Patricio Guzmán

En los años 70 filmó una de las obras más altas del campo documental: La batalla de Chile. Los temas de su inmensa filmografía siempre fueron su país, la memoria histórica y política y las figuras de Allende y Pinochet. Pero en los últimos tiempos sorprendió con una serie de trabajos de ensayo sobre temas más "abstractos". La notable película que abrirá este lunes la 9° edición del Festival Independiente del Documental en Buenos Aires propone una impensada ligazón entre lo geológico y lo político.

 

En 1973 el chileno Patricio Guzmán filmó lo que quedaría en la historia como una de las obras más altas del campo documental. De cuatro horas y media de duración, Guzmán escandió La batalla de Chile en tres partes, estrenadas entre 1975 y 1979. Partes de una serie y a la vez autosuficientes, esos tres films narraban lo que va de la utopía representada por el gobierno de la Unión Popular a la campaña destituyente de los “momios” y, finalmente, su consecuencia: el golpe de 11 de setiembre. De allí en más Guzmán (Santiago de Chile, 1941) confirmó que se trataba de un nombre mayor del documental, dedicando sus films posteriores a ciertos temas obsesionantes (Chile, la memoria obstinada, de 1997, tal vez sea su título emblemático por excelencia): su país, la memoria histórica y política y las figuras de Allende y Pinochet, encarnaciones del Chile que ansía cambiar y el que está dispuesto a impedir todo cambio, por los medios que sean.

Una década atrás, la obra de Guzmán dio un salto inesperado con una nueva obra maestra, Nostalgia de la luz. Allí el realizador de El caso Pinochet (2001) halló, en el desierto de Atacama, dos realidades que no podrían parecer más disímiles: un sitio en el que la luz es tan transparente que permite observar las estrellas como ningún otro rincón del planeta, y, aquí abajo, tumbas clandestinas de gente asesinada por la dictadura. Practicando la magia de un malabarista lírico, Guzmán halla el hilo de plata que las une. Tal como saben los astrólogos, los huesos humanos están hechos de la misma clase de polvillo que constituye las estrellas. Poética hasta el sobrecogimiento, política hasta la obstinación, Nostalgia de la luz es un film-ensayo, ligado por las aparentemente infinitas reflexiones y asociaciones que el propio Guzmán va haciendo en off.

La impensada ligazón entre lo geológico y político dio pie a Guzmán para completar una trilogía que se continuó en El botón de nácar (2015, Oso de Plata al Mejor Guion en la Berlinale) y más recientemente La cordillera de los sueños (2019, Premio Golden Eye en Cannes). Esta última es la película que abrirá este lunes y, de forma presencial, la novena edición del Festival Independiente del Documental en Buenos Aires (ver nota al pie y recuadro).

-Siendo el director de un mítico tríptico político, La batalla de Chile, y habiéndote dedicado durante treinta años a filmar prioritariamente documentales políticos, causa sorpresa el viraje hacia una serie de films de ensayo sobre temas si se quiere más abstractos, a los que asociás de un modo singular con la historia y la política chilenas. ¿Qué produjo ese viraje?

-Hay muchas clases de cine documental. Una de ellas es la introspección por parte del realizador sobre hechos que están sucediendo. Lo específico de un país, por ejemplo. Esa clase de documental requiere otro tipo de elementos de lenguaje. Nostalgia de la luz está llena de recuerdos personales, de metáforas y de estampas que nos conducen a otros planos de realidad. Es muy agradable el cine de metáforas, me agrada tanto como el documental directo, de aquello que está pasando aquí y ahora, como puede haber sido La batalla de Chile o el documental que estoy filmando en Chile en este momento. El directo es más restrictivo que otras clases de documentales, porque para hacerlo tiene que haber una situación en movimiento y tú filmando delante. Si eso no se produce no hay acción.

¿La batalla de Chile fue pensada como tríptico? ¿Tus tres películas más recientes también?

-La batalla de Chile es una sola película. Tuvimos que dividirla en tres partes porque si no se hacía complicado exhibirla, por su duración. Nostalgia de la luz, El botón de nácar y La cordillera de los sueños son tres miradas sobre tres zonas del país. El norte, el sur y el este de Chile.

-Las tres películas de esta serie hablan de realidades inconmensurables. Parecería que una sola película, o tres, no podrían dar cuenta de algo tan desmesurado. Sin embargo vos lográs lo aparentemente imposible. ¿Cómo te planteaste bajar estas cuestiones “a tierra”?

-Empiezo por una descripción bien concreta. Nostalgia de la luz empieza con la descripción de la cordillera, el desierto, de los observatorios. En El botón de nácar se describe el sur, las islas, el mar, el viento. En La cordillera de los sueños, las personas que viven al pie de las laderas. En las tres hay un deseo de observar y mostrar lo que uno está descubriendo. Eso las pone al mismo nivel que el espectador.

-Cuando te planteaste Nostalgia de la luz, ¿qué vino primero? ¿El desierto, la luz, los observatorios o los cuerpos de los desaparecidos?

-Lo primero fueron los observatorios. Yo quería hacer una película sobre astronomía, ya desde antes. La primera vez que me lo planteé fue cuando estaba rodando El caso Pinochet. Hubiera querido ir al norte y filmar el desierto y los observatorios. Eso siempre me llamó mucho la atención. Incluso escribí un guion, lo dejé en un segundo plano y cuando filmé Nostalgia de la luz tuve en cuenta algunas de sus escenas.

-¿El botón de nácar y La cordillera de los sueños devinieron de Nostalgia de la luz, o ya de entrada sabías que querías filmar también el Pacífico y la cordillera?

-Después de Nostalgia de la luz pensé que había que continuar. Sobre todo con el mar, con los miles de personas que los militares arrojaron al mar. Indagar, hacer investigación, hablar con algún piloto de avión que hubiera lanzado los cuerpos. Buscar testigos. Eso hice. De paso hablé también del exterminio de los indios que vivían en el sur de Chile. En el siglo XIX, los estancieros establecidos allí mandaron a poner en prisión a todos los indios de la zona, y los desterraron a una cárcel que había en una isla. Allí muchos de ellos murieron. Las dos historias de desapariciones forzadas de personas sucedieron en el mismo lugar, era necesario documentar ambas.

-¿Creés que el hecho de vivir lejos de Chile te permite pensar en tu país en perspectiva?

-Sin duda, cuando te alejas del tema adquieres una perspectiva diferente. A veces es peligroso, porque te alejas demasiado y tu mensaje se diluye. Hay que tener cuidado con eso. Mantener la perspectiva significa mantener un plano amplio, para tratar el tema con una libertad total. A mí me gusta mucho estar lejos de Chile, aunque esa distancia es imaginaria, porque al estar en contacto con las noticias, y por lo tanto con todo lo que ocurre y lo que ocurrió, vivo en Chile. A la vez también puedo abrir y cerrar el diafragma de la distancia, de acuerdo a mi sensibilidad.

-El trabajo fotográfico de las tres películas es de una calidad asombrosa. Cada plano es preciso, dura lo que la música del relato impone. ¿Trabajaste con alguna clase de storyboard? ¿Cuánto tiempo le dedicaste a la elaboración y concreción de cada plano?

-En el cine documental es difícil trabajar con storyboard, porque todo va cambiando todo el tiempo, nunca se corresponde con lo que uno pueda haber imaginado. Se puede trabajar con algunos parrafitos, algunos papelitos, algunas ideas de lo que quieres hacer. Tal vez haya documentalistas que trabajen con storyboard, yo soy incapaz. Cuando salgo al terreno con la cámara en la mano, o tengo cerca al camarógrafo, avanzamos juntos por un corredor nuevo e imprevisible. En el cine documental la improvisación es muy alta. Y peligrosa. Pero así es el documental. Siempre.

-Los textos en off son de un lirismo poco frecuente en el documental. Supongo que los habrás escritos previamente. ¿Te llevó tiempo pulirlos?

-El texto es muy complejo de hacer, lleva mucho tiempo. Empieza con un boceto muy primario, que yo leo ante un micrófono, en la sala de montaje, a medida que pasan las imágenes. Poco a poco el texto se vuelve más sutil, se vuelve indirecto. Va adquiriendo estilo. Eso demora mucho, es muy trabajoso de hacer. La imagen me resulta mucho más fácil que el texto. Pero es fundamental. Sin texto las películas no avanzarían, no entrarían en una etapa de reflexión. Hay veces que el texto es tan importante como la imagen.

-En los tres casos el tono de tu voz en off es inconfundible. Pausada, fraseada con una cadencia determinada y constante, llena de “aire” entre una palabra y otra. ¿Pensaste mucho en el relato como “personaje”?

-Es muy importante cómo se dice el texto, y quién lo dice. En el caso mío llegué a la conclusión de que mi voz era mejor que las otras. O mejor dicho: con mi voz yo podía señalar mejor lo que quería decir. Cuando trabajas con la voz de otro, sea un actor o un locutor, tienes que hablar mucho con él, ensayar lo que quieres que él haga. Yo lo que tengo es una “crítica” propia, que es mi mujer, que trabaja conmigo como productora. Cuando leo los textos en el estudio me va señalando los que no le gustan, cuando yo pierdo la naturalidad o hago una dicción muy forzada, o me voy por las ramas. Creo que sin ella, o alguna otra persona que te dirija, no se puede hacer. Tiene que haber un director detrás del sonido. El ingeniero de sonido también tiene una gran importancia, te va marcando lo que oyó en la grabación y tú tal vez has olvidado.

-La cordillerade los sueños tiene más testimonios de terceros que las dos previas. Se podría decir que es algo menos poética, más “a tierra”. ¿Así la pensaste? ¿Puede verse en ella una suerte de “retorno a la política”, aunque nunca la hayas abandonado?

-El problema con la cordillera de los Andes es que es un muro enorme, gigantesco. Para entrar en ella habría que tener un helicóptero y bajar a una distancia mínima, recorrer las cadenas… Habría que tener también drones, para hacerlos entrar dentro de los desniveles de las montañas, que son inmensas. Es algo que puede hacerse, pero yo no contaba con esos medios. Si los hubiera tenido lo habría hecho, y la película sería totalmente distinta. Estaría mucho más centrada en los motivos por los cuales esas montañas se elevaron hasta 7 mil metros del suelo. Cuándo ocurrió, en qué cataclismo se produjo, hasta qué punto eso se mueve por los volcanes, los terremotos que siempre hay en Chile. Todo eso me resulta apasionante. Pero era imposible. Había que tener una fortuna para hacerlo. Por eso me dije “Vamos a mostrar la cordillera, pero vamos a mostrar también a la gente que vive frente a ella”. Por eso hicimos la película.

-En las tres películas de la serie abordás lo inmenso desde tu yo, y en una toma impresionante de La cordillerade los sueños se ve la casa de tu infancia, destruida. Aunque la casa después se reconstruya, las tres películas tienen un tono melancólico. ¿Qué creés que perdiste o se perdió?

-Los documentales son siempre películas del pasado. Cuentas tu vida, tu infancia, qué es lo que te ocurrió. Es un diálogo entre el entrevistado y la persona que hace la película, pero el tono depende del estado de ánimo de cada realizador. En mi caso es verdad que siempre estoy atento al aspecto nostálgico de mi vida previa.

-En las tres registrás la pérdida de la memoria histórica en Chile. ¿Esa pérdida se inicia con el golpe de Pinochet, o el golpe de Pinochet es reflejo de otra clase de memoria en la historia chilena? Una memoria de derecha, conservadora, reaccionaria.

-Hablar del pasado es cosa de escritores, filósofos, algunos políticos. Pero la gente del común no lo hace. El país se desarrolla en presente y no todo el mundo va a estar hablando de la biografía nacional. Lo que hay en Chile es un enorme olvido de lo que significó Salvador Allende. La pérdida de memoria en Chile está centrada, hoy, en Salvador Allende. Después de Allende se trató de cerrar, ocultar, echar por la ventana, tergiversar, olvidarse de un personaje extraordinario. Hasta el punto de que hasta hoy mismo no se habla de él. Se recuerdan sus canciones, su música, algunos discursos. Pero no se han hecho novelas o ensayos sobre su figura, su proyecto. Durante 40 años el país vivió dando tumbos, tratando de olvidar lo que no se puede olvidar, sin saber dónde naciste, qué pasó en tu infancia o en tu juventud. Esto es terrible. Es como vivir arrastrando una piedra que no sabes cuánto pesa. La de Salvador Allende fue una de las dos fundaciones que tuvo Chile, un momento en el que el pueblo tomó la palabra.

-En tu obra nunca dejó de estar presente la sombra aún viva de Pinochet. ¿Creés que la rebelión de la juventud en 2019 y el nuevo ascenso de la izquierda representan el verdadero primer paso de un “No” de la sociedad chilena a lo que Pinochet encarnó?

-Es un primer paso estupendo. Pero en verdad no es el primero. Ha habido otras revueltas en Chile –la del Presidente Balmaceda, la de Allende-- en las que el país ha estado a punto de soltarse y producir una revolución importantísima en América Latina. Ahora se presenta una nueva oportunidad de cambiar la realidad, de avanzar hacia el futuro con el pasado en la mano.

13 de diciembre de 2021. 

Publicado enCultura
La Toma del Palacio de Justicia, en Bogotá. Operación Antonio Nariño fue un asalto perpetrado el miércoles 6 de noviembre de 1985 por un comando de guerrilleros del Movimiento 19 de abril (M-19) Archivo Colprensa.

La Comisión de la Verdad presentó un documento histórico que elaboró junto Forensic Architecture sobre lo que pasó con las personas que lograron salir con vida del Palacio de Justicia

 

La Comisión de la Verdad reveló, este 10 de diciembre, detalles inéditos de lo que pasó el 6 de noviembre de 1985, cuando la guerrilla del M-19 irrumpió en el Palacio de Justicia de Bogotá, tomando como rehenes a funcionarios estatales y miembros de la Corte Suprema de Colombia. La toma generó una respuesta por parte de la fuerza pública con un contraataque que duró dos días. Casi 100 personas murieron y el edificio quedó reducido a cenizas.

Esta investigación minuciosa se enfocó no tanto en lo que sucedió dentro del Palacio de Justicia entre la guerrilla y el Ejército, sino lo que pasó con las personas que salieron con vida del edificio pero luego desparecieron o fueron presentadas como víctimas.

El informe, que contempla videos en 3D y reconstrucción minuto a minuto de lo que pasó ese día en el centro de Bogotá, revela cómo los trabajadores de la cafetería, estudiantes, visitantes, guerrilleros y magistrados que fueron clasificados como ‘especiales’ o ‘sospechosos’ fueron detenidos, llevados a diferentes instalaciones militares de la ciudad, torturados, ejecutados y, en algunos casos, desaparecidos por la por las Fuerzas Armadas.

“Se cuestiona las afirmaciones del Ejército de que las personas que desaparecieron después del asedio murieron en tiroteos durante el asalto de las fuerzas de seguridad al edificio (...) Este supuesto caos sirvió como historia de portada del Estado durante décadas, enmascarando las responsabilidades de los militares por las desapariciones”, detalló Forensic Architecture.

En un primer video se evidencia como salen cuatro grupos de personas del palacio en diferentes momentos y hacen esa reconstrucción con videos de la época y testimonios.

El primer grupo era de visitantes del Palacio de Justicia que fueron torturados en instalaciones militares pero sobrevivieron; el segundo grupo que salió eran los conductores de los magistrados que los militares rescataron del estacionamiento en la mañana del 7 de noviembre, detenidos en el Cantón Norte y sobrevivieron; en el tercer grupo salieron civiles que pasaron por un control de seguridad, clasificados como rehenes y algunos de ellos hallados sin vida; el último grupo que salió del edificio fue el de visitantes y empleados de la cafetería, ninguno sobrevivió.

El informe reveló que la Casa del Florero fue usada como centro de interrogatorios donde los militares separaban a los sobrevivientes y luego los llevaban a instalaciones militares donde los torturaban y ejecutaban.

Testimonios, videos y grabaciones de audio se conjugan en una reconstrucción digital de tres sitios clave donde ocurrió el crimen de desaparición forzada: Plaza de Bolívar, Casa del Florero y Cantón Norte. “Nuestro análisis de las imágenes del asedio revela la forma en que las fuerzas de seguridad se llevaron los rehenes que los militares afirmaron que murieron en la toma de posesión. También identifica posibles agentes encubiertos que supervisan las desapariciones, así como el uso de ambulancias y personal médico en los delitos”, sostuvo el informe.

La investigación mapea por primera vez el uso interconectado de las instalaciones militares en Bogotá y su papel en las desapariciones, haciendo que la logística de la desaparición forzada sea legible mientras los investigadores seguían a las víctimas entre múltiples sitios e instalaciones militares alrededor de Bogotá.

Siguiendo el camino de los detenidos hasta la base militar del Cantón Norte, ubicada en el norte de Bogotá, donde tenía su sede el operativo contrainsurgente, identificaron que allí los rescatados del palacio fueron interrogados, torturados, y ejecutados en algunos casos.

La Comisión de la Verdad presentó este informe en compañía de familiares de las víctimas del Palacio de Justicia. “Las víctimas merecemos justicia, merecemos no ser invisibilizadas ni criminalizadas. Invitamos a que respeten a las víctimas porque ustedes no saben nuestro dolor”, aseguró Débora Anaya, hija de una desaparecida del edificio.

Mientras que Francisco De Roux, presidente de la Comisión de la Verdad, aseguró: “Estamos ante una obra que se ha trabajado con pasión, con una fuerza especial que nos permite meternos dentro de los eventos que acontecieron; estamos ante realidades que no hemos comprendido en su hondura”.

11 de Diciembre de 2021

Publicado enColombia
Un grupo de 21 soldados del Ejército colombiano reconoce el asesinato de al menos 247 "falsos positivos"

La Jurisdicción Especial para la paz confirmó que en el caso también está involucrado un civil.

Veintiún miembros del Ejército colombiano y un civil admitieron su responsabilidad en el asesinato extrajudicial de al menos 247 personas, que fueron presentadas falsamente como bajas en combate, confirmó este viernes un comunicado de la Justicia Especial para la Paz (JEP).

Estas ejecuciones sumarias perpetradas por el Ejército, también llamadas "falsos positivos", habrían ocurrido en las zonas de El Catatumbo, donde fueron asesinadas 120 personas, y en la Costa Caribe, lugar en el que se contabilizan al menos 127 víctimas mortales.

