"Estoy cansado de los minutos de silencio", aseguró el DT de los Warriors Steve Kerr (Foto: AFP).

"Estoy cansado de los minutos de silencio"

El exjugador de básquet y DT de los Golden State Warriors estalló de furia contra los republicanos por rechazar el control de armas de fuego en Estados Unidos.

Steve Kerr, entrenador de los Golden State Warriors y una de las voces más respetadas en la NBA, explotó de furia contra los republicanos por rechazar el control de armas de fuego en Estados Unidos después del tiroteo en una escuela de Texas en la que fueron asesinadas 20 personas, entre ellas 18 menores y una maestra.

"No voy a hablar de baloncesto hoy. Ninguna pregunta de baloncesto importa", comenzó diciendo Kerr en la conferencia de prensa antes del cuarto partido de la final del Oeste en Dallas (Texas) entre los Mavericks y los Warriors.

El emblemático DT precisó que “desde que salimos esta mañana del entrenamiento, 14 niños - luego la cifra subió a 18- y un profesor fueron asesinados a 400 millas de aquí. En los últimos 10 días hemos tenido a ancianos negros asesinados en un supermercado de Búfalo, a feligreses asiáticos asesinados en el sur de California y ahora tenemos a niños asesinados en la escuela".

"¿Cuándo vamos a hacer algo?", exclamó con ira y al borde de las lágrimas. “Estoy muy cansado de ofrecer condolencias a las familias devastadas. Disculpen, lo siento. Estoy cansado de los minutos de silencio. Basta", aseveró.

Asimismo, Kerr cargó contra los republicanos en el Senado por estar en contra de un proyecto de ley para reforzar el control de antecedentes a la hora de comprar un arma.

La iniciativa, conocida como HR8, fue aprobada por la Cámara de Representantes en 2021 pero su trámite sigue detenido en la Cámara alta del Congreso. "Hay 50 senadores (republicanos) que rechazan votar la HR8. Hay una razón por la que no votarán: para mantener su poder", enfatizó Kerr.

"Te pregunto a ti, Mitch McConnell (líder republicano en el Senado), y a todos ustedes, senadores que rechazan hacer algo sobre la violencia, los tiroteos en escuelas y supermercados. Les pregunto: ¿Van a poner su propio deseo de poder por delante de las vidas de nuestros niños, ancianos y feligreses? Porque eso es lo que parece", consideró.

Por último, antes de abandonar a los gritos la conferencia, el técnico de los Warriors remarcó que "50 senadores en Washington nos tienen como rehenes. ¿Se dan cuenta de que el 90% de los estadounidenses, más allá de su partido político, quieren antecedentes universales para comprar armas? ¡Es patético! Ya tuve suficiente".

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Lunes, 23 Mayo 2022 05:52

¿Se está cayendo el sistema?

Protesta estudiantil realizada la semana pasada en Nueva York contra la posible anulación de la ley que garantiza el derecho al aborto en Estados Unidos. Cuando las mayorías desean derecho a la salud (incluida la interrupción del embarazo), educación, vivienda, salarios dignos, respeto a las libertades civiles y una reforma migratoria, y la cúpula sencillamente no cumple, o no responde, difícilmente se puede hablar de que en un país existe un sistema democrático.Foto Afp

 Cuando el país más poderoso y rico del mundo, con la economía más grande y las fuerzas militares más potentes, anuncia que enfrenta una grave emergencia en la que el comandante en jefe invoca la Ley de Producción de Defensa (que otorga poderes de emergencia para obligar la fabricación de productos esenciales) y anuncia la Operación Vuela Fórmula con el fin de usar aviones federales para obtener productos en el extranjero, uno supone que es un problema existencial. Pero cuando resulta que todo esto es porque de repente hay una carencia de fórmula para bebés, es señal de que algo anda muy mal.

Cuando se revela que la esposa de Clarence Thomas, uno de los nueve integrantes de la Suprema Corte, participó directamente en los esfuerzos para fomentar un golpe de Estado e intentar anular el voto presidencial, y su marido pretende que puede ser "imparcial" al evaluar casos relacionados al proceso electoral, es otra señal de que algo está muy mal.

Que los multimillonarios ejercen su enorme poder financiero para definir elecciones, y sus gastos millonarios en campañas electorales son oficialmente consideradas como "libertad de expresión", fue calificado por el ex presidente Jimmy Carter, desde hace siete años, como un Estados Unidos convertido en "una oligarquía con soborno político ilimitado", y las cosas se han deteriorado desde entonces. El ex secretario del Trabajo y profesor de políticas públicas en la Universidad de California Robert Reich afirmó recientemente que Estados Unidos se presenta como el faro de la democracia en contraste con las autocracias de China y Rusia, "pero la democracia estadunidense está en peligro de sucumbir al mismo tipo de economías oligárquicas y nacionalismo racista que prospera en ambos esos poderes".

A la vez, mientras el presidente y su secretario de Estado y los líderes legislativos insisten en que son los guardianes del derecho internacional y como jueces supranacionales advierten que los responsables de cometer crímenes de guerra serán obligados a rendir cuentas, el subconsciente de la cúpula política estadunidense los traiciona en maneras que hubieran divertido a Freud. El miércoles pasado el ex presidente George W. Bush, en un discurso en su centro presidencial en Dallas, declaró que "fue la decisión de un hombre lanzar una invasión totalmente injustificada y brutal a Irak", y de inmediato corrigió, y dijo que se estaba refiriendo a Putin y su invasión a Ucrania pero, con risitas, después dijo, casi susurrando, “Irak también, de todas maneras…” antes de continuar. Su ex secretaria de Estado Condoleezza Rice ya había afirmado en una entrevista a finales de febrero, en referencia a Rusia, que la invasión de una nación soberana es un crimen de guerra, sin titubear ni corregir, mostrando su increíble incapacidad, como el resto de la cúpula estadunidense, de reconocer su hipocresía.

Cuando una invitación de la Casa Blanca a mandatarios en América Latina y el Caribe ya no obliga a todos a presentarse en la fiesta para la foto hemisférica con el estadunidense al centro, algo ha cambiado en su patio trasero (aunque diga muy amablemente que ya lo considera como jardín al frente de su mansión), otra señal aún no percibida por ellos de que no les va bien.

Cuando las mayorías desean derechos a la salud (incluido el aborto), educación, vivienda, salarios dignos, respeto a las libertades civiles y una reforma migratoria, y la cúpula sencillamente no cumple, o no responde, ¿eso se puede llamar un sistema democrático?

Vale preguntar ante todo esto si tal vez Estados Unidos no debería ser invitado a la próxima Cumbre de las Américas hasta que resuelva sus tendencias autocráticas, logre garantizar el sufragio efectivo y hacer que los responsables de minar derechos y libertades civiles y de cometer crímenes de guerra sean enjuiciados y rindan cuentas tanto a su propio pueblo como a la comunidad internacional.

Hay muchas señales de que a Estados Unidos se le está cayendo el sistema.

Stevie Wonder, Blowin’ in the Wind. https://www.youtube.com/watch?v=y8q1I9f1l4U

Rising Appalachia. Resilient. https://www.youtube.com/watch?v=tx17RvPMaQ8

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La verdadera historia de las maras salvadoreñas: de los pachucos a la guerra con Bukele.

Entrevista exclusiva con el mayor investigador del fenómeno

A un mes del estado de excepción en El Salvador, Juan Martínez d'Aubuisson repasa la historia de las maras salvadoreñas y cuestiona al gobierno Nayib Bukele por sus ataques contra periodistas y académicos

 

El 11 de abril, el presidente salvadoreño Nayib Bukele tuiteó un video con un extracto de 22 segundos de una entrevista al investigador Juan Martínez d'Aubuisson, especialista en el estudio del fenómeno de las pandillas centroamericanas. En su mensaje, Bukele lo trató de “basura” y dijo que sus planteos eran “absurdos”.

Desde ese día, Martínez d'Aubuisson recibió cientos de ataques de funcionarios, políticos oficialistas y trolls, una situación que han sufrido también otros periodistas y académicos críticos con el gobierno. Una semana después, Martínez d'Aubuisson publicó una columna en el diario estadounidense The Washington Post, con el título “Bukele me convirtió en un pandillero por mi trabajo como investigador”.

Desde “algún lugar de Centroamérica”, el académico salvadoreño habló con la Agencia Regional de Noticias (ARN) sobre la historia de las pandillas centroamericanas, los vínculos con la política y la economía, y también sobre la situación que atraviesa El Salvador, un mes después del estado de excepción que decretó Bukele.

Entre otras cosas, Martínez d'Aubuisson dijo que el Estado salvadoreño le prestó atención al fenómeno recién cuando empezó a expandirse más allá de los barrios pobres, hasta que luego la situación directamente escapó de su control. “Las pandillas eran y son el Estado”, resumió.

El investigador opinó que la negociación con las pandillas no es el mejor camino a tomar, aunque reconoció “desde el pragmatismo” que hoy no quedan muchas otras opciones. “Un país tan chiquito que entierra 90 personas en un fin de semana es un puto funeral”, señaló.

La historia empieza en Estados Unidos

-Tus investigaciones están focalizadas en el Triángulo Norte y en México. Sin embargo, para hablar de las maras, hay que arrancar la historia en Los Ángeles. ¿Por qué?

- Los Angeles y la costa californiana son factores importantes para comprender el fenómeno de las pandillas, en particular la Mara Salvatrucha y Barrio 18. Para entender los orígenes de Barrio 18 hay que pensar en los migrantes mexicanos que llegaron a Estados Unidos en el programa Bracero, a mediados del siglo XX. Era un programa que les permitía a los migrantes trabajar legalmente en Estados Unidos, sobre todo para trabajar en la construcción de vías férreas. California es uno de los lugares más ricos del mundo y necesitaba mucha mano de obra. Esa oleada migratoria generó una cultura híbrida muy rica conocida como la cultura chicana.

- ¿De ahí surge la figura del “pachuco"?
- Claro, el "pachuco" es la figura cultural arquetípica, caracterizado por el uso de los trajes zoot. Pero también generó un movimiento cultural e identitario muy fuerte. En la cultura popular aparece caricaturizado, es el coyote que anda con saco. También hay muchas referencias en el cine mexicano, las canciones de (la banda mexicana) Maldita Vecindad o el personaje Tin Tan (Germán Valdés), que el hermano del actor que personificó a Don Ramón en el Chavo del 8 (Ramón Valdés). Era toda una cultura, con valores y normas, y también una expresión de moda. Era bastante más que una forma de vestimenta, había detrás una concepción híbrida del mundo. Los mexicanos, en definitiva, se instalaron en Los Ángeles, entre las clases más bajas. Eran obreros, la mayoría no hablaba inglés. Estaban dentro del sector subalterno y marginado de la sociedad californiana. Empiezan a formar pandillas y eso originó el movimiento zoot suits, que tuvo enfrentamientos callejeros muy fuertes con los marines después de la Segunda Guerra Mundial. Los pachucos tenían una impronta muy irreverente de pararse frente a la cultura anglo, eran desafiantes ante el sistema. Ya en aquellos años surgen las primeras pandillas méxico-americanas, que todavía subsisten en California y son un problema grande de seguridad, como la White Fence, Hawaiian Gardens, Barrio 38, Barrio 36 y la propia Barrio 18.

-¿Cómo respondieron las autoridades estadounidenses?
- Enfrentaron el fenómeno de manera desatinada, básicamente los fueron metiendo en las cárceles de San Quintín y en el penal del Folsom. Muchos de ellos ni siquiera debían estar ahí porque eran menores de edad, pero estos jóvenes se abrieron campo dentro de las unidades penitenciarias. Y se abrieron campo con violencia. Crearon un sistema que llamaron “El Sur”, porque eran pandillas que operaban al sur de California. En este proceso la estética fue cambiando, ya no eran pandilleros de saco y corbata, con sombreros de ala ancha, sino que incorporaron la estética carcelaria: aparecen rapados, con pantalones anchos, camisas pegadas, tatuajes y con esa red que se ponen en la cabeza, que era la que usaban los cocineros en la cárcel. Todo esa estética está asociada a la vida en los penales y en particular a las tareas de servicio, que era lo primero que les tocaba.

-¿En las cárceles también se consolidan como estructuras?
-En las calles estas pandillas se peleaban entre sí, pero en la cárcel se unían, porque ahí tenían que enfrentarse con los pandillas de afroamericanos (también llamados mayates), los anglo, los asiáticos, etcétera. O sea, en la cárcel no importaba tanto tu pandilla sino el conglomerado que pertenecías. A ese conglomerado lo llamaron "Sur" y a la orientación de los "sureños" se la bautizó luego como la Mafia Mexicana, o “la M”, que era su abreviación. La M la conformaban los líderes de las pandillas más grandes, funcionaban como una especie de federación, dentro de la cárcel y también pautando la vida de estas pandillas afuera.
Afuera se peleaban pero con ciertas normas, era una especie de “juego serio”, con muertes, tragedia, pero también con normas. Por ejemplo, no se podía atacar a un pandillero si caminaba de la mano de su esposa, sus hijos o su madre. No se podía hacer drive-by shooting, o sea dispararle a alguien desde un vehículo, por el riesgo de lastimar a otras personas. El pandillero debía bajar del vehículo para disparar. Y si un pandillero incumplía estas reglas, la "M" resolvía que había “luz verde” para atacar a esa pandilla, y sus integrantes recibían golpizas, violaciones o asesinatos dentro de la cárcel.

-¿De qué año estamos hablando?
-Este fenómeno se consolida entre los años 50 y 70. Y todavía no aparece en escena El Salvador, que en esos años no tenía una migración masiva hacia Estados Unidos. La nuestra era una sociedad más bien agraria, el grueso de la población estaba fuera de los centros urbanos. Era una sociedad muy volcada a la agroexportación de café hacia Estados Unidos, ya desde finales del siglo XIX. El proceso revolucionario salvadoreño termina de consolidarse recién a finales de los 70. En ese momento Estados Unidos jugó fuerte para detener ese "virus comunista" en Centroamérica, porque ya tenían las experiencias de Cuba y Nicaragua, y querían evitar que eso se expandiera. El riesgo de las revoluciones guatemaltecas y salvadoreñas están muy presentes en los discursos de Richard Nixon (1969-1974), Jimmy Carter (1977-1981) y sobre todo después de Ronald Reagan (1981-1989). Les daba terror la posibilidad de que El Salvador siguiera el camino cubano y jugaron fuerte por la lucha contrainsurgente. Le dan mucho apoyo militar a El Salvador y entrenaron a muchos militares en la Escuela de las Américas. En este contexto sí empieza a pasar que miles de salvadoreños emigran hacia Estados Unidos. Es una nueva corriente migratoria, son como hermanos menores de aquellos braceros mexicanos (el término refiere a personas que trabajan con los brazos). Los salvadoreños migran por la crisis económica, la brutal represión estatal y el reclutamiento de jóvenes por parte de ambos estamentos: las guerrillas y el Ejército.

-¿Cómo se da el vínculo de estos jóvenes salvadoreños con el heavy metal, que es algo de lo que siempre se habla?
- Algunos investigadores que estudian el fenómeno de las “prepandillas”, o sea antes de la formación de la Mara Salvatrucha y Barrio 18, encontraron que en los barrios salvadoreños ya existían pandillas, barriales y pequeñas, antes de las olas migratorias. Escuchaban heavy metal porque era uno de los pocos elementos de la cultura global que había llegado a El Salvador y era además una cultura muy disruptiva. Las letras satánicas, por ejemplo, chocaban muy fuerte con toda una cultura oficial muy clerical, en momentos que una parte de la Iglesia era utilizada por el régimen para mantener un sistema económico. En ese contexto, ser un rockero satánico tenía connotaciones casi revolucionarias, podría decirse. No sólo no se dejaban reclutar por el Ejército, sino que se dejaban el pelo largo y adoptaban una indumentaria que no tenía nada que ver con la narrativa oficial. Muchos de estos jóvenes migraron a Los Ángeles. Y también hubo en esta ola migratoria muchos desertores de la guerrilla, o sea que era una corriente migratoria compuesta por un conglomerado de personas complejo, que conocía la violencia por haberla padecido o por haberla ejercido.

La competencia con los mexicanos

-¿Y en Los Ángeles qué encontraron?
- La verdad es que nunca entendieron a Los Ángeles. Se toparon con esa urbe gigante, y ellos venían de lugares pequeños, con historias violentas, de gente muy pobre. Y tampoco fueron bien recibidos por la comunidad de mexicanos, más bien fueron mal recibidos. Llegaron a competir por la hegemonía de quiénes representaban mejor lo "hispano". Hasta ese momento "hispano" era sinónimo de mexicano. Punto. Llegan los centroamericanos y empieza una competencia simbólica por esa categoría.

-¿Cómo se daba esa competencia?
-En el mercado de trabajo, por ejemplo, ofreciendo mano de obra más barata. También en la vivienda, hay una disputa territorial por zonas, o en las escuelas. La comunidad mexicana los vio como competencia y se generó una distancia. Eso provocó una mayor unión entre los salvadoreños, que se juntó en diferentes conglomerados, entre ellos uno que se llamó la Mara Salvatrucha Stoner, la MSS. Básicamente, era un grupo de salvadoreños rockeros que estaba en Los Ángeles. Fueron violentos desde el principio, empezaron a pelear con otras pandillas del conglomerado "sureño" que recién te contaba. Con el tiempo, y con las entradas y salidas de los penales, se fueron convirtiendo en una pandilla de "cholos", que abrazaron esa estética de cabezas rapadas, ropa floja y tatuajes. En ese contexto nace la Mara Salvatrucha 13. El 13 se empieza a usar en la década del noventa, es un número que en realidad usaban todas las pandillas del conglomerado sureño. Florencia 13, White Fence 13, Hawaiian Gardens 13, Crazy Riders 13. Barrio 18 es una pandilla 13, pero si le pusieran el número sería Barrio 1813. De todas maneras, muchos pandilleros andan con el 13 tatuado, porque significa que es una pandilla del conglomerado sureño.

-¿Cuándo empiezan los problemas entre la Mara Salvatrucha y Barrio 18?
- En los ochenta, en realidad, la Mara Salvatrucha era como una especie de hermano menor de la Barrio 18, de hecho ellos entran al sistema sureño de la mano de Barrio 18. Pero en 1989 hubo un conflicto de sangre y se inició una especie de guerra entre las dos pandillas. Por esos años termina la guerra civil salvadoreña y los miembros de ambas pandillas empiezan a ser deportados. Estos empiezan a clonar sus clicas (células) en El Salvador, de tal forma que los que pertenecían a la célula Hollywood Loco Salvatrucha, por el boulevard Hollywood, clonaron esa célula en El Salvador bajo el nombre Hollywood Loco Salvatrucha. Los que estaban en la calle Normandie fundaron la Normandie Loco Salvatrucha, y después empezó a pasar que muchos jóvenes se plegaban a estas células, sin haber pisado nunca el boulevard Hollywood ni la calle Normandie. Lo mismo pasó con las células de la Barrio 18. Ahí empieza la historia de las pandillas en El Salvador.

