“No me van a doblegar; mi mandato es del pueblo”

El presidente de Perú, Pedro Castillo, habla de todo. La presión del Congreso sobre su gabinete. Una Constitución formal pero sin igualdad. Su infancia con 8 hermanos, la reforma agraria en honor a su padre y una campaña presidencial con covid a cuestas. Los desafíos por delante: "Que las personas no mendiguen por medicina o educación". Extra: el "cafecito" con Pepe Mujica.

En un diálogo relajado con Alfredo Serrano Mansilla en AM750, el presidente de Perú, Pedro Castillo, plantea los desafíos que enfrenta desde su asunción en 2021 y la necesidad de “descentralizar” el país. “Se ha centralizado la economía, la riqueza, los servicios y la educación en Lima y la gente no ha encontrado mejores oportunidades”, asegura.

Además, Castillo apunta que el Congreso busca imponer la agenda de su gestión. Desde que asumió en julio del año pasado, el presidente peruano debió designar tres gabinetes completos, ya que en Perú el equipo de gestión del mandatario debe ser refrendado por el Parlamento y, si no logra la mayoría de los 130 legisladores, deben renunciar y el mandatario tiene que designar una nueva composición.

Pedro Castillo y los desafíos de la gestión

 

- Usted fue muy característico por la valentía con la que dijo las cosas. ¿Se puede ser o se debe ser tan valiente ahora que usted es presidente o resulta que es muy difícil?

Bueno, yo creo que nosotros hemos nacido con esa característica y hemos tenido ese don. He pasado por muchas más cruentas y siempre digo que estar acá frente al despacho o atendiendo a la población más vulnerable para mí es también parte de una valentía. Pero más allá de cosas que a nosotros nadie nos va a poner una muestra, dar señales de lucha, dar señales de valentía cuando tienes detrás, cuando tienes en las piernas y en las espaldas todavía las huellas de algunos perdigones. Lo que ves cuando hemos tomado la calle, cuando hemos defendido el medio ambiente, más allá de eso y haciendo gobierno, entiendes el sinsabor del pueblo y por el cual tenemos que seguir bregando.

Yo sé que no van a entender las personas que de una u otra forma aún no asimilan haber perdido esta elección, pero yo quisiera decirles desde este espacio que se saquen eso de la cabeza, de que yo he venido a eternizarme en el poder: el 28 de julio de 2026 daré la posta a quien este país designe como el presidente que me suceda e iré al lugar que corresponde. Me volveré a la escuela, ese es mi espacio, volveré a mi comunidad, volveré de donde he venido.

Grupo Octubre · Entrevista a Pedro Castillo

- ¿En este período que lleva se ha sentido discriminado por su origen de clase, por su ámbito rural, por ser maestro, incluso por el color de piel, hasta por el sombrero? ¿Se ha sentido usted discriminado en ese sentido?

Sí, durante la campaña, más que todo en la segunda vuelta, fue tan duro lo que veía en algunos diarios o radios por cómo hablo. Voy a seguir hablando como hablo, de esta forma natural, conduciendo el país, y no necesito disfrazarme.

Hay una Constitución que nos trata a todos por igual, pero en la práctica no es cierto. Hay una Constitución que un grupo defiende cuando en esos mismos renglones se discrimina a un hombre del campo. Hoy el Perú tiene un presidente provinciano y más allá de quién es quién, luchamos para que el país sea descentralizado, se ha centralizado la economía, se ha centralizado la riqueza, se han centralizado los servicios, la educación, todo en Lima y la gente abandona su chacra, abandona su tierra, abandona a su familia y se ha venido a Lima en busca de mejores oportunidades y no la ha encontrado. Los cerros están llenos, viven bajo esteras, porque no encontraron oportunidades, porque no se descentralizaron los bienes del país a las regiones. Hoy es el momento de devolver ese sueño para que las personas no mendiguen por medicina o educación, ese es nuestro trabajo, no me voy a doblegar, estoy por mandato del pueblo peruano. Y llamo desde este espacio a mis hermanos, a los peruanos, a la más amplia unidad. Solamente unidos vamos a emprender este trabajo. Y acá tienen a un Gobierno que va a disponer de los recursos que tiene este gobierno para darle mejor educación a nuestros hijos, mejores carreteras e impulsar la agricultura, revisar esos contratos que muchas veces hay grandes empresas que han negociado y que han contratado con el Estado.

Yo no voy a pedir para mi bolsillo, no voy a pedir a para mi compadre, voy a hacer que esos contratos se hagan frente al pueblo para que esos convenios se retribuya, a lo cual a los lugares más necesitados.

- El Gabinete de su gobierno está sometido a la aprobación del Congreso. ¿Desea usted que haya una estabilidad para que eso le permita gobernar hacia adelante? ¿Esa preocupación la tiene muy presente?

Lo que pasa es que en el Congreso hay un cierto sector que su respuesta es netamente de carácter político, y cuando yo llamo a un provinciano para ser ministro porque sabe la necesidad del país, como por ejemplo a un maestro para que sea ministro de Educación, no les gusta. Siempre el gabinete debe pedir el voto de confianza al primer poder del Estado, que es el Congreso. Pero cuando yo tengo el gabinete puedo estructurar mi plan de trabajo para bajar a la región o a tal pueblo, y resulta que no lo puedo hacer porque el Congreso llama a los ministros para que respondan tal cosa. El Congreso nos quiere imponer la agenda. Yo convoco al Congreso a que volteemos la página y pensemos en el país y en los más necesitados. No ha pasado por mi cabeza cerrar el Congreso, yo quiero cerrar las brechas de desigualdad de este país, las diferencias entre la clase política, las grandes distancias que existen entre los más necesitados y las personas que comprometen al Gobierno para que llegue el Estado.

Los sueños de infancia de Pedro Castillo

 

- ¿El Presidente del Perú se acuerda de lo que sueña y de los sueños de cuando era pequeño?

A veces sí y a veces no. En el campo amanecemos en el trabajo y llegamos muy tarde. Siempre hemos soñado que no nos olvidemos de la familia, estemos ligados a Dios, hacer las cosas bien. Quisiera saludar a mi padre, mi madre, mis hermanos, que jamás nos permitieron estar ociosos, perder el tiempo en otra cosa. La honradez ha sido un don maravilloso. Mis padres son iletrados, somos nueve hermanos y mi padre nunca comía solo. Siempre esperaba que estemos todos alrededor de la casa y siempre nos daba un turno. Mi papá solo asistió una semana a la escuela, mi madre no conoce una letra, pero leían muy bien la realidad, la familia y a sus hijos. Nos turnábamos para dar la bendición a Dios al comer. Eso fue más que una escuela, lo trasladé a mi accionar como joven, en la escuela, en la universidad, no hay que compartir las amarguras, sino también los buenos momentos. Hoy he venido a ser presidente de la República sediento de justicia, igualdad y oportunidades. Que lo que tiene el Perú sea para los peruanos, que lo que tiene el Gobierno sea de los más necesitados sin robarle un centavo al país. Tenemos muchos problemas en cuanto a situaciones reivindicativas y por eso estoy acá.

- ¿Cómo era de pequeño? ¿Estudioso, rebelde, travieso, valiente?

Siempre he sido valiente, no me he corrido de los retos. Recuerdo que me atrevía a cualquier cosa. Siempre me ha salido bien, a veces desafiando también al maestro, pero en tonos respetuosos. Siempre he ido detrás de los sueños para hacerlos realidad. Extraño labrar la tierra, y es lo que quiero hacer. Lanzo una segunda reforma agraria por amor a mi padre, porque somos agricultores y vamos a trabajar para impulsar represas, cosechas de agua al lado del agricultor para impulsar la agricultura. Si no trabajamos, ¿de dónde salen los frijoles? Es importante decirle al país y al mundo que todo debe ser producto de un esfuerzo.

- ¿Qué quería ser de chico?

Siempre anhelé ser maestro. Veía a mi maestro, que llegó sufriendo, caminando como tres días desde Chota, cómo se disponía, como atendía, era como un padre para nosotros. Éramos compañeritos que cada uno tenía su realidad. Yo quería ser como ese hombre que luchaba, que tenía amor por los niños y sabiduría, que hablaba tan bonito. He llegado a ser maestro de mi propia escuela, donde cursé los primeros años de vida, fui director incluso, y desde ese lugar enarbolé esta lucha política.

- Presidente, tuvo que trabajar de mil cosas, recorrer mucho el país. ¿Qué se acuerda de algún trabajo que lo hacía reír y otro que seguro no le gustaba por lo sacrificado?

Recuerdo que para ir a la escuela teníamos que ir a mudar los animales, los caballos, luego labrar un surco de maíz y terminar esa tarea. A la tarde volvíamos, teníamos en la cabeza que si no trabajas, no comes. Siempre ha sido así. En la institución educativa de primaria no había jardín, yo llegué a la escuela a los siete años y había un profesor y sólo se estudiaba hasta tercer grado y cuarto, quinto y sexto se hacía a una hora y media a pie. Solo terminamos dos. Mi padre me enseñó a sembrar café, arroz, papa, maíz, cosechar todo, cómo se cría un animal, cómo ordeñar una vaca, montar un caballo. No me olvido de esa vida.

- ¿Cree que ese tipo de saberes son subestimados hoy en día por la sociedad en la que vivimos?

Eso falta, respetar la identidad, hay que motivar a las personas para que saquen lo que tienen adentro. A nosotros nos enseñaron no ser ocioso, mentiroso ni ladrón, entonces siempre está en la cabeza eso. Tenemos permanentemente esa lucha. Mi padre me separó dos años de la escuela, no fui a la secundaria porque había recursos muy escasos. Mi hermano más grande convenció a mi padre para que yo termine la secundaria. Salía a las cinco de la mañana y era el primero en llegar y luego seguir trabajando en la casa. En las vacaciones seguía yendo a cosechar café, arroz, ayudaba a mi padre a criar animales, pero gracias a un tío muy querido me trajo a Lima, estaba en el tercer año de la secundaria, que me decía que si no trabajaba no comía.

- ¿Mantiene algún tipo de relación con aquellos alumnos que tuvo en esa época?

En este recorrido los encontré como jefes de campaña en su comunidad, pintando el lápiz, pintando mi sombrero. Pero sucedía que es una comunidad bastante carente. Voy a retornar a esa comunidad para reconstruir esa escuela. Lo primero que hice es llamar a la familia y llamar a los maestros y decir que hay que ser por los maestros. Y así fue como me metí en el seno del magisterio y empecé por la lucha reivindicativa de los maestros y en el 2017 se gestó una lucha donde yo la encabece a nivel nacional e fui conocido a nivel nacional.

- De hecho, fue elegido presidente del Comité de Lucha de las Bases Regionales del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación del Perú Sutep. Luego también fue Secretario General de la Federación Nacional de Trabajadores de la Educación del Perú. Y ahí es donde, como usted dice, es protagónico en la lucha de los Derecho por los maestros en el año 2017, donde se hace más conocido. Ahí se genera una negociación del Presidente, por aquel momento de inscri, pero no le invitan a usted a Palacio de Gobierno. ¿Cuándo fue la primera vez que pisó el Palacio?

El 28 de julio. Porque no sé por qué empezaron también, o porque la lucha es una lucha desigual. También hubo problemas internos con el magisterio, porque y ahora nunca el gobierno en el Perú durante los 200 años jamás prioriza la educación peruana. Hay mucho por hacer en la educación del país, los maestros en sus luchas diarias nos han motivado de sobremanera. En el Perú hay más de 500 mil maestros en actividad. El maestro cesante va con una pensión precaria. Hay maestros tuberculosos, totalmente abandonados, hay maestros que van a la selva, se toman una lancha y van siete días para llegar a su escuela y retornan después de meses a su familia. Y los que pueden salvarse de algún ácido, de alguna enfermedad endémica, vuelve, pero no hay presencia del Estado.

Vieron que enarbolamos una lucha totalmente reivindicativa. Venimos a esa lucha diciendo que primero es el pueblo, primero es lo primero en la educación del pueblo y hoy estamos en el gobierno y primero la educación del pueblo peruano. Primero son los niños: 8 millones de estudiantes en este país que vamos a hacer todo lo posible para que ningún alumno se quede sin ningún útil escolar, que ningún alumno esté con el estómago vacío, que ningún alumno esté sin sin un techo y que a ningún alumno le nieguen sus sueños para seguir estudiando.

La transformación en Presidente

 

- ¿Qué le dijo su familia el primer día que les dijo que quería ser candidato a Presidente?

Recuerdo que Lilia, Arnold y Alondra me esperaban para cenar y ese día yo ya logré la inscripción y fui y les dije que me iba a postular a la Presidencia de la República. Me dijeron “ven a comer y beber”. Pero yo tenía bastante fe, imagínense dentro de tantos candidatos un maestro que en su boleto de pago tiene tres mil soles de haberes y solamente recibe 1200 porque el resto son préstamos… Fui consciente y dije “voy a encomendar esta causa, esta candidatura a Dios por hacer bien por el país”. Y así fue y al final llegamos a Palacio.

- Presidente, de su grupo más cercano quién creía de verdad que iba a pasar a segunda vuelta? ¿Usted lo creía?

Mire, yo siempre creí y la compartí con algunos maestros cercanos en alguna de las regiones del país, si cada maestro me garantizaba diez votos en la mesa, ya tengo tres millones de votos solamente de los maestros. Ahora mi familia, el resto mis vecinos debo llegar a unos dos millones de votos y ya paso la segunda vuelta. Y empecé a recorrer el país, pero fui el primer candidato que me cogió el Covid, estuve días en Lima. Entonces bajaba a los pueblitos y no había ningún pueblito donde no me conocieran, todos estaban organizados recibiéndome.

- Fue un momento muy difícil la segunda vuelta porque hubo el desconocimiento de los resultados por parte de su rival, de muchas voces también. ¿Cuál fue llamada que le dio una gran alegría para felicitarlo como Presidente y que no se esperaba?

Bueno, el compañero (Alberto) Fernández, me llamaron de Bolivia, de Ecuador, de México, también de la misma Comunidad Europea, de la OEA y de algunos, algunos vecinos y paisanos nuestros, la comunidad que está en el exterior. Era notorio, no se podía tapar el sol con un dedo. Ha sido una lucha desigual y aún sigue siendo desigual, pero yo soy muy respetuoso de la de la vía democrática, como siempre se ha dado en cualquier espacio, en cualquier escenario social, las minorías tienen que someterse al mandato mayoritario.

Ping pong

 

- ¿Con qué político le gustaría tomarse un cafecito?

Con mi maestro, Pepe Mujica.

- Lo que menos le gusta hacer como presidente

Estar encerrado. Quiero salir al pueblo…

-¿Duerme menos horas?

Sí, tres horas

-El Papa Francisco

Un hermano

-Una palabra para dejar en La Pizarra

Perú. Para todos los peruanos.

 

Por Alfredo Serrano Mancilla

20 de febrero de 2022

Publicado enInternacional
Dora María Téllez, dirigente opositora sometida a un cruel juicio en Nicaragua

El gobierno de Daniel Ortega la acusó de “conspirar para cometer menoscabo a la integridad nacional”

 

Enfundada en el uniforme de algodón azul que portan los reos de El Chipote, la cárcel de Nicaragua que encierra a los más de 100 presos políticos del régimen orteguista, la dirigente opositora Dora María Téllez compareció a su juicio el 3 de febrero y contó con cuatro minutos para hablar en su defensa por los cargos de “conspirar para cometer menoscabo a la integridad nacional”.

Interrumpida en tres ocasiones por el juez, quien fuera conocida durante la guerra insurreccional de los años 70 como Comandante Dos esgrimió contra las acusaciones del régimen el argumento de que “la soberanía de las naciones no recae en las personas, sino en el pueblo”; que ni Daniel Ortega ni Rosario Murillo, presidente y vicepresidenta, “son Nicaragua”, y que ese país “no es una monarquía, sino una república”.

