en el mundo en elegir libremente a un candidato socialista. “Trabajo de tiempo completo… los mejores hombres que tengamos”. "Que grite la economía".

Escrito en una semana como ésta, hace 50 años, el crítico memorando de Helms sobre la conversación con Nixon continúa siendo el único registro conocido de la orden de un presidente estadunidense de derrocar a un líder extranjero electo democráticamente. Desde que desclasificó el documento, en 1975, como parte de una investigación del Senado sobre las operaciones encubiertas de la CIA en Chile y otras partes, las notas de Helms se han vuelto la representación de la intervención estadunidense en Chile, y un símbolo de la arrogancia hegemónica de Washington hacia naciones más pequeñas, en particular en América Latina.

¿Cómo llegó un presidente estadunidense, dotado de poderes imperiales, a ordenar un cambio encubierto de régimen en otra nación? La desclasificación, en fecha más reciente, de cientos de documentos etiquetados como top secret sobre el papel de la CIA en Chile proporciona componentes críticos de tan siniestra y sórdida historia. Éstas son las principales revelaciones:

– Funcionarios estadunidenses comenzaron a explorar en secreto un golpe militar como parte de los planes de contingencia ante una posible victoria de Allende desde un mes antes de que los chilenos acudieran a las urnas, el 4 de septiembre de 1970. Una "revisión urgente" solicitada por Nixon sobre los intereses y opciones en Chile, conocida como Estudio de Seguridad Nacional Memorando 97, contenía un anexo ultrasecreto titulado "Opción extrema: derrocar a Allende". Presentado por la CIA a principios de agosto de 1970, el anexo mencionaba las presunciones, ventajas y desventajas de un golpe militar si Allende resultaba electo.

– El 8 de septiembre de 1970, apenas cuatro días después de la estrecha victoria de Salvador Allende, el "Comité de los 40", que supervisaba las operaciones encubiertas estadunidenses, se reunió para abordar el caso de Chile. Al final de la reunión, el presidente del comité, Henry Kissinger, solicitó una "evaluación a sangre fría" de los "pros y los contras, los problemas y perspectivas implicados si se organizara ahora un golpe militar en Chile con asistencia de Estados Unidos". Al día siguiente, el cuartel general de la CIA envió instrucciones a su jefe de estación en Santiago para emprender “la tarea organizacional de entablar contactos directos con los militares chilenos… que puedan utilizarse para estimular un "golpe" (en español en el original) en caso de que se tome una decisión en ese sentido”.

– El jefe de estación de la CIA, Henry Hecksher, junto con el embajador estadunidense, Edward Korry, objetó esas instrucciones por considerarlas imprácticas e improbables. Un número significativo de funcionarios de la CIA, la embajada estadunidense y del Departamento de Estado se oponían a los planes de una intervención estadunidense por juzgarla poco realista, destinada al fracaso y peligrosa desde el punto de vista diplomático.

"Lo que proponemos es una flagrante violación de nuestros principios y dogmas políticos", advirtió Vaky a Kissinger en un memorando secreto el 14 de septiembre de 1970. "Si esos principios tienen algún significado, normalmente sólo nos apartamos de ellos para enfrentar graves amenazas a nosotros, es decir, a nuestra supervivencia. ¿Es Allende una amenaza mortal para Estados Unidos? Es difícil argumentarlo".

– Kissinger, el director de la CIA Helms y, sobre todo, el presidente Nixon rechazaron estos argumentos. Durante la reunión del 15 de septiembre de 1970 con Helms, a la que también asistió Kissinger, Nixon expresó que no le preocupaban los "riesgos implicados" al fomentar un golpe. El presidente estadunidense parecía tomar la elección de Allende como un insulto a Estados Unidos. "Ese hijo de puta, ese Allende hijo de puta", exclamó Nixon en una reunión posterior con Korry en la Oficina Oval. "Vamos a aplastarlo".

La directiva de Richard Nixon a Helms puso en marcha la más infame serie de actos en los anales de la política exterior estadunidense. Para instigar un golpe, la CIA se enfocó en proveer armas, fondos e incluso pólizas de seguro de vida a los operativos militares para remover al comandante en jefe de las fuerzas armadas chilenas, general René Schneider, quien se oponía a un golpe.

Asimismo, el esfuerzo clandestino de la CIA por bloquear la toma de posesión de Allende evolucionó en una extensa campaña para desestabilizar a Chile y crear un "clima golpista" que provocó la toma militar del poder encabezada por el general Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973. Un año después, cuando la historia de la intervención estadunidense en Chile apareció en la primera plana del New York Times, la exposición generó uno de los mayores escándalos internacionales del siglo XX, y dejó un legado de política exterior estadunidense envenenada que continúa persiguiendo a Chile, a Estados Unidos y al resto del mundo hoy en día.

