Fútbol y clase obrera: la ideología no se mancha

Las hinchadas del Rayo Vallecano en España, del St. Pauli en Alemania, del Demirspor en Turquía y del Livorno en Italia militan las mismas ideas y tienen un horizonte común: derribar el capitalismo.

Septiembre de 2009, Turquía. Un estadio de fútbol ilumina la noche de verano de la ciudad de Adana, al sur del país y a 270 km de Alepo, Siria. Bengalas rojas atraviesan el cielo. Antorchas de fuego también rojo corren veloces por las tribunas. Los hinchas del Adana Demirspor se apelmazan para ganar un lugar. Son unos veinte mil. El humo apenas deja ver cómo las banderas entran y salen de la claridad: el Che Guevara, la hoz y el martillo, Palestina, Cuba. Suenan tambores. Gritos de guerra. Los jugadores del AS Livorno de Italia comienzan a trotar sobre el césped. Está por arrancar. Son pocos los visitantes que llegaron desde la ciudad puerto de la Toscana y ya están mezclados con los locales. Ahora los cantos de guerra desembocan en uno solo. Se escucha, estridente:

Una mattina mi son’ svegliato
O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao
Una mattina mi son’ svegliato
E ho trovato l’invasor

La canción va a sonar todo el partido, que va a terminar cero a cero y va a ser la excusa para una fiesta internacionalista. Porque podría ser un partido de la Champions League, uno de los torneos internacionales que mueve más plata en el mundo. Podría ser un partido de la Copa UEFA, el segundo torneo de Europa. Podría ser simplemente un partido de fútbol entre un equipo de la tercera división turca y un equipo de la Serie A del calcio italiano. Pero hoy, en esta ciudad, el amistoso es entre dos equipos vinculados a partidos y tradiciones de izquierda. Como el Rayo Vallecano en España o el St. Pauli en Alemania, las hinchadas del Demirspor y del Livorno militan las mismas ideas con un horizonte en común: derribar al capitalismo.

La historia de ese partido comenzó mucho antes. También por un partido, pero el 21 de enero de 1921, en la sala del Teatro Goldoni de Livorno, noroeste italiano. Ahí, sobre la costa del mar Tirreno, el Partido Socialista Italiano se había reunido para realizar su XVIIo Congreso. Habían pasado cuatro años de la Revolución rusa. El tema hervía. Después de horas de discusiones, finalmente Antonio Gramsci y Amadeo Bordiga decidieron romper con el PS y formar el Partido Comunista Italiano. 

El PCI se unía a la Internacional Comunista y comenzaba a expandirse por todo el país. Luego llegaron las prohibiciones y las persecuciones de Benito Mussolini hasta que, a principios de los años 90, se extinguió en las arenas de la socialdemocracia. Aquel partido nacido en Livorno, que pretendía una sociedad en manos de los trabajadores, solidaria y alejada de los coqueteos del mercado y las distracciones de la industria cultural, dejaba huérfanos a los revolucionarios italianos. El único refugio para esas ideas permanecía muy cerca del Teatro Goldoni de Gramsci y Bordiga. Sobre las tribunas del Estadio del AS Livorno todavía combustionaban las ideas revolucionarias del antiguo PCI.

Fundado en 1915, el equipo del puerto toscano —y sobre todo su hinchada— tomó rápidamente afinidad con el comunismo italiano y desde ahí comenzó a traccionar los posicionamientos más progresistas dentro de un fútbol cada vez más aprisionado en las lógicas del marketing y de los negocios. Por eso, a casi cien años de su nacimiento, en ese encuentro amistoso frente al Demirspor de Turquía, la consigna en gradas locales y visitantes decía: «Contra el fútbol moderno». 

A diferencia del Livorno, el Demirspor no estuvo empujado por la fundación de un partido o por la iniciativa de algunos dirigentes. El Adana Demirspor fue fundado por obreros metalúrgicos. Si el Livorno fue la dirigencia, el Demirspor fue la clase. En sus tribunas se repiten las mismas banderas que en las de Livorno y aún hoy, con el club en primera división y con figuras como Mario Ballotelli, se pueden encontrar en las redes sociales del club dibujos del Che y de Lenin con la camiseta azul y negra.

Esa noche de septiembre las tribunas ardían de negro y azul, pero sobre todo de rojo. La efervescencia internacionalista conmocionó a los jugadores de ambos equipos. A uno en especial; al mejor de los italianos. Su figura, el delantero y goleador Cristiano Lucarelli, ya había mostrado al público de qué lado estaba. En 1997 lo citaron de la selección italiana sub-20 para jugar un partido contra Moldavia. Hasta ese momento, era apenas una promesa y no había trascendido que su padre era militante del PC y trabajador del puerto de Livorno. Ese día Lucarelli hizo un gol que le costó el ostracismo en la selección por más de 10 años. En rigor de verdad, un festejo. Acomodó la pelota sobre el palo izquierdo del arquero moldavo, saltó los carteles y fue corriendo a las tribunas para celebrarlo con la gente. En el camino se sacó la camiseta azul para mostrar que debajo tenía una blanca estampada con la cara del Che Guevara. Los hinchas italianos lo festejaron más que al momento del gol. La euforia de la gente pegó un cimbronazo en la cancha. ¿Los italianos eran masivamente comunistas? No. El partido se jugaba en el estadio del Livorno. En una entrevista de febrero de 2021, Lucarelli —ya retirado del fútbol— dijo sobre el famoso festejo con la cara del Che: «Yo pagué por lo del Che Guevara, pero siempre seré comunista».

Ya con su máximo referente afuera de las canchas, los hinchas del Livorno seguían militando los símbolos de la revolución y los distintos procesos de liberación en América Latina y en Medio Oriente. Así aparecieron banderas que decían «Hasta siempre, Fidel» cuando murió el comandante cubano o lo mismo cuando murió Hugo Chávez. Banderas que apoyan a Palestina, a los inmigrantes, a los independentistas del Kurdistán; a los que peor la pasan.

Hasta que les llegó a ellos, a los hinchas, al club. Empujando por una catarata de malas administraciones y pésimos resultados, el Livorno fue perforando las categorías del descenso. Una caída libre que los dejó en la Serie D, la última categoría profesional del fútbol italiano. Las deudas se hicieron imposibles. Los jugadores buscaron equipos con mejores horizontes. La dirigencia no logró pagar los costos administrativos para participar de la D y el club quedó en la quiebra e imposibilitado para competir. Ahora, con nuevos dueños, en la temporada 2021-2022 participará de la Eccellenza Toscana, una liga regional. El club tendrá nuevo nombre, Unione Sportiva Livorno. Los hinchas seguirán cantando la misma canción cuando vean salir a su equipo: 

Avanti popolo, bandiera rossa
Alla riscossa, alla riscossa
Avanti popolo, bandiera rossa
Alla riscossa, trionferà
Bandiera rossa la trionferà
Bandiera rossa la trionferà
Bandiera rossa la trionferà
Evviva il comunismo e la libertà

En el barrio de Vallecas, la libertad y las ideas tampoco se negocian y los bukaneros —la barrabrava del Rayo Vallecano— lo expresan todos los partidos y, a veces, en los entrenamientos. Así lo sintió el jugador ucraniano Roman Zozulya cuando, en 2017, tuvo la participación más efímera en la historia del club. Se habían enterado de que la flamante incorporación se había sacado fotos con una bandera roja y negra y una cara: Stepán Bandera, el colaboracionista nazi de Ucrania más conocido de la Segunda Guerra Mundial. Enseguida encontraron otras fotos: con armas, rodeado de paramilitares, posando con más nazis. El ucraniano se encontró con una bandera el primer día de entrenamiento: «Vallecas no es lugar para Nazis. Presa, para ti tampoco. ¡Vete ya!», en referencia a Martín Presa, el empresario dueño del club, vinculado al Opus Dei. La movilización de los hinchas fue tan grande que Presa tuvo que dar marcha atrás y anular el pase del jugador. Los ultras exhibieron su victoria en las gradas con una bandera que marcaba un camino: «Evitar que un nazi vista La Franja».

El club quedó a salvo de nazis. Al menos momentáneamente. Mientras tanto, los bukaneros siguen sosteniendo políticas de asistencia a desahuciados del barrio, organizan eventos para recaudar fondos y exponen un apoyo constante a las comunidades de inmigrantes. Suelen desplegar banderas contra un único oponente. Porque el clásico del Rayo Vallecano no es el Atlético de Madrid ni el Real Madrid. En Vallecas, el clásico es contra el capital. En la agenda política también intervino Medio Oriente. En esa ocasión, la leyenda sostenida por la gente—escrita en letras rojas y gigantes—, decía: «Luchar es nuestro destino. Con la rabia de un niño palestino. Stop genocidio de Israel».

En las gradas del Rayo puede haber muchas banderas, muchas consignas, algunas antifascistas, otras en contra del racismo, otras a favor de la solidaridad. Algunas también se materializaron en la acción. En medio de la crisis económica y los desalojos compulsivos de 2014, el estadio de Vallecas levantó una bandera con nombre propio y un hashtag, #CarmenSeQueda. Se trataba de una mujer de 85 años a la que habían echado de su casa por no poder pagar la hipoteca. La peña rayista se movilizó y el técnico de ese momento, Paco Jiménez, organizó una conferencia de prensa para anunciar que él y los jugadores ayudarían económicamente a Carmen y le pagarían de por vida el alquiler de una nueva casa. Carmen se quedó en Vallecas.

Aunque los bukaneros nacieron en 1992, la tradición del Rayo y el movimiento obrero español es mucho más antigua. Con la irrupción de la Segunda República Española, en 1931, los socialistas armaron una liga obrera de fútbol, independiente de la oficial. Hasta el inicio de la Guerra Civil en 1936, la Federación Cultural Obrera Deportiva (FCOD) agrupó y organizó un campeonato de fútbol de 24 equipos. Uno de ellos era el Rayo Vallecano que, todavía en esos años, representaba un municipio independiente de Madrid.

En esa misma época, del otro lado de los Alpes suizos, a dos mil kilómetros de Vallecas, un equipo alemán naufragaba en las ligas de fútbol organizadas por el nacionalsocialismo. Creado por estibadores y trabajadores del puerto de Hamburgo en 1915 y siempre al margen de las grandes competiciones, el St. Pauli se hizo conocido en el mundo a principios de este siglo por ser un club, un equipo y una hinchada de izquierda. Pero su identidad se forjó durante los años 80. En Alemania, los punks avanzaban fuerte como tribus urbanas y como grupos de resistencia a la oleada liberal en Europa. Mientras las tribunas de los demás equipos eran invadidas por hooligans y grupos nacionalistas, el Millenrtor recibía a bandas de punks, antifascistas y anarquistas. 

Las calles de Sankt Pauli ardían. Grupos de jóvenes se organizaban para tomar casas vacías. Muchas veces en protesta contra las especulaciones y grandes negociados inmobiliarios en Hamburgo. Muchas veces como modo de vida, como resistencia al capitalismo. En este barrio al sur de Hamburgo se estaba gestando la contracultura más fuerte de Alemania. Estaba naciendo el movimiento okupa y las gradas del St. Pauli, el equipo del barrio, se convirtieron definitivamente en un espacio de resistencia. No solo las gradas. Muchos okupas jugaron en el club y hasta hubo jugadores que habían participado de brigadas internacionalistas en la Nicaragua sandinista. Es el club más punk en esta liga de equipos de izquierda y lo demuestra con una calavera como símbolo, inspirada en un famoso pirata de Hamburgo: Klaus Störtebeker, una suerte de Robin Hood del Mar Báltico.

A diferencia del Rayo, el Livorno o el Demirspor, el St. Pauli es el que mejor explota el ejercicio de su ideología. En 2010 regresó a la Bundesliga —la máxima categoría de Alemania— de la mano del empresario teatral Corny Littmann, presidente del club entre 2002 y 2010. Littmann fue uno de los fundadores del Partido Verde y es un referente de la comunidad LGTB. Antes de su llegada, el club ya había establecido en sus estatutos la prohibición contra todo tipo de discriminación racial o religiosa. En una de las entradas a las tribunas, un mural de dos hombres besándose dice: «Nur die Liebe zählt» [El amor es lo único que cuenta].

Después de atravesar distintas crisis financieras, los punks de Hamburgo gozan de una fama internacional como el equipo de izquierda más popular del mundo. Algunos les dicen que son una izquierda a la moda. Una izquierda cool que, por ejemplo, tuvo iniciativas como la creación de miel orgánica Ewaldbienenhonig que pretende ayudar a recuperar la población de abejas.

Actualmente disputan la segunda división del fútbol profesional de Alemania. A tono con sus compañeros internacionalistas, los ultras del St. Pauli también financian asistencia social, visten remeras del Che Guevara e insisten en su lucha contra el fascismo, la intolerancia y el avance del mercado.

Y, como el Adana Demirspor y el AS Livorno, los alemanes y los españoles también tuvieron su fiesta internacionalista. Sucedió en 2015 y fue en Hamburgo. El Rayo Vallecano estaba en la gira de pretemporada por Europa y vieron con simpatía la posibilidad de un amistoso con los compañeros del St. Pauli. Todo se realizó con el máximo orden y camaradería. Se jugó el 18 de julio. Como en todos los partidos que juega en casa, el local entró bajo «Hells Bells», de AC/DC. El encuentro terminó 4 a 2 a favor de los alemanes y en la tribuna donde se asienta la barrabrava se encendieron algunas bengalas rojas. La tribuna de enfrente estaba vacía. Pintados de marrón y blanco, los asientos formaban dos corazones gigantes. 

Los historiadores ubican la creación del fútbol moderno en el año 1863, cuando en Inglaterra se creó la Football Association, primera liga profesional del mundo. La reglamentación, los lineamientos generales y prácticamente todas las bases se gestaron entre los estudiantes que concurrían a los colegios y las universidades. Es decir, la élite londinense. El fútbol, deporte de caballeros, distracción de pobres; el amusement que Adorno y Horkheimer planteaban como una condición necesaria para el correcto funcionamiento del sistema productivo. El fútbol como fenómeno mundial, como fenómeno financiero mundial, bien podría leerse como una nueva fase de un capitalismo en mutación. 

El mercado no controla el fútbol. Hoy, de alguna manera, el fútbol es el mercado. En un escenario en el que los partidos tradicionales de izquierda y los sindicatos se descomponen aceleradamente, en un escenario de derrota, hinchas como los del Livorno, del Adana Demirspor, del Rayo Vallecano o del St. Pauli, todavía sostienen el espíritu necesario para decir que no: todavía no es el fin de la historia.

Publicado enSociedad
Miércoles, 03 Agosto 2022 07:50

Sé moderado ... ¡Sólo queremos LA TIERRA!

J.B. Foster acepta la posibilidad de un colapso inminente de la civilización (Getty Images)

Un comentario sobre la primera parte del debate “Catástrofe Ecológica, Colapso, Democracia y Socialismo”

Nota editorial

El siguiente comentario fue escrito por el pensador marxista y autor de “La Ecología de Marx” John Bellamy Foster sobre la primera parte del debate “Catástrofe Ecológica, Colapso, Democracia y Socialismo” entre el reconocido intelectual estadounidense Noam Chomsky, el exponente chileno de la nueva ideología del Marxismo Colapsista Miguel Fuentes y el climatólogo norteamericano Guy McPherson. Uno de los principales logros del comentario crítico de Foster es explicar su posición sobre este debate desarrollando sus propias ideas con relación a lo que para él constituiría la tarea más urgente del momento: dar respuesta a la catástrofe ecológica y el peligro de un colapso civilizatorio inminente desde una perspectiva ecosocialista.

 

 

 

 

Marxismo y Colapso/Junio 11-12, 2022

 

*El debate “Catástrofe ecológica, Colapso, Democracia y Socialismo” puede leerse en la página web de Marxismo y Colapso: https://www.marxismoycolapso.com/post/noam-chomsky-versus-collapsist-marxism-and-extinctionism-debate-english-version-i-upcoming

John Bellamy FosteEstoy de acuerdo con mucho de lo que plantean Noam Chomsky, Miguel Fuentes y Guy McPherson, pero no estoy completamente de acuerdo con ninguno de ellos. Mi visión sobre la emergencia ecológica planetaria parte con el consenso científico mundial, en la medida en que éste puede ser comprobado, y hace uso de la ya larga crítica del capitalismo desarrollada principalmente por el materialismo histórico. En términos del consenso científico sobre el cambio climático contemporáneo, los informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas son los más importantes. Sin embargo, la actual emergencia planetaria no se limita solamente al cambio climático y abarca también todo el conjunto de “límites planetarios” que están siendo ahora cruzados, poniendo con ello en riesgo la demarcación de la Tierra como un hogar seguro para la humanidad. La mayoría de mis comentarios se centrarán aquí, sin embargo, en el actual cambio climático antropogénico.

De acuerdo al Sexto Informe de Evaluación del IPCC, publicado en el transcurso del año 2021-2022, ya no es posible que el mundo evite por completo rebasar un aumento de 1.5° C en la temperatura promedio global. En el escenario más optimista del IPCC (SSP1-1.9), la marca de los 1.5 °C de aumento no se alcanzará hasta 2040, registrándose luego un aumento de una décima más de grado adicional de la temperatura promedio global para mediados de siglo, volviendo posteriormente a caer nuevamente a los 1.4°C hacia finales de este siglo. Tenemos por lo tanto una ventana de tiempo muy pequeña en la cual actuar. Básicamente, cumplir con este escenario significa alcanzar un máximo de emisiones globales de carbono para el 2030 y llegar a las cero emisiones netas para el año 2050. Todo esto fue descrito en la primera parte del AR6 sobre la Base de Ciencia Física publicada en agosto del 2021. A este documento le siguió la publicación del informe de Impactos, Adaptación y Vulnerabilidad del IPCC en febrero del 2022 y el de Mitigación del Cambio Climático en abril del 2022.