-¿Qué actividad criminal tenían en común?
- En realidad, ellos no nacen propiamente como grupos criminales, ni en Los Ángeles ni El Salvador. No hay una apuesta deliberada por generar plata, sino que buscaban cosas menos tangibles, como la identidad. Después de una guerra civil que había dejado un país destrozado, muchos de estos jóvenes necesitaban pertenecer a algo. Buscando esa familia que no tenían, en algunos casos, es que empiezan a meterse en las pandillas.
Meterse en una pandilla era pertenecer a algo, con todo lo que eso implica a nivel identitario y eso se fortalece en peleas contra la pandilla rival. La Mara Salvatrucha y la Barrio 18 hicieron ese “juego serio” durante décadas sin que eso signifique algo en términos de plata. Eran solo pandillas que se peleaban. Ahí está la diferencia de las pandillas con otros conglomerados criminales: las actividades no están identificadas con la plata, sino con nociones de estatus, poder, respeto, identidad. De hecho muchos terminaron con largas condenas sin estar vinculados a actividades económicas que hayan implicado dinero. Pero sí les daba estatus. Ellos se tatuaban la cara, el cuello y hasta la boca en señal de compromiso, un compromiso a largo plazo con el grupo al que pertenecen. Durante la década del 90 pelearon en cada uno de los barrios marginales de El Salvador y extinguieron a casi cualquier forma criminal. Más de 150 pandillas que ya existían fueron eliminadas, relegadas o absorbidas por la Mara Salvatrucha y Bario 18. Las bandas de asaltantes, los pequeños traficantes de menudeo y los secuestradores fueron eliminados por las pandillas. Ellos hicieron un monopolio de toda forma criminal que se te ocurra.

-¿Qué pasa a partir de los años 2000?
-Con el cambio de siglo las pandillas ya empiezan a tener una forma y una estructura mucho más organizada. En los 90 todavía no existía una estructura piramidal, sino que había muchos líderes con igual poder, con algún tipo de coordinación pero cada quien hacía lo que quería. Todavía no había celulares, que será después un factor importante. Ya para el año 2000, los primeros deportados que había regresado al país entre 1993 y 1995 empezaron a tener mayor relación y coordinación. El punto de inflexión es cuando empiezan a incursionar en el mundo de la extorsión. Empezaron con los buses. Era fácil para ellos: cuando el bus entraba a su colonia le pedían al conductor que pague algo cada vez que pasaba. Diez o cinco colones, que era la moneda de aquel momento, o rompían las ventanas del bus. Ellos decían: "O peor, te matamos. O te quemamos el bus. O asaltamos a tus pasajeros". Entonces los motoristas empezaron a pagar y cuando empezaron a sumar lo que pagaban los motoristas de todas las rutas, vieron que era un dinero importante. Cuando vieron que así hacían plata, empezaron a extorsionar negocios, talleres, pequeñas panaderías de gente pobre, pequeñas empresas de manufactura. Siempre en ámbitos marginales, hasta que dieron el salto de extorsionar a negocios más grandes. Recién ahí el Estado les empezó a prestar más atención a las pandillas. Es una de las cosas más crueles del asunto: el Estado no les puso atención hasta que empezaron a poner en riesgo el bolsillo de la gente de plata.

Un tema político

-¿Y la política cuando aparece?
-
En 2001, con el presidente de derecha Francisco Flores. Ese gobierno presenta un plan "mano dura" que estaba hecho con las patas. Montó una especie de show mediático con el arresto de pandilleros que mandaba a las cárceles. La mayoría eran liberados a los pocos meses, porque no había causa penal contra ellos, otros se quedaron en los penales y allí se conocieron los que todavía no se conocían. Las pandillas empezaron a ser piramidales y aquellos primeros deportados pasaron a ser los líderes del penal. En una misma celda estaba un pandillero de la región central que en la calle no tenía contacto con otro de la región occidental. En esos años empieza el auge de los teléfonos celulares, entonces esos dos pandilleros empezaron a coordinar acciones entre occidente y centro, desde la misma celda, un líder a la par del otro. Eso les dio una facilidad impresionante y se volvieron estructura, todo por esa política desatinada que duró hasta 2009, porque el presidente siguiene, Elías Antonio Saca, estableció un plan de "súper mano dura", que consistía en lo mismo que hoy hace Bukele: arrestar muchos pandilleros, montar un show y meterlos en los penales sin mucho orden.

-¿Qué más pasó en las cárceles?
-Dentro de los penales se comieron a todas las estructuras criminales que estaban de antes y empezaron a ser los capos. Las pandillas los mataron en masacres carcelarias terribles. El Estado salvadoreño respondió con otra medida estúpida: les dio penales exclusivos a cada pandilla. Como se peleaban entre ellos decidieron armar un penal solo para la Mara Salvatrucha y otro para el Barrio 18. Esos penales se volvieron los cuarteles centrales de la inteligencia pandillera.

-¿Eso sucedió en gobiernos de Arena o del FMLN?
- En 2004, en un gobierno de Arena. Luego vino el primer gobierno de la exguerrilla del FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) con Mauricio Funes a la cabeza (2009-2014), y encontró una crisis carcelaria de los cojones y con las pandillas dominando todo el territorio salvadoreño.

-¿La estructura criminal de esas pandillas en 2009 seguía siendo la extorsión y no el narcotráfico?
-La base nunca va a ser el narcotráfico, porque El Salvador no es paso de drogas. Venden droga sí, pero muy poca. Honduras y Guatemala sí son paso de droga. Lo de las pandillas en El Salvador es pura extorsión. Eso genera mucha plata, le cobraban hasta a la persona que vende cigarros en la esquina. Eran y son el Estado. Eso genero obstáculos al desarrollo impresionantes y generó muchísima migración hacia los Estados Unidos. Se volvieron poderosos en los barrios y eso contribuyó a que tuvieran más membresía. Eran tan poderosos que Mauricio Funes, un presidente que resultó ser muy corrupto, hace un análisis y se da cuenta que militarmente ya era muy difícil derrotarlos y que avanzar por ese camino podría generar una crisis terrible.
Funes toma un atajo y decide hacer una tregua clandestina con los líderes pandilleros. Los periodistas descubren esa trama y la publican. Al final, al gobierno no le queda otra que reconocer, pero intentan decir que en realidad facilitó una tregua entre pandillas. Eso no era cierto, fue una tregua entre el gobierno y las pandillas, no entre pandillas. En ese momento las pandillas dejan de atacarse entre sí; seguían extorsionando pero no se mataban. Con el dinero de la extorsión empiezan a hacer negocios, ponen lavaderos de autos, prostíbulos, cervecerías, compran taxis. Las pandillas empezaron a consolidar estructuras con característica de mafia. Aquella indumentaria, el simbolismo y el espíritu pandillero desaparecen. Todo quedó relegado en función del negocio y el poder político.

-Eso implicó también cambios en la estética
-Es que la Mara Salvatrucha ya no debería considerarse una pandilla en los términos que hablamos, hay que entenderla con otro marco teórico. Se ha transformado en una estructura con ambiciones económicas, hay que abordarla con el marco teórico que analizamos a Los Zetas, al Cartel del Golfo o el Cartel de Medellín. No porque aparezca el narcotráfico, sino por la estructura. Los Zetas tienen todos los delitos que se ocurran, salvo el tráfico de uranio enriquecido. Son estructuras que pueden meterse en un abanico enorme de actividades criminales y económicas. Se meten en los negocios más porosos, como la basura, los negocios informales, controles de puertos. Cuando las pandillas pasan a ser estructuras mafiosas también cambia toda la estética. Los pantalones tumbados, los graffitis y los tatuajes funcionaban para la pandilla y la construcción identitaria, pero no para la mafia. La pandilla tenía una estructura muy pública, se tatuaban la cara y hacían reuniones de hasta 500 miembros, pero eso ya es imposible. En una estructura criminal clandestina, obviamente ya no es conveniente tener un miembro con la cara tatuada, que hace graffitis y lleva ropa tan arquetípica.

-¿Cómo reaccionó la sociedad salvadoreña cuando supo que había una tregua entre políticos y pandilleros?
-Cuando la tregua se hizo pública, los salvadoreños se sintieron ofendidos. Y como al gobierno le interesaba mantener una buena prensa, empezó a resquebrajar esa tregua. El gobierno de Estados Unidos también metió mano para quebrar la tregua. Pero a esa alturas los políticos se dan cuenta que los pandilleros tenían mucha base social, miles de personas que dependen de ellos. Y eso se podía traducir en votos. Desde ese momento todos los partidos políticos empiezan a negociar con las pandillas. Arena, el FMLN y luego Gana (Gran Alianza por la Unidad Nacional) buscaron sucesivamente el apoyo de las pandillas pensando en la elección siguiente.

La llegada de Nayib Bukele

-¿Cómo aparece Nayib Bukele en esta historia?
-Durante el segundo gobierno del FMLN, de Salvador Sánchez Cerén (2014-2019) la tregua con las pandillas se rompe. Fue una cosa macabra, hubo traslados a penales y las pandillas respondieron como en una guerra: empezaron a matar tres o cuatro policías por día, dos o tres militares diarios. Esa guerra entre el Estado y las pandillas la ganó el Estado, por cada policía muerto morían cuatro o cinco pandilleros. Los policías podían matar pandilleros como si mataran pollos. En este contexto es que aparece Bukele como fenómeno político. Es una figura disruptiva que dice: “vengo a romper con estos partidos de mierda de la Guerra Fría que han hecho treguas con los criminales”. Sin embargo, siendo alcalde de San Salvador, ya había tenido acercamientos con las pandillas, que lo ayudaron a ordenar y limpiar el centro histórico de la ciudad. Lo ayudaron con plata y beneficios, hay fotos e investigaciones en Fiscalía que muestran cómo negoció la alcaldía de Bukele con pandilleros.

-¿Qué pasa cuando llega al gobierno nacional?
-Aunque venían cayendo desde 2016, cuando Bukele llega al gobierno los homicidios se desploman de manera histórica. Las pandillas se concentran en los negocios y no en la guerra. Es la estrategia de las zarigüellas: hacerse el muerto, dejar de matar y mantener las acciones de violencia necesarias para mantener los negocios.
Bukele siempre dijo que esa caída de los homicidios tenía que ver con su afinada y moderna estrategia de combate al crimen, a la que denominó “plan de control territorial”. Pero nunca explicó qué era ese plan y cómo se financiaba. Nunca fue público, pero sí mediático.
Con el tiempo se supo, por investigaciones de Fiscalía y periodísticas, que Bukele hizo lo mismo que todos: sentarse y pactar con los líderes pandilleros en los penales, ofreciendo prebendas y disminución de penas. Hubo pocos operativos contra pandilleros, o sea que los dejaron seguir existiendo, pero en las sombras, sin matar. Eso le daba gobernabilidad y al mismo tiempo podía mostrarlo como un logro de su gestión.

-¿Cuándo se rompe la tregua?
-La tregua se rompió tres veces. En abril de 2020 mataron a 90 personas en un fin de semana. En noviembre de 2021 hubo otros 90 muertos y se acaba de romper en abril de este año, con otras 90 personas muertas.

-El gobierno asegura que en un mes detuvo a 15.000 pandilleros, pero casi no hubo enfrentamientos. ¿Cómo es la correlación de fuerzas entre las maras y el aparato represivo? (*)
- Las pandillas aprendieron que el conflicto militar con el Estado no las lleva a buen puerto y las pandillas no son un grupo militar bien armado. Las pandillas cometen asesinatos con pistolas calibre 38. Tienen un sistema de control barrial pero no son organizaciones militares ni grandes guerreros.

-¿Pero el gobierno las tiene infiltradas? ¿Cómo hace para detener a 15.000 pandilleros en menos de 30 días?
-No creo que tenga mucha información. Primero hay que ver si son 15.000, porque eso es lo que declara el gobierno. Si fuera cierto, me atrevo a decir que el 20% son pandilleros, expandilleros y colaboradores, y el resto son personas que agarraron en la calle, durante las redadas. Hay muchos casos documentados de personas que regresaban de su trabajo y están presas. Personas sin historial, que ni siquiera tenían una detención de la policía municipal. Cuando Bukele dice "tengo a 15.000 pandilleros", invitaría a la prensa internacional a poner esas declaraciones en remojo. Hoy no sabemos y no hay forma de averiguar si son 15.000. Tampoco descarto que sean 15.000 detenciones pero sí descarto que sean 15.000 pandilleros. Si hubiera arrestado 15.000 pandilleros habría arrestado a la mitad de los pandilleros que hay en la calle y no es el caso. Está apresando a muchas personas por haber pertenecido, por sus tatuajes vistosos. Muchas de mis fuentes, que son expandilleros, son pastores evangélicos y ahora los detuvieron durante el estado de excepción. De los líderes importantes de las pandillas no hay ninguno detenido, a lo sumo hay pandilleros rasos o colaboradores. Es en gran medida una farsa. Apuesta a capturar a la mayor cantidad posible de pandilleros, sin medir lo que pueda sufrir gente inocente. Es una forma de restarle músculo a las pandillas, sin cometer ninguna acción que vuelva irreconciliable el diálogo. En estas semanas las pandillas no han matado policías, militares, ni funcionarios o miembros del partido de Bukele. Eso no puede ser casualidad. Ninguno de las dos partes hizo nada como para que sea imposible volver a sentarse en la mesa. Se están peleando, pero todavía no se han tocado la cara.

-¿Se sabe porqué se rompió la tregua?
-No, hay hipótesis. Suponemos que las pandillas dieron el primer paso. Este es un gobierno hiper hermético que no permite la salida de información bajo ningún término. Nos enteremos porque empiezan a aumentar los asesinatos vinculados a la Mara Salvatrucha. Y luego el gobierno de Bukele responde torturando pandilleros y haciendo redadas masivas, en las que caen pandilleros pero la mayoría de los detenidos son civiles inocentes y es difícil saber cuál es la verdad. Pongo un ejemplo, unos pandilleros asaltaron un bus y mataron a tres personas. El gobierno de Bukele hizo un alarde propagandístico increíble, movió helicópteros, drones y policías y dijo que los había capturado. Mostró a dos pandilleros de diferentes pandillas, todos tatuados, y dijo por Twitter que le daría la indicación al director de centros penales que estos delincuentes no vieran ni un rayo de luz en su vida. Era todo mentira. A esas personas las fueron a sacar de su casa y hoy están en libertad. Nunca fueron acusadas por ese delito porque no estaban en el lugar. Sin embargo, en la narrativa quedó que el presidente capturó a esos criminales.

-En este contexto hay como una especie de arremetida contra periodistas e investigadores, como en tu caso.
- Bukele ha apostado con mucha fuerza y recursos a mantener una narrativa. No olvides que es un publicista, y eso se nota. Tiene una narrativa muy sólida, pero que plantea un país irreal. Todos los gobiernos apuestan a una narrativa, pero este lo hace de manera desmedida y con un talante mesiánico. El periodismo independiente puede ser un obstáculo muy fuerte para mantener esa narrativa. Por ejemplo, si el gobierno dice que las pandillas están derrotadas, es algo que el periodismo y las investigaciones académicas pueden refutar, porque es fácil comprobar que las pandillas siguen controlando territorios. Nos hemos vuelto voces incómodas para el oficialismo, a tal nivel que han invertido miles de dólares en espiarnos a través de Pegasus y ha invertido en todo su aparato propagandístico para tratarnos como parte de una conspiración mundial, originada por una persona satánica, terrible y judía como George Soros, que parece que convenció al Washington Post, The New York Times, El País de Madrid, Human Rights Watch, Joe Biden, Naciones Unidas. Bukele ha convencido a una parte de la población que todos respondemos a los partidos políticos del pasado. Les dice que ya no somos sólo defensores de los pandilleros, sino que somos directamente pandilleros. Han apostado a que el salvadoreño no nos lea, sino que apenas nos conozca mediante su propaganda gubernamental, en la que nos trata como criminales.

-¿Qué puede pasar en las próximas semanas?
-No lo sé. Yo no creo que la negociación con las pandillas sea el mejor camino, sobre todo por cómo lo han hecho estos gobiernos. Pero en este momento, y siendo muy pragmático, sería desastroso que se vuelva nuevamente a romper la tregua. Muchos muertos. Un país tan chiquito que entierra 90 personas en un fin de semana es un puto funeral. No es un país, es un cementerio. Es muy duro vivir eso.

*15.000 detenciones era el dato oficial al momento de la entrevista. El número actual, según la cuenta de Twitter de Bukele, es de 18.000 personas detenidas.

**De la Agencia Regional de Noticias, especial para Página/12

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Viernes, 15 Abril 2022 07:50

Pandemials

Vladimir Putin y Josep Borrell

No sé si hubo una generación de millennials. No hay ningún acontecimiento en particular que la distinga, como lo fue para el caso de las generaciones de la Segunda Guerra Mundial y de 1968, o bien el punk temprano que respondió a la gran restauración emprendida por Margaret Thatcher en Inglaterra hacia fines de los años 70. Tampoco la define un particular estilo de vida. Es tan amplio el periodo que abarca su extensión (los nacidos entre 1980 y 1995, según A. Gutiérrez-Rubí), que en él aparecen muchas y muy distintas formas de inventar y producir el orden cotidiano. Hoy el término "generación" se presta a los más diversos usos y abusos. La formulación que sugiere Pierre Nora le da, al menos, un sentido: "Un acontecimiento público, intelectual o estético que marca las formas de vida de una franja de la sociedad". Sin embargo, el término millennials alude, sin duda, a una cuantiosa demografía. Es el momento en que la condición cyber se apodera de las vidas y la existencia de millones de jóvenes en el planeta. Muchos quedarán perdidos en la red. Otros, extraviados en el ciberabismo. Hubo también quienes supieron resistir o rebelarse. Son los habitantes de la jaula 5.0 y les tocó vivir un mundo distópico y una era del escepticismo.

No sé tampoco si la pandemia, con sus radicales consecuencias sobre los tejidos más íntimos de la vida cotidiana, con sus nuevas formas políticas y el actual espíritu de guerra que le siguió de inmediato, habrán de configurar una generación. En su caso, serían los pandemials, nacidos entre 2000 y 2005 aproximadamente. El libro más reciente de Bifo (Franco Berardi), El tercer inconsciente: la sicoesfera en la época viral, adelanta algunas reflexiones al respecto.

