#Uberfiles: cómo Uber tuvo acceso a líderes mundiales y usó engaños para ganar el dominio global

Más de 124.000 archivos internos de la compañía revelan las tácticas que usó la empresa para ganar favores políticos y conseguir cambios regulatorios. El contacto con el expresidente Macri para desembarcar en Argentina.

 

La empresa estadounidense de transporte, viajes y entregas, Uber, adoptó múltiples estrategias para desviar la atención de las autoridades alrededor del mundo, reducir el pago de sus impuestos al mínimo y ganar favores para legalizar sus operaciones en varias ciudades. La información surge de correos y otros documentos internos de la multinacional filtrados al periódico británico The Guardian y compartidos con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, por sus siglas en inglés) y otros medios asociados.

Más de 124.000 documentos que componen lo que se dio a conocer como Uber Files deja al descubierto las prácticas de la compañía, que dirigía entonces Travis Kalanick, y que pasaban por cortejar a primeros ministros, presidentes, milmillonarios, oligarcas y magnates de los medios de comunicación.

Las estrategias adoptadas por Uber incluyeron el armado de sociedades en varios paraísos fiscales, la reformulación constante de esas estructuras para confundir las investigaciones tributarias y el ofrecimiento de información de la facturación de sus conductores para desviar la atención de sus propios números.

La investigación revela que diferentes gobiernos y personajes destacados, como el presidente francés Emmanuel Macron o funcionarios del gobierno del expresidente argentino Mauricio Macri, favorecieron el ingreso a de la empresa en diferentes países.

Los mensajes filtrados muestran cómo los ejecutivos de Uber al mismo tiempo no se preocupaban por la violación de la ley por parte de la compañía, en muchos países comenzó a operar sin permisos, un ejecutivo bromeando sobre que se habían convertido en "piratas" y otro admitiendo: "Somos jodidamente ilegales".

Entre los textos filtrados se puede ver la relación entre el CEO de la empresa, Kalanick, y el presidente francés Emmanuel Macron quien ayudó en secreto a la empresa en Francia cuando era ministro de Economía, permitiendo que Uber tuviera acceso frecuente y directo a él y su personal.

Macron parece haber hecho todo lo posible para ayudar a Uber, e incluso le dijo a la compañía que había negociado un "acuerdo" secreto con sus oponentes en el gabinete francés.

En Argentina el CEO de la compañía hizo todo lo posible para negociar con el entonces presidente, Mauricio Macri, junto a un lobby para presionar al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y las gestiones ante la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) para evitar el pago de impuestos y cargas patronales.

El lobby, según revela el DiarioAr fueron las opciones discutidas internamente en Uber para lograr convencer a funcionarios públicos de modificar las regulaciones y leyes a conveniencia de la empresa. En 2019, Uber logró un dictamen del Ministerio de Hacienda, entonces a cargo de Nicolás Dujovne, y de la AFIP, que le permitió reducir el pago del impuesto a las ganancias, pero la empresa ni siquiera tiene CUIT por un supuesto incumplimiento formal. Actualmente, el fisco le reclama $165,6 millones por cargas patronales sólo por el período 2016-2018.

Uber se registró en Argentina a los siete días de que Mauricio Macri asumiera como presidente. Sus socios eran Uber International Holding BV (10%) y Uber International BV (90%), con sede en los Países Bajos, controladas por Uber Technologies INC, radicada en Delaware, Estados Unidos, ese Estado del país norteamericano funciona como un paraíso fiscal.

Exponiendo a sus trabajadores para garantizar sus ganancias

Es conocido que Uber, como otras empresas, no reconocen los derechos de sus choferes al tratarlos como "autónomos" y de esa forma no reconocer sus derechos laborales. Esto generó en diferentes lugares reclamos y luchas de los choferes por ser reconocidos como trabajadores. En Inglaterra esta lucha empezó en 2016 cuando dos conductores iniciaron una demanda contra Uber protestando por la relación laboral.

El caso llegó hasta la Corte Suprema, mientras los choferes hacían una intensa campaña por sus derechos. El fallo cambia el status laboral de 70.000 conductores en Londres, aunque vale aclarar que Uber ya dijo que no va a aplicarlo a UberEats. Ahí sigue la pelea.

Las filtraciones de los Uber Files muestran cómo la empresa fue más allá, directamente expuso a sus choferes a ser atacados, para poder sacar redito a su favor.

Cuando Uber se enfrentó a la oposición en varios lugares que no estaban dispuestos a darle acceso como competidor en el transporte legal, busco alimentar la narrativa de que su tecnología estaba alterando los sistemas de transporte anticuados e instando a los gobiernos a reformar sus leyes.

La empresa trató de usar el rechazo de diferentes sectores para mostrarse como la "agredida". Por ejemploe, en 2016 los intentos de Uber de alterar los mercados en Europa provocaron airadas protestas en Bélgica, España, Italia y Francia por parte de taxistas que temían por sus trabajos.

En medio de huelgas de taxis y disturbios en París, el Ceo de la empresa, Kalanick, ordenó a los ejecutivos franceses tomar represalias alentando a los conductores de Uber a realizar una contraprotesta.

Cuando los ejecutivos franceses advirtieron que de hacer eso se corría el riesgo de que los conductores de Uber fueran atacados por "matones de extrema derecha" que se habían infiltrado en las protestas de los taxis y estaban "buscando pelea", Kalanick pareció instar a su equipo a seguir adelante a pesar de todo. “Creo que vale la pena”, dijo. “La violencia garantiza el éxito. Y estos tipos deben ser resistidos, ¿no? Acordé que se debe pensar en el lugar y el momento correctos”.

Un exejecutivo senior de la compañía le dijo al diario The Guardian que la decisión de enviar a los conductores de Uber a protestas potencialmente volátiles, a pesar de los riesgos, fue consistente con lo que que era una estrategia de explotar la violencia contra ellos para “mantener la controversia encendida”.

Así la empresa ganaba millones gracias a la precarización de las condiciones laborales, mientras exponía a sus choferes a posibles ataques en su contra, solo para utilizar la situación como una forma de conseguir mayor repercusión e incluso para hacer lobby ante las autoridades.

Evadiendo y estafando

Los documentos que van de 2013 a 2017 muestran la forma en que la empresa evadía el pago de impuestos en los países en los que opera. Según los correos internos de Uber, sus ejecutivos explicaban a los gerentes regionales cómo adelantarse a las críticas de los gobiernos de sus países. Les sugirieron remarcar las “soluciones” que Uber había ideado para garantizarse que sus conductores pagaran impuestos.

Cuando en 2012 la compañía estadounidense hacia su debut europeo en Francia, Uber creó una empresa holandesa, Uber BV, para concentrar los pagos de los clientes que usan los coches de Uber en Buenos Aires, Londres, Sidney y centenares de ciudades más.

Luego de recibir esos fondos de cada usuario, Uber BV giraba hasta el 80% de cada viaje al conductor, mientras que la mayor parte del 20% restante se transfería a su filial en Bermudas, un paraíso fiscal, donde los ingresos de las empresas están exentos de impuestos.

Para explicar su accionar la compañía trató de argumentar que “Tenemos que demostrar que centenares de grandes empresas internacionales se han instalado en [Ámsterdam] durante décadas... Ámsterdam y el Gobierno holandés han demostrado que Países Bajos está ‘abierto a los negocios’” según indicaban sus directivos.

Con el fin de justificar su accionar, la empresa estadounidense respondía revelando que la práctica de evadir impuestos y estafar a las autoridades no era algo exclusivo, sino que se trataba de algo que hacán "centenares de grandes empresas internacionales".

La empresa que fue acaparando a lo largo de estos años el transporte, viajes compartidos y entregas, construyó su éxito lejos del supuesto "sueño emprendedor", la realidad es que lo construyó en base a la evasión, el lobby, los contactos con funcionarios de alto rango en varios países y principalmente, en la precarización y explotación de sus choferes.

Por Diego Sacchi@sac_diego

Domingo 10 de julio

Publicado enInternacional
La censura de YouTube es una amenaza para la izquierda

El régimen de censura de YouTube pretendía erradicar la desinformación y evitar el aumento del extremismo. En cambio, ha supuesto un ataque a los medios de comunicación independientes y de izquierdas.

Hay algo raro que ocurre con los números en ciertos temas». Rania Khalek se acuerda de todas las veces en que YouTube pareció fastidiarla. Hubo una ocasión en la que Khalek, presentadora de Dispatches from the Underclass en Breakthrough News, una organización de medios de comunicación online de izquierda, contó con el historiador Vijay Prashad para discutir cómo la guerra en Ucrania estaba remodelando el orden global. La retransmisión en directo fue un éxito para el canal de noticias políticas sin ánimo de lucro —«Creo que fue la más vista que hemos tenido nunca en una retransmisión en directo», dice Khalek—, pero al día siguiente los miles de visitas por hora que había recibido se redujeron drásticamente.

No fue la única vez. Tras observar que toda la cobertura del canal sobre la guerra en Etiopía funcionaba especialmente bien, Breakthrough viajó allí para producir una serie de reportajes, visitando las zonas de guerra y hablando con la población local. «El primer par de reportajes funcionó bien, pero de repente hubo un gran bajón», recuerda. «O toda nuestra audiencia etíope desapareció por completo, o algo raro está ocurriendo». Una historia similar, dice, con su trabajo sobre temas relacionados con Palestina.

Las cosas no eran así normalmente en la plataforma. «Cuando un vídeo obtiene un cierto número de visitas en la primera hora, te haces una idea de lo bien que le va a ir durante la semana», dice. «Pero a veces, un vídeo tiene un rendimiento increíble en la primera o segunda hora, y luego baja».

Khalek es sólo una de las muchas figuras mediáticas de izquierdas que se han visto afectadas negativamente por las políticas de moderación de contenidos de la plataforma. Supresión, desmonetización, eliminación directa de contenidos: a medida que ha crecido el impulso de la censura tecnológica, aparentemente para apuntar a la «desinformación» y al extremismo en línea, los medios de comunicación independientes de izquierda han sufrido todo esto y más, atrapados en la red expansiva que los censores de YouTube, demasiado entusiastas, con exceso de trabajo o automatizados, han lanzado sobre el contenido de sus plataformas.

Postes en la máquina

Jordan Chariton conoce las políticas de «moderación de contenidos» de YouTube. El fundador y presentador del outlet independiente Status Coup ha visto cómo sus vídeos han sido eliminados y suprimidos en serie por la plataforma desde que lanzó el outlet en 2018, un patrón que, según él, se está intensificando.

«Creo que la supresión ha empeorado y la censura ha empeorado, específicamente después del 6 de enero y de COVID», dice.