 

Cambios en la temperatura global de la superficie terrestre (IPCC, 2021)

 

Cada informe de evaluación del IPCC (AR1-AR6) tiene tres partes, cada una de las cuales se publica por separado y es introducida por un “Resumen para los responsables de la formulación de políticas”, el cual es seguido de una serie de capítulos. En el proceso de elaboración de los reportes del IPCC, los científicos escriben el borrador de todo el informe reflejando el consenso científico del mismo. Sin embargo, el “Resumen para los responsables de políticas” de cada parte publicada (la única sección del informe general que es ampliamente leída, cubierta por la prensa y que constituye la base de las políticas gubernamentales) es reescrita línea por línea por los gobiernos. Por lo tanto, los “Resúmenes para los responsables de políticas” publicados no representan el consenso científico real de los informes del IPCC, sino que, en realidad, son un reflejo de los consensos gubernamentales que desplazan a este último. Lo anterior es especialmente cierto en el caso de los temas de mitigación del cambio climático, relacionados con la política social de los estados, en los cuales los gobiernos pueden literalmente obliterar la totalidad de lo que determinaron los científicos.

Los gobiernos capitalistas del mundo estaban particularmente preocupados por la parte 3 del AR6 sobre Mitigación, redactada por los científicos en agosto del 2021, la cual contenía, con mucho, el tratamiento más radical del IPCC sobre el problema de la mitigación. Esto queda de manifiesto en el hecho de que se decía allí que transformaciones de escala revolucionaria en los ámbitos de la producción, el consumo y el uso de energía (tanto en términos de escalas físicas como temporales) eran ahora necesarias si se quería alcanzar el escenario de los 1.5 °C, o incluso para mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de los 2 °C. Téngase presente aquí que este escenario es considerado como la barrera para evitar un cambio climático fuera de control irreversible que, de superarse, conduciría probablemente a un aumento de la temperatura media global de 4.4 °C (estimación más optimista) para finales de siglo, lo cual llevaría al colapso de la civilización industrial. El Capítulo I del informe de Mitigación del AR6 fue incluso tan lejos como cuestionar si el capitalismo era sostenible.

Anticipando que los gobiernos estaban preparados para alterar drásticamente el consenso científico del mencionado “Resumen para los responsables de políticas”, una serie de científicos asociados con “Scientific Rebellion” (vinculados con “Extinction Rebellion”) filtraron el informe del consenso científico de la parte 3 sobre Mitigación en agosto del 2021, días antes de la publicación de la parte 1 del informe sobre la Base de Ciencia Física. Esta acción nos permitió ver las radicales conclusiones a las que habían llegado los científicos del grupo de trabajo 3, los cuales entendieron bien tanto las enormes transformaciones sociales que deberían tener lugar para mantenernos dentro del escenario de los 1.5°C de calentamiento global, así como también la incapacidad de las tecnologías presentes o futuras para resolver el problema, independientemente de la implementación de un cambio social transformador.

El consenso científico del “Resumen para los responsables de políticas” de la parte 3 sobre Mitigación también señalaba la importancia de grandes movimientos desde la base de la sociedad que involucren a jóvenes, trabajadores, mujeres, personas precarizadas, a los racialmente oprimidos y aquellos en el Sur Global, los cuales han tenido relativamente poca responsabilidad en el problema climático, pero que serán los que probablemente sufrirán más. Todo esto fue erradicado, y en muchos casos invertido, en el consenso gubernamental publicado en el “Resumen para los responsables de políticas” de la parte 3 del AR6 sobre Mitigación, el cual es, en realidad, una inversión casi completa de lo que los científicos habían determinado. Por ejemplo, el borrador del consenso científico decía que las plantas a carbón deben ser eliminadas esta década, mientras que el informe del consenso gubernamental publicado cambió esto por “la posibilidad de aumentar las plantas a carbón con avances en la captura y secuestro de carbono”. El consenso científico original del “Resumen para los responsables de políticas” atacó los “intereses creados”. La versión publicada, sin embargo, eliminó cualquier referencia a estos intereses. Más importante aún, el informe de consenso científico argumentó que se podría alcanzar el camino de los 1.5 °C mientras se mejoran drásticamente las condiciones de vida de toda la humanidad mediante la búsqueda de soluciones de bajo consumo de energía, lo cual requeriría grandes transformaciones sociales. Esto último se eliminó del resumen del consenso gubernamental publicado para los responsables de políticas.

 

Extinction Rebellion

Esto, creo, es un buen reflejo de dónde está la lucha en relación con la ciencia y lo que tenemos que hacer. Tenemos que reconocer que hay un camino a seguir para la humanidad, pero que el sistema capitalista mundial y los gobiernos de hoy, que están en gran medida subordinados a las corporaciones y los ricos, están bloqueando ese camino, simplemente porque requiere un cambio socioecológico a escala revolucionaria. El propio consenso científico mundial en esta emergencia planetaria está siendo sacrificado a lo que la ecologista Rachel Carson llamó “los dioses de la producción y el lucro”. La única respuesta a esto, tal como en el pasado, debe ser un terremoto social desde abajo, acompañado con “erupciones volcánicas” en todos los lugares que den forma a una revuelta de la población mundial, emergiendo esta última como un nuevo “proletariado ambiental” que lo abarque todo.

Tenemos obstáculos increíbles ante nosotros, entre ellos los intentos de los estados por movilizar a los elementos de derecha de las clases medias bajas, aquello que C. Wright Mills llamó “la retaguardia del sistema capitalista”, esto último en el marco de una política de tipo neofascista. Con todo, nos enfrentamos a una situación histórica sin precedentes. Una revuelta ecológica mundial ya se está gestando. Cientos de millones, incluso miles de millones, comenzarán a participar activamente en la lucha ambiental del presente. Es imposible decir si esto será suficiente para salvar la Tierra como hogar para la humanidad. Pero la lucha ya está comenzando. Es posible para la humanidad ganar. Nuestra elección como individuos debe ser cómo nos unimos a la lucha.

 

La necesidad de una Revolución Ecológica Global

 

Queda claro a partir del consenso científico mundial plasmado en el ya mencionado informe de Mitigación que una estrategia de modernización ecológica capitalista, financiada por impuestos globales al carbono y la “financiarización” de la naturaleza, es algo insuficiente y tardío. Una “modernización ecológica” que dependería, por lo demás, de la permanencia de ese gigante del capital que ya está destruyendo la Tierra como un hogar para la humanidad, esto con el pretexto de que salvar el clima puede compatibilizarse con la acumulación del capital.

Lo que Robert Pollin y Noam Chomsky han propuesto en términos de impuestos verdes y un “Green New Deal” global que se basa principalmente en intentar desvincular el crecimiento económico de las emisiones de gases de efecto invernadero a través del cambio tecnológico, básicamente una estrategia de modernización ecológica capitalista con algunas características de una transición energética justa, ya no es suficiente para lidiar en estos momentos con la crisis climática. En el mejor de los casos, sólo nos daría un poco más de tiempo. Aun así, incluso estas propuestas (insuficientes) están siendo también resistidas por los intereses financieros como una supuesta amenaza para el sistema. La clase capitalista está tan entrelazada en su cima con el capital fósil que aquella es incluso incapaz de impulsar una estrategia significativa de reforma climática. Está preparada para arrastrar sus pies, mientras construye fortalezas para salvaguardar sus propias condiciones de opulencia, intensificando con ello su saqueo del planeta. Pero no se trata aquí, desde el punto de vista de los autodenominados “amos del universo”, de una estrategia del todo suicida, esto porque aquellos ya se han separado en gran medida en su conciencia de la humanidad, la Tierra y el futuro.

A diferencia de Chomsky, las opiniones de Fuentes y McPherson, aunque realistas en muchos puntos, parecen, en diferentes formas, haberse rendido. Sin embargo, la humanidad en su conjunto aún no se ha rendido ni se rendirá nunca. Como dijo Karl Marx con bastante realismo, al enfrentar la destrucción que el dominio colonial británico desató en el medio ambiente y la población de Irlanda de su época, se trata de un asunto de “ruina o revolución”. Sabemos ahora que incluso en el escenario más optimista, constelaciones enteras de catástrofes ecológicas se avecinan sobre nosotros en las próximas décadas. Esto significa que las comunidades y poblaciones humanas necesitan comenzar a organizarse en el presente desde la base para sobrevivir a nivel local, regional, nacional y global. Los problemas de supervivencia afectan hoy más directamente a las poblaciones marginadas, precarias, oprimidas y explotadas, aunque en última instancia amenazan a toda la cadena de generaciones humanas. Es aquí donde debemos tomar nuestra posición. Tal como escribió el gran revolucionario irlandés James Connolly en su canción “Sé Moderado”… “¡Sólo queremos LA TIERRA!”.

John Bellamy Foster
Junio 10 / 2022

 

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Publicado enInternacional
La revolución en tiempos de desesperanza

Dice Enzo Traverso en su libro, “Melancolía de izquierda”, que tras el giro histórico que dio la humanidad con la caída del Muro de Berlin, el descubrimiento que tras él no había socialismo y la restauración del capitalismo, lo que queda del siglo XX, “de cielos tomados por asalto”, “es una montaña de ruinas y no sabemos cómo comenzar la reconstrucción o si vale siquiera la pena hacerlo”.

Y sí, merece la pena, porque a pesar de lo que digan los apologistas del sistema, los conscientes y los inconscientes en forma de pos modernos, la historia no se ha acabado; solo ha dado un giro trágico que hay que comprender en toda su profundidad. La reconstrucción tiene que partir de reconocer expresamente que los años 90 significaron una derrota en toda regla y a todos los niveles de la lucha por el socialismo; que solo dejó “ruinas” y “melancolía” por lo que pudo haber sido y no fue.

El dramático resultado de la lucha de clases actuó como cuando Pandora cerró la caja, quedando dentro el único bien que los dioses habían dejado, la esperanza. La falta de esperanza de los seres humanos es uno de los principales motivos para que se hundan en la depresión que en una sociedad se manifiesta en la impotencia para cambiarla. Se convierten todas sus acciones en lo que Walter Benjamin dijera, “medios sin fin”. Así, y alimentando esta desesperanza, hoy es más fácil imaginar futuros apocalípticos parecidos a los Juegos del Hambre, Divergente o las Tribus de Europa, que la caída del capitalismo y la construcción del socialismo.

El camino de salida de esta espiral inversa no está solo en diagnosticar la crisis social, a día de hoy es fácil ser “anticapitalista”; hasta ellos mismos, cuando estalló la crisis en el 2007 hablaron de “refundar el capitalismo”, como dijera el expresidente francés, Nicolás Sarkozy. El quid de la cuestión estriba en definir qué alternativa social, y por ende, que sujeto social puede catalizar, y darle un sentido a la respuesta social, a los medios de lucha que los pueblos y la clase trabajadora siguen desarrollando día a día con ejemplos innumerables.

Desde que los años 90 vieran la caída del Muro de Berlín y la restauración del capitalismo en los llamados “estados del socialismo realmente existente”, un velo cubrió los ojos de la inmensa mayoría de la población mundial que los asociaban a que era posible una sociedad no regida por las leyes del capitalismo.

En un mundo en crisis, la desesperanza y la falta de alternativas se convierten no solo en un lastre de mucho calado, sino que aporta “base social a los pijos ricos”, como dice uno de los personajes más estúpidos de “No mires arriba”, en sus maniobras políticas y geoestrategicas; los limites en la subjetividad, en la conciencia de que es posible una cambio social, se convierten en un problema objetivo para que las luchas en curso apunten a la transformación de la sociedad y no al fortalecimiento de las distintas fracciones del capital.

La superación de esta situación provocada por la falta de alternativas a la gran crisis social del capitalismo, es decir, la recuperación de la esperanza, no es un acto de fe, ni llega con reabrir la caja de Pandora; solo comprendiendo las nuevas condiciones en las que las luchas sociales se dan, se podrán sentar las bases para reconstruir el proyecto de la transformación socialista de la sociedad que rompa el círculo vicioso de los “medios sin fin”.

Porque, ¿a qué viene tanta desesperanza en el futuro?, reducido a una confianza ciega en el desarrollo tecnológico y seudo científico (la estadística convertida en la prueba del algodón del pensamiento científico). La burguesía en su camino hacia la hegemonía absoluta del mundo atravesó derrotas y retrocesos, no fue un camino lineal desde las repúblicas italianas, de mercaderes y banqueros; sino todo lo contrario. El régimen feudal, bajo su forma absolutista, se mantuvo más de 500 años, hasta el siglo XX: la I guerra mundial fue el punto y final de dos de los imperios en los que se mantenía, el zarismo ruso y el austrohúngaro.

En este camino histórico hacia el dominio del mundo, la burguesía contó con el creciente poder económico de las ciudades (los burgos), con las universidades y tras la Reforma protestante, con la religión, es decir, al revés de la clase obrera, la burguesía cuando encara el tramo final de su desarrollo, ya es la clase dominante de facto que solo precisaba deshacerse del cascarón vacío que era el estado feudal/absolutista y la propiedad de la tierra, y subrogarse como clase dominante.

Por contra, la clase obrera solo tiene sus “cadenas”; de otra manera, solo tiene su fuerza de trabajo y su papel en la producción y distribución de bienes y servicios. ¡No le exijamos a esta clase, lo que a la burguesía le costó siglos hacer!

La desesperanza creada por la falta de futuro y alternativa al capitalismo viene dada, primero, por un motivo objetivo que después se analizará, el “descubrimiento” de que tras el Muro de Berlín no existía socialismo y, segundo, que apoyándose en esta evidencia la burguesía mundial lleva lanzando la campaña del “socialismo ha muerto”, “no hay alternativa al capitalismo”.

Como en estos más de 30 años desde la caída del Muro, ya muchos de los “comunistas” que defendían la URSS (o China, o Cuba) como “faros de la revolución” se han pasado al bando de la ideología burguesa, y desesperanzados se convirtieron en los adalides de las nuevas “alternativas” pos modernas, que en ningún momento cuestionan la esencia del sistema capitalista.

La “nueva política”, que no es otra cosa que la versión progresista del individualismo y el negacionismo de la verdad objetiva sobre la base de las críticas a “los grandes relatos” herederos de la Ilustración, alimentaron esa desesperanza.

El crecimiento exponencial de las políticas identitarias, instaladas en la visión fragmentaria e individualista de la sociedad, se convierten en un verdadero freno objetivo para reconstruir un proyecto social alternativo de manera global al capitalismo. Así, mientras este si aparece como un todo coherente, dentro de sus crisis, ante la sociedad, esta no tiene frente a sí una fuerza igual y opuesta que pueda cuestionarlo.

La desesperanza introducida por el descubrimiento de que tras el Muro de Berlín no existía socialismo, sino sociedades no capitalistas, encuentra en todo esto un efecto multiplicador que solo se puede combatir desde el “análisis concreto de la realidad concreta” de los comunistas revolucionarios. Como decía Marx, “la burguesía tiene economistas, la clase obrera comunistas”.

La lucha por la transformación socialista de la sociedad resurgirá como el anhelo por volar del sastre de Ulm del poema de Bertold Brecht, que se empeñó en construir un aparato que le permitiese hacerlo; queriendo demostrar que podía conseguirlo, mas cuando lo intentó terminó en el suelo. Aunque el obispo sentenció que nunca ocurriría, ese “nunca” resultó miope y cortoplacista; resulta que años más tarde los seres humanos sí pueden surcar los cielos.

Los ideólogos del sistema, como el obispo de Brecht, podrán decir que el socialismo, tras las primeras experiencias de estados obreros, ha quedado por los suelos como el sastre; pero lo cierto es que no está escrito en ningún lugar que no exista otro futuro que el negro que nos ofrece el capitalismo, cargado de desigualdades, guerras y opresiones.

De la misma forma que la burguesía, a caballo del desarrollo histórico, se hizo con la hegemonía absoluta de las relaciones sociales, la clase obrera puede llegar a hacerlo. Para ello es preciso extraer todas las consecuencias de lo que pudo haber sido y no fue, que es fuente de una gran desesperanza e impotencia en la sociedad, superándolas con las actualizaciones que sean precisas.

Por Roberto Laxe | 21/07/2022

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Pesimismo del intelecto, optimismo de la ballena

Los socialistas también tienen que leer Moby Dick

Hace algunos años —no importa exactamente cuántos—asistí junto a cientos de personas a la maratón de Moby Dick del New Bedford Whaling Museum, una lectura colectiva y continua de 25 horas de la obra cumbre de Herman Melville que se celebra todos los años desde 1997. La lectura comenzó en una galería luminosa y de altos techos que albergaba una réplica de un barco ballenero de la mitad del tamaño de uno original. Era un hervidero: la gente se amontonaba en el casco, presionaba contra la cubierta y copaba la terraza para contemplar el panorama a través de la jarcia.

Díganme Ismael. Todo el mundo aplaudió y así empezamos.

«La idea empezó con un docente llamado Irwin Marks», dice Amanda McMullen, directora del Whaling Museum, refiriéndose a los orígenes de la maratón. «Había visto que se estaba haciendo una maratón de lectura de Moby Dick en Mystic Seaport y pensó que New Bedford debía hacer lo propio porque es aquí donde comienza la historia». Hoy la maratón del Whaling Museum es una institución local: el alcalde de New Bedford lee todos los años, y Ed Markey, senador de Massachusetts —y campeón del Green New Deal—, también participó en 2020.

Seguimos a Ismael a través de la calle de adoquines hasta la Seaman’s Bethel. Cenotafios de piedra colgaban de las paredes, tumbas vacías que tenían tallados los nombres de marineros perdidos en el océano. Nos amontonamos en la capilla donde oímos el «grave rumor de pesadas botas marineras entre los bancos, y el arrastrarse todavía más leve de los zapatos femeninos». De pronto entró un cura, nuestro propio padre Mapple. Subió al púlpito remodelado a imitación de la proa de un barco del siglo veinte, que satisfacía las expectativas de los fans de Moby Dick. Un órgano sombrío nos guió a lo largo del himno ballenero de Melville y el sermón del cura sobre Jonás advirtió lo que nos esperaba: un desastre de proporciones bíblicas.

