Jueves, 28 Abril 2022 05:40

La ilusión del encuentro amoroso

La ilusión del encuentro amoroso

El discurso amo que ordena a gozar

La época está impulsada por un discurso amo que ordena a gozar. Si no te hace feliz, no es amor: modo en el que se instala un superyo épocal. Junto a Esteban Espejo ubicamos, al menos, cuatro de esos discursos actuales: amor útil, amor que fluye, amor saludable, amor libre. Pero ¿se puede plantear al amor en estos términos? ¿Es concordante, armónico, saludable el amor? ¿Dónde está el amor? ¿Quién lo tiene? ¿Se tiene el amor?

Hacer la pregunta ya tiene un impacto --me atraviesa una carcajada--, es gracioso sostener la creencia salubrista del amor y, a la vez, ¿quién no querría sostener la ilusión de que esto sea posible?

No hay que tomarlo tan a la ligera. Los sujetos vienen a la consulta enfermos de amor, juran que el amor les ha hecho un daño, un perjuicio, incluso creen que el daño es irreversible: “es el fin”, “me quiero morir”, etcétera. Al transitar un primer tiempo de devastamiento, pedir auxilio y ayuda para esa cura del amor, viene luego otro tiempo donde se busca algo bien parecido a la calma, la armonía, a la concordancia, al encuentro, a lo saludable. Es importante destacar que hay algo de lo amoroso que genera cierta tranquilidad, apaciguamiento, incluso una sublimación. Aun así, vivir en un estado de armonía constante es una práctica imposible para el ser parlante.

Vamos, junto a Lacan, a revisar rápidamente el discurso de uno de los integrantes de El banquete, Pausanias, quien diferenció dos órdenes del amor donde se dirá que la clave será saber bien a cuál de estos dos amores hay que alabar. No hay, dice él, Afrodita sin Amor, ahora bien, “hay dos Afroditas.”[1]Una será la Afrodita Urania y la otra es la Afrodita Pandemia (o Venus popular).

Lacan entiende el discurso de Pausanias como un análisis más de tipo sociológico, como de “observador de las sociedades”. Pareciera que todo se basa en las diferentes posiciones que existen en el mundo griego respecto al “amor superior” que queda asociado a los que son más fuertes y vigorosos, más ingeniosos, saben pensar, etcétera. Este “amor superior” desde el discurso de Pausanias que retoma Lacan queda del lado de la Afrodita Urania. O sea, pasando en limpio, el que piensa es fuerte, vigoroso, etcétera, va a alabar al “amor superior”.

Así, se podría suponer que entonces, el que no piensa, ni es fuerte, etcétera, va a alabar al amor de la Venus, una Venus popular. Quedan así divididas las aguas entre los que tienen y los que no tienen.

Planteando que sus dichos contienen cierta ambigüedad, Lacan interroga a Pausanias cuando dice: “¿Dónde se sitúa la virtud, la función del que elige?”y podríamos agregar aquí ¿es al nivel de la superioridad intelectual la elección amorosa? ¿dónde quedaría lo pulsional para tal caso?

Parafraseando a Lacan, la idea que propone Pausanias es como decir: para amar hay que hacer una alabanza y dependiendo a quién alabes (Afrodita Urania o Afrodita Pandemia --Venus--) es como te va a ir en el amor. Si elegís bien, hay punto de encuentro. Suena, casi casi, a una promesa de felicidad.

Aquí nos adentramos en la lógica del “intercambio”, ya que en la pareja amorosa el primero se muestra capaz de una contribución cuyo objeto es la inteligencia y todo el campo del mérito (para los griegos saber, pensar, vigor, fuerza, etcétera). El segundo tiene la necesidad de ganar educación a un nivel elevado. Entonces esto pareciera estar en el plano de una adquisición o un provecho, donde --supuestamente-- se producirá el encuentro de esa pareja amorosa en un estado “superior”.

Se encuentra entonces que todo el discurso de Pausanias se elabora en función de una cotización de valores. “Se trata ciertamente de adquirir tus fondos de inversión psíquicos”, ironiza Lacan.

Pausanias agrega que habrá que imponer reglas severas al desarrollo del amor, al cortejo del amado, y siguiendo la lectura lacaniana que no malgasten sus fondos en “jovencitos que no valgan la pena”. Cualquier parecido con lo que las madres dicen a sus hijos no es pura coincidencia, los discursos que se elaboran en El banquete sobre el amor son de mucha actualidad y atraviesan aún nuestra época.

A su vez, Pausanias deja en claro que quienes no se ordenan alabando al amor superior se desordenan y son “salvajes, bárbaros”, dejando a todos aquellos que alaban a la Afrodita Pandemia --Venus-- del lado de lo animalesco.

Este concepto del amor es bastante actual. La cuestión del intercambio, el merecimiento, la creencia de que en el amor la relación con el otro es el valor. Eso que vale y que yo merezco define al amor. Lacan lo dice así: “Pausanias (...) nos explica hasta qué punto el amor es un valor (...) al amor se lo perdonamos todo.”[2] Y este perdón no es por solidaridad, ni por ser un buen samaritano, ni por poner la otra mejilla como Jesús, sino porque en ese amor tengo mis fondos de inversión psíquica. Como pasa con la bolsa y los mercados. Y es que, en el amor, como sabemos, se trata de alguna otra cosa, que tal experiencia del amor, como la que propone Pausanias, que hay que dirigirse al “tener” (saber, status, fuerza, etcétera), del “valor de cambio”, de exaltar cuestiones morales, el amor educador siempre es un señuelo y que al final ese señuelo deja ver lo que es.

Si revisamos la poesía, las canciones, nos encontramos siempre con que el amor toca el cuerpo, como un flechazo de cupido. Como dice Calamaro No se puede vivir del amor pero tampoco se puede vivir sin él. Ya sea sufriendo por amor o encandilados por él, nos encontramos vivos. Angustia de separación, ansiedad frente al deseo del otro, “me clavó el visto”, “no me responde”, “¿me quiere?”, etcétera.

Entonces podríamos decir que el amor no fluye, ni es armónico, ni es un bien de intercambio. En cuanto sostengo la ilusión de que hay armonía deja de haber relación sexual, en cuanto sostengo la creencia de que el amor tiene que fluir, me hago rígido y me alejo de algo parecido a la fluidez... En definitiva, los discursos sobre el amor que propone la época, a modo de una posverdad, tocan el cuerpo en su vertiente opuesta a la que pregonan. Lo tocan angustiando desde un super yo que ordena el modo de gozar --siempre tan singular-- de cada uno. Y allí encontramos esas frases “Si duele no es amor”, “El amor tiene que fluir”, “Ese no te conviene”, etcétera.

No hay garantías en el amor, Lacan lo dijo parecido: “No hay relación sexual”. Sostener la creencia de que en este universo existe un ser (otro) que tenga mi media naranja (y si aparece la media naranja, viene mordisquada o chupeteada), y, aún más, de que si yo sé elegir bien ese otro va a proveerme un estado de pura felicidad (merecimiento), es una exclusiva posición infantil. De todos modos, que esto no nos aleje de la ilusión, retomando a Calamaro, Algún lugar encontraré.

Florencia González es psicoanalista e investigadora UBACyT. Fragmento del texto “¿Dónde está el amor?” de su libro Lo incierto (Ediciones Paco, 2021).

Notas:

[1] Lacan, J. (2011). El seminario VIII: La transferencia. Bs. As: Editorial Paidós. Pág. 67.

[2] Ibid, Pag. 71. 

Publicado enCultura
Domingo, 24 Abril 2022 05:55

Salvarse de milagro

Momento de oración en la iglesia evangélica «Jesús es nuestro salvador» en Antananarivo, Madagascar AFP, GIANLUIGI GUERCIA

El pentecostalismo como nueva religión de los pobres del mundo

Con su auge ligado al de la derecha global, millones acuden a sus iglesias en todo el planeta, donde se ofrece no solo orientación espiritual, sino también apoyo material.

El pastor sudafricano Alph Lukau alcanzó la infamia mundial en 2019, con un video viral en el que resucitaba de entre los muertos a un hombre que mostraba claras señales de vitalidad. Ese «milagro» de caricatura fue el clímax de una reñida competencia profética: varios predicadores sudafricanos venían incorporando prácticas cada vez más extremas en sus servicios religiosos, en los que capitalizaban el descontento y la frustración de una nueva generación de fieles.

El «profesor» Lesego Daniel venía afirmando desde hacía varios años que él tenía el don de convertir «la nafta en piña colada», y llegó a alentar a su congregación a beber gasolina como una especie de comunión habitual. Uno de sus protegidos, el pastor Lethebo Rabalago, fue apodado Prophet of Doom (‘profeta del apocalipsis’) por rociar a sus feligreses con insecticida de la marca Doom, para así expulsar los demonios en forma de sida que supuestamente habitaban en los fieles. Mientras tanto, el «profeta» Penuel Mnguni es conocido por caminar por encima de creyentes semidesnudos tendidos en el suelo, a quienes hace comer serpientes vivas mientras los libera del mal.

Es fácil pensar en la secta de Jim Jones y la masacre de Jonestown al leer sobre estos episodios. Pero estos pastores no pertenecen a alguna secta apocalíptica minoritaria. Son solo una expresión excepcionalmente moderna y extrema del cristianismo pentecostal, una fe que, al menos en lo que respecta a conversiones, es la religión mundial de crecimiento más rápido, con más de 600 millones de seguidores en la actualidad.

Lo que Mnguni ha denominado como su «iglesia del horror» podría parecer algo alejadísimo del cristianismo tal como mucha gente lo conoce, pero de eso se trata. Los predicadores jóvenes más salvajes, populares y ricos del sur de África no se caracterizan por hacer las cosas al pie de la letra, ni siquiera de la letra bíblica. Y sus congregaciones los aman por eso. El nuevo pentecostalismo es un gran fuck you a todas las instituciones que les han fallado. Es la nueva fe de los trabajadores pobres del mundo.

SALUD Y DINERO

De unos 2.000 millones de cristianos que habitan la Tierra, más de una cuarta parte son ahora pentecostales, una denominación que en 1980 reunía a solo el 6 por ciento de ellos. Se prevé que para 2050, 1.000 millones de personas, o uno de cada diez humanos, serán parte de esta fe. No está mal para una corriente iniciada en Los Ángeles en 1906 a impulso de un hijo de esclavos libertos, a la que durante mucho tiempo se consideró como la hija bastarda del cristianismo.

El pentecostalismo es una rama del cristianismo evangélico. Sus adherentes primero «nacen de nuevo», aceptan a Jesús como su señor y salvador, y luego son imbuidos por el Espíritu Santo, del que reciben dones que incluyen la capacidad de obrar milagros, profetizar y hablar en lenguas. Muchos pentecostales no adoptan esa etiqueta, pero su práctica carismática o guiada por el Espíritu Santo, aunque varía notablemente en todo el mundo, es inconfundible.

Desde sus inicios, el pentecostalismo ha atraído con fuerza a mujeres, inmigrantes, afroamericanos y pobres. Su surgimiento como la fe predilecta de los trabajadores pauperizados del mundo se debe, en gran parte, a su enfoque doctrinal de «salud y riqueza»: la promesa de experiencia directa e interacción personal con la presencia de Dios y sus milagros, que brinda éxito tanto en cuestión de mente, cuerpo y espíritu como de billetera.

He pasado los últimos dos años viajando por el mundo para comprender el notable auge de este movimiento. En Estados Unidos, se tiende a pensar en los evangélicos como personificados por el clásico votante blanco de Donald Trump, pero lo cierto es que el pentecostal promedio es una mujer joven del África subsahariana o de América Latina. A ella se unen los desertores de Corea del Norte que luchan por sobrevivir en Seúl, los gitanos británicos y europeos que durante mucho tiempo han sido los más marginados de sus sociedades, los pueblos indígenas que cargan con el trauma de las guerras sucias y las dictaduras en América Central. Poblaciones como estas, que vienen convirtiéndose en grandes números desde la década de 1980, nos dicen mucho sobre el mundo moderno.

La nueva ola de predicadores sudafricanos, con sus camisas coloridas y trajes elegantes, ha encontrado una audiencia ávida entre los millennials, quienes crecieron rodeados por el optimismo posterior a la caída del apartheid, solo para sufrir una terrible decepción. Se trata de una generación a la que se le prometió todo y que, en cambio, se encontró al llegar a la adultez con la sociedad más desigual del mundo (así lo indican los últimos reportes del Banco Mundial), con un 65 por ciento de desempleo juvenil, de acuerdo a cifras oficiales, más del 80 por ciento de la población sin seguro médico y un sistema educativo deficiente.

Los problemas de Sudáfrica pueden parecer extremos, pero en casi todos los rincones del mundo el patrón se repite. Particularmente en las grandes ciudades y sus alrededores, millones de personas recurren a las Iglesias pentecostales porque son los únicos lugares donde logran encontrar satisfacción a sus necesidades tanto espirituales como materiales.

A medida que este movimiento crece, las Iglesias se convierten en Estados dentro de los Estados, en los que los diezmos son efectivamente una forma de impuestos. A través de las Iglesias, las personas reciben atención médica, clínica y milagrosa, así como una red de cuidado para los niños y apoyo social. Cuando los Estados no brindan suficientes programas sociales ni un nivel de vida decente que pueda sostener a las comunidades, los trabajadores pobres buscan alternativas en otras instituciones, y a menudo las encuentran en el pentecostalismo.

PROSPERIDAD Y POPULISMO

La mayoría de las Iglesias pentecostales no practican la fe con los mismos métodos extremos que los jóvenes predicadores de Sudáfrica, pero algunas de sus prácticas no resultan menos extrañas para quienes están por fuera del movimiento. Para ver de primera mano la revolución que está ocurriendo en América Latina, basta ir a Brás, un barrio de clase trabajadora de San Pablo. En Brasil, los pentecostales pasaron de ser el 3 por ciento de la población en 1980 a constituir más del 30 por ciento en la actualidad, trastocando 500 años de dominio católico en tan solo unas pocas décadas.

Es lunes por la mañana y el sol aún lucha por pasar por encima del Templo de Salomón, el santuario de 55 metros de alto cuya construcción costó 300 millones de dólares dedicados al dios de la salud y la riqueza, y que funciona como sede de la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD). En el servicio de las 7 de la mañana, un hombre frente a nosotros abre una enorme Biblia desgastada y le pone su billetera encima, la eleva por encima de su cabeza y se comunica con los cielos en lenguas.

Los feligreses de la IURD se han hecho famosos por regalar a la Iglesia, en momentos de éxtasis, incluso sus autos y en ocasiones hasta sus propias casas. El fundador de la Iglesia, Edir Macedo, quien ha hecho más que nadie por popularizar el pentecostalismo en Brasil, es hoy un magnate multimillonario, pero fue una vez un niño pobre de las favelas, uno de los siete que sobrevivieron la infancia de un total de 17 hermanos.

La gran innovación de Macedo fue abrir sus iglesias a primera hora de la mañana y a última hora de la noche, cuando quienes trabajan en las fábricas o como empleadas domésticas van y vienen de sus trabajos. En opinión de Macedo, un predicador pentecostal necesita seguidores, no formación. Durante años este líder religioso se dedicó a promover a personas comunes para que crearan bajo sus propios términos sus propias filiales de la Iglesia.

