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La palabra de Kristalina Georgieva en la antesala de la reunión del G20

La directora del FMI aseguró que el año entrante el mundo atravesará una crisis aún mayor a raíz de las consecuencias de la pandemia de coronavirus y del conflicto bélico entre Rusia y Ucrania. También alertó por la deuda soberana en dólares, aunque omitió alguna autocrítica sobre el préstamo millonario que le brindó a la gestión de Cambiemos.

La directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, lanzó una dura advertencia sobre el 2023 en una reunión preparatoria a la del G20, donde pronosticó que "el próximo año será más duro" por el "mix de crisis" generado por la guerra entre Rusia y Ucrania tras la pandemia de coronavirus. Al mismo tiempo, Georgieva alertó sobre las deudas soberanas en dólares: "No es buen lugar donde estar si no se producen dólares", indicó, al detallar que los servicios de deuda son cada vez más caros por la suba de tasas de interés para paliar la inflación. 

En este sentido, cuestionó: "¿Qué pasa cuando los países tienen que pagar deuda en dólares y no producen dólares?. Hay una crisis de deuda en proceso", dijo, sin hacer mención, por caso, al millonario préstamo que el organismo internacional le entregó a la gestión de Mauricio Macri.

De ese modo, la titular del Fondo especificó las consecuencias que implica tomar deuda en dólares para el pago de gastos corrientes en moneda doméstica, mientras que informó que hay avances en el marco de tratamiento de deuda en el G20 para los países de menores ingresos.

Sobre este punto, citó los casos de Zambia, Chad y Etiopia, donde en los próximos diez días se reunirán los comités de deuda. "Manden buenas vibras", le pidió a los asistentes en señal de lo dificultosa de la situación global.

La crisis mundial

En otro tramo, Georgieva hizo hincapié en la crisis mundial generada no solo por la pandemia de coronavirus, sino también por el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania. "Los países más pobres están divergiendo en lugar de converger. Se está viendo inestabilidad en tantos lugares", aseguró. Y agregó: "Si tu familia no tuviera lo suficiente para comer, también estarías reclamando en la calle". 

Es por ello que la titular del organismo internacional planteó algunos ejes para asegurar el acceso a alimentos global y remarcó: "No acopien comida: no acumulen más de lo que consumen".

Sobre esta temática, resaltó como necesario "mejorar la producción y adaptarla para lo que está por venir". Y reconoció que la parte que le toca a los organismos internacionales es mejorar el financiamiento para que los países puedan producir más. Y concluyó: "El mundo produce suficiente comida pero no la distribuye bien".

Los comentarios de Georgieva tuvieron lugar en la reunión de ministros de Economía y Finanzas y presidentes de Bancos Centrales de los países del G20, encuentro que se realizará en Bali (Indonesia). Miguel Pesce (presidente del BCRA) y la ministra de Economía, Silvina Batakis, tienen previsto participar por videoconferencia.

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La nueva ola progresista: entre la moderación y una derecha intolerante

Desde 2018, en América Latina se han registrado seis triunfos de fuerzas de izquierda, una auténtica segunda ola de gobiernos progresistas que lo tendrá aún más difícil que la primera.

 

En algunas ocasiones, un resultado electoral enmascara el panorama político en vez de clarificarlo ya que, desgajado del entorno y de la relación de fuerzas existente, puede confundir a quienes lo observen desde la distancia. Con el paso del tiempo, cuando las corrientes profundas de la sociedad hacen su inexorable trabajo, las posibilidades de cambios se verán mermadas y hasta anuladas.

En los análisis de las recientes victorias electorales progresistas, se suele omitir que llegan a palacio sin mayorías parlamentarias, en sociedades profundamente divididas, donde las derechas se han fortalecido al punto de poder vetar los cambios. Sin olvidar dos hechos adicionales: que los mercados globales juegan en contra de la más pequeña modificación de las reglas del juego y que las fuerzas progresistas a menudo no tienen ni la voluntad ni las propuestas adecuadas para modificar la realidad que heredan.

En muy poco tiempo en América Latina se han registrado seis triunfos de fuerzas de izquierda y progresistas, desde 2018: Andrés Manuel López Obrador en México, seguido por Alberto Fernández en Argentina, Luis Arce en Bolivia, Pedro Castillo en Perú y, sólo a lo largo de este año, Xiomara Castro en Honduras, Gabriel Boric en Chile y Gustavo Petro en Colombia.

Aunque cada caso es diferente —la segunda edición de los progresismos argentino y boliviano contrasta vivamente con la primera— existen campos de fuerza que atraviesan a todos los procesos, que acotan las posibilidades de transformaciones profundas y los alcances que puede tener esta segunda ola progresista.

Para ajustar la comprensión de los procesos en curso, deberían contrastarse con el clima y el contexto de los triunfos que se dieron entre 1999 y 2005 en Venezuela, Argentina, Brasil, Uruguay, Ecuador y Bolivia. En gran medida, esos gobiernos fueron producto de ciclos de luchas populares intensos, que desbarataron la gobernabilidad neoliberal focalizada en privatizaciones de empresas estatales. En no pocos casos, hubo una relación directa entre la pelea callejera y la llegada al gobierno. Algo que no sucede ahora, salvo en el caso de Colombia.

Más allá de algunas situaciones excepcionales, como la errática presidencia de Pedro Castillo, los nuevos gobiernos progresistas deberán convivir con un nuevo escenario, que tiene algunas características comunes y constituye la principal limitación de los nuevos gobiernos. Sin excluir las debilidades y contradicciones internas, las opciones poco claras o definitivamente sistémicas que están tomando, debemos detenernos en ellas antes de pasar a las otras.

La crisis global

La primera limitación es la crisis global y de la globalización, así como la crisis civilizatoria en curso. El creciente enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Europea con Rusia y China, configura un escenario complejo ante el cual los gobiernos progresistas no parecen sentirse cómodos. La presidenta de Honduras, Xiomara Castro, dio marcha atrás en su promesa electoral de establecer relaciones con la República Popular China para mantenerlas con Taiwán.

En similar sintonía, López Obrador defiende la integración de América —no de América Latina—, para destacar que es el modo de enfrentar el crecimiento de China (Milenio, 9 de junio de 2022). A la vez, se mostró molesto con las exclusiones de Venezuela, Cuba y Nicaragua por parte de Estados Unidos en la Cumbre de las Américas.

Este tipo de equilibrios de presidentes de la nueva ola progresista son moneda corriente. Boric critica frontalmente a Venezuela y Nicaragua. Incluso Petro, que promueve el restablecimiento de relaciones con Caracas, anunció que no le parece “prudente” que Nicolás Maduro asista a su investidura el próximo 7 de agosto.

Imposible ocultar que existe una profunda división en los temas centrales del escenario internacional —invasión de Ucrania, papel de China y Estados Unidos—, pero sobre todo actitudes dubitativas y hasta temerosas de provocar roces con Washington, cuestión que caracteriza al progresismo actual, preso de contradicciones que en apariencia los paralizan.

Los gobiernos de la región necesitan comerciar con China, ya que suele ser su principal socio comercial, pero siguen mirando a Estados Unidos como referente con el cual, con la excepción de Venezuela, Nicaragua y Bolivia, no quieren tener problemas. Por un lado, el bloqueo de Washington contra Caracas —con sus tremendas secuelas económicas— puede estar funcionando como un factor disciplinador para los progresismos. Por otro, los equipos de gobiernos progresistas parecen encontrarse desorientados ante la gravedad de la crisis global, a la que no han podido anticiparse ni encuentran el modo de posicionarse como naciones.

En este punto habría que establecer una clara distinción entre Sudamérica, que tiene una profunda relación comercial con China, y Centroamérica y México que siguen escorados hacia Estados Unidos. El caso de México es el más desconcertante: López Obrador formula críticas verbales, pero está firmemente alineado con su vecino del norte, tanto en la represión a los migrantes como en las relaciones con China.

Las nuevas derechas

El segundo problema que enfrenta la nueva ola progresista es el crecimiento y la movilización de las nuevas derechas. Con la relativa excepción de México, en el resto de los países está tallando una nueva derecha que no tiene el menor empacho en mostrarse como racista y antifeminista, haciendo gala de discursos peyorativos en relación a las mujeres, el aborto, el matrimonio igualitario y las disidencias sexuales.

Durante mucho tiempo las izquierdas, los sindicatos y movimientos populares tuvieron el monopolio de calles y plazas, pero desde la crisis de 2008 la derecha comenzó a ocuparlas de forma casi permanente, como sucedió en Brasil, y en particular en las coyunturas que les resultaron convenientes, como en Argentina, Chile, Perú, y ahora Ecuador. Esta presencia no sólo pone límites a las fuerzas progresistas y de izquierda, sino que a menudo las desconcierta y desmoviliza.

Esta nueva derecha reacciona contra el destacado papel que están jugando las mujeres, los colectivos LGTBQ, los pueblos originarios y negros, a las que considera como amenazas al lugar de privilegio que ocupan las minorías blancas de clase media urbana. Colombia y Brasil han sido los países donde más éxito han tenido. En el primer caso, el impacto de esta derecha se tradujo en el triunfo del No en el plebiscito que debía aprobar los acuerdos de paz entre el gobierno y las FARC, en octubre de 2016. En el segundo, se hizo visible en el masivo apoyo a Jair Bolsonaro, en una sociedad ofuscada y desorientada que permitió que un personaje sin escrúpulos ascendiera a la presidencia.