La pandemia, es decir, el encierro prolongado, la interdicción del tacto y el contacto, el enclaustramiento en el laberinto familiar, habrían producido un doble efecto: de un lado, un repliegue libidinal, una suerte de sicodeflación, y, al mismo tiempo, una gran dimisión frente a los "valores" del flujo de los mercados. El repliegue se expresa en una dispersión del deseo de los objetos, de las expectativas y de los seres en los que estaba centrado anteriormente. Y encuentra sus pliegues de múltiples maneras: abatimiento, depresión y autorreclusión. Y la dimisión se orienta hacia una ralentización de los propósitos, hacia la indiferencia frente a las vidas de consumo, hacia un enfriamiento ante la condición cyber. Todo ello como un antídoto frente al darwinismo social del "éxito" y el "reconocimento" en fast tracks.

Antes que nada, en el confinamiento familiar, en muchos casos transcurre un duelo inconmensurable. No sólo por la pérdida de los seres queridos, de empresas, empleos y trabajos, por las expectativas coartadas y las carreras truncadas, sino por la reiteración virtual de la pérdida. Muchas de las muertes sucedieron antes de que se cerraran las páginas de Facebook o Instagram. Y ahí siguen apareciendo como presencias fantasmales. Un tipo de melancolía que Freud ni siquiera pudo imaginar. Una doble melancolía: hacia el pasado (que reaparece sin estar) y hacia el futuro (que está sin aparecer). Pero a la vez trajo consigo la búsqueda de lazos más profundos, más entreverados a los cuerpos mismos, más anclados en la perduración. Acaso una reinvención no del otro, sino de la necesidad del otro. Sería interesante realizar una estadística sobre el retorno de la pareja como modus existendi.

Nada más anticlimático –y carente de stimmung– que una clase virtual en una escuela básica o, incluso, a nivel universitario. Y, sin embargo, el retorno a la "educación presencial" dista mucho de ser masivo. Se instauró una gigantesca duda –incluso una retirada– con respecto al llamado a la socialización, a lo gregario, al agrupamiento, a mantener la trama de la vida con los otros, junto a los otros. Los jóvenes fueron los más castigados, los más perseguidos, los más culpabilizados durante la pandemia. Cualquier intento de quebrar el cerco del encierro, una salida por cerveza, ir a ver a los amigos, era tildado de máximo peligro, de amenaza para la familia. Serán entonces las autoridades, los "expertos", los controladores del status cyber, los que dicten por lo pronto las reglas.

Por otro lado, surgió un recelo frente a lo que los millennials convirtieron en una suerte de idolatría del signo de la representación y, sobre todo, de su autorrepresentación. Al parecer, los pandemials se orientan más bien hacia la experiencia del hacedor, hacia la pregunta por el qué-hacer a partir del que-hacer mismo. Tal vez un retorno a las máximas de la vocación. Es su refugio más vital.

En la esfera pública, lo que siguió a la pandemia fueron los vientos de guerra. En 1914, el ocaso del liberalismo del siglo XIX desembocó en una época de guerras y revoluciones. Como su nombre indica, el neoliberalismo responde a una restauración, algo que se habría perdido ya desde los años 30. ¿En el fin de esa restauración se encuentra también el callejón de la guerra? Prácticamente, entre Borrell que suena los tambores de las armas desde la Unión Europea, y Putin desde Moscú, las diferencias son nimias. Lo que falta es una voz acaso como la de Rosa Luxemburgo. Por lo pronto, los pandemials votaron por Melanchon en Francia, que exige la salida de la OTAN y un camino subversivo hacia la paz.

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Viernes, 11 Febrero 2022 17:18

Juventud, garrote y zanahoria electoral

Hernando Sánchez, Espera (Cortesía del autor)

En diciembre de 2021 se realizaron por primera vez, a nivel nacional, las elecciones de los Consejos municipales y locales de juventud (1). Sus antecedentes y características, así como el contexto de exclusión, conflicto intergeneracional y ruptura juvenil con las instituciones del país dan cuerpo a este artículo.

Mediante una invasiva propaganda oficial el gobierno Duque, pretendiendo cooptar y manipular el creciente descontento juvenil, encubrir la persecución, criminalización y asesinato del liderazgo de este sector social, y deslegitimar el alzamiento social que marcó la vida nacional a lo largo de varias semanas del 2021, organizó y citó precipitadamente a la juventud colombiana a participar en la elección de los Consejos municipales y locales de juventud el pasado 5 de diciembre de 2021.


El número de adolescentes y jóvenes (14 a 28 años de edad) que estaban habilitados para votar sumaba 12.282.273 (24,1% en relación con la población total colombiana). Tan solo 1.279.961 (10,4% del censo electoral juvenil previsto) respondió al llamado presidencial y a la maquinaria institucional para elegir a 10.824 consejeros municipales y locales de juventud a lo largo del territorio nacional. Unos comicios en los que también realzó el fraude y voto nulo, este último con el 23 por ciento del total de los sufragados (para el Congreso suele ser del 6 por ciento).


A la par de la ausencia en los puestos de votación de quienes fueron citados, llamó la atención la manera imprevisible y malintencionada como la Registraduría Nacional habilitó a los adolescentes para votar en cualquier puesto sin inscripción previa ni control de las veces que repitiera, abriendo de este modo un expedito camino al fraude ¡primeras lecciones de la típica democracia colombiana! Sin reparar en lo sucedido en los puestos sin votantes ni en los exiguos resultados, el histriónico presidente Iván Duque se apresuró a declarar: “Hoy es un día histórico para la democracia y para el país. Es un triunfo de la democracia y demuestra que la juventud tiene un espíritu de acción”.


Y ese espíritu estuvo presente pero no en forma de voto sino de rechazo a unos partidos tradicionales, y otros que se dicen de nuevo tipo, que no alcanzan a inquietarlos, a una burocracia que no aprecian, a unas fuerzas de seguridad que los asesina y a un proyecto de país que los excluye. En suma, su espíritu estuvo presente a través del rechazo a una institucionalidad que ni los representa ni les ofrece presente o futuro digno, tendiendo luz de esta manera, además, sobre la evidente y profunda fractura que existe entre este grupo poblacional y la institucionalidad pública; y, de otra, el escepticismo imperante o la poca credibilidad que ofrece la manoseada democracia formal para la participación activa y decisiva de los jóvenes en los asuntos estratégicos del país.


Modernización violenta y excluyente


El concepto de juventud nace con la modernidad. La puesta en escena del sujeto juvenil en Colombia es el referente existencial de las generaciones nacidas a partir de la década de los años 1950. Dos acontecimientos actúan disruptivamente durante esta época: las violencias de mediados del siglo XX prolongadas hasta tiempos presentes y la Constitución Política de 1991. La violencia actúa compulsivamente como partera de la historia –las identidades juveniles nacen, crecen, viven y mueren en medio de la guerra–. Durante la segunda mitad del siglo XX, adolescentes y jóvenes fueron estigmatizados y considerados problema y “objeto” de políticas públicas represivas, asistencialistas e inconsultas. De manera tardía, la Constitución Política de 1991 reconoció a los jóvenes como sujetos de derechos y protagonistas del desarrollo de la nación desde el ejercicio de la democracia directa, la diferencia y la autonomía.


Sin embargo, la fundamentación en los derechos humanos y la introducción de la noción de democracia participativa en el ordenamiento constitucional fue incapaz de poner fin a tres factores de riesgo que impactan estructural y negativamente el bienestar de la sociedad colombiana y, en particular, la existencia de los adolescentes y jóvenes: la precariedad del mercado laboral (desempleo e informalidad), la pobreza (la otra cara de la exclusión y la violación de los derechos humanos) y la violencia homicida (gráfico 1). En general, la medición focalizada del padecimiento de los jóvenes en relación con estas tres patologías es dos, tres y hasta cuatro veces superior al valor promedio observado en las cifras nacionales.


Lo preocupante es que durante la administración Duque estos índices de malestar se agravan y registran una tendencia creciente y acelerada: En 2021, la cifra de homicidios aumentó un 17 por ciento respecto de 2020; el año cerró con una cifra aproximada de 14.000 asesinatos; esto es, una tasa de 27,1 homicidios por cada 100.000 habitantes, superando la tasa de homicidio de los años anteriores: 2020 con 23,9 y 2019 con 25,6; ii) el grado de incidencia de la pobreza por ingresos insuficientes registraba una tendencia descendente desde 2013 hasta alcanzar el piso de 34,7 por ciento en 2018; en los años siguientes, potenciado en los últimos dos por la pandemia y el mal manejo macroeconómico, un alto número de familias de clase media cayeron en la pobreza, registrando el indicador un valor de 44 por ciento en 2021; iii) En los últimos 72 años, la tasa de desempleo registra dos fases: durante el período 1950-1965, la desocupación fue inferior a dos dígitos, manteniéndose en el rango del 2 al 8 por ciento; a partir de 1966, la exclusión laboral tiende a estar en dos dígitos, alcanzando un pico en el año 2000 de 19,7 por ciento y otro en mayo de 2020 de 21,4 por ciento. En los valores promedios anuales, en 2015 se llegó a un piso de 8,9 por ciento para luego escalar a 10,5 por ciento en 2019, 16,1 en 2020 y caer a 14,0 en 2021.


En los adolescentes y jóvenes, las causas externas son las principales causantes de las defunciones. Durante el período 1980-2018 fueron asesinados en Colombia 351.135 adolescentes y jóvenes (14 a 28 años de edad). La violencia delineó el perfil de morbilidad y mortalidad de este grupo etario. El incremento de la violencia homicida ha alcanzado niveles catastróficos para los adolescentes y jóvenes afectando principalmente a los hombres entre los 18 y 28 años de edad. Durante el período 1985-2018 la tasa promedio de homicidios por cada 100.000 habitantes a nivel nacional fue de 50,9; en el grupo de adolescentes y jóvenes el promedio de asesinatos aumentó a 86,4; esto es, 1,7 veces más alto. De los 14.000 asesinatos ocurridos durante 2021, una cifra cercana a los 9.000 corresponde a victimas adolescentes o jóvenes, en consonancia con las tasas históricas. De esta manera y sin duda, la privación del derecho a la vida es una de las principales y más severas violaciones a los derechos humanos de adolescentes y jóvenes en Colombia.


El análisis por subgrupos etarios y género presenta resultados más complejos en el comportamiento de la criminalidad del país. La tasa de homicidios promedio durante el período 1985-2018 para las “mujeres adolescentes y jóvenes” es de 12 por cada 100.000 habitantes, en el rango de 12 a 28 años; para los “hombres” es de 161; esto es, 13,4 veces más alto. La tasa promedio de homicidios en los “jóvenes tempranos hombres” (18 a 23 años de edad) es de 204,1 (4,1 veces superior a la tasa nacional) con un valor máximo de 338,5 alcanzado en 1993 y en los “jóvenes tardíos hombres” (24 a 28 años de edad) el valor promedio es de 229,6 (4,5 veces el promedio nacional) y el máximo de 373,7 en el año de 1992 (gráfico 2 y tabla1).

 

En general, la relación entre criminalidad y población adolescente y joven es multicausal y está ligada a los ciclos de violencia del país y a las complejas, estructurales y profundas causas conflictivas que los generan. No puede pensarse de manera unilateral que el aumento de las muertes de los jóvenes fue causa exclusiva del conflicto armado interno o del aumento en cifras absolutas de la población joven; hay otras igual de importantes como la lucha contra y entre los carteles de la droga, el uso de los jóvenes por bandas delincuenciales que se aprovechan de sus vulnerabilidades, la cultura de resolver los problemas mediante la violencia, la intolerancia en la convivencia cotidiana, y, los crímenes cometidos por el Estado en el contexto de los falsos positivos o ejecuciones extrajudiciales. El país es escenario, de esta manera, un “juvenicidio” ocurrido en su historia reciente (2).


Por su parte el perspicaz escritor británico H. G. Wells (1866-1946) observó a principios del siglo XX y lo registra en su obra “El destino del Homo Sapiens” que el exceso relativo de jóvenes desocupados en las sociedades capitalistas modernas constituía una peligrosa fuerza tendiente a provocar conflicto en toda comunidad humana; la solución más fácil encontrada por las clases dominantes a la presión ejercida por el sobrante de hombres jóvenes de las clases populares, con el fin de mantenerlos disciplinados y reducir su número, ha consistido en la guerra, la cárcel o el exilio (3). De esta manera, al poder destructivo material y moral de la guerra moderna se adiciona, según Wells, el desperdicio para siempre de grandes reservas y potencialidades de energía humana (4).


Realidad que en lo fundamental no cambia. Los y las jóvenes viven hoy con mayor dramatismo que el resto de la población una serie de tensiones y paradojas. Una de las principales es que la juventud goza de más acceso a la educación y menos acceso a un empleo digno. En los análisis de su inserción laboral, resalta el alto nivel de desempleo y subempleo y la alta precariedad de quienes logran ocuparse (expresada en inestabilidad laboral, bajas remuneraciones y escasa cobertura de la seguridad social).


Durante las fases recesivas, el mecanismo de ajuste del mercado laboral colombiano empieza con el cierre de los puestos de trabajo de los jóvenes, afectando en mayor proporción a las mujeres. En general, ellas y ellos se encuentran atrapados en un círculo vicioso de empleo precario, informalidad-desempleo-inactividad-pobreza-exclusión (gráfico 3 y tabla 2).

 


En el ojo del huracán de la pandemia y los nefastos impactos de las medidas administrativas de encerramiento, la tasa de desempleo de las mujeres jóvenes alcanzó la cifra de 37,3 durante el trimestre mayo-julio de 2020 y en los hombres jóvenes de 24,5 en el trimestre abril-junio del mismo año.
De acuerdo con los resultados de las series trimestrales del Dane-Geih, durante el período 2001-2021 (julio-septiembre), en general, los valores promedio más altos de desocupación (5) lo registran las mujeres jóvenes tanto en las cabeceras (25,6%) como en los centros poblados y rural dispersa (24,6%). Los valores de las tasas de desocupación más bajas corresponden al total de los centros poblados y rural dispersa (7,3%) y los hombres jóvenes de estas áreas (8,0%). La tasa total promedio de desempleo nacional es 11,7 por ciento; en el total de hombres jóvenes es de 15,1 (3,4 puntos porcentuales –p.p.–. por encima del promedio nacional); en las mujeres jóvenes es de 25,7 (14 p.p. arriba del promedio nacional y una brecha de 10,6 p.p. respecto a la tasa de desocupación de los hombres jóvenes). Los coeficientes de variación son más bajos en las categorías de los jóvenes de ambos sexos expresando de esta manera una situación estructural de desempleo frente a los ciclos de los mercados de trabajo.


Una realidad que no escapó a los ojos de Misión de Empleo, en funciones desde julio de 2020 con el fin de encontrar una ruta que le permita crear un plan estratégico al gobierno nacional para mejorar las condiciones laborales existentes en el país. El economista mexicano Santiago Levy, jefe de la misma afirmó el pasado 11 de enero al presentar las conclusiones del estudio que “El mercado laboral colombiano está muy mal. Tiene una protección social ineficiente, un empleo precario para las personas y ofrece pocas oportunidades para que estas mejoren sus condiciones laborales, lo cual, a su vez, castiga el crecimiento económico y la productividad, por lo cual no es de extrañar que Colombia presente las tasas de crecimiento de desempleo más altas de Latinoamérica”.


Es necesario recordar la diferencia entre la condición juvenil (dato biológico y límite social y políticamente establecido) y la situación juvenil (pertenencia a una clase social, estrato socio-económico o ethos territorial). Los análisis del sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930-2002) sobre el problema de los jóvenes le permitieron afirmar que “el hecho de hablar los jóvenes como de una unidad social, de un grupo constituido, que posee intereses comunes, y de referir estos intereses a una edad definida biológicamente, constituye en sí una manipulación evidente” (6). En efecto, en Colombia los adolescentes y jóvenes según la “situación de vida” se encuentran sobrerrepresentados en los niveles más bajos de la estratificación socioeconómica: los estratos uno y dos concentran el 76,3 por ciento de este segmento poblacional. Registran, además, graves carencias. El valor promedio del índice multidimensional de pobreza –IMP– es 37,8 por ciento en la población de 12 a 28 años; en contraste, a nivel general la pobreza multidimensional en Colombia se ubicó en 18,1 por ciento en 2020.


Además, teniendo en cuenta que la desigualdad del desarrollo es desigual en sí misma, estos adolescentes y jóvenes crecen en realidades muy diferentes dependiendo de los contextos y pares de contrarios antagónicos: riqueza/pobreza; urbano/rural; guerra/paz; jóvenes/viejos, entre muchos más. A continuación se analiza el contexto de vida de los adolescentes y jóvenes.


Falacia ecológica, desarrollo desigual y contextos de vida


La evidencia empírica y los análisis econométricos ponen al descubierto la “falacia ecológica”, es decir: hacer inferencias acerca de algunos individuos a partir de información del grupo al cual pertenecen. En efecto, cualquier análisis de series de tiempo empleando la tasa de homicidio y la proporción de la población joven encuentra una relación positiva y significativa entre estas dos variables; sin embargo, el análisis desagregado por grupos de edad muestra algo diferente, los cambios demográficos poco explican los movimientos de la tasa de homicidio. En cuanto al rol que juega la pobreza, diversos estudios concluyen que la evolución de la pobreza poco o nada explica el dramático incremento en los homicidios. En cuanto a la relación más compleja existente entre demografía y violencia en Colombia, los investigadores recomiendan hacer estos análisis a nivel de subgrupos etarios, clases sociales, actividades económicas, entidades culturales, regiones, municipios y ciudades específicas (7).


Adicionalmente, el hecho que dos fenómenos registren tendencias o comportamientos similares en el tiempo no permite inferir ningún tipo de causalidad entre ellos, es decir, que uno pueda ser causa u origen del otro. Las correlaciones describen relaciones simples y casi siempre lineales sin hacer afirmaciones sobre causa y efecto.


Tomando esto en cuenta, de las ocho variables condicionantes a nivel territorial elegidas para el estudio de juventud y contextos de vida (ver mapas), la mayor variabilidad (relación % entre la desviación estándar y la media) la registran la densidad poblacional (habitantes/extensión territorial), la tasa de víctimas del conflicto armado, el grado de ruralidad, y el nivel de riqueza generado. Las variables estables, homogéneas y con valores muy cercanos al promedio son el índice de pobreza multidimensional, la participación poblacional del grupo etario adolescente y joven, el grado de participación en la elección de los Consejos de juventud y la participación política de la población apta para votar en la elección de Presidente 2018 (tabla 3 y mapas).

