Gorbachov y el fracaso del socialismo democrático

El último líder soviético no lograría consolidar su proyecto de una tercera vía entre el comunismo sin libertades y el neoliberalismo autoritario que se impondría en Rusia a partir de 1991.

 

Socialismo y democracia. Binomio difícil de conjugar. Pereció bajo los tanques en agosto de 1968 en Checoslovaquia, fue de nuevo aplastado manu militari en Santiago de Chile un 11 de septiembre de 1973, y volvió a fracasar en la segunda mitad de los años 80 del siglo XX, cuando el programa de reformas económicas y políticas emprendido por Mijaíl Gorbachov en la URSS, la perestroika (reconstrucción), fue incapaz de resolver los problemas estructurales de la economía planificada y acabó siendo desbordado por los partidarios de una rápida transición al capitalismo.

Casi nadie reivindica hoy en la Rusia de Putin al hombre que durante unos años generó la ilusión de que podría realizarse el ideal de un sistema socialista con rostro humano, compatible con el pluralismo político e informativo, la solidaridad con los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo y la coexistencia pacífica con los EE UU.

Nacido en 1931 en una familia de campesinos del Caucaso, Gorbachov tenía apenas 14 años cuando concluyó la Segunda Guerra Mundial, y 22 cuando murió Stalin. Es decir, conoció siendo un niño o muy joven, los momentos más traumáticos de la historia de la URSS posterior a la revolución bolchevique: la invasión nazi y el estalinismo. La vida del joven Gorbachov representó el progreso social que el sistema soviético pudo llegar a ofrecer tras la Segunda Guerra Mundial a muchos hijos de familias obreras y campesinas. Un país en reconstrucción dejaba atrás sus peores años, se desarrollaba y ofrecía a las nuevas generaciones una vida bastante mejor que la que había tocado a sus padres.

El que con el tiempo se convertiría en el hombre más importante del Estado soviético, trabajó en el campo manejando una cosechadora, pero con 20 años pudo cumplir su deseo de ir a la Universidad de Moscú a estudiar Derecho. En la Universidad conocería a Raísa Maksímovna, su esposa, estudiante de filosofía, después profesora, y personaje central en su biografía, junto a la que rompió el tabú de la vida privada de los mandatarios soviéticos..

El camaleón del Cáucaso

Metido en política desde 1946, Gorbachov haría un largo cursus honorum desde el comunismo de provincias, ocupando sucesivos cargos en el Cáucaso hasta llegar en 1971 al corazón del sistema, el comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Afable y adaptativo, como dirigente, primero juvenil y luego territorial, vivió los diferentes vaivenes de la política soviética logrando sobrevivir a todos ellos: el final del estalinismo, el postestalinismo, la desestalinización, el aperturismo kruscheviano, y el regreso a posiciones conservadoras con Brézhnev en el Kremlin.

La muerte de Brézhnev en 1982 va a coincidir con un final de ciclo político, tanto a nivel soviético como global, y sobre todo con un importante cambio de inquilino en la Casa Blanca. El republicano Ronald Reagan inicia una política exterior mucho más agresiva contra la URSS que la de su predecesor el demócrata Carter. Si a finales de los años 70 la derrota de los EE UU en Vietnam y una oleada de revoluciones en el Tercer Mundo dieron la impresión de que los soviéticos iban ganando la Guerra Fría, a principios de los años 80 las cosas habían cambiado mucho. Los norteamericanos aceleran entonces la carrera armamentística, obligando así a los soviéticos a gastar más en su Ejército, al tiempo que con sus aliados de la OPEP pactan una bajada del precio del petróleo que provoca un desplome de los ingresos soviéticos por la venta de crudo.

Hay más problemas. La Guerra de Afganistán entre el gobierno comunista de Kabul, apoyado por Moscú, y los fundamentalistas islámicos armados y financiados por los EE UU, se alarga más de lo previsto convirtiendo el conflicto en una ratonera para el Ejército Rojo, algo así como el Vietnam soviético. Una sangría de hombres y una ruina para una economía que ya estaba dando síntomas de agotamiento, sobre todo a la hora de proveer a los ciudadanos de bienes de consumo, la histórica asignatura pendiente de la economía planificada, más eficaz en la producción de misiles que de televisores.

Sombras en el paraíso socialista

El nivel de vida se estancaba y a mediados de los años 80 ya no estaba tan claro en los hogares de la URSS ni que la vida de los hijos fuera a ser mejor que la de sus padres, ni que a nivel internacional siguieran siendo la superpotencia que iba a adelantar a EE UU en todos los campos, desde la producción industrial hasta el deporte, la ciencia o la carrera aeroespacial. El accidente nuclear de Chernóbil en 1986, así como un año más tarde el aterrizaje en la Plaza Roja de un aviador alemán de 19 años que había volado en su avioneta desde la RFA hasta Moscú burlando todos los sistemas defensivos de la URSS, serían grandes escándalos nacionales e internacionales que impregnarían al sistema soviético de un aroma a chapuza del que ya costaba mucho desprenderse.

El nombre de Gorbachov ya había sonado en 1984 como sucesor de Andrópov, su mentor y paisano, pero todavía tendría que esperar un año más a la muerte de Chernenko para llegar a la cima del poder. La sensación de parálisis espoleaba a hacer reformas de calado. Por eso, en 1985, la elección de Gorbachov, de 54 años, como secretario general del PCUS, fue vista como todo un revulsivo en un sistema tan caracterizado por la propiedad estatal de los medios de producción como por el gusto por la gerontocracia.

Al frente del PCUS, y por extensión también de la URSS, Gorbachov emprende una ambiciosa política reformista marcada por tres objetivos: reducir el peligro de una guerra nuclear y frenar la proliferación de armas de destrucción masiva, democratizar el sistema político y sacar la economía soviética de su estancamiento. Si en los dos primeros campos Gorbachov tendría resultados discutibles pero aceptables, en el tercero, probablemente el más difícil, fracasó de manera estrepitosa, arrastrándole a la dimisión en 1991.

El momento dulce de la glásnot

Entre las primeras medidas económicas que adopta el nuevo secretario general del PCUS estarán la mejora de la cualificación de los gestores empresariales, la introducción de controles de calidad en la industria civil y de bienes de consumo, el final del igualitarismo salarial por el que las diferencias salariales eran muy pequeñas entre trabajadores cualificados y no cualificados o la lucha contra la corrupción, el mercado negro y la economía sumergida. No eran reformas excesivamente rupturistas.

Antes que la economía, los primeros pasos del nuevo secretario general están sobre todo marcados por la apertura informativa y la relajación de la censura, la llamada glásnot (transparencia), con la que el líder comunista pretendía generar una opinión pública favorable a un programa de reformas políticas y económicas mucho más ambicioso, reformas que generaban enormes resistencias en el seno del PCUS y para las que Gorbachov necesitaba ampliar su legitimidad y base social. Es en ese contexto en el que se permite a los creadores artísticos trabajar con una libertad sin precedentes, se publican obras hasta entonces prohibidas, se abren en los medios públicos debates sobre temas tan controvertidos como el consumo de drogas, un tabú hasta entonces, o tienen lugar hitos en materia de derechos humanos como la liberación de Andréi Sájarov, Anatoli Charanski y otros disidentes políticos.

Gorbachov busca una relación directa con las masas y complicidades para un programa reformista que promete no tocará la esencia socialista del Estado y que presenta como un regreso a aquella Nueva Política Económica que Lenin había ensayado tras el final de la guerra civil y el llamado Comunismo de Guerra. El líder soviético viaja por todo el país con su esposa, visita fábricas y granjas, y toma el pulso de la sociedad, que habla con más franqueza que nunca de sus problemas. Son tiempos de una enorme popularidad para ambos.

La perestroika se hace amarga

Las reformas democráticas van a chocar sin embargo con las dificultades económicas que se advierten desde 1987 y que se agravan en los años posteriores, cuando la perestroika se ponga realmente en marcha y los trabajadores soviéticos descubran fenómenos desconocidos hasta entonces como los despidos o el desempleo, algo inconcebible en una sociedad acostumbrada al pleno empleo y en la que las fábricas y los servicios públicos tenían más trabajadores de los que necesitaban pues el Estado cargaba con empresas sistemáticamente deficitarias.

Si bien algunas políticas iban bien encaminadas, como la lucha contra el absentismo laboral, muy común en un sistema en el que faltar al trabajo no tenía demasiadas consecuencias, así como la creación de incentivos salariales para promocionar la productividad y la asunción de mayores responsabilidades por parte de los empleados, en opinión de Rafael Poch de Feliu, ex corresponsal de La Vanguardia en Moscú, otras medidas bienintencionadas como la campaña contra el alcoholismo, una auténtica epidemia social, produjeron efectos no deseados en la economía de la URSS: “La gente dejaba de comprar vodka en los bares y en las tiendas y lo empezó a fabricar en destilerías caseras y a comprar en el mercado negro. Junto con la apuesta de los norteamericanos por abaratar el precio del petróleo tuvo un efecto letal para los ingresos del Estado”.

Uno de los principales problemas de la economía soviética era su excesiva centralización. La rigidez de la economía planificada provocaba que una fábrica de cualquier lugar remoto de la URSS tuviera que solicitar permiso a la oficina central de planificación económica para realizar cualquier cambio o innovación en su producción. Esto conllevaba una enorme lentitud en la adopción de cambios tecnológicos o la adaptación al gusto de los consumidores. Dar autonomía a las empresas tenía todo el sentido, pero en la práctica agravó los vicios del sistema.