Según la JEP, este año han sido imputados 25 miembros del Ejército y un civil por los delitos de homicidio en persona protegida y desaparición forzada, que constituyen delitos de lesa humanidad. De acuerdo a esa jurisdicción, que fue establecida tras los acuerdos de paz entre el Gobierno y las extintas FARC, esos crímenes "no hubieran ocurrido sin la política institucional del Ejército de conteo de cuerpos".

Esa política de Estado también incluyó incentivos y presiones de los comandantes sobre sus subordinados para obtener "muertos en combate". De acuerdo a la justicia tradicional, tras la imputación, "22 de los 26 comparecientes reconocieron verdad y responsabilidad por los crímenes".

El comunicado oficial de la JEP destaca que el oficial de más alto rango en reconocer su responsabilidad por los hechos es el brigadier general Paulino Coronado Gámez, quien comandaba la Brigada 30. De acuerdo a su testimonio, mostró su "absoluta disposición para contribuir en el esclarecimiento de la verdad".

Además de admitir los crímenes, los involucrados ampliaron sus versiones de los hechos, expresaron su "compromiso con la JEP, pidieron perdón y manifestaron su voluntad de reconocer la verdad", detalló la jurisdicción de paz. Uno de los puntos clave es que algunos militares aportaron nuevas pruebas que serán usadas por la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas para las investigaciones correspondientes.

Para la magistratura, el reconocimiento de estos crímenes por parte de sus autores "es un elemento esencial del Sistema Integral para la Paz y, en particular, de la JEP, en tanto materializa 'el sistema de incentivos condicionados' en el que se funda este sistema de justicia transicional".

¿Y ahora qué?

Después de este proceso, se ha puesto en marcha el mecanismo para preparar la audiencia de reconocimiento de los hechos y sus responsables.

En los próximos cuatro meses, la JEP ha instruido cuatro tareas: acciones pedagógicas sobre el caso de los "falsos positivos", en el Norte de Santander y la Costa Caribe; las valoraciones de las víctimas frente al reconocimiento de responsabilidad de los autores de los crímenes; los encuentros privados entre los comparecientes y las víctimas; y la preparación del "camino restaurativo" y reparador para quienes padecieron el horror de esta política de Estado.

"El objetivo es que en estos encuentros entre víctimas y responsables se explore avanzar en el restablecimiento de los tejidos sociales que los crímenes graves y masivos rompieron", apunta la magistratura.

A principios de este año, la JEP determinó que, de acuerdo con una exhaustiva investigación, entre 2002 y 2008 hubo 6.402 personas asesinadas por agentes del Estado y presentadas como "bajas en combate", una cifra que supera ampliamente la presentada en un informe de la Fiscalía General de la Nación en julio de 2018, en la que contabilizaba 2.248 víctimas de "falsos positivos" en Colombia y en un período más largo, entre 1988 y 2014.

10 dic 2021

Publicado enColombia
Sábado, 11 Diciembre 2021 05:50

Ventana al virus: las formas que no vemos

Ventana al virus: las formas que no vemos

¿Quién escribirá la novela de la pandemia?, se pregunta el autor en este ensayo en el que recorre los meses de confinamiento, espera y virus a través de una cantidad de imágenes tomadas de la literatura universal y de sus propias vivencias. Finalmente, como él mismo dice, el género humano no sobrevive en silencio; lo primero que hacemos al sortear un cataclismo es comentarlo. 

Nunca sabremos en qué momento la palabra pasó al arte. De pronto, en torno de una fogata, se concibieron historias. Una de ellas conservó el nombre de Odisea. Su tema no ha sido superado. ¿Hay mayor angustia que la dificultad de volver a casa? Salir al mundo ayuda a entender el peso del retorno; el destino mejora con los esfuerzos para obtenerlo; por ello, en su poema «Ítaca», Constantino Cavafis pide «que el camino sea largo».

La crisis del coronavirus nos replegó a las habitaciones en las que no siempre queremos estar y adquirió la condición de una Odisea inmóvil. Sin mediación alguna, el punto de partida se transformó en punto de llegada. Estábamos donde teníamos que estar, pero eso representaba un tránsito hacia ninguna parte. Ya en el siglo xvii, Pascal había advertido que la tragedia de un hombre comienza cuando no puede estar solo en su cuarto. Nadie había hecho planes para el encierro, y no es fácil que una nación gregaria como la mexicana, donde lo importante ocurre en compañía, acepte que la ayuda consiste en ocultarse. El aislamiento, sinónimo del purgatorio, se transformó en mérito ciudadano.

Un título de Samanta Schweblin adquirió nuevo significado: Distancia de rescate. La escritora argentina se refiere a la proximidad necesaria para salvar a alguien. En la pandemia, la distancia útil fue el alejamiento. En ese ámbito, empezamos a buscar ventanas. Nos asomamos de otro modo a la calle, subimos a las azoteas y vimos el horizonte rayado por antenas de televisión. Esta actividad se complementó con otra para ganar profundidad de campo. Tiempo de pantallas encendidas. Algunos volvimos a un objeto que se abre al modo de una puerta, el libro en papel. Kafka soñaba con ser un chino que vuelve a casa. En esta variante, Ulises es un extraño que regresa a un sitio común. Si Kafka hubiera sido chino, seguramente habría imaginado a un checo que vuelve a casa. Varados en nuestro cuarto, concebimos otros cuartos. A partir de marzo de 2020, el horizonte fueron las paredes. Sin pasar por los predicamentos del rey griego, asumíamos la difícil tarea de regresar.

Leer, abrir ventanas

En 1348 Italia fue devastada por la peste negra. Testigo de la tragedia, Boccaccio señaló que el contagio había golpeado «distintas partes del Oriente, donde hizo perecer a muchísimos habitantes», y se extendió hasta llegar a Florencia, la desdichada ciudad donde él vivía:

Contra ella fracasaron todos los esfuerzos de la previsión humana; ni los oficiales encargados de sanear la ciudad, ni la prohibición de que se permitiera la entrada a ningún apestado, ni las más prudentes precauciones, así como tampoco las más humildes plegarias dirigidas todos los días a Dios por las personas piadosas, fuera en las procesiones organizadas a tal fin o de otra manera cualquiera, pudieron impedir que en los primeros días del año comenzara a hacer los mayores daños.

Boccaccio tenía entonces 35 años. Escritor autodidacta, dominaba la versificación sin ser un auténtico poeta; además, no podía compararse con las inimitables figuras de su siglo: Dante y Petrarca. La mayor parte del tiempo se le iba en conquistas amorosas. Hijo natural, fue enviado por su padre a Nápoles para que no incomodara a su madrastra. Acaso por ello, siguió la ruta de otros célebres donjuanes, buscando en un sinfín de mujeres a la que nunca conoció. Al ver cadáveres en las calles y cerdos que morían por lamer sus vendas, decidió ser fiel a su época. Repudió las rimas eruditas, tuvo urgencia de ser comprendido y acudió a la forma más alta de la expresión vulgar: la prosa. En 1353 concluyó el Decamerón.

La trama se ubica en Florencia durante la peste. Siete mujeres, que oscilan entre los 18 y los 28 años, se reúnen en la iglesia de Santa María Novella. Llevan luto por la pérdida de sus familiares. Una de ellas propone que en vez de sumirse en el dolor o en vanos placeres, recuperen el gusto por la vida en un refugio campestre. Tres jóvenes entran a la iglesia y las chicas los invitan a la más productiva tertulia de la literatura. Durante diez días los convidados cuentan cien historias sobre el triunfo del deseo. El macabro entorno es refutado por tramas de lúbrica comicidad, donde nadie se arrepiente y donde el pecado es una forma del ingenio. Frailes, marqueses, abadesas, presbíteros y mujeres casadas buscan una atrevida felicidad erótica. En una era de cuerpos enfermos, Boccaccio exalta el organismo. No le importa que una boca estornude; le importa que bese. Los personajes pertenecen a una sociedad hipócrita en la que para ser sincero hay que hacer trampa. De acuerdo con Salvador Novo, «pretenden imponer una conciencia moral fundada en la improcedencia de las inhibiciones». Hijo ilegítimo, Boccaccio quiso normalizar estigmas. Novo advirtió su «deseo latente de hacer reconocer a todo el mundo la pureza del adulterio, del que fue producto lato, e instaurar el amor libre como prueba de que su presencia en el mundo no era espuria».

En su condición de católico practicante, Boccaccio conoció a la primera de sus musas en la iglesia (también Petrarca vio a Laura ante un altar). Al concluir el Decamerón, hizo algo que sus personajes jamás harían: se arrepintió y pidió consejo al poeta admirado. Petrarca lo instó a publicar los cuentos, aunque años después diría que se trataba de «un libro juvenil, escrito en prosa para uso del pueblo». A diferencia de Dante, Boccaccio hace que el Infierno y el Paraíso estén en la tierra. Juzga que la epidemia pueda ser una maldición divina, pero revela la condición humana en ausencia de Dios. En 1348, diez personajes se reunieron en un jardín de Italia. Al mediodía buscaban la sombra para contar historias: cada palabra alargaba la vida. Esa inspirada reclusión daría otro nombre a los tiempos de la peste: Renacimiento.

Biopolítica

Cuando un Estado entra en crisis, se multiplican las metáforas bélicas, límite y derrota de la imaginación social. En 2020, varios gobiernos cedieron a la tentación de referirse al covid-19 en términos militares, recurso inútil, pues el frente era ilocalizable, el enemigo avanzaba sin ser visto y la defensa consistía en evitar el acontecimiento. Esa narrativa vacía dominaba al grueso de la población. Los sucesos pasaban en islas alejadas: los hospitales. ¿Es posible contar una «épica de la inacción»? El personal sanitario y los infectados vivían un drama concreto mientras la inmensa mayoría respiraba en puntos suspensivos.

Los gobiernos normalizan el estado de excepción apelando al bien común. El filósofo Paul B. Preciado distinguió dos métodos de combate a la epidemia: el aislamiento físico (Francia, Italia, España) y las pruebas para distinguir contagiados (Corea del Sur, Taiwán, Singapur). Ambas estrategias obligaban a recordar el término de «biopolítica» usado por Michel Foucault para señalar que el objetivo último del poder es el cuerpo. La moderna supervisión biopolítica anuncia la llegada de ciudadanos inmateriales, progresivamente desprovistos de la capacidad de elegir e interactuar con los demás. De acuerdo con Preciado, en la pandemia, el ciudadano

no intercambia bienes físicos ni toca monedas, paga con tarjeta de crédito. No tiene labios, no tiene lengua. No habla en directo, deja un mensaje de voz. No se reúne ni se colectiviza. Es radicalmente individuo. No tiene rostro, tiene máscara. Su cuerpo orgánico se oculta para poder existir tras una serie indefinida de mediaciones semio-técnicas, una serie de prótesis cibernéticas que le sirven de máscara: la máscara de la dirección de correo electrónico, la máscara de la cuenta Facebook, la máscara de Instagram. No es un agente físico, sino un consumidor digital, un teleproductor, es un código, un píxel, una cuenta bancaria, una puerta con un nombre, un domicilio al que Amazon puede enviar sus pedidos.

Toda epidemia describe el país donde ocurre. En México la principal peste es el hambre. De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), cuatro de cada diez mexicanos viven en la pobreza. Para ellos, las posibilidades de morir por no salir a la calle superan a las de sobrevivir por quedarse en casa. Además, nuestro espacio doméstico es una zona de alto riesgo. En The Washington Post, Laura Castellanos abordó la «dimensión oculta» de la pandemia. Del 28 de febrero al 13 de abril de 2020, cien mujeres murieron por coronavirus y 367 por violencia de género; hubo 40.910 llamadas de emergencia al número 911 (la mayor cantidad desde 2016), y se abrieron 33.645 carpetas de investigación: 23,3 denuncias por hora. Un problema estructural se agudizó con el encierro. Por otra parte, también aumentó la disposición a denunciar. El imprescindible hashtag #QuédateEnCasa parecía reclamar otro igualmente urgente: #¿ConQuién?

El coronavirus mostró un mundo interconectado pero desunido. Preciado señala que «comunidad» comparte una partícula etimológica con «inmunidad»: munus, tributo. La comunidad comparte los tributos; la inmunidad prescinde de ellos. El cuerpo social solo será inmune en comunidad. La paradoja del otro: nuestra salud depende de aliviar su malestar. La biopolítica responde, en última instancia, a un criterio económico. En 2021, la vacunación nos convirtió en portadores de marcas. Del mismo modo en que Coca-Cola se vende en una cadena de cines y Pepsi en otra, Pfizer permite circular por ciertos países y Sputnik por otros. Recibí la primera vacuna y mi esposa la segunda. El mundo nos ofrecía rutas diferentes. Mientras el cuerpo se mercantiliza, los gobiernos anuncian recortes a la cultura en nombre de la economía. Y, sin embargo, el tedio del encierro confirmó que la cultura es un remedio ancestral: desde hace siglos, el esfuerzo de lavar la ropa se supera cantando.

Churchill aseguraba que Gran Bretaña ganó la guerra por no cerrar los teatros. Un pueblo que representa Hamlet durante los bombardeos no puede ser vencido. La contradictoria y carismática figura del legendario bulldog inglés no dejará de inspirar películas y series de televisión. Su afición a la pintura y la literatura fue vista como una extravagancia similar a su ingesta de puros y whisky, y tuvo repercusiones imprevistas (el nombre de la banda de jazz-rock Blood Sweat and Tears [Sangre, Sudor y Lágrimas] surgió del más inflamado de sus discursos y la Academia sueca perfeccionó su lista de errores al concederle el Premio Nobel de Literatura). Más allá de las circunstancias de su vida, conviene rescatar una de sus convicciones: la política carece de sentido al margen del arte. En una carta al ministro de Cultura de España, el director de teatro Lluís Pasqual recordó una frase de Churchill: «Si sacrificamos nuestra cultura… ¿alguien me puede explicar para qué hacemos la guerra?».

En tiempos en que nadie es capaz de una tribuna parlamentaria con el ánimo de Churchill, por no decir con su retórica, el confinamiento se superó con la imaginación ciudadana. Para salir del presidio mental, se compartieron tuits, poemas, canciones, llamadas telefónicas, sesiones en Zoom, sueños y series de televisión. Los artistas regalaron en línea obras de teatro, películas, libros, conciertos. La especie resistió gracias a formas de representación de la realidad eliminadas de los presupuestos públicos como una parte prescindible de la realidad.

En un capítulo de Los hermanos Karamázov, «El gran inquisidor», Dostoyevski reflexiona sobre el eterno dilema de las prioridades humanas. Iván, el hermano intelectual, cuenta una parábola a Aliosha, el hermano religioso. En el siglo xvi, un viejo inquisidor sevillano encuentra a Cristo y lo arresta porque su regreso pone en entredicho a una Iglesia que se ha apartado de su prédica. El anciano explica al mesías el peor de sus errores. Cuando oyó la voz de Dios en el desierto, pudo haber pedido cualquier cosa. El Padre Eterno le ofreció pan para alimentar a la humanidad entera; eso le hubiera conferido un poder incontestable. La respuesta de Jesús fue desconcertante: «No solo de pan vive el hombre». ¿A qué se refería? Rehusó ser el proveedor de la gente, su autoridad asistencial, y promovió la libertad aun a riesgo de que se usara en su contra. Ya en la cruz, no pidió un milagro para subir al cielo escoltado por los ángeles. La fe no puede ser impuesta con un truco; debe ser atributo del albedrío.

Los milagros y el reparto del pan son coacciones. Iván presenta la historia como un fracaso del cristianismo (un sacrificio inútil en nombre de la decisión individual); Aliosha lo entiende como un triunfo de la fe sin ataduras. Entre ambos, media otra figura: Dostoyevski sugiere que el pan y la libertad son inseparables. Imaginar que el trigo puede ser horneado y compartirlo son actos culturales. Ponerle precio es otra cosa. En 1929, escribió Federico García Lorca: «No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos claman a gritos». La mitad de nuestra existencia es imaginaria: el pan sabe mejor en libertad.

La civilización comenzó en torno de una fogata. Los gobiernos olvidan que eso sirvió para tres cosas imprescindibles: calentar las manos, preparar comida y contar historias.

La espera

El problema de disponer de mucho tiempo es que no llega el momento de aprovecharlo. Antes de la pandemia, buscábamos ratos que importaban por contraste, arrebatados a la tiranía del horario. El confinamiento cambió las nociones de descanso y día hábil. Siempre estábamos ahí. El trabajo a distancia nos volvió personas disponibles.

Los presos conocen este drama. En su espléndida antología de textos de Ricardo Garibay, Josefina Estrada incluye la crónica «Cárcel». Después del movimiento estudiantil de 1968, el escritor visita a presos políticos en el «Palacio Negro» de Lecumberri que soportan la reclusión con estoicismo y han convertido sus celdas en cubículos de trabajo. Garibay no conocía a Heberto Castillo, pero sintió que continuaban un diálogo de viejos amigos. Dueño de una sonrisa «fácil», «impensada», el anfitrión había renunciado a sus brillantes desempeños como ingeniero y maestro universitario, y se disponía a fundar un nuevo partido político, deseoso de complicarse la vida. Ante esta figura de entusiasmo crónico, Garibay hizo la pregunta decisiva: «¿Qué es lo peor, ingeniero?». El anfitrión dio una cátedra sobre la ingeniería del tiempo:

Lo peor es la relación entre trabajo y tiempo. Se rompe, ¿comprende? Me explico: «afuera» uno se hace de un método, horas diarias, precisas, donde se va acumulando el material, el trabajo: libros, notas, clases, viajes, investigaciones; el tiempo sirve para eso. Aquí el tiempo sirve para esperar, esperar una audiencia determinada, una visita, una noticia, un rumor, una sentencia: eso da y quita sentido al tiempo de la cárcel, porque la espera paraliza, anula los métodos, corrompe los programas. Hay que luchar con todas las fuerzas, vivir como si no se esperara, y no siempre se puede.

