Los cien años de una obra fundamental de Freud

El padre del psicoanálisis explicó en ese trabajo que toda psicología individual es también social porque el yo siempre tiene presente en sus pensamientos y acciones al otro. Osvaldo Delgado, Nora Merlin y Luis Sanfelippo debaten sobre su actualidad.

Sigmund Freud fue el hombre que puso en jaque el reinado de la razón como ordenadora del mundo que había impuesto la Modernidad, para plantear la idea de que los seres humanos no dominan todos sus actos de manera consciente. A esta premisa se la conoce como la tercera herida narcisista. Las dos primeras las constituyeron los descubrimientos de Copérnico y Charles Darwin. Uno por señalar que el hombre no era el centro del Universo. Y el otro por considerar que el ser humano es un animal más en la cadena del mundo natural. Si bien, a veces, se le cuestionó al padre del psicoanálisis que su teoría era individual, fue el propio Freud el que dejó claro en Psicología de las masas y análisis del yo que toda psicología individual es también social porque el yo siempre tiene presente en sus pensamientos y acciones al otro. Justamente en 2021, se cumplen 100 años de la publicación de este texto fundamental de la obra del gran psicoanalista austríaco, que significó una bisagra en varios aspectos. Entre ellos, el cruce entre psicoanálisis y política, justo cuando en Alemania comenzaba a ser protagonista Adolf Hitler con el surgimiento del Partido Nazi y cuando faltaban doce años para que el mayor asesino de la historia llegara al poder en tierra germana. Ahora bien: ¿Qué es una masa? ¿Cómo adquiere una influencia decisiva sobre el psiquismo individual del sujeto? Y a un siglo de que Freud estampara su pluma en el papel: ¿Cuál es la vigencia que tiene hoy en día un texto como Psicología de las masas y análisis del yo?

El legado

"Tiene una vigencia absoluta”, admite Osvaldo Delgado, referente ineludible del psicoanálisis en la Argentina y profesor titular de Psicoanálisis Freud de la Facultad de Psicología de la UBA, entre otros pergaminos. En Psicología de las masas, Freud dice que para conformar una masa no es imprescindible un líder. Que una idea negativa puede tener el mismo carácter aglutinante. “Por ejemplo, el odio”, expresa Delgado. “El odio puede tener un carácter unificador y constructor de toda una masa. Lo dice Freud, pero esto es hoy. La actualidad. El odio en esta época se ve en el resurgimiento de los partidos neonazis en nuestra Argentina, como los llamados 'libertarios', Milei, porque el odio tiene un carácter absolutamente punitivo”, subraya el doctor en Psicología. El odio, en términos de Aristóteles, a diferencia de otros sentimientos agresivos, es que el otro no exista. Esto lo dice Aristóteles en La Retórica. “Esto es de una importancia crucial en nuestra época”, explica Delgado. “En el capítulo XII Freud dice que el lazo amoroso tiene la misma estructura que el síntoma. Esto es muy importante porque el neoliberalismo triunfante odia la singularidad del sujeto. Por eso, la propensión totalitaria: el nazismo, el fascismo es el odio a lo singular. Lo singular no es el individualismo del neoliberalismo. Nada que ver lo singular con lo individual. Lo singular implica el respeto total y absoluto por lo propio de cada sujeto en su diferencia. Y el respeto y el amor por esa diferencia”, subraya el autor de Leyendo a Freud desde un diván lacaniano.

Otra prestigiosa psicoanalista, Nora Merlin, coincide con Delgado: "Tiene plena vigencia porque la masa es un modo totalitario de construir la vida o de construir lo común. Y la masa es el modo social paradigmático de esta expresión del discurso capitalista que es el neoliberalismo. La masa no es discursiva pero es un modo social caracterizado por la fascinación libidinal y por la producción de odio porque el odio va junto con la masa”. Merlin entiende que el odio es un modo que tiene la masa de tramitar las diferencias y que estamos en la época en que las corporaciones han tomado las formas de vida. “Pienso el neoliberalismo no sólo como un modelo económico sino como un dispositivo tanático, característico de la pulsión de muerte que va erosionando la vida en su conjunto. Entonces, las corporaciones mediáticas junto con las corporaciones de internet, de las tecnologías cibernéticas, las redes fueron ocupando el lugar del Ideal y desde ese lugar construyen la cultura de masas. Estimulan, alientan la cultura de masas. Entonces se obtiene un conjunto de individuos que están hipnotizados, que consumen, son odiadores seriales y se autoperciben libres y ciudadanos, cuando esta construcción de la masa nada tiene que ver con los principios democráticos. Es decir, no tiene que ver con la libertad, ni con la igualdad, ni con la fraternidad. Van en contra de la libertad porque no hay ninguna libertad en la masa. Hay obediencia inconsciente”, sostiene Merlin.

¿Lo primero es la familia?

Se pueden inferir tres tipos de masas: la efímera, las masas artificiales o altamente organizadas (Iglesia, Ejército) y una masa más estable o duradera, como la familia o incluso los partidos políticos. ¿Cuál de esas tres masas está hoy en crisis? "Podría tener múltiples respuestas porque, por un lado, uno podría decir, a la manera en que están descriptas en el texto, que todas podrían estar en crisis”, entiende el destacado historiador y psicoanalista Luis Sanfelippo. Se entiende: la Iglesia Católica y los Ejércitos nacionales no tienen la misma cantidad de fieles ni el mismo poder de convocatoria que tenían al principio del siglo XX. “Sin embargo, al mismo tiempo vivimos en una época donde hay multiplicación de Iglesias --sostiene el analista--. Entonces, hay muchas Iglesias. Por ejemplo, la multiplicación de iglesias evangélicas. Pero no solamente: también podría pensarse para el mundo árabe o para problemas en relación al judaísmo. No hay una Iglesia, pero sigue habiendo muchas Iglesias que agrupan, convocan, inciden en la política, intentan regular la moral y las costumbres”.

Para Sanfelippo lo mismo se puede decir de los Ejércitos. “Vivimos en una sociedad que sigue siendo fuertemente belicista. Hay ejércitos o intentos de solucionar por medios bélicos los conflictos sociales. Y si no, pensemos en lo que está pasando en Brasil, o lo que podría ser el discurso de Donald Trump cuando fue presidente. Uno puede pensar que, en algún modo, la Iglesia, el Ejército, las naciones o las familias están en crisis, pero al mismo tiempo no terminan de desaparecer. Más bien parecen organizadas de otra manera, con mayor diversidad, pero no desaparecen del todo”.

Sanfelippo piensa que es interesante el caso de “la familia”: “No es que la familia está en peligro. En todo caso, está siendo cuestionada como modelo único la familia moderna (papá, mamá e hijos), pero sin embargo, muchos colectivos siguen reivindicando la familia como un derecho y como algo buscado. Los movimientos gay de los ‘60 y ‘70 no reivindicaban la familia. Pero ahora eso sigue siendo considerado como un derecho. Está bien que el Estado lo reconozca como un derecho a tener una familia, pero no deja de mostrar, en ese punto, que esas masas de la estructura familiar, por ejemplo, en un sentido están en crisis y, en otro sentido, siguen estando fuertes. Fuertes habiendo transformado bastante su forma pero no habiendo renunciado a ocupar un lugar central como modo de sociabilidad de la mayoría de los seres humanos", dice Sanfelippo.

Merlin no cree que esté en crisis la masa sino “todo lo contrario”. “Pienso que tiene plena vigencia”, dice sin dudar. “Freud aporta un dispositivo para pensar un modo de construir lo común. Es decir, él ve que hay instituciones organizadas como masa o que hay culturas organizadas como masa”. La autora de Mentir y colonizar. Obediencia inconsciente y subjetividad neoliberal apunta que, por un lado, hay una caída de la autoridad paterna. Entonces, es posible que esté en decadencia la familia tradicional, “pero Freud está hablando de otro tipo de padre porque el padre de la familia, la función paterna, no es el padre de la horda, que es el líder de la masa”, subraya. “Yo creo que la categoría masa es un gran aporte de Freud para la teoría política porque algunos confunden masa y pueblo. Y no es lo mismo porque la masa es un dispositivo libidinal, es un dispositivo que es igual al de la hipnosis. En cambio, el pueblo está basado en la construcción de la voluntad popular, es democrático o amplía la categoría de la democracia. La masa no”, afirma Merlin.