Estas nuevas derechas han tejido una alianzas con las iglesias evangélicas, con fuerte presencia en barrios populares, pero también con militares, policías y grupos paramilitares que comparten su rechazo visceral a las izquierdas y a la agenda de derechos. En este entramado de intereses no debe descartarse el papel del narcotráfico, y de otros negocios ilegales, en la configuración de fuerzas políticas con amplio apoyo social que desdeñan los valores democráticos y odian a los diferentes.

La militarización de la sociedad

Una tercera limitación, que tampoco afectó a la primera ola progresista, es la creciente militarización de nuestras sociedades. Se trata de un proceso que se viene intensificando desde la crisis mundial de 2008, que atraviesa a todos los países con modos y formas diferentes según sus historias y los niveles de racismo y machismo presentes en cada uno de ellos. Siendo América Latina el continente más desigual del mundo, la intervención de las fuerzas armadas y policiales en el control de las poblaciones persigue congelar esa situación.

Pese a la creación de la polémica Guardia Nacional, dirigida por las fuerzas armadas, la violencia no ha disminuido en México donde se registran índices similares a los que tuvieron los gobiernos anteriores. La militarización creció de forma exponencial: el Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana de Ciudad de México, destaca que durante el sexenio de Vicente Fox hubo 35.000 militares desplegados en tareas de seguridad pública en y que bajo López Obrador, en mayo de 2022, el número llegó a 239.865 uniformados en las calles. Siete veces más. Peor aún, en sus tres primeros años de gobierno han sido asesinadas 132.088 personas y 67.122 han desaparecido, crecimiento exponencial que permite a algunos analistas asegurar que el sexenio de López Obrador será el más violento de la historia.

El coordinador de dicho programa señala que “la militarización de la seguridad jamás fue un proyecto de uno u otro gobierno, de una u otra ideología, representando más bien una tendencia histórica de raíces estructurales” (Animal Político, 13 de junio de 2022).

El otro gran país de la región, Brasil, presenta tendencias militaristas similares, aunque uno y otro están gobernados por fuerzas que se dicen ideológicamente opuestas.

Mientras López Obrador ha entregado las grandes obas de infraestructura —como el Tren Maya y el Corredor Transístmico— a los militares, Bolsonaro incluyó a 6.157 uniformados en activo o en la reserva en cargos civiles, lo que representa un aumento del 108% respecto a 2016, último año del Gobierno del Partido de los Trabajadores (PT).

El Sindicato Nacional de Docentes de Enseñanza Superior (ANDES) publicó un dossier sobre la militarización del Gobierno de Bolsonaro, en marzo pasado. Asegura que se han creado 216 escuelas primarias cívico-militares, en la que se implementa el modelo basado en las prácticas pedagógicas y en los patrones de enseñanza de los colegios del Ejército, policías militares y cuerpos de bomberos militares. También están nombrando miembros de las fuerzas armadas en servicios básicos como la salud, para evitar que sean ocupados por fuerzas opositoras.

En Chile, Boric hizo campaña electoral prometiendo la desmilitarización de Wall Mapu, pero semanas después de asumir la presidencia volvió a decretar el estado de excepción en la región, enviando incluso más uniformados y blindados que su antecesor, el neoliberal Sebastián Piñera. Tiene escasa utilidad criticar al gobierno o a los grupos mapuche, porque la militarización del territorio mapuche es un asunto estructural, que atraviesa gobiernos de todos los colores, así como dictadura o democracia.

Un aspecto central de la militarización es el despliegue de grupos ilegales integrados por exmilitares y policías, dedicados al control de la población y a hacer negocios con sus necesidades básicas como el transporte, el acceso al gas y la internet.

La ciudad de Medellín ha sido completamente copada por grupos armados con apoyo del Estado que controlan los barrios populares. En esta ciudad se puede constatar “una suerte de reordenamiento criminal del territorio urbano, un reordenamiento impuesto a la fuerza, sobre engaños, dilaciones, mentiras y con la fuerza del Estado” (Rebelión, 22 de junio de 2022).

Estos casos no son excepcionales sino estructurales, porque los Estados latinoamericanos ya no son capaces de gobernar todo el territorio. En Rio de Janeiro, las milicias armadas —herederas de los escuadrones de la muerte nacidos en dictadura— controlan no sólo una parte de las favelas, sino también los conjuntos de edificios del programa estatal Mi Casa Mi Vida creado durante los gobiernos del PT.

El Grupo de Estudios de Nuevos Ilegalismos, de la Universidad Federal Fluminense, estima que el 57% del territorio de la segunda ciudad brasileña está siendo controlado por las milicias, lo que supone que más de seis millones de personas están a merced de los paramilitares. Por eso el sociólogo José Claudio Alves, que estudia las milicias desde hace 30 años, asegura que no son un Estado paralelo, sino el Estado mismo.

En su conjunto, estamos ante una crisis de gobernabilidad democrática en América Latina, que se hizo muy evidente desde las grandes manifestaciones de junio de 2013 en Brasil y de la decena larga de levantamientos, revueltas y protestas que atravesaron la región. Una ingobernabilidad que abarca gobiernos de derecha y de izquierda y que dificulta el despegue de procesos de cambios estructurales. El problema desde el lado de los progresismos, es que buscan resolverla falta de gobernabilidad virando hacia el centro o la derecha, lo que termina estrechando la posibilidad de cambios.

Obstáculos enquistados

Parece evidente que los tres obstáculos principales que enfrentan los progresismos llegaron para quedarse, que no son fruto de una coyuntura sino de largos procesos incubados en las dictaduras de los 70 y 80, pero revitalizados en democracia bajo el modelo extractivista o acumulación por despojo. Petro prometió “desarticular de forma pacífica el narcotráfico”, algo justo y necesario, pero imposible de concretar. No dice cómo piensa hacerlo porque intuye que es un camino estéril: no se puede negociar con fuerzas que rechazan cualquier tipo de acuerdos.

En la misma dirección, aunque Lula gane las elecciones de octubre, el bolsonarismo seguirá vivo y constituirá un obstáculo mayor para su gobierno. Como recuerda el sociólogo Rudá Ricci, hay 25 millones de brasileños “con valores de extrema derecha, fanáticos y que estarán con Bolsonaro en la oposición”. Por lo tanto, habrá caos político y para evitarlo, Lula deberá hacer alianzas con el gran empresariado y la derecha (IHU Unisinos, 8 de julio de 2022).

Como se desprende de este relato, el panorama no es nada alentador, ni para los progresismos ni para los movimientos sociales. Para superar el estado de cosas heredado y no solamente para gestionarlo, los gobiernos de signo progresista deberían construir fuerzas sociales organizadas y contundentes, capaces de neutralizar a las nuevas derechas que los desestabilizan y bloquean los cambios.

Sin embargo, la historia reciente dice que los gobiernos progresistas dilapidaron el entusiasmo popular que tuvieron al comienzo del ciclo, hace ya 20 años. El apoyo que están recibiendo ahora se debe más al rechazo a las ultraderechas, que a un respaldo a sus propuestas y formas de actuación. Podemos decir con Massimo Modonesi que los progresismos se asimilaron al orden existente y rompieron con sus raíces izquierdistas. “De esta manera, se definen en antítesis a las derechas más por una postura defensiva y conservadora que por aspectos propositivos y transformadores”, sostiene el filósofo ítalo-mexicano (Jacobin, 4 de julio de 2022).

La conversión de los progresismos en conservadurismos está arrastrando a buena parte de los movimientos sociales, en particular los más visibles e institucionalizados. Lo más grave, empero, es que tendrá consecuencias nefastas en el espíritu colectivo emancipatorio en el largo plazo, aislando a los sectores más consecuentes y más firmes que, en América Latina, son a su vez los más castigados por el modelo extractivista, como los pueblos originarios y negros, los campesinos y los pobres de la ciudad y del campo.

13 jul 2022

Publicado enSociedad
Cuba saldrá de la "situación compleja", dice Díaz-Canel, a un año de las manifestaciones

La Habana., El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, aseguró ayer que la isla saldrá de la "situación compleja" en la que se encuentra, mientras que las calles de La Habana estaban en calma durante el primer aniversario de protestas impulsadas desde Estados Unidos.

"De esta situación compleja también vamos a salir. Y vamos a salir revolucionando", porque así es "la revolución, y lo ha hecho en un escenario de frecuente asedio económico, político e ideológico", tuiteó Díaz-Canel .

"Si hay algo que conmemorar este 11 de julio es la victoria del pueblo cubano, de la revolución", añadió el mandatario.

El 11 y 12 de julio de 2021 se registraron las mayores manifestaciones desde la victoria de la revolución cubana en 1959, cuando miles de personas se lanzaron a las calles en alrededor de 50 ciudades al grito de: "Libertad" y "Tenemos hambre", cuando recrudecía la crisis económica que enfrenta la isla, sometida desde hace más de seis años a un bloqueo por parte de Estados Unidos.

790 personas fueron detenidas en julio de 2021

El gobierno ha informado que 790 personas detenidas hace un año fueron procesadas, y 488 recibieron sentencia definitiva, muchas por el delito de sedición con penas hasta de 25 años de cárcel.

Acusado por La Habana de haber orquestado esas manifestaciones, Washington reconoció ayer "la determinación" del pueblo cubano "frente a la opresión" y apoya "su lucha", afirmó el jefe de la diplomacia Antony Blinken.

