Viernes, 15 Abril 2016 06:25

Las cuatro crisis de Brasil

Las cuatro crisis de Brasil

El fracaso del modelo del PT y de unas instituciones al servicio de las empresas lleva al gigante sudamericano a su mayor crisis en décadas.

En el caos brasileño es posible detectar cuatro crisis simultáneas, superpuestas en el tiempo pero no necesariamente encadenadas, en el sentido de que no hay un orden que lleve de una a otra. Sin embargo, hay canales comunicantes entre todas estas crisis que, en su conjunto, dibujan un panorama más que preocupante para la sociedad brasileña y, por extensión, para toda Sudamérica.


Brasil atraviesa una seria crisis de la democracia. La mayoría absoluta de los diputados han sido acusados en algún momento de corrupción, ya que no es posible acceder al Parlamento sin alguna financiación por parte de empresas privadas. Hay bancadas evangélicas, ‘de la bala’ (que defienden el armamento individual como autodefensa), del agronegocio, sindicales, y así, que involucran a casi todos los partidos aunque en proporciones diferentes.


Los estudios indican que por cada real donado a una campaña electoral las empresas consiguen 8,50 reales en contratos públicos, una relación alucinante que explica los cientos de millones de aportan a las cajas de los partidos. Pero ahí radica, también, el nudo del problema: los cargos electos (desde concejales en pueblos remotos a senadores) adquieren una deuda con las empresas que los financiaron. Que la pagan con obras públicas.


Mutaciones


En segundo lugar, existe una crisis de convivencia: entre ricos y pobres, entre petistas y antipetistas, entre blancos y negros, entre habitantes del sur desarrollado y los del norte “atrasado”. La base obrera del PT en São Paulo emigró hacia otros partidos, en particular al PMDB, un partico clientelar que no tiene programa. A su vez, la base social del caudillismo en el norte emigró al PT gracias a las políticas sociales.


En plena crisis política, Chico Buarque fue abucheado en la calle por apoyar al Gobierno; personas vestidas con color rojo son agredidas porque se supone que son de izquierda; una pediatra se negó a seguir atendiendo a un niño de un año porque su madre milita en el PT. Y así, hasta el infinito.


La tercera es la crisis del lulismo, ese proyecto encabezado por Lula y el PT que se propuso mejorar la situación de los pobres sin afectar a los ricos. Fue posible gracias a un ciclo virtuoso de aumento de los precios de las commodities que exporta el país, en particular soja, carne y mineral de hierro.


Los superávits comerciales lubricaron las políticas sociales y auspiciaron la integración de 40 millones de pobres a través del consumo. Funcionó unos años, hasta que llegó el abismo: la mitad del salario de los brasileños se la llevan las deudas con la banca, precio a pagar por el desenfrenado consumismo que impulsó el PT, facilitando el pago de coches nuevos hasta en 60 cuotas.


Por último, la crisis de modelo de país puede considerarse la suma del fracaso del PT y de las instituciones brasileñas. Los tres primeros gobiernos petistas habían diseñado una propuesta de “Brasil Potencia” que suponía un sostenido crecimiento de la economía, la integración de las mayorías excluidas, la modernización de la infraestructura y de las fuerzas armadas para defender la Amazonía y las reservas marítimas de petróleo, y un proyecto de integración regional integral, político, económico y de defensa, que trascendía la tradicional integración comercial que promovía el neoliberalismo.


La peor recesión del siglo


Con la crisis actual, todos los proyectos trazados y que comenzaron a caminar con cierta lentitud, se desbarrancaron. Brasil vive la peor recesión económica en un siglo, con la proyección de una caída del PIB del 4% para este año, que se suma al descenso del año anterior. Es un momento clave, decisivo, una crisis profunda cuya resolución marcará el lugar del país en las próximas décadas.


Es cierto que una parte de las élites juega contra el proyecto del PT, como la poderosa federación industrial de São Paulo, los grandes medios de comunicación, la clase media y los neoconservadores de EE UU. Pero también es cierto que la banca y el agronegocio no sólo no apuestan contra Dilma, sino que se han mostrado más cercanos al Gobierno de lo que cabía esperar. Sobre todo, es una crisis interna, que no viene de afuera como suelen argumentar algunos intelectuales.


El principal responsable es el propio PT. Porque mucho más allá de los errores cometidos –el proyecto lulista no contempló reformas estructurales en el país más desigual del mundo, para no enfrentarse a las élites dominantes–, se entrampó en la corrupción, al punto que buena parte de sus dirigentes está en la mira de la justicia o fueron procesados. Aunque consiga sobrevivir a este abril, la crisis de confianza entre sus propias bases sociales puede terminar hundiendo la barca del mayor proyecto progresista de la región.

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“La izquierda tiene que repensar su aparato teórico y táctico”

David Harvey, uno de los pensadores marxistas más prominentes de nuestro tiempo, se sentó con el activista colectivo AK Malabocas a discutir las transformaciones en el modo de acumulación capitalista, la centralidad del terreno urbano en las luchas de clase contemporáneas, y las implicancias de todo esto para la organización anti-capitalista.

 

AK Malabocas: En los últimos 40 años, el modo de acumulación capitalista ha cambiado globalmente. ¿Qué significan estos cambios para la lucha contra el capitalismo?


DH: Desde una perspectiva macro, cualquier modo de producción tiende a generar un tipo distintivo de oposición, la cual es un espejo curioso de sí mismo. Si miras atrás, en los ’60 o ’70, cuando el capital estaba organizado en grandes formas corporativas, jerárquicas, tenías estructuras de oposición que eran corporativas, tipos sindicalistas de aparatos políticos. En otras palabras, un sistema fordista generaba una oposición de tipo fordista.


Con el quiebre de esta forma de organización industrial, particularmente en los países capitalistas avanzados, se terminaba con una configuración del capital mucho más descentralizada: más fluida sobre el espacio y el tiempo que lo pensado previamente. Al mismo tiempo veíamos el surgimiento de una oposición que está ligada a las redes, a la descentralización y a la que no le gusta la jerarquía y las formas previas de oposición de tipo fordista.
Así, que de una manera curiosa, las y los militantes de izquierda se reorganizan a sí mismos en el mismo modo en el que la acumulación del capital se reorganiza. Si entendemos que la izquierda es una imagen en espejo de lo que estamos criticando, entonces tal vez lo que debamos hacer es romper el espejo y salir de esta relación simbiótica con aquello que estamos criticando.

MK: ¿En la era fordista, la fábrica era el principal sitio de resistencia. Dónde podemos encontrarla ahora que el capital se ha movido lejos del piso fabril hacia el terreno urbano?


DH: Antes que nada, la forma fabril no ha desaparecido. Todavía encuentras fábricas en Bangladesh o en China. Lo que es interesante es cómo el modo de producción en las ciudades centrales cambió. Por ejemplo, el sector logístico se ha expandido: UPS, DHL y todos sus trabajadores y trabajadoras están produciendo valores enormes hoy en día.


En las últimas décadas, un gran cambio tuvo lugar en el sector servicios también: los más grandes empleadores de mano de obra en la década de 1970 en los Estados Unidos eran General Motors, Ford y US Steel. Los más grandes empleadores de mano de obra hoy son Mc Donalds, Kentucky Fried Chicken y Walmart. Antes, la fábrica era el centro de la clase obrera, pero hoy encontramos a la clase obrera más que nada en el sector servicios. ¿Por qué diríamos que producir autos es más importante que producir hamburguesas?


Desafortunadamente la izquierda no se siente cómoda con la idea de organizar a los trabajadores y trabajadoras de la comida rápida. Su imagen de la tradicional clase obrera no encaja con la producción de valor de los trabajadores y trabajadoras de servicios, los de distribución, de restaurants, de los supermercados.


El proletariado no desapareció, pero hay un nuevo proletariado que tiene características diferentes del que tradicionalmente la izquierda solía identificar como la vanguardia de la clase trabajadora. En este sentido, las y los trabajadores de Mc Donalds se convirtieron en las y los trabajadores metalúrgicos del siglo XX.


MK: ¿Si esto es lo que es el nuevo proletariado, cuáles son los lugares desde organizar la resistencia hoy?


DH: Es muy difícil de organizar en los lugares de trabajo. Por ejemplo, las y los trabajadorss de la distribución se mueven de un lado a otro. Así que esta población tal vez podría organizarse mejor fuera del lugar de trabajo, quiero decir, en sus estructuras barriales.


Hay una frase interesante en el trabajo de Gramsci de 1919 que dice que organizarse en el lugar de trabajo y tener concejos fabriles está muy bien, pero que deberíamos tener también concejos en los barrios también. Y los concejos de los barrios, dijo, tienen un mejor entendimiento de lo que son las condiciones de toda la clase trabajadora, comparado con el entendimiento sectorial de la organización en el lugar de trabajo.


Las organizadoras y organizadores fabriles solían saber muy bien lo que un trabajador metalúrgico era, pero no entendían lo que el proletariado era como un todo. La organización barrial habría incluido, por ejemplo, a los trabajadores y trabajadoras de la limpieza urbana, de la distribución y las trabajadoras doméstica. Gramsci nunca tomó esto y dijo: “Vamos! el Partido Comunista debería organizar asambleas barriales”


No obstante, hay algunas excepciones en el contexto europeo donde los partidos comunistas organizaron, de hecho, concejos barriales, porque no podían organizarlos en las fábricas, por ejemplo en España. En la década de 1960 esta era una forma de organización muy poderosa. Por ello, como he discutido por un largo tiempo, deberíamos ver la organización barrial como una forma de organización de la clase. Gramsci sólo lo mencionó una vez en sus escritos y nunca lo desarrolló más en profundidad.


En Gran Bretaña en los ’80, hacía formas de organización laboral en plataformas a lo largo de la ciudad, sobre la base de concejos de oficios, que estaban haciendo lo que Gramsci sugirió. Pero dentro del movimiento sindical, estos concejos siempre fueron mirados como formas inferiores de organización laboral. Nunca se los trató como un componente fundacional de cómo el movimiento sindical debería operar.


De hecho, ocurrió que los concejos de oficios fueron a menudo mucho más radicales que los gremios tradicionales y eso era porque estaban basados en las condiciones de toda la clase trabajadora, no sólo de los sectores más privilegiados de la clase. Así, al punto de que estos tenían una definición mucho más amplia de la clase, los concejos tendieron a darse políticas mucho más radicales. Pero esto nunca fue valorado por el movimiento sindical en general, siempre fue mirado como un espacio en el que lxs radicales podían actuar.


Las ventajas de esta forma de organización son obvias: supera la brecha entre organizarse de manera sectorial, incluye todas las formas de trabajo “desterritorializado” y es muy adaptable a nuevas formas de organizaciones comunitarias y de base asamblearia, como Murray Boockchin planteó, por ejemplo.


MK: En las recientes oleadas de protesta -en España y Grecia, por ejemplo, o el movimiento Occupy- puedes encontrar esta idea de “localizar la resistencia”. Pareciera que estos movimientos tienden a organizarse alrededor de cuestiones de la vida cotidiana, más que en torno a grandes cuestiones ideológicas en las que la izquierda tradicional solía enfocarse.


DH: Por qué dirías que organizarse alrededor de la vida cotidiana no es una de las grandes cuestiones. Yo creo que es una de las grandes cuestiones. Más de la mitad de la población mundial vive en ciudades, y la vida cotidiana urbana es a lo que la gente está expuesta y en lo que encuentra dificultades. Estas dificultades residen tanto en la esfera de realización del valor como en la esfera de la producción del valor.


Este es uno de mis más importantes argumentos teóricos: todo el mundo lee el Volumen I del Capital y nadie lee el Volumen II. El Vol I es acerca de la producción del valor, el II es sobre la realización del valor. Al enfocarse en el Vol II, puedes ver claramente que las condiciones de realización son tan importantes como las de producción.