 


Para mayor evidencia apoyemos el análisis en la Matriz de correlación, la cual muestra los valores de correlación de Pearson, que miden el grado de relación lineal entre cada par de elementos o variables. Los valores de correlación se pueden ubicar entre -1, cero y +1. Si los dos elementos tienden a aumentar o disminuir al mismo tiempo, el valor de correlación es positivo; si el valor es cero no existe relación entre las variables; si es negativo, una variable aumenta mientras la otra disminuye (tabla 4).

 

Respecto a las correlaciones positivas, de la tabla cuatro se puede inferir que el peso porcentual de la población joven (14 a 28 años) es más alto en aquellos territorios con altos índices de violencia, medido por la tasa de víctimas del conflicto armado; en los municipios de mayor ingreso per cápita la participación política es más alta en las elecciones presidenciales; el grado de participación relativa en la elección de los Consejos juveniles tiende a incrementarse en los territorios más pobres y rurales; la pobreza multidimensional aumenta en los territorios más violentos y rurales; la generación de riqueza por persona está asociada al grado de urbanización o densidad poblacional; y grados de violencia y grados de ruralidad están asociados en sus tendencias crecientes.


Respecto a las correlaciones negativas, la participación política desciende con el aumento de la pobreza y la ruralidad; la participación de los adolescentes y jóvenes en las elecciones de los Consejos tiende a ser escasa o exigua en las grandes urbes y entidades territoriales de mayor riqueza relativa; a mayor densidad de la población y mayor riqueza generada la pobreza multidimensional se reduce; la concentración de población reduce el grado de ruralidad; la riqueza por persona aumenta y se reduce la tasa de victimas del conflicto armado; el PIB per cápita aumenta de manera inversa al grado de ruralidad.
Variables no relacionadas. Llama la atención que el peso relativo del grupo etario comprendido entre los 14 y 28 años de edad respecto al total de población de cada entidad territorial no registra correlaciones estadísticamente significativas con la mayoría de las variables asociadas; solamente hay una correlación positiva con los territorios de mayor violencia y número mayor de victimas por el conflicto armado. En consecuencia, el grado de participación de población joven en el total poblacional tiende a distribuirse de manera análoga en las distintas entidades territoriales del país.


El rango (diferencia entre el máximo y el mínimo) del peso proporcional de la población de 14 a 28 años de edad en el total de la población de cada entidad territorial es de 10,7 puntos porcentuales, con un mínimo registrado de 18,5 por ciento (Vichada) y un máximo de 29,2 (Caquetá), el coeficiente de variación es de 9,2 por ciento y la media de 24,3.


La democracia participativa de los territorios en las elecciones presidenciales no tiene ningún grado de asociación con la participación en la elección de los Consejos juveniles. El hecho que en los territorios de mayor violencia el peso porcentual de la población joven sea más alto no influye en su participación en la elección, motivo de este artículo.


Es importante resaltar, como colofón de lo analizado, que mientras el 56,7 por ciento de ellos y ellas votaron en las elecciones presidenciales de 2018, en contraste, durante la elección de los Consejos municipales y locales de juventud apenas lo hizo un escaso 10,4 por ciento del censo electoral juvenil previsto (46,3 puntos porcentuales por debajo).


Consejos de juventud, participación política y democracia


Al referirse al problema de los jóvenes, el sociólogo Pierre Bourdieu era categórico al afirmar que “En la división lógica entre jóvenes y viejos está la cuestión de poder”. Esto es, cuando aparecen los conflictos sobre los límites entre las edades está en juego la trasmisión del poder y de los privilegios entre las generaciones (8).


En la Encuesta de Cultura Política –ECP– desarrollada por el Dane que permite caracterizar aspectos de la misma, acumulación de capital social, participación en escenarios comunitarios y confianza, basados en las percepciones y prácticas de los ciudadanos sobre su entorno político y social, en relación con la juventud, en particular en la realizada en el 2019, la institución rectora de las estadísticas en Colombia muestra que la participación de las personas en diferentes tipos de grupos y organizaciones es de 16,6 por ciento a nivel nacional; la participación de los hombres es 16,0 y las mujeres 17,2; en las cabeceras municipales el 14,8 y en los centros poblados y rural disperso 23,3. Los jóvenes son los que más participan en organizaciones educativas, culturales y deportivas, en comparación con otros grupos etarios; frente a la pregunta sobre la pertenencia a este tipo de organizaciones, la participación de jóvenes alcanza un 15,6 por ciento, frente a un promedio general de apenas 10,4.


Los mecanismos de participación ciudadana que más conocen los jóvenes de 18 a 25 años son el plebiscito (60,2%); el referendo aprobatorio o derogatorio (47,5%) y la consulta popular (47,8%). El 56,7 por ciento de este grupo de edad votó en las elecciones presidenciales de 2018; entre el 22 y el 38 por ciento no lo hizo por incredulidad en el sistema electoral, por considerar corruptos a los políticos y por desinterés. De acuerdo con la posición ideológica, el 15,7 por ciento se declara de izquierda, el 41,3 de centro, el 19,1 de derecha y el 23,9 no sabe o no informa. Respecto al grado de satisfacción con la forma en que la democracia funciona en Colombia, el 48,2 por ciento se siente muy insatisfecho; el 37,7 es indiferente o no sabe; el 14,1 se siente muy satisfecho. En general, existe incredulidad y desconfianza por parte de los jóvenes en las instituciones, en los políticos y en el sistema democrático colombiano.


Desencuentros y anhelos pendientes


Con la Carta Constitucional de 1991 toman forma las políticas públicas poblacionales y el reconocimiento de los y las adolescentes y jóvenes como sujetos de derecho y actores estratégicos del desarrollo.


Durante las tres décadas siguientes, el Estado y la sociedad no han logrado dar una respuesta integral, universal, incluyente y democrática a las demandas-derechos de las nuevas ciudadanías. El modelo de desarrollo tampoco distribuye equitativamente sus beneficios. El desencuentro entre las ciudadanías empoderadas por una Carta Política que proclama los derechos humanos, la democracia participativa y el reconocimiento de las diferencias, de una parte, y las conservadoras instituciones públicas y privadas, de otra, frustró las expectativas nacidas en la nueva era. El desencuentro constituía una bomba de tiempo que vino a explotar durante la administración Duque.


Los datos revisados, así como las dinámicas sociales vividas durante los últimos años en el país, permiten concluir que la crisis de la democracia, del Estado y el modelo de desarrollo se expresan en la crisis del constructo social de adolescencia y juventud. La insurrección social a lo largo del gobierno Duque es la evidente expresión de la paradoja modernización sin modernidad. Las continuas explosiones sociales son causadas por las falencias acumuladas por décadas y los antagonismos intergeneracionales entre estilos de vida, cosmovisiones y modelos de desarrollo. De acuerdo con las “Observaciones y recomendaciones de la visita de trabajo a Colombia de la CIDH”, en junio de 2021, las manifestaciones sociales se vinculan con reivindicaciones estructurales e históricas de la sociedad colombiana, que a su vez están consignadas en la Constitución Política de 1991 y los Acuerdos de Paz de 2016. La letra puede con todo, y en este caso la realidad lo reafirma.

 

1. Los Consejos municipales y locales de juventud son el mecanismo de participación creado desde la ley de Juventud 375 de 1997 y ratificado en la Ley Estatutaria de ciudadanía juvenil 1622 de 2013, pero nunca ha operado por falta de credibilidad y confianza. En los intentos de implementación la participación ha sido mínima y poco o nada ha influido en la participación democrática de los adolescentes y jóvenes. Ante la inoperancia de tal mecanismo o espacios de participación juvenil, en febrero de 2000 el presidente Pastrana firmó el Decreto 089 para reglamentar su organización y promover su funcionamiento. En el año 2018, una vez más con el mismo fin, se aprobó la Ley Estatutaria 1885 para “Modificar la ley estatutaria 1622 de 2013” en lo concerniente al Sistema Nacional de Juventudes. De acuerdo con lo afirmado por el abogado y Consejero Presidencial para la Juventud (cargo que ocupa desde 2020 hasta la actualidad), Juan Arango “La Ley 1622 desafortunadamente no fue una garantía de derechos, sino una especie de frustración en términos de participación juvenil”.
2. José Manuel Valenzuela Arce, investigador mexicano de El Colegio de la Frontera Norte acuñó este concepto en 2012, a partir de la publicación de su libro “Sed de mal. Feminicidio, jóvenes y exclusión social”. El “juvenicidio” es definido como el asesinato sistemático de la población joven, fenómeno documentado a lo largo de décadas y en el que se ha detectado la implicación institucional. De forma similar como ocurrió con el feminicidio, el profesor Valenzuela le dio nombre a una problemática social presente como común denominador en los países latinoamericanos.
3. Actualmente, de una parte, según la Cancillería, viven en países extranjeros alrededor de 5 millones de connacionales, la mayoría jóvenes que huyen a la falta de oportunidades, a la pobreza y a persecución política. De otra parte, en Colombia persiste una cultura carcelaria, no tanto para castigar o reeducar para la reinserción social como para ocultar y no enfrentar abierta y críticamente las causas profundas de las complejas patologías sociales: la legislación penal colombiana tipificaba como delito 296 conductas en 1980; actualmente aumentó esta tipificación a más de 600 conductas diferentes, la mayoría de ellas con pena privativa de la libertad. En consecuencia, la población carcelaria del país aumentó 462 por ciento entre 1992 y 2018. En 2018, la población carcelaria sumó 118.201 personas; el 36,1 por ciento de los presos eran jóvenes entre los 18 y 28 años de edad, esto es, 42.589, el 94% hombres y 6% mujeres.
4. H. G. Wells. (1949). El destino del Homo Sapiens. México; Editorial Diana, pp. 42-43 y 256-257.
5. La Tasa de desempleo (TD) es la relación porcentual entre el número de personas que están buscando trabajo (D) y el número de personas que integran la fuerza laboral (TD=D/PEA).
6. Bourdieu, Pierre. (1990). “La “Juventud” no es más que una palabra”, en: Sociología y Cultura. Editorial Grijalbo S. A. México, p. 165.
7. Bonilla Mejía, Leonardo. (2009). Demografía, juventud y homicidios en Colombia, 1979-2006. Banco de la República; Documentos de Trabajo Sobre Economía Regional; pp. 41-42.
8. Bourdieu, Pierre, op. cit., pp. 163-173.

*Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia y desdeabajo.

 


Diagramas de dispersión y análisis de regresión lineal

 

 

 

Los diagramas de dispersión ilustran sobre el tipo de relación existente entre dos variables. Pero además, un diagrama de dispersión también puede utilizarse como una forma de cuantificar el grado de relación lineal existente entre dos variables: basta con observar el grado en el que la nube de puntos se ajusta a una línea recta. No obstante, la relación entre dos variables no siempre es perfecta o nula; de hecho, habitualmente no es lo uno ni lo otro.


Adicionalmente, para estudiar la relación entre variables se utiliza la técnica estadística de “análisis de regresión lineal”. El análisis de regresión lineal puede utilizarse para explorar y cuantificar la relación entre una variable dependiente o criterio (Y) y una o más variables llamadas independientes o predictores (X1, X2,…, Xn). La línea recta de la regresión posee la fórmula: Yi= ß0 + ßi Xi dónde el coeficiente ßi es la pendiente de la recta y el coeficiente ß0 es el punto en el que la recta corta el eje vertical. Conociendo el valor de estos dos coeficientes puede reproducirse la recta y describir la relación existente entre (Y) y (X). El coeficiente de determinación es la proporción de la varianza total de la variable explicada por la regresión. El coeficiente de determinación, también llamado R cuadrado, refleja la bondad del ajuste de un modelo a la variable que pretender explicar. El resultado del coeficiente de determinación oscila entre 0 y 1. Cuanto más cerca de 1 se sitúe su valor, mayor será el ajuste del modelo a la variable que estamos intentando explicar. De forma inversa, cuanto más cerca de cero, menos ajustado estará el modelo y, por tanto, menos fiable será.


Los gráficos 4 a 10 ilustran los diagramas de dispersión y las regresiones lineales en el estudio de la relación entre la participación política de los adolescentes y jóvenes en la elección de los Consejos de 2021 y los contextos de vida en que estos crecen y habitan.
El comportamiento de la variable “Porcentaje de adolescentes y jóvenes (14 a 28 años de edad) que participaron en las elecciones de los Consejos municipales y locales de juventud a nivel nacional en diciembre de 2021” tiende a ser explicada o a encontrar una determinación mayor (R² más cercano a 1) con las siguientes tres variables independientes: i) “Incidencia de la pobreza multidimensional por departamento (% IPM)”; ii) “Grado de ruralidad departamental (%)”; iii) “Ingreso per cápita departamental ($)”.


De los 12.282.273 adolescentes y jóvenes (14 a 28 años de edad) que estaban habilitados para votar durante la jornada, solamente acudieron a las urnas 1.279.961 adolescentes y jóvenes, esto es, 10,4% del censo electoral juvenil previsto. El coeficiente de variación fue reducido: 27,2 por ciento. El rango de variación fue de 15,1 puntos porcentuales (PP); el valor mínimo fue de 6,2 por ciento (Bogotá D.C. y Antioquia) y el máximo 21,3 (Sucre). En general, las entidades territoriales de mayor desarrollo (medido en densidad poblacional, % población urbana, ingreso per cápita, mayor participación política, menor tasa de victimas por el conflicto armado) fue donde el movimiento juvenil expresó radicalmente su ruptura con la institucionalidad de la administración Duque (paradójicamente, son las entidades territoriales con mayor experiencia y continuidad histórica, inversión y trabajo en políticas públicas de adolescencia y juventud).


La propaganda oficial y el funcionamiento tradicional de las maquinarias electorales de los partidos del establecimiento (el Centro Democrático fue de los más activos) nada pudo en contra de la crítica y exigencias democráticas radicales de la Juventud colombiana. El gráfico 11 es contundente en mostrar que la manipulación política del gobierno Duque con la convocatoria a la elección de los Consejos de Juventud fue un total fracaso; en efecto, la variable “% de participación de adolescentes y jóvenes en la elección de los Consejos” no guarda relación alguna con las variables “Total población joven 2021”, “% población entre 14 y 28 años respecto al total poblacional” y “Participación política en la elección presidencial 2018”.

 

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Viernes, 11 Febrero 2022 16:25

Juventud, garrote y zanahoria electoral

Hernando Sánchez, Espera (Cortesía del autor)

En diciembre de 2021 se realizaron por primera vez, a nivel nacional, las elecciones de los Consejos municipales y locales de juventud (1). Sus antecedentes y características, así como el contexto de exclusión, conflicto intergeneracional y ruptura juvenil con las instituciones del país dan cuerpo a este artículo.

Mediante una invasiva propaganda oficial el gobierno Duque, pretendiendo cooptar y manipular el creciente descontento juvenil, encubrir la persecución, criminalización y asesinato del liderazgo de este sector social, y deslegitimar el alzamiento social que marcó la vida nacional a lo largo de varias semanas del 2021, organizó y citó precipitadamente a la juventud colombiana a participar en la elección de los Consejos municipales y locales de juventud el pasado 5 de diciembre de 2021.


El número de adolescentes y jóvenes (14 a 28 años de edad) que estaban habilitados para votar sumaba 12.282.273 (24,1% en relación con la población total colombiana). Tan solo 1.279.961 (10,4% del censo electoral juvenil previsto) respondió al llamado presidencial y a la maquinaria institucional para elegir a 10.824 consejeros municipales y locales de juventud a lo largo del territorio nacional. Unos comicios en los que también realzó el fraude y voto nulo, este último con el 23 por ciento del total de los sufragados (para el Congreso suele ser del 6 por ciento).


A la par de la ausencia en los puestos de votación de quienes fueron citados, llamó la atención la manera imprevisible y malintencionada como la Registraduría Nacional habilitó a los adolescentes para votar en cualquier puesto sin inscripción previa ni control de las veces que repitiera, abriendo de este modo un expedito camino al fraude ¡primeras lecciones de la típica democracia colombiana! Sin reparar en lo sucedido en los puestos sin votantes ni en los exiguos resultados, el histriónico presidente Iván Duque se apresuró a declarar: “Hoy es un día histórico para la democracia y para el país. Es un triunfo de la democracia y demuestra que la juventud tiene un espíritu de acción”.


Y ese espíritu estuvo presente pero no en forma de voto sino de rechazo a unos partidos tradicionales, y otros que se dicen de nuevo tipo, que no alcanzan a inquietarlos, a una burocracia que no aprecian, a unas fuerzas de seguridad que los asesina y a un proyecto de país que los excluye. En suma, su espíritu estuvo presente a través del rechazo a una institucionalidad que ni los representa ni les ofrece presente o futuro digno, tendiendo luz de esta manera, además, sobre la evidente y profunda fractura que existe entre este grupo poblacional y la institucionalidad pública; y, de otra, el escepticismo imperante o la poca credibilidad que ofrece la manoseada democracia formal para la participación activa y decisiva de los jóvenes en los asuntos estratégicos del país.


Modernización violenta y excluyente


El concepto de juventud nace con la modernidad. La puesta en escena del sujeto juvenil en Colombia es el referente existencial de las generaciones nacidas a partir de la década de los años 1950. Dos acontecimientos actúan disruptivamente durante esta época: las violencias de mediados del siglo XX prolongadas hasta tiempos presentes y la Constitución Política de 1991. La violencia actúa compulsivamente como partera de la historia –las identidades juveniles nacen, crecen, viven y mueren en medio de la guerra–. Durante la segunda mitad del siglo XX, adolescentes y jóvenes fueron estigmatizados y considerados problema y “objeto” de políticas públicas represivas, asistencialistas e inconsultas. De manera tardía, la Constitución Política de 1991 reconoció a los jóvenes como sujetos de derechos y protagonistas del desarrollo de la nación desde el ejercicio de la democracia directa, la diferencia y la autonomía.


Sin embargo, la fundamentación en los derechos humanos y la introducción de la noción de democracia participativa en el ordenamiento constitucional fue incapaz de poner fin a tres factores de riesgo que impactan estructural y negativamente el bienestar de la sociedad colombiana y, en particular, la existencia de los adolescentes y jóvenes: la precariedad del mercado laboral (desempleo e informalidad), la pobreza (la otra cara de la exclusión y la violación de los derechos humanos) y la violencia homicida (gráfico 1). En general, la medición focalizada del padecimiento de los jóvenes en relación con estas tres patologías es dos, tres y hasta cuatro veces superior al valor promedio observado en las cifras nacionales.


