Denuncian a nueve grandes mineras por querer operar en tierras protegidas de Brasil

Duro informe de la ONG Amazon Watch y la Asociación de los Pueblos Indígenas de Brasil

Impulsadas por miles de millones de dólares de bancos internacionales y firmas de inversión, grandes compañías mineras buscan expandirse por tierras indígenas protegidas en la selva amazónica de Brasil, sostiene un informe publicado este martes. Nueve mineras gigantes, entre ellas la brasileña Vale, la británica Anglo American y la canadiense Belo Sun, presentaron solicitudes de autorización para explotar reservas indígenas en Brasil a pesar de que actualmente es ilegal, según un informe de la ONG ambientalista Amazon Watch y la Asociación de los Pueblos Indígenas de Brasil (APIB).

El documento sostiene que dicha expansión privada "está en el centro de la intensa agenda del gobierno de Jair Bolsonaro para desmontar la legislación ambiental y apoyar al sector minero, la apertura de los territorios indígenas para la minería industrial y a la pequeña o artesanal (llamados garimpos)". Además apunta a los fondos estadounidenses Capital Group, BlackRock y Vanguard como los principales financistas de "las empresas citadas por sus intereses en tierras indígenas y por su historial en violación de derechos".

La aprobación del proyecto de Ley 191/2020 del gobierno de Bolsonaro "puede causar la pérdida de 160 mil km2 de selva amazónica", señala el informe, que agrega que en 2021 la deforestación vinculada a la minería aumentó un 62 por ciento respecto a 2018, año en el que Bolsonaro llegó al poder.  

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La democracia interpelada por la Madre Tierra

“La estupidez es una fuerza cósmica democrática. Nadie está a salvo. Y ya sea en el norte, el sur, el este o el oeste, cometemos las mismas estupideces una y otra vez. Parece existir algo que nos hace inmunes a la experiencia” (Manfred Max-Neff 1993)

La humanidad se encuentra en una encrucijada. No es para nada exagerado afirmar que como nunca antes los seres humanos están ahora obligados a encontrar respuestas estructurales y urgentes para cambiar el curso de un proceso que se perfila cada vez más como un suicidio colectivo, al menos para millones de los habitantes del planeta. Los crecientes problemas sociales en términos de pobreza y desigualdad, hambre y enfermedades, violencias e inequidades múltiples, con claras muestras de debilidad de las de por si frágiles instituciones políticas, configuran la una cara del problema. En la otra orilla, estrechamente vinculado a lo anterior, el calentamiento global, la pérdida de calidad y disponibilidad del agua, la erosión de la biodiversidad silvestre y agrícola, la desaparición de suelos agrícolas, el  agotamiento de los recursos y el cada vez más limitado acceso a los mismos, las diversas formas de contaminación y los enormes desperdicios que ahogan el planeta, desembocan ya en un colapso ambiental. Y lo más preocupante radica en la ausencia de respuestas que vayan a la raíz de tantos problemas y retos.

La tragedia sanitaria nos ha servido para comprender mejor estas interrelaciones entre lo social y lo ambiental. Aceptemos que la crisis ecológica está en la origen de la pandemia del coronavirus; sea porque este virus tiene una raíz zoonótica, que es lo más probable, o inclusive si fuera un accidente por una mutación de laboratorio, ese sería un caso de afectación al ciclo de la evolución natural de algún otro virus o algo por el estilo. Y no solo eso, esta crisis multifacética que nos ahoga, con claros rasgos civilizatorios, no puede ser simplemente leída como una acción generalizada de los seres humanos, es decir del antropoceno. La realidad nos dice, si somos acuciosos en nuestros análisis, que en realidad la forma de organizarnos los humanos en la civilización: el capitaloceno -agudizado por su profundización neoliberal-,es la causante de este proceso que  pone cada vez más en riesgo la existencia de millones de seres humanos y no humanos.

Los riesgos de negar lo innegable

Lo grave, y a la vez indignante, es constatar que las personas que encarnan puestos de liderazgo político, empresarial, académico o comunicacional, con muy pocas excepciones, niegan, con sus acciones, estas vinculaciones. Se encuentran más preocupadas en el corto plazo, en dar respuestas a sus intereses inmediatos, antes que en la discusión, la búsqueda y la cristalización de respuestas de fondo. En el mejor de los casos avanzan buscando soluciones que mitiguen un poco estos graves problemas, lo que, con mucha frecuencia, termina por ahondas los problemas de fondo. Veamos, a moco de referencia, lo que realmente significan esas economías pintadas de colores o circulares que, más allá de sus buenas intenciones, no cuestionan para nada la civilización del capital, por el contrario, en realidad, la protegen. Y en el ámbito político, sin negar para nada que la economía es siempre política, quienes nos gobiernan están más preocupados en las próximas elecciones que en el futuras generaciones.

El asunto es aún más complejo si reconocemos que las grandes corporaciones y los gobiernos de los países más ricos ocultaron información y retrasaron la acción necesaria para hacer frente al colapso climático. No solo eso, es común encontrar poderosos grupos negacionistas a pesar de las evidencias cada vez más indiscutibles de la descontrolada evolución de fenómenos ambientales y de procesos sociales que están desbaratando las bases del mundo en que vivíamos, que ya de por si eran insostenibles.

Todo lo anterior se complica aún más cuando constatamos que las respuestas para salir de la crisis del coronavirus, que agudizó las tendencias recesivas prevalecientes, apuntan a recuperar -a como de lugar- la senda del crecimiento económico en el marco del business as usual. Esto, para los países empobrecidos por el sistema capitalista, demanda apostar por el incremento de las exportaciones de materias primas forzando la ampliación de las fronteras extractivistas, con el consiguiente incremento de la destrucción ambiental. A la par, para dizque alcanzar mejores niveles de competitividad se ahonda aún más la flexibilización laboral, provocando una mayor precarización del trabajo. Y todo buscando el concurso de empresas extranjeras, sobre todo transnacionales, que carcomen sistemáticamente la capacidad de respuesta de Estados sumisos, lo que debilita la misma democracia.

En Nuestra América, el modelo de Estado está matizado por una ambigüedad fundacional en la construcción de “la nación”. Tal matiz, sustentado en la colonialidad del poder, resultó excluyente y limitante para el avance cultural, productivo y social en general. Nuestros Estado-nación en ciernes permanentemente, son funcionales al sistema-mundo, en tanto son dependientes de la lógica de acumulación capitalista global. A pesar de ese hecho, los debates sobre el Estado muchas veces se limitaron a coyunturas importantes, pero menores en esencia. Y por eso mismo gemos sido incapaces de profundizar en las soluciones requeridas.

En suma, más de lo mismo, como es evidente, desembocará en más de lo peor.

El fracaso de los parches en odre viejo

En este punto afloran las costuras de las políticas parche. El conservacionismo no basta para resolver los problemas: asegurar la intangibilidad de importantes zonas de vida silvestre, siendo importante, no es suficiente si simultáneamente no se detiene la expansión de los extractivismos en otras áreas, para mencionar un tema. Igualmente, a través de las políticas sociales solo se consigue paliar la pobreza, la desnutrición, las enfermedades, es decir todas aquellas pandemias sociales tan propias de la civilización del capital, pero por esta vía no se abordan los temas estructurales. Estamos, además, en un momento en el que debemos entender que tampoco son suficientes las respuestas individuales.

Aceptemos una evidencia, todavía difícil de digerir por parte de muchas personas. La gran disponibilidad de recursos naturales, en particular minerales o petróleo, acentúa la distorsión de las estructuras económicas y de la asignación de factores productivos en los países ricos en recursos naturales; una situación impuesta desde la consolidación del sistema-mundo capitalista. Así, muchas veces, se redistribuye regresivamente el ingreso nacional, se concentra la riqueza en pocas manos, mientras se incentiva la succión de valor económico desde las periferias hacia los centros capitalistas. Esta situación se agudiza por varios procesos endógenos y “patológicos” que acompañan a la abundancia de recursos naturales. En este contexto se genera una dependencia estructural pues la supervivencia de los países depende del mercado mundial, donde se cristalizan las demandas de la acumulación global.

En suma, recorriendo nuestras atormentadas historias de economías primario exportadoras, de sociedades clientelares y de regímenes autoritarios, parecería que nuestros países son pobres porque son “ricos” en recursos naturales. La miseria de grandes masas parecería ser, por tanto, consustancial a la presencia de ingentes cantidades de recursos naturales (con alta renta diferencial). La Naturaleza nos “bendice” con enormes potenciales que los seres humanos los transformamos en maldición… una real, compleja y cruda conclusión. Y en este empobrecimiento casi estructural, la violencia no solo  es determinante, es también sistémica.

Esto es medular. La violencia en la apropiación de recursos naturales, extraídos atropellando todos los Derechos (Humanos y de la Naturaleza), no es una consecuencia sino una condición necesaria para poder apropiarse de los recursos naturales. Apropiación que se hace sin importar los impactos nocivos —sean sociales, ambientales, políticos, culturales e incluso económicos— de los propios extractivismos. El extractivismo, levantando la promesa de progreso y desarrollo, se impone violentando territorios, cuerpos y subjetividades. De hecho, la violencia extractivista hasta podría verse como la forma concreta que toma la violencia estructural del capital en el caso de las sociedades periféricas condenadas a la acumulación primario-exportadora. Tal violencia estructural del capitalismo es una marca de nacimiento pues —como bien señaló Marx— este sistema vino “al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza[2].

A pesar de esas constataciones, los dogmas del libre mercado, transformados en alfa y omega de la economía —ortodoxa— y de la realidad social en general, tozudamente siguen recurriendo al viejo argumento de las ventajas comparativas. Los defensores del librecambismo recetan  aprovechar aquellas ventajas dadas por la Naturaleza y sacarles el máximo provecho (cual torturador que busca una confesión a cualquier precio). Más aún ahora para superar -dicen- el bache del coronavirus.  Y, para colmo, los dogmas librecambistas que acompañan al extractivismo son varios: la indiscutible globalización, el mercado como regulador inigualable, las privatizaciones como camino único a la eficiencia, la competitividad como virtud por excelencia, la mercantilización de todo aspecto humano y natural…

Dicho esto cabe preguntarnos cómo abordar los retos que tenemos entre manos, cuando la real politik no demuestra estar sintonizada con estas urgencias. No solo eso. La falta de comprensión de lo que está sucediendo por parte de quienes podrían liderar las transiciones que son indispensables para enfrentar estos complejos retos, se ve agravada por la emergencia de discursos y grupos políticos que alientan respuestas de nacionalismo a ultranza, intolerantes y autoritarias, xenófobas y racistas, con atisbos de un fascismo que comienza a hacerse presente en diversos gobiernos. Reconocer estas tendencias no puede llevar a minimizar las respuestas expresadas de forma diversa desde lo más profundo de sociedades en movimiento que no están dispuestas a aceptar tantas destrucciones e injusticias. Veamos solamente las explosiones sociales registradas en varios países de Nuestra América / Abya-Yala desde fines del año 2019: Ecuador, Colombia, Chile, Perú, Brasil…

Colombia, una mirada desde afuera

Sin entrar en una análisis detenido de la trascendencia de estos procesos diversos e incluso hasta contradictorios, me gustaría borronear un par de líneas sobre la realidad colombiana aún sin ser un ciudadano o un conocedor de toda su complejidad.