Marx a menudo hablaba de la necesidad de ver al capital como la unidad contradictoria entre la producción y la realización. Donde el valor es producido y donde es realizado son dos cosas diferentes. Por ejemplo, mucho valor es producido en China y, de hecho, es realizado por Apple o por Walmart en los Estados Unidos. Y, por supuesto, la realización del valor trata de la realización del valor por medio de costoso consumo de la clase obrera.


El capital puede conceder salarios más altos en el punto de la producción, pero luego los recupera en el punto de la realización por el hecho de que los trabajadores y trabajadoras tienen que pagar alquileres y gastos de vivienda más elevados, costos de teléfono, tarjetas de crédito y así sucesivamente. Así que las luchas de clase en torno a la realización, alrededor de viviendas más baratas por ejemplo, son tan significativas para la clase trabajadora como las luchas acerca de salarios y condiciones de trabajo. Cuál es el punto de tener un salario más alto si te es inmediatamente extraído en términos de gastos más elevados para tener un techo?


En su relación con la clase trabajadora, los capitalistas han aprendido hace mucho que pueden hacer un montón de dinero recuperando lo que antes habían entregado. Y, al punto que -particularmente en los 60 y 70- lxs trabajadorxs se empoderaron de manera creciente en la esfera del consumo, así que el capital comienza a concentrar mucho más en extraer valor a través del consumo.


Así que las luchas en la esfera de la realización, que no eran tan fuertes en los tiempos de Marx, y el hecho de que nadie lea el maldito libro (Vol II), es un problema para la izquierda convencional. Cuando vos me decís: “¿cuál es el problema macro aquí?”- bueno, ¡esto es un problema macro! La concepción del capital y la relación entre producción y realización. Si no ves la unidad contradictoria entre ambos entonces no vas a tener la imagen completa. Tiene lucha de clases escrita todo alrededor y no puedo entender por qué un montón de marxistas no logran ver cuán importante es esto.


El problema es cómo entendemos a Marx en el 2015. En los tiempos de Marx, la extensión de la urbanización era relativamente conveniente y el consumo de la clase trabajadora era casi inexistente, así que de lo único que Marx tenía que hablar era acerca de la clase trabajadora arreglándoselas para sobrevivir con un salario magro y cómo eran bastante sofisticados para hacerlo. El capital los dejaba hacer con sus propios dispositivos lo que les gustaba.


Pero hoy en día, vivimos en un mundo en el que el consumo es responsable de casi el 30% de la dinámica de la economía global; en EE UU llega al 70%. Así que ¿por qué estamos aquí sentados y diciendo que el consumo es casi irrelevante, pegándonos al Volúmen I y hablando acerca de la producción en lugar del consumo?


Lo que hace la urbanización es forzarnos a cierto tipo de consumo, por ejemplo: tienes que tener un auto. Y tu estilo de vida está dictado en muchos sentidos por la forma que toma la urbanización. Y de nuevo, en los tiempos de Marx esto no era significativo, pero en nuestros días es crucial. Tenemos que amigarnos con formas de organización que de hecho reconozcan este cambio en la dinámica de la lucha de clases.


Los grupos que marcaron los recientes movimientos con su estilo, viniendo de tradiciones anarquistas y autonomistas, están mucho más metidos en la política de la vida cotidiana, mucho más que las y los marxistas tradicionales.


Les tengo mucha simpatía a las y los anarquistas, tienen una mucha mejor línea en este tema, precisamente al lidiar con la política del consumo y su crítica acerca de lo que el consumo es. Parte de su objetivo es cambiar y reorganizar la vida cotidiana alrededor de nuevos y diferentes principios. Así que creo que esto es un punto crucial hacia el cual mucha de la acción política debería ser dirigida en estos días. Pero desacuerdo con vos cuando decís que esta no es una “gran cuestión”.


MK: Así que, mirando ejemplos de Europa del Sur -redes de solidaridad en Grecia, auto-organización en España o Turquía- parece ser muy crucial para construir movimientos sociales alrededor de la vida cotidiana y las necesidades básicas en estos días. ¿Ves esto como un acercamiento promisorio?


DH: Creo que es muy promisorio, pero hay una clara limitación ahí, lo que es un problema para mí. La propia limitación es la reticencia para tomar el poder en algún punto. Bookchin, en su último libro, dice que el problema con las y los anarquistas es su negación del significado del poder y su inhabilidad para tomarlo. Bookchin no va tan lejos, pero yo creo que es su rechazo a ver al Estado como un posible aliado hacia la transformación radical.


Hay una tendencia a considerar al Estado como enemigo, el enemigo al 100 %. Y hay muchos ejemplos de estados represivos fuera del control público en el que este es el caso. No hay duda: el estado capitalista debe ser combatido, pero sin dominar el poder del estado y sin tomarlo, pronto vuelves a la historia de lo que pasó por ejemplo en 1936 y 1937 en Barcelona y luego en toda España. Al rechazar tomar el Estado en un momento en el que tenían el poder para hacerlo, los revolucionarios y revolucionarias de España permitieron que el estado volviera a caer en las manos de la burguesía y del ala estalinista del movimiento comunista. Y el estado se reorganizó y aplastó la resistencia.

MK: Eso puede ser cierto para el estado español en la década de 1930, pero si miramos al estado neoliberal contemporáneo y el retroceso del estado de bienestar, ¿que queda de estado para conquistar, para aprovechar?

DH: Para empezar, la izquierda no es muy buena para responder la pregunta de cómo construimos infraestructura masiva. ¿Como construirá la izquierda el puente de Brooklyn, por ejemplo? Toda sociedad reposa sobre grandes infraestructuras, infraestructuras para toda una ciudad, como el suministro de agua, electricidad, etc. Yo creo que hay una gran reticencia dentro de la izquierda para reconocer que necesitamos diferentes formas de organización.


Hay áreas del aparato de estado, aún del aparato de estado neoliberal, que son terriblemente importantes; el centro de control de enfermedades, por ejemplo. ¿Cómo respondemos a epidemias globales como el Ébola o similares? No puedes hacerlo al modo anarquista del “hazlo tu mismo o tú misma”. Hay muchas instancias en las que necesitas alguna forma de infraestructura de tipo estatal. No podemos confrontar el problema del calentamiento global a través de formas descentralizadas de confrontación y actividades solamente.


Un ejemplo que es frecuentemente mencionado, a pesar de sus muchos inconvenientes, es el Protocolo de Montreal para enfrentar el uso de clorofuorocarbono en heladeras para limitar la afectación de la capa de ozono. Fue reforzada de manera exitosa en los ’90 pero necesitó de un tipo de organización que es muy diferente a aquella que proviene de una política basada en asambleas.


MK: Desde una perspectiva anarquista, yo diría que es posible reemplazar aún instituciones supranacionales como la OMS con organizaciones confederales que serían construidas de abajo hacia arriba y que eventualmente arribarían a una toma de decisiones global.


DH: Quizás a un cierto grado, pero tenemos que ser conscientes de que siempre habrá algún tipo de jerarquías y de que siempre enfrentaremos problemas como la responsabilidad o el recurso correcto. Siempre habrá relaciones complicadas entre, por ejemplo, gente lidiando con el problema del calentamiento global desde el punto de vista del mundo como un todo y desde el punto de vista de un grupo que está en el territorio, digamos, en Hanover o similar, y que se pregunta, por qué debería escuchar lo que ellxs están diciendo?


MK: Entonces, ¿crees que esto requeriría alguna forma de autoridad?


DH: No, va a haber estructuras de autoridad de cualquier modo, siempre las habrá. Nunca he estado en una reunión anarquista en la que no hubiera una estructura de autoridad secreta. Está siempre esa fantasía de todo siendo horizontal, pero me siento, miro y pienso, “oh dios, hay toda una estructura jerárquica acá pero está encubierta”


MK: Volviendo a las protestas recientes alrededor del Mediterráneo, muchos movimientos se han concentrado en luchas locales. ¿Cuál es el siguiente paso hacia la transformación social?


DH: En algún punto tenemos que crear organizaciones que sean capaces de ensamblar y reforzar el cambio social en una escala más amplia. Por ejemplo, será ¿Podemos en España capaz de hacer eso? En una situación caótica como la crisis económicas de los últimos años, es importante que la izquierda actúe. Si la izquierda no lo hace, entonces la derecha será la siguiente opción. Yo pienso -y odio decirlo- que la izquierda tiene que ser más pragmática en relación a las dinámicas que están ocurriendo ahora.


MK: ¿Más pragmática en qué sentido?


DH: Bueno, ¿por qué apoyé a SYRIZA aunque este no fuera un partido revolucionario? Porque abría un espacio en el que algo diferente podía pasar y eso era una movida progresiva para mí.


Es un poco como Marx diciendo: el primer paso hacia la libertad es la limitación de la duración de la jornada de trabajo. Demandas muy estrechas abren un espacio para resultados más revolucionarios, y aún cuando no hay ninguna posibilidad para ningún resultado revolucionario, tenemos que buscar soluciones de compromiso que sin embargo se apartan del sinsentido de la austeridad neoliberal y abren el espacio en el que nuevas formas de organización pueden tener lugar.


Por ejemplo, sería interesante si Podemos buscara organizar formas de confederalismo democrático, porque en cierto modo Podemos surgió de un montón de reuniones de tipo asambleario teniendo lugar a lo largo de España, así que tienen mucha experiencia con ese tipo de estructura.


La cuestión es cómo conectarán la forma asamblearia a formas más permanentes de organización, en relación a su creciente posición como un partido fuerte en el parlamento. Esto también vuelve a la pregunta de la consolidación del poder: tienes que encontrar maneras de hacerlo, porque si no la burguesía y el capitalismo corporativo van a encontrar modos de reafirmarse y tomar nuevamente el poder.

MK: ¿Qué piensas acerca del dilema de las redes de solidaridad llenando el vacío que dejó la retirada del estado de bienestar e indirectamente convirtiéndose en un aliado del neoliberalismo en ese sentido?

DH: Hay dos formas de organizarse. Una es el vasto crecimiento del sector ONG, pero mucho de eso está financiado de manera externa, no son organizaciones de base, y eso no se acerca a la cuestión de los grandes donantes que marcan la agenda, la cual no será una agenda radical. Aquí nos acercamos a la privatización del Estado de bienestar. Esto me parece que es muy diferente políticamente a las organizaciones de base en las que la gente dice “Ok, el estado no se ocupa de nada, así que vamos a tener que hacernos cargo de nosotros y nosotras mismas” Esto me parece que tiende a formas de organizaciones de base con un status político muy diferente.

MK: Pero ¿cómo evitar llenar esa brecha al ayudar, por ejemplo, a gente desempleada para que no sean exprimidos por el estado neoliberal?

DH: Bueno, tiene que haber una agenda anti-capitalista, para que cuando el grupo trabaje con gente todo el mundo sepa que no se trata sólo de ayudarla a arreglárselas sino que hay todo un intento organizado de tratar de cambiar políticamente el sistema en su integralidad. Esto quiere decir tener un proyecto político muy claro, lo cual es problemático con tipos de movimientos no centralizados, no homogéneos, donde alguna gente trabaja de un modo, otra trabajan de manera diferente y no hay ningún proyecto colectivo en común.


Y esto se conecta con la primera pregunta que hiciste: no hay coordinación acerca de lo que son los objetivos políticos. Y el peligro es que sólo estes ayudando a la gente a arreglárselas y que no haya política saliendo de ahí. Por ejemplo, Occupy Sandy ayudó a la gente a volver a sus casa e hizo un maravilloso trabajo, pero en última instancia, hicieron lo que la Cruz Roja y los servicios de emergencia federales deberían haber hecho.