El economista Ramón Franquesa, profesor de la Universidad de Barcelona, y que colaboró por aquellos años con economistas reformistas de la Universidad de Moscú, señala que la descentralización económica terminó agravando una corrupción muy generalizada, pero que con la perestroika se agudizó todavía más. Con menor control del organismo central muchos directores de fábrica aprovecharon la relajación del sistema para producir directamente para el mercado negro generando así desabastecimiento y colas en los circuitos legales. Es decir, gran parte de la producción se fabricaba con cargo al Estado pero no llegaba a las estanterías de las tiendas, sino que se vendía en el mercado negro por mucho más precio, dado que los consumidores no encontraban esos productos en los almacenes y debían recurrir a circuitos informales para conseguirlos. El temor de los consumidores a la falta de productos en las tiendas hacía que los fenómenos de acaparamiento fueran muy comunes. Si llegaban paraguas o camisas a las tiendas los ciudadanos se lanzaban a comprar más de los que necesitaban en ese momento, dado que temían que fueran a tardar a volver a aparecer en las estanterías. Con su miedo al desabastecimiento los propios consumidores provocaban más desabastecimiento en una sociedad en la que los bienes eran baratos y todo el mundo recibía un salario.

En 1990 el Estado no tuvo más remedio que introducir el racionamiento en determinados productos de primera necesidad, entre ellos la alimentación. La producción en el campo se encontraba bajo mínimos y lo que parecía una gran potencia agraria debía de importar masivamente alimentos del exterior.

La nueva burguesía

Para Franquesa, la corrupción generalizada del sistema fue clave en torpedear unas medidas que en principio pretendían reformar el socialismo y no destruirlo. El proyecto de descentralización alimentó el mercado negro, en el que a su escala también participaban los trabajadores, pero que tuvo en los directores de fábrica y los cargos de los ministerios económicos los principales beneficiarios de un proceso ilegal de acumulación de riqueza que estaba comenzando a generar una nueva burguesía dentro de la URSS. Los nuevos ricos, todos ellos con carnet del PCUS, no tardarían en presionar para que la perestroika adoptase un carácter ya no reformista, sino abiertamente procapitalista. Habían descubierto que encaminando la URSS hacia la economía liberal podían quedarse con las empresas y el patrimonio estatal del que ahora solo eran gestores provisionales, con cargos políticos de los que podían ser destituidos en caso de caer en desgracia.

Franquesa también apunta que el apoyo de Gorbachov a la transformación de las empresas estatales en cooperativas “fue un fraude” porque “en la práctica se terminaron convirtiendo en empresas capitalistas en manos de los directores”. Así por ejemplo, en mayo de 1988 la corresponsal de El País en Moscú, Pilar Bonet, contaba el caso de una cooperativa de confección de ropa en la que el director recibía un salario mensual de 2.400 rublos (casi medio millón de pesetas), los dependientes 1.000 rublos y las costureras entre 150 y 200 rublos.

Ramón Franquesa también explica que los intentos por buscar fórmulas de autogestión obrera, algo que estaba en los planes de los reformistas más comprometidos con una verdadera democratización del socialismo, fracasaron por el desinterés y la pasividad de la mayoría de los trabajadores: “Existía una cultura política muy poco participativa, basada en la delegación, y acostumbrada a que el Estado te resolviera los problemas”. Una gran parte de los empleados confiaron en unos directores que desde dentro del sistema estaban dando el paso de gestores a empresarios capitalistas. Todo ello con el patrimonio del Estado y sin arriesgar un solo rublo.

La fase final de la perestroika

Ni la descentralización ni el cooperativismo resolvieron el desabastecimiento, que por el contrario iba a más. Por si los problemas fueran pocos, en diciembre de 1988 un terremoto en Armenia provocaba miles de muertos en una URSS que todavía se estaba recuperando de la catástrofe nuclear de Chernóbil.

Mientras la situación económica se deterioraba, en la XIX Conferencia del PCUS, celebrada en junio de 1988, Gorbachov anunciaba una profundización en las reformas democráticas y en la disminución del poder del partido. Para Poch hasta entonces “todo había sido bla, bla, bla”, pero en esta Conferencia el secretario general demostró que la democratización iba muy en serio, como se comprobó un año más tarde, en las elecciones de marzo de 1989, en las que un cierto número de candidatos independientes lograron imponerse a los apoyados por el aparato del PCUS.

En las votaciones presidenciales del año siguiente Gorbachov sería elegido, pero ya con la oposición de un 30% de los diputados. Para entonces la URSS se había llenado de economistas, intelectuales y políticos reconvertidos del marxismo al ultraliberalismo y que promovían abiertamente en los medios de comunicación la transición acelerada al capitalismo como remedio infalible a todos los males que padecía la sociedad.

El descontento social aumentaba y el secretario general del PCUS perdía la magia de sus primeros tiempos al frente del partido. En opinión de Poch, “la combinación de más libertad de expresión y peor nivel de vida resultaría explosiva para Gorbachov”. La libertad de prensa amplificaba las críticas y las protestas, incluidas las primeras huelgas y manifestaciones legales, y en el plano político Gorbachov comenzaba a quedarse sin aliados, atrapado entre quienes querían orientar la perestroika ya en una dirección abiertamente capitalista y quienes querían parar el proceso de reformas políticas y económicas.

Una parte de los reformistas que le habían acompañado en los inicios de la glásnot y la perestroika intuían que el proceso se les había ido de las manos y que, o echaban el freno, o todo acabaría con el capitalismo restaurado, la URSS disuelta y ellos en el paro o en la marginalidad política. En opinión de Ramón Franquesa no se trataba tanto de una cuestión ideológica como de asegurar su propia supervivencia como grupo dirigente, puesto que eran los sectores del PCUS que se habían quedado fuera del pillaje de bienes públicos y su estatus dependía por el contrario del mantenimiento del sistema soviético.

La soledad de Gorbachov

Las divisiones en el seno del PCUS eran cada vez más visibles para la opinión pública. En 1989 Gorbachov anunciaba en televisión medidas “dolorosas e impopulares” para abordar la crisis económica, mientras su número dos, Egor Ligachov se desmarcaba del secretario general presentándose como el paladín de la justicia social, el pleno empleo y la unidad de la URSS, cada vez más puesta en cuestión por movimientos separatistas en las distintas repúblicas. Y es que nuevos problemas entraban en escena. Los nacionalismos estaban canalizando buena parte del malestar de la sociedad soviética, y muchos dirigentes comunistas de las repúblicas se estaban reconvirtiendo al separatismo para conservar su popularidad. La sensación en muchas repúblicas soviéticas es que fuera de la URSS les iría mejor, al tiempo que en la más importante de ellas, la República rusa, emergía una nueva estrella, Boris Yeltsin, ex militante del PCUS, abiertamente neoliberal y partidario de la disolución de la URSS.

Yeltsin es el hombre de la nueva burguesía postcomunista nacida de la acumulación en el mercado negro. No tardará en convertirse también en el candidato de los EEUU a reemplazar al vacilante Gorbachov, que no estaba dispuesto a ir tan lejos como el presidente de la República rusa en la apertura capitalista. La perestroika estaba sentenciada a muerte. No solo los beneficiados por los procesos de privatización los creían. El desencanto con las reformas alimentaría entre amplias capas de la población la ilusión en que una rápida recuperación del capitalismo conduciría a los ciudadanos soviéticos a los niveles de bienestar y confort del Occidente capitalista.

Poch apunta que Gorbachov trataría de buscar en Occidente la solución a sus problemas internos, entre los que estaban cuestiones tan básicas como importar alimentos para hacer frente a la escasez que se vivía en la URSS. Confiaba para ello en su prestigio y en los favores que le debía el mundo capitalista. Ha retirado a la URSS de Afganistán y de Europa del Este, y ha firmado programas de desarme nuclear con los EE UU que ponen fin al temor a una Tercera Guerra Mundial con armas atómicas. Incluso ha dejado de prestar un apoyo activo a Cuba, Nicaragua y el Congreso Nacional Africano.

En 1990, tras la caída del Muro de Berlín, está en la cima de su popularidad internacional. Recibe el Premio Nobel de la Paz por ello. Fuera de sus fronteras es Gorby, el hombre de moda que encandila a derecha e izquierda. Sin embargo, según Poch, “solo Alemania está a la altura”, y realiza generosos préstamos y transferencias de capital. Pide ayuda económica al FMI que se la concede, pero de manera cicatera, a cambio de un programa de reformas duras: liberalización de precios, privatización de empresas y bienes del Estado, entrada del capital extranjero y por supuesto despidos masivos. Terapia del shock. Nadie regala nada en Washington. Para Gorbachov es un sapo difícil de tragar que coincide con el clímax de las tendencias centrífugas en la URSS. Es en este contexto en el que los críticos del PCUS deciden dar un golpe de Estado y secuestrar al presidente en su residencia de verano.

Adiós a la perestroika

El golpe provoca una inesperada reacción en Moscú. La mayoría de los rusos no confían en Gorbachov, pero todavía menos en sus enemigos del PCUS. Yeltsin lee a la perfección el momento. Es su oportunidad y no la deja desaprovechar. Se pone al frente del movimiento popular contra el golpe de Estado. La intentona apenas dura 72 horas, del 19 al 21 de agosto. Lo suficiente para convertirle en un héroe. El fracaso del golpe propulsa a Yeltsin al estrellato. Aprovecha la ocasión para ilegalizar al PCUS y acelerar la disolución de la URSS. Gorbachov tiene que dimitir el 25 de diciembre de 1991. Su proyecto, todavía vagamente socialdemócrata, se queda corto para lo que quiere una buena parte de la sociedad rusa y los EEUU, que buscan un sometimiento total de Rusia y el resto de repúblicas a su hegemonía global. Ideas gorbachovianas como la de la Casa Común Europea, la colaboración económica y política entre Rusia y Europa Occidental para hacer del Viejo Continente un espacio conjunto de paz y neutralidad no gustan en la Casa Blanca. Tampoco su empeño en mantener unida la URSS o algo que se le parezca.

