Miércoles, 04 Mayo 2022 06:32

Rezando salmos al revés

Sacerdote Antún Ramos

Al recordar los 20 años de la masacre de Bojayá, me he encontrado con la historia del padre Antún Ramos, sacerdote chocoano y párroco de Bojayá en ese trágico 2 de mayo de 2002. 

La población, a orillas del río y en medio de la selva, se vio atrapada en un combate entre grupos armados. Los violentos de un lado la tomaron como escudo y los del otro terminaron haciéndola objetivo militar. Todos, ancianos, hombres, mujeres, jóvenes y niños corrieron a la iglesia, allí estaba Dios y allí se sentían seguros. Antún, en esas horas interminables de balaceras y agresión, se ocupaba de todos, daba fuerza y esperanza a todos, y según dice él mismo, le tocaba hacer como a Guido, el personaje de la película La Vita è bella de Roberto Benigni, el que, queriendo proteger la inocencia de su pequeño hijo se esforzaba por sacarle partido a la tragedia y arrancarle motivos de esperanza al horror que vivían, así este párroco en medio de su gente asustada y al amparo de su templo, manteniendo el humor, la unidad de todos y la esperanza.  También las religiosas misioneras agustinas, en gestos de admirable valentía y caridad, se la jugaron toda por la comunidad que servían.

Antún y su comunidad, tal vez sin lugar y posibilidad de teologías, vivieron en carne propia la única eucaristía de la historia, la de Cristo Jesús, la de su cuerpo entregado, la de su sangre derramada; allí, en esa iglesia rota, en ese altar detrás del cual los niños que se escondían del aturdimiento y de las balas quedaron masacrados. Cristo, que muere en todas las muertes, se hizo visible en las víctimas inocentes. 

 El crucifijo de Bojayá, esa imagen mutilada, ante la que es mejor “volver el rostro” (Isaías 53,3), es ahora para los cristianos de Colombia sacramento de la fe que profesamos. Antún, con su caridad pastoral y su entereza, haciendo lo que tenía que hacer, estarse con su gente y defenderlos hasta el final, es figura del mistagogo, del que nos introduce en los misterios de Dios, ayudándonos a caminar y a ver luz por esas cañadas oscuras de Colombia. Y al mencionar a Antún, no se puede dejar de recordar también a otro sacerdote, Jorge Luis Mazo, también párroco de Bojayá y quien, apenas unos pocos años atrás de la masacre había sido asesinado por los violentos.

Sí, necesitamos estos sacerdotes, más humanos que ritualistas, que nos ayuden a elevar el cuerpo de todas las víctimas de nuestra violencia, de todos los que sufren, de todos los que han muerto, y que, pronunciando sobre ellos las palabras de la consagración, las mismas de Cristo que dice “esto es mi cuerpo entregado”, “esta es mi sangre derramada”, develen la verdad que esconden, la de que Dios mismo muere en ellos y resucita en ellos, como un día murió y resucitó en el crucificado Jesús. No se puede ser sacerdote sin ser víctima, sin arriesgar la vida, sin dejarse tocar por la muerte. Un sacerdote así, aunque suene extraño, pone al mundo todo en estado de resurrección.  En el sacrificio de Jesús y en el de todos los inmolados, Dios no está en un supuesto cielo recibiendo satisfacción y gloria, Dios está muriendo en las víctimas y en ellas quiere ser adorado.

Al escuchar el testimonio de Antún, viene también a mi memoria Komitas, un personaje histórico de El libro de los susurros, de Varujan Vosganian, y que relata el genocidio armenio (todavía, después de un siglo, están los “expertos” de los gobiernos y las iglesias, discutiendo si fue genocidio o no).    

Komitas es un sacerdote ortodoxo, que experimenta hasta lo más hondo el exterminio de su pueblo y que recorre con sus cristianos los caminos del horror. “Komitas, escribe el autor armenio, se mezclaba con la muchedumbre para tratar de aliviar, en la medida de lo posible, el sufrimiento y los exhortaba a conservar la confianza en Dios. Por la noche se quedaba sólo y murmuraba. Al principio sus compañeros de viaje creyeron que rezaba, pero no: hablaba a alguien, y si ese alguien era Dios, entonces las palabras, inusuales para un monje, parecían de reproche, una especie de salmos al revés”. 

Sí, lo creo también, un sacerdote en Colombia, si quiere ser mistagogo y señalarnos la luz en medio de esta oscuridad, si quiere hacerse cargo de los muertos y reconocerlos como materia eucarística para la vida abundante, se verá no pocas veces rezando salmos al revés, y peleando con Dios. Creo que algo así experimentó el padre Antún Ramos. A él le pido perdón, estoy muy lejos de mi Colombia para conocerlo, sólo lo sigo en la red y he escuchado sus testimonios, y aun así, con una gran confianza, me he atrevido a hablar de él.

Publicado enColombia
Jenny al lado del recuerdo vivo de su hijo. Foto por Angélica Bohórquez.

“Tribunal popular busca justicia para las doce víctimas de la represión en Siloé, dice Isabela Albán

 

El martes 3 de mayo se instala en Cali el Tribunal Popular de Siloé ‘Operación Zapateiro’, que escuchará los testimonios de familiares de las doce personas de este sector de la capital del Valle asesinadas en la represión desatada por el gobierno de Iván Duque contra el pueblo caleño.

En el Tribunal Popular, que contará con jueces internacionales, también serán escuchados testimonios de familiares de muchas otras de las 48 personas asesinadas por la Fuerza Pública en Cali y de los afectados por las violaciones masivas de derechos humanos en las que incurrieron agentes del régimen de Duque en la represión contra los participantes en el Paro Nacional, iniciado el 28 de abril de 2021.

La instalación del Tribunal se efectuará a las 5:00 p.m. del martes 3 de mayo, en el Parque de la Horqueta de Siloé, sur occidente de Cali.

Entre el 4 de mayo y el 8 de septiembre se hará el acopio de pruebas y la contrastación de evidencias, en tanto que el 9 de septiembre se llevará a cabo la audiencia de juicio, acusación e impugnación.

El 10 de diciembre se conocerá la sentencia de este juicio social, orientado a evitar que haya impunidad por los crímenes de lesa humanidad cometidos por las Fuerzas Armadas a órdenes del gobierno de Duque.

Impulsan este ejercicio de control y justicia social los familiares de las víctimas, el Museo Popular de Siloé, la Red de Hermandad y Solidaridad con Colombia, la Unicatólica, el colectivo Nomadesc, el movimiento N21 Incluyente y Diverso y la Comisión de Derechos Humanos del Congreso de los Pueblos.

El Tribunal cuenta también con el apoyo de la Arquidiócesis de Cali, la Corporación Colectivo de Abogados Suyana, la Corporación Jurídica Yira Castro, la Asociación Americana de Juristas (Capítulo Colombia), el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado y el Colectivo 28A, entre muchas otras organizaciones, además de varias instituciones internacionales.

PERIODISMO LIBRE dialogó sobre el Tribunal con la socióloga Isabella Albán H., integrante del Museo Popular de Siloé y una de las organizadoras del certamen, quien sostuvo que el evento procura, entre otros objetivos, que haya justicia para la memoria de las doce personas asesinadas en la represión llevada a cabo por los órganos armados del Estado contra la comunidad de Siloé entre abril y junio de 2021.

El Tribunal Popular de Siloé ‘Operación Zapateiro’ se cumple al conmemorarse un año de iniciado el Paro Nacional y el levantamiento social contra las políticas neoliberales y violatorias de los derechos humanos del gobierno de Duque.

La Operación Zapateiro hace referencia al plan que anunció el régimen a través del comandante del Ejército, general Enrique Zapateiro, quien sostuvo ante Duque que en una semana “recuperaría el orden en Cali”, anunció que tuvo terribles consecuencias que serán objeto de documentación en el Tribunal Popular de Siloé.

Cali, domingo 1 de Mayo de 2022.

Periodismo libre

 

Publicado enColombia
Lunes, 02 Mayo 2022 05:49

1º de mayo

Trabajadores de Amazon se manifiestan ayer en Manhattan, Nueva York. Los emplea-dos de una planta de la megaempresa se sindicalizaron hace un mes, lo que retumbó en Estados Unidos, ya que desafiaba los pro-nósticos de políticos y líderes sindicales de que era casi imposible, y ahora hay esfuerzos para replicar eso por todo el pais. Foto Afp

La primera victoria laboral contra la empresa del segundo hombre más rico del país y la ola de triunfos en decenas de tiendas Starbucks a favor de la sindicalización de trabajadores –todo a pesar de esfuerzos antisindicales multimillonarios– en las últimas semanas nutre la esperanza de que los mártires de Chicago están resucitando, una vez más.

El Día de los Trabajadores, que nació con el movimiento por la jornada de ocho horas encabezado por anarcosindicalistas y otros trabajadores rebeldes –muchos de ellos inmigrantes– hace 136 años en Chicago y que se festeja por todas partes del planeta no se celebra oficialmente en Estados Unidos. Pero fueron justo los trabajadores inmigrantes que rescataron la memoria de los mártires de Chicago para los estadunidenses, empezando en el movimiento de millones en la primavera de 2006 –incluyendo el primero de mayo– con marchas y eventos que continúan hasta hoy día en esa fecha.

El extraordinario triunfo de trabajadores en la ciudad de Nueva York que votaron a favor de sindicalizar por primera vez una planta de la megaempresa Amazon en un sindicato independiente llamado Amazon Labor Union hace un mes retumbó alrede-dor del país ya que desafiaba los pronósticos de políticos y líderes sindicales de que tal logro era casi imposible, y ahora hay esfuerzos para replicar eso por todo el pais. Por otro lado, el primer triunfo de trabajadores de Starbucks para sindicalizar una de las miles de tiendas de esa empresa en diciembre, en Búfalo, Nueva York, se está multiplicando (trabajadores en más de 170 tiendas han solicitado una elec-ción sindical) y a la fecha ya son 44 las tiendas que han votado por agremiarse en el nuevo sindicato de Starbucks Workers United. Muchos de estos esfuerzos están encabezados por jóvenes.

A la vez hay triunfos en varios otros sectores en los últimos meses, por ejemplo los casi 500 trabajadores de tecnología del New York Times votaron por agremiarse, al igual que los trabajadores del Instituto de Arte de Chicago.

Sólo en los últimos seis meses se ha registrado un incremento de 57 por ciento en el número de trabajadores y agrupaciones laborales que formalmente exigen ser representados por un sindicato, reporta Reuters.

También hay acciones sin precedente, como el piquete flotante de huelguistas ante una refinería de Chevron en Richmond, California, donde se busca que los buques no crucen esa línea, es resultado de una nueva alianza entre el sindicato siderúrgico United Steelworkers y la organización ambientalista Greenpeace.

Todo esto en el momento mas débil del movimiento sindical en casi un siglo resultado de una ofensiva neoliberal durante los últimos 40 años que ha logrado reducir la tasa de sindicalización del sector privado a sólo un 6 por ciento, y con un incremento dramático de la concentración de riqueza sin precedente entre el uno por ciento más rico.

Pero lo de Amazon y Starbucks no salió de un vacío, ya que a lo largo de la última década hubo estallidos y rebeliones laborales, incluyendo la ola de huelgas de maestros en 2018 y 2019 en varios estados, acciones de trabajadores del sector de comida rápida en todo el país por un salario mínimo digno de 15 dólares la hora (el salario mínimo oficial de 7.25 dólares no ha sido modificado en décadas), nuevos sindicatos universitarios y hasta huelgas dentro de prisiones en 17 estados por reos obligados a trabajar por un dólar la hora, y acciones mas tradicionales, como la huelga de más de un año de los mineros en Alabama.

"Desde baristas hasta trabajadores de almacenes y maestros hay algo común, una clase trabajadora machacada década tras década. A través del país, gente trabajadora rehúsa ser pieza en el engranaje de la máquina de la clase multimillonaria. Este primero de mayo recordemos el poder de nuestra solidaridad y concluyo que cuando los trabajadores en nuestro país y alrededor del mundo se juntan, no hay nada que nos puede detener en la lucha por la justicia".

Almanac Singers. Talking Union. https://open.spotify.com/track/0yuKuvDJlOf4GjUtf3OPjf?si=3a90eecd2e824c35

Bruce Springsteen, Tom Morello. Ghost of Tom Joad. https://www.youtube.com/watch?v=B-c6GphpAeY

Publicado enSociedad
Martin Luther King, en uno de sus discursos.

Sin disculparse ni avergonzarse por su serie de recientes fracasos, el partido de la guerra vuelve a la carga una vez más. Sus miembros reciben con satisfacción la perspectiva de una “Nueva Guerra Fría”

 

Recientemente participé en la conmemoración del discurso de Martin Luther King “Más allá de Vietnam: el momento de romper el silencio”, pronunciado originalmente el 2 de abril de 1967 en la iglesia Riverside de Nueva York. King aprovechó la ocasión para anunciar su oposición a la guerra que estaba teniendo lugar en Vietnam. Aunque algunos miembros del movimiento antibélico lo veían venir desde hacía tiempo, esta decisión recibió duras críticas, incluso de partidarios del movimiento en defensa de los derechos civiles. Le acusaron de desviarse de su camino y le indicaron la necesidad de volver al lugar que le correspondía.