 

No conocía a su abogado

 

Antes del juicio, programado sin aviso previo, su defensa no tuvo acceso siquiera al número de su expediente y nunca tuvo oportunidad de visitar a la acusada ni para conocerla. Cuando fue trasladada al juzgado, la dirigente no sabía que era ya el día de su audiencia. “¿Qué hago yo aquí?, ¿dónde estoy?”, preguntó a la persona que tenía al lado, sin saber que era su abogado defensor. El 10 de febrero fue declarada “culpable”.

Como en casi todos los casos de los cerca de 170 presos políticos que hay en las prisiones de Nicaragua, 46 de ellos detenidos en las semanas previas a las elecciones de noviembre del año pasado (varios precandidatos, líderes de organizaciones opositoras, dirigentes campesinos y estudiantiles y dos periodistas), ningún proceso judicial siguió las mínimas bases de un juicio justo. A cinco ya les fueron dictadas sentencias similares, con argumentos idénticos.

 

“Fusilamiento judicial”

 

“Ha sido un fusilamiento judicial”, declaró otro ex comandante de la revolución sandinista, Luis Carrión, quien quedó al frente del partido Unamos, que fundó junto con Dora María, Víctor Tinoco y varios presos más.

Otro de los jefes históricos del Frente Sandinista de Liberación Nacional y reconocido por generaciones anteriores como héroe nacional, general de brigada en retiro Hugo Torres, también preso político, murió la semana pasada. El gobierno informó del deceso 15 horas después, sin precisar las causas de la muerte y sin haber informado a su familia que había sido trasladado a un hospital.

Torres y la Comandante Dos protagonizaron en 1979, antes de la caída de la dictadura somocista, una acción guerrillera que permitió, en un intercambio de prisioneros, la libertad de hoy presidente Ortega.

 

Operación Danto

 

En El Chipote, junto con Téllez, están presas otras tres mujeres dirigentes de Unamos, que se llamó Movimiento de Renovación Sandinista hasta que la dupla Ortega-Murillo les prohibió el uso de ese nombre: Ana Margarita Vijil, Tamara Dávila y Suyén Barahona. Todas fueron arrestadas durante los últimos días de mayo de 2021 en una acción que se llamó Operación Danto con un mismo patrón: sin orden de aprehensión fueron trasladadas a un paradero desconocido donde estuvieron 60 días sin acceso a ninguna persona. Después, en El Chipote, se les asignó un defensor de oficio que no objetó el decreto de otros 90 días de arresto en aislamiento.

También fue detenido Pedro Joaquín Chamorro, hijo de la ex presidenta Violeta Barrios, hermano de la precandidata Cristiana Chamorro (bajo arresto domiciliario) y del periodista Carlos Fernando Chamorro, cuyo periódico, Confidencial, fue allanado y saqueado. Para poder seguir operando este medio de comunicación de manera digital, tuvo que salir al exilio.

Al cabo de ese periodo, los presos políticos tuvieron derecho a contadas visitas familiares, cuatro en un periodo de ocho meses. En vista del severo deterioro de su salud y la pérdida de peso, las familias de las cuatro mujeres formaron un colectivo para llevarles cada día suplementos alimenticios y agua. Todas están confinadas en aislamiento.

 

Penumbra permanente

 

A Dora María le han impuesto un castigo adicional: la penumbra permanente. Condenada a la semioscuridad durante todo el día, cuenta que cuando se mira los pies sólo ve el contorno de sus chinelas (chanclas) y en la regadera no puede distinguir las etiquetas de los frascos. Por lo tanto, leer está fuera de su alcance. “Y eso –cuentan testigos que han podido verla– es lo que la ha lastimado más”.

El día del juicio, según algunos testimonios, se le veía “no pálida, traslúcida como una hostia”; muy delgada, un poco desorientada al principio y con un marcado tic nervioso que sacudía uno de sus brazos. Cuando finalmente pudo tomar la palabra durante cuatro cortos minutos, pudo hacer el recuento detallado de los derechos que le fueron negados para contar con un debido proceso. Hasta pocos días antes, refirió, le habían permitido a su familia hacerle llegar una cobija. El juez la interrumpió en tres ocasiones.

Las principales pruebas que se presentaron en su contra para sustentar los cargos de conspiración y menoscabo a la soberanía nacional fueron: dos retuits que hizo desde su cuenta de Twitter, uno sobre un pronunciamiento del director de Human Rights Watch y otro de una carta enviada por seis senadores de Estados Unidos al presidente Joe Biden. También, una comparecencia virtual ante el Parlamento Europeo y una entrevista con un parlamentario de la Unión Europea. Todos los testigos en su contra eran policías. No hubo declarantes de descargo.

Lo último que alcanzó a decir Dora María Téllez ante el tribunal fue: “Detenida o en libertad, seguiré luchando por Nicaragua”. El día que se dictó sentencia, siete días después, no se permitió acceso a la sala a ningún familiar: ocho años de prisión e inhabilitación para ocupar cargos públicos.

Para Víctor Hugo Tinoco y otros detenidos, la pena fue de 13 años. Se teme que todas las demás sentencias que emita este juzgado sean en el mismo tenor. “Este procedimiento fuera de la ley se va a replicar en cada uno de los casos de los presos políticos”.

La entrevista que Téllez concedió a este diario poco antes de su arresto el año pasado puede consultarse en https://bit.ly/3LHAzPV.

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Sábado, 19 Febrero 2022 05:19

El horror nuestro

Foto tomada el 1 de julio de 1986 del General retirado del Ejército de Nicaragua Hugo Torres, exmiembro del Movimiento Renovador Sandinista. El exguerrillero murió el 12 de febrero de 2022, dijeron sus familiares en un comunicado, sin dar más detalles. Óscar Navarrete / AFP

"Cada uno es dueño de su propio miedo" es una frase célebre en Nicaragua. La dijo el periodista Pedro Joaquín Chamorro, director del diario opositor La Prensa durante la dictadura de Anastasio Somoza en los años 70. Fue su respuesta cuando le preguntaron si temía ser asesinado, como lo fue el 10 de enero de 1978.

Su muerte fue la gota que colmó la copa de la iniquidad que el pueblo nicaragüense sufrió de parte de la dinastía de los Somoza. Ya no hubo ejército que detuviera a la guerrilla sandinista y sobre todo al pueblo harto de ese régimen violento y corrupto.

Igual que cada uno es dueño de su miedo, cada pueblo es dueño de su horror. Hay muchos y muy diversos en el mundo y cada pueblo lo vive de su propia manera. Llega un momento incluso en que el horror se incorpora a la vida, se vuelve parte de la cotidianeidad. La mente desarrolla mecanismos de defensa para hacerlo tolerable, pero hay hechos repentinos que reviven ese horror e impiden que lo intolerable se normalice.

Este pasado domingo 12 de febrero, uno de los guerrilleros más admirados y conocidos del sandinismo murió tras ocho meses en prisión. Hugo Torres, que fue comandante guerrillero y luego general de brigada, fue uno de los pocos que logró ejecutar acciones heroicas y sobrevivir. En 1974 participó en una acción armada para liberar a los presos políticos sandinistas que Somoza mantenía en sus mazmorras. Uno de esos presos liberados fue Daniel Ortega.  En 1978, Torres fue el número uno de la toma del Palacio Nacional, una acción audaz que logró otra vez la liberación de numerosos presos políticos de Somoza. Edén Pastora fue el número Cero. Dora María Téllez fue el número dos.

Pastora falleció el año pasado, presumiblemente de Covid-19. Hugo Torres y Dora María Téllez, que abandonaron el Frente Sandinista cuando Ortega lo empezó a manejar como un feudo personal, fueron encarcelados en julio de 2021 por su antiguo compañero de lucha devenido en tirano. Junto a ellos han sido encarcelados, desde junio del año pasado, cuarenta personalidades de la política nacional. Tras la revuelta popular de 2018 y las acciones del régimen para aplastarla a sangre y fuego, Ortega temía que sus acciones le cobraran el precio en las elecciones de noviembre de 2021. Era un temor bien fundado: habría perdido esas elecciones. Prefirió el costo político de eliminar a cualquiera que amenazara su permanencia en la silla presidencial. Siete candidatos electorales fueron detenidos bajo cargos fabricados y el único partido independiente fue despojado de su personería jurídica. Sin oposición, Ortega y su esposa se reeligieron como presidente y vicepresidenta. Fue la cuarta reelección de un hombre que debió haberse retirado en 2012, según la Constitución que la Revolución Sandinista promulgó y que él enmendó para instaurar su reelección indefinida.

La muerte de Hugo Torres muestra el espíritu desalmado que rige Nicaragua en estos días. Vilipendiado y sometido a interrogatorios, a magra alimentación, a una celda con la luz encendida 24 horas, pasó ocho meses sin que le permitieran una frazada, un libro. A su familia no la vio sino tres meses después de ser detenido. Enfermó y no lo atendieron. En diciembre su estado se agravó y perdió el conocimiento. Entonces los carceleros los trasladaron en secreto a un hospital donde ahora el gobierno, en un cínico comunicado, afirma que murió acompañado de su familia. Hugo era un héroe de la revolución sandinista cuya rectitud lo hizo cuestionar a Ortega-Murillo y su estilo de gobierno. En una grabación que hizo antes de ser detenido sus últimas palabras son las de un hombre cabal que vivió de acuerdo con sus principios.

La muerte de Hugo sucede mientras en juicios secretos, celebrados en la misma prisión donde él estuvo detenido, se juzga a líderes políticos, campesinos, empresarios, a los candidatos electorales, periodistas y personas honorables acusados de "menoscabo a la integridad nacional" por una fiscalía que los declaró criminales a priori. Ninguno de ellos ha tenido oportunidad de preparar su defensa pues apenas han visto a sus abogados. Varios de estas personas tienen más de setenta años; uno de ellos, ochenta. Sufren de enfermedades crónicas. Tendrían que estar en prisión domiciliaria como está establecido para las personas mayores. Las penas que les han impuesto a la docena que ya fueron enjuiciados van de los ocho a los trece años de prisión.

Paralelo a estos juicios, la Asamblea Nacional dominada por Ortega se ha dedicado a descabezar e ilegalizar a universidades privadas -doce en las últimas semanas- y a noventa ONG que funcionan en el país desde la época de la revolución o desde hace más de veinticinco años. El centro nicaragüense de PEN Internacional, dedicado a la promoción de la literatura y la defensa de la libertad de expresión, del que yo fui presidente, fue desprovisto de la personería jurídica obtenida en 2005, sin ninguna justificación. Se aduce que no se presentaron informes a la oficina encargada de ONG del gobierno. Desde mayo de 2018 esa oficina se ha rehusado a recibir los documentos de PEN y los de la mayoría de ONG condenadas a desaparecer.

Se creía que, al asegurarse el trono presidencial, la pareja de Ortega y Murillo intentaría recuperar una mínima legitimidad reduciendo la ilegal agresividad de sus actuaciones. Se especulaba que contarían con la prodigalidad que a menudo la comunidad internacional concede a las naciones descarriadas si dan señales de corregir su rumbo. Sin embargo, no hay visos de que optarán por ese camino. Por el contrario, diríase que han decidido continuar con la confrontación frente a quienes siguen siendo los principales mercados para los productos nicaragüenses y el origen de las remesas que mantienen la economía del país a flote. Su reacción ante las sanciones con que Europa y Estados Unidos han intentado presionarlos para que retomen la senda democrática, es una actitud desafiante. Si tal tesitura fue válida en los años ochenta cuando la Administración Reagan condujo una guerra contrarrevolucionaria contra el sandinismo, en la actualidad es claramente una pose para evadir su crisis de credibilidad.

En las últimas décadas, la política de Estados Unidos hacia Latinoamérica está marcada por la indiferencia. Su involucramiento se ha concentrado en parar el tráfico de drogas y migrantes e interesarse por el petróleo venezolano. Los nexos y las conspiraciones de antaño han sido sustituidas por amonestaciones diplomáticas. Ortega sólo convence a pequeños grupos de izquierda y a sus más radicalizados seguidores cuando pretende ser víctima de injerencia extranjera. Su afán es revivir la estatura que alcanzaron Nicaragua y él mismo en la confrontación de los 80.  Dentro de ese mismo esquema, el viejo guerrillero de antaño y su excéntrica esposa primera dama vicepresidenta, parecen decididos a ser actores en su teatro del absurdo e imaginarse otra vez factores en una supuesta Guerra Fría, cortejando a China y a Rusia. A manotazos y empellones buscan un lugar en la historia, sin percatarse que en la única historia en la que cabrán será en la del horror.

Gioconda Belli, poeta y novelista nicaragüense.


Dora María Téllez, la comandante guerrillera que desafió a Ortega

A sus 66 años, Téllez acaba de ser condenada a ocho años de cárcel por un delito de "conspiración" por el régimen que preside un antiguo compañero de lucha revolucionaria, Daniel Ortega.

18/02/2022 21:29 Actualizado: 18/02/2022 21:36

Por César G. Calero

A Gabriel García Márquez, aquella joven guerrillera de tan solo 22 años le pareció "una muchacha muy bella, tímida y absorta, con una inteligencia y un buen juicio que le habrían servido para cualquier cosa grande en la vida". Asalto al Palacio, una extensa crónica de Gabo sobre la espectacular toma de la Asamblea Legislativa de Nicaragua por parte de un comando sandinista en 1978, descubrió al mundo las dotes insurgentes de Dora María Téllez, la Comandante Dos de aquella audaz operación que supuso el principio del fin de la dictadura de Somoza. Hoy, a sus 66 años, Téllez acaba de ser condenada a ocho años de cárcel por un delito de "conspiración" por el régimen que preside un antiguo compañero de lucha revolucionaria, Daniel Ortega, reelecto en noviembre pasado con más del 75% de los votos tras haber vetado a sus principales adversarios políticos.

Dora María Téllez (Matagalpa, 1955) ocupaba el tercer puesto en la cadena de mando del grupo de 25 guerrilleros que secuestró en el Palacio Nacional a decenas de diputados y otros civiles, a los que acabaría canjeando por varios presos políticos del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), la guerrilla alzada en armas contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle. El éxito militar y propagandístico de la operación despertó la admiración de toda la izquierda latinoamericana. El asalto estuvo dirigido por Edén Pastora (Comandante Cero) y Hugo Torres (Comandante Uno). Torres fue detenido hace unos meses en Nicaragua junto a Téllez y otros dirigentes de la oposición bajo la misma acusación de "conspiración". General de brigada en retiro y excomandante del FSLN, Torres falleció la semana pasada en el penal de El Chipote, donde esperaba juicio. Tenía 73 años y un largo historial revolucionario. En 1974 participó en una acción insurgente que se saldaría con la liberación de varios presos sandinistas, entre ellos Daniel Ortega, quien gobierna Nicaragua de forma ininterrumpida desde 2007 y ha ido quitándose de encima a casi todos sus antiguos correligionarios.

Hubo un tiempo en que Téllez fue una persona cercana a Ortega. Se conocieron en un campamento sandinista de la frontera con Honduras en 1977, y lucharon juntos en octubre de ese año contra la Guardia Nacional somocista en el asedio a San Fabián. Al contrario que Daniel, Dora estuvo siempre en la primera línea de los frentes de guerra. Se había integrado en el clandestino FSLN con 17 años tras abandonar sus estudios de Medicina en la contestataria ciudad de León. En el libro Los días de Somoza, del escritor Fabián Medina, ella se retrata como una niña inquieta, desafiante y rebelde en el colegio: "En mi casa no era visto como un problema; pero en el colegio, sí. Sobre todo, en un colegio de monjas".

Tras pasar una temporada en México, recibió entrenamiento militar en Cuba en 1976 y de vuelta a Nicaragua comenzó a forjar su leyenda de guerrillera tenaz. En la denominada Operación Chanchera (el asalto al Palacio Nacional), la Comandante Dos llevaría personalmente la negociación con Somoza para el canje de los diputados secuestrados por más de 60 presos políticos. Téllez siguió después en primera línea del combate en el Frente Occidental. Bajo su mando, las fuerzas sandinistas tomarían León en junio de 1979, un mes antes de la entrada triunfal de los muchachos en Managua. Académica de Historia y activista feminista, asumiría varios cargos en la década de los 80 bajo el gobierno de Ortega. Fue ministra de Salud, vicepresidenta del Consejo de Estado y diputada.