El año 2016 parecía que marcaba un nuevo comienzo en la historia de Colombia. Con la ratificación del acuerdo entre el Estado colombiano con las FARC se pretendía poner fin a un período de más de 50 años de hostilidades. Igualmente quedó abierta la puerta para la negociación entre el Gobierno nacional y el Ejército de Liberación Nacional – ELN. Como es ampliamente conocido esas expectativas no se han cumplido tal como se ansiaba. Hay muchos temas por resolver a más de las acciones violentas con las que determinados grupos de poder -formal e informal- no están dispuestos a transitar por el camino de la Paz.

Con el fin del conflicto armado en Colombia, como se anticipo oportunamente, se dio paso a una exacerbación de los conflictos socio-ambientales que han caracterizado la larga historia de actividades extractivas y de los métodos violentos que han primado en este país para lidiar con dichos conflictos. Recordemos que el Gobierno de Colombia depende del sector extractivo como generador de ingresos, y ha asignado grandes áreas a inversionistas privados para el desarrollo de actividades asociadas con la extracción petrolera, minera, y los monocultivos para exportación. Para superar la crisis del coronavirus, como lo hacen todos los gobiernos de los países vecinos, el Gobierno colombiano fuerza aún más los extractivismos, que incluso son vistos como una fuente fundamental de financiamiento de muchos compromisos del proceso de transición a la paz.

En algunas áreas en donde disminuyó desapareció el conflicto armado quedó expedito el acceso a las áreas previamente afectadas por la guerra. Lo que exacerba la violencia intrínseca a los mismos. En este contexto, alentados por las demandas derivadas de la crisis e influenciadas por los intereses de los grandes grupos extractivistas, se ha visto como se han ido cerrando aquellos espacios de participación democrática que comenzaron a construir una forma concreta de cómo podían intervenir las comunidades de forma vinculante y consecuente en las decisiones sobre el uso de los bienes naturales locales en actividades que podrían impactar sus medios de vida y su entorno. Me refiero concretamente al freno aplicado para detener las consultas populares que encontraron su punto de partida el 28 de julio de 2013, en el municipio de Piedras, Tolima. Allí la alianza entre los campesinos, los grandes productores de arroz, y las entidades municipales, junto con el apoyo de varios comités ambientales, estudiantes y asesores legales activaron el mecanismo de consulta popular, que luego se extendió por todo el país. Y que ahora, al haber sido bloqueado, en un ambiente de crecientes presiones extractivistas, incrementará las tensiones y las violencias.

Lo que preocupa es que el mensaje central de las movilizaciones por la democratización ambiental, es decir reconsiderar la relación de nuestras sociedades con la Naturaleza, no tiene cabida efectiva en las discusiones de la existente institucionalidad democrática.

La radicalización de la democracia como camino

En este escenario, con violencias, desigualdades, inequidades, injusticias y destrucciones sin precedentes en los más diversos ámbitos de nuestras sociedades, dar paso a formas fundamentales de democratización resulta imprescindible. Permitir, defender y fomentar la participación de la sociedad en la toma de decisiones en materia ambiental y territorial en el contexto de la transición a una sociedad que pueda resolver sus conflictos sin el uso de la violencia, representa una transformación de los conflictos ambientales en escenarios de democratización. La democratización ambiental es un asunto fundamental para alcanzar la paz con justicia social y ambiental, pues la una no existe sin la otra.

Debemos tener presente que los gobiernos de estas economías primario-exportadoras no sólo cuentan con importantes recursos –sobre todo en el auge de los precios– para asumir la necesaria obra pública y financiar políticas sociales, sino que pueden desplegar medidas y acciones que coopten a la población para asegurar una “gobernabilidad” que permita introducir reformas y cambios pertinentes desde sus intereses.

Además, la mayor erogación pública en actividades clientelares reduce las presiones latentes por una mayor democratización. Se da una “pacificación fiscal”, dirigida a reducir la protesta social. Ejemplo son los diversos bonos empleados para paliar la extrema pobreza, sobre todo aquellos enmarcados en un clientelismo puro y duro que premia a los feligreses más devotos y sumisos.

Los altos ingresos del Gobierno le permiten desplazar del poder y prevenir la configuración de grupos y fracciones contestatarias o independientes, que demanden derechos políticos y otros (derechos humanos, justicia, cogobierno, etc.). Incluso se destinan cuantiosos recursos para perseguir a los contrarios, incluyendo a quienes no entienden ni aceptan las “indiscutibles bondades” extractivistas y las políticas aperturistas que les son inherentes a los extractivismos. Estos gobiernos pueden asignar cuantiosas sumas de dinero para reforzar sus controles internos incluyendo la represión a opositores. Además, sin una efectiva participación ciudadana se da vacía la democracia, por más que se consulte repetidamente al pueblo en las urnas. Por eso mismo las buenas intenciones desembocan, con frecuencia, en gobiernos autoritarios y mesiánicos disfrazados de izquierdistas. Ese ha sido el transitar de los gobiernos progresistas en América Latina.

A la postre, la mayor de las maldiciones es la incapacidad para enfrentar el reto de construir alternativas a la acumulación primario-exportadora que parece eternizarse a pesar de sus inocultables fracasos. Es una violencia subjetiva potente que impide tener una visión clara sobre los orígenes y hasta las consecuencias de los problemas, lo que termina por limitar y hasta impedir la construcción de alternativas.

Un nuevo horizonte histórico emerge, en donde irrumpe la emancipación del eurocentrismo. Emancipación que convoca a una lucha social para prescindir del capitalismo. Esa será la única forma de abandonar una existencia social cargada de dominación, discriminación racista/étnica/sexista/clasista, explotación económica, donde el Estado es solo un ladrillo más del gran muro llamado capital. Esto reclama nuevas formas de comunidad y de expresar diversidad social, solidaridad y reciprocidad. Apunta, por igual, a terminar la homogeneidad institucional del Estado-nación, construyendo instituciones distintas, buscando igualdades en las diversidades. Este nuevo Estado deberá aceptar y propiciar autonomías territoriales de los pueblos y nacionalidades, de las comunidades y de los individuos. Todo esto, en esencia, significa crear democráticamente una sociedad democrática, como parte de un proceso continuo y de largo plazo, en el que la radicalización permanente de la democracia es insoslayable.

Por Alberto Acosta | 18/02/2022

Nota:

[2] Marx, Karl. El Capital, Tomo I, Vol III, pág. 950. México, Siglo XXI, 2005 [1975]

Alberto Acosta. Economista ecuatoriano. Compañero de luchas de los movimientos sociales. Profesor universitario. Ministro de Energía y Minas (2007). Presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008). Autor de varios libros.

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Bajo la marea negra: el poder de las multinacionales de los combustibles fósiles

 

Las compañías petroleras contaminan el medio ambiente de las regiones pobres y celebran ganancias récord en los mercados bursátiles. El movimiento climático debe encontrar una manera de resistir. Dos activistas explican como puede funcionar esto.

Un vistazo rápido a los titulares de las últimas semanas podría dar la impresión de que 2022 no comenzó particularmente bien para la industria petrolera: en Perú, el grupo español Repsol fue responsable de un grave desastre petrolero a mediados de enero después de que miles de barriles de petróleo se vertieran en un accidente de un petrolero. Las imágenes de las playas contaminadas dieron la vuelta al mundo y el país sudamericano declaró el estado de emergencia medio ambiental. Solo unos días después, el vecino Ecuador también experimentó una grave crisis. En medio de la selva amazónica, un deslizamiento de tierra dañó un oleoducto. Más de un millón de litros de petróleo se vertieron en las regiones circundantes [regiones de selva amazónica en la frontera de las provincias de Napo y Sucumbios, con riesgo inmediatamente declarado de contaminación del río Coca].

Casi al mismo tiempo también se acumularon informes procedentes del este de Tailandia. Después de una fuga en un oleoducto submarino, se formó una marea negra que se extendía rápidamente y el gobierno tuvo que cerrar las “playas de ensueño” de la región de Rayong, que eran populares entre los turistas. En Argentina miles de personas han estado tomando las calles durante semanas para protestar contra las decisiones adoptadas por el gobierno poco antes del fin de año 2021. Estas permitirían al grupo argentino YPF, al grupo noruego Equinor y a Shell buscar materias primas fósiles en la costa utilizando métodos sísmicos. Estos métodos están asociados con un enorme ruido bajo el agua y representan una amenaza directa para la orientación de los animales marinos.

Las empresas celebran el éxito en el mercado de capitales

Sin embargo, si nos fijamos en los mercados bursátiles, la situación es bastante diferente: la industria del petróleo y el gas está en auge. Hay un estado de ánimo de celebración, por ejemplo, en la compañía petrolera Shell, que ha multiplicado por catorce(!) sus ganancias en el último trimestre de 2021. Exxon Mobil registra las mayores ganancias en siete años. Incluso el grupo español Repsol, que estuvo involucrado en varios escándalos, ha pasado el mes económicamente sin mayores problemas. Esto muestra lo bien que están organizadas las empresas fósiles. Los gobiernos a menudo tienen poco con lo que oponerse a ellas, especialmente en los países donde se extraen las materias primas. Dado que la facturación anual de algunas corporaciones supera el rendimiento económico de países enteros, esta impotencia no es sorprendente.

Pero, ¿qué significa esto para el movimiento de resistencia climático, cuya resistencia hasta ahora parece estrellarse debido a la influencia de la poderosa industria del petróleo y el gas? En los países donde se extraen principalmente los recursos, las y los activistas están experimentando una enorme represión. Regularmente, las y los ecologistas son amenazados o incluso asesinados. Sin embargo, en una sociedad racista, poco importa lo que ocurra en los países del Sur. En los países en los que se encuentran las sedes de las empresas transnacionales, este tema está muy a menudo ausente de la retórica del movimiento de protesta. Los gobiernos incluso consideran a las industrias fósiles como socias en la lucha contra la crisis climática.

