Segunda Declaración de La Habana: El día en que todo el mundo puso los ojos sobre Cuba

La Habana, Cuba, Territorio Libre de América. Febrero 4 de 1962. La Plaza está abarrotada. Es la mayor concentración popular desde que triunfó la Revolución tres años atrás. Un niño, sobre los hombros de su padre, mira a la tribuna con unos binoculares.

“Porque esta gran humanidad ha dicho ¡basta! y ha echado a andar”, dice el primer ministro Fidel Castro al finalizar la declaración. Poco antes había sentenciado allí mismo, frente a casi un millón y medio de cubanos: “En todo el mundo están puestos los ojos sobre nuestro pueblo en el día de hoy; los pueblos de todos los continentes están esperando esta respuesta de nuestra patria”.

El joven gobierno revolucionario había convocado a la Segunda Asamblea General Nacional del Pueblo para el 4 de febrero, luego de que Cuba fuera expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA), durante la VIII Reunión de Consultas de Ministros de Relaciones Exteriores de esa organización, celebrada en Punta del Este, Uruguay, entre el 23 y el 31 de enero de 1962.

En la cita de cancilleres, el gobierno de Estados Unidos utilizó como pretexto el vínculo de la Isla con naciones extracontinentales y lo incompatible del marxismo-leninismo con los principios del Sistema Interamericano, para promover nuevas sanciones económicas contra la Isla y cesar el comercio. Acusaban a Cuba de querer exportar su revolución, como si se tratara de una mercancía, pero “las revoluciones no se exportan, las hacen los pueblos”.

Mientras esto sucedía en Uruguay, en La Habana, el expresidente mexicano Lázaro Cárdenas junto al entonces senador chileno Salvador Allende y otras personalidades como Roque Dalton, Fabricio Ojeda, Pedro Mir y Jacobo Arbenz, inauguraron una Conferencia de los Pueblos a la par de la reunión de cancilleres de la OEA, con el objetivo de apoyar a la Revolución Cubana.

Con la mayoría mínima de catorce votos (dos de ellos comprados por Estados Unidos), en Punta del Este expulsaron a Cuba de la organización. El gobierno revolucionario –representado allí por el Canciller de la Dignidad, Raúl Roa, y el Presidente de la República, Osvaldo Dorticós– votó en contra de la resolución. Se abstuvieron Brasil, Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador y México. Con la excepción de este último país, todos los gobiernos de América Latina rompieron relaciones diplomáticas con La Habana.

¿Cuál fue la respuesta de Cuba?

En un contexto de transformaciones en el país, producto de la llegada al poder de un gobierno revolucionario hacía apenas tres años, y en medio de la constante injerencia de Estados Unidos para derrocar a la Revolución, se convocó a los cubanos a la Plaza.

El entonces primer ministro, Fidel Castro, presentó la Segunda Declaración de La Habana, aprobada por casi un millón y medio de cubanos que se encontraban allí. En el histórico documento se ratificó lo planteado en la Primera Declaración –también aprobada en consulta popular, el 2 de septiembre de 1960– en cuanto a la posición de Cuba ante la injerencia de Washington.

Hace 60 años, en aquella concentración popular en la Plaza de la Revolución, se condenó la ruptura de relaciones diplomáticas de los países miembros de la OEA –exceptuando a México– con la Mayor de las Antillas.

Un día antes de la Segunda Declaración de La Habana, como si fuera poco, el entonces presidente Kennedy firmó la Orden Ejecutiva Presidencial número 3 447, que establecía el bloqueo total del comercio entre Cuba y Estados Unidos.

La Segunda Declaración de La Habana reafirmó el carácter socialista y latinoamericanista de la Revolución Cubana.

Fieles a ese ejemplo, la #DiplomaciaRevolucionaria defiende en todos los escenarios, la soberanía y principios de nuestro pueblo.#TenemosMemoriapic.twitter.com/9WRHHoXwiU

Tanto la Segunda como la Primera Declaración de La Habana, y posteriormente la de Santiago de Cuba reflejaron la solidaridad y el internacionalismo como pilares fundamentales de la política exterior de la Revolución Cubana, así como el derecho de los pueblos a la libre autodeterminación y la vocación latinoamericanista de la nación. Dejaron claro que en el Caribe había una Isla rebelde.

Historiadores e investigadores refieren que el documento es, asimismo, expresión del ideario martiano vigente en el proceso revolucionario, al ser un texto antimperialista y de lucha por la libertad de los pueblos. Tanto es así que han pasado seis décadas y mucho ha cambiado, pero si hay algo incólume e irrenunciable es, sin que resulte manido, la soberanía e independencia del país. Quizás por eso los ojos del mundo siguen mirando a la Isla cada vez que ha hecho falta la respuesta de Cuba.

 

Libro relacionado

Fidel Castro Ruz. Segunda Declaración de La Habana

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Cartel en calles de La Habana, en imagen de archivo.Foto Afp

Apenas llegó al poder, intensificó la presión que había impuesto Eisenhower a Cuba // La CIA ya admitió el fracaso de esta política // Es un símbolo de "hostilidad perpetua": experto

 

Nueva York. Hace 60 años, el entonces presidente John F. Kennedy firmó una orden ejecutiva que impuso "un embargo sobre todo comercio con Cuba", medida que nació de una recomendación de política exterior de Washington de que la mejor manera para provocar un cambio de régimen en la isla era "generando hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno".

La orden ejecutiva conocida como Proclamación 3447 fue firmada por Kennedy el 3 de febrero de 1962 e implementada el 7 de febrero imponiendo un bloqueo "sobre todo comercio" que, seis décadas después, sigue vigente e incluso ha aumentado, a pesar de ser una política que la propia CIA en los años 80, y el gobierno de Barack Obama hace sólo ocho años, calificaron de fracaso, y que ha sido explícitamente reprobada por casi todos los países cada año en la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas.

Los documentos oficiales desclasificados que establecen esta política, una selección de los cuales fueron presentados ayer por el National Security Archive –organización independiente de investigaciones y documentación sobre política exterior de Estados Unidos–, demuestran que el propósito de un bloqueo total era generar "dificultades" y "desencanto" entre el pueblo cubano para minar su apoyo a la revolución, que era lo que más entorpecía los deseos de Washington de cambiar el régimen en La Habana.

De hecho, el famoso memorando elaborado por el subsecretario asistente de Estado para Asuntos Interamericanos Lestor Mallory, fechado el 6 de abril de 1960, resume el razonamiento oficial con que se desarrolló la política del bloqueo. El tema del memorando es "El declive y caída de (Fidel) Castro". Enumera consideraciones sobre el gobierno de la isla: que la mayoría de los cubanos apoyan a Castro; no hay una oposición política efectiva, la "influencia comunista" está creciendo dentro del gobierno; oposición "militante" a Castro desde el exterior "sólo serviría a su causa y a la comunista" y que dado todo esto “el único medio que se puede vislumbrar para enajenar el apoyo interno es a través del desencanto… basado en la insatisfacción y dificultad económica”.

El memorando de Mallory concluye que ante estas consideraciones "todo medio posible debería ser llevado a cabo cuanto antes para debilitar la vida económica de Cuba" a través de medidas como "negar dinero y suministros, reducir los salarios reales y monetarios, generar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno". Aunque se conocía este texto, el Archive por primera vez difundió una imagen del original (https://nsarchive.gwu.edu/sites/default/files/2022-02/Embargo1-Mallorymemo.pdf).

Eisenhower amplió las sanciones comerciales a Cuba en octubre de 1960, a pesar de su preocupación de que eso podría provocar una reacción adversa de México y también fomentar división en la Organización de Estados Americanos. Sus asesores sugieren eximir del embargo medicinas y alimentos para aplacar posibles posturas contrarias a la medida entre la opinión pública estadunidense

Pero no sería hasta febrero de 1961, apenas un mes después de que Kennedy llegó a la Casa Blanca, que se intensificó la presión política para ampliar el embargo comercial parcial de su antecesor. Su secretario de Estado, Dean Rusk, ofreció su evaluación sobre las implicaciones de imponer un bloque comercial total, concluyendo que prohibir importaciones de Cuba pondría en desventaja económica a Castro y sería superior a cualquier beneficio político que Castro podría lograr al acusar a Estados Unidos de agresión económica y la aplicación de medidas unilaterales.

Más aún, Rusk aseguró a Kennedy que un bloqueo "ofrecerá apoyo moral y alentará a aquellos que están resistiendo al régimen de Castro" y que era la mejor opción para minar al gobierno de la isla.

Poco más de 20 años después, en una evaluación extensa del impacto de sanciones económicas estadunidenses en el mundo, la CIA concluyó que después de dos décadas las sanciones estadunidenses contra Cuba "no han cumplido con ninguno de sus objetivos". En esa misma evaluación, la CIA señala que aunque en público Washington promueve su meta de "una Cuba realmente libre e independiente", el objetivo real siempre ha sido "remover a Castro del poder".

Según Peter Kornbluh, director del Proyecto de Documentación sobre Cuba del Archive, 60 años después "este embargo eterno se ha convertido en un símbolo perdurable de la hostilidad perpetua en la postura de Estados Unidos hacia Cuba".

La colección de documentos difundida ayer ofrece la evolución de esta política, desde el embargo parcial del presidente Dwight Eisenhower, hasta el bloqueo impulsado por Kennedy, así como modificaciones y maniobras de los siguientes presidentes y otros funcionarios desde Lyndon Johnson, Richard Nixon y Jimmy Carter. (Para ver la colección de los documentos y una cronología del bloqueo: https://nsarchive.gwu.edu/briefing-book/cuba/2022-02-02/cuba-embargoed-us-trade-sanctions-turn-sixty).

 

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Miércoles, 02 Febrero 2022 05:41

Personajes

Emile Zola

La literatura del siglo XIX y las disputas de poder

¿Se leerán en la actualidad las atractivas novelas del siglo XIX, esos prodigios de narración y de fantasía que parecían imprescindibles décadas atrás? Parece poco probable, Víctor Hugo, Dickens, Manzoni, Dumas, Melville, Balzac, Verne, Dostoievski parecen alejarse melancólicamente de esa candente curiosidad que, niños y adolescentes, nos hacía encerrarnos durante horas y días para devorar esos seductores mamotretos.

