Imagen de una mujer con las gafas de realidad virtual Oculus Quest 2. — Oculus

El anuncio de la multinacional de Mark Zuckerberg de invertir en Europa para establecer lo que él llama "metaverso" parece un intento de mantener su extraordinario poder sobre los usuarios, mientras vive la peor crisis de reputación tras las últimas revelaciones sobre su modo de actuar irresponsable. Pero ¿qué demonios es un 'metaverso'?

 

Facebook acaba de anunciar que quiere contratar a 10.000 personas de Europa para construir su "metaverso". Se trata de una apuesta de la compañía de Mark Zuckerberg por intentar retener los miles de millones de usuarios mediante una realidad virtual inmersiva llamada de esa forma. Pero al mismo tiempo que anuncia esta inversión (en capital humano altamente cualificado) en el Viejo Continente pide la "colaboración y cooperación de empresas, desarrolladores, creadores y responsables políticos".

La palabra "metaverso" proviene de la ciencia ficción. Neal Stephenson, en su novela 'Snow Crash' (1992), llamaba "metaverso" a un mundo en el que los seres humanos interactuaban entre sí con un alter ego (o "avatar") en un espacio virtual y colectivo, que emula la realidad pero sin sus limitaciones físicas.

El término, tan ficticio que ni siquiera lo recoge la RAE, evoca un mundo generado por una máquina y en el que los participantes, mediante una experiencia inversiva, pueden comunicarse, construir, derruir, comprar, vender, pelearse, matarse, volar… todo de manera virtual; uno interactúa en ese mundo a través de un icono que le representa.

Algunos de los más populares videojuegos online masivos, como Fornite —Epic Games, su desarrollador, busca montar su "metaverso" de mundos virtuales interconectados, como aseguró recientemente su director ejecutivo Tim Sweeney— o World of Warcraft, se asemejan al concepto al tratarse de 'mundos abiertos' que el usuario puede modificar y en el que hay comunicación entre ellos. Second Life, un "metaverso" desarrollado por Linden Lab y lanzado en 2003 como una comunidad virtual aún sigue vivo.

La cuestión es que ahora, con tecnologías y conexiones a internet más potentes, la apuesta es integrar la realidad virtual y la realidad aumentada para hacer una red social lo más "real" —y adictiva— posible.

El futuro de Facebook

El gigante de las redes sociales pasa por una profunda crisis de reputación, especialmente tras las revelaciones de Frances Haugen en las que se infería que Facebook antepone los beneficios económicos al bienestar de los usuarios, algo que el propio Zuckerberg se apresuró a desmentir.

Sin embargo, el declive de un modelo que exige un crecimiento sostenido, unido al 'envejecimiento' de los usuarios (los más jóvenes parece que 'pasan' de Facebook y abrazan TikTok) y a posibles movimientos antimonopolio tanto en EEUU como en Europa, obligan al gigante a mover ficha. De hecho, lleva casi una década rumiando sobre el concepto de red social/realidad virtual, y desde hace pocos meses la idea ha tomado un nuevo impulso.

La compra en 2014 de Oculus VR, el fabricante de un sistema de inmersión en realidad virtual —con unas aparatosas gafas parecidas a las de los esquiadores—, ya indicaba el interés de la compañía por invertir en desarrollar una plataforma potente de realidad virtual que fuese, como ya se dijo hace ocho años, "la plataforma más social que haya existido". Sin ir más lejos, el pasado mes de agosto presentó Horizon Workrooms, un sistema de videoconferencia múltiple virtual que funciona con las gafas Oculus Quest 2.

Ahora, en un comunicado firmado por Nick Clegg, responsable de asuntos globales, y Javier Oliván, director mundial de productos, Facebook busca contratar miles de especialistas de alta cualificación en Europa. Es todo un guiño al Viejo Continente, especialmente ahora que las inminentes regulaciones sobre plataformas digitales y Mercado Único Digital van a tener una especial vigilancia sobre asuntos como la competencia y los monopolios y tendrán una repercusión similar a la que tiene el Reglamento general de Protección de Datos (RGPD).

Facebook remarca en la mencionada nota el "importante papel" del continente "en la configuración de las nuevas reglas de Internet" y asegura que "ninguna empresa será la única propietaria y gestora del metaverso". "Al igual que ocurre en Internet", añade la nota, "su principal característica será la apertura y la interoperabilidad", para lo que afirma que será necesaria la "colaboración y cooperación de empresas, desarrolladores, creadores y responsables políticos".

La compañía propone su gigantesca base de usuarios (2.900 millones de usuarios activos mensuales) con sus relaciones establecidas para liderar este "metaverso", que pretende llegar a todos los dispositivos e integrar divisiones de la compañía enfocadas en productos para comunidades, creadores, comercio y realidad virtual.

Problemas a la vista

Uno de los principales problemas a los que se puede enfrentar la red social es su falta de credibilidad, especialmente entre los responsables políticos informados. "En las nuevas regulaciones debería quedar claro que no se puede permitir que integre el "metaverso" en algo tan adictivo como Facebook", sostiene el abogado especializado Carlos Sánchez Almeida, director jurídico de la Plataforma en Defensa de la Libertad de Expresión (PDLI), "de la misma manera que no se permitió a Microsoft integrar por defecto su navegador Explorer dentro del sistema operativo Windows".

"Facebook está constantemente buscando mecanismos con los que seguir ganando ingentes cantidades de dinero a través de la publicidad, y este es uno de ellos", afirma Manuela Battaglini, experta en ética en sistemas autónomos e inteligentes y directora de Transparent Internet. En declaraciones a Público, Battaglini cree que este movimiento "responde a la cultura de una empresa que tiene por único objetivo ganar dinero y tiene totalmente apartado cuidar el bien común".

"¿Cómo sabemos cuál es su cultura?", se pregunta la experta, y responde: "Observando su producto: vulnera la privacidad de las personas, manipula a través de sus anuncios, perfila a los ciudadanos por su ideología política, pone en grave peligro las democracias del mundo".

Almeida pone el foco en que este "metaverso" propuesto por Facebook "es una experiencia inversiva en una red social ya de por sí adictiva, de modo que puedes estar plantando un paraíso artificial a un niño que quizá no distinga la realidad de la ficción". "De hecho ya pasa en metaversos o mundo abiertos como en World of Warcraft", recuerda.

Otros análisis sobre esta iniciativa, como en Hipertextual, alertan del riesgo de una inmersión en un mundo de consumo y entretenimiento impulsado por el jefe máximo de Facebook, en donde "el sol es de marca registrada" y estemos aún más vigilados.

Por cierto, el propio Stephenson, además de acuñar el nombre "metaverso", "predijo también una infección vírica en ese mundo virtual que podía llegar a matar en la vida real", evoca Almeida medio en broma, aunque ya en serio alerta de que "no se debería permitir que un monopolio como Facebook entre en el terreno de los metaversos".

 

19/10/2021 07:46

Pablo Romero//twitter.com/@pabloromero">@@pabloromero

Martes, 19 Octubre 2021 05:56

América Latina, retrato en negro

América Latina, retrato en negro

"Fui guerrillero en Bolivia y en Nicaragua. Luché con las armas en la mano porque era lo que había que hacer. No quedaba otra alternativa", decía Luis Sepúlveda.

Meses antes de fallecer la causa del coronavirus, el chileno Luis Sepúlveda recordaba sus años de combate: "Fui guerrillero en Bolivia y en Nicaragua. Luché con las armas en la mano porque era lo que había que hacer. No quedaba otra alternativa". Hablaba así durante la grabación de Latin Noir, documental de Andreas Apostolidis que explica la explosión de la novela negra en América Latina en la década de los 70, coincidiendo con la extensión de las dictaduras militares que entonces asolaron el continente.

Como paso previo a su carrera literaria, Sepúlveda ingresaba en 1979 en la Brigada Internacional Simón Bolívar y tomaba parte en la Revolución Sandinista. Mientras tanto, otros compañeros de generación, con el mexicano Paco Ignacio Taibo II a la cabeza, ya estaban sumergidos en las viciosas aguas de ese latin noir publicando historias de detectives. Querían contar aquella América Latina tan convulsa desde lo policial, pero sin intrigas de cuarto cerrado ni misterios de salón, atentos a la premonición nerviosa de sus países. Todos compartirían, andando el tiempo, la poética de Dashiell Hammett, represaliado en la noche del macartismo y piedra inaugural del género: la policía está corrupta y el Estado mata antes de preguntar. Con Pinochet en Chile o Videla en la Argentina, no se trataba de una ficción.

Pasaron cuarenta y cinco años desde que Taibo publicó Días de combate, primera entrega de la serie Belascoarán Shayne. Pero esa región que abarca más de veinte millones de kilómetros cuadrados de superficie, veinte países y unos seiscientos cincuenta millones de habitantes, sigue siendo un territorio interpretable desde un género nacido entre México y la Argentina como un observador privilegiado del rostro multiforme de la violencia, el narcotráfico o la corrupción. Si aquellos autores se empeñaron en llevar a su arroyo la fórmula del noir hammettiano con un análisis en primera línea de la realidad social de su tiempo, no hay duda de que lo consiguieron. Examinaron las raíces menos visibles del delito y le dieron la razón al Balzac que advertía la sombra de un crimen detrás de toda gran fortuna. Así y todo, el devenir social y político de sus países, en la actualidad, con las calles en tensión y la economía herida por la pandemia, insiste en mirarse en el espejo de un thriller en constante actividad. El retrato en negro no muda de color.

América Latina continúa siendo una de las regiones del mundo más violentas para las mujeres. En México, las estimaciones señalan unas 10 asesinadas y 26 desaparecidas al día, datos que las fuentes oficiales de 2020 traducen en 3.752 asesinatos. Lejos de esos números, pero no por eso menos estremecedores, el observatorio Mumalá cifra en 320 los casos de muertes violentas de mujeres durante el pasado año en Argentina. Desde ese escenario de terror escribe Dolores Reyes, autora de Cometierra (Sigilo) y feminista vinculada a los movimientos sociales. "Nací en 1978, en medio de las desapariciones provocadas por la dictadura. Y crecí con esa realidad muy presente, una herida a la que luego se sumaron los feminicidios". Reyes se refiere al drama que alentó su novela, un viaje entre lo criminal y el realismo mágico con ecos de Juan Rulfo. Una vidente del conurbano de Buenos Aires, en ausencia de pesquisas oficiales, come tierra para seguir la pista de mujeres desaparecidas. "Contar una historia que cuestione los orígenes de la violencia, la desigualdad o el funcionamiento de la justicia provoca que, sea o no tu intención, acabes pisando el territorio de la novela negra", explica la escritora.

Reyes se implicó a fondo en la lucha por la legalización del aborto en el país, que llegaría en diciembre de 2020, en plena pandemia, tras arrastrar las movilizaciones sociales más importantes de su historia reciente. Argentina se unía así a Uruguay, Cuba o Ciudad de México, cuyas legislaciones reconocen el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, ejemplos bien diferentes a los de Nicaragua, Honduras o El Salvador, con leyes prohibicionistas. En esos pañuelazos participó también Claudia Piñeiro, con una larga trayectoria narrativa y habitual en las marchas, que acaban de celebrar su sexto aniversario. El aborto y la moral religiosa, pasados por el tamiz del policial, conforman el núcleo de Catedrales (Alfaguara), novela con la que la autora de origen gallego ganó el premio Hammett de la Semana Negra de Gijón. Presentada con el habitual pulso narrativo de la casa, recupera la investigación de la muerte de una joven de clase media cuyo cuerpo aparece desguazado en un predio al sur de Buenos Aires. El peso de la familia atraviesa sus páginas. Y, al igual que Cometierra, vuelve a la cuestión de las mujeres sin voz, escondidas bajo el silencio impuesto por el patriarcado. Reyes, que celebra la conexión con Piñeiro, advierte: "No podemos bajar la guardia. Vendrán oleadas conservadoras que pretenderán disciplinar de nuevo nuestros cuerpos. Pero ahí estaremos otra vez las mujeres». Cada dos horas y media, América Latina registra un feminicidio.

Los mexicanos acudieron a votar en junio pasado tras una campaña que dejó una cosecha roja de noventa políticos asesinados y cientos de agresiones contra cargos públicos. Los resultados dibujaron una frontera interna en la capital del país: los barrios del este votaron en bloque por Morena, el partido del presidente López Obrador, y los del oeste, por la coalición de los grandes partidos tradicionales. Sobre el mapa, en las redes se bromeó con esa especie de muro redivivo de Berlín, línea divisoria que separa las zonas más acomodadas de aquellas con escasos ingresos o directamente pobres. No se trata de una casualidad. Abriendo el foco, América Latina es la región más desigual del mundo y la pandemia empeoró las diferencias. A principios de 2020 se contaban 76 ciudadanos con un patrimonio superior a los mil millones de dólares. Ahora, a pesar de la crisis, a mediados de este 2021, superan ya el centenar. Mientras unos pocos se enriquecen, el PIB se contrajo un 7,7% en la zona por efecto del coronavirus. La pobreza afecta a uno de cada tres habitantes, dicen los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

El mexicano Iván Farías, que acaba de publicar en España Un plan perfecto (Real Noir), señala la fecha de inicio del imparable ascenso de la desigualdad en su país: "Aquí comienza a agravarse desde que en 1994 entra en vigor el tratado de libre comercio con los EUA y Canadá, que supone que muchas empresas mexicanas terminen en manos de multinacionales». En apenas cinco años, la pobreza creció hasta el 28%, mientras empresarios como Carlos lim, quizás la persona más rica del mundo, se beneficiaban de la desregulación del mercado de trabajo. Ese paño de fondo está presente en la cáustica amoralidad de su novela, poblada de personajes consumidos por la avaricia que buscan aumentar sus posesiones materiales al precio que sea. No obstante, el protagonista es un ladrón con un código moral que evita el empleo de la violencia. "No solo del narco vive la novela negra en México", apuntan en la editora. Pero al otro lado de su presencia habitual en la ficción −en Netflix ya se puede ver Somos, basada en la masacre de Allende, perpetrada hace una década por Los Zetas−, los cárteles se nutren cada día de los elevados niveles de pobreza en el país.

Por el camino, su samaritanismo de Instagram deja alguna estampa disparatada: la hija del Chapo Guzmán, en los peores días de la pandemia, se dedicó a repartir cajas de alimentos con la imagen impresa de su padre. Farías mira más allá del río Bravo, desbordado cada año con millares de migrantes centroamericanos, para explicar la cronificación de una trama sin fin: "La violencia y las diferencias económicas son compartidas con los Estados Unidos, sólo que ellos tienen mejor prensa. Pero es suficiente con leer a Dennis Lehane, a George Pelecanos o a Richard Price. Ahí está la cantidad de gente que vive sin techo o en los coches, los millones de armas, los lugares donde no existe el Estado. Mientras sigan siendo un país neoliberal y corrupto, los mexicanos seguiremos arrastrados por eso».