Un día de acción internacional

Por lo tanto, el movimiento climático se enfrenta a dos desafíos: en primer lugar, los crímenes ecocidas de las corporaciones fósiles en los países del Sur y su influencia masiva en las sociedades del Norte deben ser situadas en el centro de atención. En segundo lugar, las preocupaciones de las personas de las regiones más afectadas deben estar situadas en primer plano. Porque son ellas quienes han resistido durante mucho tiempo frente a las estructuras de poder neocoloniales de las corporaciones multinacionales.

Un día internacional de acción contra el capitalismo fósil organizado con poca antelación el viernes pasado, 4 de febrero, mostró cómo esto puede funcionar. Como consecuencia de los numerosos desastres petroleros de las últimas semanas, más de 50 grupos de 19 países se reunieron bajo el lema de una Global Coastline Rebellion (Rebelión costera global). Las protestas fueron apoyadas en particular por grupos de los países del Sur, como Argentina, Perú y Sudáfrica. Mediante varias acciones, pidieron un levantamiento mundial de las comunidades costeras contra aquellas corporaciones que destruyen sus medios de vida.

Una cuestión de deuda climática

También se produjeron manifestaciones contra la industria fósil, incluida la empresa alemana Wintershall DEA, en Hamburgo y Berlín. El movimiento climático europeo se unió a grupos de América Latina. Las protestas se centraron, entre otras cosas, en la demanda de reparaciones a las comunidades dañadas y la cancelación de la deuda de los países del Sur. A cambio, las materias primas fósiles se dejarían en el suelo: deuda climática contra deuda financiera, o "climate debt swap” (intercambio de deuda climática), como lo llamó el activista argentino Esteban Servat.

La orientación internacional de las protestas, tanto en sus reivindicaciones como en su organización, es importante. Solo de esta manera se pueden desenmascarar las contradicciones de la política de ubicación climática/nacionalista del gobierno federal de Alemania, que transfiere de forma mal definida los costes de una transformación supuestamente ecológica del capitalismo a los países del Sur. Pero sin restringir drásticamente el poder de las compañías de petróleo y gas con sede en el Norte y organizar democráticamente la producción de energía, los objetivos climáticos tanto en el Norte como en el Sur serán inalcanzables. Esto requiere una presión masiva desde abajo.

Un solo día de acción es solo una gota en el océano. Pero la amplitud de la movilización espontánea muestra lo grande que es el potencial para un movimiento climático orientado internacionalmente. Sin embargo, aún más notable que el tamaño de los grupos y países involucrados es la inversión exitosa de las relaciones de poder anteriores: las preocupaciones de las y los directamente afectados por la extracción de materias primas fósiles se han colocado en el centro de las protestas de un movimiento de justicia climática en su mayoría blanco y eurocéntrico. La gente se reunió más allá de los movimientos y países, en una acción dirigida por el Sur contra instituciones neocoloniales como el FMI, el Banco Mundial y las empresas transnacionales. Como recordó uno de los organizadores en Berlín: "Tal vez éste pueda ser el comienzo de una nueva forma de movilizarse; en la que el Norte puede unirse con el Sur y llevar a cabo la lucha contra las corporaciones que nos matan".

09/02/2022

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

Al encontre (Artículo publicado originalmente por la revista Der Freitag).

*Louise Wagner es socióloga y forma parte de varias alianzas internacionales que luchan por la justicia ambiental y climática. Elias König es el autor de Klimagerechtigkeit warum wir braucht eine sozial-ökologische Revolution (Unrast-Verlag) (La justicia climática: por qué necesitamos una revolución socioecológica) y participa en la alianza Shell Must Fall.

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Las trampas del “cero neto” y la geoingeniería

«Más de 1500 empresas transnacionales, incluidas las mayores petroleras y automotrices, las empresas de agronegocios y alimentarias, las mayores financieras y gestoras de activos, las gigantes tecnológicas, han anunciado que alcanzarán estas “cero emisiones netas” entre 2040 y 2060».

Este artículo forma parte de la revista Biodiversidad, sustento y culturas #111

El hilo rojo con que los grandes contaminadores nos quieren hacer creer que están actuando para enfrentar la crisis climática es el concepto “cero neto”. Se refiere a que en lugar de reducciones reales de las emisiones de los gases con efecto de invernadero (GEI), se puede seguir aumentando las emisiones si se las “compensa” con medidas tecnológicas o de mercado. Sin cambios reales, plantean hacer sumas y restas que resultarían en cero emisiones “netas” ( https://tinyurl.com/ypsyfmhm)

Más de 1500 empresas transnacionales, incluidas las mayores petroleras y automotrices, las empresas de agronegocios y alimentarias, las mayores financieras y gestoras de activos, las gigantes tecnológicas, han anunciado que alcanzarán estas “cero emisiones netas” entre 2040 y 2060. Esta lógica se basa en tres pilares: las llamadas “soluciones climáticas basadas en la naturaleza”, que incluyen desde megaplantaciones y monocultivos a la apropiación, conversión y/o redefinición de todo tipo de áreas naturales y agrícolas como áreas prioritarias de captura de carbono; una serie de técnicas de geoingeniería (que aún no existen) desplegadas a gran escala para captar carbono o reflejar la luz solar para bajar la temperatura; nuevos mercados de carbono para comerciar créditos de carbono en suelos agrícolas, mares y humedales, junto a mercados de “compensaciones” por contaminación ambiental y destrucción del clima y la biodiversidad.

Cada pilar conlleva serios problemas. Por ejemplo, usar más tierras y bosques de los que hay disponibles en el planeta, no funciona para enfrentar la crisis climática pero alienta una ola global de acaparamientos y desplazamiento de comunidades de sus territorios ( https://tinyurl.com/53y57kpj). Justamente, como saben que no será suficiente, muchos de los mismos actores impulsan desde ahora también peligrosas nuevas tecnologías para “aumentar la capacidad de la naturaleza” para absorber carbono (por ejemplo manipulación genética de cultivos, árboles, microbios del suelo) y para captar carbono de la atmósfera con geoingeniería. Además de que al presentarlas como tecnologías climáticas esperan recibir importantes subsidios públicos, también trabajan en la perspectiva de nuevos mercados de carbono que incluyan estas actividades.

Qué es la geoingeniería

La geoingeniería se refiere a un conjunto de propuestas técnicas para intervenir a gran escala el sistema climático del planeta. Estas propuestas, aún estando muy poco desarrolladas, han adquirido un lugar importante para el afincamiento del engañoso concepto de “cero neto”. Gobiernos y corporaciones apuestan a que podrán hacer una remoción masiva de dióxido de carbono de la atmósfera por medios tecnológicos, con técnicas de geoingeniería. Por ejemplo, varios países de América Latina planean la construcción o mejoramiento de infraestructura para la captura y almacenaje de carbono (CAC). El desarrollo de otras propuestas de geoingeniería como la captura directa en el aire (CDA) y la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (BECAC), también se han incluido en las llamadas “contribuciones determinadas a nivel nacional” de varios países, como acción contra el cambio climático. Pese a ello, no está demostrada la viabilidad de estas tecnologías, que tienen un costo prohibitivo y conllevan graves riesgos y efectos secundarios para la gente y los ecosistemas [1].

Todas las técnicas de geoingeniería destinadas a remover CO2 de la atmósfera requieren gran caudal de recursos: energía, tierra, agua, biomasa y/o minerales. Dichas técnicas tendrían que desplegarse a una escala enorme, de lo contrario no tendrían ningún efecto en el cambio climático. El desarrollo de las técnicas RDC (Remoción de Dióxido de Carbono) implica por tanto, el establecimiento de nuevas industrias extractivas transnacionales de gran tamaño, que crearán nuevas emisiones de GEI con la construcción de infraestructura y en la cadena industrial de sus actividades.

Estos sistemas de infraestructura reproducirán y/o profundizarán con toda probabilidad los patrones injustos de extracción y explotación de la tierra y de los recursos que ya existen, aumentando los impactos sobre las comunidades afectadas por las industrias extractivas tanto en el Sur como en el Norte global. A gran escala significan impactos devastadores en comunidades y ecosistemas, como acaparamiento de tierras y violaciones a los derechos humanos.

La perspectiva de expandir BECAC —el enfoque de geoingeniería más favorecido por los modelos climáticos— también conduce a la destrucción a gran escala de la biodiversidad y ecosistemas naturales y a su sustitución por monocultivos de biomasa como materia prima para la producción de energía. Se estima que BECAC en particular promoverá la competencia con las áreas de cultivo de alimentos y por tanto la subida de precios de éstos.

En general, la aplicación de la geoingeniería conllevará riesgos devastadores e impactos ecológicos y sociales injustificables. Y es importante recordar que su capacidad para remover eficazmente grandes cantidades de CO2 de la atmósfera no ha sido demostrada en ninguna parte.

Estados Unidos y China invierten en geoingeniería. Es muy preocupante que Estados Unidos y China, los dos mayores emisores de GEI globales, en su declaración conjunta a la COP26 incluyeron la cooperación para “el despliegue y aplicación de tecnologías como captura, uso y almacenamiento de carbono y captura directa de aire” (CAC y CAD). ( https://tinyurl.com/9rd3w49h)

Esas técnicas de geoingeniería demandan enormes cantidades de energía, agua y ocupación de tierras, por lo que tomadas en su ciclo completo producen más gases de efecto invernadero (GEI) que los que dicen “capturar”. La llamada captura directa de aire se hace con grandes ventiladores que filtran aire y separan el CO2 con solventes tóxicos. Este CO2 se podría volver a usar en combustibles u otros productos, o inyectarlo en fondos geológicos terrestres o marinos, como pozos petroleros ( https://tinyurl.com/253hapnv). Más del 85 por ciento de los proyectos de captura y almacenamiento de carbono planean inyectar ese CO2 para extraer reservas profundas de petróleo que antes no podían acceder, lo que resulta en mayor extracción de petróleo y nuevas emisiones. Con otros usos intermedios, o emiten más gases de los que dicen capturar o solo posponen por un corto tiempo la re-emisión.

Ambos procesos demandan nueva infraestructura, materiales, transportes y conllevan riesgos de contaminación tóxica: el CO2 concentrado y líquido es tóxico para la vida humana, animal y vegetal, los solventes son tóxicos, etc. La alta demanda de energía resulta en el uso de más combustibles fósiles o de energía nuclear —altamente riesgosa y con desechos radioactivos que persisten miles de años— o en una competencia por el uso de energías renovables que no existen en cantidad suficiente y son necesarias para actividades que eviten las emisiones existentes, no para contrarrestar nuevas.