El Gorbachov tardío

El día de Navidad de 1991 Gorbachov se marcha para su casa, humillado e impopular, pero con una magnífica agenda de contactos internacionales a la que no tardará en sacar provecho. El teléfono de su admirado Felipe González está por ahí. Se retira a recibir premios internacionales, a dar conferencias, anunciar Pizza Hut para financiar su fundación, grabar discos con Bill Clinton y Sophia Loren, conceder entrevistas o hacer de sí mismo en una película de Wim Wenders. En 1996 se presentó a las elecciones presidenciales rusas. Obtuvo el 0,5% de los votos. Su tiempo definitivamente había pasado. A pesar de ello se empeñó en construir un partido socialdemócrata que pudiera ser la referencia rusa de la Internacional Socialista. La cosa no salió bien y en 2017 tiraba definitivamente la toalla.

Fue crítico con el autoritarismo de de Yeltsin y su turboliberalismo económico, que hundió todavía más los niveles de vida en Rusia, pero también con Putin y la invasión de Ucrania. Criticó la pervivencia de la OTAN y no abandonó Rusia a pesar de que las autoridades no le pusieran fácil en muchos momentos seguir viviendo allí. Para Rafael Poch fue un socialdemócrata que “se suicidó políticamente en aras de esa creencia, porque en Rusia fue un general sin ejército para aquella causa”.

Muy atentos a la perestroika los dirigentes del Partido Comunista de China, que en junio de 1989 aplastaron sin compasión las protestas estudiantiles en la plaza de Tiananmén, se fijarían en Gorbachov para hacer justo todo lo contrario a lo que había hecho él: primero reformas económicas y ya después, si eso, hablaremos de política.

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Miércoles, 31 Agosto 2022 04:39

Gorbachov, para bien y para mal

Gorbachov (izquierda) y Reagan firmaron en 1987 en la Casa Blanca el acuerdo para limitar los misiles nucleares de corto y medio alcance.. Imagen: AFP

En 2005 ese tipo curioso y sabio que fue Eric Hobsbawm compartió con Mijail Gorbachov en Turín un encuentro de retirados prominentes. Una mayoría de antiguos funcionarios de alto rango entreverados con algunos académicos como él, que por suerte escribió sus impresiones: “Si el historiador que hay en mí se sintió ligeramente decepcionado, el fan de Mijail Gorbachov no. ¿Fue un gran hombre? No lo sé. Lo dudo. Fue –sigue siéndolo– un hombre íntegro y bondadoso cuyas acciones tuvieron consecuencias enormes, para bien y para mal. Ser su contemporáneo es un privilegio. La humanidad está en deuda con él. Y al mismo tiempo, si yo fuera ruso, también pensaría en él como en el hombre que llevó a su país a la ruina”.

Para Hobsbawm, el mérito de Gorbachov fue evitar que el colapso de la Unión Soviética se convirtiera en un baño de sangre, como ocurrió después en Yugoslavia, o quizás en algo peor si se tiene en cuenta el poderío atómico ya formidable del Este y el Oeste.

En cuanto a la ruina, sin duda se refiere a la implosión de la Unión Soviética, que tras perder la Guerra Fría con los Estados Unidos pasó de la categoría de superpotencia a la de un país cuyas ojivas nucleares no disimulaban la disolución de un Estado.

Nunca se puede afirmar, en Historia, que un hecho era inevitable. Pero los datos sobre la decadencia soviética están ahí. Cuando Gorbachov asumió la conducción del Partido Comunista, en 1985, la economía soviética ya dependía de las exportaciones de gas y petróleo, no de productos industriales. A la vez, Moscú iba perdiendo la fuerza y la flexibilidad necesarias para afrontar desafíos tan enormes y diversos como la masificación del desarrollo tecnológico, el mantenimiento de la centralidad sobre las nacionalidades y la conservación de la autoridad y la influencia sobre otros países socialistas como Alemania Oriental, Checoslovaquia y Polonia. En 1989, desbordado por el liderazgo popular de Lech Walesa, que además recibió el apoyo doble de los Estados Unidos y del Vaticano con Juan Pablo II, el gobierno comunista polaco concedió elecciones libres y las perdió. Fue en junio. En noviembre los alemanes derribaron el Muro de Berlín. Y dos años después la Unión Soviética consumó su colapso.

Rendición

Desde entonces, Gorbachov fue el símbolo de la rendición para una gama que va de los nacionalistas rusos a exponentes de la izquierda más dura, de Rusia y del resto del mundo, e inclusive sectores nacional-populares no prosoviéticos pero convencidos, eso sí, de que para los países subdesarrollados era mejor el mundo con dos superpotencias compensándose mutuamente que con una hiperpotencia digna del Imperio Romano como los Estados Unidos sin URSS. La crítica se resumía (se resume) en una frase: “Gorbachov tendría que haber hecho como los chinos, que se modernizaron sin explotar”.

Hay dos problemas. Uno, que Gorbachov no quería ser China. Ya había elegido el camino combinado de la perestroika (reforma) y la glasnost (liberalización política), y no solo de la primera. El otro problema debe ser planteado como pregunta, y como es un contrafactual sirve para jugar pero no tiene respuesta seria: en caso de que Gorbachov lo hubiera buscado, ¿la URSS podría haber sido otra China? ¿O era tarde para reformas porque ya había perdido la carrera tecnológica, económica y aspiracional con Washington? Los comunistas italianos, buenos sovietólogos, siempre estuvieron convencidos de que la gran oportunidad de reforma administrada había sido el breve mandato de Yuri Andropov, el ex jefe de la KGB que fue secretario general del PC de noviembre de 1982 a febrero del ’84, cuando murió.

Lo cierto es que en 1991 los rusos, aunque satisfechos con la estabilidad y el modesto Estado de bienestar de la URSS, ya llevaban un año haciendo kilómetros de cola en el primer Mc Donald’s de Moscú de la plaza Púshkinskaia. Diría Hobsbawm: para bien y para mal. 

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  Los partidarios del clérigo chií iraquí Muqtada AlSadr ayudan a los manifestantes heridos durante los enfrentamientos con las fuerzas antidisturbios cerca de la oficina del primer ministro, Bagdad, Irak, el 29 de agosto de 2022. EF. — Ahmed Jalil / efe/epa

Seguidores del líder chií asaltaron el Palacio Presidencial cuando este anunció su retirada de la política por la parálisis tras las elecciones. Hay 250  heridos y se impone el toque de queda general. La ONU advierte: la situación es "extremadamente peligrosa".

Los seguidores del clérigo chií iraquí Muqtada al Sadr han asaltado este lunes el Palacio Presidencial en Bagdad, la capital de Irak, tras el anuncio de la retirada de la política del influyente líder político y religioso. Las autoridades han intentado contener la situación con un toque de queda en la capital, que posteriormente ampliaron a todo el país. Sin embargo, el número de muertos durante los disturbios no ha dejado de crecer y ya se contabilizan 35 fallecidos y 250 heridos, según una fuente de la Comandancia de Operaciones de Bagdad citada por la agencia EFE, que también ha añadido que este martes han impacto cuatro misiles en la fortificada Zona Verde de la capital.

Se trata de muertes por "disparos y actos violentos" sobre todo en la Zona Verde de la capital iraquí, un área fortificada que alberga los principales edificios gubernamentales como el Palacio Presidencial y el de Gobierno. Desde ayer se ha convertido en un campo de batalla, pero los enfrentamientos se han extendido a otras ciudades.

Por este motivo, el toque de queda impuesto durante el lunes en Bagdad ha sido ampliado a todo el país a partir de las 19.00 hora local y hasta nuevo aviso, pero los enfrentamientos se siguen produciendo.

Aunque no se conoce con claridad quiénes han sido los responsables, medios afiliados a las milicias proiraníes de Irak que actúan bajo el paraguas de la agrupación gubernamental armada Multitud Popular, difundieron imágenes en su canal de Telegram en la que se veía a sus miembros disparando al aire durante la manifestación de los sadristas.

El anuncio del clérigo chií se produjo este lunes en medio de la parálisis política que vive el país árabe desde las elecciones de octubre, que dieron al partido de Al Sadr una ligera mayoría que sin embargo no fue reconocida por todo los grupos políticos y milicias iraquíes.

El lunes, tras conocerse la retirada de Al Sadr de la vida política, centenares de seguidores del clérigo, que llevaban cuatro semanas acampados frente al Parlamento, entraron en la fortificada Zona Verde e irrumpieron en el Palacio Presidencial y la sede del Gobierno.

El primer ministro iraquí en funciones, Mustafa al Kazemi, confirmó en un comunicado la entrada de los manifestantes en el Palacio del Gobierno, y anunció la suspensión de las sesiones del Ejecutivo "hasta nuevo aviso".

Al Sadr, en huelga de hambre

Muqtada al Sadr ha iniciado una huelga de hambre "hasta que cese la violencia" en Irak. "Su Eminencia anuncia una huelga de hambre hasta que cese la violencia y el uso de las armas. Porque echar a los corruptos no da a nadie, sea quien sea, una justificación para el uso de la violencia", dijo en un breve comunicado en su página de Facebook uno de los líderes del Movimiento Sadrista, Hasan al Azari.

Imágenes en las redes sociales mostraron a decenas de manifestantes, en los accesos, las salas e incluso la piscina del Palacio Presidencial, así como la presencia refuerzos de los efectivos de seguridad en el interior de la "Zona Verde", que alberga también sedes de las principales instituciones del Poder Judicial, incluido el Tribunal Federal Supremo.

"Había decidido no intervenir en los asuntos políticos, pero ahora anuncio mi retirada definitiva y el cierre de todas las instituciones (sedes)" del Bloque Sadrista, afirmó en un comunicado el  líder iraquí, que lleva condicionando la política del país desde principios de siglo y ha instigado los dos recientes asaltos al Parlamento.

Al Sadr, cuyo movimiento salió vencedor de los comicios de octubre con 73 de los 329 escaños del Legislativo, afirmó que con su actividad política "sólo quería reparar la deformación que, en su mayoría, causaron las fuerzas políticas chiíes, siendo las mayoritarias del país (...) sólo quería acercarlas al pueblo para que sientan su sufrimiento".

