Martes, 22 Marzo 2022 05:53

Las redes sociales imponen su relato

Las redes sociales imponen su relato

¿En qué nuevo mundo geopolítico estamos? ¿Qué consecuencias planetarias está teniendo la guerra de Ucrania? ¿Qué hace China? ¿Qué está pasando con la información y las mentiras sobre este conflicto? ¿Qué ocurre, en particular, con el funcionamiento de las redes sociales que aparecían como las grandes plataformas democratizadoras para acceder a una información de mejor calidad?

La guerra de Ucrania, iniciada el 24 de febrero pasado, apenas está empezando... Y cuando comienza una guerra, como se sabe, arranca un relato mediático plagado de desinformaciones cuyo objetivo es la seducción de las almas y la captación de sentimientos para ganar los corazones y cautivar las mentes. No se trata de informar. De ser objetivo. Cada bando va a tratar de imponer –a base de propaganda y toda suerte de manipulaciones narrativas- su propia crónica de los hechos, y desacreditar la versión del adversario...

Lo que ocurre con todas las mentiras (1) que ambos bandos están difundiendo sobre el conflicto de Ucrania no es muy diferente de lo que ya hemos visto en otras guerras. Es la histeria bélica habitual en los medios, la proliferación de mentiras, de fake news, de posverdades, de intoxicaciones, de manipulaciones... La conversión de la información en propaganda es ampliamente conocida y estudiada, en particular en los conflictos de los últimos cincuenta años. Quizás ya con la guerra de Vietnam, en los años 1960 y 1970, se alcanzó el zenit de la sofisticación en materia de mentiras audiovisuales y manipulaciones mediáticas.

Hoy, con la guerra de Ucrania, los grandes medios de masas, en particular los principales canales de televisión, han sido de nuevo enrolados -o se han enrolado voluntariamente- como un combatiente o un militante más en la batalla... Aquí, en donde nos encontramos nosotros, están combatiendo -y no informando- en favor esencialmente de lo que podríamos llamar la posición occidental.

Sin embargo, dentro de esa normalidad propagandística, estamos asistiendo a un fenómeno nuevo. Porque, por vez primera en la historia de la información, en primera línea del frente mediático, intervienen las redes sociales.

Hasta ahora, en tiempos de guerra, las redes no habían tenido la misma importancia. ¿Cuál fue el último conflicto de esta envergadura en el mundo? Realmente, desde 1945, final de la Segunda Guerra Mundial, o desde la guerra de Corea a principios de los años 1950, no ha habido una conflagración militar de dimensiones semejantes a la de Ucrania... Ha habido sin duda grandes conflictos como la guerra de Argelia, la de Vietnam, la de Angola, la del Líbano, la del Golfo, la de Irak, la de Afganistán, la de Serbia, la de Libia, la guerra contra el terrorismo después del 11 de septiembre de 2001 y la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York... Todos esos conflictos han sido colosales, espantosos. No cabe duda... Pero las redes sociales no existían entonces.

Hoy, los ciudadanos no solo se ven confrontados a la histeria bélica colectiva y permanente de los grandes medios tradicionales, a su discurso coral uniforme (y en uniforme), sino que todo eso les llega ahora en sus teléfonos, en sus tabletas, en sus computadoras de bolsillo... Ya no solo son los periodistas sino nuestras amistades nuestros familiares, nuestros mejores amigos quienes contribuyen también, mediante sus mensajes en las redes, a amplificar esa incesante coral de discurso único... Se trata de una nueva dimensión emocional, un nuevo frente de la batalla comunicacional que hasta ahora no existía en tiempos de guerra.

Por ejemplo, el asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021 en Washington -que fue una tentativa de golpe de Estado-, constituyó un acontecimiento de primera magnitud desde el punto de visto político. Pero no militar. Y ese ataque sí fue el resultado de una gran confrontación previa en las redes sociales. En la que los fanáticos conspiracionistas leales a Donald Trump lograron imponer la tesis de un fraude electoral que nunca existió... Se produjo una encendida batalla frontal, en las redes, por el control del relato. Una confrontación digital de gran envergadura para desinformar, tratar de imponer una falsa verdad complotista y ocultar la realidad de las urnas. Ahí, las redes fueron decisivas...

Pero en un conflicto militar de estas dimensiones, hasta ahora, las redes no habían tenido protagonismo... Lo están teniendo en esta guerra de Ucrania por primera vez en la historia de la información... También, por primera vez, se produce esta decisión de Google de sacar de la plataforma a medios del "adversario" como Russia Today (RT) y Sputnik... Mientras Facebook e Instagram declaran que tolerarán "mensajes de odio" contra los rusos (2)... Y Twitter tomó la decisión de "advertir" sobre cualquier aviso que difunda noticias de medios afiliados a Moscú, y redujo significativamente la circulación de esos contenidos (3)... Cosa que Twitter no hace del otro lado con quienes apoyan a Ucrania y a la OTAN... Esto no se había producido nunca hasta ahora. Poniendo en evidencia la hipocresía sobre la supuesta libertad de expresión y la neutralidad de las redes...

Todo esto confirma que si el conflicto de Ucrania es una guerra local en el sentido de que el teatro de operaciones está localizado en un territorio geográfico preciso, por lo demás es una guerra global, mundial, en particular por sus consecuencias digitales, comunicacionales y mediáticas. En esos frentes, Washington, como en la época de maccarthysmo y la "caza de brujas", ha enrolado a los nuevos actores de la geopolítica internacional, o sea, las megaempresas del universo digital: las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft). Estas hiperempresas -cuyo valor en Bolsa es superior al Producto Interior Bruto (PIB) de muchos Estados del mundo-, se han retirado de Rusia y se han enrolado voluntariamente en esta guerra contra Moscú...

Esto es nuevo. Hasta ahora conocíamos la actitud partidaria y militante de los grandes medios que, en caso de conflicto, se alineaban con uno de los beligerantes y abandonaban todo sentido crítico para comprometerse unilateralmente y defender los argumentos de una sola de las potencias en presencia... Lo nuevo es que, por primera vez, las redes sociales hacen lo mismo ahora. Lo cual confirma que los verdaderos medios dominantes hoy son las redes sociales.

Por definición, las redes no están hechas para informar, están hechas para emocionar. Evidentemente en las redes circulan muchos textos de calidad, testimonios, análisis, reportajes... Las redes retoman muchos excelentes documentales, videos, artículos de la prensa y de los medios existentes... Pero la manera de consumir contenidos en las redes (aunque cada una tiene su especificidad) no es de pasarse el tiempo leyendo o viendo la integralidad de los documentos que uno recibe... Las redes están hechas sobre todo para actuar... El ciudadano o la ciudadana que usa las redes lo que quiere es compartir o adherirse dando like... Lo que le gusta al internauta es comunicar, transmitir, difundir... La red, en realidad, funciona como una cadena. Cada usuario se siente eslabón, con la misión de expresarse, de conectar, remitir, enviar, pasar, repercutir...

Lo que más circula y mayor influencia tiene en algunas redes (Facebook, Twitter, Instagram) son los memes, o sea, especies de gotas, de haikús, de resúmenes muy reducidos, muy sintéticos, muy caricaturales de un tema... Es lo que más se comparte. Los memes funcionan como si las informaciones en la prensa escrita se redujesen únicamente a los títulos de los artículos, y no hubiera necesidad de leerlos... Cada uno de nosotros puede hacer la experiencia: cuelgue en su red preferida el mejor texto, el vídeo más completo, más inteligente y honesto que pueda haber sobre la crisis de Ucrania, y verá que, a lo sumo, puede alcanzar algunas decenas de like... Pero si coloca un buen meme eficaz y original, que, por su creatividad, suscita a la vez risa y sorpresa, su velocidad de transmisión será impresionante... Si se habla de difusión viral no es por casualidad...

Ese deseo compulsivo de adherirse y de compartir es lo que hace que las redes consigan difundir masivamente un sentimiento general, una interpretación dominante sobre cualquier tema... Ese sentimiento es el que, poco a poco, consigue imponerse en toda una parte de la sociedad... Esa es una de las grandes diferencias, entre las redes y los medios.

Las consecuencias de esta guerra ya se sienten en todo el mundo. Ningún país, por lejano que se encuentre, está a salvo de sus efectos y consecuencias. No solo mediáticas. En principio, se trata de una confrontación entre dos potencias –una grande, otra mediana- que se desarrolla, como dijimos, en un teatro local: el territorio de Ucrania. Pero ese enfrentamiento, a pesar de ser local, fractura el mundo en dos. Como durante la Guerra Fría (1948-1991).

Desde 1980, el planeta estaba en vías de globalización, existía como una dinámica de interconexión global. Esa globalización se detiene ahora. Washington y sus aliados han excluido a Moscú del funcionamiento mundial... Como ha dicho Joe Biden se trata de colocar a Rusia en una situación de paria planetario, de paria de la humanidad... El mundo, desde el punto de vista geopolítico, se halla de nuevo dividido en dos bandos opuestos: quienes están con Rusia y quienes están con Estados Unidos... Y los países que no están ni con uno ni con otro van a verse sometidos a fuertes chantajes y a enormes presiones. Seguramente vamos también a ver surgir un tercer grupo de nuevos No-Alineados...

En lo que concierne a la guerra propiamente dicha, la conclusión más obvia a estas alturas es que los combates están durando más tiempo del originalmente previsto. Con cierta lógica, podíamos imaginar al principio que las fuerzas rusas conseguirían sus principales objetivos muy pronto mediante una operación relámpago. Eso no se produjo.

El Estado Mayor ruso se enfrenta hoy a un dilema entre dos necesidades contradictorias: debe ir rápido, pero debe preservar las vidas de los civiles no combatientes. Porque esta "operación militar especial" iniciada por el presidente Vladimir Putin tiene también por objetivo, conquistar los corazones de los ucranianos rusoparlantes. Y no se conquistan corazones machacando a la gente con bombardeos, incendios y destrucciones... O sea, las fuerzas rusas no están consiguiendo realizar su doble objetivo inicial: llevar a cabo una guerra relámpago y al mismo tiempo preservar la vida de la población civil, que está sufriendo trágicas pérdidas, y resistiendo.

La ofensiva se ha vuelto por lo tanto más lenta y más peligrosa. No debe descartarse la posibilidad de cualquier provocación, o incluso una escalada. El presidente de Ucrania, Volodomir Zelenski, le exigió a la OTAN y a los EE.UU. que establecieran una prohibición de sobrevuelo –una zona de exclusión- sobre el territorio ucraniano. Por el momento, las potencias occidentales no han aceptado, porque ello significaría tener que derribar aviones rusos... Llegar a esa situación implicaría un choque directo entre Rusia y las fuerzas de la OTAN, o sea, una guerra nuclear, que hasta ahora se procura evitar.