MK: El fin de la historia parece haber pasado de largo. Mirando las condiciones actuales y los ejemplos concretos de lucha anti capitalista, ¿piensas que “ganar” es todavía una opción?

DH: Definitivamente; y más aún, tienes fábricas ocupadas en Grecia, economías solidarias a través de cadenas productivas siendo forjadas, instituciones de democracia radical en España y muchas cosas hermosas ocurriendo en muchos otros lugares. Hay un crecimiento saludable del reconocimiento de que necesitamos ser mucho más amplios y amplias en lo que concierne a la política en todas esas iniciativas.


La izquierda marxista tiende a desdeñar un poco estas cosas y creo que está equivocada. Pero al mismo tiempo no creo que ninguna de estas cuestiones sea lo suficientemente grande en sí misma como para lidiar con las estructuras fundamentales de poder que necesitan ser desafiadas. Aquí hablamos de nada menos que del Estado. Así que la izquierda debe repensar su aparato teórico y táctico.


Fuente: https://roarmag.org/magazine/david-harvey-consolidating-power/
Traducción: de Gabriela Mitidieri para Democracia Socialista, editado por VIENTO SUR

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Las proyecciones sociopolíticas del 17M/16.

Para evaluar el Paro y las masivas protestas populares del pasado 17 de marzo es necesario mirar el contexto de aguda crisis política en que se dio.

El pliego de peticiones del movimiento popular debe ser reorganizado y adecuado a la convocatoria de la multitud.

Hay diferentes miradas sobre la acción colectiva protagonizada por el movimiento sindical, las organizaciones cívicas, las asociaciones campesinas, los estudiantes, profesores, taxistas, camioneros, mineros y activistas de los nuevos movimientos sociales, el pasado 17 de marzo, día para el que fue convocado por el Comando Unitario de las centrales obreras y otras organizaciones populares un paro cívico cuyo sentido se refería a un pliego general de demandas de 15 puntos.

Si se contrasta lo sucedido con las movilizaciones agrarias del año 2013, especialmente la del segundo semestre, se puede plantear que las manifestaciones del pasado jueves no alcanzaron la contundencia del alzamiento campesino y la indignación agraria, registrados en el tercer año del primer gobierno de Juan Manuel Santos.

Es muy probable que su organización y justificación hubiesen adolecido de importantes fallas. Lo pertinente es examinarlas para rectificar.

Algunos sugieren cierta confusión en la caracterización del paro cívico, pues se trato de una cadena de manifestaciones y protestas urbanas y rurales (Cauca, Risaralda), de considerable presencia social y popular, como ocurrió en Cartagena, Armenia, Bucaramanga, Pereira, Medellín Cali y Bogotá.

Sin embargo, su impacto e incidencia política tiende a ser desestimados por la arbitraria valoración que se plantea sobre este acontecimiento.

Mi reflexión sugiere medir el alcance de la acción social ocurrida el pasado 17 de marzo por el contexto sociopolítico bastante agitado por diversos fenómenos: me refiero al fallo de la Corte de La Haya para atender las demandas de Nicaragua sobre la plataforma submarina que comparte con Colombia; la fuerte caída de la popularidad de Santos y su gobierno neoliberal, ubicados en un decadente 27%; la profundización devastadora de la crisis económica y fiscal, que se intento paliar con las cifras del PIB del 2015; y la preocupante parálisis de la Mesa de conversaciones de paz con las Farc.

Las multitudinarias manifestaciones para expresar el rechazo a la crisis económica, al neoliberalismo, a las privatizaciones, al alza del IVA, al desempleo y la carestía, agregaron un nuevo factor a la inestabilidad y deslegitimación de las instituciones del Estado y el régimen oligárquico del señor Santos.

Denotaron los altos niveles de ingobernabilidad del aparato estatal.

Es exactamente lo que viene sucediendo con las grandes manifestaciones que acaecen por estos días en Brasil –con proporciones similares a las recientes de acá, en los términos de los tamaños poblacionales de cada nación- con ocasión del caos judicial y mediático desatado por la ultraderecha de la república carioca, para dar forma a un golpe de Estado
suave a favor de los grandes poderes globales asociados al imperio gringo, en plan de asaltar el Presal y la riqueza petrolera de la profundidad marina.

Afirmar que las movilizaciones sociales en Brasil son inútiles o inocuas porque no se compadecen con una nación que alberga más de 220 millones de ciudadanos, no es exactamente un adecuado y objetivo análisis político.

Que lo diga la ultraderecha que explota hasta el frenesí toda expresión pública, mediante la exacerbada manipulación de los medios de comunicación con el fin de apurar el impeachment a Dilma Rousseff y abortar la candidatura presidencial de Lula para el 2018.

En Colombia vienen nuevas acciones populares asociadas con fechas históricas como el 9 de abril y el 1 de mayo. Las mismas recogerán las demandas planteadas en el Pliego elevado a la Casa de Nariño y desatendido olímpicamente por los funcionarios oficiales.

Los problemas siguen vigentes y el desafío consiste en imaginar nuevas formas de lucha que combinadas logren los objetivos principales.

El Pliego de 15 puntos que recibe algunas críticas, razonables por lo demás, debería ser rediseñado, resumido y sintetizado en unas consignas más sencillas para potenciar su capacidad convocante de la multitud. Tales consignas podrían devenir en un “significante vacio o maestro” en el que se vayan anclando las múltiples reivindicaciones y agravios que apalancan la rebelión y resistencia social.

Nota. Esperanzadora la Quinta Cumbre por la paz organizada por la Universidad Libre de Cali en la Universidad Misak, en Santiago, Silvia, Cauca, el viernes 18 de marzo. La emotiva y acertada discursividad de María Fernanda Quintero Alzate y de Mama Liliana Pecehene Muelas, marcaron el sentido de la lucha por la paz, los derechos de las víctimas y el territorio entre los pueblos indígenas. Estimula los elevados niveles de conciencia de los Misak y su ejemplar sentido de la organización y unidad.

Deplorable, en la misma Cumbre, el espectáculo clientelar de los politiqueros en Corinto, con un averiado Angelino a bordo, el sábado 19 de marzo, apurando un plebiscito corruptor y contaminante de la paz, mediante el despilfarro de los recursos de la venta de Isagen en la compra y venta de votos y conciencias, que tanto gusta al Senador Luis Fernando Velasco, el actual jefe del gamonalato santista.

Ejemplar en la pedagogía de la paz, el acto de la Casa Campesina de Sevilla, Valle, el domingo 20 de marzo. Allí, los voceros del Frente Amplio –Camilo López y Fabián Quintero- expusieron con claridad cada uno de los documentos con los avances de la Mesa de paz de La Habana. Esa pedagogía no debería ser sobre generalidades y ocurrencias disparatadas de oradores despistados.

Lucido Daniel Libreros en su crítica económica a la concentración de la propiedad agraria y la riqueza. El paramilitarismo de Estado es una herramienta terrorista de acumulación económica y política de las elites plutocráticas, sostiene en su solido análisis de economía política.

Brillante el rector de Unilibre/Cali, Libardo Orjuela, en su discursividad que recupera la gloriosa memoria de Jorge Eliecer Gaitán, el caudillo popular inmolado por el odio oligárquico liberal/conservador e imperial.

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Ilusiones progresistas devoradas por la crisis

ALAI AMLATINA, 21/03/2016.- La coyuntura global está marcada por una crisis deflacionaria motorizada por las grandes potencias. La caída de los precios de las commodities, cuyo aspecto más llamativo fue, desde mediados del 2014, la de las cotizaciones del petróleo, descubre el desinfle de la demanda internacional mientras tanto se estanca la ola financiera, muleta estratégica del sistema durante las últimas cuatro décadas. La crisis de la financierización de la economía mundial va ingresando de manera zigzageante en una zona de depresión, las principales economías capitalistas tradicionales crecen poco o nada[1] <#_ftn1> y China se desacelera rápidamente. Frente a ello Occidente despliega su último recurso: el aparato de intervención militar integrando componentes armadas profesionales y mercenarias, mediáticas y mafiosas articuladas como “Guerra de Cuarta Generación” destinada a destruir sociedades periféricas para convertirlas en zonas de saqueos. Es la radicalización de un fenómeno de larga duración de decadencia sistémica donde el parasitismo financiero y militar se fue convirtiendo en el centro hegemónico de Occidente.

No presenciamos la “recomposición” política-económica-militar del sistema como lo fue la reconversión keynesiana (militarizada) de los años 1940 y 1950 sino su degradación general. La mutación parasitaria del capitalismo lo convierte en un sistema de destrucción de fuerzas productivas, del medio ambiente, y de estructuras institucionales donde las viejas burguesías se van transformando en círculos de bandidos, novedoso encumbramiento planetario de lumpenburguesías centrales y periféricas.

 

La declinación del progresismo

 

Inmersa en este mundo se despliega la coyuntura latinoamericana donde convergen dos hechos notables: la declinación de las experiencias progresistas y la prolongada degradación del neoliberalismo que las precedió y las acompañó desde países que no entraron en esa corriente de la que ahora ese neoliberalismo degradado aparece como el sucesor.

Los progresismos latinoamericanos se instalaron sobre la base de los desgastes y en ciertos casos de las crisis de los regímenes neoliberales y cuando llegaron al gobierno los buenos precios internacionales de las materias primas sumados a políticas de expansión de los mercados internos les permitieron recomponer la gobernabilidad.

El ascenso progresista se apoyó en dos impotencias; la de la derechas que no podían asegurar la gobernabilidad, colapsadas en algunos casos (Bolivia en 2005, Argentina en 2001-2002, Ecuador en 2006, Venezuela en 1998) o sumamente deterioradas en otros (Brasil, Uruguay, Paraguay) y la impotencia de las bases populares que derrocaron gobiernos, desgastaron regímenes pero que incluso en los procesos más radicalizados no pudieron imponer revoluciones, transformaciones que fueran más allá de la reproducción de las estructuras de dominación existentes.

En los casos de Bolivia y Venezuela los discursos revolucionarios acompañaron prácticas reformistas plagadas de contradicciones, se anunciaban grandes transformaciones pero las iniciativas se embrollaban en infinitas idas y venidas, amagos, desaceleraciones “realistas” y otras astucias que expresaban el temor profundo a saltar las vallas del capitalismo. Ello no solo posibilitó la recomposición de las derechas sino también la proliferación a nivel estatal de podredumbres de todo tipo, grandes corrupciones y pequeñas corruptelas.

Venezuela aparece como el caso más evidente de mezcla de discursos revolucionarios, desorden operativo, transformaciones a medio camino y autobloqueos ideológicos conservadores. No se consiguió encaminar la transición revolucionaria proclamada (más bien todo lo contrario) aunque si se logró caotizar el funcionamiento de un capitalismo estigmatizado pero de pie, obviamente los Estados Unidos promueven y aprovechan esa situación para avanzar en su estrategia de reconquista del país. El resultado es una recesión cada vez más grave, una inflación descontrolada, importaciones fraudulentas masivas que agravan la escasez de productos y la evasión de divisas que marcan a una economía en crisis aguda[2] <#_ftn2>.

En Brasil el zigzagueo entre un neoliberalismo “social” y un keynesianismo light casi irreconocible fue reduciendo el espacio de poder de un progresismo que desbordaba fanfarronería “realista” (incluida su astuta aceptación de la hegemonía de los grupos económicos dominantes). La dependencia de las exportaciones de commodities y el sometimiento a un sistema financiero local transnacionalizado terminaron por bloquear la expansión económica, finalmente la combinación de la caída de los precios internacionales de las materias primas y la exacerbación del pillaje financiero precipitaron una recesión que fue generando una crisis política sobre la que empezaron a cabalgar los promotores de un “golpe blando” ejecutado por la derecha local y monitoreado por los Estados Unidos.