Para aquellos que las sienten como necesarias, o al menos inolvidables, la literatura en otras palabras, permanecen y hasta regresan, si no es fácil recordar las intrincadas tramas, es muy difícil que hayan desaparecido de una memoria colectiva, casi mundial, los nombres de ciertos personajes, Jean Valjean, Edmundo Dantés, El Capitán Ahab, Raskolnikov, Nemo, Margarita Gautier, Facundo, Fausto, Madame Bovary, Martín Fierro, ese ejército de seres inexistentes que pueblan la memoria de generaciones, la mía sin duda.

Pero, creo que una aclaración, y el excurso, es oportuna, porque no se sabe muy bien qué es un personaje en esa fabricación que es una novela; se podría decir que ésos que mencioné se distinguen, son personalidades y realizan acciones, representan a las personas, pareciera que si no se cuenta lo que hacen no se está contando nada, pero lo que entendemos por tal cosa no es un elemento más y obvio en las novelas: desde que se empezó a tratar de comprender la narración más allá de la representación se puede afirmar que es otra cosa, nada menos que el elemento concentrador por excelencia, el hilo unificador del impulso narrativo; tramas y situaciones importan pero unas y otras se encadenan en torno a él, el personaje es el “yo”, remite a la perduración, si desaparece desaparece el relato y la ilusión de una perduración de la vida misma; si bien narrar va más allá a lo que voy apuntando se queda en su forma y en lo que encarna, que es ahora lo que interesa.

Y, cerrando el excurso y volviendo a lo particular, pueden las novelas que contienen a los que mencioné estar perdidas en la sombra pero, sin embargo, lo mejor que les pasa es que siguen siendo objeto de lecturas mayores, no solamente infantiles, que hacen ver mucho más que lo que se ha perdido, en gran medida por lo que son sus personajes o por lo que los constituye, eso es lo inquietante. Sabemos que los personajes aparecen en las escrituras desde los tiempos más remotos, Dios mismo es personaje de una novela fundamental, son héroes, son seres comunes, lo que importa es su función y la carga de sentido que tienen puede ser tanta que se convierten en arquetipos que saltan de la literatura a la vida social, basta con mencionar como mero ejemplo al desajustado Quijote, al turbulento Hamlet, al avaro Harpagón, al hipócrita Tartufo, al seductor don Juan, a la insatisfecha Bovary y a tantos más para comprender esta afirmación. Eso está pero, yendo un poco más lejos, que hayan sido escritos en determinados momentos históricos sugiere que esas caracterizaciones resultan de sagaces miradas sobre la sociedad, lo cual repone la cuestión nunca del todo respondida acerca de cómo, porque de alguna manera lo hace, lo que recorre a una sociedad altera el imaginario de los escritores que vuelcan en los personajes transformándolo, en el fondo todo personaje es como el mítico Gólem, un ser de barro que sólo se mueve por la palabra.

Pero en la manera de amasar ese barro está la sociedad: sólo por recuperar los mencionados se podría pensar que la que transmitía sus pulsiones era o se creía de una solidez que podía parecer eterna, la feudal o posfeudal, pero apunta en ella un comienzo de transformación, lo feudal se está corrompiendo, lo burgués se está expresando y aspira al poder.

Y eso, por supuesto, incide en el imaginario de los grandes novelistas, la narrativa se va haciendo cargo, el individuo impone su soberanía, el personaje de las novelas ya no es arquetípico sino lo más parecido posible a ese individuo, sus pasiones y sus cualidades y las dificultades que tiene para llegar a ser, lo que le cuesta, el precio que paga, sus tentativas, sus derrotas y sus triunfos.

Puede decirse, si consideramos no sólo lo que esa nueva sociedad quiere sino también el pensamiento que adopta, que en la literatura del siglo XIX poner el acento en el personaje, héroe triunfante de enrevesados conflictos, es una emergencia del romanticismo para el cual el individuo es lo central, idealizado por un lado, base del sistema por otro. Pero lo que me parece indiscutible es que la representación de personajes en esa extraordinaria narrativa, incluido el teatro, y el “yo” en la lírica, y en la pintura el retrato –que ya había expresado una relación semejante en el Renacimiento, que homenajeaba a los próceres de la nueva riqueza comercial-, puede verse como una respuesta a fuerzas sociales y a su creciente poder. Modo de ver que algo le debe a la sociología.

En lo que atañe a la gran narrativa del siglo XIX, si se la ve en una panorámica, no es difícil advertir que en parte su conjunto se inscribe entre dos mundos que se enfrentan. Uno es enemistoso, persecutorio y cruel, lleno de miserables que se aprovechan de otros seres o en el que navegan como en tierra propia repugnantes perdularios que explotan a huérfanos sin piedad, o rencorosos perseguidores de débiles y menesterosos, atropellados por una justicia que, no es difícil verlo, está al servicio de poderosos, pocas veces rescatando, siempre castigando, más que en la actualidad, es cierto, pero ahí vamos: ¿no es un lugar común que poca gente en nuestro país cree que la justicia es equidistante y sabia, fiel ejecutora de las leyes y los códigos? ¿No son más, muchos, los convencidos de que jueces limpios y probos son perseguidos y castigados por los peores que, temible casualidad, son los que tienen más poder?

Enfrentándolo, está ese otro mundo, fuertemente deseable en ese acervo narrativo, que, si se mira bien, no sería otro que la imagen de una burguesía protectora y prometedora, en la que priman valores, buenas costumbres y modales, generosa y hasta tierna, que quiere creer que es la dispensadora de las “grandes esperanzas” (que tendrían los perseguidos, los hambrientos, los desposeídos), como titulaba Dickens una de sus novelas.

Pero, como consideración al margen, aunque este mundo no es estrictamente hablando el paraíso en la tierra es presentado casi invariablemente como tierra socialmente prometida, sin origen, a sabiendas de que no a todos podía estarles destinada la posibilidad de pertenecer a él: “pobres habrá siempre”, es el título de una novela de Luis Horacio Velázquez, lo que quiere decir que ricos también, unos usufructúan y otros trabajan para que aquellos puedan usufructuar sin culpas, ésa es la amarga verdad. Como Víctor Hugo o Dickens, Engels piensa que eso no es justo, su padre cree que lo es sin discusión. Dicho sea de paso, es en ese ámbito, en el seno mismo de la familia, que se empieza a expresar esa contradicción, por un lado son burgueses que pueden ser generosos y caritativos pero nunca renuncian a lo que consideran suyo y bien ganado; de ellos, inesperadamente, brotan los disidentes que enjuician a la burguesía y, por fin, muchos, muchísimos, el ejército de los que no lo son, la aceptan sin pensarlo, en el mejor de los casos entrar en ese oprimente mundo es lo más que tratan de obtener, correlativamente al abandono de la idea de combatirlo o a la lucha por valores deseables pero que parecen propiedad privada, como tantas cosas, de los burgueses o, mejor dicho y precisando los términos, de las burguesías.

Esos personajes son presentados como víctimas del peor lado del sistema: escarnecidos, oprimidos, explotados, perseguidos. En un comienzo pareciera que siempre será así, podrían ser los “condenados” de los que hablaba Fanon, pero es como si se depositara sobre ellos el dedo de Dios y decidiera que otro destino los estuviera aguardando. Y, de una manera extraordinaria, pasan a integrar un orden que previamente parecía ser inalcanzable: Jean Valjean llega a ser un fuerte empresario, Edmund Dantes recibe un tesoro que lo convierte en Conde, Oliver Twist es protegido por excelentes burgueses, hay muchos más, los narradores los rescatan pero no los asimilan al bando de la perversidad que constituye la esencia del sistema que los había marginado y perseguido. Resolución de alta moralidad, lo que llamaba el sistema tiene su costado positivo, acaso, en esas felicísimas novelas, la lucha de clases no tiene ninguna posibilidad, está condenada al fracaso: Zola de alguna manera lo está si no diciendo imaginando ¿Será lo que dijo Marx invocando a Balzac? 

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Jueves, 27 Enero 2022 05:05

Para comprender el pentecostalismo (I)

Para comprender el pentecostalismo (I)

El pentecostalismo es un mundo y su comprensión es compleja. La presencia del movimiento en tierras latinoamericanas se inició hacia finales de la primera década del siglo XX. Por distintos factores se mantuvo invisibilizado fuera de sus adeptos, y hasta medio siglo después comenzó a concitar interés de algunos investigadores de las transformaciones religiosas/sociales en América Latina.

Eldin Villafañe hace una valiosa síntesis histórica y teológica del pentecostalismo latino en su libro Manda fuego, Señor: introducción al pentecostalismo (Abingdon Press, 2012). Él es puertorriqueño, doctor por la Universidad de Boston, profesor de ética social cristiana en el seminario teológico Gordon-Conwell y ministro ordenado por las Asambleas de Dios, la mayor denominación pentecostal del mundo. Ha sido presidente de la Society for Pentecostal Studies. Villafañe dice que son pentecostales "aquellos cristianos que ponen el acento en el poder y la presencia del Espíritu Santo, y los dones del Espíritu, orientados hacia la proclamación de que Cristo Jesús es Señor para la gloria de Dios Padre", por esto el contraste principal entre los pentecostales y otros cristianos "es el distintivo énfasis pentecostal en la persona, la obra y los dones del Espíritu".