Incluso antes de los disturbios en el Capitolio, dice Chariton, YouTube había retirado siete u ocho vídeos de él mismo o de su camarógrafo entrevistando a los partidarios de Trump y rebatiendo sus delirios de «Stop the Steal». Entonces, el 6 de enero, el videógrafo Jon Farina fue a DC para filmar una transmisión en vivo de la protesta del día para Status Coup, que resultó ser un gran triunfo. El número de espectadores en directo alcanzó los treinta mil, un récord para el medio, y, habiendo capturado lo que se convertiría en un clip icónico de un oficial de policía del Capitolio siendo atascado contra una puerta por los manifestantes, Status Coup licenció sus imágenes a un conjunto de medios de comunicación nacionales y extranjeros, incluyendo ABC, CNN y NBC, que, como Chariton le dijo a Matt Taibbi, utilizaron las imágenes y los recuerdos de Farina como base para su propia cobertura. Menos de un mes después, desapareció.

El material violaba la «política de spam, prácticas engañosas y estafas» de YouTube, según informó la plataforma a Chariton, recordándole que «no se permite el contenido que avance afirmaciones falsas de que el fraude generalizado, los errores o los fallos cambiaron el resultado de las elecciones presidenciales de EE.UU. en 2020».

«Para colmo de males, los puntos de venta a los que concedimos la licencia pudieron colgarlo en YouTube sin problemas», dice Chariton. En abril de 2021, calculó que YouTube había retirado hasta diez vídeos de Status Coup de entrevistadores rebatiendo las afirmaciones de los partidarios de Trump sobre las elecciones, y les advirtió de que una nueva infracción les llevaría a una prohibición de una semana. «Sinceramente, no sé cuánto tiempo más podrá sobrevivir Status Coup», tuiteó entonces, con las vistas y el crecimiento de suscriptores cayendo en picado.

«Parece que se trata de un algoritmo robotizado que no sabe distinguir entre desmentir mentiras y avanzar en ellas», afirma.

Status Coup fue víctima de un cambio tardío en la política de la plataforma tecnológica, propiedad de Google, después de que YouTube recibiera fuertes críticas por no seguir el ejemplo de Twitter y Facebook a la hora de limitar el alcance de los contenidos que cuestionan el resultado de las elecciones. Ryan Grim, de The Intercept, se enfrentó al mismo problema cuando era el copresentador progresista designado de Rising, el programa matutino de política de The Hill, que fue suspendido en la plataforma por reproducir clips de dos discursos de Trump sin que los presentadores identificaran explícitamente que contenían afirmaciones falsas sobre las elecciones, incluso cuando se referían a Trump como un «loco».

«El propio algoritmo de YouTube ha creado todo un movimiento que cree en falsas teorías de la conspiración, pero si entrevistas a las personas reales que han envenenado, te opones y publicas las entrevistas, te quitan el canal», tuiteó más tarde Grim. No es ni mucho menos una práctica nueva de YouTube, que una vez retiró un vídeo que criticaba el revisionismo del Holocausto porque confundió el escrutinio del concepto con la promoción. Peor aún, ni siquiera fue eficaz: la creencia de que las elecciones de 2020 fueron robadas en realidad creció y se extendió a medida que YouTube y otras plataformas intensificaron sus esfuerzos de censura, probablemente porque, como concluyó el Centro Berkman Klein para Internet y la Sociedad, la campaña de desinformación sobre las elecciones de 2020 fue «dirigida en gran medida por las élites políticas y los medios de comunicación».

Pero la desinformación electoral no es el único tema al que parece dirigirse YouTube.

«Cuando hago algo con Amazon en el titular en un livestream, generalmente no supera los doscientos espectadores en directo, mientras que otros temas están entre los doscientos cincuenta y los cuatrocientos», dice Chariton. Cuando los espectadores se suscriben a un canal, se supone que reciben una notificación hasta tres veces al día cada vez que hay un nuevo vídeo o livestream, algo que los administradores del canal pueden ver en su extremo. Así es como Chariton sabe que YouTube ha tomado la costumbre de no enviar notificaciones sobre los vídeos de Amazon, Flint y el fundador de WikiLeaks, Julian Assange.

The Serfs, un podcast de comedia que cubre las noticias políticas desde una perspectiva de izquierdas, vio cómo sus dos canales de YouTube eran eliminados sumariamente sin una huelga o advertencia, la primera vez sobre esa misma base de estafas y malas prácticas, y más tarde, por acusaciones de «acoso, amenazas y ciberacoso». En otro incidente, cuando el podcast hizo un sketch sobre Mark Randazza, un abogado defensor de la libertad de expresión que representa a supremacistas blancos y otras figuras de extrema derecha, miles de usuarios lo marcaron al instante como discurso de odio.

«Las dos veces [que se retiraron los canales] fueron por lo que sospecho que fueron campañas de marcaje masivo», dice Lance, el presentador de The Serfs, y YouTube señala los vídeos de Serfs que apuntan a Joe Rogan, al YouTuber PewDiePie y al ex alumno de Infowars Paul Joseph Watson. «Por lo demás, es la muy habitual desmonetización que supone discutir cualquier cosa relacionada con LGBTQIA+».

Voces autorizadas

Al igual que con todas las plataformas tecnológicas, el régimen de censura de YouTube —o «moderación de contenidos», como lo llaman eufemísticamente sus defensores— se intensificó realmente en 2016 y después. A medida que los políticos y los medios de comunicación liberales recurrían cada vez más a la desinformación en línea para explicar las elecciones de 2016 y otras conmociones políticas, una serie de escándalos sobre contenidos infantiles extremistas e inapropiados produjeron una serie de revueltas de anunciantes denominadas «Adpocalypse». En respuesta, YouTube emitió una amplia orden de desmonetización contra todo el contenido «no apto para anunciantes», una categoría que incluía «temas controvertidos» y «eventos sensibles». Los canales de noticias y de política sufrieron un golpe inmediato.

«Pasé de ganar un dinero decente a ganar cero dólares y cero centavos de la noche a la mañana», ha declarado Kyle Kulinski, presentador del programa de entrevistas políticas de izquierdas Secular Talk.

Siguieron más escándalos sobre el discurso de odio y el extremismo, y YouTube intensificó su programa de censura en respuesta. En 2019, lanzó una política de promoción de lo que llamó «voces autorizadas» en la plataforma, que el jefe de producto Neal Mohan definió como «fuentes de noticias que tienen un historial de credibilidad y relevancia», una publicación en el blog de YouTube que señala a CNN y Fox como ejemplos. La consejera delegada Susan Wojcicki señaló igualmente «cualquier cosa que vaya en contra de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud» como ejemplo de lo que se eliminaría, una categoría que, en varias ocasiones, habría incluido otras voces autorizadas, como los Centros de Control y Prevención de Enfermedades.

El resultado es un sistema de censura de dos niveles, confuso y opaco, en el que los medios pequeños e independientes tienen pocos recursos cuando se producen errores, lo que, como ha reconocido el propio YouTube, ocurre con regularidad.

Al haber pasado del programa Hill’s Rising al programa Breaking Points, financiado por los oyentes, Krystal Ball vio de primera mano cómo funciona esta dinámica. Ball agradece que ella y el copresentador Saagar Enjeti hayan podido «jugar en el cajón de arena del Capitolio” y aprender qué temas se desmonetizan y cuáles no, dice, lo que informó su decisión de optar por un modelo de negocio basado en los suscriptores. Pero la diferencia de trato desde que se independizó es palpable.

«Saagar y yo hacemos lo mismo que la Colina, en general nuestras opiniones son más o menos las mismas o incluso más altas, pero ya no recibimos los segmentos súper virales que antes», dice. «Si eres un periodista independiente y no tienes esa credencial de ‘fuente confiable’, te golpean. Lo negarán, pero hemos visto con nuestra propia experiencia la forma en que el contenido va en una dirección frente a cuando estás bajo el paraguas corporativo».

Los moderadores «te dan una explicación vaga o general» de por qué se ha censurado un vídeo, dice, mientras que el funcionamiento del algoritmo sólo se puede discernir con la experiencia. Ocasionalmente, obtendrán más información de un contacto directo que tengan en YouTube. Pero incluso eso es más que la mayoría de los canales independientes de la plataforma.

«Los controles y equilibrios para los canales más pequeños son abismales», dice Lance, de The Serfs. «Los canales con millones de suscriptores tienen representantes reales con los que pueden contactar. Pero si eres un pequeño izquierdista con quinientos suscriptores, lo más probable es que tu canal sea retirado simplemente si recibe unos cientos de informes porque alguien publicó un enlace en 4chan».

«Se limitan a citar la huelga y a decir que es desinformación electoral», dice Chariton. «No te dicen dónde estaba en el vídeo, qué se decía. Eso es casi censura en la sombra».

Cuando hablamos, Chariton había recurrido recientemente con éxito un «strike” dictado por los moderadores. Pero a los creadores de contenidos sólo se les concede una apelación. E incluso ese, sospecha, sólo ganó porque levantó un escándalo en Twitter, respaldado por otros nombres de la izquierda como Ball y Grim.

Los Serfs no tuvieron tanta suerte. Cuando publicaron un vídeo cómico en la manifestación de camioneros en Vancouver a principios de este año, donde Lance dice que «gritaron un montón de tonterías”, «cosas como: ‘Justin Trudeau está poniendo su semen en el suministro de agua. No te bebas su semen’», dice. El programa fue eliminado definitivamente de su canal por ser información médica errónea, y su apelación fue rechazada. Y aunque los grandes canales que tuvieron la oportunidad de construir su audiencia y establecerse antes de los cambios de YouTube después de 2016 podrían ser capaces de capear estos problemas, todo tiene un efecto escalofriante en los puntos de venta más pequeños y nuevos.

«A veces tengo que detenerme en historias que antes no habría detenido», dice Chariton. «Ni siquiera sabes qué es lo que puedes decir o hacer que puede violar los términos de YouTube». Debido a que el algoritmo parece enterrar la información real sobre el terreno —lo que Status Coup se enorgullece de hacer— Chariton dice que se ha encontrado con que tiene que «hacer cosas más tópicas y llamativas para que la gente entre por la puerta».

«Es mucho más difícil para las nuevas voces independientes”, dice Ball. «Hay un montón de voces maravillosas e inteligentes que pueden ofrecer un nuevo desafío al sistema y que simplemente nunca serán escuchadas».

Es hora de preocuparse

Hoy en día, la izquierda tiende a despreciar el tema de la censura tecnológica. Sacar a relucir este tipo de preocupaciones es muy probable que provoque apatía, si no un apoyo total a la política. Después de todo, la respuesta típica es que los centros de poder van a censurar inevitablemente a la izquierda pase lo que pase; así que, ¿por qué no seguir la corriente y al menos eliminar algunas voces nocivas de la extrema derecha en el proceso?