En Argentina el “golpe blando” se produjo protegido por una máscara electoral forjada por una manipulación mediática desmesurada, el progresismo kirchnerista en su última etapa había conseguido evitar la recesión aunque con un crecimiento económico anémico sostenido por un fomento del mercado interno respetuoso del poder económico. También fue respetada la mafia judicial que junto a la mafia mediática lo acosaron hasta desplazarlo políticamente en medio de una ola de histeria reaccionaria de las clases altas y del grueso de las clases medias.

En Bolivia Evo Morales sufrió su primera derrota política significativa en el referéndum sobre reelección presidencial, su llegada al gobierno marcó el ascenso de las bases sociales sumergidas por el viejo sistema racista colonial. Pero la mezcla híbrida de proclamas antiimperialistas, postcapitalistas e indigenistas con la persistencia del modelo minero-extractivista de deterioro ambiental y de comunidades rurales y del burocratismo estatal generador de corrupción y autoritarismo terminaron por diluir el discurso del “socialismo comunitario”. Quedó así abierto el espacio para la recomposición de las elites económicas y la movilización revanchista de las clases altas y su séquito de clases medias penetrando en un vasto abanico social desconcertado.

Ahora las derechas latinoamericanas van ocupando las posiciones perdidas y consolidan las preservadas, pero ya no son aquellas viejas camarillas neoliberales optimistas de los años 1990, han ido mutando a través de un complejo proceso económico, social y cultural que las ha convertido en componentes de lumpenburguesías nihilistas embarcadas en la ola global del capitalismo parasitario.

Grupos industriales o de agrobusiness fueron combinando sus inversiones tradicionales con otras más rentables pero también más volátiles: aventuras especulativas, negocios ilegales de todo tipo (desde el narco hasta operaciones inmobiliarias opacas pasando por fraudes comerciales y fiscales y otros emprendimientos turbios) convergiendo con “inversiones” saqueadoras provenientes del exterior como la megaminería o las rapiñas financieras.

Dicha mutación tiene lejanos antecedentes locales y globales, variantes nacionales y dinámicas específicas, pero todas tienden hacia una configuración basada en el predominio de elites económicas sesgadas por la “cultura financiera-depredadora” (cortoplacismo, desarraigo territorial, eliminación de fronteras entre legalidad e ilegalidad, manipulación de redes de negocios con una visión más próxima al videojuego que a la gestión productiva y otras características propias del globalismo mafioso) que disponen del control mediático como instrumento esencial de dominación rodeándose de satélites políticos, judiciales, sindicales, policiales-militares, etc.

 

¿Restauraciones conservadoras o instauraciones de neofascismos coloniales?

 

Por lo general el progresismo califica a sus derrotas o amenazas de derrotas como victorias o peligros de regreso del pasado neoliberal, también suele utilizarse el término “/restauración conservadora/”, pero ocurre que esos fenómenos son sumamente innovadores, tienen muy poco de “conservadores”. Cuando evaluamos a personajes como Aecio Neves, Mauricio Macri o Henrique Capriles no encontramos a jefes autoritarios de elites oligárquicas estables sino a personajes completamente inescrupulosos, sumamente ignorantes de las tradiciones burguesas de sus países (incluso en ciertos casos con miradas despreciativas hacia las mismas), aparecen como una suerte de mafiosos entre primitivos y posmodernos encabezando políticamente a grupos de negocios cuya norma principal es la de no respetar ninguna norma (en la medida de lo posible).

Otro aspecto importante de la coyuntura es el de la irrupción de movilizaciones ultra-reaccionarias de gran dimensión donde las clases medias ocupan un lugar central. Los gobiernos progresistas suponían que la bonanza económica facilitaría la captura política de esos sectores sociales pero ocurrió lo contrario: las capas medias se derechizaban mientras ascendían económicamente, miraban con desprecio a los de abajo y asumían como propios los delirios neofascistas de los de arriba. El fenómeno sincroniza con tendencias neofascistas ascendentes en Occidente, desde Ucrania hasta los Estados Unidos pasando por Alemania, Francia, Hungría, etc., expresión cultural del neoliberalismo decadente, pesimista, de un capitalismo nihilista ingresando en su etapa de reproducción ampliada negativa donde el apartheid aparece como la tabla de salvación.

Pero este neofascismo latinoamericano incluye también la reaparición de viejas raíces racistas y segregacionistas que habían quedado tapadas por las crisis de gobernabilidad de los gobiernos neoliberales, la irrupción de protestas populares y las primaveras progresistas. Sobrevivieron a la tempestad y en varios casos resurgieron incluso antes del comienzo de la declinación del progresismo como en Argentina el egoísmo social de la época de Menem o el gorilismo racista anterior, en Bolivia el desprecio al indio y en casi todos los casos recuperando restos del anticomunismo de la época de la Guerra Fría. Supervivencias del pasado, latencias siniestras ahora mezcladas con las nuevas modas.

Una observación importante es que el fenómeno asume características de tipo “/contrarrevolucionario/”, apuntando hacia una política de tierra arrasada, de extirpación del enemigo progresista, es lo que se ve actualmente en Argentina o lo que promete la derecha en Venezuela o Brasil, la blandura del contrincante, sus miedos y vacilaciones excitan la ferocidad reaccionaria. Refiriéndose a la victoria del fascismo en Italia Ignazio Silone la definía como una contrarrevolución que había operado de manera preventiva contra una amenaza revolucionaria inexistente[3] <#_ftn3>. Esa no existencia real de amenaza o de proceso revolucionario en marcha, de avalancha popular contra estructuras decisivas del sistema desmoronándose o quebradas, envalentona (otorga sensación de impunidad) a las elites y su base social.

La marea contrarrevolucionaria es uno de los resultados posibles de la descomposición del sistema imponiendo de manera exitosa en algunos casos del pasado proyectos de recomposición elitista, en el caso latinoamericano expresa descomposición capitalista sin recomposición a la vista.

Si el progresismo fue la superación fracasada del fracaso neoliberal, este neofascismo subdesarrollado exacerba ambos fracasos inaugurando una era de duración incierta de contracción económica y desintegración social. Basta ver lo ocurrido en Argentina con la llegada de Macri a la presidencia: en unas pocas semanas el país pasó de un crecimiento débil a una recesión que se va agravando rápidamente producto de un gigantesco pillaje, no es difícil imaginar lo que puede ocurrir en Brasil o en Venezuela que ya están en recesión si la derecha conquista el poder político.

La caída de los precios de las commodities y su creciente volatilidad, que la prolongación de la crisis global seguramente agravará, han sido causas importantes del fracaso progresista y aparecen como bloqueos irreversibles de los proyectos de reconversión elitista-exportadora medianamente estables. Las victorias derechistas tienden a instaurar economías funcionando a baja intensidad, con mercados internos contraídos e inestables, eso significa que la supervivencia de esos sistemas de poder dependerá de factores que las mafias gobernantes pretenderán controlar. En primer término el descontento de la mayor parte de la población aplicando dosis variables de represión, legal e ilegal, embrutecimiento mediático, corrupción de dirigentes y degradación moral de las clases bajas. Se trata de instrumentos que la propia crisis y la combatividad popular pueden inutilizar, en ese caso el fantasma de la revuelta social puede convertirse en amenaza real.

 

La estrategia imperial

 

Los Estados Unidos desarrollan una estrategia de reconquista de América Latina aplicándola de manera sistemática y flexible. El golpe blando en Honduras fue el puntapié inicial al que le siguió el golpe en Paraguay y un conjunto de acciones desestabilizadoras, algunas muy agresivas, de variado éxito que fueron avanzando al ritmo de las urgencias imperiales y del desgaste de los gobiernos progresistas. En varios casos las agresiones más o menos abiertas o intensas se combinaron con buenos modales que intentaban vencer sin violencias militar o económica o sumando dosis menores de las mismas con operaciones domesticadoras. Donde no funcionaba eficazmente la agresión empezó a ser practicado el ablande moral, se implementaron paquetes persuasivos de configuración variable combinando penetración, cooptación, presión, premios y otras formas retorcidas de ataque psicológico-político.

El resultado de ese despliegue complejo es una situación paradojal: mientras los Estados Unidos retroceden a nivel global en términos económicos y geopolíticos, van reconquistando paso a paso su patio trasero latinoamericano. La caída de Argentina ha sido para el Imperio una victoria de gran importancia trabajada durante mucho tiempo a lo que es necesario agregar tres maniobras decisivas de su juego regional: el sometimiento de Brasil, el fin del gobierno chavista en Venezuela y la rendición negociada de la insurgencia colombiana. Cada uno de estos objetivos tiene un significado especial:

La victoria imperialista en Brasil cambiaría dramáticamente el escenario regional y produciría un impacto negativo de gran envergadura al bloque BRICS afectando a sus dos enemigos estratégicos globales: China y Rusia. La victoria en Venezuela no solo le otorgaría el control del 20 % de las reservas petrolíferas del planeta (la mayor reserva mundial) sino que tendría un efecto dominó sobre otros gobiernos de la región como los de Bolivia, Ecuador y Nicaragua y perjudicaría a Cuba sobre la que los Estados Unidos están desplegando una suerte de /abrazo de oso/.

Finalmente la extinción de la insurgencia colombiana además de despejar el principal obstáculo al saqueo de ese país le dejaría las manos libres a sus fuerzas armadas para eventuales intervenciones en Venezuela. Desde el punto de vista estratégico regional el fin de la guerrilla colombiana sacaría del escenario a una poderosa fuerza combatiente que podría llegar a operar como un mega-multiplicador de insurgencias en una región en crisis donde la generalización de gobiernos mafioso-derechistas agravará la descomposición de sus sociedades. Se trata tal vez de la mayor amenaza estratégica a la dominación imperial, de un enorme peligro revolucionario continental, es precisamente esa dimensión latinoamericana del tema lo que ocultan los medios de comunicación dominantes.

Decadencia sistémica y perspectivas populares

Más allá de la curiosa paradoja de un imperio decadente reconquistando su retaguardia territorial, desde el punto de vista de la coyuntura global, de la decadencia sistémica del capitalismo, la generalización de gobiernos pro-norteamericanos en América Latina puede ser interpretada superficialmente como una gran victoria geopolítica de los Estados Unidos aunque si profundizamos el análisis e introducimos por ejemplo el tema del agravamiento de la crisis impulsada por esos gobiernos tenderíamos a interpretar al fenómeno como expresión específica regional de la decadencia del sistema global.

El alejamiento del estorbo progresista puede llegar a generar problemas mayores a la dominación imperial, si bien las inclusiones sociales y los cambios económicos realizados por el progresismo fueron insuficientes, embrollados, estuvieron impregnados de limitaciones burguesas y si su autonomía en materia de política internacional tuvo una audacia restringida; lo cierto es que su recorrido ha dejado huellas, experiencias sociales , dignificaciones (suprimidas por la derecha) que serán muy difícil extirpar y que en consecuencia pueden llegar a convertirse en aportes significativos a futuros (y no tan lejanos) desbordes populares radicalizados.

La ilusión progresista de humanización del sistema, de realización de reformas “sensatas” dentro de los marcos institucionales existentes, puede pasar de la decepción inicial a una reflexión social profunda, crítica de la institucionalidad mafiosa, de la opresión mediática y de los grupos de negocios parasitarios. Ello incluye a la farsa democrática que los legitima. En ese caso la molestia progresista podría convertirse tarde o temprano en huracán revolucionario no porque el progresismo como tal evolucione hacia la radicalidad anti-sistema sino porque emergería una cultura popular superadora, desarrollada en la pelea contra regímenes condenados a degradarse cada vez más.