Moby Dick desafía todo reduccionismo. Es a la vez terriblemente seria, hilarantemente exagerada y gravemente existencial. Melville intenta captar los lazos que traman sus aislados, esos personajes provenientes de distintas islas del mundo. Con tensión y ternura los compañeros de tripulación van creando un sentido de pertenencia. Bajo el aguijón de las órdenes y fascinados por el carisma de Ahab, trabajan y viven juntos a bordo del Pequod (y no logran contener el impulso de su capitán, que terminará siendo su condena).

En su época —entre la expansión perturbadora del capitalismo y del imperio, los levantamientos populares y los atrincheramientos reaccionarios en Europa, y el conflicto de la esclavitud y la inminente guerra civil en Estados Unidos— la recepción de Moby Dick fue bastante pobre. Pero su tratamiento de la aniquilación de la naturaleza, su retrato del trabajo y del despotismo patronal y su crítica del supremacismo blanco y del imperio impactan en los lectores contemporáneos y reverberan como una profecía.

«Moby Dick será o bien quemada universalmente, o bien reconocida universalmente en todas las lenguas como la primera declaración literaria de las condiciones y perspectivas de supervivencia de la civilización occidental», predijo en 1953 C. L. R. James, intelectual socialista trinitense. Para los socialistas de hoy, pasmados ante una acumulación de catástrofes que pone en duda el futuro, Moby Dick es una señal de alerta y plantea una pregunta urgente: ¿qué hacer frente al desastre?

En plena acción

Replegándose en el museo, los participantes empezaron a leer por turnos a los pies de una enorme pintura del puerto de New Bedford, en intervalos marcados por el amable «Gracias» de los voluntarios. Algunos leían en lenguas distintas, otros dejaban relucir un definido acento neoinglés. Era fácil identificar a los veteranos por la forma en que pronunciaban palabras como «gunwale» [borda] y «forecastle» [camarotes de proa]. No eran muchas las personas que actuaban realmente la lectura y que ponían magia en las voces de los marineros, pero siempre provocaban el aplauso. 

La mayoría de los asistentes había traído su propia copia del libro, que seguían con ojos atentos mientras esperaban su turno junto al micrófono. Yo miré por encima del hombro de un amigo para apreciar mejor las deslumbrantes xilografías de su edición ilustrada Rockwell Kent. Un hombre viejo se acomodó a nuestro lado: sobre el mango de su bastón había tallada y pintada una ballena blanca. Definitivamente no era la primera vez que leía a Melville. Pero como bien saben los profesores reales y los ficticios, Moby Dick no deja de atraer a nuevas generaciones de lectores.

«Hace mucho tiempo que los estudiantes ya no se enfocan tanto en las lecturas religiosas de la novela», dice Hester Blum, profesor de Literatura Inglesa en la Universidad Estatal de Pensilvania y expresidente de la Sociedad Melville. Nos cuenta que, además del ambiente histórico de la novela, a los estudiantes de hoy «les vuela la cabeza que sea tan queer y tan graciosa. No pueden creer la cantidad de chistes sobre pijas y están más comprometidos que los protagonistas con el matrimonio entre Ismael y Queequeg». Moby Dick tal vez sea desordenada y salvaje, pero eso permitió que… ehm… penetrara profundamente en nuestra sociedad.

China Miéville, escritor de ficción especulativa que, entre otras cosas, escribió una aventura para jóvenes adultos inspirada en Moby Dick, me dijo que el «excedente de evasión» que lo atrae al texto «está vinculado a la naturaleza enciclopédica del libro, el hecho de que esté constantemente tensionando su propia forma y las formas literarias en general, con el fin de abarcarlo todo, de ser un libro que no es solo “sobre algo”, sino que abarca la “todidad”. Por supuesto que fracasa, pero lo hace magníficamente». Definiendo a Moby Dick como «una obra de ambición y genio excepcionales», Miéville alienta a los principiantes a que intenten leer la novela a pesar de su intimidante grosor. 

Un buen punto de entrada es la Moby Dick Big Read, un proyecto de audiolibro en el que Tilda Swinton, Benedict Cumberbatch y el mismo Miéville, entre otros, se turnan para leer la novela. Suelen generar una conexión alegre entre los lectores y cada uno de los temas del libro. 

David Attenborough encara el capítulo que reflexiona sobre la caza excesiva y la extinción de las ballenas. Tony Kushner extrae, hasta quedarse sin aliento, todos los sentidos posibles de «Un apretón de manos», capítulo seminal del libro donde Ismael y sus amigos procesan entre sus dedos los glóbulos del esperma de una ballena. John Waters se encarga de «La sotana», el apartado en el que unos cuantos marineros crean unas vestiduras protectoras con la piel del «grandísimo» —es decir, el pene— de una ballena para que el trinchador afeite la grasa hasta dejar el cuero con el grosor de una hoja de biblia. 

Probablemente el trinchador habría sido un buen lector, pues los pedazos cortados caen en un enorme barril debajo de él «veloces como las hojas del atril de un orador arrebatado».

Pez amarrado y pez suelto

Recuperamos fuerza con un café negro y unos boles de almejas gratuitos, cortesía de una pescadería local. Levanté la mirada y vi el esqueleto de una ballena azul que colgaba del techo. El aceite de los huesos punteaba el suelo de la galería, recordándonos esa industria antaño mortífera y en expansión. 

«¡Por el amor de Dios, economiza velas y aceite de lámparas!», implora Ismael, pues «Cada litro de aceite que quemas ha costado por lo menos una gota de sangre humana».

La caza de ballenas llevó a toda una especie al borde de la extinción, y la cantidad de vidas humanas afectadas en el proceso no caben en las paredes de ninguna pequeña capilla. Millones de personas forzaron los límites de la fatiga lubricando máquinas de hilado de algodón y alumbrando las fábricas, acelerando así el ritmo de la producción industrial y extendiendo los límites de la jornada laboral. Y también aumentaron la demanda de algodón que consecuentemente expandió el dominio de la esclavitud y la ocupación de tierras indígenas. La extracción de aceite de ballena preparó el escenario y fundó el patrón expansivo de la industria de los combustibles fósiles, además de prefigurar el lugar que ocupa en el capitalismo contemporáneo. 

El mundo de la explotación y de la expropiación nunca está ausente de la trama de Moby Dick. Un Ismael sin una moneda decide subir a bordo del Pequod y acepta a cambio una mínima porción de las inciertas ganancias del viaje. «¿Quién no es esclavo?», pregunta retóricamente para justificar su sometimiento ante los jefes del ballenero. 

Más adelante leemos la historia de un grupo de «pobres marineros tostados por el sol», que debieron entregar a un duque la ballena que habían cazado porque —bajo las reglas del derecho marítimo— «Le pertenece». Las mismas reglas (de «Pez amarrado y pez suelto») justifican la invasión inglesa de la India y la ocupación estadounidense de México. 

Estos interludios ilustran bien el argumento presentado por Cornel West en su libro de 2004, Democracy Matters: Melville fundó una tradición de «crítica vituperante» del imperialismo estadounidense, exponiendo «las ideas marciales y los principios monárquicos que se escondían detrás del pacífico lenguaje y la benigna retórica de la democracia».Occidente está montado sobre la vieja idea de Toni Morrison, quien en 1988, en «Unspeakable Things Unspoken», argumentó que Moby Dick ilustra la lucha de Melville contra el espectro de la ideología del supremacismo blanco y contra los efectos distorsivos que tiene sobre el mundo social. «Era, sobre todo, la blancura de la ballena lo que más me aterraba», confiesa Ismael. 

La escena de «Medianoche. Las amuradas del castillo de proa», representadas en el auditorio del museo por una compañía de teatro local, termina con los insultos racistas que un marinero blanco profiere contra Dagoo, el arponero africano; una tormenta violenta se cierne sobre sus cabezas y entre ellos, y Pip, joven ayudante negro, reza por su salvación a un «gran Dios blanco que estás en lo alto, allá, en la oscuridad». Spoiler alert: las plegarias son ignoradas.

La primera guardia nocturna

Mientras el atardecer escapaba hacia la noche, las filas de la maratón empezaron a adelgazar. Algunos forzaban su cuerpo a una atención culposa: el primer ronquido llegó a las 9:43 p. m., cuando un hombre empezó a cabecear bajo la pintura del ojo imperturbable y solitario de una ballena. Intentamos mantenernos despiertos con más café y con el aire frío de enero en la terraza del museo, mientras buscábamos entrever las estrellas sobre las luces del puerto. Recién después de la 1 a. m. pasamos la mitad del libro y una pequeña botella de ron revitalizó el café lavado de nuestras tazas. 

El pasaje que leíamos marca un punto de inflexión en la crítica del supremacismo blanco y de la esclavitud: estamos a cientos de páginas del comienzo y es la primera vez que la tripulación del Pequod mata una ballena. Fatigados después de la caza y de remolcar la ballena hasta el barco, casi todos se duermen. Stubb, el segundo de a bordo, tiene hambre y ordena a dos personajes negros (de los tres que aparecen en el libro) que le preparen un bife de ballena. Dagoo es enviado por la borda a cortar la carne del animal muerto; el cocinero del barco, un viejo negro, llamado Copo de Nieve, que Melville nos cuenta que había sido esclavo, está encargado de preparar la comida nocturna. 

Stubb está insatisfecho con la receta y amonesta a Copo de Nieve, humillándolo con la orden de sermonear a los tiburones. Estos tiburones, dice Ismael, «eternos acompañantes de todas las naves negreras del Atlántico», que se alimentan de la muerte en masa de millones de esclavos africanos durante el Pasaje del medio: los que murieron o fueron muertos a bordo y los que saltaron buscando escapar de su terrible condición. Forzado a obedecer, Copo de Nieve se aleja cojeando y murmura para sí mismo que Stubb es «un tiburón peor que el propio Maese Tiburón…». 

En el personaje de Stubb encontramos una denuncia de las jerarquías de poder y la lógica del capitalismo racial. En un episodio anterior, Ahab había insultado a Stubb tan ardorosamente como para haber puesto en duda su permanencia junto a la tripulación. Sin embargo, Stubb nunca confronta con Ahab, salvo en un sueño donde aprende que es un honor recibir la patada «de un gran hombre, propiciada con una hermosa pierna de marfil». Por eso, durante la vigilia justifica su sometimiento y maltrata en cambio a Copo de Nieve y a los otros. Cuando Pip salta del bote atemorizado después del golpe de la ballena, Stubb amenaza con abandonarlo, recordándole que «En Alabama, una ballena se vendería a un precio treinta veces mayor que el tuyo».

Deshumanizado como una mera propiedad que genera valor, y mucho menos valor que el animal que están cazando o la mercancía que extraerán de su cuerpo, Pip salta de nuevo. Después de pasar largas horas solo en la vasta extensión del océano todas sus amarras psicológicas empiezan a deshacerse.

La trompada universal

El relato había llegado hasta el infierno industrial de los Try-Works que transforman a la ballena cazada en combustible. Nuestras propias energías empezaban a flaquear. Atravesábamos las difíciles horas de la madrugada, confrontando los límites de nuestros cuerpos envejecidos y su encuentro prolongado con unas sillas despiadadas. Nos alejamos del ron y volvimos al café, y cumplimos con nuestros turnos en el micrófono, avanzando a través de los capítulos con una cadencia deliberada: el sentimiento rítmico que surge de trabajar con otros en función de un objetivo común. 

En el libro, el trabajo ballenero, sus reglas y su disciplina son retratados de forma vívida y detallada. Toda emancipación es dudosa; nacen muertos todos los potenciales motines del libro, desde la planificación del asesinato de Ahab a la que se lanza Starbuck hasta la obra dentro de la obra de «Historia del Town-Ho», donde un grupo de «parisienses del mar construyeron una barricada y se refugiaron en ella» antes de que su revuelta sea traicionada y aplastada.

  1. L. R. James examinó el hecho de que la tripulación del barco —protagonista del título de su libro de 1953, Marineros, renegados y náufragos— no solo es incapaz de rebelarse contra Ahab, sino que no tiene ningún interés en hacerlo. En cambio, la misión de este último se convierte en la misión de todos. Siempre fascinado por la dinámica que vincula a líderes y masas, James escribe que la experiencia de Melville como trabajador marítimo le permite observar los modos en que «los hombres racionalizaban su subordinación a la tiranía» y los tiranos los convertían en partidarios de sus objetivos. 

Leyendo Moby Dick en la época de Hitler y de Stalin, James percibe en Ahab «el tipo social más destructivo y peligroso que haya surgido en la civilización occidental». Argumenta que el genio de Melville está en su proceso creativo casi profético, que prefiguró los totalitarismos del siglo veinte percibiendo a la vez las enormes transformaciones que estaba sufriendo el mundo y los desastres a los que estas darían lugar. Para James, el núcleo de Moby Dick gira en torno a una cuestión fundamental: cómo la sociedad del individualismo y de la libertad daría lugar al totalitarismo y sería incapaz de defenderse contra él. 

Por eso critica fulminantemente a los primeros oficiales a bordo del Pequod —que «representan la competencia, la cordura y la tradición»— y sus intentos tímidos, dubitativos y bastante familiares de detener a Ahab. Es como si no comprendieran todo lo que se juega en la situación en la que están. 

«A toda protesta», escribe James, «le sigue una capitulación».

El diluvio de Noé todavía no terminó

Nos retiramos hasta el amanecer. Un lote de dulces malasadas azorianas desapareció tan rápido como había desaparecido frente a un grupo mañanero y bien descansado de lectores listos para la vertiginosa caza final. Me sentía medio dormido y deliraba, un poco como Ahab cuando dice que «El relámpago me atraviesa el cráneo, me duelen las pupilas, todo mi cerebro destruido parece haberse desprendido y rodar por un suelo que lo embota». 

Estábamos sobre la ballena (y ella estaba sobre nosotros).

Moby Dick tiembla siempre al borde de la catástrofe: Pip oceánicamente abandonado, Tashtego, que casi se ahoga dentro de la cabeza de una ballena, la enfermedad misteriosa que casi mata a Queequeg. El libro amenaza, una y otra vez, con que las cosas siempre pueden empeorar… Hasta que de pronto empeoran. Es probable que Melville haya encontrado en su obra una especie de absolución. Eso parece haberle transmitido a Nathaniel Hawthorne, cuando confesó: «Escribí un libro maldito y me siento limpio como un cordero». Hawthorne contó más tarde que Melville «se había hecho a la idea de terminar completamente destruido».

Pero, ¿qué política puede surgir de la desesperación? Para Ismael, los viajes en búsqueda de los «lejanos misterios con que soñamos» resultan en «laberintos estériles» o en un barco hundido. La meditación inicial sobre el deseo humano de acercarse al agua contrasta con este cierre centrado en Ismael, que flota a la deriva en el océano aferrado al ataúd vacío de su amante ahogado. Escapar —como hizo una vez Melville en las islas Marquesas—, o simplemente sobrevivir, tal vez sea lo mejor cabe esperar en el caso de una persona singular. 

Pero, ¿qué sucede cuando se trata de todas las personas? La catástrofe nos lame los pies: incendios que consumen todo lo que encuentran a su paso y marejadas cada vez más altas, resurgencia de movimientos políticos autoritarios de derecha, que sacaron provecho de una pandemia implacable. Los multimillonarios corren una carrera hacia fuera del planeta con el fin de evitar el destino al que condenan a todo el resto de la población (aunque, como habría notado Melville con cierta alegría, hasta ahora no hicieron más que rozar el espacio). Se avecinan desastres enormes, y nos acomodamos a cada nuevo escenario con miedo a perder el poder en términos literales y figurativos.

Los socialistas saben que un mundo mejor es posible. A veces es reconfortante pensar que también está predestinado. El triunfo de la clase obrera es inevitable, proclamaron Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista. Pero leer Moby Dick es incómodo porque adopta el punto de vista contrario: el arco del universo no siempre se inclina hacia la justicia y el arca parece estar a punto de hundirse. 

En mi fragmento preferido, Ismael describe la línea unida al arpón, que amenaza con arrastrar a todos los tripulantes con sus «complicadas vueltas, que la ciñen en casi todas las direcciones». De hecho, comprendemos que el bote es la condición humana:

no es posible permanecer inmóvil en el corazón de estos peligros —puesto que el bote se mece como una cuna y proyecta a los marineros a uno y otro lado sin el mínimo aviso—; sólo mediante cierto equilibrio personal y cierta simultaneidad de voluntad y acción puede cada uno evitar ser reducido a un Mazeppa y verse arrastrado a donde ni el mismo sol, que todo lo ve, podría distinguirlo.

No todo está perdido, pero Melville nos muestra la facilidad con que podríamos llegar a ese escenario. Sin embargo, este aterrador encuentro también podría ser liberador, pues nos enseña que no podemos quedarnos quietos: necesitamos movimiento

Los socialistas —igual que todo el mundo— deberían leer Moby Dick porque es una obra literaria impresionante. Sus capas reverberan y nos perturban como un espejo que refleja nuestro pasado y nuestro presente. Pero a diferencia del libro, nuestro futuro todavía no está escrito. Sacudidos por las olas y los vientos, todavía tenemos alternativas y capacidad de actuar, mucho más que los aislados, con el fin de encaminarnos y remar hacia un horizonte difícil de contornear y mucho más difícil de atravesar con nuestra mirada. 

Fuerzas que parecen operar más allá del control humano están destruyendo nuestro mundo habitable. Son como monstruos y síntomas mórbidos que debemos reconocer. Pero en vez de extraviarnos en la desesperación, estas advertencias podrían incentivarnos a la acción. Envueltos en la línea, los proverbiales dogales ajustan cada vez más nuestros cuellos, y, sin embargo, todavía queremos respirar. Nos tanteamos en la niebla en busca de un camino, de un sentido, de compañerismo y de comprensión. 