Pero la gente con la que hablé veía las cosas de otra manera. «Lo que acaba ocurriendo es que, aunque los gigantes de la tecnología supriman a la extrema derecha, la izquierda no tiene dinero detrás, y la derecha sí. Pueden crear su propia plataforma», dice Khalek. «Entiendo la inclinación, pero no vivimos en un país donde la izquierda manda. Vivimos en un país donde todo en Internet es propiedad de multimillonarios».

Chariton cambió de opinión sobre este mismo tema después de experimentar de primera mano los peligros de los esfuerzos de censura de las empresas. Después de pedir que los medios de comunicación que promovieran la campaña «Stop the Steal» de Trump fueran retirados del aire a raíz del 6 de enero, Chariton renunció al tuit un mes después, tras sus propias peleas con los censores de YouTube por sus imágenes del evento. Las corporaciones que controlan la prensa estadounidense, escribió, estaban ahora trabajando con Silicon Valley para purgar los pocos medios independientes de izquierda que existían.

«Una de las grandes razones por las que me he mantenido en la crisis de Flint durante años es porque los medios de comunicación dominantes han impulsado la mentira de que ya se ha acabado. He estado allí más de veinte veces y no es cierto», dice. «Una de las razones por las que los medios de comunicación dominantes son capaces de declarar narrativas es porque los medios independientes no tienen micrófono. Y cuando los medios independientes son censurados, sólo tienes un montón de ovejas».

«Es peligroso creer en una política que desafía al poder», dice Ball. «La izquierda será golpeada más consistentemente porque desafía más consistentemente al poder».

De hecho, los creadores de contenidos de derechas siguen prosperando en YouTube y otras plataformas tecnológicas, e incluso son favorecidos por ellas, y han recurrido a dinero de capital riesgo para poner en marcha sus propias plataformas libres de censura, como la competidora de YouTube, Rumble. Fuera de Internet, la derecha tiene ahora el mayor propietario de emisoras de televisión locales del país, y al menos tres redes de cable distintas, incluyendo, a través de Fox, varios de los programas de mayor audiencia en las noticias por cable.

También es imposible no notar que, a pesar de un régimen de censura en línea que ha aumentado radicalmente desde 2016, los problemas de desinformación y extremismo político parecen haber empeorado. Tampoco ha disminuido la creencia del público estadounidense en una variedad de falsedades. La censura tecnológica, al parecer, ha demostrado ser una solución inadecuada para los mismos problemas que justifican su existencia. Y para la izquierda, puede reflejar o incluso estar contribuyendo a un desorden posterior a 2020 que ha ayudado a alimentar una desilusión con la labor de persuasión y construcción de coaliciones.

«Creo que tenemos que creer en la democracia y tener confianza en que podemos participar, en que podemos debatir y en que nuestros argumentos son lo suficientemente fuertes como para ganar el día», dice Ball. «En el momento en que se va por el camino de pensar que el problema son las personas individuales que necesitan ser silenciadas en lugar de los grandes sistemas que necesitan ser reformados, se hace imposible la solidaridad y la acción colectiva». «Es una forma de antipolítica», concluye.

Por Branko Marcetic | 07/07/2022

Fuente: https://jacobinlat.com/2022/07/06/la-censura-de-youtube-es-una-amenaza-para-la-izquierda-2/

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La cuenta gratis que pagarás toda la vida

Gran oxímoron de estos tiempos. ¿Qué es un oxímoron? Dentro de las figuras literarias en retórica, es una figura lógica que consiste en usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión, que genera un tercer concepto. Y el concepto creado, el tercero, tiene nombre: Google. Te ofrece una cuenta gratis que pagarás por el resto de tu vida. Esos “términos y condiciones” que firmaste te darán increíbles beneficios. Incontables. Para nombrar algunos: espacio de almacenamiento en la nube para no perder tus datos si se extravía el invalorable celular, aplicaciones que permiten la docencia a distancia en tiempos pandémicos, localización en tiempo real para llegar a cualquier rincón del mundo con una diferencia de milímetros.

Esas aplicaciones de geolocalización son una de las principales herramientas de generación de nuevos emprendimientos laborales, el otrora trabajador ahora es llamado emprendedor (quien se debe comprar hasta su propio bolso de trabajo como si estuviera comprando acciones de la compañía). Pero hay más, hace muchos años, Google fue aceptado como el buscador de buscadores. Hoy ni bien comprás un celular lo primero que te piden es la cuenta en esa compañía que te permite acceder a más de cincuenta aplicaciones. Se ha convertido en insustituible.

“Hola guggul” se divierte Augusto en voz alta hablando a su celular, es graciosa su manera tan particular de llamar a sus respuestas. Y continúa: “¿Qué es google?” Preguntarle a Google qué es guggul es la “primera” paradoja del siglo XXI.

Aquel que encuentra una paradoja se puede considerar “rico”. No hay muchas y, en general, sobre ellas se construye un nuevo tiempo histórico o algún hecho con trascendencia. La paradoja es un salto al infinito que hay que detener antes de que se vuelva una repetición demasiada cansadora. Ejemplos, en matemática, uno sencillo cuando a 10 lo dividimos por 3, su resultado es 3,33333333 y podría ocupar todo el resto de la hoja; en filosofía es un poco más complicado pero Descartes encontró una y plantó bandera del comienzo de la Modernidad, según Hegel: la duda que duda de la duda que duda, que duda de la duda... hasta que se detiene (menos mal) y dice: “Si dudo, pienso”, la duda es la evidencia del propio pensamiento “y si pienso, soy”.

En estos comienzos del siglo XXI, en el mismo centro de la pregunta ontológica por el ser se encuentra una pregunta tan simiesca como infinita, un individuo preguntándole a guggul qué es Google, no cómo funciona ni qué significa pues ahí nos contestaría una voz en castellano neutro: que viene de la matemática, cuyos teoremas los propuso el matemático Kasner y que, para explicarlo de una manera que lo entendamos (sí, para que nosotros/as lo entendamos), se trata de poner un uno y cien ceros por detrás, se trata una potenciación de 1 a la 100. Google nació para cosas grandes, para números grandes, por día buscan en sus siglas más de 3 billones de respuestas. Al final de una pregunta que le hacés, está la posibilidad de obtener esas respuestas para actuar, para comprar, para saber. Las respuestas hoy están centralizadas en el gran escaparate del “respondedor de todo”, si estás ahí existís, tenés visibilidad sino... buscá la manera de posicionarte. El nuevo cogito es: “Si estoy en google soy, luego existo”.

Entre lo que firmaste gratis pero pagarás para siempre se encuentra el nacimiento de un nuevo planeta y de un nuevo ser que lo habita. Si el siglo XX terminó en 1989 con la caída del Muro de Berlín, el siglo XXI nació “retrasado”, en este 2020, tiempo del alumbramiento del planeta del “Homo Selfie” (hay que ponerle nombre), tiempos paradojales de restricción de movilidad de los cuerpos en la “vieja” tierra, al mismo tiempo que, apertura infinita de los avatars en el planeta a partir de las múltiples pantallas.

Algunos y algunas imaginan en el fondo del corazón de esta época una supercomputadora pero no es así, se trata sólo de una metodología de ponderación y sectorización de datos, la famosa “Big Data”. ¿Cómo hace una metodología para seleccionar, sectorizar y responder a millones de datos y volver a niveles de la vida cotidiana de cada individuo en fracción de segundos? ¿Cómo hace para encontrar antes de que lo busques lo que vas a necesitar?

Una posición “neutral” sostiene que el buscador de buscadores no tiene ideología, solo hace reunión, convergencia y recurrencia de datos, una ponderación “inteligente” bajo el reinado de viralizaciones de los internautas quienes, en definitiva, con su tráfico deciden el lugar que ocuparán en la escala. Otra posición “no ingenua” sostiene que como existen emporios en los medios de comunicación, el tráfico no es libre, independiente y autónomo como se podría creer y que esa hegemonía sumada a la de los influencers, los trolls y los particulares que pagan por mejorar sus tráficos en las redes, vuelven esta herramienta sesgada en su búsqueda y, sobre todo, en sus posibilidades de encuentro. Esta “sensibilidad” a medios hegemónicos y a los que pagan sus “avisos” conlleva como resultado una población expuesta y con la necesidad de buscar entre la “basura” que le arroja esas búsquedas.

Una tercera posición “ideológica” sostiene que no se trata sólo de una empresa que desea mejorar sus dividendos sino de un aparato económico-cultural de dominación geopolítica. Esa posición muestra que el supuesto derecho de información es una manera de privilegiar una forma de ser bajo la ideología de la potencia hegemónica. El último tiempo se ha acusado a las grandes megacorporaciones de realizar tareas de inteligencia, demostrando así su influencia no sólo desde el punto de vista cultural y económico sino político. La libertad de expresión y su concepto lindero: el derecho a la información se realiza, muchas veces, sin cotejar fuentes ni veracidad, permitiendo fácilmente “poner y quitar” noticias. Finalmente sostiene que Google no sustituye el lugar de la ideología por el acceso horizontal a la información sino que es su culminación.

Un gran problema en el cibersepacio es la calumnia, si alguien o alguna corporación decide gastar dinero, tendrá cómo hacerlo fácilmente y muy buenos dividendos. Esto se llama fake news y ya cientistas políticos y filósofos como Habermas (Problemas de legitimación en el capitalismo tardío”, edit. Amorrortu) sostienen que han cambiado el curso de la legitimidad y sustentabilidad de los regímenes democráticos en el planeta.

Cuando ponés la cuenta gratis en el nuevo celular estás entregando tu responsabilidad para que defina lo que es visible, ¿lo visible es lo fundamental? Afirmando lo que tiene más tráfico, convierten al tema en una encerrona trágica o en una retroalimentación positiva según las teorías científicas del marketing. Finalmente la verdad es querer ser percibidos como reflejos de lo que la mayoría piensa.

 Ahora cuando Augusto vuelva a preguntar: “Hola guggul, ¿qué es google?” Primero nos responderá: “Google es Google”, y en esa repetición al infinito, quizás tengamos tiempo para reflexionar en estas épocas pues nos daremos cuenta de que el buscador de buscadores, hoy en día, se encuentra en el centro de las noticias. Google, mientras tanto se detendrá por un instante, parece pensar, ya habrá dado miles de vueltas al planeta, y ya no se ajustará más a las preguntas de los seres humanos sino que comenzará a realizarnos preguntas a nosotres: ¿Dónde estuviste todo este tiempo mientras el planeta logró no desear otra cosa que vivir dentro del gran respondedor?

* Psicoanalista y escritor.