En las favelas y los pueblos pobres en las orillas del Amazonas, los pastores pentecostales se ven y se escuchan como la población local. Crecen pateando las mismas calles que sus fieles y a través de la Iglesia ascienden en la escala social a posiciones de mayor estatus, tal como aspiran a hacerlo sus vecinos. Oyen en esas calles hablar de la madre enferma de alguien y le dan una visita para consolarla. Actúan como mentores de su congregación, alentando a los feligreses a iniciar sus propios emprendimientos de venta ambulante y a escapar de patrones maltratadores. Si un marido mujeriego vuelve a sus andanzas o a la bebida, el pastor pasa a darle una charla para hacerlo entrar en razón.

Por supuesto, también presionan a su rebaño empobrecido para que dé en diezmo, como mínimo, el 10 por ciento de su dinero, pero ¿acaso no existimos en un sistema que iguala valorar algo con pagar por ello? En ese sentido, el evangelio de la prosperidad es la respuesta incómoda a un mundo que rinde culto al dinero todos los días, solo que generalmente lo hace sin ceremonia de por medio.

Además de eso, habría creciente evidencia de que el evangelio de la prosperidad, a su manera, cumple. En los últimos años se han publicado varias investigaciones académicas que afirman haber encontrado que las personas que provienen de la pobreza o de ciclos de violencia y adicción tienen mayores posibilidades de escapar de ese mundo si se unen a una Iglesia evangélica: la llamada profecía autocumplida de la gracia divina manifestada a través del bienestar material. Esta teología de la prosperidad no solo tiene éxito donde fracasan los Estados, sino que les ofrece a estos un incentivo para que fracasen, al brindarles a las poblaciones vulnerables la red de solidaridad que el Estado les niega.

El pentecostalismo de hoy tiene mucho en común con el giro político global hacia un populismo derechista que despotrica contra la globalización, el feminismo, la migración masiva y la ciencia. No es casualidad que la popularidad de esta fe coincida con un marcado cambio en la perspectiva política, social y económica alrededor del mundo. El pentecostalismo, de hecho, ha desempeñado un papel vital en el ascenso de un nuevo tipo de líderes de derecha dura, incluidos Donald Trump, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán y Rodrigo Duterte. Pero este movimiento es, al mismo tiempo, más grande que la política. El avance de esta fe sigue los patrones de migración global de la clase trabajadora. Para muchas personas que se ven obligadas a mudarse a grandes ciudades, como Johannesburgo, San Pablo, Londres o Los Ángeles, la religión es su única forma de comunidad.

El pentecostalismo ofrece acceso directo al alimento espiritual, social y material en un universo que niega los tres a los pobres del mundo. Naturalmente, un número creciente de Iglesias pentecostales también atiende a las clases media y rica. Después de todo, la escala social siempre es resbalosa y cualquiera que la ascienda necesita de un milagro para mantenerse ahí arriba.

21 abril, 2022

(Publicado originalmente en Jacobin. Traducción y titulación de Brecha.)

*Elle Hardy es una periodista e investigadora australiana, autora de Beyond Belief: How Pentecostal Christianity Is Taking Over the World.

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Viernes, 15 Abril 2022 07:50

Pandemials

Vladimir Putin y Josep Borrell

No sé si hubo una generación de millennials. No hay ningún acontecimiento en particular que la distinga, como lo fue para el caso de las generaciones de la Segunda Guerra Mundial y de 1968, o bien el punk temprano que respondió a la gran restauración emprendida por Margaret Thatcher en Inglaterra hacia fines de los años 70. Tampoco la define un particular estilo de vida. Es tan amplio el periodo que abarca su extensión (los nacidos entre 1980 y 1995, según A. Gutiérrez-Rubí), que en él aparecen muchas y muy distintas formas de inventar y producir el orden cotidiano. Hoy el término "generación" se presta a los más diversos usos y abusos. La formulación que sugiere Pierre Nora le da, al menos, un sentido: "Un acontecimiento público, intelectual o estético que marca las formas de vida de una franja de la sociedad". Sin embargo, el término millennials alude, sin duda, a una cuantiosa demografía. Es el momento en que la condición cyber se apodera de las vidas y la existencia de millones de jóvenes en el planeta. Muchos quedarán perdidos en la red. Otros, extraviados en el ciberabismo. Hubo también quienes supieron resistir o rebelarse. Son los habitantes de la jaula 5.0 y les tocó vivir un mundo distópico y una era del escepticismo.

No sé tampoco si la pandemia, con sus radicales consecuencias sobre los tejidos más íntimos de la vida cotidiana, con sus nuevas formas políticas y el actual espíritu de guerra que le siguió de inmediato, habrán de configurar una generación. En su caso, serían los pandemials, nacidos entre 2000 y 2005 aproximadamente. El libro más reciente de Bifo (Franco Berardi), El tercer inconsciente: la sicoesfera en la época viral, adelanta algunas reflexiones al respecto.

La pandemia, es decir, el encierro prolongado, la interdicción del tacto y el contacto, el enclaustramiento en el laberinto familiar, habrían producido un doble efecto: de un lado, un repliegue libidinal, una suerte de sicodeflación, y, al mismo tiempo, una gran dimisión frente a los "valores" del flujo de los mercados. El repliegue se expresa en una dispersión del deseo de los objetos, de las expectativas y de los seres en los que estaba centrado anteriormente. Y encuentra sus pliegues de múltiples maneras: abatimiento, depresión y autorreclusión. Y la dimisión se orienta hacia una ralentización de los propósitos, hacia la indiferencia frente a las vidas de consumo, hacia un enfriamiento ante la condición cyber. Todo ello como un antídoto frente al darwinismo social del "éxito" y el "reconocimento" en fast tracks.

Antes que nada, en el confinamiento familiar, en muchos casos transcurre un duelo inconmensurable. No sólo por la pérdida de los seres queridos, de empresas, empleos y trabajos, por las expectativas coartadas y las carreras truncadas, sino por la reiteración virtual de la pérdida. Muchas de las muertes sucedieron antes de que se cerraran las páginas de Facebook o Instagram. Y ahí siguen apareciendo como presencias fantasmales. Un tipo de melancolía que Freud ni siquiera pudo imaginar. Una doble melancolía: hacia el pasado (que reaparece sin estar) y hacia el futuro (que está sin aparecer). Pero a la vez trajo consigo la búsqueda de lazos más profundos, más entreverados a los cuerpos mismos, más anclados en la perduración. Acaso una reinvención no del otro, sino de la necesidad del otro. Sería interesante realizar una estadística sobre el retorno de la pareja como modus existendi.

Nada más anticlimático –y carente de stimmung– que una clase virtual en una escuela básica o, incluso, a nivel universitario. Y, sin embargo, el retorno a la "educación presencial" dista mucho de ser masivo. Se instauró una gigantesca duda –incluso una retirada– con respecto al llamado a la socialización, a lo gregario, al agrupamiento, a mantener la trama de la vida con los otros, junto a los otros. Los jóvenes fueron los más castigados, los más perseguidos, los más culpabilizados durante la pandemia. Cualquier intento de quebrar el cerco del encierro, una salida por cerveza, ir a ver a los amigos, era tildado de máximo peligro, de amenaza para la familia. Serán entonces las autoridades, los "expertos", los controladores del status cyber, los que dicten por lo pronto las reglas.

Por otro lado, surgió un recelo frente a lo que los millennials convirtieron en una suerte de idolatría del signo de la representación y, sobre todo, de su autorrepresentación. Al parecer, los pandemials se orientan más bien hacia la experiencia del hacedor, hacia la pregunta por el qué-hacer a partir del que-hacer mismo. Tal vez un retorno a las máximas de la vocación. Es su refugio más vital.

En la esfera pública, lo que siguió a la pandemia fueron los vientos de guerra. En 1914, el ocaso del liberalismo del siglo XIX desembocó en una época de guerras y revoluciones. Como su nombre indica, el neoliberalismo responde a una restauración, algo que se habría perdido ya desde los años 30. ¿En el fin de esa restauración se encuentra también el callejón de la guerra? Prácticamente, entre Borrell que suena los tambores de las armas desde la Unión Europea, y Putin desde Moscú, las diferencias son nimias. Lo que falta es una voz acaso como la de Rosa Luxemburgo. Por lo pronto, los pandemials votaron por Melanchon en Francia, que exige la salida de la OTAN y un camino subversivo hacia la paz.

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El economista Friedrich Hayek trató de revivir el liberalismo internacional para contrarrestar el ascenso del socialismo y otras corrientes colectivistas. (PA Images vía Getty Images)

Una entrevista con Jessica Whyte

Los padres intelectuales del neoliberalismo sabían que necesitaban adjuntar una filosofía de ideales elevados al vicioso sistema de libre mercado que querían extender por todo el mundo. Encontraron esa filosofía pervirtiendo la idea de los derechos humanos.

 

En 1947 se produjeron dos acontecimientos aparentemente no relacionados. Fue el año en que se redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. También fue el año en que se fundó la Sociedad Mont Pelerin, una agrupación entre cuyos miembros fundadores se encontraban los teóricos pioneros del neoliberalismo Friedrich Hayek y Milton Friedman.

En The Morals of the Market: Human Rights and the Rise of Neoliberalism, la filósofa política Jessica Whyte investiga la relación histórica y conceptual entre los derechos humanos y el neoliberalismo. En respuesta a los horrores de la Segunda Guerra Mundial, los delegados de las Naciones Unidas se reunieron para formular una lista de derechos universales. Al mismo tiempo, se estaba llevando a cabo un esfuerzo encabezado por Friedrich Hayek para revivir el liberalismo internacional, supuestamente motivado por una preocupación similar por el estado en peligro de la dignidad y la libertad humanas.

Los delegados de derechos humanos de la ONU y los primeros neoliberales discreparon sobre la solución correcta a las crisis sociales creadas por la guerra. Los primeros adoptaron una extensa lista de derechos sociales y económicos como base para un orden de posguerra. Los segundos, por el contrario, describían el bienestar y la planificación estatal como amenazas totalitarias para la «civilización occidental».

Whyte sostiene que los gobiernos, los ideólogos y los intelectuales adoptaron el discurso de los derechos humanos para proporcionar un lenguaje moral adecuado a la sociedad basada en el mercado que habían creado. Esto fue posible una vez que los neoliberales habían despojado a los derechos humanos de su contenido radical. Whyte conversó con Jacobin sobre la crisis del neoliberalismo y lo que podría venir después.

AS

Hábleme de los antecedentes de The Morals of the Market. ¿Qué cuestiones le llevaron a escribir este libro?

JW

Intentaba comprender la relación entre los derechos humanos, que se habían convertido en un lenguaje dominante de contestación política desde finales de los años setenta, por un lado, y el neoliberalismo, que había sido ampliamente adoptado en el mismo periodo, por otro. Me interesaba entender por qué nuestra era neoliberal había sido también la era de los derechos. Así que decidí volver a 1947, cuando la Comisión de Derechos Humanos comenzó a redactar la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Ese año también se reunió un grupo de economistas, filósofos e historiadores en un pueblo de los Alpes suizos para formar la Sociedad Mont Pelerin. La sociedad fue convocada originalmente por Friedrich Hayek y pretendía revivir el liberalismo internacional para contrarrestar el ascenso del socialismo, la socialdemocracia y otras corrientes «colectivistas». Entre sus miembros fundadores se encontraban economistas de la Escuela Austriaca como Ludwig von Mises, ordoliberales de la Escuela Alemana de Friburgo como Wilhelm Röpke y Alexander Rüstow, y los economistas de la Escuela de Chicago Milton Friedman y Frank Knight. También participaron otros, como el diplomático suizo William Rappard, el economista británico Lionel Robbins y los filósofos franceses Bertrand de Jouvenel y Raymond Aron. La Sociedad Mont Pelerin, que sigue existiendo hoy, se convirtió en un colectivo de pensadores neoliberales que pasó a definir y defender el neoliberalismo en todo el mundo durante muchas décadas.

Quería saber cómo los propios neoliberales entendían y se relacionaban con los derechos humanos, y si habían contribuido al desarrollo de la política de derechos humanos que cobró importancia a partir de la década de 1970. Mi investigación, y el libro que desarrollé a partir de ella, es un intento de comprender el papel del pensamiento de los derechos humanos en el pensamiento y la práctica neoliberales.

AS

Hay una suposición generalizada en la izquierda de que el neoliberalismo es una perspectiva amoral, comprometida únicamente con el racionalismo económico y el objetivo del crecimiento ilimitado. Por supuesto, esto tiene implicaciones morales. Sin embargo, en su libro, usted sostiene que desde el principio, el neoliberalismo fue un proyecto moral. Por ello, el neoliberalismo influyó y se vio influido por el desarrollo de las teorías de los derechos humanos. ¿Cómo cambia este análisis del neoliberalismo como proyecto moral nuestra comprensión de cómo evolucionó a partir de los años 40?

JW

Estaba muy descontenta con una de las interpretaciones dominantes del neoliberalismo que lo considera una racionalidad económica amoral que reduce a los seres humanos al homo economicus. Esta interpretación chocaba con lo que encontré en los archivos de la Sociedad Mont Pelerin.

Cuando se examinan los documentos fundacionales de la Sociedad Mont Pelerin de 1947, surge una imagen diferente. En sus propias palabras, los fundadores del neoliberalismo creían que los «valores centrales de la civilización están en peligro». Esta crisis civilizatoria, argumentaban, era el resultado de la negación de normas morales absolutas. A la luz de esto, muchos neoliberales defendieron la legitimidad moral de la «civilización occidental», que asociaron con los valores familiares, la libertad individual, la responsabilidad personal y la aceptación de los resultados de la competencia del mercado.

No es que, para los neoliberales, la competencia del mercado fuera simplemente un medio más eficiente para distribuir bienes y servicios. Por el contrario, el mercado era la institución central que podía coordinar la sociedad para contrarrestar el poder político. Friedrich Hayek, en particular, se esforzó mucho en formular lo que consideraba la moral del mercado. Sostenía que una sociedad libre solo podía sobrevivir si la gente toleraba altos niveles de desigualdad y se abstenía de interferir colectivamente en el orden del mercado. El éxito de un orden de mercado competitivo dependía de la inculcación de estas creencias.

AS

¿Qué nos ayuda a entender esta perspectiva sobre la misión moral del neoliberalismo en la actualidad?

JW

Creo que esto cambia nuestra comprensión de la alianza entre el conservadurismo social y el neoliberalismo, que está especialmente arraigada en Estados Unidos. En sus primeros trabajos, la teórica política Wendy Brown abordó este problema, al igual que la socióloga Melinda Cooper. Ambas han intentado resolver el rompecabezas de cómo, tras la revolución sexual, los neoliberales económicos, secos y amorales —en particular los asociados a la Escuela de Chicago— hicieron causa común con los neoconservadores, los evangélicos y los conservadores sociales.

Si nos alejamos de Estados Unidos y volvemos a la Europa de los años 40, queda claro que el conservadurismo social no era un complemento externo del neoliberalismo. Más bien, formó parte del paquete neoliberal desde el principio. Los pensadores neoliberales no necesitaron buscar fuera del movimiento neoliberal para encontrar fuertes defensas del cristianismo o de la superioridad de la civilización occidental. Tampoco necesitaron buscar en otros lugares para encontrar una defensa de la familia. El neoliberal alemán Wilhelm Röpke la describió como «la esfera natural de la mujer, el entorno adecuado para criar a los hijos y, de hecho, la célula parental de la comunidad». De hecho, como sostengo, los primeros pensadores neoliberales creían que el auge de la socialdemocracia y del Estado del bienestar amenazaba con usurpar el papel «natural» de la mujer en la familia.