En el actual escenario, el objetivo de Estados Unidos pudiera ser inmovilizar por largo tiempo, enlodar, a los ejércitos rusos en los campos de Ucrania. Literalmente. Es decir, lograr que queden empantanados. Teniendo en cuenta un elemento estratégico: la invasión rusa se inició el 24 de febrero pasado, en pleno invierno, cuando los campos ucranianos estaban todavía cubiertos de nieve. La tierra congelada, dura, permitía que los tanques y los camiones avanzaran sin problemas campo a través. Porque muchas carreteras y puentes están minados, saboteados o destruidos... Pero dentro de un mes, a finales de abril, comenzará allí la primavera, la temperatura subirá y la nieve y el hielo derretidos transformarán las inmensas estepas ucranianas en infinitos lodazales... Los tanques, los camiones y los vehículos de las largas líneas de aprovisionamiento de Rusia comenzarán a enterrarse, a inmovilizarse, y esto marcará el comienzo de una guerra totalmente diferente... Fue lo que le ocurrió al ejército alemán cuando Hitler se topó con la resistencia soviética en Ucrania. Rusia no dispone de mucho tiempo: si quiere ganar la guerra tiene que hacerlo en menos de un mes. Si no, se expone a un conflicto largo y extenuante, en cierta manera al estilo del de Afganistán. Sus fuerzas estarán inmovilizadas y dispersas, a la merced de guerrillas dotadas de armamento occidental de última tecnología... ¿Qué ocurriría si, entre tanto, se abre otro frente en otro teatro de operaciones de los rusos, por ejemplo en Siria? Rusia no cuenta con capacidad para llevar a cabo dos guerras de gran envergadura al mismo tiempo.

Más allá de lo que ocurra en el terreno concreto de la batalla, por lo demás, como ya dijimos, se trata de un conflicto global: en los frentes comercial y financiero, además de mediático, con derivaciones incluso deportivas y culturales. Es un conflicto que no deja a ningún país al margen. Nadie puede decir, se encuentre donde se encuentre, que no le concierne. Eso le da a esta guerra un carácter singular, único desde la caída del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría.

La batería de sanciones o medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea junto con sus aliados, Japón, Corea del Sur, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, repercuten de manera global. Las consecuencias se reflejan ya en los precios de la energía y los carburantes. Rusia, como se sabe, es un gran productor de petróleo y gas, Ucrania de carbón. Las dificultades para sostener la producción y las sanciones están limitando el aprovisionamiento, sobre todo en Europa. Por Ucrania, además, pasan los oleoductos y gasoductos que llevan petróleo y el gas ruso a Europa, que depende aproximadamente en un 40% de esos hidrocarburos. Todo esto altera de manera muy acelerada la geopolítica de la energía. Y produce nuevos efectos sobre las sociedades. El gas y el petróleo son clave para la producción de electricidad. Esto ha hecho que el precio de la luz, por ejemplo en España, alcance niveles jamás vistos, o que otros países, como Alemania, vuelvan a plantearse la necesidad de mantener activas las centrales nucleares.

Del mismo modo, metales como el aluminio, el cobre y el níquel registraron un aumento de precios exorbitante. El níquel superó los 100.000 dólares la tonelada... Las fábricas de automóviles, en particular las de modelos más modernos y caros, están sufriendo los nuevos precios. BMW está estudiando si detiene algunas de sus producciones. Rusia es además una gran productora de titanio, metal clave para la fabricación de microprocesadores (chips), que ya venían en crisis por la pandemia y que son indispensables en numerosos sectores industriales.

En otras palabras, sobre una situación de grave recesión económica mundial provocada por dos años de pandemia de covid-19, el estallido de la guerra de Ucrania y las sanciones impulsan un nuevo aumento del coste de vida. Este conflicto añade inflación a la inflación. Los precios de los alimentos, del transporte y de la luz van a alcanzar un nivel tan elevado que probablemente eso despierte movimientos de protesta ciudadana y aumente el descontento hacia los gobiernos en muchos países, entre ellos algunos de América Latina. A nivel mundial, la traducción política de esta guerra probablemente sea una ola de manifestaciones y reclamos sociales que podrían desestabilizar a varios gobiernos.

Pero las ramificaciones también se sienten en los posicionamientos de las grandes potencias mundiales. Empezando por Europa. En este sentido, la consecuencia más significativa de la guerra de Ucrania es el rearme alemán. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Alemania no contaba con fuerzas armadas importantes ni con un presupuesto militar relevante. Era la OTAN, y en última instancia EEUU, de acuerdo a los pactos firmados en 1945, quienes aseguraban esencialmente la defensa alemana. Hace pocos días, sin embargo, el canciller Olaf Scholz, anunció un programa de rearme colosal, de más de cien mil millones de euros, que incluye el relanzamiento de la industria militar, la reconstrucción de los astilleros, la Armada, la aviación... Los recursos anuales, a partir de ahora, equivalen a casi el 3% del presupuesto anual, es decir casi tanto como lo que consagra a la defensa Estados Unidos. Es una verdadera revolución militar, que tendrá impactos geopolíticos (aunque Berlín siga sin disponer de armas nucleares, se convertirá pronto en la principal potencia militar europea) y económicos. Alemania es el único país realmente industrializado de la Unión Europea y el mayor exportador industrial del mundo per cápita. Puesto a fabricar armas, barcos, aviones, submarinos o drones, podemos apostar que Berlín producirá una conmoción en la industria armamentista global.

En América Latina, la importancia de la guerra de Ucrania se refleja también en movimientos geopolíticos que hasta hace poco parecían impensables. Uno de ellos lo constituye el encuentro, el 5 de marzo pasado, entre una delegación de alto nivel de Estados Unidos y el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, para iniciar, al parecer, negociaciones que permitan retomar las exportaciones de petróleo venezolano a ese país. En los hechos, esto implica un reconocimiento de facto de la legitimidad del presidente Maduro que termina de desplazar definitivamente a Juan Guaidó del escenario político y que también afecta al principal aliado militar de Washington en América Latina, Colombia, cuyo presidente, Iván Duque, quedó descolocado... Este tipo de cambios súbitos de posición confirman que estamos ante un conflicto de consecuencias globales.

En cuanto a China, segunda potencia global, en un momento delicado y difícil, mantiene una posición cercana a Rusia sin desear romper necesariamente con el mundo occidental. Por Rusia y Ucrania pasan parte de las nuevas rutas de la seda, el gran proyecto chino de comercio e infraestructuras que ahora está parcialmente interrumpido por el conflicto y las sanciones. Para China, esta guerra supone un impacto económico fuerte, en la medida en que afecta a un proyecto fundamental, definido por Xi Jinping como uno de los ejes del desarrollo chino y de su despliegue por el mundo.

Por otra parte, como consecuencia de la guerra de Ucrania y de las sanciones, Moscú puede pasar a depender cada vez más de Pekín. En cierta medida, las fuertes medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos y Europa empujan a Rusia, lo quiera o no, a una creciente dependencia de China, su único aliado de envergadura. Pekín podría ver aumentar considerablemente su capacidad hegemónica sobre Moscú.

Al mismo tiempo estamos viendo una eventual amenaza de sanciones de Washington a China en caso de que Pekín le ofrezca a Moscú soluciones que le permitan evitar las sanciones o reducir su efecto. El presidente Joe Biden advirtió a su homólogo chino, Xi Jinping, sobre “las implicaciones y consecuencias” que para China tendría “brindar apoyo material a Rusia mientras perpetra ataques brutales contra ciudades y civiles ucranianos” (4). Por eso Pekín ha mantenido una línea de cooperación con Rusia sin alinearse de manera unívoca con la posición de Putin. Por ejemplo, no votó en contra de la resolución de Naciones Unidas de condena a Moscú; se abstuvo.

Otra consideración, en un contexto de río revuelto como el actual: China teme que Estados Unidos aproveche la ocasión para lanzar alguna iniciativa en favor de Taiwán. Por ejemplo, si Taiwán inicia alguna maniobra militar preventiva con la excusa de una inminente invasión china semejante a la de Rusia sobre Ucrania. O si Estados Unidos y sus aliados avanzan en mayores niveles de reconocimiento político y diplomático a Taiwán. Asimismo, el gobierno estadounidense anunció recientemente que revisará el esquema de subsidios de Pekín a aquellas industrias chinas cuyos productos se exportan al mercado norteamericano, con vistas a un posible aumento de aranceles, retomando la guerra comercial que en su momento había intensificado Donald Trump (5).

En suma, se constata una voluntad de la Casa Blanca de hostigar a China, reafirmando que el objetivo estratégico principal de Washington en el siglo XXI es contener a China, debilitarla de modo tal que no logre superar a Estados Unidos y disputarle su hegemonía planetaria. En ese sentido, podríamos ver, en las próximas semanas, nuevas presiones sobre Pekín. ¿En qué medida China podría ser excluida a su vez, a pesar de su gigantismo, del funcionamiento "occidental" del mundo? Es posible que ese sea el gran objetivo estratégico de la partida de ajedrez que acaba de empezar en Ucrania.

Estamos en una nueva edad geopolítica. La historia se ha puesto nuevamente en marcha... Ha comenzado un juego peligrosísimo. La próxima etapa podría ser la guerra nuclear...

21 marzo 2022

 

(1) Léase: "110 bulos y desinformaciones sobre el ataque de Rusia contra Ucrania", https://maldita.es/malditobulo/20220317/conflicto-militar-rusia-ucrania-bulos/

(2) La Vanguardia, Barcelona, 11 de marzo de 2022.

(3) Europa Press, Madrid, 28 de febrero de 2022.

(4) La Vanguardia, Barcelona, 19 de marzo de 2022.

(5) ElDiario.es, Madrid, 5 de marzo de 2022. https://www.eldiario.es/economia/casa-blanca-abre-frente-geoestrategico-subsidios-industriales-tecnologicos-china_1_8804255.html

(Tomado de Le Monde diplomatique)

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Martes, 22 Marzo 2022 05:24

El periodismo en crisis

El periodismo en crisis

La prensa escrita retrocede de forma acelerada a nivel mundial. La pandemia, los conflictos bélicos, la inseguridad de los periodistas y la censura amenazan la información independiente y de calidad.

En muchos países, los clásicos vendedores deambulantes de periódicos son ya una difusa estampa del pasado. En tanto el quiosco de venta de diarios y revistas desaparece poco a poco de las esquinas barriales y se mantiene apenas, con cuentagotas, en centros comerciales, estaciones de buses y de trenes.  

No son pocos los lugares donde solo las pequeñas casetas de los cotidianos gratuitos activan el recuerdo nostálgico de lo que hasta hace algunos años fue la era, casi exclusiva, de la información impresa, radial y televisiva.

En este particular paisaje, las ventas de diarios y revistas retroceden estrepitosamente mientras los medios de comunicación compiten por los “clics” que significan ganancias en concepto de publicidad comercial.

La comunicación digital genera a diario avalanchas de información que les permite a las grandes empresas montadas sobre el Internet convertirse en actores informativos preponderantes.

En los últimos cinco años, los usuarios de los medios sociales se duplicaron en el mundo: pasaron de 2.300 millones en 2016 a 4.200 millones en 2021, según un nuevo informe de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura). Realidad que si bien facilita el mayor acceso a contenidos, fuentes y voces, no se corresponde, necesariamente, con un valor informativo de mejor calidad.