Las palabras de Heberto Castillo resumen el predicamento de vivir entre paréntesis, aguardando una noticia, un rumor que acabe con la pausa. Martín Caparrós escribió con ironía que la tierra volvió a ser plana: solo la vemos en la pantalla. También recordó la renovada pertinencia de la dedicatoria de Zama, novela de Antonio di Benedetto: «A las víctimas de la espera». Fiel a su estética, ese libro aguardó a sus lectores durante años. La historia se ubica en el siglo xviii. Un funcionario de la Corona española es enviado a una lejana frontera rural y anhela ser trasladado a Buenos Aires. No hace otra cosa que esperar: «Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera, y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí. Siempre se espera más».

En 1956, cuando apareció la novela, el destino de Diego de Zama fue visto como el de un existencialista del siglo xviii. Condenado a la posposición, no tiene recompensa cierta, pero mantiene el resistente ejercicio de aguardar. Su desilusionada entereza no es la de un desencantado, sino la de alguien que persiste.

La historia cultural de la paciencia tiene antecedentes que dependen más de la lectura que de la escritura. Quien se adentra en un libro es, necesariamente, un esperanzado. El infinito acervo de la Biblia ofrece anécdotas que los exégetas convierten en parábolas. Erri De Luca, poeta italiano, activista ecológico, montañista y traductor del hebreo, ha dedicado un hermoso libro a un pasaje del Génesis: Vita di Noè/Nòah. Sus reflexiones aprovechan los recursos detectivescos de las etimologías, comenzando por el nombre del protagonista, Nòah, que en hebreo antiguo remite al verbo «reposar». Horrorizado ante la violencia y la corrupción de los seres humanos, Dios no solo elige a un hombre justo para reiniciar la especie humana, sino a alguien que sabe esperar. Las cosmogonías ofrecen estadísticas desaforadas. De acuerdo con el relato bíblico, Noé vive 950 años. Se podría decir que a alguien de tan garantizada longevidad no le queda más remedio que ser paciente, pero no hay que minimizar las pruebas que enfrentó.

El diluvio es el arrepentimiento de Yahvé ante su creación inicial. Noé recibe instrucciones precisas para construir la embarcación (sin popa, con tres pisos, etc.). De Luca destaca un detalle esencial: la nave carece de timón, «está hecha para flotar, no para navegar». A bordo, no hay mayor recurso náutico que la fe.

El marino accidental se embarca con su esposa, sus tres hijos y sus parejas, y con ejemplares macho y hembra de todos los animales. Durante 40 días y 40 noches llueve sin cesar. Durante esa cuarentena primordial los demás seres vivos son aniquilados. Después del diluvio, el viento sopla de otro modo. Durante 150 días las aguas bajan de nivel. Al mes décimo, las cumbres de los montes vuelven a ser vistas. Pasan otros 40 días y Noé suelta un cuervo que revolotea en torno del barco. Siete días después suelta una paloma que no encuentra dónde posarse y regresa al navío. Noé se comporta como un relojero místico: no conduce la nave, mide el paso de los días. «Se atiene al intervalo temporal de la creación; sabe que está ante el segundo nacimiento del mundo», escribe De Luca.

Noé aguarda otra semana para volver a enviar la paloma, que ahora regresa con una rama de olivo, señal de que la tierra está cerca. Todo parece resuelto, pero el protagonista decide esperar una semana más. Esos últimos siete días confirman su naturaleza. El poeta italiano Paolo Vachino observa que vuelve a la vida «no a través del excitado desenfreno de la supervivencia, sino con la serenidad del hombre en cuyo nombre está inscrito el reposo».

Ya en tierra, Noé sigue atento a la cronología: planta una viña, reloj vegetal. La siembra, la cosecha, la fermentación y el añejamiento son los nuevos plazos de su espera. Hace vino para beber el tiempo. Hombre al fin, se emborracha y sus hijos lo encuentran desnudo. Antes de salir de escena maldice a los herederos de su estirpe. Noé aceptó la difícil espera que le fue impuesta. Lo más importante fue que se asignó a sí mismo una semana adicional para aquilatar la nueva vida desde el reposo: «deja que el mundo respire siete días más, ahorrándole la presencia de las mujeres y los hombres», comenta Vachino. Años después, en su viñedo, descubrirá la maravilla y el peligro de ser dueño del tiempo.En el siglo xviii, Lichtenberg consideró, con irrenunciable optimismo, que toda felicidad comienza con su anticipación (esperarla es parte de la dicha) y en el xx, los personajes de Beckett entendieron en Esperando a Godot que la existencia es una broma donde se aguarda lo que no llega. La pandemia obligó a repasar los contradictorios trabajos de Cronos. El virus no podía ser visto, carecía de lugar, pero marcaba el tiempo. Las ventanas, las páginas y las pantallas perdieron su condición de sitios y se convirtieron en transcursos, alternos devenires, hechos de otros minutos, otras horas.

El trompetista

En marzo de 2020, el cielo provocó declaraciones de un enclave tecnológico que a menudo se consulta con fines esotéricos: la nasa. Para paliar el encierro, la gente salía al balcón con deseos de amplitud. Sin embargo, el pacífico afán de ver nubes deparó una sorpresa. Allá arriba sonaba una trompeta. Como no estábamos para bromas, el ruido parecía anunciar el fin del mundo.

La educación católica ofrece un condensado de malas noticias. Entre las truculencias de esa pedagogía, destacan el Apocalipsis y los siete ángeles trompetistas que prometen calamidades. Ante el rumor en las alturas, numerosas personas consultaron inútilmente al Vaticano y tuvieron que pedir una segunda opinión a la nasa. La institución aeronáutica explicó que el ruido no se debía a seres sobrenaturales. El cielo confirmaba lo que siempre ha sido: un instrumento de viento. El aire caliente había chocado con el frío, produciendo un «cielomoto», lo cual sucede con frecuencia pero es opacado por los motores que vibran en las ciudades. Gracias al silencio, nos acordamos de los ángeles.

El invento de la trompeta se remonta al año 1500 a.C. y se atribuye a un faraón cuyo nombre anticipaba cómo debía sonar: Tut. Durante milenios, sirvió para hacer llamadas de larga distancia. Sus notas limitadas y su timbre poderoso se prestaban para dar órdenes inconfundibles. Ningún otro instrumento ha sido tan informativo.

En las bandas de guerra, el corneta toca música, pero su principal misión es impartir instrucciones para despertar a la tropa, izar una bandera o lanzar una carga de caballería. En el elenco bíblico, el arcángel Gabriel ocupa un cargo semejante, sirviéndose de su trompeta para despertar almas dormidas. Desde que los siete sacerdotes elegidos por Josué soplaron cuernos de carnero para derribar las murallas de Jericó, se espera que las trompetas produzcan sacudidas. Algunas ocurrieron en el jazz gracias a Louis Armstrong, Miles Davis y otros virtuosos que reventaron sus labios en favor de los pulmones. Igor Stravinski y Olivier Messiaen compusieron para la trompeta y mi generación se emocionó con las fanfarrias de Carlos Jiménez Mabarak que anunciaban la entrega de medallas en la Olimpiada de México 68. Aun así, el trompetista goza de rara reputación. Dispone de una herramienta que ha liberado tribus, ganado batallas y prometido el cielo, y al mismo tiempo carece de la sofisticada aura del clarinetista. García Márquez escribió la crónica de un muchacho que se atrevió a decirles a sus padres que deseaba ganarse la vida soplando: «Ahora nacía un descastado. Una especie de Caín parroquial que pretendía deshonrar los ídolos familiares con el estridente cobre de una trompeta».

México encontró el modo de emplear trompetas en el mariachi, que empezó como música de cuerdas y luego se convirtió en el estruendo que altera cualquier reunión. Su repertorio incluye «El niño perdido», pieza en la que el trompetista debe alejarse de sus compañeros. Corre el rumor de que algunos músicos no vuelven al grupo y vagan por las ciudades como arcángeles fugados. Uno de ellos llegó a mi calle. En dos años, sus notas destempladas no han dejado de sonar. Una y otra vez, toca «Historia de un amor». Mientras la epidemia se cierne sobre México la melodía dice: «Ya no estás más a mi lado, corazón / En el alma solo tengo soledad…». Es la historia de un amor como no habrá otro igual. «Ay que vida tan oscura / Sin tu amor no viviré», clama la trompeta, que se inventó en el Egipto de las plagas y se afianzó en un país donde la supervivencia depende del corazón.

La mermelada del profeta

Así como la metafísica no tiene sentido sin la física, los perfumes incluyen ingredientes apestosos. El inasible Miguel de Nostradamus nació en 1503, en Provenza. Un acontecimiento definió su sino: la peste. Ante un mago de tal calibre hay más conjeturas que certezas. Alberto Savinio procuró interpretarlo sin acudir al ocultismo. Hermano de Giorgio de Chirico, Savinio fue escritor, músico, comediógrafo y pintor. Artista minoritario, casi secreto, apreciaba la erudición de los iniciados. No es casual que se interesara en el «Doctor Nuestraseñora».Nacido en el seno de una familia de ascendencia judía e italiana, Nostradamus se aficionó desde niño a las preguntas sin respuesta. En su juventud practicó la astrología y la astronomía, entonces inseparables. Concibió ideas sobre la redondez de la Tierra hasta que su padre le advirtió que eso podía llevarlo a la hoguera. Aceptó que la Tierra era plana y profesó la fe católica. Estudió Medicina en Montpellier, donde los estudiantes podían desalojar a los vecinos ruidosos que impedían leer. En las clases de Anatomía conoció una superficie más interesante que el cielo: la piel de las mujeres. Casto hasta el prejuicio, idealizó la epidermis femenina y preparó sublimados para protegerla. «La iridiscente gama de los maquillajes nace de sus manos», escribe Savinio: «como un arco iris capturado y puesto al servicio de la cosmética. Su cráneo es el lecho del Instituto de Belleza. ¿Qué sería de Elizabeth Arden, de Helena Rubinstein, del mismísimo gran Antoine, sin las enseñanzas de Miguel de Nostradamus?».

Su habilidad para la farmacopea lo llevó a confeccionar mermeladas y gelatinas para que la fragancia de los frutos tonificara el cuerpo. El gran cambio llegó con un flagelo que era representado como una «bestia selvática», una criatura con alas de murciélago que sostenía una antorcha de la que salía humo amarillo. La peste se había apoderado de Europa. No se trataba de un nuevo adversario; entre el año 1000 y 1400 se habían registrado 32 epidemias de ese tipo. Nostradamus se interesó tanto en el mal que decidió seguirlo a las ciudades donde actuaba con cruel capricho. Quienes no morían eran víctimas de otro virus: el frenesí erótico. Los médicos usaban la «escafandra de la peste», con lentes protectores y esponjas en la nariz. Además masticaban ajo. Autor de un Tratado de los afeites, Nostradamus concibió otro remedio, una receta aromática con clavel, aloe, cañas doradas y rosas recogidas antes del rocío. De acuerdo con la leyenda, quienes tomaron ese específico sobrevivieron al mal. La fama del doctor aumentó en forma desmedida. Fue agasajado en banquetes hasta que conoció la más paralizante de las amenazas: la Felicidad, encarnada en una mujer que respondía a sus sueños de cosmetólogo. El misántropo que hacía el bien se encontró ante la posibilidad de disfrutar la vida sin tener que solucionarla. Había ayudado a erradicar la peste, tenía celebridad, amor y fortuna. Pronto llegarían dos hijos hermosos. ¿Qué hace alguien que lo tiene todo pero no deja de pensar? La parte diurna del doctor cedió espacio a su parte nocturna. El taller de las compotas se convirtió en el santuario de un mago.

Abrumado por la dicha, comenzó a tener «crisis de clarividencia». Vio a un joven fraile en la calle y se arrodilló, llamándolo «Santidad». Tiempo después, ese religioso sería Sixto v. A partir de entonces, se convirtió en profeta. Su mujer y sus hijos murieron sin que él pudiera hacer nada al respecto. «¿Era para este resultado, oh Felicidad, para lo que insististe tanto en ofrecerle tus gracias?», se pregunta Savinio. Nostradamus dejó numerosas profecías para el futuro, la mayoría terribles, ninguna tan enigmática como su vida. Antes de la peste, ofrecía ungüentos, remedios y sabores; sorteó con entereza la epidemia, pero no pudo con el adversario secreto de una mente inquieta: la Felicidad. Rebelde ante la enfermedad, fue vencido por la plenitud. Una enseñanza amarga, digna del contradictorio profeta que preparaba mermeladas.

La novela del virus

Después de dos años de pandemia una pregunta se reitera: ¿quién escribirá la novela de esta época? El género humano no sobrevive en silencio; lo primero que hacemos al sortear un cataclismo es comentarlo. La pregunta sobre la novela del virus se plantea como una urgencia. Todas las épocas tienen ansiedad de presente y piden testimonios. Sin embargo, los testigos más singulares suelen estar en los márgenes, registran los hechos con la distancia de quienes los ven en forma única y tardan en dar respuesta. Lo más importante en la vida de un escritor ocurre antes de los 12 años. La infancia es el laboratorio de la escritura. Los novelistas de la pandemia serán quienes dejaron de ver a sus amigos y recibieron lecciones en una pantalla. Desconocemos sus sentimientos y seguramente ellos no han podido formularlos. Pero los largos meses de vida negada, sin respirar el olor del pasto, sin sentir en los dedos la pegajosa sorpresa de un dulce desconocido, sin padecer la angustia del escarnio o la repentina complicidad de una mirada en el salón de clases, ya gravitan en quienes contarán el porvenir. Por suerte, para todo hay un ejemplo histórico. En 1665, Londres sucumbió a la peste. La mejor crónica de ese tiempo sería escrita por alguien que entonces tenía cinco años. No fue mucho lo que pudo recordar, pero algunas cosas se le grabaron con la retentiva que solo ocurre en la infancia, cuando todas las oportunidades son únicas. El nombre del testigo era Daniel Defoe, y su principal desafío, conseguir golosinas. No es casual que atesorara un detalle en la tienda donde le compraban caramelos: en el mostrador, las monedas se desinfectaban con vinagre. El olfato es un poderoso auxiliar de la memoria. A partir de entonces, todas las ensaladas harían que Defoe recordara el año de la peste.

Denle a un genio de cinco años una moneda que huele a vinagre; denle una vida desesperada y suficiente tiempo y surgirá una obra maestra. En 1722 Daniel Defoe publicó Diario del año de la peste. A mediados de 2021, las monedas comenzaron a escasear en Estados Unidos porque la gente dejó de usarlas para prevenir contagios. Ahora contamos con el gel antibacterial que no existía en tiempos de Defoe, pero también con transacciones digitales que evitan todo contacto. ¿Qué recuerdos traerán esas monedas fugitivas? Los mejores temas literarios suelen venir de una pérdida. La gran novela de la pandemia será escrita por una niña o un niño capaz de recordar lo que ahora le hace falta, alguien que hoy no entiende nada, está harto, dispone de sensaciones que no sabe acomodar. Esas carencias alimentarán los días futuros en que superará todo lo que se dijo en el lejano año de 2021.

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Colombia cierra 2021 con al menos 130 líderes sociales asesinados

Este año se registraron más de 400 amenazas, 21 atentados y 10 desplazamientos forzados, según la Defensoría. Foto: Colprensa

La Defensoría del Pueblo de Colombia informó este jueves que durante 2021 han sido asesinados unos 130 líderes sociales y defensores de los derechos humanos, aunque otros instituciones manejan números superiores. El defensor del pueblo, Carlos Camargo, dijo en una declaración oficial que la cifra es menor a la de 2020, cuando se reportaron 182 casos.

La violencia en el país no cesó tras la firma del acuerdo de paz entre el gobierno y las extintas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que entregaron las armas tras cinco décadas de conflicto interno.

Camargo repudió cada muerte “por el impacto que tiene sobre las comunidades” y destacó que ocurren “principalmente por el accionar criminal de los grupos armados ilegales”.

La Defensoría señaló que el 75% de los homicidios de líderes sociales se concentra en ocho departamentos: Antioquia, Cauca, Valle del Cauca, Chocó, Putumayo, Norte de Santander, Nariño y Caquetá.

Según el organismo, los más atacados son los líderes comunales, indígenas, campesinos y sindicales.

El caso más reciente fue el de Cristina Isabel Cantillo, líder de la comunidad LGBTIQ+ y mujer trans, quien sobrevivió a dos atentados y contaba con un esquema de seguridad asignado por el Estado. Sin embargo, fue asesinada este martes por hombres armados en Santa Marta, al norte del país.

El peligro sobre quienes defienden derechos en Colombia es permanente, señaló la Defensoría del Pueblo, que cuenta con un sistema de alerta temprana que evalúa las situaciones de riesgo y advierte a las autoridades.

Según el informe del organismo, este año se registraron más de 400 amenazas, 21 atentados y 10 desplazamientos forzados.

Abencio Caicedo Caicedo y Edinson Valencia García, líderes de las comunidades afrocolombianas, fueron reportados como desaparecidos hace dos semanas en Buenaventura, al oeste del país. El jueves, el Sistema Integral para la Paz, creado tras la firma del acuerdo, hizo un llamado urgente para que sus vidas sean respetadas.

Las cifras sobre asesinatos de líderes sociales en Colombia varían, en dependencia de la fuente.

La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha recibido información sobre 158 asesinatos de líderes sociales, de los cuales 53 han sido verificados, entre enero y septiembre.

Entretanto, el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz, una organización no gubernamental, reportó 162 asesinatos durante 2021.

9 diciembre 2021

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Un manifestante rompe una bandera estadounidense durante una manifestación multitudinaria contra EEUU, este viernes en Teherán (Irán).EFE.

La Guerra Fría fue sinónimo de cruzada anticomunista. En más de una veintena de países no alineados, la inteligencia y el poder estadounidense fraguó derrocamientos de gobiernos democráticos, cometió diversos crímenes y liquidó a una gran parte dela población civil sospechosa de ser de izquierdas.

 

Asesinatos, secuestros, torturas, persecuciones, desapariciones, financiación de grupos paramilitares de derechas, apoyo militar y golpes de Estado. Esta lista, a grandes rasgos, ilustra la estrategia seguida por Estados Unidos a lo largo del siglo XX y tras el final de la Segunda Guerra Mundial para derrocar al comunismo, o todo lo que desde el país americano consideraban como tal. Son las batallas en el Tercer Mundo, en aquellos países no adscritos ni al capitalismo norteamericano ni al comunismo soviético. Son las batallas que arrasaron con millones de vidas inocentes y que no terminaron con la caída del Muro de Berlín en noviembre 1989.