La guerra impuesta por Estados Unidos contra la joven revolución sandinista al entrenar y financiar a la Contra fue mermando la acción política del gobierno de Ortega. Pese a ello, el Frente se impuso en las elecciones de 1984. La derrota se produciría seis años más tarde. A partir de entonces, los sandinistas, en la oposición, entraron en una dinámica de enfrentamientos internos y lucha fratricida por el control del partido. Téllez y otros dirigentes, como el exvicepresidente y escritor Sergio Ramírez, se alejarían definitivamente de Ortega y fundarían en 1995 el Movimiento Renovador Sandinista (MRS), un experimento político fallido que apenas obtuvo un puñado de votos en las elecciones de 1996. Cuando Ortega retomó el poder en 2007, fruto de sus oscuros acuerdos con la derecha más corrupta, el sector más conservador de la Iglesia y las élites empresariales, se ensañó con sus antiguos compañeros de armas. Proscribió el MRS en 2008, lo que provocaría una huelga de hambre de Téllez en protesta.

Sobre el ascenso fulgurante de aquel comandante retraído, Téllez opinaba así en un extenso artículo publicado en la revista nicaragüense Envío en julio de 2013: "Creo que él [Ortega] llegó por eliminación. Cuando en 1978 se juntaron las tres tendencias del Frente Sandinista, se dio un gran debate sobre cuántos miembros de cada una de las tres tendencias (Guerra Popular Prolongada, Proletaria y Tercerista) serían parte de la dirección conjunta que íbamos a formar (…) Se pensó en Daniel Ortega, de la tendencia tercerista (la más numerosa por su condición multiclasista y a la que también pertenecía Téllez), porque era un hombre tímido, callado, hábil en la maniobra, pero carente de liderazgo público. Daniel Ortega era la persona ideal. Daba la impresión de que no sería una amenaza para nadie".

La involución

Las desavenencias entre algunos dirigentes críticos del FSLN y Ortega fueron aumentando con el paso del tiempo, a medida que se iba generando una involución dentro del partido que afectaba gravemente a la huella transformadora que había dejado el sandinismo en Nicaragua: "La revolución sandinista -escribía Téllez en 2013- cambió profundamente el diseño de esta sociedad. Desde la perspectiva de historiadora veo que nada de lo que existe ahora puede entenderse sin la revolución sandinista. Pero la hora de la involución (...) llegó. Y hemos visto, por ejemplo, cómo en un modelo de prebendas como el actual, una policía que diseñamos para que estuviera al servicio de la comunidad (...) se ha convertido ahora en una policía política, en una policía al servicio del engranaje de poder de una familia".

Las protestas sociales de 2018 mostraron la cara más autoritaria del régimen de Ortega. Varios cientos de estudiantes murieron durante ese estallido social, según organizaciones de derechos humanos. La represión no ha cesado desde entonces. A mediados del año pasado, varios precandidatos presidenciales eran vetados y detenidos. La policía apresó a Téllez (como dirigente del partido Unamos) el 13 de junio de 2021. Desde entonces, ha estado presa en la cárcel de El Chipote. Su hermano, Óscar Téllez, le visitó en septiembre. Recluida en una celda de aislamiento, interrogada a diario por la policía, había perdido cinco kilos y no se le permitía hablar con ningún otro preso. Como a otros opositores, se le acusó de "traición a la patria y conspiración", según el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh).

Aquel 22 de agosto de 1978 Dora María se había cortado su cabellera para hacerse pasar, como el resto de guerrilleros, por un miembro de la Guardia Nacional somocista. Después de esa acción no necesitó volver a disfrazarse de hombre para empuñar las armas contra la dictadura. Aquella joven revolucionaria se convirtió en una experta historiadora, una referente del feminismo y un cuadro político prominente del sandinismo. La Administración de George W. Bush le vetó en 2005 por su trayectoria revolucionaria, tildándola de "terrorista" e impidiéndole que ocupara una cátedra de profesora visitante propuesta por la Universidad de Harvard. En Nicaragua hace tiempo que su retrato, como el de otros históricos guerrilleros, no aparece en la historiografía oficial del FSLN.

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Jueves, 17 Febrero 2022 07:22

Operación Peter Pan

Operación Peter Pan

Más de 14 mil niños, 14 mil 48 para ser exactos, salieron de Cuba sin sus padres entre 1960 y 1962. La Operación Peter Pan, como se conoce al mayor éxodo masivo de niños no acompañados en el siglo XX, no fue un esfuerzo de una organización caritativa, sino una acción encubierta de los servicios de inteligencia del gobierno de Estados Unidos, en particular de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Es, también, una prodigiosa parábola sobre la maldad.

La agencia se encargó de distribuir clandestinamente miles de impresos de una supuesta ley que eliminaba la patria potestad –el derecho de los padres a decidir por sus hijos menores– para enviar a los niños a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), donde trabajarían en campos de concentración o serían ofrecidos en adopción a otras familias. Hubo rumores de que los convertirían en carne en lata.

Cuando se habla de guerra fría, se trata de esto. De engaño cerril, de politización del odio.

La embajada de Estados Unidos expidió visas precarias para menores de 16 años, pero no para sus padres. Miles de familias aterradas mandaron a sus niños a Miami, presuntamente para salvarlos del monstruo comunista. Todos pensaban entonces en un rápido rencuentro, incluso dentro de Cuba, porque se confiaba en la inmediata caída del gobierno revolucionario. Para buen número de esos niños, la realidad fue muy dura: solos, sin su familia y, a veces, violentados por curas pederastas, explotados como sirvientes domésticos y sin conseguir integrarse en los hogares de adopción.

En el documental de la realizadora Estela Bravo, Operación Peter Pan (2013), esos niños cuentan, medio siglo después, el horror del campamento de refugiados de Miami, creado especialmente para ellos. Uno de esos pequeños escribía cartas a su madre en Cuba con sólo dos palabras repetidas hasta el infinito: “Mami, ven”.

La diócesis de Miami fundó el refugio de Boys Town, rebautizado como Children’s Village, que aún recibe menores no acompañados y que se ha convertido por estos días en tema de las noticias, cuando el gobernador de la Florida, Ron DeSantis, anunció que los vuelos federales que transportan menores desde la frontera sur no serían recibidos allí.

“Los migrantes económicos actuales no son refugiados y son diferentes de los niños cubanos que huyeron del régimen de Castro”, manifestó en conferencia de prensa DeSantis, quien está considerando postularse para presidente en 2024, según el diario Político. El gobernador de Florida ha amenazado con dejar de otorgar licencias a los refugios que atienden a niños no acompañados. Su controvertida alusión a los Peter Pan ha escandalizado hasta al diario conservador The Miami Herald. Una columnista de ese periódico lo ha acusado de tener “impulsos fascistas y racistas”, mientras Thomas Wenski, arzobispo de Miami, ha dicho irritado: “Los niños son niños, y ningún niño debe considerarse repugnante”.

Pero este giro hipócrita de la Operación Peter Pan nos recuerda que, como advirtió Carlos Marx en su 18 Brumario, la Historia siempre se repite, primero como drama y luego como farsa, sin que agote la insoportable carga de sufrimiento a las víctimas y sus allegados. Tomando la palabra farsa en su significado académico menos hiriente, como “enredo para aparentar”, es razonable que DeSantis no ha invocado la perversa maniobra de la CIA en Cuba por casualidad. Escenifica un enredo para aparentar que los cubanos de Florida le importan y, sobre todo, para enlodar todo lo que haga o deshaga el gobierno de La Habana. Y de la política de Miami se puede decir que funciona como una especie de congelador que permite conservar intacto el anticomunismo de la guerra fría y sus exorbitantes mentiras.

En Cuba por estos días se discute en asambleas populares el proyecto de Código de las Familias, que reconoce la variedad creciente de estructuras de hogares y diluye el predominio del modelo clásico patriarcal. Se actualiza también el concepto de responsabilidad parental. ¿Adivinen qué ha trascendido de todo esto en la jungla tóxica de las redes y sitios digitales de Miami que apuestan por “DeSantis presidente”? Que el gobierno cubano se prepara para arrebatarles a los padres la patria potestad de sus hijos.

Daría risa si no fuera por la seriedad de las víctimas, de las familias divididas, por el sufrimiento de un pueblo inocente cansado de tanto político maniobrero.

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Niños cubanos sin sus padres arriban al aeropuerto de Miami en 1961, como parte de la "Operación Peter Pan".

La CIA contra Cuba

Veciana, en sus memorias reconoció que, según el agente de la CIA que lo había reclutado en La Habana, “las guerras modernas son, sobre todo, guerras psicológicas; el objetivo es torcer la opinión pública”. Las estrategias, claro, son más específicas: “nunca se debe dejar huellas de nuestras acciones…».

El lunes 7 de febrero, el gobernador de Florida, Ron DeSantis, la vicegobernadora Jeanette Nuñez y la fiscal general asistieron a una mesa redonda en el Museo Americano de la Diáspora Cubana de Miami. En su discurso, el gobernador afirmó que comparar el sufrimiento de los niños cubanos exiliados en la Operación Pedro Pan en los 60 con los niños inmigrantes de América Central es “repugnante”, porque los primeros huían del comunismo. 

Los otros huyen del capitalismo desde el siglo XIX.

Señor gobernador y aspirante a la Casa Blanca: lamento informarle que, más allá de los aplausos endogámicos, otra vez ha repetido usted una vieja mentira que se cayó a pedazos mucho tiempo atrás, aunque los fanáticos la continúen venerando como una revelación del Espíritu Santo. Los mismos agentes de la CIA lo reconocieron. Sé que se pasará esto por el traste, pero la verdad, por algún lado, tiene que entrar.

El 26 de diciembre de 1960el nuevo gobierno de Cuba había iniciado un programa de reformas en la educación. Tal vez para evitar repetir la historia del golpe en Guatemala seis años atrás (inoculado por la CIA gracias a la apertura democrática del presidente finalmente depuesto), se quiso enseñar a los jóvenes a usar armas. En Estados Unidos, los conservadores hacen lo mismo con sus niños, pero no es un “adoctrinamiento” sino “para luchar por la libertad”. 

Como hacen los conservadores en Estados Unidos cuando le enseñan a sus niños a llamar comunista a cualquiera que en los países pobres luchen por sus derechos o contra las intervenciones de Washington, también el gobierno revolucionario de entonces pretendió enseñarle a sus niños canciones contra el imperialismo, el que, solo en la isla y también en nombre de la libertad, había comenzado antes de 1898. Para peor, muchos padres cubanos se preocuparon por el extremismo del programa de alfabetización indiscriminada del nuevo gobierno. 

Por décadas, los libros y los diarios del «Mundo Libre» reportaron que los niños en las escuelas primarias de la revolución cubana “eran obligados a aprender los valores de la Revolución”. Se asume que en el resto de los países los niños en las escuelas y en las iglesias son libres de pensar por cuenta propia (excepto cuando se hacen jóvenes adultos y llegan a las universidades; entonces son “adoctrinados” por los profesores).

En 1960, en las Islas del Cisne, reclamadas por Honduras y ocupadas por la CIA, se instaló una radio sin licencia para transmitir propaganda hacia Cuba, con locutores cubanos llegados de Miami. Radio Américas (más tarde presentada como “La primera voz democrática de América Latina”) comenzó a difundir el rumor de que los comunistas iban a enviar a los hijos de los cubanos a Rusia, por la fuerza. 

Como en el episodio de radio de Orson Welles sobre una invasión extraterrestre (puesto en práctica en el exitoso golpe de Estado de Guatemala), inmediatamente cundió el pánico. 47 años más tarde, en sus memorias Trained to Kill (Entrenado para matar), el agente cubano de la CIA, Antonio Veciana, reconocerá, con orgullo: “Maurice Bishop [David Atlee Phillips] sabía que yo había sido el responsable del incendio en una de las tiendas más famosas de La Habana, el que le costó la vida a una joven inocente, madre de dos niños. Él también sabía que yo había sido el responsable de esparcir el rumor que llevó al éxodo de miles de niños cubanos en la Operación Pedro Pan, con la ayuda de la Iglesia Católica, mintiendo que eran huérfanos. Él sabía que había sido yo quien casi había hecho colapsar la economía de Cuba con esa campaña de rumores que pretendía sembrar el pánico en la población”.

Pero Veciana había aprendido de Phillips. En sus memorias de 2017, reconoció que, según el agente de la CIA que lo había reclutado en La Habana, “las guerras modernas son, sobre todo, guerras psicológicas; el objetivo es torcer la opinión pública”. Las estrategias, claro, son más específicas: “nunca se debe dejar huellas de nuestras acciones; si esto no es posible, siempre y bajo cualquier circunstancia se debe negar cualquier participación en los hechos. Siempre. Incluso cuando lo contrario es lo más obvio…. Si los intereses de los otros se alinean con los nuestros, entonces son aliados; si no tienen ningún interés, son instrumentos; si se oponen a nuestros intereses, son enemigos”. 

Antonio Veciana, como empleado bancario del hombre más rico de Cuba, el Rey del azúcar Julio Lobo, se había reunido dos veces con el nuevo presidente del Banco Nacional de Cuba, Ernesto Guevara y, luego de alguna duda, había desestimado su pedido de reclutar contadores y administrativos para el nuevo sistema financiero de Cuba que seguiría a la nacionalización. Desde su retiro de Miami, Veciana definió a El Che como un fanático de decir la verdad a cualquier precio.

Pero Veciana se sintió orgulloso toda su vida por haber puesto en marcha el plan histórico, aún sin la aprobación inicial de la CIA. Incluso logró imprimir miles de panfletos en el cual informó de una ley que nunca existió. El efecto fue similar al descubierto por el propagandista y manipulador social Edward Bernays (hacer que una autoridad en la materia diga lo que uno quiere que todos piensen): en Miami, el sacerdote Bryan Walsh anunció que el gobierno cubano planeaba separar a todos los niños de entre tres y diez años de sus padres para enviarlos a Rusia. La CIA tomó nota y, desde su radio clandestina en las Islas del Cisne de Honduras, comenzó a repetir la historia falsa. Hasta que se convirtió en dogma.

El sacerdote Walsh, a través de su Oficina Católica de Bienestar, inició oficialmente la Operación Pedro Pan con la cual los padres cubanos, desesperados por el rumor, enviaron a sus hijos a Estados Unidos. Desde el 26 de diciembre de 1960 hasta la invasión de Bahía Cochinos en abril de 1961, cada día cientos de niños volaron, sin obstáculos y sin ser acompañados por un adulto, por Pan Am hacia Miami para ser salvados. 

Cuando el programa fue interrumpido, debido a la derrota de la Superpotencia en Bahía Cochinos, 14.048 niños ya habían arribado a Estados Unidos. Algunos, nueve o diez, fueron casos exitosos para los medios y para el sueño colectivo, según el concepto de éxito del momento. Uno será padrastro del hombre más rico del mundo, Jeff Bezos. Otro será Mel Martínez, senador de Estados Unidos (héroe de la propuesta “sólo inglés para los niños” y “ningún perdón para los inmigrantes ilegales”), prueba irrefutable del sueño americano y de la libertad del ganador.

En 2007, Robert Rodríguez, uno de estos niños “no exitosos”, denunciará ante la arquidiócesis de Miami al monseñor Bryan Walsh por repetidos abusos sexuales contra él y otros menores refugiados en Opa-locka, Florida. El sacerdote Mary Ross Agosta acusará al denunciante de “difamar a un respetado religioso que salvó la vida de catorce mil niños”. La denuncia de Rodríguez y otros contra la misma arquidiócesis será desestimada por tecnicismos legales que no se aplican en otros Estados. En Florida, diversos monumentos todavía hoy recuerdan con flores a monseñor Walsh.

Muchos niños salvados por la Operación Pedro Pan de ser separados de sus padres por el comunismo tardaron años, décadas en reencontrarse con sus padres. Algunos nunca los volvieron a ver. Por culpa del comunismo, claro.