“Fake news” y monopolios

La información errónea y la desinformación se convierten cada día más en una amenaza a la información objetiva, coherente, profesional y de fuentes fidedignas. Las empresas de Internet actúan como vectores, multiplicadores y aceleradores de esta tendencia. Según un estudio del Instituto de Tecnología de Massachussets sobre Twitter, en dicha plataforma las falsedades “se difundían de manera considerablemente más extensa, más rápida, más profunda y más amplia que la verdad”. Por otra parte, en una encuesta realizada por Gallup en 2020 en 142 países, el 57% de los usuarios de Internet declaró que les preocupaba recibir información falsa”.

En este escenario, los ingresos publicitarios –esenciales para la sobrevivencia del sector– se han desplazado con gran velocidad de los medios de comunicación a las empresas de Internet.

Dos gigantes estadounidenses, Google y Facebook (transformado en “Meta” en octubre de 2021), concentran actualmente casi la mitad de todo el gasto global en publicidad digital. Meta cuenta con 3 mil millones de usuarios y 200 millones de empresas que utilizan sus aplicaciones y asegura la circulación de 100.000 millones de mensajes diarios. Por su parte Google, el sitio Web mundial más visitado, tiene la capacidad de procesar diariamente 1.000 millones de peticiones de búsqueda.

Según el informe Tendencias mundiales en libertad de expresión y desarrollo de los medios 2020-2021 de la UNESCO (https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000379826spa), los ingresos publicitarios globales de los periódicos se han reducido a la mitad en los últimos cinco años. Si se analiza la última década, la pérdida es de dos tercios. Esta situación tiene profundas implicaciones para el público de todo el mundo. En particular, para identificar fuentes de noticias locales fidedignas. Y el organismo internacional subraya que “cuando las comunidades pierden sus fuentes de noticias locales, los niveles de participación cívica se resienten”.

La UNESCO considera al periodismo como un bien común, concepto que valoriza el impacto de la información adecuada en la ciudadanía. Al igual que otros bienes comunes, el periodismo desempeña un papel crucial para promover un espacio cívico saludable, algo que logra cuando le proporciona a la comunidad información objetiva y basada en hechos verificables. Esto es esencial para que la ciudadanía pueda participar en una sociedad libre y abierta. No obstante, para que funcione como bien común, debe ejercerse en condiciones políticas y económicamente viables. De lo contrario, le resulta prácticamente imposible generar noticias y análisis de calidad, independientes y fiables. En síntesis, para poder informar, antes tiene que existir.

Censura y agresión a la prensa

La crisis financiera de la empresa periodística que en muchos países se expresa en el cierre acelerado de periódicos, revistas y otros medios, se ha visto agravada en el último decenio por la erosión de las libertades de prensa.

Según datos de la UNESCO, en unos 160 países siguen vigentes leyes penales que tipifican la *difamación* como delito. Por otra parte, desde 2016 unos 44 países han aprobado o modificado legislación con fórmulas imprecisas o sanciones desproporcionadas con respecto a contenidos en el Internet. Con el agravante de casos crecientes de bloqueo del servicio de noticias en línea y pirateo de sitios Web de diversos medios, así como control-espionaje ilegal de periodistas.

En su Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa de 2021, Reporteros sin Fronteras (https://rsf.org/es/clasificacion-mundial-de-la-libertad-de-prensa-2021-periodismo-una-vacuna-contra-la-desinformacion) identificó graves impedimentos para el ejercicio del periodismo en 73 países y obstáculos en otros 59 del total de 180 evaluados. Es decir, un 73%.

Realidades conflictivas como la actual de Rusia-Ucrania no favorecen la “normalidad” informativa. En Ucrania ya han perecido varios trabajadores de prensa. La Comisión Europea, por su parte, borró la presencia en la Unión Europea (UE) de las cadenas del Grupo Rusia Hoy (RT) y el acceso al sitio de información Sputnik, como parte de las sanciones contra la Federación de Rusia y sin ningún procedimiento jurídico mediante. Medida criticada por la Federación Internacional de Periodistas (FIP) para quien la UE “no tiene competencia para tomar ese tipo de medidas”.

Balas contra noticias

El marcador trágico del sitio Web de la FIP (Federación Internacional de Periodistas; https://www.ifj.org/es.html), que se actualiza diariamente, indica que 18 periodistas o personal de medios han sido asesinados entre inicios del año y el 21 de marzo.

El 16 de marzo, sucumbió en un atentado Armando Linares, director del portal mexicano Monitor Michoacán, convirtiéndose así en el octavo comunicador víctima de homicidio en ese país en lo que va del año. Significativamente, el país azteca encabeza la lista de las naciones con más trabajadores de prensa asesinados durante el primer trimestre de 2022. Según la FIP, entre enero y marzo también murieron violentamente 6 profesionales de la comunicación en Tanzania y 4 en el marco del actual conflicto bélico entre Rusia y Ucrania.

Desde 2016 hasta finales de 2021 diversos organismos internacionales contabilizaron 455 periodistas asesinados en ejercicio de su actividad. Con el agravante de que casi nueve de cada diez de esos casos siguen sin resolverse. El alto índice de impunidad a nivel mundial aparece como una de las amenazas más serias contra el periodismo. Otra cara de la inseguridad que padece el gremio: a fines de 2020 se contabilizaron más de 270 periodistas encarcelados.

Por otra parte, la violencia masiva en línea contra los/las periodistas, en particular las mujeres, constituye otra tendencia agravada. El informe de la UNESCO reveló que, en 2021, siete de cada diez mujeres periodistas encuestadas habían padecido violencia en línea. Una quinta parte de esas profesionales sufrió ataques o maltratos personales relacionados con las amenazas recibidas previamente en línea.

No menos significativas son las agresiones a periodistas que cubren concentraciones públicas, manifestaciones y disturbios. Entre enero y agosto del año pasado alcanzaron una frecuencia preocupante. El organismo de la UNO registró este tipo de ataques en al menos 60 países. Desde 2015, al menos 13 periodistas han sido asesinados mientras cubrían protestas en las calles.

Futuro incierto

El periodismo, es decir, el bien común que permite informarnos e informar, vive una realidad cada día más preocupante.

En el último lustro, cerca del 85% de la población mundial ha sido testigo de una disminución de la libertad de prensa en sus respectivos países. La cifra de asesinatos, aunque estable o en disminución, ha experimentado una remontada significativa en el primer trimestre de 2022. Y la violencia en línea en constante aumento, se prolonga, en muchos casos, en violencia personal directa.

Además, los cambios veloces y las transformaciones financieras y tecnológicas, han causado en diversos países al cierre de medios de comunicación, especialmente algunos que servían a comunidades locales o públicos regionales. En algunos casos han conducido a la concentración creciente de medios, absorbidos por grandes grupos empresariales. En Francia, por ejemplo, diez multimillonarios poseen el 90% de los medios. Los tres grandes grupos suizos de prensa –RX Group, CH Media y Ringier– controlan el 82% de los medios en la Suiza alemana.

Se constata también el desplazamiento brusco de lectores y de publicidad hacia el Internet, con el consiguiente efecto negativo en la prensa escrita. Y no hay que olvidar que el impacto económico de la pandemia aumentó la crisis del periodismo, la cual “ahora amenaza con desencadenar una extinción masiva de los medios periodísticos independientes”.

Frente a estas tendencias, los periodistas y sus organizaciones sindicales y profesionalesmultiplican modelos innovadores para tratar de preservar la existencia y la independencia de la actividad. Por ejemplo, propuestas de reducciones impositivas; promoción de subvenciones directas e indirectas de los Estados a los medios –con garantías de autonomía de los mismos–, así como la multiplicación de nuevos medios informativos financiados casi en su totalidad por sus propios suscriptores, lo que reduce la dependencia de la publicidad comercial. Como ocurre con Le Courrier, Republik, Die Woz o Haupstadt, en Suiza.

Iniciativas alternativas que lanzan en una época de crisis, señales de esperanza para un periodismo independiente, activo, profesional y garante de diversidad. Una forma que intenta desde lo local-regional reactivar los desafíos siempre imprescindibles –aunque vengan del siglo pasado– de un Nuevo Orden Informativo Mundial.

Por Sergio Ferrari | 22/03/2022

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Jueves, 21 Octubre 2021 05:40

La distopía de un mundo sin internet

La distopía de un mundo sin internet

La confianza ilimitada en internet se deriva de la creencia generalizada en «la nube». Pero las recientes caídas de servicios nos alertan sobre la realidad: las redes se fundamentan en la infraestructura física y cableados submarinos. Las fallas en esas infraestructuras pueden llevar al colapso. Su poder está en manos conocidas: el de las mismas empresas tecnológicas que dominan la red. 

 

La caída de Facebook, Instagram y Whatsapp fue un evento no solo imprevisible, sino de alto impacto global. Mientras que en otros momentos esta caída apenas había durado algunos minutos, en este caso se extendió por más de seis horas. Las distintas aplicaciones y herramientas de la empresa de Mark Zuckeberg estuvieron completamente inaccesibles para los aproximadamente 3.500 millones de personas ―casi la mitad de la población mundial― que las utilizan. Además de las aplicaciones más conocidas, Workplace, su plataforma de conexión profesional, y Oculus, un servicio de realidad virtual, también quedaron suspendidos. 

La «vida online» no quedó suspendida. Twitter, TikTok, Telegram, Zoom y los servicios de Google (incluyendo YouTube) continuaron activos. Aunque sea cada vez más inexacto dividir la vida entre física y en línea en un tiempo histórico en el que se encuentran completamente fusionadas, lo que se apagó no fue Internet. Fue, por el contrario, una parte de nuestra cotidianeidad fundamentada en la interacción a través de ciertas redes. En definitiva, una de las formas en las que nos comunicamos y «compartimos» en el presente.

Según las explicaciones de la empresa, la caída de los servicios se debió a una falla durante el cambio de configuración de los routers que gestionan el tráfico de red entre sus centros de datos. Solucionar el problema subyacente implicó visitar una instalación de servidor físico y restablecer manualmente algunos servidores.

El apagón de los servicios de Facebook coincide con unas semanas muy complicadas para la compañía de Zuckerberg en términos de reputación. Primero aparecieron los Facebook Files, una serie de revelaciones exclusivas sobre documentos internos de la empresa que se conocieron a través de The Wall Street Journal. Luego, Frances Haugen, una ex empleada de Facebook entre 2019 y 2021, decidió ponerle cara a esas denuncias al hacerse cargo de que ella había filtrado esos documentos internos en un programa muy popular de la cadena CBS. Como resumió la analista tecnológica Jimena Valdez, «las filtraciones muestran dos cosas en común: por un lado, Facebook sabe todo lo que su empresa hace y genera, y, por el otro, de esa evidencia se desprende que Facebook tiene un discurso público que es engañoso, cuando no directamente mentiroso». Haugen demostró con lujo de detalles que en múltiples ocasiones la empresa de Zuckerberg priorizaba siempre la búsqueda de beneficios por encima del interés del público.

La coincidencia de la caída técnica con las revelaciones de la ex-empleada provocaron un desplome de 4,9% en las acciones de Facebook. Posteriormente, Haugen fue llamada a declarar en el Congreso de Estados Unidos, lo que reabrió una polémica en la sociedad y la política sobre la salubridad de la plataforma.

