Martes, 01 Marzo 2022 06:24

¿Democracia?

¿Democracia?

Es probablemente el concepto político más utilizado, bienaventurado y a la vez mal-decido desde la antigüedad hasta el mundo moderno. Sabemos que la palabra como tal viene del mundo griego (Platón-Aristóteles) pero sabios desde otros costados del mundo como Lao-tse maestro del Tao en China, Zaratrusta, Cristo, hablaron del ser gobernante o del modelo gobernante desde una visión anticipada de la armonía y la igualdad colectiva inscrita en el espíritu humano que trataron de inspirar. Es la utopía que dentro de un cuerpo social esclavista como era el caso de Grecia y la república romana pero donde la lenta aparición de la soberanía individual y colectiva y la igualdad general que mas tarde con las revoluciones modernas se hará universal, se condensa en lo que la burguesía revolucionaria llamará "ciudadano" paralelo a la formación del mercado propiamente capitalista. Así mismo la esclavitud que Aristóteles designará como condición natural del ser humano continuará hasta el siglo XIX. El ciudadano, el mundo naturalizado, contrasta con esta continuidad esclava, pero que de todas formas seguirá imponiéndose bajo otra modalidad "igualitaria" con la revolución industrial; marcando a la sociedad a través del trabajo asalariado y la desigualdad social ascendente hasta el mundo de hoy.

Allí es donde la "democracia" como utopía de sabios, filósofos, liberales, republicanos, movimientos de liberación nacional contrastará con ella misma. La democracia aún estando legitimada por legalidades de estado que la usan como apellidos de su constitución siendo en su esencia aparatos de sostenimiento del mundo capitalista, seguirá manifestando su condición utópica de igualdad, libertad, derechos, por todos los movimientos de lucha, que en ciertos casos (formación de la Unión Sovietica, Revolución China) de tomar los poderes de estado extenderán el concepto con el signo de "popular, socialista", etc. Pero en ese contraste serán primero el filósofo Spinoza y luego los movimientos anarquistas que des-estatizarán, y regresarán a sus orígenes utópicos el concepto con los principios de "democracia absoluta" y "democracia directa", verdaderos principios del deseo colectivo de emancipación, algo muy parecido a lo que ocurrió con el comunismo en sus primeras etapas. La democracia tenderá a utilizarse para dualizarse o hacerse elemento siempre presente en los ambos lados de una misma lucha de clases entre trabajo, marginación, migración forzada y capital. Es una confrontación histórica en el plano inmaterial del pensamiento y su práctica que el bloque hegemónico del capital global necesitará utilizar hasta que logra convertirlo en un discurso de manipulación del sueño político libertario. La democracia ya desde los "socialismos reales stalinistas" hasta los formatos liberales o autoritarios que de diversas maneras se hacen presentes en el "decirse" de los gobiernos y estados se sustrae a un discurso preferente de partidos o formatos vacíos que son diseñados desde el alma discursiva de los poderes globales (ONU, servicios de gerencia burocrática, mercantilismo electoral, virtualismo y tecnocracia totalitaria, vaticano) y todas las formas del poder global y las carátulas de derecha incluso de izquierda que usan como actores de su mismo teatro. Discurso estándar recogido de una ancestral utopía, lo mismo ocurrido con el comunismo y socialismo en más de la mitad del mundo hoy desvanecientes. La democracia quedó para el uso de su contrario histórico (ese es el dualismo vacío). Una estética -no una política- palabrera, horrorosa en sus consecuencias….aunque ya nos dieron permiso; ¡todos somos demócratas!. Ya sea como banda armada, narcotráfico, o su perfecta complementariedad en la secta evangélica, fundamentalista, monarquías petroleras, o simplemente "demócratas" desde el más pobre hasta multimillonarios como Soros o Bill Gates.

Venezuela no es una excepción del caso. Sin hablar de lo que es su misma decadencia que la conocemos por lo menos desde hace diez años, la democracia que se quiso dar la nominación de "protagónica", de allí paso a ser una democracia corporativa, representativa, burocrática y en la medida que el proceso de deterioro material –industrial, monetario, sueldo cero- va profundidándose se convirtió en una "nula democracia" sin ningún tipo de "institucionalidad democrática". Es en realidad un perfecto laboratorio neoliberal, completamente distinto a lo que era la separación entre estado y sociedad y la confrontación con un enemigo claro entre la sociedad pobre y el estado vigilante y represivo. Hechos perfectamente distinguibles, lugar de guerra en la lucha de clases -27 de febrero 89, neto retrato de esta realidad-. Hoy no es el caso, el estado sigue siendo ese aparato de vigilancia y represión de siempre, pero el miedo sobre él y en la representación consciente e inconsciente que nos hacemos de él, pasa a ser un aparato de segundo orden, cuyos principales jefes no son mas que ordenadores del verdadero orden social que impone el mercado monopólico –de los cuales sus jefes son parte- y todas las formas de violencia criminal y paraestatismo fundidos en la misma sociedad. Un fenómeno netamente inscrito desde nuestramérica hasta el resto del sur del mundo y buena parte del norte explotado por el globalismo. La estética macabra de la democracia es para su inmensa mayoría su discurso de presentación y legitimación dentro del mercado dominante donde todas las derechas políticas e izquierdas "democráticas" funden su discurso aunque sea con la bandera nazi como es el caso de las bandas ucranianas. Esto ya no es un miedo real y tangible que aborrecemos al ser sus víctimas materiales, se construye y manipula en nuestro cerebro a través de la instrumentalización informática y del laboratarismo que se despliega para garantizar el miedo y el control social. El problema es que sabemos de sus consecuencias pero el donde y el cómo de este neomodernismo de control y miedo no lo conocemos mas allá de sus actores y cumbres mundiales entre ellos, aunque sí podemos decir que Venezuela no por ser país pobre sino superempobrecido, es un laboratorio perfecto, donde el sueldo cero y la destrucción de las riquezas sobre y dentro del suelo, preferiblemente energéticas, pasaron a ser la fotografía natural de nuestra tragedia.

¿Qué se hace?. Estamos en el momento en que los grandes valores y principios que forjaron el pensamiento político, dándose el papel de utopías que tomaron cuerpo los primeros años de la revolución bolivariana y muchas otras se convierte en una "distopía". El papel de los sindicatos y tradicionales movimientos populares, incluso sus versiones mas críticas y antimaduristas, no afecta el proceso de laboratorio que sigue su curso. Necesitamos desde las células organizadas en una cuántica generosa de energías como ya lo hablamos en artículo anterior, necesitan saber y crear conociendo esta estrategia de laboratorio social y político. Palabra distinta, de quiebre y alzamiento permanente, ¿qué quiere decir esto?, que debemos conocer las nuevas estrategias del poder oculto global –el supramercado, tan lindo en los multiplicados bodegones que día a día se inauguran- que busca por todos los medios poner en sus manos el agua, los recursos energéticos, minerales, técnicos y sobretodo garantizar el control social. Esa es una operación distinta a los tradicionales mecanismos de dominación. Salvar la cuenca de Orinoco, del Amazonas es prioritario. Estrategia de despliegue territorial y sabotajes variados tácticos al poder constituido. Eso es una organización pensante, geométricamente multiplicante, y por supuesto en lucha. La épica por una Civilización Democrática como diría el líder kurdo Ocalam es sin duda un camino que choca y trasciende la civilización capitalista, pero la democracia como anexo al discurso representativo de derecha e izquierda es un grito vacío, jugando con la manipulación generalizada de la población mundial a través de la mediática, por favor excluyámoslo del discurso guerrero de nuestras resistencias.

Ya entramos en otra era posmoderna, posindustrial, manejada por la posverdad, la "verdad" a deseo de la necesidad individualizada de cada quien exportada por celulares y computadoras…seguimos el recorrido.

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Lunes, 28 Febrero 2022 06:52

Europa... Europa

Europa... Europa

“Ahora escucharás mi voz…A la cuenta de 10 estarás en Europa.” Así empieza la narración de Max von Sydow en la película Europa, de Lars von Trier.

Los europeos se han matado entre sí durante siglos.

Y aquí estamos de nuevo.

En mayo de 1945 el Ejército Rojo irrumpió en Berlín en lo que significó la derrota del Tercer Reich y el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Empezó así la llamada guerra fría.

En 1990, apenas caído el Muro de Berlín y en plena disolución de la URSS, John Mearsheimer publicó en The Atlantic un texto titulado ¿Por qué pronto extrañaremos la guerra fría? Apuntó que: "Aquellos que piensan que los conflictos armados entre los estados europeos están ahora fuera cuestión; que las dos guerras mundiales han consumido la guerra en Europa, proyectan un optimismo injustificado hacia el futuro".

Vladimir Putin invadió Ucrania la mañana del 24 de febrero. Así concluyeron los días en que concentró su fuerza militar en la frontera y hacía como que negociaba con Estados Unidos y la Unión Europea.

Esos días hacían recordar el Pacto de Munich en 1938, cuando Chamberlain y Daladier consiguieron que Hitler pospusiera el estallido de la guerra y a cambio obtuvo Checoslovaquia. Como dijo Marx sobre la repetición de la historia: primero ocurre como tragedia y luego como farsa. Putin escogió a su antojo el momento de la invasión.