Lo preocupante es que durante la administración Duque estos índices de malestar se agravan y registran una tendencia creciente y acelerada: En 2021, la cifra de homicidios aumentó un 17 por ciento respecto de 2020; el año cerró con una cifra aproximada de 14.000 asesinatos; esto es, una tasa de 27,1 homicidios por cada 100.000 habitantes, superando la tasa de homicidio de los años anteriores: 2020 con 23,9 y 2019 con 25,6; ii) el grado de incidencia de la pobreza por ingresos insuficientes registraba una tendencia descendente desde 2013 hasta alcanzar el piso de 34,7 por ciento en 2018; en los años siguientes, potenciado en los últimos dos por la pandemia y el mal manejo macroeconómico, un alto número de familias de clase media cayeron en la pobreza, registrando el indicador un valor de 44 por ciento en 2021; iii) En los últimos 72 años, la tasa de desempleo registra dos fases: durante el período 1950-1965, la desocupación fue inferior a dos dígitos, manteniéndose en el rango del 2 al 8 por ciento; a partir de 1966, la exclusión laboral tiende a estar en dos dígitos, alcanzando un pico en el año 2000 de 19,7 por ciento y otro en mayo de 2020 de 21,4 por ciento. En los valores promedios anuales, en 2015 se llegó a un piso de 8,9 por ciento para luego escalar a 10,5 por ciento en 2019, 16,1 en 2020 y caer a 14,0 en 2021.


En los adolescentes y jóvenes, las causas externas son las principales causantes de las defunciones. Durante el período 1980-2018 fueron asesinados en Colombia 351.135 adolescentes y jóvenes (14 a 28 años de edad). La violencia delineó el perfil de morbilidad y mortalidad de este grupo etario. El incremento de la violencia homicida ha alcanzado niveles catastróficos para los adolescentes y jóvenes afectando principalmente a los hombres entre los 18 y 28 años de edad. Durante el período 1985-2018 la tasa promedio de homicidios por cada 100.000 habitantes a nivel nacional fue de 50,9; en el grupo de adolescentes y jóvenes el promedio de asesinatos aumentó a 86,4; esto es, 1,7 veces más alto. De los 14.000 asesinatos ocurridos durante 2021, una cifra cercana a los 9.000 corresponde a victimas adolescentes o jóvenes, en consonancia con las tasas históricas. De esta manera y sin duda, la privación del derecho a la vida es una de las principales y más severas violaciones a los derechos humanos de adolescentes y jóvenes en Colombia.


El análisis por subgrupos etarios y género presenta resultados más complejos en el comportamiento de la criminalidad del país. La tasa de homicidios promedio durante el período 1985-2018 para las “mujeres adolescentes y jóvenes” es de 12 por cada 100.000 habitantes, en el rango de 12 a 28 años; para los “hombres” es de 161; esto es, 13,4 veces más alto. La tasa promedio de homicidios en los “jóvenes tempranos hombres” (18 a 23 años de edad) es de 204,1 (4,1 veces superior a la tasa nacional) con un valor máximo de 338,5 alcanzado en 1993 y en los “jóvenes tardíos hombres” (24 a 28 años de edad) el valor promedio es de 229,6 (4,5 veces el promedio nacional) y el máximo de 373,7 en el año de 1992 (gráfico 2 y tabla1).

 

En general, la relación entre criminalidad y población adolescente y joven es multicausal y está ligada a los ciclos de violencia del país y a las complejas, estructurales y profundas causas conflictivas que los generan. No puede pensarse de manera unilateral que el aumento de las muertes de los jóvenes fue causa exclusiva del conflicto armado interno o del aumento en cifras absolutas de la población joven; hay otras igual de importantes como la lucha contra y entre los carteles de la droga, el uso de los jóvenes por bandas delincuenciales que se aprovechan de sus vulnerabilidades, la cultura de resolver los problemas mediante la violencia, la intolerancia en la convivencia cotidiana, y, los crímenes cometidos por el Estado en el contexto de los falsos positivos o ejecuciones extrajudiciales. El país es escenario, de esta manera, un “juvenicidio” ocurrido en su historia reciente (2).


Por su parte el perspicaz escritor británico H. G. Wells (1866-1946) observó a principios del siglo XX y lo registra en su obra “El destino del Homo Sapiens” que el exceso relativo de jóvenes desocupados en las sociedades capitalistas modernas constituía una peligrosa fuerza tendiente a provocar conflicto en toda comunidad humana; la solución más fácil encontrada por las clases dominantes a la presión ejercida por el sobrante de hombres jóvenes de las clases populares, con el fin de mantenerlos disciplinados y reducir su número, ha consistido en la guerra, la cárcel o el exilio (3). De esta manera, al poder destructivo material y moral de la guerra moderna se adiciona, según Wells, el desperdicio para siempre de grandes reservas y potencialidades de energía humana (4).


Realidad que en lo fundamental no cambia. Los y las jóvenes viven hoy con mayor dramatismo que el resto de la población una serie de tensiones y paradojas. Una de las principales es que la juventud goza de más acceso a la educación y menos acceso a un empleo digno. En los análisis de su inserción laboral, resalta el alto nivel de desempleo y subempleo y la alta precariedad de quienes logran ocuparse (expresada en inestabilidad laboral, bajas remuneraciones y escasa cobertura de la seguridad social).


Durante las fases recesivas, el mecanismo de ajuste del mercado laboral colombiano empieza con el cierre de los puestos de trabajo de los jóvenes, afectando en mayor proporción a las mujeres. En general, ellas y ellos se encuentran atrapados en un círculo vicioso de empleo precario, informalidad-desempleo-inactividad-pobreza-exclusión (gráfico 3 y tabla 2).

 


En el ojo del huracán de la pandemia y los nefastos impactos de las medidas administrativas de encerramiento, la tasa de desempleo de las mujeres jóvenes alcanzó la cifra de 37,3 durante el trimestre mayo-julio de 2020 y en los hombres jóvenes de 24,5 en el trimestre abril-junio del mismo año.
De acuerdo con los resultados de las series trimestrales del Dane-Geih, durante el período 2001-2021 (julio-septiembre), en general, los valores promedio más altos de desocupación (5) lo registran las mujeres jóvenes tanto en las cabeceras (25,6%) como en los centros poblados y rural dispersa (24,6%). Los valores de las tasas de desocupación más bajas corresponden al total de los centros poblados y rural dispersa (7,3%) y los hombres jóvenes de estas áreas (8,0%). La tasa total promedio de desempleo nacional es 11,7 por ciento; en el total de hombres jóvenes es de 15,1 (3,4 puntos porcentuales –p.p.–. por encima del promedio nacional); en las mujeres jóvenes es de 25,7 (14 p.p. arriba del promedio nacional y una brecha de 10,6 p.p. respecto a la tasa de desocupación de los hombres jóvenes). Los coeficientes de variación son más bajos en las categorías de los jóvenes de ambos sexos expresando de esta manera una situación estructural de desempleo frente a los ciclos de los mercados de trabajo.


Una realidad que no escapó a los ojos de Misión de Empleo, en funciones desde julio de 2020 con el fin de encontrar una ruta que le permita crear un plan estratégico al gobierno nacional para mejorar las condiciones laborales existentes en el país. El economista mexicano Santiago Levy, jefe de la misma afirmó el pasado 11 de enero al presentar las conclusiones del estudio que “El mercado laboral colombiano está muy mal. Tiene una protección social ineficiente, un empleo precario para las personas y ofrece pocas oportunidades para que estas mejoren sus condiciones laborales, lo cual, a su vez, castiga el crecimiento económico y la productividad, por lo cual no es de extrañar que Colombia presente las tasas de crecimiento de desempleo más altas de Latinoamérica”.


Es necesario recordar la diferencia entre la condición juvenil (dato biológico y límite social y políticamente establecido) y la situación juvenil (pertenencia a una clase social, estrato socio-económico o ethos territorial). Los análisis del sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930-2002) sobre el problema de los jóvenes le permitieron afirmar que “el hecho de hablar los jóvenes como de una unidad social, de un grupo constituido, que posee intereses comunes, y de referir estos intereses a una edad definida biológicamente, constituye en sí una manipulación evidente” (6). En efecto, en Colombia los adolescentes y jóvenes según la “situación de vida” se encuentran sobrerrepresentados en los niveles más bajos de la estratificación socioeconómica: los estratos uno y dos concentran el 76,3 por ciento de este segmento poblacional. Registran, además, graves carencias. El valor promedio del índice multidimensional de pobreza –IMP– es 37,8 por ciento en la población de 12 a 28 años; en contraste, a nivel general la pobreza multidimensional en Colombia se ubicó en 18,1 por ciento en 2020.


Además, teniendo en cuenta que la desigualdad del desarrollo es desigual en sí misma, estos adolescentes y jóvenes crecen en realidades muy diferentes dependiendo de los contextos y pares de contrarios antagónicos: riqueza/pobreza; urbano/rural; guerra/paz; jóvenes/viejos, entre muchos más. A continuación se analiza el contexto de vida de los adolescentes y jóvenes.


Falacia ecológica, desarrollo desigual y contextos de vida


La evidencia empírica y los análisis econométricos ponen al descubierto la “falacia ecológica”, es decir: hacer inferencias acerca de algunos individuos a partir de información del grupo al cual pertenecen. En efecto, cualquier análisis de series de tiempo empleando la tasa de homicidio y la proporción de la población joven encuentra una relación positiva y significativa entre estas dos variables; sin embargo, el análisis desagregado por grupos de edad muestra algo diferente, los cambios demográficos poco explican los movimientos de la tasa de homicidio. En cuanto al rol que juega la pobreza, diversos estudios concluyen que la evolución de la pobreza poco o nada explica el dramático incremento en los homicidios. En cuanto a la relación más compleja existente entre demografía y violencia en Colombia, los investigadores recomiendan hacer estos análisis a nivel de subgrupos etarios, clases sociales, actividades económicas, entidades culturales, regiones, municipios y ciudades específicas (7).


Adicionalmente, el hecho que dos fenómenos registren tendencias o comportamientos similares en el tiempo no permite inferir ningún tipo de causalidad entre ellos, es decir, que uno pueda ser causa u origen del otro. Las correlaciones describen relaciones simples y casi siempre lineales sin hacer afirmaciones sobre causa y efecto.


Tomando esto en cuenta, de las ocho variables condicionantes a nivel territorial elegidas para el estudio de juventud y contextos de vida (ver mapas), la mayor variabilidad (relación % entre la desviación estándar y la media) la registran la densidad poblacional (habitantes/extensión territorial), la tasa de víctimas del conflicto armado, el grado de ruralidad, y el nivel de riqueza generado. Las variables estables, homogéneas y con valores muy cercanos al promedio son el índice de pobreza multidimensional, la participación poblacional del grupo etario adolescente y joven, el grado de participación en la elección de los Consejos de juventud y la participación política de la población apta para votar en la elección de Presidente 2018 (tabla 3 y mapas).

 


Para mayor evidencia apoyemos el análisis en la Matriz de correlación, la cual muestra los valores de correlación de Pearson, que miden el grado de relación lineal entre cada par de elementos o variables. Los valores de correlación se pueden ubicar entre -1, cero y +1. Si los dos elementos tienden a aumentar o disminuir al mismo tiempo, el valor de correlación es positivo; si el valor es cero no existe relación entre las variables; si es negativo, una variable aumenta mientras la otra disminuye (tabla 4).

 

Respecto a las correlaciones positivas, de la tabla cuatro se puede inferir que el peso porcentual de la población joven (14 a 28 años) es más alto en aquellos territorios con altos índices de violencia, medido por la tasa de víctimas del conflicto armado; en los municipios de mayor ingreso per cápita la participación política es más alta en las elecciones presidenciales; el grado de participación relativa en la elección de los Consejos juveniles tiende a incrementarse en los territorios más pobres y rurales; la pobreza multidimensional aumenta en los territorios más violentos y rurales; la generación de riqueza por persona está asociada al grado de urbanización o densidad poblacional; y grados de violencia y grados de ruralidad están asociados en sus tendencias crecientes.


Respecto a las correlaciones negativas, la participación política desciende con el aumento de la pobreza y la ruralidad; la participación de los adolescentes y jóvenes en las elecciones de los Consejos tiende a ser escasa o exigua en las grandes urbes y entidades territoriales de mayor riqueza relativa; a mayor densidad de la población y mayor riqueza generada la pobreza multidimensional se reduce; la concentración de población reduce el grado de ruralidad; la riqueza por persona aumenta y se reduce la tasa de victimas del conflicto armado; el PIB per cápita aumenta de manera inversa al grado de ruralidad.
Variables no relacionadas. Llama la atención que el peso relativo del grupo etario comprendido entre los 14 y 28 años de edad respecto al total de población de cada entidad territorial no registra correlaciones estadísticamente significativas con la mayoría de las variables asociadas; solamente hay una correlación positiva con los territorios de mayor violencia y número mayor de victimas por el conflicto armado. En consecuencia, el grado de participación de población joven en el total poblacional tiende a distribuirse de manera análoga en las distintas entidades territoriales del país.


El rango (diferencia entre el máximo y el mínimo) del peso proporcional de la población de 14 a 28 años de edad en el total de la población de cada entidad territorial es de 10,7 puntos porcentuales, con un mínimo registrado de 18,5 por ciento (Vichada) y un máximo de 29,2 (Caquetá), el coeficiente de variación es de 9,2 por ciento y la media de 24,3.


La democracia participativa de los territorios en las elecciones presidenciales no tiene ningún grado de asociación con la participación en la elección de los Consejos juveniles. El hecho que en los territorios de mayor violencia el peso porcentual de la población joven sea más alto no influye en su participación en la elección, motivo de este artículo.


Es importante resaltar, como colofón de lo analizado, que mientras el 56,7 por ciento de ellos y ellas votaron en las elecciones presidenciales de 2018, en contraste, durante la elección de los Consejos municipales y locales de juventud apenas lo hizo un escaso 10,4 por ciento del censo electoral juvenil previsto (46,3 puntos porcentuales por debajo).


Consejos de juventud, participación política y democracia


Al referirse al problema de los jóvenes, el sociólogo Pierre Bourdieu era categórico al afirmar que “En la división lógica entre jóvenes y viejos está la cuestión de poder”. Esto es, cuando aparecen los conflictos sobre los límites entre las edades está en juego la trasmisión del poder y de los privilegios entre las generaciones (8).


En la Encuesta de Cultura Política –ECP– desarrollada por el Dane que permite caracterizar aspectos de la misma, acumulación de capital social, participación en escenarios comunitarios y confianza, basados en las percepciones y prácticas de los ciudadanos sobre su entorno político y social, en relación con la juventud, en particular en la realizada en el 2019, la institución rectora de las estadísticas en Colombia muestra que la participación de las personas en diferentes tipos de grupos y organizaciones es de 16,6 por ciento a nivel nacional; la participación de los hombres es 16,0 y las mujeres 17,2; en las cabeceras municipales el 14,8 y en los centros poblados y rural disperso 23,3. Los jóvenes son los que más participan en organizaciones educativas, culturales y deportivas, en comparación con otros grupos etarios; frente a la pregunta sobre la pertenencia a este tipo de organizaciones, la participación de jóvenes alcanza un 15,6 por ciento, frente a un promedio general de apenas 10,4.


Los mecanismos de participación ciudadana que más conocen los jóvenes de 18 a 25 años son el plebiscito (60,2%); el referendo aprobatorio o derogatorio (47,5%) y la consulta popular (47,8%). El 56,7 por ciento de este grupo de edad votó en las elecciones presidenciales de 2018; entre el 22 y el 38 por ciento no lo hizo por incredulidad en el sistema electoral, por considerar corruptos a los políticos y por desinterés. De acuerdo con la posición ideológica, el 15,7 por ciento se declara de izquierda, el 41,3 de centro, el 19,1 de derecha y el 23,9 no sabe o no informa. Respecto al grado de satisfacción con la forma en que la democracia funciona en Colombia, el 48,2 por ciento se siente muy insatisfecho; el 37,7 es indiferente o no sabe; el 14,1 se siente muy satisfecho. En general, existe incredulidad y desconfianza por parte de los jóvenes en las instituciones, en los políticos y en el sistema democrático colombiano.


Desencuentros y anhelos pendientes


Con la Carta Constitucional de 1991 toman forma las políticas públicas poblacionales y el reconocimiento de los y las adolescentes y jóvenes como sujetos de derecho y actores estratégicos del desarrollo.


Durante las tres décadas siguientes, el Estado y la sociedad no han logrado dar una respuesta integral, universal, incluyente y democrática a las demandas-derechos de las nuevas ciudadanías. El modelo de desarrollo tampoco distribuye equitativamente sus beneficios. El desencuentro entre las ciudadanías empoderadas por una Carta Política que proclama los derechos humanos, la democracia participativa y el reconocimiento de las diferencias, de una parte, y las conservadoras instituciones públicas y privadas, de otra, frustró las expectativas nacidas en la nueva era. El desencuentro constituía una bomba de tiempo que vino a explotar durante la administración Duque.


Los datos revisados, así como las dinámicas sociales vividas durante los últimos años en el país, permiten concluir que la crisis de la democracia, del Estado y el modelo de desarrollo se expresan en la crisis del constructo social de adolescencia y juventud. La insurrección social a lo largo del gobierno Duque es la evidente expresión de la paradoja modernización sin modernidad. Las continuas explosiones sociales son causadas por las falencias acumuladas por décadas y los antagonismos intergeneracionales entre estilos de vida, cosmovisiones y modelos de desarrollo. De acuerdo con las “Observaciones y recomendaciones de la visita de trabajo a Colombia de la CIDH”, en junio de 2021, las manifestaciones sociales se vinculan con reivindicaciones estructurales e históricas de la sociedad colombiana, que a su vez están consignadas en la Constitución Política de 1991 y los Acuerdos de Paz de 2016. La letra puede con todo, y en este caso la realidad lo reafirma.