"Al pueblo cubano: los estadunidenses observaron con admiración el 11 de julio de 2021 cómo decenas de miles de ustedes salieron a las calles para alzar sus voces por los derechos humanos, las libertades fundamentales y una vida mejor", añadió Blinken, dos días después de que Washington sancionó a 28 funcionarios cubanos por su papel en la "represión de las protestas" de julio pasado.

La respuesta de La Habana fue inmediata: "Rechazamos los comentarios del Secretario de Estado de Estados Unidos que confirman el involucramiento directo del gobierno de ese país en intentos de subvertir el orden y la paz en #Cuba, en violación del Derecho Internacional", tuiteó el canciller cubano, Bruno Rodríguez.

El portavoz de la cancillería china, Wang Wenbin, urgió a Estados Unidos a levantar por completo el bloqueo contra Cuba.

Wang señaló que China apoya firmemente los esfuerzos del gobierno y el pueblo de Cuba para mantener la estabilidad social. Las sanciones unilaterales impuestas por Estados Unidos contra funcionarios cubanos, que no tienen base en el derecho internacional, son típicas de la "diplomacia coercitiva", añadió.

Recordó que, en 29 ocasiones consecutivas, la Asamblea General de las Naciones Unidas ha adoptado resoluciones que exigen abrumadoramente que Estados Unidos ponga fin a su embargo económico, comercial y financiero contra Cuba.

"Instamos a Estados Unidos a que preste atención al llamado de justicia de la comunidad internacional, que cumpla con los propósitos y principios de la Carta de la Organización de Naciones Unidas y levante por completo las sanciones unilaterales contra Cuba", afirmó Wang.

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La economía mundial en la montaña rusa

Con la inflación persistente guiando las decisiones económicas en las economías más ricas, las amenazas de un parate económico global y de nuevas crisis de deuda y balanza de pagos se hacen cada vez más pronunciadas. La alta inflación en un contexto de elevados niveles de deuda (de los gobiernos, empresas y personas) hace la situación actual muy diferente de otros momentos históricos de alta inflación. Por las herramientas que involucran, controlar el alza de precios y contener los riesgos de crisis financiera se plantean como objetivos parcialmente contradictorios para la política económica. Los países dependientes endeudados, eslabones débiles en un momento donde los riesgos de crisis de deuda se profundizan.

El retorno de la inflación

La OCDE reportó recientemente que en el mes de mayo los 38 países que la integran arrojaron una inflación promedio de 9,6 % anual. Son niveles que podrían dar envidia en Argentina, donde el guarismo marcó 60 % anual en ese período y va camino a crecer; pero para dicho club de países representa el guarismo más elevado desde 1988. Los procesos de lucha de clases que están recorriendo Europa y EE. UU. por estos días son empujados por los esfuerzos de la clase trabajadora de no pagar los costos de la carestía con una caída en su poder adquisitivo.

Hace décadas que los países ricos no atraviesan un período duradero de alza sostenida y general de los precios como el que viene teniendo lugar desde la recuperación pospandémica. El ciclo más traumático en EE. UU. se dio durante la década de 1970, cuando el alza de precios fue acompañada de un débil crecimiento económico y caídas recesivas –una situación bastante inédita ya que en la teoría económica convencional la inflación suele asociarse al “recalentamiento” económico que produce “excesos de demanda” [1]– que dio lugar al término “estanflación”. A comienzos de la década de 1980, el llamado “shock Volcker” –por el apellido de quien dirigió la Reserva Federal o Fed, el Banco Central de EE. UU., entre 1979 y 1987– dio el golpe final al flagelo inflacionario. En los años posteriores –con duras derrotas a la clase trabajadora mediante–, la inflación fue desapareciendo del terreno de las preocupaciones más allá de algunas alzas pronunciadas episódicas. En los años que siguieron a la recuperación posterior a la Gran Recesión de 2008-2010, por ejemplo, vimos cómo la Fed quedó sistemáticamente por detrás de su meta de 2 % anual de inflación.

La erradicación de la inflación no se puede explicar solamente por el continuo disciplinamiento monetario que impuso el shock Volcker, como suelen hacer las interpretaciones más convencionales. Entre otras cosas, porque a partir de entonces no hubo una continua restricción de la política monetaria, sino más bien lo contrario –como seguiremos analizando–. Tampoco alcanza, aunque lleve buena parte de razón, la explicación que dio el economista Paul Krugman semanas atrás en una de sus columnas en el The New York Times para explicar por qué se presentan ahora las dificultades que no ocurrieron por décadas:

… fueron las políticas conservadoras (en el sentido no político) las que mantuvieron la economía funcionando por debajo de su potencial.
Esta holgura en la economía significó que había poco riesgo de un brote inflacionario importante, por lo tanto, poca necesidad de cambios importantes en la política.
Todo lo que la Fed tenía que hacer era pisar suavemente los frenos si la economía parecía estar acercándose a su potencial o darle un poco más de nafta a la economía si comenzaba a decaer; no hubo mucho drama involucrado.

Más allá de la pertinencia del debate sobre cuán “pisada” estuvo la economía por debajo de su potencial, hubo transformaciones más de fondo en la configuración de la economía mundial que desataron fuerzas poderosas y llevaron a una contención de precios –con los habituales vaivenes hacia arriba y abajo–. Nos referimos a la conformación de las cadenas globales de producción. Estas permitieron a las empresas multinacionales de los países imperialistas aprovechar la fuerza de trabajo de los países pobres y en desarrollo –a cambio de salarios que son una pequeña fracción de los pagados en las economías ricas– para los procesos productivos más intensivos en trabajo. Las firmas redujeron sus costos, lo que se tradujo, en un contexto de competencia internacional intensificada por la apertura comercial creciente y en el marco de continuas reestructuraciones corporativas (a través de fusiones y adquisiciones), en una fuerte disminución de los precios de producción de los precios, al menos de los productos manufactureros (las commodities han atravesado sus propios ciclos, de alzas y bajas por períodos largos pero con tendencias menos claras, a pesar de los aumentos en los rindes que produjo en sectores como la agricultura la aplicación en gran escala de la biotecnología).

Es importante tener en cuenta esta cuestión para ir a las raíces del actual incremento sostenido de precios, que no se puede explicar simplemente como resultado de la emisión monetaria. Aunque quienes después de 2020 vienen advirtiendo que la emisión monetaria en gran escala causaría inflación se sientan reivindicados, la misma advertencia fue realizada erróneamente durante años ante las medidas tomadas después de 2008. A pesar de las zonceras que repiten los libertarianos en base a lecturas mal digeridas de Hayek o Friedman, para explicar el alza de los precios no alcanza el crecimiento de la emisión de dinero (que aumentó cualitativamente durante la pandemia) y la laxitud de las tasas de interés impulsadas por la autoridad monetaria. Al contrario de lo que sostienen las explicaciones convencionales ortodoxas, no existe una relación mecánica entre la variación de los agregados monetarios y los precios, sino que es necesario atender a lo que sucede en el conjunto del circuito de valorización del capital.

Tampoco se trata simplemente de un “exceso de demanda” que empuje al alza de los precios. Como observa el economista marxista Michael Roberts: “la recuperación después de la recesión generada por la pandemia del COVID en las principales economías ha sido vacilante: todas las principales agencias internacionales y consultoras de investigación analítica han reducido su pronóstico de crecimiento económico y producción industrial para 2022”.

Así como las conformación de las cadenas globales de valor aporta determinantes estructurales sobre por qué la inflación pasó al olvido durante un largo período en los países imperialistas, hoy la disrupción de esas cadenas globales de valor resulta una causa fundamental en el alza de los precios que estamos observando desde 2021. Sobre esto, la guerra de Ucrania dio un nuevo golpe devastador. En primer lugar, por el trastorno que causó la guerra en mercados críticos, y que ya venían tensionados, como el del trigo o los aceites, en los que ambos países beligerantes son proveedores importantes. Las sanciones económicas, que apuntaron a congelar el intercambio comercial de Rusia con el resto del mundo (al menos con los países que se avinieron a acompañar esta aplicación del “arma económica”), hicieron el resto golpeando sobre la energía y los combustibles.

El fin de una era en la política monetaria

El retorno de la inflación tomó por sorpresa a los banqueros centrales, que primero la trataron como un fenómeno transitorio y tardaron en ajustar sus políticas. Por décadas, quienes estuvieron al frente de la política monetaria se acostumbraron a mover las tasas de interés y la expansión monetaria de acuerdo a las necesidades del ciclo económico y las inquietudes de los bancos y fondos de inversión, sin preocuparse por el impacto de estas decisiones en el nivel de precios. Desde los años de Alan Greespan (que sucedió a Volcker al frente de la Fed en 1987), el mantenimiento de tasas de interés bajas se convirtió en una herramienta privilegiada para estimular la economía, solo abandonada por breves períodos cuando los banqueros centrales observaban señales de “recalentamiento” de la economía y algún indicio –nunca cumplido– de que los niveles de inflación pudieran aumentar. Pero cada vez más, las decisiones sobre la tasa se tomaban de acuerdo a los niveles de “exuberancia irracional” (Greenspan dixit) que podían generar riesgos sistémicos. El “arte” (con perdón del término) de poner algún freno a las manifestaciones más amenazantes de esta valorización financiera, para en última instancia preservar su perpetuum mobile, terminó dominando en los hechos la política económica desde Greespan hasta Jerome Powell.