La clasificación tipológica de los pentecostalismos desarrollada por Vinson Synan –su obra The Holiness/Pentecostal Tradition. Charismatic Movements in the Twentieth Century es central para conocer las raíces históricas y teológicas del pentecostalismo– la condensa Villafañe, y describe cinco grandes familias: 1) movimientos pentecostales clásicos, cuyos orígenes se remontan a las enseñanzas de Charles F. Parham (Topeka, 1901) y William J. Seymour (Azusa Street, Los Ángeles, 1906); "aquí se deben incluir otras iglesias que son producto del comienzo policéntrico del pentecostalismo global"; 2) protestantes históricos carismáticos (neopentecostales), "este grupo representa al movimiento carismático dentro de las denominaciones tradicionales que comenzó alrededor de 1960"; 3) los católicos carismáticos, son los de la renovación carismática que se han apropiado de buena parte de expresiones cúlticas pentecostales; 4) los grupos independientes, iniciados por personajes carismáticos que no se articulan con el pentecostalismo clásico, sino que dan origen a lo que tiempo después será una nueva denominación, y 5) grupos autóctonos del llamado Tercer Mundo, son "los movimientos pentecostales de mayor crecimiento en el mundo", sin relación con juntas misioneras occidentales, y "practican formas de teología y adoración pentecostales no ortodoxas".

Un punto a destacar es que el movimiento pentecostal tiene, prácticamente desde sus inicios, un fuerte componente de participación endógena en su enraizamiento y difusión. Aunque en el protestantismo histórico que se asentó en la geografía latinoamericana hubo también el componente endógeno, en el origen de las iglesias pentecostales el activismo autóctono fue notablemente mayor.

Tal vez la corriente dominante en la familia pentecostal sea el neopentecostalismo. Entre el primero hay rasgos comunes, pero también énfasis distintos que identifican Miguel Ángel Mansillas y Mariela Mosquera en la introducción del volumen que coordinaron ( Sociología del pentecostalismo en América Latina, RIL Editores, 2020, p. 49): "A diferencia de los pentecostalismos clásicos que se asemejan más a los modelos culturales tradicionales (pescadores artesanales, comunidades indígenas, comunidades de artesanos, campesinos, sindicatos, etcétera), el modelo neopentecostal es empresarial y massmediático. Se trata de una variante destinada a los sectores medios y altos y por eso incorpora sus códigos, estilos y prácticas. A diferencia del pentecostalismo clásico que se autoidentificaba con el apoliticismo, el neopentecostalismo brega por participar en política y transformar todas las esferas sociales y culturales. Sus discursos se relacionan con el evangelio de poder y la prosperidad".

Los mismos autores señalan un acercamiento prejuiciado que estigmatizó a los pentecostales, y prestó escasa atención tanto a las condiciones en que fue incubándose como a las razones de los conversos para adoptar una nueva identidad religiosa. Mansilla y Mosquera le llaman "pentecosfobia", caracterizada por "la generalización que los cientistas sociales han construido y reproducido sobre los pentecostales como sujetos dóciles, pasivos e indiferentes a la realidad social y política del país". Podríamos agregar el señalamiento, por parte de los guardianes del deber ser identitario, de que son ajenos a la idiosincrasia ­nacional.

Comprender no es lo mismo que hacer a un lado la capacidad crítica, tampoco incluye estar de acuerdo con el corpus de propuestas del movimiento pentecostal. Comprender es, me parece, intentar entender la lógica y dinámica de una expresión religiosa a la que se han convertido millones de ­latinoamericanos.

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Miércoles, 26 Enero 2022 05:14

La ruta del crack comienza en la CIA

La ruta del crack comienza en la CIA

El informe del entonces senador John Kerry contenía algunas pistas vinculando la CIA con el tráfico de drogas.

La CIA afirma que cualquier historia que la relacionara con la explosión de la cocaína en los años 80 es una calumnia conspiratoria. Pero las pruebas de su complicidad están todas en los expedientes del Congreso. Esto es lo que sabemos:

La CIA pensó que había enterrado una historia sórdida con la muerte del reportero del Mercury News de San Jose, Gary Webb. Webb había pasado años documentando el tráfico de crack en Estados Unidos y la complicidad de la agencia de inteligencia en el mismo, y se quitó la vida en 2004 después de que su serie de reportajes «Dark Alliance», de 1996, fuera objeto de un intenso escrutinio por parte de los pesos pesados del periodismo estadounidense, como el New York Times, el Washington Post y Los Angeles Times.

Desgraciadamente para los jefes de la inteligencia estadounidense, las acusaciones de Webb y otros periodistas continuaron prendiendo en la cultura popular, donde la oportunidad de combinar dos arquetipos cinematográficos, el espía y el gángster, parece irresistible. Varias películas de Hollywood, como el biopic de Webb Kill the Messenger (2014) y American Made (2017), con Tom Cruise como el piloto de la CIA Barry Seal, han ayudado a mantener las acusaciones en la conciencia pública.

El mismo año en que se estrenó Kill the Messenger, la Agencia Central de Inteligencia publicó un artículo previamente clasificado de 1997 de su revista interna titulado «Managing a Nightmare: CIA Public Affairs and the Drug Conspiracy Story» (La gestión de una pesadilla: los asuntos públicos de la CIA y la historia de la conspiración del narcotráfico). Su autor, Nicholas Dujmovic, describió la controversia como un síntoma de la creciente «desconfianza pública en el gobierno», con la CIA como un espectador inocente atrapado entre fuego cruzado: «En estos tiempos, incluso las alegaciones más fantásticas sobre la CIA —como el asesinato de JFK, el encubrimiento de OVNIS o la importación de drogas a las ciudades de Estados Unidos— resonarán e incluso atraerán, a gran parte de la sociedad estadounidense».

Según Dujmovic, el asunto de la «Alianza Oscura» («Dark Alliance») había «seguido en gran medida su curso», dejando a los agentes de inteligencia lamentando el «escaso aprecio público de su dedicación y duro trabajo» entre la ciudadanía estadounidense:

En última instancia, la historia de la CIA y las drogas dice mucho más sobre la sociedad estadounidense en vísperas del milenio que sobre la CIA o los medios de comunicación. Vivimos en tiempos un tanto toscos y emocionales, en los que un gran número de estadounidenses no adhieren a los mismos estándares de lógica, evidencia o incluso discurso civilizado que los practicados por los miembros de la comunidad de la CIA.

Afortunadamente, hubo excepciones a esta regla. Dujmovic atribuyó a «una base de relaciones ya productivas con los periodistas» el haber ayudado a «evitar que esta historia se convirtiera en un desastre sin paliativos» mientras la agencia daba a conocer su versión de los hechos: «Durante los primeros días, los portavoces de la CIA recordaban a los periodistas que la serie no representaba ninguna noticia real, ya que en los años ochenta se hicieron acusaciones similares que fueron investigadas por el Congreso y se comprobó que no tenían fundamento».

El informe Kerry

Aunque no lo mencionó por su nombre, Dujmovic solo puede haberse referido a un informe publicado en 1989 por el senador de Massachusetts John Kerry y su equipo tras una investigación del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Si la CIA considera realmente que el informe del Comité Kerry es una exoneración de su historial, resulta difícil saber qué podría considerar como una acusación.

Aunque Kerry no encontró pruebas de que los jefes de la CIA hubieran orquestado deliberadamente la venta de drogas en ciudades estadounidenses, sus conclusiones siguen siendo condenatorias:

Está claro que los individuos que proporcionaron apoyo a los Contras estaban implicados en el tráfico de drogas, la red de suministro de los Contras fue utilizada por organizaciones de narcotraficantes, y elementos de los propios Contras recibieron a sabiendas ayuda financiera y material de los narcotraficantes. En cada caso, una u otra agencia del gobierno de los Estados Unidos tenía información sobre la participación, ya sea mientras se estaba produciendo o inmediatamente después.

El informe citaba el testimonio del jefe del Grupo de Tareas de la CIA en América Central, Alan Fiers, sobre los vínculos entre los Contras y el contrabando de drogas: «No se trata de un par de personas. Es mucha gente». Refiriéndose a un destacado líder de la Contra, Edén Pastora, Fiers fue igualmente sincero: «Sabíamos que todos los que rodeaban a Pastora estaban involucrados en la cocaína».

El patrón de complicidad no empezó ni terminó en Langley. Los funcionarios del Departamento de Justicia seguían negando las acusaciones en 1986, señala el informe, a pesar de que el FBI ya tenía en su poder «información significativa sobre la participación de narcotraficantes en las operaciones de la Contra». Por su parte, el Departamento de Estado había «seleccionado cuatro empresas propiedad de narcotraficantes y operadas por ellos para suministrar asistencia humanitaria a los Contras». Todavía estaba haciendo negocios con una empresa, Diacsa, seis meses después de que sus directores fueran acusados de contrabando de cocaína y lavado de dinero.

Los exiliados cubanos de derecha, con fuertes vínculos con el gobierno estadounidense, especialmente con la CIA, habían estado muy involucrados en el apoyo a los Contras: «Su ayuda, que incluía suministros y entrenamiento, fue financiada en parte con dinero de la droga». El comité de Kerry descubrió que el mayor grupo de la Contra, la Fuerza Democrática Nicaragüense, «sí movió fondos de la Contra a través de una empresa de tráfico de drogas y una operación de lavado de dinero». Este tipo de actividad era un secreto a voces en los círculos gubernamentales:

Los funcionarios estadounidenses implicados en la asistencia a los Contras sabían que los contrabandistas de drogas estaban explotando la infraestructura clandestina establecida para apoyar la guerra y que los Contras estaban recibiendo ayuda derivada del tráfico de drogas. En lugar de denunciar a estas personas a los organismos de seguridad correspondientes, parece que algunos funcionarios pueden haber hecho la vista gorda ante estas actividades.

El diario del funcionario de la administración Reagan, Oliver North, fue redactado en gran medida antes de las audiencias de Irán-Contra, pero todavía contenía anotaciones como «El DC-6 hondureño que se está utilizando para las salidas de Nueva Orleans probablemente se está utilizando para el tráfico de drogas en los EE. UU.» de agosto de 1985. El dictador panameño Manuel Noriega también se benefició de la indulgencia de Washington, como señalaba el informe: «Todas las agencias del gobierno estadounidense que tenían relación con Noriega hicieron la vista gorda ante su corrupción y tráfico de drogas, incluso cuando se estaba convirtiendo en un actor clave en nombre del cártel de Medellín».