Con respecto a Ucrania, Putin insiste en que ese territorio no existe de manera independiente, que es una parte integral de Rusia pues comparten desde el medioevo un origen común en la Rus de Kiev. Ése fue un Estado eslavo fundado en lo que hoy es Ucrania y la Rusia occidental (y Bielorrusia), con Kiev como capital. Una y otra lo consideran el fundamento de su nacionalidad e identidad. Cuidado, que el uso de la historia es recurrente para sostener todo tipo de argumentos ideológicos y políticos.

Putin afirma que el colapso del imperio soviético hace 30 años fue "la mayor catástrofe geopolítica del siglo". Y tiene razón. Pero una explicación está en su propia disfuncionalidad interna: administrativa, política y material. Se desmoronó en 1991 como un castillo de baraja.

Entre las consecuencias que Putin señala está el fomento de los movimientos separatistas, especialmente relevante en Ucrania, una vez más por motivos geopolíticos que se exhiben hoy en la guerra y la confrontación con la OTAN. Eso es tema que dejo para expertos.

Los ucranios no han sido tratados muy bien por los rusos, por decir lo menos. Stalin los forzó a la colectivización agrícola y la incautación de las cosechas que provocó en 1932-1933 el "Holomodor", la masiva hambruna por la que murieron alrededor de 7 millones de personas. La reconstrucción imperial que pretende Putin exige el control y dominio sobre Ucrania; con lo que sea: ¿hasta el uso de armas nucleares?

El discurso de Putin en el que anunció la invasión es un documento histórico. El autócrata en esencia pura. Una versión de aquella foto suya montando a caballo, con el torso desnudo y anteojos de sol. Podría parecer cómico si no fuera por lo letal que es.

Y, claro está, la otra parte, el "occidente", tiene su propia agenda, los chinos también. Y no podría ser de otra manera. Eso no debería extrañar a nadie. No hay pureza en la política. Lo que hay son intereses, lo que se produce es una devastación, una vez y otra, en una parte del mundo y en otra.

Y la gente, personas como usted lector, siempre queda en medio. Ahora toca en Ucrania, con una invasión masiva, bombardeos, destrucción, ansiedad, éxodo y muerte.

¿Qué les importa a los políticos la gente? Sí, así de genérica es la cuestión. Es una pregunta que deberíamos hacernos en primer lugar, sobre todo cuando uno está distante de donde ocurren las cosas, tal vez desayunando en familia para empezar el día; o bien, tomando un café y conversando con los amigos sobre Putin y Biden y los mandatarios europeos; o sobre la calificación a la Champions; exactamente al contrario de lo que apenas hace unos días podían hacer los ciudadanos de Kiev o Járkov.

Cada quien responderá a esta cuestión y pondrá por delante su ideología y sus preferencias políticas. Pero eso no cambia lo que ocurre en Ucrania y lo que puede seguir desde ahí.

Isaiah Berlin destacó en El erizo y la zorra, la paradoja planteada por Tolstoi en Guerra y paz: "Cuanto más alto es el nivel que ocupa un soldado o un estadista, más lejos está de la base, formada por hombres y mujeres cuyas vidas son la verdadera sustancia de la historia. Por consiguiente, menor es el efecto que, en el curso de la historia, tienen las palabras y actos de personajes tan remotos".

Los individuos sufren; mueren por las grandes causas, algunas incluso buenas. Pero no hay una necesidad última que lo justifique. Nada elimina las tragedias de la vida humana, nada justifica los crímenes y el terror.

¿Será que los fines justifiquen los medios? La historia, finalmente y no lo olvidemos, está hecha por la gente, en la calle en la vida diaria y ahora en la guerra en Ucrania. No es la obra de los considerados comúnmente como "grandes hombres"; de los que se ven incluso a sí mismos como providenciales. Ésa es una historia facilona. Beethoven, en su tercera sinfonía y Tolstoi en su gran novela lo sabían bien con respecto a Bonaparte.

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Invasión rusa de Ucrania. Se avecina un largo invierno

¿Cuál es el objetivo político de la invasión rusa de Ucrania? Los largos preparativos militares y la magnitud de las operaciones dejan claro que los objetivos rusos no se limitan a las dos repúblicas secesionistas de Donetsk y Luhansk. Para entender lo que Rusia planea conseguir con esta invasión, hay que remontarse al discurso de Putin del 21 de febrero, en el que negó el derecho de Ucrania a la soberanía estatal. El objetivo de la invasión es, por tanto, desencadenar un cambio de régimen mediante una invasión militar y someter a Ucrania a la dominación rusa.

Las relaciones internacionales nunca volverán a ser las mismas. Las operaciones militares rusas no son comparables a las de 2014, cuando Rusia se anexionó Crimea y creó un estado de guerra permanente en Dombás. Tampoco podemos comparar la invasión actual con la guerra ruso-georgiana de 2008, cuando los militares rusos podrían haber avanzado hasta Tiflis y derribar a Mijaíl Saakashvili, pero se abstuvieron de hacerlo. Hoy, la invasión rusa de Ucrania tiene como objetivo la dominación total. Es comparable a la invasión estadounidense de Irak en 2003, con sus conocidos resultados catastróficos.

Para analizar la crisis actual, es necesario distinguir dos niveles de conflicto: las relaciones ruso-estadounidenses y las relaciones ruso-ucranianas. El actual conflicto en Ucrania es el resultado de dos pecados originales. El primero es la decisión de Estados Unidos, bajo el demócrata Bill Clinton, en 1993, de, no sólo preservar la OTAN -una alianza militar que se formó para oponerse a la Unión Soviética- sino también de ampliarla hacia el este. Se ignoraron otras alternativas, como el desmantelamiento de la OTAN y la búsqueda de una arquitectura de seguridad común en Europa que incluyera a Rusia. En algún momento, esta interminable expansión militar hacia el este tenía que chocar con la resistencia rusa. ¿Por qué ahora? Porque Rusia se siente segura de sí misma después de sus masivas reformas militares desde 2008, sus exitosas campañas militares en Chechenia, Georgia, Siria, Libia y otros lugares, y, también, porque Rusia, con su millón de efectivos, tiene un poder militar preponderante en el teatro de operaciones europeo.

En un determinado nivel, en este conflicto vemos a una gran potencia dirigiéndose a otra gran potencia: cuando Putin dirigió sus demandas del 17 de diciembre de 2021 para hacer retroceder a la OTAN a las posiciones de 1997, estas demandas no fueron enviadas ni a Kiev, ni a Bruselas, sino a Washington. Putin se dirigía a Biden en el mismo lenguaje del poder hegemónico: hacer retroceder las fronteras geopolíticas de Europa del Este, simplemente porque Rusia tiene hoy los medios para hacerlo, en cierta medida, como hizo Estados Unidos en la década de 1990.

Pero hay otro nivel de análisis, el de las relaciones ruso-ucranianas, y aquí el segundo pecado original fue cometido por Rusia en 2014 en el contexto de la Revolución Euromaidán. Ucrania es un Estado vasto pero frágil. Tanto su composición interna -una gran población rusoparlante en su este y sur, y población prooccidental en Galicia- como su situación geopolítica entre Rusia, por un lado, y la OTAN y la UE, por otro, obligaron a Ucrania a un ejercicio de equilibrio. Ya vimos este ejercicio de balanceo en 2004, cuando tras la Revolución Naranja el candidato prorruso Victor Yanukovich volvió al poder. Incluso después del Euromaidán, la posibilidad de recrear el equilibrio entre Rusia y Occidente era real. Esta posibilidad fue destruida por la anexión rusa de Crimea y la guerra en Dombás. Después de 2014, ningún líder ucraniano podía comprometerse con Rusia, y menos aún expresar posiciones prorrusas. Las acciones rusas empujaron a Ucrania hacia Occidente, y su política interna hacia el nacionalismo definido como antirruso.

La invasión a la que asistimos hoy consolidará la identidad nacional ucraniana en términos nacionalistas, marcando la ruptura definitiva entre las identidades ucraniana y rusa. Se trata de un proceso doloroso que comenzó en 2014, y que desgarrará el tejido social no sólo de Ucrania, sino también de Rusia.

Inseguridad europea

Queda por ver si Putin logrará obtener lo que quiere de Ucrania utilizando esta invasión militar. Sin embargo, en lo que respecta a sus relaciones con Estados Unidos, la OTAN y Europa, será un desastre. La crisis ucraniana de los últimos meses ha puesto de manifiesto un Occidente muy dividido: por un lado, Estados Unidos preocupado en otra parte -en la región del Pacífico y con problemas políticos internos- y no dispuesto a enfrentarse a Rusia en Ucrania. El presidente estadounidense Biden, que más de una vez predijo la inminente invasión rusa, sin embargo, dejó claro que Estados Unidos no iba a enviar sus soldados a defender Ucrania. En Europa, hay países limítrofes con Rusia, como Polonia y los países bálticos, que temen la reaparición de Rusia y tienen posiciones tradicionalmente duras contra Moscú. Pero los principales Estados de la UE, como Alemania, Francia e Italia, desean mantener relaciones normales y resolver los problemas de seguridad rusos mediante la diplomacia. Ahora mismo, esta tercera vía está derrotada.