En Chile, las protestas de finales de 2019, iniciadas con las manifestaciones de estudiantes, descontentos por el aumento de los precios del transporte público, acabaron con la convocatoria de un plebiscito para cambiar la constitución de Pinochet. Una esperanza en marcha, pero a cambio de muertos, orturados y alta tensión social. La indignación se trasladó a Colombia, donde una dura reforma fiscal agitó los ánimos a finales de abril. El presidente Iván Duque ordenó el despliegue de cuatro mil miembros del ejército en Cali para frenar el incendio en las calles. Una partitura semejante a lo que vimos en Chile cuando Sebastián Piñera declaró al país "en guerra" y echó mano de diez mil uniformados para encarar el conflicto. Argumentos todos de este siglo, pero no muy distintos a los que incorporó a sus obras a vieja guardia del latin noir. El último punto de giro podemos buscarlo en Nicaragua: Daniel Ortega deteniendo políticos de la oposición, incluidos antiguos guerrilleros que liberaron el país de la dictadura en 1979, ante el miedo a perder las próximas presidenciales de noviembre.

El contexto parecería propicio para una novela de Leonardo Sciascia o Jean-Patrick Manchette, líder espiritual del neo-polar francés de los 70. Pero, en opinión del guatemalteco Francisco Alejandro Méndez Castañeda, para un análisis eficaz no hace falta que la conciencia sea la única musa del escritor. El reflejo de un escenario tan turbio habla por sí mismo. "Nada mejor que la novela criminal para describir las consecuencias de la crisis capitalista y el auge de los populismos, pero no es estrictamente necesario que los investigadores sean, pongamos por caso, de inspiración marxista. Es suficiente con presentar una pesquisa que siempre nos acabará trasladando a un sistema corrupto".

Coinciden entre las últimas novedades que llegan del otro lado del charco Y líbranos del mal (Seix Barral), del peruano Santiago Roncagliolo, o Perro muerto (Alrevés), del chileno Boris Quercia. Méndez Castañeda, premio nacional de literatura en Guatemala, viene de editar en México Si dios me quita la vida, nueva entrega del comisario Pérez Chanán, aún inédito en España. Señala un trazo distintivo del policial latinoamericano respecto al de estas latitudes: "Diría que el cinismo, el humor negro, la manera en que abordamos la muerte. La realidad de nuestros países es tan irracional que hasta se puede arrancar una carcajada de los interrogatorios más salvajes de la policía. Pensemos en Agosto, del brasileño Rubem Fonseca, o en algunas novelas del cubano Leonardo Padura». Antes bien, la revisión de algunos datos en frío, al otro lado de la literatura, no provoca risa. En Venezuela, líder de la región en homicidios, fallecieron cerca de doce mil personas el año pasado por muerte violenta. La paradoja es que los números descendieron a la mitad respecto a 2018. Una explicación la encontramos en la depresión económica. La delincuencia también emigra.

El recurso al lawfare −empleo de la justicia para la persecución política− está a la orden del día en la región, abundante en thrillers jurídicos. En Brasil, millones de ciudadanos votaron en 2018 a Bolsonaro pensando que Lula de la Silva era un delincuente. Una campaña por tierra, mar y aire lo llevó a la cárcel y lo inhabilitó para presentarse a unos comicios que lo daban ganador. Los tribunales han anulado la condena, reconociendo que no fue juzgado con imparcialidad. En Bolivia, una ofensiva jurídica similar acabó con Evo Morales, en el exilio desde finales del 2019, hasta que un año después el país recuperó la democracia con la victoria de Luis Arce. Hoy las comedias trumpistas amenazan la democracia en Perú.

El resultado de las recientes elecciones mostraron que el maestro rural Pedro Castillo ganó por una margen de unos 44.000 votos, pero Keiko Fujimori se empeñó en no aceptar la derrota argumentando, siempre sin pruebas, que existió fraude. Sigue impulsando un movimiento en el tablero que tiene traza de intento de golpe de estado, con el objetivo de deslegitimar la victoria de su rival y propiciar una intervención del ejército. La última reaparición de un personaje tan siniestro como Vladimiro Montesinos, exasesor presidencial, haciendo llamadas telefónicas desde la cárcel para alterar los resultados, confirma una nueva pata en la estrategia desestabilizadora.

Cesar Alcázar, editor del sello Safra Vermelha y organizador del festival Puerto Alegre Noir, el mayor evento literario del género en el Brasil, describe la contaminación que está dejando el discurso bolsonarista en la esfera pública: "Su llegada provocó un retroceso abismal en el debate político. Ahora ya no hay ideas ni propuestas, solo triunfan las provocaciones y las reyertas en las redes sociales, las noticias falsas, las constantes teorías de la conspiración". Fue allí, en Puerto Alegre, donde el prefeito −a autoridad municipal− llegó a aparecer en un vídeo pidiéndoles a los vecinos que dieran su vida para salvar la economía. "Se respira un fuerte rechazo contra los intelectuales, mucha hostilidad contra los trabajadores de la cultura.

Hay un continuo negación de la ciencia», apunta Alcázar. Pero a mediados de junio, centenares de brasileños asistieron a las numerosas manifestaciones que tuvieron lugar en varios estados para exigir la renuncia del presidente, acusándolo de dar prioridad a la Copa América frente a la tragedia humanitaria que siguió a la pésima gestión de la pandemia. Las marchas se desarrollaron en cuatrocientas ciudades, el doble que en las movilizaciones celebradas en mayo. Y aunque se prefiere no cantar victoria, comienzan a viralizarse con más intensidad las causas del sector progresista. Durante las protestas, los análisis indicaron que Bolsonaro perdió el combate en las redes ante el impulso de Lula, vencedor en contenido positivo y capacidad de movilización. En 2021 no habrá Puerto Alegre Noir, pero Alcázar espera recuperarlo el año que viene. No recomiendan la lectura de Entierre a sus muertos (Companhia de las Letras), de Ana Paula Maia, para tener un retrato perfecto de la actual atmósfera del país. Y pronuncia una palabra que no se apaga nunca: "Esperanza". A pesar de que el retrato de este viaje insista en el negro.

19/10/2021 07:47

Publicado enInternacional
María Ressa, Justo después de ganar el premio Nobel de la Paz 2021. Mark R. Cristino. EPA/EFE

La célebre periodista filipina, azote del régimen de Rodrigo Duterte —el llamado 'Trump asiático'—, brinda una lección de humildad en una larga entrevista en la que sostiene que ser periodista hoy requiere mucho valor y mucha empatía.

La co-ganadora del Premio Nobel de la Paz de 2021—la única mujer en esta edición— tiene una voz clara y amable. Maria Ressa (Manila, 1963), abrumada por la repercusión de su premio, busca un hueco en su imposible agenda para hablar sobre la importancia de un periodismo libre y valiente. Para ella, "el trabajo de ser periodista, de decir la verdad al poder, de exigir responsabilidades, se ha vuelto no sólo más difícil, sino mucho más peligroso".

El Nobel es el último de una interminable lista de galardones internacionales para esta periodista, de aspecto frágil y sonrisa generosa, que estudió biología molecular en la Universidad de Princeton en los años 80. Su incansable labor de denuncia de las violaciones de derechos humanos, tanto en Filipinas como en gran parte de Asia, la ha convertido en el azote del Gobierno de Rodrigo Duterte (el llamado 'Trump filipino'), un régimen cuasi dictatorial en el que cualquiera puede ser acusado de terrorismo si protesta contra el Gobierno bajo el paraguas de la sangrienta 'guerra contra las drogas'.

La periodista tiene abiertos seis procesos judiciales contra ella simplemente por hacer su trabajo — "mi libertad está en juego", afirma tranquila, "podría ir a la cárcel el resto de mi vida"— y, de momento, no puede salir de su país, cuyo Gobierno ha sido acusado por crímenes de lesa humanidad ante la corte penal internacional de La Haya; la ONU tiene comprobados al menos 248 asesinatos de defensores de derechos humanos, juristas, sindicalistas y periodistas.

En una larga conversación con Público a través de videollamada, Ressa habla en primer lugar de las redes sociales como un instrumento de dominación y represión por la cantidad de datos a los que los gobiernos pueden acceder, y por su poder para distribuir información sesgada basada en sus propios algoritmos. También por el ciberacoso —que ella misma sufre— que termina degenerando en violencia física.

Además, son un campo abonado para la desinformación; para una periodista como Ressa, para quien los hechos son sagrados, no hay otra formula contra la desinformación que seguir haciendo periodismo. En uno de sus libros más conocidos, 'From Bin Laden to Facebook' (2012), hace una década Ressa ya relacionaba el auge del terrorismo internacional con la difusión (intoxicación) de los mensajes a través de las redes sociales.

También cuenta por qué tuvo que fundar su propio medio, Rappler, un bastión de independencia informativa frente a los grandes poderes económicos y políticos. El propio Duterte ha llegado a calificar a ese influyente medio de "sucursal de noticias falsas". Convertida en un símbolo de libertad de expresión y defensa de los débiles frente a las atrocidades de los gobiernos y las multinacionales, ella se ve a sí misma, por encima de todo, como una periodista más.

¿Qué significa para usted haber ganado el Nobel de la Paz?

Creo que es un reconocimiento apropiado para el tiempo en que vivimos. La última vez que un periodista ganó esto fue hace 85, 86 años, y languideció en un campo de concentración nazi. Creo que hay una señal. Hay algo que está mal. Hoy en día, el trabajo de ser periodista, de decir la verdad al poder, de exigir responsabilidades, se ha vuelto no sólo más difícil, sino mucho más peligroso. Yo misma podría ir a la cárcel por el resto de mi vida. Cuando era una joven periodista, jamás pensé que llegaría a esto.

Llevo haciendo periodismo 35 años, y es impactante mirar hacia atrás y recordar lo que por lo que hemos tenido que pasar en los últimos cinco años. Pero es que la cita de Nietzsche siempre es verdad: lo que no te mata te hace más fuerte. Creo que eso es lo que exigen estos tiempos. Y por eso creo que el Nobel es una inyección tremenda de energía y adrenalina para los periodistas filipinos.

También para los periodistas en todo el mundo, ¿no?

Sí, claro. Para mí, el mayor cambio que hemos experimentado en nuestra labor como periodistas ha sido cómo la tecnología quitó a las organizaciones de noticias el poder de distribución, cómo arrebató el poder de los medios de proteger la esfera pública y abdicó de toda responsabilidad. Todo lo que podemos hacer como periodistas es seguir haciendo nuestro trabajo, pero estamos compitiendo en un campo de juego desigual, donde los algoritmos de distribución están en realidad sesgados contra los hechos.

Además, existe ese tipo de manipulación insidiosa de las emociones de las personas que reciben las noticias, lo que hace que sea significativamente más difícil tener un discurso público. De hecho, se hace imposible.

En 35 años de periodismo siempre frente a los poderosos, ¿qué precio ha tenido que pagar por ello?

[Se rie] ¡Ya tengo canas! En realidad no me hago ese tipo de preguntas porque es difícil de responder, porque la única alternativa es perder las ganas de hacer tu trabajo. Sin embargo, mientras la administración de Duterte me ataca, yo sé por qué hago lo que hago. De hecho, yo he escrito las normas y manuales de ética de algunas organizaciones de noticias. Sabía dónde me metía y conocía la misión. Creamos Rappler precisamente para ser independientes de cualquier tipo de presión comercial o política.

Los cuatro cofundadores habíamos trabajado antes en grandes grupos de noticias y nos dimos cuenta de que si no tienes independencia económica, no tienes poder. Cada organización de noticias debe encontrar un modelo de negocio sostenible. Y esto me lleva a otro argumento: creo que las organizaciones de noticias deberían estar dirigidas por periodistas, buenos periodistas que sepan de negocios o que sepan cómo construir modelos de negocio alternativos. Porque entonces ya sabes las líneas que no puedes cruzar.

Otra cosa que hace de Rappler diferente es que fue creado por gente mayor, veterana; yo dirigía la mayor organización de noticias de Filipinas. Y aunque yo sabía que la tecnología estaba poniendo todo patas arriba, es complicado darle la vuelta a un Titanic, a un medio tradicional. Sin ánimo de ofender a mis antiguos empleadores [se ríe], tienen un problema bien gordo.

Como usted sabrá quizá mejor que nadie, estamos rodeados de noticias falsas y desinformación. ¿Existe la posibilidad de que ganemos esa guerra informativa?

Por supuesto que sí. Por eso, de las 24 horas que tiene un día, intento cómo hacer para poder invertir un 20% de mi tiempo en algo que me reporte el 80% de los resultados. En Rappler tenemos tres pilares fundamentales: tecnología, periodismo y comunidad.

Me preocupa que las plataformas tecnológicas en las que estamos todos nos estén entrenando a todos también. Me refiero a la muerte de la democracia por miles de pequeños ataques. Los algoritmos de las plataformas están sacando nuestro peor yo, y lo está haciendo por dinero, para obtener beneficios. En este sentido, cuando vi a la última denunciante de Facebook, Francis Hogan, cómo explicaba [las manipulaciones de esta red social] en el Senado de EEUU la semana pasada, me reafirmé en que merece la pena sobrepasar este virus de mentiras que se ha desatado en nuestro ecosistema de información.

La distribución algorítmica actual nos está cambiando como personas a peor. Nos está dividiendo. Y esas grietas están siendo explotadas por el juego de poder geopolítico. Así que estamos siendo insidiosamente manipulados.

Por eso considero la tecnología como algo vital: en 2022 tendremos elecciones presidenciales, y hay que tener en cuenta que en Filipinas, Facebook es sinónimo de internet [hay 47 millones de cuentas activas, casi la mitad de la población del país]. Y esta es la razón por la que he estado trabajando la mayor parte de los últimos dos años con grupos internacionales como Real Facebook Oversight Board y Forum on Information and Democracy. He copresidido un grupo de trabajo para proponer doce soluciones sistémicas lo que llamamos la infodemia y 250 tácticas. Ya no estamos en el momento de hablar del tema, sino de actuar: tiene que haber una regulación.

También es importante para mí trabajar con las plataformas para mostrarles el impacto de las decisiones algorítmicas que están haciendo: apelo a su propio interés cuando les muestro que el dinero que ganan no puede ser a costa de destruir una democracia o de enviarme a mí a la cárcel. Porque este es otro punto muy importante: las plataformas sociales han creado un entorno que permite a las autoridades silenciar a los periodistas de una forma más eficaz.

Los medios sociales son como un fertilizante para campos de exterminio. Y por eso estamos construyendo nuestra propia tecnología. Al fin y al cabo, la democracia no es nada si no existen razonamientos basado en hechos y pruebas: las discusiones, los debates políticos, tienen que tener eso. Y esos insultos de jardín de infancia que fomentan las plataformas de medios sociales nos lleva al sinsentido. Me pone mala.