La política monetaria, olvidada durante un largo período de los riesgos de una inflación significativa, terminó en los países ricos, y ante todo en EE. UU., supeditada a la preservación de valor de una masa cada vez más gigantesca de capital ficticio (acciones, bonos y otras obligaciones de deuda, derivados cada vez más sofisticados) que prosperó bajo el acicate del dinero barato y se volvió EL riesgo sistémico, con mayúsculas.

Podríamos creer que el estallido de la burbuja inmobiliaria en EE. UU. durante 2007/08, que hizo quebrar a Bearn Stearn, Lehman Brothers, AIG, Fannie Mae y Freddie Mac, y casi se lleva puestos a otros grandes bancos de inversión e instituciones financieras en todo el mundo, sirvió de advertencia para atacar los factores de riesgo más profundos. Pero los cambios impulsados en los años siguientes a la crisis para limitar el entrelazamiento entre banca de inversión y banca comercial, y otras restricciones para la intervención en activos riesgosos, fueron revisados o eliminados desde la llegada de Donald Trump al gobierno. Esto sin embargo es casi anecdótico; lo central es que entre las políticas implementadas para reanimar la economía estadounidense se recurrió a la inyección monetaria en gran escala a través de la compra de activos financieros de largo plazo, lo que contribuyó a estimular nuevamente el valor de los activos que se desinflaban al calor de la crisis. Estas políticas, imitadas también por la UE y Japón, estuvieron en la base de una recuperación bastante duradera, aunque muy desigual en términos sociales, que vivieron estas economías desde 2010 hasta la pandemia (ciclo económico que no se explica solo por factores internos de esas economías sino por el rol de China como mercado e inversor cada vez más importante). Las recetas para salir de la Gran Recesión no hicieron más que multiplicar el problema subyacente del capital ficticio. Particularmente observamos el crecimiento de la deuda (pública y privada, de empresas y personal) hasta niveles exorbitantes. Aunque el sistema financiero se depuró de algunos tipos de derivados especialmente tóxicos asociados a la cobertura de riesgo de la deuda hipotecaria, las fragilidades globales no se redujeron.

Con los precios en alza que se vienen registrando desde la recuperación pospandémica, los bancos centrales ya no pudieron continuar guiándose por estas coordenadas que orientaron la política económica durante las últimas décadas. Estuvieron obligados de enfrentar, al mismo tiempo, el alza inflacionaria y los problemas derivados del endeudamiento, que indican políticas de rumbos contradictorios. El arsenal tradicional para combatir la inflación –basado como ya mencionamos en diagnósticos muy parciales sobre las causas del fenómeno– prescribe aumentos de la tasa de interés y reducción de la cantidad de dinero en circulación. Esto es lo que vienen llevando a cabo la Reserva Federal de EE. UU., el Banco Central de la UE y muchos otros en todo el mundo desde hace más de un año, de manera cada vez más dura. A mediados de junio la Fed elevó la tasa 75 puntos básicos (0,75 anual de aumento en porcentaje), cuando en general los aumentos que anuncia son de 25 o como mucho 50 puntos básicos; se trata del aumento más alto desde 1994. Las minutas de las últimas reuniones de la Fed y el BCE, hechas públicas esta semana, anticipan subas más drásticas de la tasa en los próximos meses, salvo que los precios desaceleren fuerte.

Es a la luz de este cambio en la política económica que debemos leer la montaña rusa que vienen atravesando las bolsas desde comienzos de año, y que a finales de junio entraron otra vez en turbulencia por las últimas subas de tasas. El índice Dow Jones acumula una destrucción de valor accionario de 13 %, y todo indica que está lejos del piso. Las burbujas más infladas, como la de las criptomonedas, estallaron violentamente, y también golpeó a la deuda soberana de algunos países como Sri Lanka. Los “daños colaterales” que el endurecimiento de la política monetaria puede tener se hacen cada vez más riesgosos a medida que el capital ficticio adquiere mayor volumen, y que el apalancamiento de instituciones financieras y desequilibrios en las cuentas de los países son más elevados. Por eso, la situación actual no tiene nada que ver con otras situaciones inflacionarias atravesadas en las economías ricas. La combinación entre masa gigantesca de deuda y otras formas de capital ficticio y alta inflación, hace que el panorama actual muestre una combinación explosiva de factores que empujan a respuestas contradictorias entre sí.

Los bancos centrales entre el fuego cruzado

Si observamos el debate estadounidense, encontramos economistas como Larry Summers que reprochan a la Fed haber actuado demasiado tarde y hecho hasta ahora demasiado poco para combatir la inflación. Si no hay más decisión, advierten, una larga estanflación como la de los años ‘70 podría repetirse. Summers sostiene sin tapujos que hace falta más desempleo para poner coto a la presión inflacionaria, a través del disciplinamiento de la fuerza de trabajo en un momento en que se multiplican las luchas por mejora de las condiciones laborales y por el derecho a la sindicalización en EE. UU. Al contrario de lo que sostiene Summers, Roberts nos recuerda que los salarios vienen corriendo desde atrás en la carrera, mientras que las ganancias capitalistas se elevaron más que los precios.

Hay otros economistas que son más escépticos al respecto de la efectividad de un torniquete monetario más duro que el actual. El ya mencionado Paul Krugman sugiere prevenirse del “sadomonetarismo”, que pueda sobreactuar medidas restrictivas ante el fenómeno inflacionario mucho más allá de lo necesario. En su opinión, los factores subyacentes de la inercia inflacionaria estarían siendo controlados con la respuesta actual, y una vez que dejen de actuar fenómenos más coyunturales o “estacionales” el alza de precios disminuirá a niveles más en línea con la meta de la Fed de 2 % anual. Seguir endureciendo la política monetaria traerá más recesión pero no alterará la dinámica inflacionaria.

En una línea intermedia, Brad de Long señala que existen riesgos de sobreactuar en la política monetaria si la inflación está determinada por factores de poca duración, agravando innecesariamente el frenazo económico que ya casi todos dan por descartado; pero reconoce también que existe el riesgo de actuar demasiado tímidamente ante un proceso inflacionario como en de los años ‘70, para el cual en su opinión sí corresponde actuar rápida y drásticamente. Otros, como Nouriel Roubini, directamente cuestionan la firmeza del actual jefe de la Fed, Jerome Powell, para mantener la línea actual de restricción monetaria cuando se confirmen los pronósticos de recesión. Roubini observaba días atrás:

La mayoría de los analistas de mercado parecen pensar que los bancos centrales mantendrán su postura dura, pero yo no estoy tan seguro. Mi visión es que terminarán aflojando y aceptando la inflación más elevada –seguida de estanflación– una vez que el aterrizaje forzoso se vuelva inminente, porque estarán preocupados por el daño de una recesión y una trampa de deuda, debido a una acumulación excesiva de pasivos privados y públicos después de años de tasas de interés bajas.

El economista evalúa que si interrumpen el giro actual una vez que un aterrizaje forzoso se vuelva factible,

…podemos esperar un aumento persistente de la inflación y un sobrecalentamiento económico (inflación por encima de la meta y por encima del crecimiento potencial) o estanflación (inflación por encima de la meta y una recesión), dependiendo de si predominan los shocks de demanda o los shocks de oferta.

En este contexto, el autor polemiza contra quienes hasta hace poco afirmaban que la Fed podía evitar un ajuste recesivo, y ahora aceptan que el parate económico es una perspectiva más probable pero afirman que será poco profunda y breve. En su evaluación, “esta visión es peligrosamente ingenua”. Con el nivel de deuda actual, “una rápida normalización de la política monetaria y las crecientes tasas de interés harán que muchos hogares, empresas, instituciones financieras y gobiernos zombis altamente endeudados caigan en quiebra o en un incumplimiento de pago”.

En esto se apoya el autor para afirmar que se puede dar “una combinación de la estanflación al estilo de los años 1970 y crisis de deuda al estilo de 2008 –es decir, una crisis de deuda estanflacionaria”. Ante la crisis, “el espacio para una expansión fiscal también será más limitado esta vez. Ya se ha utilizado gran parte de la munición fiscal y las deudas públicas se están tornando insostenibles”. En lo monetario y en términos de gasto público, las herramientas posibles se encuentran mucho más limitadas que después de 2008.

Los eslabones débiles

Este panorama poco tranquilizador vuelve a mostrar como eslabones débiles, como suele ocurrir, a los países dependientes que más recurrieron al endeudamiento en los últimos tiempos. Ya el endurecimiento monetario de 2018, que fue mucho más leve en un contexto donde no primaba la inflación como hoy, arrastró a crisis de deuda a países como Argentina y Turquía. Ahora ya tenemos el caso de Sri Lanka que entró en cesación de pagos. Pero la lista de países amenazados es mucho más extensa, aunque algunos lograron mitigar los riesgos durante los últimos meses gracias a los altos precios de los commodities. Ahí también se encendieron las luces de alarma por estos días, con bajas muy pronunciadas en las cotizaciones como resultado de las tasas de interés en aumento y los temores a una recesión en EE. UU.. El trigo, maíz, soja y otros commodities tienen hoy precios como los de febrero de este año, antes de la guerra que los llevó por las nubes. No sería sorprendente que siguieran bajando. Hace meses que los “mercados emergentes” –en la jerga financiera– sufren la salida de capitales, además de enfrentar mayores tasas de interés para financiar la deuda pública.

La inestabilidad y los shocks disruptivos marcan la situación mundial.