Las masas del siglo XXI

Si se tiene en cuenta que la primera masa, la efímera, es irascible, espontánea, breve, sigue a un líder carismático y se disuelve sin éste, ¿es posible observar algo de esto en los movimientos anticuarentena y antivacunas a nivel mundial y local? "Puede ser”, dice Sanfelippo. “Igual, respecto de estos movimientos da la sensación de que, a veces, no son tan espontáneos ni efímeros sino que, al mismo tiempo, son organizados, a veces, por medios de comunicación o por nuevas tecnologías como las redes sociales que terminan siendo un soporte de la posibilidad del lazo y de la organización social pero, a veces, no es sólo que funciona como soporte sino como guía que conduce el descontento social en determinadas dimensiones. Entonces, en un punto me parece que no eran tan desorganizados ni tan espontáneos”, subraya el analista.

Para Merlin “es muy aplicable el concepto”. “Primero, en la parte social es la industria cultural, pero además están estos movimientos que se llaman ‘libertarios’ y coinciden en que son antivacuna, antisistema y finalmente van en contra de la democracia. Yo pienso esto de las masas cualquiera sea la expresión. Siempre es el mismo dispositivo: es el líder y la fascinación vía la identificación a la idealización. Entonces, el dispositivo se mantiene, cambia el fenómeno, pero Freud despeja la estructura a diferencia de los que lo preexistieron, que analizaban e interpretaban conductas”. Es que Freud excedía lo conductual y decía: "No, a mí me interesa el dispositivo". Y eso se mantiene en cualquier modalidad o expresión de la masa. “Yo creo que la masa es una patología democrática porque hay una causa que tiene que quedar abierta en el sujeto y en lo social que el líder de masa ya sea el padre de la horda, las empresas o las corporaciones te marcan el camino. Son estructuras morales, ni siquiera políticas”, completa Merlin. Y aclara que “morales” en el sentido de que dicen "Esto está bien, esto está mal". “Nos dicen lo que tenemos que comprar, a dónde tenemos que ir, son como GPS: te van orientando el camino de la vida de cómo se debe ser feliz”, cuestiona Merlin.

El gobierno mediático de las almas

En los últimos tiempos --sobre todo-- la Argentina fue testigo de comportamientos grupales en pandemia que no se verían en los comportamientos individuales de cada uno de sus integrantes. “Los medios de comunicación (no todos sino la mayoría) tratan de colectivizar de un modo alienante produciendo un efecto de hipnosis y colocando la pasión oscura, el odio en el núcleo mismo de lo que se hace”, explica Delgado. “En nuestro país sucedió algo no hace mucho tiempo que fueron las manifestaciones por la llamada ‘libertad’. En verdad lo que encubrían era pura pulsión de muerte porque eran en plena pandemia sin barbijo. Y ahora uno escuchó en plena campaña criticar al gobierno por las decisiones sanitarias como si hubieran sido decisiones no sanitarias, como si no hubiera existido el virus, la pandemia, como si hubieran sido decisiones stalinistas para tener a la gente metida en la casa sin salir y para controlar”, analiza Delgado. “Hay una acusación hacia los gobiernos que aplicaron medidas de cuarentena como si se hubiera tratado de una operación stalinista, cuando eran prácticas sanitarias para que la gente no se muera. Lo que uno escucha hoy cotidianamente de los medios de comunicación de masas es esto todo el tiempo: la crítica a ‘los que nos hicieron perder la libertad durante todo el tiempo de pandemia’. El horror del virus que mata es velado y pasa ser el horror el encierro de la cuarentena", analiza Delgado.

En líneas similares, Merlin destaca que los medios de comunicación corporativos en todo el mundo --no sólo en la Argentina-- están arengando una conducta de odio o de antisistema pero en el peor de los sentidos: antivacuna, anticuarentena, antigobierno. “Finalmente, antidemocracia”, dice la psicoanalista, sin dudar. “Y veo un ascenso de una nueva forma del fascismo, pero la estructura es la misma. También termina siendo otra cultura de masas, pero esto está muy estimulado por las grandes corporaciones que no les gustan los límites, no les gustan los Estados, no les gustan los cuidados. Están las dos cosas. También hay que marcar que el coronavirus no sólo fue estimulando este ascenso de estas formas del fascismo. También el coronavirus fue una experiencia pedagógica para los pueblos o para las sociedades en donde empieza a aparecer el cuidado como una categoría central. El cuidado de la propia vida, de la vida del otro, del planeta, de las democracias. Hay una actitud que vino para quedarse respecto del cuidado que no es sólo del Estado hacia lo social sino que hay un cuidado horizontal que va surgiendo. En ese sentido, los feminismos tuvieron mucha importancia en esto. El cuidado era una demanda que venían trayendo los feminismos diciendo que por qué tienen que ser solamente las mujeres las cuidadoras”. Y Merlin reconoce que hay algunos Estados, como el argentino actual, que se hicieron cargo de ese cuidado y escucharon la demanda, ocuparon ese lugar, “cosa que a estos ‘libertarios’ que están surgiendo no les gusta nada”. Entonces, junto con este ascenso violento que está surgiendo de los grupos antivacuna, también están surgiendo movimientos que son democráticos, que son horizontales, se podría decir de amor a lo común.

Sanfelippo recuerda que, al principio de la pandemia, aparecían, por un lado, ciertas escenas que podían dar alguna ilusión de comunidad. Y de acompañamiento: la gente salía a aplaudir a los médicos y trataba de cumplir con las medidas. “Apareció una idea que me parece importante como horizonte ideal, aunque sea muy difícil de sostener, que es la del cuidado”, dice, en sintonía con Merlin. En simultáneo, también aparecían actitudes microfascistas porque donde se veía a alguien de un asentamiento sin sus necesidades básicas satisfechas y que tenía que salir a trabajar tratando de buscar basura para poder generar un ingreso, aparecían denuncias y señalamientos. O al médico que salía a trabajar lo escrachaban y querían que se le impidiera el ingreso al edificio. “O sea, cómo de repente, el terror no sólo disuelve las masas, a veces hace masa. El miedo al contagio, el miedo a que uno pueda terminar enfermo terminaba aglutinando a personas para hacer una masa con el fin de excluir, discriminar, denunciar, perseguir a aquel que podría ser un peligro potencial para el resto del colectivo. Y eso me parece un fenómeno de masa donde la masa toma la forma no del colectivo que cuida sino del movimiento fascista que persigue al distinto y lo considera un peligro", concluye Sanfelippo.   

Por Oscar Ranzani

16 de septiembre de 2021

       

Publicado enCultura
El gesto ha muerto: lo que nuestra cara ya no puede decir tras la mascarilla

La boca cubierta entorpece la comunicación y la expresión de sentimientos, lo que nos lleva a recurrir a otras formas de lenguaje no verbal para hacernos entender. Los expertos creen que estamos ante el reto de replantearnos algunos códigos.


- ¿No te alegras de verme?
- Claro que sí, solo que no se me ve la cara.

 

La mascarilla no nos ha robado la palabra, pero nos ha hurtado la boca. El diálogo —que tiene lugar en una terraza madrileña tras el encuentro de una pareja— refleja que el hola no excusa la sonrisa, que se ha vuelto invisible. "El interlocutor, al no verla, en muchas ocasiones es incapaz de interpretar cuál es el sentido de lo que estamos diciendo", explica Ana María Cestero, catedrática del departamento de Filología y Comunicación de la Universidad de Alcalá de Henares.