El acto de este año en conmemoración por el 55º aniversario, celebrado también en el magnífico santuario de la iglesia de Riverside, ofreció una estimulante música cristiana y un reflexivo debate sobre las declaraciones de King. Sin embargo, lo más impactante fue la lectura pública del propio discurso. “Más allá de Vietnam” contiene muchos pasajes célebres y conmovedores. King, por ejemplo, citó “la cruel ironía de ver en las pantallas de televisión a jóvenes negros y blancos que matan y mueren juntos por una nación que ha sido incapaz de sentarlos juntos en las mismas escuelas” y que no les permite vivir “en la misma manzana en Chicago”. Y reflexionaba sobre la incongruencia de enviar a jóvenes negros “a doce mil kilómetros de distancia para garantizar unas libertades en el sudeste asiático que no habían encontrado en el sudoeste de Georgia y el este de Harlem”.

Para mí, al menos, lo que ese momento conmemorativo puso claramente de manifiesto fue su lacerante crítica a la libertad estadounidense. Y ahí, en mi opinión, reside su valor perdurable.

Entre la teoría y la práctica –entre las aspiraciones expresadas en la Declaración de Independencia y la Constitución, por un lado, y la omnipresencia de lo que King denominó los “trillizos gigantes” del racismo, el materialismo y el militarismo, por el otro– sigue existiendo, incluso en nuestros días, una enorme brecha. Su discurso reflejó elocuentemente esa brecha que, con el paso del tiempo, no se ha reducido de un modo considerable.

King no fue ni el primer ni el último observador en señalar la naturaleza degradada y deficiente de la libertad al estilo estadounidense tal y como se ejerce en la práctica. Tampoco fue el único en advertir la hipocresía que impregna nuestra política. No obstante, debido a las cotas morales a las que había ascendido, su crítica adquiría una mordacidad especial.

En 2022 hemos llegado a un momento, aunque sea con retraso y a regañadientes, en el que la mayoría de los estadounidenses (aunque ni mucho menos todos) al menos reconocen que el racismo constituye un indecente hilo que recorre la historia de nuestra nación y se burla de nuestra profesada devoción por la libertad y la igualdad para todos. Por supuesto, el reconocimiento por sí solo no implica una reparación. En el mejor de los casos, hace que las reparaciones sean plausibles. En el peor de los casos, ofrece una excusa para la inacción, como si el mero hecho de confesar el pecado bastara para eliminarlo. 

 La atención prestada al racismo en los últimos tiempos ha tenido exactamente ese efecto no deseado: liberar a los estadounidenses de cualquier obligación, ni siquiera de reconocer las insidiosas consecuencias del materialismo y el militarismo. En ese sentido, incluso ahora, dos de los gigantescos trillizos de King apenas llegan a ser mera palabrería. En la esfera política se ignoran o, en el mejor de los casos, se tratan como algo secundario.

Los presidentes suelen tener mucho que decir sobre muchas cosas y Joe Biden abraza con creces esa tradición. Rara vez –Jimmy Carter es la única excepción que se me ocurre– se centran en el impacto del materialismo y el militarismo en la vida estadounidense. Sobre estos dos temas, el por lo demás locuaz Biden ha guardado silencio.

Empleando un registro profético en su discurso, King había descrito la guerra de Vietnam como “un mero síntoma de una enfermedad mucho más grave dentro del espíritu estadounidense”. Y aunque esa guerra terminó hace medio siglo, la enfermedad más grave aún persiste. Se puede ver en la desigualdad generalizada y la pobreza abrumadora que impregnan a la que sigue siendo la nación más rica del mundo, así como en el continuo apetito de nuestro país por la guerra, ya sea directamente o a través de sus representantes. Sobre todo lo vemos en la obstinada negativa a reconocer la relación entre el racismo persistente, el materialismo omnipresente y el militarismo corrosivo, cada uno de los cuales utiliza y sostiene a los demás.

En la iglesia de Riverside, King denunció que, mientras el gobierno de Estados Unidos manifestaba un firme compromiso por la paz, se había convertido en “el mayor proveedor de violencia del mundo”. Teniendo en cuenta el aumento progresivo de muerte y destrucción que seguía aconteciendo en Vietnam, la verdad de esa afirmación en 1967 era –o debería haber sido– indiscutible. Incluso teniendo en cuenta la invasión rusa de Ucrania y la consiguiente destrucción y matanza en este país, hoy en día esa afirmación sigue siendo cierta. Si se calculan las consecuencias de las diversas campañas desacertadas posteriores al 11 de septiembre, emprendidas en el marco de la “guerra global contra el terrorismo”, los hechos hablan por sí mismos.

En 1967, King lanzó este reto: “Como nación debemos someternos a una revolución radical de valores”. En las décadas siguientes no se produjo tal revolución. De hecho, quienes ejercen el poder, ya sea en Washington o en Hollywood, en Wall Street o en Silicon Valley, generalmente se esfuerzan por suprimir cualquier tendencia de este tipo, excepto quizás cuando se gana dinero. Así, hoy en día, el materialismo y el militarismo permanecen ocultos a plena vista. 

 Rearmarse para la próxima guerra

Para los defensores del statu quo decididos a mantener la tendencia estadounidense al materialismo y al militarismo, la guerra ruso-ucraniana no podría haber ocurrido en mejor momento. De hecho, llega como un regalo de los dioses.

En cuanto a las repercusiones inmediatas, dicha guerra ha afectado a la política estadounidense de dos maneras. En primer lugar, está desviando la atención de la incapacidad manifiesta de Washington para abordar eficazmente un cúmulo de problemas que ha provocado nuestra despilfarradora concepción de la libertad, especialmente la crisis climática. Las terribles noticias procedentes de Járkov o Mariupol enterraron el último informe que advertía de que los actuales esfuerzos para la atenuación del cambio climático se quedarán cortos con casi total seguridad, con consecuencias catastróficas.

Mientras tanto, la flagrante agresión rusa en Ucrania también ha ofrecido una excusa para que Washington considere como una noticia pasada o descarte como noticia la vergonzosa debacle de la retirada estadounidense de Kabul en agosto de 2021. De este modo, el Pentágono se encoge de hombros ante un episodio humillante que puso fin a veinte años de esfuerzos militares equivocados y mal gestionados en Afganistán. Entre los defensores del militarismo estadounidense hay pocas cosas más importantes que olvidar –no, borrar– esas dos décadas de funestos fracasos y decepciones. En esencia, la invasión rusa de Ucrania ha permitido que Washington haga precisamente eso. Como por arte de magia, Putin ha conseguido cambiar de tema.

Como ejemplo de cómo funciona esto, analicemos un reciente ensayo en Foreign Affairs, la revista insignia de la política exterior de la clase dirigente. Se titula “¿El retorno de la ‘pax americana’?”.

Los signos de interrogación son engañosos. Unos signos de exclamación habrían captado mejor los objetivos de sus autores. Michael Beckley y Hal Brands enseñan en las universidades de Tufts y Johns Hopkins, respectivamente. Ambos también pertenecen al American Enterprise Institute de Washington, D.C., y ambos acogen con satisfacción la guerra de Ucrania como el medio que reactivará el compromiso de Estados Unidos con el enfoque firme y enérgico de la política mundial que favorecen los sectores militaristas. El presidente ruso Vladímir Putin, escriben, ha dado a Estados Unidos “una oportunidad histórica para reagruparse y rearmarse ante una era de intensa competencia”, pensando que no sólo Rusia, sino también China, estarán en nuestro punto de mira. El llamamiento a rearmarse es fundamental en su mensaje.

Los autores culpan a la “apatía pública predominante” y al “letargo estratégico” de haber relegado a EE.UU. a una posición débil. En particular, su ensayo sólo contiene una referencia de pasada a las guerras de Afganistán e Irak, y no menciona en absoluto lo que han provocado las dos décadas de guerras estadounidenses posteriores al 11-S y a qué coste. Al menos implícitamente, Beckley y Brands consideran que estos conflictos son irrelevantes. 

 Desde esta perspectiva, la guerra de Ucrania difícilmente podría haber llegado en mejor momento. Según Beckley y Brands, abre “una ventana de oportunidad estratégica” para hacer frente a “la próxima ola de agresiones autocráticas” que, según los autores, acecha en el horizonte. Aprovechar esa oportunidad requerirá que Estados Unidos –su presupuesto militar ya es de lejos el mayor del mundo– realice “enormes inversiones en fuerzas armadas orientadas al combate de alta intensidad”, mostrando al mismo tiempo una “voluntad de enfrentarse a los adversarios e incluso arriesgarse a entrar en guerra” en el proceso. Los autores acogen con satisfacción esta posibilidad.

Desde cualquier perspectiva, a mi juicio, la guerra de Ucrania está resultando un desastre para todas las partes implicadas (excluidos los fabricantes de armas). Cuando sea y como sea que termine el conflicto, no habrá vencedores, sólo víctimas. Aun así, Beckley y Brands celebran la guerra como la ocasión de un gran despertar en Washington: el momento en que los responsables políticos redescubrieron “el valor del poder radicado en los medios militares y económicos”.

¿Qué diría Martin?

Cito las opiniones de Beckley y Brands no porque sean originales o incluso particularmente interesantes, sino porque captan la esencia del pensamiento convencional de Washington. Sin disculparse ni avergonzarse por su serie de recientes fracasos, el partido de la guerra –la única expresión que ha sobrevivido del bipartidismo del Congreso– vuelve a la carga una vez más.

Al igual que la clase dirigente de la política exterior se eximió en su día de la responsabilidad de Vietnam y se esforzó por ignorar la lección, la actual generación de esa clase dirigente está visiblemente deseosa de seguir adelante. Sus miembros reciben con satisfacción la perspectiva de una “Nueva Guerra Fría” que permitiría a Estados Unidos revivir los ostensibles días de gloria de la última, que incluyó, por supuesto, no sólo la Guerra de Vietnam sino también la de Corea, una carrera armamentística nuclear y una pauta de “trucos sucios” de la CIA, entre otras abominaciones. Beckley y Brands se han ofrecido como voluntarios para servir de escribas de este diabólico proyecto. Si Washington hace caso de su llamada a la acción, dejarán a otros las infamias que inevitablemente sucederán.

Aunque no hay manera de saber con certeza cómo habría reaccionado Martin Luther King con este asunto, no es difícil de adivinar. Con toda probabilidad, lo habría condenado sin reservas. Habría rechazado cualquier esfuerzo propagandístico para disfrazar los principios imperialistas de la última versión naciente de una “pax americana”. Habría exigido una estimación honesta de nuestras guerras recién concluidas antes de embarcarse en lo que Beckley y Brands caracterizan engañosamente como otra “larga lucha crepuscular”. Habría reiterado su llamamiento a una revolución radical de valores que derive en una sociedad en la que las personas importen más que las cosas. Casi con toda seguridad habría citado la inminente crisis climática (que Beckley y Brands ignoran) para dejar claro que los Estados Unidos de 2022 tienen prioridades más importantes que embarcarse en una nueva competición de grandes potencias que probablemente únicamente provoque lágrimas.

“Ahora nos enfrentamos al hecho”, dijo King en abril de 1967 al concluir su discurso en la iglesia Riverside “de que el mañana es hoy. Nos enfrentamos a la apremiante urgencia del ahora. En este enigma de la vida y de la historia, existe lo que se llama llegar demasiado tarde. La dilación sigue siendo el ladrón del tiempo. La vida a menudo nos deja al descubierto, desnudos y abatidos por una oportunidad perdida. La marea de los problemas de los hombres no permanece estancada, sino que fluye. Podemos gritar desesperadamente para que el tiempo se detenga a su paso, pero el tiempo es inflexible a toda súplica y se precipita. Sobre los huesos descoloridos y los residuos revueltos de numerosas civilizaciones están escritas las lamentables palabras: ‘Demasiado tarde’”.

“¿Ya es demasiado tarde?” se ha convertido en la pregunta de nuestro tiempo. Esperemos que no. Pero si queda tiempo suficiente para salvar el planeta y a nosotros mismos –por no hablar de nuestra atribulada democracia– es probable que, en el mejor de los casos, apenas alcance. Ciertamente, no podemos perder el tiempo en una mayor irresponsabilidad militar como la que, en los últimos años, le ha costado demasiado caro a nuestro país y a otros. No podemos permitirnos seguir aplazando la revolución de valores de King.