Algunos incluso desconfían de que la caída de las plataformas de Zuckerberg haya ocurrido exactamente como la empresa lo explica dando lugar a hipótesis conspirativas. En cualquier caso, este cimbronazo en nuestra conectividad nos plantea una pregunta de capital importancia para el desarrollo de la vida humana actual: ¿puede colapsar Internet?

Capas de Internet

Como sostiene el investigador Mariano Zukerfeld, en lugar de ser una multiplicidad horizontal, lo que llamamos Internet es más bien una estructuración vertical de cinco capas: infraestructura, hardware, software, contenidos y redes sociales. Cada una presentó desde el comienzo dinámicas e intereses disímiles con grados de independencia relativa y, hasta hace apenas unos años, las empresas que dominaban las capas de software y contenidos eran distintas de las que dominaban los «fierros»: hardware, data centers e infraestructura de cables submarinos.

La dimensión física de Internet suele pasar desapercibida, quedando regularmente resumida en el difuso concepto de «nube». Lejos de ser algo etéreo, consiste en una abigarrada red de centros de datos y cables submarinos por los que circula prácticamente la totalidad de los contenidos y datos de Internet. El cableado submarino que traslada todo este flujo de información entre continentes fue desde el comienzo la infraestructura crítica de Internet: siendo pocos, altamente costos y de difícil acceso, cualquier accidente en ellos tiene el potencial de desconectar a regiones enteras. Esto nos recuerda que Internet no es invisible y omnipresente como si se tratara de oxígeno: la infraestructura de Internet no es etérea ni inmortal.

El efecto del cambio climático

Entre las causas que podrían derribar la infraestructura de Internet se encuentra el aumento del nivel del mar, como consecuencia del cambio climático.  Según un estudio realizado en 2018 por la Universidad de Wisconsin-Madison y la Universidad de Oregon, casi 6.500 kilómetros de conductos de fibra óptica enterrados en Estados Unidos estarán bajo el agua y más de 1100 centros de tráfico estarán rodeados de agua hacia el año 2033. Según esta previsión, Seattle, Miami y Nueva York serían las ciudades más afectadas.

Al parecer, muchos de los conductos en riesgo ya están cerca del nivel del mar. Según los investigadores «solo se necesitará un ligero aumento en los niveles del océano debido al derretimiento del hielo polar y la expansión térmica (...) Los indicios de los problemas que vendrán ya se pueden ver en las catastróficas tormentas e inundaciones que acompañaron a los huracanes Sandy y Katrina».

Conflictos militares

A partir de 2015, una de las principales cuestiones que alimentaron hipótesis sobre la caída de Internet fue la posibilidad de una escalada de hostilidades entre Estados Unidos y la Rusia. Un año antes, mientras se sucedía el conflicto en Crimea, «los proveedores de telecomunicaciones de Ucrania informaron interrupciones del servicio de Internet en cables y puntos de conexión claves durante la actividad militar rusa en la península»

En ese sentido, Robert Hannigan, el director entre 2014 y 2017 del Government Communications Headquarters (GHCQ) ―el equivalente británico de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos―, advirtió en ese momento del riesgo de que Rusia corte los cables de comunicaciones de aguas profundas para perturbar las economías occidentales.

A su vez, el New York Timesreportó por entonces que «los submarinos y los barcos espía de Rusia están operando agresivamente cerca de los cables submarinos vitales que transportan casi todas las comunicaciones globales de Internet». Aunque no quiso hacer comentarios específicamente sobre eso, Frederick J. Roegge, comandante de la flota de submarinos de la marina estadounidense en el Pacífico, afirmó: «Tengo una preocupación diaria sobre lo que Rusia puede estar haciendo». ¿Podría Rusia considerar la posibilidad de desconectar de internet a Occidente ante un eventual conflicto bélico?

De la descentralización a las plataformas

Sin embargo, las mayores probabilidades de un colapso de Internet no parecen provenir de catástrofes o escaladas de hostilidades, sino de las consecuencias de la concentración y centralización de la infraestructura de la red de redes en las grandes plataformas.

La historia del nacimiento de Internet es conocida: en el contexto de la Guerra Fría y la posibilidad latente de un ataque nuclear se crea ARPANET, red germen del Internet actual. El objetivo era contar con una red descentralizada de comunicaciones entre computadoras, en la que el flujo de información se fragmentara en paquetes que viajaran por caminos alternativos para reensamblarse en el destino. La descentralización era precisamente la fortaleza: la inexistencia de un nodo central haría imposible que fuera destruida. El proyecto, originalmente militar, fue adoptado por las universidades transformándose en la NSFNET.

Finalizada la Guerra Fría con la caída de la Unión Soviética, en 1994 la red y su infraestructura fueron privatizadas y comercializadas. En las siguientes décadas, Internet sufriría grandes transformaciones. Se iniciaba allí un proceso de concentración y centralización que terminó sepultando aquella capacidad de resiliencia dada por la descentralización.

Uno de los eventos cruciales de la última década es que aquellas empresas que dominan las capas de contenidos, software y redes sociales (Google, Facebook, Amazon, Microsoft) y que solemos identificar como sinónimos de Internet, no sólo concentran en sus plataformas el mayor caudal de usuarios, visitas y flujos de datos, sino que se convirtieron en los propietarios de la densa red global de data centers donde toda esa información se almacena, procesa y analiza. En los últimos cinco años, avanzaron en el tendido de su propia red de cables submarinos y en el arrendamiento de los ya existentes.

Así, la infraestructura crítica de Internet por la que circula el flujo intercontinental de datos, históricamente propiedad de un variado mosaico de consorcios de empresas de telecomunicaciones de diversos países está siendo devorada por las empresas que ya monopolizan las capas superiores, dando lugar a una integración vertical completa a lo largo de todas las capas de Internet y generando gigantescos nodos centrales.

Centros de datos y la posibilidad de una destrucción de las Cloud

Para tener una dimensión de la centralización de «la nube», siguiendo a la consultora especializada Gartner, podemos saber que Amazon, Google y Microsoft concentraban en 2020 aproximadamente 70% de la capacidad total (siendo Amazon el líder con 40%), mientras que las chinas Alibaba y Huawei concentran 15%. Solo esas cinco empresas son responsables del 85% de la capacidad de almacenamiento y procesamiento de la llamada «nube». En 2020, este mercado creció más de 40%, llegando a explicar ingresos por 64.300 millones de dólares para estas plataformas, impulsado por la escalada digital que favoreció la pandemia.

La dependencia que genera esta concentración es un problema al que ya se enfrentan incluso otros gigantes de Internet. Apple ya lleva gastados más de 300 millones de dólares en Google Cloud en lo que va de este año, un aumento de 50% en relación 2020, aunque también utiliza Amazon Web Service (AWS) y centros de datos propios para responder a la demanda de servicios de iCloud. Netflix, al igual que Spotify y otras plataformas, utiliza AWS prácticamente para todas sus necesidades de almacenamiento, procesamiento, análisis de datos, motores de recomendación, etc. En su reporte anual, señala como uno de los riesgos estructurales para su modelo de negocios el hecho de depender de la infraestructura de AWS, siendo que Amazon se convirtió en su competidor directo dentro del mercado de streaming con Amazon Prime Video.

Debido a esta intensa concentración, una caída o un error en una de estas «nubes» puede significar potencialmente el cese de todo tipo de servicios. Tanto AWS como Google Cloud y Azure disponen de diferentes zonas geográficas para distribuir el impacto, pero, en caso de una destrucción física de alguno de sus grandes centros de datos, el impacto sería significativo. Además del reciente caso de los servidores de Facebook, en diciembre del 2020 colapsaron servidores de Google Cloud, dejando por algunas horas fuera de línea a escala global los servicios de Google y de varias empresas que dependían de su infraestructura.

Más allá de fallas o errores, otro peligro es la destrucción. Una señal de alarma se presentó cuando se quemó parte del centro de datos de OVHcloud (un proveedor de alojamiento web en la nube) en marzo de este año en la ciudad de Estrasburgo. Según un informe del diario El País, «entidades como el aeropuerto de Estrasburgo, la plataforma francesa de comercio en bitcoins Coinhouse, el museo parisino del Centro Pompidou o el club de balonmano Créteil en los suburbios de París sufrieron interrupciones en el acceso a sus páginas o el uso de correos electrónicos. La plataforma de acceso a datos públicos data.gouv.fr también estuvo temporalmente inaccesible. El centro de Estrasburgo albergaba 29.000 servidores, según OVHcloud». El de Estrasburgo es uno de los cuatro centros de datos de OVH. Miles de clientes no pudieron seguir operando y, además, perdieron datos, ya que el backup en una ubicación física diferente era un servicio opcional.

De Alejandría a la India: el riesgo en los cables submarinos

La diseminación de centros de datos ubicados en todas las regiones del globo por parte de las plataformas conduce a un aumento exponencial del tráfico: se estima que estos centros de datos consumen de seis a siete veces más tráfico submarino que el resto de la totalidad de Internet.

La rotura de un cable puede causar interrupciones temporales pero no interrumpe necesariamente todo el servicio, ya que los protocolos de enrutamiento de Internet redirigen el tráfico de paquetes a través de cables alternativos, aunque en algunas situaciones esto no es posible por la inexistencia de rutas alternativas. Los anclajes y tormentas caóticas ocasionan averías de cables submarinos con regularidad (alrededor de 200 por año).

En 2008, frente a Alejandría, el ancla de un barco cortó dos importantes cables submarinos, el FLAG y el SeaMeWe-4: las consecuencias se sintieron en Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y hasta Pakistán e India, cuando casi 80 de millones de personas quedaron sin conectarse a Internet. El incidente llevó a algunos de los principales operadores de telecomunicaciones a pensar en rutas alternativas y en los años siguientes se instalaron nuevos cables, submarinos y terrestres. Sucesos similares se reiteraron regularmente en la última década.

El tendido de cables submarinos ha tenido una explosión durante la última década por la entrada al mercado de las grandes plataformas (fundamentalmente Google, Facebook, Amazon y Microsoft) y de las empresas chinas (Huawei Marine, China Mobile, China Telecom). Podría parecer que esto es beneficioso para el funcionamiento de la totalidad de Internet, ya que amplía la capacidad instalada de la red, aumenta el ancho de banda y posibilita caminos alternativos para la conmutación de paquetes. Pero no es necesariamente así: los cables tendidos por las plataformas conforman redes privadas para el flujo exclusivo de sus propios contenidos: un canal paralelo y privado a la «internet pública» tal como la hemos conocido.

Ya en 2019, Microsoft, Google, Facebook y Amazon eran dueños o arrendaban más de la mitad del ancho de banda submarino ―y se estima que esa proporción aumentó considerablemente durante la pandemia―, mientras que las empresas chinas poseían aproximadamente 11%. Google es actualmente propietario de aproximadamente el 9% de la totalidad de kilómetros de los cables submarinos. En lo que a América Latina respecta, Google finalizó en 2019 la instalación del Curie, primer cable submarino que llega a Chile en más de 20 años, que se extiende desde California. Se suma así al Malbec y el Tannat, cables que conectan a Argentina, Uruguay y Brasil, que son propiedad de Facebook y Google respectivamente. A ellos, se incorporará próximamente el Firmina, que está siendo instalado por Google y se extenderá desde la costa este de Estados Unidos hasta la localidad costera argentina de Las Toninas, con extensiones a tierra en Praia Grande y Punta del Este. 