Por Jorge Majfud | 17/02/2022

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Sábado, 12 Febrero 2022 06:07

Neomacartismo a la vista

El senador norteamericano Joseph McCarthy.

 

Hace años, en 2015, el Senado de Florida aprobó el porte de armas en las universidades públicas del Estado. A pesar de que casi la mitad de los estudiantes se encuentra bajo medicación y no pocos sufren de desequilibrios psicológicos, acentuados por la cultura y la natural crisis de la edad, los sabios ancianos del senado consideraron que, si cada uno anda armado, todos se van a sentir más seguros. Por aquello de “la tierra de los libres y el hogar de los bravos”, que no se animan a viajar al exterior porque no pueden dormir sin un arma bajo la almohada. Tal vez, por eso mismo, en cada generación, cientos de miles son enviados con equipamiento y alta tecnología militar a “esos países de mierda”.

En 2021, el mismo Senado aprobó el proyecto de ley que requiere que estudiantes y profesores informen sobre alguna tendencia ideológica de sus profesores. Contradiciendo una ley anterior que prohíbe a alguien grabar a otra persona sin su consentimiento, la nueva ley permite (alienta) la grabación de las clases de los profesores para que puedan ser denunciados (no en público sino ante las autoridades) por alguna “tendencia ideológica” (bias). Claro, ideología de los otros, no la de nosotros en el poder. Ya no es suficiente con que los directorios que gobiernan las universidades no sean electos por estudiantes y profesores; no es suficiente que (como lo denunciara “el presidente comunista” Eisenhower) las grandes corporaciones dirijan gran parte de las investigaciones con “donaciones generosas” que los rectores mendigan cada día para construir bonitos edificios y pagar “aumentos salariales” que ni siquiera cubren la inflación.

¿Más? Este año, 2022, políticos republicanos de Miami (entre ellos, un exalcalde cubano y una representante cubana de Nueva York) han propuesto crear una policía ideológica, al mejor estilo de la KGB, para detectar y perseguir a aquellos sospechosos de ser “comunistas”: “un nuevo cargo en el Departamento de Estado [para] combatir el comunismo y el autoritarismo... [Un] enviado Especial para Combatir el Ascenso Mundial del Socialismo Autoritario y el Comunismo se inspiraría en un cargo similar a nivel de embajador del Departamento de Estado que se creó en 2004 para combatir el antisemitismo mundial”.

Les faltó agregar que el proyecto se inspira en el macartismo y en las persecuciones ideológicas del FBI desde los años 50: perseguir a personajes como Chaplin, Malcolm X, Martin Luther King, Frank Teruggi, Noam Chomsky, John Lennon y tantos otros.

El exalcalde de Miami aclaró a la prensa: “Es hora de que Estados Unidos reafirme su compromiso de combatir el comunismo y el autoritarismo en todo el mundo. Como líder del mundo libre debemos seguir defendiendo los valores universales de la libertad, la democracia y la paz”. De verdad, no es joda.

¿Más? Recientemente, se ha elevado el proyecto de ley por el cual quedaría prohibido que en las escuelas que se hable de gente con orientación sexual rara, como gays y lesbianas. El proyecto de ley es conocido como “No digas gay” y prohibiría cualquier mención a la existencia de “ellos”, por lo cual Walt Whitman, Oscar Wilde y Tennessee Williams pasarían a ser sospechosos en cualquier curso de literatura. Alan Turing quedará prohibido en cualquier curso de informática. Libritos donde se mata en masa, sí. Princesas que despiertan por el beso del príncipe salvador, sí. Golpearse el pecho porque somos una cultura que defiende la diversidad y la libertad, sí. Reconocer que existe gente diferente y puede tener los mismos derechos que nosotros “los normales”, no. La única diferencia entre esta gente y los Talibán en Afganistán es que de este lado todavía hay resistencia: nosotros y los peligrosos comunistas lesbianos.

Ahora ¿qué hay de nuevo? El 19 de abril de 1950, el NewYork Times informaba sobre el dogma del senador Joseph McCarthy: “en los últimos años, la perversión sexual ha infiltrado nuestro gobierno y es tan peligrosa como el comunismo”. McCarthy había convencido al célebre director del FBI, Edgar Hoover, de perseguir a todos los homosexuales y lesbianas, considerados “una amenaza para la seguridad nacional”. El 29 de abril de 1953, el presidente Eisenhower firmó un decreto prohibiendo a todos los homosexuales la posibilidad de trabajar para el gobierno.

Hoover contrató a un hombre de confianza de McCarthy, Roy Cohn, para despedir a todos los homosexuales del gobierno y de cualquier otro tipo de trabajo o, directamente, enviarlos a la cárcel por sus delitos contra la moral. Cohn era homosexual, conocido de Hoover, asistente de McCarthy y más tarde abogado del empresario inmobiliario Donald Trump, cuando éste fue acusado de racismo en 1971 y luego en 1978 por impedir que los negros alquilen en sus edificios. Roger Stone, estratega de la campaña presidencial de Trump en 2015, conoció a Cohen trabajando para la campaña de Ronald Reagan. Según Stone, “Cohn no era homosexual. Sólo le gustaba rodearse de gente rubia y tener relaciones sexuales con hombres. Los gays son débiles, afeminados. Él estaba más interesado en el poder”. Hoover, el director del FBI por décadas, también era homosexual. Su pareja, Clyde Tolson, lo acompañó, en secreto, hasta su muerte. Pero bajo ese poder, miles perdieron sus trabajos por no ser suficientemente heterosexuales, ya que, según ellos, los gays y las lesbianas, como los negros, profesaban la ideología comunista de la igualdad.

Aun hoy, las pruebas de ciudadanía en Estados Unidos continúan incluyendo la pregunta “¿Ha pertenecido usted alguna vez al partido comunista?” Ni una palabra sobre el partido Nazi, el Ku Klux Klan o fascistas similares. Igual el nuevo proyecto de ley de Miami.

Ahora, ¿cómo evitar mirar a la realidad? Recientemente, varios profesores perdieron su trabajo al citar documentos históricos que incluían la palabra “negro”, pese a que lo hacían para denunciar la violencia racial a lo largo de la historia. Incluso, investigadores serios han evitado (just in case) transcribir esa palabra completa en sus libros y optaron por “N***”. No importa si hasta hace poco Martin Luther King, James Baldwin y Malcolm X la usaban en cada discurso.

¿Más? En Tennessee se acaba de prohibir el libro de historietas Maus, de Spiegelman, debido a que incluye algunas malas palabras y el dibujo de una mujer desnuda. El libro es un clásico en su género sobre las memorias del padre del autor, un sobreviviente de Auschwitz. El mismo puritanismo que en 1921 censuró la versión original en inglés del Ulises de Joyce.

¿Más? En varios Estados se ha legislado para prohibir la revisión de la historia oficial, prohibiendo el estudio de lo que se conoce como “Teoría crítica de la raza”. Esto incluye La frontera salvaje. Los conservadores adoran llamar “teoría” a toda teoría que les cae mal, como la Teoría de la Evolución. La Teoría de la creación en sietedías no sería una teoría, sino un hecho.

La estrategia es clara: si no se habla de eso, it, eso no existe. Como consecuencia, eso se perpetúa, como en tiempos de la esclavitud, por la misma voluntad de las víctimas. Está claro que el poder siempre va a odiar a “los intelectuales”. Sus discursos, como los de la oligarquía latinoamericana, fueron escritos por la CIA en los 50. Entre estas ideas simples, una fue resumida por el presidente Nixon: “Nunca estaré de acuerdo con la política de restarle poder a los militares en América Latina. Ellos son centros de poder sujetos a nuestra influencia. Los otros, los intelectuales, no”.

Como siempre, toda esta basura llegará a América latina de una forma u otra. Al fin y al cabo, no dejan de ser colonias orgullosas de su libertad.

12 de febrero de 2022

Por Jorge Majfud, escritor uruguayo-estadounidense. Su último libro es La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina.

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Viernes, 11 Febrero 2022 09:39

Democracia para no engañar

Democracia para no engañar

El sistema democrático, tal vez el menos malo de los conocidos, no puede denominarse como tal si en su ejercicio se incumple una de sus máximas: contar con el pueblo. En Colombia, la democracia más antigua, y falaz, del continente latinoamericano, el pueblo llano apenas cuenta, porque no se escuchan sus narraciones y porque no es tenido en cuenta.

 

Para denunciar gran parte de la falsedad democrática es para lo que ha escrito Carlos Gutiérrez su libro Democracia que no has de ejercer, déjala ser. Recién salido del horno de esa editorial batalladora e incansable que es desde abajo, el texto hace una disección de esa democracia tan manida y hueca: la que se enseña en las escuelas y la que se practica en la política y que para nada es ejercida por la ciudadanía.

A lo largo de sus poco más de ciento sesenta páginas, el autor analiza la realidad colombiana de los últimos tiempos a partir de los hechos acaecidos en septiembre de 2019 tras el asesinato a manos de la policía de Javier Ordoñez, una especie de caso Floyd a la colombiana. La violencia policial sirve de hilo conductor que desarma la democracia y tiñe de sangre a quienes se atreven a ejercer sus supuestos democráticos derechos.

El respaldo de los gobiernos a la violencia ejercida por las fuerzas del orden deslegitima la democracia que dicen representar, y las actuaciones de las fuerzas del orden, Policía y Ejército, son, según señala Gutiérrez, uno de los “diques que bloquean la emergencia de la democracia que requiere el país para cerrar una historia de dos siglos de régimen presidencialista, centralista, militarista, autoritario y policivo” (pág. 13).

Frente al “cementerio ampliado” en el que estamos convirtiendo el planeta, en el libro se intenta responder a preguntas difíciles y profundas, aunque necesarias para mantener viva la llama de la esperanza y no morir de asco por la falta de perspectivas: ¿Cómo proceder para que la democracia –más allá de formal– tome forma directa, radical? ¿Es posible que la libertad recupere sus pasos, así como la igualdad y la fraternidad solidaridad, y como resultado de todo ello la justicia?

Una realidad cerrada al cambio


Es la realidad actual de Colombia, con reiteración de crímenes, incluidos los de Estado, con elevada concentración de la propiedad y la riqueza y con una brecha social cada vez más ancha, la que hace que este libro grite “Democracia que no has de ejercer, déjala ser”.

El vigente panorama mundial es de crisis democrática, al menos en su ejercicio ciudadano, con pocos visos de cambio debido a un sistema económico, social y cultural que impide el cambio necesario. Las imágenes, relatos, testimonios, cifras y noticias de cualquier rincón del planeta “confirman en el diario vivir que de la democracia no va quedando mucho más que la cáscara. La pulpa ya está podrida” (pág. 16).

Hoy, la democracia colombiana, al igual que muchas otras, es solamente formal pero no efectiva “la sociedad tiene ante sí una forma democrática que guarda apariencias –el voto– pero niega realizaciones plenas: económicas, sociales, ambientales y de otros órdenes, sin las cuales la Carta de Derechos Humanos no es más que la relación de un conjunto de buenos deseos (pág. 19).

El anhelo explícito en el libro es “que las mayorías de cada país, ante la imposibilidad histórica que carga la burguesía para hacer realidad la democracia integral, sean quienes asuman el reto de luchar y defender la democracia directa, radical, asamblearia, no solo formal o delegataria, (…) para lo cual son condición irrenunciable una justicia en todos los niveles, una visión integradora sobre la vida con estimación ecológica plena y una ética de altos valores” (pág. 20).

Carlos Gutiérrez se pregunta si es posible hacer realidad la democracia plena, integral, que a primera vista parece una utopía más. A lo que responde, tal vez más desde la ilusión de que así sea, “sentimos que otra democracia sí es posible y que nos corresponde encarar el reto de concretarla a quienes sufrimos las consecuencias de la implementación de la democracia formal, la realmente existente, sentando las bases para que la misma germine en beneficio de nuestros pueblos y de la humanidad en
su conjunto” (pág. 22).

Memoria y democracia

Hay una mención especial a la memoria y a no olvidar la historia, que en la política latinoamericana ha estado marcada por la presencia perenne de los EE. UU. y su “proyecto de poder y dominio para el cual la ´democracia` más avanzada es aquella que les garantiza privilegios a las multinacionales” (pág. 24) con el que han intervenido a su antojo promoviendo a sus fieles lacayos y acabando con todo lo que le pudiera hacer sombra, ya sea en lo político, en lo económico o en lo social, a través de conspiraciones, presiones y golpes de Estado que han empobrecido una región naturalmente rica despojándola de los derechos humanos más básicos. En ese escenario, “la democracia no trasciende la formalidad” y es poco más que una palabra vacua en la que los derechos humanos “son negados por la realidad, y esa realidad se llama injusticia” (pág. 25). Todo ello en un escenario regional de desigualdad social y económica.

Es cierto que el momento, al menos en Colombia tras dos años de movilizaciones, es novedoso y esperanzador; que para las elecciones previstas este 2022 se atisba un cambio que puede hacer posible el primer gobierno no de derechas de su historia, y que la sociedad parece haber despertado de su letargo y se revela contra el “eterno” sometimiento. La lucha de las y los de abajo sigue siendo necesaria para enfrentar al poder y a sus privilegiados; aunque se esté pagando un alto precio en vidas humanas.

El director del periódico desde abajo se reafirma en su idea de que “Aquí somos y aquí luchamos para que la democracia deje de ser una consigna y se transforme en realidad cotidiana, no en el simple derecho a elegir y ser elegido sino en el derecho más vital de todos: a vivir, pero no de cualquier manera sino con total dignidad, y a ser persona”; recordando la definición que María Zambrano hizo de la democracia como “la sociedad en la que es permitido y exigido el ser persona” (p. 30).

La transformación social como esperanza

El texto es una mirada lúcida a esa democracia de las apariencias que todo lo tergiversa. Y más en Colombia, “país de apariencias y de hechos del poder y de la oposición y la resistencia, donde el discurso oficial dice una cosa y otra no igual es lo que habla la realidad en la cotidianidad de los territorios y de quienes los habitan” (p. 91).

Un repaso por las problemáticas que hacen de la democracia ese sistema incompleto, superficial y vacío de contenido. Desde la desigualdad a la injustica; desde la globalización financiera a la crisis climática; de las redes virtuales que nos conectan e incomunican a las noticias falsas que nos desinforman; de la expansión de las privatizaciones a la pérdida de lo público, y del empobrecimiento de los más al enriquecimiento de los menos. Un mundo, como diría Galeano, “patas arriba”.

Un ensayo que no se olvida de la actual pandemia del coronavirus y sus daños sociales colaterales ni de la pandemia que supone esa guerra interminable que asola el país desde hace dos siglos y que parece insuperable en parte por “la desfigurada democracia” gobernante que sirve de “mampara para ocultar o dificultar la apreciación de la índole mafiosa de su Estado, carácter soportado en la herencia de poder económico, político, cultural e ideológico” heredado de la Colonia (p. 116).

La petición final, que no la última, del autor y director de la edición colombiana de Le Monde diplomatique, es promover una transformación social profunda para lograr que gobierne la convivencia, que la vida sea bienestar, que crezcan la creatividad y la inclusión social, y que la información sea compartida y al servicio de la humanidad.

Para terminar, una frase del inicio del libro que supone un hálito de esperanza en la utopía de construir una democracia efectiva “Los días 9 y 10 de septiembre de 2020 quedarán en la memoria nacional como fechas trágicas, pero también de apertura esperanzadora de una vitalidad social vestida de indignación, templanza, solidaridad y emancipación”.

Ojalá sea así, y que lo sea más pronto que tarde. Por el bien de todas y todos y de la “democracia” colombiana y el resto de nuestras “democracias”.

 

Democracia que no has de ejercer, déjala ser (impreso)

Democracia que no has de ejercer, déjala ser (virtual)
Carlos A. Gutiérrez M.
Editorial desde abajo

Publicado en Mundo Obrero el 10/02/2022

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El ensayo y manifiesto ha sido escrito por Floreal M. Romero y traducido por Sergio España Maca Hernández (CC BY-NC)

Se presenta este mes el libro ‘Actuar aquí y ahora. Pensando la ecología social de Murray Bookchin’. Su autor, Floreal M. Romero, nos hace un repaso por las principales líneas del pensamiento del historiador y activista anarquista.