AS

Otros estudiosos han sugerido que el neoliberalismo y los derechos humanos son «compañeros» o que «convergen limpiamente». Por el contrario, usted sostiene que el proyecto neoliberal readaptó las teorías de los derechos humanos. Teniendo en cuenta la centralidad de la idea de los derechos humanos en los movimientos sociales, ¿cree que el neoliberalismo despolitizó esos movimientos, alejándolos de la lucha política? ¿Está esto relacionado con la incorporación de los movimientos políticos a las ONG despolitizadas?

JW

Los pensadores y líderes neoliberales adoptaron muy explícitamente una estrategia de despolitización de los movimientos sociales. A principios del siglo XX, los neoliberales de la Sociedad Mont Pelerin estaban unidos en gran medida por la convicción de que el mercado podía utilizarse para pacificar las relaciones sociales. Para ello, revivieron una idea del siglo XVIII rastreada por el economista del desarrollo Albert Hirschman.

Los primeros neoliberales sostenían que cuando la gente actúa sobre la base de intereses fríos y racionales, es menos cautiva de sus violentas pasiones políticas. En consecuencia, los neoliberales consideraban la sociedad civil como un ámbito de relaciones de interés mutuo que debía protegerse de las intrusiones de la política. Los derechos humanos podían utilizarse para proteger la sociedad civil y los dominios privados de los individuos —sobre todo, su propiedad privada— de los desafíos políticos.

A escala internacional, esto significaba también proteger los derechos de los inversores. Esto era especialmente importante en las antiguas colonias, donde los Estados poscoloniales que intentaban expropiar la propiedad de las empresas multinacionales y de las empresas asociadas a las antiguas potencias coloniales. Así pues, los fundadores del neoliberalismo veían los derechos humanos como un freno a la política y como una forma de evitar la intervención política.

Con respecto a las ONG, los propios neoliberales tendían a ser bastante ambivalentes sobre ellas. Sin embargo, sostengo que a partir de la década de 1970, muchas ONG de derechos humanos adoptaron el marco neoliberal. Llegaron a ver la política como algo violento y opresivo, mientras que consideraban la sociedad civil y el mercado como el reino de la libertad individual y las relaciones sociales mutuamente beneficiosas.

AS

Entonces, ¿cómo hicieron las paces los pensadores neoliberales con el papel del Estado como garante de los derechos humanos? ¿Y qué relación deseaban fomentar entre instituciones supranacionales como la ONU y el Estado-nación?

JW

El neoliberalismo ciertamente no era antiestatista. Al contrario, el neoliberalismo estaba muy preocupado por movilizar al Estado para proteger al mercado competitivo de los desafíos políticos. Fundamentalmente, a lo que se oponían los neoliberales era a la soberanía popular. Hay una figura que se repite una y otra vez en los escritos neoliberales como el teórico original del totalitarismo: el filósofo radical ginebrino de la Ilustración Jean-Jacques Rousseau. Rousseau es quizás el teórico más importante de la soberanía popular.

Los neoliberales querían despolitizar el Estado. Rechazaban el argumento de Rousseau de que la voluntad popular debía desarrollarse a través del Estado y que éste podía ser una institución que defendiera la soberanía popular. En cambio, querían limitar el papel del Estado a la vigilancia del descontento social y a la lucha contra las amenazas al mercado. Los fundadores del neoliberalismo apoyaban la intervención del Estado para preservar las relaciones de mercado. Consideraban que la idea de los derechos humanos era ventajosa porque podía legitimar la intervención para proteger las relaciones de mercado a nivel internacional.

AS

El neoliberalismo se consolidó y se hizo hegemónico en las décadas de 1970 y 1980, al igual que el modelo de derechos humanos que favorecían. Al mismo tiempo, los proyectos revolucionarios comunistas y el socialismo de Estado estaban en declive. ¿Cómo traza la relación entre estas tendencias?

JW

El neoliberalismo surgió a mediados del siglo XX como reacción al auge del socialismo, el comunismo, el nacionalismo anticolonialista y la socialdemocracia. En los años 70 y 80, cuando estas corrientes políticas estaban en declive, el neoliberalismo inició su marcha hacia la hegemonía. Fue también en este periodo cuando cobró importancia el discurso de los derechos humanos, que se centró en los derechos civiles y políticos en detrimento de los derechos sociales y económicos.

Para entender la relación entre estos desarrollos, me fijé en Francia. Me centré en la ONG humanitaria Médicos Sin Fronteras (MSF), que adoptó muy explícitamente el pensamiento neoliberal en oposición a las demandas poscoloniales de redistribución global. A principios de la década de 1980, se convirtió en un lugar común argumentar que la promesa emancipadora de lo que se había llamado tercermundismo había terminado en algunos escenarios bastante desastrosos y en regímenes autoritarios y represivos. Las figuras asociadas a MSF se basaron en la obra del economista neoliberal del desarrollo Peter Bauer para explicar esto y argumentar que solo una economía de mercado competitiva podía preservar los derechos humanos.

Los derechos humanos cobraron protagonismo en ese periodo como la alternativa a las utopías, ahora empañadas, del comunismo y el tercermundismo, como ha argumentado Samuel Moyn. Pero más que eso, el discurso de los derechos humanos dio legitimidad moral a la agenda neoliberal. MSF fue la más explícita en su rechazo a las ideas de soberanía económica y redistribución económica. Sin embargo, muchas otras ONG de derechos humanos reforzaron el ataque neoliberal a la soberanía poscolonial y apoyaron la demanda de nuevas formas de intervención humanitaria en los territorios de las antiguas colonias.

AS

Entonces, ¿MSF es un ejemplo de organización progresista que adoptó perspectivas neoliberales?

JW

Sí. A pesar de ser una ONG humanitaria, los dirigentes franceses de MSF empezaron a esgrimir argumentos económicos muy fuertes, en particular contra la idea del Nuevo Orden Económico Internacional, que contaba con el apoyo del Movimiento de los No Alineados [de las naciones que no estaban del lado del mundo comunista ni de Estados Unidos y la OTAN]. Los dirigentes del MSF empezaron a reciclar los argumentos que los pensadores neoliberales habían esgrimido durante décadas, argumentando que Occidente no debía ser víctima de la llamada culpa colonial.

También se propusieron derrotar los argumentos de una generación anterior de pensadores anticoloniales (por ejemplo, el relato de Frantz Fanon sobre cómo la riqueza de Europa fue literalmente robada a las antiguas colonias, que fue reiterado por Jean-Paul Sartre). La dirección de MSF se basó en el trabajo de Bauer para rechazar explícitamente el argumento de que había una relación entre la riqueza de Europa y el empobrecimiento de las antiguas colonias. Esto fue crucial para su rechazo de la «culpa colonial».

AS

¿Así que una serie de progresistas adoptaron esencialmente las perspectivas neoliberales sobre la civilización, la raza y la nación?

JW

Los teóricos de los derechos humanos no siempre fueron tan lejos como los neoliberales al adoptar explícitamente la idea de que la civilización occidental es superior debido a su valorización de los mercados y los derechos humanos. Sin embargo, se inspiraron en los pensadores neoliberales para desarrollar lo que yo llamo «derechos humanos neoliberales», que suponen que los derechos humanos requieren una economía de mercado competitiva.

En La acción humana: Tratado de economía, Ludwig Von Mises expuso este punto de vista de la forma más cruda. Allí argumentaba que «en cuanto se elimina la libertad económica que la economía de mercado concede a sus miembros, todas las libertades políticas y las declaraciones de derechos se convierten en patrañas». Muchas ONG de derechos humanos lo aceptaron, implícita y explícitamente.

Las ONG eran más reacias a aceptar las jerarquías raciales explícitas que defendían algunos teóricos neoliberales. Nunca fueron tan lejos como Mises, por ejemplo, que argumentó en La acción humana que las «mejores razas» tienen una aptitud especial para la cooperación social a través del mercado y, en consecuencia, los «pueblos que han desarrollado el sistema de la economía de mercado y se aferran a él son en todos los aspectos superiores a todos los demás pueblos».

Sin embargo, al afirmar que la pobreza de las naciones poscoloniales era el resultado de heridas autoinfligidas, muchas ONG aceptaron implícitamente un discurso racializado que ocultaba las formas en que las naciones coloniales y las relaciones supuestamente de libre mercado habían empobrecido a las antiguas colonias. Además, las ONG de derechos humanos solían abrazar la dicotomía neoliberal entre política y mercado, que valoraba a este último como contrapeso al autoritarismo del primero.

AS

¿Cómo se relacionan las concepciones neoliberales de la libertad y la soberanía con sus actitudes contra la autodeterminación y las luchas anticoloniales? ¿Y qué conceptos específicos de libertad y soberanía proponen los neoliberales?

JW

Empecemos por la libertad. La libertad es interesante porque es el valor más asociado al neoliberalismo. Cuando se examina detenidamente su obra, la concepción neoliberal de la libertad se reduce a lo que Hayek describió como la sumisión a los resultados impersonales del mercado. Para los pensadores neoliberales, la libertad se limita claramente a lo que es compatible con el funcionamiento de un orden de mercado competitivo.

Se trata de un tipo de libertad con el que estamos demasiado familiarizados hoy en día. Eres libre de buscar otro trabajo, de reciclarte, de volver a la universidad o de conducir para Uber. Pero no eres libre de afiliarte a un sindicato o de luchar contra la imposición de las relaciones de mercado capitalistas a nivel internacional.

Cuando el colonialismo formal llegó a su fin, el neoliberalismo se preocupó sobre todo de bloquear la aparición de una auténtica libertad política o autodeterminación para los pueblos de las antiguas colonias. En cambio, querían asegurarse de que las antiguas colonias se sometieran a su lugar tradicional en una división internacional del trabajo creada por el colonialismo.

Algo similar ocurre cuando examinamos la idea de soberanía. Los neoliberales defendían lo que Mises llamaba la «soberanía del mercado». Para ellos, la soberanía del mercado no concedía ningún derecho de resistencia: todo el mundo tenía que conformarse con su lugar en un orden de mercado determinado. De nuevo, esto contrasta de forma muy marcada con la idea de soberanía económica que era popular en las sociedades postcoloniales. Los neoliberales se oponían a la idea de la soberanía popular sobre los recursos naturales, argumentando en su lugar que las materias primas debían pertenecer a quien fuera capaz de comprarlas en el mercado abierto. Su ideal era que las relaciones económicas del periodo colonial persistieran tras el colonialismo formal.

AS

Tras la elección de Donald Trump, pensadores que van desde el filósofo político radical y activista Cornel West hasta Samuel Moyn declararon la muerte del neoliberalismo. Esta es una afirmación que la gente ha estado haciendo durante décadas. En The Morals of the Market, usted critica este tipo de pensamiento de época. ¿Por qué declarar la muerte del neoliberalismo obstaculiza la reflexión sobre la política contemporánea?

JW

El neoliberalismo ha sido declarado muerto muchas veces. Y, sin embargo, parece revivir constantemente. Como resultado, han circulado todo tipo de metáforas, incluyendo la idea de «neoliberalismo zombi» y lo que Zachary Manfredi y William Callison han llamado recientemente «neoliberalismo mutante».

«Neoliberalismo mutante» podría ser una mejor manera de entender la trayectoria del neoliberalismo desde el período de Trump en adelante. La versión del neoliberalismo asociada a los Clinton en Estados Unidos y a los laboristas de la Tercera Vía en el Reino Unido combinaba una agenda socialmente progresista con una economía de libre mercado. Este enfoque fue desplazado no solo en Estados Unidos y el Reino Unido, sino también en India, Brasil y Hungría, por un estilo de neoliberalismo mucho más explícitamente reaccionario, racista y socialmente conservador. Sin embargo, si se mira hacia atrás en la historia del neoliberalismo, queda claro que estos temas aparentemente nuevos —ya sea que afirmen la superioridad de «Occidente» o una jerarquía civilizacional o racial— siempre han tenido un lugar clave en la visión neoliberal del mundo.

Pero creo que hoy se está produciendo una verdadera transformación. Personas como Margaret Thatcher, Ronald Reagan e incluso Tony Blair pudieron presentar el neoliberalismo como una promesa utópica. Había una sensación de que conduciría a un futuro más brillante. Esto se ha visto profundamente empañado por las crisis económicas y financieras mundiales, la pandemia del COVID-19 y la catástrofe climática en desarrollo. Aunque creo que estamos viendo un cambio, también me preocupa que el neoliberalismo sea un conjunto de ideas y prácticas profundamente persistente y tenaz. Además de insinuarse profundamente en la elaboración de políticas, el neoliberalismo se ha insertado en nuestras subjetividades. Derrocar el neoliberalismo requerirá, por tanto, un reto extraordinario y una movilización política mucho mayor de la que hemos visto hasta ahora.

AS

¿A qué se refiere cuando dice que el neoliberalismo se ha insertado en las subjetividades?

JW

Creo que ahora es muy común que la gente se vea a sí misma como empresarios que interactúan en un mercado competitivo. Por ejemplo, el sindicalismo ha sido socavado por la idea de que el individuo es responsable de ser resistente, de mejorar su propia vida y de determinar su propio destino. En este sentido, la moral del mercado ha sido asumida amplia y explícitamente, incluso por personas que no se consideran neoliberales.

Se ha convertido en un lugar común que la gente piense que así es como funciona el mundo, y que hay muy pocas alternativas. Esto también se debe a que las reformas neoliberales han erosionado los apoyos sociales y los sistemas de bienestar que en su día habrían dado a la gente una alternativa a la simple autosuficiencia.

El reto, en este contexto, es convencer a la gente de que confíe en la idea de que un proceso colectivo de cambio social puede ofrecerles más que los procesos individualizados de autoinversión. Se trata de una gran petición, y requiere que transformemos no sólo nuestra forma de pensar, sino también la realidad material que el neoliberalismo hizo nacer a nivel mundial.

AS

Además de examinar el modo en que el neoliberalismo y las ideas de los derechos humanos se desarrollaron conjuntamente, The Morals of the Market da cuenta de cómo el neoliberalismo dio forma al imperialismo estadounidense en el extranjero. En Estados Unidos, los liberales han celebrado recientemente el regreso de los demócratas al poder. ¿Cuál es su opinión sobre la presidencia de Joe Biden? ¿Hacia dónde va el neoliberalismo a partir de ahora?

JW

El regreso de los demócratas a la Casa Blanca es muy interesante, tanto para el neoliberalismo como para los derechos humanos. El Secretario de Estado Antony Blinken ha declarado recientemente que la administración Biden situará los derechos humanos en el centro de su política exterior. Está muy claro que esto forma parte de la nueva Guerra Fría con China. Por mucho que Blinken y Biden hayan afirmado un compromiso con un discurso universal de derechos humanos que no distinga entre aliados y adversarios, su enfoque en China es claro.

Tras el reciente y devastador bombardeo de Israel sobre Gaza, la administración Biden bloqueó repetidamente las declaraciones del Consejo de Seguridad de la ONU que pedían el fin de la ofensiva. Esto demuestra que el gobierno de Biden es tan selectivo en cuanto a la aplicación de los derechos humanos en la política exterior como cualquier otro gobierno anterior de Estados Unidos. En muchos sentidos, no es una sorpresa.