Andrew J. Bacevich (The Nation) 23/04/2022)

-----------------------

Por Andrew J. Bacevich Jr. es un historiador estadounidense especializado en relaciones internacionales, estudios de seguridad, política exterior estadounidense e historia diplomática y militar estadounidense. Es profesor emérito de Relaciones Internacionales e Historia en la Escuela de Estudios Globales Frederick S. Pardee School of Global Studies.

Este artículo se publicó en The Nation el 18 de abril.

Traducción: Paloma Farré

Publicado enInternacional
El informe sobre el apartheid de la Facultad de Derecho de Harvard deja a quienes defienden a Israel sin palabras

El Laboratorio Internacional de Derechos Humanos (IHRC) de la Facultad de Derecho de Harvard publicó últimamente un informe que encuentra que el trato de Israel a las y los palestinos en Cisjordania equivale al delito del apartheid.

El estudio «Apartheid in the Occupied West Bank: A Legal Analysis of Israel’s Actions» salió a la luz el 28 de febrero a raíz de cinco informes más amplios sobre el apartheid publicados desde 2020, y justo antes de que el Relator Especial de las Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos en los territorios palestinos ocupados publicara otro informe sobre el apartheid el 21 de marzo.

Preparado por el laboratorio de derechos humanos de la facultad de derecho, coordinado con la Asociación de Apoyo a los Presos y Derechos Humanos Addameer, con sede en Ramalá, el informe se publicó sin eco mediático y recibió una cobertura mínima de prensa. Y, hasta ahora, no ha recibido ninguna condena pública por parte del lobby israelí. El Estado de Israel reaccionó solo con una declaración superficial y no sustantiva de su embajador en la ONU, Gilad Erdan, de que «los que escribieron el informe en nombre de Harvard… decidieron deslegitimar al estado judío debido a sus puntos de vista antisemitas».

Aunque solo tiene 22 páginas, el informe incluye 130 notas a pie de página que respaldan adecuadamente el texto y permiten a las y los lectores profundizar más. El enfoque estrecho del informe arroja luz sobre los instrumentos y procesos legales personalizados implementados desde 1967 para privar a las y los palestinos de Cisjordania de sus derechos humanos, civiles y políticos.

La descripción precisa de la guerra de leyes por la que Israel, con impunidad, ha intimidado, confundido, humillado, ultrajado, encarcelado, torturado y matado a palestinos y palestinas desde 1967 genera un impacto acumulativo irresistible. Los artículos individuales de la letanía no son en sí mismos nuevos, pero verlos representados en su totalidad coordinada es ver cómo la máquina israelí de la injusticia hace su trabajo antihumano.

Dada la potencia del informe y el prestigio de la marca Harvard, no hay duda de que el lobby finalmente perseguirá al IHRC. La formulación del embajador israelí en sus comentarios insinúa la probabilidad de que se intente presionar a Harvard y a la Facultad de Derecho de Harvard para que se desvinculen de «quienes lo han escrito en nombre de Harvard», es decir, el laboratorio internacional de los derechos humanos de la facultad de derecho de Harvard, el IHRC.

Mientras tanto, las y los autores del informe han sido circunspectos, al igual que el órgano de las Naciones Unidas al que se presentó el informe. La Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Ocupado, incluida Jerusalén Oriental, e Israel, que fue convocada por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en mayo de 2021, había pedido a los grupos de la sociedad civil que documentaran posibles violaciones del apartheid. (Addameer y el grupo de asistencia jurídica e investigación Al-Haq habían enviado otro informe de este tipo en enero de este año, titulado «Afirmando y manteniendo un régimen de apartheid sobre el pueblo palestino en su conjunto»).

Después de una descripción meticulosa del crimen de apartheid en el derecho internacional, incluida una explicación clara de cómo y por qué los grupos étnicos, como el palestino (o el Rohinga de Myanmar), se consideran «grupos raciales» según la ley, el estudio de Harvard-Addameer describe el «sistema legal dual que afianza la supremacía judía israelí» en Cisjordania.

Comienza citando lo que el comandante de las fuerzas de las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel, el ejército israelí) en Cisjordania expresó a las y los palestinos en 1967:

«Todos los poderes del gobierno, legislación, nombramiento y administración pertenecientes a la región o a sus residentes ahora estarán exclusivamente en mis manos y serán ejercidos solo por mí o por cualquier persona designada por mí o que actúe en mi nombre».

Cincuenta y cinco años después, este poder dictatorial, que podría ser comprensible inmediatamente después de una reciente ocupación de un territorio enemigo, se ha ejercido e institucionalizado inquebrantablemente. El poder se despliega a través de órdenes militares, más de 1.800 de las cuales se han abatido sobre las y los palestinos, pero nunca sobre las y los colonos israelíes en asentamientos ilegales reservados a las y los judíos que se han extendido por todo el territorio palestino ocupado.

Las órdenes militares definen las “infracciones a la seguridad» que van desde el terrorismo hasta los delitos de tráfico. Son procesados en tribunales militares, cuyo funcionamiento está evidentemente sujeto al Tribunal Supremo de Israel, que, a lo largo de los años, ha hablado severamente de las muchas y estrictas garantías que deben controlar al poder militar. De hecho, sin embargo, el tribunal se remite a las conclusiones y determinaciones del ejército israelí. Así, por ejemplo, a partir de 2021, el informe dice que, de los cientos de revisiones del Tribunal Supremo de las órdenes de detención administrativa, solo una ha dado lugar a la revocación de una orden.

Según el informe Harvard-Addameer, las y los palestinos pueden ser procesados por cosas como:

«Entrar en una zona militar cerrada´, que puede ser una designación adjunta en el momento a una zona de protesta, o ‘pertenencia y actividad en una asociación ilegal’ (hay que tener en cuenta que el ejército israelí se ha arrogado el poder de declarar como ‘asociaciones ilegales’ grupos que abogan por «incitar al odio o al desprecio, o la excitación de la desafección contra” las autoridades de ocupación israelíes).

«Del mismo modo, hay órdenes militares que criminalizan las reuniones de más de 10 personas que ‘podrían interpretarse como políticas’ si tienen lugar sin permiso; la publicación de material que «tenga un significado político»; y la ostentación de «banderas o símbolos políticos» sin aprobación militar previa. La expresión pacífica de la oposición a la ocupación puede ir en contra de las órdenes militares que criminalicen a cualquier persona que «intente, oralmente o de otra manera, influir en la opinión pública en la región [Cisjordania] de una manera que pueda dañar la paz o el orden público»; «publique palabras de elogio, simpatía o apoyo a una organización hostil, a sus acciones o a sus objetivos”; o cometa un “acto o una omisión que provoque un perjuicio, un daño o una perturbación de la seguridad de la región o de las fuerzas de defensa israelíes”.

Si este conjunto de órdenes no cubre algún «acto u omisión», o un discurso o un silencio, que no les guste a los comandantes israelíes, los términos se modifican fácilmente o se puede emitir una nueva orden. Cualquier persona palestina que quiera discutir sobre su presunto delito es fácilmente detenida, y encarcelada, utilizando la detención administrativa, un proceso de encarcelamiento simplificado que, según el estudio:

«no está sujeto a una orden judicial y no es necesario revelar los cargos al detenido. La Orden Militar nº 1651 otorga además al ejército israelí amplios poderes para privar a un detenido del derecho a comunicarse con un abogado y a ser llevado ante un juez cuando debiera corresponder. En el curso de los procedimientos administrativos para confirmar una orden de detención administrativa, los tribunales militares pueden basarse exclusivamente en «pruebas secretas» no puestas a disposición de la persona detenida. Si se confirma la orden de detención, la ordenanza establece que el comandante militar puede prorrogar la orden de detención cada seis meses, sin límite de tiempo total».

Miles de hombres, mujeres, niñas y niños palestinos son encerrados de esta manera cada año. Durante su encarcelamiento, pueden experimentar «prácticas corrientes de tortura y malos tratos, incluidas palizas, agresión física y tortura posicional», dice el estudio, basándose en la larga historia de Addameer de defensa de los prisioneros contra los abusos.

En cuanto a la tortura, las decisiones del Tribunal Supremo de Israel son particularmente nobles en apariencia y completamente ineficaces en la práctica. Los jueces han declarado que «la tortura y los malos tratos a los detenidos son ilegales, haciendo hincapié en la prohibición absoluta de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes en el derecho internacional», dice el estudio Harvard-Addameer. Pero el tribunal también ha «reconocido escenarios de ‘bomba de relojería’ en los que la ‘necesidad’ podría ser una posible defensa penal para usar ‘métodos de interrogatorio físico'». Los jueces han insistido en que la «defensa de necesidad» debe aplicarse solo si el trato de una persona no es tan severo como para constituir tortura, una determinación que dependería de las «circunstancias concretas» en cada caso. Por lo tanto, los interrogadores militares tienen la apertura que necesitan para justificar siempre los «interrogatorios de necesidad».

Recientemente, el tribunal ha aclarado que la excepción de «bomba de relojería» no significa que el peligro sea inminente, sino simplemente que hay una necesidad inmediata de obtener información. En otras palabras, no se necesita ninguna bomba. «En la práctica», dice el estudio, el tribunal «ha creado una grave laguna» que permite «el uso de la tortura y los malos tratos contra las y los detenidos palestinos con impunidad».

Según el estudio, las y los palestinos también están «privados del derecho a ser juzgados ante un tribunal independiente e imparcial». «Los fiscales, los oficiales administrativos y, lo que es más importante, los jueces de los tribunales militares son todos oficiales militares israelíes», escriben los autores, señalando que la imparcialidad de los jueces está «fundamentalmente socavada» porque están sujetos al «sistema de disciplina y promoción dentro del ejército».

Dada la sofocante opresión que este régimen impone a los palestinos de Cisjordania, se puede entender por qué a veces se dice que su suerte es peor en ciertos aspectos que la de quienes viven en la Franja de Gaza. Además, el informe señala cómo «la supresión de la libertad de asociación y reunión palestina se ha intensificado en los últimos años, y la criminalización de las asociaciones «ilegales» se ha extendido recientemente a seis destacadas organizaciones de la sociedad civil palestina», incluidas Al-Haq y la propia Addameer.

Irónicamente, se cree que la razón principal por la que los seis grupos han sido declarados ilegales es una represalia contra su colaboración con la ONU y la Corte Penal Internacional y otros organismos que buscan investigar las condiciones en Palestina-Israel.

Habiendo descrito la parodia de la justicia del apartheid, el informe concluye:

«Estos marcos e instituciones, junto con las políticas israelíes a largo plazo de confiscación y despojo de tierras, de restricción de la circulación de los palestinos y expansión de las colonias israelíes ilegales, sirven sistemáticamente al propósito de privilegiar y mantener la dominación de los israelíes judíos sobre los palestinos».

A pesar de su silencioso despliegue, la alta calidad del estudio y su asociación con Harvard probablemente signifiquen que desempeñará un papel importante en el reconocimiento de la realidad del apartheid de Israel. Michael Lynk, el Relator Especial de las Naciones Unidas, me dijo que el estudio está «excepcionalmente bien investigado y razonado» y que «se basó en él en [su] informe de la ONU porque era convincente y riguroso». En su informe al Consejo de Derechos Humanos de la ONU en marzo, Lynk señaló las «características despiadadas del gobierno de “apartheid” de Israel en el territorio palestino ocupado, que no se practicaban en el Sudáfrica». Escribió que particular que: «Ante los propios ojos de la comunidad internacional, Israel ha impuesto a Palestina una realidad de apartheid en un mundo post-apartheid».

Su informe no encontró escasez de comentarios, «en su mayoría positivos y algunos injuriosos y con insultos, que realmente no añaden nada al debate», dice Lynk, en otras palabras, la ausencia habitual y completa de críticas sustantivas de cualquiera de las pruebas y de los análisis legales en los que se basa el veredicto de apartheid. Lynk se negó a especular sobre la falta de respuesta al informe Harvard-Addameer.

El silencio del lobby israelí puede explicarse por el hecho de que la prensa aún no ha publicado el informe, pero parece inconcebible que el lobby deje sin oposición la idea de que Harvard, el sanctasanctórum de la academia estadounidense, respalde una condena tan implacable de Israel. El IHRC puede tener que vérselas con algunos inconvenientes. Al menos, es probable que la relación del laboratorio con Addameer sea atacada.

La propia Addameer, por supuesto, corre el riesgo de sufrir represalias directas por parte de Israel, que, como se mencionó, ya la declaró una «asociación ilegal», junto con las otras cinco distinguidas organizaciones de derechos humanos y de la sociedad civil, en octubre de 2021. Israel no ha proporcionado pruebas concretas de los vínculos «terroristas» que afirma que justifican las prohibiciones. Solo se han invocado supuestas «pruebas secretas», lo que ha llevado a los países occidentales a retrasar la imposición de sus propias sanciones antiterroristas. Además, hasta la fecha, Israel ha retrasado en gran medida la ejecución de las órdenes.