Publicado enCultura
Jueves, 09 Junio 2022 05:15

Internet debe ser un bien público

ENIAC, acrónimo de Electronic Numerical Integrator And Computer, fue una de las primeras computadoras de propósito general. Ejército de los Estados Unidos.

Si Internet fue construido por instituciones públicas, ¿por qué es controlado por corporaciones privadas? Para revertir esto, debemos conocer la historia de la privatización de la red.

 

El 1 de octubre de 2016 Internet cambió, pero nadie lo notó. Esta transformación invisible afecta al componente más importante que hace que Internet sea utilizable: el Sistema de Nombres de Dominio (DNS). Cuando usted escribe el nombre de un sitio web en su navegador, el DNS es el que convierte ese nombre en la cadena de números que especifica la ubicación real del sitio web. Al igual que una guía telefónica, el DNS relaciona los nombres que son significativos para nosotros con los números que no lo son.

Durante años, el gobierno estadounidense ha controlado el DNS. Pero en 2016 el sistema pasó a ser responsabilidad de una organización sin ánimo de lucro con sede en Los Ángeles llamada Corporación de Internet para la Asignación de Nombres y Números (ICANN). En realidad, la ICANN lleva gestionando el DNS desde finales de los años 90 en virtud de un contrato con el Departamento de Comercio. La novedad es que la ICANN ahora tiene una autoridad independiente sobre el DNS, según un modelo de «múltiples partes interesadas» que supuestamente hacen más internacional la gobernanza de Internet.

Es probable que el impacto real haya sido pequeño. Por ejemplo, se mantuvieron las medidas de protección de marcas que vigilan el DNS en nombre de las empresas. Y el hecho de que la ICANN tenga su sede en Los Ángeles y esté constituida de acuerdo con la legislación estadounidense significa que el gobierno de ese país siguió ejerciendo su influencia, aunque de forma menos directa.

Pero el significado simbólico es enorme. El traspaso marcó el último capítulo de la privatización de Internet. Concluye un proceso que comenzó en la década de 1990, cuando el gobierno estadounidense privatizó una red construida con un enorme gasto público. A cambio, el gobierno no exigió nada: ninguna compensación, y ninguna restricción o condición sobre la forma que tomaría Internet.

No había nada inevitable en este resultado: reflejaba una opción ideológica, no una necesidad técnica. En lugar de enfrentarse a cuestiones críticas de supervisión y acceso popular, la privatización excluyó la posibilidad de encaminar Internet por una vía más democrática. Pero la lucha no ha terminado. Para comenzar a revertir la situación y reclamar Internet como un bien público debemos revisar la historia, en gran parte desconocida, de cómo se produjo la privatización.

Los orígenes públicos de Internet

A Silicon Valley a menudo le gusta fingir que la innovación es el resultado de los empresarios que juguetean en los garajes. Pero la mayor parte de la innovación de la que depende Silicon Valley procede de la investigación gubernamental, por la sencilla razón de que el sector público puede permitirse asumir riesgos que el sector privado no puede.

Es precisamente el aislamiento de las fuerzas del mercado lo que permite al gobierno financiar el trabajo científico a largo plazo que acaba produciendo muchos de los inventos más rentables.

Esto es especialmente cierto en el caso de Internet. Internet fue una idea tan radical e improbable que solo décadas de financiación y planificación públicas pudieron hacerla realidad. No solo hubo que inventar la tecnología básica, sino que hubo que construir la infraestructura, formar a los especialistas y dotar de personal a los contratistas, financiarlos y, en algunos casos, desprenderse directamente de las agencias gubernamentales.

A veces se compara Internet con la red de carreteras interestatales, otro gran proyecto público. Pero como señala el activista jurídico Nathan Newman, la comparación solo tiene sentido si el gobierno «hubiera imaginado primero la posibilidad de los coches, subvencionado la invención de la industria automovilística, financiado la tecnología del hormigón y el alquitrán, y construido todo el sistema inicial».

La Guerra Fría proporcionó el pretexto para esta ambiciosa empresa. Nada aflojó tanto las cuerdas del bolsillo de los políticos estadounidenses como el miedo a quedarse atrás con respecto a la Unión Soviética. Este temor se disparó en 1957, cuando los soviéticos pusieron el primer satélite en el espacio. El lanzamiento del Sputnik provocó una auténtica sensación de crisis en la clase dirigente estadounidense y condujo a un aumento sustancial de los fondos federales para la investigación.

Una de las consecuencias fue la creación de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada (ARPA), que más tarde cambiaría su nombre por el de Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (DARPA). ARPA se convirtió en el brazo de I+D del Departamento de Defensa. En lugar de centralizar la investigación en los laboratorios del gobierno, ARPA adoptó un enfoque más distribuido, cultivando una comunidad de contratistas tanto del mundo académico como del sector privado.

A principios de la década de 1960, ARPA comenzó a invertir fuertemente en informática, construyendo grandes ordenadores centrales en universidades y otros centros de investigación. Pero incluso para una agencia tan generosamente financiada como ARPA, este gasto desmedido no era sostenible. En aquella época, un ordenador costaba cientos de miles, si no millones, de dólares. Así que ARPA ideó una forma de compartir sus recursos informáticos de forma más eficiente entre sus contratistas: construyó una red.

Esta red era ARPANET, y sentó las bases de Internet. ARPANET conectaba los ordenadores a través de una tecnología experimental llamada conmutación de paquetes, que consistía en dividir los mensajes en pequeños trozos llamados «paquetes», dirigirlos a través de un laberinto de conmutadores y volver a ensamblarlos en el otro extremo.

Hoy en día, este es el mecanismo que mueve los datos a través de Internet, pero en aquel momento, la industria de las telecomunicaciones lo consideraba absurdamente poco práctico. Años antes, las Fuerzas Aéreas habían intentado persuadir a AT&T para que construyera una red de este tipo, sin éxito. ARPA incluso ofreció ARPANET a AT&T después de que estuviera en funcionamiento, prefiriendo comprar tiempo en la red en lugar de gestionarla ellos mismos.

Ante la oportunidad de adquirir la red informática más sofisticada del mundo, AT&T se negó. Los ejecutivos simplemente no veían el dinero en ello. Su miopía fue una suerte para el resto de nosotros. Bajo gestión pública, ARPANET floreció. El control gubernamental dio a la red dos grandes ventajas. La primera era el dinero: ARPA podía inyectar dinero en el sistema sin tener que preocuparse por la rentabilidad. La agencia encargó investigaciones pioneras a los informáticos de más talento del país a una escala que habría sido suicida para una empresa privada.

Y, lo que es igual de importante, ARPA aplicó una ética de código abierto que fomentaba la colaboración y la experimentación. Los contratistas que contribuían a ARPANET tenían que compartir el código fuente de sus creaciones o se arriesgaban a perder sus contratos. Esto catalizó la creatividad científica, ya que los investigadores de una serie de instituciones diferentes podían perfeccionar y ampliar el trabajo de los demás sin vivir con el temor de la ley de propiedad intelectual.

La innovación más importante que se produjo fue la de los protocolos de Internet, que surgieron a mediados de la década de 1970. Estos protocolos hicieron posible que ARPANET se convirtiera en Internet, al proporcionar un lenguaje común que permitía que redes muy diferentes se comunicaran entre sí.

La naturaleza abierta y no propietaria de Internet aumentó enormemente su utilidad. Prometía un único estándar interoperable para la comunicación digital: un medio universal, en lugar de un mosaico de dialectos comerciales incompatibles.

Promovida por ARPA y adoptada por los investigadores, Internet creció rápidamente. Su popularidad pronto hizo que científicos ajenos al ejército y al selecto círculo de contratistas de ARPA exigieran acceso. En respuesta, la National Science Foundation (NSF) emprendió una serie de iniciativas destinadas a llevar Internet a casi todas las universidades del país. Estas iniciativas culminaron en NSFNET, una red nacional que se convirtió en la nueva «columna vertebral» de Internet.

La columna vertebral era un conjunto de cables y ordenadores que formaban la arteria principal de Internet. Se asemejaba a un río: los datos fluían de un extremo a otro, alimentando afluentes, que a su vez se ramificaban en arroyos cada vez más pequeños. Estos flujos servían a los usuarios individuales, que nunca tocaban la red troncal directamente. Si enviaban datos a otra parte de Internet, éstos subían por la cadena de afluentes hasta la red troncal, y luego bajaban por otra cadena, hasta llegar al flujo que servía al destinatario.

Una de las lecciones de este modelo es que Internet necesita muchas redes en sus márgenes. El río es inútil sin afluentes que amplíen su alcance. Por eso la NSF, para garantizar la mayor conectividad posible, también subvencionó una serie de redes regionales que enlazaban las universidades y otras instituciones participantes con la red troncal de la NSFNET.

Todo esto no fue barato, pero funcionó. Los académicos Jay P. Kesan y Rajiv C. Shah han calculado que el programa NSFNET costó más de 200 millones de dólares. Otras fuentes públicas, como los gobiernos estatales, las universidades subvencionadas por el Estado y las agencias federales, probablemente contribuyeron con otros 2000 millones de dólares a la creación de redes con la NSFNET.

Gracias a esta avalancha de dinero público, una tecnología de comunicaciones de vanguardia incubada por ARPA se puso a disposición de los investigadores estadounidenses a finales de la década de 1980.

El camino hacia la privatización

Pero a principios de los noventa, Internet se estaba convirtiendo en víctima de su propio éxito. La congestión plagaba la red, y cada vez que la NSF la actualizaba, se acumulaba más gente. En 1988, los usuarios enviaban menos de un millón de paquetes al mes. En 1992, enviaban 150 000 millones. Al igual que las nuevas autopistas producen más tráfico, las mejoras de la NSF no hicieron más que avivar la demanda, sobrecargando el sistema.

Está claro que a la gente le gustaba Internet. Y estas cifras habrían sido aún mayores si la NSF hubiera impuesto menos restricciones a sus usuarios. La Política de Uso Aceptable (AUP) de la NSFNET prohibía el tráfico comercial, preservando la red sólo para fines de investigación y educación. La NSF consideraba que esto era una necesidad política, ya que el Congreso podría recortar la financiación si se consideraba que el dinero de los contribuyentes estaba subvencionando a la industria.

En la práctica, la AUP era en gran medida inaplicable, ya que las empresas utilizaban regularmente la NSFNET. Además, el sector privado llevaba décadas ganando dinero con Internet, tanto como contratista como beneficiario del software, el hardware, la infraestructura y el talento de los ingenieros desarrollados con fondos públicos.

La AUP puede haber sido una ficción legal, pero tuvo un efecto. Al excluir formalmente la actividad comercial, generó un sistema paralelo de redes privadas. A principios de la década de 1990, surgieron en todo el país diversos proveedores comerciales que ofrecían servicios digitales sin restricciones sobre el tipo de tráfico que podían transportar.