La invasión militar rusa del 24 de febrero es el fin de los esfuerzos de Macron y Scholz. Rusia, después de consolidar el nacionalismo ucraniano, consolidará la OTAN en sus fronteras. Desde un mínimo histórico de 70.000 efectivos, podría volver a desplegar nuevas fuerzas militares en Europa. Los países de la UE, que temen a Rusia, aumentarán su gasto militar. Aunque el conflicto actual podría hacer subir los precios del petróleo y el gas, los países de la UE buscarán alternativas a la energía rusa. Occidente también impondrá severas sanciones económicas y financieras a Rusia. Si Moscú, con sus más de 600.000 millones de reservas, tiene los medios para resistir la presión financiera, no nos hagamos ilusiones sobre el impacto catastrófico de la guerra y las sanciones en la economía mundial, gravemente paralizada tras dos años de pandemia.

Pero los más perjudicados serán Ucrania y el pueblo ucraniano. Ucrania es uno de los países más trágicos de Europa, que a lo largo de su historia ha sufrido enormemente. Nació como estado independiente en los horrores de la Primera Guerra Mundial, seguida de la guerra civil rusa que se cobró millones de víctimas. Durante la colectivización forzosa de la tierra llevada a cabo por Stalin en 1932-33, Ucrania sufrió una hambruna masiva, conocida como Holodomor, que provocó la muerte por hambre de 7 a 10 millones de personas. Durante la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas de ocupación nazis utilizaron a millones de ucranianos como mano de obra esclava, exterminaron a los judíos ucranianos y a otras minorías, mientras que algunas de las batallas más encarnizadas entre las fuerzas de ocupación alemanas y las tropas soviéticas tuvieron lugar en Ucrania. Las pérdidas ucranianas en la Segunda Guerra Mundial se sitúan entre 5 y 7 millones de personas. El colapso de la Unión Soviética fue muy doloroso para Ucrania. Un dato resume su inmenso sufrimiento: la población ucraniana pasó de 52 millones de habitantes en el momento del colapso de la URSS, en 1991, a 43 millones en la actualidad.

Hoy, Ucrania vuelve a ser una víctima.

Puede que Rusia tenga preocupaciones legítimas de seguridad respecto a la OTAN. Pero ¿hay existe alguna ley sobre la tierra que niegue a Ucrania y a los ucranianos su legítimo derecho a la seguridad, la dignidad y la independencia?

24/02/2022

Agos

Traducción: viento sur

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El presidente de Rusia, Vladimir Putin, durante un encuentro con un grupo de empresarios rusos el pasado 23 de febrero. — Aleksei Nikolsky / EFE

El líder ruso es un político oscuro y complejo, con muchos matices ideológicos y con un punto de soberbia y arrogancia que lo convierten en un político difícil de interpretar. La mayoría de los rusos le apoyan tras 20 años en el poder.

 

Estos días, tras la invasión de Ucrania, el presidente ruso Vladimir Putin ha sido caracterizado como un dictador imperialista. Siendo en parte verdad, esa es una definición demasiado simple para el personaje. Es cierto que el principal objetivo de su carrera política siempre ha sido restablecer la grandeza y la influencia de Rusia en Europa oriental y en el mundo. En buena parte eso es lo que le ha empujado a atacar a Ucrania. Pero Putin es mucho más que un matón que quiere someter a un Estado soberano e independiente: es un político poliédrico, oscuro y complejo, con muchos matices ideológicos y con un punto de soberbia y arrogancia que lo convierten en un líder difícil de definir y de interpretar.

La complejidad del personaje puede resumirse en un hecho que desde el punto de vista occidental es incomprensible pero que a día de hoy es una realidad indiscutible: Putin es un autócrata que trata con puño de hierro a cualquier opositor y que retuerce el aparato del Estado en su favor (Rusia apenas puede considerarse una democracia), pero sigue contando con el apoyo de la mayoría de los ciudadanos después de más de 20 años en el poder, incluso tras llevar al país a una guerra impopular e injusta para el resto del mundo.

¿Cómo es eso posible? La respuesta tampoco es sencilla, pero lo cierto es que Putin ha sido capaz de construir una cierta leyenda mítica en torno a él y ha logrado que Rusia no pueda entenderse sin su figura. Guste o no, ha devuelto a Rusia al tablero internacional como potencia y eso no lo olvidan la mayoría de los ciudadanos rusos. Su agresiva política exterior y su visión imperial con respecto a Europa oriental le han encumbrado ante sus conciudadanos pero han terminado por agotar la paciencia de Occidente, que aceptó, aunque fuera a regañadientes (y por el gas y el petróleo de Rusia), la anexión de Crimea en 2014 o la breve guerra con Georgia en 2008 por el enclave de Osetia del Sur, pero que ya no puede pasar por alto la invasión de Ucrania.

Sin embargo, en honor a la verdad también hay que decir que Putin es hijo de su tiempo. Como explicaba en una reciente entrevista en Librújula la periodista y escritora Olga Merino, quien durante cinco años en la década de los 90 fue corresponsal de El Periódico de Catalunya en Moscú, "no se entiende a Putin sin la humillación que sufrió Rusia en los años 90". Aquella década, nada más derrumbarse el viejo imperio soviético, fue muy dura para los rusos: caos, corrupción, el latrocinio como política de Estado, pobreza generalizada; con Occidente haciendo leña del árbol caído de la URSS y un presidente, Boris Yeltsin, que era más conocido por sus borracheras que por su capacidad de trabajo. "Putin dijo basta y dio un puñetazo en la mesa. Con él, regresó el zar, el orden y el poder central. Acabó con la anarquía y mejoró, tampoco para tirar cohetes, la vida de los rusos", explicaba Merino en esa entrevista.

"Cuando Putin llega al poder en el año 2000 se encuentra un país con muchas carencias, desprotegido en lo social, donde había mucho que hacer. Daba igual si la persona era de izquierdas o de derechas: tenía que rescatar un país a la deriva. De ahí viene la admiración de los rusos por Putin", abundaba hace unos años en una entrevista en Público el periodista Daniel Utrilla, asentado en Moscú desde hace más de 20 años.

Ahora parece inconcebible, pero hubo un tiempo en que esa admiración por Putin cruzó fronteras: la revista Time lo nombró Personaje del Año en 2007. La prestigiosa publicación estadounidense justificó entonces su elección porque en su opinión Putin aportaba estabilidad a Rusia "aunque no sea un boy-scout o un demócrata". En el artículo al respecto, titulado Nació un Zar, se destacaba el papel del presidente ruso en la transformación de Rusia en un "protagonista crítico del siglo XXI". Es más, en aquella época Putin mantenía una buena relación con Estados Unidos. El entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, lo calificó como "un socio fuerte y un amigo".

A mediados de la primera década del siglo XXI Putin aún era considerado por Occidente un líder fiable y necesario, capaz de mantener excelentes relaciones con todo el mundo, desde la Venezuela de Chávez a China, pasando por México, Brasil o la misma Europa que hoy le repudia. Fue una buena época para él pese a su tradicional mano dura con los opositores y pese a que por aquel entonces ya habían tenido lugar oscuros y extraños sucesos comoel asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya, crítica con el Gobierno de Putin, o el del exagente del KGB Aleksander Litvinenko, envenenado con polonio en Londres en un caso que dio la vuelta al mundo. Desde su exilio en Londres, Litvinenko acusó al presidente ruso de ordenar el asesinato de Politkóvskaya.

Estos dos asesinatos proyectaron las primeras sombras sobre un líder de carácter fuerte y soberbio, más nostálgico de la época imperial de los zares que del periodo soviético pese a su pasado como espía del KGB.

Putin pasó 16 años en los servicios secretos de la antigua Unión Soviética, en contraespionaje. De hecho estuvo cinco años destinado en la extinta República Democrática de Alemania recopilando y analizando información sobre la OTAN, una circunstancia que explica toda su trayectoria posterior.

Nacido en San Petersburgo en 1952, Putin abandonó el KGB en 1991 y empezó con casi cuarenta años su carrera política de la mano de su mentor, el entonces alcalde de su ciudad natal, Valery Sobchak. En 1996 dio el salto al Kremlin. Llegó al centro del poder ruso como un político de rango medio y siendo un completo desconocido, pero supo jugar sus cartas y en dos años se convirtió en el jefe del Servicio Federal de Seguridad (la nueva KGB) y apenas un año después, en agosto de 1999, Yeltsin lo nombró primer ministro. La sorpresa fue aún mayor cuando Yeltsin se retiró y ungió a Putin como su sucesor al frente de Rusia, en un histórico mensaje de fin de año el 31 de diciembre de 1999.

Putin heredó un país que atravesaba una crisis moral y económica sin precedentes. Desde el principio se mostró como un líder autoritario y decidido tanto en sus mensajes como en su comportamiento y actitud. Forjó una nueva alianza con los poderosos oligarcas rusos, a los que siempre ha dado todo tipo de facilidades para seguir haciendo negocios bajo la condición de que se mantengan al margen de las decisiones políticas. Hubo quien no aceptó y pagó con la cárcel por ello.

Pese a su carácter reservado y discreto en todo lo que se refiere a su vida personal y familiar (se sabe que está divorciado y que tiene dos hijas, pero poco más), Putin siempre se ha exhibido en público en situaciones insólitas para un político occidental: practica todo tipo de deportes, muestra su musculado torso desnudo a la mínima ocasión y son ya innumerables las veces que los rusos le han visto pescar, cazar, nadar o hacer cualquier tipo de actividad física. Todo para darse a conocer ante una ciudadanía que siempre ha valorado su personalidad fuerte y dominante, aunque hay quien ve en su exhibicionismo un punto de narcisismo.