Este enfoque in terrorem es análogo a la forma en que Israel utiliza miles de órdenes de demolición emitidas contra estructuras palestinas pero mantenidas en suspenso, a veces durante años, para mantener una amenaza continua de demolición repentina. Si Israel decide que Addameer, por ejemplo, ha ido demasiado lejos al exponer los crímenes de apartheid, podría, además de atacar físicamente las oficinas y al personal de Addameer, presionar a las personas arrestadas para que den falso testimonio contra Addameer a cambio de un indulgente acuerdo de declaración de culpabilidad. Tales pruebas podrían presentarse a otros países para que sancionaran a Addameer y a su personal (y, por supuesto, la falsa acusación contra Addameer, y tales pruebas, serían citadas por el lobby israelí en ataques contra la IHRC para que Harvard condenara el informe del apartheid).

Sin embargo, la publicación del informe es una victoria para los derechos humanos de las y los palestinos. Además, la cautela mostrada por los líderes del lobby israelí parece mostrar que están empezando a medir la creciente magnitud del movimiento contra el apartheid a medida que continúa creciendo, el potencial del concepto de apartheid para aclarar las percepciones públicas y desencadenar la indignación pública, y el riesgo de que los endebles ataques ad hominem contra quienes denuncian el apartheid solo puedan hacer crecer la atención sobre los informes y alienarse a las y los partidarios más desinformados del estado judío.

Por Steve France | 16/04/2022

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

Publicado enInternacional
El economista Friedrich Hayek trató de revivir el liberalismo internacional para contrarrestar el ascenso del socialismo y otras corrientes colectivistas. (PA Images vía Getty Images)

Una entrevista con Jessica Whyte

Los padres intelectuales del neoliberalismo sabían que necesitaban adjuntar una filosofía de ideales elevados al vicioso sistema de libre mercado que querían extender por todo el mundo. Encontraron esa filosofía pervirtiendo la idea de los derechos humanos.

 

En 1947 se produjeron dos acontecimientos aparentemente no relacionados. Fue el año en que se redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. También fue el año en que se fundó la Sociedad Mont Pelerin, una agrupación entre cuyos miembros fundadores se encontraban los teóricos pioneros del neoliberalismo Friedrich Hayek y Milton Friedman.

En The Morals of the Market: Human Rights and the Rise of Neoliberalism, la filósofa política Jessica Whyte investiga la relación histórica y conceptual entre los derechos humanos y el neoliberalismo. En respuesta a los horrores de la Segunda Guerra Mundial, los delegados de las Naciones Unidas se reunieron para formular una lista de derechos universales. Al mismo tiempo, se estaba llevando a cabo un esfuerzo encabezado por Friedrich Hayek para revivir el liberalismo internacional, supuestamente motivado por una preocupación similar por el estado en peligro de la dignidad y la libertad humanas.

Los delegados de derechos humanos de la ONU y los primeros neoliberales discreparon sobre la solución correcta a las crisis sociales creadas por la guerra. Los primeros adoptaron una extensa lista de derechos sociales y económicos como base para un orden de posguerra. Los segundos, por el contrario, describían el bienestar y la planificación estatal como amenazas totalitarias para la «civilización occidental».

Whyte sostiene que los gobiernos, los ideólogos y los intelectuales adoptaron el discurso de los derechos humanos para proporcionar un lenguaje moral adecuado a la sociedad basada en el mercado que habían creado. Esto fue posible una vez que los neoliberales habían despojado a los derechos humanos de su contenido radical. Whyte conversó con Jacobin sobre la crisis del neoliberalismo y lo que podría venir después.

AS

Hábleme de los antecedentes de The Morals of the Market. ¿Qué cuestiones le llevaron a escribir este libro?

JW

Intentaba comprender la relación entre los derechos humanos, que se habían convertido en un lenguaje dominante de contestación política desde finales de los años setenta, por un lado, y el neoliberalismo, que había sido ampliamente adoptado en el mismo periodo, por otro. Me interesaba entender por qué nuestra era neoliberal había sido también la era de los derechos. Así que decidí volver a 1947, cuando la Comisión de Derechos Humanos comenzó a redactar la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Ese año también se reunió un grupo de economistas, filósofos e historiadores en un pueblo de los Alpes suizos para formar la Sociedad Mont Pelerin. La sociedad fue convocada originalmente por Friedrich Hayek y pretendía revivir el liberalismo internacional para contrarrestar el ascenso del socialismo, la socialdemocracia y otras corrientes «colectivistas». Entre sus miembros fundadores se encontraban economistas de la Escuela Austriaca como Ludwig von Mises, ordoliberales de la Escuela Alemana de Friburgo como Wilhelm Röpke y Alexander Rüstow, y los economistas de la Escuela de Chicago Milton Friedman y Frank Knight. También participaron otros, como el diplomático suizo William Rappard, el economista británico Lionel Robbins y los filósofos franceses Bertrand de Jouvenel y Raymond Aron. La Sociedad Mont Pelerin, que sigue existiendo hoy, se convirtió en un colectivo de pensadores neoliberales que pasó a definir y defender el neoliberalismo en todo el mundo durante muchas décadas.

Quería saber cómo los propios neoliberales entendían y se relacionaban con los derechos humanos, y si habían contribuido al desarrollo de la política de derechos humanos que cobró importancia a partir de la década de 1970. Mi investigación, y el libro que desarrollé a partir de ella, es un intento de comprender el papel del pensamiento de los derechos humanos en el pensamiento y la práctica neoliberales.

AS

Hay una suposición generalizada en la izquierda de que el neoliberalismo es una perspectiva amoral, comprometida únicamente con el racionalismo económico y el objetivo del crecimiento ilimitado. Por supuesto, esto tiene implicaciones morales. Sin embargo, en su libro, usted sostiene que desde el principio, el neoliberalismo fue un proyecto moral. Por ello, el neoliberalismo influyó y se vio influido por el desarrollo de las teorías de los derechos humanos. ¿Cómo cambia este análisis del neoliberalismo como proyecto moral nuestra comprensión de cómo evolucionó a partir de los años 40?

JW

Estaba muy descontenta con una de las interpretaciones dominantes del neoliberalismo que lo considera una racionalidad económica amoral que reduce a los seres humanos al homo economicus. Esta interpretación chocaba con lo que encontré en los archivos de la Sociedad Mont Pelerin.

Cuando se examinan los documentos fundacionales de la Sociedad Mont Pelerin de 1947, surge una imagen diferente. En sus propias palabras, los fundadores del neoliberalismo creían que los «valores centrales de la civilización están en peligro». Esta crisis civilizatoria, argumentaban, era el resultado de la negación de normas morales absolutas. A la luz de esto, muchos neoliberales defendieron la legitimidad moral de la «civilización occidental», que asociaron con los valores familiares, la libertad individual, la responsabilidad personal y la aceptación de los resultados de la competencia del mercado.

No es que, para los neoliberales, la competencia del mercado fuera simplemente un medio más eficiente para distribuir bienes y servicios. Por el contrario, el mercado era la institución central que podía coordinar la sociedad para contrarrestar el poder político. Friedrich Hayek, en particular, se esforzó mucho en formular lo que consideraba la moral del mercado. Sostenía que una sociedad libre solo podía sobrevivir si la gente toleraba altos niveles de desigualdad y se abstenía de interferir colectivamente en el orden del mercado. El éxito de un orden de mercado competitivo dependía de la inculcación de estas creencias.

AS

¿Qué nos ayuda a entender esta perspectiva sobre la misión moral del neoliberalismo en la actualidad?

JW

Creo que esto cambia nuestra comprensión de la alianza entre el conservadurismo social y el neoliberalismo, que está especialmente arraigada en Estados Unidos. En sus primeros trabajos, la teórica política Wendy Brown abordó este problema, al igual que la socióloga Melinda Cooper. Ambas han intentado resolver el rompecabezas de cómo, tras la revolución sexual, los neoliberales económicos, secos y amorales —en particular los asociados a la Escuela de Chicago— hicieron causa común con los neoconservadores, los evangélicos y los conservadores sociales.

Si nos alejamos de Estados Unidos y volvemos a la Europa de los años 40, queda claro que el conservadurismo social no era un complemento externo del neoliberalismo. Más bien, formó parte del paquete neoliberal desde el principio. Los pensadores neoliberales no necesitaron buscar fuera del movimiento neoliberal para encontrar fuertes defensas del cristianismo o de la superioridad de la civilización occidental. Tampoco necesitaron buscar en otros lugares para encontrar una defensa de la familia. El neoliberal alemán Wilhelm Röpke la describió como «la esfera natural de la mujer, el entorno adecuado para criar a los hijos y, de hecho, la célula parental de la comunidad». De hecho, como sostengo, los primeros pensadores neoliberales creían que el auge de la socialdemocracia y del Estado del bienestar amenazaba con usurpar el papel «natural» de la mujer en la familia.

AS

Otros estudiosos han sugerido que el neoliberalismo y los derechos humanos son «compañeros» o que «convergen limpiamente». Por el contrario, usted sostiene que el proyecto neoliberal readaptó las teorías de los derechos humanos. Teniendo en cuenta la centralidad de la idea de los derechos humanos en los movimientos sociales, ¿cree que el neoliberalismo despolitizó esos movimientos, alejándolos de la lucha política? ¿Está esto relacionado con la incorporación de los movimientos políticos a las ONG despolitizadas?

JW

Los pensadores y líderes neoliberales adoptaron muy explícitamente una estrategia de despolitización de los movimientos sociales. A principios del siglo XX, los neoliberales de la Sociedad Mont Pelerin estaban unidos en gran medida por la convicción de que el mercado podía utilizarse para pacificar las relaciones sociales. Para ello, revivieron una idea del siglo XVIII rastreada por el economista del desarrollo Albert Hirschman.

Los primeros neoliberales sostenían que cuando la gente actúa sobre la base de intereses fríos y racionales, es menos cautiva de sus violentas pasiones políticas. En consecuencia, los neoliberales consideraban la sociedad civil como un ámbito de relaciones de interés mutuo que debía protegerse de las intrusiones de la política. Los derechos humanos podían utilizarse para proteger la sociedad civil y los dominios privados de los individuos —sobre todo, su propiedad privada— de los desafíos políticos.

A escala internacional, esto significaba también proteger los derechos de los inversores. Esto era especialmente importante en las antiguas colonias, donde los Estados poscoloniales que intentaban expropiar la propiedad de las empresas multinacionales y de las empresas asociadas a las antiguas potencias coloniales. Así pues, los fundadores del neoliberalismo veían los derechos humanos como un freno a la política y como una forma de evitar la intervención política.

Con respecto a las ONG, los propios neoliberales tendían a ser bastante ambivalentes sobre ellas. Sin embargo, sostengo que a partir de la década de 1970, muchas ONG de derechos humanos adoptaron el marco neoliberal. Llegaron a ver la política como algo violento y opresivo, mientras que consideraban la sociedad civil y el mercado como el reino de la libertad individual y las relaciones sociales mutuamente beneficiosas.

AS

Entonces, ¿cómo hicieron las paces los pensadores neoliberales con el papel del Estado como garante de los derechos humanos? ¿Y qué relación deseaban fomentar entre instituciones supranacionales como la ONU y el Estado-nación?

JW

El neoliberalismo ciertamente no era antiestatista. Al contrario, el neoliberalismo estaba muy preocupado por movilizar al Estado para proteger al mercado competitivo de los desafíos políticos. Fundamentalmente, a lo que se oponían los neoliberales era a la soberanía popular. Hay una figura que se repite una y otra vez en los escritos neoliberales como el teórico original del totalitarismo: el filósofo radical ginebrino de la Ilustración Jean-Jacques Rousseau. Rousseau es quizás el teórico más importante de la soberanía popular.

Los neoliberales querían despolitizar el Estado. Rechazaban el argumento de Rousseau de que la voluntad popular debía desarrollarse a través del Estado y que éste podía ser una institución que defendiera la soberanía popular. En cambio, querían limitar el papel del Estado a la vigilancia del descontento social y a la lucha contra las amenazas al mercado. Los fundadores del neoliberalismo apoyaban la intervención del Estado para preservar las relaciones de mercado. Consideraban que la idea de los derechos humanos era ventajosa porque podía legitimar la intervención para proteger las relaciones de mercado a nivel internacional.

AS

El neoliberalismo se consolidó y se hizo hegemónico en las décadas de 1970 y 1980, al igual que el modelo de derechos humanos que favorecían. Al mismo tiempo, los proyectos revolucionarios comunistas y el socialismo de Estado estaban en declive. ¿Cómo traza la relación entre estas tendencias?

JW

El neoliberalismo surgió a mediados del siglo XX como reacción al auge del socialismo, el comunismo, el nacionalismo anticolonialista y la socialdemocracia. En los años 70 y 80, cuando estas corrientes políticas estaban en declive, el neoliberalismo inició su marcha hacia la hegemonía. Fue también en este periodo cuando cobró importancia el discurso de los derechos humanos, que se centró en los derechos civiles y políticos en detrimento de los derechos sociales y económicos.

