Martes, 19 Octubre 2021 05:56

América Latina, retrato en negro

América Latina, retrato en negro

"Fui guerrillero en Bolivia y en Nicaragua. Luché con las armas en la mano porque era lo que había que hacer. No quedaba otra alternativa", decía Luis Sepúlveda.

Meses antes de fallecer la causa del coronavirus, el chileno Luis Sepúlveda recordaba sus años de combate: "Fui guerrillero en Bolivia y en Nicaragua. Luché con las armas en la mano porque era lo que había que hacer. No quedaba otra alternativa". Hablaba así durante la grabación de Latin Noir, documental de Andreas Apostolidis que explica la explosión de la novela negra en América Latina en la década de los 70, coincidiendo con la extensión de las dictaduras militares que entonces asolaron el continente.

Como paso previo a su carrera literaria, Sepúlveda ingresaba en 1979 en la Brigada Internacional Simón Bolívar y tomaba parte en la Revolución Sandinista. Mientras tanto, otros compañeros de generación, con el mexicano Paco Ignacio Taibo II a la cabeza, ya estaban sumergidos en las viciosas aguas de ese latin noir publicando historias de detectives. Querían contar aquella América Latina tan convulsa desde lo policial, pero sin intrigas de cuarto cerrado ni misterios de salón, atentos a la premonición nerviosa de sus países. Todos compartirían, andando el tiempo, la poética de Dashiell Hammett, represaliado en la noche del macartismo y piedra inaugural del género: la policía está corrupta y el Estado mata antes de preguntar. Con Pinochet en Chile o Videla en la Argentina, no se trataba de una ficción.

Pasaron cuarenta y cinco años desde que Taibo publicó Días de combate, primera entrega de la serie Belascoarán Shayne. Pero esa región que abarca más de veinte millones de kilómetros cuadrados de superficie, veinte países y unos seiscientos cincuenta millones de habitantes, sigue siendo un territorio interpretable desde un género nacido entre México y la Argentina como un observador privilegiado del rostro multiforme de la violencia, el narcotráfico o la corrupción. Si aquellos autores se empeñaron en llevar a su arroyo la fórmula del noir hammettiano con un análisis en primera línea de la realidad social de su tiempo, no hay duda de que lo consiguieron. Examinaron las raíces menos visibles del delito y le dieron la razón al Balzac que advertía la sombra de un crimen detrás de toda gran fortuna. Así y todo, el devenir social y político de sus países, en la actualidad, con las calles en tensión y la economía herida por la pandemia, insiste en mirarse en el espejo de un thriller en constante actividad. El retrato en negro no muda de color.

América Latina continúa siendo una de las regiones del mundo más violentas para las mujeres. En México, las estimaciones señalan unas 10 asesinadas y 26 desaparecidas al día, datos que las fuentes oficiales de 2020 traducen en 3.752 asesinatos. Lejos de esos números, pero no por eso menos estremecedores, el observatorio Mumalá cifra en 320 los casos de muertes violentas de mujeres durante el pasado año en Argentina. Desde ese escenario de terror escribe Dolores Reyes, autora de Cometierra (Sigilo) y feminista vinculada a los movimientos sociales. "Nací en 1978, en medio de las desapariciones provocadas por la dictadura. Y crecí con esa realidad muy presente, una herida a la que luego se sumaron los feminicidios". Reyes se refiere al drama que alentó su novela, un viaje entre lo criminal y el realismo mágico con ecos de Juan Rulfo. Una vidente del conurbano de Buenos Aires, en ausencia de pesquisas oficiales, come tierra para seguir la pista de mujeres desaparecidas. "Contar una historia que cuestione los orígenes de la violencia, la desigualdad o el funcionamiento de la justicia provoca que, sea o no tu intención, acabes pisando el territorio de la novela negra", explica la escritora.

Reyes se implicó a fondo en la lucha por la legalización del aborto en el país, que llegaría en diciembre de 2020, en plena pandemia, tras arrastrar las movilizaciones sociales más importantes de su historia reciente. Argentina se unía así a Uruguay, Cuba o Ciudad de México, cuyas legislaciones reconocen el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, ejemplos bien diferentes a los de Nicaragua, Honduras o El Salvador, con leyes prohibicionistas. En esos pañuelazos participó también Claudia Piñeiro, con una larga trayectoria narrativa y habitual en las marchas, que acaban de celebrar su sexto aniversario. El aborto y la moral religiosa, pasados por el tamiz del policial, conforman el núcleo de Catedrales (Alfaguara), novela con la que la autora de origen gallego ganó el premio Hammett de la Semana Negra de Gijón. Presentada con el habitual pulso narrativo de la casa, recupera la investigación de la muerte de una joven de clase media cuyo cuerpo aparece desguazado en un predio al sur de Buenos Aires. El peso de la familia atraviesa sus páginas. Y, al igual que Cometierra, vuelve a la cuestión de las mujeres sin voz, escondidas bajo el silencio impuesto por el patriarcado. Reyes, que celebra la conexión con Piñeiro, advierte: "No podemos bajar la guardia. Vendrán oleadas conservadoras que pretenderán disciplinar de nuevo nuestros cuerpos. Pero ahí estaremos otra vez las mujeres». Cada dos horas y media, América Latina registra un feminicidio.