 

Allá por los años 60 del siglo pasado, Murray Bookchin fue de una de las pocas personas que advirtieron de los peligros del cambio climático como consecuencia de las emisiones de gases de efecto invernadero. Menos fueron aquellas personas que lo tomaron en serio. Ahora, bien entrados en esa dinámica de calentamiento global que ya nadie niega y que ninguna cumbre del clima puede detener, la ciencia advierte de que estamos al borde de un colapso energético, de que nos enfrentamos a una sexta extinción masiva de la diversidad mundial. A lo que se suman unas fuentes hídricas comprometidas, una contaminación acentuada y la desforestación. O sea, un desastre medioambiental que, además de haber acabado con muchas especies, amenaza ahora a la humanidad. Pero el desastre empezó con el mismísimo deterioro de la sociedad y su rapto por parte del capitalismo a partir del siglo XVI, que se apoyó tanto en las dominaciones preexistentes como en la del Estado. Y ese deterioro interno no solo no ha cesado, sino que se ha acelerado provocando cada vez una mayor desigualdad, precarización y marginalización, además de la atomización de los individuos y de la creación de trabajos asalariados sin sentido. O sea, vivimos en una sociedad suicida en la que los seres humanos han ido perdiendo hasta su mismísima esencia: el apoyo mutuo y las relaciones. Lo que viene a confirmar de nuevo la más apremiante advertencia de Bookchin: “Si no hacemos lo imposible, tendremos que afrontar lo impensable”.

La conceptualización de la ecología social y del comunalismo —las ramas más libertarias de la ecología política— son obra de Murray Bookchin (1921-2006), un exobrero sindicalista que, además, se involucró en todas las luchas de naturaleza emancipadora de su tiempo. Ya en 1950 trabajaba en una doble investigación histórica sobre las causas de la crisis ecológica y sobre las políticas que podrían contribuir a superar dicha crisis. En 1960, rechaza la posición ambientalista que defiende que la crisis ecológica se puede resolver simplemente aprobando ciertas leyes proteccionistas. Tampoco está de acuerdo con el extremismo de la ecología profunda que pretende equiparar y, en cierto sentido un tanto ambiguo, someter los humanos a la naturaleza no humana.

Para Bookchin, ambas corrientes comparten una idea de base: no abordan la raíz social de los problemas. Al destacar que “casi todos los problemas ecológicos son problemas sociales” quiere evitar el reduccionismo ecológico que hace al ser humano —mediante una especie de entidad abstracta—responsable de la degradación del medio ambiente natural, mientras se ignoran las relaciones sociales capitalistas. En realidad, en el centro de todo está la búsqueda de la valorización monetaria, que se traduce en la mercantilización forzosa del mundo. Las empresas se ven obligadas a reducir constantemente sus costes de producción para ser competitivas en el mercado. “Crecer o morir” es el leitmotiv empresarial por excelencia que lleva a una explotación desenfrenada y sin límites de los “recursos humanos” y naturales. Así, el capitalismo globalizado —construido sobre las primeras jerarquías de dominación y sus corolarios de explotación y exclusión humanas— termina ejerciendo su dominación sobre el medio natural. Por tanto, “proteger la naturaleza” significa ante todo buscar la emancipación social.

Hasta aquí, las causas. La segunda parte de la investigación histórica de Bookchin se centra en cómo superar esta crisis, lo que lo lleva a integrar plenamente la ecología en la tradición socialista revolucionaria, sobre todo en su vertiente antiautoritaria. Esto significa repensar y desmitificar, liberarse de mitos como los del “Grand soir”, ese día D en el que la clase obrera o el pueblo se alzaría de golpe y tumbaría al sistema capitalista. Se trata más bien de un proceso constructivo para la emergencia de una organización de la lucha, aquí y ahora, que persiga los objetivos establecidos de salir del capitalismo creando instituciones alternativas paralelas que, una vez conseguida una relación de fuerza favorable, puedan enfrentarse a las instituciones del Estado. Y puesto que las sociedades de clase encuentran su semilla en las sociedades jerárquicas, uno de los objetivos de esta política será disolver cualquier tipo de dominación, incluyendo, claro, el patriarcado. En cierto modo, se trata, en un mismo movimiento, de luchar contra la dominación del hombre sobre el hombre, del hombre sobre la mujer y del hombre sobre la naturaleza. Bookchin actualiza el comunalismo del siglo XIX e integra la ecología, no como un añadido —el de la necesidad de «conservar el medio ambiente»—, sino como un anclaje en su problematización ecológica de la política.

Al alimentarse tanto del pensamiento anarquista como del de Marx, los supera al integrar la ecología para hacer del comunalismo una síntesis de esos tres fundamentos teóricos. Al hacer que los seres humanos interaccionen entre ellos —como seres plenamente sociales— y con los elementos de los ecosistemas a los que pertenecen, el comunalismo sitúa el vínculo social en el centro de su organización, como fundamento de una ecocomunidad basada en el principio de la “unidad en la diversidad”.  Esta ecocomunidad es un proyecto colectivo político entendido en su sentido primario: un autogobierno democrático de la ciudad por la propia ciudadanía. En las antípodas del sistema representativo y estatal, la democracia es “desespecializada” para convertirse en popular, directa, con mandatos revocables y rotatorios. Bookchin llama a un movimiento revolucionario capaz de estimular la creación de asambleas decisorias por pueblos, barrios y ciudades, articuladas juntas y en tensión con las instituciones del Estado centralizado. Para ir ganando una progresiva autonomía, estas nuevas entidades deberán instaurar circuitos cortos de abastecimiento de la manera más directa posible, con campesinos y núcleos rurales, para evitar la escasez de alimentos. La política en tanto que lugar de poder será la que determine la economía, y no al revés. Se trata de crear juntas, de decidir sobre el reparto de las tareas y sus frutos según nuestras necesidades auténticas, en interacción directa con el entorno natural en el que vivimos, para cuidarlo y enriquecerlo. Tras una evaluación exhaustiva de las posibilidades locales, las comunidades y regiones interdependientes y organizadas de la confederación “tendrán que contar las unas con las otras para la satisfacción de importantes necesidades materiales”.

Murray Bookchin, como muchos otros pensadores de la ecología política, se enfrentó a la cuestión central de la tecnología. ¿Se puede poner al servicio de la emancipación humana o se trata de una fuerza contraria a cualquier proyecto de autonomía? ¿Nos servirá o nos someterá? La abundancia material que la tecnología genera en el capitalismo devasta el medio natural y es siempre insuficiente para la creación compulsiva de necesidades alienantes y jamás satisfechas. La “tecnología para todos”, un objeto de consumo en sí misma, gestiona nuestras vidas, acentúa la atomización social e intensifica el control social. “Estandarizado por las máquinas, el ser humano se ha convertido en una máquina. El hombre-máquina es el ideal burocrático”, afirma Bookchin. Sin embargo, no desespera. Además de proteger a los seres humanos de la escasez, ahorrando esfuerzo y liberando tiempo, la tecnología ayudaría a perfilar el comunalismo tanto a nivel regional como en niveles geográficos mayores. «Una tecnología al servicio de la vida puede desempeñar un papel decisivo en la asociación entre varias colectividades; puede servir como aglutinante del concepto de confederación». En otras palabras, la tecnología bajo control puede ser liberadora: “Una sociedad liberada no buscará negar la tecnología: precisamente porque, al ser libre, encontrará un equilibrio”.

Al pensar la tecnología o cualquier otro tema que nos afecte fundamentalmente, tanto a nivel social como personal, hemos de abordarlo de forma holística, esto es, teniendo en cuenta los demás parámetros con los que interactúan. Puesto que la urgencia es salir del capitalismo, no podemos mas que unir nuestros esfuerzos para ir creando un movimiento político emancipador que abarque toda la diversidad y los componentes de la vida sin dejarlos en manos ajenas. En consecuencia, si las personas partidarias del comunalismo reivindicamos lo político, es para salir del surco profundo trazado históricamente por el Estado, esa otra cara del capitalismo en el que cayó y está embarrada tanto la izquierda como el movimiento ecologista. Estemos donde estemos, convocaremos a las fuerzas sociales emancipadoras de nuestro entorno inmediato, tanto las que luchan como las que intentan alternativas. Esa diversidad es nuestra fuerza, a poco que juntemos nuestros esfuerzos en pos de una estrategia política común que cambie a medida que avancemos. El papel del comunalismo es reanudar con la esperanza, salir de esa lógica de sumisión al cristalizar las relaciones de poder contra la economía de mercado, o sea, contra las fuerzas de destrucción social y ecológica, las del Estado y el capital. Y como nunca habrá vacío de poder, iremos tejiendo un mundo nuevo, vivo y esperanzador donde quepan muchos mundos a medida que vayamos destejiendo las tramas de la mentira y de esa pulsión de muerte que representan los poderes actuales y su dinámica del «crecer o morir»

Por Floreal M. Romero

Especialista en Ecología Social y autor de varios libros

9 feb 2022 16:00

Publicado enMedio Ambiente
Martes, 08 Febrero 2022 05:20

El retorno del pasado como relámpago

En opinión del historiador italiano Enzo Traverso, lo que hizo el COVID-19 en realidad fue acelerar procesos que ya estaban activos: desveló o aclaró tendencias estructurales. (Foto: Freddy Davies / La Directa)

 

Una entrevista con Enzo Traverso

Extraer las lecciones del pasado es el oficio del historiador. Comprender el pasado, construir un discurso crítico sobre el pasado y entonces extraer las lecciones. Pero, una vez dicho esto, todos los problemas quedan abiertos.

La idea de que extrayendo lecciones del pasado los seres humanos pueden mejorarse es una abstracción propia de una concepción acumulativa y lineal de la historia. Según Enzo Traverso, en algunas circunstancias históricas el pasado se hace activo, se torna vivo. Es en esos momentos que aquellas «lecciones del pasado», aquella memoria colectiva, puede ser activada a través de la acción conjunta.

El historiador Enzo Traverso se ha consolidado como una de las voces más destacadas de la escena marxista contemporánea. Tuvimos la oportunidad de dialogar con él sobre las concepciones de la historia, el rol de los intelectuales hoy, el nacionalismo y acerca de cómo cree que pasará a la historia la pandemia que atravesamos.

MM

Me interesa su valoración acerca de la idea de la comprensión del presente a partir de algunas claves del pasado, ¿diría que la historia puede funcionar como un puente para la interpretación y la transformación del presente?

ET

Yo diría que extraer las lecciones del pasado es el oficio del historiador. 

Comprender el pasado, construir un discurso crítico sobre el pasado y entonces extraer las lecciones del pasado. Pero, una vez dicho esto, todos los problemas quedan abiertos. Las lecciones del pasado pueden entenderse de diferentes maneras. Por eso, las representaciones y las interpretaciones del pasado cambian en cada época. Y entonces la pregunta me recuerda el aforismo muy conocido: historia magistra vitae (maestra de la vida). 

Dejando a Cicerón de lado, no se trata de extraer del pasado un conjunto de reglas morales, aplicables todas las historias por igual, de la misma forma hoy como en la historia del mundo antiguo. Pero digamos que hay una equivocación, que empezó con la Ilustración, y gira en torno a la idea de que extrayendo las lecciones del pasado los seres humanos pueden mejorarse. Esto es una abstracción propia de una concepción lineal de la historia; una historia siempre acumulativa que desemboca en la idea de progreso. Por supuesto, no es en este sentido que yo digo que se pueden sacar las lecciones de la historia. Sería muy fácil decir que la historia es la negación misma de ese aforismo.

De otra manera, habría que preguntarse seriamente cómo es posible que, después de los fascismos del siglo XX, de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto, experimentemos hoy un nuevo ascenso de las derechas radicales y los fascismos en buena parte del mundo. O yo, que soy italiano, podría preguntarme cómo puede ser que Italia, que fue un país de emigración, un país de migrantes, hoy—que es un país de inmigración— sea tan xenófobo. Eso, siguiendo el aforismo anterior, significaría que no se han extraído las «lecciones del pasado» y que los italianos olvidaron su historia. Lo mismo podría decirse de los judíos, que fueron una minoría oprimida y perseguida por siglos, pero cuya historia desemboca en el Estado de Israel, un Estado opresor. Y así los ejemplos podrían seguir. Lo importante, en todo caso, es que esta idea de «sacar lecciones del pasado» es una ilusión.

Yo no creo en una concepción acumulativa y lineal de la historia. Creo en lo que Walter Benjamin llamaba la reaparición, la reactivación o el retorno del pasado como relámpago: en algunas circunstancias históricas, el pasado se hace activo, se torna vivo. Esos son los momentos en los que aquellas lecciones del pasado, aquella memoria colectiva, puede ser activada a través de la acción conjunta. Eso significa tomar en cuenta todos los límites del papel del historiador y de la conciencia histórica.

MM

A propósito de su libro Qué fue de los intelectuales (Siglo XXI, 2014), quisiera preguntarle cuál cree que es la situación de los intelectuales hoy. Said y Gramsci, entre otros, han aportado definiciones al respecto. ¿En qué medida continúan vigentes, dada la aparición y hegemonía de los medios masivos de comunicación, las redes sociales, internet, etc.? 

ET

Ese libro es una conversación acerca de la historia de los intelectuales. Intento reflexionar sobre el modo en que una parábola histórica llegó a su fin. El siglo XX, como el siglo de los intelectuales, se acabó. El concepto de intelectual aparece al final del siglo XIX en Francia, con el affaire Dreyfus; después hay un conjunto de grandes figuras —Pasolini en Italia, Sartre en Francia, Chomsky en Estados Unidos— que encarnan este mundo en el cual los intelectuales juegan un papel fundamental de crítica del poder. Y esta es la idea de intelectual que Said plantea en su pequeño ensayo, interesante, porque es bastante nostálgico. Allí escribe que los intelectuales jugaron este papel en la historia y que necesitamos de intelectuales que puedan jugar en el mundo de hoy un papel similar. Es la función que él se otorgó así mismo, con respecto a Palestina, por ejemplo.

Esta figura del intelectual apareció en un mundo dominado por la cultura escrita, la cultura de la palabra, del libro, del texto impreso. Una época en la cual los intelectuales, no digo que tenían el monopolio de la escritura, pero, al principio, casi. Tenían una «autoridad moral intelectual», tal como lo define Bauman, como los legisladores. Esta figura apareció en una época en la que ellos monopolizaban el debate político. Su papel cambió mucho con la reificación del espacio público.

Eso se ve hoy, por ejemplo, en Black Lives Matter, el gran movimiento que ha sacudido Estados Unidos (y que ha tenido impacto mundial, ya que movimientos antirracistas similares aparecieron en otros países y continentes). Muchos intelectuales sostuvieron ese movimiento, pero se habló muy poco de ellos. Porque en el mundo de hoy, la intervención en soporte de Black Lives Matter de un deportista, de un actor o de un rockstar, tiene un impacto mucho más fuerte. Un intelectual puede escribir un artículo en New York Times al respecto, y el impacto es limitado. En cambio, cuando un deportista publica un video con más de 10 millones de followers, recorre el mundo. Los medios de difusión cambiaron el pensamiento radicalmente y eso modifica el papel del intelectual, eso es evidente.

MM

También se podría mencionar el cine como uno de los medios que más moldean la imaginación histórica…

ET

El cine tiene un papel fundamental para la construcción de una representación del pasado de cara a las grandes masas. A veces, incluso, de maneras que no son reconocidas o debidamente notadas, aun entre los mismos historiadores. Nuestra representación del pasado es visual, mediatizada por el cine y la televisión. En todo el mundo, en Indonesia, por caso, si hablas del holocausto, la gente visualiza el campo de Auschwitz y la rampa que llega al mismo. Ese es el poder del cine: tengo un amigo investigador que forjó el concepto de «cinematic power», el poder cinemático como instrumento de control de la manera de pensar y del inconsciente. 