De modo que es necesario cambiar los algoritmos, porque a través de ellos ganan dinero a costa de nuestra democracia y de nuestra gente. Puedes hacerlo tú mismo. Y las plataformas pueden hacerlo. Después de las elecciones presidenciales de Estados Unidos sabemos que pueden fomentar y dar más visibilidad a las noticias basadas en hechos. Pueden hacerlo. Ganan menos dinero, pero protegen al público.

¿Qué más se puede hacer?

Tenemos que ayudar a las organizaciones de noticias independientes a sobrevivir a este periodo. El modelo de negocio del periodismo está muerto: la publicidad se ha marchado hacia las mismas plataformas que están matando los hechos. Por esta razón dije sí a copresidir el Fondo Internacional para los Medios de Interés Público (IFPIM) junto con el ex director general de The New York Times Mark Thompson.

¡Yo ya estaba haciendo esto antes de que mi mundo se pusiera patas arriba con el Premio Nobel! Ojalá logremos recaudar 1.000 millones de dólares al año para organizaciones de noticias en las que los periodistas corren enormes riesgos por decir la verdad sobre el poder.

Y, por último, es imprescindible para los medios generar comunidad. Nosotros exponemos información independiente y denunciamos la insidiosa manipulación que se hace a nuestro pueblo. En 2011, cuando aún no había salido Rappler, ya estábamos construyendo comunidad.

Antes, tras pasar tantos años con la CNN, ya me había dado cuenta de que era una mera observadora; entraba y salía rápidamente de muchos de los países que cubría. Pero es que yo quería construir algo. Creo que una democracia se compone esencialmente de la sociedad civil, de las ONG, de los ciudadanos que se preocupan, que conocen los hechos y presionan para actuar. Así que esa fue la razón por la que lanzamos Rappler, también creo que esto funciona en una dinámica global.

La labor fundamental es presionar en EEUU, porque las plataformas de redes sociales más extendidas son de allí. Nosotros tenemos elecciones en Filipinas en 2022. ¡Por favor, hagan algo desde ya!

Usted ha investigado el poder de las redes sociales y su libro 'From Bin Laden To Facebook' lo dice casi todo con el título. ¿Qué es más peligroso, enfrentarse a los poderosos cara a cara o enfrentarse a las multinacionales que se están lucrando con estos mensajes de odio?

Creo que ambas cosas son difíciles de diferentes maneras. Una lo sabe cuando dices la verdad al poder, cuando exiges respuestas. A partir de ahí te encuentras con un problema de seguridad: en Rappler hemos tenido que aumentarla ya seis veces desde 2016. La violencia online se convierte en violencia en el mundo real. Fue parte de lo que que vimos, por ejemplo, en la 'convocatoria' para llevar a cabo el atentado de Christchurch (Nueva Zelanda). Hemos podido verlo desde el 11-S. Así que tenido que aumentar la seguridad; mi libertad está en riesgo. Encima, ahora mismo no puedo viajar fuera de Filipinas. Es una locura.

Hay días en los que me digo ¿qué estoy haciendo? ¿Por qué estoy haciendo esto? Y luego me siento y me tomo una copa con los amigos y simplemente dices: "Bueno, es lo que hay". Yo soy quien soy. Creo que llegamos maduros a un momento difícil para el periodismo, pero es un buen momento porque determinaremos en qué se convertirá.

Parece que es un precio extra que ha pagado…

Siempre digo que parece que estamos corriendo una carrera de relevos, cada generación pasa el testigo a la siguiente. Y resulta que me he convertido en una nueva líder en mi país, en un momento en el que me han pasado el testigo. Y siento que en lugar de correr por una pista lisa ésta está llena de clavos. Pero tienes que seguir para poder pasar el testigo a la siguiente persona.

Y después de todo lo que le están haciendo por defender la libertad de expresión y la verdad, los hechos, frente a la propaganda y las presiones, con todo un régimen en contra… ¿cómo lo hace para seguir?

Me lo han preguntado varias veces antes y he estado pensando en que creo que lo primero está en tu mente, en cómo defines lo que tienes que hacer. Y estuve meditando sobre el tema especialmente cuando me preguntaron en Filipinas por qué el gobierno tardó tanto en felicitarme [Maria Ressa es la primera mujer filipina en recibir un Nobel; el Gobierno de su país tardó cuatro días en felicitarla], algo tan simple que para mí es duro.

Estoy pensando que lo difícil es no definirme como periodista; una no se define en oposición a una persona o a un gobierno. Cuentas las historias, cuentas los hechos, y cuando violan tus derechos pues también lo cuentas. Pero, en general, ha habido violaciones sistemáticas de la Constitución [filipina], puedo probarlo y lo cuento. Al final no siento que lo que me está pasando sea algo personal, sino que resulta que soy el símbolo al que querían golpear. Sí, es cierto. Así que es extraño, recibo tanto lo mejor como lo peor.

La razón por la que el Comité del Nobel premia ahora a los periodistas es por los cambios en el mundo y lo peligroso que es para el oficio. Y la razón por la que nos eligieron a Dmitri [Muratov, director de Novaja Gazeta y defensor de las libertades en Rusia] y a mí es porque somos un símbolo de todos los periodistas que, como nosotros, simplemente hacemos nuestro trabajo. Por eso yo no me defino como una oposición frente a nada, yo defino la misión y ésta se ha vuelto más difícil. Tengo mis valores que me hacen mantener la línea de acción porque sé que si no lo hiciera, no sería yo. Así es como he construido mi identidad: soy periodista.

¿Cómo se construye un personaje como Rodrigo Duterte? O como como Teddy Lux Jr. [el controvertido ministro filipino de Exteriores] y ese tipo de gente similar a Donald Trump ¿Cuáles son los hechos que has visto para que un hombre así se convierta en presidente?

Pienso en Trump y Duterte y me sale la imagen un hombre machista, como mínimo sexista o, peor, misógino. Tienen un ego tal que toman el poder de forma muy paternalista. No se preocupan por cumplir con las leyes sino que se preocupan porque tú cumplas sus leyes. En este caso es muy sencillo verlo: Duterte siempre ha estado en el poder. Su familia y él mismo han gobernado la ciudad de Davao [la tercera ciudad más poblada de Filipinas] desde 1988.

Es casi como un clan político, muy feudal. Es un sistema feudalista impulsado por la propaganda. Y esa es parte de la razón por la que se comporta de esta manera. Gobernó la ciudad de Davao a través de la televisión y la radio; cada semana tenía un programa de radio y televisión, en donde abordaba los problemas más o menos la forma en que está tratando de hacerlo ahora, pero en todo el país. Lo que pasa es que se ha dado cuenta de que una nación de 110 millones de personas es mucho más compleja que una ciudad de un millón de habitantes.

Así, por ejemplo, una de las prácticas que se ha llevado de Davao a Manila es el concepto de 'sustitución'. La semana pasada tuvo lugar la presentación de las candidaturas para las presidenciales de 2022. Antes de Duterte, era cuando se formaban las agrupaciones y comenzaba la campaña informal. Ahora, se aprovecha de una laguna legal para poder cambiar candidatos hasta el 15 de noviembre.

Se basan en un tecnicismos legales y explotan las grietas del sistema, como cuando Duterte fulminó a la presidenta del Tribunal Supremo porque no le gustaba: la amenazó y se deshizo de ella, de la misma manera que yo me estoy enfrentando con él. ¡A mí me han condenado por cibercalumnia por una historia que se publicó antes de que existiera la ley que supuestamente violé!

Las plataformas sociales permitieron su ascenso, el mensaje de que él y su partido político nos salvarían. Los medios de comunicación social fueron fundamentales para su victoria. Y los medios de comunicación social —Facebook, especialmente— facilitaban datos de 'engadgement' a Duterte, la compañía incluso mandó a Filipinas a Katie Harbath, la entonces responsable mundial de políticas públicas de la red socal. Y líderes como él, que proclaman "ellos contra nosotros", utilizan las redes sociales para propagar la violencia y el miedo.

A ello hay que sumar una desilusión general con la clase política, con las élites. Lo estamos viendo en todo el mundo. Durante la pandemia, la tendencia global es que los ricos son más ricos y los pobres, más pobres. Y esto, en lugar de desencadenar una crisis hacia un cambio, parece un goteo de malas noticias que llegan demasiado lentamente. Todo lo anterior unido creo que forma la tormenta perfecta para el surgimiento de estos líderes, hombres fuertes, al igual que en 1938, 1939... Es decir, son elegidos democráticamente y luego, una vez que están en el poder, lo aumentan y lo acaparan desde dentro. Yo o veo así.

Y todo esto pasa delante de nuestras narices

Y tú vives en un país que también está yendo hacia allá, ¿verdad? [se ríe]

Hace un rato, gracias a un tuit de una compañera de profesión, me enteré que en esta edición de los Nobel sólo hay una mujer premiada —usted—, los demás son hombres; de hecho, hay más hombres llamados David (cuatro) que mujeres. Quizá sin entrar en tópicos, y siendo una mujer poderosa a influyente, ¿cree adecuado hacer un llamamiento mundial para evitar este tipo de desigualdades?

Lo único que puedo señalar es que las mujeres reciben, al menos, diez veces más ataques que los hombres en Filipinas, porque éste es un ecosistema que podemos mapear. Y hemos hecho algunos estudios de género que muestran eso. Y aunque estos datos tienen ya unos años, hace poco más del 70% de los empleadores, si tienen que elegir entre un hombre y una mujer con la misma calificación, elegirá al hombre. Creo que ha de darse un cambio cultural. Supongo que como el cambio climático, como la diversidad de género, como la lucha de la comunidad LGTBI.

Creo que gracias a la tecnología hemos dado dos pasos adelante, pero como las plataformas de los medios sociales también permiten todo tipo de misoginia y sexismo, es como si todo el mundo sacase de sí mismo también su peor yo. Inevitablemente pienso en las minorías, las personas que no tienen una voz más fuerte, se vuelven aún más vulnerables. O asiáticos. Me alegra tanto que saques este tema, porque tú eres un hombre blanco europeo.

Para finalizar, quisiera pedirle un consejo a los lectores, especialmente a jóvenes que quieren contar una historia y que quieren hacer periodismo. ¿Cuál es la regla número uno para usted?

Creo que voy a dar dos. Una es lo que busco en un periodista para contratarle. El otro viene de cuando soy yo quien hace el reportaje.

La primera es cada vez más importante, quizá, sobre todo a medida que me hago mayor. El rasgo necesario para un buen periodista es el valor. Eso es increíblemente importante. Pero no para ir a dar puñetazos: de hecho, yo no ejerzo ese tipo de periodismo. de hecho, no creo que el periodismo tenga que ver con el “te pillé” tanto como con tratar de ponerse en los zapatos de la otra persona, y en el proceso obtendrás mucho más.

Y aquí está el segundo consejo. Cuando eres tú el que hace la información, se trata de llegar al núcleo de la persona con la que estás hablando. Cuando era más joven, solía pensar que cada persona es un tesoro, y todo lo que tienes que hacer es mirar bien. Afortunadamente, sigo pensando así.

Porque a una le puede gustar o disgustar una persona, pero debe descubrir su núcleo: eso es lo que busco. Me atrae la gente que es abierta, pero al mismo tiempo una persona no es abierta puede contener en su núcleo un diamante o una perla, lo que sea que estés buscando. Eso se llama empatía.

Madrid

15/10/2021 21:29

Pablo Romero//twitter.com/@pabloromero">@@pabloromero

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Sábado, 16 Octubre 2021 06:03

El hombre que se autorreplicó en robot

El hombre que se autorreplicó en robot

El ingeniero Hiroshi Ishiguro --director del Laboratorio de Inteligencia Artificial en Universidad de Osaka-- se autorreplicó como robot en 2006: Geminoid HI-1 fue su clon con piel de silicona y esqueleto de metal. Lo coronó con su propia cabellera luego de raparse al ras. Ya había experimentado con su hija Risa de 5 años, quien al verse duplicada con realismo pasmoso, no pudo honrar su nombre: gritó de espanto y huyó. Su entrada al arte de replicar fue en asociación con OrientIndustry, fabricante de muñecas sexuales de primerísima calidad (algunas simulan niñas). Allí aprendió la técnica plástica y luego la mecanizó.

El segundo gemelo de Ishiguro fue más avanzado en gestualidad y habla. HI-2 viste de negro como su amo y es más realista que una escultura de Miguel Ángel: se distinguen hasta las cutículas. Sus gestos reflejan melancolía, enojo, escepticismo e introspección con movimientos de boca, cejas, pómulos, frente, brazos, manos y cabeza. Está siempre sentado y no es mucho más que una marioneta parpadeante a control remoto con un ventrílocuo oculto: las palabras le son transmitidas sintetizadas y salen por un parlante bajo un florero. A HI-2 lo hizo más joven que a su hermano mayor: el científico se había retocado el rostro en un quirófano. “Mi anterior geminoide se veía más viejo que yo”, declaró.

El robotista japonés es un pop-star que gira por el mundo dando conferencias algo circenses. Se presenta junto a su alter ego y actúa como si fuesen dos en uno: “el robot es una extensión de mi cuerpo y estamos mentalmente conectados por Internet”. Si la invitación llega de una ciudad que no le interesa, despacha al geminoide y lo teleopera. De lo contrario, se van de viaje los dos. El cuerpo va en una caja en la bodega y la cabeza en su bolso de mano. Al pasar por rayos X la policía aeroportuaria abre el bolso en shock y ve dos cabezas geminianas que se miran cómplices entre sí.

El sueño de Ishiguro es un geminoide suyo dando clase en la universidad y otro trabajando en su laboratorio: los operaría con su Smartphone desde las aguas humeantes de un onsen.

Pido una cita telefónica y la secretaria Makiko me dice que en  determinada fecha y hora Ishiguro me escuchará manejando por la ruta. Llega el día y me atiende en su inglés bacheado y osco: no parece viajar sino acomodar papeles con frenesí, a juzgar por los ruidos. Le pregunto si bromea al decir que humanos y robots “somos lo mismo”. Me explica serio --en frases cortas como dictums-- que siente que sus robots y él son la misma persona. Agrega que llegará el día en que los humanos se enamorarán de androides y estos podrán imitar el enamoramiento: "nuestro próximo paso será representar emoción y deseo”. Ya muchos japoneses aman a personajes de anime y hay empresas que les venden “certificados de casamiento” (es el fenómeno del waifuismo).

Le expongo al entrevistado el planteo de la antropóloga Jennyfer Robertson, quien investigó la relación de los japoneses con los robots y ve un nexo con la religión ancestral, el shintoísmo animista. En el imaginario nipón perduraría la idea de que las cosas contienen una entidad viviente: en una montaña, un árbol o una espada habitan esos “camis”. No es extraño entonces que un objeto que se nos parece mucho y habla, se mueve y mira a los ojos reconociendo una presencia humana, sea percibido como soporte de un alma que ofrece compañía. Me responde con desgano --como si fuese obvio-- que está muy de acuerdo: “creemos que todo tiene un alma y los robots de alguna manera también”. Donde un japonés ve un espíritu “común y corriente”, nos aterrorizamos ante un fantasma. “Los robots son nuestros amigos”, subraya el hombre criado con superhéroes como Astroboy, mientras Occidente era marcado por la autonomía destructiva de HAL 9000 en 2001 Odisea del espacio y Terminator.