Versión reducida. La completa puede consultarse en https://www.jornada.com.mx/ultimas/politica/2020/09/16/que-grite-la-economia-peter-kornbluh-4109.html

* Analista senior del Archivo de Seguridad Nacional en Washington y autor de Pinochet: los archivos secretos

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Chelsea Manning, encarcelada por negarse a testificar en el caso Wikileaks


La exanalista militar estadounidense, que filtró cientos de miles de documentos secretos a la organización de Julian Assange, reitera que no cooperará con la investigación

Chelsea Manning, la exanalista de Inteligencia del Ejército estadounidense que filtró miles de documentos secretos del Pentágono y del Departamento de Estado a la organización Wikileaks en 2010, ha sido detenida este viernes después de que un juez federal la declarara en desacato por negarse a testificar ante un gran jurado que investiga a la compañía de Julian Assange. La decisión del juez se produce tras una breve audiencia en la que Manning, de 31 años, ha confirmado que no tenía intención de cooperar con la investigación, a pesar de que los fiscales le garantizaron inmunidad por su testimonio.

Manning deberá permanecer en prisión hasta que acceda a testificar o hasta que el gran jurado termine su trabajo. Sus abogados han pedido que fuera enviada a casa a cumplir su pena, por complicaciones médicas que padece, pero el juez ha negado la petición.


“En solidaridad con muchos activistas que se enfrentan a la adversidad, me mantendré fiel a mis principios”, ha dicho Manning. “Mi equipo legal continúa impugnando el secretismo de este proceso y estoy preparada para enfrentarme a las consecuencias de mi negativa”.


Un juez militar condenó a la exanalista a 35 años de cárcel por la filtración de más de 700.000 documentos, pero solo cumplió siete, gracias a la conmutación de pena concedida por el expresidente Barack Obama en 2017, en los últimos días de su mandato. Por su condición de persona transgénero adaptándose a su vida como mujer, Manning lo pasó particularmente mal en la prisión militar masculina e intentó quitarse la vida en dos ocasiones en 2016.


El caso, que tiene lugar en una corte federal de Virginia, es parte de la amplia investigación sobre Wikileaks y Assange, que se encuentra desde 2012 viviendo en la Embajada de Ecuador en Londres para evitar su arresto. Durante su juicio en 2013, Manning reconoció haber enviado archivos de documentos secretos a Wikileaks. Aseguró haberse comunicado online con alguien que probablemente fuera Assange, pero afirmó que actuó por su cuenta sin ser dirigida por nadie de Wikileaks.


La filtración de Manning lanzó a la fama global a Wikileaks. Años después, la organización de Assange publicó los correos electrónicos del Partido Demócrata supuestamente robados por hackers rusos durante la campaña presidencial de 2016, lo que la convierte en una pieza importante en la investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre la injerencia rusa en dichas elecciones que llevaron a Trump a la Casa Blanca.

Por Pablo Guimón
Washington 8 MAR 2019 - 15:06 CO

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Ben Wizner (izq.) dice que su trabajo como abogado de Snowden (der.) es, en primer lugar, político antes que legal.

Antes de hacerse cargo de la defensa del ex espía que denunció los programas de vigilancia masiva de celulares y servidores de Internet que llevan adelante los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Wizner defendió a víctimas de tortura y secuestros de la CIA en el exterior así como a prisioneros de Guantánamo. Dice que Snowden está más conectado que nunca y que Trump no salió de un repollo.

 

Desde su oficina repleta de papeles en un rascacielos que se alza en la punta inferior de la isla de Manhattan, Ben Wizner maneja o sugiere o controla la agenda del disidente exiliado más famoso de mundo. Joven, rápido e implacable, sofisticado y arrogante en lo intelectual, emergente de la izquierda liberal urbana que crece en la resistencia al huracán Donald, Wizner actúa desde el 2013 como el abogado principal –y algo más–de Edward Snwoden, el ex espía que conmovió al mundo ese año al revelar los programas de vigilancia masiva de Estados Unidos. Graduado de Harvard, ex profesor de leyes de New York University, director del Proyecto de Libre Expresión, Privacidad y Tecnología de la ONG progresista más poderosa del país, la ACLU, en esta entrevista Wizner, de 47 años, analiza el legado de Snowden, revela detalles íntimos sobre su exilio en Rusia y traza un crudo retrato de las amenazas a la democracia y a los derechos humanos en tiempos de Trump.


–Antes de Snowden usted trabajó con otros arrepentidos. ¿Podría explicarme cómo se especializó en el tema?