Es significativo que los principales inversores de ambas tecnologías son grandes petroleras, automotoras y mineras como Chevron, Exxon, Occidental, BHP Billiton, Shell, Total, Volkswagen, que esperan así justificar la explotación petrolera y recibir más subsidios públicos y nuevas ganancias en mercados de carbono, al clasificarlas como tecnologías climáticas. (https://tinyurl.com/2djxf94v)

El concepto “cero emisiones netas” es una trampa letal, una coartada para que los contaminadores del clima y el ambiente no cambien nada y hagan nuevos negocios. Malgasta el poco tiempo que tenemos para enfrentar realmente la crisis climática y promueve las riesgosas técnicas de geoingeniería.

– Para descargar el artículo en PDF, haga clic en el suguiente enlace: Las trampas del “cero neto”… (441,30 kB)

 

16 febrero 2022

Notas:

[1] Para una lista detallada de las tecnologías y sus impactos, ver Geoingeniería: El gran fraude climático, Biofuelwatch, Fundación H.Boell y Grupo ETC, 2019.

Publicado originalmente en Revista Biodiversidad, sustento y culturas #111

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Martes, 15 Febrero 2022 04:46

Por la belleza

Por la belleza

“¿Qué tipo de tiempos son estos donde/Hablar de los árboles es casi un delito/Porque implica silencio sobre tantos horrores?” Bertolt Brecht.

El clima se deteriora anunciando un fin de la vida en el planeta y todos lo saben y los políticos dicen que hacen algo, pero todos saben que no es suficiente, ni cerca (para citar a Greta: bla, bla, bla). A la vez, estamos viendo a varios poderes nucleares bailando una especie de coreografía absurda y obscena, con Washington y sus aliados pretendiendo ser los guardianes del "bien" batallando contra las fuerzas del "mal", en un baile verdaderamente infantil. Por otro lado, se acaba de descubrir que el gobierno (la CIA en este caso) sigue espiando en forma masiva a los estadunidenses mucho después de que Edward Snowden alertó al mundo sobre esto y, por ello, está exiliado de su país. Mientras, van más de 900 mil muertos de covid y por alguna razón no provoca gran furia que la mayoría de estas muertes eran evitables; todo mientras los más ricos incrementaron sus fortunas en 70 por ciento desde el inicio la pandemia, y ahora los tres multimillonarios más ricos concentran más riqueza que 50 por ciento de la población. ¿Todo normal?

Más: las locuras de la ultraderecha dominan las noticias, empezando con un ex presidente que violó la Constitución, impulsó un intento de golpe e incita a la violencia armada, y quien se robó de la Casa Blanca documentos oficiales secretos que son propiedad pública, algunos de los cuales destrozó con sus manos y otros con lo que tapó el inodoro en la Casa Blanca; todo, por ahora, sin tener que rendir cuentas a nadie. Ese bufón peligroso junto con otros políticos más decentes siguen nutriendo cada vez mayor cinismo público sobre eso que llaman democracia. En el fondo, todos saben –se ha registrado por años en las encuestas– que el gobierno en general no refleja ni representa los intereses de las mayorías, lo cual acelera esa erosión de credibilidad pública en las llamadas instituciones democráticas. La concentración extrema del poder económico y por lo tanto político que ha llegado a niveles sin precedente en un siglo en este país, ha llevado a que algunos concluyan que esto –el "faro de la democracia"– se parece cada vez más a una oligarquía.

“Los que son dueños de este país… es un gran club, y tú y yo no estamos en él”, recordaba el gran cómico George Carlin. “Los dueños de este país saben la verdad: el sueño americano se llama así porque uno tiene que estar dormido para creérselo” ( https://www.youtube.com/watch?v=KLODGhEyLvk ).

Tal vez todo es un juego. El presidente y todos sus hombres y mujeres junto con grandes intelectuales, analistas, líderes conservadores, centristas, liberales y hasta izquierdistas alertan respecto de que la democracia estadunidense está al borde de caer en el abismo ante amenazas de más intentos de golpes de Estado y hasta guerra civil. Tienen razón en los hechos. Pero tal vez es hasta peor que al sonar esa alarma no hay por ahora una respuesta masiva para defender a la democracia; nadie está saliendo a las barricadas. Más aún, muchos de los mismos que alertan durante el día sobre la crisis existencial de la democracia no cambian ni sus planes de cena. ¿No que era emergencia?

Este torbellino de la vida cotidiana en Estados Unidos que los periodistas estamos obligados a reportar, no es la nota completa, ni necesariamente la más importante. Por supuesto hay rebeliones, denuncias, actos nobles de resistencia y esperanza. Todos los días. En casi todas partes.

También hay belleza en todas sus dimensiones, en bailes, conciertos, teatro y otras artes, como invitaciones a la solidaridad y a la desobediencia contra lo feo y abrazos a la esperanza. Pero a veces, reportar esas cosas, aunque tal vez lo más esencial, puede parecer irrelevante, ¿otra víctima de esos tiempos? Recuerda el lamento de Camus: "Hemos exiliado la belleza; los griegos tomaron armas por ella".

Mientras aprendemos a ser griegos para rescatar la belleza, no hay de otra más que quedarnos con eso que también dijo Brecht: "Quien lucha podría perder, pero quien no lucha ya perdió".

Bruce Springsteen. Living in the Future. https://www.youtube.com/watch?v=I6x06jXRD70

Calle 13. Los idiotas. https://www.youtube.com/results?search_query=los+idiotas+calle+13

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¿Por qué es importante el litio para los saqueadores de Chile?

El miércoles se anunció la adjudicación de 160 mil de las 400 mil toneladas del llamado "oro blanco" que Piñera a poco de terminar su mandato, puso en licitación. La Izquierda Diario de Chile (parte de la Red Internacional) entrevistó al Biólogo Ambiental y Magister en Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable Domingo Lara, quien explica la importancia mundial que tiene ese mineral y quienes son los saqueadores de la riqueza natural de ese país.

 

Chile tiene la mayor reserva mundial de este mineral, fundamental para diversas áreas productivas, sobre todo la electromivilidad. En sus últimos meses de gobierno, Piñera abrió una licitación para que los saqueadores de siempre de las riquezas naturales del país trasandino sigan beneficiándose.

¿Por qué genera tanto interés la extracción del litio en Chile?

Actualmente, Chile representa el 32 % de la producción global del Litio y posee la mayor reserva mundial ubicada en el Salar de Atacama, dentro de una cuenca en el desierto más árido del planeta, junto a Argentina y Bolivia forman el denominado Triángulo del litio.

El litio juega un rol fundamental para el desarrollo tecnológico principalmente para la elaboración de baterías, lo que, en el boom del uso de autos eléctricos, como respuesta ante los autos convencionales, como una tecnología limpia de emisiones de dióxido de carbono, amigable frente al cambio climático, pero detrás se esconde un gran negocio y la destrucción de un ecosistema único, como son los salares.

Esta perspectiva de electromovilidad ha generado un aumento creciente del precio del litio, durante 2020 cerca de dos tercios del litio fue utilizado en la fabricación de baterías de ion-litio. El Bank of American pronostica que el llamado oro blanco se cotizará en US$ 25.550 la tonelada en 2022, con un incremento de 61,5%.

Las principales empresas responsables de la extracción del litio en Chile son SQM y Albemarle. La primera, obtuvo ganancias por US$ 263,8 millones al tercer trimestre del 2021, lo que es un incremento de 170,5% en relación con el año pasado, esta empresa además es célebre por su rol en el financiamiento ilegal de la política y por ser del yerno de Pinochet Ponce Leru. Todo este mega negocio implica un enorme impacto social, ambiental y cultural sobre las comunidades y las condiciones.

¿Cuál es el impacto sobre el ecosistema, en particular sobre el agua?

La cuenca del Salar de Atacama donde está la principal reserva de litio del planeta, para obtenerlo se utiliza un método de extracción de salmuera y evaporación de grandes cantidades de agua en un ecosistema frágil, donde se combinan agua dulce en su margen este y un núcleo hidro salino, donde se encuentra la salmuera. De esta cuenca se extraen casi 2000 litros por segundo de agua en forma de Salmuera y sumado a alrededor de 2000 litros por segundo de agua fresca, afectando el ecosistema. Esto lo hace la gran minería SQM, Albemarle en el litio, pero también Minera Escondida y Zaldívar, extraen agua dulce.

Pese a que hay varias zonas que tienen reconocimiento por su importancia ambiental, Reserva Nacional Los Flamencos, Sistema Hidrológico de Soncor (sitio Ramsar), Valle de la Luna (santuario de la Naturaleza), sólo hay un área bajo Protección Oficial perteneciente al Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas por el Estado, que es la Reserva Nacional Los Flamencos. Este sitio posee una superficie de 20.806 hectáreas, equivalentes apenas al 1,3% de la cuenca, hábitat de Parinas, (flamencos).

El núcleo del salar es un sitio que es considerado único por su ecología microbiana, que habita la costra salina, en condiciones que son producto de millones de años de evolución, que con el impacto hídrico y la intervención extractivista se dañan de forma irreversible.

El agua también ha significado un impacto cultural y social para los pueblos que habitan alrededor del Salar, su agricultura y necesidades hídricas básicas, se han visto mermadas, y los habitantes originarios, Licanantay han visto afectado su modo de vida, se ha sembrado la desigualdad y dañado sus prácticas ancestrales.

¿Cuál ha sido la política frente a esta situación de los distintos gobiernos y qué opinas de la respuesta del presidente electo Gabriel Boric frente a esta problemática?

Todos los gobiernos post dictadura lo único que han hecho es fomentar el saqueo, si bien hay impuestos y ciertas regulaciones, son finalmente las propias empresas extractivistas las que monitorean las variables ambientales.

Ya es más que conocido el rol de SQM en el financiamiento ilegal de la política, con implicados tanto de la derecha como de la ex concertación, el simple hecho de que esta empresa la maneja el yerno de Pinochet ya es algo que muestra la impunidad con la que se actúa.

En el Caso del próximo gobierno de Boric, si bien hay mucha gente que tiene expectativas, estas se han venido desinflando porque el mismo Boric y su equipo se han encargado de hacerlo, y es que su propio encargado de minería afirmó que no se puede hacer nada contra la licitación.

Pero el problema de fondo es que su proyecto de campaña de una empresa nacional del litio, sin expropiar parte de las actuales cuotas de extracción y sin cambiar la relación con las comunidades y sus trabajadores, donde sean estos actores quienes decidan sobre la producción y la protección del salar, es sumar un actor más a la depredación ambiental.

¿Es reversible esta situación, se puede hacer algo ante esto?