Y, como nos recuerda Ismael mientras contempla el juego del sol con la niebla que deja el chorro de una ballena, «el arcoíris no visita el aire vacío: solo aparece en el vapor».

Por Chas Walker

Traducción: Valentín Huarte

Salvo ligeras variaciones, los fragmentos de la obra fueron tomados de la traducción de Enrique Pezzoni.

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Por qué las tres Internacionales no pudieron ponerse de acuerdo hace un siglo

El 2 de abril de 1922, reformistas y revolucionarios de tres internacionales rivales se reunieron en Berlín para acordar un programa común. Terminó en un fracaso y fue la última vez en décadas que comunistas y socialdemócratas se encontrarían formalmente como camaradas.

Durante la mayor parte del siglo XX, el movimiento obrero estuvo dividido en dos campos distintos. Aunque tanto la socialdemocracia como el comunismo tienen sus orígenes en la Asociación Internacional de Trabajadores, fundada en Londres en 1864 por Karl Marx y otros radicales, en la década de 1920, las dos corrientes se habían convertido en organizaciones y visiones del mundo rivales. Después de la Segunda Guerra Mundial, representaron lados opuestos en la Guerra Fría. Para la década de 1990, el comunismo como movimiento de masas prácticamente había desaparecido, mientras que la socialdemocracia, aunque todavía era una fuerza política importante, había dejado de ser un movimiento de la clase trabajadora hacía mucho tiempo.

Un final tan anticlimático era impensable para los socialistas hace cien años. Ya fueran socialdemócratas reformistas como Tom Shaw del Partido Laborista de Gran Bretaña, marxistas revolucionarios como el bolchevique Karl Radek o aquellos en algún punto intermedio como el socialista austriaco Friedrich Adler, el socialismo era el único horizonte concebible para el futuro de la humanidad. El movimiento había pasado de ser meros círculos conspirativos a partidos con millones de simpatizantes en el lapso de dos generaciones. La reciente guerra mundial, que le costó a Europa 40 millones de vidas y una destrucción incalculable, aumentó las contradicciones en todo el continente y llevó a los socialistas al poder en varios países: en Rusia a través de una revolución violenta, en Alemania y Austria a través de las urnas.

Sin embargo, la guerra también había llevado la tensión entre reformistas y revolucionarios a un punto crítico. Lo que una vez había sido un solo movimiento ahora se dividió en varios campos enfrentados cuya desunión debilitó a ambos lados y los hizo vulnerables a la cooptación por parte de sus enemigos. Fue en este contexto que, el 2 de abril de 1922, tres delegaciones se reunieron en Berlín en el Reichstag, sede del parlamento alemán. Como lo expresó el socialista austríaco Otto Bauer, el objetivo era “reunir los tres ejércitos en los que lamentablemente se ha dividido el proletariado, para que puedan marchar juntos una vez más contra el enemigo común y, unidos, derrotarlo”.

Este intento infructuoso sería el último de su tipo: socialdemócratas, socialistas y comunistas nunca más se encontrarían cara a cara con el objetivo de desarrollar una estrategia común. Los abismos engendrados por la desconfianza mutua y las presiones de la construcción del Estado en ambos lados resultaron demasiado grandes para ser superados con resoluciones bien intencionadas.

Las tres internacionales

Ya fueran comunistas o socialdemócratas, para muchos de los delegados que se dirigieron a Berlín a principios de abril de 1922, debieron sentir como una especie de regreso al hogar político. Una década antes, la mayoría de ellos habían sido miembros de partidos socialistas aliados, unidos bajo la bandera de la poderosa Segunda Internacional, dirigido por Emile Vandervelde del Partido de los Trabajadores de Bélgica. Hablando el primer día de la conferencia, el propio Vandervelde comentó: “Un espectáculo como este no deja de tener cierta grandeza, ver hoy en esta asamblea, ya sea como periodistas o delegados, a hombres como [Viktor] Chernov, [Fyodor] Dan, o [Julius] Martov, al lado de Radek o [Nikolai] Bujarin”. Para Radek, hablando en una reunión de la Internacional Comunista varios meses después, la breve reunión con sus antiguos camaradas había sido “realmente demasiado”.

La reunión tardó mucho en convocarse. Los lazos institucionales del socialismo internacional habían dejado de funcionar en gran medida después de que estallase la guerra en 1914, cuando la mayoría de los partidos en los estados rivales se pusieron del lado de sus propios gobiernos nacionales. Solo una pequeña minoría de socialistas contra la guerra, encabezada por figuras como Giacinto Serrati del Partido Socialista Italiano y Clara Zetkin de los socialdemócratas alemanes, continuaron defendiendo el internacionalismo socialista y se reunieron en Suiza en septiembre de 1915 para publicar el famoso Manifiesto de Zimmerwald contra la guerra. Estas conexiones se profundizaron en la segunda reunión celebrada en Kienthal en 1916 y una tercera en Estocolmo en septiembre de 1917, solo unas semanas antes de que la Revolución Rusa profundizara aún más la división en el socialismo internacional.

Después del armisticio del 11 de noviembre de 1918, los “reformistas”, como ahora se autodenominaban abiertamente, buscaron resucitar la internacional de antes de la guerra. Vandervelde, junto con el laborista Arthur Henderson y el diplomático francés Albert Thomas, invitaron a los partidos socialistas de Europa a unirse a ellos al margen de la Conferencia de Paz de París en enero de 1919. En última instancia, la reunión tuvo que trasladarse a Berna, Suiza, una vez que quedó claro que a los delegados de Alemania y Austria no se les permitiría entrar en Francia.

Refundar la vieja internacional resultó más fácil de decir que de hacer: los belgas se negaron, citando la presencia de los alemanes, sus enemigos en la reciente guerra. Los italianos y los rumanos no estaban dispuestos a unirse a los partidos a favor de la guerra, y los bolcheviques, ahora en el proceso de fundar su propia Tercera Internacional, se negaron a reunirse con ninguno de ellos. Sin embargo, aquellos que llegaron a Berna ese febrero fundaron oficialmente una Internacional Laborista y Socialista (LSI) como sucesora de la Segunda Internacional. Un mes después, los bolcheviques fundaron la Internacional Comunista, o Komintern, como su contraparte revolucionaria.

La Komintern buscó expresamente unir el ala revolucionaria del movimiento obrero internacional y purgarlo de elementos reformistas y vacilantes. A través de esta ruptura limpia, los comunistas rusos esperaban preparar a sus seguidores a nivel internacional para la batalla final en un momento en que, según afirmaban las veintiuna condiciones de afiliación de la Komintern, la lucha de clases estaba "entrando en la fase de guerra civil". Su victoria, a su vez, ayudaría a la lucha de la Rusia soviética para resistir una contrarrevolución con la ayuda y la complicidad de las principales potencias capitalistas.

Sin embargo, muchos socialistas rechazaron tanto el reformismo moderado como la línea maximalista de Moscú, ninguno de los cuales correspondía a sus propias experiencias. Después de una serie de reuniones en Berna y Viena, fundaron la Unión Internacional de Trabajadores de Partidos Socialistas (IWUSP), también conocida como la "Internacional Dos y Media" o la "Unión de Viena", en abril de 1921. Dirigida por Friedrich Adler -hijo del fundador del partido socialdemócrata austríaco y mejor conocido por haber asesinado al primer ministro austríaco en 1916-, el IWUSP unió fuerzas como los Socialdemócratas Independientes en Alemania (todavía un partido de 340.000 miembros, incluso después de que la mayoría se unieran a la Komintern), el Partido Laborista Independiente de Gran Bretaña y la mayoría de los partidos socialistas de los Balcanes.

La IWUSP no rechazó rotundamente un camino revolucionario hacia el socialismo, pero enfatizó la necesidad de flexibilidad estratégica de un país a otro: lo que había funcionado en Rusia no necesariamente funcionaría en Gran Bretaña o Italia. Sin embargo, entendían la escisión del movimiento obrero como un trágico revés que había que superar lo antes posible. “No era posible hablar de una Internacional”, explicó Adler en la reunión de Viena, “si, por un lado, como en la Segunda Internacional, la mayor parte del movimiento ruso está ausente, o si, por otro lado,  como en la Tercera Internacional, la mayoría de los trabajadores británicos no están representados”. Su internacional serviría de puente entre las dos alas hasta que fuera posible la reunificación.

El camino a Berlín

Las perspectivas de tal reunión parecieron mejorar a principios de la década de 1920. Una serie de levantamientos de inspiración bolchevique habían fracasado en AlemaniaHungría y otros lugares, y la posición internacional del movimiento comunista se estaba volviendo desesperada. Aunque los seguidores de Vladimir Lenin ganaron la guerra civil y mantuvieron el poder, el conflicto costó millones de vidas y provocó el colapso de la economía rusa.

En Europa occidental, los socialistas también estaban a la defensiva. La alianza inicial entre los socialdemócratas y la clase dominante en Alemania significó una violencia brutal contra la minoría revolucionaria del país, pero también implicó importantes concesiones al movimiento obrero. Sin embargo, en 1921, el equilibrio de fuerzas estaba cambiando: envalentonados por la derrota de la ola revolucionaria y el aislamiento de la Rusia soviética, los capitalistas pasaron a la ofensiva, buscando hacer retroceder las concesiones económicas y restringir las libertades democráticas otorgadas tras la guerra.

En este contexto, los partidos comunistas comenzaron a buscar con cautela cierto grado de acercamiento con otras fuerzas, comenzando con una carta abierta publicada por el Partido Comunista de Alemania en enero de 1921, llamando a la acción conjunta de todas las organizaciones socialistas en defensa del nivel de vida de los trabajadores. Aunque provocó la ira de muchos comunistas por su actitud aparentemente de compromiso con los reformistas, lo que Lenin llamó un "paso político modélico" fue respaldado por el Tercer Congreso Mundial del Komintern en junio de 1921 y codificado en una resolución adoptada por su Comité Ejecutivo en diciembre.

Con las tensiones entre la socialdemocracia y las clases dominantes europeas intensificándose y los comunistas pareciendo dar un paso atrás al borde del precipicio, la IWUSP vio su oportunidad de sentar a las internacionales rivales a la mesa. Los reformistas, por su parte, también estaban ansiosos por salir de su aislamiento de la posguerra, y el laborista Arthur se dirigió a Friedrich Adler en el verano de 1921 buscando reconciliar la Segunda Internacional y la "Dos y Media" sobre la base de los "principios democráticos compartidos", es decir, sin los comunistas.

Adler rechazó esta propuesta de plano; reunirse solo con los reformistas habría contradicho el propósito mismo de su internacional. En cambio, emitió su propio llamamiento a una reunión de las tres internacionales para planificar un "primer intento de conferencia general" coincidiendo con la próxima Conferencia de Génova, donde las grandes potencias planeaban resolver los problemas económicos y políticos pendientes resultantes de la guerra y normalizar las relaciones con Alemania y Rusia. La conferencia de los socialistas también se iba a celebrar en Génova; tenía la intención de presionar a los negociadores para aliviar a la clase obrera alemana de las cargas impuestas por el Tratado de Versalles y normalizar las relaciones con Rusia, un país que, aparte de todas las críticas, los socialistas europeos todavía sentían que merecía su apoyo en la arena internacional.

En aras de la unidad, Adler propuso que la reunión evitase debatir las diferencias de principios de las internacionales y, en cambio, se centrase en el estado de la economía europea y la actividad de la clase trabajadora. La Komintern, a pesar de su desprecio por los “socialchovinistas” de la Segunda Internacional, accedió a asistir sin condiciones previas. Los reformistas, por otro lado, solo estaban dispuestos a participar en la reunión si la agenda también incluía la “liberación de los presos políticos” (es decir, los mencheviques y los socialrevolucionarios que iban a ser juzgados en Moscú por el intento de asesinato de Lenin en 1918) y la situación de Georgia, cuyo gobierno independiente liderado por los mencheviques había sido derrocado por los bolcheviques locales respaldados por el Ejército Rojo a principios de 1921.

Cita en el Reichstag

Las tres partes acordaron enviar delegaciones de diez personas a la reunión, elegidas entre sus respectivos ejecutivos. Los reformistas estaban dirigidos por el laborista Tom Shaw junto con Vandervelde y Ramsay MacDonald, un socialista antibelicista y futuro renegado infame. La “Internacional Dos y Medio” estuvo representada por Adler, así como otras luminarias como el francés Jean Longuet (nieto de Karl Marx) y el alemán Arthur Crispien. La delegación de los comunistas no fue espectacular en comparación: de sus diez delegados, solo Zetkin, Radek y Bujarin gozaban de fama internacional. Junto a ellos habló Serrati por los socialistas italianos, a quienes el plan original de Adler encomendaba la celebración de la próxima cumbre de Génova.

Adler abrió la reunión reconociendo que “las actuales dificultades entre el proletariado hacen imposible una organización común”, pero insistió en que “la posición del proletariado mundial es tal que es imperativo, a pesar de todas las diferencias que puedan existir, hacer un intento de unir sus fuerzas para ciertos propósitos y acciones concretas”. Económicamente, las “terribles condiciones de miseria causadas por la depreciación de la moneda y la necesidad económica, por un lado, y el aumento del desempleo en los países con una moneda fuerte, por otro lado”, solo podrían ser opuestas por una acción unida, mientras que políticamente, la próxima conferencia de Génova, organizada por la “internacional del imperialismo capitalista”, reforzaba la necesidad de un “frente unido de partidos proletarios” para oponerse a una mayor división del mundo según los planes imperialistas.

Adler enmarcó la división entre las internacionales no como una diferencia de principios sino como resultado de una "perspectiva histórica". Los reformistas concebían la transición al socialismo mucho más lejos en el futuro y centraban su actividad en las preocupaciones económicas inmediatas, mientras que los revolucionarios buscaban sentar las bases para el socialismo ya. “Pero, por muy diferente que sea nuestra perspectiva del mañana”, explicó, “todavía podemos decir que aunque los que nos reunimos aquí como camaradas estamos divididos en cuanto a si la lucha es para hoy o para mañana, sin embargo, tenemos esto en común, que todos queremos luchar.” Continuó proponiendo una condición simple para la acción futura: “Serán admitidos todos los partidos proletarios que estén en el terreno de la lucha de clases, cuyo objetivo sea derrocar al capitalismo y que reconozcan la necesidad de una acción internacional común por parte del proletariado para el logro de este objetivo”.

Esta sencilla propuesta fue bienvenida por Clara Zetkin, hablando en nombre de la Komintern.  Comenzó afirmando la necesidad de “unirnos para una lucha defensiva contra la ofensiva del capital mundial” y saludando la iniciativa de Adler como un “medio para la unión de las luchas obreras que se avecinan”. Sin embargo, insertó una advertencia importante, característica de la política de alianza de los comunistas en ese momento: estas luchas compartidas solo serían necesarias hasta que la clase obrera en su conjunto “aprendiera. . . que el capitalismo sólo podrá ser superado cuando la gran mayoría del proletariado tome el poder en la lucha revolucionaria y establezca la dictadura del pueblo trabajador”.

Zetkin y los demás comunistas no tenían dudas de que eventualmente consolidarían su hegemonía sobre el movimiento obrero y establecerían dictaduras del proletariado en todo el mundo. Los otros partidos socialistas comprenderían el error de su estrategia y se alinearían detrás de los comunistas o, si fuera necesario, sufrirían la represión, como los mencheviques y los socialrevolucionarios cuya difícil situación conmocionaba a los reformistas de la Segunda Internacional.

La profunda desconfianza provocada por la insistencia de los comunistas en que ellos solos llevarían al proletariado a la victoria resultó ser el mayor punto de fricción en las negociaciones. Vandervelde y sus camaradas estaban “llenos de sospechas y aprensiones” por las proclamas oficiales de la Komintern, específicamente la resolución de diciembre de 1921 sobre el frente único, una “extraña mezcla de ingenio y maquiavelismo” que apelaba a la unidad con los reformistas incluso cuando “no se oculta la intención de sofocarnos y envenenarnos después de abrazarnos.” Ramsay MacDonald preguntó deliberadamente a los delegados comunistas: “Venimos aquí ansiosos por promover la cooperación, pero venimos aquí para preguntarles de hombre a hombre: ¿Están aquí para eso?”

A pesar de su deseo declarado de unidad, Radek no tuvo paciencia con las preocupaciones de los reformistas, y comentó con sarcasmo que “la fuerza de la voz de Vandervelde nos hizo retroceder por un momento a esa época en la que creíamos en la calidez de su voz y nos olvidamos por un momento que esa voz había sido ahogada por el rugido del cañón.” En cuanto a las súplicas de Vandervelde de “un mínimo de confianza, solo un poco”, respondió: “¿Confianza en qué? ¿En la guerra?"

Las actas de la reunión revelan un movimiento cuyas divisiones se habían endurecido durante mucho tiempo en una profunda desconfianza y resentimiento. Las dos partes intercambiaron puyas polémicas y se negaron a ceder en ningún terreno sustantivo, mientras que Adler y sus hombres intentaron desesperadamente negociar una tregua. Todos estuvieron de acuerdo en la necesidad de la unidad, pero todos, especialmente los comunistas, querían esa unidad en sus propios términos.

La única voz de la razón emergió en la figura de Giacinto Serrati, cuyo partido los comunistas habían partido en dos el año anterior. Serrati reprendió a ambas partes por moralizar y preguntó si los delegados “estaban aquí para erigirnos en jueces unos de otros, o para realizar un trabajo práctico”. “Todos hemos cometido muchos errores”, continuó, pero quizás “los jueces”, es decir, los reformistas, “han cometido más errores que los acusados, porque los jueces los han cometido en alianza con nuestros enemigos. Los acusados ​​cometieron errores por el bien de la revolución y no de la burguesía”.