Creo que hay un cambio más fascinante bajo Biden, al menos en términos retóricos. Su administración se aleja explícitamente de los resultados y la retórica de décadas de reestructuración neoliberal. Esto se puede ver claramente en sus declaraciones de que la economía de goteo nunca funcionó, que el gran gobierno está de vuelta. También se nota en su afirmación de que el Estado debe desempeñar un papel importante en la creación de la infraestructura física y social que permita la participación económica y fomente una mayor igualdad.

Parece que Estados Unidos avanza internamente hacia un capitalismo más dirigido por el Estado. Esto plantea una pregunta interesante: ¿cómo modificará este cambio la defensa internacional de los derechos humanos del país? En un discurso pronunciado en marzo de 2021 con motivo de la publicación del informe anual sobre derechos humanos de Estados Unidos, el Secretario de Estado Blinken argumentó que los países que respetan los derechos humanos son mejores mercados para los productos estadounidenses, mientras que los países que niegan los derechos humanos son también los que violan las normas comerciales.

Esta es una declaración clásica del paradigma neoliberal de los derechos humanos. Si el gobierno de Biden se orienta efectivamente hacia políticas económicas que otorgan al gobierno un papel más importante en la propiedad y la gestión del capital, será interesante ver cómo esto modifica la agenda política de derechos humanos de Estados Unidos. La defensa de los derechos humanos puede ser menos importante en un mundo de capitalismo dirigido por el Estado, en el que el lenguaje de los intereses nacionales adquiere una importancia renovada.

Sobre la entrevistadora

Angela Smith es candidata a doctora en ciencias en la Facultad de Derecho y Justicia de la University of New South Wales.

Publicado enEconomía
¿Y si el orden liberal se fortalece con la invasión a Ucrania?

Lejos de haber acelerado su descomposición, la invasión rusa a Ucrania puede estar generando un fortalecimiento del orden liberal internacional. La reacción frente al ataque de Putin muestra que las bases ideológicas que le dieron forma se mantienen vigentes.

 

A poco de más de un mes de la invasión rusa a Ucrania, el inicio de la guerra en ese país ha agregado un nuevo capítulo de incertidumbre e imprevisibilidad a la situación internacional. La violación de los principios de soberanía e integridad territorial por parte de Moscú y la incapacidad de los organismos internacionales para evitar la escalada bélica son, para muchos, indicadores claros de que el llamado orden liberal mundial continúa en declive. 

Surgido cuando Reino Unido era la potencia hegemónica, el orden liberal siguió desarrollándose bajo el liderazgo de Estados Unidos y se expandió tras el fin de la Guerra Fría. El despliegue de ese sistema estuvo marcado por una serie de preceptos, entre los que se destacaban la conformación de un mercado mundial centrado en la globalización y la interdependencia económica, el fomento de la cooperación mediante instituciones multilaterales y la búsqueda de la expansión de la democracia liberal y el régimen de derecho.

Como otra cara de la misma moneda, este orden también se construyó sobre la idea de la superioridad de Occidente y la necesidad de universalizar sus preceptos desde una concepción lineal del progreso. De esta forma, cuantos más países se unieran, mayor estabilidad, paz y aumento del bienestar económico a nivel global se conseguiría.

La suerte de los sistemas internacionales debe considerarse, sin embargo, como un proceso de actividad continua de orden y desorden, en el que intervienen acciones y reacciones que pueden tender hacia uno u otro lado. En tal sentido, luego de que el orden liberal sufriera impugnaciones «desde adentro» —principalmente, por parte de los partidos y movimientos iliberales y de la derecha radical—, la invasión rusa despertó enérgicos discursos y prácticas que reivindican sus principios. Esta reacción se ha expresado de diferentes formas: desde el aislamiento político del Kremlin, pasando por una catarata de sanciones económicas, hasta una ola de cancelación sobre «todo lo que sea ruso» por parte de empresas, redes sociales e individuos en general.

La guerra en Ucrania ha reanimado los fundamentos ideológicos del orden liberal, especialmente entre los países occidentales. Gobiernos, empresas, medios de comunicación, plataformas digitales y ciudadanos en general han colocado a la guerra en Ucrania como un hito en el que se ponen en juego algunas de las ideas y valores constitutivos del sistema internacional y la vida social en general.

Esta concepción de la guerra en Ucrania como un parteaguas no es casual. Un aspecto central del orden liberal es su pretensión de universalidad, lo que implica que los estados no occidentales se vean persuadidos de unirse voluntariamente y abrir sus sistemas políticos y económicos sobre la base des normas, reglas y prácticas. En ese marco, Ucrania se ha convertido en una trinchera del liberalismo: un país que, habiéndose formado previamente parte de la órbita comunista, busca occidentalizarse e internalizar los preceptos de la democracia representativa, pero se ve amenazada por una potencia «iliberal» y revisionista. En una columna publicada en la revista The Atlantic, la escritora liberal-conservadora Anne Applebaum expresa bien el espíritu de esta suerte de cruzada liberal: «la guerra en Ucrania es una causa global en la que se lucha por un conjunto de ideas universales: la democracia, el nacionalismo cívico basado en el respeto por el Estado de derecho y la resolución pacífica e institucionalizada de las disputas».

Orden internacional e ideología

En el discurso convencional moderno, el desorden internacional está asociado a la aparición de cualidades que generan incertidumbre sobre la perdurabilidad de las reglas que rigen la política y la economía a escala global. Desde esta mirada, la guerra en Ucrania constituiría un nuevo capítulo de la larga crisis del orden global liberal. Algunos sitúan el comienzo de su descomposición en 2001, cuando tras los atentados a las Torres Gemelas, Estados Unidos apeló a la política unilateral de la guerra preventiva. Ese hecho habría causado un primer quiebre. Luego se sumarían otros factores, como la crisis económica de 2008, la emergencia de las extremas derechas, incluido el ascenso al poder de Donald Trump, las crisis ambientales y sanitarias o la rivalidad geopolítica entre China y Estados Unidos.

Según este enfoque, las fuentes de desorden pueden ser coyunturales (guerras, crisis económicas, climáticas) o producto de dinámicas estructurales (cambios en las relaciones sociales de producción y redistribuciones de poder entre Estados, que pueden incluir o no procesos de transición hegemónica entre potencias. Siguiendo los tipos de alteraciones que define Aaron McKeil, tanto el ascenso de China como la acción belicista de Rusia serían casos de alteración del orden internacional «desde afuera». Es decir, una potencia inicia una guerra o acción desafiante que atenta contra el orden establecido o, en un estadio más profundo, se conforma una coalición contrahegemónica que cuestiona los fundamentos del orden internacional y tiene la fuerza suficiente como para proponer un cambio completo de orden o modificaciones parciales dentro del orden que favorezcan a la coalición desafiante.

Una segunda opción es que el orden internacional se debilite –y, en última instancia, se disuelva– por un funcionamiento defectuoso o disfuncional, producto de una brecha entre lo que la gente espera de ese orden (seguridad, prosperidad económica, libertad) y lo que efectivamente «recibe». En este caso, el desorden ya no se produce por la acción de una potencia o un grupo de estados revisionistas «externos», sino que se origina en las propias sociedades y estados que dieron forma a ese orden. La expansión de la extrema derecha y los líderes populistas «antiglobalistas», los efectos de la crisis climática y la deficitaria cooperación interestatal frente a la pandemia de covid-19 son indicadores de esta disfuncionalidad «interna» del orden liberal mundial, en tanto implican una falla o un cuestionamiento de algunos sus principios fundamentales, como la democracia, el libre comercio, la globalización, la cooperación y el multilateralismo.

Profundizando esta mirada, cabe resaltar que la sostenibilidad de un orden internacional no depende únicamente del poder material de un Estado o de un grupo de Estados, sino que, como señala Robert Cox en su clásico libro Production, Power, and World Order: Social Forces in the Making of History [Producción, poder y orden mundial, las fuerzas sociales en la construcción de la historia], todo orden mundial hegemónico está sustentado por una dimensión ideológica. 

El trasfondo del orden implica la existencia de un conjunto de ideas que configuran lo que es bueno y deseable, tanto en la vida social como en las normas y prácticas de la política internacional. Estas ideas indican cuándo es válido utilizar la violencia, qué se considera una agresión internacional, cuándo una acción es considerada como legítima defensa, a través de qué mecanismos se deben gestionar los problemas globales o cuál es el mejor tipo de régimen político para vivir. Los órdenes internacionales tienen una identidad hegemónica y su estabilidad depende, en buena medida, de la fuerza que tengan las ideas y valores entre los gobiernos, las elites y los individuos en general. Para que un orden sea perdurable, en los países que le han dado forma esas ideas deben ser nítidamente hegemónicas. En tal sentido, las prácticas y discursos reaccionarios esgrimidos por los partidos de ultraderecha de Occidente, constituirían un reflejo de una crisis de hegemonía del orden liberal o una expresión de lo que Dittmer y Kim definen como una crisis de identidad: en nuevas condiciones históricas, los fundamentos del «yo colectivo» se vuelven inaceptables para buena parte de la comunidad.

La reacción occidental

Frente al mentado proceso de descomposición del orden liberal, la invasión rusa a Ucrania parece estar fortaleciéndolo, al menos en lo que respecta a uno de los elementos fundamentales: el de sus bases ideológicas. Esto se hace evidente en el carácter que ha tomado la reacción de los países y las sociedades occidentales frente al conflicto. En el plano político, decenas de países han condenado a Rusia por violar el principio de integridad territorial. Asimismo, se han aplicado sanciones –políticas, diplomáticas y económicas– de todo tipo, a tal punto que Rusia es hoy el país con más sanciones en el mundo, muy por encima de los denominados «Estados paria» como Siria, Irán o Venezuela.

Aunque la guerra en Ucrania puso en cuestión la premisa liberal de que la interdependencia económica –como la que tienen Rusia y Europa por el suministro de gas– disuade las posibilidades de conflicto, lo cierto es que al mismo tiempo ha revalorizado una idea que aún perdura con fuerza en el imaginario liberal: que las democracias son menos beligerantes. La narrativa dominante sindica a Putin como el villano en sentido estricto: sus argumentos belicistas resuenan como excusas de un régimen autoritario, que mantiene en su ADN las ambiciones imperiales del zarismo y el período soviético y ve a Occidente como una amenaza, en contraposición con una Ucrania pacífica, que busca consolidar una democracia liberal y unirse a instituciones como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) o la Unión Europea.

En la bibliografía sobre relaciones internacionales, quienes sostienen que las democracias son más pacíficas basan su explicación en el rol que juegan las instituciones y la discusión pública. Los líderes democráticos que libran una guerra son responsables, a través de las instituciones democráticas, de los costos y beneficios que implica el conflicto armado. Por ello, si inician una guerra se arriesgan a ser expulsados del cargo, especialmente si pierden, o si la guerra es larga o costosa. Según esta misma lógica, los gobiernos autoritarios, en cambio, cuentan con mayor margen para reprimir todo tipo de oposición y mantenerse en el poder durante y después de la guerra. Esto hace que tengan menos incentivos para evitar el conflicto, especialmente si el contendiente es un país democrático.

Otro indicador de esta suerte de revitalización del orden liberal que sobrevino a la invasión rusa es que el espíritu de cooperación e integración europea parece haberse despertado nuevamente, dejando atrás las pulsiones por los «exit» y la falta de acuerdos que se produjeron en el comienzo de la pandemia de covid-19. Múltiples encuestas revelan que la amplia mayoría de los europeos apoya las acciones mancomunadas —sea mediante la OTAN o la Unión Europea— que están llevando adelante sus gobiernos en defensa de Ucrania y que incluso respaldarían un compromiso militar para disuadir la agresión del Kremlin.

En la misma línea, la caracterización de Putin como un agresor internacional no solo hace que su figura haya perdido atractivo en buena parte del progresismo, sino que también se ha vuelto una figura menos tolerable para la extrema derecha. Varios líderes del populismo «iliberal», que hasta hace poco tejían alianzas políticas con Putin e incluso reibían apoyo financiero de este, están ahora pagando el precio de haber sido amables con quien todos señalan como el culpable de desestabilizar Europa. En Francia, la candidata de extrema derecha Marine Le Pen retiró, a poco de las elecciones presidenciales, folletos de campaña donde se la veía sonriente con el presidente ruso. En Hungría, el conflicto bélico también puso en aprietos al gobierno de Viktor Orbán, uno de los mayores aliados del Kremlin y se distanció de los países del Grupo de Visegrado. Si bien Orbán conserva altos índices de popularidad y ha triunfado holgadamente en las últimas elecciones, un sondeo de opinión reveló que 60% de los encuestados considera que Hungría se ha acercado demasiado a Putin y que Rusia es el principal responsable de la guerra por haber atacado a un Estado independiente.

Del otro lado del Atlántico, la situación no es muy distinta. El apoyo de Donald Trump a Putin ha generado cortocircuitos entre la base del partido y el ex-presidente, en tanto muchos republicanos del ala derecha se manifestaron enérgicamente contra la incursión belicista y apoyaron las sanciones a Moscú. «No hay lugar en este partido para los apologistas de Putin», afirmó Mike Pence, vicepresidente durante la gestión de Trump. Es decir, el accionar de Rusia parece haber complicado los posicionamientos de los líderes de extrema derecha, lo cual puede significar un freno al alcance de las impugnaciones «desde adentro» al orden liberal.

Por último, vale resaltar algo no menos importante: el inédito accionar de las empresas, medios de comunicación y redes sociales frente a la invasión rusa. Alegando la defensa de valores como la democracia, los derechos humanos, la libertad individual y la prensa independiente, plataformas como Facebook, Instagram, YouTube y Twitter, restringieron publicaciones y cuentas administradas por medios estatales rusos. En algunos casos, por decisión propia y, en otros, a solicitud de los gobiernos de Europa y Estados Unidos.

Asimismo, cientos de compañías e importantes multinacionales como McDonald's, Apple, Disney, Nike o Ikea se han plegado a las sanciones contra Rusia o han suspendido sus actividades comerciales en ese país. Muchas de ellas venían registrando grandes ganancias económicas y, en el caso de las compañías de hidrocarburos, son además jugadores clave en el mercado ruso, lo cual pone en duda la rentabilidad futura de sus acciones. Es la situación de British Petroleum —considerada uno de los mayores inversores extranjeros en Rusia— y otras grandes empresas de petróleo y gas como Shell, Equinor, TotalEnergies y Exxon. 

En varios de estos casos, los directivos justificaron el accionar de sus empresas calificando como inadmisible la agresión y la desobediencia del derecho internacional por parte del Kremlin. El comunicado oficial mediante el cual ExxonMobil anunció la suspensión operaciones e inversiones en Rusia comienza diciendo: «ExxonMobil apoya a la gente de Ucrania en su intento de defender su libertad y determinar su propio futuro como nación. Deploramos la acción militar ruso que viola la integridad territorial de Ucrania y pone en peligro a su pueblo». 

En definitiva, el estallido de la guerra en Ucrania puede leerse a simple vista como otro episodio de desgranamiento del alicaído orden liberal mundial. No obstante, una lectura que incluya la reacción que provocó el accionar ruso nos da la pauta de que, como sostiene Mariela Cuadro, el discurso liberal y las prácticas de liberalización, a pesar de su supuesta crisis, siguen siendo dominantes en la política internacional cotidiana. Y tanto gobiernos como actores privados parecen dispuestos a defender los valores e ideas constitutivas del liberalismo en el sistema internacional.