En su comunicado anunciando el cable Firmina, Google afirma que mejorará el acceso a los servicios de Google para los usuarios de América del Sur, como la búsqueda, Gmail y YouTube, así como a los servicios de Google Cloud.  Así, los cables submarinos propiedad de plataformas no son «cables de Internet», que implican transporte común y no discriminación de paquetes, sino redes privadas y exclusivas conectadas a sus propios centros de datos.

En definitiva, las redes privadas concentradas en plataformas crecen a merced de un posible colapso por una simple falla en uno de sus servidores o por las decisiones que las plataformas puedan tomar de un momento a otro. Dado que el tráfico va quedando centralizado en estas redes, merma la inversión y construcción de infraestructura por fuera de las plataformas, haciendo así vulnerable a la infraestructura de Internet.

¿Indestructible?

En sus primeras décadas de vida, Internet parecía ser indestructible por su descentralización, aunque sensible por su aún débil infraestructura crítica. La apariencia era que nadie podía determinar el curso de Internet ya que estaba organizada como una red descentralizada de redes, pero era factible que diversas catástrofes naturales o, llegado el caso, enfrentamientos bélicos, pudieran afectarla severamente por la destrucción de infraestructura crítica.

La veloz concentración y centralización de la infraestructura de Internet en las manos de un puñado de plataformas, implicó el fin de la descentralización. En su lugar, se erigen ahora redes privadas por las que circulan contenidos exclusivos de las plataformas propietarias.  Paradójicamente, Internet es hoy más fuerte que nunca en términos de la robustez de la infraestructura instalada, pero más débil por la brutal concentración de esta infraestructura en pocas manos.

El principal peligro para una desconexión generalizada ya no parece residir en catástrofes naturales o potenciales hostilidades entre países, sino en una simple falla en los servidores de cualquiera de estas plataformas e, incluso, en las decisiones que estas empresas pueden tomar a voluntad. Incluso, más allá de los centros de datos, el avance sobre el cableado submarino, la columna vertebral de Internet, es particularmente alarmante. 

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Sábado, 09 Octubre 2021 06:08

Por el derecho a una internet con derechos

Por el derecho a una internet con derechos

¿Qué duda cabe que la época está atravesada por una rasante revolución tecnológica, con la irrupción de la digitalización en casi todas las actividades sociales?

Internet, un espacio tan vital para nuestra interacción social ha ido mutando en sus características, alejándose de todo posible control democrático y siendo cada vez más permeado por los intereses mercantiles corporativos. Intereses que concentran poder y riquezas en un puñado de empresas transnacionales que van ejerciendo un control de facto sobre los contenidos que circulan por la red.

¡Sí!, la internet y sus tecnologías conexas, que idealmente pudieran servir para una mayor democratización del conocimiento y del quehacer político, que pudieran contribuir a una mejor distribución del bienestar y el patrimonio colectivo de la humanidad, se encuentran intervenidas por intenciones monopólicas particulares, que impiden o dificultan que aquello se realice.

De allí que es imprescindible analizar con mayor precisión cuáles son las intenciones y procesos que subyacen a la instalación de este modelo tecno-digital, cuáles son sus principales impactos y su posible devenir.

Los procesos en curso

Suele suceder que procesos que guardan alguna similitud externa, pero que son movilizados por distintas intenciones son confundidos y asimilados como idénticos, pese a constituir direcciones históricas distintas y hasta opuestas.

Tal es el caso de procesos como la mundialización [1] y la globalización. Mientras la primera corresponde a una tendencia histórica de conexión entre pueblos y culturas, llegando en la actualidad a formar un mosaico de diversidad plenamente interconectado y en camino a una posible Nación Humana Universal, la globalización responde al interés de empresas capitalistas de ampliar sus operaciones sin límites geográficos, intentando a su vez evadir toda responsabilidad localizada.

Es obvio que mientras la mundialización tiene una clara dirección de evolución, conllevando la posibilidad de compartir la acumulación histórica de cada cultura y de colaborar mutuamente para sortear los desafíos comunes y también los particulares de cada pueblos, la globalización actúa de manera regresiva, concentrando capital y poderío y alejando de la base social las capacidades de decisión democráticas, de por sí menguadas por la propia descomposición de la democracia formal en la institución Estado.

Algo similar acontece con las tecnologías digitales y la internet, encuadradas como están en los procesos anteriormente mencionados.

Si uno observa el avance de la digitalización a la luz de la mundialización, se hace evidente la utilidad de acortamiento del tiempo y las distancias en la comunicación junto a la posibilidad de acceder a conocimientos y compartirlos de forma libre.

Desde un espíritu mundializador, internet es una vía positiva para expresarse, cotejar hábitos, compartir experiencias, fortalecer proyectos, comunicar utopías, convocar a transformaciones y percibir al mundo y la humanidad como un todo, unido por un destino común.

Pero si se mira a estos mismos portentos tecnológicos bajo la lupa de la globalización, se devela que estamos ante un momento de reconversión del sistema capitalista, inmerso en una encrucijada por la monstruosa derivación especulativa de sus excedentes, y la reducción para el capital de espacios con márgenes de ganancia apetecibles en actividades productivas de la economía real para su afán de lucro ilimitado y presuroso.

La economía digital globalizada constituye una puerta de escape, junto con la promocionada “revolución verde”, de un sistema de acumulación excluyente e injusto que tiende, por su misma esencia, a la concentración de riqueza, a la segmentación social y, contrariamente a lo que se pretende pregonar, a la depredación del hogar común, privatizando el bienestar y socializando tan solo dificultades.

No es de extrañar entonces que el mismo Foro Económico Mundial, un cónclave de los poderosos e insensibles del mundo, haya abrazado con fervor al mismo tiempo la causa digital y el discurso de transformación ecologista. Para Naomi Klein, “El gran reinicio” – programa presentado en Davos 2020 por Klaus Schwab, director del FEM y también miembro del consejo de administración del elitista club Bilderberg y el príncipe Carlos, conspicuo miembro de la realeza Británica- es un lugar para pregonar soluciones tecnológicas con fines de lucro para problemas sociales complejos; para escuchar a los jefes de los gigantes petroleros transnacionales opinar sobre la necesidad urgente de abordar el cambio climático; para escuchar a los políticos decir las cosas que dicen durante las crisis: que esto es una tragedia pero también una oportunidad, que se comprometen a reconstruir mejor y a marcar el comienzo de un «planeta más justo, más verde y más saludable».

No por nada, entre los principales oradores en esa ocasión estuvo también el presidente de Microsoft, Brad Smith, quien señaló de modo explícito: «Los datos, y la tecnología en general, son herramientas indispensables para resolver casi todos los problemas a los que nos enfrentamos».

Tampoco es casual que ya en marzo de 2017, el Foro Económico Mundial (WEF) inaugurara el primer Centro para la Cuarta Revolución Industrial en San Francisco, Estados Unidos, en una zona de alta concentración de incubadoras y empresas tecnológicas.

Los dos caminos 

Estamos ante una clara bifurcación de caminos. Un camino corto y veloz, el de una tecnologización digital acrítica, que conduce a una mayor dependencia de poderes concentrados y un aumento de la desigualdad y la exclusión social. El otro camino, con la mirada puesta en el interés común y la participación social, es quizás  más largo y lento, pero conduce a más autonomía, equidad, inclusión y complementación social.

Por el camino que pretende el capital concentrado, internet perderá todo componente social y humano. La ansiada conectividad universal será entonces tan solo el aprovechamiento por parte de ávidos hombrecillos del negocio corporativo de la inversión social en infraestructura ejecutada por los Estados. 

Por esta vía, se multiplicarán las plataformas digitales ofreciendo trabajo precarizado. El teletrabajo, lejos de servir a la reducción de la jornada laboral, la aumentará. Se agudizarán las diferencias salariales entre trabajadores del conocimiento y empleos de segundo o tercer orden. Para las mujeres, la nueva explotación digital se sumará al trabajo de cuidado no remunerado y las diferencias de paga con los hombres.

Si internet se convierte definitivamente en la autopista del negocio transnacional, continuarán proliferando los instrumentos de manipulación informativa, de vigilancia y control, transformando a las personas en objetos de un extractivismo de datos ilimitado. 

El avance corporativo digital sobre la educación y la salud traerá consigo la intervención ideológica de sus contenidos y la invasión de la privacidad de las comunidades involucradas, siempre para mayor gloria y riqueza de los accionistas de fondos de inversión.

Por este camino, aumentará la desigualdad entre el Norte y el Sur global, que continuará abasteciendo al Norte con materia prima digital y física a través del consumo extendido sin gozar de los beneficios que otorgan la propiedad de las patentes y licencias de tecnología.

Por ese sendero, las corporaciones irán primero  invadiendo y después capturando todo resquicio de actividad democrática, tornándose en una suerte de gobierno global corporativo, avanzando sobre el sistema multilateral de relaciones internacionales  y convirtiéndolo en mera pantalla para legitimar sus intereses.

El camino alternativo es el de la apropiación común de la tecnología digital para beneficio exclusivo de la comunidad humana en su conjunto.

Para que el derecho a internet constituya una ampliación efectiva de derechos, como en cualquier otro campo y ocasión de la historia, es imprescindible la participación decidida de los pueblos y sus organizaciones. 

De este modo, podrá establecerse una alianza entre el Estado y la comunidad organizada, una alianza público-comunitaria que desplace la nefasta “asociación público-privada”, que en el marco neoliberal legitimó la intromisión del capital en regiones hasta entonces vedadas a sus negocios. 

Desde esa alianza público-comunitaria podrán acometerse proyectos de conectividad universal de gestión compartida o autónoma para que las infraestructuras, herramientas y conocimiento y la necesaria inversión estatal se orienten al bien común y a la formación de usuarios activos y críticos. 

En esa perspectiva, las prioridades son garantizar la soberanía y la autonomía con la generación de alternativas tecnológicas descentralizadas, no invasivas, interoperables y de libre elección; forjar redes de cooperación entre organizaciones para pasar de ser meras receptoras a generadoras y hacedoras de políticas sobre tecnología y posibilitar el acceso irrestricto y compartido al conocimiento estratégico entre naciones.

Es ineludible colocar hoy fuertes impuestos a las grandes empresas tecnológicas y plataformas digitales y evitar su fuga a guaridas fiscales para financiar una Renta Básica Universal Incondicional. Asimismo exigir leyes que garanticen la protección y propiedad individual o comunitaria de los datos y regulen el accionar de plataformas digitales comerciales desde el interés público.

Es fundamental apropiarse no solo del uso, sino también de la creación de tecnología y redes sociales no tuteladas ni extractivistas para favorecer la comunicación, la organización y el acercamiento social.

En definitiva, el progreso científico-tecnológico es un logro de los pueblos y de su acumulación histórica. Las herramientas digitales deben servir para la plena realización del ser humano. De lo contrario, no solo son inútiles, sino también perjudiciales. 