Esto está vinculado —y este punto de vista lo comparto— con aquello que Regis Debray sintetizó como «el advenimiento de la videosfera», relacionado también a la declinación del papel de los intelectuales. Los intelectuales tenían un rol crucial; destaca la figura de Sartre en tiempos de grafósfera, en el mundo dominado por la cultura escrita. Pero después aparece la videoera: un mundo dominado por las imágenes. Estas moldean, también, nuestras representaciones del pasado. 

Ahora bien, la era de la videosfera fue de muy corta duración, porque ya ingresamos en algo distinto, la digitósfera, el mundo de las redes sociales e internet. Ya no es Hollywood quien construye nuestras representaciones. Esto es algo que los historiadores pocas veces toman en cuenta de manera suficiente. Yo intento hacerlo introduciendo una dimensión de historia visual en mis últimos libros, procurando mostrar cómo ciertos conceptos son indisociables de ciertas imágenes, la palabra de su representación más extendida. Por ejemplo, en mi último libro sobre la melancolía de la izquierda, trato de mostrar la existencia de una iconografía que expresa muy bien una visión teleológica de la historia. Esa iconografía dominó la cultura del socialismo y del comunismo durante largo tiempo.

Para mi estos aspectos son cruciales, porque hasta ahora los historiadores pensaron las imágenes de manera instrumental. Como en los trabajos sobre la propaganda fascista, donde las imágenes son solamente utilizadas para mostrar el modo en que la propaganda manipula. Yo creo que las imágenes son fuentes en el sentido más integral de la palabra: fuentes con las cuales los historiadores deben trabajar, fuentes que deben ponerse en diálogo con otras fuentes más tradicionales, como archivos, producciones textuales, etc. Conectados con las imágenes, los textos pueden adquirir nuevos significados.

MM

¿Qué piensa de los debates acerca de la concepción de la propia disciplina histórica? ¿Cómo se relacionan con la historia que consumen las masas? Pienso, por ejemplo, en el Historikerstreit en la Alemania de los años 80.

ET

Creo que tu pregunta permite reflexionar sobre la relación entre la dinámica propia de la investigación histórica: la trayectoria historiográfica, por un lado, y el uso público de la historia, por otro. Las discusiones de los historiadores en Alemania durante la década de los 80 sobre el Holocausto, fue un gran debate que trascendió largamente las fronteras del campo historiográfico. Fue un debate nacional que se desarrolló en los diarios, en los medios de comunicación, fue un debate de la sociedad civil en su conjunto. Algunos resultados logrados por el conocimiento y la investigación hecha por los historiadores se transformaron en conciencia compartida, en conciencia histórica.

El historikerstreit no es solamente una etapa en la historia de la historiografía alemana; es un momento fundamental en la historia de la relación de Alemania con su propio pasado, en el surgimiento de una nueva conciencia histórica en cuyo centro se encuentra el Holocausto. No es posible hoy, para un joven alemán que tiene veinte años, pensar la historia de Alemania sin otorgar una posición central al Holocausto. Ello es consecuencia del historikerstreit. Como ese, podríamos dar muchos otros ejemplos.

Vos, que trabajás sobre Palestina: lo que se denomina —entre comillas— el «revisionismo histórico» en Palestina, que es una dinámica historiográfica. Vemos historiadores que ponen en cuestión el relato tradicional de la guerra de 1948. Ese debate genera consecuencias sobre la manera en la cual la sociedad israelí en su conjunto piensa su propio pasado. Es un momento en el que la narración tradicional sionista de la redención es mucho más problematizada. Una guerra de liberación o una guerra de ocupación, o las dos al mismo tiempo, o una guerra que es concebida y  actuada como una guerra de liberación y que se transforma en una guerra de expulsión y de ocupación de territorios y creación de un Estado, que es un Estado de opresión. 

Todo ese conjunto de debates sobre el uso público del pasado tienen una relación muy fuerte con la historiografía en el sentido de que, por un lado, se nutren del trabajo de los historiadores y, por otro, afectan el trabajo de los historiadores. Porque después del historikerstreit no se puede escribir más la historia del Holocausto cómo se hacía antes; tampoco se puede escribir la historia de Israel sin tomar en cuenta el debate revisionista, etcétera. Lo mismo se puede decir con respecto al colonialismo, la Guerra de Argelia… podríamos dar varios ejemplos de lo mismo. 

Los historiadores debemos ser conscientes del hecho de que trabajamos para dar respuestas a interrogantes de conocimiento que son sociales. Si yo puedo escribir libros sobre un tema y publicarlos, es porque hay un público que quiere conocer y reflexionar sobre el pasado. Entonces, existe una dialéctica entre la investigación y las trayectorias de la memoria en el espacio público que es fundamental. Si no somos conscientes de eso, nos equivocamos. No es casualidad si nos otorgan una beca para trabajar sobre este tema y no sobre otro. Hay que decirlo a los estudiantes, porque muchas veces para ellos es vital, para hacer una investigación, para lograr una beca. Tienen que saber existe hoy toda una política de instituciones, de centros de poder, una relación entre el mundo académico y el económico y político que irradia y que estructura como un tejido también el campo historiográfico.

MM

¿Podría comentar un poco la tesis que plantea en El final de la modernidad judía, sobre la mutación de la judeidad que tiene lugar entre Trotsky y Kissinger? ¿Dónde sitúaría a Herzl en ese esquema? ¿Y cómo fue que la judeofobia se constituyó en eje articulador para los nacionalismos europeos?

ET

Ese libro fue muy controvertido: defendido por un conjunto de investigadores y activistas y muy criticado por otros. Me estigmatizaron como antisemita en Estados Unidos, en Francia y en varios países europeos. Para evitar toda equivocación, yo no digo que el antisemitismo desapareció, sino que todavía existe mediante ataques de terroristas y otras formas de hostilidad, las cuales sin dudas hay que combatir. 

Mis reflexiones surgieron de una constatación: el desplazamiento del mundo judío en el siglo XX, de la revolución al imperialismo. Dibujo este paisaje con dos figuras emblemáticas que son, por un lado, Trotsky, el judío errante de la revolución internacional, perseguido, exiliado durante toda su vida, cosmopolita, que se desplaza por países y continentes y encarna esa idea de la revolución mundial… Y por otro lado Kissinger, como el estratega y teórico del imperialismo. Esas dos figuras emblemáticas sintetizan un cambio que se produjo en el mundo judío a lo largo del siglo XX. Mientras tanto, transcurrieron la Segunda Guerra Mundial y el nacimiento posterior del Estado de Israel. Después de dicho conflicto y del holocausto, el antisemitismo no digo que desapareció, sino que declinó en todos los países en los que había estado muy presente, muy arraigado en las culturas, en las ideologías. 

No se puede pensar la historia del nacionalismo europeo en el siglo XX sin otorgar un lugar central al antisemitismo como elemento que estructura la visión del mundo nacionalista. En el paisaje contemporáneo que se grafica después de esa contienda bélica, el conservadurismo, las ideas conservadoras y neoconservadoras, sus estrategias y el personal político de los movimientos de derecha no son más antisemitas. O, mejor dicho, no tienen más al antisemitismo como rasgo dominante. Desde este punto, Herzl, fundador del sionismo, es un precursor. En cierto modo es precursor de Kissinger: piensa en el proyecto de un Estado judío en Palestina como algo que se puede lograr con el apoyo de las grandes potencias imperiales. 

Todo esto no significa que todos los judíos eran revolucionarios o que todos los judíos se hayan convertido en reaccionarios. Eso es una simplificación ridícula, por supuesto. Existe una tradición de pensamiento crítico muy arraigada en las culturas judías, que hace que todavía haya un montón de judíos en los movimientos de izquierda, de extrema izquierda, en la elaboración de una crítica de las formas de dominación… y eso es algo muy sencillo de comprobar. Las condiciones históricas hasta la Segunda Guerra Mundial otorgaban a los judíos esa posición —digamos— «privilegiada» en la crítica del poder. Tras la guerra, esas condiciones no existen más. Luego de la creación del Estado de Israel verificamos cómo una relación simbiótica y orgánica se establece entre una capa intelectual y los centros del poder. Analizar ese proceso es muy interesante.

Lo que me golpeó de las críticas es detectar una especie de incapacidad o de ceguera… El no querer ver lo que es absolutamente evidente. Yo intenté establecer una genealogía intelectual. No es solamente Kissinger, es Herzl, es el punto de salida de todo un recorrido intelectual. Hay un conjunto de pensadores, de Leo Strauss a Karl Popper, a Raymond Aaron y otros, que protagonizan ese cambio. Lo innegable es que para un intelectual judío, ser conservador, ideólogo del imperialismo o nacionalista era algo objetivamente muy difícil en Europa hasta la Segunda Guerra Mundial, y es algo muy fácil después.

¿Por qué? Porque hubo una explosión del pensamiento crítico, de la creatividad intelectual, estética, literaria en el mundo judío a principios del siglo XX debido a la presencia —combinada— de un conjunto de condiciones históricas. Ser judío significaba tener este papel crítico, estar fuera del poder, fuera de las instituciones, ser un outsider. Pero, después de la Segunda Guerra, esa ya no es la situación de los judíos en Francia, en el Reino Unido o en Estados Unidos.

MM

Me quedó una cuestión pendiente de lo que mencionó antes, acerca del rol de los intelectuales hoy. Quisiera saber su opinión sobre el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS).

ET

Bueno, eso es todo otro tema. Yo creo que las campañas de boicot, en particular la de los productos que llegan desde las colonias en los territorios palestinos, sufre de un hándicap fundamental vinculado a la pregnancia de la memoria colectiva. Lo observo muy claro en Alemania, por ejemplo, donde este fenómeno tomó formas patológicas: hay movimientos de la izquierda radical que son hipersionistas y que defienden la bomba atómica israelí. Porque Alemania tiene que expiar sus culpas: Alemania no puede criticar a Israel porque es la responsable del Holocausto. Eso demuestra cómo la memoria puede afectar los posicionamientos políticos.

Conozco mucha gente para la que participar en una manifestación para el boicot de productos israelíes es algo simplemente imposible emocionalmente, porque es demasiado pregnante en su conciencia y en su memoria el recuerdo de las manifestaciones de boicot de las tiendas judías de uno de los rasgos fundamentales del antisemitismo. Vivimos en un mundo en el cual la memoria del Holocausto ocupa este papel central como paradigma de las violencias y de la opresión. Así, para otorgar el reconocimiento de un genocidio, de una persecución o de una masacre hay que compararla al Holocausto. Siguiendo esta lógica, esa sería la única manera de reconocer la magnitud de la masacre en cuestión, el debate sobre el Holocausto marca el contexto. 

Eso explica por qué en la década de los sesenta había muchos intelectuales en Estados Unidos de origen europeo que llegaron como exilados, fueron acogidos y entendían que no podían aceptar participar en manifestaciones en contra la guerra de Vietnam, en las que se quemaba la bandera estadounidense. Esto a veces es difícil de entender. Pensemos en una persona chilena: hace poco se abrieron los archivos y se conoce el rol de Estados Unidos en el golpe de Pinochet en Chile; en ese caso, quemar una bandera norteamericana es mucho más fácil de lo que fue para los exiliados en Estados Unidos de los 60. ¿Qué quiero decir con esto? Que no todos pudieron actuar como Marcuse. Y eso es algo a tomar en cuenta cuando se observan las controversias alrededor de la campaña para el boicot de los productos. 

Porque tienen que enfrentarse con la memoria del Holocausto, que en muchos casos es instrumentalizada, que es utilizada como un arma en contra de los derechos palestinos, ese es el contexto. No creo que eso sea algo permanente, desde la comparación entre la ocupación de los territorios palestinos y Sudáfrica es aún más legítima en la opinión internacional, digamos que veo un cambio. Sin embargo,  en la manera de formular una reivindicación política, un eslogan, hay que valorar esas precauciones. Las campañas para el boicot en México, en Alemania, en Francia y en Nueva York no son lo mismo, hay que pensarlas según el contexto.

MM

En sintonía con algunas cuestiones que fueron surgiendo a lo largo de la charla, no puedo dejar de preguntarle respecto del nacionalismo, que es una cuestión que atraviesa la historia del siglo XX y también ahora el siglo XXI.

ET

Es un punto muy importante. Yo no soy historiador del nacionalismo, por lo que tengo muchas más preguntas que respuestas a ese respecto. Pero creo que el nacionalismo de hoy presenta rasgos diferentes con respecto a los nacionalismos del pasado. Uno de los cambios más significativos que intenté destacar y analizar en mis trabajos es la transición del antisemitismo a la islamofobia como elemento estructurante del nacionalismo en el mundo occidental. La islamofobia en Asia toma rasgos diferentes que se podrían analizar. Hay cambios significativos y, al mismo tiempo, elementos de continuidad. 

Dejando de lado las formulaciones más ingenuas que podían aparecer, por ejemplo, incluso en los escritos de Marx del siglo XIX, o de Auguste Comte, que dice que la edad del industrialismo (como él la denomina), es una edad donde los odios nacionales desaparecen… Otro ejemplo es el de la posguerra, los años del boom, cuando existía la idea de que el nacionalismo era una herencia de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX, que la enfermedad explotó con la Segunda Guerra Mundial y después caminaríamos hacia un mundo en el que el nacionalismo es un recuerdo del pasado. Todo ello fue una ilusión, porque sabemos muy bien que, con el final de la Guerra Fría, en un mundo nuevo, con un orden internacional distinto y con la globalización, con la puesta en cuestión de las soberanías nacionales, la incapacidad de controlar las dinámicas económicas del neoliberalismo, una de las reacciones más importantes es la de cierto retorno nacionalista, una vuelta muy conservadora al nacionalismo: xenófoba, radical, reactiva. Es expresión del miedo frente al mundo global.

Entonces hay continuidad y también transformación, porque si analizamos los movimientos nacionalistas de hoy, son muy distintos a los del pasado, a pesar de que también son racistas, y que pueden retomar algunos slogans. Pero no hay que equivocarse: existen diferencias fundamentales, desde mi punto de vista, que es importante esclarecer; ya que, de otra manera, confundiríamos la manera de luchar. 

Hubo un tiempo, en los años 30, por ejemplo, en que el nacionalismo fue la opción de las capas dominantes en muchos países. ¿Estamos en una situación análoga hoy? La pregunta sigue abierta. Las elecciones en Estados Unidos mostraron que no. Hay una tendencia general que indica que, después de Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, la masiva ascensión de movimientos de extrema derecha en Europa, lo que ocurre en India con Modi, en otros países de Asia… En la actualidad no se puede decir que el nacionalismo, las nuevas derechas, los posfascismos se alimentan y extraen su fuerza del rechazo al neoliberalismo y la globalización. Y esas dos son opciones de las élites, de las clases dominantes a nivel global. Me refiero a las multinacionales de todo el mundo occidental y también de países del Sur, de la Unión Europea como institución, de Wall Street y del Pentágono. Sabemos que Trump quiso bombardear Irán y el Pentágono lo bloqueó. No es todavía la opción, y esa es una diferencia.

En la primera mitad del siglo XX, el internacionalismo predominaba en el movimiento obrero y el nacionalismo prevalecía en el campo burgués del capitalismo. Actualmente, las clases dominantes del capitalismo son muy globales, muy posnacionales, no son nacionalistas. Pueden volverse nacionalistas por razones utilitarias, instrumentales. Si hay una crisis que pone en cuestión sus intereses, pueden muy bien adoptar la opción del nacionalismo y del fascismo también. Pero no es la situación de este momento.

MM

¿Cómo piensa que el eurocentrismo y el occidentecentrismo inciden en las interpretaciones y resignificaciones de las revoluciones del siglo XX?

ET

Es una buena pregunta, porque yo creo que la cuestión del eurocentrismo hay que replantearla y repensarla desde el presente. Es decir, existe una vieja crítica al eurocentrismo que, por supuesto, es fundamental, pero que es un poco obsoleta hoy. Vivimos en un mundo en el que Europa dejó de ser el centro desde hace un siglo, desde la Primera Guerra Mundial. Después de las descolonizaciones y de la Segunda Guerra Mundial, se sucedieron ya varias generaciones en un mundo donde Europa es marginal.