Publicado enPolítica
La urgencia de educar(nos) en la autodefensa

Cuando el sistema ha devenido en muerte. Cuando el capitalismo es sinónimo de riesgo para la vida, el medio ambiente y los pueblos. Cuando las grandes obras para acumular capital van de la mano de feminicidios y de genocidios, deberíamos pararnos a pensar cómo frenar este sistema para defender la vida.

Aun quienes sabemos desde tiempo atrás que el capitalismo se va deslizando por la pendiente de la guerra contra los pueblos, guerras permanentes no declaradas, tenemos dificultades para encontrar los modos de actuar, en colectivo, para poner impedir la locura que pretende hacer de la vida mera mercancía.

En primer lugar, descartamos las simetrías. Oponer la guerra a la guerra no es un buen camino, porque los muertos los ponen siempre los mismos: pueblos originarios y negros, mujeres y jóvenes de todos los colores de piel, campesinos, obreros y todo el abanico de los abajos. La experiencia reciente de las guerras latinoamericanas, me refiero a las guerras llamadas revolucionarias, debería convencernos de que la simetría es mal camino.

Pero también rechazamos la quietud y el pacifismo de poner la otra mejilla, ambos funcionales (al igual que la guerra) al sistema genocida y feminicida. Porque el capitalismo no va a caer solo, de muerte natural o por las supuestas "leyes" de la economía, de la historia o de lo que sea. El sistema debe ser derribado. El asunto es "cómo".

Un primer paso es la autodefensa colectiva, que pasa primero por estar organizados. Hay muchos modos y maneras de autodefendernos, como lo enseñan los pueblos latinoamericanos que han creado las más diversas formas de autodefensa para protegerse de grupos paramilitares, policiales y de las fuerzas armadas, pero también de las grandes mineras.

Nos han enseñado mal la historia. O la hemos aprendido mal y debemos recuperarla. Recién conocí que las sufragistas inglesas de comienzos del siglo XX contaban con grupos de autodefensa, gracias al trabajo de la feminista francesa Elsa Dorlin*.

Parte del movimiento, que se negaba a recurrir a la ley por considerar al Estado como principal instigador de las desigualdades, tomaba cursos de jiu-jitsu (arte defensivo con bastón). La autodefensa colectiva, argumenta Dorlin, "politiza los cuerpos, sin mediación, sin delegación, sin representación" (p. 112).

En una reciente entrevista, Dorlin destaca algo relacionado con la autodefensa que vale tanto para los chalecos amarillos franceses, como para los jóvenes de Cali, con quienes estos días pude compartir espacios de formación: se llega a un punto de inflexión cuando el poder desconsidera la vida de ciertas personas. Se trata de vidas que comprendieron que "ya no valen nada y que pueden reventar en medio del silencio y la indiferencia si no se sublevan" (https://bit.ly/3Kgpwfc).

Amplios sectores de la población tienen necesidad de defenderse colectivamente, porque no cuentan ni para el poder ni para el capital. Podemos nombrarlos de muchos modos: los de abajo, descartables, habitantes de la zona del no-ser, población sobrante; esa porción de la humanidad que sólo existe cuando se rebela.

Vale recordar el reciente aserto del periodista israelí Gideon Levy, sobre los palestinos: "Si no utilizan la violencia, el mundo entero se olvidará de ellos" (https://bit.ly/3x6Memh).

No toda autodefensa, apunta, ejerce la violencia, pero eso depende de las decisiones colectivas. Busca sobre todo asegurar la sobrevivencia colectiva, para lo cual es imprescindible frenar la acumulación por despojo/cuarta guerra mundial contra los pueblos: megaminería, monocultivos, megaobras de infraestructura y especulación inmobiliaria urbana. En suma, todos los modos que hacen negocio con la vida.

La autodefensa, o cuidados en común, tiene una dimensión autoeducativa de sus miembros y de los pueblos y barrios que han decidido defenderse. El sistema ha mutado, al punto que es capaz de convertir las emociones más íntimas en mercancías**. Participar en la autodefensa colectiva nos debería ayudar a lidiar con estos nuevos modos de la acumulación por despojo.

La nueva generación de jóvenes zapatistas intentan usar la Internet en un sentido diferente al diseñado por el sistema. Con ello pretendo insinuar que las autodefensas trabajan tanto en la defensa material, colocando límites a los violentos, como en las subjetividades, desaprendiendo los modos de consumir impuestos con modos mucho más sutiles de violencia, pero que igual nos despojan de nuestros sentires e identidades.

Por último, la autodefensa es un arte de vida en medio de un sistema de muerte. Un modo de caminar sorteando obstáculos, enseñándonos a seguir siendo pueblos y seres humanos. No para conquistar algo como el poder, sino, simplemente, para seguir caminando como vidas que somos.

* Autodefensa. Una filosofía de la violencia, Txalaparta, 2019.

**Eva Illouz (comp.) Capitalismo, consumo y autenticidad. Las emociones como mercancía, Madrid, Katz, 2019.

Publicado enSociedad
Lunes, 28 Marzo 2022 05:04

La neurociencia de la religión

Imagen: Bernardino Avila

El biólogo Diego Golombek analiza la relación entre el cerebro humano y la idea de Dios

El investigador indaga en preguntas sobre un tema que la ciencia tiende a desechar como mera mistificación, sugestión u “opio de los pueblos”.

 

¿Hay relación entre la idea de Dios y el cerebro humano? Si existe, ¿está en nuestro ADN, es construida o hay un poco de ambas cosas? ¿Los niños tienen nociones de ética y moral, siendo poco más que bebés? ¿En qué se parecen los alucinógenos a la religión? ¿Qué relación hay entre los sueños y la muerte?

Son algunos de los interrogantes que se plantea Diego Golombek en Las neuronas de Dios, donde practica lo que llama “neurociencia de la religión”. Editado por la editorial Siglo XXI, se trata de la segunda edición de un texto originalmente publicado en 2014. Tal vez lo que lleve a Golombek a hacerse preguntas sobre un tema que la ciencia tiende a desechar como mera mistificación, sugestión u “opio de los pueblos” es lo mismo que lo llevó a ser periodista. Golombek practica esa actividad desde los 15 años y escribió en prácticamente todos los diarios existentes en Argentina (incluido Página/12, donde lo hizo en lo que fue el suplemento Futuro). Lo sigue haciendo en radio y televisión.

La ciencia y el periodismo (Golombek es biólogo) coinciden en no pocas cosas. La curiosidad ante el mundo, la voluntad de entender, las preguntas. Y también en la voluntad de comunicar, que es lo que este porteño de 58 años viene haciendo desde hace un par de décadas, con 20 libros publicados hasta la fecha. El autor de Sexo, drogas y biología no se arredra ante la palabra “divulgación”, que en círculos científicos más elitistas parecería ser sinónimo de “pecado populista”. Lo cual vincula a esos científicos de guante blanco incurren en lo que intentan negar, adoptando para sí sin advertirlo una idea proveniente de la religión. Y no una de las más benévolas.

“Contar la ciencia de las cosas de la vida cotidiana”: a eso aspira Golombek, basándose siempre en experimentos y verificaciones, en estudios y papers. Esto es: sin abandonar jamás el método científico. Las neuronas de Dios parecería sustentarse en la idea de que la religión es medible, con los instrumentos de la ciencia. Pero es preferible que lo explique él.

--¿De dónde surgió la idea de investigar las relaciones entre el cerebro y la religión? O tratar de elaborar “una ciencia de la religión”, según sus palabras.

--Uno se puede sorprender de que haya un porcentaje tan alto de la población mundial que tenga creencias en lo sobrenatural, y que de éstos un porcentaje muy alto organice esas creencias de manera social, en forma de una religión. Estamos hablando de un 85 a un 90 por ciento de la población. Esto podría considerarse como un efecto cultural o social, pero sin embargo, números tan altos, tan desparramados y tan mantenidos en términos geográficos e históricos, permiten pensar en una hipótesis de que puede llegar a haber algo biológico en la propensión a creer en lo sobrenatural. Tirando de ese hilo aparecen un montón de investigaciones que proponen algo parecido, y si estamos hablando de creencias y de comportamientos, lo que subyace a esto es la interacción entre la biología y el ambiente. La biología en este caso está representada por el cerebro. De ahí surgen una neurobiología o neurociencia de la religión.

--En el libro hace algo que los fundamentalistas de la razón jamás admitirían. No considera que la religión sea necesariamente el opio de los pueblos.

--No considero que la religión sea necesariamente el opio de los pueblos. A mucha gente la religión la ayuda. Incluso hay evidencias de que podría tener efectos positivos sobre el estrés, sobre la ansiedad, sobre la salud en general. Por lo tanto me parece que la de Marx es una definición demasiado general, demasiado categórica. Yo no soy religioso, no soy creyente, sin embargo me parece de una soberbia importante desdeñar todo aspecto religioso que a la gente la haga sentir mejor.

--Es gracioso, porque cita varios experimentos de laboratorio que midieron que las personas religiosas padecerían menos esos trastornos emocionales que mencionó recién. Además de ser más solidarias y gregarias, en tanto comparten una misma creencia. De acuerdo a esos experimentos, los conservadores estadounidenses también la pasarían mejor que los liberales. “La ciencia aporta pruebas de que la religión nos hace sentir bien”, dice en un momento. Suena casi al discurso de un vendedor de biblias más “modernizado” que sus colegas.

--Jaja. Está claro que creyentes o no creyentes, religiosos o no religiosos, todos tenemos preguntas existenciales. Qué hacemos acá, para qué estamos, por qué la tenemos que pelear todos los días. Muchos se preguntan también por la finitud de la vida, la muerte, ese tipo de cuestiones. La religión da respuestas a esto. Respuestas que a los ojos científicos no son satisfactorias, por supuesto, pero que a mucha gente le hace bien. Entonces, ¿tenemos que cuestionar esto irrebatiblemente desde el fundamentalismo de la ciencia? No necesariamente. Ojalá podamos entender esos misterios que no logramos explicar. Entenderlo de una manera tan satisfactoria que esas explicaciones vayan ocupando de a poco el lugar de la creencia en lo sobrenatural. No me parece que esté tan mal el argumento de que la base de las religiones es la solidaridad, la ayuda al prójimo, etcétera. Que después eso se cumpla o no es otra cuestión. Porque está el lado oscuro. “Mi religión es mucho más larga que la tuya, y eso me da todo el derecho de hacerte pelota, porque la mía es la de verdad. Éste es el nombre de Dios y mi religión es la que mejor lo observa. Por lo tanto vos no tenés derecho a existir”. Eso ha ocurrido a lo largo de la Historia demasiadas veces y por supuesto que no es deseable.

--Volviendo al opio. Tomado literalmente y teniendo en cuenta el capítulo que le dedica a la relación entre drogas y misticismo, tal vez podría terminar coincidiendo con Marx, pero dándole a esa palabra un sentido distinto. Aunque en ese capítulo no hable precisamente de opio, pero sí de alucinógenos.

--Efectivamente juego con el hecho de que la religión es el opio de los pueblos, pero en sentido más bien literal. El opio como sustancia natural que afecta la comunicación neuronal, al igual que la religión. Claro que si no te gusta esa droga tengo otras (risas)... y en el libro investigamos un poco el efecto de drogas alucinógenas sobre las creencias sobrenaturales.

--Menciona a Francis Colllins, uno de los responsables del proyecto “Genoma Humano”, que encuentra en el código genético una forma del lenguaje de Dios. ¿Podría explicar la idea, que mis neuronas son demasiado escasas para captar?

--Una persona que es creyente y científica, en algún lado tiene que mostrar la hilacha. Tiene que encontrar alguna explicación ad hoc para poder juntar ambas visiones, que son completamente contrapuestas. La ciencia se basa en la evidencia, mientras que la religión, la fe, se basan en la creencia. El escape que hace Francis Collins consiste en pensar que encontraron un código, un código genético, que son las instrucciones para fabricar herramientas que a su vez son las que fabrican un organismo vivo. No sabemos cómo fue esto, dice Collins. Sólo sabemos que se debe al azar, que la aparición de este código es producto de miles de millones de años de evolución. Un código en el que aparecen errores, pero también mecanismos a prueba de esos errores. El atajo de Collins consiste en decir: “Mi ciencia llega hasta entender cómo funciona el código genético. Cómo se generó ese código, cuáles fueron las instrucciones, es algo que va más allá de mi ciencia”. De esta manera uno podría decir que hablar de lenguaje genético es una forma de hablar de un dios o de algo superior. Efectivamente, la ciencia tiene límites temporarios. Se va avanzando sobre esos límites a medida que conocemos mejor el mundo, que tenemos más tecnología. Hasta ese momento hay cosas que son más “secretas” a los ojos de la ciencia. Pero vamos avanzando. Podés decir “Vamos a llegar a conocer eso”. O podés decir, como dice la religión: “No, eso es lo incognoscible, eso es lo misterioso”. Los científicos preferimos echar luz sobre ese misterio, para que sea cada vez menos misterio.

--Aunque a lo largo de 198 páginas el libro (si no leí mal) parece sostener la hipótesis de que la fe en Dios no tiene por qué llevarse de patadas con la ciencia, en la página 199 sostiene que “si la religión es un virus, la ciencia puede ser una vacuna”. Sin embargo, esos experimentos parecen hacer de ella una panacea, más que un virus.

--Touché. Es verdad. Después de describir todos los aspectos positivos de las creencias y las religiones, algo se rebelaba en mí. Me decía que prefiero una visión absolutamente materialista y cientificista de la vida. Entonces lo de la religión como un virus es un poquito como que se me escapa. De todos modos se lo puede tomar como una paráfrasis de la idea del escritor beat William Burroughs, que decía que el lenguaje es un virus. Un virus que cayó del espacio exterior y que no podemos entender, porque nos lo inocularon. No podemos entender de dónde sale. Bueno, por qué no pensar que, al menos en términos metafóricos, la creencia en lo sobrenatural es un virus semejante. Pero si es así, yo siempre voy a estar del lado de la ciencia.

--Antes de escribir el libro, ¿no temía que desde la comunidad científica, o cientificista, se lo tildara de concesión a la mistificación, o algo parecido?

--Desde el lado de la ciencia no he recibido demasiados comentarios. Es un tema espinoso, no se trata tanto, salvo por parte de las ciencias sociales, que son las que tratan específicamente el tema de la religión. Pero temor no tuve, porque intento que lo primero sea el rigor científico. Recurro a papers sobre el tema, experimentos de laboratorio, hablo con la gente que sabe, y después hago interpretaciones. Alguien puede venir con otra mirada, y es absolutamente discutible, debatible.

--“La gran pregunta --o una de las grandes preguntas-- sigue siendo si las necesitamos, si necesitamos esa fe y esas religiones para ser humanos”, escribe en la introducción. ¿Las necesitamos?