–No me considero un especialista en arrepentidos no soy un experto en todos los vetustos remedios administrativos que existen el sistema legal de Estados Unidos para arrepentidos. Para mí, la verdadera Ley del Arrepentido es la primera enmienda de la Constitución (de EE.UU., que garantiza la libertad de expresión). Lo que me llevó a este trabajo es que empecé a trabajar como abogado en la Unión por las Libertades Civiles Estadounidenses (ACLU, en inglés) cinco semanas antes del atentado del 11-9. Entonces sin saberlo empecé como defensor de derechos humanos en un momento de sobrerreacción al 11-9. Representé a víctimas de tortura, a víctimas de secuestros en el exterior, a gente que apareció en listas negras de terroristas, a gente bajo vigilancia, a prisioneros de Guantánamo. Este es el trabajo principal que hice durante mi primera década en la ACLU. Durante el gobierno de Bush hijo estuve involucrado en el caso de una arrepentida, una traductora del FBI llamada Cibel Edmonds, que había sido despedida después de denunciar serias irregularidades en investigaciones. Ese caso me dio una lección sobre cómo responde la comunidad de inteligencia estadounidense en esa clase de situaciones. Aunque la información que Edmonds necesitaba para ganar su caso de despido injustificado era información pública, el FBI se defendió diciendo que su derecho a preservar secretos de estado significa que no podemos litigar el caso sin dañar la seguridad nacional. Y tres salas de la justicia federal aceptaron ese argumento y no permitieron que Edmonds presentara su caso. Ese mismo privilegio de secretos de estado se usó para negarles la posibilidad de ser escuchados en los tribunales a prácticamente todas las víctimas del programa de tortura de la CIA. Ninguna corte dijo jamás que el programa era legal. Ninguna corte dijo que la tortura no ocurrió. Pero de hecho ninguna víctima fue compensada porque la CIA le decía a la corte federal “desafortunadamente no podemos llevar adelante este juicio sin revelar secretos de estado y por lo tanto dañar la seguridad nacional” y entonces los casos eran archivados. Todo esto me preparó para el caso Snowden.


–Pero los dos psicólogos que diseñaron el programa de tortura de la CIA sí llegaron a juicio, justamente por una demanda de la ACLU.
–No llegó a juicio, arreglamos antes de eso el año pasado. Pero fue la primera vez que una víctima de tortura pasó la primera barrera de una moción para archivar el caso en base al secreto de estado. Fue un caso contra dos psicólogos llamados Mitchell and Jassen, quienes habían diseñado las llamadas “técnicas reforzadas de interrogatorios” (eufemismo de la CIA para disfrazar la tortura). Ese caso, el día antes del juicio, fue arreglado con un acuerdo confidencial. Esto fue positivo para los querellantes porque pudieron obtener algún tipo de compensación, pero también significa que seguimos sin tener una sola corte en Estados Unidos que falle acerca de la legalidad del programa de tortura.
–¿Entonces por qué arreglaron?


–La decisión de llegar a un acuerdo es de los clientes, no de los abogados.


–Recien usted comentaba que todo esto lo preparó para ser el abogado de Snowden.


–La razón por la cual estaba tan preparado para ayudar a Snowden es que uno de los cuestionamientos que recibe es: ¿por qué no usó el sistema para llevar adelante su queja? ¿ por qué no se quedó acá y enfrentó las consecuencias, en vez de escapar a otro país? Mi respuesta es que yo me pasé 10 años tratando de usar el sistema con víctimas de tortura, con víctimas de grandes violaciones a los derechos humanos y el sistema nos contestó que nos vayamos, que no hay remedio para ese tipo de casos. Por lo tanto no tengo mucha paciencia con el argumento de que si alguien denuncia un sistema de vigilancia masiva a su jefe algo grande va a pasar. La única manera en que Snowden iba a lograr cambios era llevar esta información al público. No a su supervisor o al supervisor de su supervisor. Cuando Snowden hizo su denuncia el presidente Obama se defendió diciendo que las actividades que estaban siendo reveladas (pinchaduras masivas de celulares y servidores de internet) habían sido aprobadas por los tres poderes del estado. Básicamente decía la verdad, pero ése era el problema: En cuanto la opinión pública se enteró, los tres poderes cambiaron de opinión. El presidente dijo que la NSA (Agencia de Seguridad Nacional, en inglés) había ido demasiado lejos e impuso restricciones, incluyendo a la vigilancia en el exterior. El Congreso impuso restricciones a la vigilancia de la NSA por primera vez desde la década del 70. Y las cortes federales, que siempre se habían rehusado a tomar casos de vigilancia masiva por razones de seguridad nacional, empezaron a aceptarlos y a fallar que esos programas son ilegales porque violan la Constitución. Nada de esto hubiera ocurrido si Snowden hubiera usado el sistema en vez de eludirlo.


–¿Como es trabajar con él?