La mayoría de estas redes tenían su origen en la financiación gubernamental y contaban con veteranos de la ARPA por su experiencia técnica. Pero, sean cuales sean sus ventajas, las redes comerciales tenían prohibido por la AUP conectarse a Internet, lo que inevitablemente limitaba su valor.

Internet había prosperado bajo propiedad pública, pero estaba llegando a un punto de ruptura. El aumento de la demanda por parte de los investigadores ponía a prueba la red, mientras que la AUP impedía que llegara a un público aún más amplio.

No eran problemas fáciles de resolver. Abrir Internet a todo el mundo, y crear la capacidad necesaria para acogerlos, planteaba importantes retos políticos y técnicos.

El director de la NSFNET, Stephen Wolff, llegó a ver la privatización como la respuesta. Creía que ceder Internet al sector privado aportaría dos grandes beneficios: Aliviaría la congestión provocando una afluencia de nuevas inversiones y suprimiría la AUP, permitiendo a los proveedores comerciales integrar sus redes en NSFNET. Liberada del control gubernamental, Internet podría convertirse por fin en un medio de comunicación de masas.

El primer paso tuvo lugar en 1991. Unos años antes, la NSF había adjudicado el contrato de explotación de su red a un consorcio de universidades de Michigan llamado Merit, en asociación con IBM y MCI. Este grupo había hecho una oferta significativamente inferior, percibiendo una oportunidad de negocio. En 1991, decidieron sacar provecho, creando una filial con ánimo de lucro que empezó a vender acceso comercial a NSFNET con la bendición de Wolff.

La medida enfureció al resto del sector de las redes. Las empresas acusaron con razón a la NSF de hacer un trato secreto para conceder a sus contratistas un monopolio comercial, y armaron el suficiente alboroto como para que se celebraran audiencias en el Congreso en 1992. Estas audiencias no cuestionaron la conveniencia de la privatización, sino sus condiciones. Ahora que Wolff había puesto en marcha la privatización, los otros proveedores comerciales simplemente querían una parte de la acción.

Uno de sus directores ejecutivos, William Schrader, testificó que las acciones de la NSF eran similares a «dar un parque federal a K-mart». Sin embargo, la solución no era conservar el parque, sino dividirlo en múltiples K-marts.

Las audiencias obligaron a la NSF a aceptar un mayor papel de la industria en el diseño del futuro de la red. Como era de esperar, esto produjo una privatización aún más rápida y profunda. Anteriormente, la NSF había considerado la posibilidad de reestructurar NSFNET para permitir que más contratistas la dirigieran.

En 1993, en respuesta a las aportaciones de la industria, la NSF decidió dar un paso mucho más radical: eliminar NSFNET por completo. En lugar de una red troncal nacional, habría varias, todas ellas propiedad de proveedores comerciales y gestionadas por ellos. Los líderes de la industria afirmaron que el rediseño garantizaba la «igualdad de condiciones». Para ser más exactos, el campo seguía estando inclinado, pero abierto a unos cuantos jugadores más. Si la antigua arquitectura de Internet había favorecido el monopolio, la nueva está hecha a medida para el oligopolio.

No había tantas empresas que hubieran consolidado una infraestructura suficiente para operar una red troncal. Cinco, para ser exactos. La NSF no estaba abriendo Internet a la competencia, sino transfiriéndola a un pequeño puñado de empresas que esperaban. Sorprendentemente, esta transferencia vino sin condiciones. No habría supervisión federal de las nuevas redes troncales de Internet, ni normas que regulasen el funcionamiento de la infraestructura de los proveedores comerciales.

Tampoco habría más subvenciones para las redes regionales sin ánimo de lucro que habían conectado los campus y las comunidades a Internet en los días de la NSFNET. Pronto fueron adquiridas o quebradas por empresas con ánimo de lucro. En 1995, la NSF puso fin a NSFNET. En unos pocos años, la privatización fue completa.

La rápida privatización de Internet no suscitó ninguna oposición ni apenas debate. Aunque Wolff abrió el camino, actuó desde un amplio consenso ideológico.

El triunfalismo del libre mercado de los años 90 y el clima político intensamente desregulador fomentado por los demócratas de Bill Clinton y los republicanos de Newt Gingrich enmarcaron la plena propiedad privada de Internet como algo beneficioso e inevitable.

El colapso de la Unión Soviética reforzó este punto de vista, ya que la justificación de la Guerra Fría para una planificación pública más sólida desapareció. Por último, la profunda influencia de la industria sobre el proceso garantizó que la privatización adoptara una forma especialmente extrema.

Tal vez el factor más decisivo en la cesión fue la ausencia de una campaña organizada que exigiera una alternativa. Un movimiento de este tipo podría haber propuesto una serie de medidas destinadas a popularizar Internet sin privatizarla por completo. En lugar de abandonar las redes regionales sin ánimo de lucro, el gobierno podría haberlas ampliado.

Estas redes, financiadas con las tasas que se cobran a los proveedores de redes troncales comerciales, permitirían al gobierno garantizar el acceso a Internet de alta velocidad y bajo coste a todos los estadounidenses como un derecho social. Mientras tanto, la FCC podría regular las redes troncales, fijando las tarifas que se cobran entre sí por transportar el tráfico de Internet y supervisándolas como un servicio público.

Pero promulgar incluso una fracción de estas políticas habría requerido una movilización popular, e Internet era todavía relativamente oscura a principios de los noventa, en gran parte confinada a los académicos y especialistas. Era difícil crear una coalición en torno a la democratización de una tecnología que la mayoría de la gente ni siquiera sabía que existía.

En este panorama, la privatización obtuvo una victoria tan completa que se hizo casi invisible, y revolucionó silenciosamente la tecnología que pronto revolucionaría el mundo.

Reclamando la plataforma del pueblo

Casi treinta años después, Internet ha crecido enormemente, pero la estructura de propiedad de su infraestructura principal es prácticamente la misma. En 1995, cinco empresas eran propietarias de la red troncal de Internet. Hoy en día, hay entre siete y doce proveedores principales de redes troncales en Estados Unidos, dependiendo de cómo se cuente, y más en el extranjero. Aunque una larga cadena de fusiones y adquisiciones ha provocado cambios de marca y reorganización, muchas de las mayores empresas estadounidenses tienen vínculos con el oligopolio original, como AT&T, Cogent, Sprint y Verizon.

Las condiciones de la privatización han facilitado a los titulares la protección de su posición. Para formar una Internet unificada, las redes troncales deben interconectarse entre sí y con proveedores más pequeños. Así es como el tráfico viaja de una parte de Internet a otra. Sin embargo, como el gobierno no especificó ninguna política de interconexión cuando privatizó Internet, los backbones pueden negociar el acuerdo que quieran.

Por lo general, se permiten la interconexión de forma gratuita, porque les beneficia mutuamente, pero cobran a los proveedores más pequeños por transportar el tráfico. Estos contratos no solo no están regulados, sino que suelen ser secretos. Negociados a puerta cerrada con la ayuda de acuerdos de confidencialidad, garantizan que el funcionamiento profundo de Internet no sólo está controlado por las grandes empresas, sino que se oculta a la vista del público.

Más recientemente han surgido nuevas concentraciones de poder. La red troncal no es la única pieza de Internet que está en manos de relativamente pocas personas. En la actualidad, más de la mitad de los datos que llegan a los usuarios estadounidenses en las horas punta proceden de sólo treinta empresas, de las que Netflix ocupa una parte especialmente importante.

Del mismo modo, gigantes de las telecomunicaciones y el cable como Comcast, Verizon y Time Warner Cable dominan el mercado de los servicios de banda ancha. Estas dos industrias han transformado la arquitectura de Internet construyendo accesos directos a las redes de cada una de ellas, evitando la red troncal. Proveedores de contenidos como Netflix envían ahora su vídeo directamente a proveedores de banda ancha como Comcast, evitando una ruta tortuosa por las entrañas de Internet.

Estos acuerdos han desencadenado una tormenta de controversia y han contribuido a dar los primeros pasos hacia la regulación de Internet en Estados Unidos. En 2015, la FCC anunció su resolución más contundente hasta la fecha para hacer cumplir la «neutralidad de la red», el principio de que los proveedores de servicios de Internet deben tratar todos los datos de la misma manera, independientemente de si provienen de Netflix o del blog de alguien. En la práctica, la neutralidad de la red es imposible dada la estructura actual de Internet. Pero como grito de guerra, ha centrado la atención pública en el control corporativo de Internet, y ha producido victorias reales.

La resolución de la FCC reclasificó a los proveedores de banda ancha como «transportistas comunes», lo que los somete por primera vez a la regulación de las telecomunicaciones. Y la agencia ha prometido utilizar estos nuevos poderes para prohibir a las empresas de banda ancha que bloqueen el tráfico a determinados sitios, reduzcan la velocidad de los clientes y acepten la «priorización pagada» de los proveedores de contenidos.

La decisión de la FCC es un buen comienzo, pero no va lo suficientemente lejos. Rechaza explícitamente la «regulación prescriptiva de las tarifas en todo el sector» y exime a los proveedores de banda ancha de muchas de las disposiciones de la Ley de Comunicaciones de 1934, que data del New Deal. También se centra en la banda ancha, dejando de lado la red troncal de Internet. Pero la decisión es una cuña que puede ampliarse, sobre todo porque la FCC ha dejado abiertas muchas de las especificidades en torno a su aplicación.

Otro frente prometedor es la banda ancha municipal. En 2010, la empresa municipal de electricidad de Chattanooga (Tennessee) empezó a vender a los residentes un servicio de Internet de alta velocidad asequible. Gracias a una red de fibra óptica construida en parte con fondos federales de estímulo, la empresa ofrece algunas de las velocidades de Internet residencial más rápidas del mundo.

La industria de la banda ancha ha respondido con fuerza, presionando a las legislaturas estatales para que prohíban o limiten experimentos similares. Pero el éxito del modelo de Chattanooga ha inspirado movimientos a favor de la banda ancha municipal en otras ciudades, como Seattle, donde la concejala socialista Kshama Sawant lleva tiempo defendiendo la idea.

Pueden parecer pequeños pasos, pero apuntan a la posibilidad de construir un movimiento popular para revertir la privatización. Esto implica no sólo agitar para ampliar la supervisión de la FCC y los servicios públicos de banda ancha de propiedad pública, sino cambiar la retórica en torno a la reforma de Internet.

Una de las obsesiones más dañinas entre los reformistas de Internet es la noción de que una mayor competencia democratizará Internet. Internet necesita mucha infraestructura para funcionar. Rebanar las grandes corporaciones propietarias de esta infraestructura en empresas cada vez más pequeñas con la esperanza de que el mercado acabe por crear mejores resultados es un error.