El Método Yakarta. La cruzada anticomunista y los asesinatos masivos que moldearon nuestro mundo (Capitán Swing, 2021) es el título del último libro traducido al español de Vincent Bevins, periodista y escritor estadounidense. Se trata de una monografía que, a lo largo de sus completos y minuciosos capítulos, atesora un conocimiento apenas expuesto a la sociedad y que se encuentra íntimamente ligado a la realidad geopolítica actual. En un tiempo en el que se dice que todas las grandes ideologías y creencias han caído, apenas se menciona que solo una de ellas es la reinante: el liberalismo y la individualidad que acarrea. Esta es la historia de la sangre que corrió por los ríos de los más diversos países hasta completar las 23 regiones en las que Bevins descubrió que se llevaron a cabo asesinatos en masa intencionados de civiles de izquierdas durante la Guerra Fría. Esta es la historia de los ríos y el mar en el que, recordando lo que pasó, la sociedad aún puede aprender a no ahogarse.

El episodio aterrador que dio nombre al ya mencionado método fue el asesinato masivo, de forma consciente, de aproximadamente un millón de civiles inocentes en Indonesia, en 1965. Un año antes, lo ocurrido en Brasil sería el fermento de lo que durante las épocas posteriores se convertiría en la tónica preponderante: "(…) Los acontecimientos en ambos países llevaron a la creación de una monstruosa red internacional de exterminio —de asesinato sistemático y en masa de población civil— en muchos otros países, un elemento fundamental para la construcción del mundo que habitamos hoy", introduce el propio autor en la publicación.

¿Qué quería Estados Unidos? "Construir, mediante el Método Yakarta, regímenes capitalistas autoritarios aliados que se unieran a ellos y las demás potencias del Atlántico Norte", responde el experto a Público. Él mismo incide en que, para mucha gente en Washington, ser un reformista liberal moderado era razón suficiente para tratar a esa persona de "comunista". Este Método, de todas formas, no fue la única táctica utilizada por la creciente superpotencia y sus aliados en la lucha contra el comunismo: "Si se presta atención a lo que realmente ocurrió en la Guerra Fría, se ve un proceso interesante. Un país relativamente joven, que se encuentra en una posición de poder abrumador en la escena mundial, pasa por una especie de proceso de aprendizaje rápido, averiguando cómo interactuar con el resto del mundo. Así que se ve la creación de la CIA, luego los golpes militares en Irán y Guatemala, el conflicto militar abierto en Indonesia y luego en Vietnam, el uso de la presión económica, el soborno", en palabras del escritor.

De nombre, CIA, de apellido, impunidad

Así, con el paso del tiempo, Estados Unidos aprendió que las operaciones de cambio de régimen más eficaces implican el establecimiento de la hegemonía dentro de las fuerzas armadas del país objetivo. Por otra parte, la CIA parecía estar detrás de todo lo que pasaba en el mundo. "Suele haber mucha confusión sobre la CIA en la Guerra Fría. Por un lado, a veces se ve una especie de línea de pensamiento conspirativo que afirma que cada vez que ocurre algo, la CIA lo ha planeado y ha tirado de todas las palancas. Por otro lado, tenemos todos esos casos en los que la Agencia hace cosas muy locas, en los que falla por todas partes de forma ridícula", inicia Bevins.

Solo una cosa puede superar esas dos perspectivas de la una de las mayores agencias de inteligencia del mundo: la impunidad. "Cuando eres la fuerza clandestina del país más poderoso del mundo, no hay nadie que te meta en problemas cuando fallas, ni fueras de Estados Unidos ni, por lo general, dentro del propio Gobierno del país. Así que tienes una agencia que puede fracasar, volver a fracasar, y luego intentar otra cosa, hasta que finalmente tienen éxito. Podían ser caricaturescos y temerarios, y aun así tener una enorme influencia sobre lo que ocurría", concluye.

Brasil, desapariciones forzadas y Vietnam

En el caso de Brasil, la realidad fue algo diferente. Fue la primera ocasión en que Estados Unidos no aparecía como un factor clave en la conspiración contra su presidente elegido de forma democrática, João Belchior Marques, conocido con el nombre de Jango. El 31 de marzo de 1964, el ejército del país de habla portuguesa sufrió un golpe de Estado cuyas bases se habían asentado con la ayuda de Estados Unidos. ¿Qué ocurrió al final? Tal y como explicita Bevins, los Estados llevaban a cabo a cabo una acción encubierta en el país y su ejército puso armamento y portaaviones a disposición de sus aliados en el ejército brasileño.

Sin embargo, en el momento del golpe, dicho apoyo no fue necesario. "¿Por qué no? Porque el golpe tenía un amplio apoyo en el ejército, entre las clases privilegiadas de Brasil y entre los medios de comunicación brasileños. Este tipo de situación es mucho más probable que conduzca a un aliado estable y a largo plazo (capitalista autoritario) de la Guerra Fría que el tipo de intervenciones muy ruidosas y desordenadas que tuvieron lugar en Irán y Guatemala", se pregunta y responde el mismo autor.

La publicación, que aborda todos los conflictos armados en los que se ha inmiscuido Estados Unidos bajo el pretexto de terminar con un comunismo alineado sin fisuras con la Unión Soviética, vertebra el relato con lo sucedido en Indonesia y su capital, Yakarta. Además, estos hechos de 1965 fueron el pináculo de la escala de intervención militar exterior por parte de Estados Unidos y la primera vez que las desapariciones fueron utilizadas como parte del terror, al igual que después se repetiría en otros países de Latinoamérica.

Así lo relata el propio libro: "Esta era una nueva característica de la violencia masiva. La gente no era asesinada en las calles, dejando claro a sus familias que se habían ido. No eran ejecuciones oficiales. (…) Las familias a menudo no tenían idea de si sus seres queridos seguían vivos, lo que las paralizaba todavía más de pavor. Si protestaban o se rebelaban, ¿podría costarles la vida a sus seres queridos que estaban presos? ¿Podrían detenerlos a ellos también? (…) Esto paraliza a las personas e inmoviliza en mucha mayor medida a la población, que es más fácil de exterminar y de controlar".

Otro de los lugares más gélidos en esa Guerra Fría fue Vietnam. Estados Unidos perdió. ¿Por qué ganaron los comunistas vietnamitas y sus homólogos de Indonesia fueron masacrados? "Esta pregunta llevó a la izquierda internacional a hacer un gran examen de conciencia en los años 60 y 70, con algunas consecuencias de gran alcance. Pero el hecho es que los vietnamitas estaban organizados y esperaban una batalla. No querían una con Estados Unidos, pero sabían que iba a producirse. Llevaban luchando desde los años 40", relata Bevins a este diario.

Realmente, "el Partido Comunista indonesio estaba desarmado, era moderado y —lo que es más importante— no tenía ni idea de que esto podía ocurrirles. Sólo se puede matar a un millón de personas en el transcurso de unos meses si no se lo esperan", explica el investigador en base a las numerosas entrevistas que ha realizado a supervivientes de Indonesia: "No tenían ni idea de que serían o podrían ser tratados como enemigos. Tenían una presencia tan grande, y tanta influencia en Indonesia, que participaban con orgullo en el sistema tal y como existía".

Latinoamérica y los fantasmas de ahora

Así pues, el comunismo estaba allí donde Estados Unidos ponía sus sospechas. Sin discernir en el grado de radicalidad de los izquierdistas, todos los países del Tercer Mundo (no alineados) eran sospechosos de unirse al Segundo (la Unión Soviética y sus satélites) que luchaba contra el Primero (Estados Unidos y las demás potencias del Atlántico Norte). Salvador Allende llegó a Chile, y los estadounidenses tras él. Después, la Operación Cóndor que se extendería por la mayor parte de países latinoamericanos cuya ciudadanía votaba mayoritariamente por partidos de izquierdas. El continente se convirtió en una "verdadera trampa mortal anticomunista", explicita Bevins en su libro.

¿Qué queda de todo aquello? "Obviamente, la ideología del anticomunismo violento todavía está con nosotros aquí en Sudamérica. Parecía haber pasado a finales del siglo XX, pero en Brasil vimos su plena resurrección en la forma de Jair Bolsonaro. En Chile, están viendo la posibilidad muy real de un presidente que celebra a Augusto Pinochet. Es muy aterrador. (…) Los fantasmas de la Guerra Fría han vuelto", dice el autor al respecto.

La sombra de la Guerra Fría es alargada

Esa nueva guerra de los mundos pareció terminar en 1989, con la caída del Muro de Berlín. Una caída que fue más un derrumbe, pero que no llegó a todos los países inmersos en la Guerra Fría. "A veces, consideramos que esta Guerra fue algo que se libró entre Washington y Moscú, entre el Primer y Segundo Mundo, pero creo que es igual de acertado considerarla como una guerra entre el Primer y el Tercer Mundo", agrega el escritor. De ese modo, si la Guerra Fría era un enfrentamiento entre dos superpotencias, entonces sí terminó en 1989, "pero esto no cambió las estructuras sociales, políticas e ideológicas que se habían establecido en el Tercer Mundo, a través de una serie de intervenciones violentas desde 1945", completa.

Bevins, por su parte, solía preguntar a sus entrevistados quién había ganado la Guerra: "Ustedes", le espetaban los interpelados a este estadounidense. "El socialismo perdió, y también el movimiento del Tercer Mundo, cuyo objetivo era remodelar la economía mundial para que los pueblos antes colonizados pudieran ascender a un estatus igual al de los países que los habían colonizado", completa el periodista. Él, en su labor de documentación y búsqueda bibliográfica, tan amplia como adecuada, tuvo especial interés por los testimonios de los supervivientes: "Lo que más me conmovía era cuando recordaban cómo pensaban que iba a ser el mundo, cuando recordaban el futuro que creían estar construyendo, allá por los años 50, 60 o 70. Sus ojos se iluminaban, inspirados por los sueños que les habían sido arrebatados, muy a menudo por mi Gobierno", finaliza.

08/12/2021 13:05

Guillermo Martínez@guille8martinez

Publicado enInternacional
El curso de la Segunda Guerra Mundial cambia frente a Moscú

Octogésimo aniversario inicio del Batalla de Moscú, 5 de diciembre de 1941

 

Con motivo del octogésimo aniversario inicio del Batalla de Moscú el 5 de diciembre de 1941, una batalla que cambió el curso del Segunda Guerra Mundial, reproducimos el capítulo dedicado a este acontecimiento del libro de Jacques R. Pauwels, «Los grandes mitos de la historia moderna. Reflexiones sobre la democracia, la guerra y la revolución», Boltxe Liburuak, diciembre de 2021 [Traducido al castellano por Beatriz Morales Bastos].

El mito:

El curso de la guerra cambió en junio de 1944, cuando se produjo el desembarco de Normandía. A partir de entonces se hizo retroceder sistemáticamente a los alemanes, y los estadounidenses y sus aliados británicos, canadienses y de otros países liberaron la mayor parte de Europa. Éxitos de taquilla de Hollywood como El día más largo y Salvar a soldado Ryan han fomentado muy eficazmente esta idea.

La realidad:

El curso de la guerra empezó a cambiar despacio, de forma casi imperceptible, ya en el verano de 1941, apenas unas semanas después de que el aparentemente invencible ejército alemán invadiera la Unión Soviética. Una contraofensiva emprendida por el Ejército Rojo frente a Moscú el 5 de diciembre de ese año confirmó el fracaso del Blitzkrieg, es decir, la estrategia que supuestamente había sido la clave de la victoria alemana. Ese día los comandantes de la Wehrmacht informaron a Hitler que ya no era posible la victoria.

Al menos en lo que se refiere al «escenario europeo», la Segunda Guerra Mundial empezó con la invasión de Polonia por parte del ejército alemán en septiembre de 1939. Unos seis meses después hubo otras victorias aún más espectaculares, esta vez sobre los Países Bajos y Francia. Para el verano de 1940 Alemania parecía invencible y predestinada a gobernar indefinidamente el continente europeo (Gran Bretaña se negó a arrojar la toalla, pero no podía esperar ganar la guerra sola y temía que Hitler dirigiera pronto su atención a Gibraltar, Egipto y/o otras joyas de la corona del Imperio británico). Pero cinco años después Alemania experimentó el dolor y la humillación de la derrota total. El 20 de abril de 1945 Hitler se suicidó en Berlín mientras los buldóceres del Ejército Rojo entraban en la ciudad y el 8/9 de mayo Alemania se rindió incondicionalmente.

Está claro, por tanto, que el curso de la guerra había cambiado en algún momento entre finales de 1940 y 1944, pero ¿cuándo y dónde? En Normandía en 1944, según algunos, especialmente según Hollywood; en Stalingrado durante el inverno de 1942-1943, según otros. En realidad, ya había empezado a cambiar en el verano de 1941 y fue evidente a principios de diciembre, cuando el Ejército Rojo emprendió una contraofensiva frente a Moscú.

No debería sorprender que fuera en la Unión Soviética donde cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial. La guerra contra la Unión Soviética era la guerra que Hitler había anhelado desde un principio, como dejó muy claro en las páginas de Mein Kampf, escrito a mediados de la década de 1920. Pero, como hemos visto en un capítulo anterior, los generales e industriales, y toda la clase alta de Alemania también deseaban un Ostkrieg, una guerra en el este, es decir, contra los soviéticos. De hecho, como ha demostrado de forma convincente el historiador alemán Rolf-Dieter Müller en una monografía muy bien documentada [1], lo que Hitler quería emprender en 1939 era una guerra contra la Unión Soviética y no contra Polonia, Francia o Gran Bretaña. El 11 de agosto de ese año Hitler explicó a Carl J. Burckhardt, un funcionario de la Liga de las Naciones, que «todo lo que emprendió estaba dirigido contra Rusia» y que «si Occidente [estos es, los franceses y los británicos] es demasiado estúpido y demasiado ciego para entenderlo, se vería obligado a llegar a un acuerdo con los rusos, volverse y derrotar a Occidente, y después volverse con toda su fuerza para atestar un golpe a la Unión Soviética» [2]. De hecho, eso es lo que ocurrió. Occidente resultó ser «demasiado estúpido y ciego», como Hitler había dicho, y le dio vía libre en el este, de modo que llegó a un acuerdo con Moscú (el «Pacto Hitler-Stalin») y entonces emprendió la guerra contra Polonia, Francia y Gran Bretaña. Pero su objetivo seguía siendo el mismo: atacar y destruir la Unión Soviética lo antes posible.

Hitler y los generales alemanes estaban convencidos de haber aprendido una lección fundamental de la Primera Guerra Mundial. Alemania era una importante potencia industrial, pero no tenía acceso a materias primas esenciales, especialmente desde que el Tratado de Versalles le había despojado de sus colonias. Sin un suministro constante de materias primas estratégicas, en particular petróleo y caucho, Alemania no podía ganar una guerra larga, interminable; el Reich tendría que ganar muy rápido.

Así es como nació el concepto de Blitzkrieg, es decir, la idea de una guerra (Krieg) rápida como un «relámpago» (Blitz). El Blitzkrieg requería ataques sincronizados de oleadas de tanques y aviones para romper las líneas defensivas, ejemplificadas por la Línea Maginot francesa, detrás de las cuales cabía esperar que se concentraran las tropas enemigas; una profunda penetración en el territorio hostil, seguida rápidamente de unidades de infantería que no se desplazaban a pie o en tren, como en la Gran Guerra, sino en camiones; y después regresar para contener y liquidar ejércitos enemigos enteros en gigantescas «batallas de cerco» (Kesselschlachten).

La estrategia Blitzkrieg funcionó perfectamente en 1939 y 1940. La Wehrmacht y la Luftwaffe lograron aplastar las defensas polacas, holandesas, belgas y francesas. Inevitablemente, a los Blitzkriege, «guerras rápidas como el relámpago» siguieron Blitzsiege, «victorias rápidas como el relámpago». Estas victorias fueron muy espectaculares, pero no proporcionaron a Alemania un gran botín en forma de los vitalmente importantes petróleo y caucho. En cambio, la «guerra relámpago» agotó las reservas acumuladas antes de la guerra. Afortunadamente para Hitler, en 1940 y 1941 Alemania pudo seguir importando petróleo de Rumanía (un país neutral que se iba a convertir en aliado en septiembre de 1940, después de un golpe de Estado fascista) y del todavía neutral Estados Unidos. De acuerdo con los términos del Pacto Hitler-Stalin, la Unión Soviética también suministró petróleo a Alemania aunque, como ya hemos visto, no se sabe bien en qué cantidades ni de qué calidad. Lo que es más importante es que a Hitler le preocupaba más que, a cambio del petróleo, Alemania tenía que suministrar a la Unión Soviética productos industriales de gran calidad y tecnología militar de vanguardia, que los soviéticos utilizaron para modernizar su ejército y mejorar su armamento [3].

Es comprensible que Hitler recuperara su anterior plan de guerra contra la Unión Soviética poco después de derrotar a Francia, en concreto en el verano de 1940. Unos meses después, el 18 de diciembre de 1940 se dio la orden formal de planificar dicho ataque, al que se dio el nombre clave de Operación Barbarroja [4]. Ya en 1939 Hitler había estado muy empeñado en atacar a la Unión Soviética y se había vuelto contra Occidente solo «para tener seguridad en la retaguardia cuando finalmente estuviera dispuesto a ajustar cuentas con la Unión Soviética», como señala Rolf-Dieter Müller, el cual concluye que para 1940 nada había cambiado en lo que concernía a Hitler: «El verdadero enemigo era el que estaba en el este» [5].

Hitler simplemente no quería esperar mucho más antes de cumplir la gran ambición de su vida, destruir el país al que había definido como su archienemigo en Mein Kampf. Era consciente de que los soviéticos estaban preparando frenéticamente sus defensas para un ataque alemán que, como muy bien sabían, se iba a producir tarde o temprano. Dado que los soviéticos eran más fuertes cada día, el tiempo no estaba, obviamente, de parte de Hitler. ¿Cuánto más podía esperar antes de que se despareciera la «oportunidad»?