–Ha sido una de las experiencias más significativas de toda mi vida. La mayoría de nosotros no cambia el mundo por sí mismo. Como mucho ayudamos a que suceda. Pero de vez en cuando aparece alguien como él que toma este riesgo histórico que permite cambiar de manara radical el comportamiento de la población mundial. Mi trabajo es ayudarlo a ser más efectivo. No ha sido una representación legal tradicional. Normalmente en un caso legal gran parte de mi trabajo es conseguir un resultado judicial favorable para mi cliente. Pero desde el primer día él me dijo: “ hagamos eso cuando tengamos tiempo.” Por eso nuestro foco principal como abogados suyos es ayudarlo a obtener reformas, ayudarlo a cumplir su misión política, antes que defender sus intereses legales, aunque obviamente debemos hacer las dos cosas.


–¿Como es su situación acá y en Rusia?


–El no quiere que le tengan lástima. Te diría que está más conectado socialmente que cuando trabajaba para el gobierno, dado que había entrado a los servicios de inteligencia cuando tenía unos 20 años y trabajó mucho tiempo bajo anonimato en el exterior. Nunca estuvo insertado en un grupo familiar o de amigos en el que podía hablar libremente de lo que hacía y forjar vínculos afectivos, excepto por su novia y su familia inmediata. Ella se mudó con él en Rusia, lo cual él le agradece eternamente, pero además ahora está en contacto con abogados y aliados, periodistas y amigos. Desde adolescente sus interacciones fueron a través de internet y mantiene su acceso a la red. Por lo tanto está más conectado al mundo en su exilio que cuando trabajaba para el gobierno. Su situación legal es que tiene residencia legal en Rusia, renovable cada tres años, así que por lo menos hasta abril del 2020 puede vivir en Rusia y no tenemos motivos para pensar que su permiso de residencia no le sería renovado si debe permanecer más tiempo en Rusia. Ya le han renovado el permiso una vez, pero él no tiene ningún control sobre eso. Ha habido muchos rumores de que por la relación cercana entre Trump y Putin la situación de Snowden podría peligrar. No tenemos manera de saber si eso es cierto o no. El dice que va a seguir hablando libremente, que si su seguridad fuera su prioridad todavía estaría viviendo en Hawaii y nunca hubiera dejado su trabajo bien remunerado. Como es de público conocimiento (Snowden) continúa criticando no solo al gobierno estadounidense pero también al ruso, a pesar de advertencias de personas como yo que le decimos que no sabemos si es la mejor estrategia para su seguridad. Pero así es él.


–¿Como lo va a tratar la historia?


–Cada vez que alguien da un paso adelante como hizo él y no solo revela información secreta pero pone a los servicios de inteligencia estadounidenses bajo una luz completamente distinta a nivel global , se puede esperar la respuesta retórica que él recibió. No creo que fue ingenuo cuando se metió en esto, ni pensó que el mundo le iba a agradecer lo que hizo. Pero la historia suele ser muy bondadosa con los arrepentidos. Cuando Daniel Ellsberg publicó los Papeles del Pentágono lo acusaron de ser un espía ruso y el gobierno de Nixon dijo que Ellsberg le había entregado una copia de los papeles a la embajada rusa. Ahora Ellsberg es un héroe nacional, prácticamente ha sido santificado.


–¿Como es vivir en tiempos de Trump? Como afectó las libertades civiles y los derechos humanos el actual gobierno?


–Creo que Trump es fundamentalmente autocrático y antidemocrático. Pero no es único ni novedoso. No es el primer presidente estadounidense en partir el pan con dictadores y autócratas de otros países. No es el primero en nombrar jueces federales y jueces supremos derechistas. No es el primero en facilitar la corrupción y transferir ingresos de la clase media a los ricos. Todo esto venía ocurriendo rutinariamente en la centroderecha estadounidense desde hace mucho tiempo. Creo que donde Trump es novedosamente peligroso es en que no está conectado a ninguna tradición política ni es él mismo un político. Y en un momento de peligro, por ejemplo en un ataque terrorista, no va a mostrar ningún respeto por las tradiciones y las instituciones democráticas. Además, su voluntad de promover xenofobia en contra de los inmigrantes de México y Centroamérica y los musulmanes en general es genuinamente peligrosa y de hecho gran parte del trabajo de la ACLU de los últimos años ha sido combatir es agenda xenófoba. Pero no creo que Trump fue instalado en EE.UU. por el líder ruso o que represente algo que es completamente opuesto a la historia y los valores de EE.UU., como si EE.UU. hubiera sido una democracia perfecta hasta que llegó Trump.


–¿Cómo siente que afectó la reputación de Estados Unidos en el mundo la incapacidad de cerrar la cárcel de Guantánamo y las declaraciones de Trump y de altos funcionario de su gobierno en favor de la tortura?


–Antes de hablar de Trump hablemos de Bush y de Obama. Porque el gobierno de Bush echó para atrás medio siglo el consenso global sobre tortura al implementar en esencia una conspiración para torturar en las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia.


–¿Por qué habla de una conspiración?