La sonrisa tiene muchísimas funciones kinésicas (conjunto de gestos y movimientos corporales), explica la experta en comunicación no verbal. "No solo para mostrar nuestro estado mental, sino para empatizar con la otra persona. De hecho, más que fundamental, es el gesto empatizador de socialización base", añade Cestero, quien señala que también han desaparecido las muecas de desprecio. "No queda más remedio que mostrarlo con el paralenguaje, ya que hacerlo con la palabra no es cortés ni productivo".

La boca, pues, resulta fundamental en la comunicación. "Es el órgano con el que hacemos muchos signos no verbales que revelan nuestros estados de ánimo y resultan muy importantes en la expresión de emociones y de identificación con los sentimientos de los demás", afirma la catedrática, quien sostiene que con la mascarilla no llegamos a estar completamente seguros de la actitud que está adoptando nuestro interlocutor, aunque sea inconscientemente.

¿Nos hemos vuelto en consecuencia menos fiables? ¿Se ha visto mermada nuestra credibilidad? "En algunos casos, sí, pero en otros sucede lo contrario. Hemos perdido información porque estamos acostumbrados a mirar a la cara, que es lo que más fácilmente aprendemos a reconocer, de modo que ahora los receptores tendemos a reconstruir esos huecos de información", opina Sergio Colado, presidente de la Asociación de Analistas Expertos en Comportamiento No Verbal (ACONVE).

Uno se hace una idea y proyecta a esa persona a su modo, aunque sin mascarilla la imagen creada luego podría no corresponderse con la realidad. Es decir, no era cómo te la imaginabas en función de tu experiencia propia. "De ahí los malentendidos, porque estás previendo y anticipando una reacción que puede no darse. Cuando haces una pregunta o esperas una respuesta concreta, esa reconstrucción puede llevar al equívoco. Incluso, como esperas ver otra cosa, puedes no fijarte en los demás gestos, como la elevación de las cejas", apunta Colado. "Así, la información se desfigura y se desvirtúa, por lo que nos enfrentamos al reto de buscar nuevas maneras de entender la comunicación".

Es el momento de replantearse algunos códigos y de usar otras herramientas como la voz o la gesticulación. "También ha afectado al paralenguaje. O sea, la entonación, el timbre, la velocidad o la modulación se han visto alterados. Ahora debes elevar el tono, porque la mascarilla distorsiona el mensaje, pues la voz no es tan clara o limpia. Además, tienes que hablar lentamente para adaptar el ritmo del mensaje a una barrera física", explica Jorge Santiago Barnés, director del Centro Internacional de Gobierno y Marketing Político de la Universidad Camilo José Cela (UCJC), quien lleva el tema a su terreno.

"El ser humano comunica constantemente y de vez en cuando abre la boca. En el ámbito de la política, la mascarilla oculta una parte de la comunicación que el emisor siempre transmite al receptor, incluidas algunas de las expresiones de la comunicación no verbal más impactantes y efectivas", añade el responsable del Máster en Asesoramiento de Imagen y Consultoría Política de la UCJC. Por ejemplo, la sonrisa irónica de los diputados en el hemiciclo del Congreso, por lo que el orador subido al estrado no sabe cómo están reaccionando los parlamentarios.

En la distancia corta, los políticos no solo son peor comprendidos, sino que también se quedan sin armas para transmitir su discurso. "Incluso merma su credibilidad, porque cuando hablan codificamos los mensajes. Con la boca y buena parte de la cara tapadas, pierden una comunicación muy eficaz a la hora de persuadir y convencer a la gente. Hay un ruido sintáctico (físico) que afecta a la compresión semántica, o sea, a los mensajes, que no llegan tan limpios sin los gestos que los matizaban y los reforzaban", cree Barnés. "Ahora, sin muecas de desprecio, de ironía o de asentimiento, tenemos que recurrir a la voz".

Por ejemplo, elevando el tono y el volumen para reflejar lo que antes era una sorna muda. "La comunicación es sabia. Cuando empezamos a usar la mascarilla, había unos problemas de entendimiento enormes. Ahora, ya habituados, estamos compensando la ausencia de visión de la boca con signos lingüísticos, paralingüísticos y kinésicos", afirma Ana María Cestero. Gesticulamos, pues, con los ojos y de forma más exagerada. Y, claro, elevamos la voz, pese a que no podamos leer los subtítulos de los músculos faciales.

"En España el tono ya era alto, pero leer los labios nos ayudaba a la interpretación, sin necesidad de que funcionase tanto la audición", razona la catedrática de la Universidad de Alcalá. Lo hacíamos, según Jorge Santiago Barnés, mucho más de lo que creíamos, mas éramos inconscientes. Él cree que los ojos todavía comunican más que la boca, aunque acompañados de otros gestos de la cara. Sin olvidarse de los movimientos del cuerpo, si bien ahora se evita el contacto físico, otra forma de comunicación vedada.

Un acercamiento al otro que también se ha perdido. "Tocar a la gente era la mayor complicidad que había, como posar la mano en el hombro. Ya no hay una comunicación de contacto próxima y ha aumentado la distancia en la comunicación, por lo que es mucho más fría. Por ello, debemos intentar trabajar la parte de la comunicación que sí tenemos: la palabra, los ojos y los gestos de los brazos y las manos", explica el experto en creación y análisis de imagen de políticos e instituciones.

Ojo con las mascarillas estampadas o con dibujos, porque pueden generar distracción. "Todo comunica, por lo que si llevas una mascarilla con flores, al final el mensaje no es lo que vayas a decir, sino lo que llevas puesto", advierte Barnés. "No solo distrae, sino que también contradice y se convierte en el propio mensaje, como los de Pablo Iglesias o Santiago Abascal. Un artista puede buscar llamar la atención, pero en el ámbito de la política no debe hacerlo, por lo que se impone una mascarilla lisa". La mayor contradicción sería llevar una sonrisa estampada cuando se pretende transmitir algo contundente o triste.

Falta de información

A muchos profesionales les falta información, sobre todo cuando se guiaban por la intuición. Un trabajador de recursos humanos tendrá que obviar la boca del entrevistado que solicita trabajo y fijarse en otros muchos detalles. "Hay indicadores de veracidad en el contenido de sus mensajes, en la posición de su cuerpo, en sus gestos… De hecho, mirar solamente a la cara es un fallo. Hay que poner más empeño en otros criterios y, sobre todo, en el contenido de la información que ofrece el entrevistado, como el orden cronológico de los hechos, la voz, la apariencia física, etcétera", cree Sergio Colado.

El experto en comportamiento no verbal y detección de la mentira considera que un profesional sufre una pérdida parcial, pues como especialista en la materia busca otros indicadores más allá de la información facial. "Un policía o un juez no tendrían por qué ser engañados durante un interrogatorio. Complementan la falta de un canal de comunicación con otros. Es más, fiarse solo de la información facial podría conducirles a un error", advierte el presidente de la Asociación de Analistas Expertos en Comportamiento No Verbal.

Conscientes del poder de los gestos, los docentes también se han enfrentado a un reto este curso: ¿qué alumno estará hablando?, ¿de dónde procederá esa burla?, ¿entenderán la explicación?, ¿me escucharán los de la última fila?, ¿dónde habré metido la pastilla para la garganta? "Con las mascarillas se pierde mucha información, lo que lleva a los malentendidos. No eres consciente de los gestos, como cuando alguien frunce la boca, por lo que hay detalles que me estoy perdiendo", explica José Antonio López, profesor de matemáticas en un instituto madrileño.

Le gustan las clases dinámicas, donde él lanza preguntas al vuelo y los alumnos intervienen espontáneamente, pero ahora no resulta tan fácil. "Yo me siento diferente y el ambiente es más formal. Cuando me preguntan, a veces no sé quién se está dirigiendo a mí, por lo que todo es más protocolario. Conviene que antes de hacerlo levanten la mano, lo que me da muchísima rabia", reconoce el docente, quien ahora debe alzar más la voz para que lo escuchen.