Para entender la relación entre estos desarrollos, me fijé en Francia. Me centré en la ONG humanitaria Médicos Sin Fronteras (MSF), que adoptó muy explícitamente el pensamiento neoliberal en oposición a las demandas poscoloniales de redistribución global. A principios de la década de 1980, se convirtió en un lugar común argumentar que la promesa emancipadora de lo que se había llamado tercermundismo había terminado en algunos escenarios bastante desastrosos y en regímenes autoritarios y represivos. Las figuras asociadas a MSF se basaron en la obra del economista neoliberal del desarrollo Peter Bauer para explicar esto y argumentar que solo una economía de mercado competitiva podía preservar los derechos humanos.

Los derechos humanos cobraron protagonismo en ese periodo como la alternativa a las utopías, ahora empañadas, del comunismo y el tercermundismo, como ha argumentado Samuel Moyn. Pero más que eso, el discurso de los derechos humanos dio legitimidad moral a la agenda neoliberal. MSF fue la más explícita en su rechazo a las ideas de soberanía económica y redistribución económica. Sin embargo, muchas otras ONG de derechos humanos reforzaron el ataque neoliberal a la soberanía poscolonial y apoyaron la demanda de nuevas formas de intervención humanitaria en los territorios de las antiguas colonias.

AS

Entonces, ¿MSF es un ejemplo de organización progresista que adoptó perspectivas neoliberales?

JW

Sí. A pesar de ser una ONG humanitaria, los dirigentes franceses de MSF empezaron a esgrimir argumentos económicos muy fuertes, en particular contra la idea del Nuevo Orden Económico Internacional, que contaba con el apoyo del Movimiento de los No Alineados [de las naciones que no estaban del lado del mundo comunista ni de Estados Unidos y la OTAN]. Los dirigentes del MSF empezaron a reciclar los argumentos que los pensadores neoliberales habían esgrimido durante décadas, argumentando que Occidente no debía ser víctima de la llamada culpa colonial.

También se propusieron derrotar los argumentos de una generación anterior de pensadores anticoloniales (por ejemplo, el relato de Frantz Fanon sobre cómo la riqueza de Europa fue literalmente robada a las antiguas colonias, que fue reiterado por Jean-Paul Sartre). La dirección de MSF se basó en el trabajo de Bauer para rechazar explícitamente el argumento de que había una relación entre la riqueza de Europa y el empobrecimiento de las antiguas colonias. Esto fue crucial para su rechazo de la «culpa colonial».

AS

¿Así que una serie de progresistas adoptaron esencialmente las perspectivas neoliberales sobre la civilización, la raza y la nación?

JW

Los teóricos de los derechos humanos no siempre fueron tan lejos como los neoliberales al adoptar explícitamente la idea de que la civilización occidental es superior debido a su valorización de los mercados y los derechos humanos. Sin embargo, se inspiraron en los pensadores neoliberales para desarrollar lo que yo llamo «derechos humanos neoliberales», que suponen que los derechos humanos requieren una economía de mercado competitiva.

En La acción humana: Tratado de economía, Ludwig Von Mises expuso este punto de vista de la forma más cruda. Allí argumentaba que «en cuanto se elimina la libertad económica que la economía de mercado concede a sus miembros, todas las libertades políticas y las declaraciones de derechos se convierten en patrañas». Muchas ONG de derechos humanos lo aceptaron, implícita y explícitamente.

Las ONG eran más reacias a aceptar las jerarquías raciales explícitas que defendían algunos teóricos neoliberales. Nunca fueron tan lejos como Mises, por ejemplo, que argumentó en La acción humana que las «mejores razas» tienen una aptitud especial para la cooperación social a través del mercado y, en consecuencia, los «pueblos que han desarrollado el sistema de la economía de mercado y se aferran a él son en todos los aspectos superiores a todos los demás pueblos».

Sin embargo, al afirmar que la pobreza de las naciones poscoloniales era el resultado de heridas autoinfligidas, muchas ONG aceptaron implícitamente un discurso racializado que ocultaba las formas en que las naciones coloniales y las relaciones supuestamente de libre mercado habían empobrecido a las antiguas colonias. Además, las ONG de derechos humanos solían abrazar la dicotomía neoliberal entre política y mercado, que valoraba a este último como contrapeso al autoritarismo del primero.

AS

¿Cómo se relacionan las concepciones neoliberales de la libertad y la soberanía con sus actitudes contra la autodeterminación y las luchas anticoloniales? ¿Y qué conceptos específicos de libertad y soberanía proponen los neoliberales?

JW

Empecemos por la libertad. La libertad es interesante porque es el valor más asociado al neoliberalismo. Cuando se examina detenidamente su obra, la concepción neoliberal de la libertad se reduce a lo que Hayek describió como la sumisión a los resultados impersonales del mercado. Para los pensadores neoliberales, la libertad se limita claramente a lo que es compatible con el funcionamiento de un orden de mercado competitivo.

Se trata de un tipo de libertad con el que estamos demasiado familiarizados hoy en día. Eres libre de buscar otro trabajo, de reciclarte, de volver a la universidad o de conducir para Uber. Pero no eres libre de afiliarte a un sindicato o de luchar contra la imposición de las relaciones de mercado capitalistas a nivel internacional.

Cuando el colonialismo formal llegó a su fin, el neoliberalismo se preocupó sobre todo de bloquear la aparición de una auténtica libertad política o autodeterminación para los pueblos de las antiguas colonias. En cambio, querían asegurarse de que las antiguas colonias se sometieran a su lugar tradicional en una división internacional del trabajo creada por el colonialismo.

Algo similar ocurre cuando examinamos la idea de soberanía. Los neoliberales defendían lo que Mises llamaba la «soberanía del mercado». Para ellos, la soberanía del mercado no concedía ningún derecho de resistencia: todo el mundo tenía que conformarse con su lugar en un orden de mercado determinado. De nuevo, esto contrasta de forma muy marcada con la idea de soberanía económica que era popular en las sociedades postcoloniales. Los neoliberales se oponían a la idea de la soberanía popular sobre los recursos naturales, argumentando en su lugar que las materias primas debían pertenecer a quien fuera capaz de comprarlas en el mercado abierto. Su ideal era que las relaciones económicas del periodo colonial persistieran tras el colonialismo formal.

AS

Tras la elección de Donald Trump, pensadores que van desde el filósofo político radical y activista Cornel West hasta Samuel Moyn declararon la muerte del neoliberalismo. Esta es una afirmación que la gente ha estado haciendo durante décadas. En The Morals of the Market, usted critica este tipo de pensamiento de época. ¿Por qué declarar la muerte del neoliberalismo obstaculiza la reflexión sobre la política contemporánea?

JW

El neoliberalismo ha sido declarado muerto muchas veces. Y, sin embargo, parece revivir constantemente. Como resultado, han circulado todo tipo de metáforas, incluyendo la idea de «neoliberalismo zombi» y lo que Zachary Manfredi y William Callison han llamado recientemente «neoliberalismo mutante».

«Neoliberalismo mutante» podría ser una mejor manera de entender la trayectoria del neoliberalismo desde el período de Trump en adelante. La versión del neoliberalismo asociada a los Clinton en Estados Unidos y a los laboristas de la Tercera Vía en el Reino Unido combinaba una agenda socialmente progresista con una economía de libre mercado. Este enfoque fue desplazado no solo en Estados Unidos y el Reino Unido, sino también en India, Brasil y Hungría, por un estilo de neoliberalismo mucho más explícitamente reaccionario, racista y socialmente conservador. Sin embargo, si se mira hacia atrás en la historia del neoliberalismo, queda claro que estos temas aparentemente nuevos —ya sea que afirmen la superioridad de «Occidente» o una jerarquía civilizacional o racial— siempre han tenido un lugar clave en la visión neoliberal del mundo.

Pero creo que hoy se está produciendo una verdadera transformación. Personas como Margaret Thatcher, Ronald Reagan e incluso Tony Blair pudieron presentar el neoliberalismo como una promesa utópica. Había una sensación de que conduciría a un futuro más brillante. Esto se ha visto profundamente empañado por las crisis económicas y financieras mundiales, la pandemia del COVID-19 y la catástrofe climática en desarrollo. Aunque creo que estamos viendo un cambio, también me preocupa que el neoliberalismo sea un conjunto de ideas y prácticas profundamente persistente y tenaz. Además de insinuarse profundamente en la elaboración de políticas, el neoliberalismo se ha insertado en nuestras subjetividades. Derrocar el neoliberalismo requerirá, por tanto, un reto extraordinario y una movilización política mucho mayor de la que hemos visto hasta ahora.

AS

¿A qué se refiere cuando dice que el neoliberalismo se ha insertado en las subjetividades?

JW

Creo que ahora es muy común que la gente se vea a sí misma como empresarios que interactúan en un mercado competitivo. Por ejemplo, el sindicalismo ha sido socavado por la idea de que el individuo es responsable de ser resistente, de mejorar su propia vida y de determinar su propio destino. En este sentido, la moral del mercado ha sido asumida amplia y explícitamente, incluso por personas que no se consideran neoliberales.

Se ha convertido en un lugar común que la gente piense que así es como funciona el mundo, y que hay muy pocas alternativas. Esto también se debe a que las reformas neoliberales han erosionado los apoyos sociales y los sistemas de bienestar que en su día habrían dado a la gente una alternativa a la simple autosuficiencia.

El reto, en este contexto, es convencer a la gente de que confíe en la idea de que un proceso colectivo de cambio social puede ofrecerles más que los procesos individualizados de autoinversión. Se trata de una gran petición, y requiere que transformemos no sólo nuestra forma de pensar, sino también la realidad material que el neoliberalismo hizo nacer a nivel mundial.

AS

Además de examinar el modo en que el neoliberalismo y las ideas de los derechos humanos se desarrollaron conjuntamente, The Morals of the Market da cuenta de cómo el neoliberalismo dio forma al imperialismo estadounidense en el extranjero. En Estados Unidos, los liberales han celebrado recientemente el regreso de los demócratas al poder. ¿Cuál es su opinión sobre la presidencia de Joe Biden? ¿Hacia dónde va el neoliberalismo a partir de ahora?

JW

El regreso de los demócratas a la Casa Blanca es muy interesante, tanto para el neoliberalismo como para los derechos humanos. El Secretario de Estado Antony Blinken ha declarado recientemente que la administración Biden situará los derechos humanos en el centro de su política exterior. Está muy claro que esto forma parte de la nueva Guerra Fría con China. Por mucho que Blinken y Biden hayan afirmado un compromiso con un discurso universal de derechos humanos que no distinga entre aliados y adversarios, su enfoque en China es claro.

Tras el reciente y devastador bombardeo de Israel sobre Gaza, la administración Biden bloqueó repetidamente las declaraciones del Consejo de Seguridad de la ONU que pedían el fin de la ofensiva. Esto demuestra que el gobierno de Biden es tan selectivo en cuanto a la aplicación de los derechos humanos en la política exterior como cualquier otro gobierno anterior de Estados Unidos. En muchos sentidos, no es una sorpresa.

Creo que hay un cambio más fascinante bajo Biden, al menos en términos retóricos. Su administración se aleja explícitamente de los resultados y la retórica de décadas de reestructuración neoliberal. Esto se puede ver claramente en sus declaraciones de que la economía de goteo nunca funcionó, que el gran gobierno está de vuelta. También se nota en su afirmación de que el Estado debe desempeñar un papel importante en la creación de la infraestructura física y social que permita la participación económica y fomente una mayor igualdad.

Parece que Estados Unidos avanza internamente hacia un capitalismo más dirigido por el Estado. Esto plantea una pregunta interesante: ¿cómo modificará este cambio la defensa internacional de los derechos humanos del país? En un discurso pronunciado en marzo de 2021 con motivo de la publicación del informe anual sobre derechos humanos de Estados Unidos, el Secretario de Estado Blinken argumentó que los países que respetan los derechos humanos son mejores mercados para los productos estadounidenses, mientras que los países que niegan los derechos humanos son también los que violan las normas comerciales.

Esta es una declaración clásica del paradigma neoliberal de los derechos humanos. Si el gobierno de Biden se orienta efectivamente hacia políticas económicas que otorgan al gobierno un papel más importante en la propiedad y la gestión del capital, será interesante ver cómo esto modifica la agenda política de derechos humanos de Estados Unidos. La defensa de los derechos humanos puede ser menos importante en un mundo de capitalismo dirigido por el Estado, en el que el lenguaje de los intereses nacionales adquiere una importancia renovada.

Sobre la entrevistadora

Angela Smith es candidata a doctora en ciencias en la Facultad de Derecho y Justicia de la University of New South Wales.

Publicado enEconomía
Por qué las tres Internacionales no pudieron ponerse de acuerdo hace un siglo

El 2 de abril de 1922, reformistas y revolucionarios de tres internacionales rivales se reunieron en Berlín para acordar un programa común. Terminó en un fracaso y fue la última vez en décadas que comunistas y socialdemócratas se encontrarían formalmente como camaradas.