Lo que distingue a Al Sadr de otros partidos y milicias chiíes es su desvinculación de Teherán, que en los últimos años ha ejercido cada vez más influencia en Irak, pero el clérigo aboga por la soberanía de su país, el patriotismo y la independencia a pesar de sus vínculos con el vecino.

La ONU advierte de que la situación es "extremadamente peligrosa"

La misión de Naciones Unidas en Irak ha advertido de que los incidentes en Bagdad representan "una escalada extremadamente peligrosa". "La UNAMI (Misión de Asistencia de Naciones Unidas en Irak) urge a todos a mantener la calma, cooperar con las fuerzas de seguridad y evitar acciones que puedan desencadenar una cadena de acontecimientos imparable", indicó en un comunicado en el que alertó de que "la supervivencia del Estado (iraquí) está en juego".

Además, la nota pide a los manifestantes que abandonen "inmediatamente" los edificios gubernamentales y la "Zona Verde" y hace un llamamiento "todos los actores" políticos para "trabajar a favor de rebajar la tensión y restablecer el diálogo como único medio para resolver las diferencias" y aseveró que "el respeto al orden constitucional será ahora vital".

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Un hombre observa las estaterías vacías de un supermercado, en marzo de 2022. — Sergio Pérez / EFE

Las contracciones en los PIB de las potencias industrializadas, con independencia de si penetran o logran eludir la recesión técnica, muestran síntomas divergentes de la crisis financiera.

 

Cada vez tiene mayores visos de realidad la teoría del ambientalista y catedrático emérito de la Escuela de Política Pública de la Universidad de Maryland, el octogenario Herman Daly, de que en el planeta se ha instaurado un "crecimiento no económico" (uneconomic growth) que refleja dinamismos en el PIB pero que, sin embargo, no genera prosperidad, sino una disminución de la calidad de vida.

Quizás esta lectura explique en cierta medida las divergencias manifiestas que se vislumbran entre la recesión que siguió al tsunami financiero de 2008, surgido tras la quiebra de Lehman Brothers, y el periodo contractivo actual, ocasionado por un episodio persistente de escalada de precios energéticos que ha propiciado una espiral inflacionista sin parangón desde la década de los ochenta, tras la crisis energética de 1972, y que surge después del fulgurante despegue de la actividad que sucedió a la Gran Pandemia. Junto a la Gran Dimisión que, según datos de la US Bureau of Labor Statistics, ha impulsado a 47 millones de americanos a renunciar a su puesto de trabajo en 2021.

La llamada Great Resignation, fenómeno que también responde a los sinónimos Big Quit o Great Reshuffle o dimisión laboral generalizada de trabajadores a los que no les satisface un salario que les impide alcanzar sus objetivos de calidad de vida, estaba en la mente de la quinta parte de los empleados del mundo este año, a tenor de la encuesta de PwC Global Workforce Hopes de 2022 y que se realizó en 44 países entre 52.000 trabajadores el pasado mes de marzo. Aunque por entonces los tambores de recesión global apenas se escuchaban.

El reciente receso de la mayor economía global, con una segunda contracción consecutiva entre abril y junio, de dos décimas trimestrales, la mitad que el agujero marcado al inicio del año, y el paseo por el abismo de la zona del euro que, pese a crecer más de los esperado -un 0,7% en el segundo trimestre- con repuntes intensos en Italia y España y notables en socios como Francia, que contrarrestaron la arritmia alemana, continúa tentando su suerte estival por el desfiladero. Antes del convulso otoño y del duro invierno que se avecina por los cortes del flujo energético ruso, ofrecen ya alguna de las pautas diferenciales que irrumpen en el actual escenario.

1.- Inflaciones desbocadas

Tanto en EEUU como en Europa, con sus indicadores aproximándose a los dobles dígitos -o por encima, en el caso de varios socios del euro- aunque en latitudes como la japonesa o la suiza, el salto de los IPC sigue en estado de moderación.

2.- Empleo activo

Es el lado oculto de la crisis. En el mayor mercado mundial se mantiene con unas tasas de dinamismo que no hacen presagiar un escenario de contracción. Porque destruir empleo es un fenómeno íntimamente ligado a los números rojos económicos. Sin embargo, las relaciones laborales estadounidenses registran pleno empleo -tasa de ocupación por debajo del 5%- y se ha instalado, al menos en el ecuador del año, cómodamente en torno al 3,6%. Durante el credit crunch de 2008 el desempleo americano superó el 8%, cota que se propagó hasta enero de 2013.

3.- El origen sísmico se desplaza en Europa

Al contrario que ocurrió durante la crisis de la deuda europea, que estuvo a punto de hacer quebrar la divisa común, y en periodos recesivos previos, es la economía alemana la que evidencia mayores indicadores en estado de emergencia. Una de las anomalías más nítidas que ha emitido la zona del euro desde su creación.

Acostumbrada a la debilidad de su flanco meridional, es la locomotora europea la que más está sufriendo los rigores de una escalada de precios energéticos y su alta dependencia del gas y del crudo rusos que está deteriorando a marchas forzadas a su industria, con sus poderosos sectores de manufacturas y automovilístico en estado casi vegetativos, sus hogares perdiendo capacidad adquisitiva con una inusitada celeridad y una inflación desbordada, próxima a los dobles dígitos, en un país que ha demostrado históricamente una aversión feroz a la escalada de precios desde el llamado periodo de entre guerras.

El tránsito de su tradicional superávit comercial a una etapa deficitaria de sus ventas al exterior revela que la locomotora europea parece haber gripado. A pesar de su postura neutral durante el segundo trimestre.

4.- Las primas de riesgo asoman la cabeza en Europa

De nuevo, saltaron de inmediato como en 2012. En esta ocasión por el anuncio del BCE del final de los programas de compra de activos y deuda corporativa y soberana, que obligó a Fráncfort a lanzar una herramienta novedosa, pero efectiva -al menos, en sus primeros estadios-, la fragmentación de bonos de sus socios, con la que ha decidido cortar por lo sano y poner a buen resguardo cualquier oscilación preocupante de las primas de riesgo. Apenas unas semanas antes de iniciar su rally alcista de tipos de interés para contener la inflación. Una tormenta perfecta que el organismo regulador europeo recuerda en su memoria reciente porque una señal similar fue el detonante de la crisis de la deuda, hace un decenio, y que estuvo a punto de lapidar la unión monetaria y, con ella, el euro.

El BCE la puso en liza ante la escalada de rentabilidad de los bonos italianos, que sobrepasaron el 4% el pasado 14 de junio, su nivel más alto desde 2014. Porque se ha instalado de nuevo el fenómeno de que las economías de la periferia pagan un mayor precio para financiar sus bonos en relación al bund alemán. De momento, Fráncfort ha conseguido frenar la vieja estrategia de los inversores. Otro signo distintivo de este aterrizaje forzoso de la actividad.

5.- El consumo marca el tira y afloja de la recesión

La confianza de los consumidores se ha deteriorado, si bien la predisposición al gasto, al menos durante la fase estival de vacaciones, continúa emitiendo señales de vida. Nada que ver con las quiebras financieras de hogares que antecedieron, entre 2006 y 2007 -sobre todo en EEUU con las hipotecas subprime- a la súbita y fulgurante demolición de Lehman Brothers. Aunque el endeudamiento familiar y personal subió hasta niveles descontrolados desde el inicio de la primera década del milenio.

6.- El sector inmobiliario, botón de la bonanza

En no pocas capitales del planeta el estallido de la guerra de Ucrania y, con ella, la segunda oleada de inflación -la que siguió al otoño pasado en el que se empezaron a disparar los precios por los cortes de suministro graduales del Kremlin- ha sido un acontecimiento coetáneo a un boom inmobiliario que varios bancos de inversión han catalogado como burbujas especulativas. Es el caso de UBS y su ranking anual de un sector que todavía atraviesa un periodo de intensidad en ciudades como Múnich, Toronto, Nueva York, San Francisco, París, Londres, Hong-Kong o Singapur y en gran parte de mercados nacionales como el español.

Por supuesto es otra de las grandes diferencias. Porque en 2006 empezaron a caer los activos inmobiliarios y las compraventas y el valor de las viviendas. Al menos, en EEUU donde ahora, sin embargo, la industria sigue con un sorprendente pulso el encarecimiento de hipotecas por las agresivas subidas de tipos de la Reserva Federal.

7.- Los conductos del dinero están abiertos

Otra cosa es que los préstamos no fluyan con toda la intensidad con la que los bancos habían desplegados sus líneas financieras a hogares y firmas del sector privado tras la Gran Pandemia, azuzadas por los estímulos monetarios y económicos.

Hace catorce años, el cuello de botella procedía precisamente de unos sistemas bancarios que se habían cargado de activos tóxicos. Sin embargo, en estos días el estrés proviene de la energía e, indirectamente, de una época de salida más o menos veloz de los tipos de interés próximos a cero. Y con el dólar como moneda hegemónica, y el rublo como la más revalorizada, lo que crea una convicción en el mercado de que la weaponización monetaria de las sanciones occidentales al Kremlin -con el billete verde americano como prohibición hacia Moscú- y la respuesta similar de Vladimir Putin de militarizar la energía, ha dado alas a la idea de que el dólar, por parte de EEUU, y el gas y el petróleo, por el lado ruso, marcan las soberanías financieras y económicas en la actualidad.

8.- Capital versus empleo

En la primavera de 2007, el desempleo en EEUU empezó a acumular solicitudes de subsidios por encima del promedio de la década precedente. Justo unas semanas más tarde de que el S&P 500 registrase su cotización récord antes del anuncio de nacionalización de Lehman Brothers o de que la Bolsa de Moscú tuviera que suspender su tráfico mercantil por el estallido de la crisis financiera. En este caso, los valores de han revertido. Los activos de Wall Street han entrado en el mercado bear, con descensos superiores al 20% desde el inicio del año, mientras la tasa de paro se resiste a subir.