Serrati, el único representante cuyo partido no pertenecía a ninguna de las tres internacionales, instó a todos los asistentes a mirar más allá del pasado y subordinar las prioridades nacionales a corto plazo al objetivo final del socialismo internacional. Consideró que las divisiones recientes no habían sido causadas tanto por diferencias fundamentales como por diferentes condiciones en la lucha: no era impensable que se resolvieran en los años venideros si los líderes del movimiento permanecían comprometidos con la unidad. Además, todas las críticas formuladas por los reformistas (la represión de los mencheviques, la invasión soviética de Georgia y la subversión comunista de las organizaciones socialdemócratas) solo empeorarían si las internacionales se distanciaban aún más.

En última instancia, concluyó, los enemigos de la socialdemocracia y el comunismo eran los mismos: “El capitalismo está tratando de invadir Rusia; y al mismo tiempo, trepando sobre vuestros hombros, camaradas socialdemócratas”. Un acuerdo de unidad, por provisional que sea, al menos mantendría viva la perspectiva de “la salvación del proletariado internacional”. Si no se llega a un acuerdo, por otro lado, “puede significar una victoria del imperialismo capitalista sobre la internacional obrera, por quién sabe cuánto tiempo”

“Hemos pagado demasiado”

Las negociaciones se prolongaron durante los siguientes cuatro días, y Adler comentó que “una y otra vez nuestros intentos casi fracasan”. A pesar de los llamamientos de Serrati al bien común y la reiterada insistencia de todas las partes involucradas en que era necesario un frente unido contra la reacción, la reunión no logró convocar una conferencia en Génova.

En cambio, la reunión acordó establecer un “Comité de Organización de los Nueve”, compuesto por tres representantes de cada internacional, y continuar las deliberaciones sobre la posibilidad de una futura conferencia internacional. También examinaría la situación de Georgia, dando a todas las partes amplias oportunidades para presentar pruebas. Los bolcheviques, por su parte, prometieron que ninguno de los socialrevolucionarios juzgados sería condenado a muerte. Se pidió a todas las partes involucradas que organizaran manifestaciones el Primero de Mayo para señalar el nuevo espíritu de unidad.

Sin embargo, poco después de que Adler anunciara la declaración común, el Comité de los Nueve comenzó a desmoronarse. Apenas unos días después de la reunión, Lenin reprendió a Zetkin y Radek por sus concesiones, diciéndoles que habían “pagado un precio demasiado alto” y denunció a las otras dos internacionales como “chantajistas” que trabajan “en beneficio de la burguesía”. Radek emitió un informe varios días después acusando a la Segunda Internacional de sabotear el frente único, y días antes de que el Comité de los Nueve se reuniera en Berlín el 23 de mayo, el líder de la Komintern Grigory Zinoviev publicó un artículo prediciendo su inminente colapso.

No estaba equivocado. La reunión del 23 de mayo derivó rápidamente en recriminaciones de ambos lados, con la Segunda Internacional y la "Internacional Dos y Media" quejándose de que los bolcheviques habían aumentado la represión contra los reformistas en su país, mientras que las manifestaciones del Primero de Mayo en Moscú desfilaban con pancartas como "¡Muerte a la burguesía y a los socialdemócratas!” Sus sospechas sobre la naturaleza hipócrita de la táctica del frente único parecían confirmarse. Los comunistas, siguiendo instrucciones de Moscú, dieron un ultimátum de que la reunión acordaba convocar un congreso mundial del proletariado inmediatamente o sus delegados se irían. Las conversaciones de unidad habían pasado a la historia. Los comunistas continuarían buscando un frente único, insistieron, pero solo “desde abajo”, sin las direcciones de los partidos rivales.

Adler y la IWUSP, exasperados con los comunistas, iniciaron rápidamente conversaciones de unidad con la LSI en Londres y, en 1923, la Segunda Internacional se había reconstituido más o menos, despojada de su minoría revolucionaria. Los comunistas intentaron un último levantamiento en Alemania en 1923, pero en realidad ya habían avanzado hacia su aceptación diplomática en el escenario internacional desde 1921. Incluso las conversaciones de unidad, afirmó Radek en retrospectiva, "no fueron más que un intento de utilizar al proletariado internacional durante la Conferencia de Génova para el apoyo a la diplomacia soviética”. En cambio, Rusia normalizó sus relaciones con Alemania al firmar el Tratado de Rapallo el 16 de abril de 1922, socavando la Conferencia de Génova de manera más efectiva que cualquier reunión socialista.

La disolución del Comité de los Nueve marcó el fin del socialismo internacional como movimiento y objetivo común. Los reformistas recurrieron a la construcción de estados de bienestar dentro de sus propias fronteras nacionales, mientras que los comunistas se dedicaron a la visión de Joseph Stalin del “socialismo en un solo país” dentro de la Unión Soviética. Aunque a muchos comunistas de la época les pareció una traición, la devastación de la guerra civil combinada con el aislamiento internacional de los bolcheviques les dejó pocas opciones. Que no habría espacio para reformistas u otras corrientes socialistas disidentes era para entonces una conclusión inevitable.

En Occidente, el ascenso del fascismo alimentó más divisiones entre los socialistas, y tanto el movimiento italiano como el alemán se fragmentaron aún más antes de ser ilegalizados por completo. Solo la victoria nazi en Alemania proporcionó un enemigo común lo suficientemente amenazante como para reunirlos, aunque solo temporalmente.

Por Loren Balhorn, editora colaboradora de Jacobin y coeditora, junto con Bhaskar Sunkara, de Jacobin: Die Anthologie (Suhrkamp, ​​2018).

03/04/2022

Fuente:  https://jacobinmag.com/2022/04/conference-three-internationals-1922-division-communists-social-democrats

Traducción: Enrique García

Publicado enPolítica
China: ¡Libertad para los Seis de Fujian! Carta abierta de un joven maoísta a las puertas de la prisión

Justo cuando comenzaba 2022, el mundo recibió la noticia de que el repartidor y organizador Chen Guojiang, conocido como Mengzhu (盟主), había sido liberado después de casi un año detenido. Pero la liberación de Mengzhu de ninguna manera significó la relajación del control sobre los activistas laborales, izquierdistas u otros disidentes en China. Justo cuando Chen fue liberado, salieron a la luz noticias sobre el destino de otros seis presos políticos.

A continuación publicamos nuestra traducción de una carta publicada el 4 de enero de 2022 por el escritor maoísta Yu Yixun (余宜), anunciando la noticia de su arresto formal y la sentencia contra otros cinco jóvenes izquierdistas con sede en Fujian que fueron arrestados la primavera pasada. La repentina detención de un grupo de oscuros maoístas es en sí misma un testimonio de estos años de fuerte represión contra los disidentes de todo tipo, especialmente contra organizaciones, redes y grupos afines de izquierda y de orientación obrera. Hace una década, la caída de Bo Xilai sacudió el suelo bajo los pies de los izquierdistas que simpatizaban y criticaban a Bo. A medida que se reducía el espacio para la discusión política a lo largo de la década de 2010, el Estado tomó medidas enérgicas contra las redes feministas, ONGs reformistas de apoyo a los trabajadorers, organizaciones LGBT+ y, por supuesto, la juventud marxista. Muchos izquierdistas habían decidido mantener un perfil bajo, hasta que un grupo de ellos hizo una demostración de fuerza audaz y, en última instancia, desastrosa en el conflicto laboral de Jasic de 2018.

Con los importantes riesgos de exposición pública que impiden cualquier intento de organización abierta, la izquierda clandestina de China (que sigue dominada por varios tipos de grupos maoístas1 ) ha sido completamente marginada, tanto que, de hecho, el arresto de los Seis de Fujian nos tomó a nosotros y a muchos en la izquierda china por sorpresa. ¿Quiénes son? ¿Qué han estado haciendo? En este caso y en otros, a veces parece que la policía rastrea a los activistas más rápido de que puedan formar redes importantes. Como resultado, las redes que existen se han visto obligadas a ser tan clandestinas que es casi imposible saber quién está en ellas y qué hacen, más allá de algunas pistan que dejan en internet.

Que quede perfectamente claro para cualquiera que defienda a la administración de Xi: el nominalmente Partido Comunista de China continua cantado alabanzas a Mao y Marx, mientras que al mismo tiempo persigue sistemáticamente a los activistas maoístas y marxistas más activos del país. Tomemos, por ejemplo, Qiu Zhanxuan, presidente de la Sociedad Marxista de la Universidad de Pekín, quien fue detenido por la policía como una "advertencia" en 2018 cuando se dirigía a celebrar el cumpleaños de Mao, y que fue detenido nuevamente en febrero de 2019, después de lo cual grabó un video diciendo que había sido torturado mientras estaba bajo custodia. Finalmente, en abril de 2019 desapareció por tercera vez mientras visitaba un distrito fabril “para experimentar la vida de los trabajadores”, y no se ha vuelto a saber de él desde entonces.

Es probable que nunca hubiéramos oído hablar de los seis prisioneros maoístas de Fujian si no fuera porque uno de ellos publicó la carta abierta que se traduce a continuación. Cualquier otra información que tengamos hoy sobre los Seis de Fujian son fragmentos en el mejor de los casos. Algunos están disponibles en publicaciones en foros de izquierda y grupos de Telegram, mientras que otras pistas provienen de capturas de pantalla guardadas antes de que pudieran eliminarse. Algunos de los detalles básicos del caso son confusos o inesperados, según lo que podemos encontrar en los documentos judiciales (archivados en RedChinaCn ). Estos muestran que cinco jóvenes relacionados con Yu fueron detenidos por la policía en Pingdingshan, Henan, el 3 de mayo de 2021, bajo sospecha del delito de "buscar peleas y provocar problemas".2 arrestados formalmente el 1 de junio y finalmente sentenciados el 30 de diciembre a hasta dos años de prisión.

Los documentos alegan que el grupo, al que se hace referencia allí como "Asociación de Cultura Roja" (红色文化会),3había registrado al menos 4 empresas y controlaba más de 20 cuentas de WeChat y 10 grupos de chat de WeChat, además de gestionar un sitio en la web. Los fiscales dijeron que los acusados ​​tenían un total de más de 30.000 amigos de WeChat y “publicaron artículos que mancharon la historia del partido”, produciendo más de 1.100 textos que generaron ingresos de alrededor de 170.000 yuanes (26.655 dólares estadounidenses), principalmente a través de pequeñas donaciones de los lectores a través de WeChat (打赏). Algunos de los artículos que presuntamente habían difamado la historia del PCCh incluían títulos como: “Históricamente, XXX es un traidor” y “¿Quién está incriminando a XXX: la verdad sobre el 50 aniversario del Gran Salto Adelante” (con los nombres de las figuras históricas omitido de los títulos). Si bien otros comentaristas en línea han señalado que las sentencias y los arrestos en provincias parecen inusualmente estrictos para un caso que no va más allá de publicaciones en línea,

La carta de Yu sugiere que el caso de los Seis de Fujian es solo la punta de un enorme iceberg de represión antiizquierdista que ha continuado en silencio, incluso cuando los medios internacionales perdieron interés en las consecuencias del Incidente de Jasic de 2018 y los arrestos posteriores de otros izquierdistas, sindicalistas,feministas en 2019. En el contexto de abogar por sentencias de prisión más cortas, Yu escribe: “Este año, en toda China, muchas personas como nosotros han sido arrestadas, pero todas sus sentencias han sido inferiores a un año”, citando un ejemplo de la cercana ciudad de tercer nivel de Xuchang. Nos preguntamos cuántos otros casos se han escapado en los últimos dos años, dejando poco o ningún rastro en línea. Sin embargo, esto también muestra que el sistema aún está lejos de ser hermético y que la gente no ha perdido la esperanza por completo. Todavía encuentran formas de reunirse y, presumiblemente, poner sus ideas en práctica fuera de línea. Si este grupo logró publicar 1.100 artículos subversivos leídos por 30.000 amigos en WeChat, nos preguntamos cuántos anticapitalistas, feministas y otros disidentes que tienen mas cuidado con su seguridad son capaces de operar sin atraer la atención de las autoridades.

Por ahora, ofrecemos la siguiente traducción con un grado de buena fe en la historia de Yu, templada con un grado de escepticismo sobre los detalles del caso y algo del lenguaje, que suena oficial como “rejuvenecimiento nacional” y la promesa de publicar artículos con más “energía positiva” en el futuro. El autor suplica explícitamente la clemencia de las personas con poder, por lo que tales frases pueden haber sido adoptadas con ese propósito en lugar de reflejar su propia ideología. Solo podemos hacer conjeturas por el momento, ya que los otros escritos de Yu han sido eliminados de Internet, y entre el amplio espectro de maoístas chinos contemporáneos hay muchos que adoptan posiciones nacionalistas.4 Sin embargo, en el contexto de las restricciones cada vez más estrictas del estado sobre el pensamiento crítico, creemos que esta carta resuena con la situación que enfrentan todo tipo de disidentes, y realmente cualquiera que exprese su descontento con la via capitalista en China hoy. Ilustra tanto la perspectiva sombría de quienes cruzan públicamente los límites oficiales como el hecho de que, sin importar cuán profunda sea la represión, siempre hay quienes continúan pensando, trabajando y organizándose bajo el radar. Chuang

10/02/2022

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Queridos camaradas 5,

Buenas noches a todos, mi nombre es Yu Yixun. Soy del condado de Minqing, Fujian. Mi número de DNI es XXXXXXXXXXXXXXXXX. Mi número de teléfono es XXXXXXXXXX.6 Soy el principal culpable entre los seis amigos rojos7 con base en Fujian que fueron arrestados al otro lado de las fronteras provinciales. El 30 de abril de 2021,El 8 de octubre fuimos detenidos por la Policía de Internet del distrito de Xinhua en Pingdingshan, Henan, bajo sospecha de “buscar peleas y provocar problemas” debido a la publicación de grandes cantidades de “información falsa” en línea.

Debido a una enfermedad, todavía no me han llevado al centro de detención y estoy temporalmente en casa.

Hoy es 31 de diciembre de 2021 (20:35). Es con profundo pesar que escribo esta carta, diciendo adiós a mis camaradas en toda China por el momento.

Esta mañana, cinco de mis seis compañeros fueron sentenciados, siendo la sentencia más grave de dos años de prisión, y las demás de menos de un año.

Desde que entré en el camino de la propagación del pensamiento de Mao Zedong en 2019, supe que llegaría este día. No hay nada de malo en propagar la cultura roja, así que tal vez el problema era que éramos “políticamente incorrectos”. ¿Por qué digo esto? Los amigos que a menudo leen mis escritos pueden haber adivinado algunas razones, ya que mientras propagaba el pensamiento de Mao Zedong, también comparé al presidente Mao con la segunda generación de líderes. No puedo negar que en el transcurso de tres años, bajo seudónimos como Sr. Bai Yun (Nube Blanca) y Sr. Wu Yun (Nube Negra), publiqué más de mil artículos desacreditando a cierto líder de apellido Deng, con alguna "influencia".

Según el estado, soy culpable de una serie de delitos que incluyen “buscar peleas y provocar problemas”, “distorsionar la historia” y “blanquear personajes negativos”.

Mirando hacia atrás, al principio porque leí muchos artículos antiguos de Deng Liqun.9 me sentí atraído por el pensamiento de Mao Zedong y desarrollé un gran anhelo por el socialismo de la era de Mao. Empecé a intentar comprender a Mao y aprender de él. Durante estos tres años de estudio me reuní con varios jóvenes que también estaban interesados ​​en la cultura roja.

Pero fue porque me escucharon que, en última instancia, todos llegamos a este final. ¡Les hice daño! Para mí, dos años en prisión pueden no ser tan aterradores, ya que puedo leer libros en el centro de detención y en prisión puedo escribir. Pero los demás aún son niños, por lo que será mucho más difícil para ellos sobrellevarlo psicológicamente.

Desde que fuimos arrestados el 30 de abril de 2021, estas palabras han estado ocultas en mi corazón. Hoy por fin siento algo de alivio al expresarlas.

Todos ellos son de familias pobres. Dos de las niñas pertenecen a una familia designada oficialmente como “empobrecida”, y su hogar está en las montañas. Por mis ideales de propagar la cultura roja, ahora están en prisión. Sus nombres [los seis compañeros, de los cuales cinco fueron arrestados] son: Zhang Zhijing, Qiu Pingqin, Yu Chaoquan, Qiu Pinghui, Huang Yao y Huang Xiaochun. Cuatro de ellas son niñas, la más joven, Huan Xiaochun, tiene solo 18 años. Qiu Pingqin y Qiu Pinghui son hermanas de la zona rural de Zunyi en Guizhou, de un hogar designado oficialmente como "empobrecido". Qiu Pinghui y Yu Chaoquan están casados ​​y tienen dos hijos en casa. Sus dos hijos aún son menores de edad, por lo que ahora deben ser criados por sus abuelos ancianos, que no gozan de buena salud. Lo más importante, aparte de Zhang Zhijing, ninguno de los otros había trabajado para mí durante más de tres meses.10

Durante estos últimos meses, he consultado con nuestro abogado sobre todo tipo de formas de defenderlos.11 Tenía la esperanza de que pudiéramos tener un juicio justo, pero eso no fue lo que obtuvimos al final. 

Este año, en toda China, muchas personas como nosotros han sido arrestadas, pero todas sus sentencias han sido de menos de un año, mientras que las nuestras se extienden hasta los dos años.

Me pregunto si sus sentencias de prisión no son demasiado largas.

En un caso similar este año en la cercana ciudad de Xuchang, cuatro camaradas fueron sentenciados a diez o seis meses cada uno, así que ¿por qué nuestras sentencias son tan largas? Todo lo que hicimos fue publicar nuestras opiniones en línea. Incluso si eso estuvo mal, ¿es justa una pena de dos años?

¿No es bueno que los jóvenes se preocupen por los asuntos nacionales? Incluso si sus palabras son radicales, creo que el [castigo] principal debería ser educativo, en lugar de apresurarse a aplastarlos con puño de hierro desde el comienzo.