 

1. Los Consejos municipales y locales de juventud son el mecanismo de participación creado desde la ley de Juventud 375 de 1997 y ratificado en la Ley Estatutaria de ciudadanía juvenil 1622 de 2013, pero nunca ha operado por falta de credibilidad y confianza. En los intentos de implementación la participación ha sido mínima y poco o nada ha influido en la participación democrática de los adolescentes y jóvenes. Ante la inoperancia de tal mecanismo o espacios de participación juvenil, en febrero de 2000 el presidente Pastrana firmó el Decreto 089 para reglamentar su organización y promover su funcionamiento. En el año 2018, una vez más con el mismo fin, se aprobó la Ley Estatutaria 1885 para “Modificar la ley estatutaria 1622 de 2013” en lo concerniente al Sistema Nacional de Juventudes. De acuerdo con lo afirmado por el abogado y Consejero Presidencial para la Juventud (cargo que ocupa desde 2020 hasta la actualidad), Juan Arango “La Ley 1622 desafortunadamente no fue una garantía de derechos, sino una especie de frustración en términos de participación juvenil”.
2. José Manuel Valenzuela Arce, investigador mexicano de El Colegio de la Frontera Norte acuñó este concepto en 2012, a partir de la publicación de su libro “Sed de mal. Feminicidio, jóvenes y exclusión social”. El “juvenicidio” es definido como el asesinato sistemático de la población joven, fenómeno documentado a lo largo de décadas y en el que se ha detectado la implicación institucional. De forma similar como ocurrió con el feminicidio, el profesor Valenzuela le dio nombre a una problemática social presente como común denominador en los países latinoamericanos.
3. Actualmente, de una parte, según la Cancillería, viven en países extranjeros alrededor de 5 millones de connacionales, la mayoría jóvenes que huyen a la falta de oportunidades, a la pobreza y a persecución política. De otra parte, en Colombia persiste una cultura carcelaria, no tanto para castigar o reeducar para la reinserción social como para ocultar y no enfrentar abierta y críticamente las causas profundas de las complejas patologías sociales: la legislación penal colombiana tipificaba como delito 296 conductas en 1980; actualmente aumentó esta tipificación a más de 600 conductas diferentes, la mayoría de ellas con pena privativa de la libertad. En consecuencia, la población carcelaria del país aumentó 462 por ciento entre 1992 y 2018. En 2018, la población carcelaria sumó 118.201 personas; el 36,1 por ciento de los presos eran jóvenes entre los 18 y 28 años de edad, esto es, 42.589, el 94% hombres y 6% mujeres.
4. H. G. Wells. (1949). El destino del Homo Sapiens. México; Editorial Diana, pp. 42-43 y 256-257.
5. La Tasa de desempleo (TD) es la relación porcentual entre el número de personas que están buscando trabajo (D) y el número de personas que integran la fuerza laboral (TD=D/PEA).
6. Bourdieu, Pierre. (1990). “La “Juventud” no es más que una palabra”, en: Sociología y Cultura. Editorial Grijalbo S. A. México, p. 165.
7. Bonilla Mejía, Leonardo. (2009). Demografía, juventud y homicidios en Colombia, 1979-2006. Banco de la República; Documentos de Trabajo Sobre Economía Regional; pp. 41-42.
8. Bourdieu, Pierre, op. cit., pp. 163-173.

*Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia y desdeabajo.

 


Diagramas de dispersión y análisis de regresión lineal

 

 

 

Los diagramas de dispersión ilustran sobre el tipo de relación existente entre dos variables. Pero además, un diagrama de dispersión también puede utilizarse como una forma de cuantificar el grado de relación lineal existente entre dos variables: basta con observar el grado en el que la nube de puntos se ajusta a una línea recta. No obstante, la relación entre dos variables no siempre es perfecta o nula; de hecho, habitualmente no es lo uno ni lo otro.


Adicionalmente, para estudiar la relación entre variables se utiliza la técnica estadística de “análisis de regresión lineal”. El análisis de regresión lineal puede utilizarse para explorar y cuantificar la relación entre una variable dependiente o criterio (Y) y una o más variables llamadas independientes o predictores (X1, X2,…, Xn). La línea recta de la regresión posee la fórmula: Yi= ß0 + ßi Xi dónde el coeficiente ßi es la pendiente de la recta y el coeficiente ß0 es el punto en el que la recta corta el eje vertical. Conociendo el valor de estos dos coeficientes puede reproducirse la recta y describir la relación existente entre (Y) y (X). El coeficiente de determinación es la proporción de la varianza total de la variable explicada por la regresión. El coeficiente de determinación, también llamado R cuadrado, refleja la bondad del ajuste de un modelo a la variable que pretender explicar. El resultado del coeficiente de determinación oscila entre 0 y 1. Cuanto más cerca de 1 se sitúe su valor, mayor será el ajuste del modelo a la variable que estamos intentando explicar. De forma inversa, cuanto más cerca de cero, menos ajustado estará el modelo y, por tanto, menos fiable será.


Los gráficos 4 a 10 ilustran los diagramas de dispersión y las regresiones lineales en el estudio de la relación entre la participación política de los adolescentes y jóvenes en la elección de los Consejos de 2021 y los contextos de vida en que estos crecen y habitan.
El comportamiento de la variable “Porcentaje de adolescentes y jóvenes (14 a 28 años de edad) que participaron en las elecciones de los Consejos municipales y locales de juventud a nivel nacional en diciembre de 2021” tiende a ser explicada o a encontrar una determinación mayor (R² más cercano a 1) con las siguientes tres variables independientes: i) “Incidencia de la pobreza multidimensional por departamento (% IPM)”; ii) “Grado de ruralidad departamental (%)”; iii) “Ingreso per cápita departamental ($)”.


De los 12.282.273 adolescentes y jóvenes (14 a 28 años de edad) que estaban habilitados para votar durante la jornada, solamente acudieron a las urnas 1.279.961 adolescentes y jóvenes, esto es, 10,4% del censo electoral juvenil previsto. El coeficiente de variación fue reducido: 27,2 por ciento. El rango de variación fue de 15,1 puntos porcentuales (PP); el valor mínimo fue de 6,2 por ciento (Bogotá D.C. y Antioquia) y el máximo 21,3 (Sucre). En general, las entidades territoriales de mayor desarrollo (medido en densidad poblacional, % población urbana, ingreso per cápita, mayor participación política, menor tasa de victimas por el conflicto armado) fue donde el movimiento juvenil expresó radicalmente su ruptura con la institucionalidad de la administración Duque (paradójicamente, son las entidades territoriales con mayor experiencia y continuidad histórica, inversión y trabajo en políticas públicas de adolescencia y juventud).


La propaganda oficial y el funcionamiento tradicional de las maquinarias electorales de los partidos del establecimiento (el Centro Democrático fue de los más activos) nada pudo en contra de la crítica y exigencias democráticas radicales de la Juventud colombiana. El gráfico 11 es contundente en mostrar que la manipulación política del gobierno Duque con la convocatoria a la elección de los Consejos de Juventud fue un total fracaso; en efecto, la variable “% de participación de adolescentes y jóvenes en la elección de los Consejos” no guarda relación alguna con las variables “Total población joven 2021”, “% población entre 14 y 28 años respecto al total poblacional” y “Participación política en la elección presidencial 2018”.

 

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Publicado enColombia
Fuentes: Instituto Tricontinental de Investigación Social [Imagen: Mao Xuhui (China), Dejo el rastro de las alas en el aire, 2014–2017]

La ONU y el Banco Mundial han dado la voz de alarma de que esta «crisis silenciosa» tendrá un impacto devastador en el futuro económico de las y los estudiantes.

En octubre de 2021, la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina y el Caribe (CEPAL) celebró un seminario sobre la pandemia y los sistemas educativos. Las cifras son impresionantes: el 99% de las y los estudiantes de la región pasaron un año académico entero con interrupción total o parcial de las clases presenciales, mientras que más de 600.000 niñxs lucharon con la pérdida de sus cuidadorxs debido a la pandemia. Además, se estima que la crisis podría obligar a 3,1 millones de niñxs y jóvenes a abandonar la escuela y a más de 300.000 a trabajar. En el seminario, Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la CEPAL, dijo que la combinación de la pandemia, las turbulencias económicas en la región y los retrocesos en la educación han provocado «una crisis silenciosa».

La situación en todo el mundo es igualmente grave, y la frase «crisis silenciosa» quizá necesite una aplicación más global. Las Naciones Unidas señalan que «más de 1.500 millones de estudiantes y jóvenes de todo el planeta se ven o se han visto afectadxs por el cierre de escuelas y universidades debido a la pandemia de la COVID-19»; al menos 1.000 millones de escolares corren el riesgo de quedarse atrás en sus estudios. «Lxs niñxs de los hogares más pobres», dice la ONU, «no tienen acceso a Internet, computadores personales, televisores o incluso radios en casa, lo que amplifica los efectos de las desigualdades de aprendizaje existentes». Cerca de un tercio de todos lxs niñxs —al menos 463 millones— no tienen ningún acceso a las tecnologías para la educación a distancia; tres de cada cuatro de estos niñxs proceden de zonas rurales, la mayoría de los hogares más pobres. Debido al cierre de las escuelas durante los confinamientos y a la falta de infraestructura para el aprendizaje en línea, muchos niños y niñas «se enfrentan al riesgo de no volver nunca a la escuela, deshaciendo años de progreso en la educación en todo el mundo».

En 2015, los 193 Estados miembros de las Naciones Unidas acordaron la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, estableciendo diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que debían cumplirse en un plazo de quince años. Todo el proceso de los ODS, que comenzó con los Objetivos de Desarrollo del Milenio para reducir la pobreza en el año 2000, contó con un amplio consenso. El cuarto ODS consiste en «Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos». Como parte del proceso para avanzar en este objetivo, las Naciones Unidas y el Banco Mundial desarrollaron conjuntamente un concepto llamado «pobreza de aprendizaje», definido como «ser incapaz de leer y comprender un texto sencillo a los 10 años». La medida de «pobreza de aprendizaje» se aplica al 53% de lxs niñxs de los países de ingresos bajos y medios y hasta al 80% de lxs de países pobres. Antes de la pandemia, estaba claro que para 2030 las aspiraciones de los ODS no se lograrían para el 43% de los niños y niñas del mundo. Las Naciones Unidas informan ahora que en 2020 otros 101 millones, o el 9% de lxs niñxs de las clases 1 a 8, «quedaron por debajo de los niveles mínimos de competencia en lectura» y que la pandemia ha «anulado los avances en materia de educación logrados en los últimos 20 años». Ahora se reconoce universalmente que el cuarto ODS será irrealizable durante mucho tiempo.

La ONU y el Banco Mundial han dado la voz de alarma de que esta «crisis silenciosa» tendrá un impacto devastador en el futuro económico de las y los estudiantes. Calculan que «esta generación de niñxs arriesga ahora perder 17 billones de dólares en ingresos de por vida en valor actual, o alrededor del 14% del PIB mundial actual, debido a los cierres de escuelas relacionados con el COVID-19 y a las crisis económicas». Lxs estudiantes no solo van a perder billones de dólares en ingresos de por vida, sino que también se van a ver privadxs de la sabiduría y las habilidades sociales, culturales e intelectuales vitales para el avance de la humanidad.

Las instituciones educativas, desde los primeros años hasta la universidad, ya hacen hincapié en la comercialización de la educación. El declive de la formación básica en humanidades se ha convertido en un problema global, privando a la población mundial de una base en historia, sociología, literatura y artes, disciplinas que crean una comprensión más rica de lo que significa vivir en una sociedad y ser un ciudadano del mundo. Este tipo de educación es un antídoto contra las formas tóxicas de patrioterismo y xenofobia que nos llevan a la aniquilación y la extinción.

Las instituciones culturales son las que más problemas tienen en la «crisis silenciosa». Un estudio de la UNESCO sobre el impacto de la pandemia en 104.000 museos de todo el mundo reveló que casi la mitad de estas instituciones experimentaron una reducción significativa de la financiación pública en 2020, con ganancias limitadas al año siguiente. En parte debido a los confinamientos y en parte a los problemas de financiamiento, la asistencia a los museos de arte más populares del mundo se redujo en un 77% en 2020. Además de la pandemia, el auge del capitalismo de plataformas —actividad económica arraigada en las plataformas online— ha acelerado la privatización del consumo cultural. Las formas públicas de exposición cultural a través de la educación pública, los museos y galerías públicas y los conciertos públicos no pueden seguir el ritmo de Netflix y Spotify. El hecho de que solo el 29% de la población del África subsahariana tenga acceso a Internet hace que las desigualdades de la vida cultural sean una preocupación aún más acuciante.

La forma en que se ha tratado a las y los profesores durante la pandemia demuestra la poca importancia que se da a este trabajo crucial y a la educación en general en nuestra sociedad global. Solo en 19 países se colocó a lxs profesores en el primer grupo de prioridad con lxs trabajadores de primera línea para recibir la vacuna COVID-19.

En el transcurso de las últimas semanas, este boletín ha destacado Un plan para salvar el planeta, que hemos desarrollado junto a 26 institutos de investigación de todo el mundo bajo el liderazgo de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP). Seguiremos señalando ese texto porque desafía significativamente la visión del statu quo sobre cómo debemos proceder en nuestras luchas globales compartidas. En lo que respecta a la educación, por ejemplo, estamos construyendo nuestro marco para el planeta basándonos en las necesidades de las y los profesores y alumnos, no en el PIB o el valor del dinero. En cuanto a la educación, tenemos una lista de once demandas que no son exhaustivas, pero sí sugerentes. Pueden leerlas aquí.

Les pedimos que lean atentamente el plan. Esperamos sus comentarios, por favor envíenoslos  a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.. Si estas ideas les parecen útiles, les rogamos que las difundan ampliamente. Si se preguntan cómo proponemos financiar estas ideas, echen un vistazo al plan completo (por cierto, actualmente hay al menos 37 billones de dólares en paraísos fiscales ilícitos).

En Honduras se están dando pasos en esta dirección. El 27 de enero, la presidenta Xiomara Castro tomó las riendas del país, convirtiéndose en la primera mujer jefa de gobierno en la historia nacional. Inmediatamente se comprometió a dar electricidad gratuita a más de un millón de los casi diez millones de habitantes de Honduras. Esto mejorará la capacidad de la población hondureña más pobre para ampliar sus horizontes culturales y aumentará las posibilidades de que los niños y niñas puedan participar en el aprendizaje en línea durante la pandemia. El día de la toma de posesión de la presidenta Castro, leí las hermosas palabras de la poeta nicaragüense-salvadoreña Claribel Alegría, cuyo compromiso con el progreso de los pueblos de Centroamérica se refleja en sus brillantes poemas. En 1978, justo antes de la revolución nicaragüense, Alegría ganó el Premio Casa de las Américas por su colección Sobrevivo. Con D. J. Flakoll, escribió la historia definitiva de la Revolución Sandinista: Nicaragua, la revolución sandinista: una crónica política 1855-1979, publicada en 1982. El fragmento de su poema “Contabilizando» de su libro Fugues (1993) nos enseña la importancia de la poesía y la epifanía, y la importancia que el sueño y la esperanza tienen para el avance humano:

No sé cuántos años soñando
con la liberación de mi pueblo
algunas muertes inmortales
los ojos de aquel niño desnutrido
Tus ojos cubriéndome de amor
una tarde nomeolvides
Y en esta hora húmeda
las ganas de plasmarme
en un verso
en un grito
en una espuma

 

Por Vijay Prashad | 05/02/2022

Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/crisis-educacion/

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Suicidio y covid: Del fatalismo a la prevención

Si bien el vínculo entre el suicidio y los trastornos mentales está documentado, muchos suicidios se producen en momentos de crisis que limitan la capacidad de afrontar las tensiones inevitables de la vida. Múltiples estudios señalan que el aumento de los suicidios durante esta pandemia ha adquirido cifras alarmantes. En nuestro país hay que agregar el maltrato social (especialmente a los jubilados), la pobreza creciente, la desocupación, el avance arrollador del narcotráfico y la no inclusión social. Todos factores que incrementan en forma exponencial el riesgo de suicidio.

Según cifras provistas por la OMS, aproximadamente 800.000 personas se suicidan anualmente (sin considerar estos 20 meses de catástrofe sanitaria, económica y política). Entre 10 y 20 millones de personas intentan suicidarse cada año. En 1995 murieron más jóvenes por suicidio que por sida, cáncer, apoplejía, neumonía, influenza, defectos congénitos y enfermedades cardíacas sumadas. Algunos estiman aproximadamente 23 intentos por cada suicidio consumado.

En el inicio de mi formación profesional fui becado para trabajar en el Suicide Prevención Center de Los Ángeles. Centro pionero en el abordaje de la prevención y tratamiento del suicidio que desarrolló la autopsia psicológica (que estudia los seis últimos meses de los suicidas “exitosos”). Mediante un extenso estudio epidemiológico elaboraron un cuestionario que permitía diagnosticar con cierta precisión el riesgo suicida. Desde entonces seguí con atención las cifras que evidencian el incremento de suicidios. En este texto pretendo difundir elementos que contribuyan a su prevención.

El proceso suicida suele atravesar tres fases: 

  1. Aparición de la idea suicida ante una situación conflictiva o un estado de humor deprimido. 
  2. En la fase de duda el individuo pasa de la idea a la posibilidad de llevar a cabo la idea. 
  3. En la fase de decisión aparecen los preparativos para pasar al acto.

Múltiples motivaciones pueden llevar a un intento de suicidio: 

  1. Desesperación por no alcanzar ciertas objetivos, lo que se considera un fracaso. 
  2. Huida ante ciertas situaciones. 
  3. Una forma de llamar la atención. 
  4. El sufrimiento crónico propio de las depresiones graves. 
  5. La soledad y el aislamiento.

Además de describir los factores sociales implicados en el suicidio, los estudios epidemiológicos han demostrado que casi el 50% están afectados por una forma u otra de depresión. Los trastornos fronterizos así como el abuso o adicción a sustancias psicoactivas, incluyendo el alcohol, favorecen la conducta suicida. Las situaciones conflictivas de pareja o familiares, los duelos, el aislamiento social, la pérdida del status socioeconómico, aumentan el riesgo suicida.

Los intentos son más frecuentes en las mujeres, mientras que la consumación es más probable en los varones. Las tentativas son más frecuentes en los jóvenes (con menos de 35 años), mientras que la consumación es más frecuente en personas mayores de 65 años.

Los problemas económicos son el principal factor para el grupo con edades comprendidas entre los 40 y los 65 años. En pacientes con más de 65 años, las enfermedades desempeñan un papel protagónico y es el factor mas frecuente en los mayores de 80 años.

La tasa de suicidios aumenta en pacientes mayores de 65 años. Inciden factores como el aislamiento social, la pérdida del cónyuge, la inestabilidad económica y el tratamiento inadecuado de las depresiones. Las características de esta población, incluyendo la depresión enmascarada (múltiples quejas somáticas o temores sin fundamento de padecer una enfermedad somática) y la seudodemencia (disminución ficticia de la capacidad cognitiva por un trastorno depresivo primario).