En ese sentido podríamos entender uno de los significados de la revolución cubana, que luego se extendió como ola anticapitalista en América Latina, como superación crítica de los reformismos nacionalistas democratizantes fracasados (como el varguismo en Brasil, el nacionalismo revolucionario en Bolivia, el primer peronismo en Argentina o el gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala). La memoria popular no puede ser extirpada, puede llegar a hundirse en una suerte de clandestinidad cultural, en una latencia subterránea digerida misteriosamente, pensada por los de abajo, subestimada por los de arriba, para reaparecer como presente, cuando las circunstancias lo requieran, renovada, implacable.

- */Jorge Beinstein/* es economista argentino, docente de la Universidad de Buenos Aires.

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[1] <#_ftnref1>Si consideramos el último lustro (2010-2014) el crecimiento promedio real de la economía de Japón ha sido del orden del 1,5 %, la de Estados Unidos 2,2 % y la de Alemania 2 % (Fuente: Banco Mundial).

[2] <#_ftnref2>Un buen ejemplo es el de la “importación” de fármacos donde empresas multinacionales como Pfizer, Merck y P&G hacen fabulosos negocios ilegales ante un gobierno “socialista” que les suministra dólares a precios preferenciales. Con un juego de sobrefacturaciones, sobreprecios e importaciones inexistentes las empresas farmacéuticas habían importado en 2003 unas 222 mil toneladas de productos por los que pagaron 434 millones de dólares (unos 2 mil dólares por tonelada), en 2010 las importaciones bajaron a 56 mil toneladas y se pagaron 3410 millones de dólares (60 mil dólares la tonelada) y en 2014 las importaciones descendieron aún más a 28 mil toneladas y se pagaron 2400 millones de dólares (un poco menos de 87 mil dólares la tonelada). Como bien lo señala Manuel Sutherland de cuyo estudio extraigo esa información: “/lejos de plantearse la creación de una gran empresa estatal de producción de fármacos, el gobierno prefiere darles divisas preferenciales a importadores fraudulentos, o confiar en burócratas que realizan importaciones bajo la mayor opacidad”. /Manuel Sutherland, “2016: La peor de las crisis económicas, causas, medidas y crónica de una ruina anunciada”, CIFO, Caracas 2016.

[3] <#_ftnref3>Ignazio Silone, “L'École des dictateurs”, Collection Du monde entier, Gallimard, París 1964.

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Viernes, 18 Marzo 2016 07:31

Brasil: sin izquierda y sin rumbo

Brasil: sin izquierda y sin rumbo

Una de las principales características del caos sistémico es la opacidad y la imprevisibilidad de los escenarios geopolíticos y políticos, globales y locales, fruto en gran medida de las transiciones en curso y de la superposición de diversos actores que influyen/desvían el curso de los acontecimientos. En suma, una realidad hipercompleja en la que es posible visualizar las grandes tendencias, pero no es tan sencillo comprender la coyuntura. En todo caso, una realidad resistente a las simplificaciones.


Los recientes sucesos en Brasil, la detención de Lula y su posterior nombramiento al frente del gabinete ministerial, y las manifestaciones del pasado domingo, parecen precipitar los acontecimientos. Sin embargo, no será sencilla la destitución de la presidenta Dilma Roussseff para poner fin al gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), ya que la oposición también está afectada por la falta de credibilidad. Lo que se terminó en Brasil fue un periodo más o menos prolongado de estabilidad política y económica, ya que no existe una coalición capaz de estabilizar el país.


Veamos las que creo que son las tendencias principales, con sus respectivas contratendencias.


La primera es que resulta evidente que existe una potente ofensiva destituyente contra el gobierno y el PT, por parte de las derechas: los grandes medios, el capital financiero brasileño e internacional, Estados Unidos y, según parece, una parte del aparato judicial. La operación Lava Jato (Lavado Rápido) sería parte de esta ofensiva que se acentúa a medida que el escenario global se polariza.


Sin embargo, diversos analistas cercanos a la izquierda opinan lo contrario y no miden la actuación de la justicia por los impactos políticos. El sociólogo Luiz Werneck Vianna sostiene que “la naturaleza de la operación Lava Jato es republicana y su función es denunciar el contubernio entre la esfera pública y la esfera privada” (http://goo.gl/XnMEDo). Agrega que quienes denuncian al Lava Jato como maniobra de la derecha defienden pequeños intereses y que la relación entre lo público y lo privado había llegado a extremos que clamaban una intervención.


La segunda tendencia es la disolución de las izquierdas. Hay personas que dicen cosas que parecen de izquierda, pero no existe fuerza social y política con valores y actitudes de izquierda. El más importante intelectual de izquierda brasileño, el sociólogo Francisco de Oliveira, sostiene que no hay lucha de ideas y de posiciones políticas, apenas desfiles callejeros, y que la izquierda no tiene capacidad de convocatoria. “La izquierda está sin rumbo –dice–. Yo mismo soy de izquierda y estoy sin rumbo” (http://goo.gl/67nxKq).


Un síntoma de la inexistencia de izquierda es la incapacidad de autocrítica, no sólo por los políticos y dirigentes, sino también por los llamados intelectuales que, en su inmensa mayoría, culpan de todo a la derecha y a los medios y son incapaces de tomar en cuenta los datos que contradicen su análisis. El pasado domingo los manifestantes, que se supone son de derecha, abuchearon y echaron a los principales dirigentes de la oposición, el gobernador de Sao Paulo, Geraldo Alckmin, y el senador Aecio Neves, del Partido Social Demócrata Brasileño, al grito de ladrones y oportunistas.


¿Cómo encajan estos hechos en el análisis simplista de los intelectuales de izquierda? Las denuncias más demoledoras contra Lula y Dilma (y buena parte de los políticos de derecha) provienen de Delcidio Amaral, senador por el PT, elegido por Dilma para liderar el Senado. Antes había sido ministro de Minas y Energía bajo Itamar Franco (1994 y 1995) y director de Petrobras bajo Fernando Henrique Cardoso (2000 y 2001), y es considerado experto en negocios turbios (Página 12, 16/3/16). Este es el tipo de personas que el PT recluta desde que ocupa el gobierno.


No hay izquierda porque el PT se encargó de aniquilarla, política y éticamente. Lula fue durante años el embajador de las multinacionales brasileñas. Entre 2011 y 2012 visitó 30 países, de los cuales 20 están en África y América Latina. Las constructoras pagaron 13 de esos viajes, la casi totalidad Odebrecht, OAS y Camargo Correa (Folha de Sao Paulo, 22/3/13). Es apenas una cara del consenso lulista. La otra es la domesticación de los movimientos.


Es cierto que hay una contratendencia desde abajo marcada por un nuevo activismo social, que se manifestó en 2013 con el Movimento Passe Livre, luego con las ocupaciones de los sin techo, el nuevo activismo feminista y más recientemente con la ocupación de cientos de colegios secundarios. Pero estos movimientos ya no obedecen a la vieja lógica (correa de trasmisión de los partidos), sino a nuevas relaciones sociales, entre las que destaca la autonomía de los partidos y los sindicatos, la horizontalidad y el consenso para tomar decisiones.


La tercera tendencia es el fin de la hegemonía de los diversos actores políticos o sociales. Una sociedad sin hegemonía quiere decir una sociedad caótica, desordenada, en la que ninguna instancia tiene legitimidad ni capacidad para determinar los rumbos que se toman. Para la izquierda institucional y electoral, y para los profesionales del pensamiento, esto es un horror, un peligro del que se debe huir. Para quienes apostamos al autogobierno de pueblos y comunidades, es una posibilidad real de expropiar a los expropiadores, ya que es la antesala de un colapso sistémico.


Con dos condiciones. Una, que no se crea que el viejo mundo caerá sin afectarnos. Seremos parte del naufragio, estaremos en peligro, tanto como los sectores populares. Esto no es ni bueno ni malo, es el precio a pagar para tener la posibilidad de crear un mundo nuevo.


La otra es que no existe la menor certeza. Lo previsible es el Estado, las instituciones, las multinacionales. El colapso es una apuesta, pero no un juego, en el que ponemos el cuerpo y nos arriesgamos a perderlo todo, para imprimirle un cambio de rumbo a la humanidad.

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Golpe judicial para bloquear la jura de Lula

Un magistrado de primera instancia federal de Brasilia “suspendió” la designación del ex presidente como jefe de Gabinete alegando que con ello obtendrá foro privilegiado y quedará fuera de la órbita de otro magistrado de primera instancia.


“Estado de excepción”. Entre indignada y aguerrida la presidenta brasileña Dilma Rousseff denunció ayer, al poner en funciones al nuevo jefe de Gabinete, Luiz Inácio Lula da Silva, que la sociedad entre jueces y medios de comunicación privados avanza hacia su objetivo de implantar una democracia degradada que reemplazaría al régimen democrático vigente. El golpe blanco en gestación se ha fijado metas: obstruir la labor de Lula en el gabinete, acelerar el juicio político contra Dilma en el Congreso dominado por fuerzas conservadoras y acendrar la intolerancia de las clases medias neocons para finalmente derrocar al gobierno del Partido de los Trabajadores respaldado por 54 millones de votos en los comicios de octubre de 2014.


Para contener ese torrente de lama destituyente Dilma convocó a Lula, que a pesar de la corrosiva campaña de desinformación en su contra aún preserva una popularidad que, aunque no sea inoxidable, todavía se mantiene robusta especialmente entre los trabajadores y las clases populares, las que no se han sumado masivamente a los actos multitudinarios del domingo pasado y las protestas de ayer por el golpe.


“Me siento orgullosa de traer (al gabinete) al mayor líder político del país, sea bienvenido querido ministro Lula” resaltó Dilma, refrendada por una de las tantas ovaciones del público que colmó ayer el Salón Noble del Palacio del Planalto, a través de cuyas paredes vidriadas penetraba el estruendo de los gases lacrimógenos y balas de goma disparados por la policía militarizada en la Plaza de los Tres Poderes, tomada desde temprano por militantes petistas y de la Central Unica de los Trabajadores.


A unos doscientos metros de allí, en el Congreso, grupos por el impeachment se reagrupaban luego de haberse movilizado el miércoles por la noche cuando, enardecidos, intentaron invadir el Legislativo y luego derribar las vayas de protección del palacio presidencial. Pero el principal reducto golpista volvió a ser ayer San Pablo, donde inconformes con la democracia, Dilma y Lula acamparon en la Avenida Paulista frente al edificio de la Federación de Industrias de San Pablo, atravesado por una gigantesca franja negra que exige la salida de la presidenta.


“Cuento con su experiencia de ex presidente, con su identificación con el pueblo de este país, con su incomparable capacidad (...) de entender a ese pueblo y de ser entendido y amado por él”, afirmó la mandataria en referencia a Lula. “Usted tiene la grandeza de los estadistas y la humildad de los verdaderos lideres”. Durante la ceremonia de juramento Lula, de traje azul y corbata roja, permaneció callado, con gesto de preocupación. “El pueblo no es bobo, abajo la red Globo”, “Dilma guerrera del pueblo brasileño” y “No va a haber golpe”, fueron las consignas más repetidas por el público.


Infiltrado entre los ministros y dirigentes reunidos en el segundo piso del Planalto estaba el policía militar y diputado Mayor Olimpo, referente del bloque parlamentario por la “reeducación” de los gays, que intentó causar un disturbio pero fue prontamente reducido. El polidiputado, una especie política que ha crecido en los últimos años, integra el partido Solidaridad aliado del ex candidato presidencial Aecio Neves, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña que ayer demandó a la Corte la anulación del nombramiento de Lula en consonancia con la cautelar publicada por un juez Itagiba Catta Preta Neto. Ka Cámara de Diputados anunció en este contexto la conformación de la comisión de 65 diputados que debería realizar un informe sobre la conveniencia del impeachement contra Dilma.