Emprender un Blitzkrieg contra la Unión Soviética prometía proporcionar a Alemania los recursos casi ilimitados de ese vasto país, como el trigo ucraniano (para alimentar tanto a los civiles como a los soldados alemanes), minerales como carbón (a partir del cual se podría producir caucho sintético y lubricante) y, más importante, los ricos yacimientos de petróleo del Cáucaso, donde los Panzers y Stukas, grandes consumidores de gasolina, podrían llenar sus tanques hasta los topes en cualquier momento. Fortalecido con estas bazas, a Hitler le iba a resultar sencillo ajustar cuentas con Gran Bretaña, empezando por apropiarse de Gibraltar, por ejemplo, e incluso emprender una ofensiva desde el Cáucaso contra el rico en petróleo Oriente Próximo. Alemania sería por fin una verdadera potencia mundial, invulnerable dentro de una «fortaleza» europea que se extendería desde el Atlántico hasta los Urales, poseedora de recursos ilimitados y, por lo tanto, capaz de ganar incluso guerras largas e interminables contra cualquier enemigo, incluido Estados Unidos, en una de las futuras «guerras de los continentes» ideadas en la febril imaginación de Hitler.

Hitler y sus generales estaban seguros de que el Blitzkrieg que preparaban contra la Unión Soviética iba a tener el mismo éxito que sus anteriores «guerras relámpago» contra Polonia y Francia. Creían que la Unión Soviética era un «gigante con pies de barro» cuyo ejército, supuestamente decapitado por las purgas de Stalin a finales de la década de 1930, no era «nada más que una broma», como el propio Hitler afirmó en una ocasión [6]. Preveían que para ganar las batallas decisivas que iban a emprender se necesitaría una campaña de entre cuatro y seis semanas a la que posiblemente seguirían algunas operaciones de limpieza en las que lo que quedara de las huestes soviéticas «serían perseguidas por todo el país como a un puñado de cosacos vencidos». En todo caso, Hitler estaba sumamente confiado y la víspera del ataque «se alardeaba de estar a punto de obtener el mayor triunfo de su vida» [7].

Los expertos militares de Washington y Londres también creían que la Unión Soviética no podría ofrecer una resistencia importante al gigante nazi, cuyos éxitos militares de 1939 y 1940 le habían granjeado la reputación de invencible. Los servicios secretos británicos estaban convencidos de que la Unión Soviética sería «liquidada en un plazo de entre ocho y diez semanas» y el Jefe del Estado Mayor Imperial (el más alto cargo del ejército británico) afirmó que la Wehrmacht cortaría al Ejército Rojo «como un cuchillo caliente la mantequilla» y que el Ejército Rojo sería acorralado «como ganado». Según la opinión experta de Washington, «Hitler aplastaría Rusia [sic] como un huevo» [8].

El ataque alemán empezó el 22 de junio de 1941 a primera hora de la mañana. Tres millones de soldados alemanes y casi 700.000 soldados aliados de la Alemania nazi, incluidos finlandeses y rumanos, cruzaron la frontera. Su equipamiento consistían en 600.000 automóviles, 3.648 tanques, más de 2.700 aviones y algo más de 7.000 piezas de artillería.

Al principio todo transcurrió según lo planeado. Se abrieron enormes brechas en las defensas soviéticas, rápidamente se conquistaron partes impresionantes de territorio y cientos de miles de soldados del Ejército Rojo murieron, resultaron heridos o fueron hechos prisioneros. El camino a Moscú parecía abierto. Sin embargo, pronto fue evidente que el Blitzkrieg en el este no iba a ser tan sencillo como se había supuesto.

Enfrentado a la maquinaría militar más poderosa que existía, el Ejército Rojo recibió una buena paliza, como cabía esperar, pero también opuso una dura resistencia, tal como el ministro de propaganda Joseph Goebbels reconoció en su diario ya el 2 de julio, y devolvió el golpe con mucha fuerza. El general Franz Halder, en muchos sentidos el «padrino» del plan de ataque de los alemanes, reconoció que la resistencia soviética era mucho más fuerte que todo aquello a lo que se habían enfrentado en Europa Occidental. Los informes de la Wehrmacht citaban una resistencia «dura», «tenaz» e incluso «salvaje», que provocaba grandes pérdidas de hombres y equipos en el bando alemán [9]. Con más frecuencia de lo esperado las fuerzas soviéticas lograron lanzar contraataques que ralentizaron el avance alemán. Algunas unidades soviéticas se ocultaron en los vastos pantanos de Pripet y en otros lugares, y organizaron una mortífera guerra de guerrillas para la que se habían hecho intensos preparativos durante el tiempo ganado gracias al Pacto y que amenazó las largas y vulnerables líneas alemanas de comunicación [10]. También resultó que el Ejército Rojo estaba mucho mejor equipado de lo que se esperaba. Un historiador alemán escribe que los generales alemanes estaban «asombrados» por la calidad de armas soviéticas como el lanzacohetes Katyusha (también conocido como «órgano de Stalin») y el tanque T-34. Hitler estaba furioso porque sus servicios secretos no hubieran tenido conocimiento de la existencia de algunas de estas armas [11].

Lo que más preocupaba a los alemanes era que el grueso del Ejército Rojo lograra retirarse en relativo buen orden y esquivara el cerco y la destrucción, con lo que evitaba una repetición de Cannae o Sedán con la que Hitler y sus generales habían soñado. Parecía que los soviéticos habían observado y analizado minuciosamente los éxitos de los Blitzkrieg alemanes de 1939 y 1940, y sacado lecciones útiles. Debieron haberse dado cuenta de que en mayo de 1940 los franceses habían concentrado el grueso de sus fuerzas justo en la frontera y en Bélgica, lo que permitió que la maquinaria de guerra alemana las encerrara (las tropas británicas también se vieron atrapadas en este cerco, pero lograron escapar a través de Dunkerque). Por supuesto, los soviéticos habían dejado algunas tropas en la frontera y como era de esperar fueron las que más pérdidas sufrieron en las primeras etapas de la Operación Barbarroja. Pero, al contrario de lo que afirman historiadores como Richard Overy [12], el grueso del Ejército Rojo se quedó en la retaguardia, y evitó quedar atrapado. Esta «defensa en profundidad» (facilitada por la adquisición en 1939 de un «glacis», un «respiro» territorial, es decir, «Polonia Oriental») fue lo que frustró la ambición alemana de destruir totalmente el Ejército Rojo. Como escribió el mariscal Zhukov en sus memorias, «la Unión Soviética habría sido aplastada si hubiéramos organizado todas nuestras fuerzas en la frontera» [13].

Para mediados de julio, a medida que la guerra de Hitler en el este empezaba a perder sus cualidades de Blitz, algunos dirigentes alemanes empezaron a expresar su enorme preocupación. Por ejemplo, el almirante Wilhelm Canaris, jefe de los servicios secretos de la Wehrmacht, la Abwehr, confesó el 17 de julio a un colega en el frente, el general von Bock, que no veía «más que negro». En el frente doméstico, también muchos civiles alemanes empezaron a pensar que la guerra en el este no iba bien. En Dresde, Victor Klemperer, un lingüista judío que llevaba un diario, escribió el 13 de julio que «nosotros [los alemanes] sufrimos pérdidas inmensas, hemos subestimado a los rusos» [14].

Más o menos en ese mismo momento el propio Hitler abandonó su sueño de una victoria rápida y fácil, y rebajó sus expectativas; ahora mencionaba la esperanza de que para octubre sus tropas llegaran al Volga y de que más o menos un mes después se apoderaran de los yacimientos de petróleo del Cáucaso [15]. Para finales de agosto, cuando la Operación Barbarroja se debería haber ido reduciendo paulatinamente, un memorando del Alto Comando de la Wehrmacht (Oberkommando der Wehrmacht, OKW) reconoció que no sería posible ganar la guerra [16].

Un problema fundamental era que cuando empezó la Operación Barbarroja el 22 de junio se calculó que los suministros de los que se disponía de petróleo, neumáticos, piezas de recambio, etc., no iban a durar mucho más que uno o dos meses. Se había considerado suficiente porque supuestamente solo iba a costar unas seis semanas doblegar a la Unión Soviética y entonces los victoriosos alemanes podrían disponer de los recursos prácticamente ilimitados de este país (tanto productos industriales como petróleo y otras materias primas [17]. Pero a finales de agosto de 1941 las puntas de lanza de la Wehrmacht estaban lejísimos de esos distantes confines de la Unión Soviética en los que se iba a conseguir petróleo, el más precioso de todos los artículos marciales. Si los tanques consiguieron seguir circulando, aunque cada vez más despacio, hacia las aparentemente interminables extensiones ucranianas y rusas, fue en gran medida gracias al petróleo rumano y al combustible importado de Estados Unidos, vía la neutral España y la ocupada Francia.

Las llamas del optimismo se avivaron de nuevo en septiembre, cuando las tropas alemanas capturaron Kiev y, más al norte, avanzaron en dirección a Moscú. Hitler creía, o al menos pretendía creer, que ahora se acercaba el final para los soviéticos. En un discurso público en el Palacio de Deportes de Berlín pronunciado el 3 de octubre declaró que prácticamente había terminado la «guerra oriental». Y se ordenó a la Wehrmacht dar el golpe de gracia lanzando la Operación Tifón (Unternehmen Taifun), una ofensiva destinada a tomar Moscú.

Sin embargo, las probabilidades de éxito parecían cada vez más exiguas, porque los soviéticos se afanaban en traer unidades de reserva del Lejano Oriente. Su espía principal en Tokio, Richard Sorge, les informó de que los japoneses, cuyo ejército estaba estacionado en el norte de China, ya no consideraban la posibilidad de atacar las vulnerables fronteras de los soviéticos en la zona de Vladivostok [18] (como hemos visto, les había enfadado que Hitler firmara un Pacto con Stalin y habían cambiado a una «estrategia meridional» que los iba a hacer entrar en conflicto con Estados Unidos).

Para empeorar las cosas, los alemanes ya no eran superiores en el aire, en particular sobre Moscú. No se podían llevar suficientes suministros de munición y comida desde la retaguardia al frente, ya que la actividad guerrillera había obstaculizado gravemente las extensas líneas de suministro [19]. Por último, empezaba a hacer frío en la Unión Soviética, aunque probablemente no más que lo habitual en esa época del año. El alto mando alemán, que tenía plena confianza en que su Blitzkrieg habría terminado para el final del verano, no había considerado necesario proveer a las tropas de equipamiento apropiado para luchar bajo la lluvia, con barro, nieve y las gélidas temperaturas del otoño e invierno rusos.

Tomar Moscú era un objetivo extremadamente importante para Hitler y sus generales. Se creía, probablemente de forma equivocada, que la caída de su capital «decapitaría» a la Unión Soviética y provocaría así su colapso. También parecía importante evitar repetir lo ocurrido en verano de 1914, cuando el aparentemente imparable avance alemán dentro de Francia había sido detenido in extremis a las afueras del este de París en la Batalla del Marne. Este desastre (desde la perspectiva alemana) había robado a Alemania una victoria casi segura en el primer momento de la Primera Guerra Mundial y la había obligado a librar una larga lucha que, al carecer de suficientes recursos y debido al bloqueo de la Armada Británica, estaba condenada a perder. Esta vez, en una nueva Gran Guerra contra un nuevo archienemigo no iba a haber un nuevo «milagro del Marne», es decir, no iba a haber el menor titubeo a las afueras de la capital enemiga. Era imprescindible que Alemania no se encontrara sin recursos y bloqueada en un conflicto largo y prolongado que estaba condenada a perder. A diferencia de París, Moscú iba a caer, la historia no se iba a repetir y Alemania iba a acabar victoriosa. O eso era lo que se esperaba en el cuartel general de Hitler.

La Wehrmacht siguió avanzando, aunque lentamente, y a mediados de noviembre algunas unidades estaban ya a solo treinta kilómetros de la capital, pero las tropas estaban totalmente exhaustas y se estaban quedando sin suministros. Sus comandantes sabían que, por muy tentadoramente cerca que estuviera Moscú, era simplemente imposible tomar la ciudad y que ni siquiera hacerlo les daría la victoria. El 3 de diciembre varias unidades abandonaron la ofensiva por propia iniciativa. En unos días se obligó a todo el ejército alemán situado frente a Moscú a pasar a la defensiva. En efecto, el 5 de diciembre a las tres de la madrugada, en medio del frío y de una nevada, el Ejército Rojo lanzó de pronto un importante y bien preparado contraataque. Se abrieron brechas en muchos puntos de las líneas de la Wehrmacht y los días siguientes se hizo retroceder a los alemanes entre 100 y 280 kilómetros, además de sufrir graves perdidas de hombres y de equipamiento. Solo con grandes dificultades se evitó un cerco catastrófico. El 8 de diciembre Hitler ordenó a su ejército abandonar la ofensiva y pasar a posiciones defensivas. Culpó de este revés a la supuestamente inesperada llegada temprana del invierno, se negó a retroceder más hacia la retaguardia, como sugerían algunos de sus generales, y propuso volver a atacar en primavera [20].

Así acabó el Blitzkrieg de Hitler contra la Unión Soviética, la «guerra oriental» que, de haberla ganado, no solo habría realizado la gran ambición de su vida, destruir la Unión Soviética, sino también, y más importante, habría proporcionado a la Alemania nazi recursos suficientes para convertirse en un gigante casi invulnerable.

Se suponía que un triunfo contra la Unión Soviética habría hecho imposible una derrota alemana y probablemente lo habría hecho. Quizá sea justo afirmar que si la Alemania nazi hubiera derrotado a la Unión Soviética en 1941, Alemania sería todavía hoy la potencia hegemónica de Europa y posiblemente también de Oriente Próximo y el Norte de África. La derrota en la Batalla de Moscú en diciembre de 1941 significaba que la guerra relámpago de Hitler no produjo la esperada victoria relámpago. En la nueva «Batalla del Marne» justo al oeste de Moscú la Alemania nazi sufrió la derrota que hizo imposible su victoria no solo contra la propia Unión Soviética, sin también contra Gran Bretaña y en la guerra en general. Hay que señalar que en aquel momento Estados Unidos todavía no estaba ni siquiera involucrado en la guerra contra Alemania.

Hitler y sus generales creían, no sin razón, que para ganar una nueva edición de la Gran Guerra Alemania tenía que ganarla a la velocidad del relámpago. Pero el 5 de diciembre de 1941 fue evidente para todos los presentes en el «cuartel general del Führer» que no iba a haber un Blitzsieg contra la Unión Soviética y que Alemania estaba condenada a perder la guerra antes o después. Según el general Alfred Jodl, jefe del Estado Mayor de Operaciones del OKW, Hitler se dio cuenta entonces de que ya no podía ganar la guerra [21], de modo que se puede afirmar que el éxito del Ejército Rojo frente a Moscú fue sin lugar a dudas el «punto de inflexión» [Zäsur] de toda la guerra mundial», como afirma Gerd R. Ueberschär, un experto alemán en la guerra contra la Unión Soviética [22].

En otras palabras, el curso de la Segunda Guerra Mundial cambió el 5 de diciembre de 1941. Sin embargo, del mismo modo que los verdaderos cursos no cambian repentinamente, sino de forma gradual e imperceptible, en realidad el curso de la guerra no cambió en un solo día, sino a lo largo del período de los al menos cuatro meses transcurridos entre el verano de 1941 y principios de diciembre de ese mismo año.

El curso de la guerra en el este había ido cambiando de manera extremadamente lenta, pero no tan imperceptiblemente. Ya en julio de 1941, menos de un mes después de que se emprendiera la Operación Barbarroja, observadores bien informados habían empezado a dudar de que todavía fuera posible una victoria alemana, no solo en la Unión Soviética sino en la guerra en general. Ese mes los generales del régimen colaborador francés del mariscal Pétain reunidos en Vichy discutieron acerca de los informes confidenciales que habían recibido de sus colegas alemanes sobre la situación en el frente oriental. Se enteraron de que el avance en el interior la Unión Soviética no iba tan bien como se esperaba y llegaron a la conclusión de que «Alemania no iba a ganar la guerra sino que ya la había perdido». A partir de ese momento una cantidad cada vez mayor de miembros de la élite militar, política y económica francesa se preparó discretamente para abandonar el condenado Vichy; esperaban que su país fuera liberado por los estadounidenses, con quienes habían establecido contactos a través de intermediarios simpatizantes, como el Vaticano y Franco [23].

En septiembre, cuando se suponía que debía haber terminado el Blitzkrieg en el este, un corresponsal del New York Times que trabajaba en Estocolmo se mostró convencido de que la situación en el frente oriental era tal que Alemania «podría colapsar totalmente». Acababa de volver de visitar el Reich donde había sido testigo de la llegada de trenes cargados de soldados heridos. Y el siempre bien informado Vaticano, que al principio estaba muy entusiasmado con la «cruzada» de Hitler contra la patria soviética del «impío» bolchevismo, a finales del verano de 1941 estaba muy preocupado por la situación en el este; a mediados de octubre llegó a la conclusión de que Alemania iba a perder la guerra [24] (evidentemente, no se había informado a los obispos alemanes de las malas noticias, puesto que un par de meses después, el 10 de diciembre, declararon públicamente que «observaban con satisfacción la lucha contra el bolchevismo»). Igualmente, a mediados de octubre los servicios secretos suizos informaron de que «los alemanes ya no pueden ganar la guerra» [25].

A finales de noviembre un cierto derrotismo había empezado a contagiar a los altos rangos de la Wehrmacht y del Partido Nazi. Incluso mientras urgían a sus tropas a avanzar hacia Moscú, algunos generales opinaban que sería preferible hacer propuestas de paz y terminar paulatinamente la guerra sin lograr la gran victoria que tan segura parecía al empezar de la Operación Barbarroja. Y poco después de terminar noviembre el ministro de Armamento Fritz Todt pidió a Hitler que buscara una manera diplomática de salir de la guerra puesto que estaba perdida tanto desde el punto de vista puramente militar como desde el industrial [26].

Es un mito que los invasores alemanes de la Unión Soviética fueran derrotados por el «general Invierno». Los alemanes fueron derrotados por el Ejército Rojo, con el apoyo de toda la nación soviética, excepto, por supuesto, los colaboracionistas que, por desgracia, existen en todos los países. Como los alemanes se enfrentaron a una resistencia tan férrea, al final del verano la Operación Barbarroja no estaba ni mucho menos terminada, tal como Hitler y sus generales habían esperado. Esto significa que a más tardar en septiembre de 1941 había fallado la estrategia Blitzkrieg, que se suponía iba a ser la clave de la victoria alemana. Costó unos pocos meses más, hasta el 5 de diciembre, a principios del inverno, certificar este fracaso con el inicio de la contraofensiva soviética frente a Moscú; pero en lo que respecta a Alemania, el daño fatal ya estaba hecho en verano. El mito que se lo atribuye al «general Invierno» lo idearon los nazis para explicar el fracaso de la Operación Barbarroja y después de 1945, en el contexto de la Guerra Fría, se mantuvo vivo como parte de la campaña para minimizar la contribución soviética a la derrota de la Alemania nazi.