La manera más eficaz de prevenir la conducta suicida es la detección precoz de la depresión, instaurando un tratamiento adecuado, valorando el potencial suicida del paciente y si éste es elevado, tomando medidas de contención como la psicoterapia, los antidepresivos, la internación psiquiátrica o domiciliaria.

Las depresiones constituyen la categoría diagnóstica más frecuente entre las personas que se suicidan. Aproximadamente el 15% de los pacientes acabará consumando el suicidio. La más alta incidencia de suicidios se presenta en trastorno depresivo mayor así como en la fase depresiva de la forma bipolar.

Si aproximadamente el 15% de los pacientes depresivos cometen suicidio, la convierte en una de las enfermedades más letales. El trastorno depresivo mayor tiene un riesgo de suicidio 20 veces mayor al de la población general, así como los pacientes bipolares tipo I tienen un riesgo 15 veces mayor.

La dependencia de sustancias (alcohol o drogas) aumenta hasta cinco veces el riesgo de suicidio. Después de las depresiones, la dependencia de sustancias constituye el diagnóstico más frecuente en las personas que cometen suicidio. Además del riesgo de suicidio que comporta la dependencia del alcohol, la intoxicación alcohólica aguda lo aumenta. Además, la desinhibición y la escasa capacidad de juicio asociadas al estado de intoxicación pueden provocar comportamientos de alto riesgo, como accidentes de tránsito y sobredosis.

La desesperanza y la desesperación sin ser específicas de las depresiones pueden acompañar a otros síndromes: esquizofrenia, trastornos de ansiedad y enfermedades médicas. La vergüenza y la humillación son factores que subyacen al suicidio.

*Luis Hornstein es médico psicoanalista. Premio Konex de Platino a la trayectoria en psicoanálisis (década 1996-2006). Su útimo libro es Ser analista hoy (Paidós, 2018).

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MÁS LEÍDOS 2021: ¿Primavera de la juventud?

Sólo gracias a aquellos
sin esperanza nos es dada
la esperanza.
Walter Benjamin

 

Alison Méndez salió de su casa del barrio El Uvo –situado en el norte de la ciudad de Popayán–, para dirigirse a la residencia de un amigo el 12 de mayo de este año. Interrumpió su andar por la sorpresa que le causó la violencia con la que eran reprimidos por la policía los manifestantes que protestaban en el marco del Paro Nacional. La joven de 17 años decidió, entonces, grabar la barbarie oficial, por lo que fue aprehendida por cuatro uniformados que de forma violenta la redujeron y trasladaron a la Unidad de Reacción Inmediata, de la que fue liberada luego de dos horas de retención. Al día siguiente, luego de publicar un mensaje en la red, en el que denunciaba que “me manosearon hasta el alma”, Alison decidió poner fin a sus días en un acto de auto-inmolación que denuncia un sistema totalitario en el que sus delitos fueron ser joven, mujer y buscar dejar testimonio de la ferocidad estatal.

Hace poco más de diez años Mohamed Bouazizi, un joven tunecino, titulado en informática, pero que debía ganarse la vida como vendedor de frutas en un puesto callejero, decidió prenderse fuego gritando: “¿Cómo esperan que me gane la vida?”, luego que fracasaran sus reclamos por el decomiso de su carreta de frutas. El sacrificio de Bouazizi dio lugar a las revueltas conocidas como “la primavera árabe”, que una década después parecen haberse ahogado en el olvido, sin cambios estructurales significativos. Alison y Mohamed, pese al tiempo y circunstancias que los separan son ejemplo de qué, para no pocxs jóvenes, auto-inmolarse parece la única salida dignificante que les deja esta fase del capitalismo en el que la juventud conforma el grueso de la “población sobrante” lo que, en consecuencia, parece condenarlos a ser abusados sin miramientos.

El estallido social iniciado en Colombia el 28 de abril de 2021, que los medios convencionales, como era de esperarse, no han llamado “la primavera colombiana”, pese a la similitud de su desarrollo con entornos en los que sí ha sido usado ese apelativo, ha tenido en personas jóvenes los más elevados niveles de protagonismo. Las llamadas primeras líneas y los diferentes puntos de concentración permanente denominados, genéricamente, “centros de resistencia” son sus creaciones, y llaman la atención no sólo por su novedad sino porque surgieron de forma espontánea en las barriadas, sin la centralidad de un movimiento político o gremial formalizado. En ese sentido, puede decirse que aparece un nuevo actor político de cuya permanencia y peso en la correlación de fuerzas al interior de la sociedad apenas puede especularse un poco. Pero, bueno, cuando hablamos de jóvenes, en realidad ¿de qué hablamos?


¿“La juventud no es más que una palabra”?


El sociólogo francés Pierre Bourdieu en su libro Sociología y cultura* sostiene que por lo menos debe hablarse de “dos juventudes”, basándose en las diferencias que existen entre, por ejemplo, dos personas de la misma edad, pero de las que una ya está vinculada sistemáticamente al mundo del trabajo mientras la otra pertenece al mundo estudiantil. Para Bordieu, lxs jóvenes obrerxs no serían tales en el sentido estricto del término pues funcional y culturalmente están insertos en un mundo de adultos, en correspondencia con ese carácter binario de la edad que acompañó a la humanidad durante milenios y en el que el paso de la niñez a la adultez no tenía estadios intermedios, y era reconocido y sancionado, incluso, de forma ceremonial. Bourdieu deduce de la generalización de la escolarización y su extensión hasta edades en las que biológicamente los individuos no pueden considerarse niños, la emergencia de un grupo social diferenciado que puede calificarse como juvenil, pues esa franja etaria fue convirtiéndose en transversal a las diferentes clases sociales. La juventud sería, según ese razonamiento, una especie de limbo social en el que la no presencia en lugares decisivos de la producción o circulación de bienes y servicios, hace de sus miembros individuos en el que ellos mismos están siendo “producidos” como futuros agentes, de diferentes condiciones, para el proceso social del mañana.

El sociólogo francés asigna a la brecha creciente entre los alcances de la escolarización y las realidades sociales vividas y por vivir, la razón de la anomía social que muchos perciben en los grupos de jóvenes, y principalmente entre los de las clases subordinadas. Naciones Unidas designó 1985 como el primer año dedicado a la juventud, argumentando la vulnerabilidad de las personas entre 14 y 25 años –con lo que definió por ese rango de edad a las personas que deben considerarse juveniles– a las incertidumbres de la economía, el desempleo, el hambre, la delincuencia, el racismo, la toxicomanía, entre otros peligros, reconociendo, que la marginalidad es un constructo cuya conformación tiene sus raíces en las diferencias y deficiencias de los espacios de la escolarización.

Según el estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Tendencias mundiales del empleo para los jóvenes 2020: tecnología y el futuro del empleo, la población juvenil suma en el mundo 1.273 millones, de los que 429 millones son trabajadorxs (33,7% del total de la población), mientras que 68 millones son desempleadxs, es decir, que están buscando empleo activamente, y 41 millones son potencial fuerza de trabajo, por estar transitando de la etapa de entrenamiento hacía su primera solicitud de empleo, lo que significa que el 42 por ciento de jóvenes están directamente relacionados con el mercado laboral. De los 735 millones restantes, 509 millones (40%) son estudiantes, mientras que 226 millones (17,8%) pertenecen al grupo denominado ni-ni, ni estudian ni trabajan, cifra en sí misma escandalosa. Pero, lo más grave es que de los pertenecientes al mundo laboral, el 77% (330 millones) están en la informalidad, es decir, que al menos la mitad de la población juvenil está precarizada.

En Colombia, la población de jóvenes (entre 14 y 26 años) está estimada, según el Dane, en poco menos de 11 millones (22% del total, aproximadamente). En 2019 la población estudiantil y la involucrada en el mercado laboral sumaban, cada una, alrededor del 39 por ciento, mientras que el 22 restante correspondía a los que ni estudian ni trabajan. Pero, según esa institución, en el segundo trimestre de 2020 este último grupo subió hasta el 33 por ciento, en un hecho que pese a su gravedad no llamó ninguna atención. Como tampoco, qué en la población juvenil el 55 por ciento de las muertes por causas externas corresponde a homicidios o a secuelas de agresiones, mientras que el 11,1 por ciento lo sea por lesiones auto-infligidas (suicidio) o sus secuelas. Si son consideradas todas las causas de defunción, las provenientes de agresiones representan, en ese grupo de edad, el 40,1 por ciento, mientras que las provenientes de suicidios el 8 por ciento. No puede, considerarse, entonces, como una simple coincidencia anecdótica que el actual ministro de defensa, responsable directo de la cruenta represión de la protesta social, y quien luego de bombardear un campamento de jóvenes, los haya calificado de “máquinas de guerra”, haya sido, igualmnte, director del Instituto colombiano de Bienestar Familiar, institución teóricamente responsable del mejor estar de los menores de edad pues, como vemos en las cifras, la violencia es el ambiente regular que el sistema ha terminado construyendo como el hábitat social para nuestros menores. Si sumamos a lo anterior el 30 por ciento de desempleo juvenil, ¿debe extrañarnos la enérgica reacción mostrada por la juventud en el estallido social iniciado a finales del mes de abril?

Que los centros de resistencia fueran replicados de forma espontánea en Cali, Bogotá, Medellín, Popayán y Pasto, entre otras ciudades, tiene una ineludible explicación en las condiciones de violencia social y física, derivadas de todo tipo de carencias, que los grupos de jóvenes de las clases subalternas tienen que enfrentar en su vida diaria. Es pues la juventud urbana precarizada el nuevo sujeto político que emerge en el Paro Nacional del 2021, y al que los movimientos alternativos deben abrir el espacio que les corresponde si de verdad quieren potenciar un cambio real en la estructura social.


Interrogando el todo

Los estallidos juveniles, y su represión violenta, estuvieron circunscritos en la Colombia del pasado de forma casi exclusiva al mundo universitario. El 8 de junio de 1929, la policía dispara contra una manifestación de jóvenes universitarios que protestaban en Bogotá contra la corrupción dando muerte a Gonzalo Bravo Páez, estudiante de derecho, iniciándose así la larga lista de estudiantes sacrificados en las protestas. La conmemoración el 8 de junio de 1954 del asesinato de Bravo Páez fue reprimida violentamente por el régimen militar de Gustavo Rojas Pinilla muriendo, en los predios de la universidad el estudiante Uriel Gutiérrez, lo que desató la protesta masiva de sus compañeros al día siguiente, siendo respondida de forma aún más violenta por los uniformados con un saldo de 10 estudiantes muertos y 23 heridos. En la caída de la dictadura militar de Rojas Pinilla, durante el paro nacional dirigido por los partidos políticos tradicionales, fueron también jóvenes alumnos los sacrificados con un saldo de 10 muertos en el país. Fue ésta la última ocasión en la que los universitarios sacrificados fueron considerados héroes por el establecimiento, pues a partir de ese momento, el movimiento estudiantil cuestiona el sistema y entra a formar parte del enemigo interno.

Mayo de 1968 marca en el mundo la emergencia de la juventud universitaria como actor político, cuyo principal efecto será el impulso de en un cambio cultural que rompe muchos parámetros del comportamiento juvenil tanto en lo simbólico –el vestuario, por ejemplo–, como en las formas de relación entre los sexos, para citar tan sólo dos aspectos, que asumen formas de liberalidad antes proscritas. Sin embargo, la esperanza de un cambio en el sistema económico en los países occidentalizados no pudo ser concretado. En Colombia, el impacto de la marea estudiantil mundializada tardó un poco en tener efectos masivos y es a partir de 1971 cuando centrado en transformar la estructura de funcionamiento de las universidades el movimiento estudiantil alcanza movilizaciones importantes, que con altibajos ha continuado hasta nuestros días. Las cifras de los “estudiantes caídos”, nombre con el que son conocidos los muertos en las refriegas con los agentes del Estado, son difíciles de contabilizar, si bien los que han explorado el tema estiman que no menos de dos centenares de jóvenes universitarios han perdido la vida desde la década de los setenta del siglo pasado. La inconformidad aflora para este grupo social, en no poca medida, de cuestionamientos de la realidad surgidos desde la reflexión intelectual, y el espíritu contestatario, también en no poca medida, acaba con el ciclo académico, dando lugar a expresiones muy conocidas como: “quien no ha sido revolucionario en su juventud no tiene corazón, y quien lo sigue siendo de adulto no tiene cabeza”, que expresan esa temporalidad limitada de algunas rebeldías circunscritas tan sólo al tiempo estudiantil.

El paro nacional del 2021 ha significado una ruptura con esa tradición que limitaba la protesta juvenil a los campos universitarios pues fueron las barriadas los puntos de resistencia y confrontación. Lxs estudiantes estuvieron tan sólo como otrxs más, siendo una juventud acentuadamente precarizada la principal protagonista que en sus consignas transparenta la urgencia de superar unas condiciones sociales insoportables. Pierre Bordieu, en el texto citado anteriormente, al referirse al mundo del precariado anticipa que sí la explicación de la condición de marginalidad alcanza la dimensión política, eso conduce necesariamente a un cuestionamiento de todo el conjunto socio-cultural: “Para explicar su propio fracaso, para soportarlo, esta gente tiene que poner en tela de juicio todo el sistema, sin particularizar, el sistema escolar, y también la familia, de la que es cómplice, y todas las instituciones, identificando la escuela con el cuartel, el cuartel con la fábrica. Hay una especie de izquierdismo espontáneo que recuerda en más de un rasgo el discurso de los subproletarios”. Esa radicalidad del cuestionamiento tiene que ver con el hecho que la discriminación y los abusos que la acompañan atraviesan todo el espectro de las manifestaciones sociales cuando la marginalidad sobrepasa ciertos grados: el lenguaje, el vestuario y la estética exhibida son inferiorizados y la segregación, en no pocas ocasiones, asume formas violentas. La naturalización de la situación por los supremacistas de todo tipo incuba y justifica el apoyo de los poderes establecidos a los abusos, y, del lado de los segregados, ha sido el cimiento de la conformidad y la aceptación. Racionalizar las causas significa, por eso, interrogar y actuar sobre la totalidad.


Respuestas que desnudan

La reacción armada de las autodenominadas “gentes de bien” ha hecho visible un aspecto que el sentir común percibe pero no interioriza: el carácter violento y letal del control social que las élites han extendido por 200 años. Que los grupos del privilegio no deleguen, sino que directamente empuñen y disparen sus armas en compañía de uniformados, le mostró al país que el latifundismo armado de las zonas rurales, este sí ejercido de forma delegada, no fue una acción de algunos empresarios del campo desesperados, sino una alianza público-privada que mediante el terror ha ampliado sus propiedades y controla la población. La propuesta de una parlamentaria del partido de gobierno de legalizar la tenencia de armas sin apenas restricciones, es señal que las “gentes de bien” buscan también normalizar el paramilitarismo urbano.

Las camionetas blancas de alta gama y el aspecto de caballistas de quienes disparaban desde los lujosos vehículos, muestran el carácter integral y consumado del fenómeno paramilitar y de su asunción como política estandarizada para el mantenimiento del statu quo. Que en las redes sociales al barrio de Cali desde el que le dispararon a los manifestantes le haya sido cambiado su nombre oficial de Ciudad Jardín para ser rebautizado como Ciudad Bacrim, es un indicio qué en el imaginario colectivo hay una claridad mayor sobre el creciente peso y extensión de la economía ilegal de la cocaína en las diferentes dinámicas de la acumulación de capital, como también del hecho que un poder surgido de lógicas delincuenciales no sólo es ilegítimo sino peligroso para la integridad y la vida de los ciudadanos. El decomiso, en pleno suceso de las protestas, de una avioneta con una carga de 446 kilos de alcaloide de alta pureza, que había despegado de un aeropuerto oficial, perteneciente a “gentes de bien” que ocupan periódicamente los espacios de las llamadas revistas del corazón, y que a su vez son seguidores incondicionales de las políticas del jefe del partido de gobierno, fue un suceso mediático que no dejó dudas sobre la procedencia del paramilitarismo urbano que dispara contra los manifestantes, pues quienes pudieron ser identificados como pistoleros proceden del mismo grupo social de los involucrados en la narco-nave.

El carácter multidimensional del ideario juvenil contestatario, que va desde quienes asumen la defensa de la diversidad del género, pasando por las diferentes facetas del feminismo, el reclamo étnico, hasta los ecologistas, los animalistas y los especistas ha llevado el cuestionamiento del capital a dimensiones antes no consideradas o consideradas poco relevantes. Esta realidad, que no puede desconocer las asimetrías en las relaciones económicas inter-humanas, da a las perspectivas de las revueltas de lxs jóvenes unas metas más amplias que las contempladas hace medio siglo, llevando el desafío político quizá al grado más alto que debemos enfrentar, por lo menos en los últimos tiempos. Esto tiene su contracara en el hecho que la reacción que amenazan desencadenar movimientos regresivos como los diferentes grupos neo-nazis es igualmente desafiante por su carácter necrótico y su base económica delincuencial, y porque, desafortunadamente, también atrae a no pocos jóvenes, que ven en la diversidad incertidumbre y en el cuestionamiento de las actuales relaciones entre lo humano y lo no humano un salto al vacío.

En Colombia, las consecuencias de la instrucción de las fuerzas armadas en doctrinas de ese tipo, como es el caso de las superficiales tesis de la “revolución molecular disipada”, que no por elementales son menos peligrosas, han quedado demostradas con el cruento saldo dejado por la represión de la protesta social. La suscripción de la Carta de Madrid, el manifiesto de la ultraderecha iberoamericana, por un grupo de parlamentarios del partido de gobierno es otra señal que frente al “basta ya” de lxs jóvenes y a su negativa de ser meramente sobrevivientes en el limbo oscuro de los sin derechos, o de los derechos recortados, la respuesta que planteen las élites sea exacerbar aún más la violencia endémica usada por décadas. El desafío de una representación adecuada de la realidad y el diseño de un marco de acción que nos conduzca a una sociedad más amable y equitativa es, entonces, una tarea urgente para los que deseamos un mundo mejor.

* Pierre Bordieu, Sociología y cultura, Capítulo 10: “La ‘juventud’ no es más que una palabra”

 

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Publicado enColombia
Contagio radio, 19 de mayo de 2021 (Tomado vía Twitter)

Desde el 28 de abril, todos los días, múltiples y diversas movilizaciones de masas se han registrado en el territorio colombiano. A veces, dando lugar a enfrentamientos violentos con las fuerzas de policía, con el resultado de decenas de muertos y centenares de heridos y desaparecidos. Para algunos se trata fundamentalmente de una nueva manifestación de la juventud descontenta. Mirándolo más de cerca, sin embargo, se observa un estallido social mucho más complejo con implicaciones políticas más profundas, las cuales se tratan de ocultar precisamente con aquella mirada simplificadora.