Para un chino —hoy y desde hace tiempo— Europa ya no es la referencia central en su representación; y esto es extensible a muchos de otros países y continentes. En el campo historiográfico hay una herencia del eurocentrismo, que se convirtió en occidentecentrismo, que aún moldea una manera de pensar, acercarse e interpretar el pasado. También moldeó los instrumentos metodológicos con los cuales se lo investiga. Lo que hoy se denomina «multiculturalismo» es una manera de entender que las dicotomías establecidas por una visión eurocéntrica del mundo («Europa y el mundo colonial» o «Europa y fuera») no existen más.

Si vamos a un campus en cualquier universidad de Estados Unidos, nos encontraremos con investigadores y estudiantes que llegan de todo el mundo. Si vamos a una multinacional de la Silicon Valley, nos encontraremos todo un conjunto de informáticos que llegan de Pakistán, de India, de África… En ese sentido, la noción de eurocentrismo es muy obsoleta. Pero, al mismo tiempo, sigue siendo una noción que moldea la forma de pensar de los historiadores, aunque muchas veces de forma inconsciente. Porque el eurocentrismo ha devenido casi en un insulto. Pero, bueno, si leemos un poquito las obras que salieron en las últimas décadas, nos encontramos con que hay visiones eurocéntricas y occidentecéntricas muy acentuadas. Me parece que debemos repensar este concepto.

Ahora bien, con respecto a las evoluciones, el centro de tu pregunta, citaré un libro de Michel Rolph Trouillot sobre la revolución en Haití: Silencing the Past (silenciando el pasado). Explica cómo durante un siglo y medio la revolución de Haití fue olvidada y suprimida, casi en el sentido psicoanalítico de la palabra. Porque la revolución de Haití era unthinkable, impensable, no se podía pensar con las categorías de pensamiento del mundo occidental y de Europa en particular. Durante más de un siglo se escribieron libros sobre la historia de las revoluciones en los que la Revolución de Haití no existe, y esto también en la historiografía marxista. 

En el gran libro de Eric Hobsbawm sobre las revoluciones de principios de los años 60, las revoluciones son la francesa, la del 48, la rusa y la china, pero la haitiana no está. Otro ejemplo de esto es el controvertido ensayo de Hanna Arendt de la misma época (1963). La revolución de Haití es una revolución de esclavos que termina con la esclavitud y logra la independencia. Es un acontecimiento histórico fundamental para comprender todo el recorrido de las revoluciones de los siglos XIX y XX, las independencias en América Latina y sus guerras de liberación, así como las revoluciones anticoloniales del siglo XX. Eso indica muy claramente cómo la visión eurocéntrica del mundo es un prisma deformante.

Pensar las revoluciones hoy, en la época de la globalización, significa poner en cuestión muchas jerarquías —conceptuales también— que hemos heredado del pasado. La contradicción es esa: un mundo global que no es más eurocéntrico desde hace tiempo y un mundo intelectual que todavía es moldeado por esas categorías heredadas del pasado.

MM

Me gustaría que profundice una afirmación que hizo hace algún tiempo: «sobre el carácter problemático del occidentecentrismo (…) ¿Es legítimo considerar 1789 o 1914 como grandes inflexiones o virajes en la historia, por ejemplo, de África?». La carrera de Historia, tal como se enseña en América Latina, tiene ese semblante.

ET

Sí, el caso de Argentina es emblemático desde ese punto de vista: se estudia más el pasado europeo que el precolonial, propio del continente; se estudia la historia del feudalismo como la etapa que precede al capitalismo que la historia de Latinoamérica. Lo que he volcado al respecto en algunos de mis trabajos es casi banal: desde una visión africana, los grandes cortes históricos cambian. El Congreso de Berlín, por ejemplo, que define las fronteras de África, es mucho más relevante que 1848 o 1914. Y esa es la razón por la cual algunas «historias del siglo XIX» que salieron recientemente (pienso en Christopher Bayly o en Jürgen Osterhammel, quien teoriza sobre la historia global) se posicionan desde perspectivas distintas, múltiples. Debemos pensar el siglo XIX como un siglo policéntrico, con fronteras cronológicas inestables, que fluyen y varían.

La «historia global» hace que, de manera indirecta, la Primera Guerra Mundial sea un corte también para África. Porque es después de la gran guerra que Alemania perdió sus colonias en África —la Mittelafrika, como la llamaban los alemanes en la época—; eso radicalizó el nacionalismo Alemán hacia el pangermanismo y la colonización de Europa del Este. La transición de la Mittelafrika a la Mitteleuropa en la visión nazi es la consecuencia del impacto global de la Gran Guerra. Por lo tanto, no creo que los viejos criterios de periodización sean simplemente insignificantes. Lo que creo es que hay que repensarlos en un marco global: cuestionarlos, modificarlos e inscribirlos en contextos más amplios.

MM

Para terminar, le quiero preguntar qué piensa de la coyuntura actual, de los últimos dos años, con la pandemia. Como historiador, ¿cree que la crisis del COVID-19 es comparable a otros momentos bisagra en la historia, como pueden ser 1914, 1917, 1989?

ET

Si el momento actual se trata de un cambio histórico estará más claro en veinte años, no es algo que se pueda establecer hoy. Seguramente Europa no comprendió en 1922, cuando Mussolini fue nombrado jefe del gobierno, que empezaba un nuevo ciclo. 

La pandemia que afecta a todo el mundo con consecuencias económicas, con cambios antropológicos en la manera de vivir, de trabajar, que afectan jerarquías sociales y trastocan las desigualdades de nuestra sociedad, será recordada durante mucho tiempo, sin dudas. En términos de la crisis ecológica, por caso, una de las cuestiones fundamentales del siglo XXI, no percibo que la pandemia trastoque el paisaje. Podría pensarse como una etapa de suspensión. Nos han mostrado fotos aéreas del planeta y pudimos ver cómo desapareció la polución en Beijing cuando se reduce el consumo energético, o cómo el aire en el planeta mejora sin un tráfico aéreo de millones de viajeros todos los días.

Otro ejemplo: el proceso y las formas de trabajo. Algunos manifiestan que en 2020, con la pandemia, marca un cambio comparable a la transición del fordismo y posfordismo. Un tercio de la oficinas en Nueva York no serán reabiertas, porque ahora la gente puede trabajar desde su casa y eso limita mucho los gastos de las empresas. Esos son cambios que modifican nuestras experiencias. Trabajar desde casa implica formas de socialización diferentes, implica horarios y ritmos de trabajo diferentes, todo eso es cierto. Pero es demasiado temprano para decir que se trata de un cambio antropológico irreversible.

Mi impresión es que lo que hizo el COVID-19 en realidad fue acelerar procesos que ya estaban activos: desveló o aclaró tendencias estructurales. Por lo tanto, no veo un cambio radical, histórico, causado por la pandemia. Pero es una impresión, y por supuesto me puedo equivocar.

Sobre el entrevistador:

Martín Marinelli es doctor en Ciencias Sociales y Humanas y profesor de Historia en la Universidad Nacional de Luján (Argentina). Es uno de los coordinadores del Grupo Especial Revista Al-Zeytun / CLACSO «Palestina y América Latina» por el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (Universidad de Buenos Aires).

Raquel Rolnik es arquitecta y urbanista brasileña con más de cuarenta años trabajando como activista por los derechos humanos en la participación de políticas de planeamiento, urbanismo y el problema de la vivienda.

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Enfrentar lo que fuimos para poder ser lo que somos

El ala más conservadora del Partido Republicano ha encontrado en la Educación una veta para propulsar su agenda ultra y restringir la libertad de cátedra

 

La junta escolar del condado de McMinn, en Tennessee, ha prohibido que Maus, el archiconocido y multipremiado cómic de Art Spiegelman, se enseñe en sus aulas. La razón no es su contenido, la historia de Vladek Spiegelman, superviviente del Holocausto y padre del autor y, sobre todo, su relación con este, su memoria y legado familiar. El motivo esgrimido por los miembros de la comisión es que la obra incluye palabras malsonantes y desnudos, por lo que su contenido y forma –hablamos de un libro en el que los personajes son animales– no es apropiado para los estudiantes de octavo curso (13/14 años).

Casi todos los semestres de primavera enseño un curso sobre literatura y memoria. En él me paso un mes hablando del Holocausto y suelo dedicarle a Maus una semana, habitualmente más. Siempre me quedo corto. Es una obra complejísima que lidia con asuntos tremendamente peliagudos: antisemitismo y genocidio en primer lugar, racismo, persecuciones, xenofobia. Se mete de lleno en la problemática en torno a la condición de víctima: ¿serlo te convierte en buena persona? ¿Se puede ser un racista y superviviente del Holocausto al mismo tiempo? Expone el trauma del superviviente, mientras hace incursiones en la salud mental, el suicidio, las adicciones y las relaciones familiares. También habla sobre la gestión del éxito. Es un libro canónico en el campo de estudios de memoria en los cuales el Holocausto es parteaguas fundamental. Sobre Maus existe una inacabable bibliografía que trasciende la relativa a su propio medio. El cómic de Spiegelman ha dado pie a la articulación de conceptos teóricos importantes y extrapolables a otros campos como el de “post-memoria”, acuñado por Marianne Hirsch. Este describe la ambivalente relación que las generaciones posteriores mantienen con el trauma personal, colectivo y cultural de sus ancestros –padres, pero también abuelos–. Según Hirsch, estas experiencias ajenas serían recordadas únicamente por medio de la evocación de las historias, las imágenes y los comportamientos entre los que crecieron, pero han sido transmitidas a las siguientes generaciones de forma tan profunda y afectiva que llegan a constituirse en recuerdos propios.

Es un paraíso para los amantes de las metanarrativas al encarar cuestiones de carácter mediático y genérico. Cuando se publicó la primera parte en 1986 causó sorpresa, admiración y también indignación a partes iguales: cómo se atrevía Spiegelman a tratar el genocidio de seis millones de personas en algo tan banal como un cómic. De nuevo, la malentendida cita de Adorno sobre el acto de barbarie de concebir una poesía después de Auschwitz. Incluso Polonia se sintió apelada pues su antisemitismo y complicidad con la política nazi es explícita –la publicación y distribución de Maus en Polonia ha sido, como mínimo, accidentada, puesto que pone en evidencia la narrativa oficial del país como víctima del Tercer Reich. Cuando se completó en 1991, el propio autor escribió una encendida carta a The New York Times tras observar con estupor que el prestigioso diario había incluido su obra entre la lista de los títulos de “ficción”. El diario modificó su evaluación inicial. 

Los estudiantes adoran la obra de Spiegelman. Les parece densa, difícil, dura y con momentos de comicidad a partes iguales. Muchos acaban por identificarse con la historia de Art, verdadero protagonista del cómic, la hacen suya. Algunos de mis estudiantes son judíos, muchos otros de ascendencia polaca, la mayoría latinos que cargan historias familiares de desplazamiento forzado y violencias varias. 

Las reacciones a la decisión de una junta escolar en un condado de Tennessee del que nadie nunca antes había oído hablar no se hicieron esperar. Art Spiegelman la calificó de “orwelliana” mientras que Neil Gaiman, colega de profesión y uno de los guionistas más importantes del mundo del cómic, aseguró en su cuenta de Twitter: “Solo hay una clase de personas que votarían para prohibir Maus, como sea que se llamen a sí mismos estos días”.

Confieso que cuando leí la noticia me pareció evidente que ninguno de los miembros de la junta escolar del condado de McMinn había leído Maus. En mitad de la tormenta, la junta escolar se ratificó. No creo que tras esta decisión haya atisbo alguno de antisemitismo, sí creo que es un caso de puritanismo mal entendido; pero… Y este pero, en el contexto estadounidense actual, es uno muy largo y en mayúsculas. 

McMinn es un condado en el corazón del llamado cinturón bíblico de EE.UU. Es una zona de población abrumadoramente blanca y conservadora. Donald Trump se hizo con casi el 80% de los votos en las presidenciales de 2020. Lamentablemente el estereotipo se hace solo. Sin embargo, sería un error quedarnos solo en él.

Lo ocurrido es un síntoma más de las múltiples ramificaciones de eso que llamamos “guerras culturales” de las que EE.UU. no es escenario exclusivo sino vanguardia mundial. En realidad, esta situación ni es una guerra ni es nueva, pese a que algunos insisten en decir que está provocada por esa entelequia denominada “izquierda posmoderna y woke”. Según esta teoría, los activistas por los derechos de las minorías raciales, por la diversidad y libertad sexual y de género, las feministas “radicales” (no las no radicales, supongo) e intelectuales varios habrían llegado tan lejos en sus reivindicaciones y acciones –“cultura de la cancelación”, “corrección política”, ¡je!– que han acabado por provocar una reacción ultraconservadora. Esta línea de argumentación llena horas de tertulias, alimenta no pocas carreras editoriales, y cosecha reiterativas columnas en medios de todo color político y hasta premios.  

Algunos prefieren poner el grito en el cielo porque una universidad decida etiquetar como ofensiva y perturbadora la novela 1984 de Orwell –evidente, se trata de eso, de perturbar al lector, y no pasa nada porque nos lo adviertan–, sin reparar en que hay una diferencia clara entre avisar sobre un libro y directamente prohibir su lectura. La que hay entre que una legión de cuentas anónimas pida con mayor o menor virulencia figurada y mucho postureo la cabeza de alguien desde una plataforma de Internet y que la tradicional estructura de poder económico, político, mediático decida sobre todos y todo lo demás. Por alguna razón que (no) se me escapa, a los apóstoles de la cancel culture y la corrección política como amenazas a una versión de la libertad que solo existen en sus cabezas, les preocupa únicamente lo primero. 

Por cierto, número uno: en 1981, el distrito escolar del condado de Jackson, Florida, trató de purgar la novela de Orwell de su lista de lecturas escolares por considerarla “procomunista” (¡!) y contener “material sexual explícito”. Por cierto, número dos: igual que en el cine funcionó el Código Hays (1930-1967), también la industria del cómic estuvo bajo sospecha y fue sometida a un estúpido sistema de censura desde 1954 hasta que cayó hacia finales de los ochenta, mitad por abandono, mitad por la obra de autores como Art Spiegelman.  Pero aquí estamos, vendiendo la sensación de que nunca se había prohibido ni censurado tanto, incluso libros. 

Como nos enseñó Battlestar Galactica, todo esto ha pasado antes y volverá a pasar.

La profesora Kathy M. Newman, de la Carnegie Mellon University (Pittsburg), aseguraba hace unos días en un interesante hilo de Twitter que la persecución y prohibición de libros en Estados Unidos se da en cinco lugares principalmente: aulas, escuelas, distritos escolares, juntas escolares y bibliotecas públicas. La mecha casi siempre la prenden los padres. Newman recuerda que, en estos cinco lugares, las cazas de brujas casi siempre se manifiestan desprovistas de los “ismos” que todos conocemos. Rara vez se dice ‘prohibamos este libro porque el autor es negro’ o ‘prohibamos este libro porque el autor es gay’. Las objeciones tienen siempre naturaleza moral: si hay un “ismo” es el puritanismo. En su argumentación, esta profesora llega a dos conclusiones: las cazas de brujas de carácter editorial se despliegan por momentos políticos (Reagan en 1981; desde la presidencia de Trump, las más recientes); y los objetivos suelen ser aquellos libros escritos por autores pertenecientes a minorías y que tratan cuestiones de justicia social o derechos civiles

El mito del padre (policía) educador

Antes de que supiéramos siquiera colocar el condado de McMinn en el mapa, legisladores, padres y consejos escolares conservadores llevaban tiempo apuntando a los currículos escolares y los educadores estadounidenses, especialmente en la educación pública obligatoria. Se trataría, según los políticos más conservadores, de asegurarse de que los padres podamos decidir la educación de nuestros hijos. A simple vista, parece una aseveración lógica. Desde el punto de vista social y ciudadano, es una falacia. Desde el punto de vista puramente educativo, una aberración. El mito de la libertad mal entendida en una sociedad democrática llevado a las aulas. Como educador tengo una cosa clara: cuanto más lejos se mantenga a los padres de un currículo escolar y de una clase, mejor para sus hijos. Como padre, tengo otra: dejen a los educadores hacer lo que mejor saben, su trabajo. 