Ishiguro explica el objetivo de su trabajo y me descoloca: “descubrir si los humanos pueden llegar a percibir una presencia frente a un autómata, igual que ante otro humano; yo estudio a las personas a través de los robots”. La palabra sonzai-kan --traducible como “presencia”-- es similar a la idea occidental de “aura” que sugería estar ante dios a través de un icono bizantino.

Para rematar la charla, la voz grave casi robótica se confiesa: “sueño hacer un robot irreconocible como tal y totalmente autónomo; quiero cambiar el mundo con las tecnologías. Esto no me genera temor; los robots son parte de la humanidad y sirven para mejorar la vida. Necesitamos la tecnología para ser humanos: no somos monos... si tenemos tasa decreciente de natalidad, ¿por qué no hacer robots?”. Al ser programados, no tendrían libre albedrío y no habría que temer: “si me preguntan en un sentido ético qué es más peligroso, sin dudas son los humanos”.

Ishiguro registra resultados de la interacción con robots. Ha notado miradas lascivas hacia robots femeninos y temor de parte de sus alumnos, quienes al estar horas frente a la réplica de Risa sentían que los seguía con la mirada: debió ponerla contra la pared. El caso extremo fue un joven que en la noche, pensando que nadie lo veía, hablaba a la niña y le tocaba música con una flauta. Su hipótesis es que las personas tendríamos una tendencia instintiva a proyectar en los robots nuestra humanidad. Su experimento más radical fue Telenoid, un bebé blanco y fantasmal que es puro torso y cabeza --sin piernas ni manos-- con hiperrealismo facial casi humano. Lo testeó en ancianos con alto nivel de autismo y depresión: varios comenzaron a acariciarlo, hablarle y reírse como ante un niño.

La última y más perfecta creación del genio de anteojos hexagonales fue Erica, una hermosa y menuda japonesa de flequillo y pelo de propaganda, una recepcionista devenida en presentadora de noticias y actriz de cine. Emite gráciles modos de geisha, simula respirar y es más inteligente que sus predecesores: tiene funciones autónomas que no requieren teleoperación. Hace trabajo esclavo sin quejarse en un canal online de TV y según Ishiguro, esta ninfa congelada en la flor de sus 23 años es una Androidol U. El experimento implica determinar si un robot puede convertirse en una idol japonesa admirada por millones.

El excéntrico Ishiguro declaró que pronto los robots serán tan buenos compañeros sexuales como profesores de inglés. Los Adonis y Venus mecanizades esculpidos por pupilos de Ishiguro correrán con ventaja frente a los de carne y hueso. El magistral gigoló robot en Inteligencia Artificial de Steven Spielberg prefiguró esa industria. Para empujar la evolución cyborg, este narciso oriental que se admira en su reflejo de silicona va por el mundo desperdigando sueños replicantes obsesionado por dotar de personalidad a sus creaciones. Nadie sabe hasta dónde llegará, pero es muy difícil que le alcance la vida para cristalizar su meta de superar el test de Turing: confundir a un autómata con un humano. Las computadoras aún no profetizan el futuro, pero ese día tiene ya su fecha prefijada.

16 de octubre de 2021

Julián Varsavsky es autor del libro Japón desde una cápsula: robótica, virtualidad y sexualidad (Adriana Hidalgo Editora).  

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Logo de Facebook en una pantalla rota. — Dado Ruvic / Reuters

Los gigantes de internet constituyen las empresas más valiosas del mundo desde hace años, y sus prácticas claramente contrarias a la competencia las hacen crecer más y más. Tanto en EEUU como en Europa buscan aplicar pronto nuevas reglas antimonopolio en el mercado digital para frenarlas e, incluso, trocearlas. La clave está en considerar los datos, y no el precio, como la remuneración real de estas plataformas.

 

La penúltima consecuencia de lo frágil que puede ser la última y brillante capa de internet, las redes sociales, la hemos visto esta semana con Facebook. Un fallo en un protocolo invisibilizó todo el universo de plataformas de la compañía, es decir, la propia red social, Instagram, WhatsApp, Oculus y demás. Con 2.300 millones de usuarios, —más de 3.500 millones si agregamos los perfiles de todas esas redes sociales— para medio planeta la caída de Facebook significó casi la caída de internet mismo. ¿Cómo se puede evitar éste y otros problemas derivados del gigantesco tamaño de esta multinacional?

Recientemente, un informe sobre economía digital de la Agencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) constataba que el alcance global que han logrado las grandes compañías de internet se basa, fundamentalmente, en el creciente acceso privilegiado a los datos. Estas compañías son Apple, Microsoft, Amazon, Alphabet (Google), Facebook, Tencent y Alibaba, que acaparan un inmenso poder financiero, tecnológico y de mercado.

Tanto desde EEUU como desde Europa los poderes públicos se están dando cuenta de la dificultad de aplicar las normas antimonopolio a estos mastodontes empresariales, dado que no se pueden aplicar las normas del siglo XX a la realidad (digital) del sigo XXI. "Clarísimamente estas empresas han crecido tanto porque la normativa anticompetencia no ha funcionado, está pensada para evitar la concentración de empresas en perjuicio del precio", sostiene la abogada especializada en tecnología y privacidad Paloma Llaneza, que añade: "Como los servicios digitales son generalmente gratis, pues no parece que exista tal perjuicio".

En una conversación con Público, Llaneza, autora de 'Datanomics' (2019), insiste en que el problema principal para poder enfrentarse al gran poder de esas plataformas es que "se salen del esquema clásico de la competencia". De hecho, a uno y otro lado del Atlántico, los esfuerzos políticos y jurídicos se están encaminando hacia ahí, es decir, hacia una nueva definición de "competencia".

"Las normativas de competencia ya han obligado a grandes empresas a trocearse en el pasado", recuerda esta experta, tal fue el caso de AT&T en 1982, cuando fue forzada a vender varias subsidiarias. En este caso la escala es mucho mayor, porque hablamos de las compañías más grandes del mundo. La valoración por capital bursátil catapulta a Apple al primer lugar (de momento) con 2,03 billones de dólares (el PBI de Italia), seguida de Microsoft, y a continuación, Aramco (una petrolera saudí), Amazon, Alphabet (matriz de Google), Tencent, Facebook, Tesla y Alibaba.

Tradicionalmente, las normas sobre competencia en los mercados están pensados para evitar que dos o más actores lleguen a acuerdos en perjuicio del consumidor; es decir, una práctica que tratan de evitar es que se acuerden los precios de un bien (por ejemplo, la gasolina) entre las distribuidoras, de modo que es posible legalmente demostrar que esas prácticas existen (si existen) y los reguladores pueden actuar contra dichas prácticas.

Lo que sucede en las compañías digitales es que no suelen cobrar al consumidor final: proporcionan productos muy buenos, de alta calidad, fáciles de usar y rápidos, sin cobrar directamente. Nadie paga dinero por tener una cuenta en Facebook o Instagram. No hay un precio determinado, son 'gratis'.

Además, no sólo no acuerdan entre ellas nada sino que son competidoras, en el sentido tradicional del término. O bien, directamente, se compran entre ellas, como pasó en su día con Facebook cuando adquirió Instagram y WhatsApp. Compiten por un supuesto liderazgo en la innovación tecnológica.

Llaneza insiste en poner el foco en uno de los principales pasos para tratar de controlar a las multinacionales tecnológicas: la privacidad y la protección de datos. El Reglamento General de Protección de Datos europeo (RGPD), de aplicación directa desde mayo de 2018, describe cuál es el negocio de estas plataformas: la recopilación y el uso masivo de datos y metadatos. Y, de pronto, desde los reguladores de la competencia se dieron cuenta de que las normas existentes hasta ahora ya no eran eficaces para estos negocios.

Es decir, lo que la protección de los datos personales puso encima de la mesa fue el hecho de que la remuneración que obtienen las plataformas y redes sociales no tiene que ser dinero, sino los datos.

Ahogar a la competencia

Además, se llegó a la conclusión de que "la competitividad tiene que ver más con el hecho de que esta gigantes ahoguen a cualquier potencial competidor, bien imitándolos o bien directamente comprándolos a golpe de talonario", apunta Llaneza, que añade: "De esta manera no dejan espacio para otros incumbentes en el mercado, no hay apenas alternativas; y esas alternativas no se basan ya en el precio sino en una privacidad más reforzada", apunta.

"En EEUU hay una comisión en el Congreso que lleva más de un año investigando y ya ha llegado a la conclusión (PDF) de que, para controlar estas entidades, hay que trocearlas", señala la experta, que recuerda que si una de esas compañías estadounidense termina desmembrada, lo estará en todos los mercados el mundo. No estamos hablando de algo nuevo, sino de un movimiento que comienza a darse desde 2016 por parte de activistas que exigen que estas entidades se ajusten a una competencia justa.

Esta forma de abordar el problema del monopolio de estas plataformas tiene uno de sus claves en un 'paper' de Lina M. Khan, titulado "La paradoja antimonopolio de Amazon" (PDF) en el que se expone de forma muy clara cómo esa compañía se ha situado en el centro del comercio mundial escapando al escrutinio de los reguladores antimonopolio, y describe el modelo de ésta y otras plataformas: hacen que lo gratis (o un precio claramente predador) se vuelva racional, mientras asfixian a cualquier posible competidor.

Llaneza destaca que las normas comunitarias en la UE  "ya van a ir por ahí". Existen en concreto dos reglamentos europeos en marcha, uno sobre plataformas digitales y otro sobre mercados, que apuntan directamente a ese problema: el sistema de competencia actual no sirve para contrarrestar el poder de las tecnológicas, luego lo que hay que hacer es cambiar el sistema de competencia para ajustarlo a las nuevas necesidades del mercado.

La utopía que no fue

La utopía de internet, de una red descentralizada, democrática, libre y autogestionada, resuena en las cabezas de la generación que protagonizó la primera digitalización de las telecomunicaciones. Durante los años noventa, antes de la obsesión por la 'monetización', la red de redes era un espacio colaborativo, sin más normas que la llamada 'netiqueta' y en donde no importaba la comodidad, sino la libertad.

Pero desde hace años no hay espacio para la nostalgia. Desde que en 2007 el iPhone de Apple mostró el camino para llevar internet a los móviles a base de aplicaciones bien delimitadas y cercadas, la idea de una red de redes abierta resulta de alguna manera ingenua porque realmente nunca fue así. Por si fuera poco, las últimas revelaciones sobre cómo funciona por dentro el universo Facebook y el conocimiento efectivo que tiene de su "toxicidad" para los ciudadanos, gracias al testimonio de Frances Haugen, aumentan aún más el interés público de pedir explicaciones y cierto control a la empresa.

En una conversación telefónica, el informático Marcelino Madrigal plantea a Público una cuestión meramente práctica. "¿Hay alternativas a estos servicios? Pues claro que las hay, lo que pasa es que la gente quiere algo que use todo el mundo, por lo que la ventaja la tiene el primero que llega y da el campanazo", resume.

"Recordemos qué sucedió con el Messenger de Microsoft, si hubiese evolucionado el servicio sería ahora mismo el rey de la mensajería", apunta Madrigal, que recuerda que el auge de las redes sociales y de los gigantes de la red "parece fruto de una serie de catastróficas desdichas, estamos en un escenario fruto de decisiones equivocadas una tras otra: hay que recordar, por ejemplo, que el ascenso de WhatsApp fue, sencillamente, el precio disparatado de los mensajes SMS, de modo que nos la colaron por el bolsillo".

A pesar de que existen alternativas a casi todos los servicios que prestan estas grandes compañías, su tamaño y sus prácticas claramente anticompetitivas nos están conduciendo a escenarios inquietantes, como la aparente desconexión global de esta semana. "La dependencia que tenemos con los proveedores de servicios y plataformas es tan evidente que salta a la vista cuando sucede un evento como el que ha pasado con Facebook", razona este experto que, siempre alerta, apunta: "Cada uno debería valorar la información que maneja".

Casi nadie fuera de Facebook sabe lo que pasa dentro

Los gigantes de internet no sólo pueden ser perniciosos para el mercado sino, sobre todo, para las personas. Frances Haugen, la exempleada de Facebook que ha sacado a la luz las prácticas de la compañía, denunció en el Senado de EEUU que casi nadie de fuera de la firma sabe lo que pasa dentro de ella, donde se "engaña repetidamente" al público sobre los efectos nocivos de sus plataformas. Haugen explicó ante el subcomité de Protección al Consumidor, Seguridad de Productos y de Datos de dicha Cámara que el tiempo que estuvo trabajando en la empresa se dio cuenta de una "verdad devastadora": La compañía oculta información al público y a los Gobiernos, informa EFE. "Los documentos que he proporcionado al Congreso prueban que Facebook ha engañado al público de forma repetida sobre lo que su propia investigación revela acerca de la seguridad de los niños, la eficacia de su inteligencia artificial y su papel para expandir mensajes divisorios y extremistas", dijo.

Haugen compareció ante el subcomité de la Cámara Alta después de las filtraciones que ella misma hizo en los últimos días al diario The Wall Street Journal. La informante reveló su identidad en una entrevista emitida el domingo con el programa 60 minutos del canal de televisión CBS. La exempleada afirmó que ha decidido testificar ante el Congreso porque cree que los productos de Facebook dañan a los menores, fomentan la división y debilitan la democracia. “Los líderes de la compañía saben cómo hacer que Facebook e Instagram (propiedad de Facebook) sean más seguros, pero no harán los cambios necesarios porque anteponen sus beneficios astronómicos a la gente", denunció.

madrid

05/10/2021 21:58

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Ideas estéticas y literarias de Carlos Marx

Es sabido: dos de los autores más citados por Carlos Marx en todos sus escritos son Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Menos difundido, pero igualmente conocido, es que manejaba casi todas las lenguas europeas, que releía con fruición a los clásicos griegos (una vez por año leía a Esquilo en su original griego), y que recitaba de memoria para su familia y amigos largos pasajes de La divina comedia, así como versos de Heine y de Goethe. Fuera del alemán, sus preferidos eran el poeta escocés Robert Burns, Walter Scott y Honorato de Balzac, y alguna vez se propuso que, terminadas sus obras económicas, escribiría un trabajo crítico sobre La comedia humana. Cuenta su hija menor, Eleanor: “A mí, y a mis hermanas antes, me leyó todo Homero, todo los Nibelungen Lied, Gudrun, Don Quijote, Las mil y una noches, etc. Shakespeare era la Biblia de nuestra casa, siempre en boca de alguien y en manos de todos. Cuando cumplí seis años me sabía de memoria todas las escenas de Shakespeare”.