Hasta ahora tanto el Frente Amplio, el Partido comunista y la ex Concertación han decretado medidas para revertir esta licitación, dijeron que la oposición insistiría por vía judicial, con un recurso de protección, por vía administrativa a contraloría y por la vía legal con el proyecto de ley del Partido Comunista y la Democracia Cristiana.

El problema es que la única fuerza que puede frenar esto, es la organización de las comunidades y los trabajadores, así como se paró HidroAysén en el Sur, o como se ha protestado contra diversos proyectos extractivistas, esta es la vía que realmente permitirá no solo frenar esta licitación si no avanzar en el anhelo de nacionalizar el litio y que sean las comunidades y los trabajadores quienes decidan cómo proteger el salar sin ningún tipo de chantaje económico, al servicio de esto debemos estar quienes nos preocupa el medio ambiente y hemos estudiado el salar.

Es un buen símbolo que en la convención, más de 15 mil personas apoyaron la iniciativa de norma de la nacionalización del litio el cobre y el oro, pero es fundamental pasar del debate a lograr cambiar realmente esta situación y para esto debemos organizarnos.

Viernes 14 de enero

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Fotógrafo de Paisajes Naturales del Año. Ganador absoluto. Foto: Eric Bennett / Natural Lansdcape Photography Awards 2021

“Como fotógrafo que se esfuerza por mostrar a la gente el valor de la naturaleza, siempre me ha gustado observar y crear fotografías más sutiles y personales. Fotografías que retrataran la naturaleza de una manera realista", explica el fotógrafo estadounidense de paisajes y naturaleza, Eric Bennettcuya serie de fotografías le ha valido para alzarse entre las más de 13.350 fotografías presentadas al concurso por fotógrafos de casi 50 países, con el título de Fotógrafo del Año en la primera edición del recién nacido Natural Landscape Photographer of the Year.

Fotógrafo de Paisajes Naturales del Año. Ganador absoluto. Foto: Eric Bennett / Natural Lansdcape Photography Awards 2021

Fotógrafo de Paisajes Naturales del Año. Ganador absoluto. Foto: Eric Bennett / Natural Lansdcape Photography Awards 2021

Fotógrafo de Paisajes Naturales del Año. Ganador absoluto. Foto: Eric Bennett / Natural Lansdcape Photography Awards 2021

Fotógrafo de Paisajes Naturales del Año. Ganador absoluto. Foto: Eric Bennett / Natural Lansdcape Photography Awards 2021

Fotógrafo de Paisajes Naturales del Año. Segundo Premio Mi corazón está lleno de enorme alegría por ser reconocido por este trabajo y por la capacidad de mostrar la belleza tranquila y natural que nos rodea a todos. Foto: Ben Horne / Natural Lansdcape Photography Awards 2021

Fotógrafo de Paisajes Naturales del Año. Segundo Premio. Foto: Ben Horne / Natural Lansdcape Photography Awards 2021

Fotógrafo de Paisajes Naturales del Año. Segundo Premio. Foto: Ben Horne / Natural Lansdcape Photography Awards 2021

(Tomado de National Geographic)

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Colapso climático y capitaloceno, una visión desde América Latina y el Caribe

El mundo poscovid-19: ¿cambio de paradigma?

La economía se encuentra en una encrucijada cada vez más compleja. Los problemas que le acosan y los retos que tiene que resolver son cada vez mayores y más difíciles de asumir. Y lo que desespera es ver cómo la economía se ha transformado en una suerte de gran totem al que se le rinde permanente y sumisa pleitesía. Se desplieguen acciones para protegerla, presentándolas como alternativas para intentar resolver justamente los problemas que la economía, tal como la conocemos, provoca. Así emergen las economías “sustentables”, “circulares” o de colores: sean “verde”, “azul”, “naranja”, “violeta” o como se las quiera denominar o pintar, pero que, sin desconocer algunas buenas intenciones, terminan por no cuestionar la esencia perversa del economicismo y menos aún del capitalismo.

En síntesis, precisamos otra economía, no simplemente un nuevo apellido para la actual. Otra economía pensada y sustentada en la vigencia plena de los Derechos de la Naturaleza y de los inseparables Derechos Humanos, en este caso estructurada y proyectada desde y para Nuestra América. Una economía para otra civilización que empiece por entender que no vivimos un simple cambio climático. Estamos frente a un colapso climático en el marco de lo que se conoce como antropoceno, que en realidad debería considerarse como capitaloceno, sustentado en el faloceno y el racismoceno.

Es evidente que no será fácil superar tantas supersticiones y falacias disfrazadas de ciencia. Nos toca vencer tanto visiones miopes como reticencias conservadoras y prepotentes que esconden y protegen varios privilegios. Eso, a contrapelo del mensaje dominante, no puede ocultar que se siguen construyendo estrategias de acción diversas y plurales en el mundo entero.[2]

 

Del desarrollo sustentable a la economía verde

Lo que nos interesa es destacar que, como consecuencia de muchas reflexiones desatadas especialmente desde inicios de los años setenta del siglo XX, se produjo la entrada en escena a nivel global de la preocupación ambiental. Como fecha referencial tenemos1992, durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro. Entonces la “comunidad internacional” se propuso articular un modelo de desarrollo que trace parámetros comunes para asegurar el ansiado crecimiento económico, el deseado bienestar social incluyendo el bienestar ambiental de la Humanidad. El punto inicial de esta decisión es el Informe Brundtland, elaborado en 1987, que confrontó el desarrollo con las demandas ambientales.

Proponerse satisfacer las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de futuras generaciones, fue un cambio importante. Aún más, se planteó que el uso de los recursos naturales pueda sostenerse en el tiempo. Este fue un punto de inflexión para empezar a reflexionar -en serio- sobre los límites del desarrollo tradicional, luego del impacto que provocó el Informe del Club de Roma en 1972. Y de hecho fue evidente la urgencia de revisar el papel que cumple la economía.

Resumiendo, al hablar de desarrollo sustentable se abrió la puerta para buscar un equilibrio entre economía, sociedad y ecología. Sin haber resuelto el reto de fondo, sin embargo, lo que se logró significó un paso trascendente. El tema ambiental ganó terreno, pero, a la vez y esto es lo preocupante, quedó expedita la vía para el capitalismo verde, es decir intentar resolver los problemas por la vía de una creciente mercantilización de la Naturaleza.

Desde entonces la tarea fue introducir el tema ambiental en la economía pero sin afectar su esencia, ni interiorizar aquellos complejos elementos que configuran el marco en donde se desenvuelven los procesos económicos. Veamos algunos ejemplos. No se consideraron las pesadas herencias coloniales o los desproporcionados niveles de consumo de recursos por parte de unos pocos países, que son, además, los principales responsables de los gases de efecto invernadero o de la contaminación con plástico, para mencionar apenas dos fuentes de distorsiones ambientales cada vez más complicadas y preocupantes.

Inclusive esta aproximación al tema ambiental afincada también en soluciones tecnológicas, no solo que margina a aquellos grupos humanos -los pueblos originarios- que no están integrados en los procesos de modernización capitalista, sino que los considera casi como los causantes de los problemas, al ser vistos inclusive como “enemigos del progreso”.

Las respuestas económicas verdes, ya en tiempos neoliberales, aparecieron casi como la panacea para resolver estas cuestiones respaldando el crecimiento económico y la liberalización del comercio, ignorandolos inocultables conflictos entre esa economía, la justicia social y la sostenibilidad ambiental.

 

Las imposibles promesas del capitalismo verde

Asumidos como válidos los principios de un equilibro tripartito, la economía ambiental ofrecía y ofrece aún asegurar un crecimiento económico permanente, resolviendo los problemas sociales sobre todo de pobreza y da cuenta también de las cuestiones ambientales; esta es la esencia de la “economía verde”.

Desplegando ese instrumentario económico se asumió el reto de enfrentar los destrozos ambientales. Desde la política fiscal, por ejemplo, apareció el moto que “quien contamina paga”. Además, para poner en marcha esta aproximación nada mejor que asegurar las salidas de mercado, que establezcan los precios “adecuados”, y así -garantizando por supuesto la propiedad privada- conseguir los resultados de eficiencia y sostenibilidad propuestos, como reza el mensaje dominante. Esto se complementa con la fascinación por la ciencia y la tecnología.

Tampoco se ha tomado en consideración lo que representa en el mundo “el modo de vida imperial”[3], que es posible sofocando la vida de otros pueblos y de la Naturaleza. No se consideran las estructuras patriarcales que ahogan la posibilidad de la vigencia plena de los Derechos Humanos. No encuentra espacio en estas consideraciones “verdes” la misma colonialidad con todas las cargas históricas que de ella se derivan o los proyectos extractivistas con sus enormes destrucciones de territorios y comunidades o la mismísima transición energética corporativa que demanda más y más minerales como el litio para seguir inflando el monstruo urbano exacerbado por millones de vehículos eléctricos particulares… La economía verde, en suma, busca soluciones a los problemas que emergen del sistema capitalista al cual procura proteger, pero, al acelerar la mercantilización de la Naturaleza, ha profundizado los desequilibrios gemelos: ecológicos y sociales.

Tal como el desarrollo sostenible, la economía verde es un oxímoron utilizado para legitimar los intereses de los grupos de poder. Sus límites están a la vista.

 

Los límites insalvables de la economía…

Siempre habrá quienes argumentan que el problema radica en la ausencia de coherencia en la aplicación de las medidas económicas -que ellos consideran adecuadas, las que, por lo demás, son presentadas como técnicas. Es decir, carentes de juicios de valor. Así, los defensores de la economía verde o ambientalmente responsable o de las otros economías convenientemente bautizadas o pintadas argumentan pidiendo que se profundicen sus recetas y que se las cumpla a cabalidad; lo que representa ampliar las lógicas de una economía socioambiental de mercado. No les importa que este pedido sea un imposible, pues lo que proponen es que la realidad se ajuste a sus teorías.

Los resultados de estas pretensiones están a la vista.La acumulación material –mecanicista e interminable de bienes–, asumida como progreso, carece de futuro. Tampoco tiene futuro el desarrollo, que es un derivado de dicho progreso. Los límites de los estilos de vida sustentados en la bonanza antropocéntrica son cada vez más notables y preocupantes.

Los orígenes profundos de una crisis multifacética, agravada por la pandemia sanitaria, son fáciles de avizorar. Mencionemos algunos. Consumismo y productivismo. Tecnologías que aceleran la acumulación del capital. Estados cada vez más autoritarios. Ambición y egoísmo desaforados. Individualismo a ultranza transformado en enfermedad social. Hambre de millones de personas, no por falta de alimentos. Extractivismos desbocados. Flexibilización/precarización laboral. Predominio de las finanzas, sobre todo en su trajinar especulativo. Culto a la religión del crecimiento económico permanente. Inclusive el coronavirus, por sus orígenes zoonóticos, resulta de la destrucción de la biodiversidad alentada por la codicia de riqueza y poder.