Detrás de toda esta cantinela pseudo libertaria y paternalista, el ala más conservadora del Partido Republicano ha encontrado una veta para propulsar su agenda ultra y restringir la libertad de cátedra. No es tanto la participación de los padres en la educación de sus hijos –necesaria y ya existente en muchos ámbitos– sino de imponer un conservadurismo cultural en todos los aspectos de la sociedad, por eso los estados republicanos son la vanguardia en toda esta estrategia.

Hay otra derivada importante: el objetivo es siempre el ya muy amenazado sistema público de educación, auténtica bestia negra del GOP y de todo el espectro más ultra, convencido históricamente de que bajo cada educador se esconde siempre un peligroso agitador, ateo, comunista y antiamericano.    

En Oklahoma, por ejemplo, el GOP ha presentado una ley que permitiría a los padres requerir la eliminación de “libros de naturaleza sexual” de las bibliotecas de las escuelas públicas. A nadie se le escapa, porque uno de los patrocinadores así lo ha reconocido, que el objetivo no es otro que cualquier libro que trate contenidos LGTBQ. Esta ley prevé multas y acciones disciplinarias contra aquellos empleados que no accedan a las demandas de los progenitores. Estados como Kansas, Pennsylvania o Georgia, entre otros, promueven legislaciones similares. El recién elegido gobernador de Virginia, Glenn Youngkin (PR), ha puesto a disposición de los padres una línea telefónica para que estos puedan denunciar a cualquier maestro que, a su juicio, enseñe contenidos “divisivos”, lo que convertiría a los menores en potenciales agentes de la Stasi de andar por casa.

En Texas, un candidato republicano a fiscal general del estado ha requerido a la Agencia de Educación de Texas (TEA) y varios distritos escolares información sobre una lista de 850 libros que considera sospechosos. Algunos distritos se han dado prisa en proceder con la purga de sus fondos. La mayoría de los libros incluidos en la investigación están escritos por mujeres, personas de color y autores LGTBQ. Entre los títulos están desde novelas como Las confesiones de Nat Turner, de William Styrom (Premio Pulitzer en 1967), a El Cuento de la criada, de Margaret Atwood. También a influyentes y premiados ensayos como Casta, de Isabel Wilkerson. Este último incide en algo ya conocido: cómo las Leyes de Nuremberg de la Alemania nazi se inspiraron, en buena medida, en el sistema de segregación racial puesto en práctica en EE.UU. tras el fracaso de la Reconstrucción en 1877, conocido como Jim Crow, y vigente hasta la década de los años sesenta del siglo pasado. 

Norteamérica contra sí misma 

El origen de este descontento debemos situarlo en el nuevo caballo de batalla de la ultraderecha estadounidense. La llamada Critical Race Theory (Teoría Crítica de la Raza) es lo que ha motivado que no pocos libros sobre la historia de la esclavitud y el racismo en Estados Unidos hayan sido purgados de planes de estudio y bibliotecas públicas por juntas escolares y padres –mayoritariamente blancos, pero también afroamericanos conservadores–, temerosos de que sus hijos vayan a salir de las aulas convertidos en poco menos que herederos de la banda Baader-Meinhof.  

Desde hace meses, las redes sociales nos enseñan videos de esas violentas juntas en donde padres enfurecidos acusan a los maestros de estar educando a sus hijos en el odio a América y a los blancos. Los portavoces mediáticos de la ultraderechista franja nocturna de Fox News, Tucker Carlson, Sean Hannity, Mark Levin o Laura Ingraham, no ha escatimado esfuerzos en extender la histeria. 

La realidad es que hay una distancia sideral entre lo que los conservadores dicen que se esconde detrás de la CRT y lo que en realidad es. Originada en la década de los años setenta, se atribuye su concepción a Derrick Bell, primer afroamericano en ser nombrado profesor titular de Derecho en la Universidad de Harvard. Según Bell, buena parte del sistema judicial estadounidense está diseñado desde su concepción para perpetuar la desigualdad y la discriminación racial de forma que los resultados se propaguen a todos los ámbitos de la sociedad: la economía, la cultura y la política. El término fue desarrollado en los últimos treinta años extendiéndose a todos los ámbitos académicos y a los estudios culturales como forma de abordar las desigualdades raciales.  Particularmente a la luz de las protestas encabezadas por el colectivo Black Lives Matter, la CRT –insisto, nada nuevo— pasó a la primera línea del debate público. Entre los teóricos más destacados de esta perspectiva académica se incluyen nombres como los de Richard Delgado, Alan Freeman, Kimberlé Crenshaw, Cheryl Harris, Charles R. Lawrence III, o Mari Matsuda. Pero en realidad, mucho de lo desarrollado por la CRT ya está en los escritos de históricos abolicionistas como Sojourner Truth o Frederick Douglass; de historiadores como W. E. B. DuBois y pensadores marxistas como Antonio Gramsci. Incluso en el propio Martin Luther King. 

Porque los mismos que califican a la Critical Race Theory de pseudo marxismo de carácter racista anti-blanco –como si esto último fuera incluso posible–, y anti americano, son los que corren rápido a colocar el I have dream de Martin Luther King en los timelines de sus redes sociales y en sus intervenciones públicas. Se trata de obviar que el hoy blanqueado y despolitizado activista escribió, sobre todo, cosas como esta: “Nuestra nación surgió de un genocidio cuando abrazó la doctrina de que el americano original, el indio (sic), era una raza inferior. Incluso antes de que los negros fueran traídos a nuestras costas en gran número, la cicatriz del odio racial ya había desfigurado la sociedad colonial. Desde el siglo XVI en adelante la sangre corrió en batallas por la supremacía racial. Somos quizás la única nación que ha convertido en cuestión de Estado la aniquilación de su población originaria. Además, hemos elevado esa trágica experiencia a la categoría de noble cruzada. De hecho, incluso hoy no nos hemos permitido rechazar o sentir remordimiento por este vergonzoso episodio. Es exaltado en nuestra literatura, nuestro cine, nuestro teatro y nuestro folklore”. (Why We Can't Wait, 1964, la traducción es mía). 

Más que una democracia, Estados Unidos es una aspiración inalcanzable. Los llamados Padres Fundadores nunca tuvieron en mente esa democracia de la que Estados Unidos hace gala a todas horas, sino más bien una oligarquía de terratenientes, hombres y blancos. Fue un escritor superdotado como Thomas Jefferson quien supo adornar el nacimiento de la nación con la mejor literatura. Desde entonces, la historia de este país es la lucha entre quienes quieren ver por fin esa democracia y quienes no. Siempre ganan los segundos. Si bien la ilusión democrática tiene su máxima expresión en los escalafones más bajos de la sociedad –un consejo escolar, por ejemplo–, se va disipando y estrechando a medida que ascendemos en su compleja estructura institucional. 

Decía el añorado Edward Said que “el modo en el que formulamos o representamos el pasado modela nuestra comprensión y perspectiva del presente”. Y al revés: solo desde una comprensión del presente podemos representar(nos) y entender(nos) el pasado. Acudo a Said, intelectual público y profesor de Literatura Comparada de la Universidad de Columbia, para señalar que lo que se está dirimiendo desde hace unos años en Estados Unidos –y en buena parte del mundo occidental, incluida España– es precisamente lo que reclamaba el Dr. King: una revisión crítica no tanto de sus historias nacionales como de las narrativas y perspectivas ideológicas desde las que fueron enunciadas. 

Esta batalla por el pasado –en constante reconstrucción– está dejando a la vista las costuras de Estados Unidos. Con la publicación en The New York Times, en 2019, del archiconocido The 1619 Project, como materialización final de un anticristo cultural, estados como Texas, Virginia, Mississippi, Georgia o Alabama, entre otros, van camino de aprobar o han aprobado ya leyes que buscan prohibir y, en ocasiones, perseguir la enseñanza de contenidos y narrativas que pongan en tela de juicio la literatura que narra la historia de EE.UU. como un camino sin apenas mácula hacia el éxito, y que en la narrativa estadounidense se consagra en la expresión a more perfect Union.

The 1619 Project, ampliado y hoy convertido en libro, supuso un terremoto más mediático que académico, pues muchas de sus tesis ya han sido ampliamente recogidas el mundo académico. Entre sus tesis principales estaban la de colocar el nacimiento de EE.UU. en el año de la llegada del primer grupo de esclavos a las costas de la actual Virginia. Situar la independencia del país más en el contexto de los intereses de los terratenientes blancos por proteger la institución de la esclavitud cuando ya el abolicionismo comenzaba a ganar terreno en la metrópoli, que en las ansias de independencia (discutible, pero no por ello no defendible; de hecho un buen número de los Padres Fundadores procedían de estados del Sur y eran dueños de esclavos). En definitiva, establecer una narrativa de la nación que pusiera a la esclavitud y las contribuciones y desafíos afrontados por la minoría afroamericana en el centro del desarrollo de la misma. El resultado de The 1619 Project no es perfecto, da pie a discusiones y matizaciones necesarias –obvia, por ejemplo, el componente de clase y sus intersecciones con la cuestión racial–, pero es un punto de partida importante y necesario en la esfera pública.

La historia como campo de batalla

La Administración de Donald Trump se puso a la cabeza del rechazo y la principal encargada del proyecto se convirtió en el blanco de las invectivas de la derecha. La respuesta fue la creación de una “comisión de expertos”, entre los que no había ni un solo historiador, encargados de redactar un alternativo The 1776 Report para “permitir que una nueva generación comprenda la historia y los principios de la fundación de los Estados Unidos en 1776 y se esfuerce por formar una Unión más perfecta”. Se presentó como una guía de principios que debían iluminar una historia de la nación “exacta, honesta, unificadora, inspiradora y ennoblecedora” en el seno de una “educación patriótica”. El resultado fue una compilación de carácter áureo que, entre otras cosas, calificaba la experiencia de la esclavitud de desafortunada mancha en una historia por lo demás intachable. Las críticas no se hicieron esperar. La American Historical Association emitió un comunicado desentendiéndose del documento, e historiadores de la talla de David Blight calificaron públicamente el documento de “pueril y políticamente reaccionario”.

La salida de Donald Trump de la Casa Blanca ha hecho que la oposición centre su estrategia en aquellos estados cuyos legislativos controla. A la vanguardia de esta ofensiva por apuntalar un único y áureo relato nacional se encuentran Texas, Florida o Mississippi. Este último estado aprobó hace unas semanas una ley que prohibía expresamente la enseñanza de CRT, no solo en la educación pública, sino en la universidad, lo que supone un salto cualitativo en la ofensiva reaccionaria. Teniendo en cuenta que se trata de Mississippi, uno se pregunta cómo de vergonzosa debe de ser tu historia para que sea necesario la aprobación de leyes que eviten su enseñanza. 

Según las posiciones más reaccionarias, no se trataría tanto de prohibir la enseñanza de la historia como de “evitar” traer al presente traumas del pasado ya “superados”, que causen “malestar” entre los estudiantes. Hay quien sostiene que simplemente están fortaleciendo la Ley de Derechos Civiles de 1964. Incluso algunos como Glenn Greenwald-santo-patrón-y mártir de la libertad están contraponiendo estas legislaciones anti-CRT a una supuesta espiral censora liberal no exclusiva al ámbito educativo y con respecto, por ejemplo, al creacionismo o al discurso antivacunas. (Aclaración: no existe tal ofensiva ni prohibición con respecto a la enseñanza de la versión bíblica de la creación como alternativa a la teoría de la evolución de las especies.)

“Siempre es mejor investigar la historia que reprimirla o negarla; el hecho de que Estados Unidos contenga tantas historias y que hoy muchas de ellas exijan ser atendidas no es de temer, porque estaban allí desde siempre. Desde ellas se creó una historia norteamericana, e incluso una escritura de la historia”, escribió Edward Said en Cultura e Imperialismo. La primera reacción a la ofensiva anti CRT de muchos maestros y profesores fue lógica y apaciguadora: no se enseña en las escuelas. Es solo una teoría académica, con puntos débiles como cualquier otra, nada más; su presencia se ciñe a la educación universitaria, fundamentalmente a la fase de estudios graduados. Esta estrategia fracasó inmersos como estamos en este neomacarthismo 2.0

Un simple vistazo a los textos legales en cuestión deja bastante claro de qué se trata todo esto. Un ejemplo es la ley de Florida, que más allá de centrarse en qué se puede o no enseñar, lo hace en la naturaleza de la historia y su enseñanza. Los legisladores de este estado, y sospecho que los de otros comparten esta perspectiva –insisto, miren a España y el auge de nuestro neoimperialismo–, consideran que la historia estadounidense es “factual” y no fruto de una construcción narrativa como consecuencia de su interpretación previa. De acuerdo con este punto de vista, nuestros estudiantes simplemente necesitan un relato en particular, deben ser reducidos a un papel de meros observadores pasivos en lugar participar activamente de todas las fuentes disponibles para desarrollar su pensamiento crítico. Se trata de aprender unos “hechos” inamovibles sobre los que ser evaluados a posteriori. Es la perspectiva que entiende la historia como una disciplina que ofrece una –y solo una– imagen fija del pasado. Una, sobra decirlo, que evite cualquier controversia con respecto a nuestro presente. Nadie pretende –al menos explícitamente– prohibir la enseñanza del Holocausto, de la esclavitud o de Jim Crow en bruto. Sí de limitar que se profundice en sus causas, los condicionantes que hicieron posibles esas situaciones y, sobre todo, su imbricación y permanencia en la configuración de nuestras actuales sociedades: solo serían fotografías viejas sin continuidad en su propio pasado ni en nuestro presente, superadas y olvidadas.  

“Los debates actuales sobre multiculturalismo difícilmente pueden llegar a convertirse en una ‘libanización’. Y si estos debates indican formas de cambio político, y también de cambio en el modo en que las mujeres, las minorías y los inmigrantes recientes se ven a sí mismos, entonces no hay por qué defenderse de ello ni temerlo. Lo que sí necesitamos es recordar que, en sus modos más definidos, los relatos de emancipación e ilustración son historias de integración, no de separación; historias de pueblos excluidos del grupo principal, pero que ahora están luchando por un lugar dentro de él. Y si las viejas ideas del grupo dominante no eran lo suficientemente flexibles o generosas como para admitir nuevos grupos, entonces estas ideas necesitan cambiar, lo cual es mejor que rechazar a los grupos emergentes”. Cuando Said escribió este párrafo en 1993, EE.UU., el mundo en general, pasaba por otra de esas guerras culturales que, como ahora, tampoco nunca habían ocurrido antes y, como ahora, también eran culpa de una izquierda posmoderna y woke. Aquel año el gran demonio se llamaba “multiculturalismo”. 

Alguien me ha preguntado estos días cuándo es el mejor momento para darle Maus a leer a un niño. He respondido lo mismo que siempre contesto con respecto a cualquier otro texto: en cuanto el niño sepa leer si le apetece leer, en este caso, Maus. Como señalaba el editor Andrew Karre, precisamente recordando una historieta del propio Spiegelman, la fiebre protectora para con los niños responde más a nuestras propias fobias que a sus miedos. 

Para Said, como para King y muchos otros, lo que llamamos historia es algo en constante revisión, de lo contrario no sería historia. Afrontarla de una manera constructiva significa hacerlo de una forma que solo puede ser crítica. Debemos, por tanto, dar entrada a aquellos relatos que nos permitan poder rechazar y hasta avergonzarnos de lo que fuimos para poder ser lo que somos. 

5/02/2022

Por Diego E. Barros, estudió Periodismo y Filología Hispánica. En su currículum pone que tiene un doctorado en Literatura Comparada. Es profesor de Literatura Comparada en Saint Xavier University, Chicago.

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