"Respecto a la falta de disciplina, la mascarilla también supone un problema, porque tú no sabes quién ha dicho la chorrada de turno. Al principio del curso no les conoces la voz, lo que les confiere cierta impunidad, cuando antes detectabas al momento al alumno", añade López, quien reconoce que no ha tenido ningún problema al respecto. Es más, incluso cree que hay mayor orden en el aula debido a la presencia de menos estudiantes. "Echo miradas que matan y ellos siguen muriendo", ironiza el docente, quien ha potenciado los gestos con los ojos, de modo que no hace falta que abra la boca si se portan mal.

Añora, sin embargo, los saludos en los pasillos con una sonrisa. "Antes bastaba ese gesto o un hola leído en los labios para generar complicidad, algo que ya no existe. Me he marcado como objetivo alzar las cejas, pero aún no he conseguido automatizarlo", concluye el profesor, quien cree que la mascarilla ha ocultado señales de aprobación o de todo lo contrario, que a su juicio son más difíciles de transmitir con la mirada. "La boca ahora es una zona oscura".

Por HENRIQUE MARIÑO

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Dónde dirigir la mirada en tiempos de confinamiento 

AGustavo Mejía, uno de los  héroes de esta pandemia y que gusta de la vista de mi ventana

El protagonista de la película “La Ventana Indiscreta” (1954) de Alfred Hitchcockobserva lo que pasa en su vecindario desde una ventana. Jeff es un fotógrafo -James Stewart-sometido al confinamiento debido a un yeso en su pierna, mientras contempla el discurrir del día desde su habitación. Se distrae viendo un gato que se desplaza como un acróbata por las cornisas, las palomas que abrevan en los techos, una mujer que toma el sol en el balcón, un padre de familia que organiza su corbata. La convalecencia le permite no perder de vista los desplazamientos de los otros: un vecino que se afeita y enciende la radio, la joven rubia que realiza contorsiones mientras prepara el desayuno. La vida de los apartamentos vecinos se convierte para Jeff en un micro-mundo desplegadoante sus ojos.

Como el personaje de la cinta, hemos tenido en esta cuarentena planetariala posibilidad de detenernos en la vida de los otros:un hombre corpulento,que,ante la imposibilidad de asistir al gimnasio, ha convertido un pequeño trozo de andén en lugar de ejercicios. La mujer que aprovecha la luz de la mañana para salir con una silla a tomar el sol en el parqueadero de otraresidencia próxima. La pensionada que seca su cabello y observa el mundo a la hora que paso a mi balcón. Hace ya muchos días ha desaparecido el fenomenal embotellamiento de automóviles a las cinco de la tarde en las dos estrechas calles del barrio, los vecinos que puntualmente a las 20 horas,emergen a las ventanas y aplauden al personal médico de la ciudad. Todo parece haber regresado cuatro décadas atrás: el aire más limpio, se captan nuevamente los sonidos de pájaros y hasta ranas. La diferencia estaría que los adolescentes que ocupaban en 1980 esas callesya no están afuera escuchando la música de Urubamba o Led Zeppelin, sino adentro aislados, contemplando esas mismas dos calles con sus familias, a la espera finalmente de la quietud.

En tiempos de pandemia la norma nos confina en la casa, pero ¿de qué casas hablamos?  Algunas tienen grandes ventanales, la fortuna de un balcón, o una terraza con la posibilidad de cuidar algunas flores, hasta de subir a sus techos. Otras cuentan con pequeñas ventanas que filtran la luz del sol, la redirigen y enfocan muros donde no hay nada más allá de una pintura diluida, en una pared que se quiebra por la humedad, en ese caso, incluso, la alternativa de ver una imagen decadente resulta consoladora. Pero también existen viviendas sin ventanas. En toda la ciudad hay familias que habitan lugares adaptados como residencia: “bajos”, “palomeras”,divididas en sub-apartamentosubterráneos, inquilinatos, habitaciones, lugares reducidos, en los que se dificulta permanecer largo tiempo, muchos ni siquiera cuentan con una ventana. Una claraboya es su única iluminación.¿Qué clase de aislamiento tiene un humano cuya vivienda no cuenta con una ventana al exterior? Se dice que la primera preocupación de cuando se está confinado es el alimento; pero, ¿quien le puede solucionar a millares de seres humanos la falta de una ventana?  Allí viven tres, cuatro, cinco, diezvidas, compartiendo sonidos, olores, texturas, humedades, goteras, alergias, temperaturas.Se trata de viviendas urbanas, muchos de estos lugares fueroncasas patrimoniales convertidas con el paso del tiempo en turbios lugares de encierro, estrechos,cuyos olores son fuertes, aunque al pasar de los minutos gracias al sentido de la adaptación,el olfato los convierte en costumbre.Son espacios ocupados por familias que vivierontragedias naturales, desplazamientos, guerras, emigraciones. En zonas como estas la “distancia social” es casi imposible, un privilegio ¿Cómo aislarsebajo esas condiciones?  Si la epidemia nos ha obligado a vivir en medio de la “distancia social”, el mundo del futuro deberá luchar por destruir las desigualdades que niegan a muchos, la posibilidad de una ventana, un balcón donde volver a sentir el aire y no el desespero de sentirse enclaustrado.

Pero estos lugares también pueden ser resignificados. Como si fuera un presagio de lo vivido, la última película a la que asistí antes del confinamiento “JoJo rabit” (2020) muestra la utilidad del encierro para una niña judía, en el clandestino hueco de una casa. Si desea salvar su vida no debería salir de ahí, asemejándose a las condiciones de muchos: oscuridad, calor, estrechez, ausencia de paisaje. Derrotado finalmente el nazismo en Berlín, las calles se fueron de nuevo poblandopor quienes permanecieron ocultos durante años en esas grietas, añorando un poco de sol, caminar, el contacto con los otros. La ausencia de ventanas ayudó a salvar sus vidas.

En este momento, con ventanas o sin ellas, la certidumbre de sobrevivir se encuentra en la capacidad de ocultamiento de estos ejércitos de micro-partículas, aprendiendo de quienes han resistido bajo condiciones límite. Siendo así, nuevamente la lecciónnos llega gracias al recuerdo de quienespasaron por situaciones extremas, que no muchos hubiésemos podido soportar

                             

 

Alberto Antonio Beron Ospina

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Jueves, 09 Abril 2020 08:22

De repente el virus llegó a la puerta

De repente el virus llegó a la puerta

De repente el virus llegó a nuestra ciudad y la habita. Esa sucesión de horas y lugares que considerábamos “normal” acaba de licuarse e irse lavamanos abajo. Por eso, la pregunta por lo que considerábamos normal queda abierta. Porque lo que emerge de la “anormalidad” pandémica es la certeza de que lo normal era caótico. Habitábamos una normalidad caótica y desigual, donde unas personas se desgañitaban por dos pesos para el pan o para el crack, mientras otras cantaban en el karaoke o gritaban las subidas en la bolsa.

Porque el bicho silenció las calles. Invisible, nos obligó a la rutina de alejamiento e higienización. Sin ruido ni agazapado puso nuestra vida en estado de guerra, como insisten políticos, médicos y otros agentes de gobierno. El pulso de la “normalidad” era el ruido ensordecido de mil batallas. Hace mucho estamos en una guerra social que por el virus ganó un compás unánime.

La médica Sophie Mainguy advirtió del sinsentido de la metáfora bélica usada en la pandemia. Recalcaba la inexactitud retórica que pone al virus-criatura-natural, en guerra contra nuestra civilización. La naturaleza nunca ha sido nuestra enemiga. Hemos explotado cada gesto de su pasividad desarmada, siendo apenas una pintoresca “materia prima” para el comercio. Es insostenible comenzar una guerra sin un enemigo definido que carece de armas. Esta pandemia es estrictamente el avance de una forma de casi-vida (los virus no están vivos) sobre una especie bípeda en la que encontró posibilidades de reproducción.