–Porque fue una conspiración. Los líderes que lo autorizaron sabían que era ilegal, pero conspiraron para crear un canal legal para que abogados corruptos escribieran directivas diciendo que algo que siempre habíamos juzgado como ilegal ahora era legal. Fue una conspiración de tortura e impunidad. Y el gobierno de Obama echó para atrás medio siglo el consenso sobre la penalización de la tortura cuando protegió del alcance de la ley a los arquitectos de la tortura. Obama dijo: “tenemos que mirar para adelante, no para atrás.” Estoy seguro que a cualquier criminal encarcelado le gustaría haber escuchado eso en referencia al delito que cometió. Esa decisión de no permitir que las cortes juzguen la legalidad de los programas de tortura abrió el camino para que venga Trump y diga “deberíamos tener el submarino (una forma de tortura) otra vez”. Para ser claros no hay evidencias de que el gobierno de Trump haya retomado la práctica de torturar. Hasta donde sabemos, se dejó de torturar en el 2006, cuando los militares y los servicios se dieron cuenta de que es una práctica peligrosa y aunque ellos no fueran juzgados por llevarla adelante, torturar les traería otras consecuencias negativas. También debo decir que nadie ha sido enviado a Guantánamo desde el gobierno de Bush. Todavía tenemos decenas de personas detenidas ahí, pero nadie fue llevado ahí desde el 2006. Pero en general creo que usted tiene razón. La retórica de Trump acerca de los derechos humanos le da amparo al régimen saudita, al presidente filipino, a Myanmar, y también a China y Rusia, para que realicen grotescos abusos a los derechos humanos y que apunten sus dedos a Estados Unidos y digan: ¿Ellos son los que nos van a decir cómo comportarnos? Guantánamo sigue abierta y ni siquiera pudimos cicatrizar esa herida pustulenta. No es un problema creado por Trump, es un problema que Trump empeoró.


–¿Que va a pasar en la elecciones del mes que viene?


–No quiero hacer predicciones porque me equivoco muy seguido. Lo que veo es una ola de fuerzas antidemocráticas en todo Occidente y más allá. Veo que la democracia se encoge en Turquía, en Hungría, en Polonia, en Israel, en China, en Rusia, en el Reino Unido con el Brexit, en Estados Unidos, en Italia, en Arabia Saudita. Paradójicamente, al menos en Estados Unidos hay razones para ser optimistas con respecto a la reacción hacia Trump. Parte del manual del autócrata es atacar y achicar a los medios y a la sociedad civil. Y lo que vemos acá es que ONGs como la mía han crecido exponencialmente. La ACLU tenía 480 mil miembros el día de la elección. Ahora tenemos dos millones. Esto es, gente que aportan dinero mensualmente para apoyar nuestro trabajo. Los grandes medios como el New York Times y el Washington Post, más allá de que uno coincida con su enfoque periodístico, son importantes para la democracia y hoy dan ganancia y su base de lectores ha experimentado una tremenda expansión. Y a pesar de todos los ataques de Trump no creo que alguien pueda decir que los medios están más débiles hoy por culpa de Trump. Puede ser que los estadounidenses empiecen a entender que ejercer la democracia va más allá de votar cada cuatro años y que necesitamos invertir en instituciones que defiendan la democracia. Mucho dependerá de lo que pase en las elecciones de noviembre.

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MK Ultra: la manipulación psicológica de la CIA

 

La temporada de series en Netflix ha traído algunas sorpresas, una de ellas es Manhunt: Unabomber (2017), donde se retrata la frenética búsqueda durante 17 años de Theodore Kaczynski, un genio precoz de las matemáticas que estudió en Harvard, quien envió 16 cartas bomba a universidades, líneas aéreas, científicos y empresas, con un resultado de tres víctimas fatales, heridos y daños materiales.

Unabomber se convirtió en uno de los terroristas más buscados en los Estados Unidos y este es el punto central de la serie: la búsqueda y caza por los equipos especiales del FBI. Unabomber solicitó que se publicara su manifiesto, “La sociedad industrial y su futuro” (1995), en los diarios New York Times y el Whashigton Post, con la promesa de no realizar más atentados. La edición del escrito tuvo una consecuencia: permitió que su propio hermano lo denunciara a las autoridades al encontrar expresiones y giros lingüísticos tan singulares que lo delataron, al menos dentro de su círculo íntimo. La historia ha tenido ribetes tan dramáticos como fascinantes, y tanto Paul Auster (Leviatán) como Ricardo Piglia (El camino de Ida) han escrito novelas con puntos de partida en esta historia. Piglia fue un poco más allá y descubrió que el Unabomber leyó a Conrad, particularmente el texto, El agente secreto (1907), donde un atentado con una bomba es planificado para dañar al “fetiche sacrosanto” que representa la ciencia. Un objetivo externo de las frecuentes pasiones humanas, un escenario perfecto para lograr ser escuchado. Esta fue la línea que siguió el Unabomber por más de 15 años, atentar contra lo que él denominaba el mal mayor: la tecnología y sus representantes. Un buen ejemplo de cómo la literatura no solo retrata la realidad, sino que puede crearla y con consecuencias imprevisibles.