Sin embargo, lo que le dio a Putin su verdadera popularidad en los primeros tiempos de su mandato fue lo mismo que ahora le coloca en la picota: la guerra. En el año 2000 fue Chechenia. Aquel conflicto le encumbró ante la opinión pública rusa. Más de veinte años después, otra guerra le ha convertido en el malvado del siglo XXI a ojos de casi todo el mundo. Salvo en el caso de los rusos, claro.

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25/02/2022 22:52 Actualizado: 26/02/2022 02:58

Jorge Otero Maldonado@jorgeotero99

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Sábado, 26 Febrero 2022 05:10

Para comprender el pentecostalismo (III)

Para comprender el pentecostalismo (III)

Es notable la capacidad de adaptación y/o maleabilidad social del pentecostalismo. Surgido en los márgenes, el reavivamiento logró alcances globales. El pentecostalismo sacudió inicialmente, desde un viejo templo que fue de la Iglesia metodista episcopal africana, al protestantismo estadunidense y después al conjunto del cristianismo evangélico de todo el mundo.

El pastor afroestadunidense William J. Seymour y un pequeño grupo reunido en la calle de Azusa, número 312, en la periferia de Los Ángeles, en abril de 1906, tuvieron experiencias místicas y extáticas que atribuyeron al accionar del Espíritu Santo. El día 18 del citado mes, los lectores de Los Ángeles Daily Times conocieron un reporte que narraba lo sucedido entre los congregantes encabezados por Sey­mour: manifestaban un inusitado emocionalismo en sus cultos religiosos, aplaudían frenéticamente, rodaban en el piso y decían hablar en otras lenguas, a la manera de lo descrito en el Nuevo Testamento (capítulo 2 del Libro de los Hechos). El enviado del diario resumió lo atestiguado con una frase: aquello era un pandemónium, que sólo podía tener lugar en una metrópoli como Los Ángeles, hogar de un sinnúmero de credos. De todas maneras –subrayaba–, la nueva secta era tan extraordinaria que no parecía que pudiera entenderla ningún mortal. Lo publicado fue un imán que atrajo, literalmente, a miles de personas que, por distintas motivaciones, asistieron al desvencijado ex templo metodista.

Sobre el significado y alcances del avivamiento pentecostal de la calle Azusa, es relevante citar la evaluación Harvey Cox, célebre teólogo de la Universidad Harvard, quien tras varios años y extensos viajes internacionales de estudio sobre el movimiento pentecostal (cuyo resultado fue el volumen Fire from Heaven. The Rise of Pentecostal Spirituality and the Reshaping of Religion in the Twenty-first Century) concluyó que “en retrospectiva, el carácter interracial de la creciente congregación en la calle Azusa fue, en los hechos, una especie de milagro. Era, hay que subrayarlo, 1906, tiempo de creciente, no menguante, separación racial por todas partes. Muchos visitantes reportaron que en el avivamiento de la calle Azusa cantaban y oraban juntos negros y blancos, y asiáticos y mexicanos. Seymour era reconocido como el pastor. Pero había diáconos tanto blancos como negros, y de la misma manera mujeres, blancas y negras, eran predicadoras y sanadoras. Lo que parece haber impresionado más o disgustado a los visitantes, no fue el liderazgo interracial, sino el hecho de que esos negros y blancos, hombres y mujeres, se abrazaran unos a otros en el sencillo altar, mientras lloraban y oraban. Un predicador blanco sureño más tarde escribiría en su diario que primero él se sintió ofendido y sorprendido, pero después inspirado por la evidencia de que, como lo dejó plasmado, ‘la línea del color fue borrada por la sangre’ de Cristo”.

Desde los primeros días del avivamiento de Azusa participaron mexicanos, hombres y mujeres, en la experiencia. Algunos de ellos fueron quienes difundieron el pentecostalismo en México. El gran activismo evangelístico de quienes vivieron directamente el despertar espiritual, o se enteraron del mismo mediante el periódico publicado por el grupo de Seymour, The Apostolic Faith, reconfiguraría el perfil dominante del cristianismo protestante/evangélico mundial. Dos obras, a mi parecer magistrales, documentan el intenso dinamismo misionero del pentecostalismo que emergió en la calle Azusa: Cecil M. Robeck, The Azusa Street Mission and Revival. The Birth of the Global Pentecostal Movement (Thomas Nelson, Inc, 2006), y Allan Anderson, Spreading Fires. The Missionary Nature of Early Pentecostalism (Orbis Books, 2007).

En casi 120 años transcurridos desde el movimiento que irrumpió en la calle Azusa hasta nuestros días, el pentecostalismo se ha dispersado en varias ramificaciones. Una es el neopentecostalismo, que se caracteriza por ser massmediático y dispensador de promesas materiales. Tiene rasgos del pentecostalismo original, por ejemplo, privilegiar experiencias espirituales/extáticas, pero en su agenda está el énfasis en transformar al mundo desde las instancias verticales del poder.

En el neopentecostalismo, hacia principios de la década de 1980, comenzó a ganar terreno la posición neoconstantiniana, consistente en tener como meta obtener crecientes posiciones en las esferas del poder político, para desde las mismas buscar el predominio en la sociedad de valores pretendidamente cristianos. Ya no se trataba de persuadir al mundo, sino de regirlo. Este tipo de integrismo se caracteriza por el afán de dominio y en el proceso se privilegian las voces de "iluminados" (profetas y apóstoles) que son fuente de bienes simbólicos de salvación. Además, campea la lectura descontextualizada de la Biblia, tejiendo todo tipo de discursos basados en retacerías "bíblicas".

Por Carlos Martínez García /III y última

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Viernes, 25 Febrero 2022 06:13

La democracia liberal como quimera

La democracia liberal como quimera

“La propia palabra democracia fue primero un insulto inventado en la Grecia antigua por quienes veían en el innombrable gobierno de la multitud la destrucción de cualquier orden legítimo” Jacques Rancière

Se ha impuesto la costumbre, nada inocente, de ver estas dos palabras juntas y además de este modo: democracia como sustantivo y liberal como adjetivo. Pero, al contrario de lo que ocurre con la expresión socialismo democrático, que es bastante habitual, la combinación liberalismo democrático es mucho menos frecuente. Sin embargo, resulta muy clarificadora. Decir democracia liberal indica ya, por sí solo, que son posibles otras formas de democracia, democracias no liberales, precisamente (aunque no recorreremos hoy el camino que esto nos abre). La expresión liberalismo democrático, por su parte, apuntaría a que caben otras formas de liberalismo, liberalismos no democráticos, precisamente.

Es lo que quiero subrayar ahora. Porque la cuestión no es sólo que quepan formas de liberalismo no democrático, sino que, como tradiciones políticas que son, el liberalismo y la democracia rara vez en la historia han ido de la mano. A pesar de ello, una poderosa maquinaria propagandística (cuya finalidad es, obviamente, legitimar el capitalismo financiero de finales del s. XX y principios del XXI) insiste en crear la ilusión de que liberalismo y democracia se implican mutuamente. No sólo no es así, sino que, en el límite, son incompatibles (mal que le pesara a Antonio Escohotado, que en paz descanse).

El liberalismo se preocupa de establecer un perímetro inviolable, un espacio en el cual el individuo es soberano y en el que hay que respetar su decisión sin matices. Otorga prioridad absoluta a los derechos individuales, entendiendo que no están sometidos al criterio de la mayoría. Para el pensamiento liberal los asuntos en los que el individuo soberano ha de tener capacidad de decisión irrestricta son los que tienen que ver con su propia vida, su cuerpo, su salud, su sexualidad, su proyecto vital, su conciencia, su pensamiento, los valores a los que se adhiere, las creencias que suscribe, las decisiones sobre su muerte... Ahí no puede meterse nadie, ni los prójimos-conciudadanos, ni las iglesias, ni el Estado. Conforman el terreno de la elección personal. Ninguna asamblea ciudadana tiene legitimidad para suspender los derechos individuales. El gobierno o el poder legislativo que lo pretendiera se convertiría ipso facto en totalitario e ilegítimo. Los derechos y las libertades individuales son previos a cualquier asamblea, por eso se dice de ellos que son pre-políticos.

Visto en perspectiva diacrónica, este planteamiento se opone a la cosmovisión previa, con su correlativa organización social, según la cual nada se debe al ser humano particular y concreto. El ser humano particular y concreto es ése al que poco después se llamará individuo, y que debía sacrificarse a la totalidad. Ésta, la comunidad de pertenencia, tenía total prioridad ontológica sobre aquél y estaba, a todos los efectos (éticos, políticos y jurídicos), por encima de los seres humanos concretos y particulares.

Claro que en una sociedad estamental muy jerarquizada esto no regía igual para los individuos de todos los estamentos (valga el anacronismo: stricto sensu, como digo, el individuo no había emergido todavía[1]), sino que era especialmente aplicable a los seres humanos concretos pertenecientes a los estamentos más bajos.

Como es sabido, los estamentos altos gozaban de prebendas y privilegios (literalmente, exención de obligaciones, como el pago de tributos, o ventajas como no ser juzgados por tribunales ordinarios, sino sólo por sus pares) que, en algunos casos, les dotaban de características que luego hará suyas la categoría de individuo. Se ha dicho de la legislación del Medievo que “discriminaba a los aldeanos en relación con los señores y a los individuos en relación con las comunidades”[2]. Tal y como explica Jacques Rancière, todavía en el siglo XIX el punto de vista reaccionario favorable al voto censitario venía a sostener que “la individualidad es una buena cosa para las élites, pero si todo el mundo accede a ella se transforma en una catástrofe de la civilización”[3].