NOTAS AL PIE


[1] Aunque en los países dependientes sometidos a crisis de balanza de pagos recurrentes el fenómeno inflacionario en contextos recesivos estaba ampliamente documentado desde antes.

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Imagen: EFE

Varios ministros dejaron sus cargos y la oposición busca acordar un nuevo gobierno

El presidente Gotabaya Rajapaksa prometió que va a renunciar el próximo miércoles mientras permanece refugiado en un buque militar. Naciones Unidas advirtió de la posibilidad de una grave crisis humanitaria en la nación isleña.

Los manifestantes que exigen la renuncia del presidente de Sri Lanka se negaron el domingo a dejar el palacio presidencial, luego de que irrumpieran el sábado en la residencia obligando al mandatario a huir y anunciar su renuncia esta semana. Los dramáticos acontecimientos de los últimos días son la culminación de una ola de protestas en esta isla, ubicada frente a la costa sur de India y sumida en una crisis económica y política sin precedentes, que los manifestantes atribuyen a la mala gestión del presidente Gotabaya Rajapaksa.

Entre las dimisiones anunciadas del mandatario de Sri Lanka y del primer ministro, Ranil Wickremesinghe, además de las de varios ministros este domingo, la oposición busca tejer alianzas para formar un nuevo gobierno. Naciones Unidas advirtió de la posibilidad de una grave crisis humanitaria mientras que la Unión Europea llamó a garantizar a una transición sin violencia en la nación isleña.

"Nuestra lucha no termina"

La capital de Sri Lanka amaneció este domingo con las calles prácticamente vacías y los comercios cerrados, aunque muchas personas todavía paseaban por la residencia oficial del presidente tras haber pasado la noche. "Me alegré cuando me enteré que el presidente va a dimitir, por eso hemos estado aquí desde hace meses. Ahora estamos jugando a las cartas en su casa", explicó Prabath Sandurwan, de 18 años.

"Nuestra lucha no termina. No abandonaremos hasta que el presidente se vaya de verdad", dijo por su parte el líder estudiantil Lahiru Weerasekara. Cientos de miles de personas permanecen congregadas en Colombo para exigir que Rajapaksa asuma su responsabilidad por la escasez de medicinas, comida y combustible que llevaron a un país relativamente próspero al caos. 

Luego de irrumpir en el palacio presidencial, que data de la era colonial, la multitud recorre desde el sábado las ostentosas habitaciones. Algunos saltaron a la piscina y revisaron el armario y las pertenencias de Rajapaksa. Las fuerzas de seguridad recurrieron al uso de gases lacrimógenos y cargaron contra manifestantes y resultaron también heridos algunos periodistas que cubrían los eventos. Una fuente del Hospital Nacional de Colombo, que pidió el anonimato, afirmó que recibieron a 103 heridos durante las protestas.

Renuncia de varios ministros

El ministro de Promoción de las Inversiones, Dhammika Perera, fue uno de los miembros del gobierno en presentar este domingo su renuncia. "Sri Lanka debería identificar rápidamente e implementar una solución que le permita conseguir la estabilidad económica y resolver las necesidades de la gente de este país", dijo Perera en su carta de dimisión.

Además de Perera, un magnate de los casinos nombrado en el cargo hace apenas 16 días, el ministro de Transportes, Bandula Gunawardene, abandonó formalmente el gobierno. Los ministros de Turismo, Harin Fernanda, y Trabajo Extranjero, Manusha Nanayyakara, anunciaron estar dispuestos a dimitir tras haber pasado de la oposición al gobierno de Rajapaksa formado en mayo tras la caída del anterior debido a las protestas.

El analista político Aruna Kulatunga confirmó la salida de un quinto miembro del Ejecutivo, el ministro de Agricultura Mahinda Amaraweera. Estas salidas del Ejecutivo son más un gesto político, explicó Kulatunga, ya que el primer ministro anunció el sábado su dimisión y al hacerse ésta oficial todo el gabinete quedaría disuelto según la Constitución local.

Los partidos políticos de la oposición de Sri Lanka mantenían reuniones este domingo para acordar un nuevo gobierno. Si Rajapaksa y el primer ministro renuncian antes de que se forme un nuevo Ejecutivo, el presidente del Parlamento, Mahinda Yapa Abeywardena, asumirá el cargo de presidente interino, de acuerdo con la Constitución local.

Incertidumbre y crisis alimentaria

Estados Unidos urgió este domingo a los líderes de Sri Lanka a actuar "rápidamente" para buscar soluciones a largo plazo. El jefe de la diplomacia de Estados Unidos, Antony Blinken, afirmó que el bloqueo de Rusia a los granos producidos en Ucrania debido a la guerra "puede haber contribuido" a la crisis. 

La comunidad internacional insiste en la necesidad de una transición sin violencia para evitar que el país descienda en el caos en plena crisis económica. La Unión Europea pidió este domingo a todas las partes en Sri Lanka que "cooperen y se centren en una transición pacífica, democrática y ordenada" en un comunicado. 

Por su parte la vecina India, que ha proporcionado varios préstamos millonarios al país para paliar la falta de combustibles, afirmó que "está del lado de la gente de Sri Lanka mientras buscan realizar sus aspiraciones de prosperidad y progreso por medios democráticos".

Sri Lanka vive desde hace meses multitudinarias protestas debido al impacto de una de las peores crisis económicas a las que ha tenido que enfrentarse el país desde su independencia en 1948, derivada de la merma de divisas de reservas internacionales y de un gran endeudamiento. La situación es tal que el 70 por ciento de los hogares de Sri Lanka se vio forzado a reducir el consumo de alimentos y uno de cada dos niños necesita algún tipo de asistencia urgente, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

La tensión y el descontento aumentó en la isla a finales de marzo, cuando las autoridades impusieron cortes de luz de más de 13 horas. Desde entonces las protestas pacíficas en todo el país para pedir la dimisión del Ejecutivo de Sri Lanka se volvieron habituales, mientras las autoridades tratan de llegar a un acuerdo de rescate con el FMI, una situación que puede echar aún más leña al fuego.

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Una ilustración muestra unas tuberías de gas sobre las banderas de Rusia y la Unión Europea. — Dado Ruvic / Reuters

Europa se juega su futuro en la batalla del gas con Rusia, que ha amenazado con cortar todo su suministro de este combustible como respuesta a la implicación occidental en la guerra de Ucrania. 

 

Europa depende, para calentar sus hogares y poner en marcha muchas industrias, del gas natural que le suministra Rusia. Y Moscú ya ha reducido los envíos y ha amenazado con cerrar definitivamente el grifo de combustible como respuesta a las sanciones impuestas por la invasión de Ucrania, y al envío de armas occidentales para sostener la resistencia ucraniana.

Solo parece cierta una cosa: en los próximos meses, esquivar el colapso europeo dependerá de facto de la voluntad de Moscú. Y no se espera piedad alguna por parte rusa. La recesión en ciernes y la inflación desencadenada recuerdan ya a la crisis del petróleo de 1973. Pero ahora, con el trasfondo de una contienda armada en el corazón de Europa y un conflicto geoeconómico entre Rusia y Occidente que sobrepasa los límites continentales.

Medidas poco ecológicas para atajar la recesión

Francia ya ha declarado una economía de guerra que permitiría al Gobierno intervenir las centrales de gas. El Parlamento Europeo ha dado su visto bueno para que el gas y energía nuclear sean consideradas "energías verdes". Se están reabriendo por toda la Unión las centrales de carbón, obviando aquí también el compromiso con la lucha contra el cambio climático. Compromiso igualmente ignorado con la compra del gas licuado a Estados Unidos, donde se extrae por medio del fracking, una de las técnicas extractoras que más daños produce al medio ambiente. España es uno de los países que más gas de ese tipo está adquiriendo a Estados Unidos.

Y, por encima de estos esfuerzos de sustitución energética que difícilmente le ganarán el pulso al tiempo, ronda el fantasma de la recesión económica.

La guerra lo ha cambiado todo

La guerra de Ucrania "lo ha cambiado todo" en un momento en que "las cadenas de suministro (con una China confinada ante la covid) están aún interrumpidas a consecuencia de la pandemia", ha reconocido el canciller alemán, Olaf Scholz. El político germano ha sido pesimista: "Esta crisis no va a pasar en unos pocos meses".

La conjunción entre la desmesurada inflación y la desaceleración económica "ya está aquí", ha afirmado el vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), Luis de Guindos. "Estamos viendo que el consumo de las familias en Europa se está resintiendo y a eso hay que sumarle la incertidumbre de la guerra, que está parando muchos proyectos de inversión", ha subrayado el exministro español de Economía. De Guindos ha confirmado los peores temores: el corte del gas ruso podría paralizar la industria germana y sumir a Alemania en una recesión sin parangón que arrastre a toda la Eurozona.

Cierre del grifo ruso

Los países europeos están interconectados energéticamente y un fallo de sistema en uno de sus pilares, como es Alemania, podría desencadenar un efecto dominó en las cadenas de suministro, especialmente en Europa Central y Oriental. La reducción del bombeo de gas y petróleo rusos significará precios muy altos y, por tanto, un desajuste en los hogares que no podrán cubrir los costes. La bancarrota social es una amenaza creíble en Europa en estos momentos.