9.- Producción industrial con altibajos

Pero en ritmo, a diferencia de 2008, en EEUU y con unas trayectorias oscilantes en Alemania y Francia, donde los espasmos productivos se combinan con unas perspectivas descendentes, caídas de confianza empresarial y de consumo y disrupciones en las cadenas de valor. Dentro de una tónica de fulgurante recuperación tras la Gran Pandemia.

10.- Salarios por debajo de la inflación

Las retribuciones más bajas del escalafón laboral crecen, pero con substanciales diferencias respecto al repunte de la inflación y entre estratos salariales, otra diferencia substancial respecto a 2008, cuando los ingresos de los trabajadores formaron parte de la primera línea de los ajustes empresariales para ganar competitividad.

Ante esta concatenación de acontecimientos, crecen las expectativas de periodos recesivos cortos que traerán fases de corrección en los mercados y nuevas reestructuraciones de carteras, sin excesiva destrucción del consumo ni del empleo. Al margen de si, como aconteció en 2008 y en la Gran Pandemia, se produce otra recesión sincronizada del G-7, la tercera de su historia. Así lo expresa Susan Sterne, presidenta y economista jefe en Economic Analysis Associates, que en declaraciones a Business Insider explica que el comportamiento de los consumidores en los dos anteriores recesos de la actividad no tendrá traslación en esta ocasión. Porque la propensión al gasto volverá en un corto periodo de tiempo, frente a la incapacidad financiera que ocasionó el tsunami y sus réplicas de deuda desde la crisis de 2008 y la retención de la capacidad adquisitiva -y, por lo tanto, la propensión al ahorro- de la epidemia del coronavirus.

A su juicio, la economía americana podría marcar varios trimestres negativos, pero el consumo no desaparecerá por la inflación, sino que se tomará un respiro. Al igual que el empleo cuya tasa mostrará estabilidad incluso durante esos recesos. En Deutsche Bank, su economista Brett Ryan redunda en la misma tesis: "El tipo de recesión no será seria, ni una contracción masiva porque el consumo se mantendrá alerta pero activo a la evolución de la inflación". De igual modo que la industria y los servicios aprovecharán el respiro para reestructurar sus cadenas de valor y para reanudar sus negocios con mayor impulso. Su retorno a la normalidad será la pauta a pesar de la "tormenta perfecta" a la que han sido sometidos los bolsillos de los estadounidenses, con una sucesión de estímulos, rápidas escaladas de precios e inicio de un recorrido alcista de los tipos de interés, que necesariamente ha tenido que interrumpir decisiones de compra de vehículos o de ropa e, incluso, viviendas y de servicios como gastos en teatro, cine, bares o viajes.

Alex Lin, de Bank of America también alude a que los negocios y los servicios rebotarán, aunque no sin sobresaltos, antes de la normalización del ciclo. Especialmente, por la inflación, si bien en este terreno sitúa a los "esfuerzos de la Reserva Federal por reconducir los precios hacia niveles más sostenibles". En su opinión, la tarea que tiene entre manos la institución que preside Jerome Powell es "hercúlea" porque elevar demasiado y con gran celeridad los tipos -es decir, pasarse de frenada tras un encarecimiento masivo del dinero- puede debilitar la demanda, retraer el consumo y deteriorar la actividad y, con ella, mermar la capacidad de compra de los americanos como ya se ha empezado a comprobar con la caída de su PIB en recesión técnica y que constata que "el margen de error [de la Fed] ha sido muy estrecho" y ha desplazado la política monetaria hacia posiciones demasiado restrictivas con las que se han intensificado los problemas en las cadenas productivas y han logrado restringir ya notablemente la actividad.

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Un hombre compra útiles escolares, que aumentaron un 4,25% en un año, en una tienda de Bordeaux. . Imagen: EFE

Por el momento, el "esfuerzo nacional" parece recaer sobre los trabajadores. 

"Nuestra libertad tiene un costo", dijo el presidente francés esta semana, como una manera de anticipar los aumentos y los sacrificios que vendrán con el invierno.

 

Desde París. Un silencio poco habitual envuelve el coche número 9 del Tren de Alta Velocidad (TGV) que va de Niza, en la Costa Azul, hasta París. Es el fin del mes de agosto que marca el final de las vacaciones, la vuelta al trabajo y el reinicio de las clases. Esta vez, sin embargo, se respira una pesadumbre colectiva que nada tiene que ver con la nostalgia por dejar el paraíso del mar atrás y volver a la ciudad. Solo una pareja joven con una niña de tres anos habla en voz baja sobre lo que los demás pasajeros callan. Ella le dice a su compañero: "estoy angustiada. No sé qué será de nosotros, si podremos seguir viviendo en París, conservar el trabajo y pagar todas las cuentas. Todo está muy caro y siento que va a ser peor". El hombre le acaricia la cabeza, le da un beso en la frente y le susurra algo en el oído. Muchos de los pasajeros de ese tren pensarán lo mismo. ¿Qué nos espera? Estrategia de comunicación previa a las próximas medidas o sincero retrato de la situación, el presidente francés, Emmanuel Macron, habrá contribuido a aumentar la preocupación de los franceses ante un presente de adversidades múltiples y un futuro tembloroso. El pasado miércoles 24 de agosto, en el Consejo de Ministro, quien se había definido hace unos meses como "un optimista de la voluntad" cambió de registro. El jefe del Estado, a lo largo de un discurso de 15 minutos ante sus Ministros retrató "el gran trastorno del mundo" sintetizando el fin o el agotamiento de tres pilares: "el fin de la abundancia, el fin de la despreocupación, el fin de las evidencias". El primer fin, el de "la abundancia, atañe las materias primas y todo aquello "que nos parecía perpetuamente disponible" como, por ejemplo, el agua o, en campo de las finanzas, los créditos inmobiliarios a tazas mínimas (entre 3, 5 y 4 por ciento) y hasta el dinero a tazas negativas.

"El fin de la despreocupación"

"El fin de la despreocupación" se refiere antes que nada a la guerra que volvió a sacudir a Europa, es decir, la invasión rusa de Ucrania y la guerra que se prolongó durante más de seis meses. En cuanto "al fin de las evidencias", para Macron se trató de admitir que la democracia liberal ya no es una aspiración global sino que está amenazada por la emergencia o la tentación de apostar por regímenes autoritarios antes que por el liberalismo parlamentario. "Nuestra libertad tiene un costo", dijo Macron como una manera de anticipar los aumentos y los sacrificios que vendrán con el invierno. Varios Ministros y parlamentarios conocidos también desplegaron en los medios elementos de lenguaje similares de los cuales trasciende un mundo gris, amenazado, un futuro lleno de fines y rupturas. "Nos dirigimos hacia la crisis más grave que Francia haya conocido después de la Segunda Guerra Mundial" (1939-1945) dijo en una entrevista con el semanario Le Point el líder centrista François Bayrou, quién agregó:  "no creo que esta crisis pueda ser superada sin un gran esfuerzo nacional". Por el momento, ese  "esfuerzo nacional" parece recaer únicamente sobre los trabajadores. No se han evocado medidas para las clases más pudientes y, en lo que toca a la crisis energética, muy poco dirigido hacia las grandes industrias. Alguien del gobierno habló de limitar el uso de los jets privados sin que ninguna otra autoridad siguiera sus intenciones. Los muy ricos seguirán volando y los menos ricos entrarán seguramente en una fase de reducción del consumo energético.

Los datos y el clima no alientan el optimismo. Fin parcial de la pandemia y de los desajustes que provocó, guerra en Ucrania, previsibles políticas de austeridad para reducir el consumo energético (la famosa "sobriedad energética"), falta de hidrocarburos, sequía histórica e inflación son la realidad que espera a millones de personas que regresan de las vacaciones durante las cuales, al menos quienes habían cerrado los ojos, se sumergieron en el territorio del espanto: los desarreglos climáticos provocaron una de las canículas más fuertes y extensas de la historia así como el incendio de decenas de miles de hectáreas. Ahora sí entendieron que el cambio climático no era una metáfora ecologista sino una maza repentina que podía provocar tragedias e inmensos estragos.

Temperaturas

Este otoño e invierno las temperaturas de las estufas serán seguramente limitadas o reguladas hacia abajo para compensar las consecuencias de la crisis energética. La inflación no será una novedad. Los precios de los productos básicos de la canasta familiar llegaron a cumbres repentinas antes mismo de que la guerra en Ucrania se arraigara y desencadenara los problemas y la inflación mundial que desató. Aumentó considerablemente la nafta y el gobierno tuvo que recurrir a subsidios o a negociaciones con las grandes petroleras para controlar los precios. El otro gran aumento, el de la electricidad, no tardará en llegar, incluso si el 70 por ciento de la energía que se consume en Francia proviene de las centrales nucleares. La guerra en Ucrania no despeja en nada las arenas movedizas, y ello mas allá de Francia. A principios de julio de 2022, el presidente ruso Vladimir Putin advirtió: "si se sigue recurriendo a una política más intensa de cara a las sanciones (contra Rusia) ello podría acarrear consecuencias aún más graves, incluso catastróficas, para el mercado mundial de la energía". Y así ocurrió. De todos los fines evocados por Macron, el que más temores suscita es la guerra en Ucrania y la total ausencia de una hoja de ruta sobre lo que podría pasar. Putin sigue en Ucrania, el otoño se viene encima y no hay ni la más lejana perspectiva de una solución militar o negociada.

"Es como si viviéramos con una espada sobre la cabeza después de años y años de paz y prosperidad", comenta Jean-Michel Tournier, propietario de un restaurante en el distrito 14 de París. Todo se está preparando para meses rudos. Macron era el eje de la « liga de los optimistas » y pasó a ser el heraldo de los fines por venir. Jean-Daniel Lévy, director de encuestadora Harris Interactive France, reconoce que, de pronto, la postura de Macron no era la mas idónea: "no se puede mantener un discurso optimista como antes. Hoy, el Estado de animo de los franceses es muy diferente".