Durante la mayor parte del siglo XX, el movimiento obrero estuvo dividido en dos campos distintos. Aunque tanto la socialdemocracia como el comunismo tienen sus orígenes en la Asociación Internacional de Trabajadores, fundada en Londres en 1864 por Karl Marx y otros radicales, en la década de 1920, las dos corrientes se habían convertido en organizaciones y visiones del mundo rivales. Después de la Segunda Guerra Mundial, representaron lados opuestos en la Guerra Fría. Para la década de 1990, el comunismo como movimiento de masas prácticamente había desaparecido, mientras que la socialdemocracia, aunque todavía era una fuerza política importante, había dejado de ser un movimiento de la clase trabajadora hacía mucho tiempo.

Un final tan anticlimático era impensable para los socialistas hace cien años. Ya fueran socialdemócratas reformistas como Tom Shaw del Partido Laborista de Gran Bretaña, marxistas revolucionarios como el bolchevique Karl Radek o aquellos en algún punto intermedio como el socialista austriaco Friedrich Adler, el socialismo era el único horizonte concebible para el futuro de la humanidad. El movimiento había pasado de ser meros círculos conspirativos a partidos con millones de simpatizantes en el lapso de dos generaciones. La reciente guerra mundial, que le costó a Europa 40 millones de vidas y una destrucción incalculable, aumentó las contradicciones en todo el continente y llevó a los socialistas al poder en varios países: en Rusia a través de una revolución violenta, en Alemania y Austria a través de las urnas.

Sin embargo, la guerra también había llevado la tensión entre reformistas y revolucionarios a un punto crítico. Lo que una vez había sido un solo movimiento ahora se dividió en varios campos enfrentados cuya desunión debilitó a ambos lados y los hizo vulnerables a la cooptación por parte de sus enemigos. Fue en este contexto que, el 2 de abril de 1922, tres delegaciones se reunieron en Berlín en el Reichstag, sede del parlamento alemán. Como lo expresó el socialista austríaco Otto Bauer, el objetivo era “reunir los tres ejércitos en los que lamentablemente se ha dividido el proletariado, para que puedan marchar juntos una vez más contra el enemigo común y, unidos, derrotarlo”.

Este intento infructuoso sería el último de su tipo: socialdemócratas, socialistas y comunistas nunca más se encontrarían cara a cara con el objetivo de desarrollar una estrategia común. Los abismos engendrados por la desconfianza mutua y las presiones de la construcción del Estado en ambos lados resultaron demasiado grandes para ser superados con resoluciones bien intencionadas.

Las tres internacionales

Ya fueran comunistas o socialdemócratas, para muchos de los delegados que se dirigieron a Berlín a principios de abril de 1922, debieron sentir como una especie de regreso al hogar político. Una década antes, la mayoría de ellos habían sido miembros de partidos socialistas aliados, unidos bajo la bandera de la poderosa Segunda Internacional, dirigido por Emile Vandervelde del Partido de los Trabajadores de Bélgica. Hablando el primer día de la conferencia, el propio Vandervelde comentó: “Un espectáculo como este no deja de tener cierta grandeza, ver hoy en esta asamblea, ya sea como periodistas o delegados, a hombres como [Viktor] Chernov, [Fyodor] Dan, o [Julius] Martov, al lado de Radek o [Nikolai] Bujarin”. Para Radek, hablando en una reunión de la Internacional Comunista varios meses después, la breve reunión con sus antiguos camaradas había sido “realmente demasiado”.

La reunión tardó mucho en convocarse. Los lazos institucionales del socialismo internacional habían dejado de funcionar en gran medida después de que estallase la guerra en 1914, cuando la mayoría de los partidos en los estados rivales se pusieron del lado de sus propios gobiernos nacionales. Solo una pequeña minoría de socialistas contra la guerra, encabezada por figuras como Giacinto Serrati del Partido Socialista Italiano y Clara Zetkin de los socialdemócratas alemanes, continuaron defendiendo el internacionalismo socialista y se reunieron en Suiza en septiembre de 1915 para publicar el famoso Manifiesto de Zimmerwald contra la guerra. Estas conexiones se profundizaron en la segunda reunión celebrada en Kienthal en 1916 y una tercera en Estocolmo en septiembre de 1917, solo unas semanas antes de que la Revolución Rusa profundizara aún más la división en el socialismo internacional.

Después del armisticio del 11 de noviembre de 1918, los “reformistas”, como ahora se autodenominaban abiertamente, buscaron resucitar la internacional de antes de la guerra. Vandervelde, junto con el laborista Arthur Henderson y el diplomático francés Albert Thomas, invitaron a los partidos socialistas de Europa a unirse a ellos al margen de la Conferencia de Paz de París en enero de 1919. En última instancia, la reunión tuvo que trasladarse a Berna, Suiza, una vez que quedó claro que a los delegados de Alemania y Austria no se les permitiría entrar en Francia.

Refundar la vieja internacional resultó más fácil de decir que de hacer: los belgas se negaron, citando la presencia de los alemanes, sus enemigos en la reciente guerra. Los italianos y los rumanos no estaban dispuestos a unirse a los partidos a favor de la guerra, y los bolcheviques, ahora en el proceso de fundar su propia Tercera Internacional, se negaron a reunirse con ninguno de ellos. Sin embargo, aquellos que llegaron a Berna ese febrero fundaron oficialmente una Internacional Laborista y Socialista (LSI) como sucesora de la Segunda Internacional. Un mes después, los bolcheviques fundaron la Internacional Comunista, o Komintern, como su contraparte revolucionaria.

La Komintern buscó expresamente unir el ala revolucionaria del movimiento obrero internacional y purgarlo de elementos reformistas y vacilantes. A través de esta ruptura limpia, los comunistas rusos esperaban preparar a sus seguidores a nivel internacional para la batalla final en un momento en que, según afirmaban las veintiuna condiciones de afiliación de la Komintern, la lucha de clases estaba "entrando en la fase de guerra civil". Su victoria, a su vez, ayudaría a la lucha de la Rusia soviética para resistir una contrarrevolución con la ayuda y la complicidad de las principales potencias capitalistas.

Sin embargo, muchos socialistas rechazaron tanto el reformismo moderado como la línea maximalista de Moscú, ninguno de los cuales correspondía a sus propias experiencias. Después de una serie de reuniones en Berna y Viena, fundaron la Unión Internacional de Trabajadores de Partidos Socialistas (IWUSP), también conocida como la "Internacional Dos y Media" o la "Unión de Viena", en abril de 1921. Dirigida por Friedrich Adler -hijo del fundador del partido socialdemócrata austríaco y mejor conocido por haber asesinado al primer ministro austríaco en 1916-, el IWUSP unió fuerzas como los Socialdemócratas Independientes en Alemania (todavía un partido de 340.000 miembros, incluso después de que la mayoría se unieran a la Komintern), el Partido Laborista Independiente de Gran Bretaña y la mayoría de los partidos socialistas de los Balcanes.

La IWUSP no rechazó rotundamente un camino revolucionario hacia el socialismo, pero enfatizó la necesidad de flexibilidad estratégica de un país a otro: lo que había funcionado en Rusia no necesariamente funcionaría en Gran Bretaña o Italia. Sin embargo, entendían la escisión del movimiento obrero como un trágico revés que había que superar lo antes posible. “No era posible hablar de una Internacional”, explicó Adler en la reunión de Viena, “si, por un lado, como en la Segunda Internacional, la mayor parte del movimiento ruso está ausente, o si, por otro lado,  como en la Tercera Internacional, la mayoría de los trabajadores británicos no están representados”. Su internacional serviría de puente entre las dos alas hasta que fuera posible la reunificación.

El camino a Berlín

Las perspectivas de tal reunión parecieron mejorar a principios de la década de 1920. Una serie de levantamientos de inspiración bolchevique habían fracasado en AlemaniaHungría y otros lugares, y la posición internacional del movimiento comunista se estaba volviendo desesperada. Aunque los seguidores de Vladimir Lenin ganaron la guerra civil y mantuvieron el poder, el conflicto costó millones de vidas y provocó el colapso de la economía rusa.

En Europa occidental, los socialistas también estaban a la defensiva. La alianza inicial entre los socialdemócratas y la clase dominante en Alemania significó una violencia brutal contra la minoría revolucionaria del país, pero también implicó importantes concesiones al movimiento obrero. Sin embargo, en 1921, el equilibrio de fuerzas estaba cambiando: envalentonados por la derrota de la ola revolucionaria y el aislamiento de la Rusia soviética, los capitalistas pasaron a la ofensiva, buscando hacer retroceder las concesiones económicas y restringir las libertades democráticas otorgadas tras la guerra.

En este contexto, los partidos comunistas comenzaron a buscar con cautela cierto grado de acercamiento con otras fuerzas, comenzando con una carta abierta publicada por el Partido Comunista de Alemania en enero de 1921, llamando a la acción conjunta de todas las organizaciones socialistas en defensa del nivel de vida de los trabajadores. Aunque provocó la ira de muchos comunistas por su actitud aparentemente de compromiso con los reformistas, lo que Lenin llamó un "paso político modélico" fue respaldado por el Tercer Congreso Mundial del Komintern en junio de 1921 y codificado en una resolución adoptada por su Comité Ejecutivo en diciembre.

Con las tensiones entre la socialdemocracia y las clases dominantes europeas intensificándose y los comunistas pareciendo dar un paso atrás al borde del precipicio, la IWUSP vio su oportunidad de sentar a las internacionales rivales a la mesa. Los reformistas, por su parte, también estaban ansiosos por salir de su aislamiento de la posguerra, y el laborista Arthur se dirigió a Friedrich Adler en el verano de 1921 buscando reconciliar la Segunda Internacional y la "Dos y Media" sobre la base de los "principios democráticos compartidos", es decir, sin los comunistas.

Adler rechazó esta propuesta de plano; reunirse solo con los reformistas habría contradicho el propósito mismo de su internacional. En cambio, emitió su propio llamamiento a una reunión de las tres internacionales para planificar un "primer intento de conferencia general" coincidiendo con la próxima Conferencia de Génova, donde las grandes potencias planeaban resolver los problemas económicos y políticos pendientes resultantes de la guerra y normalizar las relaciones con Alemania y Rusia. La conferencia de los socialistas también se iba a celebrar en Génova; tenía la intención de presionar a los negociadores para aliviar a la clase obrera alemana de las cargas impuestas por el Tratado de Versalles y normalizar las relaciones con Rusia, un país que, aparte de todas las críticas, los socialistas europeos todavía sentían que merecía su apoyo en la arena internacional.

En aras de la unidad, Adler propuso que la reunión evitase debatir las diferencias de principios de las internacionales y, en cambio, se centrase en el estado de la economía europea y la actividad de la clase trabajadora. La Komintern, a pesar de su desprecio por los “socialchovinistas” de la Segunda Internacional, accedió a asistir sin condiciones previas. Los reformistas, por otro lado, solo estaban dispuestos a participar en la reunión si la agenda también incluía la “liberación de los presos políticos” (es decir, los mencheviques y los socialrevolucionarios que iban a ser juzgados en Moscú por el intento de asesinato de Lenin en 1918) y la situación de Georgia, cuyo gobierno independiente liderado por los mencheviques había sido derrocado por los bolcheviques locales respaldados por el Ejército Rojo a principios de 1921.

Cita en el Reichstag

Las tres partes acordaron enviar delegaciones de diez personas a la reunión, elegidas entre sus respectivos ejecutivos. Los reformistas estaban dirigidos por el laborista Tom Shaw junto con Vandervelde y Ramsay MacDonald, un socialista antibelicista y futuro renegado infame. La “Internacional Dos y Medio” estuvo representada por Adler, así como otras luminarias como el francés Jean Longuet (nieto de Karl Marx) y el alemán Arthur Crispien. La delegación de los comunistas no fue espectacular en comparación: de sus diez delegados, solo Zetkin, Radek y Bujarin gozaban de fama internacional. Junto a ellos habló Serrati por los socialistas italianos, a quienes el plan original de Adler encomendaba la celebración de la próxima cumbre de Génova.

Adler abrió la reunión reconociendo que “las actuales dificultades entre el proletariado hacen imposible una organización común”, pero insistió en que “la posición del proletariado mundial es tal que es imperativo, a pesar de todas las diferencias que puedan existir, hacer un intento de unir sus fuerzas para ciertos propósitos y acciones concretas”. Económicamente, las “terribles condiciones de miseria causadas por la depreciación de la moneda y la necesidad económica, por un lado, y el aumento del desempleo en los países con una moneda fuerte, por otro lado”, solo podrían ser opuestas por una acción unida, mientras que políticamente, la próxima conferencia de Génova, organizada por la “internacional del imperialismo capitalista”, reforzaba la necesidad de un “frente unido de partidos proletarios” para oponerse a una mayor división del mundo según los planes imperialistas.