Toda esta complejidad, desde una perspectiva ecológica, se grafica en la fecha de la Sobrecapacidad de la Tierra, que se acerca cada vez más al 1 de enero. El día 28 de julio se agotaron los recursos disponibles en el 2021. El primer registro, en 1970, se ubicó el 29 de diciembre, en el 2019 fue el 29 de julio y en el 2020, el 22 de agosto. El retroceso del Día de la Sobrecapacidad de la Tierra en 2020 se debió a la pandemia del coronavirus. Se registró tres semanas más tarde que el año anterior, o sea el 22 de agosto, como resultado de la desaceleración económica, pero ya en el 2021volvimos nuevamente a la senda de la normalidad, que era una verdadera anormalidad. Por cierto hay una enorme desigualdad entre los países. Por ejemplo, los EEUU ya cumplieron su “cuota” el 14 de marzo. En Europa, España el 25 de mayo: así, si toda la humanidad adoptara un estilo de vida similar al del español promedio, necesitaría 2,5 planetas para mantenerse.

En América Latina esta presión es menos dramática, salvo en el caso de Chile que fue el primer país de América Latina en agotar su “cuota” del 2021 y lo hizo el 17 de mayo. En Brasil, Colombia, Perú, Venezuela, México, Argentina, Costa Rica y el resto de países, el sobregiro comienza más tarde. En países como Cuba, Nicaragua y Ecuador, la sobrecapacidad se alcanza cerca de fin del año. Tomando como referencia el indicador de las emisiones totales, esta región es responsable de solo el 8,3% de las emisiones mundiales; ubicándose cerca de la media global, alrededor de un tercio de las emisiones de Europa o EEUU.

Sin embargo, estos indicadores -como muchos otros- no son suficientes para graficar la gravedad de la situación en América Latina. Tomemos, a modo de ejemplo, que Centro y Sudamérica han sufrido una dramática disminución del 89% de poblaciones de especies en comparación con 1970. La creciente destrucción de sus selvas es más que preocupante. La perdida de cantidad y calidad del agua es otro punto a considerar. La creciente desaparición de biodiversidad tampoco puede pasar inadvertida. Además, América Latina y el Caribe son particularmente vulnerables: las afectaciones al equilibro ecológico global en otras partes del planeta, por ejemplo debido a la masiva contaminación en los países del norte global o la perdida de permafrost en Siberia o la deforestación en África o Asia, impactan en la Amazonía y esto a su vez repercute en el mundo.

La CEPAL[4] reconoce esta asimetría fundamental entre las emisiones y la vulnerabilidad. Igualmente este organismo de Naciones Unidas destaca la gravedad de los problemas sociales profundizados en medio de la pandemia de la Covid-19, al estimar que el total de personas pobres ascendió a 209 millones a finales de 2020, 22 millones de personas más que el año anterior; también destaca el empeoramiento de los índices de desigualdad en la región y en las tasas de ocupación y participación laboral, sobre todo en las mujeres.

A pesar de esas constataciones, no se puede desembocar en la torpe conclusión de que América Latina y el Caribe pueden continuar por la misma senda de crecimiento económico y de extractivismos desbocados para intentar alcanzar un fantasma que ya ha ocasionado terribles destrozos: ¡el desarrollo![5]

Tampoco se puede caer en la trampa de la soluciones tecnológicas. Muchas veces las mejorías que se pueden conseguir con avances tecnológicos, solo se reducen a pocos espacios locales, sobre todo urbanos. Las “sociedades de la externalización”[6], las de los países del capitalismo metropolitano e incluso de los espacios de privilegiados en el sur global, mejoran sus niveles de sostenibilidad ambiental y de bienestar social a costa del sacrificio ambiental y social de otros territorios. En paralelo debemos considerar las inequidades socioeconómicas, propias del capitalismo.

Tanta barbarie exacerba cada vez más las brechas entre ricos y pobres, deteriorando la alimentación, la salud, la educación y la vivienda de las actuales generaciones, algo que limitará sus expectativas y oportunidades de futuro. Sin ser la causa de los problemas actuales, la pandemia del coronavirus, también a través del inequitativo acceso a las vacunas, ha exacerbado esta realidad. Por su origen, todos estos desequilibrios son múltiples y crecen aceleradamente, provocando procesos sociales que superan las fronteras nacionales, por ejemplo, a través de crecientes flujos migratorios. Todas estas duras realidades, por otro lado, explican el aumento de los niveles de represión y exclusión existentes, con el consiguiente deterioro de la institucionalidad política.

Vistas así las cosas, es vital asumir la crisis socioambiental como parte de una crisis multifacética, que a todas luces configura una crisis civilizatoria, que acarrea también la crisis del pensamiento: si somos honestos y vemos las soluciones planteadas a nivel gubernamental y de casi todos los organismos internacionales -la Cumbre de Paris del año 2015 obra como muestra fehaciente de esta aseveración- se ha menoscabado la construcción -o siquiera discusión- de las grandes soluciones que el mundo necesita en muchos aspectos, especialmente en el ámbito de la economía.

 

La imperiosa necesidad de pensar en otra economía[7]

En definitiva, es preciso iniciar la discusión reconociendo los límites ecológicos que tiene el ambiente que nos alberga, aceptando que los seres humanos forman parte de la Naturaleza y por igual cuestionando al sistema de reproducción del capital como base de crecientes inequidades socioeconómicas y culturales. Sintetizando, es preciso plantearnos otros objetivos y otras acciones. Más de lo mismo será cada vez más de lo peor.

De ninguna manera puede creerse que todo el sistema económico debe estar inmerso en la lógica dominante de mercado, pues hay muchas relaciones inspiradas en otros principios de indudable importancia; por ejemplo, la misma solidaridad dentro de la seguridad social o las prestaciones sociales, a más de las diversas formas de relacionamiento solidario y recíproco en las economías de los pueblos y nacionalidades ancestrales. Similar reflexión se podría hacer para los servicios de educación, salud, transporte público, financieros y otras funciones que generan bienes públicos y comunes que no se producen y regulan vía oferta y demanda. En este punto, para recuperar una de las tantas lecciones de la pandemia del coronavirus, la salud no puede ser ni un privilegio ni una mercanc´ía: la salud -íntegramente replanteada- es un derecho. No todos los actores de la economía, por lo demás, actúan movidos por el lucro, ni todos los problemas se resolverán con la intervención estatal.

Un manejo diferente y diferenciador en lo económico exige cambiar las demás dimensiones sociales, que no se agotan en la racionalidad y calidad de las políticas sociales. Su reformulación debe basarse en la eficiencia tanto como la suficiencia y la solidaridad, fortaleciendo las identidades culturales de las poblaciones locales (empezando desde los barrios y comunidades), promoviendo la interacción e integración entre movimientos populares y la incorporación económica y social de las masas diferenciadas.

Amplios segmentos de la población, tradicionalmente marginados, pasarían de su papel pasivo en el uso de bienes y servicios colectivos a propulsores autónomos de los servicios de salud, educación, transporte, etc., impulsados desde la escala local-territorial; asumiendo el reto en cada comunidad. En lo político, este proceso conformaría y fortalecería instituciones representativas de las mayorías desde espacios locales, municipales y parroquiales, ampliándose en círculos concéntricos hasta cubrir el nivel nacional. Solo así se puede enfrentar la dominación del capital y de las burocracias estatales, ambos reacios al cambio. Si en este empeño se cuenta con el concurso consciente y activo del gobierno central, tanto mejor, pero no se debe jamás ser dependiente de este. La autonomía comunitaria es vital en este proceso.

Bajo un enfoque autocentrado, esto implica una emancipación concertada desde lo local, el real espacio para que emerjan los verdaderos contrapoderes de acción democrática política, económica, social, medioambiental y cultural. Desde ellos se podrán forjar embriones de una nueva institucionalidad estatal, de una renovada lógica de mercado y de una nueva convivencia social. Esos contrapoderes serían pilares para materializar una estrategia colectiva que construya un proyecto de vida en común, participativa y solidaria.

Lo que sí debe quedar claramente establecido es que una economía extractivista, es decir prioritariamente primario-exportadora, solo nos conduce a una situación de permanente postración y de creciente destrucción de los equilibrios socioambientales. Así, se requieren estrategias de transición, a desplegarse mientras se siguen extrayendo los recursos naturales de alguna manera portadores de la “maldición de la abundancia”[8]. El éxito de la salida dependerá de la coherencia de la estrategia alternativa y, sobre todo, del grado de respaldo social que tenga una estrategia postextractivista.[9]

Eso nos conmina a superar la civilización capitalista transitando del antropocentrismo al biocentrismo. Una nueva civilización no surgirá por generación espontánea, ni será el resultado de la gestión de un grupo de personas iluminadas. Se trata de una construcción y reconstrucción paciente y decidida, especialmente desde ámbitos comunitarios, que empieza por desmontar varios fetiches (empezando por el fetiche del dinero, la ganancia, el crecimiento económico, entre otros temas asumidos como verdades indiscutibles) y en propiciar cambios radicales a partir también de experiencias existentes.

Este es el punto. Contamos con valores, experiencias y prácticas civilizatorias alternativas, como las que ofrece el Buen Vivir o sumak kawsay o suma qamaña de las comunidades indígenas andinas y amazónicas.[10] A más de las visiones de Nuestra América hay otras muchas aproximaciones a pensamientos filosóficos de alguna manera emparentados con la búsqueda de una vida armoniosa desde visiones filosóficas incluyentes en todos los continentes. Aunque mejor sería hablar en plural de buenos convivires, para no abrir la puerta a un Buen Vivir único, homogéneo, imposible de realizar, por lo demás. Y este esfuerzo de recuperación de memorias largas en el mundo de los pueblos originarios debe darse también rescatando todas aquellas valiosas y todavía vigentes lecturas y propuestas formuladas desde las diversas teorías de la dependencia, superando, por cierto, su sesgo antropocéntrico y modernizador. Este esfuerzo demanda también recuperar el enorme potencial del paradigma feminista de los cuidados y las visiones decoloniales.

Si no hay espacio para “vanguardias” que asuman un liderazgo privilegiado, tampoco es una tarea que se resuelve exclusivamente en el espacio nacional. La conclusión es obvia, la acción para por todos los ámbitos estratégicos posibles, sin descuidar el nivel global.[11] Para América Latina es cada vez más urgente un regionalismo autónomo expresado en otras formas de integración, que debería pensarse contra-hegemónica, multidimensional, solidaria, autónoma y autocentrada, no simplemente volcada al mercado mundial.