La repentina comunicación negativa de Macron y sus ministros sorprendió por el contraste con el Macron "de las buenas noticias", dice Jean-Michel Tournier. "No por el contenido. Creo que hace rato que, entre guerra, crisis climática, inflación, pandemia y sequía, los franceses saben que ya no viven en el mejor territorio del mundo. No nos hacia falta que nadie nos venga a decir lo mal que la vamos a pasar". La oposición francesa juzgó entre risas y criticas la nueva postura de Macron y su Ejecutivo. Jean-Luc Mélenchon, el líder de Francia Insumisa, dijo: »cuando uno está en un país donde hay nueve millones de pobres, oír una cosa así es increíble. Señor Macron, nunca hubo abundancia, siempre hubo irresponsabilidad ».

La cuenta de las polifónicas crisis está por llegar a la mesa. Pocas dudas hay de que serán los sectores menos ricos de la sociedad quienes pagarán la adición. "Para los demás, como siempre, será la sustracción", comenta, entre risas, Jean-Michel Tournier.

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Sábado, 27 Agosto 2022 06:19

Gran Bretaña, sin timón y en crisis

Una de las huelgas del correo en el Reino Unido.. Imagen: AFP

Inflación, salud en colapso, falta de agua, tarifazo energético

Los dos dígitos de inflación por primera vez en cuarenta años, la caída del salario real a su peor nivel en décadas y las huelgas de transporte son algunos de los síntomas de un descontento generalizado. El Sistema Nacional de Salud está al borde del colapso, la sequía por un verano de altas temperaturas dejó sin agua a amplias zonas del país, los precios energéticos van a duplicarse en octubre y la conflictividad laboral se ha disparado. Hasta los abogados criminalistas acaban de anunciar un paro.

Por momentos parece que no hay sector en Gran Bretaña que funcione del todo. El primer ministro Boris Johnson renunció en junio y su sustituto recién se anunciará el 5 de septiembre. El barco de este país del G7 está averiado, a la deriva y sin nadie a cargo.

Trágico declive

En los medios conservadores hace rato que encendieron la señal de alarma. “Prácticamente nada funciona en el Reino Unido”, dice el semanario conservador “The Economist”. “El país está crujiendo”, diagnostica otro pilar del establishment, el “Financial Times”. Uno de los diagnóstico más lapidarios pertenece a un columnista estrella del ultraconservador matutino “Daily Telegraph”. “Nuestro asombrosamente acelerado declive es trágico y, sin embargo, no sorprende. Estamos cerca del desenlace, del punto final, de un cuarto de siglo de fracaso político, intelectual y moral del cual la mayoría de nuestra clase política es cómplice”, escribe Allister Heath.

Los problemas van más allá de la pandemia o la guerra con Ucrania. “Hay una repentina conciencia de que la era de la covid-19, el Brexit, la Guerra en Ucrania y la emergencia climática están exponiendo fallas fundamentales que han estado supurando por décadas”, dice en el “The Guardian”, el columnista John Harris.

¿Quién invierte?

El mantra del gobierno conservador que asumió en 2010 tras el estallido financiero global fue que el problema residía en el déficit fiscal y la solución era bajar el gasto y estimular la inversión privada recortando los impuestos de ricos y corporaciones.

En los 80 Margaret Thatcher convirtió esta fórmula en dogma. Los conservadores del siglo 21 no cambiaron de discurso: los resultados fueron los mismos que con la “dama de hierro”.

A pesar de tener una de las tasas impositivas más bajas, el Reino Unido está en el fondo de la tabla de la inversión privada y pública de los países del G7. “Esta falta de inversión viene de décadas. Una obsesión con la eficiencia del gasto ha hecho que en vez de mantener y mejorar la infraestructura se la haya dejado colapsar. En el Reino Unido se trabaja mucho más que en Alemania y Francia pero estamos muy por detrás en términos de productividad porque invertimos muchos menos en rubros clave incluidos tecnología, capacitación e investigación”, señala el editor económico del “The Guardian” Larry Elliot.

Dos ejemplos

La sequía en este bochornoso verano dejó a la vista que las corporaciones que manejan el suministro de agua, privatizado en los 80, no han construido ningún nuevo reservorio a pesar de que hubo un aumento poblacional de diez millones de personas en las últimas décadas. El mismo descuido se ve en el mantenimiento de un sistema que, en gran parte, viene de la época victoriana. El resultado es que unas treinta millones de personas enfrentan hoy un uso restringido del agua y que en buena parte de la costa del sur inglés, de Cornualles a Devon, está prohibido meterse en el mar por la contaminación de las aguas.

Al igual que el resto del sector corporativo, los impuestos a las compañías responsables han bajado del 26 por ciento en 2010 al 19. Pero más que estimular la inversión, las ganancias se usaron para pagar dividendos a los accionistas: el equivalente a más de setenta mil millones de dólares (57 mil millones de libras) en los últimos treinta años. Los ejecutivos de las empresas del sector tampoco se han perdido la fiesta. En los dos últimos años, plena pandemia, se adjudicaron bonos por más de 35 millones de dólares. En comparación Scottish Water, que permaneció en manos del estado, invirtió cerca de un 35 por ciento en infraestructura por hogar en el mismo período.

El sector energético, que registró ganancias extraordinarias con la guerra, está aumentando los precios de lo lindo. Este viernes se confirmó un aumento del ochenta por ciento en las tarifas, que regirá desde el 1 de octubre, vísperas del duro invierno inglés. Accionistas y ejecutivos, felices: el público no tanto. Hasta en zonas tradicionalmente conservadoras como Surrey, en el sur del país, los votantes están desilusionados con el sistema privatizado y dispuestos a cambiar de partido. “He votado casi siempre a los conservadores, pero no voy a volver a hacerlo. Las ganancias que están sacando las compañías de agua y de energía son un escándalo. Tendrían que ir a la cárcel en vez de ganar bonos millonarios”, comenta una jubilada, Mary Barnby.

Un país emparchado

A nivel del sector público, el congelamiento y reducción de la inversión desde 2010 hizo que el Sistema Nacional de Salud (NHS) tenga hoy uno de los más bajos números de camas hospitalarias por persona de un país desarrollado, algo que se notó durante la pandemia. El virtual congelamiento de salarios desde 2010 llevó a un éxodo de enfermeras y médicos, éxodo compensado solo parcialmente con la contratación de profesionales de países en desarrollo. El staff del NHS se parece cada vez más a la ONU por su mezcla de nacionalidades, pero aun así, uno de cada diez puestos de enfermería siguen vacantes.

Mientras que en Alemania, España o Estonia los estados invierten en el sector ferroviario para sacarlo de la crisis que tuvo a raíz de la pandemia, el gobierno británico anunció cortes equivalentes a más de 2500 millones de dólares. Desde el 21 de junio hubo ocho huegas que han semiparalizado la red ferroviaria.

El secretario general de RMT, el sindicato ferroviario, Mick Lynch, advirtió que el descontento actual puede terminar en una huelga general de facto (la última fue en 1927). “Es algo que decidirá la central de trabajadores. Pero lo que vamos a ver en educación, salud, transporte y el sector privado es acción sincronizada de huelga”. En los últimos dos meses hubo señales claras de este descontento laboral: cancelación de miles de vuelos en plena temporada veraniega, medidas de fuerza en el puerto de Felixstowe por el que pasa el 48 por ciento del comercio de contenedores, huelgas en petroleras, fábricas y hasta en Amazon.

En agosto el índice inflacionario de los doce meses previos superó el diez por ciento. Con la práctica duplicación de las tarifas energéticas a partir de octubre, el Banco de Inglaterra anticipa un trece por ciento para los próximos meses. El cálculo es que unas  quince millones de personas ingresarán en lo que se llama “pobreza energética” (destinan el diez por ciento de sus ingresos a pagar el gas y la electricidad). En los bancos de alimentos para los sectores más postergados muchos no compran papa por el gasto en que incurrirán al cocinarla: en el invierno británico el dilema será para muchos encender la estufa o comer.

Más de lo mismo

A esta crisis, se añade una virtual acefalía desde que Boris Johnson renunció en junio y quedó en funciones sin privarse por ello de contraer matrimonio y tomarse vacaciones en un gobierno sin cabeza. En más de la mitad de los ministerios no se toman decisiones hasta que haya un sustituto: en la prensa lo bautizan el “Zombie government”

El problema es que los dos candidatos para sustituirlo ofrecen más de lo mismo. La favorita, la canciller Liz Truss, promete una reducción impositiva de 27 mil millones de libras que favorecerá a empresas y multimillonarios para estimular la inversión en un país que todavía está lidiando con el agujero fiscal que le dejaron la pandemia y el Brexit. Su rival, el ex ministro de finanzas Rishi Sunak, es un poco más prudente y dice que ese es un objetivo a alcanzar más adelante. Pero privado de ese mantra impositivo, su programa contiene poco y nada.

Una encuesta el pasado fin de semana le daba una ventaja a los laboristas de ocho puntos sobre los conservadores y ponía por delante a su apocado líder Keir Starmer como mejor primer ministro que Johnson, Truss o Sunak.

¿Qué se viene?

El consenso es que el nuevo primer ministro gozará de una escasísima legitimidad: lo elegirán unos 200 mil miembros del Partido Conservador, en su mayoría mayores de 60 o 70 años que viven en zonas rurales. El resto del Reino, que enfrenta fuertes tensiones separatistas, sociales y generacionales, hará de invitado de piedra, una situación insostenible en medio de una crisis. A pesar de todo esto, a pesar de que Truss y Sunak están contaminados por su participación en el gabinete de Johnson, es posible que tengan la breve luna de miel que espera a los nuevos gobiernos. En algunos medios se especula que quien gane intentará aprovechar ese resurgimiento de expectativas para improvisar un paquete de ayuda masivo para el costo de la vida y convocar a elecciones anticipadas. 