Cuando el Ejército Rojo emprendió su devastadora contraofensiva el 5 de diciembre, el propio Hitler se dio cuenta de que su causa estaba perdida, pero no estaba dispuesto a permitir que lo supiera la opinión pública alemana. Los portavoces nazis presentaron las desagradables noticias del frente cerca de Moscú como un revés temporal, del que culparon a la supuestamente inesperada temprana llegada del «general Invierno» y/o a la incompetencia o cobardía de algunos comandantes. Fue solo un año después, tras la calamitosa derrota en la Batalla de Stalingrado en el invierno de 1942-1943, cuando la opinión publica alemana y todo el mundo se iba a dar cuenta de que Alemania estaba condenada, razón por la cual todavía hoy muchos historiadores creen que el curso de la guerra cambió en Stalingrado.

Resultó imposible mantener en secreto total las catastróficas implicaciones de la debacle frente a Moscú. Por ejemplo, el 19 de diciembre de 1941 el cónsul alemán en Basilea informó a sus superiores en Berlín que el (abiertamente pronazi) jefe de una misión de la Cruz Roja suiza, que había sido enviado al frente en la Unión Soviética para ayudar a los heridos aunque solo en el bando alemán, lo que contravenía las normas de la Cruz Roja, había vuelto a Suiza con la noticia, que había sorprendido mucho al cónsul, de que «ya no creía que Alemania pudiera ganar la guerra» [27].

En su cuartel general situado en las profundidades de un bosque de Prusia oriental Hitler seguía cavilando acerca del desastroso cambio de rumbo cuando recibió otra sorpresa. En la otra punta del globo los japoneses habían atacado la base naval estadounidense de Pearl Harbor, en Hawai, el 7 de diciembre de 1941. Los acuerdos en vigor entre Berlín y Tokio eran de naturaleza defensiva y habrían exigido que el Reich se uniera al bando de Japón si este hubiera sido atacado por Estados Unidos, pero ese no era el caso. Hitler no tenía esa obligación, como se ha afirmado o al menos insinuado en las historias y documentales sobre ese dramático acontecimiento. Tampoco los dirigentes japoneses se habían sentido obligados a declarar la guerra a los enemigos de Hitler cuando este atacó Polonia, Francia y la Unión Soviética. En cada ocasión Hitler ni se había molestado en informar a Tokio de sus planes, sin duda por temor a los espías. Del mismo modo, los japoneses tampoco informaron a Hitler de sus planes de entrar en guerra con el Tío Sam (en realidad, estos planes eran el resultado de una «estrategia meridional» a la que, como hemos visto, Tokio había cambiado porque Hitler había firmado un pacto con Stalin).

Con todo, el 11 de diciembre de 1941 el dictador alemán declaró la guerra a Estados Unidos. Esta decisión aparentemente irracional solo se puede entender a la luz del aprieto en el que se encontraba Alemania en la Unión Soviética. Es casi seguro que Hitler supusiera que este gesto totalmente gratuito de solidaridad iba a llevar a su aliado del Lejano Oriente a declarar en reciprocidad la guerra al enemigo de Alemania, la Unión Soviética, lo que habría llevado a los soviéticos a la extremadamente peligrosa situación de una guerra en dos frentes (el grueso del ejército japonés todavía estaba estacionado en el norte de China y, por tanto, habría podido atacar inmediatamente a la Unión Soviética en la zona de Vladivostok).

Parece que Hitler creyó que podía exorcizar el espectro de la derrota en la Unión Soviética, y en la guerra en general, emplazando a una especie de deus ex machina japonés a acudir la vulnerable frontera siberiana de la Unión Soviética. Efectivamente, según el historiador alemán Hans W. Gatzke, el Führer estaba convencido de que «si Alemania no se unía a Japón [en la guerra contra Estados Unidos], sería […] el fin de toda esperanza de que Japón le ayudara contra la Unión Soviética» [28]. Pero Japón no picó el anzuelo de Hitler. Tokio también despreciaba al Estado soviético, pero el País del Sol Naciente, que ahora estaba en guerra contra Estados Unidos, se podía permitir el lujo de una guerra en dos frentes tan poco como los soviéticos. Tokio prefería apostar por una estrategia «meridional», con la esperanza de ganar el gran premio del Sudeste de Asia (incluidas la rica en petróleo Indonesia y la rica en caucho Indochina) a tener que embarcarse en una incursión en los inhóspitos confines de Siberia. Solo muy al final de la guerra, tras la rendición de la Alemania nazi, se iban a producir hostilidades entre la Unión Soviética y Japón. En el próximo capítulo nos centraremos en la guerra en el Lejano Oriente en la que participaron Japón y Estados Unidos, y finalmente también la Unión Soviética.

Y de este modo, por culpa del propio Hitler, entre los enemigos de Alemania ahora no solo estaban Gran Bretaña y la Unión Soviética, sino también el poderoso Estados Unidos, cuyas tropas se podía esperar que aparecieran en las costas de Alemania, o al menos en las costas de la Europa ocupada por los alemanes, en un futuro inmediato. En efecto, los estadounidenses iban a enviar tropas a Francia, pero solo en 1944 y este acontecimiento sin duda importante a menudo se presenta todavía como el punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, merece la pena preguntarse si los estadounidenses habrían desembarcado en Normandía o, para el caso, si habrían declarado la guerra a la Alemania nazi, si Hitler no les hubiera declarado la guerra el 11 de diciembre de 1941. Y habría que preguntarse si Hitler habría tomado la decisión desesperada, incluso suicida, de declarar la guerra a Estados Unidos si no se hubiera encontrado en una situación desesperada en la Unión Soviética. Así pues, la entrada de Estados Unidos en la guerra contra Alemania que, por muchas razones, no se veía venir antes de diciembre de 1941 y para la que Washington no había hecho preparativo alguno, como pronto veremos, también fue una consecuencia del revés que sufrió Alemania frente a Moscú.

La Alemania nazi estaba condenada, pero la guerra aún iba a ser larga. Hitler ignoró los consejos de sus generales, que le recomendaban encarecidamente buscar una salida diplomática, y decidió seguir luchando con la escasa esperanza de sacarse de algún modo la victoria de la manga. La contraofensiva rusa iba a perder ímpetu a principios de enero de 1942, la Wehrmacht iba a sobrevivir al invierno de 1941-42 y en primavera de 1942 Hitler iba a reunir trabajosamente todas las fuerzas disponibles para una ofensiva en dirección a los yacimientos de petróleo del Cáucaso denominada «Operación Azul» (Unternehmen Blau). El propio Hitler reconoció que «si no conseguía el petróleo de Maikop y Grozny, tendría que terminar esta guerra» [29].

Pero para entonces había desaparecido el factor sorpresa y los soviéticos disponían de inmensas cantidades de hombres, petróleo y otros recursos, además de un equipamiento excelente, en su mayoría producido en fábricas que habían sido trasladadas detrás de los Urales entre 1939 y 1941. La Wehrmacht, en cambio, no se pudo resarcir de las enormes pérdidas que había sufrido en 1941. Entre el 22 de junio de 1941 y el 31 de enero de 1942 los alemanes habían perdido 6.000 aviones y más de 3.200 tanques y vehículos similares. Nada menos que 918.000 hombres habían muerto, resultado heridos o estaban desaparecidos en combate, lo que equivale al 28,7% de la dotación media del ejército, 3,2 millones de hombres [30]. Alemania perdió en la Unión Soviética no menos de 10 millones del total de los 13,5 millones de sus hombres muertos, heridos o hechos prisioneros a lo largo de toda la guerra y el Ejército Rojo reivindicó haber matado al 90% de todos los alemanes muertos en la Segunda Guerra Mundial [31].

Por consiguiente, las fuerzas disponibles para avanzar hacia los yacimientos de petróleo del Cáucaso era muy limitadas. Resulta sorprendente que en esas circunstancias los alemanes lograran llegar tan lejos en 1942. La bestia estaba herida de muerte, pero iba a tardar mucho tiempo en exhalar su último aliento e iba a seguir siendo poderosa y peligrosa hasta el final, como descubrirían los estadounidenses en el invierno de 1944-1945 en la Batalla de las Ardenas. Pero cuando en septiembre de ese año su ofensiva se fue agotando inevitablemente, las debilitadas líneas alemanas se extendían a lo largo de muchos cientos de kilómetros y presentaban un objetivo perfecto para un contraataque soviético. Cuando llegó el ataque consiguió encerrar a todo el ejército alemán y destruirlo en Stalingrado. Después de esta gran victoria del Ejército Rojo fue obvio que la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial era inevitable, pero la condición previa de la sin duda más espectacular y más evidente derrota alemana en Staligrado fue el fracaso del Blitzkrieg oriental en la segunda mitad de 1941, que culminó en una derrota frente a Moscú a principios de diciembre de ese año.

Todavía hay más razones para considerar diciembre de 1941 el punto de inflexión de la guerra. La contraofensiva soviética acabó con la reputación de invencible de la que había disfrutado la Wehrmacht desde sus éxitos contra Polonia en 1939 y levantó así la moral de los enemigos de Alemania en todas partes. En Francia, por ejemplo, la Resistencia se hizo más grande, más audaz y mucho más activa. A la inversa, el fracaso del Blitzkrieg desmoralizó a los finlandeses y a otros aliados de Alemania. Y los países neutrales que habían simpatizado con la Alemania nazi se volvieron ahora complacientes respecto a los «anglo-estadounidenses». Franco, por ejemplo, esperaba congraciarse con ellos mirando hacia otro lado cuando los aviadores aliados derribados, ayudados por la Resistencia francesa, violaban técnicamente la neutralidad española al cruzar el país desde Francia a Portugal en su camino de regreso a Gran Bretaña. Portugal, que también era neutral oficialmente aunque mantenía relaciones amistosas con Gran Bretaña, incluso permitió a los británicos y a los estadounidenses utilizar una base aérea en las Azores, que iba a demostrar ser extremadamente útil en la Batalla del Atlántico.

Lo que es más importante, la batalla de Moscú también garantizó que el grueso de las fuerzas armadas alemanas estuviera ligado a un frente oriental de aproximadamente 4.000 kilómetros durante un periodo de tiempo indefinido y, por tanto, requiriera la mayor parte de los recursos estratégicos disponibles, sobre todo petróleo. Esto eliminaba casi por completo la posibilidad de nuevas operaciones de Alemania contra Gran Bretaña e incluso hizo cada vez más difícil suministrar suficientes hombres y material a Rommel en el norte de África, lo que llevó finalmente a su derrota en la Batalla de El Alamein en otoño de 1942.

Fue frente a Moscú en diciembre de 1941 cuando cambio el curso de la guerra. Allí fue donde se acabó con el Blitzkrieg, que ya llevaba varios meses moribundo, y donde, por consiguiente, se obligó a la Alemania nazi a luchar sin recursos suficientes el tipo de guerra prolongada que Hitler y sus generales sabían que no podían ganar. Fue también en ese momento cuando el Tío Sam se vio arrastrado a la guerra contra la Alemania nazi. Los estadounidense iban a estar preocupados durante mucho tiempo por su guerra contra Japón, así que solo después del desembarco de Normandía, esto es, menos de un año antes del final de la guerra, iban a empezar a contribuir de forma significativa a la derrota de la Alemania nazi [32]. ¿Por qué tardaron tanto?

Los dirigentes políticos y militares estadounidenses y británicos, representantes de las clases altas de sus países, siempre habían sido intrínsecamente antisoviéticos, mucho más que antinazis; de hecho, habían sido filofascistas, es decir, miraban con buenos ojos el fascismo porque el fascismo era enemigo del comunismo. Es una ironía de la historia que acabaran entrando en guerra contra el fascismo, personificado por Hitler (y también por Mussolini), y se encontraran así siendo aliados de la Unión Soviética. Pero se trataba de una alianza que no era natural, destinada a durar únicamente hasta derrotar al enemigo común (como dijeron algunos generales estadounidenses en una ocasión, estaban luchando una guerra «con el aliado equivocado contra el enemigo equivocado») [33]. Esto explica por qué, después de que Estados Unidos entrara en la guerra, los «anglo-estadounidenses» se comportaron en la medida de lo posible como un tertius gaudens, encantados de dejar a los soviéticos y a los nazis matarse mutuamente mientras ellos miraban desde la barrera.

El hecho de que el Ejército Rojo suministrara la carne de cañón necesaria para vencer a Alemania permitió a los aliados occidentales minimizar sus pérdidas. También les permitió fortalecerse para intervenir de forma decisiva en el momento adecuado, cuando ambos, el enemigo nazi y el aliado soviético, estuvieran exhaustos. Entonces iban a poder decidir cómo iba a ser Europa (y gran parte del resto del mundo) después de la guerra.

Por ese motivo Washington y Londres no abrieron un «segundo frente» desembarcando tropas en Francia en 1942 (se puede definir como un «fracaso intencionado» el desembarco de una pequeña fuerza de tropas, en su mayoría canadienses, en Dieppe el 19 de agosto de 1942, que fue rechazada con grandes pérdidas por unos defensores alemanes fuertemente atrincherados; el objetivo de esta idea de Churchill era demostrar a los partidarios británicos de un segundo frente y a Stalin que los aliados occidentales todavía no estaban preparados para una empresa de esa envergadura en Francia) [34].

A pesar de lo que han afirmado algunos historiadores, sin lugar a dudas ya era factible desembarcar un ejército en Francia en 1942, el año en el que el grueso de las fuerzas alemanas estaba dedicado a un intento desesperado aunque condenado al fracaso de conquistar los yacimientos de petróleo de la Unión Soviética. En vez de ello, los responsables de Washington y Londres optaron por una operación igualmente complicada desde el punto de vista logístico: en noviembre de 1942 se enviaron tropas al norte de África para ocupar las colonias francesas situadas allí, lo que proporcionó poca o ninguna ayuda al Ejército Rojo, como la habría proporcionado la apertura de un «segundo frente» en Francia.

Solo después de la catastrófica derrota que sufrió la Wehrmacht en la Batalla de Stalingrado, es decir, en febrero de 1942, fue obvio que la Alemania nazi estaba condenada a perder la guerra. Eso hizo que Washington y Londres cambiaran su política y se implicaran directamente en la titánica lucha contra la Alemania nazi donde realmente hacía falta, es decir, en Europa.

A Roosevelt y Churchill no les gustaba en absoluto que, después de Stalingrado, el Ejército Rojo se estuviera abriendo paso de forma lenta pero segura hacia Berlín y posiblemente hacia lugares situados más al oeste, así que desde la perspectiva de la estrategia angloestadounidense «se hizo imperativo enviar tropas a Francia y adentrarse en Alemania para mantener la mayor parte de ese país fuera de las manos [soviéticas]», como han escrito dos historiadores estadounidenses, Peter N. Carroll y David W. Noble [35]. Por consiguiente, se decidió enviar tropas a Francia lo antes posible, pero era demasiado tarde para llevar a cabo una operación tan compleja desde el punto de vista logístico en 1943, especialmente porque había que trasladar desde el norte de África el equipo necesario para el desembarco, de modo que hubo que esperar hasta la primavera de 1944. Y cuando finalmente desembarcaron no fue para provocar la derrota de la Alemania nazi, sino para impedir que la Unión Soviética lo hiciera sola.

En todo caso, cuando los estadounidenses, los británicos y otros aliados occidentales desembarcaron en Normandía en junio de 1944 quedaba menos de un año de una guerra cuyo resultado ya se había decidido realmente tres años antes, en el verano de 1941. La idea de que ese desembarco constituyó una especie de punto de inflexión no es más que un mito, inventado para ocultar el papel fundamental que había desempeñado la Unión Soviética en la derrota de la Alemania nazi. También nació un mito menor y menos importante, útil para el mismo propósito: la idea de que los soviéticos solo habían logrado sobrevivir a la arremetida nazi gracias al importante apoyo material que les había prestado el Tío Sam en el contexto del famoso Programa de Préstamo y Arriendo de ayuda a los aliados de Estados Unidos. Varios hechos demuestran que aunque esta historia se ha tejido en torno a algunos hechos históricos, como suele ocurrir con los mitos, tampoco refleja la realidad histórica [36].

En primer lugar, antes de Pearl Harbor, es decir, a principios de diciembre de 1941, la Unión Soviética no era aliada del Tío Sam. Estados Unidos era un país neutral y su clase alta simpatizaba más con los nazis que con los soviéticos, un tema que abordaremos en los dos próximos capítulos. Una cantidad considerable de estadounidenses ricos, poderosos y muy influyentes (industriales, banqueros, congresistas, generales, líderes religiosos, etc.) esperaba con impaciencia la derrota de la patria del anticapitalista e «impío» bolchevismo. Solo cuando debido a la gratuita declaración de guerra a Estados Unidos por parte de Hitler el 11 de diciembre de 1941 Estados Unidos se encontró con que era enemigo de la Alemania nazi y, por lo tanto, aliado no solo de los británicos, sino también de los soviéticos, las llamas del antisovietismo estadounidense por lo menos disminuyeron sin extinguirse del todo.

En segundo lugar, por lo que se refiere a la ayuda estadounidense a la Unión Soviética, no hubo ninguna ayuda en 1941, el año que terminó con la inversión del curso de la guerra. Moscú pidió suministros estadounidenses en cuanto empezó la Operación Barbarroja, pero no recibió una respuesta afirmativa. A fin de cuentas, también en Estados Unidos se suponía que la Unión Soviética iba a colapsar pronto. El embajador estadounidense en la URSS incluso desaconsejó tajantemente el envío de ayuda argumentando que, en vista de la inminente derrota soviética, estos suministros caerían en manos alemanas [37].