Hacer la vista gorda

Las conclusiones del informe de la Comisión Kerry respaldan ampliamente las acusaciones de que la CIA facilitó, al menos indirectamente, el tráfico de drogas. Incluso el inspector general de la agencia, Frederick Hitz, confirmó a regañadientes la idea general de la acusación de «hacer la vista gorda»: «Hay casos en los que la CIA no cortó de forma expeditiva o coherente las relaciones con individuos que apoyaban el programa de la Contra y que supuestamente habían participado en actividades de tráfico de drogas, ni tomó medidas para resolver las acusaciones».

Llegados a este punto, podríamos imaginar las citas pertinentes de Hitz o del informe Kerry, pero con las letras «KGB» en lugar de «CIA». Si los agentes de inteligencia soviéticos hubieran mostrado un historial similar de connivencia con los narcotraficantes que introducían toneladas de cocaína en Estados Unidos, no nos habríamos preguntado si se propusieron deliberadamente fomentar una catástrofe social o simplemente no les importaba lo que ocurriera al otro lado de sus cadenas de suministro cuidadosamente construidas.

Dicho de otro modo: cuando bancos como Wachovia y HSBC han tenido que pagar multas masiva —1900 millones de dólares en el caso del HSBC— por ayudar a los cárteles mexicanos a blanquear sus beneficios, nadie ha intentado defenderlos alegando que solo querían ganar dinero y que solo trataban con los cárteles porque esos grupos tenían mucho.

Entonces, ¿cómo es posible que «Managing a Nightmare» se refiera con tanta seguridad a la «historia de la conspiración de la CIA contra el narcotráfico» como una fábula desacreditada que se parece más a The X-Files que a All The President’s Men? Dujmovic se declaró gratamente sorprendido por el historial de los medios de comunicación estadounidenses: «La profesión periodística tiene la voluntad y la capacidad de hacer que sus propios miembros cumplan ciertas normas». Los miembros del personal de Asuntos Públicos de la CIA no tardaron en «recibir llamadas de diversos reporteros que se mostraban escépticos ante las acusaciones y que planeaban escribir artículos que pusieran en duda la serie del Mercury News».

Gatekeepers

En un artículo de 1997 para Columbia Journalism Review, Peter Kornbluh adoptó una visión mucho más áspera del historial de sus colegas. Como señaló Kornbluh, había una larga historia de control de acceso en este campo, que se remontaba a la publicación del informe Irán-Contra en noviembre de 1987:

Cuando un reportero de investigación se levantó para preguntar al abogado principal de los comités si los legisladores habían encontrado alguna conexión entre los contras y el contrabando de drogas, un corresponsal del New York Times le gritó burlonamente desde el otro lado del pasillo: «¿Por qué no haces una pregunta seria?»

Cuando el equipo de John Kerry publicó su propio informe dos años después, la respuesta de los principales medios de prensa «constituyó poco más que un bostezo colectivo (…) el Washington Post publicó un breve artículo en la página 20 que se centraba tanto en las luchas internas del comité como en sus conclusiones; el New York Times publicó un breve artículo en la página 8; Los Angeles Times publicó un artículo de 589 palabras en la página 11». Los mismos periódicos dedicaron mucho más espacio a desmontar la serie de Gary Webb en el Mercury News siete años después.

Fueron Webb y sus editores quienes finalmente pusieron el tema en la agenda de las noticias en 1996, ayudados por el auge de Internet y por las emisoras de radio alternativas que amplificaron (y a veces embellecieron) las principales afirmaciones. Los principales periódicos de Estados Unidos se dedicaron entonces a desmontar la historia de Webb, en particular Los Angeles Times, que asignó un equipo de diecisiete reporteros a la tarea. Uno de sus miembros lo describió con agudeza como el «equipo para atrapar a Gary Webb».

Inevitablemente, pudieron encontrar algunos agujeros en los artículos del Mercury News. Informar sobre la actividad de las bandas criminales, los grupos paramilitares y las agencias de inteligencia no es como informar sobre el Capitolio: los actores principales se esfuerzan por cubrir sus huellas, dejando importantes lagunas en el registro documental, y las pruebas individuales a menudo estarán abiertas a múltiples interpretaciones.

Aun así, algunas de las «correcciones» publicadas por Los Angeles Times eran mucho más dudosas que el informe original de Webb. Uno de los artículos acusaba a Webb de inflar groseramente el papel de «Freeway» Rick Ross, un narcotraficante de Los Ángeles que también aparece en el documental de 2021 Stanley Nelson Crack: Cocaine, Corruption & Conspiracy. Según el Times, Ross era realmente una figura menor, sin mayor trascendencia en la historia del crack. Sin embargo, tres años antes había publicado un artículo en el que se afirmaba precisamente lo contrario, con un titular de uno de los mismos reporteros: «Si hubo un ojo de la tormenta, si hubo un cerebro criminal detrás del reinado del crack durante una década, si hubo un capitalista fuera de la ley más responsable de inundar las calles de Los Ángeles con cocaína comercializada en masa, su nombre fue Freeway Rick».

La mayoría de las refutaciones en los medios de comunicación estadounidenses se referían en realidad a una acusación que Webb no había formulado, pero que no tardó en generalizarse en las comunidades afroamericanas: la CIA no solo había hecho la vista gorda ante el tráfico de drogas, sino que en realidad había fomentado la proliferación del crack como parte de una estrategia deliberada para hacer retroceder los logros políticos de los años sesenta y setenta. Era perfectamente comprensible, después de las experiencias de COINTELPRO, Reaganomics y el encarcelamiento masivo, que muchos negros estuvieran dispuestos a creer tales acusaciones. Incluso si las pruebas no apoyan la versión fuerte de esta tesis, la verdad bien documentada es apenas menos condenatoria.

En noviembre de 1996, el director de la CIA, John Deutch, aceptó dar la cara en una reunión comunitaria en el barrio de Watts, en Los Ángeles. En la víspera de su comparecencia, Kornbluh resumió el dilema de la agencia:

Para contrarrestar las acusaciones extremas de que la CIA eligió comunidades de color para la distribución de crack con el fin de financiar la guerra de la Contra, Deutch debe admitir una verdad diferente, pero igualmente escandalosa: la disposición de los funcionarios de seguridad nacional a conspirar con los traficantes de droga simplemente porque tenían una contribución que hacer a la guerra encubierta contra la Nicaragua sandinista. Dependerá de Deutch convencer a los que han sufrido este escalofriante conjunto de prioridades de la Guerra Fría de que la CIA está ahora comprometida con la prevención de la criminalización de la doctrina de seguridad nacional.

Perspectivas positivas

La historia de la «Alianza Oscura» captó la imaginación del público por su relevancia para un problema social catastrófico en los propios Estados Unidos. Pero el vínculo entre la política exterior estadounidense y el narcotráfico no empezó ni terminó con Centroamérica en los años ochenta. Las operaciones clandestinas fomentan este tipo de empresas del mismo modo que los pantanos fomentan la malaria. En la década de 1950, la CIA envió armas a los anticomunistas señores de la guerra chinos que habían cruzado al norte de Birmania, lo que les permitió hacerse con su propia porción de territorio. Los señores de la guerra empezaron a cultivar opio para financiar sus actividades, y así nació el Triángulo de Oro.

Robert Oakley, embajador de Estados Unidos en Pakistán entre 1988 y 1991, se quejó de que la estación local de la CIA trabajaba mano a mano con los líderes muyahidines afganos que estaban muy involucrados en el comercio de narcóticos, incluso después de la retirada de las tropas soviéticas:

Pedí constantemente a la estación que obtuviera información sobre este tráfico de sus fuentes dentro de Afganistán. Negaron que tuvieran fuentes capaces de hacerlo. No podían negar que tuvieran fuentes, ya que estábamos obteniendo información sobre armas y otros asuntos. Incluso planteé el asunto a [el jefe de la CIA] Bill Webster. Nunca obtuve una respuesta satisfactoria. Nunca pasó nada.

Entre los socios elegidos por Langley se encontraba el futuro aliado de los talibanes, Gulbuddin Hekmatyar.

El informe Kerry relacionaba las prácticas que documentaba en América Latina con el entorno más amplio de la Guerra Fría: «las operaciones de los cárteles se han visto con demasiada frecuencia como un complemento de lo que se ha percibido como la cuestión más importante del conflicto Este-Oeste en la región». Poco después de la aparición del informe, cayó el Muro de Berlín, pero la «criminalización de la doctrina de la seguridad nacional» ha seguido estando muy presente en las últimas tres décadas.

La relación de Estados Unidos con el presidente colombiano Álvaro Uribe ofrece un ejemplo sorprendente. Durante su primer mandato, Uribe promulgó la llamada «Ley de Justicia y Paz», que concedía una amnistía a los líderes paramilitares de derecha que habían matado a muchos miles de civiles colombianos. Los tribunales colombianos dictaminaron posteriormente que los términos de la ley eran inconstitucionales. Los jefes paramilitares, que ahora se enfrentaban a la posibilidad de ser encarcelados, sintieron que Uribe les había traicionado, y estaban a punto de empezar a hablar libremente sobre su largo historial de connivencia con sus actividades.

Afortunadamente para Uribe, tenía amigos en Washington dispuestos a ayudarle a salir de una situación complicada. Los paramilitares eran buscados por delitos de narcotráfico en Estados Unidos, pero Uribe se había negado hasta entonces a extraditarlos. De repente, cambió esa política y los sacó del país de la noche a la mañana para que ningún juez colombiano pudiera intervenir. Personajes infames como Salvatore Mancuso pasaron ahora a manos de las autoridades estadounidenses.

Una investigación del New York Times de 2016 encontró algunas irregularidades extraordinarias en el manejo de sus casos:

Los líderes extraditados en masa habrán cumplido una media de 10 años como máximo por conspiraciones de drogas que implicaban toneladas de cocaína. En comparación, los presos federales condenados por tráfico de crack —en su mayoría traficantes callejeros que vendieron menos de una onza— cumplen una media de poco más de 12 años de prisión (…) Se les trató como si fueran delincuentes por primera vez a pesar de sus amplios antecedentes penales en Colombia, y se les acreditó el tiempo que habían cumplido allí a pesar de que la justificación oficial de su extradición era que estaban cometiendo delitos en las cárceles colombianas.