Preta Neto es el magistrado de primera instancia federal de Brasilia que“suspendió” la designación del ex presidente como jefe de gabinete alegando que con ello obtendrá foro privilegiado y quedará fuera de la órbita de otro magistrado de primera instancia, Sergio Moro, a cargo de la causa por corrupción a costillas de Petrobras, el “Petrolao”. El abogado general de la Unión, José Eduardo Cardozo apeló la medida alegando, entre otras causas, la manifiesta parcialidad del juez brasiliense por ser un militante de los grupos destituyentes, algo reconocido por éste en declaraciones a la prensa. Por la noche otra jueza de primera instancia, Regina Formisano, repitió la maniobra con otra cautelar.


La confesión de Catta Preta sobre su activismo por el golpe ocurrió prácticamente a la misma hora que su colega Sergio Moro, a cargo del Petrolao, justificaba el haber invadido una conversación entre Rousseff y Lula, que minutos más tarde cedió a la cadena Globo para que ésta la utilizara en su campaña de agitación y propaganda. Premiado por esa empresa periodística en 2015 como el personaje del año junto a un actor de telenovelas, Moro devino una suerte de prócer entre los cientos de miles de opositores que se movilizaron el domingo pasado en San Pablo, Brasilia, Río de Janeiro y otras capitales.


La invasión del diálogo de Rousseff y Lula fue “ilegal” afirmó el abogado general Cardozo y además violatorio de la seguridad nacional. Dilma fue más lejos en su discurso de asunción de Lula cuando dijo que Moro, al que evitó nombrar, es parte del engranaje subversivo avocado a “pasar la frontera del estado de derecho, (para establecer) un estado de excepción, los brasileños estamos ante un hecho grave”.

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El día en el que la derecha ganó la calle en Brasil

El domingo 13 de marzo, la oposición al Gobierno de Dilma Roussef convocó manifestaciones callejeras en Brasil, tal como había hecho precisamente un año antes y en agosto del año pasado, cuando el país, en contra de lo que muchos testarudamente no creían posible (algunos en el campo del “lulismo” siguen sin creerlo), entró definitivamente en la agenda del impeachment, la maniobra –jurídicamente desproporcionada, es verdad– para la censura política de la presidenta.


El impasse político en el país parece haber llegado a su culmen. Los analistas son casi unánimes en reconocer que la crisis ya es demasiado grande para su manejo sencillo por parte de la presidenta y de su casi decorativo equipo político. Con poco más de un año de un Gobierno errático, sin personalidad, programa o iniciativa política, y una economía destrozada por su muy evidente mala conducción, amplificando –con ideológica perversidad neoliberal– las improvisaciones, el descuido estructural y las equivocaciones dejadas por Lula y por ella misma, la presidenta se ve ante un proceso de censura ya instalado en el Congreso, que va y viene, se agranda o se achica, según contingencias imponderables. En Brasil, toda la política ahora parece vivir bajo el signo de lo imponderable.


Como en Argentina y en Venezuela, la derecha avanza sobre los escombros de un progresismo agotado e insuficiente, que de pronto vio llegar su –para algunos fanáticos gubernamentalistas todavía inconcebible– caducidad. No es que la derecha tenga un proyecto alternativo para él que no sea el de la vieja dependencia internacional y el del viejísimo orden oligárquico. Como en otras partes, la derecha no lo declara jamás. Pero, sí, aprendió a escalar las debilidades de un proyecto de conciliación de clases (el del progresismo actual) que se ha vaciado y que ya no le resulta más cómodo sin las inmediatas prebendas proporcionadas por el poder de Estado. Ahora ella quiere retomar su privilegio de mando.


Al fin y al cabo, el privilegio ha sido siempre el fundamento lógico del ordenamiento social; no el derecho, ni la ciudadanía. El privilegio resulta ser el lenguaje base, casi siempre no consciente, del orden social en Brasil y en el resto de Latinoamérica. Y el (cada vez más) mal llamado “progresismo”, que ahora cierra su ciclo, no movió un dedo para poner esto en cuestión. Su distribución de bonos –sostenida por la sobrexplotación de los recursos naturales, la reprimarización de la economía y la dependencia de la exportación de materias primas–, su apuesta por la deificación del consumo y de las “oportunidades” individuales dejaron intacta la institucionalidad armada por la lógica del privilegio, que ahora se vuelve en contra de él.


No obstante, la más simbólica debilidad de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) que la derecha logró escalar ha sido la pretendida imagen de idoneidad administrativa que el PT pregonaba antes de llegar al poder. La cuestión clave es tan sólo en parte la corrupción. Lo más grave para el patrimonio simbólico del progresismo es la revelación de la hipocresía y de la prostitución moral a las que se ha entregado el PT en nombre del juego inescrupuloso del poder, para mantener la financiación de sus campañas electorales y el apetito cleptocrático característico de sus aliados, los viejos zorros de la política nacional, de los que se volvió rehén por descuidar de hacer política.


Siete años antes de llegar al poder federal, en 1995, uno de los fundadores del partido, el exguerrillero Paulo de Tarso Venceslau, ya denunciaba los raros rumbos que tomaban los asesores más cercanos a Lula en el sentido de armar redes ilegales de financiación. Por influencia directa de Lula en la dirección del partido, este dirigente fue expulsado tres años después y no se habló más de esto. Otros casos sospechosos no llegaron jamás a ser aclarados, pero lo más importante es que el PT dejó seguir el juego y toda la lógica viciada de financiación partidaria mientras estuvo en el poder. Una vez más, no se dispuso a cambiar nada en lo que se refiere a los andamios estructurales de la política y la sociedad brasileñas.


Retórica de la derecha


Sin embargo, en lo que toca a la retórica de la derecha, la corrupción ha sido alzada a la condición de causa fundamental de los males del país. Desde hace diez años esta retórica viene sonando insistentemente. Antes no lograba tener efecto, pero ahora la economía cayó al abismo, y de pronto se volvió mágicamente apropiada para explicarlo todo.


El trabajo de propaganda, como en todas partes en Latinoamérica, lo hacen los conglomerados mediáticos. El caso paradigmático aquí es el de la petrolera estatal Petrobras, nudo central de las redes de financiación política. Se estima que el monto de los recursos desviados de ella durante los gobiernos del PT llega a unos 480 millones de euros. A pesar de la impresión producida por semejante caudal, habría que recordar que otra operación reciente de la Policía Federal destapó un monto tres veces superior en evasión de impuestos en una trama organizada por la banca y por las grandes empresas.


Asimismo, la evasión ilegal de recursos derivados de las coimas de las privatizaciones en los gobiernos de la oposición (el Partido de la Socialdemocracia Brasileña), durante la gestión del expresidente Fernando Henrique Cardoso, entre 1996 y 2002, por medio de operaciones entre el Banco del Estado de Paraná

(Banestado) y bancos paraguayos y de paraísos fiscales, habría llegado a la friolera de 28.350 millones de euros, es decir, 60 veces el monto del caso Petrobras. De todo esto y del carácter endémico y estructural de la corrupción en Brasil, los grandes medios no se pronuncian. La corrupción sólo existiría en el gobierno del PT.


De una parte, el poder judicial ha encubierto sistemáticamente y de forma deliberada la gran corrupción de la oligarquía señorial, y de esto tampoco se habla. De otra parte, la espectacularización selectiva –llegando al borde del sinsentido anecdótico– de la operación judicial respecto a los desvíos de Petrobras la convirtió en una gran operación inquisitorial para destruir a un enemigo político de la moral conservadora: el farsante y malhadado progresismo del PT. La hipocresía del doble rasero se vuelve muy palmaria. De modo que cuando la derecha llamó a la gente a las calles el pasado domingo, sólo había una palabra –¡sólo una!–, convertida en mito irreflexivo, para atronar sobre aquel espantajo: la corrupción. Esta magia no ha sido posible sin todo lo demás.


Manifestaciones


Lo que se vio este domingo han sido algunas de las mayores manifestaciones callejeras de la historia de Brasil (alrededor de cinco millones de personas a lo largo del país), más grandes que las protestas exigiendo elecciones directas al final de la dictadura militar, más grandes que las protestas de junio de 2013. Como en esos precedentes similares, la gente que mayormente acudió a las manifestaciones es de clase media. La pauta de la fetichización de la corrupción responde fundamentalmente a las expectativas de las clases medias, para quienes resulta conveniente abstraerse de las iniquidades de la lógica del privilegio, recrearse con ella y echar toda la culpa a un demonio, un outsider.


En las manifestaciones del pasado agosto en São Paulo, un equipo de investigadores quiso ver rasgos de una defensa del bienestar social en las respuestas a favor de la enseñanza y de la salud públicas por parte de algunos participantes de clase media en su encuesta. Esta interpretación ligera acaba incidiendo en una deshonestidad etnográfica, pues se abstrae del contexto y absolutiza el enunciado. Cuando la clase media en Brasil defiende los servicios públicos, está en realidad defendiendo su privilegio de ser servida, en especial cuando se trata de la universidad pública. Cuando se empieza a satanizar los impuestos, la lógica depredadora es la misma. El lenguaje del privilegio se pone a operar su gramática simbólica. Lo que la corrupción (ajena) parece molestar es el libre curso de los privilegios consagrados, muchas veces defendidos bajo una (igualmente abstracta) retórica meritocrática.


Si la derecha conquistó la calle el pasado domingo, lo logró con un potente tono monocorde, cuyo objetivo era ser el combustible para una sola jugada: el proceso de impeachment... y, como ensoñación lejana, la “solución final” para todo lo que sea de izquierda. Todo parece condicionado por una deliberada obtusidad, como si todo lo demás sobre la política y el país fuera simplemente impensable, imposible de ser formulado, inabarcable como problema, no debatible en toda su extensión. La complejidad no parece ser una vocación de la mente conservadora, que está más bien movida por pulsiones, odios y adicción a los privilegios.


Sin embargo, las manifestaciones han lanzado un desafío que va más allá de su monocorde palabra de orden. Se trata del desafío implícito de la demostración de fuerza, que interpela directamente al PT antes que a cualquier otro actor político. Las imágenes discursivas particularmente prominentes en las manifestaciones han sido, además de la destitución de la presidenta Dilma, el encarcelamiento del expresidente Lula: la tecnócrata terca y el héroe del progresismo. Más que únicamente el Gobierno, es el PT el que se ve acorralado por las calles.


El desafío ya estaba dispuesto antes incluso de las marchas, con la convocatoria del PT a manifestaciones en favor del Gobierno, o más bien contra el golpe parlamentario –de una destitución sin las necesarias razones judiciales– y en apoyo a su héroe, acosado la semana anterior por maniobras judiciales abusivas. Este otro pulso del partido se va a desarrollar este viernes. Si las marchas pro-Gobierno resultan apocadas o demasiado escenificadas y financiadas por sus organizadores sindicales, la victoria simbólica de la “libre expresión ciudadana” la tendrá la derecha. De modo que el duelo está pendiente, bajo el terrible impacto de la primera baza.

 

Por detrás del despliegue de fuerzas en el campo callejero, en las huestes progresistas lo que se ve son deserciones masivas. Los dudosos aliados parlamentarios, los de la vieja política clientelar, ahora tratan al Gobierno como un cadáver maloliente, y ya no hay más prebendas del Estado para comprarlos.


Los movimientos sociales de izquierda, la parte de la sociedad organizada con la que Dilma no quiso dialogar, ya se cansaron de ser burlados por un Gobierno que se dice de izquierda pero adopta cada vez más políticas de derecha. Aunque sigan posicionándose “contra el golpe”, ya no parecen más dispuestos a ofrecer un apoyo sin condiciones, condiciones que van contra las medidas de austeridad, consideradas las más importantes por un gobierno que ya no tiene recursos políticos para presentar un plan económico factible.