 

Es ya un lugar común decir que las ocurridas durante este mes de mayo son movilizaciones de la juventud. No es tan exacto. Se constata en muchos casos una participación más rica y heterogénea. Sobre todo si se hace la diferencia entre las multitudinarias demostraciones convocadas por el Comité Nacional en las jornadas llamadas de Paro y las múltiples manifestaciones autoconvocadas cada día a lo largo y ancho del territorio. La protesta y el descontento, además, tienen otras expresiones diferentes a la toma de las calles. Pero puede aceptarse.


Otro lugar común, en cambio, es menos convincente. Es aquel que reduce la juventud a los estudiantes y confunde lo que podría ser un movimiento juvenil con un movimiento estudiantil. Y de allí deduce lo que deberían ser sus demandas; las propias, según se dice, de su naturaleza. Lo primero que se le ocurrió al presidente Duque, por ejemplo, fue ofrecer matrícula cero para los estratos 1, 2, y 3, inicialmente para el segundo semestre de este año y luego para todo el 2022. Como quien arroja un hueso, para entretener y calmar la jauría. Fue en vano. Se vio obligado a corregir y agregó tres ofertas más destinadas a los jóvenes en general: subsidios para la promoción del empleo joven, el emprendimiento rural juvenil y el crédito de vivienda (para jóvenes). También fue en vano. La calma no llegó.


No es solamente una confusión producida por la estúpida soberbia del mandatario. Se ha generalizado ya –desde el 21N de 2019– inundando los medios de comunicación y las conversaciones de los ciudadanos, hasta alcanzar la cúpula de los partidos y de la intelectualidad. Forma parte, hoy por hoy, del imaginario social. Pero si no es tan cierto, ¿cómo y por qué se fabricó?


Apenas obvio…


El protagonismo de la juventud en las protestas, en principio, no es más que el reflejo de su protagonismo creciente en la sociedad. Por razones que, para empezar, son puramente cuantitativas. Como se sabe, Colombia se encuentra en una fase bastante avanzada de la transición demográfica. En comparación con el censo de 2005, la población mayor de 65 años ha pasado de ser el 6.3 por ciento del total a representar el 9.1; en cambio, los de 14 años o menos que constituían el 30.7 por ciento en 2005, ahora sólo son el 22.6 (1). No se trata solamente de que la proporción de niños se haga cada vez menor, sino que, por un tiempo, la proporción de “jóvenes” va a ser cada vez mayor.


En efecto, el grupo de la, llamada por el Dane, juventud (entre 14 y 28 años) representaba en 2018 un 26.1 por ciento; participación superior, por cierto, no sólo a la del 2005 sino a la que se había proyectado para ese mismo año según el Censo anterior (2). Ahora bien, según las recientes proyecciones con base en el Censo 2018, se calcula que este grupo de población ascendería en 2021 a 12.666.317 jóvenes. La mayor proporción, sobre el total de población, se encuentra en departamentos de baja densidad que podríamos llamar periféricos, aunque algunos de la zona andina, mucho más poblados, cuentan con una proporción superior al promedio nacional, o sea que la magnitud es significativa también en números absolutos.


No es pues un fenómeno rural o semiurbano. Al contrario, la proporción viene en creciente en varias ciudades, incluida Bogotá. Lo mismo que la cantidad. La proyección mencionada nos dice que, en 2021, por ejemplo en Bogotá este grupo de edad ascendería a 1 943 906 jóvenes sobre un total de 7.834.167 habitantes. En Cali se calculan 531.369 y en Medellín, 636.440. Y esto sin contar los municipios de sus áreas metropolitanas. Es un fenómeno que acompaña el proceso de urbanización, el cual ha sido precipitado en Colombia por el violento desplazamiento. La gran concentración de jóvenes, que no ha dejado de acentuarse durante lo corrido de este siglo, se encuentra pues en las principales ciudades. O mejor, en sus áreas metropolitanas, pues, adicionalmente, es un rasgo característico de los procesos de conurbación.


Pero el protagonismo responde también, sencillamente, a que, en su inmensa mayoría, forman parte de la población subordinada y padecen igualmente sus miserias y las consecuencias de las políticas neoliberales; de esa población que hoy se encuentra en condiciones de extrema pobreza o que, estando acomodada anteriormente, ha visto disminuidos sus ingresos. Su edad no los excluye de tal condición; por el contrario, los convierte en sus representantes más visibles y activos. Al respecto cabe advertir, de una vez, que no se trata de “los estudiantes”. Si se toma el rango de edad entre 18 y 26 años, o sea, para 2021 un número estimado de 7.718.714, la verdad es que la cobertura de la educación superior no alcanza siquiera a la mitad. Es un poco difícil hacer el cálculo, dados los sorprendentes fenómenos de deserción de los últimos años, los cuales se acentuaron obviamente con la pandemia, pero bástenos saber que el sistema de información del Ministerio de Educación contabilizaba para el segundo semestre de 2019 un total de 2.396.250 estudiantes. Desde luego, la cobertura es mayor en las grandes ciudades (3).


Un indicador de la situación social y económica de los jóvenes es el nivel y evolución del desempleo. Obviamente, si alguien aparece en las estadísticas es porque ha estado buscando empleo activamente, es decir que no es estudiante o si lo es no tiene la posibilidad de dedicarse a ello de tiempo completo. Como se sabe, las tasas de desempleo son mucho mayores en la llamada “provincia”, es decir fuera de Bogotá y unas pocas grandes capitales; además, en la zona semiurbana o rural, habría que considerar los fenómenos de subempleo o desempleo disfrazado; sin embargo, en las ciudades la situación es también preocupante. En general, según el Dane, la tasa de desempleo de los jóvenes viene creciendo desde 2015 cuando estuvo alrededor de 16,2 por ciento, a enero-marzo de 2021 cuando alcanzó 23,9 porciento. –Con un significativo contraste: para las mujeres la tasa fue de 31,3 por ciento mientras que para los hombres fue de 18,5 por ciento–. Esto significa, en este año, un total de desocupados jóvenes de aproximadamente un millón seiscientos mil.


La particularidad de los jóvenes, dentro del conjunto del pueblo, y sobre la cual se ha escrito mucho últimamente, consiste en la dolorosa sensación que han denominado como “no futuro”, recordando la popular película colombiana. Varias son las respuestas presentadas frente a esta angustia y que pueden preverse hacia el futuro. Algunas deplorables, pero otras promisorias. En todas se percibe el abandono definitivo de la resignación. Al mismo tiempo se constata como la característica más protuberante de este periodo histórico la descomposición y explosividad urbanas. En cierta forma, el traslado de la conflictividad social de los espacios rurales a los urbanos. Desde luego, no se trata de la desaparición en aquellos sino de un relevo del protagonismo y de un cambio en su naturaleza. Descomposición y explosividad están estrechamente ligadas y el primer grupo poblacional arrastrado por esta mezcla en ascenso es la juventud. La cuestión del futuro introduce entonces un ingrediente enriquecedor. La misma juventud puede encontrar alguna forma de canalización, política o no pero claramente constructiva (4).


El “divino tesoro”


La categoría “Juventud” no se refiere, evidentemente, a un grupo etario. Más allá de la caracterización psicosocial y afectiva propia de la disciplina denominada sicología evolutiva, la sociología, desde hace mucho tiempo insiste en la connotación cultural que tiene, hasta el punto de no dudar en atribuirla, como construcción social, a la época moderna, particularmente en la segunda mitad del siglo XX. Tiene que ver, naturalmente, con la expansión del aparato educativo y la prolongación de la vida escolar. Un espacio vital se abre, entre la adolescencia y el mundo del trabajo. Un espacio que antiguamente no existía. Salvo en los vástagos de las familias de la nobleza, en donde podía contemplarse una etapa de “preparación” para las funciones de mando; por el contrario, el niño del campo o de las ciudades era vinculado rápidamente al trabajo. En las niñas cuyo destino, como se sabe, aun en la nobleza, era el matrimonio, es evidente la inexistencia de esta etapa.


Las investigaciones históricas y antropológicas lo corroboran. Aunque era ya tan reconocido como hecho evidente que ni siquiera merecía estudio, los acontecimientos del mayo del 68 le dieron un aliento adicional al tema en el discurso eurocéntrico. Puede recordarse el libro ya clásico de Margaret Mead “Cultura y compromiso” publicado en 1970 donde trata de explicar como una forma contemporánea de relación intergeneracional que denomina prefigurativa, el “desafío de la juventud”, como se decía entonces. A Touraine, por su parte, encontró en el movimiento estudiantil, que tenía enfrente, el punto de partida de su enfoque de los “nuevos movimientos sociales”.


No obstante, aun en la época moderna conservan pertinencia las diferencias de clase social. Como nos lo recuerda M. Sagrera: ¡Es que los pobres no pueden darse el lujo de ser jóvenes! (5). Por eso, en el imaginario social, fortalecido por las industrias culturales y los grandes medios de comunicación, la juventud no deja de asociarse con un grupo social, de ciertas edades claro está, pero también estudiantil, de clase media y urbano. Es decir, para el capitalismo, es considerada fundamentalmente como grupo de consumo, como nicho de mercado.


Otra cosa es que, al mismo tiempo, durante toda esta historia, este grupo, en todos los países, también haya sido movimiento social, particularmente combativo y radical, lleno de ideales alternativos y motor principal de las transformaciones en el campo cultural. Como parte del movimiento popular; a veces diferenciado, como dinámicos agrupamientos intelectuales o, más claramente como movimiento estudiantil (6), y otras veces incorporado en el seno de otros movimientos sociales, incluido, por supuesto, el de los trabajadores. He ahí un punto de partida adecuado para entender los cambios que se están presentando no sólo en Colombia sino en todo el mundo.


La dinámica de un levantamiento popular


La última razón por la cual la juventud ha resultado ser la protagonista es tan obvia que se pasa por alto. Lo que estamos viviendo en Colombia, con sus antecedentes en noviembre de 2019 y en septiembre del año pasado, es un levantamiento popular que ha cubierto todo el territorio nacional y se ha prolongado más de un mes. Muchas y diversas han sido sus expresiones, con motivaciones (¿objetivos?) que cambian de importancia, alternándose, y con actores sociales que entran y salen y se involucran en unas u otras formas de expresión. Como había ocurrido hace dos años, el punto de partida fue la convocatoria a un paro nacional cuyo objetivo, en cierta forma reiteración de las exigencias pendientes desde entonces, era la negociación de un “pliego de emergencia”.


En Colombia, sin embargo, la denominación de Paro Nacional no se refiere, como en otros países, a una declaratoria de huelga general, pese a ser convocado por organizaciones sindicales. Es una jornada de protesta de un día cuya fuerza se demuestra en la amplitud y calidad de las movilizaciones, principalmente urbanas, y sólo a partir de ellas podría esperarse una parálisis de la actividad económica. Pero, nuevamente, las razones de la protesta –y de la rabia– fueron tan poderosas que la dinámica social se desbordó; continuó en los días siguientes, haciendo de la toma de las calles –y de las carreteras– un ejercicio permanente de protesta. Con un salto cualitativo. A diferencia de las ocasiones anteriores, se encontró en los llamados “bloqueos”, que son operaciones de destacamentos, una forma apropiada de lucha. En los países del Cono Sur se les llama “cortes de vías”; hace veinte años, en Argentina, por las características descritas, se habló del movimiento de los “piqueteros”. Una forma de lucha que, dada la certeza de que se prolongaría en el tiempo, dio a la protesta las características de resistencia. Pues bien, en estas circunstancias, en este tipo de lucha, es evidente que son los jóvenes quienes tienen las mejores condiciones para encarnar la vanguardia.


Dos rasgos fundamentales, a tono con lo dicho anteriormente, deben subrayarse. El primero tiene que ver con la ruptura de las fronteras entre el estudiante y el trabajador. Es cierto que en lo más fuerte y persistente de las manifestaciones predomina la juventud; pero, contrariamente a lo que repiten los medios y se vuelve como una inercia del pensamiento en los adultos que miran, no es ya la “clásica” movilización de los “estudiantes universitarios”, sino una categoría nueva de “trabajadores-estudiantes” no sólo porque muchos son en sí mismos ambas cosas, o son jóvenes desempleados, sino porque así se sienten todos.


Ello remite al segundo rasgo. También en contradicción con las “inercias del pensamiento”, no es cierto que el énfasis de la rabia y las exigencias de estos jóvenes esté puesto en la Educación Superior y sus problemas (aunque, claro, también han estado entre sus demandas), en realidad se preocupan por su futuro; al igual que toda la multitud, denuncian la amenaza de la reforma tributaria y todo el conjunto de reformas y políticas que, como se sabe, tiene que ver con las condiciones sociales de la población, en general. Para sorpresa de muchos observadores, en su necedad, esto sería un asunto “sindical”.


La incomprensión acerca de la dinámica de este levantamiento no se detiene ahí. Como queda sugerido en lo antes dicho, entre los analistas de todas las clases, hay una suerte de obsesión por precisar “los objetivos”. Obsesión que no permite entender la dinámica y la complejidad de la explosión social. En efecto, una palabra que hemos usado repetidamente es “rabia”; habría que añadirle desilusión y escepticismo, pero sobre todo asco. Y seguramente odio, aunque ya no sea de buen recibo en estos tiempos de paz, amor y reconciliación Más que objetivos lo que hay son blancos. Uno de ellos, por supuesto, es el Esmad. Resulta insulso entonces agregar que se busca una reforma de la Policía. Y sobra decirlo: el principal objeto del odio es Duque (y su mentor). Tampoco viene al caso interpretar que se busca su renuncia.


Estos son los sentimientos que constituyen la sustancia del levantamiento. Son secundarios los objetivos. Y aunque los jóvenes, por sus características, probablemente sean los más proclives a expresarlo así, también existen en los demás sectores populares. Desde luego, como esta dinámica social suele describir un ciclo, no faltarán las buenas almas que finalmente logren convencer a los jóvenes para que precisen y cuantifiquen sus objetivos a negociar.


La funcionalidad de los piropos envenenados

Como se decía al principio, la reducción del levantamiento popular a una explosión juvenil, y de lo juvenil a lo estudiantil, termina siendo una operación bastante conveniente para las alturas del poder y particularmente para el Gobierno. Para empezar, permite concentrar y simplificar los objetivos, después de retirada la reforma tributaria, en lo educativo. Por otra parte, significa trazar la línea divisoria en lo generacional, escamoteando lo social y económico. El gobierno escoge así los interlocutores válidos. Como si fuera poco, en ello parece contar con la ventaja de poder mostrar no pocos funcionarios “jóvenes”: entre otros, un Ministro de Vivienda de 36 años, el recién nombrado Consejero de Paz con 32 años y la joya de la corona, una ministra afrocolombiana de 31 años, originaria de una de las regiones más azotadas por la pobreza y la violencia. El propio presidente apenas pasa los 42 años. En cambio, la absoluta mayoría del Comité Nacional de Paro ya supera los sesenta años. Nadie podría decir entonces que el régimen político en Colombia es “adultocéntrico”. Finalmente, logra que el conjunto de la población quede excluido del conflicto. Dadas las enormes exigencias de la lucha, poco a poco tiende a volverse cierto que es un “problema de los jóvenes”. El tiempo corre a favor del Gobierno.


Esto ha sido manejado eficazmente en el plano simbólico. Hemos dicho que el protagonismo de la juventud forma parte ya del imaginario colectivo. Pero es reforzado una y otra vez por políticos y analistas. Y no siempre con una carga negativa o de condena; al contrario, suele estar revestido de elogios. Los adultos que, atenazados por la angustia de la pérdida del “divino tesoro”, saludan la nueva generación que ¡logrará lo que ellos no pudieron! Hasta el extremo de lo grotesco. Hace unos días se convocó en Bogotá a una demostración que dio en denominarse la “cuchimarcha” (7). Aparte de la autodesvalorización que representaba para los adultos mayores que la convocaban, lo más grave era su autoexclusión, la declaración abierta de que no se sentían involucrados en la protesta, en el enfrentamiento. El objetivo de la marcha era un llamado a la “solidaridad con ellos”, con los jóvenes.


La lógica que van imponiendo, en este orden de ideas, y contra la cual valdría la pena reaccionar, es la proliferación de los “mediadores”. Gentes y organizaciones, que se colocan “por encima del bien y del mal”, condenan la violencia “venga de donde viniere” y por tanto se sienten con autoridad para “ayudar a que los jóvenes y el gobierno comiencen a dialogar”. Entre tanto, las razones de la protesta y la rabia continúan vigentes. Aunque el natural proceso de desgaste ya va debilitando la fuerza social, no puede descartarse un renacer inmediato con más fuerza. Pero hay algo más importante: los procesos organizativos y de articulación que se han dado en los diversos puntos de resistencia anuncian, desde ya, hacia el próximo futuro, un nuevo salto cualitativo.

 

1. Ver: www.dane.gov.co /index.php/estadisticas-por-tema/demografia-y-poblacion/censo-nacional-de-poblacion-y-vivenda-2018
2. Ibídem. El Dane presenta también un grupo cuya clasificación sorprende, el de “educación superior” (entre 18 y 26 años) cuya participación igualmente creciente habría llegado en 2018 a 16.0 por ciento.
3. ESTADÍSTICAS - SNIES - Ministerio de Educación Nacionalhttps://snies.mineducacion.gov.co
4. Algunas de estas reflexiones y de las que siguen fueron presentadas y desarrolladas en un Informe de Consultoría (interno y por tanto no publicado) para la organización Internacional “Terre des hommes” en agosto de 2019.
5. Sagrera, M., El Edadismo. Editorial Fundamentos, Madrid, 1992
6. Esta última forma fue la característica de la segunda mitad del siglo XX. En 1971, en Colombia, frente a las tesis que consideraban el conjunto de los estudiantes como una fracción de clase (pequeñoburguesa) o una categoría social, decíamos que su identidad social provenía justamente de su ser en movimiento, fuera del cual sólo existía una dispersión de individuos heterogéneos. Sin desconocer, claro, que un esfuerzo organizativo podía convertirlos, a partir de ciertos intereses comunes, en una especie de gremio.
7. En Colombia, tal vez desde los años setenta del siglo pasado, se acostumbra llamar cuchos y cuchas a los viejos y viejas. Generalmente en un tono de burla. Por ejemplo, a la mujer de edad que, a juicio de los machos jóvenes, se viste y comporta como una muchacha, se le llama “cuchibarbie”.

 

*Economista. Integrante del Consejo de redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia

 

 

 

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