Hasta antes de la vida en cuarentena, eran comunes los fines de semana y las vacaciones en la naturaleza, sin preocuparnos mucho por el probable ataque de una horda de virus. Buscábamos el canto de los pájaros y de los insectos y nadábamos en cualquier pozo sin miedo a contagiarnos. La naturaleza, pensábamos, era la “oposición” agreste de la civilización. Pero en el neoliberalismo todo está se mercantiliza. La “naturaleza” fue convertida en “nichos” de monetización. Hoy contabilizamos los precios de producción y consumo de oxígeno. Los países comercian huellas de carbono y derechos de emisión de gases de invernadero. La pretensión de retorno a la naturaleza como pretensión de resistencia a la civilización es el tonto ensueño good vibes de un hippie que viaja en primera clase.

La unidad entre civilización y naturaleza se funda en los tránsitos entre especies, espacios y explotaciones. El flujo neoliberal transportó el virus a las ciudades. El murciélago acusado de la transmisión fue apenas la silla. Que aquel natural virus ahora corra suelto por Guayaquil, Milán o Nueva York es consecuencia del libre comercio de commodities, extraídas de todos los rincones del planeta sin reparar en cuidados para los pobladores, humanos y de otras especies. La otra consecuencia es que en todas las esquinas del globo el bicho tumba gente como moscas con graves problemas respiratorios.

El coronavirus simplemente pasó de un mamífero a otro, por puentes orgánicos entre personas y animales. No busca acabar con la humanidad y menos mantenernos en un asedio permanente que acabe con nuestra vida “normal”. Apenas aprovecha la aglomeración de bípedos para engendrar nuevas cadenas de proteína, sin importarse por el número de contagiados y muertos y menos aún por la suerte de la economía mundial. Carece de estrategia, no entrena ni abastece un ejército, tampoco está previendo armisticios o rendiciones. Sólo hace copias de sí aprovechando la dinámica de las células del bípedo. Una tarea silenciosa y repetitiva que se opone a las estridencias de grandes guerras y al ruido mecánico de la libertad de comercio.

Porque la libertad de mercado sólo funciona por la explotación de todos los seres que participan de cuerpo presente en esas cadenas de valor. Explotados los murciélagos y su cazador. También conductores, agricultoras, empleadas de servicio y todos los que producen valor. La etiología del COVID-19 se explica por el estrechamiento de los contactos entre humanos y otros organismos, debido a la explotación intensa de todos los ecosistemas. Esto lleva a especies de animales silvestres a convivir en espacios reducidos, aumentando la densidad de vectores y enfermedades. Organismos diversos viviendo en inquilinatos y tugurios “naturales”.

El neoliberalismo tuguriza. La normalidad de nuestras ciudades neoliberales incluye el hacinamiento de millones de organismos que son quienes limpian, cocinan, cuidan, matan, transportan y vigilan. Con enormes dificultades económicas y sanitarias, los tugurios son la batahola de la guerra social, contracara del silencio que reina en los barrios de clases medias y altas. El neoliberalismo también tuguriza a los organismos silvestres recluidos en pequeñas selvas y a las vacas y gallinas hacinadas en granjas de engorde. Y en todos esos tugurios se escucha claro el ruido de la guerra de nosotros contra nosotros, motivada por el comercio desbocado.

Una guerra que son las palabras de un Bolsonaro calificando la pandemia de gripezinha, mientras los hospitales en São Paulo y Río de Janeiro comienzan a estar abarrotados de gente con problemas respiratorios. Una guerra que son los balazos que matan a un indígena por proteger las selvas o a un campesino por negarse a vender sus tierras para algún emprendimiento agroindustrial. La guerra silenciada son los alaridos de los extremistas religiosos prometiendo estridentes apocalipsis.

La guerra son los exitosos celebrando a coro la privatización de todo, mientras que lloran en Twitter por la contaminación del mundo por cuenta de las empresas que nos privaron de todo. También es la negación de la guerra por políticos que hacen lobby ante los fabricantes de

armas. La guerra son el inmigrante venezolano machacando su cuerpo en una bicicleta para entregar el pedido del Rappi y siendo insultado por ser migrante. Son las voces impostadas de los videos conspiracionistas de todo tipo. Son los ataques a las ciencias, sociales y naturales, que siempre ayudaron a resolver epidemias y otros males. Porque la ausencia de ruido es el testimonio de la masacre que sostiene la normalidad, esa que podemos escuchar claramente ahora que el virus nos tocó a la puerta.

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Carta desde... Finlandia, la paradoja de la felicidad

Cada mañana, en la pequeña calle en la que vivo a las afueras de Helsinki, se repite la misma escena adorable. Los niños caminan al colegio, algunos solos, otros en grupos de dos o tres, con las mochilas balanceándose en sus espaldas. Los más pequeños tienen siete años y su mochila es casi tan grande como ellos mismos.


Camino a la escuela, hay un paso de peatones. Los conductores reducen la velocidad y, cuando ven a los niños, se detienen para cederles el paso. Quien no se detiene para dejar pasar a un niño es considerado maleducado. Pero en la mayoría de los casos, el niño cruza, saluda con la mano al conductor y sigue caminando hacia uno de los mejores sistemas de escuelas primarias del mundo.


El área metropolitana de Helsinki tiene una población de más de un millón de personas. Pero los niños de siete años van solos a la escuela. Por segundo año consecutivo, Finlandia ha sido elegido el país más feliz del mundo y todo se reduce a esto: lo segura que es aquí la vida.


La sociedad también es segura y, sobre todo, estable. En general, la gente es honesta. Si se te cae la cartera en la calle, es bastante probable que la recuperes con todo lo que tenías dentro. En cuanto a la corrupción, Finlandia también encabeza el ránking de honestidad. El campo no está contaminado y es muy sencillo estar en contacto con la naturaleza. La mayoría de finlandeses viven a no más de 30 minutos del bosque.


La riqueza está distribuida de forma muy equitativa, en términos globales, aunque entre los finlandeses no exista esta percepción. Cada año se publican las declaraciones de la renta del ejercicio anterior y, entonces, los medios de comunicación arden y la gente se horroriza de la cantidad de gente rica que hay en el país. Los finlandeses más listos simplemente se ríen y lo llaman el Día de la Envidia Nacional. Todo el mundo saca el móvil y lee artículos sobre declaraciones de la renta de otras personas.


Las declaraciones de la renta son públicas porque la población cree de verdad que el acceso abierto a la información da buenos resultados. Cualquiera que lo considere importante, puede averiguar cuánto dinero gana su vecino, su primo o sus colegas. Sin embargo, nadie cree que, en comparación con otros países, los finlandeses ganen mucho dinero. Por lo menos, no tanto como los suecos o los daneses, y ni hablar de los noruegos. Nos va bien y ya está.


Finlandia es una sorprendente historia de éxito en la periferia norte de Europa, y es sorprendente porque no había mucho con lo que empezar. La segunda estrofa de nuestro himno nacional, escrito en los años 1840, comienza así: "nuestra patria es pobre y así permanecerá". Aunque no se suele cantar esta segunda estrofa.


En la década de 1860, Finlandia sufrió la última hambruna europea debida a causas naturales. Cuando Finlandia se independizó en 1917, la consecuencia inmediata fue una guerra civil, que resultó una de las más sangrientas y crueles. Hace cien años Finlandia tenía casi todas las características de un país abocado al fracaso. Pero muchas cosas han mejorado desde el entonces hasta hoy, que somos la nación más feliz del mundo.


Pero, ¿realmente lo somos?


Finlandia también sufre de un extraño conflicto que le es familiar a muchos otros países europeos. Algo que podría llamarse la paradoja de la felicidad.
La gran mayoría de los habitantes, en términos objetivos, tiene una calidad de vida mejor que la de casi todo el resto del mundo, de cualquier época de la historia. Década tras década, el nivel educativo de la población ha progresado y la gente es más sana y vive más tiempo.


Sin embargo, existe también un perturbador clima de insatisfacción.


Finlandia es un país basado en una democracia progresista y una economía de mercado. Todo país pequeño debe tener apertura y una estrategia internacional.