Estos eran, entre otros muy calificados, sus gustos personales, explicables por su inteligencia, su formación, su época. A ellos se sumaron opiniones, ya en un plano teórico, que los convalidaron, e inclinaron el fiel de la balanza hacia el clasicismo, la representación de la realidad en la obra de arte, el espejo correspondiente. No era difícil (ni necesario) deducir del conjunto una estética marxista, pero así se hizo. Omitiendo, olvidando, desviando algún concepto contradictorio. Tal, entre otros, el enigma que recorre su obra y que él jamás pudo resolver (ni otros marxistas): “La dificultad no es la de comprender que el arte griego y la epopeya están vinculados a ciertas formas del desarrollo social, sino que ellos nos procuran todavía un placer estético y que, desde muchos ángulos, representan para nosotros una norma, hasta un modelo inaccesible” (Grundisse, 1857: los planos o borradores de lo que iba a ser El Capital).

Por gustos también personales, por pereza mental, por escasa formación de buena parte de sus seguidores, se consagró sin más el realismo y la representación veraz de lo real como doctrina oficial, refrendados por ciertas páginas de Vladimir Ilich Lenin sobre León Tolstoi y por otras de teóricos estimados, como Gueorgui Plejánov, con su exploración del “equivalente social” en arte y en literatura. Para culminar viendo en la obra, aspectos múltiples de la vida económica y social expresados en un particular lenguaje. No se exploró, más bien se desechó, para hacerlo, la relación que podía existir entre esa estética que se desarrollaba como marxista, basada en un comportamiento humano específico, y las teorías y el pensamiento, no sólo estéticos, de Carlos Marx.

Sin embargo las ideas centrales de Marx que están en sus primeros textos de juventud (Manuscritos, de 1844), que recorren de modo permanente toda su obra, y que fundarían una nueva estética, son su concepción del hombre como trabajador y transformador de la realidad en medio del conjunto de la sociedad y sujeto a las relaciones que ella impone, exteriorizando, objetivando, manifestando en esa producción su propio ser, su situación de creación y, a la vez, de enajenación. Son esa concepción del hombre, de la historia y de la sociedad las que fundarían y constituirían los principios de una estética. Es ya en los Manuscritos donde para él el arte --como todo trabajo-- manifiesta la necesidad del hombre de objetivarse y, con ello, las de sus fuerzas primordiales, creadoras.

Esto abre la posibilidad de ver en el arte, dentro del todo de su concepción que muchos teóricos llaman “práctico productiva”, su carácter de actividad práctica y creadora. “El arte se presenta en esta concepción --explica Adolfo Sánchez Vázquez-- como una forma de actividad práctica, de la producción de objetos, y, en este sentido, se elaciona con el trabajo en cuanto que éste --como libre juego de las fuerzas espirituales y físicas del hombre-- pone de manifiesto cierto contenido estético. Se relaciona asimismo con el trabajo en cuanto producción de un nuevo objeto en el que se proyectan o expresan fuerzas esenciales humanas, y se pone de manifiesto un principio creador. La relación con el trabajo se manifiesta, en tercer lugar, en cuanto que, gracias a él, el hombre ha perfeccionado su capacidad de dominar la materia para imprimirle la forma adecuada a una función o necesidad humana, y ha podido elevarse así --sobre la base de la división social del trabajo-- a una actividad específica --el arte-- destinada a satisfacer la necesidad estética de imprimir a una materia la forma adecuada para expresar cierto contenido espiritual. El arte ha surgido, pues, sobre la base del trabajo humano y del desarrollo del principio estético o creador que ya se daba en él”.

¿Hasta qué punto es comprensible que de estas ideas naciera una estética del realismo como la que surgió? ¿Una estética cuyo fundamento era la teoría del reflejo, que vinculaba directamente un estilo de creación con los intereses de clase; en fin, que consagraba en arte (una actividad creadora) un método de creación o un estilo entre los muchos posibles, como la única expresión artística de izquierda? ¿O, para decirlo en términos más cercanos al marxismo, por qué designar e indicar una praxis artística determinada, convertida en la única posible para expresar los “contenidos” anticapitalistas y revolucionarios?

Como era natural que ocurriera en los países socialistas, y obviamente en los otros, esta concepción del arte como reflejo o representación verídica de la realidad tuvo más consecuencias en el plano teórico que en la práctica artística misma, la que siguió los caminos que la propia historia del arte iba encontrando cualesquiera fuesen las normas que la doctrina quisiera imponerle. Además, se hacía evidente que, considerados a la luz del pensamiento marxista el arte y la literatura, como actividades libres y creadoras, la estética no podía ser estrecha, uniforme, coercitiva. Afortunadamente, por encima y en contra de tales posiciones (estar en contra de estas ideas, numerosas veces costaba la vida) se alzaron creadores de talla (Maiakovsky, Picasso, Bertold Brecht y muchos otros, así como en América latina Juan Rulfo, José Lezama Lima, Juan Carlos Onetti, nuestro Julio Cortázar) y no era gente a la que podía silenciarse.

La práctica artística se impuso sobre las teorías y enseñó, en su propio hacer, los principios de la libertad creadora y la esencia del arte de la creación: “...no se copia jamás la naturaleza --sostuvo Pablo Picasso--, no se la imita tampoco, se permite que unos objetos imaginados revistan apariencias reales. No se trata de partir de la pintura para llegar a la naturaleza: es de la naturaleza a la pintura que hay que ir. Hay pintores que transforman el sol en una mancha amarilla, pero hay otros que, gracias a su arte y a su inteligencia, transforman una mancha amarilla en sol”.

 

4 de octubre de 2021

Por Mario Goloboff, escritor y docente universitario.

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El Pentágono fue el guionista secreto de 800 películas de Hollywood

El Pentágono ha estado trabajando secretamente entre bastidores en unas 800 películas de Hollywood, según documentos recientemente desclasificados. La lista fue compilada por el sitio web de investigación FOIA.

Tom Secker y Matthew Alford expusieron cuán extensos son en realidad los programas del Pentágono y la CIA para asociarse con Hollywood, sobre la base de unas

4 000 páginas de documentos desclasificados obtenidos a través del Acta de Libertad de Información.

El informe señaló en su momento que: “Estos documentos demuestran por primera vez que el gobierno de los EE.UU. ha trabajado tras bambalinas en más de 800 películas importantes y más de 1 000 títulos de televisión”.

Revisando la lista en constante expansión, el observador promedio de películas podría sorprender a las películas que realmente están incluidas, hay otras más predecibles como Black Hawk Down, Zero Dark Thirty y Lone Survivor.

Pero completamente inesperados que aparentemente necesitaban el toque propagandístico del complejo industrial militar como Ernest Saves Christmas, Karate Kid 2, El silencio de los corderos, Twister, las películas de Iron Man y más recientemente, Pitch Perfect 3.

Cuando un escritor o productor de Hollywood se acerca al Pentágono y solicita acceso a recursos militares para ayudar a hacer su película, debe enviar su guion a las oficinas de enlace de entretenimiento para que lo investiguen.

En última instancia, el hombre con la última palabra es Phil Strub, jefe de enlace del Hollywood del Departamento de Defensa (DOD), que ha estado a la cabeza de este departamento anteriormente semi secreto que data de 1989.
Si hay personajes, acciones o diálogos que el Departamento de Defensa no aprueba, entonces el realizador tiene que hacer cambios para adaptarse a las demandas de los militares.

Si se niegan, el Pentágono empaca sus juguetes y se va a casa. Para obtener una cooperación total, los productores tienen que firmar contratos, llamados Acuerdos de Asistencia de Producción, que los encierran en el uso de una versión del guión aprobada por militares.

Meses atrás, Strub fue perfilado de nuevo en un informe llamado “Elisting an Audience: How Hollywood Peddles Propaganda”, que lo citó tratando de hacer retroceder la creciente exposición de los medios durante el año pasado.

“¡No estamos tratando de lavarle el cerebro a la gente! “Estamos dispuestos a presentar la visión más clara y verdadera”, dijo Strub.

El informe señaló acertadamente que aunque por lo general los estadounidenses se enorgullecen de vivir en una sociedad libre de la censura, al tiempo que se burlan de los ejemplos de propaganda en lugares como Rusia o China, el público estadounidense está sujeto a propaganda estatal más local de lo que cree:

Esfuerzo militar en Rusia, manifestaciones masivas en Corea del Norte, mensajes contundentes de China.

Nos enloquecemos cuando nos vemos en ultramar.

Pero no cuesta mucho esfuerzo ver que la propaganda estadounidense está en todas partes, también. No está hecho por el gobierno y no es tan descarado como su contraparte del exterior.

Pero está aquí y para ignorar que una parte del contenido es, en esencia, la propaganda, especialmente en estos días, mientras Trump abiertamente anhela los grandes desfiles del ejército, es un error.

“Hay todo tipo de formas de hacer un punto ideológico”, agregó Harris. A veces creo que no estamos en sintonía suficiente. No nos vemos lo suficientemente duros para la propaganda.

Y lo que es más, a diferencia de los sistemas autoritarios, en Occidente son los consumidores los que realmente están dispuestos, si acaso involuntariamente, como partícipes de la propaganda estatal.

El informe del esquema continúa:

Ciertamente, el contenido tiene agendas alternativas, sinceros, también. Pero es el gigante y amorfo mercado de consumidores el que lo ha convocado. Esa es la diferencia entre nuestra propaganda y la de todos los demás. En regímenes autocráticos, una entidad respaldada por el gobierno lo empuja hacia consumidores indiferentes o reacios.

En América, nosotros, los consumidores, lo demandamos alegremente.

A continuación se muestra una lista meramente parcial de películas en orden alfabético. Las mismas tuvieron la participación del Pentágono durante el guion o la fase de producción, de acuerdo con los documentos desclasificados del gobierno de EE.UU.

Sorprendentemente, la lista de 410 películas no es más que la mitad del número total. Por ejemplo, Zero Dark Thirty y algunos otros prominentes no están allí.

3 octubre 2021

(Tomado de Walter Goobar)

Publicado enCultura
“Los evangélicos se volvieron una parte importantísima del mundo popular al que el progresismo busca interpelar”

Pablo Semán (Buenos Aires, 1964) viene escribiendo hace años sobre el crecimiento de los grupos evangélicos y pentecostales. Desde cuando para las capas medias urbanas argentinas este fenómeno se reducía a unos pastores que seguían un modelo “electrónico”, primero el del Club 700 y luego el de unos pastores con acento brasileño que, después de la medianoche, aparecerían en las pantallas de la televisión con sus programas de curación, mostrando iglesias llenas pero que parecían de otro país… Antropólogo dedicado a las religiones, Semán también vivió en Brasil, donde pudo ver de cerca el papel de la Iglesia Universal del Reino de Dios, la que logró mayor proyección política en toda América Latina. 

Recientemente publicó Vivir la fe. Entre el catolicismo y el pentecostalismo, la religiosidad de los sectores populares en la Argentina (Siglo XXI) y habló con CTXT sobre evangelismo y política en América Latina. Él mismo progresista, al final interpela: “¿Qué piensa hacer el progresismo con todo esto?” 

¿Hasta qué punto el crecimiento evangélico desafía la imagen establecida de una América Latina católica? 

En Centroamérica, por ejemplo, los evangélicos son una minoría muy considerable que a veces está por encima del 40% y en algún caso ya están por ser mayoría. La dinámica y el origen de la evangelización de los evangélicos en Centroamérica es diferente a América del Sur. Pero en América del Sur también hay países con porcentajes de evangélicos arriba del 25% y no veo un techo inmediato. Esto, sumado al hecho de que los evangélicos son mucho más practicantes que los católicos. Entonces, como militancia religiosa van a ser la mayoría. Pero además, sus proyectos de evangelización se centran en problemáticas y espacios importantes para el despliegue de la vida social donde el catolicismo se muestra ineficaz –enraizamiento entre los pobres, acciones frente a la violencia doméstica y las adicciones, despliegue en las cárceles, en grupos de pequeños empresarios e incluso, algo más lento, en las fuerzas de seguridad–. La imagen de una América Latina católica ya es insostenible. La quiebra de la imagen católica también se ve en la debilidad de la reivindicación de la imagen de la América Latina católica. 

Cuando hablamos de evangélicos estamos hablando básicamente de evangélicos pentecostales… 

Sí. En el mundo evangélico, los pentecostales introdujeron dos grandes modificaciones en toda la demografía evangélica del planeta. Por un lado, un elemento cuantitativo: fueron el grupo que más creció. Y por el otro, a su propio peso cuantitativo hay que agregarle un elemento cualitativo: su predominio cultural. Antes, “evangélico” era un término analítico para analizar los grupos surgidos de la Reforma pero no era la identidad de cada uno de esos grupos (luteranos, metodistas, menonitas, etc.). Hoy “evangélico” funciona como término transdenominacional que abarca como mínimo al 80% de los descendientes de la Reforma protestante, que se han avenido más o menos a los parámetros de “avivamiento” religioso desplegados por los pentecostales. No es descabellado pensar un avance hacia una identidad post-denominacional en la que los evangélicos de diferentes denominaciones se asuman simplemente como “cristianos” en una zona de disputa con la mayoría católica.

Muy esquemáticamente: ¿qué es ser evangélico/pentecostal y cuáles son sus atractivos respecto del catolicismo?

Hay dos rasgos que se complementan y crean un círculo virtuoso. Y los dos están inscriptos en una teología que también está disponible en el mundo católico y protestante, solo que los pentecostales la tomaron en serio y la desplegaron al máximo. El primero es la actualidad de los dones del espíritu santo, que reencanta a la religión porque permite activar genéricamente una noción de milagro y de posibilidad de milagro en la vida cotidiana. Y hay un segundo elemento que es la universalidad del sacerdocio. Que cualquier creyente no solo es, sino que debe ser, pastor. Y para ser pastor, ese creyente va a movilizar la actualidad de los dones del espíritu santo creando un dialecto a la medida de su metro cuadrado, de su propio entorno. Eso estira enormemente la presencia evangélica y al mismo tiempo la diversifica. Se puede dialectizar ese lenguaje para adaptarse al minuto a minuto de los cambios socioculturales, de manera mucho más eficiente que la lenta burocracia celestial del catolicismo.

Durante años, el progresismo latinoamericano ignoró el crecimiento de los grupos evangélicos en el mundo popular (a excepción de sociólogos o antropólogos de la religión) y de pronto aparece como una especie de comodín analítico para explicar cualquier giro conservador o avance de la derecha… ¿Todos andan buscando evangélicos? 