Sin una sociedad mucho más igualitaria y equitativa es imposible que funcione a cabalidad la economía, ni los mercados, y mucho menos la democracia. Por ello es preciso reformular la esencia misma del Estado desde visiones y prácticas de equidad, igualdad y plurinacionalidad..

En suma, nos toca construir -en clave de pluriverso- un mundo donde quepan otros mundos, sin que ninguno de ellos sea víctima de la marginación y la explotación, y donde todos los seres humanos vivamos con dignidad y en armonía con la Naturaleza.

 

Notas:

[2] Recomedamos el libro de Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar, Federico Demaria, Alberto Acosta (editores; con contribuciones de 110 personas de todos los continentes, Pluriverso – Un Diccionario del Posdesarrollo, ICARIA – Abya Yala (2019), con ediciones en España (ICARIA), Perú – Bolivia (CooperAcción, CEDIB), Colombia (CENSAT), Italia (OrthotesEditrice) y Brasil (EditorialElefante).La primeraediciónfueeninglés: (2019), Pluriverse: A Post-Development Dictionary, Nueva Delhi: Tulik Books and AuthorsUpFront. Disponible en https://www.radicalecologicaldemocracy.org/pluriverse/

[3]Ulrich Brand y Markus Wissen (2021); Modo de vida imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica del capitalismo, Tinta Limón, Buenos Aires.

[4] Consultar en CEPAL (2020); “La emergencia del cambio climático en América Latina y el Caribe ¿Seguimos esperando la catástrofe o pasamos a la acción?”. Disponible en https://www.cepal.org/es/publicaciones/45677-la-emergencia-cambio-climatico-america-latina-caribe-seguimos-esperando-la

[5] Sobre este tema se pueden consultar las reflexiones plasmadas en varios artículos en el libro Posdesarrollo – Contextos – contradicciones – futuros, editado por Alberto Acosta, Pascual García, Ronaldo Munck (2021), UTPL – Abya-Yala. Disponible en: http://obela.org/system/files/POSDESARROLLO%20digital.pdfcontradicciones

[6]Es recomendablela lectura de Stephan Lesenich (2019); La sociedad de la externalización, Herder Editorial, Barcelona.

[7]Consultar los textos de Alberto Acosta y John Cajas Guijarro (2018); “Reflexiones sobre el sin-rumbo de la economía – De las “ciencias económicas” a la posteconomía”, Revista Ecuador Debate 103, CAAP, Quito, 2018. Disponible en https://repositorio.flacsoandes.edu.ec/xmlui/handle/10469/15391 y (2020); “Naturaleza, economía y subversión epistémica para la transición”, en el libro Voces latinoamericanas: mercantilización de la naturaleza y resistencia social, editado por Griselda Günther y Monika Meireles, Universidad Autónoma Metropolitana, México. Artículo disponible en https://www.cadtm.org/Naturaleza-economia-y-subversion-epistemica-para-la-transicion

[8]Ver en Acosta, Alberto (2009); La maldición de la abundancia, CEP, Swissaid y Abya–Yala, Quito. Disponible en https://rebelion.org/docs/122604.pdf

[9]Consultar en Acosta, Alberto; Brand, Ulrich (2017); Salidas del laberinto capitalista – Decrecimiento y Post-extractivismo, ICARIA, Barcelona. Disponible en https://www.rosalux.org.ec/pdfs/Libro-Salidas-del-Laberinto.pdf

[10]La lista de textos que abordan este tema es cada vez más grande. Como referencia se menciona el libro del autor de estas líneas, El Buen Vivir Sumak Kawsay, una oportunidad para imaginar otros mundos, ICARIA, Barcelona, 2013; publicado también en portugués, francés, alemán, holandés.

[11]Consultar, por ejemplo, en Acosta, Alberto y Cajas Guijarro, John (2020a); “Del coronavirus a la gran transformación – Repensando la institucionalidad de la económica global”, en el libro de varios autores y varias autoras: Posnormales – Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias, editado por Pablo Amadeo. Disponible en https://www.academia.edu/43722890/Posnormales_ASPO

Alberto Acosta. Economista ecuatoriano. Compañero de luchas de los movimientos sociales. Profesor universitario. Ministro de Energía y Minas (2007). Presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008). Autor de varios libros.

Publicado enMedio Ambiente
Domingo, 19 Diciembre 2021 06:11

Una ventana a la gran escasez

Una ventana a la gran escasez

La escasez de materias primas y de energía que ha experimentado la economía global en los últimos meses es una pequeña muestra de lo que puede ocurrir en los próximos años si no se cambian los patrones de consumo.

 

Primero fue el gel hidroalcohólico, las mascarillas, los respiradores e incluso, en algún supermercado, el papel higiénico. Durante unos pocos meses, la población de los países más desarrollados del mundo observó pasmada —con la misma incredulidad con la que miraba en directo cómo se extendía una pandemia global— que en las sociedades de la abundancia podían faltar cosas. 

A medida que la vida comenzaba a normalizarse, cada vez resultaba más evidente que algo había fallado en el reseteo de la economía después del parón de la economía. La era de la escasez no estaba finalizando. Más bien al contrario, acababa de comenzar.

Un año después del fin del confinamiento más duro y del reinicio de la actividad, la escasez y los problemas de suministro ya afectaban en diferentes grados a casi todas las materias primas y a todos los sectores. En septiembre de 2021, la escalada en los precios de la energía iniciada antes de verano adoptaba la forma de apagones en toda China y el cierre de fábricas en EE UU y Europa. El aumento del precio de la electricidad, del gas, de la gasolina, del diésel y del carbón no tardó en trasladarse a toda la economía y ha generado unas tasas de inflación inéditas en los países ricos desde la última gran crisis energética, en los años 70.

La explicación oficial a este caos generalizado es el desajuste entre la oferta y la demanda, unos “cuellos de botella” de una recuperación rápida, agravados por las tensiones geoestratégicas con China, Rusia o Argelia. Según estos análisis, se trata de una crisis coyuntural que se irá resolviendo en cuestión de meses. Sin embargo, cada vez son más las voces desde la comunidad científica que advierten de los aspectos estructurales que hay detrás de estos desbarajustes, unos cortocircuitos que solo pueden ir a más a medida que el crecimiento exponencial del consumo choca con los límites físicos del planeta. 

Pasen y vean, la gran escasez

A mediados de octubre, algunos indicadores empezaban a señalar que lo peor había pasado, con descensos en el precio del transporte marítimo o en la cotización de la madera. Sin embargo, al cierre de esta edición la crisis energética continúa agravándose y la falta de materiales básicos para el funcionamiento de la economía sigue siendo un problema de primer orden. La industria tecnológica prevé problemas en el suministro de chips hasta 2023 y el cierre de las fábricas de fertilizantes compromete las cosechas de 2022. A la vez, la falta de materias primas vitales para la industria mundial, como el magnesio, el papel o el acero, entre una larga lista, sigue sin tener una solución a la vista.

Las escenas de desabastecimiento seguirán en 2022 y serán cada vez más habituales, sostiene Antonio Turiel, científico del CSIC en una conversación con El Salto. Cuando ya ha pasado más de un año desde el inicio de la recuperación económica, la excusa de los “cuellos de botella” ya no cuela, sostiene este investigador. Los cortocircuitos en la economía global se deben, continúa, sobre todo a motivos estructurales, en especial, a una crisis energética que viene de lejos y va para largo. 

Para Turiel, el “efecto más directo” de la pandemia ha sido que las petroleras han acelerado un proceso de desinversión que no es nuevo y “ha precipitado hacia el vacío” el sistema económico mundial, basado en los combustibles fósiles. Las previsiones de escasez de energía y de materiales ya estaban contempladas en diversos estudios científicos, pero estos se han visto superados por la realidad: “No tendríamos que caer tan deprisa”, resume.

Estamos a las puertas de lo que Turiel llama “la gran escasez”, un proceso que amplios sectores de la comunidad científica llevan décadas documentando. “Hemos tocado el punto máximo y, a partir de ahora, lo que nos espera es un proceso de declive que en algunos momentos irá más rápido, en otros momentos irá más lento, pero en cualquier caso es una bajada que durará mucho tiempo. No es que los recursos se acaben de hoy para mañana, pero cada vez habrá menos, cada vez tendremos que aprender a hacer las cosas con menos”, sostiene el autor de Petrocalípsis (Alfabeto, 2020).

Un punto de inflexión

Alicia Valero es investigadora de la Universidad de Zaragoza y directora del grupo de Ecología Industrial en el instituto Circe. Ha escrito más de cien publicaciones sobre el agotamiento de los recursos del planeta y trabaja también como consultora de diversas empresas, Seat entre ellas, a las que asesora sobre la disponibilidad de materias primas.  

Durante años, cuenta a El Salto, hablar sobre escasez de recursos era un tabú, pero esto ha cambiado en el último año después de que la gente y muchos sectores económicos “vivieran en primera persona el desabastecimiento”. Para la coautora del Thanatia, los límites minerales del planeta (Icaria, 2021), esta crisis de materiales y suministros es una “ventana” hacia un mundo en el que “los problemas de escasez serán el pan nuestro de cada día”. 

Muchos de los problemas coyunturales irán desapareciendo, sostiene, en especial aquellos provocados por una demanda disparada y unas fábricas y cadenas logísticas limitadas. Pero quedará la crisis de fondo: “Al igual que las fábricas tienen un límite, si extrapolamos el problema a la gran fábrica que es la naturaleza, tarde o temprano toparemos con esos límites”. Y esos límites “están muy cerca”, si se continúa con este “consumo exponencial”, dice. 

Entre los múltiples ejemplos a mano, Valero habla del cobre: en los últimos 20 años se ha extraído tanto de este material como en toda la historia de la humanidad. Y ocurre lo mismo con todos y cada uno de los elementos clave de la economía mundial: en las próximas décadas habrá problemas de suministro de cromo, germanio, estaño, cobalto, níquel, litio, cadmio, galio, indio, plata, platino, selenio, teluro, titanio, vandanio, zinc o de los 17 elementos de las tierras raras. Dicho de otro modo, las baterías de los móviles y los coches eléctricos, las pantallas táctiles y los paneles fotovoltaicos, las lámparas led y los semiconductores, es decir, prácticamente todo lo que se necesita para la revolución digital y verde depende de unos material finitos que, al ritmo actual de consumo, no se puede garantizar su suministro en la segunda mitad de siglo. Mucho menos si se cumplen las previsiones y en 25 años el mundo consume el doble que ahora. 