Los funcionarios jurídicos estadounidenses que se ocuparon de los casos de estos hombres, ninguno de los cuales llegó a juicio, no tuvieron reparos en expresar su admiración y respeto por los narcos. Uno de los jueces describió al hombre al que estaba sentenciando como «sustancialmente diferente» de los señores del crimen comunes y corrientes, ya que utilizaba el dinero del narcotráfico para ayudar a financiar una guerra contra la izquierda colombiana: «se dedicaba a una actividad que tenía algunas perspectivas positivas». Un fiscal federal de narcóticos fue igualmente generoso en su valoración: «Claramente, hicieron algunas cosas desagradables. Pero, ya sabes, era una guerra civil allí. Siempre he querido creer que si me pusieran en la misma situación, habría hecho las cosas de otra manera. Pero no lo sé».

Desde cualquier punto de vista racional, el hecho de que los líderes paramilitares utilizaran sus beneficios del narcotráfico para pagar una campaña de asesinatos en masa debería haber sido un factor agravante, que diera lugar a sentencias más duras.

Las oscuras alianzas que contribuyeron a fomentar una calamidad social durante los años 80 y 90 encajan en un patrón mucho más amplio. Existe un abismo entre la «seguridad nacional», tal como la interpretan agencias gubernamentales como la CIA, y la seguridad real de los ciudadanos estadounidenses. En nombre de la protección de la patria y de la seguridad de su población, estos organismos han aplicado sistemáticamente políticas que aumentaron los peligros que se suponía debían combatir.

El trabajo de reporteros como Gary Webb puso de manifiesto esa realidad para todos los que sufrieron directa o indirectamente la explosión de la adicción al crack y la criminalidad violenta que la acompañaba. La pesadilla de las relaciones públicas de la agencia de inteligencia era la sombra que proyectaba una pesadilla real en los barrios humildes de todo Estados Unidos.

Por Daniel Finn | 26/01/2022

Daniel Finn: Editor de Jacobin Magazine y autor de One Man’s Terrorist: A Political History of the IRA (Verso, 2019).

Fuente: https://jacobinlat.com/2022/01/23/la-ruta-del-crack-comienza-en-la-cia/?mc_cid=d0d4794333&mc_eid=a22595803c

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Lunes, 17 Enero 2022 05:37

De espectros y vencidos

De espectros y vencidos

 

Tres espectros se encontraron en Colombia en la conmemoración de los cinco años de la firma de los acuerdos de paz, a finales de 2021. Un primer espectro viene del pasado y llegó como un comentario reiterado de los ex combatientes de las FARC: "¿Y todos los que cayeron en esta guerra?¿Los muertos que dieron su vida para terminar en esto?". La primera vez que lo escuché fue con un ex guerrillero que recordó a su compañera asesinada en un bombardeo del que él se salvó por minutos. La última vez, en diciembre, como en forma de autorreproche, cómo se iba a justificar toda la sangre de sus camaradas que habían caído en combate ante esto.

Un segundo espectro llegó en forma de unas FARC acusadas de "esclavismo" por la justicia transicional, cuando la Sala de Reconocimiento de la Justicia Especial para la Paz concluyó que esta guerrilla había obligado a trabajos forzados a secuestrados y poblaciones que estaban en zonas donde operaban.

El tercer espectro llegó del futuro en forma de un laboratorio de guerra recreado por ejércitos contrainsurgentes conformados por ex combatientes desertores, entrenados por militares nacionales y extranjeros, ubicados estratégicamente en áreas de interés geopolítico, como Arauca, Cauca o Putumayo. En unas áreas sería el petróleo, en otras las economías de la cocaína, en una más proyectos económicos como los puertos privados en el Urabá colombiano. Nacidos como una escisión política a los acuerdos, posteriormente aprovechados como una fuerza paramilitar, éstos disputan no sólo con los insurgentes que quedan, sino con la población, aplastada en la mitad. En el futuro, más que nunca, se sentían como ejércitos invasores.

En el libro Melancolía de izquierda, de Enzo Traverso, transitamos de la utopía a la memoria. Vamos leyendo cómo, tras la última gran derrota encarnada en la caída del Muro de Berlín, parece haberse aplastado el horizonte de expectativa de la izquierda, por lo menos de la europea. Y surge, en este escenario, un nuevo sujeto histórico: la víctima. Ese maniquí despolitizado, amorfo, limpio de contradicciones, carente de agencia, objeto de inversión. Bajo esta sombra, se enterró la discusión antifascista, anticolonial, revolucionaria, arrodilladas ante el "deber de la memoria", advierte. Yo agrego que apareció el otro actor, "el terrorista".

El tema es que en un país como Colombia, donde el humanitarismo internacional ya es un rubro del PIB y la injerencia de Estados Unidos ha transformado la narrativa y el oficio de la guerra, la comprensión de la nuestra, como una pelea entre buenos y malos, es insuficiente.

Se ha discutido que lo que se negoció no fue tan radical como se creía, cómo lo que se negoció no se cumplió, cómo el país se rearma y sigue habiendo botas para la guerra, cómo la paz no importa en el debate electoral, lo que no fue, lo que no será. Urge alejarse de la nostalgia de la guerra perdida, sin sentido y cultivar un proyecto revolucionario en una era no revolucionaria –como dice Traverso–, o en este caso, en una transición adversa en la que la izquierda –la armada, la no armada o la desmovilizada–, vuelve a recibir tratamiento de "terrorista". Pensar en tiempos del pos-Muro de Berlín, en el que la búsqueda de una paz justa es revolucionaria y la agenda imperial es la guerra.

Aún hay guerra en los campos en Colombia y tres actores tienen responsabilidades diferentes. Una institucionalidad transicional que parece sembrar los cimientos de la siguiente confrontación al estrechar los espacios de comprensión del conflicto armado y volver al marketing del "terrorismo". Intentar aplastar y negar desobediencias siempre será una forma de alimentarlas.

En otra orilla, pienso en el relato de Walter Benjamin cuando rememora los disparos contra los relojes en las torres que hacen los revolucionarios de la Comuna de París. Los espectros del tiempo pasado, presente y futuro de una u otra forma requieren ser demolidos. La izquierda armada y no armada sabrá que eso no pasa con un disparo, sino con reconocer que el horizonte de la expectativa seguirán siendo las luchas. Y éstas no están representadas en la víctima abstracta y negociada, sino desde la intensidad del duelo concreto, el despertar de unos vencidos y vencidas emancipadas, invencibles.

Estefanía Ciro*

* Doctora en sociología, investigadora del Centro de Pensamiento de la Amazonia Colombiana AlaOrillaDelRío. Su libro más reciente es Levantados de la selva

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Foto: Colprensa

La Sala de Reconocimiento de Verdad de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) emitió el 29 de octubre un auto en el que hace varias modificaciones al macrocaso 01, que pasó de llamarse “toma de rehenes y otras privaciones graves de la libertad” a “toma de rehenes, graves privaciones de la libertad y otros crímenes concurrentes cometidos por las FARC-EP”.

Allí no solo modificó el nombre de este caso sino que añadió un delito por el que serán imputados varios exintegrantes de la guerrilla, la esclavitud que ejercieron sobre los secuestrados.

La Sala determinó que la desmovilizada Farc obligó a varios de sus secuestrados a realizar trabajos forzados a su favor durante su cautiverio. En el primero de los casos, la JEP consiguió el testimonio de dos víctimas del Bloque Sur que fueron castigadas por no pagar las sumas impuestas por la guerrilla, por lo que fueron privadas de la libertad y obligadas a trabajar forzadamente.

Una decisión que los comparecientes decidieron apelar al considerar que ya reconocieron ante el tribunal de paz que afectaron la dignidad de los secuestrados y que ahora se hable de esclavitud sería faltar a la verdad porque ellos no fueron una organización esclavista.

Pues ante ese recurso presentado por los excombatientes, la JEP, a través de un nuevo auto, decidió dejar en firme la imputación que hará por esclavitud en secuestrados.

Se trata del Auto 279 de 2021 en el que el tribunal de justicia transicional hace un análisis sobre lo presentado por la Procuraduría (que pidió a la JEP establecer la imposición de trabajos forzados por parte de las víctimas como un crimen de lesa humanidad de esclavitud), y de lo que sustentó la defensa de los exFarc.

“Los comparecientes que reconocieron los hechos y conductas determinados por la Sala de Reconocimiento, y su gravedad en cuanto crímenes no amnistiables, no están obligados a complementar su reconocimiento con un tipo penal específico para continuar en el procedimiento dialógico de reconocimiento”, detalló la JEP en esta nueva decisión.

Y aclaró que la Sala examinará si los trabajos forzados reconocidos por los comparecientes cumplen o no con los elementos del tipo del crimen de lesa humanidad de esclavitud una vez haya recibido las observaciones de estos a dicha calificación jurídica.

La JEP tiene varios testimonios de víctimas que dan cuenta de que sí hubo esclavitud dentro de las Farc. “Víctimas acreditadas describen que fueron obligadas a realizar trabajos forzados como pago por su libertad, al no contar con los recursos económicos exigidos por las FARCEP. Estos relatos parecen ser una modalidad solamente del suroccidente del país, y los reportes de las víctimas acreditadas coinciden en que sucedieron entre los años 2002-2003 en los municipios que limitan entre los departamentos de Nariño y Cauca”, se lee en el auto.

El tribunal de paz hace un salvamento y es que los comparecientes no tendrán que hacer presencia para complementar la información que tengan sobre esclavitud. “Así, por las razones anteriormente expuestas, la Sala revocará la decisión recurrida de requerir a los comparecientes complementar su reconocimiento con la calificación de crimen de lesa humanidad de esclavitud”, definió a Sala.

Agregó que con posterioridad, cuando corresponda, la Sala deberá presentar sus conclusiones sobre el reconocimiento en la respectiva resolución y deberá analizar si este reconocimiento cumple con los estándares constitucionales y legales.