Adler enmarcó la división entre las internacionales no como una diferencia de principios sino como resultado de una "perspectiva histórica". Los reformistas concebían la transición al socialismo mucho más lejos en el futuro y centraban su actividad en las preocupaciones económicas inmediatas, mientras que los revolucionarios buscaban sentar las bases para el socialismo ya. “Pero, por muy diferente que sea nuestra perspectiva del mañana”, explicó, “todavía podemos decir que aunque los que nos reunimos aquí como camaradas estamos divididos en cuanto a si la lucha es para hoy o para mañana, sin embargo, tenemos esto en común, que todos queremos luchar.” Continuó proponiendo una condición simple para la acción futura: “Serán admitidos todos los partidos proletarios que estén en el terreno de la lucha de clases, cuyo objetivo sea derrocar al capitalismo y que reconozcan la necesidad de una acción internacional común por parte del proletariado para el logro de este objetivo”.

Esta sencilla propuesta fue bienvenida por Clara Zetkin, hablando en nombre de la Komintern.  Comenzó afirmando la necesidad de “unirnos para una lucha defensiva contra la ofensiva del capital mundial” y saludando la iniciativa de Adler como un “medio para la unión de las luchas obreras que se avecinan”. Sin embargo, insertó una advertencia importante, característica de la política de alianza de los comunistas en ese momento: estas luchas compartidas solo serían necesarias hasta que la clase obrera en su conjunto “aprendiera. . . que el capitalismo sólo podrá ser superado cuando la gran mayoría del proletariado tome el poder en la lucha revolucionaria y establezca la dictadura del pueblo trabajador”.

Zetkin y los demás comunistas no tenían dudas de que eventualmente consolidarían su hegemonía sobre el movimiento obrero y establecerían dictaduras del proletariado en todo el mundo. Los otros partidos socialistas comprenderían el error de su estrategia y se alinearían detrás de los comunistas o, si fuera necesario, sufrirían la represión, como los mencheviques y los socialrevolucionarios cuya difícil situación conmocionaba a los reformistas de la Segunda Internacional.

La profunda desconfianza provocada por la insistencia de los comunistas en que ellos solos llevarían al proletariado a la victoria resultó ser el mayor punto de fricción en las negociaciones. Vandervelde y sus camaradas estaban “llenos de sospechas y aprensiones” por las proclamas oficiales de la Komintern, específicamente la resolución de diciembre de 1921 sobre el frente único, una “extraña mezcla de ingenio y maquiavelismo” que apelaba a la unidad con los reformistas incluso cuando “no se oculta la intención de sofocarnos y envenenarnos después de abrazarnos.” Ramsay MacDonald preguntó deliberadamente a los delegados comunistas: “Venimos aquí ansiosos por promover la cooperación, pero venimos aquí para preguntarles de hombre a hombre: ¿Están aquí para eso?”

A pesar de su deseo declarado de unidad, Radek no tuvo paciencia con las preocupaciones de los reformistas, y comentó con sarcasmo que “la fuerza de la voz de Vandervelde nos hizo retroceder por un momento a esa época en la que creíamos en la calidez de su voz y nos olvidamos por un momento que esa voz había sido ahogada por el rugido del cañón.” En cuanto a las súplicas de Vandervelde de “un mínimo de confianza, solo un poco”, respondió: “¿Confianza en qué? ¿En la guerra?"

Las actas de la reunión revelan un movimiento cuyas divisiones se habían endurecido durante mucho tiempo en una profunda desconfianza y resentimiento. Las dos partes intercambiaron puyas polémicas y se negaron a ceder en ningún terreno sustantivo, mientras que Adler y sus hombres intentaron desesperadamente negociar una tregua. Todos estuvieron de acuerdo en la necesidad de la unidad, pero todos, especialmente los comunistas, querían esa unidad en sus propios términos.

La única voz de la razón emergió en la figura de Giacinto Serrati, cuyo partido los comunistas habían partido en dos el año anterior. Serrati reprendió a ambas partes por moralizar y preguntó si los delegados “estaban aquí para erigirnos en jueces unos de otros, o para realizar un trabajo práctico”. “Todos hemos cometido muchos errores”, continuó, pero quizás “los jueces”, es decir, los reformistas, “han cometido más errores que los acusados, porque los jueces los han cometido en alianza con nuestros enemigos. Los acusados ​​cometieron errores por el bien de la revolución y no de la burguesía”.

Serrati, el único representante cuyo partido no pertenecía a ninguna de las tres internacionales, instó a todos los asistentes a mirar más allá del pasado y subordinar las prioridades nacionales a corto plazo al objetivo final del socialismo internacional. Consideró que las divisiones recientes no habían sido causadas tanto por diferencias fundamentales como por diferentes condiciones en la lucha: no era impensable que se resolvieran en los años venideros si los líderes del movimiento permanecían comprometidos con la unidad. Además, todas las críticas formuladas por los reformistas (la represión de los mencheviques, la invasión soviética de Georgia y la subversión comunista de las organizaciones socialdemócratas) solo empeorarían si las internacionales se distanciaban aún más.

En última instancia, concluyó, los enemigos de la socialdemocracia y el comunismo eran los mismos: “El capitalismo está tratando de invadir Rusia; y al mismo tiempo, trepando sobre vuestros hombros, camaradas socialdemócratas”. Un acuerdo de unidad, por provisional que sea, al menos mantendría viva la perspectiva de “la salvación del proletariado internacional”. Si no se llega a un acuerdo, por otro lado, “puede significar una victoria del imperialismo capitalista sobre la internacional obrera, por quién sabe cuánto tiempo”

“Hemos pagado demasiado”

Las negociaciones se prolongaron durante los siguientes cuatro días, y Adler comentó que “una y otra vez nuestros intentos casi fracasan”. A pesar de los llamamientos de Serrati al bien común y la reiterada insistencia de todas las partes involucradas en que era necesario un frente unido contra la reacción, la reunión no logró convocar una conferencia en Génova.

En cambio, la reunión acordó establecer un “Comité de Organización de los Nueve”, compuesto por tres representantes de cada internacional, y continuar las deliberaciones sobre la posibilidad de una futura conferencia internacional. También examinaría la situación de Georgia, dando a todas las partes amplias oportunidades para presentar pruebas. Los bolcheviques, por su parte, prometieron que ninguno de los socialrevolucionarios juzgados sería condenado a muerte. Se pidió a todas las partes involucradas que organizaran manifestaciones el Primero de Mayo para señalar el nuevo espíritu de unidad.

Sin embargo, poco después de que Adler anunciara la declaración común, el Comité de los Nueve comenzó a desmoronarse. Apenas unos días después de la reunión, Lenin reprendió a Zetkin y Radek por sus concesiones, diciéndoles que habían “pagado un precio demasiado alto” y denunció a las otras dos internacionales como “chantajistas” que trabajan “en beneficio de la burguesía”. Radek emitió un informe varios días después acusando a la Segunda Internacional de sabotear el frente único, y días antes de que el Comité de los Nueve se reuniera en Berlín el 23 de mayo, el líder de la Komintern Grigory Zinoviev publicó un artículo prediciendo su inminente colapso.

No estaba equivocado. La reunión del 23 de mayo derivó rápidamente en recriminaciones de ambos lados, con la Segunda Internacional y la "Internacional Dos y Media" quejándose de que los bolcheviques habían aumentado la represión contra los reformistas en su país, mientras que las manifestaciones del Primero de Mayo en Moscú desfilaban con pancartas como "¡Muerte a la burguesía y a los socialdemócratas!” Sus sospechas sobre la naturaleza hipócrita de la táctica del frente único parecían confirmarse. Los comunistas, siguiendo instrucciones de Moscú, dieron un ultimátum de que la reunión acordaba convocar un congreso mundial del proletariado inmediatamente o sus delegados se irían. Las conversaciones de unidad habían pasado a la historia. Los comunistas continuarían buscando un frente único, insistieron, pero solo “desde abajo”, sin las direcciones de los partidos rivales.

Adler y la IWUSP, exasperados con los comunistas, iniciaron rápidamente conversaciones de unidad con la LSI en Londres y, en 1923, la Segunda Internacional se había reconstituido más o menos, despojada de su minoría revolucionaria. Los comunistas intentaron un último levantamiento en Alemania en 1923, pero en realidad ya habían avanzado hacia su aceptación diplomática en el escenario internacional desde 1921. Incluso las conversaciones de unidad, afirmó Radek en retrospectiva, "no fueron más que un intento de utilizar al proletariado internacional durante la Conferencia de Génova para el apoyo a la diplomacia soviética”. En cambio, Rusia normalizó sus relaciones con Alemania al firmar el Tratado de Rapallo el 16 de abril de 1922, socavando la Conferencia de Génova de manera más efectiva que cualquier reunión socialista.

La disolución del Comité de los Nueve marcó el fin del socialismo internacional como movimiento y objetivo común. Los reformistas recurrieron a la construcción de estados de bienestar dentro de sus propias fronteras nacionales, mientras que los comunistas se dedicaron a la visión de Joseph Stalin del “socialismo en un solo país” dentro de la Unión Soviética. Aunque a muchos comunistas de la época les pareció una traición, la devastación de la guerra civil combinada con el aislamiento internacional de los bolcheviques les dejó pocas opciones. Que no habría espacio para reformistas u otras corrientes socialistas disidentes era para entonces una conclusión inevitable.

En Occidente, el ascenso del fascismo alimentó más divisiones entre los socialistas, y tanto el movimiento italiano como el alemán se fragmentaron aún más antes de ser ilegalizados por completo. Solo la victoria nazi en Alemania proporcionó un enemigo común lo suficientemente amenazante como para reunirlos, aunque solo temporalmente.

Por Loren Balhorn, editora colaboradora de Jacobin y coeditora, junto con Bhaskar Sunkara, de Jacobin: Die Anthologie (Suhrkamp, ​​2018).

03/04/2022

Fuente:  https://jacobinmag.com/2022/04/conference-three-internationals-1922-division-communists-social-democrats

Traducción: Enrique García

Publicado enPolítica
Sábado, 09 Abril 2022 05:41

La trampa chechena de Putin en Ucrania

Un grupo de voluntarios cargan en una furgoneta en el cementerio los cuerpos sin vida de los asesinados en Bucha. — Roman Pilipey / EFE / EPA

A la vista de los acontecimientos, Vladímir Putin podría utilizar en Ucrania tácticas de terror y destrucción como las desplegadas en Chechenia y Siria.

 

El presidente ruso, Vladímir Putin, podría emplear en Ucrania tácticas bélicas de destrucción y terror sobre la población civil similares a las desplegadas antaño por el Ejército ruso en lugares tan heterogéneos como Chechenia o Siria, pero el alcance y los resultados serían muy distintos a los obtenidos en esos territorios. Serían unos resultados desastrosos. El riesgo de convertir a Rusia en un paria internacional es muy alto si la violación constante de derechos humanos y la comisión de crímenes de guerra en Ucrania se convierten en la tónica habitual de este conflicto, desencadenado con la invasión del pasado 24 de febrero.

Lo ocurrido en la localidad ucraniana de Bucha es contemplado por expertos militares como una excepción, por el momento, en el curso de la invasión rusa. Una excepción que ha sido negada por el Kremlin con aspavientos y que atribuye al propio Ejército ucraniano, aunque con poca credibilidad en esta defensa.

Es cierto que ha habido muertes de muchos no combatientes en el curso de esta guerra, pero no hay constancia de que la matanza premeditada de civiles sea la estrategia del Ejército ruso, pese a los desastrosos bombardeos de ciudades. Sin embargo, si la guerra continúa, tal excepción se puede convertir en la normalidad, tal y como recuerdan hechos similares ocurridos en lugares como Chechenia o Siria, donde Rusia desencadenó toda su maquinaria militar cuando se vio acosada por el tiempo a la hora de obtener una victoria rápida y resultados acordes con sus planes iniciales. Hoy más que nunca es imprescindible acudir a las negociaciones.

Incluso ante la propia opinión pública rusa no sería comprensible una devastación en Ucrania como la de Alepo y de algunos distritos de la periferia de Damasco, cuando Putin decidió apoyar al régimen de Bashar al Asad en la segunda mitad de la década pasada. Los muertos ahora no son los denostados islamistas, salafistas o los rebeldes nacionalistas sirios apoyados por Estados Unidos. Tampoco los temidos y al tiempo vilipendiados chechenos, sino una población, la ucraniana, con la que el ruso de a pie mantiene intensos vínculos.

Mientras que el norte del Cáucaso fue históricamente una región levantisca para Rusia, reflejada por escritores como León Tolstoi o Mijail Lérmontov (uno de los autores favoritos de Putin, por cierto), en cambio Ucrania, que comparte la misma fe ortodoxa que Rusia en buena parte de su territorio, fue siempre considerado como un territorio hermano e incluso del que los rusos eran cultural e históricamente deudores.