Más allá del caso policial y la cinematográfica persecución, un detalle de la biografía de Kaczynski no debe ser pasado por alto. Siendo alumno precoz de Harvard, a los 16 años participó en una experiencia de manipulación psicológica conocida como MK Ultra. Éste era un programa secreto e ilegal de la CIA que se creó en el año 1953, su primer director fue Sidney Gottlieb y consistía en una serie de maniobras farmacológicas, físicas y psicológicas para producir control mental, quebrar la personalidad y poner a prueba la resistencia psicológica frente a tormentos. Básicamente, como señala Naomi Klein en su libro La doctrina del Shock (2007), el programa se propuso diseñar un sistema con base científica para la extracción de información de “fuentes resistentes”.

Decenas de miles de civiles fueron sujetos de experimentación en universidades, hospitales y cárceles. Kaczynski participó en estos experimentos en Harvard, que fueron supervisados por equipos de psicólogos y psiquiatras. Uno de los psiquiatras responsables del programa, Donald Cameron, a través de sus experimentos brindó las bases para la confección del manual de tortura psicológica de la CIA. No era un científico loco precisamente, de hecho en el período 1952-53 se convirtió en el primer presidente de la Asociación de Psiquiatría Americana. En el programa MK Ultra se utilizaron drogas como el LSD, PCP y técnicas de dominio psicológico como la privación sensorial, aislamiento e hipnosis.

El programa MK Ultra nos lleva a la segunda producción de Netflix, llamada Wormwood, una sorprendente miniserie documental de Errol Morris (ver artículo en PáginaI12 de Horacio Bernades). La serie, de un gran valor visual, histórico y narrativo, es una mezcla de escenas dramatizadas y entrevistas reales al hijo de un científico estadounidense llamado Frank Olson, que murió el 28 de noviembre de 1953, poco tiempo después de haber sido drogado sin su consentimiento con LSD, en uno de los ya citados experimentos de la CIA. Atravesó la ventana de la habitación 1018 en el piso 13 del Hotel Statler, en Nueva York. Por más de dos décadas, la familia tuvo una versión oficial de suicidio, pero luego de años de protestas y denuncias a la prensa y en sedes judiciales, un informe de la comisión Rockefeller en 1975 en el Senado reveló que el suicidio podría haber sido provocado por una respuesta inesperada a las drogas que recibió en el experimento, y fue denominado “suicidio experimental”. Esta versión tampoco conformó al hijo de Olson, Eric, quien halló documentos que evidenciaban que su padre, que trabajaba en Fort Detrick (un laboratorio destinado a la guerra biológica), no estaba conforme con el trabajo que allí se hacía: no aprobaba las pruebas que se estaban haciendo con armas biológicas en la guerra de Corea. Frank Olson empezó a ser un estorbo a sus superiores, en épocas de macartismo, con poco lugar para conciencias dubitativas. Tal circunstancia empeoró cuando lo obligaron a participar, sin saberlo, de un experimento con drogas psicoactivas, que se conoció como la sesión del lago Deep Creek. En 1994, la familia logró exhumar el cuerpo de Olson y la figura del suicidio quedó aún más lejos como posibilidad y cobró finalmente fuerza la idea del asesinato. La ejecución de una persona con demasiada información es la hipótesis que sostiene la familia y que es avalada por distintas investigaciones periodísticas como la del premio Pulitzer Seymour Hersh. Incluso el hijo de Olson encontró un manual de la CIA para asesinatos, en donde sugiere que la forma más eficaz y fácil de disimular un asesinato es arrojar a la persona por la ventana (a una altura superior de 25 metros) y simular un suicidio. Para la Justicia norteamericana, si bien hay consenso que no se trató de un accidente o suicidio, no se encontró suficiente evidencia para acusar a nadie. Los experimentos de la CIA en la población civil de su país cobraron conocimiento público con la desclasificación de archivos en 1977 y más recientemente en 2001. El extraordinario documental Wormwood deja en claro que aún quedan por resolver muchos aspectos que el poder ha sabido callar y ocultar.

Las técnicas de manipulación psicológica no se detuvieron en las prácticas setentistas de la CIA, se han perfeccionado a niveles más sutiles, están vigentes en nuestras vidas, en la forma en la que consumimos, nos informamos, deseamos, y hasta votamos. Para estar atentos.