Puede que a las personas que han nacido en países grandes les cueste comprender esto. Quizá Alemania o Francia se las puedan arreglar solos, y el Reino Unido está planeando intentarlo, pero Finlandia, con su población de 5,5 millones de habitantes, no puede darse ese lujo.


Sin influencias foráneas, nuestro país se pudriría en su propia excelencia imaginada, y sin una industria de exportación todavía estaríamos tejiendo calcetines en la oscuridad de los inviernos sin luz eléctrica. Finlandia es uno de los campeones de la democracia progresista, la economía de mercado, la globalización y la integración europea. Y sin embargo, hay algo que cruje: la paradoja de la felicidad.


El escritor indio Pankaj Mishra llamó a nuestra época la Era de la Furia. En su libro de 2007 con el mismo título, utilizó la palabra francesa ressentiment. Quizá un término demasiado sofisticado que proviene de los textos del propio Friedrich Nietzsche. El filósofo alemán hablaba de "hombres de resentimiento" que operaban en "el tembloroso imperio terreno de la venganza subterránea, inagotable e insaciable en estallidos".


Casi parece que Nietzsche hubiera predicho el surgimiento de las redes sociales donde, desde ahora, los estallidos de furia podrían considerarse como un acompañamiento constante. La gran pregunta es cuán a menudo irrumpen en la vida real.


Se ha dicho y escrito mucho sobre la turbulencia en Europa. Los principios esenciales son los mismos en todos lados, pero en cada país esta turbulencia se manifiesta de forma diferente. El resentimiento finlandés se expresa prominentemente en forma de xenofobia. Proporcionalmente, Finlandia tiene menos inmigrantes que, por ejemplo, Suecia, Reino Unido o Alemania, y aún así los finlandeses se han colado entre los más xenófobos de Europa.


Hace poco, tras la celebración de las elecciones en Finlandia, el paisaje político comenzó a fragmentarse de una forma que recuerda a Holanda. El Partidos de los Finlandeses, la formación nacionalista en contra de la inmigración, obtuvo el 17,5% de los votos. Su consigna electoral podría traducirse como "Recuperemos Finlandia".


También se espera que a este partido le vaya bien en las elecciones europeas de mayo. Así que así es como Finlandia, el país más feliz del mundo, hará su pequeña contribución al fenómeno que Matteo Salvini espera que se traduzca en una "primavera europea".


Sería engañoso y simplista decir que sólo las formaciones populistas desahogan sus frustraciones, aunque sea una característica que se atribuyen de buen grado. Sin embargo, estos resultados ni siquiera tienen en cuenta el hecho de que un cuarto de los finlandeses no se molesta en ir a votar. Y esa cifra es de las elecciones nacionales: en las elecciones europeas, la participación es aún menor.


En general, los finlandeses parecen tener una insatisfacción mística hacia todo. Cada vez que se producen cambios de gran magnitud (como la reforma del sistema de sanidad), tienden a pensar que el resultado será un problema, no una solución.


Y esta actitud no se limita a soluciones que cuestan decenas de miles de millones de euros. Incluso el más insignificante problema puede convertirse en una batalla apocalíptica, como las comidas escolares. En Finlandia, hace décadas las escuelas ofrecen comida gratuita y ahora, con los cambios en las preferencias, se ha abierto un debate feroz en los Ayuntamientos sobre la proporción correcta de carne, pescado, comidas vegetarianas o veganas.


En medio de estas discusiones, es fácil olvidar qué gran logro es que una sociedad se haga cargo de las comidas escolares. La tragedia del país más feliz del mundo puede ser su incapacidad de recordar que es feliz.


Un abrazo,


Heikki.

Heikki Aittokoski, periodista del diario Helsingin Sanomat

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Miércoles, 06 Marzo 2019 06:25

Me importa un pepino

Me importa un pepino

Sandra Massoni sostiene que los comunicadores hoy caminan en círculos y se esfuerzan por transformar su mundo pero encadenados a la noria de la palabra escindida y vacía de comunicación.

Mientras preparo mi conferencia sobre “Comunicación y Buen vivir”, las pantallas muestran a una abuela tratando de recolectar las berenjenas que quedaron esparcidas entre las botas de los policías. Mientras planteo ejes y preguntas alternativas para mi presentación, una y otra vez aparecen las imágenes vergonzosas de estas fuerzas de choque, armadas como para la guerra y rociando gas pimienta a los huerteros. Voy a Quito a disertar en el marco de un seminario latinoamericano que intenta repensar a la comunicación en el convivir y el bien transformar. Me cuesta elegir sólo dos o tres líneas de tensión en una enorme lista de interrogantes posibles. ¿Hasta cuándo insistiremos sólo y tercamente con estas retóricas mezquinas para la vincularidad? ¿Hasta cuándo trataremos sólo con la palabra? Y en la radio suena una canción: Tú que puedes vuélvete, me dijo el río llorando… Soñé que el río me hablaba… ¿El río habla?


El trabajo de los comunicadores en estos días me parece un esfuerzo que camina en círculos como un pobre burro atado a la rueda de su molino. Y este burro en particular se esfuerza por transformar su mundo, pero lo hace encadenado a la noria de la palabra escindida–vacía de comunicación– y, por lo mismo, no logra nunca salir del círculo. A veces parece que lo tiene todo tan bien pensado –y rebuzna alto, fuerte, claro– como si eso resultara suficiente para saltar de nivel. La radio insiste: Tú que puedes…


En la Teoría de la Comunicación Estratégica Enactiva, la experiencia de la multidimensionalidad de lo comunicacional no es solo ni tampoco siempre principalmente simbólica. Porque la empatía prescinde del lenguaje. Porque la emoción es anterior al lenguaje. Lo vivo no necesita ser hablado. Pero sí necesita, en cambio, ser transitado y compartido para ser habitado... Por eso la comunicación es encuentro en la diversidad y requiere una mirada que logre prescindir de esa jerarquización escindida en la que se opera un puro dominio a partir del lenguaje como punto de vista.

 


Los memes y los chistes que empiezan a circular en las redes juegan con que cómo se les ocurre a los huerteros pretender vender lechugas sin pagar impuestos: ¿se creerán sojeros? ¿se creerán mineros?


Tú que puedes... ¿será que puedes?


Nuestros pueblos originarios, con sus profundos saberes ancestrales nos han enseñado que convivir bien es saber vivir en comunidad con todos y con todo. Somos la Pacha, somos la vida. En la comunicación habitada que propiciamos desde el despliegue de estrategias de comunicación las vibraciones son resonancias que rebasan lo narrativo. No es sólo nombre, ni es sólo forma. Soy yo sintiendo, pensando y actuando frente a esto que nos ocurre a nosotros hoy. Y en esa acción comunicacional, el gozo o la congoja surgen en el corazón, que late por el trayecto compartido, sabiendo que todo siempre seguirá mutando, porque el mundo es fluido.


Tú que puedes...


Pero no sé si me animo… Sería casi impertinente, casi como preguntarle a un pez –que está nadando– si está rodeado de agua. Imagino su respuesta, boqueando, mientras piensa y nada y nada y nada…”¿Agua? ¿Qué agua?”


Me importa un pepino, mejor tomo como eje de mi conferencia en Ecuador para hablar de la comunicación desde lo vivo a Mandelbrot y la fractalidad de lo social…


* Directora de la Maestría en Comunicación Estratégica de la UNR. Experta en comunicación y nuevos paradigmas www.sandramassoni.com.ar

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Danny Yen Sin Wong (Malasia). Ganador categoría Open Color.

Con inscripciones de fotógrafos de más de 100 países en sus 11 categorías, el jurado de la segunda edición de los Siena International Photo Awards ha tenido material de sobra para seleccionar las imágenes ganadoras. Los premiados fueron revelados en una ceremonia celebrada en Siena, Italia el 29 de octubre y los vencedores tendrán sus imágenes expuestas hasta el 30 de noviembre en la exposición Beyond the Lens organizada durante el Siena Art Photo Travel Festival.