Por estos casos de secuestro pero también de esclavitud, varios excomandantes de las Farc son responsables y deberán responder. Entre ellos están Rodrigo Londoño (Timochenko), como responsable de mando del crimen de lesa humanidad de esclavitud, cometido de manera concurrente con el de graves privaciones de la libertad por las unidades militares de las Farc. También relaciona a Jaime Alberto Parra conocido con el alias de El médico, Milton de Jesús Toncel Redondo conocido como Joaquín Gómez, Pablo Catatumbo y Pastor Alape.

24 de Diciembre de 2021

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Domingo, 19 Diciembre 2021 05:59

Carlsen igualó un récord de Capablanca

Magnus Carlsen. Foto: Cubaperiodistas.

El noruego Magnus Carlsen retuvo este viernes la corona mundial de ajedrez al imponerse, de forma espectacular, al ruso Ian Nepomniachtchi, en Dubai, Emiratos Árabes Unidos, al tiempo que igualó un récord de José Raúl Capablanca que se mantuvo intacto durante un siglo.

¿Qué récord es ese? Pues el de mayor número de victorias en duelos de este tipo sin la sombra de un revés. Capablanca derrotó a Lasker 4×0 con 10 tablas, en 1921 en La Habana, y Carlsen a Nepomniachtchi 4×0 con siete tablas. La cifra más alta de triunfos, en un match por el título, la tiene Alexander Aliojin con 11 frente a Effim Bogoljubow, en Berlín, 1929; pero, perdió cinco partidas y entabló nueve.

Carlsen es el monarca desde 2013 cuando destronó al indio Viswanathan Anand, y acaba de convertirse en pentacampeón mundial al igual que Mijail Botvinnik y Anand. Seis veces fue campeón Garri Kasparov, y siete Emanuel Lasker y Anatoli Karpov.

¿Quién tiene el récord de permanencia en el trono? Lasker, con cerca de 27 años entre 1894 y 1921, aunque entonces no estaba reglamentada la defensa del título dentro de períodos cortos como ahora. Le sigue Karpov con 17 años, aunque no consecutivos. En tanto Carlsen se acerca al decenio.

Fui testigo de esta anécdota

Durante la Olimpiada de Calviá (2004), una empleada le dijo a un chico a punto de entrar por la puerta de los jugadores: “Los niños, como el resto del público, entran por aquella puerta. Esta es para los ajedrecistas”.

Ella estaba lejos de sospechar que se dirigía así al primer tablero del fuerte equipo de Noruega, Magnus Carlsen, quien tenía 13 años y era en ese momento el Gran Maestro más joven del planeta.

Resulta que Magnus había olvidado su credencial y el asunto se resolvió luego de varios minutos, traductor mediante, para el asombro de la portera que se mostraba incrédula ante los argumentos sobre la identidad del joven.

18 diciembre 2021

(Tomado de Cubaperiodistas)

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Protesta contra el gobierno del presidente Iván Duque en Cali, Colombia, el pasado 3 de mayo. Foto Ap

"Hubo uso desproporcionado de fuerzas del orden y se cometieron violaciones a los derechos humanos" // La mayoría de los fallecidos eran jóvenes de entre 17 y 26 años

 

Bucaramanga. El reciente estallido social en Colombia dejó 46 muertos, informó la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en un reporte divulgado ayer.

Se trata de una cifra superior a los 29 casos que investigan las autoridades colombianas.

"Tenemos razones fundadas para sostener que en los casos de uso innecesario y/o desproporcionado de la fuerza se cometieron violaciones a los derechos humanos", aseveró Juliette de Rivero, representante de la alta comisionada.

La oficina recibió información sobre la muerte de 63 personas: de ese número verificaron que 46 fallecieron en las protestas –44 civiles y dos policías–, la mayoría por armas de fuego.

En 28 de estos casos, elementos de la fuerza pública serían los presuntos perpetradores, de acuerdo con el informe de la ONU. Se trata de una cifra mayor a la documentada por Human Rights Watch de 25 víctimas.

En otros 10 casos la oficina de la ONU concluyó que los presuntos responsables fueron elementos no estatales en ciudades como Bogotá, Cali y Pereira. Además, manifestó su "preocupación" porque las autoridades no tomaron medidas para prevenir ataques armados de civiles contra los manifestantes.

La oficina en Colombia de la ONU pidió al gobierno investigar todas las muertes y no sólo las 29 que tiene a su cargo la Fiscalía por considerar que ocurrieron en el contexto de las protestas.

El Paro Nacional, como se denominó en Colombia a las manifestaciones que comenzaron el 28 de abril en contra de una reforma fiscal, se prolongó por tres meses pese a que el gobierno cedió y no aumentó los impuestos de inmediato. Esta movilización derivó en un reclamo generalizado por mejores condiciones de vida, sobre todo para los más jóvenes que exigían oportunidades y equidad, así como una reforma a la policía por las múltiples denuncias de uso excesivo de la fuerza.

Hubo protestas en todo el país y la mayoría fueron pacíficas. Sin embargo, en varios puntos se bloquearon vías que impidieron el libre tránsito de personas, alimentos e insumos médicos. Más de 3 mil civiles y policías resultaron heridos.

La mayoría de las víctimas fatales, concluyó la oficina, eran jóvenes de entre 17 y 26 años, vivían en barrios pobres y eran hijos de campesinos, indígenas, afrodescendientes o desplazados por la violencia.

Durante las protestas se reportaron 60 víctimas de violencia sexual. La oficina manifestó que en 16 casos los policías habrían sido responsables.

El informe también resaltó el diálogo entre las autoridades y los manifestantes para llegar a acuerdos, así como el compromiso del presidente Iván Duque de tener cero tolerancia a los abusos de la fuerza pública.

La oficina de la ONU recomendó al gobierno colombiano aplicar "los estándares internacionales relacionados con el derecho de reunión pacífica", reparar a todas las víctimas y reforzar las investigaciones y sanciones.

Tras los cuestionamientos, el gobierno ha implementado una serie de reformas en la policía que incluye crear la Dirección de Derechos Humanos.

El informe basó su información en 600 entrevistas a víctimas y testigos, 500 reuniones con funcionarios, más de 370 con organizaciones de la sociedad civil, análisis forenses de los videos y misiones de verificación directa durante las protestas.

La víspera la oficina de la ONU llamó la atención sobre el uso desproporcionado de la fuerza de la policía que habría causado la muerte de 11 manifestantes entre los días 9 y 10 de septiembre de 2020 en Bogotá y Soacha, de acuerdo con un informe independiente que la ONU apoyó con asesoría técnica.

Horas después, en una ceremonia de ascensos en las fuerzas militares, el general Jorge Luis Vargas, director de la Policía Nacional, aseguró: "no hemos dado la orden para que se cometa ningún delito. La policía no ha masacrado a nadie, no hemos dado esa orden".

En el mismo acto, el presidente Duque sostuvo: "prejuzgar y asumir comportamientos que no tienen el agotamiento de todos los principios del debido proceso es, en sí mismo, un ataque a la institución".

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¿Quién extraña el comunismo? Rusia a 30 años de la disolución de la Unión Soviética

El colapso de la Unión Soviética en 1991 tuvo un impacto inmediato en el sistema mundial. En el propio territorio ruso, produjo importantes dislocaciones en todas las esferas de la vida social, que fueron siendo superadas, lentamente, a lo largo de las tres últimas décadas. El sistema Putin viene reescribiendo la historia con una visión que busca conectar los momentos gloriosos prerrevolucionarios con los soviéticos.

El impacto que generó la disolución de la Unión Soviética en 1991 se hizo sentir de manera notable e inmediata en todas las esferas del sistema mundial. Entre otras cuestiones, no solo confirmó el fin de la Guerra Fría, sino que además reconfiguró el mapa de los movimientos sociales. El campo de las ciencias sociales y las humanidades también absorbió ese impacto y lo tradujo de manera veloz. Para un historiador de la talla de Eric Hobsbawm, por ejemplo, la caída de la urss supuso el fin del siglo xx1. Para otros autores, más arriesgados, directamente significó el fin de la Historia2. Más allá de los efectos que generó en la reconfiguración del mundo actual o en el ámbito de la reflexión historiográfica y filosófica, el final del país de los soviets tuvo consecuencias mucho más concretas y significativas para la propia sociedad rusa. Si para los pocos miembros de la vieja dirigencia comunista que decidieron el destino fatal del país modelado por la Revolución de 1917 significó un reposicionamiento como nueva elite capitalista, para muchos de los ciudadanos de a pie trajo la pérdida de una relativa estabilidad y la caída en la pobreza. En términos más generales, la disolución de la urss marcó para todos ellos el fin de un proyecto común compartido; de un mundo que –a pesar de sus múltiples falencias– era conocido y familiar para todos los que lo habían habitado. Una suerte de catástrofe apocalíptica, de «fin del mundo», cuyo efecto más notorio habría sido la incapacidad de imaginar el futuro. Pero, como apunta Alejandro Galliano, ese futuro llegó inexorablemente y, «después del fin del mundo, el mundo siguió existiendo»3. Por lo tanto, quienes comenzaron a vivir en la Rusia postsoviética tuvieron que pensar un futuro para el después de ese fin del mundo, especialmente para dos cuestiones tan sensibles como fundamentales: la reconstrucción de una identidad nacional dañada y la reconfiguración de las fuerzas de una izquierda desprestigiada. Si, como sostiene Bruno Groppo, la desaparición de la urss provocó «una gran crisis identitaria que, desde los años 90, la sociedad rusa se ha esforzado en superar con el objeto de reconstruir una identidad aceptable»4, la desacreditación del proyecto comunista que también produjo el colapso generó una crisis y una desorientación política de ese espacio que las fuerzas anticapitalistas de Rusia todavía están tratando de vencer, en el marco de un fuerte control del Estado nacional y de un recrudecimiento del neoconservadurismo global.