En esta perspectiva temporal, en todo caso, las propuestas del liberalismo ilustrado (opuestas al tradicionalismo y a la reacción) suponen un avance: ponen sobre la mesa que los individuos, recién salidos a escena, tienen derechos. Hay un debate doxográfico sobre si Marx, en tanto que crítico del liberalismo como ideología del modo de producción capitalista, considera los derechos liberales un avance o, al contrario, una maniobra de distracción. Lo cierto es que cabe citar textos de Marx que avalan esta última tesis, pero también los hay que respaldan la primera. Sea ello como fuere, creo que puede afirmarse que, frente a la cosmovisión holista-comunitaria (llamémosla así) del Antiguo Régimen, el establecimiento de unos derechos propios de los individuos, por muy precario, limitado y meramente teórico que fuera, constituye un avance. Otra cosa es que se trate de un avance sólo relativo y con efectos ambiguos desde el punto de vista de la emancipación y el humanismo.

Pero al margen de esa cuestión, en todo caso lo que importa subrayar aquí es que el pensamiento republicano-democrático ha destapado que la retórica liberal acerca de los derechos individuales es mera abstracción, pura música celestial. Porque la libertad y la capacidad de ejercicio efectivo de los derechos dependen ineludiblemente del disfrute de unas condiciones materiales suficientemente sólidas. Puedes tener todo el derecho del mundo a analizar en profundidad la Metafísica de Aristóteles, pongamos por caso, pero, si no llegas a fin de mes, lo mismo te da, lo que urge es solventar esto último, condición de posibilidad de que lo primero tenga algún sentido.

Si lo expresamos recurriendo al concepto de libertad diremos que para los liberales ser libre significa poder moverse sin interferencias, como una bola de billar que no encuentra sobre el paño otras bolas u obstáculos. Para el republicanismo partidario de la democracia radical, la libertad consiste en no depender de nadie, en el sentido de no necesitar el permiso de otro, de no estar sometido a su arbitrio. Como solía repetir el recordado filósofo catalán Antoni Domènech, nadie es libre si depende de otro para vivir, aunque luego no se tope con ningún obstáculo a la hora creer esto o aquello. El concepto de libertad republicano es, así, mucho más exigente.

Se ha explicado muchas veces que una persona sometida a esclavitud que tuviera la suerte de ser propiedad de un amo benevolente, que de facto no interfiriera en el curso de su acción, para la teoría liberal, sería libre, dado que podría hacer lo que quisiera y actuar según le placiera (en el caso de que nadie se lo impidiera y dado que su amo bueno no lo haría). Para la noción republicana, que entiende la libertad como no-dominación, este ser humano sería tan escavo y estaría tan falto de libertad como aquel cuyo amo fuera un déspota cruel (aunque, obviamente, su vida sería más agradable).  Por lo demás, sin el reconocimiento efectivo de las instituciones políticas humanas, los supuestos derechos pre-políticos se quedan en nada: es el derecho el que los instituye como tales.

Por otro lado, cabe recordar que no es la conciencia personal ni la libertad sexual lo que encontramos en primera instancia en el perímetro inviolable establecido por el liberalismo; el reconocimiento de ambas puede ser considerado una de las contribuciones del liberalismo ilustrado al progreso, lo cual justifica que se pueda hablar de un liberalismo de izquierda. Pero lo que el liberalismo de entrada buscaba proteger era la propiedad privada. La inviolabilidad de la propiedad de los medios de producción y de las rentas del capital. De ahí que buena parte del liberalismo se haya deslizado hacia lo económico, prescindiendo de lo político, y se haya transformado así en liberalismo económico.

El liberalismo económico, que coincide con lo que solemos llamar neoliberalismo, además de ser la ideología legitimadora del capitalismo financiero, es el gran pretexto teórico para el individualismo posesivo-compulsivo. Para eso inventaron el relato de los derechos pre-políticos. Con ese montaje conceptual se ha querido poner límite a la capacidad de decisión de las mayorías (que es la democracia). Si las tradiciones filosófico-políticas del liberalismo y la democracia pocas veces han ido de la mano, en el caso del neoliberalismo la cosa es innegable: su incompatibilidad con la democracia es radical[4].

Sin embargo, a pesar del éxito del liberalismo económico, la democracia consiguió en el siglo XX poner algunos límites al fanatismo del lucro y de la propiedad privada. Unas trabas y unos límites que se asientan y se legitiman en una concepción compartida del bien común. Compartida, bien es cierto, de forma tácita: entendemos implícitamente que es legítimo apartar determinados bienes de la lógica mercantil, porque no podemos aceptar que accedan a ellos sólo quienes tengan poder adquisitivo suficiente.

Estamos todavía en una pandemia que ha dejado claro a qué abismo nos puede abocar el afán de lucro irrestricto. ¿Por qué protegemos y promocionamos un uso no mercantilizado de la sangre, por ejemplo, prohibiendo y penalizando su compra-venta? Porque hacerlo así presupone reconocer un consenso tácito: aunque no lo hayamos decidido en referéndum, entendemos que hay cosas más importantes que la libertad neoliberal según la cual yo-con-lo-mío-hago-lo-que-quiero.

Es decir, hay bienes que deben ser protegidos por encima de la libertad individual vinculada a la propiedad privada y a la acumulación de capital. Y por eso mismo no puedo pegar fuego a un pinar por muy mío que sea, ni verter residuos en un río (que es de todos), ni —por cierto— dejar los excrementos de mi perro en la acera. Ver todas esas cosas como atentados contra la libertad individual es, como poco, infantil e inmaduro (a algunos neoliberales y anarcocapitalistas dan ganas de decirles como a los adolescentes malcriados: “¡que no, que no puedes hacer lo que te venga en gana todo el rato!”). Suponen simplemente la protección y el cuidado de lo público, que es lo que garantiza que pueda haber libertad individual. Esos ejemplos ponen de manifiesto también que los límites a la libertad individual se desprenden del concepto de ciudadanía cívica vinculado a los valores republicanos, aquellos que tienen que ver con la necesidad de proteger la res publica, precisamente.

Justamente para preservar la libertad individual, por el bien de los derechos individuales y de lo público que es su única garantía, es necesario poner trabas al extremismo del mercado, y trabas que sean eficaces. Los liberales entienden que la mayoría no puede decidir democráticamente limitar la riqueza, porque eso quebrantaría el perímetro inviolable. También porque consideran que vivimos en un sistema meritocrático en el que nadie debe nada a nadie. La riqueza reflejaría, dicen, lo que cada uno merece, su esfuerzo, su capacidad de sacrificio, de auto-organización vital [risas del público]. Una ceguera convertida en costumbre les impide ver el enorme esfuerzo colectivo en el que asientan nuestras vidas individuales, que nunca lo son, si son verdaderamente vidas humanas.

Sólo ese ingente trabajo colectivo que nos precede nos permite ser lo que somos, tener proyectos, tener derechos. Nadie es emprendedor en el vacío, todo el mundo se asienta (también ellos) en unas aceras, unos alcantarillados, un alumbrado, una educación, una literatura, una historia de la filosofía, una artesanía, una seguridad jurídica, una seguridad ciudadana, un mercado regulado… que implican y presuponen interacción humana, y condiciones materiales sostenidas públicamente, con fondos aportados por todos. Como explicaba la filósofa Celia Amorós, no somos hongos hobbesianos, que surjan por generación espontánea o, más bien, esos presuntos hongos hobbesianos son en realidad setas venenosas, como ella decía[5]. Por eso hay que insistir, contra la propaganda neoliberal, que la supuesta meritocracia es un fraude. Y por eso también es necesario establecer y mantener sistemas públicos que puedan contrarrestar y poner coto a los imperios empresariales, que sin ese contrapeso público-democrático pueden llegar a tener una influencia decisiva pero ilegítima.

Pensemos en los medios de comunicación: no hace falta censura explícita cuando los bancos y las grandes empresas son las que financian los medios y, por lo mismo, los puestos de trabajo en el periodismo. En esas circunstancias ¿en qué se queda la libertad de prensa? En nada.

El filósofo italiano Domenico Losurdo demuestra con toda precisión histórica que la tradición liberal está plagada de cláusulas de exclusión, que siempre ha visto la democracia como un obstáculo, como la tiranía de los pobres y de la plebe. Lo ha explicado a la perfección por lo que se refiere a la esclavitud: no es algo que perdurara a pesar del éxito de las revoluciones liberales; por el contrario, es después de este éxito cuando alcanzó su máximo desarrollo[6].

Con todo, lo anterior no es óbice para que las personas y los movimientos sociales de izquierdas seamos también liberales en los terrenos de la ética y de la política, y hablemos en el lenguaje de los derechos. Por eso hemos coincidido en determinadas reivindicaciones con el liberalismo, como ocurre con la demanda de despenalización del comercio y el uso recreativo o terapéutico de drogas[7]. También, la lucha a favor de la muerte digna o por la libertad sexual son terrenos en los que coincidimos con el liberalismo político. Y, desde luego, en el feminismo se producen este tipo de convergencias: al margen de que exista un feminismo expresamente liberal, el planteamiento del derecho al aborto en términos de auto-propiedad sobre nuestro cuerpo (“mi cuerpo es mío” ergo hago con él lo que quiero, habitual en el feminismo en general) lo pone de manifiesto[8].