Aunque sólo es la segunda edición del concurso, la amplitud y calidad de las fotografías ya lo ha convertido en un elemento esencial de la comunidad fotográfica internacional. Viajes, naturaleza, personas y retrato, arquitectura, vida salvaje, son sólo algunas de las categorías que agrupan las fotografías. Algunas, como The Power of Nature de Giuseppe Mario Famiani, demuestran la increíble fuerza de nuestro entorno, mientras que otras, como Refugee Stream, de Jacob Ehrbahn, captan el triunfo del espíritu humano sobre la adversidad. A continuación destacamos algunas de nuestras favoritas del impresionante concurso de este año.

 

Leyla Emektar (Turquía). Ganador categoría Travel.

 



Giuseppe Mario Famiani (Italia). Ganador categoría Nature.




Greg Lecoeur (Francia). Siena Photographer of the Year.

 

Marcin Ryczek (Polonia). Ganador categoría Open Monochrome.

 

Audun Rikardsen (Noruega). Ganador categoría Wildlife.

 


Audun Rikardsen (Noruega). Ganador categoría Sport.

 

Jacob Ehrbahn (Dinamarca). Ganador categoría Storyboard.

 


Gianluca De Bartolo (Italia). Ganador categoría Wine.

Mike Hollman (Nueva Zelanda). Ganador categoría Architecture.

 


Jiming Lv (China). Ganador categoría People & Portrait.

 


Krishna Vr (Mexico). Ganador categoría Under 20.

 


Antonius Andre Tjiu. Tercer puesto categoría Travel.

Isa Ebrahim. Mención de honor categoría Travel.

 

Hong Ding. Mención de honor categoría Travel.

Isa Ebrahim. Tercer puesto categoría Open Color.

 


Fuyang Zhou. Premio extraordinaro categoría Open Color.

Ali Al Jajri. Finalista categoría Architecture.

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Martes, 07 Abril 2015 19:03

La vida cotidiana de Palestina

La vida cotidiana de Palestina

Desde una mujer recogiendo aceitunas de sus olivos en Cisjordania hasta una familia refugiándose de la lluvia en la ciudad de Gaza, los fotógrafos de la agencia AP capturan a diario las más diversas escenas de la vida cotidiana de Palestina.

 

Cubadebate les ofrece una selección de las imágenes más recientes publicadas por la agencia.

 

Un palestino reza en una mezquita en Beit Lahiya, norte de la Franja de Gaza. (Foto AP / Lefteris Pitarakis)

 

 

Naeema Abu Shaweesh, derrama agua sobre sus hijos fuera de su casa en la ciudad de Gaza. (Foto AP / Hatem Moussa)

Niños palestinos salen de la escuela. (Foto AP / Bernat Armangue)

 

Un trabajador agrícola trepa a un árbol de palma. (Foto AP / Hatem Moussa)

 

Una mujer palestina ordena aceitunas durante la recogida de la aceituna en la aldea cisjordana de Kabatyeh, cerca de Jenin, 08 de octubre de 2012. (Foto AP / Mohammed Ballas)

 


Una mujer palestina recoge aceitunas de sus olivos en la aldea cisjordana de Qariout, cerca de Naplusa el 13 de noviembre de 2009. (Foto AP / Muhammed Muheisen)

 

 

Palestino Eyad Umm, 45, vierte las aceitunas de un cubo cogió antes de la clasificación de las hojas, durante la cosecha en las afueras de la ciudad cisjordana de Ramallah, el 27 de septiembre de 2010. (Foto AP / Muhammed Muheisen)

 

 

Imanes para la venta se muestran en el coche de un hombre palestino en el puesto de control de Kalandia, entre Jerusalén y la ciudad cisjordana de Ramallah, el 13 de agosto de 2010. (Foto AP / Bernat Armangue)

 

Una niña palestina lee el Corán en la primera de Shaban mes en la ciudad cisjordana de Nablus, Palestina el 1 de junio de 2014. (Foto AP / Nasser Ishtayeh)

 

Una familia palestina cubre a sí mismos de la lluvia en el puerto de Gaza, en la ciudad de Gaza, 15 de febrero de 2014. (Foto AP / Hatem Moussa)

 


Un gato duerme junto a un arma Kalashnikov en un puesto de control de seguridad de Hamas en Ciudad de Gaza, 30 de octubre de 2012. (Foto AP / Bernat Armangue)

 

Los palestinos se reúnen en la azotea de un edificio en el que se detuvo la construcción y que fue bombardeado en enero de 2009 durante la ofensiva militar israelí en Beit Lahiya, norte de la Franja de Gaza el 16 de septiembre de 2011. (Foto AP / Bernat Armangue)

Un agricultor palestino se toma un descanso para fumar un cigarrillo mientras cosecha de maíz en Jabaliya, norte de la Franja de Gaza, 12 de mayo de 2010. (Foto AP / Tara Todras-Whitehill)

 

Las mujeres palestinas llevan montones de paja después de la cosecha de trigo en su campo en las afueras de la ciudad cisjordana de Ramallah, 10 de junio de 2009. (Foto AP / Muhammed Muheisen)

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Lunes, 31 Marzo 2014 07:44

Disonancias

Disonancias

El discurso y debate oficial en este país a veces logra llegar a tales niveles de disonancia que uno no puede más que preguntarse si los protagonistas están conscientes de que lo que están diciendo choca frontalmente con algo llamado verdad o realidad. Estos últimos días no fueron excepcionales en manifestar lo que algunos sugieren es lo normal, pero que otros consideran que son sintomáticos de cierto tipo de esquizofrenia. Pero tal vez, en la política oficial, la locura es normal.


La semana pasada el presidente Barack Obama realizó una gira por Europa con el enfoque en la respuesta de los países de la OTAN a las acciones de Rusia en torno a Ucrania.


La retórica de Obama en su gira se centró en el respeto a los principios y leyes que rigen el ámbito internacional. Mientras acusó a Moscú de violarlos e instó a la comunidad internacional a defender esos principios, se atrevió a presentar la invasión estadunidense de Irak como algo que contrasta con lo que hace Rusia: "Pero aun en Irak, America (sic) buscó trabajar dentro del sistema internacional. No tomamos ni anexamos territorio de Irak. No arrancamos sus recursos para nuestra ventaja. En lugar de ello, acabamos nuestra guerra y dejamos a Irak y a su pueblo con un Estado plenamente soberano que puede tomar decisiones sobre su propio futuro".


Justo por esos días el Comité de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas emitió un informe deplorando la actuación del gobierno estadunidense en varios rubros, como el espionaje masivo, la tortura, el uso de drones, el fracaso en clausurar Guantánamo, y otras violaciones del derecho internacional.


El informe del Comité de Derechos Humanos, encargado de vigilar la implementación y cumplimiento de la Convención Internacional sobre Derechos Civiles y Políticas que ha estado vigente desde los 70, criticó que la vigilancia masiva de la Agencia de Seguridad Nacional había tenido impactos adversos sobre el derecho a la privacidad. Las conclusiones sobre el espionaje masivo fueron notables no sólo porque es la primera vez que esta entidad aborda el tema, sino porque rechazó el argumento oficial estadunidense de que Washington no tiene ninguna obligación conforme a la ley internacional de respetar los derechos de privacidad de los extranjeros fuera de sus fronteras.


El comité también denunció la impunidad de altos oficiales militares y civiles, como contratistas, por su participación en tortura, desapariciones forzadas y asesinatos en la guerra contra el terror. Expresó preocupación de que sólo ha sido enjuiciado un número muy reducido de oficiales de bajo rango e instó al gobierno a asegurar que todos estos casos sean investigados de manera independiente e imparcial y que los responsables, en particular en puestos de mando, sean procesados y sancionados.


A la vez, el comité expresó su desaprobación a la aplicación de la pena de muerte, el número de muertes ocasionadas por algunas fuerzas policiacas (citando en particular Chicago) y la disparidad racial en la población encarcelada. También destacó abusos de los derechos de inmigrantes, mujeres e indígenas en Estados Unidos.