Los mexicanos acudieron a votar en junio pasado tras una campaña que dejó una cosecha roja de noventa políticos asesinados y cientos de agresiones contra cargos públicos. Los resultados dibujaron una frontera interna en la capital del país: los barrios del este votaron en bloque por Morena, el partido del presidente López Obrador, y los del oeste, por la coalición de los grandes partidos tradicionales. Sobre el mapa, en las redes se bromeó con esa especie de muro redivivo de Berlín, línea divisoria que separa las zonas más acomodadas de aquellas con escasos ingresos o directamente pobres. No se trata de una casualidad. Abriendo el foco, América Latina es la región más desigual del mundo y la pandemia empeoró las diferencias. A principios de 2020 se contaban 76 ciudadanos con un patrimonio superior a los mil millones de dólares. Ahora, a pesar de la crisis, a mediados de este 2021, superan ya el centenar. Mientras unos pocos se enriquecen, el PIB se contrajo un 7,7% en la zona por efecto del coronavirus. La pobreza afecta a uno de cada tres habitantes, dicen los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

El mexicano Iván Farías, que acaba de publicar en España Un plan perfecto (Real Noir), señala la fecha de inicio del imparable ascenso de la desigualdad en su país: "Aquí comienza a agravarse desde que en 1994 entra en vigor el tratado de libre comercio con los EUA y Canadá, que supone que muchas empresas mexicanas terminen en manos de multinacionales». En apenas cinco años, la pobreza creció hasta el 28%, mientras empresarios como Carlos lim, quizás la persona más rica del mundo, se beneficiaban de la desregulación del mercado de trabajo. Ese paño de fondo está presente en la cáustica amoralidad de su novela, poblada de personajes consumidos por la avaricia que buscan aumentar sus posesiones materiales al precio que sea. No obstante, el protagonista es un ladrón con un código moral que evita el empleo de la violencia. "No solo del narco vive la novela negra en México", apuntan en la editora. Pero al otro lado de su presencia habitual en la ficción −en Netflix ya se puede ver Somos, basada en la masacre de Allende, perpetrada hace una década por Los Zetas−, los cárteles se nutren cada día de los elevados niveles de pobreza en el país.

Por el camino, su samaritanismo de Instagram deja alguna estampa disparatada: la hija del Chapo Guzmán, en los peores días de la pandemia, se dedicó a repartir cajas de alimentos con la imagen impresa de su padre. Farías mira más allá del río Bravo, desbordado cada año con millares de migrantes centroamericanos, para explicar la cronificación de una trama sin fin: "La violencia y las diferencias económicas son compartidas con los Estados Unidos, sólo que ellos tienen mejor prensa. Pero es suficiente con leer a Dennis Lehane, a George Pelecanos o a Richard Price. Ahí está la cantidad de gente que vive sin techo o en los coches, los millones de armas, los lugares donde no existe el Estado. Mientras sigan siendo un país neoliberal y corrupto, los mexicanos seguiremos arrastrados por eso».

En Chile, las protestas de finales de 2019, iniciadas con las manifestaciones de estudiantes, descontentos por el aumento de los precios del transporte público, acabaron con la convocatoria de un plebiscito para cambiar la constitución de Pinochet. Una esperanza en marcha, pero a cambio de muertos, orturados y alta tensión social. La indignación se trasladó a Colombia, donde una dura reforma fiscal agitó los ánimos a finales de abril. El presidente Iván Duque ordenó el despliegue de cuatro mil miembros del ejército en Cali para frenar el incendio en las calles. Una partitura semejante a lo que vimos en Chile cuando Sebastián Piñera declaró al país "en guerra" y echó mano de diez mil uniformados para encarar el conflicto. Argumentos todos de este siglo, pero no muy distintos a los que incorporó a sus obras a vieja guardia del latin noir. El último punto de giro podemos buscarlo en Nicaragua: Daniel Ortega deteniendo políticos de la oposición, incluidos antiguos guerrilleros que liberaron el país de la dictadura en 1979, ante el miedo a perder las próximas presidenciales de noviembre.