 Es difícil que con tan escasa legitimidad y tantos agujeros económico-sociales el gobierno llegue a diciembre de 2024, más en un país que tiene una larga tradición de elecciones anticipadas. Pero más allá de los vaivenes políticos y electorales, los problemas de fondo no se irán con una nueva cara, sea del partido que sea. 

27 de agosto de 2022

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  El presidente de la Reserva Federal (Fed) de EEUU, Jerome Powell (d.), con el presidente de la Reserva Federal de Nueva York, John C. Williams (i.), y la vicepresidenta dela Fed, Lael Brainard (c.), en el Parque Nacional de Teton National, antes de participar en el simposio montario de Jackson Hole (Wyoming). — Jim Urquhart / REUTERS

El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), Jerome Powell, señala que "reducir la inflación requiera de un periodo sostenido de crecimiento por debajo de la tendencia".

 

El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), Jerome Powell, ha alertado de que las empresas y los hogares tendrán que soportar "algo de dolor" como peaje para atajar las elevadas tasas de inflación que está experimentando el país desde hace meses.

En el tradicional discurso veraniego del simposio de política monetaria que celebra la Reserva Federal en Jackson Hole, Powell ha indicado que no lograr poner freno a la escalada de precios "significaría mucho más dolor".

"Restaurar la estabilidad de precios llevará algo de tiempo y necesita que usemos nuestras herramientas con fuerza para llevar a un mejor equilibrio a la demanda y la oferta", ha indicado Powell.

"Reducir la inflación probablemente requiera de periodo sostenido de crecimiento por debajo de la tendencia. Además, muy probablemente haya una relajación de las condiciones del mercado laboral. Aunque los tipos de interés más altos, el menor crecimiento y la relajación de las condiciones laborales rebajen la inflación, también infligirán algo de dolor a hogares y empresas", ha subrayado el banquero central.

El presidente de la Fed ha asegurado que la entidad monetaria está llevando claramente sus políticas hacia un nivel "lo suficientemente restrictivo" como para devolver la inflación al objetivo del 2%.

En este sentido, Powell ha alertado de que recuperar esta estabilidad probablemente obligue a tener una política monetaria restrictiva durante cierto tiempo. Además, ha subrayado que la experiencia histórica "advierte en contra de aflojar de forma prematura la política monetaria".

En apenas tres meses, la Fed ha llevado a cabo una serie de subidas agresivas de los tipos de interés. En mayo, elevó el precio del dinero en 50 puntos básicos, mientras que en junio y julio decidió llevar a cabo sendas subidas de 75 puntos básicos.

26/08/2022 

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Más de 100.000 trabajadores del correo se pliegan a la ola de huelgas en el Reino Unido

La ola de huelgas por un aumento de salarios para hacer frente a la inflación en Reino Unido no para de crecer. Este viernes se sumaran a los ferroviarios y portuarios los 115.000 trabajadores y trabajadoras del Royal Mail.

 

El Royal Mail (correo real) es un emblema del Reino Unido. Sus trabajadores y trabajadoras votaron hace semanas comenzar una huelga si no existía una oferta de aumento salarial que supere la inflación que ya llega al 10% anual. El Gobierno ha venido restringiendo los aumentos y ofreció no más del 2%, lo que fue rechazado por el sindicato que va a la huelga a partir de este viernes.

Son aproximadamente 115.000 trabajadores de la antigua empresa estatal de correos del Reino Unido, y se convertiran en una de las mayores huelgas de este verano hasta la fecha, según confirmó hoy el sindicato CWU.

El Sindicato de Trabajadores de la Comunicación (CWU), que agrupa a este sector, indicó que sus miembros llevarán a cabo la medida de fuerza por "una subida salarial digna y apropiada" tras haber votado a favor del paro una mayoría del 97,6 % a principios de agosto.

La huelga de mañana será seguida de más paros el miércoles 31 de agosto, el jueves 8 de septiembre y el viernes 9 de septiembre.

El sindicato señaló que se había impuesto un incremento salarial del 2 % a los trabajadores pese a haber sido clasificados como trabajadores esenciales durante la pandemia del coronavirus.

"En un clima económico en el que la inflación parece que subirá hasta un 18 % para enero de 2023, la imposición (de esta subida) llevará a una dramática reducción en los estándares de vida de los empleados", dijo un portavoz sindical.

El secretario general del CWU, Dave Ward, señaló que la huelga de las y los trabajadores del correo tiene una gran simpatía y apoyo de parte de los pueblos, ciudades y comunidades.

Ward señaló que los trabajadores "no pueden seguir viviendo en un país donde los directivos se lucran con miles de millones mientras sus empleados se ven forzados a recurrir a bancos de comida".

La huelga del correo se suma a la huelga en el principal puerto de containers del país que afecta gran parte del comercio y la logística, y en el que también exigen aumentos salariales acordes a la inflación.

También se encuentran a la espera de lanzar un proceso de huelgas las enfermeras del Servicio Nacional de Salud (NHS) que llegan a 500.000, y harían huelga por primera vez en la historia de su sindicato.

Por su parte los trabajadores del transporte, ferroviarios y metroviarios, del petroleo y la logística ya han venido haciendo diversas huelgas presionando a las empresas y al Gobierno.

A pesar de encontrarse en crisis y esperando su reemplazo, el Gobierno de Boris Johnson ha impuesto restricciones a los aumentos, intentado prohibir huelgas -declarando diversos sectores como servicios esenciales- y habilitando y legalizando la contratación de personal para suplantar a los huelguistas.


Si bien esta ofensiva del Gobierno no tuvo éxito hasta el momento, el hecho de que siga intentando frenar la ola de huelgas en curso se debe a la forma en la que las direcciones sindicales llevan adelante los conflictos, realizando paros escalonados y sin continuidad, dejando dias o semanas entre una y otra acción, sin llegar a lograr una paralización completa que haga retroceder al gobierno y los empresarios, y sin unificar las acciones entre los distintos sectores en lucha.

La predisposición para la lucha está, por abajo todas las votaciones logran más del 90 % de aprobación para ir a las huelgas. Son casi un millón las y los trabajadores que se encuentran realizando o analizando medidas de fuerza desde principios de agosto. La unidad de estas paralizaciones en una huelga general indeterminada los haría triunfar no solo a ellos y ellas sino a toda la clase obrera del Reino Unido.

Jueves 25 de agosto

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Sudáfrica: Palestina, tan importante como Ucrania

Sobre el tema de Rusia y Ucrania, nadie en Sudáfrica apoya la guerra. Lo hemos dejado claro. Y hemos dicho que deseamos ver que se intensifiquen los esfuerzos en una diplomacia fortalecida, utilizando los buenos oficios de Naciones Unidas, en particular del secretario general y de otros líderes que puedan tener peso en términos de persuadir a los interlocutores de sentarse a la mesa y negociar un acuerdo en este terrible conflicto. Aborrecemos la guerra porque provoca incontables sufrimientos, como los experimentamos durante el apartheid.

No recuerdo ningún intento de Estados Unidos por hacernos tomar partido. En cambio, en nuestra interacción con nuestros socios en Europa y otras partes ha habido cierta sensación de acoso condescendiente de que “escojan esto o…”

Así pues, es importante que todos aceptemos nuestra capacidad de sostener opiniones diferentes. Después de todo, somos naciones soberanas que son consideradas iguales conforme a la Carta de Naciones Unidas. Podemos diferir en poder económico y en capacidad económica de influir en el desarrollo de diferentes partes del mundo, pero lo que hará funcionar el mundo es que nos respetemos unos a otros. Esto es muy, muy importante. Y algo que en definitiva me disgusta es que nos digan “escojan esto o si no…”

Cuando un ministro me habla de ese modo –cosa que el secretario Blinken nunca ha hecho, pero otros funcionarios sí–, en definitiva no acepto que me acosen, ni esperaría que ningún otro país africano digno de ese nombre estuviera de acuerdo en recibir semejante trato.

Acerca de Rusia, he tratado muchas veces de explicar a muchas personas que es un socio económico muy insignificante de Sudáfrica. Nuestro comercio con Rusia es de menos de 4 mil millones de dólares anuales, en comparación con los 20 mil millones que tenemos con Estados Unidos. Abogamos por la paz porque sabíamos lo que iba a ocurrir. Sabíamos que habría destrucción, que habría muerte y desolación. Y eso es lo que todos vemos. Y lo que siempre hemos preguntado es: ¿cuándo va a acabar esto? Hagamos todos los esfuerzos por lograr la paz.

Con respecto al papel que organismos multilaterales como Naciones Unidas deben desempeñar, creemos que todos los principios pertinentes a la Carta de Naciones Unidas y al derecho humanitario internacional deben ser respetados por todas las naciones, no sólo por unas cuantas. Así como el pueblo de Ucrania merece su territorio y libertad, el pueblo de Palestina merece también su territorio y libertad. Y nos debe preocupar por igual lo que ocurre al pueblo de Palestina como lo que le ocurre al pueblo de Ucrania.

No hemos visto un enfoque parejo en la aplicación de las disposiciones del derecho internacional. Esto es lo que en ocasiones conduce al cinismo acerca de los organismos internacionales y a desconfiar de su capacidad para proteger a los más débiles y más marginados. Tenemos que cambiar esa desconfianza y ese cinismo, y asegurar que todas las instituciones internacionales traten a todos los seres humanos en forma tal que les muestre –ya se trate de la Corte Penal Internacional, la Corte Internacional de Justicia, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el G-20, la Unión Europea o el que sea– que vamos a proteger sus intereses.

Nos congratulamos por el cese del fuego en Palestina este agosto. Sin embargo, nos preocupa que muchos civiles han perecido, que la infraestructura que da servicio a civiles ha sido destruida, que el pueblo de Palestina vive en edificios que son cascarones. Y esto nos preocupa porque nosotros mismos hemos experimentado el apartheid. El mundo tiene también la tarea de asegurar que creemos la paz en el territorio palestino y una solución de dos estados, en la que dos naciones convivan en paz una al lado de la otra.