 

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Iraníes que salieron ayer a las calles para respaldar al gobierno quemaron banderas de Estados Unidos e Israel, que han sido acusados por las autoridades de Irán de incitar a las protestas que estallaron el 28 de diciembre en el país y que han provocado al menos 21 muertos. La imagen, en la ciudad de Mashhad

 

La mayoría de nosotros conocemos esa extremadamente rara pero levemente escalofriante sensación, al ir por una calle, mirar una colina o escuchar una conversación, de que ya la hemos visto u oído antes. Tal vez en una encarnación anterior. O quizás apenas unos años atrás, aunque no logramos ubicar la experiencia en el tiempo.

Me llevó un buen rato antes de que un amigo en quien confío lograra señalar por qué la más reciente revuelta callejera en miniatura en Irán me parecía tan extraña. Y tan familiar. Y tan sobrecogedora.

Repasemos la secuencia de sucesos. Gran número de jóvenes despojados de sus derechos, pobres o desempleados tomaron las calles de una nación de Medio Oriente para quejarse de la pobreza, la corrupción del régimen y su falta de libertad... y pronto se volvieron contra sus gobernantes. Perfectamente justificado. Pero en cuestión de días se disparan armas de fuego contra opositores al gobierno, el cual sostiene el derecho del pueblo a manifestarse, pero advierte que quienes recurran a la violencia pagarán el precio. Por lo menos 21 personas –dos de ellas miembros de las fuerzas de seguridad– pierden la vida cuando los manifestantes responden a las tácticas de tirar a matar de los agentes armados del gobierno.

El gobernante más poderoso –apoyado por las milicias del Estado– se queja de que los disturbios son fomentados por extranjeros, traidores, espías. El líder más veterano del Estado reduce todo a dinero, armas, políticas y servicios de inteligencia. Estados Unidos, Gran Bretaña y Arabia Saudita son mencionados como los principales sospechosos. Y entonces vastas multitudes pro gubernamentales –que superan en número (si no en entusiasmo) a los manifestantes–, marchan por cientos de miles para condenar las protestas callejeras, sosteniendo sobre sus cabezas retratos de sus amados líderes. El régimen afirma que las protestas terminaron.

Los paralelos no son exactos –las similitudes lo son mucho más–, pero, ¿no es esto, palabra por palabra, lo que ocurrió en Siria en 2011? ¿No es el mismo escenario, la misma representación, el mismo argumento? Una masa de campesinos empobrecidos –aplastados por las absurdas políticas agrícolas de su gobierno– comenzó a manifestarse contra el gobierno de Assad, luego contra la corrupción, y más tarde –muy pronto– a exigir su derrocamiento, tal como se puede ver a los manifestantes en Irán hoy quemando carteles de Alí Jamenei, el líder supremo, y del presidente Hassan Rouhani. Las fuerzas de seguridad comenzaron a matar manifestantes. Y, mucho antes de lo que creíamos en ese tiempo, opositores al régimen armados empezaron a atacar en la primavera de 2011 a los militares sirios a lo largo de la frontera norte con Líbano, cerca de Homs y Dera’a.

De inmediato, el régimen de Bashar al Assad afirmó que una mano extranjera operaba detrás de los terroristas –palabra que el gobierno iraní no ha usado (aún) con respecto a sus opositores armados– y nombró a Estados Unidos y Arabia Saudita como conspiradores para desatar una guerra civil en Siria. Cientos de miles de sirios leales al régimen marcharon por Damasco cada semana ondeando carteles de Assad. Una y otra vez, el gobierno sirio se refirió a la crisis como cosa terminada.

No era así. Pero, pese a los esfuerzos de Washington y Riad (y el apoyo británico al cambio de régimen), Assad se sostuvo con la misma tenacidad con que el régimen iraní aplastó las protestas de 2009 después de la muy dudosa victoria de Mahmud Ahmadineyad en la elección presidencial (un hombre que tenía mucho en común con Donald Trump).

Ahora debo referirme a mi institución favorita, que cruje pero aún tiene relevancia, el Departamento de Verdades de a Kilo. No, Irán no es una democracia de estilo occidental cuando sus funcionarios deciden quién puede ser presidente y quién no. Pero cuenta con un parlamento que funciona genuinamente y, después de la experiencia de Donald Trump –para no mencionar la dudosa legitimidad de la victoria de George W. Bush–, comparar las libertades iraníes con las libertades estadunidenses tal vez no sea una gran idea en este momento.

Mi preocupación radica en la crueldad inherente de un régimen que puede enviar a una mujer joven e inocente al patíbulo mientras un funcionario de la prisión grita imprecaciones a su madre en el teléfono celular de la prisionera. Ya he dicho antes que las horcas manchan a Irán más que la centrífuga. Se puede negociar sobre una instalación nuclear; en cambio, no se puede revertir la muerte.