El contexto parecería propicio para una novela de Leonardo Sciascia o Jean-Patrick Manchette, líder espiritual del neo-polar francés de los 70. Pero, en opinión del guatemalteco Francisco Alejandro Méndez Castañeda, para un análisis eficaz no hace falta que la conciencia sea la única musa del escritor. El reflejo de un escenario tan turbio habla por sí mismo. "Nada mejor que la novela criminal para describir las consecuencias de la crisis capitalista y el auge de los populismos, pero no es estrictamente necesario que los investigadores sean, pongamos por caso, de inspiración marxista. Es suficiente con presentar una pesquisa que siempre nos acabará trasladando a un sistema corrupto".

Coinciden entre las últimas novedades que llegan del otro lado del charco Y líbranos del mal (Seix Barral), del peruano Santiago Roncagliolo, o Perro muerto (Alrevés), del chileno Boris Quercia. Méndez Castañeda, premio nacional de literatura en Guatemala, viene de editar en México Si dios me quita la vida, nueva entrega del comisario Pérez Chanán, aún inédito en España. Señala un trazo distintivo del policial latinoamericano respecto al de estas latitudes: "Diría que el cinismo, el humor negro, la manera en que abordamos la muerte. La realidad de nuestros países es tan irracional que hasta se puede arrancar una carcajada de los interrogatorios más salvajes de la policía. Pensemos en Agosto, del brasileño Rubem Fonseca, o en algunas novelas del cubano Leonardo Padura». Antes bien, la revisión de algunos datos en frío, al otro lado de la literatura, no provoca risa. En Venezuela, líder de la región en homicidios, fallecieron cerca de doce mil personas el año pasado por muerte violenta. La paradoja es que los números descendieron a la mitad respecto a 2018. Una explicación la encontramos en la depresión económica. La delincuencia también emigra.

El recurso al lawfare −empleo de la justicia para la persecución política− está a la orden del día en la región, abundante en thrillers jurídicos. En Brasil, millones de ciudadanos votaron en 2018 a Bolsonaro pensando que Lula de la Silva era un delincuente. Una campaña por tierra, mar y aire lo llevó a la cárcel y lo inhabilitó para presentarse a unos comicios que lo daban ganador. Los tribunales han anulado la condena, reconociendo que no fue juzgado con imparcialidad. En Bolivia, una ofensiva jurídica similar acabó con Evo Morales, en el exilio desde finales del 2019, hasta que un año después el país recuperó la democracia con la victoria de Luis Arce. Hoy las comedias trumpistas amenazan la democracia en Perú.

El resultado de las recientes elecciones mostraron que el maestro rural Pedro Castillo ganó por una margen de unos 44.000 votos, pero Keiko Fujimori se empeñó en no aceptar la derrota argumentando, siempre sin pruebas, que existió fraude. Sigue impulsando un movimiento en el tablero que tiene traza de intento de golpe de estado, con el objetivo de deslegitimar la victoria de su rival y propiciar una intervención del ejército. La última reaparición de un personaje tan siniestro como Vladimiro Montesinos, exasesor presidencial, haciendo llamadas telefónicas desde la cárcel para alterar los resultados, confirma una nueva pata en la estrategia desestabilizadora.

Cesar Alcázar, editor del sello Safra Vermelha y organizador del festival Puerto Alegre Noir, el mayor evento literario del género en el Brasil, describe la contaminación que está dejando el discurso bolsonarista en la esfera pública: "Su llegada provocó un retroceso abismal en el debate político. Ahora ya no hay ideas ni propuestas, solo triunfan las provocaciones y las reyertas en las redes sociales, las noticias falsas, las constantes teorías de la conspiración". Fue allí, en Puerto Alegre, donde el prefeito −a autoridad municipal− llegó a aparecer en un vídeo pidiéndoles a los vecinos que dieran su vida para salvar la economía. "Se respira un fuerte rechazo contra los intelectuales, mucha hostilidad contra los trabajadores de la cultura.

Hay un continuo negación de la ciencia», apunta Alcázar. Pero a mediados de junio, centenares de brasileños asistieron a las numerosas manifestaciones que tuvieron lugar en varios estados para exigir la renuncia del presidente, acusándolo de dar prioridad a la Copa América frente a la tragedia humanitaria que siguió a la pésima gestión de la pandemia. Las marchas se desarrollaron en cuatrocientas ciudades, el doble que en las movilizaciones celebradas en mayo. Y aunque se prefiere no cantar victoria, comienzan a viralizarse con más intensidad las causas del sector progresista. Durante las protestas, los análisis indicaron que Bolsonaro perdió el combate en las redes ante el impulso de Lula, vencedor en contenido positivo y capacidad de movilización. En 2021 no habrá Puerto Alegre Noir, pero Alcázar espera recuperarlo el año que viene. No recomiendan la lectura de Entierre a sus muertos (Companhia de las Letras), de Ana Paula Maia, para tener un retrato perfecto de la actual atmósfera del país. Y pronuncia una palabra que no se apaga nunca: "Esperanza". A pesar de que el retrato de este viaje insista en el negro.