Los progresistas pusieron a los evangélicos en una agenda negativa o de los enemigos pero sin ver el tamaño potencial. Y, al mismo tiempo, eso se articuló con la teoría católica progre de las sectas, de la denuncia de las sectas, y con la separación de la verdadera fe y la fe inauténtica. Hay ateos que se ponen en el rol de religiones y objetivamente coinciden con el camino ya trazado por el catolicismo hace 40 años. Y como el progresismo tiene un contacto social débil con el mundo popular, no fue viendo paso a paso cómo crecía. Yo publiqué ahora el libro Vivir la fe pero los datos sobre el 20% de evangélicos en el mundo popular son de 1995, no de 2020. Eso ya estaba ahí. La segunda cosa es que por ese contacto débil, sumado a las teorías conspirativas sobre el avance evangélico, no pudieron ver qué tipo de presencia constituía. Se actuaba como si eso fuera a dejar de existir. Hoy no solo  los evangélicos existen sino que existen cada vez más. Había muchos mecanismos renegatorios, en términos freudianos, de desconocimiento activo de la realidad para sostener certezas previas, para abordar este fenómeno. 

Además hoy hay un enfrentamiento más agudo entre evangélicos y progresistas porque el progresismo latinoamericano puso en el centro una agenda de género que, por otro lado, es bastante reciente. La verdad es que el matrimonio igualitario, igualdad de género y el aborto son bastante recientes en las izquierdas de la región, que además son en muchos casos izquierdas populistas. No es que no existieran núcleos militantes de larga tradición, pero no dominaban la agenda del progresismo, ni la del peronismo progresista en el caso argentino, ni eran el marcador decisivo de la identidad. El aborto muy pocos lo tenían como prioritario, la igualdad de género estaba pero tampoco se la militaba mucho y la diversidad sexogenérica a muchos les parecía una agenda sueca que sobraba. En 2015 hubo una performance post-porno en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y la izquierda se opuso. Yo escribí para intervenir en esa polémica en favor de la performance pero mi posición  era disruptiva.

Por otro lado, en el mundo evangélico hubo una deriva relativamente inversa: los evangélicos en Argentina y en algunos países de América Latina en los 90 estaban delante del catolicismo en la agenda de igualdad de la mujer. Estaban a favor del preservativo y la Iglesia católica no, contenían y les daban a las mujeres un papel mucho más activo y central en la liturgia. No había un planteo ideológico de igualdad pero había una práctica relativa de igualdad. Había incluso facciones neopentecostales que se abrían a los temas del hedonismo sexual. En Brasil había, por ejemplo, una exmodelo evangélica que tenía una tienda de productos eróticos y aparecía en televisión. 

Respecto de la diversidad sexual, había una cosa muy interesante que era que evangélicos y disidentes sexuales tenían en común una experiencia que discutían que era la del rechazo. Incluso en la prensa evangélica salían entrevistas o diálogos entre un pastor y un disidente sexual. No era en un sentido de avanzar hacia la igualdad pero era darle un lugar bajo la premisa: “ellos son rechazados, nosotros también”. Todo eso, en estos últimos veinte años, fue desapareciendo. No tanto lo de la mujer, pero sí la apertura a elementos a la agenda de género que se intensificaron en la izquierda y desaparecieron en el mundo evangélico.

Esto demuestra que hay cuestiones históricamente constituidas e incluso contingentes. Hoy los evangélicos tienden a beneficiarse, y por eso hacen ese giro, de la reacción cristiana generalizada contra esa agenda progresista que incluye a los católicos. A veces la izquierda cree que el problema para la agenda de género son los evangélicos y no los cristianos en general, que capitalizan la imposibilidad de los católicos de poner la cara en estas cuestiones dada su trayectoria de abusos. Esta tensión se procesa de una manera diferente en los sectores populares. 

Cuando se piensa evangelismo y política se suele transferir el modelo brasileño a toda América Latina. Pero en verdad, en Brasil la iglesia exitosa fue la Iglesia Universal del Reino de Dios que para muchos evangélicos es la “menos evangélica” del subcontinente y si bien ahora es bolsonarista también fue muy pragmática en el pasado reciente. ¿Cómo pensar la articulación entre evangelismo y política?

En principio no hay un traslado inmediato de la identidad religiosa al campo político. En segundo lugar, cuando hay una activación política de una sensibilidad evangélica mayoritaria en favor de una opción política, eso ocurre siempre de una forma contingente, transitoria y variable. Mayoritariamente, los evangélicos votaron a Lula en Brasil y el Partido de los Trabajadores (PT) le dio dos veces las vicepresidencias de Lula a los evangélicos que también votaron a con Dilma Rousseff; en Perú hay un componente evangélico en la candidatura de Pedro Castillo (su mujer e hija son de la Iglesia del Nazareno y él se suma a menudo a las oraciones). En Centroamérica sí han apoyado más a la derecha pero esos proyectos conservadores se configuraron de manera tal que no todos los evangélicos los apoyan y hay católicos que los votan como reacción cristiana. Aparecen trasladando más “caudal religioso” del que en realidad trasladan. En el caso argentino, los evangélicos de sectores populares siguen votando al peronismo aunque viabilice agendas progresistas porque siguen dinámicas de voto de los sectores populares. Otros votan al macrismo por antiperonismo más que por conservadurismo o elementos religiosos. Y el crecimiento de una agenda de derecha es un fenómeno mucho más grande que el crecimiento evangélico. A la ultraderecha también se la vota contra “la catedral” (la religión, el atavismo y el estatismo) o con curiosos motivos neopaganos. 

Por otro lado, la Iglesia Universal es en efecto un caso verdaderamente excepcional en Brasil. No hay un partido político evangélico con tanta eficacia electoral como el Partido Republicano (que fundaron los pastores de esa iglesia) ni siquiera en sociedades con muchos más evangélicos que en Brasil. Y eso tiene que ver con la particularidad de la situación brasileña: un sistema de identidades políticas bastante débil, donde pesan mucho las novedades anticorrupción y el propio sistema electoral uninominal que permite maximizar minorías movilizadas. Y en tercer lugar, un sistema parlamentario hiperfragmentado donde los pequeños bloques consiguen una eficacia política sobredimensionada.

Lo que hizo la Iglesia Universal fue, más que movilizar el voto evangélico, armar una fuerte superestructura política que le permite subordinar a todas las otras tentativas de politización evangélica. De esa forma, por ejemplo, la Unión de las Asambleas de Dios termina a remolque de la Iglesia Universal en política, lo que nadie admitiría en la Unión de las Asambleas de Dios de ningún país de América Latina. Esa superestructura política tiene eficacia política propia, pero tampoco tanta si tenemos en cuenta que la Iglesia Universal finalmente llamó a votar a Bolsonaro pero quince días antes estaba negociando con Marina Silva, una evangélica de izquierda (ex ministra de Lula). Votaron a Bolsonaro porque los fieles estaban llamando a votar a Bolsonaro. Y los fieles estaban votando a Bolsonaro porque una parte importante de los sectores populares que habían sido lulistas se habían transformado en antilulistas por el tema de la corrupción.

Es posible que los pastores de la Iglesia Universal se sientan más cómodos con ese rumbo ultraderechista, pero no lo trabajaron tanto como se podría pensar. Y ahora ocurre al revés. Están viendo que muchos de sus fieles se están distanciando de Bolsonaro mientras los jerarcas de la iglesia tienen que defender intereses creados en el Estado. La dirigencia de la Iglesia Universal seguramente no tendrá opciones al golpismo. Pero los fieles no necesariamente acompañarán. 

Antes se pensaban siempre las identidades católica y evangélica en competencia, ahora vemos personajes como el propio Bolsonaro, también Castillo y otros, que mantienen cierta ambigüedad entre catolicismo y evangelismo. Por ejemplo Bolsonaro se fue a bautizar al río Jordán con un pastor pero se identifica católico… ¿Hay cambio ahí? 

Yo creo que los evangélicos están conscientes del rol que algunos de ellos llaman catalizador de una reacción cristiana antiprogresista. Esta involucra porcentualmente más a los evangélicos que a los católicos pero en números absolutos tal vez convoque a más católicos, pero bajo la centralidad evangélica. Esto ocurre por lo que pasa con los evangélicos pero también con los católicos. ¿Con qué cara los obispos católicos van a salir a defender a la familia, a los niños…? Entonces hay una suerte de pacto implícito en la cual el catolicismo le cede la iniciativa en eso y hay colaboración en la superestructura pero a la vez una convergencia de intereses en las bases católicas y evangélicas. Pero también hay que ver las prácticas. Hay mucha gente “en pecado” en las iglesias evangélicas y conviven con eso. 

¿Algo más que dejamos en el tintero?

Yo me pregunto qué piensa hacer el progresismo con todo esto. Los evangélicos se volvieron una parte importantísima del mundo popular al que el progresismo busca interpelar. ¿Va a haber zonas de cooperación? ¿Esas zonas de cooperación son posibles? En las organizaciones populares argentinas conviven evangélicos, católicos y progresistas. Incluso verdes (pro legalización del aborto) y celestes (“pro vida”) sin llamarse asesinas o antiderechos. Plantean sus agendas sin confrontar todo el tiempo. Hay mujeres evangélicas militando agendas progresistas en el plano económico y mujeres de sectores populares abrazando una agenda feminista a su modo, con un lenguaje propio. Ahora bien, por ejemplo, ¿no hay una convergencia cuando grupos de mujeres van a rezar en solidaridad con una mujer agredida por su pareja a su casa y rompen el círculo de agresiones?, ¿qué se genera ahí?, ¿hay o no sororidad? Claramente intervienen sobre una situación de violencia para pararla. Y así. Hay que salir del círculo de reactividad y mala sociología. No es fácil, no es lo soñado para el progresismo, pero dividir a los sectores populares es peor.

24/09/2021

Publicado enSociedad
Miércoles, 22 Septiembre 2021 05:51

Videojuegos: todo trabajo y nada de juego

Videojuegos: todo trabajo y nada de juego

Los videojuegos, como cualquier producto creativo, reflejan y refractan las condiciones de su producción. Hoy, a lo que más se parecen es al trabajo en el capitalismo del siglo XXI. Pero además, detrás de los videojuegos hay condiciones laborales sobre las cuales algunos libros recientes están poniendo el foco.

 

Cuando tenía siete años, mi mejor amigo Matt y yo nos propusimos crear un videojuego. Dibujamos niveles elaborados y escenarios de otro mundo llenos de seres extraterrestres, ideamos complejos desafíos de saltos y recortamos apuestos avatares de cartulina para lidiar con ellos. Pasamos semanas planificando el juego e imaginando escenarios traicioneros, poderes sobrehumanos y desafíos para desbloquear y superar. Anotamos números y símbolos, registramos estadísticas nebulosas y condiciones de victoria. Fue emocionante. El mundo de los juegos y los poderes que teníamos en él parecían casi ilimitados, restringidos únicamente por nuestra imaginación, nuestra caligrafía infantil y la tinta de nuestros rotuladores mágicos.

Después de un mes, Matt me dijo muy serio: «Bien, ¿y ahora cómo lo convertimos en un juego de verdad?». Su pregunta me confundió y me dolió. Yo creía que ya estábamos jugándolo. En algún punto sabía que no teníamos la capacidad de crear un videojuego «real». Estábamos fingiendo, aunque no parezca la palabra adecuada para describir el nivel de creatividad que habíamos alcanzado. La alegría estaba en nuestros vuelos de fantasía, en crear reglas que rompíamos en segundos, en el juego interminable de límite y resolución. El juego consistía en imaginar el juego. Pero Matt no lo había visto así. Estaba disfrutando, pero creía que acabaríamos transformando nuestros recortes de papel en un juego digital funcional, que lo que habíamos hecho hasta ese momento era solo preparatorio, el preludio de algo más, algo real y con reglas. Cuando le dije: «Matt, no podemos hacer eso, solo somos niños», se mostró decepcionado y su rostro se ensombreció. «Esto es de mentira», añadí, sabiendo que le dolería y deseando que le doliera. Ese fue el final de nuestro juego.

El crítico Michael Thomsen compara los videojuegos con las plegarias: «Tienen más oportunidades de materializarse cuanto menos específicos sean». Esta dinámica alcanza su forma más extrema en lo que los periodistas especializados en videojuegos llaman el «ciclo de sobreexpectación» (hype cycle). Un nuevo juego se anuncia años antes de la fecha estimada de lanzamiento, generalmente con un tráiler que no contiene imágenes del juego real (a veces es solo una pantalla de título con música de fondo, como sucedió con el nuevo God of War [Dios de la guerra] previsto para este año). Es el propio jugador quien se toma el trabajo de imaginar el juego, y las secciones de comentarios de YouTube se llenan de especulaciones sobre cómo podría ser: la historia, la ambientación, la mecánica. Estas fantasías son fomentadas por los desarrolladores, que filtran pequeños y tentadores datos a anunciantes, periodistas y streamers de Twitch.

El ciclo de sobreexpectación funciona porque los jugadores lo disfrutan. Imaginar el juego perfecto les genera un placer distinto del placer de jugar. Como escribe Thomsen: «Pensar en los juegos cuando aún son inmaculados y no han sido mancillados por la experiencia de juego real puede ser revelador, ya que inspira deseos futuros que están a punto de volverse realidad». Para Thomsen, los videojuegos «prometen distintas formas de cumplimiento de deseos», pero lo más importante es que «ofrecen la seguridad de que aún vale la pena desear, de que algún mecanismo espera ahí fuera para recibir los deseos y responderá a ellos, como mínimo, de forma consistente».

¿Qué debemos pensar entonces de quienes diseñan y desarrollan videojuegos? ¿Son dioses benévolos que escuchan nuestras plegarias, inventan mundos y nos dan la bienvenida para que los habitemos? ¿O son indiferentes? ¿Es inevitable que nos decepcionen? Al fin y al cabo, los diseñadores enfrentan una tarea titánica: convertir nuestros deseos en realidades funcionales y lucrativas. Al final del ciclo de sobreexpectación suele haber solo una mercancía, un mundo lleno de tareas rutinarias y tediosas y mecánicas poco originales, que palidecen en comparación con el sueño (una decepción que a veces provoca resentimiento y reacciones negativas).

En su nuevo libro Press Reset: Ruin and Recovery in the Video Game Industry [Oprima reiniciar: Ruina y recuperación en la industria del videojuego], Jason Schreier, periodista de Bloomberg News y copresentador del popular podcast de videojuegos Triple Click, presenta una verdad mucho más prosaica: los desarrolladores de videojuegos no son dioses. Son personas, trabajadores, soñadores como Matt y yo, que navegan por la brecha, a menudo dolorosa, entre sus deseos y sus obligaciones, entre el trabajo y el juego.