Pero conviene en este punto señalar algo más: César Rendueles nos recuerda que el historiador socialista R. H. Tawney escribió en una ocasión que el verdadero lenguaje de la transformación política no es el de los derechos, sino el de los deberes[9]. Cuestión que nos adentra en una reflexión nada trivial: ¿tendríamos que concebir, acaso, la reivindicación política en términos no de derechos individuales sino de obligaciones colectivas? ¿qué implicaciones teóricas y políticas tendría hacerlo así?

De lo que no cabe duda es de que para no vaciar de contenido el concepto de derechos hemos de cuestionar, discutir y negar la inviolabilidad del capital. Urge reforzar la democracia y lo público frente a y contra el capital. Poner de manifiesto que los derechos individuales generalizados (la libertad de conciencia, de opinión, la sexual, etc.) pasan necesariamente por disfrutar de condiciones materiales de existencia. Unas condiciones dignas de existencia generalizadas y universales que se han revelado ya, fuera de toda duda razonable, incompatibles con los niveles extremos de riqueza de algunos individuos. Los niveles de riqueza extremos se derivan siempre de abusos, sobreexplotación de terceras personas, corrupción y fraude, no del trabajo duro, la diligencia personal y la previsión, como la mitología liberal-meritocrática gusta repetir.

Sí, hay que poner límites a la riqueza, pero no por inmoral (que efectivamente lo es a partir de una dimensión difícil de determinar y que habría que establecer), sino por incompatible con la vida en el planeta a medio y corto plazo ya. A veces, una pose inmoralista-nietzscheana hace que evitemos considerar obsceno el hecho de que alguien posea aviones privados, o se pueda comprar una isla o un país entero. Creo que no deberíamos tener reparo en decir que es inmoral, pero ese no es el argumento principal. Lo fundamental es que es técnica, política y jurídicamente insostenible.

Nadie piense que se trata de ideas en las nubes. Remito a la denuncia que hacen, entre otros, Juan Hernández Zubizarreta y Pedro Ramiro del imperio transnacional de la lex mercatoria. Sus trabajos muestran con todo rigor cómo mediante dicha ley el capital internacional ha construido una espesa maraña de normas y excepciones a la carta al servicio de sus intereses corporativos[10].La lex mercatoria ya no es, como fue en su origen, aquella ley mercante que regulaba el comercio en la Europa medieval. Hoy es una estructura jurídica que garantiza y blinda los beneficios de las empresas transnacionales en toda circunstancia. Los autores la llaman “arquitectura de la impunidad”. El liberalismo clásico había puesto de manifiesto la relación estrecha que hay entre libertad y responsabilidad, en la cual se fundamenta la idea del mérito personal. Pero la lex mercatoria, que regula en el ámbito internacional las transacciones comerciales, aunque protege los intereses de las empresas (a los que llama “derechos”) no establece obligaciones correlativas para ellas, desplazando éstas a las regulaciones estatales. El enorme poder de coacción y chantaje que tienen y usan estas empresas condiciona después la legislación de muchos países, con lo cual se cierra el círculo de la arquitectura de la impunidad. Amnistía Internacional ha denunciado que muchas empresas multinacionales han adquirido un poder y una influencia sin precedentes y no hay mecanismos efectivos para impedir que dichas empresas cometan vulneraciones de derechos humanos o para que rindan cuentas de sus actos. Las defensoras de derechos humanos en Latinoamérica lo saben bien: lo sufren en sus carnes, literalmente, al precio de su propia vida, como han puesto de manifiesto los casos de Berta Cáceres o Marielle Franco, entre otras muchas defensoras.

Si el capitalismo es un modo de producción y un sistema económico, el neoliberalismo es su ideología legitimadora[11].Democracia o capitalismo no es un eslogan ni un hashtag para redes sociales. Es una cruda y real disyuntiva. Decía al principio que, en el límite, el liberalismo y la democracia son incompatibles. En muchos lugares han llegado al límite hace rato. Hablar de democracias liberales en este contexto es ya demasiada postverdad. De hecho, la disyuntiva no es solo entre capitalismo y democracia. Estamos ante la tesitura de tener que elegir entre el capitalismo o la vida. La lucha por la vida y la lucha por la democracia son, en su misma entraña, luchas anticapitalistas.

Por Tere Maldonado, pertenece a feministAlde y es profesora de filosofía

24 febrero 2022 

[1]En el estudio del surgimiento y el desarrollo de la categoría de individuos, los trabajos del antropólogo Louis Dumont son el locus classicus ineludible, en especial sus Ensayos sobre el individualismo, una perspectiva antropológica sobre la ideología moderna (Alianza Editorial, 1987).

[2]Eduardo Aznar Vallejo, Vivir en la Edad Media (Arco libros, 2017, 3ª edición). Tal vez se incurra en anacronismo también al hablar de “discriminación” en la Edad Media: para que pueda haberla tiene que darse un horizonte normativo mínimamente igualitario en relación con el cual se produzca la discriminación (lo que no es el caso en el Medievo, en cuya normatividad, precisamente se establece de forma central el trato desigual).

[3]Jacques Rancière,El odio a la democracia (Amorrortu, 2006).

[4] Cfr. En las ruinas del noeliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente, de Wendy Brown (Traficantes de Sueños, 2021).

[5] Celia Amorós, “Hongos hobbesianos, setas venenosas”, en Mientras tanto/48 (1992).

[6]DomenicoLosurdo, Contrahistoria del liberalismo (El Viejo Topo, 2007).

[7] Thomas Szasz, Nuestro derecho a las drogas (Anagrama, 1993), traducción y prólogo de Antonio Escohotado, que ha sido el gran defensor en España de la despenalización y liberalización del comercio y el uso de drogas, además de gran apologista del liberalismo, tanto político como económico.

[8] Esta cuestión del carácter liberal de algunas reivindicaciones feministas (y las aporías a las que ello nos aboca) exige un desarrollo mucho más profundo y extenso en el que no puedo entrar aquí.

[9] César Rendueles, Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista (Seix Barral, 2020).

[10]Juan Hernández Zubizarreta y Pedro Ramiro, Contra la ‘Lex Mercatoria’. Propuestas y alternativas para desmantelar el poder de empresas transnacionales(Icaria, 2015).

[11]Como se ha dicho muchas veces, es un sistema económico que ha desbordado el campo de la economía y ha invadido el de la sociedad,y de paso todas las facetas y esferas de la vida (de manera que no vivimos sólo en una economía capitalista sino,directamente,en una sociedad capitalista).

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Conflicto Rusia - Ucrania: George Bush, Vladimir Putin, y la tercera ley de Newton

Las similitudes entre los discursos de George W. Bush, antes de la invasión de Estados Unidos a Irak, y Vladimir Putin, previo a la ofensiva rusa sobre Ucrania. 

 

A toda acción corresponde una reacción”, sería la síntesis de la tercera ley de Newton. Esta ley de la física clásica es fundamental en la dinámica social y política de los pueblos, con la diferencia de que la reacción nunca es proporcional a la acción. Si agregamos la regla de oro de la diplomacia y la ley moral más antigua de la humanidad (“No hagas a los demás lo que no quisieras que hagan contigo”) tendremos la explicación de muchos fenómenos a lo largo de la historia y a lo ancho del presente.

Para comenzar, tomemos solo un elemento, el retórico, sobre las dos importantes intervenciones militares de la última generación: la invasión en Irak y la invasión en Ucrania.

Invasión de Estados Unidos a Irak

El lunes 17 de marzo de 2003, desde el Cross Hall de la Casa Blanca, el entonces presidente estadounidense George W. Bush leyó un discurso justificando la masiva invasión de Irak. Un mes antes, desde España, publicamos artículos dando por hecho esta invasión y el posterior empantanamiento en el caos de Medio Oriente. Por entonces pensábamos que el discurso era una mentira descarada. Hoy, luego del reconocimiento de su falsedad, tanto por el presidente Bush como por su escudero, el presidente Aznar, está claro que todo fue una fabricación. Tan claro como es casi imposible encontrar un estadounidense que esté enterado de estos hechos.

El discurso de George W. Bush

“Durante más de una década, Estados Unidos y otras naciones han realizado esfuerzos pacientes y honorables para desarmar al régimen iraquí sin iniciar una guerra (pero) han fracasado una y otra vez”. En realidad, los inspectores de la ONU solo fracasaron en su búsqueda de armas de destrucción masiva.

“La inteligencia reunida por este y otros gobiernos no deja dudas de que el régimen de Irak continúa poseyendo y ocultando algunas de las armas más letales jamás inventadas (…) El régimen tiene un historial de agresión en Medio Oriente y tiene un profundo odio hacia Estados Unidos y nuestros amigos. Y ha ayudado, entrenado y albergado a terroristas, incluidos agentes de Al Qaeda”. Todos sabemos que fue la CIA quien ayudó y entrenó a Osama bin Laden en Afganistán. Saddam Hussein era enemigo de bin Laden. También sabíamos que el “historial de agresión” del régimen fue sostenidos por Washington e, incluso, con armas biológicas vendidas por Europa en los 80 y con aprobación de Ronald Reagan.