¿Podría ser que [usted/ellos] quieren que todos los jóvenes simplemente se “tumben” (躺平), sin decir nada ni se preocupen por nada? Si las únicas voces que quedan en esta sociedad son solo aquellas que cantan alabanzas, ¿no sería eso algo horrendo para la nación en su conjunto? 

El secretario general Xi ha solicitado en múltiples ocasiones que estudiemos los nobles ideales de la generación anterior de revolucionarios, incluido Mao Zedong, a veces incluso citando dichos, poemas y anécdotas de Mao. Creo que finalmente ha llegado el mejor momento de que nuestra generación sea testigo del gran rejuvenecimiento de la nación china. Mis acciones al propagar el pensamiento de Mao fueron justas. Aunque mis opiniones llevaron a nuestra situación actual, ya que critiqué a cierto líder central de la segunda generación [es decir, Deng Xiaoping], después de todo esto solo puede considerarse una contradicción interna en el seno del pueblo. Si pudieran darme la oportunidad de hacer las paces y comenzar de nuevo, revisaría seriamente mis errores e insuficiencias del pasado, me mejoraría activamente y publicaría más artículos con energía positiva . .

Considero que el derecho penal es el tipo de ley más estricto, por lo que al aplicarlo debemos considerar el concepto de “modestia y moderación”. Es decir, debe evitarse el derecho penal a menos que sea necesario, en cuyo caso debe aplicarse con la mayor ligereza posible.

Tal como se expresa en el derecho penal, esto se denomina “el principio de que el castigo debe ser acorde con el delito y con la responsabilidad del delincuente por ese delito”.

Cuando la ley da paso a la tiranía (恶法), naturalmente pierde su autoridad y las acciones judiciales basadas en ella se ven comprometidas. Esto contradice los objetivos básicos del derecho penal.

La fuerza disuasoria del derecho penal no radica en la severidad del castigo, sino en la certeza (必然性) del castigo. Sería un gran error sustituir la certeza por la severidad.

Volviendo al tema de las penas de prisión [de mis empleados], en este caso, ¿el derecho penal ha perdido su intención original?

Un tribunal de justicia debe ser un lugar donde los sospechosos puedan sentirse cómodos. Si la decisión del tribunal fuera convincente, utilizando las leyes más apropiadas para llevar a cabo un juicio justo, ¿no ayudaría eso a la rehabilitación de los sospechosos? ¿No es el objetivo básico del derecho penal prevenir los delitos, más que castigar?

El presidente Mao dijo una vez: “Dejen que la gente hable, el cielo no se derrumbará”. Creo que los ministerios pertinentes han sobreestimado mi importancia. Solo soy un joven común nacido en la década de 1990 que publica algunos artículos en línea. El cielo realmente no se va a caer. Realmente me han tomado demasiado en serio.

Hoy tengo que escribir todas estas cosas para que todos puedan saber nuestra situación. Al menos dentro de unos años, alguien sabrá que hubo algunos jóvenes en Fujian que amaban a Mao Zedong, que estaban llenos de vitalidad, que se atrevieron a decir la verdad y que fueron a prisión con dignidad.

También espero que las amplias masas de amigos rojos evalúen qué significa "buscar peleas y provocar problemas": ¿es eso lo que hicimos? ¿Qué dice el artículo tercero de la Constitución?12  Si no puede resolverse un problema, ¿deberían ocuparse de las personas que lo causaron?

Para cuando se publique esta carta, probablemente ya no tendré comunicación. La siguiente parada es el centro de detención, luego la prisión. ¡Pero no tengo miedo! Si esta confesión (呐喊) puede ayudar a mis empleados a salir de prisión solo un día antes, valdría la pena.

Ruego un juicio justo para mis empleados. Si los ministerios pertinentes pueden leer esto, espero que [usted/ellos] puedan tomar una decisión de acuerdo con casos similares en toda China que pueda disipar nuestras dudas.

¡Cuidado, amplias masas de amigos rojos! Es difícil evitar contratiempos en el camino de propagar la cultura roja. Todos, relájense. ¡Aunque sea en el centro de detención, continuaré estudiando e investigando el pensamiento de Mao Zedong, contribuyendo con mis últimas fuerzas al gran proyecto de rejuvenecimiento nacional!

Nos vemos en unos años, camaradas. Ahora me voy a prisión.

Yu Yixun

31 de diciembre de 2021

Notas de los traductores al inglés:

1-La izquierda clandestina de China sigue dominada por varios tipos de grupos maoístas y otras formaciones leninistas, a pesar de la silenciosa proliferación de varias corrientes de izquierda antiautoritarias durante la última década. Planeamos delinear las diferentes corrientes y debates que caracterizan el panorama político no oficial de China de manera más sistemática en trabajos futuros. Mientras tanto, consulte “Un estado adecuado para la tarea: Conversaciones con Lao Xie ” en el segundo número de nuestra revista, Chuang 2: Fronteras , y varias publicaciones en nuestro blog, como “ Ver a través de aguas turbias, Parte 2: Una entrevista sobre Jasic & Maoist Labor Activism ” y el prefacio de “ Smart, Disaffected & Unseen”.

2-Este es probablemente el cargo más común que se aplica a los disidentes en China, explorado en nuestro artículo "Buscar peleas".

3-No sabemos si el grupo usó este nombre o si simplemente se lo asignó la policía, pero la redacción sugiere que era el nombre real de una empresa o plataforma de medios.

4-Una de las divisiones clave entre los maoístas chinos desde la década de 1990 que exploraremos en un trabajo futuro es la división entre nacionalistas e internacionalistas, una división que generalmente, pero no siempre, se corresponde con las posiciones "reformistas" versus "prorrevolucionarias" que econtraponen a "verdaderos socialistas” dentro del PCCh (o en algunos casos “campesinos”) versus “trabajadores” (y estudiantes de origen pobre) como sujeto político potencial que lucha por el cambio que los maoístas defienden. Aunque los debates sobre esto se endurecieron en una clara polarización alrededor de 2012, con los nacionalistas generalmente brindando un apoyo crítico a la administración Xi y los internacionalistas convirtiéndose en sus enemigos jurados, todavía hay algunos que se encuentran a ambos lados de la valla, y el lenguaje ambiguo de Yu puede reflejar tal ambigüedad ideológica. —si no es mera retórica destinada a obtener la misericordia del estado.

5-"Seis camaradas de Fujian arrestados: una carta abierta de despedida de un joven maoísta": esta es una traducción del título bajo el cual la carta fue publicada en línea por un autor desconocido el 4 de enero. Suponemos que se trata de una reproducción de la original de Yu, ya que la carta está fechada el 31 de diciembre y las dos últimas líneas fueron repetido en la parte superior (omitido aquí).

6-Hemos eliminado el número de identificación y el número de teléfono del autor, aunque ambos están disponibles en la carta original. Es muy probable que se ofrezcan para mostrar la sinceridad del autor y para probar su identidad. Sin embargo, esta información privada no tiene importancia real para nuestra traducción.

7-“Amigos rojos” (红友) es un término nuevo y aún poco común que también traducimos indistintamente como “camaradas” a lo largo de esta carta. Solo podemos suponer que se acuñó para distinguirlo del uso ahora casi universal del antiguo término para "compañero" (同志) para referirse a LGBTQ+, y por ser más específico políticamente que otros sinónimos que han sido populares en los últimos años, como "personas que comparten aspiraciones en un camino común” (志同道合的人).

8-Esta fecha difiere de los documentos judiciales que hemos encontrado, que dicen que fueron detenidos el 3 de mayo, arrestados formalmente el 1 de junio y sentenciados el 30 de diciembre. No estamos seguros de cómo explicar esta discrepancia.

9- Deng Liqun (邓力群, 1915 -2015) fue un teórico y también una de las principales figuras de la “vieja izquierda” del PCCh en la década de 1980. “Depurado durante la Revolución Cultural, Deng emergió en la década de 1980 como uno de los miembros más vocales del ala izquierdista del partido en el período previo a las protestas de la Plaza de Tiananmen en 1989. Abogó por la economía planificada de estilo comunista ortodoxo y se pronunció en contra de las reformas económicas de mercado y la liberalización política. Se retiró de la política activa en 1987, después de no poder obtener suficiente apoyo interno para obtener un puesto en el Politburó, lo que se atribuyó en parte a su dura postura ideológica, pero continuó agitando a favor de la línea de izquierda”.

10-La copia del texto del documento judicial que tenemos disponible en este momento contiene más información sobre los cinco detenidos. Aquí hay un breve resumen de parte de su información personal en el documento: Zhang Zhijing (hombre, 31) de Sanming, Fujian, graduado de secundaria; Yu Chaoquan (hombre, 31) del condado de Minqing, Fujian, graduado de secundaria; Qiu Pingqin (mujer, 27) de Zunyi, Guizhou, graduada de secundaria; Qiu Pinghui (mujer, 28) de Zunyi, Guizhou, nivel educativo desconocido; Huang Xiaochun (mujer, 19 años), de la escuela secundaria de Fuzhou, Fujian. Parecería, entonces, que el individuo llamado Huang Yao puede no haber sido arrestado.

11-Esta oración dice literalmente: "He pensado en todo tipo de formas, consultar con un abogado, defenderlo, etc.". Aún no está claro si realmente consultaron con un abogado.

12-Esto puede ser un error tipográfico por parte del autor, ya que el artículo tercero de la Constitución trata sobre el centralismo democrático, mientras que el artículo trigésimo quinto se refiere a la libertad de expresión.

Yu Yixun

Uno de los dirigentes de los "Seis de Fujian", grupo de jovenes maoistas chinos.

Chuang

colectivo comunista internacional que publica una revista epónima y un blog. Su contenido incluye entrevistas, traducciones y artículos originales sobre el ascenso de China a través de los escombros de la historia y las luchas de quienes se arrastran debajo de ellos.

Fuente:

https://chuangcn.org/2022/01/free-the-fujian-six-open-letter-from-a-young-maoist-awaiting-prison/

Publicado enInternacional
Shanghái (China). Foto: Hanny Naibaho / Unsplash

A finales de 2020, el Partido Comunista Chino (PCC) anunció oficialmente que China había superado, por primera vez en su historia, la extrema pobreza. De ser cierto, ahora ya no hay ciudadanos y ciudadanas chinas que mueran de hambre. Sin embargo, ello no quita que las desigualdades sigan acentuándose entre la gente superrica y la población hiperpobre.

No cabe duda de que los progresos de la economía china son espectaculares y que, desde este punto de vista, los 14 billones de dólares que representa la producción china agregada parecen casi un milagro en comparación con la situación en que se hallaba este país hace todavía una veintena de años. No obstante, ¿cuál es de hecho el nivel de vida de la población china en comparación con la de otros países? Si el PIB chino en valor absoluto es como tal impresionante, otros criterios de medición revelan una situación mucho más contrastada, por no decir claramente deprimida.

El PIB nominal por habitante, medido en dólares, que es la moneda de reserva mundial, sitúa a China en el puesto 72 del ranking mundial en 2021, detrás de México y de Turquía, según el FMI. En cuanto al PIB por habitante calculado en paridad de poder adquisitivo, es decir, en lo que se puede comprar con una determinada suma de dinero en los distintos países, China queda relegada al puesto 77 del ranking mundial, detrás de Guinea Ecuatorial, según la clasificación del FMI correspondiente a 2020.

Por detrás de los países del tercer mundo

EE UU, a su vez, se sitúa es el quinto país en la clasificación nominal (detrás de Luxemburgo, Irlanda, Suiza y Noruega) y el séptimo en paridad de poder adquisitivo. En realidad, los logros estadounidenses son realmente excepcionales, pues este país ocupa el quinto lugar en una clasificación en la que destacan pequeñas economías homogéneas y socialmente estables, mientras que EE UU es una gran potencia económica, muy diversificada y caracterizada por fuertes disparidades sociales. En comparación, los puestos número 72 y 77 de China la sitúan por detrás de los países más pobres, mientras que su PIB agregado la propulsa al segundo lugar mundial, tan solo detrás de EE UU, y pronto, tal vez, al primer puesto.

Esta contradicción flagrante permite considerar que China es a la vez una superpotencia económica y un país subdesarrollado. A escala nacional se pone de manifiesto en el hecho de que las personas chinas más ricas pueden llevar un tren de vida igual al de las personas occidentales más acaudaladas, al mismo tiempo que la mayoría aplastante de la población malvive en condiciones peores que la de Guinea, como subraya Michel Santi, macroeconomista y especialista en mercados financieros y bancos centrales, en un artículo publicado el pasado 2 de enero en el diario La Tribune.

Claro que las desigualdades son un fenómeno y una desgracia que están presentes en todos los países. El caso es que incluso en el país occidental mas desigual del mundo, EE UU, la gente más pobre tiene un nivel de vida incomparablemente mayor que el de la población guineana.

Xi Jinping conoce perfectamente la historia de su país y en especial la Larga Marcha que emprendió Mao y que unió a la población marginada, al campesinado y a la gente pobre de la época. El Gran Timonel supo construir sobre esta base un ejército capaz de derribar el régimen establecido, acusado de promover injusticias y desigualdades. Recordemos el episodio trágico del Gran Salto Adelante (1958-1962), en cuyo transcurso murieron de hambre 40 millones de habitantes el país, con informaciones dignas de crédito que dejan constancia de casos de canibalismo. Bajo este prisma hay que observar la cruzada impulsada hoy contra los más ricos y cuyo propósito es demostrar que el Partido Comunista de preocupa de la gente pobre.

Sin embargo, las medidas que adoptan Xi Jinping y sus fieles son susceptibles de menoscabar la maquinaria productiva china, y por tanto al PIB de su país. Por tanto, los dirigentes chinos se hallan, en cierto modo, en una encrucijada. Enfrentados a una pobreza en su territorio comparable a la de los países más depauperados del mundo, obligados a tomar medidas espectaculares –a menudo teatrales– concebidas para mostrar a la ciudadanía que están decididos a luchar contra este azote, son conscientes de que sus acciones volatilizan la confianza del mundo de los negocios en su economía y que fragilizan ese PIB que con razón les hace sentir tan orgullosos.

Redistribución razonable de las riquezas

Hace unos meses, el presidente Xi Jinping llamó a sus compatriotas más acaudalados a hacer más por la prosperidad común y prometió un ajuste de los ingresos excesivos, en un país en que el auge económico fulgurante ha ahondado al mismo tiempo las desigualdades. El nivel de vida en China ha ascendido notablemente desde la década de 1970. El país es hoy un mercado gigantesco con cientos de millones de consumidores pertenecientes a la clase media, cortejados por las multinacionales extranjeras. Sin embargo, las diferencias de riqueza son importantes, porque si bien China es el país con el mayor número de milmillonarios en dólares, oficialmente no erradicó la pobreza absoluta hasta el año pasado. Una proclama victoriosa que, por cierto, desmienten ciertos observadores independientes.

En una reunión dedicada a la economía, el presidente Xi propuso el pasado mes de agosto una redistribución razonable de la riqueza, de manera que todo el mundo saliera beneficiado. Con ánimo de promover la equidad social, dijo que había que tomar medidas para “incrementar los ingresos de los grupos de rentas bajas”. No obstante, Xi no concretó cómo pensaba alcanzar este objetivo, si bien sus directrices suelen fijar la pauta de las prioridades del país durante los meses siguientes. La reunión también trató de la mejora de la equidad en materia de educación, en un momento en que los precios prohibitivos de las academias de apoyo privadas son objeto de crecientes protestas. En julio, Pekín había apretado las tuercas al lucrativo sector educativo, que se propone convertir en no comercial, reduciendo drásticamente el volumen del mismo. La medida contrarió a numerosas familias, obsesionadas con la educación de sus hijas e hijos, a quienes suelen inscribir en una multitud de clases extraescolares que a menudo resultan caras.

Gran olla común

Recordemos un poco la historia. Casi la totalidad de la población china vivía en la pobreza cuando se proclamó la República Popular en 1949. Las reformas económicas introducidas a finales de la década de 1970 dieron pie a la acumulación de grandes fortunas. El dirigente de la época, Deng Xiaoping, consideraba normal en 1984 que algunas personas se enriquecieran antes que las demás. Si bien las regiones costeras, abiertas al comercio internacional, se modernizaron rápidamente, el mundo rural del interior experimentó un crecimiento más lento. Para enderezar el rumbo, las autoridades han multiplicado estos últimos años las iniciativas encaminadas a detectar a las familias necesitadas, repartir subvenciones y construir grandes infraestructuras.

En realidad, las desigualdades económicas figuran en China entre las mayores del mundo. La diferencia entre ricos y pobres es casi tan grande como la que existe en EE UU. En 2021, el país ha registrado un aumento del PIB del orden del 8 %, pero todo indica que este crecimiento se estancará en el entorno del 5 % en 2022, debido sobre todo a la desaceleración del consumo interior. Hay que recordar que durante varios decenios, China encadenó tasas de crecimiento de más del 10 %, un logro sin precedentes en todo el mundo, fruto de las famosas reformas económicas impulsadas por Deng Xiaoping en 1978. Sin embargo, hay que constatar que hoy crece la distancias entre niveles de renta. Según el índice de Gini, un indicador que mide las diferencias de renta, China se sitúa entre los países más desiguales del planeta, muy por detrás de Europa y EE UU.

Entre 1978 et 2015, China ha pasado de la condición de país pobre en vías de desarrollo a la de economía emergente. Así, su aportación al PIB mundial ha aumentado de menos del 3 % en 1978 a alrededor del 20 % en 2015. Según las estadísticas oficiales, la renta nacional mensual por habitante era de unos 120 euros en 1978 (en paridad yuan/euro calculada en 2015). Esta renta superó los 1.000 euros en 2015. La renta nacional anual media por habitante, que era inferior a 6.500 yuanes (1.400 euros) en 1978 pasó a 57.800 yuanes (12.500 euros) en 2015. Sin embargo, es difícil evaluar la distribución de la riqueza en este país, donde las cifras oficiales deben tomarse con cautela y el funcionamiento de la economía no deja de ser opaco.