Finalmente, los electores pobres que el PT ha ganado con su gran programa de cosmética socioeconómica están ahora desamparados frente a la segunda mayor crisis económica de la historia del país, ven zozobrar sus “oportunidades” y desean que la presidenta se vaya. Éstos probablemente no irán a ninguna marcha en defensa de lo que no quieren. Tanto la corrupción en Petrobras como un golpe parlamentario les resultan demasiado abstractos.


De parte del Gobierno, el gesto agónico que siguió a las manifestaciones de domingo ha sido el de llamar a Lula para formar parte del ministerio. De un lado, esto tiene que ver con la protección al expresidente contra medidas judiciales intempestivas (que ya han demostrado toda su probabilidad), pero de otro lado, el acto tiene la apariencia de una convocatoria a los últimos samuráis para defender el castillo, mientras que en la planicie no quedan muchas fuerzas a las que acudir. Ya sea a corto o a medio plazo, es posible que se estén desarrollando las últimas escenas de lo que un día fue un sueño llamado PT.

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Lula toma las riendas de Brasil pese a los poderes mediáticos y judiciales

El nombramiento del expresidente, que intentará dar un vuelco al agonizante Gobierno de su sucesora, desata la ira de la oposición y de Sérgio Moro. El juez no duda en sobrepasar la frontera de la legalidad para intentar evitar que Lula asuma su nuevo cargo filtrando una conversación entre el exmandatario y Rousseff que busca incendiar aún más los ánimos.


SAO PAULO. - Los rumores sobre la entrada de Lula en el gobierno de Dilma Rousseff se escuchaban en Brasilia desde hace días. Concretamente desde el pasado 4 de marzo cuando la Policía Federal de Sao Paulo se llevó de su casa al expresidente con un mandato de conducción coercitiva para responder sobre supuestas vinculaciones con el escándalo de Petrobras. La fórmula jurídica elegida por el juez Sérgio Moro y la operación con 200 policías, 30 fiscales y muchas cámaras de televisión, indignó a diversos juristas que definieron la medida como "mediática e innecesaria".

El mayor ofendido fue el propio Lula: "Ya he declarado tres veces en diferentes instancias. Si el juez Moro me quería escuchar sólo tenía que haberme llamado y no montar este espectáculo de pirotecnia". Pero el mensaje más importante del exmandatario aquel viernes fue el anuncio de su candidatura para las elecciones de 2018: "Esto que me han hecho ha vuelto a encender mi llama. La lucha continúa".

A partir de ese momento diversos acontecimientos se sucedieron para que el expresidente decidiera entrar en el Gobierno antes de la fecha prometida. El primero vino de la mano de la Fiscalía de Sao Paulo, que independientemente del juez Moro, solicitó una petición de prisión preventiva contra Lula por lavado de dinero, riesgo de fuga e inflamación de la población. A pesar de que la petición fue ampliamente criticada, incluso por el principal partido de oposición (PSDB), por “falta de argumentos sólidos”, Lula comenzaba a sentirse acorralado.


Dilma Rousseff le había propuesto días atrás que pensara en la posibilidad de dirigir un ministerio y así matar dos pájaros de un tiro. Por un lado quien fuera el presidente más popular de Brasil entraba en su Gobierno y le ayudaba a negociar y buscar aliados en el Congreso que la ayudaran a evitar el impeachment; y por otro, Lula se libraba de ser juzgado por Moro y conseguía el estatus de foro privilegiado con el que se evitaba un pedido de prisión preventiva.

Al exmandatario no le hacía gracia que pareciera que escapaba de la Justicia y del juez de Curitiba: “No necesito eso, sé defenderme solo”, repitió a diversos miembros de su partido. Sin embargo, un ala importante del PT opinaba que su entrada sería fundamental en estos momentos. Dilma le aseguró que podría elegir el ministerio que más le interesara. El equipo de ministros petista le comunicó que le cederían su puesto con los ojos cerrados, sabiendo que la Casa Civil y la Secretaria de Gobierno eran los únicos cargos que podrían tentarle.

El pasado lunes el expresidente se enteraba que la jueza encargada de evaluar el pedido de prisión preventiva había decidido derivar su caso al juez Moro por considerar que se trataba del mismo asunto que investigaba su compañero. La cabeza de Lula volvía a estar en las manos del magistrado de Curitiba. Antes de dar el “sí” definitivo a Rousseff, el exmetalúrgico se reunió en varias ocasiones con el presidente del Congreso, Renan Calheiros (PMDB), para asegurarse su apoyo incondicional en el caso de aceptar la oferta de la presidenta. Sin el respaldo del PMDB, principal partido aliado del Gobierno, ni Lula ni Dilma tendrían oportunidades de sobrevivir. Esta formación acababa de decidir en una asamblea que en un periodo de 30 días anunciarían si se apartaban definitivamente del equipo de Dilma y prohibían a todos sus militantes aceptar cualquier cargo de Gobierno.


EL PMDB tomó esa medida el sábado, cuando nadie esperaba lo que iba a suceder tan solo tres días después. Y es que a primera hora de la tarde del martes el ministerio Público daba a conocer las declaraciones del ex representante del PT en el Senado, Delcídio Amaral, preso desde diciembre por la operación Lava Jato. Por primera vez la presidenta Rousseff era vinculada directamente al escándalo, acusada de obstruir dicha investigación, ofreciendo dinero a través del ex ministro de la Casa Civil, Aloizio Mercadante, para que Amaral no delatara a los directores de dos de las constructoras investigadas.

En los 400 folios de declaraciones, el petista no deja títere con cabeza. El jefe del Congreso, Renan Calheiros (PMDB), el vicepresidente Michel Temer (PMDB), el presidente del partido de oposición Aécio Neves (PSDB), Lula da Silva y la bancada completa del partido aliado del Gobierno en el Senado (PMDB), fueron algunos de los acusados por el exsenador de diversos crímenes relacionados con el escándalo de Petrobras. Tras el jarro de agua fría que cayó sobre el Congreso y Ejecutivo, Lula y Calheiros decidieron ponerse de acuerdo. El ex presidente se reunió con Rousseff y le anunció que dirigiría el ministerio de la Casa de Gobierno, un cargo equivalente a primer ministro, y desde el cual tendría vía libre para actuar a sus anchas. Un nuevo equipo de ministros y un giro en la política económica fueron las condiciones que impuso Lula para intentar salvar un Gobierno que agoniza desde hace meses.


Moro contra Lula


Nada más conocerse la entrada de Lula al Gobierno, la oposición puso el grito en el cielo y aseguró que denunciaría esta decisión, por entenderla como un “delito de obstrucción a la justicia” a través del cual Lula se libraría de ser juzgado por el magistrado Sérgio Moro. Lula da Silva podría seguir siendo investigado, pero sería juzgado por el Tribunal Supremo Federal a través de una única instancia. Algunos juristas opinan que este hecho beneficiaría al expresidente ya que muchos jueces del Supremo fueron nombrados por Dilma y por el propio Lula. Otros opinan lo contrario: “Sería un juicio mucho más rápido y la sentencia sería definitiva, no podría apelar. Además todo el caso ya está siendo muy mediático y hay muchas opiniones formadas sobre él, no sé si le compensaría”, argumenta el profesor de Derecho Constitucional de la PUC de San Pablo, Pedro Serrano en BBC Brasil.


Pero al que más le disgustó la idea de ver a Lula en un ministerio fue al propio juez Sérgio Moro. Si quedaba alguna duda en relación a la objetividad del magistrado, la actitud que tomó horas después de enterarse de la noticia dejó bastante claro que la operación Lava Jato tiene entre sus objetivos principales acabar con Lula a cualquier costa. El magistrado decidió filtrar a la prensa una escucha que ya no debía estar funcionando que recoge una conversación telefónica entre la presidenta y Lula. En ella, Rousseff le dice al exmandatario que le ha enviado el papel para firmar el nuevo cargo, y le sugiere que lo suscriba en cuanto le sea necesario, dando a entender, que le serviría en el caso de que pudiera sufrir una supuesta prisión preventiva. A pesar de que por sí la escucha no aportaba nueva información, ya que era sabido que otra de las ventajas del foro privilegiado era la de no poder pasar por una prisión preventiva, la noticia se entendió como el último intento de Moro para acabar con el expresidente.

El profesor de comunicación política, Wilson Gomes, decía en su cuenta de Facebook: “Para Moro, Lula es suyo, no es de nadie”. Esta aseveración se confirma con el paso de las horas y con la actitud de Moro que parece haber entablado con Lula una riña personal propia de una película de far west más que una investigación seria contra la corrupción. No se sabe si la filtración de Moro tendrá consecuencias legales. Lo que se conoce hasta ahora es que en el momento que fue grabada ya era ilegal y el hecho de filtrarla a la prensa también vulneraría las leyes. En cualquier caso tanto Dilma como Lula han preferido no arriesgarse, y el nombramiento del cargo de ministro que estaba prevista para el martes 22 se ha adelantado para este jueves 17 de marzo.

El Gobierno también quiso divulgar el documento de posesión del nuevo ministro Lula con la firma del expresidente y no de la mandataria Rousseff y alegó que le envió el certificado ante la posibilidad de que Lula no pudiese asistir a su ceremonia de posesión del cargo. Es decir, las escuchas publicadas en las que Rousseff avisaba de que iba a mandarle el documento y que lo usara "si fuera necesario" tenían que ver con el hecho de que podrían no encontrarse este jueves y no con la intención de la mandataria de proteger a Lula frente a posibles intimaciones policiales. Rousseff también añadió en nota de prensa que “no había nada de malo en esa conversación” y que simplemente se confirmaba una información que ya se había publicado horas antes en el Boletín del Estado.


Sin embargo, el juez Moro sabía que si esa filtración no servía para evitar que Lula asumiera el nuevo cargo, sí valdría para encender los ánimos de un sector de la población que sueña con ver al expresidente entre rejas. Los mismos que abarrotaron la Avenida Paulista en las manifestaciones del pasado domingo, se concentraron este miércoles en el mismo lugar para exigir la prisión inmediata del ex presidente. En Brasilia y en otras decena de ciudades cientos de manifestantes se manifestaron para celebrar la filtración de Moro y protestar por la entrada de Lula en el gobierno.

El empresario de 57 años, Pedro de Albuquerque, decía el pasado domingo en la marcha pro impeachment: “A Lula hay que llevarlo preso, si no lo cazamos ahora, le vuelven a elegir presidente”. La profesora y socióloga Esther Solano bromeaba en la revista Carta Capital: “En mis clases lo hemos hablado, el juez Moro o lleva preso a Lula o lo hace presidente en 2018”.

Si un sector de la población quiere ver a Lula en la cárcel, otra parte pide que la justicia brasileña sea igual para todos. Tras la última filtración de Moro a la prensa, un grupo de artistas, periodistas independientes e intelectuales grabaron un vídeo en el que reflejaban el sentimiento de otros muchos brasileños: “Todos estamos contra la corrupción y queremos que se luche contra ella, pero los medios y los órganos judiciales no pueden actuar como un partido político. Lo que está en juego es mucho más importante que quién ocupará la presidencia de la República. Lo que está en juego es la propia democracia y la estabilidad del país y de sus instituciones”.