--En algún momento, en la incipiente Unión Soviética, hubo algún intento de prohibir rituales o manifestaciones religiosas, y claramente no funcionó. Esas manifestaciones seguían, de manera subterránea. Lo mismo pasa cuando viene otra religión o sistema a conquistar, y dice sanseacabó. “Acá no se habla más catalán”, por ejemplo. O acá no se practican más religiones africanas. Todo eso va a seguir ocurriendo subterráneamente. Se va a seguir hablando en catalán, en yiddish o en vasco o se van a seguir practicando los rituales ancestrales. Con lo cual es muy difícil responder esa pregunta. Yo tiendo a pensar que sí, que los humanos estamos en condiciones de pensar mucho más allá de las creencias y de lo religioso. Pero hasta el momento no tenemos la evidencia que nos permita responder esa pregunta.

--“La predisposición a algún tipo de creencia en Dios viene de fábrica”, dice, y pone algunos estudios científicos como prueba. Esto no desdice la idea de que todo dios es una construcción humana, entiendo.

--No la desdice para nada. Al mismo tiempo hay evidencias de que tenemos cierta mirada innata sobre las cuestiones morales y éticas. Si hacés experimentos con “casi bebés”, niñas y niños prelenguaje, y les mostrás escenas con peleas entre figuras o entes abstracto, y hay unos que los ayudan y otros que no, se percibe una respuesta hacia lo que estaría “bien”, hacia ayudar y no interferir. ¿Eso qué quiere decir? ¿Que traemos algo de fábrica? Posiblemente haya un cableado, mantenido a lo largo de la evolución, sobre esta cuestión moral o ética. Por lo tanto puede que venga de fábrica, pero al mismo es una construcción humana. Todo lo que nos pasa es un diálogo permanente entre lo que traemos de fábrica y lo que hacemos con eso. Ambiente, cultura, educación familia. Y también la creencia en lo sobrenatural.

--Una afirmación concurrente con la anterior es que los niños “pueden inventar el concepto de Dios sin requerir de mucha ayuda”. ¿Puede explicar esta afirmación?

--El animismo que traen los niños, que consiste en animar cosas inanimadas, por ejemplo sus juguetes, es una manifestación de la creencia en algo sobrenatural. El sentido de “algo te está mirando”, que también es común en los niños, también revela una conexión con lo sobrenatural

--El prólogo a la primera edición se abre con una cita preciosa de Robert Pirsig. “Cuando una persona sufre una alucinación, se habla de locura. Cuando muchas personas sufren una alucinación, se lo llama religión”. Esta idea curiosamente conecta con el capítulo dedicado a los alucinógenos.

--Sí, coincide, porque los alucinógenos no inventan nada. No son la manifestación de un espíritu --si bien muchas veces se los presenta de esa manera--, sino que actúan sobre lo que hay. Y lo que hay es un cerebro, con una cierta percepción del mundo que los alucinógenos modifican, y hacen ver el mundo de otro modo. En ese sentido es un fenómeno muy parecido a que mucha gente “hable” con un ente natural, lo escuche, lo rece, modifique su comportamiento de acuerdo a lo que él (o ella) diga.

--Explica científicamente esas experiencias “cercanas a la muerte”, estilo Víctor SueIro, que buscan presentarse como evidencia de la existencia de un más allá.

--Es lo mismo que lo que sucede con las creencias o las religiones en general. Uno puede desdeñarlas fácilmente, como si se tratara de cine clase-B. Pensar que la gente que realmente tiene una situación en la que está clínicamente muerto, o cerca de eso, y “revive”, está muy alterada, producto de su situación, y narra cosas sin sentido. O bien se puede pensar que hay ciertos temas en común en estas experiencias cercanas a la muerte. La sensación de descorporización, la luz al final del túnel, los recuerdos que se te vienen de golpe. Ahí uno se pregunta si no habrá una base neurológica, neurocientífica. Y efectivamente la hay. La luz al final del túnel, por ejemplo. La retina se está quedando sin sangre, igual que el resto del cuerpo, y ¿qué es lo único que puede “decirle” la retina al cerebro, para avisar que algo anda mal? Inventar que hay luz, para avisarle al resto del organismo que algo está pasando. Hace muy poco (y esto no está en el libro, porque se publicó más tarde) se publicó un experimento, un paper, que contaba de una operación que se estaba haciendo a un paciente, en simultáneo con el registro de la actividad cerebral. El paciente murió, y se registró la actividad del cerebro en el momento de la muerte. Se vio que se activaban algunos circuitos cerebrales que son los mismos que se activan durante los sueños. Por lo tanto podría llegar a ser que en ese momento aparezcan recuerdos, se asocien ideas de manera inteligible o no, como en los sueños. En consecuencia y más allá de que sabemos muy poco de estas experiencias, lo interesante es saber más sobre ellas, queremos saber de qué se trata. Y hacerlo científicamente, no por intuición.

Publicado enSociedad
Martes, 22 Marzo 2022 05:53

Las redes sociales imponen su relato

Las redes sociales imponen su relato

¿En qué nuevo mundo geopolítico estamos? ¿Qué consecuencias planetarias está teniendo la guerra de Ucrania? ¿Qué hace China? ¿Qué está pasando con la información y las mentiras sobre este conflicto? ¿Qué ocurre, en particular, con el funcionamiento de las redes sociales que aparecían como las grandes plataformas democratizadoras para acceder a una información de mejor calidad?

La guerra de Ucrania, iniciada el 24 de febrero pasado, apenas está empezando... Y cuando comienza una guerra, como se sabe, arranca un relato mediático plagado de desinformaciones cuyo objetivo es la seducción de las almas y la captación de sentimientos para ganar los corazones y cautivar las mentes. No se trata de informar. De ser objetivo. Cada bando va a tratar de imponer –a base de propaganda y toda suerte de manipulaciones narrativas- su propia crónica de los hechos, y desacreditar la versión del adversario...

Lo que ocurre con todas las mentiras (1) que ambos bandos están difundiendo sobre el conflicto de Ucrania no es muy diferente de lo que ya hemos visto en otras guerras. Es la histeria bélica habitual en los medios, la proliferación de mentiras, de fake news, de posverdades, de intoxicaciones, de manipulaciones... La conversión de la información en propaganda es ampliamente conocida y estudiada, en particular en los conflictos de los últimos cincuenta años. Quizás ya con la guerra de Vietnam, en los años 1960 y 1970, se alcanzó el zenit de la sofisticación en materia de mentiras audiovisuales y manipulaciones mediáticas.

Hoy, con la guerra de Ucrania, los grandes medios de masas, en particular los principales canales de televisión, han sido de nuevo enrolados -o se han enrolado voluntariamente- como un combatiente o un militante más en la batalla... Aquí, en donde nos encontramos nosotros, están combatiendo -y no informando- en favor esencialmente de lo que podríamos llamar la posición occidental.

Sin embargo, dentro de esa normalidad propagandística, estamos asistiendo a un fenómeno nuevo. Porque, por vez primera en la historia de la información, en primera línea del frente mediático, intervienen las redes sociales.

Hasta ahora, en tiempos de guerra, las redes no habían tenido la misma importancia. ¿Cuál fue el último conflicto de esta envergadura en el mundo? Realmente, desde 1945, final de la Segunda Guerra Mundial, o desde la guerra de Corea a principios de los años 1950, no ha habido una conflagración militar de dimensiones semejantes a la de Ucrania... Ha habido sin duda grandes conflictos como la guerra de Argelia, la de Vietnam, la de Angola, la del Líbano, la del Golfo, la de Irak, la de Afganistán, la de Serbia, la de Libia, la guerra contra el terrorismo después del 11 de septiembre de 2001 y la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York... Todos esos conflictos han sido colosales, espantosos. No cabe duda... Pero las redes sociales no existían entonces.

Hoy, los ciudadanos no solo se ven confrontados a la histeria bélica colectiva y permanente de los grandes medios tradicionales, a su discurso coral uniforme (y en uniforme), sino que todo eso les llega ahora en sus teléfonos, en sus tabletas, en sus computadoras de bolsillo... Ya no solo son los periodistas sino nuestras amistades nuestros familiares, nuestros mejores amigos quienes contribuyen también, mediante sus mensajes en las redes, a amplificar esa incesante coral de discurso único... Se trata de una nueva dimensión emocional, un nuevo frente de la batalla comunicacional que hasta ahora no existía en tiempos de guerra.

Por ejemplo, el asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021 en Washington -que fue una tentativa de golpe de Estado-, constituyó un acontecimiento de primera magnitud desde el punto de visto político. Pero no militar. Y ese ataque sí fue el resultado de una gran confrontación previa en las redes sociales. En la que los fanáticos conspiracionistas leales a Donald Trump lograron imponer la tesis de un fraude electoral que nunca existió... Se produjo una encendida batalla frontal, en las redes, por el control del relato. Una confrontación digital de gran envergadura para desinformar, tratar de imponer una falsa verdad complotista y ocultar la realidad de las urnas. Ahí, las redes fueron decisivas...

Pero en un conflicto militar de estas dimensiones, hasta ahora, las redes no habían tenido protagonismo... Lo están teniendo en esta guerra de Ucrania por primera vez en la historia de la información... También, por primera vez, se produce esta decisión de Google de sacar de la plataforma a medios del "adversario" como Russia Today (RT) y Sputnik... Mientras Facebook e Instagram declaran que tolerarán "mensajes de odio" contra los rusos (2)... Y Twitter tomó la decisión de "advertir" sobre cualquier aviso que difunda noticias de medios afiliados a Moscú, y redujo significativamente la circulación de esos contenidos (3)... Cosa que Twitter no hace del otro lado con quienes apoyan a Ucrania y a la OTAN... Esto no se había producido nunca hasta ahora. Poniendo en evidencia la hipocresía sobre la supuesta libertad de expresión y la neutralidad de las redes...

Todo esto confirma que si el conflicto de Ucrania es una guerra local en el sentido de que el teatro de operaciones está localizado en un territorio geográfico preciso, por lo demás es una guerra global, mundial, en particular por sus consecuencias digitales, comunicacionales y mediáticas. En esos frentes, Washington, como en la época de maccarthysmo y la "caza de brujas", ha enrolado a los nuevos actores de la geopolítica internacional, o sea, las megaempresas del universo digital: las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft). Estas hiperempresas -cuyo valor en Bolsa es superior al Producto Interior Bruto (PIB) de muchos Estados del mundo-, se han retirado de Rusia y se han enrolado voluntariamente en esta guerra contra Moscú...

Esto es nuevo. Hasta ahora conocíamos la actitud partidaria y militante de los grandes medios que, en caso de conflicto, se alineaban con uno de los beligerantes y abandonaban todo sentido crítico para comprometerse unilateralmente y defender los argumentos de una sola de las potencias en presencia... Lo nuevo es que, por primera vez, las redes sociales hacen lo mismo ahora. Lo cual confirma que los verdaderos medios dominantes hoy son las redes sociales.

Por definición, las redes no están hechas para informar, están hechas para emocionar. Evidentemente en las redes circulan muchos textos de calidad, testimonios, análisis, reportajes... Las redes retoman muchos excelentes documentales, videos, artículos de la prensa y de los medios existentes... Pero la manera de consumir contenidos en las redes (aunque cada una tiene su especificidad) no es de pasarse el tiempo leyendo o viendo la integralidad de los documentos que uno recibe... Las redes están hechas sobre todo para actuar... El ciudadano o la ciudadana que usa las redes lo que quiere es compartir o adherirse dando like... Lo que le gusta al internauta es comunicar, transmitir, difundir... La red, en realidad, funciona como una cadena. Cada usuario se siente eslabón, con la misión de expresarse, de conectar, remitir, enviar, pasar, repercutir...

Lo que más circula y mayor influencia tiene en algunas redes (Facebook, Twitter, Instagram) son los memes, o sea, especies de gotas, de haikús, de resúmenes muy reducidos, muy sintéticos, muy caricaturales de un tema... Es lo que más se comparte. Los memes funcionan como si las informaciones en la prensa escrita se redujesen únicamente a los títulos de los artículos, y no hubiera necesidad de leerlos... Cada uno de nosotros puede hacer la experiencia: cuelgue en su red preferida el mejor texto, el vídeo más completo, más inteligente y honesto que pueda haber sobre la crisis de Ucrania, y verá que, a lo sumo, puede alcanzar algunas decenas de like... Pero si coloca un buen meme eficaz y original, que, por su creatividad, suscita a la vez risa y sorpresa, su velocidad de transmisión será impresionante... Si se habla de difusión viral no es por casualidad...

Ese deseo compulsivo de adherirse y de compartir es lo que hace que las redes consigan difundir masivamente un sentimiento general, una interpretación dominante sobre cualquier tema... Ese sentimiento es el que, poco a poco, consigue imponerse en toda una parte de la sociedad... Esa es una de las grandes diferencias, entre las redes y los medios.

Las consecuencias de esta guerra ya se sienten en todo el mundo. Ningún país, por lejano que se encuentre, está a salvo de sus efectos y consecuencias. No solo mediáticas. En principio, se trata de una confrontación entre dos potencias –una grande, otra mediana- que se desarrolla, como dijimos, en un teatro local: el territorio de Ucrania. Pero ese enfrentamiento, a pesar de ser local, fractura el mundo en dos. Como durante la Guerra Fría (1948-1991).

Desde 1980, el planeta estaba en vías de globalización, existía como una dinámica de interconexión global. Esa globalización se detiene ahora. Washington y sus aliados han excluido a Moscú del funcionamiento mundial... Como ha dicho Joe Biden se trata de colocar a Rusia en una situación de paria planetario, de paria de la humanidad... El mundo, desde el punto de vista geopolítico, se halla de nuevo dividido en dos bandos opuestos: quienes están con Rusia y quienes están con Estados Unidos... Y los países que no están ni con uno ni con otro van a verse sometidos a fuertes chantajes y a enormes presiones. Seguramente vamos también a ver surgir un tercer grupo de nuevos No-Alineados...

En lo que concierne a la guerra propiamente dicha, la conclusión más obvia a estas alturas es que los combates están durando más tiempo del originalmente previsto. Con cierta lógica, podíamos imaginar al principio que las fuerzas rusas conseguirían sus principales objetivos muy pronto mediante una operación relámpago. Eso no se produjo.

El Estado Mayor ruso se enfrenta hoy a un dilema entre dos necesidades contradictorias: debe ir rápido, pero debe preservar las vidas de los civiles no combatientes. Porque esta "operación militar especial" iniciada por el presidente Vladimir Putin tiene también por objetivo, conquistar los corazones de los ucranianos rusoparlantes. Y no se conquistan corazones machacando a la gente con bombardeos, incendios y destrucciones... O sea, las fuerzas rusas no están consiguiendo realizar su doble objetivo inicial: llevar a cabo una guerra relámpago y al mismo tiempo preservar la vida de la población civil, que está sufriendo trágicas pérdidas, y resistiendo.

La ofensiva se ha vuelto por lo tanto más lenta y más peligrosa. No debe descartarse la posibilidad de cualquier provocación, o incluso una escalada. El presidente de Ucrania, Volodomir Zelenski, le exigió a la OTAN y a los EE.UU. que establecieran una prohibición de sobrevuelo –una zona de exclusión- sobre el territorio ucraniano. Por el momento, las potencias occidentales no han aceptado, porque ello significaría tener que derribar aviones rusos... Llegar a esa situación implicaría un choque directo entre Rusia y las fuerzas de la OTAN, o sea, una guerra nuclear, que hasta ahora se procura evitar.