A la búsqueda de Rusia

Luego de haber participado en el ejército que venció a Napoleón, Piotr Chaadáyev pasó una larga temporada en Europa. Al regresar al Imperio ruso, e impactado por lo que había experimentado en el continente, escribió ocho Cartas filosóficas que circularon por los salones literarios de Moscú. En la primera de ellas se preguntó, no sin cierta angustia, sobre los rasgos que definían a Rusia y sobre el lugar que parecía ocupar en el mundo5. Su respuesta fue terminante: su país era atrasado y no había realizado ningún aporte a la civilización. Tal sentencia le valió la acusación de «insano» por parte del zarismo, pero dio origen al famoso debate que hacia la década de 1840 mantuvieron eslavófilos y occidentalistas respecto del destino nacional, que resultaría seminal para orientar las miradas del futuro. Esa disputa intelectual sería reciclada varias veces a lo largo de casi dos siglos cada vez que Rusia se enfrentara a una situación de crisis de identidad. La disolución de la urss en 1991 pareció reactualizar esas ansiedades y preocupaciones, en una sociedad que se quedó sin su país y en un país que perdió su lugar de superpotencia mundial en cuestión de días. 

Las respuestas ensayadas por Boris Yeltsin, el primer presidente de la Rusia postsoviética, fueron erráticas y estuvieron a tono con la implementación de la doctrina del shock y del neoliberalismo «salvaje»6. Mientras el nuevo gobierno capitalista conformado por los viejos comunistas privatizaba a precios irrisorios los bienes del Estado, desregulaba la economía y se abría a los mercados financieros internacionales, su discurso apuntó a descalificar todo aquello que remitiera a una economía centralizada y a la intervención estatal. Mientras millones de personas se empobrecían, la economía se desindustrializaba y el país perdía su estatus de potencia, el aporte de la nueva elite rusa para refundar una identidad nacional que reemplazara a la soviética solo agregó confusión y desencanto, cuando no una ambigua revalorización del pasado imperial. En ese contexto de desconcierto, no tardaron en surgir voces que comenzaron a añorar el hasta no hacía mucho repudiado pasado soviético. 

La llegada a la Presidencia de Vladímir Putin en 2000 no supuso un corte radical respecto de su antecesor. Por el contrario, sus políticas continuaron la senda impuesta por el neoliberalismo7, aunque favorecidas –durante la primera década– por los ingresos generados por las exportaciones de gas y petróleo. Sin embargo, cuando la economía comenzó a desplomarse por la caída de los precios internacionales de esos commodities y por la crisis financiera de 2008, el ex-agente de la kgb comenzó desarrollar un discurso que apuntó a paliar esos efectos y a reconstruir el lazo social mediante el refuerzo de la identidad nacional y, vinculado con esto, el intento de reposicionar a Rusia como una potencia mundial o, al menos, como un actor que no debía soslayarse en la toma de decisiones global. El problema de la identidad nacional comenzaba a resolverse desde el Estado y con una fuerte impronta conservadora y geopolítica.

Uno de los pilares sobre los que se intentó sostener esta estrategia fue, precisamente, la idea de que Rusia debe tener un Estado fuerte, ya que resulta fundamental no solo para el desarrollo y el bienestar del país sino también para su reposicionamiento a escala global8. Como complemento de esta posición –aunque a tono con una tendencia que se experimentaba mundialmente–, se desarrolló una visión conservadora del mundo y de la sociedad, manifestada en la homofobia y la xenofobia crecientes en el discurso público y en el refuerzo de los roles de género tradicionales, esto último en una alianza cada vez más estrecha con la Iglesia ortodoxa. Leyes que sancionan la «propaganda de relaciones no tradicionales» (el eufemismo elegido para referirse a la homosexualidad) son la consecuencia más visible de ello9. Al mismo tiempo, y en relación con lo anterior, desde el gobierno se difundió un discurso antioccidental en general y antiestadounidense en particular, que apuntaba tanto a resaltar el rol de Rusia como guardiana de valores tradicionales universales que un decadente Occidente había olvidado o pervertido –como lo demostraría allí la ampliación de derechos del colectivo lgtbi–, como también a poner freno a las constantes amenazas de avance por parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (otan) sobre el espacio postsoviético. La anexión de Crimea en 2014 fue, tal vez, la consecuencia más drástica de este último diagnóstico10

El ámbito donde más se puso de manifiesto esta tendencia fue un espacio tan sensible como la Historia, donde desde el Estado se combinaron dosis similares de propaganda y control. Respecto de lo primero, gracias a la acción de la Sociedad Histórica Militar Rusa (de la que forman parte el actual ministro de Defensa Serguéi Shoigú y el ex-ministro de Cultura, Vladímir Medinsky), desde 2012 han venido descubriéndose monumentos por todo el país que buscan resaltar a figuras centrales del pasado ruso, como por ejemplo la estatua de casi 20 metros de altura del príncipe Vladímir –responsable de la conversión de Rusia al cristianismo– inaugurada en 2016 frente a una de las puertas del Kremlin de Moscú, o la más polémica de Mijaíl Kalashnikov –el inventor del afamado fusil– descubierta en 2017 en el centro de la capital. 

Vale la pena agregar aquí el impactante monumento de Aleksandr Nevsky –el príncipe que expulsó a la Orden Teutona en el siglo xiii– inaugurado hace pocos meses en Samolva, un pueblo ubicado en la frontera con Estonia. El lugar elegido para emplazar la estatua no es inocente y su mensaje es claro: hasta allí llega la posible influencia de la otan. Pero también han visto la luz series de televisión en el centenario de la Revolución de Octubre, como Peregrinación por los caminos del dolor o Trotsky –ambas financiadas por el Ministerio de Cultura–, que presentaban la revolución como un momento de caos y desunión entre hermanos y que prevenían a los televidentes respecto de las consecuencias de una eventual revuelta social. Tal vez la máxima expresión de esta tendencia haya sido la exhibición Rusia, mi historia, inaugurada en Moscú en 2013 y replicada desde 2017 en varias ciudades del interior. En la muestra, conviven eventos del pasado monárquico y soviético, que son presentados a través de modernos recursos tecnológicos y audiovisuales unidos por la idea de que Rusia solo prosperó cuando contó con un Estado poderoso y unido, fuera prerrevolucionario o soviético11. Dentro de este relato histórico, quedan estigmatizados momentos centrales de la historia rusa, como la Época de los Disturbios o la propia Revolución de 1917, ya que encarnarían el caos social y la dispersión institucional. 

Respecto de la segunda cuestión, la situación es todavía más compleja, ya que fue escalando desde el control de los contenidos de los libros de Historia por parte del Estado desde 2015 hasta la creación en julio de este año de una Comisión Interministerial para la Interpretación de la Historia –conformada por historiadores, pero también por miembros de las agencias de seguridad–, que habilita al gobierno a enviar representantes a encuentros académicos y de otra índole en donde la historia esté involucrada12. El refuerzo del control historiográfico apunta sobre todo a evitar cualquier tipo de revisionismo que ponga en duda el rol jugado por la urss en la derrota del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, acontecimiento que hoy ocupa un lugar central en la reconstrucción de la identidad nacional rusa13

Dentro de esta estrategia identitaria que apunta a legitimar el estado actual de cosas de una economía capitalista y un gobierno conservador, el pasado comunista podía significar un problema. La solución encontrada por el Estado fue relativamente sencilla: la era soviética es considerada como parte de la larga historia rusa y, por lo tanto, debe tenerse en cuenta como un periodo más. Sin embargo, su inclusión es selectiva: en la narrativa oficial se prefiere destacar todos aquellos elementos que realzan sus logros, como el desarrollo industrial, la derrota del nazismo y la carrera espacial y, por el contrario, minimizar aquellas instancias que supusieron una expansión de la autonomía social o una amenaza a la continuidad política estatal, como el propio evento revolucionario y la Guerra Civil o el periodo de la perestroika. De hecho, el nombre elegido para bautizar la vacuna contra el covid-19 fue Sputnik v, que remite al satélite artificial producido por la urss en 1957 y que fue el primero en ser lanzado al espacio en la historia de la humanidad.

Izquierdistas de Rusia, ¡únanse!

El fracaso de la experiencia soviética colocó sobre la izquierda una pesada mochila de la cual todavía no puede desprenderse, tanto a escala global como dentro de la propia Rusia. Términos como «comunismo» o «izquierda» quedaron desprestigiados en el discurso público no solo por la disolución de la urss sino, sobre todo, por su asociación con un pasado que no remitía tanto a los viajes espaciales o a la eliminación del analfabetismo como al gulag y el terror estalinista. Por otra parte, el giro neoconservador que tomó el gobierno de Putin desde 2012 –a tono con lo que sucedía en otras partes del mundo– y su fuerte componente represivo –que supone la persecución de medios independientes, la condena de la protesta social y el encierro de dirigentes opositores, entre otras drásticas acciones– dificultan de manera notable la militancia de izquierda y cualquier tipo de alternativas que apunten hacia una democratización política o una igualdad social. A su vez, y como apunta el historiador Simon Pirani, la ausencia de una tradición de acción colectiva por parte de los trabajadores y las trabajadoras –legado también de las formas de organización de la militancia soviéticas– dificultó la coordinación de las luchas durante los primeros años de la Rusia postsoviética14.

El Partido Comunista de la Federación Rusa podría haber asumido esas tareas y convertirse en una alternativa de izquierda. Sin embargo, y a pesar de enfrentar las políticas neoliberales de Yeltsin y de denunciar el empobrecimiento de la población, a lo largo de estos casi 30 años fue virando hacia posiciones más cercanas a la derecha que a la izquierda, lo cual contribuyó a dispersar no solo al electorado joven sino también a muchos de sus militantes15. Sus marchas y manifestaciones supieron combinar banderas rojas y estandartes con el martillo y la hoz junto con retratos de Stalin e íconos de la Iglesia ortodoxa rusa, lo cual lo hizo partícipe del movimiento rojipardo, que en la Rusia de la década de 1990 solía agrupar a quienes combinaban posicionamientos nacionalistas con izquierdistas, como el Partido Nacional Bolchevique liderado por Eduard Limónov16. Por otra parte, sus principales dirigentes suelen mantener posiciones homofóbicas y xenófobas, y si bien en la teoría se presenta como un partido opositor a Rusia Unida, el partido de Putin, muchas veces en la práctica suele funcionar como una suerte de aliado informal.