Este proceso de evaluación "perfectamente ejemplificó el 'nombrar y avergonzar', táctica de derechos humanos ampliamente usada por el gobierno estadunidense contra otros estados, pero que casi nunca se emplea contra el mismo Estados Unidos. Aunque las conclusiones del comité no son legalmente vinculantes, llevan un peso moral importante y demuestran que la tolerancia internacional del 'excepcionalismo' estadunidense está en declive", comentó la Unión Estadunidense de Libertades Civiles (ACLU) sobre el informe.


Sin embargo, Obama y su equipo, mientras viajaban por el mundo denunciando violaciones de Rusia y otros países y elogiando los principios y leyes internacionales, decidieron no aludir al informe (también fue notable que casi no ameritó mención en los grandes medios de este país). La verdad, cuando es inconveniente, es mejor ignorarla.


La gira de Obama por la defensa de la democracia, los derechos de los pueblos, y la ley y el orden internacional culminó en el lugar perfecto para constatar y consagrar tales principios supremos: en Arabia Saudita, con el presidente estadunidense sonriente junto al monarca.
La disonancia se manifestó también, como todos los días, en varios ámbitos más de la vida nacional aquí. Por ejemplo:


Los políticos de este país hablan de la santidad de la vida, y de la justicia y los derechos civiles básicos, pero un nuevo informe de Amnistía Internacional encontró que Estados Unidos ocupa el cuarto lugar en el mundo en ejecuciones (sólo China, Irak e Irán ejecutan a más de sus ciudadanos).


En el país campeón de la democracia electoral, por lo menos nueve estados han aprobado medidas para dificultar y obstaculizar el voto de comienzos de 2013 a la fecha, sobre todo para minorías y pobres, reportó el New York Times.


Y mientras Obama afirma que Estados Unidos es algo así como el velador mundial de la paz, nueve comandantes encargados de algunos de los miles de misiles nucleares intercontinentales fueron despedidos después de que se descubrió que decenas de sus subordinados habían hecho trampa en sus exámenes mensuales, o sea, los que tienen el dedo: en el gatillo del fin del mundo.


Los ejemplos no acaban, los ricos se hacen más ricos cada vez que los políticos hablan de oportunidad y empleo, las familias son destrozadas por políticas migratorias mientras los políticos hablan de valores familiares y describen este país como uno de inmigrantes, etc., etc. Lo de siempre, pues.


Nuestra disonancia nacional sigue causando estragos con periodistas que buscan hacer sentido de esta, escribió el legendario periodista Bill Moyers. Amén.

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Cuando uno envejece, deja de tenerle miedo a la duda. La duda ya no te controla. Uno se saca de adentro esa agonía. ¿Qué te pueden hacer después de que cumpliste setenta años?

Hay que guiarse por la primera impresión. Como dijo Jerry Fielding: “Llegamos hasta aquí, no lo arruinemos pensando”.

Mi padre tuvo un par de hijos al principio de la Depresión. No había mucho trabajo. No había ayuda del Estado. La gente apenas salía adelante. La gente era mucho más dura y resistente entonces.

Vivimos en una generación mucho más maricona, donde todo el mundo se acostumbró a decir: “Bueno, ¿y cómo manejamos esto psicológicamente?”. En aquellos días, solamente le dabas un puñetazo al que te molestaba y te lo sacabas de encima. Incluso si el tipo era mayor y te podía empujar, al menos se te respetaba por enfrentarlo, y a partir de entonces te dejaban tranquilo.

No puedo decirte exactamente cuándo empezó la generación maricona. A lo mejor cuando la gente se empezó a preguntar sobre el sentido de la vida.

De haber sido más disciplinado, me habría dedicado a la música.

Uno se pregunta a veces, ¿qué haríamos si pasa algo realmente grande? Miren qué rápido, sólo siete años, y la gente ha sido capaz de olvidar el 11 de septiembre. Quizá lo recuerden los que perdieron a un pariente o a un ser querido. Pero nadie se olvidó rápido de Pearl Harbour.

Recuerdo haber comprado un viejo hotel en Carmel. Entré en el ático y vi que todas las ventanas estaban pintadas de negro. “¿Qué está pasando acá?”, les pregunté a los anteriores dueños. Me dijeron que pensaban que los japoneses navegaban frente a la costa durante la guerra.

En El sustituto traté de mostrar algo que rara vez se ve estos días —un chico sentado mirando la radio—. Sólo sentado frente a la radio, escuchando. Tu mente hace el resto.

Recuerdo haber visitado una cascada gigante en un glaciar de Islandia. La gente estaba ahí sobre una plataforma de roca para verla. Estaban con sus chicos. El lugar no estaba cerrado, sólo había un cable que prohibía pasar de un determinado punto. Me dije a mí mismo: “En Estados Unidos tendrían un cerco a prueba de huracanes, porque tendrían miedo a ser demandados y recibir la visita de un abogado”. Allí la mentalidad era como solía ser en EE.UU. en los viejos tiempos: si te caés es porque sos estúpido.

No se puede evitar que las cosas sucedan. Pero en Estados Unidos lo intentamos, ciertamente. Si un auto no tiene cuatrocientas bolsas de aire adentro, entonces no sirve.

Tuve un tema con la municipalidad. Fui y me encontré a una mujer sentada ahí tejiendo, nunca levantaba la vista. Yo pensaba: esto no puede ser. Cuando te eligieron para un cargo público, al menos tenés que fingir que te interesa lo que va a reclamar la gente.

Fui intendente de Carmel para asegurar que las palabras “servidor público” no fueran olvidadas. El hecho de que no necesitara serlo me hizo pensar que podía hacer más. La gente que me resulta sospechosa es la que lo necesita.

Alguien como Barack Obama era inimaginable cuando yo era chico. Count Basie y muchas grandes bandas venían a Seattle cuando era yo era joven. Podían tocar en el club, pero no podían frecuentar ni ser clientes del lugar.

Uno debería llegar a conocer a alguien realmente, realmente ser un amigo. Mi esposa es mi mejor amiga. Seguro, ella me atrae de todas las maneras posibles, pero ésa no es la respuesta. Porque me he sentido atraído por otra gente, pero después de un tiempo no pude soportarlas más.

Tengo hijos de otras mujeres que no son mi esposa. Tengo que darle el crédito a Dina por reunir a todos. Nunca tuvo el rollo de ego de la segunda esposa. Tiene una relación amistosa con mi primera esposa y con mis ex novias. Ha sido extremadamente influyente en mi vida.

No soy uno de esos tipos que han sido terriblemente activos en las religiones organizadas. Pero no les falto el respeto. Nunca trataría de imponerle mis dudas a otra persona.

Los chicos te enseñan que uno puede sentirse humilde ante la vida, que puede aprender algo nuevo todo el tiempo. Ese es el secreto de la vida, realmente, nunca dejar de aprender. Es el secreto de una carrera. Sigo trabajando porque aprendo algo nuevo todo el tiempo. Es el secreto de las relaciones: nunca creer que se tiene todo.

Los chicos que se hacen piercings, en la cara, en la lengua: ¿qué tipo de masoquismo es ése? ¿Es para demostrar que pueden soportarlo?

Estábamos haciendo En la línea de fuego y John Malkovich estaba en lo más alto de un edificio y me tenía en una situación muy precaria. Mi personaje está enloquecido y saca un arma y la entierra en la cara de John, y John rodea con la boca el cañón del arma. No sé qué tipo de símbolo loco fue ése. Ciertamente no ensayamos nada como eso. Estoy seguro de que él no lo pensó cuando lo estábamos practicando. Solamente estaba ahí. Como cuando Sir Edmund Hillary habla sobre por qué se hacen las cosas: porque están ahí. Por eso se escala el Everest. Es como un pequeño momento en el tiempo, y tan rápido como entra en tu cerebro, uno lo arroja y descarta. Hay que hacerlo antes de descartarlo. Así es como el arte verdadero tiene una oportunidad de entrar en juego.


Así respondió en diciembre Clint Eastwood a la célebre sección “Lo que sé” de la revista norteamericana Esquire.

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