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El país de la paz para fabricar nuevos combates

No basta ya, en el momento complejo en que viven los colombianos y colombianas, con suponer un paralelismo sustentado en la sospecha latente que el proceso de paz se desenvuelve por encima de la sociedad, mientras que la movilización social y la disputa de los muchos y muchas por transformar el país, se da debajo de la misma. Lo primero que cabría preguntarse, por evidentes razones, es ¿qué sucede, entonces, en aquello que media sobre ambas orillas, es decir, en ese río diverso que es la sociedad misma? Planteada la situación así, por una apelación al sentido común, habría que decir que no es posible hablar de situaciones paralelas si los efectos se desarrollan para un mismo conjunto, y en eso, es probable, no haya un debate profundo.


Los puntos suspensivos de la guerra


La guerra, por supuesto, deberá rechazarse como parte de una generación que se hace espectadora del final de un ciclo de violencia que se ha extendido por más de seis décadas y ha cobrado la vida humana de cientos de miles colombianos y colombianas. Por eso mismo, cuando se habla de terminación del conflicto armado, no puede referirse simplemente al lugar de tranquilidad moral para aquellos que se ubican en los bordes de la izquierda, sino que debe entenderse que allí se configura un proceso de tranquilidad colectiva en distintos territorios del país; lugares donde los días y las noches ya no estarán atravesados por las balas de aquellos que combaten. Así que si se dice fin del conflicto, habrá que percatarse que también tendrá sobre las poblaciones de este país un efecto social y político.


Claro que la confrontación entre actores armados ha tenido un efecto en la degradación moral, cultural e histórica de Colombia, como expresión diversa de hombres y mujeres en sus geografías; no cabría duda alguna que el protagonismo tomado en la guerra por el movimiento guerrillero significó a su vez una doble condición de la derrota para la insurgencia armada: el auge de una estampa militar del sello revolucionario, al tiempo que una derrota en el orden estratégico y, principalmente, en el juego político de convencer mentes y corazones con un proyecto de país. Ahora bien, la guerra en sí misma tiene una connotación inhumana, tendiente a degradar por medio de la muerte, los términos de negociación y conflicto entre grupos que antagonizan; no obstante, la guerra tiene unos términos y no es posible exigirle bondades, sino precisamente, su finalización.


Más allá del marco de derrota política y estratégico-militar de las FARC, que es el síntoma en definitiva, de la derrota para el conjunto de organizaciones guerrilleras, -incluyendo al ELN y al EPL-, el punto de reconocimiento de cesar el ejercicio armado e intentar desplazarse hacia un plano político de negociación, cuando menos, refiere a que la atrocidad de la guerra será mermada. Por supuesto que está en duda, y la incertidumbre se hace desconfianza, de si el punto de encuentro entre actores armados implicará que se reduzca la guerra realizada contra la sociedad. Eso es lo que está por verse en los meses venideros, que son los meses de finalización del proceso de negociación. Por lo pronto, las persecuciones y asesinatos a líderes sociales son la norma.


Fabricar combates: adiós a la paz y a la guerra.


La hora del pacto, que es el momento donde insurgencia armada y Gobierno Nacional sellarán simbólicamente un acuerdo de paz, compuesto por discusiones de distinto nivel político, económico, social e histórico, supone el momento de un veredicto sobre su rumbo. En estas horas previas que corren, la duda está instaurada sobre quién protagonizará dicho veredicto: si el Gobierno, a través de su orden constitucional acompasado por el legislativo que juega a su favor; o bien, la sociedad colombiana, compuesta de los muchos y muchas que tienen opiniones diferenciadas y contradictorias, pero que en suma, son quienes han padecido el rigor del conflicto armado.


Por supuesto que este resulta ser un tema espinoso, pero no puede simplemente sentenciarse que burguesía e imperialismo convierten este proceso en instrumento de batalla contra la lucha social y política del pueblo, pues parecieran -diciéndose esto- ubicarse tales clases dominantes, fuera de los límites de una sociedad civil. Pero fuera de eso, enunciar la “instrumentalización”, implica desprenderse del efecto político que los acuerdos conseguidos en la mesa de La Habana tienen para la sociedad colombiana. De hecho, una mirada así reduce potencias a las diversas ideas sobre el país posible que ha de venir luego de la paz; no pareciera ser hora de pensar en evitar “los engaños” del proceso de paz y sus acuerdos, sino, mucho más importante, de empezar a discutir el problema del post-acuerdo, no como una cadena que ata al movimiento social, sino como apertura de posibilidades para re-inventar la política fracturada con la derrota de las expresiones armadas que levantaron un proyecto político para Colombia.


No parece viable separar sin más el proceso de paz y la protesta social que se ha desatado en nuestro país. En primer lugar, la paz que se negocia en La Habana y la protesta que emerge, tienen matrices de acción y pensamiento que se distancian, pero que no van a mal al tomar distancia una de la otra. De hecho, la negociación de paz tiene -y tendrá- como consecuencia, el surgimiento de voces e iniciativas que durante décadas se ocultaron entre las izquierdas y las derechas que asumieron la forma de partido. Parece ser, pues, que la sociedad civil empieza a levantar la voz sin ubicarse a la vera de un partido. Existe una autonomía social de las gentes de nuestro país, que insisten en cuestionar a un gobierno o a otro, sin necesariamente lanzar sus municiones en contra de la paz o a favor de la guerra.


Las novedosas expresiones de indignación, como el 24-E, manifiestan que el país empieza a merecer una política capaz de renovarse, confiada en la labor que puedan emprender espontáneamente ciudadanos y ciudadanas, en quienes crece la indignación por medidas injustas que van en detrimento de sus bolsillos y aspiraciones. Ya no preocupa el llamado que puedan hacer los partidos políticos, los sindicatos, las insurgencias armadas, etc., importa, ahora, el llamado que se hacen jóvenes trabajadores entre sí, incapaces de seguir viendo cómo los recursos del país siguen siendo fuente de beneficio de unos pocos, en detrimento de las gentes que cotidianamente cumplen la tarea de sobrevivir y ayudar a sobrevivir a los suyos. Pero lo que queda claro es que estas salidas a la calle por nuevas personas, no se hacen a nombre de nadie más que de sí mismos, y por ende, no son expresiones que se vean frenadas por lo que en La Habana suceda, ni tampoco ubican allí una crítica en contra de la paz.


Al fin y al cabo, parece que aquello que llamamos lucha social, tendrá nuevos nombres que antes no conocíamos, protagonistas que continúan siendo anónimos para el movimiento social con tradición, lenguajes y consignas de discursos desgastados que no llegan a más gentes que a quienes gravitan sobre los mismos. Algo más debe quedar claro: no se trata simplemente de dar las gracias a la izquierda tradicional y la bienvenida a estas nuevas formas de irrumpir en política, sino que no es posible asistir al baile en solitario; sobre las contradicciones que esto genere es donde estará el fermento de una política distinta y el interés de un análisis compjejo.


En por todo ello que la centralidad de la crítica en estos tiempos no puede ubicarse en resaltar al proceso de paz o a la guerra como forjadores de engaños contra el pueblo, sino que debe situarse más allá. En estos tiempos, donde alegremente acaban los enfrentamientos entre actores armados lejanos a las heterogéneas expresiones sociales, surge la posibilidad de fabricar nuevos combates que exijan algo más que simplemente paz o guerra. Es la hora, aparentemente, en que por fin la política sea capaz de saltar a la calle, tomar un sentido autónomo de las experiencias anteriores sin olvidar los aprendizajes, y empiece a tomar forma como proyecto de transformación del país, de verdadera y profunda democracia. Tal vez la virtud del proceso de paz sea desalambrar el campo de disputa, y por ello no se le puede entender como un simple engaño o contención de la lucha social y política.

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Miércoles, 09 Marzo 2016 11:46

El pico de la crisis

El pico de la crisis

Con el apagón eléctrico, estamos en el corazón de la crisis política, económica, social y fiscal del régimen oligárquico colombiano. Es lo que explica el afán santista por firmar una paz express, sin resolver cruciales asuntos de la Agenda pactada y por imponer un plebiscito saturado de mermelada y politiquería bipartidista.

El pueblo no es un covidado de piedra en esta coyuntura, prepara su presencia con grandes acciones colectivas como el paro cívico proyectado para el jueves 17 de marzo para exigir una salida democrótica y progresista a la enorme crisis que sacude el establecimiento neoliberal. para exigir la negociación de su pliego directamente con Santos y su gabinete ministerial.

Estamos en el vórtice de la crisis orgánica de la sociedad, la nación, el Estado y las formas de vida.

El apagón santista que se disfraza, se esconde, se encubre y disimula con artificios propagandísticos, ya es una realidad que impacta a millones de seres humanos.

Se desploma la base energética de la sociedad como consecuencia de la destrucción ambiental (el Niño y la Niña) que propicia el modelo neoliberal y como fruto de la rampante corrupción en el aparato institucional que gestiona la infraestructura eléctrica de la nación. Lo de Electricaribe, afectada por el desfalco de la mafia de los Char de Cambio Radical y de los clanes santistas costeños, ya anunciaba hace algunos meses el colapso en curso.

La crisis fiscal no para y los recortes en el gasto social ya están en curso, acompañados de una onerosa reforma tributaria que castigará con nuevo IVA a los más pobres.

La devaluación y la inflación destruyen la capacidad adquisitiva de los salarios de quienes tienen el privilegio de ingresos mínimos.

Para el capitalismo de la oligarquía colombiana ha sido demoledor el estallido de la burbuja petrolera y minera.

La crisis bancaria y financiera se conocerá pronto, pues las acciones de los bancos caen en picada como reflejo de la tormenta global (http://bit.ly/24QC2IP).

El instituto Colombiano de Bienestar Familiar/Icbf, sucumbe ante la arremetida del desfalco costeño de la familia de los Char, dueños absolutos de la Región Caribe, donde a diario mueren niños indígenas por hambre y desnutrición.

Caen generales policiales, Ministros y altos burócratas comprometidos en el robo a la salud.

Las disputas entre las facciones de la casta dominante se expresan enacciones judiciales como la captura, bien merecida e imprescindible, de Santiago Uribe, hermano del caballista del Ubérrimo, pendiente éste de otros procesos judiciales vinculados con masacres y homicidios, al igual que sus hijos, dueños de una asombrosa fortuna adquirida mediante el fraude al Estado y su presupuesto, e igualmente Oscar Iván Zuluaga, el candidato de bolsillo de la ultraderecha que se dio licencias criminales para bloquear la campaña de Santos, mediante acciones terroristas en las redes con el auxilio de una Hacker que hoy paga una larga condena en La Picota.

Están pendientes las investigaciones a Francisco Santos por su responsabilidad en la creación de grupos paramilitares en Bogotá, La Sabana y Cundinamarca.

En este contexto es que se da la escalada de presiones del gobierno y su delegación en la Mesa de diálogos de La Habana para firmar precipitadamente un acuerdo final de terminación del conflicto que omite asuntos centrales pendientes de consensos bilaterales.

Bien sopesa la delegación de la resistencia campesina revolucionaria sus pasos para impedir las trampas y maniobras del establecimiento oligárquico. Un acuerdo definitivo debe ser el fruto de un tratamiento adecuado de todos los temas y asuntos pendientes, como la erradicación del paramilitarismo, la refrendación de los consensos, la implementación de lo acordado, las garantías efectivas para la acción política de las Farc, las reformas estatales correspondientes y la aplicación efectiva de la nueva y revolucionaria Justicia Especial para la paz, que tanto molesta al expresidente Andrés Pastrana y a los empresarios financiadores de los grupos de autodefensa.

Por supuesto, el pueblo no está expectante, las masas (centrales obreras, movimientos populares, etcétera) organizan y promueven la acción colectiva, con pliegos petitorios muy puntuales, para exigir paz con justicia social, trabajo, tierra, techo, salud, educación y el derecho a la vida.

El paro cívico del próximo 17 de marzo nos indica que la potencia popular está dispuesta para encontrar una salida democrática a la generalizada crisis que sacude a la nación.

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