La situación cambió a finales del otoño de 1941, cuando cada vez estaba más claro que los soviéticos no iban a ser «aplastados como un huevo». De hecho, su firme resistencia demostró que probablemente iban a ser un aliado continental muy útil para los británicos, con quienes los empresarios y banqueros estadounidenses podían participar en el muy rentable negocio del Préstamo y Arriendo. Ampliar a los soviéticos la ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo (que significaba la venta, no el regalo, de equipamiento) prometía ahora generar más beneficios todavía. La Bolsa de Nueva York empezó a reflejar esa realidad: las cotizaciones ascendieron a medida que se ralentizaba el avance nazi en Rusia. En este contexto es en el que Washington y Moscú firmaron un acuerdo de Préstamo y Arriendo en noviembre de 1941, pero iban a pasar muchos más meses antes de que las entregas empezaran a llegar. Un historiador alemán, Bernd Martin, insiste en que a lo largo de 1941 la ayuda estadounidense a la Unión Soviética siguió siendo meramente «imaginaria» [38].

Así pues, la ayuda material estadounidense solo fue significativa en 1942 o probablemente en 1943, es decir, mucho después de que los soviéticos hubieran destruido sin la ayuda de nadie las posibilidades de una victoria de la Alemania nazi utilizando sus propias armas y equipamiento. Según el historiador británico Adam Tooze, «el milagro soviético no debía nada a la ayuda occidental [y] los efectos del Programa de Préstamo y Arriendo no influyeron en el equilibrio de fuerzas en Europa del este antes de 1943» [39].

En tercer lugar, la ayuda estadounidense nunca representó más del 4% o 5% de la producción soviética total en época de guerra, aunque hay que admitir que en una situación de crisis incluso un porcentaje tan pequeño puede ser crucial. En cuarto lugar, los propios soviéticos fabricaron todas las armas ligeras y pesadas de gran calidad que hicieron posible su éxito contra la Wehrmacht.

En quinto lugar, y probablemente lo más importante, la muy publicitada ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo a la URSS quedó neutralizada en gran medida por la ayuda no oficial, discreta, aunque muy importante, que proporcionaron fuentes corporativas estadounidenses a los alemanes, enemigos de los soviéticos, un tema en el que nos centraremos en el capítulo 11. En 1940 y 1941 empresas y trust petroleros estadounidenses participaron en lucrativos acuerdos comerciales con la Alemania nazi y le suministraron enormes cantidades de petróleo a través de países neutrales como España. Por ejemplo, la parte proveniente de Estados Unidos de las importaciones que hizo Alemania de aceite de vital importancia para lubricar motores aumentó rápidamente durante el verano de 1941, concretamente de un 44% en julio a nada menos que un 94% en septiembre. En vista del agotamiento de sus reservas de productos petrolíferos en aquel momento, es justo decir que los Panzer alemanes probablemente nunca habrían llegado hasta las afueras de Moscú sin el combustible suministrado por los trusts del petróleo estadounidenses, como ha argumentado el historiador alemán Tobias Jersak, una autoridad en el ámbito del «combustible estadounidense para el Führer» [40].

Es indudable que no careció de importancia la muy publicitada ayuda del Programa de Préstamo y Arriendo tanto a la Unión Soviética como a Gran Bretaña. Pero la enorme ayuda que proporcionó entre bastidores (sin que lo supiera la opinión pública y ni siquiera, al parecer, la mayoría de los historiadores actuales) no el Estado estadounidense sino las corporaciones estadounidenses fue por lo menos igual, y más probablemente superior.

04/12/2021

Notas:

[1] Rolf-Dieter Müller, Der Feind steht im Osten: Hitlers geheime Pläne für einen Krieg gegen die Sowjetunion im Jahr 1939.

[2] Citado en Müller, p. 152.

[3] Soete, pp. 289-290, incluida la nota de la página 289.

[4] Véase, por ejemplo, Ueberschär (2011a), p. 39.

[5] Müller, p. 169.

[6] Ueberschär (2011b), p. 95.

[7] Citas de Müller, pp. 209, 225.

[8] Pauwels (2015), p. 66; Losurdo (2008), p. 29.

[9] Overy (1997), p. 87.

[10] Ueberschär (2011b), pp. 97-98.

[11] Ueberschär (2011b), p. 97; Losurdo (2008), op. cit., p. 31.

[12] Overy (1997), pp. 64-65.

[13] Furr (2011) p. 343: Losurdo (2008), p. 33; Soete, p. 297.

[14] Citado en Losurdo (2008), pp. 31-32.

[15] Wegner, p. 653.

[16] Ueberschär (2011b), p. 100.

[17] Müller, p. 233.

[18] Hasegawa, p. 17.

[19] Ueberschär (2011b), pp. 99-102, 106-107.

[20] Ueberschär, (2011b), pp. 107-11; Roberts, p. 111.

[21] Hillgruber, p. 81.

[22] Ueberschär (2011b), p. 120.

[23] Este acontecimiento se describe detalladamente en Lacroix-Riz (2016), p. 220 y siguientes.; la cita es de la p. 246.

[24] Lacroix-Riz (1996), p. 417; Baker, p. 387.

[25] Bourgeois, pp. 123, 127.

[26] Ueberschär (2011b), pp. 107-108.

[27] Bourgeois, pp. 123, 127.

[28] Gatzke, p. 137.

[29] Wegner, pp. 654-656.

[30] Ueberschär (2011b), p. 116.

[31] Ponting, p. 72.

[32] Es cierto que su guerra en el aire había comenzado antes, pero su programa de bombardeos estratégicos hizo relativamente poco daño a Alemania, como concluyeron los estudios de posguerra.

[33] Pauwels (2015), p. 199; Canfora (2008), pp. 288-289.

[34] La historia de Dieppe se relata detalladamente en Pauwels (2012).

[35] Carroll y Noble, p. 354.

[36] Para más detalles, véase Pauwels (2017), pp. 197-198.

[37] Mayers, p.131.

[38] Martin, pp. 459, 475.

[39] Tooze, p. 589.

[40] Estadísticas de Jersak, que utilizó documentos «top secret» elaborados por la Werhmacht Reichsstelle für Mineralöl, que se pueden consultar en la sección militar del Bundesarchiv, los archivos federales de Alemania, expediente RW 19/2694.

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Viernes, 03 Diciembre 2021 05:36

Retorno a El Pato

Campesinos de Guayabal en el Festival del Retorno a El Pato DAHIAN CIFUENTES

Una exrepública independiente en las profundidades de Colombia

La comunidad campesina de El Pato surgió como respuesta social a la guerra. Su peculiar organización permite a sus miembros permanecer en el territorio y establecer un orden social propio a partir del acceso a la tierra.

Entre tanques de gasolina, neumáticos y costales empachados de yuca y plátano va don Eduardo, agarrado de lo que puede para no caer sobre la salvaje trocha. Va recién bañado y pulcramente vestido. El movimiento de la chiva1 que lo transporta en su azaroso techo le ensucia el pantalón y él, sonriente, dice que campesino es campesino, aunque vista de paño inglés. Sus ojos claros se suspenden en la contemplación del paisaje montañoso. Va callado, como un pecado, esquivando las ramas que castigan la altura en la que viaja. Escucha el viento con la solicitud que tienen los amantes de Johann Sebastian Bach y, de vez en cuando, interrumpe la introspección para saludar a algún paisano, siempre con la misma ceremonia: levanta una mano, grita alguna ponderación y vuelve a la sensibilidad. El sol calcina, como podría suceder en cualquier infierno, pero la realidad es otra: don Eduardo va para su cielo, un pequeño cielo llamado Guayabal, perdido entre las apretadas montañas del departamento del Caquetá.

Don Eduardo nació en 1959 y, desde muy chico, comprendió su destino: la tierra. Pero, como la tierra es insegura para quien no la tiene y la desea, ese sueño habitable y perfecto mutó varias veces en algo que él, dice, nunca va a lograr entender con plenitud. Su cielo nunca ha dejado de serlo, pero «otros» se han encargado de volverlo un dolor, y no un dolor de cabeza cualquiera, sino un dolor insondable, de alma.

¿Quiénes? El poder. ¿Qué es el poder? Las elites. ¿Qué son las elites? Las que quieren controlarlo todo. ¿Por qué quieren controlarlo todo? Porque se creen dueños de todo. ¿De qué se creen dueños? Hasta de lo que no conocen y no han trabajado. ¿Quién es usted? Un campesino, no un guerrillero. ¿Qué necesita? Apoyo, no bombas.

Desde aquel momento en que vi a don Eduardo encaramado en el techo de la chiva han pasado 12 horas. A estas alturas de la noche tiene los ojos chiquitos y las mejillas sonrosadas. Su voz se confunde con el sonido de la orquesta, que, en onda merengue, pone a transpirar a centenares de parejas. Entre cervezas y rones, asegura que puede vivir, un poco más alegre, al lado de quienes resisten la indolencia de esos «otros» y que, a su manera, celebran el enmarañado fondo histórico del retorno, que también son voces vivas, memorias irreprimibles y, por supuesto, una realidad en marcha.

Para don Eduardo y miles de campesinos de la zona morir no es abandonar la tierra físicamente, sino perder esa porción que con tanto esfuerzo han labrado. Con un par de desplazamientos forzados instalados en sus evocaciones vitales, dice que ser desplazado del territorio es un cansancio, un cansancio total al que solo se puede hacer frente con dignidad.

* * *

Para llegar a Guayabal desde Neiva hay que transitar cinco horas de difíciles trochas en alturas serpenteadas y climas disímiles, entre 500 y 2.800 metros sobre el nivel del mar. El trayecto solo puede hacerse de día y en la noche está prohibida la circulación. Las oscilaciones automotoras se confunden con las vibraciones sensoriales que despierta el imponente paisaje, en sí mismo una oda a la diversidad geográfica y ecológica del país. Hay hondos precipicios tutelados por vacas, sembradíos de café, frijol, aguacate, yuca y plátano y ríos de corrientes arduas y aguas diáfanas, como Las Ceibas, Balsillas, La Perla, El Oso y El Pato.

La frontera entre el departamento del Huila y el Caquetá es una curva en U con una valla que dice: «Zona de Reserva Campesina Cuenca del Río Pato y Valle de Balsillas, San Vicente del Caguán, Caquetá. La ZRC da la bienvenida a un territorio de paz que construye justicia social». Esta fue la primera zona de reserva campesina en el país, constituida el 10 de noviembre de 1997 para subsidiar y entregar terrenos estatales no aprovechados a comunidades campesinas, con el objetivo de generar «procesos de organización y condiciones de vida adecuadas para consolidar y desarrollar sosteniblemente economías rurales y superar los conflictos sociales que las han afectado históricamente».

Guayabal queda a dos horas de San Vicente del Caguán, acaso la capital de aquello que en el gobierno conservador de Andrés Pastrana se llamó «zona de distención» y que, aunque debía durar unos pocos meses, se extendió de 1998 a 2002. Fueron 42 mil quilómetros cuadrados de territorio despejado por las fuerzas militares colombianas para promover mesas de negociación y acuerdos de paz, que nunca se dieron, con la entonces guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

La región fue medular en la gestación del conflicto armado colombiano y, lejos de exteriorizar una estricta idiosincrasia rebelde, sí ha tenido la necesidad de organizarse. No en contra de un enemigo común, sino más bien en contra del olvido al que ha sido sometida históricamente. Para no ir más lejos: hoy, en 2021, la luz eléctrica llega dos veces al día en horarios puntuales, los sistemas de acueducto funcionan prácticamente igual que hace 50 años y hay un solo centro de salud, que parece más bien una desnutrida farmacia. Ahora bien, esto no ha llevado al conformismo de sus habitantes: por el contrario, los procesos organizativos han permitido, a partir de la autogestión y la división social del trabajo, asumir las reformas como propias y solventarlas con lo que está al alcance.

* * *

La noche dominguera, pletórica en grillos y estrellas, es limada por estrepitosos corridos y rancheras. La justa mitad del pueblo dejó de ser una cancha deportiva múltiple para convertirse en bar y pista de baile. Alrededor de 2 mil personas colman las graderías y sus alrededores. La ingesta alcohólica tiene vida propia y los ánimos permanecen tan empapados de júbilo que no se presenta un solo malentendido. Caldos, asados, fritos y comidas rápidas sirven como colchones para apaciguar borracheras, y diversos juegos de feria enredan las atenciones de los más chicos.

Es la noche de coronación de la nueva reina del Retorno y no hay esquemas de seguridad estatales. La Policía no existe. Nunca existió. Tres competidoras: Balsillas, Paraíso y Guayabal. Las apuestas y las bullas se inclinan por la representante local, pero falta la prueba más difícil, aquella con la que saldrá a flote la indudable casta regional: el baile de «El barcino», tema que forma parte importante del erario musical colombiano, compuesto por Jorge Villamil en 1968. Villamil provenía de una familia acomodada del Huila y desde su infancia atestiguó las luchas campesinas en contra de los terratenientes y latifundistas (años veinte y treinta del siglo XX), cuando el universo rural colombiano alojaba a casi el 80 por ciento de la población total del país.

«El barcino» es la historia de un agraciado novillo que desaparece de forma misteriosa y se convierte en motivo lírico a propósito de incidentes políticos relacionados con las épocas de La Violencia (1948-1958) y el Frente Nacional (1958-1974). Dice la letra: «Cuando los tiempos de La Violencia/ se lo llevaron los guerrilleros/ con Tirofijo cruzó senderos/ llegando al Pato y al Guayabero». Tirofijo es uno de los alias de Pedro Antonio Marín Marín, personaje que, junto con Luis Alberto Morantes Jaimes, alias Jacobo Arenas, fundó las FARC, en 1964. Así las cosas, «El barcino» es una evocación directa no solo de la resistencia guerrillera y campesina («¡Arre, torito bravo, que tienes alma de acero/ que llevas en la mirada pudor de torito fiero!»), sino también de aquellas regiones en proceso de soberanía e insurrección que evadían el arbitraje gubernamental y que, en su momento, fueron bautizadas por el entonces senador y posterior candidato presidencial conservador Álvaro Gómez Hurtado como repúblicas independientes (Marquetalia, Riochiquito, El Pato, Guayabero y Sumapaz).

Sobre la medianoche el selecto jurado da el veredicto: la nueva reina del Festival del Retorno a El Pato es la representante de Balsillas. El traje tradicional, la sonrisa emplazada como un escudo en su rostro, la pulcritud de sus pasos en el desfile y la respuesta precisa a la pregunta de cuáles son los productos más representativos de la región le dieron la corona a esta señorita de 18 años. Perder no es malo. La barra local entera hizo una misma cosa: aplauso a la soberana, copa al cielo para pasar el episodio y a seguir la fiesta. En Guayabal y en toda la región de El Pato, piedemonte amazónico, buenos y malos no son absolutos, sino relativos. Son conceptos rebatibles, no dogmas ni verdades. Algo malo jamás puede brillar más que nada y lo bueno de esta noche es la unión, o por lo menos eso asegura el ganador de un bingo de tres millones de pesos –750 dólares– después de convidar con tres botellas de ron a los organizadores del evento y con incontables cervezas a todos los que se acercaron a felicitarlo.

* * *

El Festival del Retorno a El Pato es un pretexto que permite recordar la marcha por la vida, en 1980, en la que unas 5 mil personas se trasladaron desde Guayabal hasta Neiva para entregar al país un solo mensaje: este territorio es habitado por campesinos trabajadores y honestos que llegaron en busca de tierras para ponerlas a producir y construir sus respectivos proyectos de vida, campesinos que han sido vulnerados, bloqueados, arrinconados, olvidados y desplazados por el solo hecho de trabajar y defender la tierra.

Como proclamas principales en lo que devino pista de baile aparecen «Marcha por la vida 1980», «Retornamos para quedarnos» y «Digna expresión de un pueblo». Escenas campesinas, paisajes montañosos y banderas de Colombia engalanan un mural que muy al final tiene la imagen de Humberto Moncada Britto, líder campesino desaparecido por fuerzas del Estado el 6 de junio de 1983. Toda esta digna parafernalia es obra de la Asociación Municipal de Colonos de El Pato (AMCOP), una organización social que se ha consolidado comunitaria y horizontalmente en las últimas décadas. Con el lema «La paz comienza en el campo», es una muestra de resistencia de una población civil en medio del conflicto armado.

Más que identitaria y autonómica, la AMCOP ha sabido forjar relacionamientos sociales y territoriales genuinos, que se alejan de las jerarquías concentradoras de poderes para estacionarse en paradigmas de cooperativismo y solidaridad que privilegian la seguridad alimentaria y la seguridad humana, pasando por la construcción de modelos de diálogo y trabajo colectivo. Después de la firma de la paz entre el gobierno y las FARC en 2016, la AMCOP ha tenido proyectos no solo de inversión rural y desarrollo social, sino también de resguardo de la memoria colectiva, como la construcción de corredores turísticos y artísticos y un museo que permita reconocer los avatares de la guerra sufrida y que, a su vez, consienta la edificación de un saber histórico basado en la verdad y el orgullo campesino.

* * *

En Guayabal hay muchos, muchísimos perros. Interpretar sus aullidos es tarea imposible: altos y bajos, algunos de terror, de drama, otros de desolación y hambre. No obstante, los coros perrunos juguetean con las cambiantes luces de las montañas de arriba y los valles de abajo. A la hora del atardecer el empinamiento del paisaje se convierte en una sola garganta que no se puede trepar, sino simplemente habitar, con los ojos desflecando la naciente oscuridad y los oídos patrullando la aparición de la noche. Es un placer de 18 o 19 grados centígrados, un goce que se mastica con la mirada y se oye con las manos.

«El Estado colombiano sufre de un pavor terrible por no estar a la altura de nosotros, sus campesinos. Tal vez por eso la opresión y el abandono al que nos ha sometido», dice Lucía, mientras destapa una botella de aguardiente comprada en uno de los tres puntos del pueblo habilitados por la AMCOP para el expendio de alcohol. En sus palabras hay un eco que destroza la ranchera número 600 mil del fin de semana: «Intentaron meternos por los ojos una incertidumbre que no sirve para nada, porque ni construye ni destruye. La realidad está hecha para ser intervenida, modificada, y eso es lo que intentamos hacer, con unidad».