Esta ponencia fue expuesta el 6/10/21 en el marco de la sesión del Grupo de Educación, Academia, Ciencia y Tecnología (GEACT), mecanismo de la sociedad civil en la agenda de desarrollo sostenible (Agenda 2030) y en el Foro de los Países de América Latina y el Caribe sobre Desarrollo Sostenible (FPALCDS). Algunos de los contenidos vertidos forman parte de los diagnósticos y propuestas colectivas de las Jornadas “Utopías o distopías. Los Pueblos de América Latina y el Caribe ante la era digital” organizadas por el espacio Internet Ciudadana.

 

Por Javier Tolcachier | 09/10/2021

 

Nota:

[1] Para ampliar el concepto de mundialización ver: Silo, Diccionario del nuevo humanismo. Obras completas Vol. II. pag. 538 (2002)  México. Editorial Plaza y Valdés. 

Javier Tolcachier es investigador en el Centro Mundial de Estudios Humanistas y comunicador en agencia internacional de noticias de Paz y No Violencia Pressenza.

El presidente de Ecuador, Lasso, es uno de los mandatorios con inversiones en paraísos fiscales según la investigación "Pandora Papers".

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Martes, 05 Octubre 2021 05:40

Sobreinformación: atrapadas en la red

Sobreinformación: atrapadas en la red

La lista de cosas terribles que deberíamos evitar, que no deberíamos aceptar, que es vergonzoso que ocurran en el siglo XXI, es tan larga que con ella podríamos llenar páginas sin fin.

 

Era una sospecha, pero ya es una certeza: detrás de la proliferación infinita de información hay una estrategia de los poderosos (o sea, del poder económico). La cantidad de datos con que nos bombardean a diario es de un calibre tal que resulta imposible de manejar. Miles de noticias, declaraciones grandilocuentes, sucesos increíbles, acciones a favor de esto o en contra de aquello se amontonan a nuestro alrededor como montañas de residuos no biodegradables, hasta ahogarnos. En los telediarios, mientras el locutor cuenta las noticias, nos pasan sin cesar en la parte inferior de la pantalla docenas de más datos e informaciones. A la vez, las imágenes de otras miles de cosas ocurren en el mundo se suceden en la pantalla situada detrás. En el estudio de televisión, todo son luces y brillos que giran y se mueven como en una discoteca. En la radio, cada mañana nos leen acelerados el resumen de las noticias del día con un fondo musical como de vuelta ciclista. Y mientras tomamos el café, nos gritan que contratemos un seguro más barato o nos compremos un coche nuevo; un coche en el que, con un poco de mala suerte, nos mataremos un día al ir a trabajar. Si además tenemos el móvil a mano, lo que no es raro, podremos acceder a la vez a más información todavía: mensajes, avisos, notas, recordatorios.

Ya es posible acelerar las grabaciones de las notas de voz. A duras penas daremos luego con un hueco en la agenda semanal para meter una clase de yoga, de chi-kung o de meditación en la que resetear la mente exhausta e intentar reaprender a fijar la atención. Y nos extraña que haya estudiantes universitarios incapaces de leer un libro entero (¡uno!). Dentro de poco ya no llamará la atención, serán sus profesoras quienes no podrán hacerlo. En educación secundaria no son capaces de atender una explicación oral que dure más de 10 minutos. Enseguida empiezan a moverse nerviosos en la silla buscando desesperadamente, como yonkis, nuevos estímulos, nuevos datos que añadir a su sobrecargado cerebro. Decía Agustín de Hipona que, así como el cuerpo necesita comida, también el alma necesita alimentarse con sabiduría. Pero la comida rápida es comida basura, no alimenta, nos envenena. El exceso de información es la basura del alma, nos pudre por dentro. Y el veneno nos va matando lentamente, sin que nos demos cuenta.

Un ejemplo concreto: el movimiento laicista difundimos a los cuatro vientos siempre que podemos el disparate que supone la presencia de una asignatura confesional en el currículo de enseñanza primaria y secundaria, y los vergonzosos privilegios de los que disfruta el catolicismo en ese ámbito. Cualquier persona sensata que nos escucha, creyente o no, practicante o no, admite enseguida que es un atropello, un escándalo, una injusticia. Pero, ¿de qué sirve? ¿Qué podemos hacer además de escandalizarnos? ¿Cómo movilizarnos para denunciarlo y responder al atropello? ¿Cómo evitarlo?

Y es que —no quiero compararlos— pero ahí están la subida de la luz; y los refugiados muertos en el Mediterráneo; y los desahucios que siguen; y las palizas y asesinatos a gays o a trans; y la destrucción de la sanidad pública; y la privatización de los servicios esenciales; y las mujeres asesinadas, y... La lista de cosas terribles que deberíamos evitar, que no deberíamos aceptar, que es vergonzoso que ocurran en el siglo XXI, es tan larga que con ella podríamos llenar páginas sin fin. Miles de páginas con datos, análisis, reflexiones, valoraciones. No sirven de nada. Son demasiadas cosas. No podemos metabolizar tanto dato. Nos atascamos. Para seguir estando informadas tenemos que dejarlo todo, dejar de pensar, dejar de vivir. Al dejar de pensar, no podemos decidir qué hacer, cómo, cuándo, con quién. La corriente nos lleva. Sobrecarga de información, Infoxicación, son términos que ya están en Wikipedia, señal de que existen (por supuesto, existen las palabras, pero también la realidad que nombran). Marina Garcés se ha referido a la imposibilidad de manejar las toneladas de conocimiento de que disponemos hoy. Lo ha sintetizado en una frase certera: “Lo sabemos todo, pero no podemos nada” (en Nueva Ilustración Radical, Anagrama).

Desbordadas de datos, sobrados de análisis, colapsado el sistema de drenaje del espíritu, nos vaciamos, supuestamente, en Twitter, Instagram o Facebook. Pero más que vaciar y limpiar, lo que hacemos es volvernos a cargar de nuevos datos. Y exhibirnos. Mostramos nuestra actitud progresista. Nos enfadamos y nos ocupamos en propagar nuestro enfado. Nos rasgamos las vestiduras, enfáticamente, que quede claro. Mostramos, en voz alta, ante el mundo, la más firme solidaridad con esta o con aquella causa justa. Escribimos artículos (este incluido), posts, blogs, libros, indignadas, exponiendo con rotundidad a razón que tenemos contra esto o a favor de aquello. “Yo apoyo esta causa”, compartimos la foto en la que nos mostramos risueños, o serias y responsables, pero siempre atractivos, altivas, y poco a poco, el mensaje se va deslizando hacia un lado y, sin darnos cuenta, el énfasis se traslada de la causa a quien la apoya. A los demás les gusta que yo apoye esta causa y me lo comunican (a mí y, de paso, al mundo entero). Y a mí me gusta que a ellos les guste. Y así durante un buen rato, como el eco de un pozo sin fondo. Millones de bits de aquí para allá para que todo siga en su sitio. Esto no se transforma y aquello nunca llega. Y siguen ocurriendo cosas que no deberían ocurrir, permanentemente, nosotras conscientes e informadas.

Nos dijeron que la información era poder y nos lanzamos frenéticas a su búsqueda. Era una falsedad paralela a la que rezaba ‘una imagen vale más que mil palabras’: nos costó percatarnos que sí, sirve, pero para mentir más que mil palabras. Tampoco vimos que la sobreinformación sólo trae incapacidad, angustia y ansiedad. Que la sobreinformación está más cerca de la desinformación que de la información. Y que va de la mano de la híper-conexión. Todo parece ser parte del mismo plan. Conectar con tres, cuatro, veinte, cuarenta, cien personas puede hacer comunidad. Estar permanentemente conectados con miles de personas que no conocemos ni nos interesan no mejora la realidad, no alivia ninguna pena, no proporciona ninguna alegría perdurable. Crea parálisis, lo único permanente. 

Red es malla, tejido, protección. La red de amigas y allegados nos protege como una tela mullida y tranquilizadora, amortigua las caídas como una red flexible y blanda. Nos conecta con personas que conocemos y queremos. Pero red es también trampa, urdimbre, trama, engaño. Pusieron el adjetivo “sociales”  y en sus redes caímos como chinches, una detrás de otro. Caímos en la trampa, animalitos atrapados. Y ahí estamos, en el cepo, prendidas en la malla, agitando los brazos para que nos vean los falsos amigos. La combinación letal de narcisismo indignado y sobreactuado y de exceso de información inmanejable nos ha colocado en la senda de acabar con toda esperanza. ¿Tiene remedio? ¿Seremos capaces de salir de la rueda de hámster? Decidme cómo.

 

5 oct 2021 06:00

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Oblea de silicio procesada, mostrando los chips antes de su separación y posterior encapsulado

La actual crisis de suministro de circuitos integrados que sufren gran número de industrias del planeta, ha puesto de relieve la hegemonía de un fabricante de Taiwán de estos dispositivos: TSMC. Esto sugiere una pregunta inmediata: ¿hay algún fabricante capaz de competir en la actualidad con TSMC?

En este artículo voy a responder a esa pregunta, que utilizaré para dar una visión general del panorama global de la industria de los semiconductores, basándome en las consideraciones de Morris Chang, el fundador de TSMC. Para ello, desglosaré el papel que según su opinión, juegan los principales países y regiones implicadas en comparación con Taiwán: Estados Unidos, China, Corea del Sur, Europa y Japón.

  1. Estados Unidos

Estados Unidos es un gran competidor dados sus vastos recursos de todo tipo: terrenos, agua (la industria microelectrónica es muy demandante de este recurso), electricidad asequible, competencia profesional de los trabajadores del sector, etc. Salvo el último, son atributos que Taiwán, una pequeña isla, nunca tendrá. Sin embargo, Estados Unidos no tiene los ingredientes que hicieron de Taiwán el lugar adecuado para permitir el éxito de TSMC, que analicé recientemente en otro artículo. Chang considera que los estadounidenses no son tan trabajadores como los taiwaneses. En la misma línea, no cree que Estados Unidos tenga el talento administrativo necesario para gestionar una industria tan compleja como la microelectrónica. De hecho, cree que la instalación de una fábrica de TSMC en Arizona es un error al no ser la ubicación correcta para concentrar el desarrollo de la fabricación de semiconductores en Estados Unidos ¿Por qué Arizona recibe tanta inversión y atención? Porque es un estado de los que se denominan swing en las elecciones presidenciales, es decir, de resultados muy disputados y este factor ha sido una de las claves para decidir instalar allí la primera fábrica que TSMC tendrá en Estados Unidos.

Debido a que las debilidades de Estados Unidos son esencialmente estructurales, las subvenciones a nivel federal y estatal son, en el mejor de los casos, parches temporales. Por tanto, lo que Estados Unidos tiene, Taiwán no lo tiene. A la inversa, lo que Taiwán tiene, Estados Unidos no lo tiene.