En lugar de intentar escapar de la grandeza de Internet, deberíamos aceptarla y ponerla bajo control democrático. Esto significa sustituir a los proveedores privados por alternativas públicas cuando sea factible, y regularlas cuando no lo sea.

No hay nada en las tuberías ni en los protocolos de Internet que le obligue a producir inmensas concentraciones de poder corporativo. Se trata de una elección política, y podemos elegir otra cosa.

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Cómo las corporaciones destruyen la vida…*

Que la humanidad ha alterado dramáticamente los ciclos biogeoquímicos, climáticos y del agua, ha afectado el equilibrio de los mares (por sobrexplotación pesquera y contaminación por plásticos) y de los bosques y selvas (por la deforestación) y ha puesto en peligro miles de especies de animales y plantas, es un hecho que el geólogo Paul Crutzen (1933-2021), Premio Nobel 1995, sintetizó magistralmente en dos cortos artículos (2000 y 2002) al declarar a nuestra época como la del antropoceno, la era en la que los impactos de la especie humana sobre el planeta lo convirtieron en una nueva "fuerza geológica". Ello dio lugar a cientos de publicaciones y decenas de libros y confirmó en la academia y en la opinión pública el dogma biologista de la culpabilidad total de la humanidad o de la especie, más allá de las particularidades económicas, sociales, culturales, históricas o de género. La humanidad convertida en una entidad abstracta, en un todo indiferenciado. Hoy, dos décadas después, existen suficientes evidencias de investigadores de las ciencias sociales y de las humanidades que no sólo matizan la idea del antropoceno, sino que la cuestionan contundentemente. Debemos al historiador Jason W. Moore con su obra El capitalismo en la trama de la vida (2015), el desarrollo teórico de un concepto alternativo: el de capitaloceno. Ya no es la humanidad la causante de la tremenda crisis ecológica actual, sino las relaciones que el capitalismo ha construido e impuesto entre los humanos y entre estos y la naturaleza (ver una excelente síntesis en Francisco Serratos, El capitaloceno: una historia radical del cambio climático, 2021, UNAM).

Hoy, los humanos vivimos y sufrimos la era del capital corporativo en la que unas cuantas decenas de corporaciones trasnacionales monopolizan y controlan los mercados globales de las principales actividades humanas. La escala a la cual estas corporaciones operan y la velocidad con la que se multiplican y expanden no tiene precedente en la historia. Un puñado de corporaciones tienen una influencia directa o indirecta sobre el equilibrio de los océanos, la atmósfera y los mayores ecosistemas terrestres, afectando funciones claves, como la regulación del clima global. En efecto, 75 corporativos mineros dominan la extracción de platino, paladio, cobalto, níquel, hierro, cobre, zinc, plata y oro; 30 monopolizan la producción de petróleo, gas y cemento, y 10 la de papel. Trece compañías dominan la captura pesquera marina y cinco las granjas de salmón.

Los monopolios alcanzan su máxima expresión con los alimentos. Tres compañías dominan los agroquímicos (Syngenta, Bayer y Basf), las semillas (Monsanto, Dupont y Syngenta) y la maquinaria y equipo agrícolas (Deere, CNH y AGCO), y seis controlan 75 por cientio de los plaguicidas (Syngenta, Bayer, Basf, Dow Agro, Monsanto y Dupont). Similarmente, seis corporativos o sus fusiones controlan 100 por ciento de los cultivos transgénicos que hoy se siembran (soya, maíz y algodón) en 190 millones de hectáreas en 29 países (Estados Unidos, Brasil, Argentina, etcétera). Todo cultivo transgénico está obligado a usar el glifosato, el herbicida catalogado como cancerígeno por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Actualmente los cultivos de soya y maíz transgénicos han provocado la mayor destrucción de la biodiversidad de que se tenga memoria al convertir 80 millones de hectáreas de vegetación tropical y sus innumerables especies de flora y fauna en un monocultivo, una catástrofe biológica de la que no hablan las mayores organizaciones internacionales de conservación y ambientalismo. En paralelo está el caso de la comercialización y transformación de los alimentos; sólo tres compañías dominan el cacao, el plátano y las semillas, cinco las del aceite de palma, y seis la de la carne (JBS, Tyson Food, Cargill, BRT, Vion y Nippon Meat).

Finalmente la explotación del trabajo humano se hace evidente cuando se revisan las cadenas de suministro de alimentos, en la que los productores se quedan con un mínimo porcentaje del precio final del producto. Aquí recomiendo los excelentes documentales de Rotten sobre cacao, azúcar, agua, aguacate y uva en Netflix (https://bit.ly/3lhBVou). El drama del chocolate resulta patético, pero ilustra lo que sucede en la mayoría de los casos. Un total de 5 millones de familias campesinas de Ghana y Costa de Marfil, representando una población de 30 millones, cultivan la mayor parte del cacao que es la base de la industria chocolatera. Es un sector que vive en general en la miseria. Los compradores, comercializadores y especialmente cuatro firmas industriales (Barry Callebaut, Cargill, ADM y Blommer) se quedan con la mayor parte de las millonarias utilidades que genera la semilla de esta planta, originaria de México.

*…y concentran la riqueza (monopolios), explotan el trabajo humano y generan la mayor desigualdad social de la historia…

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Viernes, 29 Abril 2022 05:37

Atlas envanecido

En la gigafábrica de Tesla de Berlín, en marzo AFP, PATRICK PLEUL

El futuro nuevo dueño de la red social, uno de los hombres más ricos de la historia de la humanidad, promete llevar la libertad a nuevos esplendores. Mientras tanto, crecen su poder y su billetera.

El señor Elon Musk no es solo el hombre más rico del mundo (o el segundo: intercambia posición con el dueño de Amazon, Jeff Bezos, según las cotizaciones en bolsa de sus respectivas empresas). Su hambre de poder es tan grande como sus delirios, que son enormes. Musk acaba de sumar Twitter a una corona que ya comprendía rubíes en los sectores del transporte (Tesla), la infraestructura (The Boring Company), las monedas digitales (activos en dogecoin y bitcoin), el aeroespacial (Space X), la comunicación informática cerebral (Neuralink, fabricante de chips cerebrales… Y dice que no se va a quedar ahí, que irá por otras joyas de esas que hacen a su poseedor sentirse con capacidad como para hacer lo que se le cante.

Allá por julio de 2020 alardeó de ese poder cuando por Twitter aseguró que, si se le antoja, puede «golpear» a quien quiera y donde quiera. Lo habían acusado de estar detrás del golpe contra Evo Morales para hacerse del litio que en Bolivia hay a raudales, un mineral indispensable para la fabricación de los autos eléctricos de Tesla y que interviene también en la construcción de naves espaciales. «Le vamos a dar un golpe a quien se nos ocurra, ¡bancátela!», le dijo entonces a otro tuitero.

Fanfarroneaba, porque después aclaró que su litio lo sacaba de Australia. Pero tampoco alardeaba tanto: luego de eso, dijo que sabía que Bolivia tiene las reservas más importantes de litio en el mundo y que algún día «habría» que echar mano de ellas. «Por el bien de la humanidad.» Y que no se ponga nadie, ningún gobierno, ninguna organización internacional, nadie a meterle trabas.

En marzo de este año, tres semanas después de la invasión rusa, Musk desafió a Vladimir Putin a un duelo «hombre a hombre». El premio del combate «entre potencias» sería Ucrania. Unos meses antes, Space X había sido la primera empresa privada en organizar un viaje a la Estación Espacial Internacional. «Siempre sentí que no tenía límites, que mi límite ni siquiera era el cielo, que iría más allá, por qué no hasta Marte, por qué no a montar la primera colonia humana fuera de esta Tierra, que puede llegar a volverse inhabitable», dijo entonces.

Hace unas pocas semanas le dio consejos a Pedro Sánchez sobre lo que tenía que hacer con la industria energética española: le dijo dónde debería invertir y dónde no. El socialista le tendió la alfombra roja para que fuera a Madrid a discutir con él. Y en cada cumbre sobre el cambio climático Musk se permite, como Jeff Bezos, como Bill Gates, plantear «soluciones» tecnológicas fabulosamente caras para un drama al que ellos mismos han contribuido como pocos y siguen contribuyendo (véase «Mundo Musk», Brecha, 7-I-22).

A Musk le gusta posar, le gusta bailar mientras inaugura una nueva planta de Tesla, hacer mohínes mientras anuncia un nuevo viaje de Space X del que él mismo formará parte. Le gusta provocar payaseando. Pero mal se haría en tomarlo como un payaso. El apenas cincuentón sudafricano pertenece a esa raza de magnates modernos que marca los rumbos de este mundo, como a comienzos del siglo XX lo marcaban los dueños de las siderúrgicas, del carbón, de la industria automotora.

«Musk es ahora más poderoso que muchísimos Estados. Controla el activo tecnológico más importante de Estados Unidos (Tesla) y probablemente uno de los activos más estratégicos del mundo (Space X). Con Twitter tiene en su poder, además, una de las herramientas de comunicación más importantes del planeta», comentó el inversor Ross Gerber (Mediapart, 26-IV-22). Gerber no lo estaba denunciando. Se congratulaba. Es un estrecho colaborador del multimillonario.

***

En apenas tres semanas, Musk se hizo de la red social. Primero anunció que aumentaba su participación en el capital de la empresa, luego dijo que la compraría toda, después se retractó y, finalmente, terminó poniendo sobre la mesa una millonada sideral para concretar su proyecto más ambicioso. Su desembarco había motivado protestas del personal de Twitter: Musk tiene una bien ganada fama de racista, de sexista, de explotador. También había provocado reacciones adversas entre usuarios y accionistas, temerosos de que el magnate, un «defensor absolutista de la libertad de expresión más irrestricta», como él mismo proclama, abra tanto el espacio de la red que se llene de «mensajes de odio y de campañas de desinformación», según expresó uno de los inversionistas en la red. Las mismas preocupaciones manifestaron movimientos antirracistas, como Black Lives Matter, organizaciones de derechos humanos, feministas, de defensa de las minorías.

Cuando se supo que Musk había tomado el control de casi el 10 por ciento de las acciones de la empresa, a principios de abril, y que no descartaba avanzar aún más, la dirección de Twitter intentó aventar los temores y las protestas e insinuó que se opondría a los planes del milmillonario. Pero Don Dinero todo lo puede, y al dueño de Tesla le sobra. Cuando la semana pasada Musk anunció que pagaría 44.000 millones de dólares por la compra de Twitter, ofreciendo una prima de 38 por ciento sobre el valor del título en bolsa al 1 de abril, el Consejo de Administración acabó cediendo y recomendando a los tenedores de capital que hagan lo mismo cuando, a fines de mayo, se reúna la junta de accionistas. «Elon es la única solución a la situación actual. Necesitamos urgentemente despegar», dijo Jack Dorsey, cofundador del grupo.