Creemos que los países son libres de establecer relaciones con diferentes naciones. Que los países africanos que deseen relacionarse con China lo hagan, en cualquier forma que adopten esas relaciones. No pueden hacernos parte del conflicto entre China y Estados Unidos… y me permito decir que éste causa inestabilidad para todos nosotros porque afecta el sistema económico global.

En verdad esperamos que Estados Unidos y China lleguen a un punto de reconciliación, en el que todos podamos esperar desarrollo económico y crecimiento para todos nuestros países, porque es extremadamente importante para todos. Y se trata de dos grandes potencias, las dos mayores economías del mundo. Tienen que encontrar una forma de trabajar juntas para permitir que todos crezcamos.

 

Por Naledi Pandor, ministra sudafricana de Relaciones Internacionales y Cooperación. Expresó estas opiniones durante una conferencia de prensa conjunta con el secretario de Estado Antony Blinken, a principios de agosto. Texto editado y reproducido con permiso del gobierno de Sudáfrica. Título de La Jornada.

Traducción: Jorge Anaya

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Una camarera atiende a una clienta en Marsella. Cae el empleo formal en Francia.. Imagen: AFP

"The Big Quit": tras la pandemia millones de personas dejaron su empleo formal para mejorar su calidad de vida

En Francia las renuncias también se hicieron masivas y desembocaron en una crisis del empleo. El colapso, esta vez, fue al revés: no por el desempleo sino por la falta de candidatos a cubrir decenas de miles de puestos de trabajo vacantes.

Desde París. El sueño de la casa propia se vio ultra superado por otro: el de la vida propia. Esa aspiración ya presente en las sociedades se incrementó con la pandemia y llevó a millones de personas a renunciar a sus puestos de trabajo para buscar otra vida distinta. No hay lugar en el mundo donde no haya aparecido ese movimiento. En Estados Unidos, unas 50 millones de personas dejaron sus trabajos en 2001 en la industria, los servicios o el sector terciario. La ola fue y sigue siendo tal que se la ha llamado “Great resignation” o "Big Quit" (la Gran Renuncia). En Francia, aunque en menor número debido a una población más reducida y una resistencia mucho más fuerte al cambio, las renuncias también se hicieron masivas y desembocaron en una crisis del empleo. El colapso, esta vez, fue al revés: no por el desempleo sino por la falta de candidatos a cubrir decenas de miles de puestos de trabajo vacantes. Para evitar la fuga las empresas propusieron mejores condiciones salariales a sus empleados sin que ello bastara para detener una corriente que se dirige no hacia un mejor salario sino a una actividad más cercana a las convicciones personales, a la necesidad de sanear el planeta o de tener una vida infinitamente menos limitada a los sacrificios. Stéphane Malmond, un ex empleado bancario dentro de un gran grupo, lo dejó todo de un día para otro: ”eso de Metro, Dodo, Boulot (Metro, non noni y laburo) se acabó para mí. Preferí ganar mucho menos, renunciar a un cargo de responsabilidad y de prestigio por un trabajo donde se acentúa mi responsabilidad personal con el bienestar mío y de mi familia. Hasta que no apareció la pandemia y el confinamiento no me di cuenta de que estaba llevando una vida de locos y, peor aún, que estaba siendo cómplice de la destrucción del mundo”. Stéphane Malmond se fue de París a vivir a Rennes, una de las grandes ciudades de Bretaña, y allí se instaló con un modesto negocio especializado en poner marcos a los cuadros. ” Ganar más o menos ya no me importa. Mi principal ambición socioprofesional no es tener un auto o dos sino sentirme bien y sentir que contribuyo a mejorar el mundo”.

En Francia

En Francia, según datos publicados por La Dirección de la Animación, la Investigación y los Estudios Estadísticos (DARES), durante el primer trimestre de 2022 520.000 personas renunciaron a sus trabajos, de las cuales 469.000 tenían contratos fijos y asegurados (CDI). ”Se trata de un nivel de demisiones muy, muy alto”, reconoce el organismo DARES que pertenece al Ministerio de Trabajo. El filósofo francés Eric Sadin (último libro publicado en la Argentina por Caja Negra Editora “La Era del Individuo Tirano, el fin de un mundo en común”), señala que se trata de un “gran aliento renovador, de una suerte de celebración de la alternativa que irrumpió de golpe en varios sectores”. El cambio de actividad profesional dio lugar a que muchas empresas, en particular en el sector de la hotelería, la restauración y los transportes, carecieran drásticamente de mano de obra. Sin embargo, no son los únicos afectados por esa “búsqueda de un sentido” que describe muy bien la socióloga y especialista de los empleados altamente calificados que renuncian a sus puestos, Elodie Chevalier. ”Ha habido -asegura la socióloga- un replanteamiento de lo que era esencial o no. En determinados sectores terciarios se produjo una pérdida de sentido precedida por la pandemia que aceleró e incrementó la reflexión sobre los oficios que podían o no ser considerados como esenciales”. La problemática no es nueva, sobre todo en las generaciones más recientes. Hace unos seis años, el sociólogo Jean-Laurent Cassely escribió un ensayo ("La revuelta de los primeros de la clase") sobre los jóvenes que egresaban de las mejores universidades y escuelas de comercio, con un porvenir trazado y sueldos enormes, pero que se negaban a “alimentar el sistema” y terminaban volviéndose agricultores, abriendo panaderías y fiambrerías. Luego de la pandemia, el investigador francés constató “una suerte de epidemia que ganó a los consultores, ejecutivos, intelectuales o gente de los medios: abrir un lugar, crear un espacio casi experimental para instalar una granja urbana, una escuela de cocina vegetal, una fiambrería, una escuela de yoga, otra de osteopatía. Lo importante es, sobre todo, reunir gente, estar entre personas, y no ya tener un puesto bien pagado pero aislado. Son, en suma, proyectos existenciales dentro de los cuales se desarrollan nuevos modos de vivir”. Cassely también constata una de las poderosas paradojas de esta “gran renuncia” y deseo de cambio: se invirtieron años y años en inventar comunidades en línea, conectadas por medio de internet a través de todo el planeta, pero ahora lo máximo, lo total, consiste en promover contactos sociales con los otros, con y entre individuos dentro de los mismos espacios físicos y no ya conectados”.

“Es un cambio fuerte. Mucha gente ha dejado de creer en el sistema, tomó conciencia de la futilidad de alimentar un monstruo y decidió optar por su camino y apostó por la permacultura o una panadería. Es lo mismo. Este movimiento del Big Quit testimonia de una acelerada pérdida de sentido ante lo que existía, sobre todo dentro de las llamadas “profesiones calificadas”, comenta Sadin. Christine Le Fèvre, una mujer que trabajada en el sector de la publicidad y renunció a todo para ir a vivir en Normandía en una granja donde practica la permacultura, cuenta que, ” antes de la pandemia y a pesar de que tenía un excelente puesto de trabajo, con un salario alto que me permitía residir en los barrios más caros de París, nunca podía sacarme de encima la sensación de infelicidad. Antes de dormirme sentía que era una fracasada. Desde que trabajo tres veces más con las manos en la tierra me siento en paz, en resonancia con mis inclinaciones y orgullosa de estar llevando a cabo una actividad que no destruye el planeta, la tierra, sino que los restaura”. Elodie Chevalier observa también que las renuncias “no se concentran en un segmento, sino que conciernen al conjunto de la población activa de Francia. Todo el mundo se está moviendo, los recién ingresados al mundo laboral como las personas qua ya cuentan con carreras muy ricas. No hay jóvenes ni menos jóvenes, sino todas las generaciones confundidas”.

Cambiar la vida

Em anhelo de cambiar de vida, de darle un sentido a la existencia o de trasladar la actividad profesional hacia proyectos bio ecológicos no son los únicos resortes de Big Quit a la francesa. También, como lo explica Chevalier,” el miedo entra en juego en esta variable”. Miedo quiere decir aquí buscar una seguridad económica fuera de los puestos de trabajo donde se dependa de una estructura o de un jefe. Durante la pandemia, decenas de miles de personas fueron despedidas de sus puestos de trabajo. La economía se detuvo y con ella también el trabajo mensual y el salario garantido. Las medidas adoptadas por el gobierno y el seguro de desempleo amortiguaron la caída. Sin embargo, ante la posible repetición de una situación semejante, decenas de miles de personas optaron por garantizarse a través de la independencia laboral sus medios de existencia. Si a las 520 mil personas que renunciaron a su trabajo durante los seis primeros meses de 2022 se le suman las 518 mil que lo hicieron en el curso de los seis últimos meses de 2021 se llega a más de un millón de trabajadores. ”Es tan impresionante como invisible”, comenta Jean-Laurent Cassely.

El récord de renuncias precedente remonta al año 2008, justo cuando estalló la crisis financiera: unas 510 mil personas abandonaron entonces sus trabajos. El fin de la pandemia trajo igualmente un fuerte incremento de la actividad económica y, por consiguiente,” mucha movilidad en el mundo del empleo”, observa la DARES. El organismo acota que “en las fases de expansión económica aparecen nuevas oportunidades para trabajar y ello incita a la gente a renunciar a los puestos que ocupaba”. Sin embargo, las renuncias, ahora, están más ligadas a un profundo anhelo “a no dejar los huesos en una oficina” (Christine Le Fèvre) que a buscar oportunidades profesionales dentro del mismo sector. ” Los cambios de orientación profesional han sido radicales”, recuerda Jean-Laurent Cassely. Radicales y, a su manera, también con un aura real de representar una nueva existencia, una humanidad distinta en la que el banquero especulador se vuelve panadero, el especialista en redes sociales y manipulaciones virtuales cambia esa vida por la de apicultor. Puede que el movimiento se quede ahí, reducido a muchos individuos, pero no los suficientes como para trastornar el sistema. Puede también que se torne masivo y marque, al fin, un punto final a la expansión de un liberalismo que no hace más que destruir la esencia humana y la noción del otro, del semejante, como un aliado.

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