Los solitarios y los borrachos de tres días y noches sin treguas de ningún tipo, los hombres y las mujeres que no tienen con quién hablar se desdoblan y, entre sus viajes interiores, pasan las horas finales de la fiesta con sus manos colmadas de hastíos. Pero no desfallecen, uno o dos tragos más y se recuperan y vuelan alto, como si fueran aves sedientas de vida. Para estas personas –postreras y sobrevivientes– la violencia solo sirve para sacarlo a uno de adentro de uno. Acá nadie toca con nadie: la persona problemática paga cinco millones de pesos (1.200 dólares) como multa y si no tiene el dinero,  paga con trabajo comunitario.

* * *

En la profundidad de la gallera del pueblo, epicentro de juegos y apuestas, Darwin –un desmovilizado de las FARC con marcas de guerra grabadas en su cuerpo– dice en referencia a El Pato: «Tierra bella, como un poema». Cuenta anécdotas de sus años en combate, bajo el alias Talento, del tiempo que pasó en la cárcel como guerrillero y de lo poco que lleva caminando la vida civil como un hombre común y silvestre. «Está difícil, pero un día espero estar tranquilo», añade. Toma un último sorbo de cerveza, suspira con potencia y se va a recibir el producido del último día de fiesta. Afuera todos, al igual que él, esperan un amanecer en serio, uno que rompa la estigmatización y traiga la anhelada anexión de esta tierra al imaginado país real.

Por Giovanny Jaramillo Rojasdesde El Pato, Caquetá 
3 diciembre, 2021

1.Camión de carga reconvertido artesanalmente en autobús, típico de las zonas rurales de Colombia y Panamá, con portaequipajes en el techo.

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El escritor Abdulrazak Gurnah en agosto de 2017 en le Festival de Edimburgo.Simone Padovani (Getty Images)

Una nueva traducción de ‘Paraíso’, la cuarta novela del premio Nobel de 2021 en la que reconstruyó el crisol cultural de Tanzania a principios del siglo XX, inaugura el desembarco en las librerías del laureado, y apenas conocido, autor

 

Poco más de un mes después de recibir la llamada de la Academia Sueca para informarle de que le había sido concedido el premio Nobel de Literatura de 2021, el escritor tanzano Abdulrazak Gurnah (Zanzíbar, 1948) se conectaba el pasado lunes por videollamada desde Barbados. Aunque mantiene su residencia habitual en Reino Unido, en el condado de Kent, en cuya universidad se doctoró y dio clase durante cerca de tres décadas, viaja con frecuencia a las Antillas desde hace años, puesto que su esposa tiene familia allí.

Escueto y cortés, viste una camisa de hilo blanco y habla desde una habitación de madera pintada del mismo color que ofrece pocas pistas. Ya tiene listo el discurso de aceptación del Nobel, que no recogerá en Estocolmo sino en la Embajada de Suecia en Londres. La organización ha optado por mantener la precaución pandémica y dispersar las celebraciones según el país de residencia de los premiados. Gurnah despacha el asunto afirmando que sus palabras en la ceremonia “no darán grandes sorpresas” y sin querer adelantar las ideas o temas que abordará en esa clase magistral.

Autor de una decena de novelas, Gurnah no figuraba en las quinielas del Nobel. Según contó, recibió la llamada del comité sueco con genuina sorpresa, pero lo cierto es que su nombre ya había aparecido en la lista de nominados de dos de los galardones más reputados en lengua inglesa: el premio Booker y el Whitebread. Fue en 1994, gracias a su cuarto libro de ficción, Paraíso, que se reedita en diciembre en español con una nueva traducción en el sello Salamandra. “Fue la novela que me permitió llegar a muchos y nuevos lectores. El proceso de nominación del Booker en aquel momento no era tan largo como ahora, era algo más fresco y emocionante, o por lo menos lo fue para mí”, recuerda. Hacía tiempo que había dejado Tanzania, en 1968, cuando el sultanato de Zanzíbar fue violentamente derrocado, y se había formado en Reino Unido. Tras pasar un par de años dando clase en Nigeria, regresó a la Universidad de Kent, empezó a escribir novelas y ya nunca se marchó.

Había empezado esa novela mucho tiempo atrás y lo primero que había escrito fue precisamente la escena con la que se cierra la historia. “Así arrancó Paraíso, pero luego estuve escribiendo otras cosas, trabajando en otros asuntos. Aquello se quedó en mi cuaderno seis o siete años sin que hiciera nada con ello, aunque claramente lo tenía en la cabeza. Quería escribir sobre la Primera Guerra Mundial en el oeste de África. El tiempo pasaba y empecé a preguntarme cómo se llegó a ese momento en que los alemanes empezaron a reclutar soldados allí”, recuerda.

En un viaje en solitario bastante largo por varios países de la zona se impregnó del paisaje y de otros relatos que escuchó en aquellos lugares. Y así fue acercándose a “otra dimensión” sobre el lugar y su historia, sobre esa costa de Tanzania y el archipiélago de Zanzíbar. Todo aquello desembocó de forma tangencial en uno de los temas centrales del conjunto de la obra de Gurnah: el colonialismo. “El primer encuentro con los colonos europeos es otro de los asuntos sobre los que empecé a reflexionar. Vi a mi padre muy mayor poco antes de que muriera y pensé que él debía de ser un niño cuando eso ocurrió. Aquello me llevó a tratar de imaginar cómo eran las cosas antes de que se produjera ese encuentro, antes de que llegaran estos extraños y dijeran que ellos se ponían al frente de todo”, explica, y añade que con frecuencia su escritura va tomando forma a lo largo de mucho tiempo, y siguiendo distintos vericuetos de manera que el principio puede acabar siendo el final.

Esa extensa geografía de ideas acaba por permear en la trama y el terreno que recorre Paraíso. En la novela, el niño protagonista queda en manos de un rico mercader por las deudas de su padre y, tras pasar unos años trabajando en dos colmados, se suma a una gran expedición comercial, a una mítica caravana. Hay referencias a una montaña nevada, a un lago que logran cruzar en un solo día y a unas majestuosas cataratas, pero no hay nombres, ni mapas. “Escribí asumiendo que quien lo leyera conocería el terreno y reconocería el Kilimanjaro o el lago Tanganica. Y de hecho es posible ver la ruta que siguen, pero al no ponerle nombre se abre de alguna manera la posibilidad de que sea más mítico, y que lo narrado pueda suceder en otro lugar. El lector puede imaginar sin tener que estar sujeto a un sitio específico”, argumenta.

Sin duda, uno de los mapas más variados de cuantos describe en su novela Gurnah es el humano, con su rica descripción de la mezcla de personajes de religiones y razas distintas, desde árabes a sijs, que habitaban esa parte del mundo a principios del siglo XX y competían entre sí antes de la llegada de los poderes europeos. “Había distintas sociedades y culturas que estaban en contacto sin que hubiera una autoridad central o algo similar. Eran grupos que no creo que sea correcto llamar naciones. Entre ellos vivían en una negociación permanente, tanto cultural como lingüística. No había una cultura dominante”, afirma. “Esta gente eran mercaderes que comerciaban entre sí y se declaraban la guerra o lo que fuera”. La descripción del crisol de culturas que pueblan la novela de Gurnah escapa cualquier simplificación o idealización del pasado precolonial. La violencia y la crueldad asoman sin reparo y sin necesidad de que llegara el colonialismo europeo. “Las simplificaciones del pasado y del presente deben ser contestadas”, sostiene.

Aquellas personas hablaban distintas lenguas, aunque el protagonista, Yusuf, se hace entender en suajili, un idioma cuya génesis, explica Gurnah, es muy similar al criollo y que además es su lengua materna, aunque él siempre ha escrito sus libros en inglés. “En parte porque es un idioma que siempre se me dio bien, incluso en la escuela frente a otros compañeros. Pero quizá lo más determinante es que yo no pensaba en escribir hasta que llegué a Inglaterra, e incluso entonces tardé un tiempo en aceptar que eso era lo que quería hacer. Y a lo largo de ese periodo ya vivía en Reino Unido y estudiaba literatura y leía en inglés. Porque había muchas cosas malas, pero una de las mejores es cuánto había para leer, cuantos libros tenía a mi disposición en las bibliotecas”, expone. “La lectura y la escritura van juntas, siempre lo he pensado. Es un ingrediente tan fundamental para los escritores como las experiencias vitales, es lo que te da contexto y ofrece relieve al trabajo, lo que te permite entender el campo en el que te desarrollas. Así que cuando empecé la cuestión de en qué idioma hacerlo no se me pasó por la cabeza, lo hice en el mismo en el que leía”. ¿Ha cambiado su perspectiva sobre esto con el paso del tiempo? “Como les ocurre a los atletas, a veces uno no puede elegir la prueba en la que competir. Te puede gustar mucho el salto de altura, pero no ser tan bueno como en los maratones. Algo así ocurre con mi escritura, no fue del todo una elección. ¿Lo haría hoy de otra forma? No, porque me gusta escribir en inglés y disfruto haciéndolo”.

La literatura poscolonial ha sido su campo de investigación desde los años ochenta, y en su obra de ficción juega un papel central, tal y como destacó el jurado del Nobel. En Paraíso, un personaje habla de cómo se escribirá la historia y cómo los colonizadores les harán leer esa versión como si fuera “la palabra sagrada”. ¿Siente Gurnah que literatura poscolonial es un término adecuado? “Lo primero es que eso ni siquiera existía cuando yo estudiaba mi posgrado”, apunta. El estudio de las distintas literaturas se planteaba entonces desde un prisma geográfico y cada zona contaba con expertos que defendían su terreno. “¿Quién eres tú para hablar de literatura del Caribe o literatura africana? Esa era la actitud hasta que un grupo de teóricos del poscolonialismo como Edward Said, Gayatri Spivak y Homi K. Bhabha empezaron a aplicar ciertos modelos para identificar algunas experiencias comunes y lanzaron las primeras flechas. Fue eso lo que permitió agrupar a escritores de distintos lugares y alejarse de las autoridades regionales. No fue hasta mediados de la década de 1990 cuando empezamos a dar una asignatura de literatura poscolonial y ocurrió porque era algo útil, no el fin de todo”, relata. “Hoy la discusión sobre el término literatura poscolonial no me preocupa. Lo veo como una expresión provisional que nos permite juntar distintos textos para su estudio. Es útil en el plano académico, pero no creo que lo sea como fórmula para describir la literatura fuera de ese campo”, matiza, y prosigue diciendo que si alguien le describe como escritor poscolonial él estaría de acuerdo, aunque eso dice poco sobre la escritura en sí. “La escuela poscolonial no debe ser tirada por la borda porque vale para algunas cosas, especialmente para enseñar y escribir crítica. Pero esa utilidad no creo que le sirva al autor; es para quien estudia su obra, no para el creador. Cuando me preguntan si soy un escritor británico o africano o zanzibarí, pues no lo sé, soy todo eso, ¿pero eso sirve de algo? A los lectores les puede dar un poco de contexto, supongo, pero después hay que leer los libros para llegar al escritor”.

Sobre el éxito de la lectura poscolonial en el campo académico, Gurnah tiene una visión positiva por su enorme diversidad y alcance. “Los especialistas del siglo XVIII, los medievalistas o los estudiosos de la danza moderna están interesados en ello. Las mentes se han abierto con esta idea del colonialismo y sus consecuencias, algo que está relacionado con cualquier aspecto de la cultura, tanto europea como de los lugares colonizados. Esa conciencia ha surgido y ha aumentado la conexión con el mundo no europeo. Los estudios poscoloniales han puesto en cuestión cosas tan obvias como los mismos escritos sobre colonialismo. Y es una disciplina que va en muchas direcciones, que estudia relaciones que se remontan a muchos siglos atrás y que permite comprenderlas mejor”.

La coincidencia este año de varios escritores de origen africano en el palmarés de importantes galardones literarios (el Nobel, el Booker, el Goncourt, el Camões y el Neustadt) ha dado pie a que algunos se refieran a un fenómeno. ¿Cuál es su postura? “Han ganado no por ser de origen africano, sino porque su escritura lo merecía. Que estos premios hayan sido otorgados a esos escritores es bueno, el año pasado no fue así. No es que mundialmente se haya decidido que hay que galardonar a africanos, es la escritura la que ha sido premiada”, sostiene. Esa literatura ¿siempre ha estado ahí y hasta ahora no se le ha prestado atención? ¿Es esta una edad oro? “Hay muchos escritores a quienes no se les presta atención y hay muchos jóvenes, y algunos que no lo son tanto, que están destacando. Y habrá muchos más. Puede ser que haya un cierto tipo de corriente, pero no estoy seguro de que la concesión de los premios signifique que hay una conciencia por parte de los lectores… Insisto, es la escritura lo que se premia, no la percepción de los lectores, aunque eso tenga algo que ver. Lo que he leído sobre este asunto son titulares que sugieren que este es el año de África, y comprendo que los periodistas tienen que tratar de agrupar y resumir, pero esto lo que hace es disminuir el logro de cada uno de los escritores premiados. Y la historia se presenta como un fenómeno cultural más que literario”.

Gurnah cuenta que está trabajando en un nuevo libro y se despide amable y apresurado.

26 nov 2021 - 03:15 CET

Por, Andrea Aguilar

Es periodista cultural. Licenciada en Historia y Políticas por la Universidad de Kent, fue becada por el Graduate School of Journalism de la Universidad de Columbia en Nueva York. Su trabajo, con un foco especial en el mundo literario, también ha aparecido en revistas como The Paris Review o The Reading Room Journal.

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Australopithecus sediba "caminaba como humano y trepaba como simio": expertos

 El esqueleto femenino, llamado Issa, es considerado "un eslabón perdido" que resuelve un debate de décadas, avalan más de 15 instituciones

 

Científicos de las universidades de Nueva York, Witwatersrand y otras 15 instituciones, descubrieron que el Australopithecus sediba "caminaba como humano pero, también, trepaba como simio".

Los expertos de la Universidad Witwatersrand de Johannersburgo, en Sudáfrica, y otras 15 instituciones anunciaron en la revista de acceso abierto e-Life, el descubrimiento de vértebras fósiles de 2 millones de años de antigüedad de una especie extinta de pariente humano antiguo. Los fósiles fueron hallados en 2015 durante las excavaciones de una pista minera que corre junto al sitio de Malapa, patrimonio mundial de la cuna de la humanidad, al noroeste del poblado sudafricano.

Precisamente, en Malapa es donde, en 2008, Lee Berger, de la Universidad de Witwatersrand, y su hijo de nueve años, Matthew, descubrieron los primeros restos de lo que sería una nueva especie de antiguo pariente humano llamado Australopithecus sediba.

Aseguran que es "un eslabón perdido" que resuelve un debate de décadas y que demuestra que los primeros homínidos usaban sus extremidades superiores para trepar como simios y las inferiores para caminar como humanos.

El descubrimiento ha sido posible gracias a la recuperación de nuevas vértebras lumbares de la columna de un individuo de Australopithecus sediba de hace dos millones de años. Este hallazgo, junto con vértebras descubiertas antes, forman una de las partes lumbares más completas del registro fósil y dan una idea de cómo este antiguo pariente humano caminaba y trepaba.

Las vértebras descritas en el presente estudio se recuperaron en una roca consolidada parecida al cemento, conocida como brecha, en casi articulación.

Para eliminar el riesgo de dañar los delicados huesos, se escanearon con micro-CT en la Universidad de Witwatersrand. Una vez preparadas virtualmente, las vértebras se añadieron a los fósiles recuperados durante el trabajo anterior y se comprobó que encajaban perfectamente en la columna vertebral del esqueleto fósil de los especímenes originales de Australopithecus sediba descritos por primera vez en 2010.

El número de catálogo del esqueleto es MH 2, pero los investigadores nombraron al esqueleto femenino Issa, que significa protector, en suajili. El estudio también determinó que, al igual que los humanos, sediba tenía sólo cinco vértebras lumbares.

Parte fundamental para entender el bipedalismo

"La región lumbar es fundamental para comprender la naturaleza del bipedalismo en nuestros primeros antepasados y para comprender cómo estaban bien adaptados para caminar sobre dos piernas", indicó en un comunicado Scott Williams, de las universidades de Nueva York y Wits, autor principal del artículo.

El descubrimiento de los nuevos especímenes significa que Issa ahora se convierte en uno de los dos primeros esqueletos de homínidos que conservan tanto una columna inferior relativamente completa como una dentición del mismo individuo, lo que permite tener certeza sobre a qué especie pertenece la columna vertebral.

“Si bien Issa ya era uno de los esqueletos más completos de un homínido antiguo jamás descubierto, estas vértebras prácticamente completan la parte inferior de la espalda y hacen que la región lumbar del fósil sea un competidor no sólo por el homínido mejor conservado jamás descubierto, sino también probablemente el mejor preservado”, aseguró Berger, autor del estudio y líder del proyecto Malapa. Agregó que esta combinación de integridad y preservación le dio al equipo una mirada sin precedente a la anatomía de la espalda baja de la especie.

El presente estudio encontró que la lordosis de sediba era, de hecho, más extrema que cualquier otro australopitecino descubierto hasta ahora, y la cantidad de curvatura de la columna observada sólo fue superada por la observada en la columna vertebral del niño Turkana (Homo erectus) de Kenia, de 1.6 millones de años, y de algunos humanos modernos.

En la investigación participaron los investigadores Daniel García Martínez, de la Unidad de Antropología de la Universidad Complutense de Madrid y miembro afiliado del Centro Nacional de Investigación de la Evolución Humana, y Markus Bastir, del Museo Nacional de Ciencias Naturales.

Respecto de la integración de la columna lumbar con otras regiones del esqueleto, García Martínez sostuvo que "la capacidad de usar el medio arbóreo para la locomoción también se observa en algunas otras regiones anatómicas, como por ejemplo en su estrecho tórax superior".

Por su parte, Bastir apuntó que “estos resultados de sediba encajan muy bien en las demás reconstrucciones de torsos de homínidos de transición, donde también se observa evolución en mosaico en otros sistemas anatómicos relacionados.

Estudios anteriores de esta especie antigua han resaltado las adaptaciones mixtas a través del esqueleto en sediba que han indicado su naturaleza de transición entre caminar como un humano y adaptaciones trepadoras. Estos incluyen características estudiadas en las extremidades superiores, la pelvis y las extremidades inferiores.

El estudio concluye que sediba es una forma de transición de un antiguo pariente humano, y que su columna tiene una forma claramente intermedia entre las de los humanos modernos (y neandertales) y los grandes simios, concluyó Berger.