Twitter es una de las redes con mayor influencia entre políticos, financistas, medios de comunicación, gobernantes, pero está muy lejos de sus competidores en número de usuarios: 231 millones contra casi 3.000 millones de Facebook, bastante más de 1.000 millones de Instagram y 1.000 millones de Tiktok.

El plan de Musk será revisado por la Comisión Federal de Comercio, que deberá determinar si viola las leyes antimonopolio. El proceso puede durar unos meses, quizás hasta fin de año. Nada hace pensar que haya marcha atrás: Musk no es propietario de ninguna otra red social ni tiene hasta ahora empresas de telecomunicación.

***

En filas del Partido Republicano, la venta de Twitter no pudo caer mejor. Musk supo estar muy cerca de Donald Trump, un tuitero desenfrenado al que la red social «canceló» el año pasado por el contenido de sus mensajes (véase «Cuando la esfera pública es propiedad privada», Brecha, 15-I-21). Nieto de un canadiense de extrema derecha que abandonó su país por juzgarlo «demasiado comunista», para instalarse en la «paradisíaca» Sudáfrica de comienzos del apartheid, e hijo de un ingeniero que hizo su fortuna explotando minas de esmeraldas en Zambia, el dueño de Tesla tiene todo para ser considerado por Trump como «un tipo con buenos valores».

Al igual que al expresidente de Estados Unidos, a Musk, que se define como un «libertario», un neoliberal puro y duro, no le gusta que le cobren impuestos, por más que esté entre los más ricos del mundo. «Los empresarios estamos para emprender y para derramar hacia abajo con nuestra iniciativa y no para que los burócratas nos esquilmen», supo decir este hombre, que mudó la sede de Tesla de California a Texas para beneficiarse de leyes sociales y de un sistema fiscal mucho más favorables a los «emprendedores».

A Trump le preguntaron por estos días si volvería a Twitter si, como es muy probable, Musk impusiera un cambio de reglas. Respondió que no, que seguirá apostando a Truth, su propia red social, inaugurada en febrero. Pero algunos de sus allegados dicen que Trump «extraña Twitter» y que no le disgustaría tomarse revancha.

En todo caso, Musk ya anunció que «toda censura será abandonada, incluso para [sus] mayores detractores». Dijo también que hará públicos los algoritmos de la plataforma, que limitará al máximo los bots y que Twitter será «un paraíso libertario». Laverna Spicer, una republicana que será candidata a diputada por Florida en las próximas elecciones legislativas, tuiteó que «la compra de Twitter por Musk es el equivalente en el siglo XXI a lo que fue la liberación de los esclavos por Lincoln: un triunfo de la libertad».

Bernie Sanders, el veterano senador del ala izquierda del Partido Demócrata, no cree en espejitos de colores. «Musk es uno de los representantes por excelencia del capitalismo de casino. La libertad para él es la libertad de los dueños del dinero», escribió el año pasado. El verdadero objetivo de Musk, escribió, a su vez, el domingo pasado en el diario inglés The Guardian el profesor universitario Robert Reich, exsecretario de Trabajo de Bill Clinton, «nada tiene que ver con la libertad de expresión, [ya que] su objetivo es su propia libertad sin obstáculo alguno, la libertad de ejercer un poder enorme sin tener que rendir cuentas».

En 2020 Reich había acusado a Musk de negrero por obligar a los trabajadores de Tesla en California a volver al trabajo, a pesar de que en ese estado el covid-19 estaba haciendo estragos. Se lo dijo en Twitter. Musk lo bloqueó.

Por Daniel Gatti
28 abril, 2022

Publicado enCultura
Jueves, 28 Abril 2022 05:43

Shadowban

Fuentes: Rebelión

El uso de la tecnología para callar opiniones contrarias al pensamiento occidental, no es nuevo. Ahora ni siquiera perdona a figuras de fama mundial cuyas actividades no están relacionadas con la política.

Descubrimos el término “shadowban” gracias a la supermodelo estadounidense de ascendencia palestina, Bella Hadid. Una mediática mujer con 51 millones de seguidores en Instagram (@bellahadid), cuya fama y fortuna no le hacen olvidar sus raíces.

En reportaje reciente de Russian Today – RT (https://bit.ly/3McdG6p), Bella Hadid denunció que Instagram le impide publicar sus historias, sobre todo cuando sale en defensa de Palestina: “inmediatamente, me ponen bajo los efectos del «shadowban», por lo que, casi un millón menos de ustedes ven mis historias y publicaciones».

¿Qué es el Shadowban? Censura tecnológica o tecnología al servicio de la censura, ni más ni menos. Es tan “normal” que hasta Wikipedia explica de que se trata: “El baneo en la sombra (del inglés shadow ban o shadow banning) o supresión disimulada, se trata de una forma de bloqueo o restricción disimulada y generalmente provisional en redes sociales, en internet y comunidades en línea, con el propósito de ocultar contenido que sube un usuario a su cuenta mediante diferentes métodos, dependiendo del funcionamiento de cada servicio”. Sería una práctica común ocultar la cuenta de un usuario, comentarios, fotografías, vídeos, en fin, cualquier tipo de contenido de modo que no sea visible para otros usuarios.

Las redes sociales a servicio de occidente practican el shadowban y otros mecanismos de control totalitario. La mayoría de las personas desconoce que ellos existan, mientras esas redes se presentan ante el mundo como las defensoras de la libertad. Cuando no censuran, actúan como policías ideológicas. Por ejemplo, la aplicación Bitly, usada para acortar links, cuando la aplicas a una publicación de RT, avisa en 5 idiomas: “La página en la que estás navegando ha sido marcada como una potencial fuente de desinformación”. Lo mismo hace automáticamente Facebook, alertándote: “Este contenido pertenece a un editor que Facebook cree que puede estar parcial o totalmente bajo control editorial del gobierno ruso”. Marc Zuckerberg, presidente de «Meta Platforms, Inc.”, propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp, nunca informará que su empresa es controlada por el Pentágono. 

Semanas atrás, Facebook e Instagram fueron prohibidos en Rusia. Cuando ocurrió, los paladines de la libertad de expresión protestaron poco. Podríamos pensar que fue por “coherencia”, dado el silencio absoluto que han mantenido sobre el bloqueo y la prohibición de varios medios rusos en Europa. Pero la razón es otra. Todo indica que callaron para evitar que las personas supiesen la verdadera causa que llevó a Rusia a prohibirlos: el terrorismo.

A cualquiera que le hayan suspendido su cuenta de Facebook o Instagram por alguna imagen o texto sentenciado como indebido, “le sorprenderá” que Meta, tan políticamente correcta para bloquear contenidos “inapropiados”, haya decidido suspender “temporalmente” sus protocolos para permitir mensajes de odio contra Rusia. No es una interpretación interesada de nuestra parte, lo reconoció sin ningún problema moral el portavoz de Meta, Andy Stone: «Como resultado de la invasión rusa de Ucrania, hemos permitido temporalmente formas de expresión política que normalmente violarían nuestras reglas, con un discurso violento como «muerte a los invasores rusos»”. Como si no bastase, el señor Andy Stone deja abierta la posibilidad futura de que puedan permitir también mensajes de odio contra todo el pueblo ruso: «Todavía no permitiremos llamados creíbles a la violencia contra los civiles rusos». Todavía …

Mientras Meta autoriza en el mundo real mensajes de odio contra Rusia, en el espacio virtual (www.meta.com) habla de su compromiso con el futuro de la comunicación: “El metaverso es la próxima evolución de la conexión social (…) por lo que estamos cambiando nuestro nombre para reflejar nuestro compromiso con este futuro”. ¿Un futuro de odio y censura?

Tomemos conciencia. Ya no podemos seguir emitiendo opiniones en las redes sin antes tomar en cuenta los mecanismos que filtran, manipulan y censuran nuestra comunicación. Son tan gritantes las injusticias y arbitrariedades practicadas por el imperialismo y los gobiernos subordinados a él que no pueden convivir con las más elementales verdades. Cada vez serán más intolerantes contra los rebeldes que insistamos en contar la verdad. 

Al usar Google y las redes sociales a servicio del mundo unipolar, estamos utilizando las carreteras y los vehículos construidos por ellos para preservar la situación de desigualdad e injusticia que vive el mundo. Nos tolerarán mientras escribamos mensajes domesticados o aparentemente radicales que solo le llegan a una minoría. Corrijamos eso pensando en la calidad y efectividad de lo que hacemos, sobre todo en las redes hostiles a la verdad y empecemos a usar cada vez más las redes alternativas hasta que los pueblos que construyen el nuevo mundo multipolar consigan crear vías de conectividad verdaderamente libres y sin censura. En Venezuela estamos dando nuestra contribución a esta lucha creando nuestra propia red social. Está en fase de construcción, por eso los invitamos a participar de https://venapp.com/ , haciendo las recomendaciones que crean necesarias para mejorarla y potencializarla.

La supremacía comunicacional de los imperialistas tiene pies de barro. La censura y la manipulación generalizada demuestran su debilidad. Si prohíben nuestras voces es porque ya no pueden convencer ni seguir engañando a los pueblos con espejitos de colores. Todas y todos debemos esforzarnos para construir una comunicación verdadera. La razón está de nuestra parte.

Por Anisio Pires | 28/04/2022

Anisio Pires es sociólogo por la UFRGS (Brasil), profesor de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV)

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Quiero que Twitter mejore más que nunca. Se impulsará el producto con nuevas funciones, de tal forma que los algoritmos sean de código abierto para aumentar la confianza, declaró el magnate Elon Musk. Foto Afp

La junta directiva aprobó por unanimidad la operación que deberá quedar cerrada este año

 

El hombre más rico del mundo, Elon Musk, llegó este lunes a un acuerdo para comprar la red social Twitter por 44 mil millones de dólares, luego de una negociación con la junta directiva y pese a un rechazo inicial de la oferta.

"El consejo de Twitter llevó a cabo un proceso amplio y pormenorizado para valorar la propuesta de Elon con un foco deliberado en el valor, la certidumbre y la financiación. La transacción propuesta logrará una prima en efecto sustancial y creemos que es el mejor camino para los accionistas de Twitter", subrayó el presidente independiente del consejo de la compañía, Bret Taylor.

En un comunicado, la compañía sostuvo que el acuerdo había sido "aprobado por unanimidad por la junta directiva de Twitter" y que se esperaba que se cerrara en 2022, si los accionistas lo aprobaban.