Lo que se sabe a ciencia cierta es que el sector privado ha sido durante este periodo una locomotora del crecimiento chino. La propiedad pública en la riqueza nacional ha descendido en el mismo periodo de alrededor del 70 % en 1978 al 30 % en 2015. El 95 % de los hogares chinos son propietarios actualmente de sus viviendas, frente al 50 % en 1978. El sector público, sin embargo, sigue predominando con alrededor del 60 % du PIB.

En resumen, China ya no es realmente comunista y desde 1978 se ha adherido progresivamente a un sistema semicapitalista. Resultado: el grado de desigualdad, que en la década de 1970 era claramente inferior al de Europa, se acerca ahora al de EE UU. En 2015, el 50 % de las personas más pobres daban cuenta de cerca del 15 % de la renta anual bruta del país, frente al 12 % en EE UU y al 22 % en Francia. En cambio, el 1 % de las personas chinas más ricas representan el 14 % de la renta del país, frente al 20 % en EE UU y al 10 % en Francia.

Claro que volver a la política maoísta de la gran olla común sería un juego peligroso. No cabe duda de que la recuperación de las prácticas del Gran Timonel sería rechazada por aquellos sectores de la población que vivieron la tragedia de la Revolución Cultural (1966-1976). Sería asimismo una señal desastrosa para los mercados financieros y los inversores extranjeros, que ya están atemorizados ante la quiebra técnica de buena parte del sector inmobiliario y la magnitud de la deuda pública china.

Por Pierre-Antoine Donnet

28 enero 2022

Pierre-Antoine Donnet, ex corresponsal de AFP en Pekín, es autor de una quincena de libros sobre China, Japón, Tíbet e India y los grandes desafíos de Asia.

11/01/2022

https://asialyst.com/fr/2022/01/13/chine-sortie-extreme-pauvrete-masse-enfonce-inegalites/

Traducción: viento sur

Publicado enInternacional
Catástrofe climática, colapso, democracia y socialismo: Debate Noam Chomsky, Miguel Fuentes, Guy McPherson*

(Parte I)

 

Resumen


Se presenta a continuación la primera parte de la entrevista-debate “Catástrofe climática, Colapso, Democracia y Socialismo” entre el lingüista y cientista social Noam Chomsky, uno de los intelectuales más importantes del último siglo a nivel mundial, el investigador social chileno y referente de la corriente marxista-colapsista Miguel Fuentes y el científico estadounidense Guy McPherson, especialista en temáticas de crisis ecológica y cambio climático. Uno de los elementos más destacables de este debate es la exposición de tres perspectivas que, aunque complementarias en muchos aspectos y enmarcadas en el campo de las posiciones progresistas y de izquierda, ofrecen tres aproximaciones teóricas y político-programáticas diferenciadas ante un mismo problema: la inminencia de un horizonte de cambio climático súper catastrófico y la posibilidad de un colapso civilizatorio cercano. Otro elemento destacable de este debate son la serie de desafíos y retos interpretativos a los cuales se ven expuestas las posiciones de Chomsky, adquiriendo desde aquí esta discusión el carácter de una verdadera “contienda ideológica” entre determinadas perspectivas de mundo que, aunque como decimos comunes en muchos aspectos, se presentarían como finalmente contrapuestas. En cierto sentido, este debate pareciera retrotraernos, en el terreno de la reflexión en torno a la catástrofe ecológica y el avance del actual proceso de extinción masiva planetaria, a los viejos debates de la izquierda del siglo XX alrededor de la disyuntiva entre reforma o revolución, algo sin duda necesario en el ámbito de las discusiones contemporáneas de ecología política.

 


1. En una discusión reciente entre posiciones ecosocialistas y enfoques colapsistas entre Michael Lowy (Francia), Miguel Fuentes (Chile) y Antonio Turiel (España), Lowy negó constantemente la posibilidad de un colapso capitalista autoinducido y criticó la idea de la imposibilidad de detener el cambio climático antes de que aquel alcance el nivel catastrófico de los 1.5 grados centígrados de calentamiento global. ¿Crees que el proceso histórico se encamina a un derrumbe global comparable, por ejemplo, a algunos procesos previos de colapso civilizatorio en la historia o quizás a algo aún peor? ¿Puede ser hoy una dinámica catastrófica de cambio climático inevitable? ¿Es concebible un fenómeno de extinción humana cercana como resultado de la imbricación de las actuales crisis climática, energética, económica, social y política propia de la actual sociedad industrial y el camino suicida de la destrucción capitalista?1 (Marxismo y Colapso)

 

-Noam Chomsky:
La situación es alarmante, pero creo que Michael Lowy tiene razón. Existen medios viables para alcanzar los objetivos del IPCC y evitar una catástrofe planetaria, y también para avanzar hacia un mundo mejor. Hay estudios meticulosos que muestran de manera convincente que estos objetivos se pueden alcanzar a un costo del 2-3% del PIB mundial, una suma sustancial, pero al alcance, solamente una pequeña fracción de lo que se gastó durante la Segunda Guerra Mundial. Reconozcamos aquí además que, a pesar de lo serio de lo que estaba en juego en esa lucha global, lo que enfrentamos hoy sería incluso más significativo por su propia magnitud: está en juego nada menos que la cuestión de si el experimento humano sobrevivirá en alguna forma reconocible.

El trabajo más extenso y detallado que conozco sobre cómo alcanzar estos objetivos es el del economista Robert Pollin. Aquel presenta una reseña general sobre este tema en nuestro libro conjunto “Climate Crisis and the Global Green New Deal”. Actualmente, sus ideas se están implementando en varios lugares, incluidos algunos de los más difíciles, donde la economía se basa todavía en gran medida en el carbón. Otros eco-economistas, utilizando modelos algo diferentes, han llegado a conclusiones similares. Recientemente, IRENA, la Agencia Internacional de Energías Renovables dependiente de la ONU, arribó a la misma estimación sobre las inversiones necesarias en energías limpias para alcanzar las metas del IPCC con el objetivo de evitar un cambio climático catastrófico.

No existe mucho tiempo para implementar estas propuestas. La verdadera cuestión no es tanto sobre la viabilidad de las mismas como de la voluntad para llevarlas a cabo. Hay pocas dudas de que será una lucha importante. Poderosos intereses atrincherados trabajarán sin descanso para preservar sus ganancias a corto plazo al costo de un desastre incalculable. El trabajo científico actual conjetura que si no se alcanza el objetivo de cero emisiones netas de carbono para el 2050, se pondrán en marcha procesos irreversibles que probablemente conducirán a un fenómeno de “Tierra de invernadero”, alcanzándose entonces temperaturas globales impensables de 4 a 5 grados Celsius por encima de los niveles preindustriales, poniendo con ello fin a cualquier forma de sociedad humana organizada.

 

 

-Miguel Fuentes:
Noam Chomsky destaca en su respuesta anterior la posibilidad de un escenario durante este siglo en el cual se alcance un calentamiento global de entre 4 a 5 grados centígrados sobre los niveles pre-industriales, lo cual según aquel podría significar, literalmente, el fin de toda forma de sociedad humana organizada. Chomsky se suma aquí a lo que están diciendo muchos otros investigadores y científicos alrededor del mundo. Un reporte del Breakthrough National Centre for Climate Restoration en años recientes señala incluso la fecha del 2050 como la más probable para el comienzo de un colapso civilizatorio generalizado, esto como efecto de un agudo empeoramiento de la actual situación climática planetaria2. La idea central sería que, debido a la posible transformación hacia mediados de este siglo de una gran parte de nuestro planeta en inhabitable, se llegaría entonces a un punto de no retorno en el cual la fractura y el derrumbe de los Estados nacionales y el orden mundial serían inevitables. Ahora bien, reglón seguido, Chomsky no tiene problemas en afirmar que los objetivos a cumplir para evitar esta catástrofe y sentar las bases para una transición a las “energías limpias” y una sociedad más justa serían todavía perfectamente alcanzables. Específicamente, Chomsky dice que lo anterior solamente requeriría de una inversión de alrededor un 2-3% del PIB mundial, esto último en el marco de un plan de “reformas ambientales” contenidas en el llamado “Green New Deal” del cual aquel es uno de sus principales defensores.

Detengámonos un momento en lo anterior. Por un lado, Chomsky acepta la posibilidad de un colapso civilizatorio planetario en el transcurso de este siglo. Por otro lado, aquel reduce la solución de esta amenaza a nada más que la aplicación de un “impuesto verde”. Literalmente, el mayor desafío histórico, económico, social, cultural e incluso geológico al cual se ha enfrentado la especie humana y la civilización desde sus orígenes reducido, a grandes rasgos, a un problema de “recaudación financiera internacional” consistente en destinar aproximadamente un 3% del PIB mundial al impulso de las “energías limpias”. Pensemos en esto otra vez. Un peligro que, tal como Chomsky plantea, sería incluso superior al que representó la Segunda Guerra Mundial y que podría llegar a transformar a la Tierra en una especie de roca inhabitable, debería resolverse gracias o bien a una mera “recaudación internacional” de impuestos, o bien a un limitado plan de eco-reformas (denominado como “Green New Deal”) del modelo económico capitalista, esto en el contexto de una situación sociopolítica e histórica desprovista en gran medida de los grados de movilización internacional de recursos materiales y humanos, disciplina productiva y penurias sociales que se asociaron a dicho conflicto bélico.

¿Pero cómo es posible que Chomsky, uno de los principales intelectuales del siglo XX, sea capaz de dar este salto entre aceptar la posibilidad del “fin de toda sociedad humana organizada” durante este siglo y reducir la solución de dicha amenaza a lo que a todas luces no parecería ser más que una somera reestructuración (bastante tímida) de las finanzas capitalistas internacionales? ¡Quién sabe! Lo cierto, con todo, es que la respuesta de Chomsky ante la amenaza climática se encuentra muy por detrás no sólo de aquellas propugnadas por el campo del ecosocialismo e incluso del marxismo tradicional para lidiar con esta última, basadas en plantear la ligazón entre el problema de las causas que originaron la crisis ecológica y la necesidad de una política que se plantee la destrucción de la sociedad burguesa y la abolición de la propiedad privada de los medios de producción como un paso necesario en el enfrentamiento de la misma. Además, el tratamiento de Chomsky a la cuestión ecológica parece ser inferior al que caracteriza a todas aquellas tendencias teóricas que, tales como la teoría del decrecimiento o una serie de corrientes colapsistas, abogarían hoy por la imposición de drásticos planes de decrecimiento económico y de una disminución sustantiva de la actividad industrial y los niveles de consumo globales. Esto último en el marco de un proceso de “transición ecosocial” que no se reduciría a un mero cambio en la matriz energética y el impulso de las energías renovables, sino que implicaría, por el contrario, el tránsito entre un tipo de civilización (moderno-industrial) a otra de nuevo tipo, más capacitada para adaptarse a los nuevos escenarios planetarios que la crisis ecológica, el derrumbe energético y la escasez de recursos global traerán consigo.

Pero reducir el peligro de la catástrofe climática a la necesidad de un mero “impuesto verde” a la voraz economía de mercado capitalista no sería el único de los errores presentes en la respuesta de Chomsky. En realidad, son los propios “pilares argumentativos” que aquel utiliza para defender la posibilidad de una “transición energética” exitosa desde los combustibles fósiles a las llamadas “energías limpias” los cuales se encontraría erigidos, a mi juicio, sobre barro. Primero, porque es falso decir que las llamadas “energías limpias” sean, efectivamente, “limpias”, esto si tenemos en cuenta que la implementación de los sistemas energéticos basados en aquellas; por ejemplo, en los casos de la energía solar o eólica, dependen para su construcción de cantidades ingentes no sólo de materias primas asociadas a procesos extractivos altamente contaminantes (pensemos en las grandes cantidades de acero requeridas para la construcción de turbinas eólicas), sino que, además, del uso de extensos volúmenes de carbón, gas natural o incluso petróleo (recordemos aquí, entre otras cosas, las cuantiosas cantidades de carbón necesarias para la construcción de un solo panel solar). Un ejemplo contundente de lo anterior puede verse en la dependencia de un importante porcentaje de las plantas de hidrógeno (piénsese en las de tipo “gris” o “azul”) de vastas cantidades de gas natural para su funcionamiento. Todo esto sin quedar nunca claro que la reducción en el uso de combustibles fósiles que debería dar como resultado la implementación de estas tecnologías “limpias” sea capaz de compensar, efectivamente, un posible aumento exponencial de la “huella ecológica” de estas últimas en el marco de una supuesta transición energética exitosa3.

Segundo, porque es también falso asumir que una matriz energética basada en energías renovables podría llegar a satisfacer en el corto o mediano plazo el aporte energético que realizan hoy los combustibles fósiles a la economía mundial, esto por lo menos si lo que se busca es una replicación de los actuales patrones (ecológicamente inviables) de crecimiento económico. Algunos ejemplos de lo anterior serían tanto la virtual incapacidad que tendrían las plantas energéticas del llamado “hidrogeno verde” para convertirse en sistemas rentables en el mediano y largo plazo, así como también los enormes desafíos que tendrían algunas fuentes energéticas tales como la solar o eólica (altamente inestables) para satisfacer niveles de demanda energética sostenidos en el tiempo. Todo esto sin siquiera considerarse, de hecho, los importantes costos de mantención de estos sistemas, asociados igualmente al uso de materias primas altamente contaminantes y a una serie de insumos cuya fabricación dependería también del uso de energías fósiles4.

Pero los problemas argumentativos en la respuesta Chomsky no se reducen tampoco a los anteriores. En realidad, el principal de todos se refiere a que el peligro de la crisis climática y la posibilidad de un consecuente colapso planetario no podría circunscribirse ya a un problema ni meramente financiero (solucionable por una hipotética asignación de un 3% del PIB mundial) ni estrictamente técnico-ingenieril (solucionable por el avance de una transición energética exitosa). Esto último porque la magnitud de este problema habría rebasado ya hace mucho tiempo, de hecho, la “esfera de competencia” de los sistemas económicos y tecnológicos para desplazarse al ámbito de las relaciones geológicas y biofísicas del planeta en su conjunto, poniendo desde aquí en entredicho las propias capacidades tecnocientíficas (y económico-financieras) de la civilización contemporánea. En otras palabras, el problema que representarían los actuales niveles de dióxido de carbono en la atmósfera (cercanos ya a los 420 ppm), no vistos en millones de años en la Tierra, o bien los relacionados a los avances sin precedentes de la acidificación marina, del deshielo del Ártico o de las tasas de derretimiento del permafrost, constituirían hoy desafíos cuya solución escaparía en gran medida a cualquiera de nuestros desarrollos técnico-científicos y capacidades tecnológicas. En otras oportunidades he definido esta situación como la del desarrollo de una “insuficiencia tecnológica terminal” creciente de nuestra civilización para enfrentar los desafíos de la presente crisis planetaria5.

En el caso de las actuales concentraciones de CO2 atmosférico, por ejemplo, no existen ni existirán dentro de mucho tiempo (posiblemente muchas décadas o siglos), al menos no antes de que dichas concentraciones sigan disparándose hacia niveles que podrían prontamente garantizar que una gran parte de nuestro planeta se vuelva completamente inhabitable en el corto y mediano plazo, ningún tipo de tecnología capaz de lograr una disminución sustantiva de las mismas. En el caso de las llamadas “plantas de absorción” de CO2, por ejemplo, aquellas no han sido capaces todavía de remover ni siquiera una pequeña fracción (insignificante) de las más de 40 mil millones de toneladas de dióxido de carbono emitidas cada año por la sociedad industrial6. Algo similar ocurriría en el caso de otros problemas ecológicos tales como el ya referido aumento de los niveles de la acidificación marina, el incremento de los niveles oceánicos o incluso la proliferación cada vez inmanejable de chatarra espacial y el consecuente peligro que aquella representa para la mantención (inmediata) de los sistemas de telecomunicación contemporáneos; es decir, otra vez, problemas cada vez más amenazantes antes los cuales la humanidad no cuenta con ninguna tecnología realmente efectiva para hacerles frente, al menos no en el transcurso de las pocas décadas que nos quedarían antes de que dichos problemas alcancen proporciones que pongan en duda, prontamente, nuestra propia sobrevivencia como especie.

 

 

¡Problemas insolucionables, tan insolucionables como aquellos a los que se enfrentaría cualquiera que buscase “restaurar” a su estado original una olla de arcilla o una botella de vidrio luego de que esta haya sido rota en mil pedazos al estrellarse, con toda la fuerza que podamos propinarle, en contra de un muro de concreto! ¿Restaurar una copa del más fino cristal luego de ser molida en pedazos? ¡Ni siquiera con la inversión de diez, cien, mil PIB mundiales sería posible! ¡Esto es justamente lo que hemos hecho con el mundo, el más bello de los cristales planetarios de nuestro sistema solar, volado en mil pedazos por el industrialismo ecocida! ¿Restaurar? ¿Solucionar? ¡Las pelotas! ¡Ya lo hemos destruido todo! ¡Ya lo hemos acabado todo! Y ninguna “inversión financiera” o “solución tecnológica” podrá evitar lo que se aproxima: ¡la muerte! ¡A morir entonces! ¡A morir… y a lucha por preservar lo que pueda ser preservado! ¡A morir y a esperar lo peor, para conquistar el socialismo como sea posible, en el planeta que tengamos y arrebatándole el futuro de las manos al mismo demonio si así fuese necesario! ¡Esa es la tarea de la revolución socialista durante el siglo XXI! ¡Esa es la tarea de los revolucionarios marxistas durante la nueva época de tinieblas que se aproxima! ¡Esa es la tarea del Marxismo Colapsista!