19/10/2021 07:47

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Viernes, 01 Octubre 2021 07:28

Libros prohibidos

Libros prohibidos

La historia de las novelas prohibidas en América Latina se remonta a los tiempos de la Inquisición, que anotaba en sus listas negras "libros de romance de historias vanas o de profanidad, como son de Amadís y otros de esta calidad, porque este es mal ejercicio para los indios, y cosa es que no es bien que se ocupen ni lean".

La mentira de las vidas fingidas y los embelecos eran perjudiciales para la fe y la recta conducta de los súbditos del reino. Y la mano de los aduaneros estaba presta a detener los libros llenos de embustes, suerte que corrieron tanto El Quijote como El Lazarillo de Tormes.

Sin embargo, prohibir leer ha sido siempre el mejor acicate para la curiosidad, que se convierte en un acto de desafío y, por tanto, de libertad. Los libros vedados burlaban la vigilancia escondidos en barriles de vino, y circulaban también copiados a mano. Y no sólo las novelas, sino los libros subversivos escritos por los pensadores de la Ilustración, a medida que se iban encendiendo los fuegos de los movimientos libertarios en América. Ya El Quijote no importaba tanto como La nueva Eloísa, de Rousseau.

Para las tiranías que empezaron a sucederse bajo el remedo de gobiernos republicanos, su enemigo más jurado pasaron a ser las imprentas, vistas como máquinas infernales, capaces de fabricar libros incendiarios contra el orden público, la moral y las buenas costumbres, o todo lo que se saliera de los límites del pensamiento oficial. Cerrar los países a las ideas era una pretensión de congelar el tiempo.

Pero, llegado el siglo XX, no todas las dictaduras tropicales fueron tan celosas de los libros. Al viejo Somoza le importaban más los periódicos que los libros, siempre de tiradas exiguas y publicados por cuenta de sus autores. Pero enviaba a sus militantes fanáticos, sus "camisas azules", que le rendían pleitesía como a un Mussolini tropical, a descalabrar a garrotazos las platinas de las imprentas de los diarios enemigos.

Su hijo Anastasio no le iba a la zaga. Mandó bombardear el diario La Prensa, pero su lista de libros prohibidos se reducía a aquellos que propagaran el marxismo; sus agentes aduaneros no eran, sin embargo, muy avisados, pues dejaban pasar sin siquiera examinar sus páginas La sagrada familia, de Marx y Engels, que creían de contenido religioso, o El capital mismo, que les parecía una alabanza del sistema, o inofensivo por demasiado ­voluminoso.

Cuando en 1970 la Editorial Universitaria Centroamericana (Educa) publicó en Costa Rica Sandino, de Neill Macaulay, un embarque de 5 mil ejemplares fue retenido en la aduana en Managua. El libro clásico de Gregorio Selser, Sandino, general de hombres libres, circulaba clandestino en el país, en copias mimeografiadas.

El libro de Macaulay fue llevado por el director de aduanas a Somoza para que tomara la decisión final. Lo vio apenas por encima, y se lo devolvió. "Esto no es conmigo", le dijo, "es con mi papá". Los 5 mil ejemplares se vendieron en menos de una semana, todo un récord.

Todo esto es para contar la historia de Tongolele no sabía bailar, mi novela prohibida en Nicaragua. La editorial Alfaguara envió el libro desde México. El proceso de desalmacenaje comenzó a volverse lento de pronto, bajo el pretexto de que faltaba uno u otro dato en el manifiesto de carga, hasta que el director de aduanas solicitó que se le presentara un compendio del contenido.

Una petición insólita, que sólo anunciaba que quedaría retenido para siempre. El primer libro prohibido en la historia contemporánea de Nicaragua. No sé si, igual que a Somoza, a la pareja que ahora retiene el poder, algún funcionario obsequioso les habrá llevado el libro para su revisión, y si alguno de ellos dos lo habrá leído. Eso quedará dentro del halo de misterio que siempre rodea a los libros que no pueden ni deben leerse.

Pero miles han leído en Nicaragua la versión electrónica de mi novela prohibida, que anda de pantalla en pantalla, el equivalente en el siglo XXI de los barriles de vino y de tocino para el contrabando de las ideas y las invenciones, y de las copias mimeografiadas de antaño.

En Malmö, Suecia, se ha abierto la Biblioteca de Libros Prohibidos Dawit Isaak, dedicada al escritor declarado traidor y preso sin juicio por largos años en Eritrea. Contiene desde Los versos satánicos, de Salman Rushdie, perseguido por el régimen teocrático de Irán, a los libros de Svetlana Alexievich, la premio Nobel perseguida por el dictador estalinista de Bielorrusia Alexsandr Grigórievich Lukashenko.