El gran problema, cuenta Valero, es que no hay reservas explotables suficientes y abrir un nuevo yacimiento tarda unos 16 años de media, detalla. A esto se suma una gran dependencia de los países suministradores de componentes y materias primas. Taiwán produce el 90% de los chips más avanzados. Las reservas de litio —vital para las baterías de todo tipo— están concentradas en Australia y en el triángulo del litio en Sudamérica, aunque es China quien monopoliza su refinado. También es China quien controla el 86% de la producción de tierras raras —imprescindibles para los electrodomésticos, los ordenadores, móviles o vehículos— y controla una proporción similar del magnesio, imprescindible en toda la industria que utiliza aluminio. La decisión de China de dejar de exportar algunos de estos materiales para garantizar el suministro de sus propias fábricas es clave para entender la actual crisis de desabastecimiento. 

 “Estamos cerca de alcanzar los límites geológicos del planeta. Y no digo que agotemos todos los recursos, sino que agotemos los recursos accesibles. Prácticamente, ya hemos extraído lo que es más accesible y ahora se habla de ir hacia los océanos, hacía la Amazonía, hacia la Antártida… Pero, ¿a qué coste?”, se pregunta. 

La crisis de escasez de recursos corre paralela a las otras dos grandes crisis que atraviesan el planeta: el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. “Tenemos un problema de cambio climático por una sobreexplotación de recursos fósiles y si hoy hay escasez de petróleo es porque lo hemos consumido de forma exagerada y esto ha provocado a su vez los problemas que tenemos de cambio climático”, señala Valero. El consumo exponencial de recursos naturales también ha llevado a la pérdida de biodiversidad con consecuencias tan graves como las crisis de los polinizadores o la misma pandemia del coronavirus, provocada en última instancia por el avance de la actividad humana sobre los ecosistemas naturales.

La madre de todas las crisis

A pesar de que el debate sobre la escasez de recursos ha entrado en la agenda pública, Turiel reconoce que sigue habiendo “cierto malditismo” que condena a quienes señalan razones estructurales detrás de la crisis de suministro. “En la comunidad científica, entre los investigadores que trabajan con recursos esto es un tema bien conocido, bien discutido... Pero en el debate público es diferente. Cuando empiezas a hablar de que no se puede seguir incrementando el consumo de materiales y energía entras en contradicción con la idea de mantener un sistema económico basado en el crecimiento continuo”, dice Turiel. “Si aceptas que hay un problema de escasez, aceptas que el capitalismo se está acabando y hay gente que podría perder mucho dinero porque no va a haber inversores para sus negocios”, añade.

De hecho, esto es exactamente lo que lleva ocurriendo con el petróleo desde antes de la pandemia, en concreto desde 2014, cuando la industria renunció a buscar nuevos pozos petroleros. 

Ya en 1998, los geólogos Colin Campbell y Jean Laherrere, en un artículo publicado en la revista Scientific American, justificaban con datos de la industria que el petróleo convencional, aquel que es más fácil de extraer, con mayores rendimientos energéticos, se estaba agotando a toda velocidad. Al mismo tiempo, el crudo que quedaba por explotar, el petróleo no convencional, el que está bajo el mar, mezclado en arenas bituminosas o que se debe extraer mediante la contaminante inyección hidráulica o fracking, sería tan caro de extraer que tarde o temprano habría problemas de suministro. 

Y así ocurrió, explica Turiel. En 2005, se alcanzó el pico del petróleo convencional o, dicho de otra manera, en 2006 la humanidad comenzó a consumir la segunda mitad de las reservas mundiales del mejor petróleo. Entre 1998 y 2014, las petroleras multiplicaron por tres sus inversiones para buscar nuevos yacimientos, pero obtuvieron un “magro resultado”: la producción solo creció un 26% en el mismo periodo. Lo que vino después era esperable: redujeron su inversión en nuevas prospecciones en un 60%. Algunas empresas petroleras, como Repsol, han abandonado por completo la búsqueda de nuevos yacimientos. “Lo que pasa es que se cansaron de perder dinero”, dice. Los efectos de esta desinversión provocó que en 2018 se alcanzara el pico en la extracción de todos los tipos de petróleo. Al cierre de esta edición, el precio de la gasolina y del diésel estaba cerca de superar su máximo histórico, alcanzado en la crisis de 2008.

Historias y futuros parecidos se repiten con los otros combustibles fósiles. “Hemos llegado a los máximos de extracción de petróleo, de carbón, de uranio y pronto llegaremos al del gas. Teniendo en cuenta que estas cuatro materias primas no renovables aportan casi el 90% de toda la energía primaria que se consume en el mundo, esto nos deja en una situación complicada. Y no tiene remedio”, argumenta Turiel.

Para este doctor en Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid, todavía no hay sobre la mesa ninguna tecnología que pueda sustituir a los combustibles fósiles. La revolución de las renovables, al menos tal como se concibe actualmente, choca con los límites materiales del planeta y solo podría reemplazar una parte de la energía fósil que se utiliza actualmente. La prometida energía de fusión —la que alimenta las estrellas— es un “experimento a 35 años que llega tarde”. Y los intentos de resucitar la energía nuclear vuelven a chocar con la realidad: las centrales son peligrosas, caras, tardan años en construirse, cuentan con una enorme oposición ciudadana y necesitan de un combustible fósil, el uranio, cuya producción ha caído un 20% desde 2016.

Valero también identifica límites en la transición ecológica anunciada: “Lo que no podemos hacer es seguir creciendo en consumo energético y sustituir los fósiles por energías renovables. No hay suficiente cobalto, no hay suficiente litio, no hay suficiente teluro, y así sucesivamente. Pintar de verde la economía actual va a ser imposible”.

Pero no todo son malas noticias. La gran escasez es “inevitable”, pero, al menos según defienden Antonio Turiel y Alicia Valero, no está escrito cómo termina la historia. La forma en la que los Gobiernos y la ciudadanía se enfrenten a este nuevo desafío determinará si este declive lleva a un colapso del sistema o a un reajuste de los estándares de consumo que nos permita vivir dentro de los límites físicos del planeta.

¡Decaigamos!

Las guerras por los recursos, la pérdida de población o de interconexión, las hambrunas y el ascenso de soluciones autoritarias, entre un largo abanico de posibilidades que podría traer un colapso, son evitables. Lo que no es evitable, afirma Turiel, es el decrecimiento.

Todos los caminos llevan a decrecer, sostienen tanto Turiel como Valero. La diferencia “es si pilotas el proceso o no”, señala el primero. “O lo hacemos a las buenas o al final los límites físicos nos impondrán recular a las malas”, indica la segunda. 

 “Con el conocimiento científico-técnico que tenemos hoy en día podemos garantizar un nivel de vida igual al actual, e incluso superior, consumiendo muchísima menos energía y muchísimos menos materiales”, defiende este científico del CSIC. Aunque no todos los países ni todos los sectores sociales deberían decrecer al mismo ritmo, añade. Según Oxfam, el 1% de la población mundial es responsable del 16% de las emisiones globales.

Sin embargo, para Turiel, el camino está lejos de estar despejado y el problema es social y cultural: “No se concibe nada fuera del capitalismo. La gente se cree que el final del capitalismo es el final del mundo, pero no es verdad. El capitalismo solo tiene dos siglos de existencia y lo que hay que hacer es superar esta etapa”.

El autor de Petrocalipsis compara el capitalismo con la adolescencia de la humanidad. “Nosotros estamos teniendo una adolescencia difícil, un periodo en el que se crece rápidamente. Pero lo que hay que hacer es madurar y llegar a una situación de equilibrio con la naturaleza. Podemos seguir viviendo en este planeta si lo hacemos a partir de lo que se puede regenerar cada año, de una forma realmente sostenible”. Los tres grandes desafíos de la humanidad y del planeta pasan por el mismo cuello de botella, el decrecimiento. “El decrecimiento es inevitable, pero estamos a tiempo, podemos reaccionar, tenemos conocimientos para adaptarnos a él”. Tal como recuerda Turiel, el colapso de las civilizaciones “siempre es un daño autoinfligido”. ¿Seremos capaces de superar la adolescencia de la humanidad?

Por Martín Cúneo

@MartinCuneo78

19 dic 2021

Publicado enEconomía
Jurassic Bark. Fotografía ganadora en la categoría: Dogs, our best friends. Foto: Carmen Cromer / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

De mano de los creadores del mundialmente conocido Comedy Wildlife Photography Awards y en colaboración con la organización benéfica Animals Friends Insurance, con el propósito de recaudar fondos destinados a la búsqueda de un hogar feliz para miles de mascotas abandonadas en todo el Reino Unido, el certamen de fotografía Animal Friends Comedy Pet Photo Awards, nos presenta un año más sus instantáneas más hilarantes.

Whizz pop. Fotografía ganadora absoluta de la competición. Foto: Zoe Ross / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

 

I said 'Good Morning'. Fotografía ganadora en la categoría: The Mighty Horse. Foto: Mary Ellis / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

 

Photobomb. Fotografía ganadora en la categoría: Cats, our favourite feline friends. Foto: Kathryn Trott / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

 

The Eureka Moment!. Fotografía ganadora en la categoría: All other Creatures Category. Foto: Sophie Bonnefoi / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

 


"...That was a good one!!". Fotografía ganadora en la categoría: Pets Who Look Like Their Owners Category. Foto: Jakub Gojda / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

 
Muttford and Chum. Fotografía galardonada con una mención de honor. Foto: Luke O'Brien / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.
 
 
Crazy in love with fall. Fotografía galardonada con una mención de honor. Foto: Diana Jill Mehner / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.
 
 
Boing. Fotografía galardonada con una mención de honor. Foto: Christine Johnson / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.
 

So what? Fotografía galardonada con una mención de honor. Foto: Lucy Slater / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.


A Warm Spot on a Cold Day. Fotografía galardonada con una mención de honor. Foto: Corey Seeman / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

 

Wine Time. Fotografía galardonada con una mención de honor.Foto: Kathryn Clark / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.


Photo Bomb. Fotografía galardonada con una mención de honor. Foto: Mollie Cheary / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

 

Hugo the Photobomber. Fotografía galardonada con una mención de honor. Foto: Chloé Beck / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

 

Sit. Fotografía ganadora en la categoría: Junior. Foto: Suzi Lonergan / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

Nosy Neighbour. Fotografía galardonada con una mención de honor. Foto: Colin Doyle / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

 

Ostrich Style. Fotografía galardonada con una mención de honor. Foto: Manel Subirats Ferrer / Animal Friends Comedy Pet Photo Award Winners 2021.

(Tomado de National Geographic)

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