“Estados Unidos y otras naciones no hicieron nada para merecer esta amenaza”. Seguro que no. Ahora, “todas las décadas de engaño y crueldad han llegado a su fin. Saddam Hussein y sus hijos deben abandonar Irak en 48 horas. Su negativa a hacerlo dará lugar a un conflicto militar, que comenzará en el momento que elijamos. Por su propia seguridad, todos los ciudadanos extranjeros, incluidos los periodistas e inspectores, deben abandonar Irak de inmediato (…) La campaña militar será dirigida contra los hombres sin ley que gobiernan su país y no contra el pueblo iraquí (…) Les pedimos a las fuerzas armadas iraquíes que actúen con honor y protejan a su país al permitir la entrada pacífica de las fuerzas de la coalición para eliminar las armas de destrucción masiva. (…) Los criminales de guerra serán castigados. Y no será una defensa decir ‘Solo estaba siguiendo órdenes’”. Obviamente, los crímenes de guerra en Irak nunca fueron castigados ni lo serán, como en tantos otros países invadidos por las superpotencias.

“Seguiremos tomando más medidas para proteger nuestra patria. Nuestros enemigos fracasarían. Ninguno de sus actos puede alterar el rumbo o cambiar la determinación de este país. Somos un pueblo pacífico (…) Si nuestros enemigos se atreven a atacarnos, enfrentarán terribles consecuencias. A diferencia de Saddam Hussein, creemos que el pueblo iraquí merece y es capaz de ser libre. Y cuando el dictador se haya ido, pueden dar ejemplo a todo el Medio Oriente de una nación vital, pacífica y autónoma. Estados Unidos, con otros países, trabajará para promover la libertad y la paz en esa región”.

El discurso de Vladimir Putin antes de invadir Ucrania

El 23 de febrero de 2022, el presidente ruso, Vladimir Putin, anunció su decisión de lanzar “una operación militar especial” para defender una provincia separatista de Ucrania.

“He tomado la decisión de llevar a cabo una operación militar especial para proteger a las personas que han sido objeto de abusos y genocidio por parte del régimen de Kiev durante ocho años. Para ello, nos esforzaremos por desmilitarizar y desnazificar Ucrania. Y también para llevar ante la justicia a quienes han cometido numerosos y sangrientos crímenes contra la población civil, incluidos los ciudadanos de la Federación Rusa. Rusia no puede existir con una amenaza constante que emana del territorio ucraniano. No nos ha quedado otra opción”.

Para hacerlo más parecido al discurso de Bush, como si se tratase de un recurso retórico deliberado:

“Los acontecimientos de hoy no están relacionados con el deseo de atentar contra los intereses de Ucrania y del pueblo ucraniano, sino con la protección de Rusia frente a quienes han tomado a Ucrania como rehén y tratan de utilizarla contra nuestro pueblo”. Se trata de “un derecho a la defensa ante las amenazas de una desgracia aún mayor que la actual. Nuestros planes no incluyen la ocupación de territorios ucranianos, no vamos a imponer nada a nadie por la fuerza. Nuestra política se basa en la libertad (…) Es importante que todos los pueblos que viven en el territorio de la actual Ucrania puedan ejercer este derecho: el derecho a elegir libremente”.

Para los enemigos que se atrevan a atacar, Putin, como lo hiciera Bush, les advierte que enfrentarán terribles consecuencias:

“Un ataque directo a Rusia conduciría a la derrota y a consecuencias nefastas para el agresor potencial (…) No pasa un solo día sin bombardeos en las localidades de Donbass (…) La matanza de civiles no se detiene, ni el hostigamiento de personas, incluidos niños, mujeres, y ancianos (…) No nos han dejado ninguna otra oportunidad para proteger a Rusia, a nuestra gente, excepto la que nos veremos obligados a usar hoy”.

Similitudes

Los dos discursos que inician ambas intervenciones militares son casi una copia. Es posible que esto haya sido deliberado por parte de Moscú, pero está claro que es una reacción diplomática y militar de crucial importancia. La arrogancia de Washington de no detener la expansión de la OTAN, contra el compromiso adquirido décadas antes y violado repetidas veces, se ha estrellado con el muro ruso (mejor dicho, “sino-ruso”).

La ineficiencia militar del ejército de Estados Unidos

Putin es demasiado listo para los lideres de Occidente. Por otra parte, se encuentra en el momento de quiebre de la influencia avasallante de la OTAN y su aterrizaje. Los ejemplos de ineficiencia militar del ejército más caro de la historia(Estados Unidos invierte tanto como los primeros diez países del mundo) son interminables. Desde las guerras de expansión del siglo XIX, pasando por las guerras bananeras y todas las invasiones de la Guerra fría, siempre se invadió o intervino países minúsculos o pobres. Aun así fue derrotado en Cuba, en Vietnam y, más recientemente, en Afganistán. Ahora, ante la invasión del ejército ruso a Ucrania, Washington retiró su presencia militar en Ucrania. Pues, para eso estaban, para intimidar.

Aunque Putin se retire de Ucrania, aunque se quede con una parte o invente un nuevo país, será el ganador inevitable en esta disputa. La lección ya la había aprendido Kim Jong-un luego de que colgaran a Sadam Hussein: el único argumento que escuchan los poderes hegemónicos son las bombas atómicas.

Tristemente, es así de simple, y esa es otra reacción de una acción largamente ejercida por Washington.

25 de febrero de 2022

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Miércoles, 23 Febrero 2022 05:30

Putin y Lenin

Vladimir Putin, en su discurso del pasado 21 de febrero. RTVE

El presidente de la Federación Rusa mandó ayer al infierno cualquier mínimo reconocimiento a la política internacional soviética y adoptó sin complejos un discurso nacional-imperialista de estilo zarista. Y eso da miedo

 

Putin es un anticomunista convencido y un nacionalista de derechas. Ayer lo dejó claro en un discurso para la Historia en el que dejó muchas pistas sobre su imaginario cultural y sus referentes ideológicos así como su sentido de la ironía y la imagen que tiene de sí mismo. Cualquiera diría que a Putin le complace esa caricatura que le presenta en la escena mediática “occidental” como ese padre autoritario al que su yerno tiene pánico. Cualquier psicoanalista diría que se gusta en ese rol superyoico castigador. Me lo imagino trasteando en las redes sociales disfrutando de esas imágenes en las que aparece cabalgando un oso. Pareciera que las psicologías individuales no tienen importancia geopolítica y es verdad que de Putin se hacen demasiadas caricaturas, pero no desprecien nunca los factores psicológicos a la hora de entender el comportamiento de los líderes políticos. Ahora volvamos al discurso.

En su proclama de ayer Putin atacó a Lenin y ya les digo que el hecho de que el presidente de la Federación Rusa ataque a Lenin en un discurso que vieron millones de rusos, en el contexto de una grave tensión militar, no es un asunto baladí. Putin cargó contra el federalismo, contra el pacifismo y contra el respeto de la plurinacionalidad propio de los bolcheviques que, al menos mientras Lenin mandaba, defendieron incluso el derecho de autodeterminación de los pueblos. Putin dijo ayer nada menos que Lenin era el arquitecto de la nación ucraniana y atacó incluso el talento geopolítico del Lenin de la paz de Brest-Litovsk. El Lenin consciente de la realidad de la correlación de fuerza militar con Alemania frente al poco racional optimismo de Bujarin y Trotsky fue, para Putin, un cobarde. Llamar a Lenin cobarde en Rusia es, para muchos rusos y para cualquier comunista, una provocación. Con una ironía innegable, Putin sugirió además que para continuar el proceso de “descomunistización” de Ucrania quizá Ucrania debería desaparecer. En gramática parda castiza a esto se le llama una macarrada.

Putin mandó ayer al infierno cualquier mínimo reconocimiento a la política internacional soviética y adoptó sin complejos un discurso nacional-imperialista de estilo zarista. Y ciertamente eso da miedo a cualquiera.

Pero ojo, eso no hace de la OTAN una reserva moral y militar democrática ni convierte al corrupto gobierno ucraniano, que ha atacado los derechos civiles de buena parte de sus ciudadanos, en la encarnación de una resistencia popular anti-imperialista. Y tampoco resta lógica geopolítica a los deseos rusos de tener a la OTAN lejos de sus fronteras. A esa izquierda deseosa de encontrar un bando al que dar un poco la razón ética y moral hay que decirle que, desde el fin de la Guerra Fría, eso se ha hecho muy complicado. Ni la (supuesta) izquierda otanista ni el rojipardismo tienen fácil dar argumentos presentables a la hora de explicarnos quiénes son los buenos y quiénes son los malos.

Ayer me escribía Rafael Poch, quizá uno de los periodistas de nuestro país que más sabe de Rusia y que jamás se ha alineado con el atlantismo dominante en la prensa española, que el discurso de Putin no beneficiará a Rusia y dará vitaminas a una OTAN que estaba en “muerte cerebral”. Me decía que enterrar los acuerdos de Minsk (rechazados por el gobierno de Ucrania) con el reconocimiento de las “repúblicas” no auguraba nada bueno para la paz y que la retroalimentación entre un nacionalismo ruso agraviado por 30 años de humillaciones y el nacionalismo ucraniano, en el marco de un Estado fallido entregado a los EEUU, era algo “muy malo”.

Creo que Poch tiene toda la puñetera razón

22/02/2022

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El líder comunista chino, el presidente Mao Zedong, recibiendo a su par estadounidense Richard Nixon en su casa de Pekín en 1972. Flickr/Creative Commons

Cuando se cumple medio siglo de la sorprendente visita del presidente Richard Nixon a Beijing (21 a 28 de Marzo de 1972), la pregunta que muchos se hacen en EEUU y en todo el mundo es si aquello fue un prodigioso ejemplo de malabarismo diplomático o, por el contrario, la mayor torpeza estratégica del siglo XX.