El primer libro de Schreier, Blood, Sweat, and Pixels. The Triumphant, Turbulent Stories Behind How Video Games Are Made [Sangre, sudor y píxeles. Las historias exitosas y turbulentas detrás de la producción de videojuegos], se centra en los desafíos técnicos que acompañan el desarrollo de videojuegos. Press Reset se enfoca más en el costo humano. Sus personajes son diseñadores, programadores y escritores que trabajan para grandes estudios que producen algunos de los títulos favoritos de las últimas décadas (y contribuyen así a los ingresos anuales registrados por esta industria, de aproximadamente 150.000 millones de dólares): el juego de supervivencia y terror interplanetario Dead Space [Espacio muerto], el sorprendentemente innovador crossover entre Disney y Nintendo, Epic Mickey [Mickey épico], y el shooter de ciencia ficción submarina BioShock, famoso por estar ambientado en una batisfera distópica diseñada por un objetivista seguidor de Ayn Rand. Algunas secciones están dedicadas a la experiencia de autores de renombre, pero el libro sigue principalmente a los trabajadores y trabajadoras corrientes de la industria, responsables de aspectos pequeños pero esenciales de los juegos que amamos.

Lo que une a estas personas, según Schreier, es una profunda pasión por las recompensas creativas que otorga el desarrollo de videojuegos y una profunda incertidumbre sobre sus condiciones de trabajo. Aunque muchos empleos en la industria están bien remunerados y permiten a los trabajadores llegar a fin de mes en algunas de las ciudades más caras del mundo, la experiencia también está salpicada de periodos de sobrecarga extrema de trabajo y de una tasa increíblemente elevada de recambio de personal. Durante una etapa conocida de manera eufemística como la «recta final», que suele darse justo antes de la salida de un juego, no es raro que se trabajen 100 horas por semana. Según Schreier, «a cambio del placer de crear arte para ganarse la vida, los desarrolladores tienen que aceptar que todo puede venirse abajo sin previo aviso» (los mineros etíopes que desentierran tierras raras para la fabricación de placas base [motherboard], los operarios que ensamblan PlayStations en China e incluso los trabajadores que venden consolas en Walmart a cambio de un salario mínimo reciben compensaciones aún menos tentadoras, pero supongo que ese es otro libro).

Schreier analiza principalmente lo que sucede cuando los estudios de videojuegos cierran, lo cual parece ocurrir con sorprendente frecuencia. «Habla con cualquier persona que haya trabajado en la industria por más de un par de años, y seguro tendrá una historia sobre la vez que perdió su trabajo». En un capítulo especialmente bien narrado, nos enteramos de la existencia de 38 Studios, una empresa de videojuegos condenada al fracaso, fundada por el ex-lanzador de los Medias Rojas (y luego partidario de Donald Trump) Curt Schilling, que colapsó tras recibir una garantía de préstamo por 75 millones de dólares del estado de Rhode Island. Cuando el despilfarrador estudio cerró abruptamente, a los empleados se les negó su último salario y no recibieron indemnización alguna, y quienes tuvieron que mudarse para trabajar para el estudio debieron pagar miles de dólares a las empresas de mudanzas a las que Schilling había estafado.

Pero 38 Studios no es un caso aislado. Como le comentara a Schreier un veterano de la industria: «Con todos los despidos que he tenido que afrontar, cada vez que recibo un correo electrónico en el que se convoca una reunión de todos los empleados de la oficina sufro una especie de síndrome de estrés postraumático. (…) Estoy seguro de que es algo común entre otros desarrolladores». De hecho, los cierres de estudios son tan frecuentes en Press Reset que las historias individuales y los personajes del libro empiezan a correr juntos. Varios capítulos describen distintas versiones de un mismo recorrido: los empleados lo dejan todo para terminar un juego; el juego se lanza; todos celebran; poco después hay una reunión ominosa; todos son despedidos; los trabajadores desolados beben una cerveza fúnebre en un bar cercano antes de volver a casa para actualizar sus currículums. Algunos deciden volverse «independientes» y crear juegos menos ambiciosos sobre los que pueden ejercer un mayor control creativo; otros abandonan la industria por completo. A pesar de ser indispensables en cada etapa del proceso de desarrollo de juegos, los trabajadores son tratados como piezas desechables de una máquina de obtener beneficios. «La volatilidad», escribe Schreier, «se ha convertido en el statu quo».

Schreier se abstiene de analizar en profundidad las características estructurales que conducen a la inestabilidad (para una descripción más clara de los procesos laborales y de producción de la industria del videojuego, puede verse el libro de Jamie Woodcock Marx at the Arcade [Marx en el Arcade], de 2019). La excusa ofrecida por los grandes empresarios es que la industria opera en un ciclo de auge y caída, condicionado por el lanzamiento de nuevo hardware. Invertir en videojuegos es una actividad de alto riesgo y grandes recompensas. Algunos juegos cuyo desarrollo es increíblemente costoso fracasan, mientras que otros generan ganancias por miles de millones de dólares. Además, los grandes editores compran y venden constantemente estudios pequeños (generalmente a raíz de esos fracasos, aunque no siempre), lo que resulta en despidos y mudanzas.

Sin embargo, algunas de las fuentes de Schreier ofrecen una explicación más clara: los jefes tienen todo el poder y no les importa una mierda lo que suceda con sus empleados. Zach Mumbach, quien trabaja hace muchos años para Electronic Arts, observó que mientras él y sus compañeros trabajaban a destajo juego tras juego, los ejecutivos se iban a casa todos los días a las cinco de la tarde. «Estoy cansado de trabajar 80 horas por semana para que gente como [el ex ejecutivo de Electronic Arts] Patrick Söderlund pueda comprar un coche nuevo», le dijo Mumbach a Schreier. «Parece que estos tipos estuvieran jugando. Juegan con los presupuestos, juegan con los ingresos y juegan con los gastos. Despiden empleados solo para volver a contratarlos porque así obtienen mejores cifras para uno u otro trimestre». Sin una voz organizada en la industria (casi nadie pertenece a algún sindicato, con excepción de algunos actores de doblaje afiliados al Sindicato de Actores de Cine), las prioridades de los trabajadores no importan.

Al igual que en otras industrias creativas, los jefes y gerentes explotan la pasión de sus empleados para silenciar disidencias y forzar la aceptación de condiciones injustas. Schreier describe una «sensación subyacente de que los trabajadores deberían sentirse afortunados» por estar donde están. «Quienes integran la industria de los videojuegos creen que trabajar en ella es un privilegio, y que deberías estar dispuesto a hacer lo que sea necesario para permanecer allí», dice Emily Grace Buck, ex-empleada de Telltale Games, en una nota de la revista Time de 2019. A los trabajadores de la industria se los anima a pensar en sus trabajos como la realización de sus fantasías infantiles. Les pagan por crear mundos de ensueño y conceder deseos. ¿No es eso suficiente?

Como observa Sarah Jaffe en su nuevo libro Work Won’t Love You Back [El trabajo no va a corresponder a tu amor], esta dinámica es un mecanismo disciplinario esencial del mercado laboral moderno. En lugar de conceder a los trabajadores el deseo de estabilidad y equilibrio entre la vida laboral y la vida personal, los estudios de videojuegos, al igual que otras empresas de tecnología, ofrecen servicios que tratan de eliminar la división entre el trabajo y el juego: comida gratis y camas en la oficina durante las «rectas finales», mesas de ping-pong y metegol y días laborales dedicados enteramente a jugar a los últimos títulos de sus competidores. Un estudio resume este enfoque en su página web: «La diversión está en el corazón de lo que hacemos. Sabemos que si queremos desarrollar juegos divertidos debemos divertirnos desarrollando juegos».

A pesar de compadecer a sus colegas y enfadarse por sus desgracias, Schreier reafirma de alguna forma la noción de que los diseñadores de videojuegos se dedican a producir «diversión». «Los videojuegos», escribe, «están diseñados para llevar alegría a la gente, pero se crean a la sombra de la crueldad corporativa» (como si eso fuera una contradicción). La idea de que los entornos laborales «divertidos» generan productos «divertidos» puede ser propaganda empresarial, pero contiene una verdad oculta: los videojuegos, como cualquier producto creativo, reflejan y refractan las condiciones en las que fueron producidos y suelen ser funcionales a las necesidades ideológicas y reproductivas de su tiempo y espacio.

Es por ello que la esencia de los videojuegos más populares de hoy en día no es la «diversión». A lo que más se asemejan, con lo que parecen soñar, es el trabajo del siglo XXI.

«La diversión es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo tardío», afirmaron Theodor Adorno y Max Horkheimer en 1944. La Escuela de Fráncfort creía que la mecanización del trabajo se había entrelazado tanto con «el tiempo libre y la felicidad» del ser humano y había determinado tan «íntegramente» la «fabricación de los productos para la diversión» que la diversión no era «otra cosa que la copia o reproducción del mismo proceso de trabajo». Siguiendo esta línea, el experto en teoría de juegos Steven Poole observó en 2008 que los videojuegos modernos «parecen aspirar a una mímesis del proceso de trabajo mecanizado». Aprendemos (o somos disciplinados) mediante las reglas del juego y recibimos una respuesta positiva por seguirlas con eficacia. «Uno no juega el juego», escribe Poole, y mucho menos lo «gana», sino que más bien «realiza las operaciones que este exige, como un empleado obediente. El juego es una tarea de trabajo».

Los juegos para un solo jugador con montones de armas que mejorar, habilidades que adquirir y monedas que gastar son quizá la iteración arquetípica de este fenómeno, pero casi todos los juegos contemporáneos contienen algún elemento mimético del trabajo y el intercambio de mercado. No ofrecen fantasías de evasión, de juego imaginativo por el juego mismo; ofrecen una fantasía de reglas (una lógica ausente del proceso de trabajo asalariado contemporáneo). Vicky Osterweil describió este tipo de juegos como un «simulador de trabajo utópico», que reparte recompensas a intervalos predecibles a cambio de un esfuerzo disciplinado. Estas recompensas pueden facilitar el juego, permitirnos comprar adornos en él, mostrar nuestros logros a los demás y progresar en una trayectoria lógica y satisfactoria hacia un objetivo alcanzable. Los juegos siguen siendo una forma de diversión, pero no nos alejan de nuestro trabajo, sino de nuestra decepción por su volatilidad, su arbitrariedad, su crueldad e injusticia.

En su forma más aguda, escribe la periodista Cecilia D’Anastasio, los trabajadores usan los videojuegos «para representar los fantasmas de sus labores diarias». Un conductor de camiones de larga distancia pasa su semana libre jugando American Truck Simulator [Simulador de camión estadounidense]; los chefs dejan sus cocinas a medianoche para jugar Cook, Serve, Delicious! [¡Cocinar, servir, delicioso!] antes de acostarse. En el mundo del juego, a diferencia de lo que sucede en el nuestro, escribe D’Anastasio, «la productividad es cuantificable y discernible». Los juegos compensan la ausencia de control, retroalimentación fiable, objetivos claros y recompensas justas en nuestra vida laboral. De este modo, los juegos siguen siendo una forma de cumplir deseos en la que se materializan las ficciones ideológicas del capitalismo. Es un sueño insignificante que nos reconcilia con falsedades que de lo contrario tendríamos que aceptar.

El hecho de que muchos de los juegos más populares sean también simuladores de asesinatos muy realistas también es digno de mención. «Es muy posible», como escribió Tom Bissell en su clásico ensayo sobre el género de los «shooters en primera persona» (FPS, por sus siglas en inglés), que juegos como Call of Duty [Llamada del deber] «revelen que en algún lugar dentro de cada persona se esconde un ser que mata y toma y hace lo que quiere». Estos juegos que recrean el combate marcial y recompensan a los jugadores por eliminar eficazmente a enemigos humanoides son claramente sintomáticos de una ideología: una sublimación de la agresión reprimida y de las fantasías imperiales. Pero también lo son las películas de acción. Lo que hacen los shooters, quizá con más eficacia que cualquier otro tipo de juego, es transformar un rompecabezas cognitivo sumamente repetitivo (localizar un pequeño punto en un espacio tridimensional y presionar un botón para hacerlo sangrar) en un pasatiempo infinitamente agradable e incluso adictivo.

Al movilizar varios estados de ánimo y sentimientos, incluidas fantasías de dominio y competencia patriarcal, los juegos violentos consiguen «estructurar la repetición, el aprendizaje y el aburrimiento que uno debe dominar y tolerar para vivir las condiciones económicas actuales como algo placentero», escribe Osterweil. A su vez, las espacios laborale como Amazon incorporan elementos de juego (tablas de clasificación públicas, recompensas nominales por un trabajo expeditivo e incluso minijuegos estilo Arcade que se desbloquean al completar tareas de almacén) para habituar a los empleados a horas y horas de trabajo físico y mental monótono. Así como la destreza del jugador de FPS se expresa en su ratio de «asesinatos/muertes», el valor de un trabajador de Amazon se expresa por su «tasa de recolección», medidas homólogas de eficiencia cognitiva y cinética.

Así, la violencia en los videojuegos no funciona principalmente como un liberador de comportamiento antisocial, y mucho menos como una peligrosa puerta de entrada a la crueldad del mundo real, sino como un velo placentero para el disciplinamiento socialmente útil. La violencia digital extática oculta y compensa la violencia más mundana de la vida cotidiana, de estar condicionado a un proceso laboral benigno. El que tal mecanismo mantenga un toque de transgresión misantrópica (inherente al estereotipo del gamer «peligroso», «inadaptado» y «reaccionario») es un indicio de su sofisticación ideológica. En realidad, nada puede ser más normativo, más complaciente y prosocial que comprar y jugar a ser un shooter en primera persona. De un modo u otro, todos respondemos a la «llamada del deber».

Aunque todos los juegos son ideológicos, no todos lo son de forma nociva. Algunos como Universal Paperclips [Clips universales], el simulador de la «tesis de la ortogonalidad» de Frank Lantz, revelan y critican las escasas fantasías que le sirven de núcleo. Otros, como Disco Elysium [Elíseo disco] (una fantasmagoría neo-noir aleatoria), de 2019, superan las más altas esperanzas de la literatura ergódica. Resulta tentador atribuir la distancia entre estos títulos y los publicados por los grandes estudios al afán de lucro. Como escribe Schreier, «la industria del videojuego, al igual que todas las actividades artísticas, se basa en la tensión entre dos facciones: las personas creativas y quienes gestionan el dinero». El conflicto entre los desarrolladores que intentan crear una obra de arte y los editores que intentan obtener beneficios es tan antiguo como los propios videojuegos». La mayoría de los personajes de Press Reset aspiran a crear juegos más interesantes que los que financian estudios como Electronic Arts. Cuando se van, si pueden encontrar el dinero, suelen hacerlo.

Una hipótesis menos reconfortante es que los estudios producen «simuladores de trabajo utópicos» porque se ajustan a nuestros deseos y a las necesidades de la economía. Concuerdo con Osterweil en que los videojuegos son «fundamentalmente una tecnología reproductiva». Contribuyen a «crear, sostener, organizar y capacitar a los trabajadores y a los sujetos de manera tal que los ayuda a funcionar en una sociedad y una economía fundamentalmente invivibles». Las técnicas y gramáticas del diseño de juegos han evolucionado a la par de los avances en la automatización, la globalización, la producción y la logística «justo a tiempo», la economía del cuidado y el trabajo precario a tiempo parcial. En este contexto, retomando a Adorno y Horkheimer, el videojuego «se mueve rigurosamente en los gastados surcos de la asociación» labrados por nuestra relación con estas formas de trabajo. Los juegos, como todos los productos de entretenimiento, nos convierten en los sujetos que requiere el capital actual.