Rusia ha reducido ya el suministro por el gasoducto Nord Stream 1 hacia Alemania. También ha cerrado la espita del TurkStream con destino a Bulgaria y del Yamal, con dirección a Polonia. Pero la situación podría agravarse en unos días, como ha recordado el ministro de Economía alemán, Robert Habeck. Podría haber "un bloqueo total", ha explicado Habeck, si la compañía estatal rusa Gazprom cumple su palabra de cortar el gas del Nord Stream a partir del 11 de julio para un "mantenimiento rutinario". Alemania "está bajo ataque económico" de Rusia, ha insistido Habeck.

Una recesión imparable

Los datos son claros. Si el corte de energía rusa se produce ya, la economía de Alemania no crecería más allá del 1,9% este año. Y en 2023 se precipitaría y se contraería no menos del 2,2%, con pérdidas acumuladas del PIB de más de 200.000 millones de euros, es decir, más del 6,5% de la producción anual de la economía alemana.

Según el prestigioso banco de inversiones japonés Nomura, que opera en Londres, la economía europea se verá también muy afectada por una eventual caída en la demanda en Estados Unidos, su mayor mercado de exportación. La continuación de la guerra y los alzas en los precios de la energía y los alimentos (debido al bloqueo impuesto a los cereales ucranianos por Rusia) serán un torpedo bajo la línea de flotación de la economía europea.

Las expectativas de Nomura apuntan a que la economía europea se comenzará a contraer en la segunda mitad del año 2022 y que la recesión hará el resto hasta el verano de 2023, con una caída del PIB del 1,7%. Ya en junio la inflación alcanzó en la Eurozona una tasa anual del 8,6%, la más alta desde que se creó este bloque económico en 1999.

Y el gas procedente de Estados Unidos, Noruega o Qatar no llegará a tiempo, a pesar de que, por primera vez en la historia, la Unión Europea haya importado en junio más gas licuado estadounidense que el bombeado por Rusia. Ya sabemos quién sale, pues, beneficiado en esta desoladora coyuntura.

Un escenario apocalíptico

El Banco Central Europeo (BCE) habla de "un escenario casi apocalíptico", con precios del barril de petróleo superiores a los 180 dólares, el doble del precio actual, y con el metro cúbico de gas multiplicado también por tres. Los precios de los alimentos también se dispararían y el riesgo de inestabilidad social sería muy elevado ante un encarecimiento del coste de la vida con muy pocos precedentes en la historia de la Europa contemporánea.

La sustitución del gas por el carbón que ahora parece ponerse en marcha tampoco arreglaría mucho, pues el 46% de ese mineral que se importa en la UE procede de Rusia, con una dependencia del 40% respecto al gas y un 27% del petróleo. Por cierto, según las disposiciones europeas, que de nuevo se dan con esta decisión un tiro en el pie, desde el 10 de agosto no se podrá importar carbón de Rusia, lo que hará inviables algunas de esas centrales.

La dependencia energética de Rusia se extinguirá, al tiempo que crecerá la de Estados Unidos. En el caso de España ya se ha triplicado la importación de gas licuado estadounidense dadas también las dificultades de mantener el ritmo de compra de gas argelino.

¿Y la guerra?

Con estos nubarrones en el horizonte europeo, crecen las dudas sobre la necesidad de que la guerra de Ucrania se alargue mucho más.

La partición de Ucrania ya es un hecho. Evitar unas negociaciones de paz en estos momentos supone dar a Rusia la oportunidad de conquistar más territorio y consolidarse en él. Ciertamente, la capacidad militar de Moscú sufrirá un mayor desgaste si sigue la guerra. Tal desgaste beneficia a Estados Unidos. Le resulta necesaria una Rusia débil que, llegado el momento, no pueda ser una amenaza en un eventual conflicto con China.

El Kremlin, después de asegurarse la toma de las principales ciudades de Lugansk, puede ahora centrar su ofensiva en Donetsk y así concluir la toma de todo el Donbás. Y hay territorios cercanos suficientes como para alargar la guerra durante meses e incluso años. Europa tiembla ante esa posibilidad, que asestaría una puntilla a su economía durante décadas.

Pero el presidente ruso, Vladímir Putin, podría dar un golpe de mano en estos momentos en los que Europa ve las orejas al lobo de la recesión y crece la desconfianza en los pasos del líder de la OTAN, Estados Unidos, el único que parece beneficiarse de este desastre bélico, con sus ventas de gas, petróleo y armas.

Si Putin ofrece un alto el fuego y Europa lo ve como una salida antes de que la debacle económica sea mayor, el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, podría sentirse traicionado por sus amigos europeos, pero el riesgo de tener que prescindir de su ayuda para reconstruir su país y la posibilidad de que se cierren las puertas de ingreso en la UE seguramente le hagan reconsiderar su frustración.

Es posible que Rusia no cumpla un eventual alto el fuego, pero las perspectivas de que continúe la guerra serán temibles sí o sí para todo el mundo. Y quizá en esta ocasión sean los hasta ahora amigos de Zelenski en Europa quienes le convenzan de que puede haber llegado el momento de ser "comprensivos" con el enemigo común.

Por Juan Antonio Sanz

10/07/2022 20:27

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La guerra en Ucrania es el principal factor de desabasto de hidrocarburos en varios países del mundo. En la imagen, un bombero y un civil en las inmediaciones de la recién atacada ciudad de Konstantínovka. Foto Ap

Berlín teme una recesión sin el gas necesario para la industria

 

Berlín. El canciller alemán, Olaf Scholz, advirtió ayer a sus conciudadanos que será necesario adoptar medidas contra la escasez de energía más allá del próximo invierno.

"Estos días nos preocupa la seguridad de nuestro suministro energético. Y así será durante las próximas semanas, meses e incluso años", expresó el jefe de gobierno en un mensaje de video.

Scholz subrayó que el gobierno ha tomado muchas decisiones en corto tiempo para que Alemania esté bien preparada "para la escasez, por ejemplo en lo que respecta al gas".

"Estamos construyendo ductos, terminales de gas natural licuado. Nos aseguramos de que el combustible se almacene en nuestros depósitos. Y nos aseguramos de que las centrales eléctricas de carbón se utilicen ahora para que podamos ahorrar gas", destacó.

El pasado lunes, el canciller advirtió que la población debía alistarse para una larga crisis energética con precios elevados.

El ministro alemán de Economía, Robert Habeck, advirtió que la ciudadanía debe considerar, aunque no suceda, el peor escenario en cuanto al suministro del energético ruso.

"Todo es posible. Puede pasar cualquier cosa. Es posible que el gas vuelva a fluir, incluso más que antes", indicó el político de Los Verdes a la emisora Deutschland-funk en alusión al inminente corte de suministro de gas ruso por razones de mantenimiento en el gasoducto Nordstream 1.

Si este escenario se hace realidad, Habeck pronosticó que se generarán acalorados debates. "También sobre mi ministerio, sobre mi persona", aclaró quien es uno de los políticos más populares en las encuestas. "Esto someterá a Alemania a una prueba que no hemos tenido durante mucho tiempo".

Sin embargo, subrayó que el Ejecutivo actuará para paliar la situación social y precisó que lo hará en el marco de la llamada "acción concertada", un formato de diálogo social en el que el canciller Scholz aborda la crisis junto con sindicatos y empleadores.

Los precios del combustible seguirán siendo altos, alertó el director de la Agencia Federal de Redes de Electricidad, Gas, Telecomunicaciones, Correos y Ferrocarriles, Klaus Müller, en entrevista con la revista de noticias Focus.

Añadió que las consecuencias de la actual escasez de gas aún no han llegado a los consumidores en términos de precios. "Para una familia, esto puede suponer rápidamente una carga adicional de 2 mil 40 a 3 mil 50 dólares al año. A menudo no será posible costear el próximo viaje de vacaciones".

El presidente de la Asociación de Cámaras de Industria y Comercio alemanas, Peter Adrian, alertó también de que el corte del suministro de gas podría provocar una recesión. Adrian no descarta que ante esta situación la producción económica pueda caer incluso 10 por ciento o más durante los meses de invierno (europeo). Por ello, instó al gobierno federal a que levante las restricciones para quelas empresas puedan utilizar alternativas a la energía del gas.

En tanto, la iluminación nocturna de la famosa Puerta de Brandeburgo y otros edificios emblemáticos de Berlín podría reducirse para ahorrar energía, propuso el jefe de la bancada parlamentaria del Partido Liberal en el Parlamento regional berlinés, Sebastian Czaja.

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Sábado, 09 Julio 2022 06:20

Las siete plagas

Buenos Aires, 6 de julio. AFP, LUIS ROBAYO

La economía argentina a tres meses del acuerdo con el FMI

La salida del ministro de Economía argentino vino acompañada de ruidos de fractura en la interna oficialista. Pero esa no es la única ruptura en la que se enmarca la decisión:su renuncia se da en momentos en que el FMI comienza a apretar las clavijas, el país enfrenta una corrida cambiaria y una inflación desbocada.

En la carta de renuncia dirigida al presidente Alberto Fernández, Martín Guzmán formula una defensa de su gestión. Dice allí que «nuestro primer objetivo era tranquilizar la economía». Contra aquellos a quienes no les genera mucho entusiasmo ese concepto, el ahora exministro le otorga un valor supremo a esa «épica» (así la califica). El dardo parece dirigido a los kirchneristas. Cuando se cerró la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI), todos los que defendieron el acuerdo (de Martín Guzmán al presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, entre otros), así como también muchos que no lo defendieron, pero votaron el nuevo endeudamiento en el Congreso (Juntos por el Cambio), e incluso quienes lo criticaron en el último minuto porque creían que un acuerdo mejor era posible, pero no tomaron ninguna medida para evitar que se llevara adelante (los kirchneristas), adscribieron a una tesis: se trataba del mal menor. No acordar era el caos económico.