Durante años, ha prevalecido la primera impresión: una jugada maestra que permitió a la Casa Blanca sumar a China a su diferendo con la URSS y sentar las bases de su victoria en la Guerra Fría. Aquella China pobre en modo alguno era un rival para EEUU y sus diferencias con Moscú ensanchaban los espacios apropiados para la cooperación. Aun así, fueron necesarios siete años más para propiciar un salto significativo en los vínculos formales, que llegaría en 1979 con el establecimiento de relaciones diplomáticas y la amarga ruptura con la otra China, la de Chiang Kai-shek. Fue entonces, en ese mismo año, cuando Deng Xiaoping realizó su histórica visita a EEUU.

Fruto de lo que se llamó la "diplomacia del ping-pong", aquel encuentro de 1972, en plena Revolución Cultural, debe contextualizarse en dicho marco bipolar y estratégico. Lo que ocurrió tras la muerte de Mao, la adopción del reformismo denguista, no se debe, stricto sensu, a esa normalización con EEUU, aunque ello facilitó y mucho la inserción internacional de la China de Deng. Las primeras políticas del Pequeño Timonel no tenían como referente el liberalismo estadounidense sino las atrevidas medidas auspiciadas durante la "restauración burocrática", a contrapelo del maoísmo, que siguió al fracaso del Gran Salto Adelante. Y fue así, realmente, como empezó todo el dinamismo económico que condujo a la realidad actual de una China que es segunda potencia económica del mundo. Cuando Nixon visitó China, Deng, víctima de la Revolución Cultural, estaba condenado al ostracismo político en su propio país.

Quiere esto decir que arrogarse por parte de EEUU la responsabilidad principal por haber inspirado la sorprendente transformación de China en las últimas décadas, no se corresponde con la realidad. Facilitó cosas, sin duda, pero las claves del cambio de rumbo son esencialmente internas. Bien es verdad que Washington no las dificultó y esa atmosfera facilitó el desarrollo de una importante admiración en China hacia EEUU que iniciaría su declive pronunciado, y a lo que se ve imparable, con el bombardeo de su legación diplomática en Belgrado, en 1999.

Carece, pues, de sentido el mea culpa que algunos entonan ahora como también sus críticas a la hipotética deslealtad de Beijing. No es que las autoridades chinas se aprovecharan de EEUU para dinamizar su economía descartando una evolución política liberal, tal como imaginaban, quizá ilusoriamente, en Washington, confiando en que el cambio económico conduciría, inexorablemente, al cambio político. Aun a sabiendas de ciertos titubeos, el PCCh nunca abogó por esa ecuación pues pondría en serio peligro su hegemonía política.

Cabe reconocer, no obstante, que EEUU se benefició y mucho de esa normalización en todos los términos. Ya no solo por los importantes réditos estratégicos obtenidos de dicha suma en sus diferendos con Moscú sino incluso, en lo propiamente crematístico, por las oportunidades brindadas a sus grandes empresas multinacionales con la apertura del mercado chino. Lógicamente, el balance de Beijing es más satisfactorio aun.

Las relaciones bilaterales viven hoy día las secuelas de un fin de época plasmado ya durante la Administración Trump, si bien los primeros fundamentos de ruptura pudieran remitirse a la presidencia de Barack Obama y su "Pivot to Asia". Fue en 2018 cuando el vicepresidente Mike Pence, en el conservador Instituto Hudson, formuló la quiebra radical. Con su verbo acusador, EEUU dejó atrás la era de cooperación para abrazar la confrontación como piedra angular de sus relaciones. Joe Biden persevera en esta senda.

Desde la rivalidad estratégica a las invitaciones al desacoplamiento, EEUU y China tantean ahora la definición de unas nuevas y complejas bases políticas para atemperar una coexistencia que vuelve a tener en Taiwán la cuestión más espinosa. El propósito de Beijing de seguir por una senda propia y alejada del liberalismo occidental y su proximidad estratégica con Rusia, que por el momento le suministra el 16% de sus importaciones anuales de petróleo y el 34% de las de gas, sugieren que el deterioro está lejos de haber culminado.

Los ecos del pasado resuenan en el actual escenario geopolítico pero las grandes diferencias que les separan (comercio, derechos humanos, etc.) advierten de una muy difícil mejora de las relaciones.

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Domingo, 20 Febrero 2022 05:32

Historia de una traición

Dora María Téllez, la Comandante Dos de la Revolución Sandinista.. Imagen: EFE

Dora María Téllez, la “Comandante Dos”, figura histórica de la Revolución que en 1979 tumbó la dictadura de la dinastía Somoza que por décadas sofocó a Nicaragua, fue condenada hace pocos días a ocho años de cárcel. El juicio que la condenó fue una farsa grotesca: a ella le dieron cuatro minutos para pronunciarse.

En el mismo juicio para otra figura de relieve en el desaparecido sandinismo, Víctor Hugo Tinoco, la condena fue de trece años.

También hace poco se supo del fallecimiento del comandante Hugo Torres, quien llegó a general cuando existía el Ejército Sandinista. Había sido detenido por el gobierno de Daniel Ortega.

Un detalle revela de manera absolutamente nítida en qué tipo de gente Ortega se transformó: el entonces comandante Torres y Dora encabezaron en 1979 la acción que liberó al hoy dictador de la cárcel somocista.

Exiliados y detenidos

Son muchísimos los que fueron figuras de especial relieve en el periodo en que el sandinismo existió – desde la victoria en 1979 hasta la derrota electoral de 1990 – y que hoy están exiliados, aislados o detenidos.

Lo que era inicialmente una ávida sed de poder de la pareja Ortega-Murillo se transformó en una copia brutal de lo que fue la dictadura de dinastía de los Somoza. Y si en un primer momento esta constatación me abrió un tajo en el alma, ahora me cubre de indignación.

Recuerdos de la revolución

Recuerdo bien que el 24 de enero de 1980 había sido jueves. Ese día viajé por primera vez a la Nicaragua sandinista. La revolución que tumbó a Anastasio Somoza llevaba exactos seis meses y cinco días.

Hasta entonces yo había mantenido contacto a la distancia con el escritor Sergio Ramírez, con quien me une hasta hoy una cálida amistad.

Todavía guardo en la memoria la emoción de aquella primera de una larguísima serie de visitas mientras duró el sandinismo que liquidó a la dinastía que hacía décadas saqueaba y sofocaba aquel hermoso país.

Eran mis años jóvenes, y junto a un puñado de extranjeros que respaldábamos y tratábamos de colaborar, pude tener bastante contacto con varios de los integrantes del gobierno.

En esas reuniones informales, muchas veces largas cenas que se extendían por horas, estuve, siempre al lado de más sandinistas, con Daniel Ortega.

Me pareció un hombre cerrado, de mirada desconfiada, que se quebró por única vez:  en 1986, cuando me habló de su hermano Camilo, muerto en combate con las fuerzas de Somoza cuando era muy joven. Ese día me contó también que de los 15 a los 34 años él, Daniel, no tuvo casa: vivió en la clandestinidad, vagando de un sitio a otro.

Por la primera y única vez sentí algo de humano en aquella figura de piedra.

Nuestro último encuentro fue en Río de Janeiro, a mediados de 1990, en una reunión con artistas e intelectuales meses después de la derrota electoral frente a doña Violeta Chamorro.

Piñata y después

Nunca más volví a Nicaragua. De lejos, supe de la “piñata”, el despojo que llevó a parte de las más altas figuras del sandinismo, Ortega entre ellas, a transformarse en millonarios.

Confieso que junto a otros amigos extranjeros que habíamos vivido tan de cerca la Revolución tardé en aceptar como verdad lo que verdad era.

Hasta en ese aspecto los traidores se hicieron copias redondas de los somocistas.

La de los sandinistas ha sido la última Revolución de mi generación y, en su modelo, quizá la última de la historia.

En muchos momentos sentíamos que ellos conducían a los nicaragüenses a algo muy cercano a realizar sueños imposibles, a rozar el cielo con las manos.

Guardaré para siempre en lo mejor de mi memoria momentos vividos en aquellos años de esperanza, que parecían ser de una luminosidad real.

Luego de perder las elecciones, como consecuencia de la brutal agresión armada llevada a cabo por Washington con apoyo de los sectores más reaccionarios de Nicaragua, el sandinismo empezó a ser destrozado.

No tardó mucho para que lo que había sido una Revolución viva y hermosa empezara a ser traicionada de manera vil, imperdonable.

Aquella esperanza que derrotó la dinastía de los Somoza fue sucedida por otra dinastía, igualmente perversa, abusadora, asesina.

Desde 2006, es decir, hace 16 años, la pareja presidencial manipula elecciones de manera absurda para permanecer en el poder más absoluto.

El peor traidor

Daniel ahora encabeza esa nueva dinastía que reprime, persigue y mata hasta jóvenes estudiantes como lo era su hermano Camilo cuando fue asesinado por la dinastía anterior.

Un traidor es y siempre será un traidor, una figura abyecta y depreciable.

Pero hay traidores de peor calaña.

José Daniel Ortega Saavedra pertenece, con méritos y brillo, a esa segunda especie

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