También existe en Tallin, capital de Estonia, el Museo de los Libros Prohibidos, creado para "preservar libros que han sido prohibidos, censurados o quemados y contar su historia al público".

Así que dos largos viajes esperan al inspector Morales y al cortejo de personajes de Tongolele no sabía bailar, en busca de su bien merecido lugar en los estantes de esas bibliotecas que representan el espíritu de la libertad.

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Lunes, 21 Junio 2021 05:39

El generalísimo del brazo largo

El generalísimo del brazo largo

En septiembre de 1956 se celebró en Panamá una cumbre de las Américas a la que asistió el presidente Dwight Ei­senhower, de Estados Unidos, quien se vio rodeado de la conspicua fauna de dictadores latinoamericanos, todos en sus más vistosas galas militares, y el pecho sobrados de medallas.

Era el tiempo de las repúblicas bananeras, cuando en plena guerra fría los hermanos John Foster y Allen Dulles, el uno jefe de la CIA, el otro secretario de Estado, quitaban y ponían presidentes en el Caribe, si así lo quería la United Fruit Company.

Las fotos tomadas en aquella ocasión son memorables. Disputando el sitio más próximo a Eisenhower, aparecen, entre otros, el general Anastasio Somoza, de Nicaragua; el coronel Carlos Castillo Armas, de Guatemala; el general Marcos Pérez Jiménez, de Venezuela; el general Gustavo Rojas Pinilla, de Colombia, y el general Fulgencio Batista, de Cuba.

Falta, sin embargo, el más notable de todos aquellos sátrapas en traje de opereta, el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Por razones protocolarias no podía estar presente en el cónclave, pues había dado en préstamo temporal la presidencia de la República Dominicana a su hermano, el general Héctor Bienvenido Negro Trujillo, quien ocupa su lugar en la foto de familia.

El generalísimo, que no había tenido empacho en llamar a la capital Ciudad Trujillo, en su propio homenaje, aparentando pudor había dejado en depósito la banda presidencial a Héctor Bienvenido, el más dócil y apagado de sus hermanos, mientras él preservaba en su puño todos los poderes, empezando por el de vida o muerte.

Esta fauna tan peculiar no tardaría mucho en desaparecer del mapa. Somoza fue muerto a tiros, al apenas regresar a Nicaragua, por un poeta desconocido; Rojas Pinilla fue obligado a renunciar por un paro nacional en mayo de 1957; en julio del mismo año, Castillo Armas cayó bajo las balas de un custodio del palacio presidencial; Pérez Jiménez fue derrocado en enero de 1958, y Batista huyó de Cuba la nochevieja de ese año. Y el gran ausente, el generalísimo Trujillo, fue emboscado y muerto el 31 de mayo de 1961, hace ahora 60 años.

El generalísimo se consideraba situado en un sitial más alto que el de sus demás colegas del zoológico. Somoza, tras una visita oficial a Ciudad Trujillo en 1952, regresó quejándose de que en las reuniones oficiales, el sillón de su anfitrión se hallaba siempre colocado en lo alto de una tarima, lo cual lo obligaba a mirar hacia arriba. Tampoco se conformaba Trujillo con reinar solamente en su isla; y fueron sus ambiciones de poder más allá de las fronteras, y su sed de venganza, llevada también más allá de las fronteras, lo que terminó perdiéndolo. Y, astuto como era, tampoco pudo leer el cambio de los tiempos.

El primer clavo de su ataúd lo puso con el secuestro, en plena Quinta Avenida de Nueva York en 1956, del profesor Jesús Galíndez, un exiliado vasco que tras la caída de la república española había vivido en República Dominicana. Fue trasladado en un vuelo clandestino a Ciudad Trujillo, y asesinado por la policía secreta, en venganza porque Galíndez había revelado en un libro un secreto de alcoba: Ramfis Trujillo, heredero del generalísimo, no era hijo suyo.

En 1957 extendió su largo brazo hasta Guatemala para asesinar a Castillo Armas, también por venganza ante la vanidad herida: Trujillo lo había apoyado con armas y dinero para derrocar al coronel Jacobo Árbenz en 1954, y esperaba que lo invitara a presenciar el desfile de la victoria; o que, una vez en la presidencia, lo condecorara con la Orden del Quetzal. La tarea de dirigir el complot la confió nada menos que el jefe de sus servicios secretos, Johnny Abes García, a quien acreditó como diplomático en Guatemala.