En el actual escenario, el objetivo de Estados Unidos pudiera ser inmovilizar por largo tiempo, enlodar, a los ejércitos rusos en los campos de Ucrania. Literalmente. Es decir, lograr que queden empantanados. Teniendo en cuenta un elemento estratégico: la invasión rusa se inició el 24 de febrero pasado, en pleno invierno, cuando los campos ucranianos estaban todavía cubiertos de nieve. La tierra congelada, dura, permitía que los tanques y los camiones avanzaran sin problemas campo a través. Porque muchas carreteras y puentes están minados, saboteados o destruidos... Pero dentro de un mes, a finales de abril, comenzará allí la primavera, la temperatura subirá y la nieve y el hielo derretidos transformarán las inmensas estepas ucranianas en infinitos lodazales... Los tanques, los camiones y los vehículos de las largas líneas de aprovisionamiento de Rusia comenzarán a enterrarse, a inmovilizarse, y esto marcará el comienzo de una guerra totalmente diferente... Fue lo que le ocurrió al ejército alemán cuando Hitler se topó con la resistencia soviética en Ucrania. Rusia no dispone de mucho tiempo: si quiere ganar la guerra tiene que hacerlo en menos de un mes. Si no, se expone a un conflicto largo y extenuante, en cierta manera al estilo del de Afganistán. Sus fuerzas estarán inmovilizadas y dispersas, a la merced de guerrillas dotadas de armamento occidental de última tecnología... ¿Qué ocurriría si, entre tanto, se abre otro frente en otro teatro de operaciones de los rusos, por ejemplo en Siria? Rusia no cuenta con capacidad para llevar a cabo dos guerras de gran envergadura al mismo tiempo.

Más allá de lo que ocurra en el terreno concreto de la batalla, por lo demás, como ya dijimos, se trata de un conflicto global: en los frentes comercial y financiero, además de mediático, con derivaciones incluso deportivas y culturales. Es un conflicto que no deja a ningún país al margen. Nadie puede decir, se encuentre donde se encuentre, que no le concierne. Eso le da a esta guerra un carácter singular, único desde la caída del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría.

La batería de sanciones o medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea junto con sus aliados, Japón, Corea del Sur, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, repercuten de manera global. Las consecuencias se reflejan ya en los precios de la energía y los carburantes. Rusia, como se sabe, es un gran productor de petróleo y gas, Ucrania de carbón. Las dificultades para sostener la producción y las sanciones están limitando el aprovisionamiento, sobre todo en Europa. Por Ucrania, además, pasan los oleoductos y gasoductos que llevan petróleo y el gas ruso a Europa, que depende aproximadamente en un 40% de esos hidrocarburos. Todo esto altera de manera muy acelerada la geopolítica de la energía. Y produce nuevos efectos sobre las sociedades. El gas y el petróleo son clave para la producción de electricidad. Esto ha hecho que el precio de la luz, por ejemplo en España, alcance niveles jamás vistos, o que otros países, como Alemania, vuelvan a plantearse la necesidad de mantener activas las centrales nucleares.

Del mismo modo, metales como el aluminio, el cobre y el níquel registraron un aumento de precios exorbitante. El níquel superó los 100.000 dólares la tonelada... Las fábricas de automóviles, en particular las de modelos más modernos y caros, están sufriendo los nuevos precios. BMW está estudiando si detiene algunas de sus producciones. Rusia es además una gran productora de titanio, metal clave para la fabricación de microprocesadores (chips), que ya venían en crisis por la pandemia y que son indispensables en numerosos sectores industriales.

En otras palabras, sobre una situación de grave recesión económica mundial provocada por dos años de pandemia de covid-19, el estallido de la guerra de Ucrania y las sanciones impulsan un nuevo aumento del coste de vida. Este conflicto añade inflación a la inflación. Los precios de los alimentos, del transporte y de la luz van a alcanzar un nivel tan elevado que probablemente eso despierte movimientos de protesta ciudadana y aumente el descontento hacia los gobiernos en muchos países, entre ellos algunos de América Latina. A nivel mundial, la traducción política de esta guerra probablemente sea una ola de manifestaciones y reclamos sociales que podrían desestabilizar a varios gobiernos.

Pero las ramificaciones también se sienten en los posicionamientos de las grandes potencias mundiales. Empezando por Europa. En este sentido, la consecuencia más significativa de la guerra de Ucrania es el rearme alemán. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Alemania no contaba con fuerzas armadas importantes ni con un presupuesto militar relevante. Era la OTAN, y en última instancia EEUU, de acuerdo a los pactos firmados en 1945, quienes aseguraban esencialmente la defensa alemana. Hace pocos días, sin embargo, el canciller Olaf Scholz, anunció un programa de rearme colosal, de más de cien mil millones de euros, que incluye el relanzamiento de la industria militar, la reconstrucción de los astilleros, la Armada, la aviación... Los recursos anuales, a partir de ahora, equivalen a casi el 3% del presupuesto anual, es decir casi tanto como lo que consagra a la defensa Estados Unidos. Es una verdadera revolución militar, que tendrá impactos geopolíticos (aunque Berlín siga sin disponer de armas nucleares, se convertirá pronto en la principal potencia militar europea) y económicos. Alemania es el único país realmente industrializado de la Unión Europea y el mayor exportador industrial del mundo per cápita. Puesto a fabricar armas, barcos, aviones, submarinos o drones, podemos apostar que Berlín producirá una conmoción en la industria armamentista global.

En América Latina, la importancia de la guerra de Ucrania se refleja también en movimientos geopolíticos que hasta hace poco parecían impensables. Uno de ellos lo constituye el encuentro, el 5 de marzo pasado, entre una delegación de alto nivel de Estados Unidos y el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, para iniciar, al parecer, negociaciones que permitan retomar las exportaciones de petróleo venezolano a ese país. En los hechos, esto implica un reconocimiento de facto de la legitimidad del presidente Maduro que termina de desplazar definitivamente a Juan Guaidó del escenario político y que también afecta al principal aliado militar de Washington en América Latina, Colombia, cuyo presidente, Iván Duque, quedó descolocado... Este tipo de cambios súbitos de posición confirman que estamos ante un conflicto de consecuencias globales.

En cuanto a China, segunda potencia global, en un momento delicado y difícil, mantiene una posición cercana a Rusia sin desear romper necesariamente con el mundo occidental. Por Rusia y Ucrania pasan parte de las nuevas rutas de la seda, el gran proyecto chino de comercio e infraestructuras que ahora está parcialmente interrumpido por el conflicto y las sanciones. Para China, esta guerra supone un impacto económico fuerte, en la medida en que afecta a un proyecto fundamental, definido por Xi Jinping como uno de los ejes del desarrollo chino y de su despliegue por el mundo.

Por otra parte, como consecuencia de la guerra de Ucrania y de las sanciones, Moscú puede pasar a depender cada vez más de Pekín. En cierta medida, las fuertes medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos y Europa empujan a Rusia, lo quiera o no, a una creciente dependencia de China, su único aliado de envergadura. Pekín podría ver aumentar considerablemente su capacidad hegemónica sobre Moscú.

Al mismo tiempo estamos viendo una eventual amenaza de sanciones de Washington a China en caso de que Pekín le ofrezca a Moscú soluciones que le permitan evitar las sanciones o reducir su efecto. El presidente Joe Biden advirtió a su homólogo chino, Xi Jinping, sobre “las implicaciones y consecuencias” que para China tendría “brindar apoyo material a Rusia mientras perpetra ataques brutales contra ciudades y civiles ucranianos” (4). Por eso Pekín ha mantenido una línea de cooperación con Rusia sin alinearse de manera unívoca con la posición de Putin. Por ejemplo, no votó en contra de la resolución de Naciones Unidas de condena a Moscú; se abstuvo.

Otra consideración, en un contexto de río revuelto como el actual: China teme que Estados Unidos aproveche la ocasión para lanzar alguna iniciativa en favor de Taiwán. Por ejemplo, si Taiwán inicia alguna maniobra militar preventiva con la excusa de una inminente invasión china semejante a la de Rusia sobre Ucrania. O si Estados Unidos y sus aliados avanzan en mayores niveles de reconocimiento político y diplomático a Taiwán. Asimismo, el gobierno estadounidense anunció recientemente que revisará el esquema de subsidios de Pekín a aquellas industrias chinas cuyos productos se exportan al mercado norteamericano, con vistas a un posible aumento de aranceles, retomando la guerra comercial que en su momento había intensificado Donald Trump (5).

En suma, se constata una voluntad de la Casa Blanca de hostigar a China, reafirmando que el objetivo estratégico principal de Washington en el siglo XXI es contener a China, debilitarla de modo tal que no logre superar a Estados Unidos y disputarle su hegemonía planetaria. En ese sentido, podríamos ver, en las próximas semanas, nuevas presiones sobre Pekín. ¿En qué medida China podría ser excluida a su vez, a pesar de su gigantismo, del funcionamiento "occidental" del mundo? Es posible que ese sea el gran objetivo estratégico de la partida de ajedrez que acaba de empezar en Ucrania.

Estamos en una nueva edad geopolítica. La historia se ha puesto nuevamente en marcha... Ha comenzado un juego peligrosísimo. La próxima etapa podría ser la guerra nuclear...

21 marzo 2022

 

(1) Léase: "110 bulos y desinformaciones sobre el ataque de Rusia contra Ucrania", https://maldita.es/malditobulo/20220317/conflicto-militar-rusia-ucrania-bulos/

(2) La Vanguardia, Barcelona, 11 de marzo de 2022.

(3) Europa Press, Madrid, 28 de febrero de 2022.

(4) La Vanguardia, Barcelona, 19 de marzo de 2022.

(5) ElDiario.es, Madrid, 5 de marzo de 2022. https://www.eldiario.es/economia/casa-blanca-abre-frente-geoestrategico-subsidios-industriales-tecnologicos-china_1_8804255.html

(Tomado de Le Monde diplomatique)

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Las grandes empresas de alimentación se suben al carro de la comida de origen vegetal

¿Conseguirán las grandes empresas alimentarias que se lanzan a la carne y los lácteos alternativos convertir el sector de la alimentación sana en un paraíso de la comida chatarra? Está por verse, pero sus intenciones van sin duda en esa dirección.

El mercado de los alimentos de origen vegetal estaba valorado en 29 mil 400 millones de dólares en 2020.  Bloomberg publicó un informe donde proyecta que esta cifra podría alcanzar los 162 mil millones de dólares a finales de esta década, es decir, un crecimiento de más de cinco veces en sólo diez años. A principios de 2020, al estallar la crisis de Covid-19, las ventas de carne de origen vegetal en Estados Unidos  casi se triplicaron de la noche a la mañana, alegando la preocupación de la gente que consume carne por la relación entre la ganadería industrial y los brotes de enfermedades zoonóticas. La razón que se aduce para este espectacular crecimiento es que la gente está deseosa de orientarse hacia alimentos más sanos y producidos de forma sustentable. Sobre todo, la gente quiere menos carne y productos lácteos, que se consideran relacionados con el cáncer, la crueldad hacia los animales, el cambio climático y otros muchos problemas.

Hasta hace poco, el mercado de la alimentación vegana solía estar dominado por los cereales integrales, los productos de soja, las legumbres y otros alimentos naturales ricos en proteínas. Luego, una serie de empresas de innovación, como  Impossible Foods, y  Beyond Meat se lanzaron a ofrecer al mundo «hamburguesas imposibles» y otras alternativas a la carne de origen vegetal o celular.

Pero al ver el enorme potencial de beneficios, también entraron en escena inversionistas con mucho dinero, la agroindustria y las grandes empresas alimentarias transnacionales. Con un mercado de alimentos de origen vegetal que crece  lo doble de rápido que las ventas de alimentos en general, nadie quiere quedarse atrás.

Por ejemplo, Unilever ha lanzado su marca de carne vegetal » Vegetarian butcher». La empresa  pretende aumentar sus ventas de sustitutos de carne de origen vegetal hasta los mil millones de dólares anuales en los próximos cinco años, es decir, 20 veces más de lo que vendían en 2020. En 2020,  Danone anunció la creación de una nueva Unidad de Aceleración de Productos Vegetales para cumplir con sus ambiciones de aumentar las ventas de productos vegetales a nivel mundial, de 2 mil 100 millones de dólares en 2019 a 5 mil 400 millones de dólares en 2025. Ambas empresas quieren ir más allá de las personas que consumen comida vegana y alcanzar el potencial de mercado mucho mayor de la gente flexitariana, es decir, las personas que simplemente quieren consumir menos carne y lácteos.

Otros grandes nombres se están subiendo al carro.  Smithfield Foods, el mayor productor de carne de cerdo del mundo, lanzó su primera gama de alimentos proteicos de origen vegetal bajo la marca «Pure Farmland».  Tyson Foods, uno de los mayores productores de carne de ave, vacuno y cerdo del mundo, presentó su gama de productos vegetales en 2019 bajo la marca «Raised & Rooted».  Kellogg, conocida sobre todo por los cereales para el desayuno, tiene una marca de carne sin carne llamada «Morning Star Farms» y se perfila ahora como una de las iniciales empresas de alimentos de origen vegetal. Nestlé, que nunca se queda atrás, la mayor empresa alimentaria del mundo, reveló que  aumentará su gama de productos vegetales, especialmente en la categoría de platos preparados.

Por supuesto, los Smithfields y los Unilevers del mundo no centran sus ventas en nada fresco o saludable. Su foco son los alimentos ultraprocesados. Al subirse al carro de la «no carne», pretenden estar ofreciendo opciones más saludables.

¿Pero pueden hacerlo? Una mirada de cerca a la «hamburguesa imposible» basada en plantas sugiere que es sólo otro producto alimenticio ultraprocesado. Antes, la mayoría de las hamburguesas veganas se hacían con alubias negras, soja, setas o cereales. La «hamburguesa imposible» está hecha de concentrado de proteína de soja, aceite de coco, aceite de girasol, proteína de patata, metilcelulosa, extracto de levadura, sal, gomas y agua y aditivos, entre ellos vitamina B12, zinc, vitamina B6, tiamina (B1), niacina y hemo a base de soja (es decir, sangre falsa). Los nuggets de origen vegetal de Tyson Foods  contienen más de dos docenas de ingredientes diferentes, muchos de los cuales tal vez nunca han oído hablar.  Un video muestra a un empleado de Cargill explicando la desconcertante cantidad de ingredientes que llevan sus «albóndigas sin carne».

Además, a las grandes empresas alimentarias les encanta presentar su incursión en el mercado de los alimentos de origen vegetal como un avance de su negocio hacia una alternativa sustentable a la carne. Unilever llega a pedir a sus clientes que «se unan a nuestra revolución alimentaria para liberar a todos los animales de la cadena alimentaria». Pero está claro que quieren seguir ganando dinero en ambos mercados. Nadie lo dijo tan claramente como  el director de Tyson Foods: «Para nosotros, se trata de «y», no de «o». Seguimos firmemente comprometidos con nuestro creciente negocio de carne tradicional y esperamos ser líderes del mercado de la proteína alternativa, que está experimentando un crecimiento de dos dígitos, y que algún día podría ser un negocio de mil millones de dólares para nuestra empresa». Muchas de las compañías también afirman que sus actividades alimentarias basadas en plantas son buenas para el clima, pero esto es difícil de comprobar, ya que  pocas de ellas son transparentes sobre sus emisiones.

¿Conseguirán las grandes empresas alimentarias que se lanzan a la carne y los lácteos alternativos convertir el sector de la alimentación sana en un paraíso de la comida chatarra? Está por verse, pero sus intenciones van sin duda en esa dirección.