  1. China

A pesar de la opinión generalizada, China es hoy por hoy un competidor poco significativo en esta industria. La ambición de China en la industria de los semiconductores y la asombrosa cantidad de inversión del gobierno central acaparan muchos titulares, pero Chang lo descarta como competidor de peso. En su opinión, China está uno o dos años por detrás de Estados Unidos y de Taiwán en el sector del diseño de chips y más de cinco años por detrás de TSMC en la fabricación. En resumen, China no es una amenaza. 

  1. Corea del Sur

La única competencia importante que Chang considera es Samsung Electronics, de Corea del Sur. El razonamiento es bastante sencillo: tanto Corea del Sur, el país, como Samsung, la compañía, muestran características similares a Taiwán y TSMC, respectivamente.

TSMC y Samsung han tenido unas relaciones complicadas. En 1989, Samsung intentó (y fracasó) reclutar al propio Chang, solo dos años después de que comenzara la andadura de TSMC.

  1. Japón y Europa

Chang apenas menciona a Japón y claramente no lo ve como una amenaza de peso para TSMC. La actitud de Chang hacia Japón es clara y se expresó hace muchos años. La negativa de Japón a abrazar la evolución de su industria hacia el modelo fabless obstaculizó su capacidad para innovar y mantenerse a la vanguardia. Esa evolución fue catalizada en gran parte por la existencia de TSMC. Japón nunca lo hizo, pero Estados Unidos sí (los diseñadores de chips de EEUU mencionados en el punto anterior son los más importantes del sector en estos momentos). Por lo tanto, gran parte de la innovación en el diseño de nuevos chips corresponde desde hace varios años a las empresas estadounidenses, pero por otra parte, eso fue el inicio del desmantelamiento de las capacidades de fabricación de chips de Estados Unidos. Una más de las complejidades que caracterizan a esta industria.

 La actitud de Chang hacia Europa no es tan clara. Mirando la industria en su conjunto, parece que los principales actores europeos han estado desempeñando un papel más complementario al de TSMC, no competitivo como es el caso de Samsung o de Intel. Las principales empresas de chips como NXP son en su mayoría clientes sin fábrica de TSMC, al igual que otros grandes fabless, como Nvidia o Qualcomm. Pero, por otra parte, el principal fabricante de equipos de litografía de ultravioleta extremo, ASML, es europeo y trata a TSMC como su cliente preferente. En 2020, TSMC representó el 31% de los ingresos de ASML, convirtiéndose en su principal fuente de ingresos. Ese número solo crecerá dada la escasez global de chips y la enorme inversión de TSMC para cubrirlo.

  1. ¿Lecciones para aprender?

Cada historia de éxito se basa en una confluencia afortunada de tiempo, recursos, trabajo duro, paciencia y dedicación por parte de científicos y técnicos muy capacitados. TSMC es una de estas historias. Estas historias son muy improbables de reproducir en la actualidad, pero ¿hay lecciones que aprender, especialmente para las dos grandes potencias tecnológicas, Estados Unidos y China?

Según el análisis de Chang, hay más similitudes que diferencias entre las dos superpotencias. De forma bastante sorprendente y a pesar de sus muy diferentes regímenes políticos, ambos países tienen una perspectiva muy enfocada en el corto plazo cuando se trata de construir su propia capacidad de fabricación de chips semiconductores, a pesar de que la experiencia de TSMC muestra claramente que es un proceso que llevó varias décadas. China tiene un plan: "Made in China 2025", aunque es dudoso que alcance sus objetivos de independencia en la fabricación de chips. Por su parte, el programa de 50.000 millones de dólares propuesto por la administración Biden seguramente no irá más allá de 2024, teniendo en cuenta el calendario electoral presidencial estadounidense. A pesar de gobernar a través de dos sistemas políticos diferentes, el cortoplacismo ha infectado a ambos, porque ambos liderazgos están bajo la presión de obtener resultados pronto. El horizonte temporal de varias décadas sería la primera lección que deberían aprender y esto habría que extenderlo a Europa, donde las decisiones de política industrial siempre están vinculadas a los calendarios electorales.

Como señaló Chang, la fabricación de chips ya no es "el mejor lugar para trabajar" que atrae a los mejores y más brillantes científicos e ingenieros de los países occidentales; si eres joven e inteligente, hay muchas industrias que ofrecen posibilidades de obtener más salario y prestigio. También se puede decir lo mismo de China, una economía cada vez más diversificada con muchas formas de ganar dinero más rápido que trabajando en una fábrica de chips. Y no se puede culpar a los ciudadanos por tomar estas decisiones; simplemente están respondiendo a los incentivos que encuentran para desarrollar sus carreras profesionales.

Lo bueno de una economía pequeña, como la de Taiwán o Corea del Sur, es que, si bien hay menos recursos, también hay menos opciones, menos distracciones y, en consecuencia, un enfoque más específico en lo que respecta a la política industrial. Ese contexto no se puede reproducir en un país grande. Lo bueno de una gran economía, como la de Estados Unidos o China, son sus vastos recursos en términos de tierra, gente, dinero y la capacidad de traspasar los límites de la innovación que los países pequeños nunca se atreverían a intentar.

Recrear las peculiaridades de la industria de semiconductores taiwanesa o sur coreana, especialmente cuando la Ley de Moore se está acercando a su límite, no parece una buena idea de futuro. En cambio, una acción multilateral enfocada a resolver problemas tales como el Calentamiento Global, la Inteligencia Artificial, la computación cuántica o la biotecnología, todo lo cual necesitará más chips semiconductores, es lo que los grandes países podrían y deberían hacer. Y Europa, por descontado, también.

Por Ignacio Mártil*
Catedrático de Electrónica de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Sociedad Española de Física

10 septiembre, 2021

*(Para una perspectiva general de la historia y la actualidad de la tecnología microelectrónica, recomiendo la lectura de "Microelectrónica. La historia de la mayor revolución silenciosa del siglo XX"; 2018, Ediciones Complutense)

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Comirnaty, la vacuna desarrollada por Pfizer, causa efectos secundarios y se ha mencionado que requiere una tercera dosis para que sea efectiva. Todo esto no ha evitado que ese laboratorio alcanzara un valor de 235 mil millones de dólares.Foto Afp

Acumulan ganancias de 152 mil mdd desde el inicio de la pandemia

Casos de coágulos y polémicas por su eficiencia no han afectado el valor de las firmas

 

Las gigantes farmacéuticas son inmunes a la incertidumbre que ha provocado la eficacia de algunas de sus vacunas contra Covid-19, pues según datos de mercado, su valor bursátil continúa en aumento. Desde el inicio de la pandemia a la fecha, estas empresas acumulan una ganancia de 152 mil millones de dólares, es decir, poco más de 3 billones de pesos.

Para poner en contexto, este beneficio es tres veces lo que el gobierno mexicano gasta anualmente en el pago de pensiones, que de acuerdo con la Secretaría de Hacienda y Crédito Público es de un billón de pesos.

La suma también es más de cuatro veces superior a los 660 mil millones de pesos presupuestados para el sector salud este año, y es casi la mitad de los ingresos totales que se estima tendrá el país este año, que serán 6.2 billones de pesos.

A inicios de 2020 el valor de mercado de Johnson & Johnson, Pfizer, AstraZeneca, Moderna, Novavax, BionTech y CanSino, siete de las farmacéuticas más grandes del mundo, ascendía a 686 mil 908 millones de dólares, mientras que al cierre del viernes pasado se ubicó en 838 mil 961 millones de dólares.

En las semanas recientes ha crecido la incertidumbre en torno a las vacunas contra Covid-19, pues algunas de las desarrolladas por dichas farmacéuticas han enfrentado problemas de aprobación en ciertos países, dado que los gobiernos han detectado anomalías e inclusive efectos secundarios en los pacientes que las reciben.

Lo anterior no ha detenido el impulso del valor bursátil de las empresas, pues apenas el 10 de enero pasado, según un seguimiento de este diario, la ganancia acumulada de las farmacéuticas era de 90 mil millones de dólares, mientras ahora es de 152 mil millones.

Es decir, en menos de tres meses, en medio de un ambiente de cuestionamientos, su valor se ha disparado 70 por ciento, equivalente a poco más de 60 mil millones de dólares.

Johnson & Johnson, la empresa más grande del sector, registra un valor bursátil de 426 mil 477 millones de dólares, 10 por ciento más respecto de los 384 mil 272 millones de dólares que registraba hasta antes del inicio de la pandemia.

El valor de esta farmacéutica abrió 2021 en un nivel de alrededor de 422 mil millones de dólares, mismo que siguió en aumento pese a que recientemente los reguladores federales de salud de Estados Unidos recomendaron una pausa en el uso de la vacuna por detectar casos de coágulos de sangre en mujeres de entre 18 y 48 años.

Pfizer, la segunda firma más grande tenía un valor de 217 mil millones de dólares antes del brote de la pandemia, que alcanzó un pico a finales del año pasado de 235 mil millones, el cual bajó 206 mil millones en enero de 2021, esto luego de que la farmacéutica decidió vender parte de sus acciones para materializar las ganancias.

En cuanto a la vacuna desarrollada por esta empresa, se ha revelado que causa algunos efectos secundarios e inclusive que se necesita una tercera dosis para que sea efectiva, lo cual no ha afectado su valor, pues incluso ha aumentado un poco hasta volver a alcanzar el nivel que tenía hace un año.

Un caso parecido es el de AstraZeneca, la tercera del mercado, que antes de la pandemia valía 66 mil millones de dólares, mismo nivel que mantiene hasta la fecha pese a que su vacuna ha sido una de las más controversiales al ser suspendida su aplicación por potencias de la Unión Europea y Estados Unidos tras darse muertes sospechosas en pacientes que recibieron la dosis.

Respecto a las demás, Moderna acumula una alza en su valor bursátil de 60 mil 700 millones de dólares, BionTech 27 mil 600 millones, Novavax 8 mil 600 millones y CanSino 6 mil 900 millones de dólares.

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Trasnacionales farmacéuticas aseguran escasez de vacunas

Las grandes farmacéuticas están en pie de guerra. Han logrado ganancias absolutamente extraordinarias debido a la especulación con vacunas, medicamentos e insumos sanitarios relacionados con el Covid-19. Ahora redoblan el control de sus patentes monopólicas para impedir que el sector público o empresas nacionales puedan acceder o fabricar vacunas o medicamentos sin pagar ingentes sumas. Cabildean agresivamente a sus gobiernos sede para impedir que la Organización Mundial de Comercio (OMC) apruebe una exención a las patentes farmacéuticas relacionadas con la pandemia.

Eso propusieron India y Sudáfrica ante el Comité ADPIC (Acuerdo sobre derechos de propiedad intelectual relacionados al comercio) de la OMC, que se reunió este marzo en Ginebra. Contaron con apoyo de más de 100 países, pero los gobiernos de Suiza, Estados Unidos, Unión Europea, Reino Unido, Australia, Canadá, Singapur, Japón y Brasil bloquearon cualquier avance de la discusión.

India y Sudáfrica plantean que se pueda acceder a vacunas, medicamentos e insumos para Covid-19 sin verse limitados por elevados costos y patentes que impiden manufacturarlos en países donde existe capacidad para ello. Eso multiplicaría enormemente la disponibilidad de vacunas e insumos en el mundo y fortalecería las capacidades nacionales en salud pública ante próximas debacles.