Y por último, el atentado contra el presidente Rómulo Betancourt, de Venezuela, en junio de 1960, lo cual lo llevó a meterse en aguas profundas, y fatales. Betancourt era un respetado líder, electo democráticamente tras la caída de Pérez Jiménez. Sobrevivió, con quemaduras, a la carga de explosivos que estalló al paso de su caravana en una avenida de Caracas; pero Trujillo pagó esa cuenta, y muchas otras, antes de que se cumpliera un año.

Como la historia se suele contar mejor en las novelas, hay tres que leer sobre la era Trujillo: Galíndez, formidable y poco frecuentado libro de Manuel Vázquez Montalbán; La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, y La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz.

Tres enfoques diferentes, pero que concurren a develar la figura del dictador de bicornio emplumado que se propuso él mismo como candidato al Premio Nobel de la Paz, y se dio a él mismo una infinita cauda de títulos entre los que se hallaban los de Padre de la Patria Nueva, Paladín de la Libertad, Primer Agricultor Dominicano, Primer Maestro de la Patria, Protector de Todos los Obreros, Primer Anticomunista de América.

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  Un manifestante enfrentándose a las policía tunecina cerca de una barricada | REUTERS/Amine Ben Aziza.

Esta semana se cumplen diez años del inicio de las llamadas primaveras árabes, una experiencia sofocada mediante la fuerza y la represión en la mayor parte de los lugares donde se dio. Sin embargo, las sociedades árabes continúan experimentando transformaciones importantes que en cualquier momento podrían resurgir con más fuerza que entonces.

 

Cuando estallaron las llamadas primaveras árabes hace diez años, una gran parte de la población perdió el miedo, tomó las calles y coreó consignas a favor de la libertad y contra los dictadores que les gobernaban desde tiempo inmemorial. Sin embargo, fueron movimientos efímeros que pronto terminaron mal.

Los sueños se quebraron y la dura realidad del autoritarismo regresó por el mismo camino por el que se había marchado. Fue así en los afortunados países donde no les cayó encima la calamidad de terribles guerras civiles con un montón de intervenciones extranjeras, como todavía es visible en los casos de Siria, Yemen y Libia.

La chispa que puso las cosas patas arriba saltó el 17 de diciembre de 2010, cuando el vendedor ambulante Mohammed Bouazizi de 26 años se prendió fuego al cuerpo en Túnez para protestar contra la confiscación de su mercancía. La reacción a su muerte circuló por las redes a la velocidad de la luz e inmediatamente se trasladó a las calles, forzando al presidente Ben Ali a refugiarse en Arabia Saudí después de 23 años en el poder.

El mismo mes se pusieron en marcha protestas en Egipto, Libia y Yemen, y luego en otros países. El nuevo escenario puede verse hoy en el norte de África y Oriente Próximo, pese a que algunos intelectuales sostienen que la realidad ha cambiado para siempre, aunque sea parcialmente, con indiferencia de los resultados aparentes.

Hace diez años fueron muchos los árabes, especialmente jóvenes, que lloraron de emoción cuando vieron por televisión las protestas de la plaza Al Tahrir que acabaron con Hosni Mubarak. Pedían a gritos libertad, justicia y esperanza, unos deseos concretos que inicialmente no buscaban la caída del dictador.

Solo seis meses antes de su asesinato en el consulado saudí de Estambul, en octubre de 2018, el periodista Jamal Khashoggi escribió que aquellas revoluciones terminaron con el punto de vista dominante de que los árabes y la democracia eran como agua y aceite y no se podían mezclar.

Muchos egipcios consideran que el actual gobierno de Abdel Fattah al Sisi, que arrancó con un golpe de estado contra el presidente electo Mohamed Morsi en 2013, es más autoritario que el de Mubarak, lo que incrementa la frustración de una buena parte de la población. Las cárceles están más llenas hoy, la pobreza es más extrema y más jóvenes quieren emigrar para siempre.

En Bahrein la revolución fue aplastada con el apoyo militar de Arabia Saudí. El gobierno de aquel país contribuyó a paliar los efectos de las protesta distribuyendo cuantiosas ayudas a la población, que es mayoritariamente chií. Por su parte, las autoridades marroquíes contuvieron las protestas del llamado Movimiento del 20 de Febrero con reformas cosméticas.

El caso más trágico ha sido Siria, donde el gobierno de Bashar al Asad sobrevivió in extremis gracias al apoyo militar de Rusia. Las revueltas iniciadas en Deraa en marzo de 2011 fueron sin duda genuinas, pero la complejidad del tejido social y religioso hizo que todo se escapara de las manos, como era previsible, contando con numerosas intervenciones extranjeras y con un florecimiento yihadista sin precedentes que condujo a la peor experiencia humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial.

Las distintas fuerzas occidentales, árabes y yihadistas, no tan extrañas compañeras de cama, colaboraron para derrocar a Asad, la guinda a décadas de persecución y aislamiento de un régimen dispuesto a colaborar y trabajar con Occidente, como se vio en la guerra de Irak de 1991, pero reacio a admitir las injustas exigencias de los aliados de Israel.