No hay condiciones financieras para el cierre de la transacción.

De acuerdo con los términos de la oferta, Elon Musk abonará 54.2 dólares en efectivo a cada accionista de Twitter por cada uno de sus títulos.

Una presentación de valores la semana pasada reveló que Musk había recaudado 22 mil 500 millones de dólares de Morgan Stanley Senior Funding para financiar la oferta y que el resto lo pagará mediante la venta de acciones.

Musk calificó a la red social como "la plaza pública digital donde se debaten asuntos vitales" y remarcó su intención de mejorar el producto, citando específicamente el combate a los bots.

“También quiero que Twitter sea mejor que nunca impulsando el producto con nuevas funciones, haciendo que los algoritmos sean de código abierto para aumentar la confianza, derrotando a los robots de spam y autenticando a todos los humanos”, señaló.

Según la prensa estadunidense, el consejo de administración de Twitter se reunió el domingo para revisar la propuesta del multimillonario –que ya había comprado algo más de 9 por ciento del capital de la empresa–y el viernes Musk ya se había entrevistado con varios accionistas por videollamada, a fin de defender su oferta de compra.

Twitter publicará los resultados del primer trimestre del año fiscal 2022 antes de la apertura del mercado este 28 de abril, pero no llevará a cabo la conferencia telefónica correspondiente por quedar pendiente la transacción anunciada este lunes.

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Lunes, 18 Abril 2022 05:52

Twitter: un altavoz

Twitter: un altavoz

Hay un cierto contrasentido en la pretensión –sea real o no– de Elon Musk por comprar la empresa Twitter. Esta se define como "un servicio de micro-blogueo y redes sociales, en la que los usuarios envían e interactúan mediante mensajes conocidos como tuits".

Con esta transacción, Musk quisiera explícitamente tener su propia red social y ser el dueño único. Esto expresa una significativa contradicción de nuestro tiempo y destaca el papel creciente que tienen diversas formas de comunicación social.

¿Hasta dónde es compatible la noción de "red social" bajo la tutela de un hombre de negocios indudablemente audaz, como ha mostrado Musk y que es, igualmente, un especulador connotado, sofisticado y provocador?

Musk fundó Paypal (vendida posteriormente a e-Bay), SpaceX, Deep Mind Technologies, Tesla y The Boring Company. Forbes estima actualmente su fortuna en alrededor de 219 mil millones de dólares. El aumento de tal patrimonio ha sido vertiginoso en los dos años anteriores, pues en 2020 se estimó en 24.6 y en 2021 en 151 mil millones. Jeff Bezos, de Amazon, ha sido desplazado al segundo lugar y su riqueza se sitúa en 171 mil millones de dólares.

Musk ha usado la gran influencia que ha adquirido para sacar partido financiero provocando el alza del valor de las acciones de sus propias empresas. Recientemente lo hizo en Tesla, la compañía que produce autos eléctricos, y eso lo llevó a un serio conflicto con la Comisión de Bolsa y Valores, entidad reguladora del sector en Estados Unidos (SEC por sus siglas en inglés).

Lo hizo también en Twitter cuando, recientemente, compró acciones hasta por el equivalente a 9.2 por ciento del capital y cuya valuación, cuando anunció la intención de compra, pasó de 2.89 mil millones de dólares a 3.7 mil millones, un aumento de 27 por ciento. Tras esa adquisición inicial tuvo la oportunidad de ocupar un lugar en el consejo, la que rechazó y en un tercer acto hizo una oferta de 43 mil millones de dólares para comprar Twitter y ser el dueño único.

La empresa reaccionó aplicando una fórmula conocida como "poison pill", literalmente una píldora envenenada. Esta es una forma defensiva para prevenir que otra entidad se haga del control accionario o, de plano, la compre íntegramente. Además, Vanguard, el segundo mayor inversionista, aumentó su posición accionaria y desplazó a Musk.

La oferta del magnate por cada acción de Twitter fue de 54.20 dólares. Antes, en 2018, Musk hizo una oferta por las acciones de Tesla en el mercado de 420 dólares por cada una. Ese número se asocia con el ambiente de consumo de cannabis y la misma SEC declaró que Musk había escogido ese número por aquella referencia y para divertir a su novia. En todo caso, este hombre ejerce una suerte de fascinación entre sus seguidores sea por una u otra razón y son 81 millones los que tiene en Twitter.

Hay un par de cuestiones en la polémica abierta entre Musk y Twitter. Una tiene que ver con el argumento del primero de que con la compra que ofrece hacer se ampliará la libertad de expresión en dicha red a la que ha señalado por imponer la moderación en la comunicación entres sus usuarios. Musk quiere que cada usuario pueda escoger o diseñar su propio algoritmo para decidir qué mensajes recibir. Esto mismo había sido ya considerado por Jack Dorsey, el fundador de Twitter.

Otro asunto se refiere a la afirmación de Musk de que él podrá explotar mucho más ampliamente las oportunidades que ofrece ese negocio, en términos del número de usuarios y de los ingresos derivados de la publicidad.

Se ha dicho que Musk encuentra valiosa a Twitter porque ahí se puede decir lo que se quiera sin mayores consecuencias, lo que Trump llevó al límite hasta que fue excluido de la red. Twitter es, en efecto, una plataforma muy influyente, un medio muy eficaz para difundir los mensajes de políticos, empresarios, celebridades, periodistas y otros personajes.

Musk quiere influir en cómo funciona Twitter y cómo modera a sus usuarios en el ámbito del discurso público. Lo que pone en evidencia la relevancia acerca de quién controla una empresa con ese poder actual y potencial.

Al respecto puede destacarse la dicotomía entre intemperancia y moderación que se advierte cada vez más en las redes sociales. Otra cuestión remite al sentido y las consecuencias de dejar en manos de personas como Musk y en un momento como el actual, el control de una red como Twitter.

Recientemente Musk declaró que: "Tengo la fuerte intuición de que tener una plataforma pública en la que hay mucha confianza y que es ampliamente inclusiva será extremadamente importante para el futuro de la civilización. Y no me interesa el aspecto económico". Algo de megalomanía parece haber en lo dicho. Cada quien podrá pensar el sentido que tiene todo esto. Pero abrir este camino a la par de los que ya existen, llenos de piedras es, cuando menos, algo en lo que habrá que reflexionar.

Cuando pienso en asuntos de este tipo, como el que ahora se plantea en torno a la figura y los modos de Musk con Twitter, o bien, en los que existen alrededor de Facebook, Google y demás, no dejo de recordar a George Orwell.

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Viernes, 01 Abril 2022 05:59

El interruptor principal

El interruptor principal

Fred Friendly, ex presidente de CBS News, dejó en claro que, antes de pontificar sobre la libertad de expresión, habría que responder una pregunta simple: "¿Quién controla el interruptor principal?"

En la guerra entre Rusia y Ucrania la respuesta es bastante obvia y ha dejado la sensación terrible de lo que pueden lograr los poderes de la manipulación política, la estupidez humana y la venganza cuando se disfrazan de causa mayor. De cómo pueden, incluso, condicionar la justicia y, más aún, la verdad.

Cuando hablo de interruptor principal no aludo a una metáfora. En la era de Internet, con megacorporaciones dueñas de las rutas y de los datos, existe literalmente un dispositivo que deja pasar o no la información, y que se usa a discreción contra millones de personas.

Pocos han reparado en que las prohibiciones y bloqueos que las grandes tecnológicas han aplicado a Rusia ya tuvieron un polígono de pruebas: Cuba. Aquí no funcionan Twitter, ni Facebook (ahora Meta), ni Google como en el resto del planeta, y ni por casualidad las publicaciones más populares de la isla aparecen en las primeras páginas referenciadas por los buscadores. Algoritmos diseñados para reducir u omitir los alcances de medios, palabras e informaciones, mientras Apple, Spotify, Amazon y la mayoría de las más de 450 compañías estadunidenses que han sancionado a Rusia, no pueden comerciar con Cuba por las leyes del bloqueo estadunidense. Las fake news, los ciberataques y la guerra por el conocimiento y la información, tan cara en estos días a la OTAN, han sido moneda corriente de Estados Unidos para triturar a la isla del Caribe y esto ha ocurrido sin causar demasiada alarma.

El telón de acero digital e informativo no es un invento nuevo. Sin embargo, no tiene precedentes que proveedores de la llamada espina dorsal de Internet desconecten a sus clientes en un país de 144 millones de habitantes como Rusia. Lo hicieron Lumen y Cogent, dos gigantes de la red troncal ( backbone) más grande del mundo. Estas empresas integran la exclusiva Zona de Tránsito Libre (TFZ, por sus siglas en inglés), un pequeño grupo de compañías de telecomunicaciones globales tan grandes que no pagan a nadie más por el tránsito (ancho de banda internacional).

Que el interruptor haya entrado en escena demuestra que Internet no es el fantasma infinitamente elástico y virtual que la gente imagina, sino una entidad física que puede deformarse o romperse a conveniencia de los intereses de un grupo, un gobierno o un conglomerado militar como la OTAN. De hecho, la intervención de Occidente en el conflicto ha acelerado la remodelación de Internet, de un sistema global al que se ha conectado todo el mundo, a un universo fracturado.

Los expertos tiemblan porque la guerra en Ucrania parece instaurar definitivamente la splinternet, como se conoce la fragmentación del ciberespacio en reinos dispares intervenidos por bloques políticos autónomos. O configurados por cualquier otro poder, como los oligopolios de la tecnología y el comercio electrónico, o por países que intentan mantener distancia del control estadunidense.

El ostracismo que castiga a Rusia en realidad amenaza seriamente la arquitectura de Internet, red de redes mundial con poder distribuido que no hay manera de romper en una esquina sin destruir rutas de información y sin congestionar las autopistas que quedan en pie.

La gran paradoja de todo esto es que, tras haber dedicado tanto tiempo y esfuerzo supuestamente a intentar romper el telón de acero de los rusos y los chinos en nombre de la libertad, los diseñadores de políticas occidentales y los halcones militares se están aislando del mundo a marcha forzada, mientras desmantelan la red que ellos mismos crearon. Es más barato destruir que construir muros. La metáfora del cibermuro para Rusia sugiere falsamente que, una vez eliminadas las barreras digitales, se erigirán en su lugar otras nuevas más convenientes a la alianza atlántica y que la reacción de Vladimir Putin de blindar RusNet, la red nacional, es alocada y torpe. Nada más lejos de la realidad.

Independientemente de lo que surja después de este conflicto, ya murió el Internet que conocimos. Los que tienen en sus manos el interruptor principal deberían admitir que están jugando con fuego y que, mientras enseñan su verdadero talante autoritario, revelan quizás la forma más costosa e ineficaz de ejercer el poder.

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