El ADPIC prevé el uso de licencias obligatorias y otras excepciones en caso de crisis de salud pública, pero cada vez que países han intentado usarlas, los cárteles de la industria farmacéutica han hecho campaña para castigarlos, como sucedió con Sudáfrica al intentar fabricar genéricos para la epidemia de sida, o Colombia, que buscaba producir genéricos de un medicamento para el cáncer, entre otros ejemplos. Por estos precedentes, ahora se busca que la OMC sancione la exención.

Una cruel paradoja es que la mayoría de los gobiernos que se oponen a la exención de patentes tienen ya comprometido el abasto de vacunas de Covid-19 para sus poblaciones, incluso muchas más de lo necesario, como Canadá que acaparó hasta cinco veces las dosis para inocular a toda su población. El gobierno de Bolsonaro también se opuso a la exención, pese a que Brasil tiene las peores cifras mundiales de muertes y el país tiene capacidad para manufactura nacional.

Entre otras acciones, las trasnacionales farmacéuticas enviaron una carta a Biden urgiendo a "mantener el apoyo a la innovación farmacéutica ( ), oponiéndose a cualquier exención a los ADPIC". La firmaron directivos de Pfizer, AstraZeneca, Sanofi, Merck, Novartis, Bayer, Eli Lily, Bristol Myers Squibb, Gilead, Abbvie y otras, junto a la agrupación PhRMA, (Pharmaceutical Research and Manufacturers of America). No obstante, la "innovación" de esas empresas es casi nula, y en gran porcentaje se basa en usar la investigación pública (https://tinyurl.com/hs6bkz28).

Varias de ellas han sido ampliamente subsidiadas por el público para desarrollar vacunas y con compras anticipadas por la pandemia (https://tinyurl.com/ykabcmw9) , pero han hecho contratos leoninos y ventas a precios secretos en cada país, incluso a doble y triple precio a países del Sur. Por ejemplo AstraZeneca vendió su vacuna para Covid-19 a Sudáfrica al doble del precio que la vendió en Europa. Pfizer exigió a varios gobiernos latinoamericanos (entre ellos Perú, Argentina y Brasil) que además de contratos secretos, respalden controversias con sus activos soberanos, o sea reservas públicas de los países. (https://tinyurl.com/3v8fpjm4). Sumado a la inmunidad ante cualquier efecto adverso de las vacunas, que en su caso son experimentales.

Por su lado, la Fundación Bill y Melinda Gates presionó a la Universidad de Oxford, para que su vacuna se fabricara con la trasnacional AstraZeneca, aunque la investigación estaba avanzada y podría haberse hecho con institutos públicos. El anuncio inicial de Oxford fue que la vacuna estaría disponible gratuita y abiertamente, pero resultó una vacuna patentada con precios secretos.

En el mismo sentido va el mecanismo Covax, formado inicialmente por CEPI y GAVI, dos alianzas para promover vacunaciones financiadas por la Fundación Gates, en el que participa la OMS y más de 180 gobiernos. Aunque figura como mecanismo facilitador del acceso "equitativo" a las vacunas, en realidad es otra forma de garantizar que el dinero público vaya a comprar las vacunas de las trasnacionales, quizá en términos que superficialmente parecen ventajosos, pero que en realidad son un doble pago del público, en lugar de exigir la cancelación de patentes y favorecer la manufactura nacional.

Oxfam denunció que los cuellos de botella de entregas, promovidos por las trasnacionales y la Fundación Gates para asegurar las ganancias privadas, significan que tomará "como mínimo" cinco años llegar a un 60 por ciento de población global vacunada y a esa altura los virus muy probablemente hayan mutado. Además, el tiempo de supuesta inmunidad de las vacunas es desconocido, y probablemente demande vacunación anual. Sin contar con el surgimiento de otras pandemias, ya que las causas para ello siguen sin tocarse.

Así las trasnacionales, con la "filantrópica" ayuda de Bill Gates, se han asegurado un estado permanente de escasez y demanda de vacunas –promovidas desde lo público para ganancias privadas– lo cual aparece como el negocio del siglo.

* Investigadora de Grupo ETC

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'Jedi Blue': El acuerdo secreto que firmaron Google y Facebook

El pacto permitió a Google seguir dominando el mercado de publicidad en línea, a cambio de importantes ventajas competitivas para su potencial rival, según The New York Times.

Una reciente demanda antimonopolio presentada por fiscales de EE.UU. contra Google, revela que el gigante tecnológico y Facebook firmaron un acuerdo secreto denominado 'Jedi Blue' (Jedi Azul), en el marco de una alianza que les impide competir entre ellas, según detalla un informe publicado por The New York Times.

En 2017, la compañía de Mark Zuckerberg anunció que estaba probando una nueva forma de vender publicidad en línea poniendo en amenaza el dominio de Google sobre ese mercado. Sin embargo, menos de dos años después, Facebook cambió su postura y se unió a una alianza de empresas lideradas por Google, que desarrolló un método similar.

Aunque Facebook nunca explicó por qué dejó a un lado su proyecto, la evidencia presentada el mes pasado en una demanda antimonopolio hecha por 10 fiscales indica que Google había extendido a su potencial rival un trato para ser socio, a cambio de una serie de ventajas. Los detalles del acuerdo redactados en la demanda presentada en una corte de Texas fueron visibles en una versión preliminar revisada por el diario.

Los ejecutivos de seis de los más de 20 socios de la alianza dijeron a The New York Times que sus acuerdos con Google no incluían muchos de los términos favorables que recibió Facebook y que el gigante de las búsquedas le había dado a la red social una ventaja significativa sobre el resto.

Subastas de publicidad

'Jedi Blue' abarca a un segmento en crecimiento del mercado de la publicidad en línea llamado publicidad programática. Entre los milisegundos desde que un usuario hace clic para acceder a una página web y la carga de los anuncios, se produce una subasta para rellenar el espacio publicitario disponible. Google ha dominado ese sistema con sus herramientas y con el acuerdo consiguió evitar otros competidores, según el informe.

A pesar de que surgió un método alternativo para reducir la dependencia de las plataformas publicitarias de Google, la compañía de búsquedas desarrolló un sistema similar llamado Open Bidding, que permite el acceso de terceros. Sin embargo, Google cobra una tarifa por cada oferta ganadora y muchos no están satisfechos con la transparencia del servicio.

La divulgación del acuerdo secreto entre las dos multinacionales ha reavivado las preocupaciones sobre cómo las compañías de tecnología más poderosas pueden establecer alianzas para frenar a la competencia mediante acuerdos privados y cláusulas de confidencialidad.

Por su parte, Google y Facebook aseguraron que tales acuerdos eran comunes en la industria de la publicidad digital y negaron que 'Jedi Blue' tenga un carácter anticompetitivo. Un portavoz de Facebook afirmó que acuerdos como ese "ayudan a aumentar la competencia" en las ofertas de anuncios, y que los argumentos en contra son "infundados".

Publicado: 20 ene 2021 17:21 GMT

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Vasant Dhar, de la Universidad de NY, recomienda nacionalizar Facebook y Twitter como bienes comunes

La peor censura de la historia fue propinada el 6/1, mediante un golpe cibernético de los nuevos hijos de Torquemada, en imitación al 11/9 (https://bit.ly/3bJoeuP).

Provocó conmoción la censura selectivamente politizada por las redes sociales de la cibercracia (https://bit.ly/3sw8cud).

Desde su comodidad paradisiaca en la Polinesia francesa, Jack Dorsey (JD), vilipendiado mandamás de Twitter, después de haber censurado de por vida a un presidente todavía en funciones en EU, se percató del grave daño infligido al principal valor de la democracia libertaria que tendrá profundas consecuencias en el largo plazo sobre el Big Tech de Silicon Valley (https://bit.ly/3bYDnsD): el GAFAM (Google/Apple/Facebook/Amazon/Microsoft) y Twitter –Microsoft tiene su sede en Redmond (estado de Washington).

La censura de las redes sociales es mucho más grave que la tosca toma del Capitolio que, según el ex diplomático y asesor de los republicanos del Senado James Jatras representó el pretexto idóneo, debido al grave error de cálculo de Trump para aplicar el “equivalente funcional al Reichstag Fire (incendio del parlamento alemán) de 1933, usado por los nazis para establecer su ley de emergencia (https://bit.ly/3qy3lqV)”.

En el mismo EU la censura de la cibercracia ha causado estupor en los círculos académicos, como es el caso de Vasant Dhar (VD) –profesor del Centro de Data Science de la Universidad de Nueva York– quien recomienda nacionalizar Facebook y Twitter como bienes públicos.

A juicio de VD, es preocupante el poder que las plataformas de las redes sociales ejercen en la sociedad y en particular su impacto en el futuro del discurso público y la democracia, ya que, si pueden censurar a la persona más poderosa del planeta y ponerlo de rodillas sin previo aviso, lo pueden hacer con cualquiera en cualquier momento.

Lo interesante es que el portal The Hill, pro-Demócrata y anti-Trump, dé cabida a una opinión crítica del GAFAM/Twitter.

VD comenta que Mark Zuckerberg y JD le acaban de demostrar a los legisladores quiénes son los que ejercen el poder final. Hasta cierto punto, ya que, como excelente analista cibernético de las finanzas, VD debería saber que son los cuatro giga-bancos de EU –Vanguard, State Street, Fidelity y BlackRock; este último ostenta un manejo de capitales de 7.8 trillones (en anglosajón) de dólares estadunidenses, equivalente a 7.8 veces el PIB de México– quienes controlan al GAFAM/Twitter. A su vez, los giga-bancos y las redes sociales son controlados en última instancia por el Pentágono mediante el Consejo de Innovación de Defensa (https://bit.ly/3bG8Lfc).

Lo mÁs increíble radica en que las plataformas de las redes sociales carecen de guías regulatorias y son protegidas en forma anómala con patente de corso por la sección 230 y nunca han sido elegidas por la ciudadanía cuando se arrogan el derecho desde su ciber-plutocracia de imponer su discrecionalidad supra-constitucional a ciudadanos discriminados y hasta a un presidente todavía en funciones.

¿Cuál sería, entonces, el objetivo de celebrar elecciones cuyos resultados serían estériles ante la cibercracia y los hijos de Torquemada del siglo XXI?

VD recomienda nacionalizar las plataformas de las redes sociales como bienes públicos que proveen un “servicio público ( utility)” para la comunicación y el discurso público.Juzga que las plataformas de las redes sociales se quitaron los guantes, envueltos en terciopelo para los legisladores y específicamente la nueva administración de Biden.

Aduce que no existe alternativa, pues implica la aplicación de la Primera Enmienda a las plataformas que son efectivamente bienes públicos, por lo que el público debe decidir sobre las reglas del discurso, que solamente pueden ser a través del gobierno, ya que negar a alguien el acceso a tales plataformas en forma arbitraria sería similar a impedirles su acceso al transporte público y ésa no es una decisión que los ejecutivos de una empresa privada puedan hacer. ¡Nada menos que el mismo discurso que los mandatarios de Alemania y México!

www.alfredojalife.com

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