¿Hasta qué punto Occidente está dispuesto a tolerar el islam político?

La pregunta central es hasta qué punto Occidente está dispuesto a tolerar el islam político. Naturalmente, hay casos y casos. No es lo mismo admitir el islam político en Siria que en Egipto. En Siria se debe descartar, pero en Egipto quizá no, a la vista de la experiencia incruenta del presidente Morsi. En algún momento tendrá que darse ese paso, máxime si tenemos en cuenta que el islam político parece haber renunciado completamente a la violencia.

Todavía es demasiado pronto para hacer un balance de las revoluciones árabes, aunque el tiempo transcurrido indica que una parte considerable de la población árabe está cambiando rápidamente y que los arquetipos tradicionales ya no son tan homogéneos y rígidos como antes, especialmente en relación con el islam político.

A veces las revoluciones necesitan muchos años para cristalizar, y este podría ser un caso de esos. Pero también es cierto que la circulación de ideas se hace hoy mucho más rápidamente que en el pasado y no hay que descartar que las fallidas primaveras de hace una década se renueven en un plazo de tiempo no demasiado lejano y con más fuerza que entonces pillando a Occidente desprevenido.

15/12/2020 07:26

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Condenan a perpetua a 24 represores sudamericanos en Italia por el Cóndor

El Tribunal de Apelaciones de Roma impuso penas a militares uruguayos, peruanos, chilenos y bolivianos

 

Con gran satisfacción y mucha esperanza recibieron la sentencia de la Corte de Apelaciones de Roma los familiares de los 43 desparecidos ítalo-latinoamericanos (6 argentinos, 4 chilenos y 33 uruguayos) durante las dictaduras de la década del 1970. La Corte condenó a cadena perpetua a 24 imputados, y no sólo a 8 como había hecho la primera instancia del proceso comenzado en 2015. Los condenados son en su mayoría militares chilenos, uruguayos, peruanos y bolivianos, acusados de haber hecho desaparecer a las víctimas como parte del Plan Cóndor, el sistema internacional que coordinaba los secuestros y desapariciones, moviendo secretamente a los secuestrados de un país a otro donde desaparecían. La Corte los consideró “culpables de homicidio voluntarios pluriagravado” y para algunos de ellos estableció además que estén en “aislamiento diurno por dos años” además de pagar los gastos de los juicios y remunerar a los familiares por varios miles de euros.

Algunos de los imputados están detenidos en sus propios países, cumpliendo ya condenas. El único presente físicamente en este juicio -aunque no se presentó en todas las audiencias- fue el uruguayo Jorge Néstor Troccoli que vive en Italia desde hace varios años y evitó varios eventuales arrestos y condenas por el hecho de tener pasaporte italiano. De ser confirmada las condenas por la Corte Suprema, Italia podría pedir la extradición de los militares, sobre todo si en sus países están en libertad.

“Por fin tenemos una sentencia que realmente nos da justicia -comentó a Página12 la chilena María Paz Venturelli- . Es la sentencia que esperábamos. No se por qué no se pudo tener en el primer grado. Esta fue una Corte muy atenta. Yo espero que todo se haya hecho como se debía hacer y que la Corte Surprema, cuando se apele a ella, no tenga que cambiar nada”. María Paz, que reside en la ciudad de Bolonia, es la hija del ex sacerdote y profesor universitario, Omar Roberto Venturelli, arrestado y luego desparecido en Chile en 1973.

Cristina Mihura es uruguaya y viuda de Armando Bernardo Arnone Hernández, también uruguayo pero secuestrado en Buenos Aires en 1975. “Yo estoy muy emocionada -comentó a este diario-. Creo que esta sentencia ha corregido la parte equivocada de la sentencia anterior y creo además que para los que dicen que cuando llega demasiado tarde la justicia no es justicia, al escuchar hoy la condena, puedo decir que sentí que la justicia es justicia cuando llega. Me emocioné mucho por las víctimas de Troccoli, por los que están vivos, los que están muertos, los que están desaparecidos. El se escapó varias veces, pero hoy ha sido condenado. Yo aprecio mucho el trabajo de esta Corte porque creo que ha sido justa, con las pruebas y con la verdad”. Mihura empezó a trabajar para impulsar este proceso en 1999. En 1982 había presentado la primera denuncia en Italia por la desaparición de su marido.

Nestor Gómez es el hermano de la uruguaya Celica Elida Gómez Rosano que trabajaba en la agencia de noticias argentina Télam en Buenos Aires cuando fue secuestrada en 1978. ”Nos dio un gran alivio el hecho de saber que por una vez se tomaron en serio las cosas y no dejaron libres a los militares. La sentencia anterior nos había dejado desanimados, con miedo de que dejaran libres a estos bandidos”, comentó.