A solo tres meses de firmado el nuevo acuerdo con el FMI, todas las plagas azotan nuevamente al país. El acuerdo se articuló alrededor de tres objetivos: el primero es la reducción del déficit fiscal basado en la licuación de partidas presupuestarias por la inflación y en la reducción de subsidios energéticos; el segundo es la reducción del financiamiento del déficit a través de la emisión del Banco Central en beneficio de su financiamiento a través del mercado financiero; el tercero es la acumulación de reservas en el Banco Central.

Los tres ejes del programa convergen alrededor de un objetivo superior: juntar dólares para pagar la fraudulenta deuda que dejó el gobierno de Mauricio Macri, tanto con acreedores privados como con el propio FMI (véase «Plata fugada», Brecha, 29-V-20). Pero, a poco de andar, el gobierno enfrenta dificultades en los tres objetivos fundamentales fijados en el acuerdo.

La guerra de Rusia contra Ucrania afectó los precios de la energía y, por ende, la posibilidad de reducir los subsidios energéticos, a pesar de las subas de las tarifas de la energía eléctrica y del gas que se están implementando. Además, el oficialismo, en el laberinto de su interna, no logra ordenar la política energética. Los trascendidos indican que el exministro habría reclamado tener bajo su mando todo el panel de control de la economía, pero el presidente no le habría dado respuesta. En la nota final que Guzmán dirigió a Fernández se trasluce este reclamo: «Considero que será primordial que trabaje en un acuerdo político dentro de la coalición gobernante para que quien me reemplace –que tendrá por delante esta alta responsabilidad– cuente con el manejo centralizado de los instrumentos de política macroeconómica».

A los problemas para reducir los subsidios energéticos se suman otros factores, como desembolsos imprevistos que desordenaron relativamente la ecuación fiscal. Es lo que ocurre con el anuncio de una nueva ronda del ingreso familiar de emergencia, que el gobierno tuvo que activar para hacer control de daños en una situación social muy grave, azotada por la espiral del proceso inflacionario. De este modo, las cuentas públicas empiezan a mostrar desvíos respecto a lo que manda el acuerdo con el FMI.

EL FANTASMA DEL DEFAULT

Como un dominó, el problema fiscal ha creado dificultades en otro objetivo del acuerdo con el FMI: el Ministerio de Economía viene enfrentando problemas para colocar deuda en pesos en el mercado local. Para intentar superar ese inconveniente, Guzmán hizo una ofrenda a los mercados: elevó las tasas de interés.

Aun así, Economía seguía con problemas crecientes para lograr financiamiento. La semana pasada, la cartera que conducía Guzmán logró pasar un test crítico de renovación de deuda, pero al costo de agrandar la bola de nieve de deuda en pesos. Además, la renovación se consiguió gracias a la compra que llevaron adelante organismos públicos. Se trata de una suerte de canje de deuda sui géneris. Los especuladores se sacan de encima los bonos y se van a comprar dólares, en algunos casos para sacarlos del país. Otros test como el de esa semana deberá afrontar todos los meses quien reemplace a Guzmán.

Para evitar que se derrumbe la cotización de los bonos locales en pesos, el Banco Central ha intervenido mediante la compra de un volumen importante de esos títulos, pero al hacerlo ha volcado más pesos a la calle. En este contexto, los mercados especulan con una posible reestructuración de la deuda pública en moneda local y muchos de los pesos que entregó el Banco Central en la adquisición de bonos también fueron a comprar dólares. Otros los absorbió con las llamadas leliq (letra de liquidez del Banco Central), lo que a su vez agranda la deuda del Central.

Los economistas de la oposición de Juntos por el Cambio, en tanto, alientan la idea de una reestructuración: dicen que el endeudamiento en pesos es insostenible. Esta idea toma cuerpo frente a un eventual cambio de gobierno en 2023. Hernán Lacunza, el último ministro de Hacienda de Macri, impuso en su momento un default de la deuda en pesos. ¿Por qué no lo haría de nuevo un gobierno cambiemita? Entre otros factores, esta posible reestructuración de la deuda en pesos que se olfatea en el aire es la que está detrás de la corrida cambiaria en curso, que disparó la cotización de los dólares paralelos, con el blue llegando este lunes a 280 pesos.

Mientras tanto, lo que pide el FMI es que, para el segundo semestre del año, que arrancó el viernes 1, se haga un ajuste más profundo, para corregir las desviaciones ocurridas durante el segundo trimestre. La «flexibilidad» del FMI es no aceptar que se repita lo que pasó en el segundo trimestre. El último documento del staff señala que para alcanzar la meta de este año se «requerirán políticas fiscales más estrictas en la segunda mitad del año»: más precisamente, reclama, que el gasto real disminuya al 7,8 por ciento anual en el segundo semestre. No solo eso. Además, empieza a hablar con voz más alta de reformas estructurales en el ámbito previsional y energético.

La reestructuración de deuda privada que hizo Guzmán en 2020 pateó la mayor parte de los pagos de la deuda en dólares hacia adelante: los vencimientos más duros empiezan en 2025. A priori parecía que este capítulo del endeudamiento no traería problemas hasta entonces. Sin embargo, los grandes fondos de inversión observan que los bonos reestructurados se devalúan al calor de los desequilibrios económicos. Por eso exigen al Fondo vigilar y castigar con más dureza las cuentas de la Argentina.

La interna del Frente de Todos, no hay dudas, afectó la continuidad de Martín Guzmán en el gobierno. Pero reducir a ese factor su renuncia es desconocer los profundos desequilibrios que afectan a la economía argentina, que atraviesa una década de estancamiento y cuya decadencia hay que rastrear hace al menos cuatro décadas atrás. El discípulo del premio nobel Joseph Stiglitz y especialista en reestructuración de deuda se retira del gobierno asediado por los buitres internacionales, los especuladores locales y el FMI.

EL AJUSTE INFLACIONARIO

El último informe del staff del FMI habla de la necesidad de «una gestión salarial prudente para mantener sin cambios la masa salarial del gobierno como porcentaje del PBI», pide que el presupuesto en jubilaciones caiga como porcentaje del PBI y que se reduzcan los subsidios al transporte. El acuerdo original, vale recordar, contempla la suba de tarifas de energía eléctrica y gas.

El acuerdo también comprende el aumento del dólar oficial, que, aunque gradual, mueve todo el esquema de precios hacia arriba. Con el desarrollo de la actual crisis no está descartado un salto cambiario que devalúe más los salarios. Es lo que le sugirió el economista Carlos Melconian, presidente del Banco Nación bajo el gobierno macrista, a Cristina Fernández en la reunión que ambos sostuvieron a fines de junio. Es una política para poner un freno a la actividad económica, pero que también puede disparar más los precios.

Desde que se aprobó el acuerdo con el FMI, la inflación no baja del 5 por ciento mensual: 6,7 por ciento en marzo; 6 por ciento en abril; 5,1 por ciento en mayo. Para junio se anticipa una cifra por encima del 5 por ciento. En este contexto, Guzmán había reestimado por enésima vez la proyección de inflación para este año hasta el 62 por ciento. Es muy probable que se haya quedado corto. Un 5 por ciento anualizado ubica la inflación anual en el 80 por ciento, mientras que un 6 por ciento anualizado la lleva al 101 por ciento.

En tanto, los salarios del sector privado registrado aumentaron 5,6 por ciento, los del sector público, 2,7 por ciento y en el sector informal, un extraño 7,1 por ciento. Cuando se toma el promedio de todos los salarios, el aumento fue del 5 por ciento, por lo cual quedaron por detrás de la inflación de abril, que fue del 6 por ciento. Comparado el poder de compra de abril con el que existía cuando comenzó el gobierno de Fernández (diciembre de 2019), el resultado es el siguiente: en el sector privado, el poder de compra está estancado; en el sector público, retrocedió casi 3 por ciento; en el sector informal, se redujo casi 7 por ciento. A eso hay que agregar el sacudón de entre el 20 y el 30 por ciento (aproximadamente) que Macri les dio a los salarios y que Alberto Fernández había prometido desandar.

LOS DUEÑOS DEL MARCADOR

En los aumentos de precios inciden factores internacionales, como la actual suba de las materias primas. Pero la vía de transmisión de esos aumentos de precios hacia el mercado interno tiene lugar gracias a que el comercio exterior de granos está dominado por un puñado de empresas, mayormente multinacionales, pero también nacionales. Se trata de Cofco-Nidera-Noble (China), Cargill (Estados Unidos), ADM-Toepfer (Estados Unidos), AGD (Argentina), Moreno (Glencore, Suiza), LDC (Francia), ACA (Argentina), Molinos (Argentina).

Estas empresas, fundamentalmente las multinacionales, dominan las cadenas mundiales de valor agroindustriales: establecen pautas financieras, productivas y tecnológicas. En Argentina gozan prácticamente de un oligopolio privado del comercio de granos. La estructura oligopólica (es decir, dominada por unos pocos grandes jugadores) del comercio exterior se repite en la producción. Un par de ejemplos lo ilustran. Según el Centro de Economía Política Argentina, tres cuartas partes de la facturación de los productos de las góndolas es explicada por 20 empresas. Entre 2016 y 2019, tres empresas (Mastellone, Sancor y Danone) explicaron casi el 75 por ciento de la facturación del rubro lácteo. Otras tres empresas (Coca-Cola, ADA y Pepsico) concentran el 85 por ciento de la facturación de bebidas sin alcohol. En aceites, las compañías Molinos Río de la Plata, Molinos Cañuelas y Aceitera General Deheza explicaron el 90 por ciento de la facturación. Otro tanto ocurre con la concentración en las grandes cadenas de supermercados, que son el eslabón final por el que llegan los productos al consumidor.