¿Qué tipos de sujetos son esos? En su libro Bullshit Jobs [Empleos de mierda], el antropólogo David Graeber observó que, si «el juego imaginario es la expresión más pura de la libertad humana», como nos quiere hacer creer el especialista en teoría evolutiva de juegos Karl Groos (de acuerdo con Schiller), entonces «el trabajo imaginario, impuesto por otros, es la expresión más pura de la falta de libertad». Este último, escribe Graeber, «es el ejercicio más puro del poder por el poder mismo». En otras palabras, las apuestas no podrían ser más altas. Si los videojuegos son un juego, son una expresión de nuestras más altas capacidades como seres humanos: nuestro amor por la libertad, la imaginación y el capricho creativo. Pero cuando son un trabajo (como me lo parecen en esos momentos en que el placer no logra disimular la repetición), nuestro afecto por ellos es algo realmente sombrío, que señala una extraordinaria concesión a las condiciones modernas de falta de libertad.

Press Reset es una admirable contribución a un creciente cuerpo de trabajos periodísticos sobre videojuegos, enfocado principalmente en las injusticias de la industria. Dado que hace apenas siete años el mundo de los videojuegos se rebelaba ante el menor esfuerzo por aplicar las lecciones del feminismo y el antirracismo a la industria y sus productos, es alentador que personas como Schreier (quien, junto con sus antiguos colegas de Kotaku, recibió parte de la bilis reaccionaria del «gamergate») sigan escribiendo y publicando trabajos críticos como este.

En el último capítulo, Schreier propone varias soluciones a los problemas que ha identificado. Una de ellas es la sindicalización: «Cada nuevo despido o cierre de un estudio es una prueba de que los trabajadores de la industria del videojuego necesitan más protección», escribe Schreier, «y los sindicatos son una parte esencial e inevitable de esa ecuación». Al momento de escribir este artículo, ningún estudio de videojuegos importante de Estados Unidos está sindicalizado, pero la organización Game Workers Unite (GWU) está luchando por la obtención de derechos laborales en la industria. La división británica de GWU se unió formalmente al Sindicato de Trabajadores Independientes de Gran Bretaña en 2019. El Sindicato de Trabajadores de la Comunicación de Estados Unidos anunció una iniciativa para organizar a los trabajadores de la industria de los videojuegos en enero de 2020.

Schreier también recomienda normalizar el trabajo remoto, para que los desarrolladores no tengan que desarraigar sus vidas cada vez que un estudio cierra o deben trasladarse por trabajo, y elogia el modelo de negocios de una empresa llamada Disbelief, cuyo personal tiene empleos seguros en virtud de varios contratos simultáneos con grandes estudios. «Creo que el futuro va a ser así: habrá un pequeño equipo encargado de la visión creativa y todo el resto del trabajo se subcontratará», dice uno de los fundadores de Disbelief. Dada la frecuencia con que las empresas de videojuegos externalizan las tediosas tareas de diseño y programación a empresas ubicadas en la India y China, donde los salarios son más bajos, no es difícil imaginar este futuro, pero no estoy seguro de que sea la panacea que Schreier imagina.

Mientras tanto, muchas personas que se cansan de trabajar para los grandes estudios se marchan para crear sus propias empresas independientes más pequeñas. Estas son tan capaces de explotar a sus empleados como sus homólogas de primer nivel, e incluso más propensas a quedarse sin dinero. Pero cuando se trata de un pequeño grupo de colegas copropietarios, lo que está en juego es diferente. Como dijera a Schreier uno de los cocreadores de Enter the Gungeon, un juego independiente de gran éxito publicado en 2016: «No me malinterpretes, la recta final fue muy dura y horrible, pero correr en la recta final de un juego cuando sabes que participarás de los ingresos es una experiencia muy distinta».

Mejorar las condiciones laborales de los desarrolladores es un objetivo que vale la pena; espero que se sindicalicen y que más personas pueda crear colectivos independientes si así lo desean. Pero a medida que los periodistas de videojuegos se vuelven más perceptivos y críticos del enorme costo humano y la volatilidad de la industria, y se preocupan más por las connotaciones políticas tóxicas de algunos juegos, espero leer más investigaciones de calidad.

El mundo de los medios dedicados a los videojuegos está poblado (y pagado) por gente a la que le gustan los videojuegos, que tienden a no formularse preguntas más fundamentales sobre el efecto de los videojuegos o las consecuencias que podrían tener en nosotros (los críticos citados anteriormente no son, por desgracia, representativos de la cultura crítica general de los videojuegos). Evidentemente, no se trata de que todos los amantes de los juegos de rol sean trabajadores obedientes, ni de que todos los juegos sean rutinarios y poco inspirados. Una vez cada tanto se lanza un título que me deleita y desafía de verdad, como una gran novela o una gran película, y lo hace con métodos intrínsecos al arte interactivo (Disco Elysium fue uno de ellos). Pero no es algo frecuente. Por lo general, paso mucho tiempo jugando a juegos cuya descripción como forma de entretenimiento (y más aún, como una forma de arte) me confunde, incluso mientras avanzo, punto de control a punto de control, nivel a nivel. ¿En qué tipo de sujeto me están convirtiendo estos procesos? ¿Qué tipo de economía política exige ese tipo de sujeto? Para ser directo, ¿a qué otra cosa dedicaría mi tiempo si no fuera por estos juegos?

Sé que nuestros sueños no nos sacarán de las trampas del capitalismo, pero sí pueden hacer que nos hundamos cada vez más en ellas.

 

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí. Traducción: Rodrigo Sebastián

Publicado enSociedad
Jueves, 16 Septiembre 2021 05:22

El camino de Damasco

La conversión de San Pablo (Luca Giordano, 1690). Musée des Beaux-Arts de Nancy

Las cosas pequeñas no salvan, pero sostienen. Agarran. Por eso constituyen una garantía de supervivencia y un peligro

 

Como todos sabemos, Paulo de Tarso, San Pablo para los cristianos, se cayó del caballo camino de Damasco y se convirtió así en el verdadero fundador de la Iglesia de Cristo. ¿Pero acaso sabemos cuántos más, antes y después de él, se cayeron en ese mismo tramo del camino? Quizás fueron decenas que no han dejado la menor huella en la memoria. Quizás miles se cayeron, se sacudieron la ropa y reanudaron la marcha, ignorando la llamada de Dios porque preferían acudir a la llamada de la amada, de la taberna o del partido de los domingos. Quizás muchos reemprendían la marcha llevando cautelosamente el caballo de la brida, no fuera que a Dios se le ocurriera llamarlos de nuevo. Quizás todo el mundo sabía que Dios se había instalado precisamente en ese punto del camino de Damasco y por eso algunos elegían una calzada alternativa y los que no tenían más remedio que pasar por allí lo hacían a pie o en un asno lento y plebeyo, para amortiguar la costalada. Quizás había incluso un letrero en la cuneta que advertía del riesgo, como los que hoy en nuestras carreteras indican “curva peligrosa”; y San Pablo lo tomó a sabiendas de lo que hacía, atraído, como era propio de él, por todas las experiencias extremas e irregulares.

La expresión “caída de Damasco” se utiliza para referirse a esa revelación inesperada que parte en dos una vida; al –así llamado– “momento de la verdad” en el que se decide el curso de la existencia. Es lo que, en los aledaños del concepto, los griegos y luego los cristianos denominaron kayros, término traducido a menudo como “oportunidad”; y no deja de ser curioso –o inevitable– que esta idea muy filosófica se la haya apropiado hoy la gestión empresarial para localizar y transmitir a sus soldados el momento “verdadero” en el que, cautivo en las redes del agente de viajes, el cliente decide comprar el producto: la oportunidad, en definitiva, de un negocio. Kayros era para los griegos, frente a Cronos, el tiempo corto, intenso, decisivo, en el que el Destino, por así decirlo, aflojaba la mano; y en el que, por tanto, el Carácter, según la reflexión de Walter Benjamin, se hacía cargo, por unos instantes o por unos días, de la propia experiencia vital. Para los creyentes, digamos, Dios es el Carácter del Mundo que, en el camino de Damasco, deshace el Destino de Saulo y lo reencarrila en un nuevo fatum ya sin retorno o, si se quiere, despojado a partir de ahora de todo Carácter propio. Para los no creyentes, en cambio, lo que los cristianos llaman “revelación” no es más que la manifestación más radical del Carácter frente al acoplamiento rutinario a ese Destino común siempre al trote, sin caídas estrepitosas, que preside las vidas normalas y norbuenas de los seres humanos de a pie: el Carácter, en definitiva, que derriba el caballo llamado Destino. Lo bonito de las hagiografías cristianas es que nos hablan de una época maravillosa en la que la gente se “convertía”; es decir, se sustraía de pronto, en un kayros fulminante, a su destino familiar, social y religioso. La idea misma de “conversión”, expresión de un volteo disruptivo y radical, nos recuerda dos cosas muy importantes: la primera, que es posible e inevitable cambiar; la segunda, que en la vida humana son más frecuentes (¡y no digamos bajo el capitalismo!) los accidentes que los cambios.

En realidad, no es cierto. En realidad cambiamos sin cesar, pero no nos damos cuenta, salvo retrospectivamente, porque los cambios no suelen ser consecuentes a una conversión; incluso los accidentes se incorporan blandamente a una vida cuya monótona continuidad es la centralidad del yo. No nos damos cuenta porque después de afiliarnos a una nueva iglesia o a un nuevo partido –valga decir– nos seguimos reconociendo en el espejo. Quizás en el recuerdo, a los sesenta años, localizamos en nuestro pasado dos o tres “momentos de la verdad” en los que –enseguida reparamos– intervinimos poco o nada o intervinimos de tal modo que, en ese momento crucial, nos parecía estar cediendo más al Destino que imponiendo nuestro Carácter. Frente a la idea de “conversión”, que ilumina un kayros o “momento de la verdad”, las vidas normalas y norbuenas van acumulando decisiones, si se quiere, homeopáticas. Es verdad: en algún sentido muy radicalmente existencialista podríamos decir, sí, que en las vidas normalas y norbuenas cada momento es el momento de la verdad porque cada momento es el momento en el que, contra la náusea y el cansancio, decidimos no cambiar de vida; cada momento es, aún más, el momento de la verdad porque cada momento es el momento en que decidimos no suicidarnos, pues es también el momento en que suena el teléfono móvil, borbotea la olla en el fogón o queda una cerveza en la nevera. Lo que ocurre es que, si cada momento es el momento de la verdad, no hay en puridad ningún momento más verdadero que otro. No hay “momentos de la verdad”. Por muy deprisa que cambien nuestras costumbres y nuestras opiniones (¡y bajo el capitalismo altamente tecnologizado cambian casi cada día!) ninguno de esos cambios, mientras lo vivimos, podemos fecharlo o anclarlo en una experiencia de revelación paulina.

Nuestras vidas, por tanto, se componen de decisiones y transformaciones homeopáticas. La homeopatía es completamente inútil para curar enfermedades, pero provee, frente a la “conversión”, una buena metáfora para describir la normalidad y norbonidad de la existencia humana, y ello en la medida en que invierte el conocido adagio: “a grandes males grandes remedios”. La homeopatía, en efecto, nos sugiere más bien lo contrario, la idea de que a grandes males hay que oponer pequeños o pequeñísimos remedios, los cuales, a veces, como el famoso “recuerdo del agua”, no mantienen ya ninguna relación con el mal original. De hecho, nuestras decisiones homeopáticas discurren casi siempre completamente en paralelo al Destino de cuya entraña surgen. Es lo que en otro tiempo llamábamos “supersticiones” y “neurosis”: dos fenómenos casi indiferenciados que convergen en un gesto diminuto, concreto y reglado, que nos relaja de una tensión estructural, abstracta y gigantesca. Pondré un ejemplo negativo y otro positivo. El negativo: un hombre (o una mujer), abrumado por el paro y la pobreza, privado de todo poder y que acaba de escuchar una noticia realista y apocalíptica sobre el cambio climático, propina con alivio un bastonazo al perro que se acerca a lamerle la rodilla. El positivo: un hombre (o una mujer), abrumado por el paro y la pobreza, privado de todo poder y que acaba de escuchar una noticia realista y apocalíptica sobre el cambio climático, acude a la cama donde duerme su hijo de cuatro años (ahora que precisamente no hace frío) y lo arropa y le ahueca la almohada para protegerlo de todo mal.

Las cosas pequeñas no salvan, pero sostienen. Agarran. Por eso constituyen una garantía de supervivencia y un peligro. Miles de millones de personas haciendo gestos pequeños en paralelo a la Historia que trabaja contra ellos ofrece la imagen más tierna, esperanzadora y preocupante que cabe concebir en un mal momento.

¿Cuáles no lo son? ¿Cuáles no lo han sido? Porque no es ya el Destino sino la Historia la que preside, como un destino, nuestras vidas. Curiosamente, si la vida humana, la normala y la norbuena, está compuesta de decisiones homeopáticas sin “momentos de la verdad”, percibimos la Historia, en cambio, cada vez que bregamos en ella, como compuesta sólo de “momentos de la verdad” a cuya llamada sería irresponsable o criminal no responder. Pero ni la normalidad-norbonidad es puramente reproductiva u homeopática ni la Historia, ya totalmente absorbida en el capitalismo, es el camino de Damasco. Podemos percibir como un peligro la normalidad y norbonidad de los que, derribados del caballo, se sacuden el polvo y reemprenden a pie su monótono avatar. Pero podemos percibir como no menos peligrosa la concepción de la política que considera la Historia un permanente sobresalto de kayros de emergencia, frágiles, apremiantes y finalmente desperdiciados. Es como si no hubiera enlace posible entre la homeopatía humana, sin la cual la vida social no es posible, y la intervención en la Historia, sin la cual la salvación no es posible. Ahora bien, la única solución para la especie es que haya alguno: que el lujo –pues es un gesto innecesario y hermoso– de arropar a un niño cambie, y no sólo sostenga, el mundo y que cada kayros desperdiciado se funda con la vida y no se pierda para siempre.

Pensemos en la política española de la última década.  ¿No nos queda un poco la sensación de que hemos perdido muchas oportunidades por el temor a perder la oportunidad irrepetible en que se decidía nuestro destino? Y esa impaciencia, en la medida en que ha dejado fuera muchos gestos homeopáticos, ¿no ha abierto una “ventana” –aún más que la normalidad del que no atiende la llamada– a la política del enemigo?

Los grandes remedios son también grandes males. Ni siquiera la urgencia del cambio climático debería llevarnos a olvidar esa gran enseñanza del siglo XX. No debemos dar bastonazos al perro; no debemos dejar de arropar al niño.

Por Santiago Alba Rico 15/09/2021

Publicado enSociedad
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