Algunos acusados, que habían sido incluídos en el primer proceso, durante el juicio o poco después fallecieron, por lo cual no fueron incluidos en esta segunda sentencia. Según la justicia italiana, los acusados y los familiares de las víctimas tendrán derecho a apelar por segunda vez, pero en esta oportunidad será ante la Corte Suprema de Justicia y su decisión será la sentencia definitiva.

La sentencia de la Corte de Apelaciones confirmó las condenas del primer juicio en las que ocho personas (ahora son seis porque dos murieron) ya habían sido condenadas a cadena perpetua, entre ellas el boliviano Luis Arce Gómez y el peruano Francisco Morales Bermúdez, presidente de Perú entre 1975 y 1980. Pero sobre todo condenó a cadena perpetua a otros 18 que en la primera instancia los jueces habían dicho que su delito había prescripto. En total, los condenados ahora son 24, casi todos militares acusados de delitos como secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones.

Entre los condenados no hay ningún militar argentino, porque la Argentina viene haciendo por su cuenta los juicios contra los militares del Plan Cóndor desde hace años, a diferencia de otros países latinoamericanos. Pero sí hay argentinos entre los desaparecidos de origen italiano cuyos casos trató este proceso. Entre ellos el caso de Mafalda Corinaldesi, secuestrada en Argentina y por lo que fue acusado el uruguayo Juan Carlos Blanco, ex ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay entre 1972 y 1976. Pero la sentencia de ayer lo absolvió por el caso de secuestro y homicidio de Corinaldesi, aunque no se sabe exactamente los fundamentos de esta decisión ni de las condenas en general ya que la Corte tiene 90 días para elaborar y presentar oficialmente las fundamentaciones de sus decisiones. Otros argentinos incluidos entre las víctimas fueron Luis Stamponi, secuestrado en Bolivia, Alejandro José Loguso Di Martino y Dora Marta Landi, secuestrados en Paraguay, y Lorenzo Ismael Viñas Gigli y Horacio Domingo Campiglia, secuestrados en Brasil.

Hoy por la mañana, antes de conocer la sentencia, los familiares de desaparecidos congregados en Roma decidieron rendir un homenaje a las Fosas Ardeatinas, el lugar donde el 24 de marzo de 1944 fueron asesinados por los nazis 335 inocentes como venganza de un atentado contra ellos del día anterior, que había hecho la Resistencia en el centro de Roma. “El 24 marzo de 1944, sucedió la matanza de las Fosas Ardeatinas. El 24 marzo de 1976 se oficializó la masacre de 30.000 desaparecidos en Argentina y un millon y medio de exiliados”, recordó Julio Frondizi, hijo del profesor universitario Silvio Frondizi asesinado por la Triple A en 1974. “Y debo decir, para los que no lo saben, que la operación Cóndor nunca terminó. Y va adelante”, agregó Frondizi, que vive en Italia desde que su padre fue asesinado.

Diego Jiménez,Viceministro de Transparencia del Ministerio de Justicia de Bolivia, asistió al homenaje en las Fosas Ardeatinas. “El gobierno de Bolivia sigue los procesos que buscan justicia, la construcción de la memoria y la verdad de lo que implicó para América Latina el período de las dictaduras -declaró a Página 12- . Particularmente el Plan Cóndor y sus incidencias en nuestros países. Dos de los procesados fueron dictadores en nuestro país. García Mezza, que murió hace un tiempo, y Luis Arce Gómez que fue su lugarteniente. Estas personas representan lo que implicó el terrorismo de Estado. Los crímenes que cometieron fueron de lesa humanidad y hoy, las heridas que han dejado, no terminan de cerrarse. Es por eso que haciendo el seguimiento a este largo proceso, nos sentimos con la esperanza de que la de hoy sea una sentencia histórica, una sentencia que haga justicia y un símbolo para la humanidad”. Y agregó: “¿Si el Plan Cóndor sigue existiendo? Es así. Nosotros creemos que las fuerzas reaccionarias que están presentes en América Latina, privilegiando los intereses del imperialismo norteamericano, no han cesado. Si bien han habido avances por parte de muchos países que han tenido gobiernos progresistas. En América del Sur hoy hay una corriente muy agresiva, muy detractora y anti procesos sociales. Y esto quiere decir que los niveles de coordinación están todavía ahí. Por eso, procesos de esta naturaleza, que refrescan la memoria de lo que pasó en América Latina, son importantes. No podemos permitir que pase de nuevo. Las nuevas generaciones deben entender todo el daño que ocasionaron los gobiernos dictatoriales”.

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