Tomemos, por ejemplo, a Delara Darabi –de apenas 23 años–, quien fue arrastrada al patíbulo en 2009, gritando a su madre por el teléfono celular: Oh, madre, puedo ver la nariz del verdugo frente a mí. Me van a ejecutar. Sálvame, por favor.

Delara había confesado falsamente haber matado al primo de su padre para salvar del verdugo a su novio. Mientras ataban a la pobre chica, el verdugo le arrancó el teléfono y dijo en tono de burla a la madre que ya nada podía salvarla. Después, ese mismo año, el entonces presidente Ahmadineyad me dijo que estaba en contra de la pena capital. Pero los jueces iraníes eran independientes del gobierno, proclamó. Yo no quiero matar ni una hormiga.

No hizo nada, por supuesto. Casi 700 seres humanos fueron arrastrados a la horca en 2015, otros 567 en 2016. Sin duda muchas de las víctimas eran narcotraficantes. Pero sus juicios fueron farsas y las ejecuciones contaminan a la República Islámica tanto como mancillan la autoridad de Hassan Rouhani, el hombre en quien expresamos confianza después del acuerdo nuclear con Teherán.

Pero ahora regresemos a esos persistentes paralelos entre Irán y Siria. La guerra israelí con Hezbolá en Líbano en 2006 fue un intento de destruir al aliado más cercano de Siria en Líbano y protegido de Irán. Fracasó. Hezbolá afirmó que había triunfado. No fue así, pero los israelíes perdieron. El siguiente objetivo fue Siria, en 2011. De allí en adelante sólo conocemos parte de la dolorosa y atroz historia. Pero Occidente –e Israel– perdieron de nuevo. Assad sobrevivió. Ha ganado, con la ayuda de esos molestos rusos, de Hezbolá e Irán.

Entonces, ¿es ahora el turno de Irán? Casi la misma táctica. El mismo guion. Los mismos enemigos que Arabia Saudita observa con deleite. Gran Bretaña murmura sobre derechos humanos –que son la contribución de Boris–, pero los estadunidenses chillan del lado de los manifestantes inocentes (aunque cada vez más peligrosos). El mundo está observando. Claro que sí. Pero lo que me deja perplejo es que, mientras Irán hace las acostumbradas acusaciones de conspiraciones estadunidenses, los medios estadunidenses –y los nuestros, para el caso– no han mencionado una sola vez en este contexto el nombre de un funcionario de la inteligencia de Washington que hace apenas seis meses fue lanzado al estrellato como el hombre designado por Trump para dirigir las operaciones de la CIA en Irán.

Qué extraño. Porque en junio pasado el New York Times perfilaba el nuevo papel del príncipe negro –o el ayatola Mike, como al parecer también le llamaron– como uno de varios movimientos dentro de la agencia de espionaje que apuntan a un enfoque más muscular a las operaciones encubiertas bajo la dirección de Mike Pompeyo. Irán ha sido uno de los objetivos más difíciles de la CIA, afirmó el periódico que publica todas las noticias dignas de imprimirse.

“El reto de comenzar a aplicar las ideas del presidente Trump recae en Michael D’Andrea, un converso al islam que fuma un cigarillo tras otro... Quizá ningún funcionario de la CIA tiene mayor responsabilidad en debilitar a Al Qaeda... Trump ha nombrado a los halcones del Consejo Nacional de Seguridad ansiosos de contener (sic) a Irán e impulsar el cambio de régimen, cuyo fundamento será muy probablemente instalado mediante la acción encubierta de la CIA”.

En los 11 años transcurridos desde los ataques del 11-S, señala el NYT, D’Andrea estuvo profundamente implicado en el programa de detenciones e interrogatorios, el cual produjo la tortura de cierto número de prisioneros y fue condenado en un informe del Senado, en 2014, por inhumano e inefectivo. D’Andrea asumió el Centro de Contraterrorismo de la CIA en 2006 y, según el diario, operativos bajo su dirección tuvieron un papel fundamental en la ejecución en 2008 de Imad Mougniyeh, uno de los más altos funcionarios de Hezbolá (aunque en semi retiro) en Damasco. Al parecer D’Andrea también fue esencial en el incremento del uso de ataques con drones en la frontera afgano-paquistaní.

Es, por tanto, un formidable adversario de los iraníes –así como de los sirios–, pero es extraño que no hayamos sabido de él en los meses recientes. ¿No le interesan los recientes acontecimientos en Irán? Claro que sí. Es su trabajo, ¿o no? Pero, ¿por qué el silencio? ¿Será que no logramos atar ningún cabo aquí? ¿Por pura casualidad existirá algún vínculo entre los servicios de inteligencia que hacen gemir al pobre Jamenei en Teherán y los servicios de inteligencia operados por Michael D’Andrea, el hombre que debe empezar a aplicar las ideas del presidente Trump?

No estoy muy seguro de que el mundo esté observando. Pero debería hacerlo.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

 

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