12 marzo 2022

Publicado originalmente en GRAIN

Publicado enSociedad
Lunes, 07 Marzo 2022 05:48

El fenómeno de la nueva derecha

El fenómeno de la nueva derecha

El historiador Enzo Traverso analiza las particularidades del posfascismo

Las distancias entre Trump y Marine Le Pen, entre Bolsonaro y el partido Vox español. Y la línea histórica que los une. Qué es el posfascismo y cómo se ubica en la era de la globalización y el neoliberalismo.

Hablar con Enzo Traverso no es difícil, por varias razones. Es la clase de pensador que lo hace en voz alta y nunca de forma excluyente. No monologa, dialoga. Tras décadas de trabajar como docente, su pensamiento es claro y didáctico, siempre a la altura del oyente. Tiene otra virtud menor, pero importante: habla un castellano perfecto. Algo que se niega a aceptar y, por lo tanto, a contar los orígenes de tan asombrosa pericia.

En plena eclosión de derechas de distinto pelaje en el mundo entero, la editorial Siglo XXI reedita con gran sentido de la oportunidad Las nuevas caras de la derecha, que tres años atrás conoció una primera edición. Provisto de un nuevo prefacio, en el que el autor se pregunta por los cambios que el coronavirus puede traer a nivel social y cultural, en Las nuevas caras de la derecha, tal como el título indica, Traverso establece distancias entre Trump y Marine Le Pen, y entre Bolsonaro y el partido Vox español. Pero traza a la vez la línea histórica, remontándose hasta el surgimiento del fascismo clásico y estableciendo una diferencia que considera esencial: la que va del neofascismo de tiempos de posguerra, todavía ligado de forma estrecha a aquél, al posfascismo, que es el que impera actualmente y una de cuyas ambiciones es ver diluidos todos los lazos con aquellos movimientos fundacionales de un siglo atrás.

-En su libro hace una diferenciación entre los neofascismos y los posfascismos, términos que en ocasiones se confunden.

--Los neofascistas son herederos del fascismo clásico y se reclaman herederos de esta tradición. No intentan esconder nada. Estos neofascismos existen en casi todas partes del mundo. Pero son movimientos minoritarios, no son el corazón de esta nueva ola de derecha radical, de extrema derecha, que atravesamos actualmente, y que es un fenómeno global, que encontramos representado tanto por los seguidores de Trump que intentaron tomar el Capitolio como por líderes políticos, como Mateo Salvini en Italia, Víctor Orban en Hungría o por Narendra Modi en la India.

--En Argentina tenemos uno nuevo, Javier Milei, una especie de clon de Trump.

--El fenómeno se extiende. Es una ola muy significativa de nuevas fuerzas, que no tienen problema en definirse como de derecha radical, pero que no tienen ese lazo genético con el fascismo clásico. No admiten su herencia con respecto a esa ideología, e incluso pueden llegar a reaccionar airadamente si se los trata de tales. Es un fenómeno nuevo, que es necesario identificar y eventualmente diferenciar. De ahí la idea de posfascismo, un conjunto de tendencias en buena medida sucesoras del fascismo clásico, pero no exactamente una continuidad directa. Ojo que la necesidad de diferenciar no implica establecer jerarquías, como si el posfascismo fuera menos peligroso que el neofascismo. No. Sólo se trata de comprender las diferencias, para poder identificarlos con claridad.

--¿Esto “nuevo” no es en verdad una simple argucia política por parte de algunos políticos neofascistas, que en determinado comprendieron que para ganar votantes había que aggiornarse?

--En algunos casos hay seguramente un cálculo político, consistente en una operación de maquillaje. Pero no creo que esa sea la explicación, y el ejemplo del Frente Nacional en Francia es significativo. Yo creo que Marine Le Pen rompió con su padre Jacques, que reivindicaba el régimen de Vichy o la guerra colonial de Argelia, porque era contemporáneo a ellos y los sentía como propios. Pero su hija pertenece a otra generación, tiene otra distancia con respecto a eso. De esa distancia deriva otro planteamiento ideológico y político, y no creo que eso pueda explicarse simplemente en términos de cálculo político. Creo que hay una transición que es real. Repito, no para subrayar que Marine Le Pen es mejor o más aceptable que su padre, sino para señalar que es algo diferente, representa un movimiento político nuevo, y ese fenómeno es la derecha radical. Otra cosa: Jacques Le Pen era antidemocrático, y su hija se define como republicana.

--Bueno, si es por eso acá tenemos cada “republicano”...

--Lo que quiero decir es que estas nuevas derechas radicales no quieren destruir las instituciones democráticas. Quieren conquistar el poder desde adentro del sistema, para cambiarlo después, pero sin la dimensión subversiva que caracterizaba a los fascismos clásicos. De todos modos, recordemos que tanto Hitler como Mussolini no llegaron al poder por golpes militares, sino sobre la base de mecanismos institucionales preestablecidos. En este punto hay algo muy importante para destacar: estos posfascismos son un fenómeno de transición. No son lo mismo que el fascismo, pero tampoco es que no compartan con el fascismo determinados valores. Eventualmente, esas diferencias podrían diluirse.

--¿Cuáles son esas continuidades históricas? ¿Una es el racismo?

--El fascismo se sostiene sobre un elemento esencial, constitutivo. La idea de crear una nación homogénea en el sentido político, ideológico, pero sobre todo sobre bases étnicas y raciales. Esa idea implica necesariamente la búsqueda de un chivo expiatorio. Para definir la comunidad nacional de esa manera hay que establecer un enemigo, que amenaza su existencia. Lo que varía, del fascismo clásico al posfascismo, es la identidad del chivo expiatorio. El fascismo clásico tenía dos enemigos: el judío y el comunismo, que eventualmente se fusionaban en uno: el judeo-comunismo, todo un fantasma fascista. Lo mismo los anarquistas, los sindicatos, etc.

--¿Cuáles son los chivos expiatorios del posfascismo?

--El lugar que antes ocupaba el antisemitismo ahora pasa a ser ocupado por el odio al expatriado, el refugiado, el musulmán. Del antisemitismo se pasa a la islamofobia. El terrorista musulmán, la invasión islámica, una incompatibilidad general entre la civilización judeocristiana y la musulmana.

--Hay un tema en apariencia paradójico, que es que las ultraderechas parecerían carecer de un plan económico propio, por lo cual terminan asumiendo el del neoliberalismo.

--La utraderecha contemporánea es una constelación política e ideológica, y el tema económico no es igual en todos los casos. Tomemos el caso de Bolsonaro. Su relación con el neoliberalismo es evidente, y su relación con el fascismo también, en tanto reivindica la dictadura militar brasileña, y en lo cultural está en contra de todos los movimientos de inclusión, las políticas de género, etc. Lo mismo sucede con Vox en España, que practica una política de acomodamiento político: reivindica el franquismo pero también el neoliberalismo, cuando la política económica franquista se parecía más a la de Mussolini.

--¿Y qué pasa en el resto de Europa?

--Si hablamos del Frente Nacional en Francia, de las movidas posfascistas en Italia o Alemania, yo sería un poco más reservado en cuanto a su relación con el neoliberalismo. Es más, creo que uno de los elementos que más explican la popularización del posfascismo es su oposición al neoliberalismo. Tal como lo desarrolla Pablo Stefanoni en la libro ¿La rebelión se volvió de derecha? (Siglo XXI, 2021), los movimientos de la derecha radical están siendo capaces de representar, de hegemonizar, de canalizar una revuelta, un malestar y tal vez una resistencia al neoliberalismo.

--¿Y Trump?

--Algo muy semejante. Trump pudo ganar los votos de capas populares muy duramente golpeadas por el neoliberalismo, como los de los operarios que asistieron al cierre de sus fábricas o los pobladores del Rust Belt del Oeste Medio. Por supuesto que las alternativas que todos estos movimientos proponen es una alternativa regresiva, reaccionaria, no es una superadora del neoliberalismo. El neoliberalismo es la globalización, ellos quieren volver a las soberanías nacionales. El neoliberalismo es el imperio del cosmopolitismo cultural; ellos quieren volver a las raíces culturales, las identidades nacionales tradicionales. El neoliberalismo es el mercado, y los posfacistas quieren volver a políticas económicas proteccionistas. Esa es también la política de Trump en Estados Unidos.

--Estuvimos hablando de derechas de todos los pelajes. ¿Qué pasa con la izquierda?

--Esa es una de las claves que explican el ascenso de la derecha radical: la derrota de la izquierda, o la incapacidad de la izquierda para ofrecer una alterativa creíble al neoliberalismo. Éste es un diagnóstico histórico. Con la caída del Muro, el comunismo desapareció y falleció, y la socialdemocracia se transformó en un componente más de la sociedad liberal. Hoy la socialdemocracia es un componente del capitalismo. Si se piensa en un político socialdemócrata, el primero que viene a la cabeza es Tony Blair. O Bill Clinton.

--¿Qué futuro tiene esta neoderecha?

--Es un tema que está por verse. Las capas dominantes, las élites económicas, financieras, no eligieron a los políticos de extrema derecha como sus representantes. Para nada. Los representantes del neoliberalismo son la Unión Europea, la Comisión Europea, Angela Merkel en Alemania y ahora su sucesor socialdemócrata, Draghi en Italia (que fue un banquero, viene del Banco Central Europeo), Macron (otro banquero), etcétera, etcétera. En Estados Unidos Donald Trump jamás fue el candidato de Wall Street. La candidata fue Hillary Clinton primero, Joe Biden ahora. Las élites económicas se acomodan a lo que sea, a cualquier régimen político. Siempre que ese régimen defienda sus propios intereses, claro.

--Ahora sí estamos hablando del verdadero poder, ¿no?

--Claro. Antes hablamos del racismo de la ultraderecha. Pero hay otro racismo, más solapado, que es el del neoliberalismo. ¿Cómo se manifiesta ese racismo? Mediante una división del trabajo a nivel global, en la cual hay multinacionales desterritorializadas que producen provechos gigantescos, explotando la mano de obra, la fuerza de trabajo de los países del sur. Ése es el racismo del neoliberalismo. Pero si te vas a California, a una factoría de Amazon o a las centrales de Apple, Microsoft o la megacorporación que sea, vas a encontrar pakistaníes, indios, africanos, latinoamericano, europeos de países pobres. Para las multinacionales, que sean blancos, negros, asiáticos, heterosexuales u homosexuales, no es un problema. El problema es para los ultraderechistas, que con suerte podrían llegar a construir alguna clase de poder cultural o ideológico. Pero para los que mandan en serio, para nada.

--¿Qué poder tienen estas nuevas derechas, tan ruidosas, frente al poder multinacional del capitalismo?

--Si algún partido de derecha radical llegara al gobierno, se vería obligado a aceptar un compromiso con el neoliberalismo. Y allí, ¿cuánto quedaría de su discurso presuntamente subversivo? Es difícil que el grupo ultraderechista Alternativa para Alemania llegue al gobierno, pero suponte que lo logren. Matteo Salvini llegó al cargo de primer ministro en Italia. Marine Le Pen podría ser presidente en Francia. Orban lo es en Hungría. Vox está muy lejos de serlo. Modi lo es en la Idia. ¿Qué van a hacer? ¿Van a establecer un régimen de autarquía económica, van a romper con la Unión Europea? ¿Van a abolir el euro, volver al franco y a la lira? Si hasta Alemania y Rusia dependen mutuamente del gas que Rusia le manda a Alemania, como quedó claro en estos días con el conflicto desatado por la guerra con Ucrania.

Lo que sucedería, si algunos de esos partidos llegan al poder, es que van a establecer políticas mucho más autoritarias, xenófobas o racistas (no hay duda de eso). Pero el neoliberalismo tiene una fuerza tan grande, que es más que todo. El neoliberalismo se acomoda a Xi Jinping, a Bolsonaro, a la socialdemocracia europea, a lo que sea. El neoliberalismo se ha mostrado capaz de asimilar todo, y no hay nada que demuestre que en el futuro pueda dejar de hacerlo. El capitalismo se acomoda a todo, eso es lo que la historia enseña.

--Para seguir conjeturando, ¿qué pasaría en Europa si Le Pen, Salvini, Orban y por qué no el mercurial Boris Johnson fueran jefes de estado en forma simultánea? ¿Podría constituirse un bloque político?

--Habría una Unión Europea de signo distinto de la que hay ahora. No respetuosa de los modos de convivencia de la democracia liberal, sino animada por una voluntad de poder de carácter derechista. La democracia liberal es el sistema hegemónico en la Europa actual, hasta ahora nadie propuso otro sistema. Pero si se produce un “emblocamiento” como el que menciona, y si a eso le sumamos un eventual regreso de Trump, ¿seguirá siendo ésa la base de la convivencia política entre las naciones? ¿O puede producirse un completo cambio de paradigma?

--Pasemos otra vez del otro lado. ¿Qué hace la izquierda frente a este crecimiento? ¿Tiene fuerza y decisión política, posee lo que Nietzche llamaba “voluntad de poder? ¿O atraviesa una fase de debilidad, que lleva ya largas décadas?

--En la última década aparecieron fenómenos de resistencia importantes. Syriza, que tomó el gobierno en Grecia e intentó rebelarse frente al FMI, con las consecuencias conocidas. Los comienzos de Podemos en España. Corbin en Gran Bretaña. América Latina surgió en un momento como el territorio que podía desafiar al neoliberalismo Todos movimientos de resistencia. Y eso para mencionar sólo las manifestaciones más institucionales, de política partidista, sin tomar en cuenta la salida a la calle de grandes masas. Argentina en la crisis de 2001, las rebeliones de Wall Street en 2008, el #MeToo en el mundo entero, el Black Lives Matters, las oposiciones masivas a las reuniones del G-10, la salida a la calle de los estudiantes chilenos en 2011 y los brasileños en 2015, ustedes aquí y Colombia más recientemente, en defensa de la escuela pública.

--La masa crítica está. Lo que falta es unificar los reclamos..

--¡Ah! Esa es la cuestión. ¿Estamos todos en favor de lo mismo? El Black Lives Matters, sin duda. El #MeToo y el feminismo sin duda. La defensa ambiental, sin duda. ¿Y de ahí en más, qué? ¿Un capitalismo social, al estilo nórdico si se quiere, un capitalismo con un mayor peso del Estado? ¿O queremos avanzar hacia el socialismo? ¿Cómo se plantea ese avance, quién lo plantea? ¿Boric? Tal vez, pero todavía ni asumió. ¡Y todavía no hemos hablado de los otros dos poderes, Rusia y China, que están empezando a mostrar los dientes!

--Lo dejamos para la próxima.


¿Por qué Enzo Traverso?

Uno de los más destacados historiadores de las ideas del siglo XX, tras graduarse en la Universidad de Génova, el italiano Enzo Traverso actualmente enseña en la Cornell University de Ithaca, en Estados Unidos. Entre sus libros se destacan La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales, El totalitarsimo, La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX. Trotskista en su juventud, Traverso abordó en forma más reciente la historia y el papel de los intelectuales, tanto en Melancolía de izquierda como en ¿Qué fue de los intelectuales? (ambos editados por Siglo XXI). En ambos textos, de amplia difusión, Traverso sostiene que el capitalismo no es el único sistema político posible, replanteándose la posibilidad, e incluso la necesidad, de un regreso de la izquierda.

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