Algunas de las tácticas empleadas por los militares ucranianos para detener o entorpecer el avance ruso le deben asimismo su inspiración a las lanzadas por los independentistas chechenos en las dos guerras que los enfrentaron a los rusos, entre 1994 y 1996, y entre 1999 y 2009, cuando se dio por concluida en Moscú la "operación antiterrorista" de Chechenia, como eufemísticamente se denominó al largo conflicto que dejó cerca de 100.000 víctimas mortales y medio millón de desplazados -de una población de un millón y medio de personas-.

La acción bélica del Ejército de Ucrania se centra en emboscadas, comandos y guerrillas en suburbios y pequeños pueblos, movilidad y rapidez, con un efectivo cuerpo a cuerpo que permite superar a los bombardeos rusos masivos de las posiciones ucranianas, en buena parte ya machacadas por los misiles y la artillería de las fuerzas del Kremlin en los primeros días del conflicto.

Tales tácticas en Chechenia prácticamente dependían del armamento ligero de los rebeldes independentistas, con lo que, a la larga, estaba condenada su preeminencia sobre el Ejército ruso. En el caso de Ucrania, sin embargo, el apoyo de elementos de combate de última generación o que han demostrado su eficacia en otros conflictos, como los misiles antitanque Javelin, los drones armados o los veteranos misiles tierra aire Stinger, da una precisión y una potencia mucho mayores a las fuerzas ucranianas que las que podían tener los rebeldes chechenos en los años noventa y 2000.

El peligro ahora yace en la respuesta que está dando Rusia a tales ataques o contraataques del enemigo, y que se parece demasiado a la empleada en Chechenia y Siria: demoledores bombardeos contra cualquier blanco que pueda considerarse como amenazante, sea civil o militar; operaciones de castigo contra la población ucraniana por apoyar a su ejército resistente o simplemente por encontrarse en medio de la línea de fuego; acciones de terror para provocar el caos y que la protección de estos civiles en desbandada interrumpa o moleste las acciones de los militares regulares ucranianos; ejecuciones sumarísimas de prisioneros, también civiles, y acciones descontroladas por parte de unidades rusas aisladas contra la población civil, en venganza por la pérdida de camaradas de combate en ataques previos.

El autor de estas líneas estuvo en Chechenia en 2003 y pudo comprobar los efectos de las bombas de racimo en los barrios más populosos de Grozni, donde los boquetes causados por los proyectiles de fragmentación apenas dejaban un espacio intacto en los edificios.

La destrucción era tal que manzanas enteras de viviendas blancas y agujereadas asemejaban un gigantesco osario entre montones de escombros. Y en algunos de esos huecos cariados de los bloques de viviendas se advertía el intento obcecado de los habitantes de Grozni para sobrevivir, con ropa lavada en charcos y estanques de agua sucia, y colgada de precarios tendederos en los agujeros dejados por los cohetes grad (granizo, en español).

En una guerra empantanada, la voluntad de victoria de un ejército numeroso, armado y preparado en los últimos veinte años por Estados Unidos y que evita las grandes batallas, como es el ucraniano, puede reducir las zonas de combate a franjas guarnecidas por edificios civiles en torno a las ciudades principales, más aún cuando el avance de la primavera y el deshielo convierta en impracticables muchos caminos rurales para los carros de combate rusos. Las estepas enfangadas de Ucrania adoptan así el papel que tuvieron las montañas impenetrables del Cáucaso.

El portavoz del Pentágono de Estados Unidos, John Kirby, ha sido muy claro: la resistencia de Ucrania sigue siendo fuerte, "puede ganar", ha dicho, mientras los objetivos estratégicos de Putin siguen en el aire, salvo el que se refiere a la renuncia por parte de Ucrania a entrar en la OTAN. "Por supuesto, Ucrania podría sacar provecho" del estancamiento ruso, ha aseverado.

Ante un alargamiento de las operaciones bélicas, la única respuesta rusa puede quedar en la ira y los actos de destrucción desesperados. La población seguirá siendo la principal perjudicada y aumentarán las víctimas civiles. La guerra de desgaste perjudicará a los rusos y también retrasará las negociaciones internacionales, mientras se refuerzan las posturas de aquellos aliados en la sombra del Gobierno de Kiev, en Washington y Bruselas, que apuestan por una parcial debacle rusa en el campo de batalla, y su debilitamiento económico irreversible a medio plazo.

La petición del Consejo de Europa para que países como Alemania o Hungría, altamente dependientes del gas ruso, corten ya sus compras de este hidrocarburo y la UE deje de pagar los más de 700 millones de euros diarios por tal combustible y cercene así su dolosa e hipócrita contribución a la maquinaria de guerra rusa en Ucrania, conlleva la posibilidad muy real de que se produzca una catástrofe económica en el viejo continente.

La realidad es que Rusia habrá ganado cerca de 300.000 millones de euros a finales de 2022 por todas sus exportaciones de gas y petróleo a Europa desde que sus tropas empezaron a amenazar a fines de noviembre pasado las fronteras ucranianas. En esta situación, y con el rublo subiendo, no parece que la economía rusa esté en estos momentos precisos al borde del colapso financiero.

Un desastre económico en Europa en caso de que se concrete la renuncia total a los hidrocarburos rusos no ayudará tampoco a la reconstrucción de Ucrania y el parecido a la Chechenia posbélica sería, si cabe, más real. Las carencias económicas podrían llevar al afianzamiento en Kiev de un régimen neutral, sí, pero débil, a merced de formaciones militares y paramilitares anárquicas en todo el país, de señores de la guerra fortalecidos en algunas de las regiones más alejadas, y a la proliferación de elementos prorrusos que seguirían desestabilizando Ucrania.

La debilidad de Rusia tras la contienda no le impediría extenuar a su vez a Occidente desde su mayor cercanía y conocimiento de Ucrania. Y el Donbás, en el este del país, podría chechenizarse de una manera irreversible, un riesgo inasumible para la estabilidad de la propia Europa.

MADRID

08/04/2022 22:00

Por Juan Antonio Sanz

Publicado enInternacional
A la derecha de la fotografía, publicada por el periódico New York Times, vestidos rojos y ocres de niñas cuelgan de cruces al lado de una autopista en Kamloops, pequeña ciudad en Columbia Británica. Al fondo se observa un arcoíris que termina cerca del lugar donde fueron descubiertos los restos de los más de 200 pequeños nativos. Foto Afp

Amber Bracken captó vestidos que cuelgan en cruces cerca del internado donde se hallaron los restos de cientos de niños indígenas

 La Haya. Una foto de cruces de las que cuelgan vestidos, colocadas cerca de un "internado" canadiense donde el año pasado se hallaron los restos de 215 niños indígenas, ganó el premio del World Press Photo (WPP) de 2022, dado a conocer ayer.

La imagen capturada por la fotógrafa documentalista basada en Edmonton, Amber Bracken, es "un momento calmo de reflexión (...) sobre la historia no sólo de la colonización en Canadá, sino en el mundo entero", declaró Rena Effendi, integrante del jurado.

En la izquierda de la fotografía, publicada por el diario New York Times, vestidos rojos y ocres de niñas cuelgan de cruces al lado de una autopista en Kamloops, pequeña ciudad en Columbia Británica.

A la izquierda, un arcoíris termina su curva cerca del lugar donde fueron descubiertos los restos, en la sede del "internado", creado hace un siglo para asimilar por la fuerza a la población indígena. Esta imagen "inspira una suerte de reacción sensorial", declaró un jurado.

Este descubrimiento fue el primero de una serie que obligó a los canadienses a enfrentar su pasado colonial. Actualmente, se llevan a cabo investigaciones y tareas de búsqueda en muchos antiguos internados para nativos en el país.

Las autoridades estiman que más de 4 mil niños podrían estar en túmulos o fosas sin identificar. Otras fotografías premiadas este año también destacan la visibilidad de comunidades autóctonas del mundo.

El documentalista australiano Matthew Abbott ganó el primer premio en la categoría Historia del año con una serie de imágenes que muestra de qué manera el pueblo nativo de Nawarddeken, en el lejano territorio de Arnhem, empleó el fuego como herramienta eficaz de gestión de las tierras contra el cambio climático.

Gracias a una práctica llamada "combustión en frío", los indígenas encienden pequeños fuegos durante la temporada fresca, quemando el sotobosque y los matorrales muy inflamables, lo que ayuda a prevenir incendios de bosques, que han devastado a Australia, afectada por un aumento de las olas de calor.

Los ganadores reciben unos 6 mil 500 dólares y sus trabajos serán exhibidos a partir del 15 de abril en Ámsterdam antes de ser mostrados en otros países.

Publicado enCultura
Lunes, 04 Abril 2022 05:41

El sueño peligroso

Martin Luther King pronunció hoy hace 55 años un discurso sobre la necesidad de una revolución en Estados Unidos, cuya vigencia es imponente, aunque es menos conocido que su célebre alocución sobre la igualdad racial: Tengo un sueño. Foto Archivo/AP

Hace justo 55 años este 4 de abril de 1967, se escuchó uno de los discursos más peligrosos de la historia de Estados Unidos. Es uno de los que, a pesar de que su autor ha sido elevado al Olimpo estadunidense donde viven las figuras heroicas del país y tiene su propio día oficial feriado, ningún presidente o líder político nacional (con un par de excepciones) se atreve a mencionar y menos citar.

Tanto en la nación como en el extranjero, se reduce a Martin Luther King a su versión oficialmente aprobada: un tipo de santo dedicado a los derechos civiles y su mensaje limitado casi exclusivamente a su famoso discurso sobre igualdad racial conocido como Yo tengo un sueño de 1963 en Washington. Pero cuatro años después de esa gran alocución, el reverendo Martin Luther King habló de otro sueño y convocó a la lucha por una revolución en Estados Unidos.

“Estoy convencido de que si queremos ponernos del lado acertado de la revolución mundial, debemos emprender como nación una revolución de valores. Tenemos que empezar de prisa el viraje de una sociedad orientada hacia las cosas a una sociedad orientada hacia las personas. Cuando las máquinas y las computadoras, el afán de lucro y los derechos de propiedad se consideran más importantes que la gente, es imposible conquistar los trillizos gigantescos del racismo, el materialismo extremo y el militarismo (…)”, declaró King desde el podio de la iglesia Riverside en Nueva York.

“La verdadera compasión es más que arrojar una moneda a un mendigo; no es algo caprichoso y superficial. Consiste en ver que un edificio que produce mendigos necesita restructuración. Una verdadera revolución de valores pronto verá con inquietud el patente contraste entre pobreza y riqueza. Con justa indignación, verá al otro lado de los mares y observará a capitalistas de Occidente invertir sumas enormes en Asia, África y Sudamérica, sólo para llevarse las ganancias sin ninguna preocupación por el mejoramiento social de los países, y dirá: ‘no es justo’. Verá nuestra alianza con los terratenientes de América Latina y dirá: ‘no es justo’. La arrogancia de Occidente de sentir que tiene todo que enseñar a los demás y nada que aprender de ellos simplemente no es justa (…) Nuestra única esperanza hoy día reside en nuestra habilidad de recuperar el espíritu revolucionario y salir a un mundo a veces hostil para declarar nuestra hostilidad eterna a la pobreza, al racismo y al militarismo”.

Al proclamarse en ese momento contra la guerra en Vietnam y las hazañas imperiales de su país –ante la oposición de sus propios asesores, críticas severas por los principales medios nacionales y amenazas de su gobierno– advirtió que Estados Unidos jamás podrá ser salvado mientras destruya las esperanzas más profundas del hombre por todo el mundo.

“Este llamado a una hermandad mundial que eleve la preocupación por el prójimo más allá de la tribu, raza, clase y nación de cada uno es en realidad un llamado a un amor incondicional, que abarque a toda la humanidad. Ya no podemos gastar más en adorar al dios del odio o hincarnos ante el altar de la represalia. Los océanos de la historia se vuelven turbulentos con las mareas cada vez más altas del odio (…) Hoy aún nos queda una alternativa: la coexistencia no violenta, o la coaniquilación violenta. Tenemos que pasar de la indecisión a la acción. Si no actuamos, seguramente seremos arrastrados por los largos, oscuros y vergonzosos pasillos del tiempo reservados para aquellos que tienen poder sin compasión, poderío sin moralidad, y fuerza sin visión…”.

Un año después, mientras impulsaba su campaña nacional vinculando la lucha por los derechos civiles a la justicia económica y el antimperialismo, King fue asesinado. Su discurso del 4 de abril de 1967 es cada vez más contemporáneo y, por lo tanto, su invitación, su sueño, a luchar por un cambio a fondo de su país sigue siendo cada vez más peligroso para los defensores de las pesadillas. El texto en: https://guides.lib.berkeley.edu/c.php?g=819842&p=5924547

Martin Luther King. Audio del discurso Beyond Vietnam. https://www.youtube.com/watch?v=AJhgXKGldUk

Publicado enInternacional