El mantenimiento de los ideales –y las prácticas– de una izquierda democrática quedó entonces relegado a unos escasos movimientos de socialistas, trotskistas, anarquistas y redes de una nueva izquierda que se mantuvieron dispersos y sin una coordinación nacional. Por su parte, la recomposición del movimiento obrero y de un sindicalismo más combativo se fue abriendo paso muy lentamente y con éxitos relativos, aunque aislados, como en la huelga de la planta de Ford de Vsévolozhsk en 2007 y el corte de ruta en Pikalevo, en la región de Leningrado, en 200917. En los últimos años, fueron surgiendo otras formas de autoorganización como el piquete solitario, práctica que consiste en que una sola persona se manifieste con alguna pancarta en un lugar significativo con el fin de evadir las múltiples restricciones que existen para realizar marchas y manifestaciones masivas. También surgieron proyectos como Ovd-Info, una organización independiente fundada en 2011 cuyo objetivo es monitorear los casos de abusos de autoridad y detenciones por motivos políticos y proveer asistencia jurídica18. Todas estas experiencias han tenido que enfrentar, sin embargo, severos condicionantes políticos y legales que hacen muy difícil el activismo independiente. 

Sin embargo, desde 2012, el estado de cosas comenzó a cambiar, sobre todo luego de las protestas que se produjeron en ese año contra la reelección de Putin y de las masivas marchas que, a principios de 2020, se organizaron en todo el país para manifestarse en contra de la detención del líder opositor Alexéi Navalny. El Partido Comunista no pudo quedar ajeno. A pesar de cierta inercia registrada en su dirección y del acompañamiento pasivo de algunas iniciativas del gobierno, ha votado en contra de la reforma que elevaba la edad jubilatoria en 2018 y de las enmiendas a la Constitución aprobadas en este año que habilitan la reelección del presidente. Como sostienen Ilya Matveev e Ilya Budraitskis, esto permitió ampliar su base electoral con votantes más entusiasmados con esa energía opositora real que con su mixtura ideológica de nacionalismo, estalinismo y democracia social, y obligó al partido a reorientar su retórica y concentrarla más en la democracia y la justicia social19. Algunos dirigentes importantes, como Valery Rashkin –diputado de la Duma y jefe del partido en Moscú–, incluso comenzaron a tender puentes y a colaborar con agrupaciones de izquierda que son críticas del partido20. Esto, sumado a la emergencia de una joven generación de militantes –como Nikolai Bondarenko, de 35 años, dirigente comunista en Sarátov y uno de los videobloggers políticos más populares–, colaboró en la conformación de una alternativa democrática real de cara a las elecciones legislativas de 2021. Para ello, las listas llegaron a incluir a candidatos provenientes de otras corrientes políticas más radicales y que no estaban necesariamente afiliados al Partido Comunista. 

El caso de Mijaíl Lobanov es ilustrativo en ese sentido. Lobanov tiene 37 años y es matemático y profesor en la Universidad Lomonósov de Moscú, una de las más prestigiosas del país. Se autodefine como socialista democrático y reconoce como fuente de inspiración, entre otros dirigentes, a Jeremy Corbyn y Bernie Sanders. A lo largo de su carrera, ha venido teniendo una destacada participación tanto en el sindicalismo universitario como en el activismo urbano. A pesar de no estar afiliado, el Partido Comunista aprobó su participación en las elecciones bajo su lista. Su lema de campaña fue «Un futuro para todos y no para los privilegiados», y como candidato dejó de lado las discusiones binarias y abstractas propuestas por el gobierno y la oposición funcional y, por el contrario, se ocupó de recorrer el distrito por el que se presentaba –el ókrug administrativo occidental de Moscú– y de armar encuentros cara a cara con sus habitantes para exponer las iniciativas y los eventuales proyectos que presentaría en la Cámara Baja del Parlamento ruso, vinculados sobre todo a los problemas locales urbanos de los habitantes de la capital21

Los resultados iniciales de las boletas de papel dieron como ganador a Lobanov, quien enfrentaba a Evgeny Popov, un destacado presentador televisivo que contaba con toda la maquinaria electoral y propagandística de Rusia Unida detrás. Sin embargo, cuando llegaron –con un sospechoso retraso– los votos electrónicos, la contienda se definió a favor del candidato oficialista, como sucedió prácticamente en toda la capital rusa22. Las denuncias por fraude no se hicieron esperar y, a pesar de las protestas convocadas por los participantes afectados para cancelar la elección, el gobierno no mostró ninguna voluntad por revisar el resultado final. Por el contrario, apenas una semana después reforzó su veta autoritaria e incluyó a varias organizaciones independientes, como la ya mencionada ovd-Info, dentro del registro de «agente extranjero» –lo cual dificulta enormemente su funcionamiento, además del estigma social– y detuvo con acusaciones insólitas a diversos activistas, como el destacado intelectual y militante de izquierda Boris Kagarlitsky. Más allá de esto, las elecciones vinieron a mostrar no solo un mayor descontento con el elenco gobernante sino, sobre todo, un creciente apoyo al Partido Comunista, que es hoy el partido de la oposición legal con mayor caudal de votos –cercano a 20%– y que, gracias a la presión de las bases, parece radicalizar lentamente su discurso y su accionar para volver a colocarse como una alternativa real de izquierda. Si el gobierno solo atina a reforzar su carácter nacionalista, conservador y dictatorial con el fin de reconstituir el lazo social, acallar a la oposición y disimular su incapacidad de hacer frente a la crisis económica y social que ya lleva varios años –y que se reforzó con la pandemia–, las fuerzas de izquierda parecen reacomodarse y unificar sus luchas en pos de la reconstrucción de un país –y un mundo– mejor. A 30 años de la disolución de la urss, la nueva Rusia se debate entre la reactualización dosificada de un pasado soviético e imperial encarnado en el Estado y el diseño creativo de un futuro imaginado para todos y no solo para unos pocos. La lucha es desigual, pero su resolución todavía está abierta.

  • 1.

Eric Hobsbawm: Historia del siglo XX [1998], Crítica, Buenos Aires, 2001, pp. 7 y 13. 

  • 2.

Por ejemplo, Francis Fukuyama: El fin de la Historia y el último hombre, Planeta, Barcelona, 1992.

  • 3.
  1. Galliano: ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? Breve manual de las ideas de izquierda para pensar el futuro, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2020, p. 164.
  • 4.
  1. Groppo: «Los problemas no resueltos de la memoria rusa» en Nueva Sociedad No 253, 9-10/2014, p. 90, disponible en www.nuso.org. 
  • 5.
  1. Chaadáyev: «Cartas filosóficas dirigida a una dama» en Olga Novikova: Rusia y Occidente, Tecnos, Madrid, 1997.  
  • 6.

V., por ejemplo, Naomi Klein: La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, Paidós, Barcelona, 2007.

  • 7.

Ver Ilya Matveev: «Rusia, Inc» en Open Democracy, edición digital, 16/03/2016.

  • 8.

Ver Ilyá Budraitskis: Mir katory postroil Huntington i v kotorom zhiviom vse my, Izdatelstvo knhizhnovo magazina «Tsiolkovsky», Moscú, 2020.

  • 9.

Ver Dan Healey: Russian Homophobia from Stalin to Sochi, Bloomsbury, Londres, 2018. 10. Ver Agnia Grigas: Beyond Crimea: The New Russian Empire, Yale UP, New Haven, 2016, pp. 27-28. 

  • 10.

Ver Marlene Laruelle: «Commemorating 1917 in Russia: Ambivalent State History Policy and the Church’s Conquest of the History Market» en Europe-Asia Studies vol. 71 No 2, 2019.

  • 11.

Ver Marlene Laruelle: «Commemorating 1917 in Russia: Ambivalent State History Policy and the Church’s Conquest of the History Market» en Europe-Asia Studies vol. 71 No 2, 2019.

  • 12.

Un antecedente podría ser la Comisión Presidencial contra la Falsificación de la Historia en contra de los Intereses de Rusia, que existió entre 2009 y 2012. El decreto presidencial puede consultarse aquí: <http://publication.pravo.gov.ru/document/view/0001202107300042?index=0&rangesize=1">http://publication.pravo.gov.r...

  • 13.

Ver Elizabeth Wood: «Performing Memory and its Limits: Vladimir Putin and the Celebration of World War II in Russia» en David L. Hoffman: The Memory of the Second World War in Soviet and Post-Soviet Russia, Routledge, Nueva York, 2021. 

  • 14.
  1. Pirani: Change in Putin’s Russia: Power, Money, and People, Pluto Press, Nueva York, 2010.
  • 15.

 Ibíd., p. 151.

  • 16.

Uno de los máximos dirigentes del Partido, Gennady Ziuganov, sostuvo en 2006 que el famoso Discurso Secreto de Nikita Jrushchov que denunciaba el terror estalinista había provocado más daños que beneficios, y en 2008 escribió una biografía bastante positiva sobre la figura de Stalin. Ver S. Pirani: ob. cit., p. 153

  • 17.

Tony Wood: Russia Without Putin. Money, Power and the Myths of the New Cold War, Verso, Nueva York, 2028.

  • 18.

Su sitio web es <https://ovdinfo.org/">https://ovdinfo.org/>

  • 19.
  1. Matveev e I. Budratiskis: «Kremlin in Decline?» en New Left Review, edición digital, 29/9/2021.
  • 20.

 Ver Radhika Desai y Boris Kagarlitsky: «Putin, Navalny, and the Left: The Coming Political Crisis in Rusia» en The Real News Network, 16/4/2021.

  • 21.

Las referencias fueron tomadas de la entrevista realizada por Dmitry Sidorov: «Mijaíl Lobanov: ‘Nuzhny razgovory i peregovory’» en Open Democracy, 24/8/2021. [Hay versión en inglés: «A De[1]mocratic Socialist Running for Russian Parliament. What Could Go Wrong?» en Open Democracy, 1/9/2021].

  • 22.

Se puede consultar el mapa que contrasta los resultados antes y después de la suma de los votos electrónicos en «Jrónika zaplarinovannoy krashchi» en Rabkor, 27/9/2021, <http://rabkor.ru/columns/">http://rabkor.ru/columns/editorial-columns/2021/09/27/chronicle_of_a_planned_theft/>

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