LOS DUEÑOS DE LOS DÓLARES

El propio comercio exterior de granos está dominado por una decena de empresas. Es conocido, como confirmó el caso Vicentin, que estas empresas subfacturan las exportaciones para eludir el ingreso de dólares al país o que directamente triangulan las operaciones para no solo no entrar los dólares, sino también para eludir el pago de impuestos.

Incluso con todas las maniobras que hacen las empresas importadoras y exportadoras, la escasez de dólares no se explica por ese solo factor. Entre 2000 y 2021, el país acumuló un ingreso neto de 184.000 millones de dólares en el comercio exterior: se trata de la diferencia entre exportaciones e importaciones. Más recientemente, desde 2019, el comercio exterior muestra números positivos muy altos. Aun así, en el país escasean dólares: existe una fabulosa y sistemática fuga de capitales a guaridas fiscales (véanse «Fuga de divisas, una tradición argentina» y «Lógica de clase», Brecha, 15-VI-18 y 29-V-20). Además, hay empresas que simulan pagos de deuda al exterior para sacar dólares baratos del país, dólares que provee el Banco Central. A eso se suma que los pagos de deuda insumen una gran cantidad de divisas y otro tanto ocurre con la remisión de ganancias de las empresas extranjeras que operan en Argentina.

Así como la salida de Guzmán no se puede reducir a la disputa interna en el oficialismo, la escasez de dólares no se puede reducir a maniobras contables, sino que se explica por un saqueo sistemático y estructural del país. Y en ese debate estructural, profundo, nadie se quiere meter.

* Pablo Anino es economista, magíster en Historia Económica y docente de la Universidad de Buenos Aires.

(Publicado originalmente en Ideas de Izquierda. Brecha reproduce fragmentos.)

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Jueves, 07 Julio 2022 06:45

Crónica de una historia anunciada

Crónica de una historia anunciada

Por todas partes se escucha lo mismo. Ya sea en Le Monde, Der Spiegel o The New York Times, el pronóstico es gris y, por lo pronto, pesimista. Sus nombres varían: algunos le llaman recesión; otros –sin rodeos– depresión. En suma y una vez más, lo que se aproxima en 2023 son tiempos difíciles. Aun cuando la economía trata, en principio, de las relaciones entre las cosas, y de la forma en que los seres humanos ingresan en estas relaciones, cada día se asemeja más a las ciencias de la comunicación o, más bien, del conductismo. Imposible separar en ella los problemas que formula del lenguaje en el que se formulan. Y ese lenguaje expresa hoy un duelo anticipado.

Ahora bien, su distintivo actual no reside en su contenido, sino en sus interpretaciones. Una habla de cómo el realismo puede llegar a ser un eficaz método para arrancar de la realidad lo que resta de resignación. Dice así. La pandemia, esto es, el encierro y la detención de las maquinarias de la sociedad, habrían obligado a los estados a emitir cantidades desorbitadas de dinero para mantener los mínimos de la vida social. Una vez reiniciada la normalidad, la gente se volcó a gastar y endeudarse. Por su parte, las cadenas de producción no logran hasta la fecha retomar el ritmo anterior. El resultado ha sido una inflación a punto de alcanzar dos dígitos, aun cuando se solicitan trabajadores por doquier. La guerra de Ucrania llevó al gas y el petróleo a los precios de los años 70, y a los alimentos adonde nunca habían estado. De seguir así, la inflación será incontrolable y la caída también. Ergo: es preciso inducir una recesión. Sólo que hay un argumento nuevo: para detener la espiral es preciso aumentar rápidamente ¡el desempleo! Con 10 por ciento de desempleo súbito, el trauma duraría sólo un año.

Ya nadie lo recuerda, pero en los años 60 del siglo pasado, el argumento era exactamente el opuesto: para salir de la crisis se requiere crear empleo a través de las finanzas públicas. De este keynesianismo se alimentó la época más dorada del capitalismo. ¿En qué momento inducir desempleo se convirtió en una vendimia curativa de un sistema social? Zizek llama a esto, no sin razón, la violencia sistémica del orden, el cual se niega a reconocer que cada vez funciona menos para restaurar el propio orden. Además, declarar al trabajo responsable de la crisis es otra manera de ocultar que sólo se quiere proteger la tasa de utilidades.

Si se separa a China de las estadísticas mundiales, el andamiaje capitalista mundial ha crecido en los últimos 11 años a un ritmo de 1.9 por ciento. Es decir, en términos del crecimiento de la población y de las necesidades actuales, casi nada; o, más bien, nada. En el ínterin, hemos asistido a dos recesiones y una depresión. ¿De qué tamaño será la siguiente? ¿Por qué separar a China? Por la sencilla razón de que es el único caso que ha crecido de manera permanente con la estrategia exactamente opuesta: una política industrial destinada a ampliar las oportunidades de trabajo y orientada, en su mayor parte, al mercado interno.

En el último siglo y medio todo ha cambiado: la tecnología, la educación, la guerra, la comunicación… Sólo una misteriosa cifra se ha mantenido constante e invariable: las ocho horas de la jornada de trabajo. Impresionante, ¿o no? No fue un sindicalista, ni un economista radical, sino Carlos Slim el que sugirió cómo evitar las recesiones de otra manera simple y radical: reducir la jornada de trabajo a tres días a la semana y aumentar la edad de retiro a 75 años ( El País, 21/10/20). Alemania y Francia adoptaron ya (en algunas ramas industriales) la primera parte de la propuesta con bastante éxito. La segunda está en camino. Por el simple motivo de que las expectativas de vida se han alargado en las últimas dos décadas. ¿Qué tendría que pasar para aplicar la propuesta de Slim de manera global? ¿No se han acumulado ya demasiados mártires de Chicago?

Einstein dijo alguna vez que la locura consistía en repetir siempre lo mismo creyendo que se podría llegar a resultados distintos. No sé si los sistemas sociales puedan "enloquecer", pero es evidente que repetir la misma fórmula podría acabar en tragedia.

El gobierno de Morena, y ahora Boric en Chile, que acaba de enviar una propuesta para reformar la ley de impuestos, optaron por aumentar la recaudación para transferir ingresos efectivos a los que menos tienen. Sin duda, una manera de salvar del hambre a muchos. Por cierto, una fórmula que recomienda el mismo Fondo Monetario Internacional. Evidentemente, no basta. Sin una política industrial, esos nuevos consumidores quedarán devorados por la inflación (que siempre equivale a un impuesto informal de Estado). Además, así los países no crecen.

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FMI: no se puede descartar recesión mundial

La directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, dijo que el panorama de la economía mundial se ha “oscurecido significativamente” desde abril y que no puede descartar una posible recesión mundial el próximo año, dados los elevados riesgos.

Kristalina Georgieva sostuvo en entrevista con Reuters que el FMI bajará en las próximas semanas su previsión del crecimiento económico mundial que ahora se encuentra en 3.6 por ciento para 2022, por lo que será la tercera rebaja en este año, y agregó que los economistas de la entidad todavía están ultimando las nuevas cifras.

Se espera que el FMI publique su previsión actualizada para 2022 y 2023 a finales de julio, después de recortar su previsión en casi un punto porcentual en abril.

La economía mundial creció 6.1 por ciento en 2021.

“Las perspectivas desde nuestra última actualización en abril se han ensombrecido significativamente”, dijo la funcionaria, al citar una propagación generalizada de la inflación, un alza sustancial de las tasas de interés, una desaceleración del crecimiento económico de China y la escalada de sanciones relacionadas con la guerra de Rusia en Ucrania.

“Estamos en aguas muy agitadas”, dijo. A la pregunta de si podía descartar una recesión mundial, sostuvo: “El riesgo ha aumentado, así que no podemos descartarlo”.

Los últimos datos económicos mostraron que algunas grandes economías, como las de China y Rusia, se habían contraído en el segundo trimestre, dijo, al señalar que los riesgos son aún mayores en 2023.

“Va a ser un 2022 duro, pero quizá un 2023 aún más duro”, dijo. “Los riesgos de una recesión aumentaron para 2023”.

Los inversores están cada vez más preocupados por los riesgos de recesión, ya que una parte clave de la curva de rendimiento del Tesoro estadunidense se invertía por segundo día consecutivo el miércoles, en lo que ha sido un indicador fiable de que se avecina una recesión.

El presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, dijo el mes pasado que el banco central de Estados Unidos no estaba tratando de provocar una recesión, sino que estaba plenamente comprometido con el control de los precios, incluso si al hacerlo se corre ese riesgo.

Georgieva dijo que un endurecimiento más largo de las condiciones financieras complicaría las perspectivas económicas mundiales, pero añadió que es crucial controlar el aumento de los precios.

El panorama mundial es más variado ahora que hace dos años, ya que los exportadores de energía, incluido Estados Unidos, están en mejor situación, mientras que los importadores tienen dificultades, dijo.

Un crecimiento económico más lento puede ser un “precio necesario a pagar” dada la urgente y apremiante necesidad de restaurar la estabilidad de los precios, remarcó.

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