 

-Guy McPherson:
No hay escapatoria del evento de extinción masiva en curso. Solamente la arrogancia humana podría sugerir algo distinto. Nuestra situación es definitivamente terminal. No puedo imaginar que habrá un hábitat para el Homo sapiens más allá de unos años en el futuro. Poco después de que perdamos nuestro hábitat, todos los individuos de nuestra especie morirán. El calentamiento global ya pasó los dos grados centígrados por encima de la línea de base de 1750, esto tal como ha señalado el renombrado profesor Andrew Glikson en su libro de octubre del año 2020 “The Event Horizon”. Aquel escribió en la página 31 de dicho libro: “Durante el Antropoceno, el forzamiento de gases de efecto invernadero aumentó en más de 2.0 W/m2, equivalente a más de > 2 ° C por encima de las temperaturas preindustriales, lo cual constituye un evento (de cambio climático) abrupto llevado a cabo durante un periodo no mucho mayor que el de una generación”.

Entonces sí. Definitivamente hemos pasado el punto de no retorno en la crisis climática. Incluso el increíblemente conservador Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) admitió ya la irreversibilidad del cambio climático en su Informe especial del 24 de septiembre del 2019 sobre el océano y la criósfera en un clima cambiante. Una mirada rápida alrededor del planeta revelará asimismo eventos sin precedentes tales como incendios forestales, inundaciones y megasequías. La pandemia en curso es solamente uno de los muchos eventos que están comenzando a abrumar a los sistemas humanos y nuestra capacidad para responder de manera positiva.

Todas las especies se extinguen, incluidas más de media docena de especies del género Homo que ya han desaparecido. Según el artículo científico de Quintero y Wiens publicado en “Ecology Letters” el 26 de junio de 2013, la tasa proyectada de cambio ambiental es 10.000 veces más rápida a lo que los vertebrados pueden adaptarse. Los mamíferos tampoco pueden mantenerse con estos niveles de cambio, esto tal como señala el artículo de Davis y sus colegas publicado en “Proceedings of the National Academy of Sciences” el 30 de octubre del 2018. El hecho de que nuestra especie sea un mamífero vertebrado sugiere que nos uniremos a más del 99% de las especies que han existido en la Tierra y que ya se han extinguido. La única cuestión en duda es cuando. De hecho, la extinción humana podría haberse desencadenado hace varios años cuando la temperatura media global de la Tierra excedió los 1.5 grados centígrados por encima de la línea de base de 1750. Según una descripción general completa de esta situación publicada por el Sistema Europeo de Análisis de Estrategias y Políticas en abril del 2019, un “aumento de 1.5 grados es el máximo que el planeta puede tolerar; (...) en el peor de los casos, [tal aumento de la temperatura por encima de la línea de base de 1750 provocará] la extinción de la humanidad por completo”.

Todas las especies necesitan un hábitat para sobrevivir. Como informaron Hall y sus colegas en la edición de primavera del año 1997 del Boletín de la Sociedad de la Vida Silvestre: “Por lo tanto, definimos hábitat “como los recursos y las condiciones presentes en un área que producen la ocupación, incluida la supervivencia y la reproducción, de un organismo determinado. El hábitat es específico de cada organismo; se relaciona la presencia de una especie, población o individuo (...) con las características físicas y biológicas de un área. El hábitat implica más que vegetación o la estructura de dicha vegetación; es la suma de los recursos específicos que necesitan los organismos. Cada vez que un organismo es provisto de recursos que le permiten sobrevivir, ese es su hábitat”.

Incluso los tardígrados no son inmunes a la extinción. Más bien, son sensibles a las altas temperaturas, esto tal como se informa en la edición del 9 de enero del año 2020 de “Scientific Reports”. Strona y Bradshaw señalan allí que toda la vida en la Tierra está amenazada de extinción con un aumento de 5-6 grados centígrados en la temperatura promedio global. Estos biólogos plantean la cuestión de las co-extinciones como un factor determinante de la pérdida de toda la vida en la Tierra: “En una visión simplificada, la idea de la co-extinción se reduce a la conclusión obvia de que un consumidor no puede sobrevivir sin sus recursos”.

Desde la increíblemente conservadora entrada de Wikipedia titulada “Cambio climático” proviene esta información de apoyo: “El cambio climático incluye tanto el calentamiento global inducido por el hombre como sus impactos a gran escala en los patrones climáticos. Ha habido períodos anteriores de cambio climático, pero los cambios actuales son más rápidos que los de cualquier evento conocido en la historia de la Tierra”. La entrada de Wikipedia cita además el informe del 8 de agosto del 2019 “Cambio climático y Suelos”, publicado por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC). El IPCC se encuentra entre los organismos científicos más conservadores en la historia. Aún así, aquel concluyó en 2019 que la Tierra estaba en medio del cambio ambiental más rápido de los vistos en la historia planetaria, esto último citando literatura científica en donde se llega a la siguiente conclusión: “Estas tasas de cambios a nivel global impulsadas por la acción humana superan con creces las tasas de cambio impulsadas por las fuerzas geofísicas o de la biósfera que han alterado la trayectoria del Sistema Tierra en el pasado (Summerhayes 2015; Foster et al. 2017); he incluso eventos geofísicos abruptos tampoco se acercan a las tasas actuales de cambio impulsado por el ser humano”.

La entrada de Wikipedia también señala las consecuencias del tipo de cambio climático abrupto actualmente en curso, incluída la expansión del desierto, las olas de calor y los incendios forestales que se vuelven cada vez más comunes, el derretimiento del permafrost, el retroceso de los glaciares, la pérdida de hielo marino, el aumento de la intensidad de las tormentas y otros eventos ambientales extremos, esto junto con la extinción generalizada de especies. Otra cuestión relevante por mencionar es el hecho de que la Organización Mundial de la Salud ha definido ya al cambio climático como la mayor amenaza para la salud mundial en el siglo XXI. La entrada de Wikipedia continúa: “Bajo el Acuerdo de París de 2015, las naciones acordaron colectivamente mantener el calentamiento 'muy por debajo de los 2.0 grados C (3.6 grados F) a través de esfuerzos de mitigación’”. Pero el profesor Andrew Glikson ya señaló como dijimos en su mencionado libro “The Event Horizon” que la marca de los 2 grados centígrados está ya detrás de nosotros. Además, el IPCC también admitió como ya indicamos la irreversibilidad del cambio climático en su Informe especial sobre el océano y la criósfera. Por lo tanto, el 2019 fue un año excepcional para el IPCC, ya que concluyó que el cambio climático es abrupto e irreversible.

¿Qué tan conservador es el IPCC? Incluso la conservadora y reconocida revista BioScience incluye un artículo en su edición de marzo del 2019 titulado “El lenguaje estadístico respalda el conservadurismo en las evaluaciones del cambio climático”. El documento de Herrando-Pérez y colegas incluye esta información: “Descubrimos que el tono del lenguaje probabilístico del IPCC es notablemente conservador (...) emanando este tono de las propias recomendaciones del IPCC, la complejidad de la investigación climática y de la exposición a debates motivados políticamente. Aprovechar la comunicación de la incertidumbre con un consenso científico abrumador sobre el cambio climático antropogénico debería ser uno de los elementos de una reforma más amplia, mediante la cual la creación de un grupo de trabajo de divulgación del IPCC podría mejorar la transmisión de la ciencia climática a las audiencias del panel”. Contrariamente a la conclusión de Herrando-Pérez y sus colegas, no puedo imaginar que el IPCC esté realmente interesado en transmitir ciencia climática precisa a sus audiencias. Después de todo, como señaló el profesor Michael Oppenheimer en el año 2007, el gobierno de Estados Unidos durante la administración Reagan “vio la creación del IPCC como una forma de evitar que el activismo estimulado por mis colegas y por mí controle la agenda política”.


2. ¿Se ha convertido la especie humana en una plaga para el planeta? Si es así, ¿cómo podemos conciliar aún la supervivencia de la vida en la Tierra con la promoción de los valores modernos tradicionales asociados a la defensa de los derechos humanos y sociales (que requieren el uso de grandes cantidades de recursos globales) en el contexto de un potencial aumento de la población mundial durante este siglo que pueda llegar hasta los doce mil millones de habitantes? Esto último en un escenario en el cual (según varios estudios) el número máximo de humanos que la Tierra podría haber soportado sin una alteración catastrófica de los ecosistemas no debió haber superado nunca los mil millones. ¿Puede el concepto moderno de democracia liberal (o incluso socialista) y sus principios supuestamente asociados de libertad individual, de género y cultural sobrevivir a nuestra aparente situación geológica terminal, o será necesario encontrar nuevos modelos de organización social, por ejemplo, en los presentes en varias sociedades indígenas o nativas? ¿Pueden los derechos de sobrevivencia de las especies vivas, los derechos humanos y el concepto de libertad individual moderna conciliarse armoniosamente en el contexto de un inminente desastre ecosocial global? (Marxismo y Colapso)

-Noam Chomsky:
Comencemos con el crecimiento de la población. Existe un método factible y humano para restringir eso: la educación de las mujeres. Esto tiene un efecto importante sobre la fertilidad tanto en las regiones ricas como en las pobres, y debería facilitase de todas maneras. Los efectos son bastante sustanciales, lo cuales han llevado actualmente a una fuerte disminución de la población en algunas partes del mundo desarrollado. El ejemplo podría ser generalizado.

Las medidas para defenderse del “desastre ecosocial global” pueden y deben avanzar en paralelo con un cambio social e institucional para promover valores de justicia, libertad, ayuda mutua, responsabilidad colectiva, control democrático de las instituciones, preocupación por otras especies y de armonía con la naturaleza, valores que son comúnmente defendidos por las sociedades indígenas y que tienen además profundas raíces en las luchas populares de las llamadas “sociedades desarrolladas” en las cuales, desafortunadamente, el desarrollo material y moral han estado con demasiada frecuencia poco correlacionados.

-Miguel Fuentes:
Las alusiones de Chomsky a la promoción de la educación de las mujeres y los valores sociales de la justicia, la libertad, la ayuda mutua y la armonía con la naturaleza, en tanto “valores morales” desconectados de una crítica más amplia al sistema industrial, el capitalismo y la sociedad de clases en el seno de donde se han generado y agravado amenazas tales como el calentamiento global, se transforman en meras frases de buenas intenciones. Por el contrario, estos principios deben ser pensados, para llegar a ser efectivos de cara a los desafíos que enfrenta la humanidad actualmente y del tipo de crisis civilizatoria que está comenzando a desarrollarse como producto de la crisis ecosocial múltiple (ecológica, energética y de recursos) que avanza a nivel global, cuando mínimo, en el contexto de una transformación social de gran escala que pueda plantear la supresión del sistema económico industrial ecocida y su reemplazo por uno en el cual la producción, el intercambio y la distribución puedan ser planificados de acuerdo con las necesidades sociales.

Ahora bien, incluso una aproximación a estos problemas de tipo socialista tradicional como la anterior, se queda también corta para dar cuenta del tipo de amenazas planetarias que tenemos al frente. Digámoslo así, la discusión en torno a la crisis ecológica y el resto de los peligros existenciales que hoy penden sobre el destino de nuestra civilización en realidad sólo comienza, no termina, al conferirle a la misma una adecuada contextualización marxista. Una de las razones de fondo de esto es que el propio proyecto socialista tradicional en todas sus variantes (incluidas sus versiones más recientes de tipo ecosocialistas), sería ya también completamente insuficiente para responder a la magnitud epocal de los peligros que estamos comenzando a enfrentar como especie. Es decir, un tipo de problemas y amenazas que ninguno de los teóricos de la revolución social durante los últimos siglos, desde Marx y Engels hasta algunos de los actuales referentes del ecosocialismo tales como Bellamy Foster o Michael Lowy, jamás imaginaron posibles7.

Uno de estos problemas de nuevo tipo a los que se enfrentarían las teorías revolucionarias hoy sería el de los actuales ritmos de crecimiento demográfico descontrolado de la humanidad, los cuales nos conferirían ya la condición de, si tenemos en cuenta el papel absolutamente destructivo que nuestra especie viene ejerciendo sobre el conjunto de la biosfera, una de las peores plagas biológicas (en este caso, “biosocial”) existentes hasta nuestros días, una que sería incluso comparable en su poder destructivo a aquella que representaron las cianobacterias que gatillaron el primer evento de extinción masiva de la Tierra hace unos 2400 millones de años, aunque en nuestro caso a un ritmo incluso más acelerado y “eficiente” que el de estas últimas. ¿Demasiado brutal esta afirmación? Puede ser, desde un punto de vista humanista-ilustrado ajeno al tipo de problemas a los que nos enfrentamos hoy, aunque no desde uno eminentemente científico. ¿O acaso puede quedar alguna duda para cualquier ecólogo que estudie los patrones de comportamiento, uso de recursos y destrucción de hábitats asociados a nuestra especie nuestra condición de plaga planetaria? ¿Demasiado brutal esta afirmación? ¡Díselo a las más de 10.000 especies naturales que se extinguen cada año como resultado del rol de una sola especie en el planeta: la nuestra! ¡Díselo a los miles de millones de animales muertos en los grandes incendios de Australia o el Amazonas hace algunos años! ¡Díselo a los osos polares, los koalas, las liebres pika, los tigres, leones, elefantes, que sucumben cada año como producto de lo que le hemos hecho a la Tierra! Muy bien, somos entonces una “plaga”, aunque este término sólo serviría para clasificarnos en tanto “especie biológica”, siendo por lo tanto una definición demasiado “limitada” y carente de cualquier perspectiva social e histórica. ¿Cierto?8

No precisamente. El hecho de que poseamos sistemas sociales y culturales que nos diferencien del resto de mamíferos complejos no significa que nuestra condición de “plaga terrestre” hoy deba remitirse solamente al ámbito biológico, sino que esta condición debería presentar también un cierto correlato en el terreno social y cultural. Esto último, a pesar de que esta condición de “plaga del mundo” haya sido adquirida por nuestra especie en el marco de un tipo particular de sociedad, modo de producción y marco de relaciones históricas específicas, características de la modernidad industrial. De hecho, más allá de la posición y el rol diferenciado de los diversos sectores sociales que componen la estructura productiva y los sistemas socioeconómicos del sistema industrial (por ejemplo, los sectores explotadores y explotados), sería en realidad la humanidad en su conjunto: ricos y pobres, empresarios y obreros, hombres y mujeres, quienes compartirían (compartiríamos) una misma responsabilidad en tanto especie (aunque es cierto, de forma diferenciada) en el actual desastre planetario. Un ejemplo de lo anterior. Todo lo que producen hoy las grandes multinacionales, hasta el último grano de arroz o el último fragmento de plástico, es consumido por alguien, aquello ya sea en París o Londres, o bien en Chisinau, Calcuta o La Paz. Recordemos, asimismo, que incluso las plagas biológicas (tales como las de las langostas) pueden presentar patrones de consumo diferenciados al nivel de sus poblaciones, existiendo por lo tanto ciertos sectores de las mismas que estarán capacitados para consumir más y otros que deberán consumir menos. Con todo, no porque un sector de una determinada plaga biológica consuma menos (o mucho menos), este sector debería ser necesariamente considerado como no perteneciente a dicha plaga en cuestión.

 

 

Otro ejemplo de lo mismo. A menudo se afirma en círculos marxistas (a veces los números varían de acuerdo con cada estudio) que el 20% de la humanidad consume el 80% de los recursos planetarios. Esto quiere decir, llevando lo anterior a cifras redondas, que aproximadamente 1.600.000.000 de personas (asumiendo una población total de 8 mil millones) serían los consumidores de ese 80% de recursos planetarios; ósea, un número que equivaldría aproximadamente a tres veces la población europea actual. En otras palabras, lo que esta frase nos dice realmente es que un segmento de la población mundial muchísimo más vasto que el de las elites capitalistas (o sus servidores políticos) tendría también una responsabilidad directa, grotesca incluso, en los patrones de consumo insostenibles que han venido agravando la actual crisis planetaria. O bien, dicho en términos más “marxistas”, que un gran porcentaje (o incluso la totalidad) de las clases obreras y los sectores populares de Europa, Estados Unidos y una parte significativa de las existentes en América Latina u otras de las regiones de los llamados “países en desarrollo”, serían también “cómplices directos”, al menos en lo referente a la reproducción del actual estilo de vida urbano moderno ecocida, en la destrucción de nuestro planeta.


Pero ampliemos la discusión al 80% de la humanidad restante; ósea, a los aproximadamente 6.400.000.000 de personas que consumen el 20% de los recursos planetarios utilizados en un año. De partida, digamos que un 20% de los recursos globales tampoco es un porcentaje despreciable, representando de hecho un quinto de los mismos y encontrándose asociada su producción también a niveles sustanciales y sostenidos de destrucción ambiental. Esto último en el contexto de una población mundial en constante crecimiento que, posiblemente, no debió jamas haber superado los mil millones de habitantes, esto para que hubiéramos podido hoy estar en condiciones de detener o frenar el desastroso impacto que estamos teniendo sobre los ecosistemas. No olvidemos igualmente que el número de personas incluidas en este 80% de la población mundial constituiría una cifra más de cuatro veces superior a la población humana hacia comienzos de siglo XX, constituyendo por lo tanto la cantidad de recursos básicos necesarios para la sobrevivencia de dicho sector una presión inevitable sobre el conjunto de los sistemas naturales, esto incluso en el caso de que los niveles de consumo de aquel se mantengan en rangos mínimos.

En definitiva, no existe por lo tanto duda alguna de que la humanidad (en tanto humanidad) sí ha devenido en una de las peores plagas planetarias de la historia de la vida terrestre, constituyendo esto un problema en sí mismo (fundamental) para el pensamiento revolucionario contemporáneo y, más en general, para el conjunto de las ciencias humanas y sociales. Es decir, un problema que hoy por hoy no sería solucionable por un mero cambio en el modo de producción, la estructura de clases o el sistema sociopolítico, sino que estaría asociado a la propia “genética” del desarrollo de la sociedad industrial, basada en una determina forma particularmente destructiva (voraz) de relación humanidad-naturaleza, la cual se encontraría a la vez en la base de todos los modelos posibles y concebibles (capitalistas, socialistas o de cualquier otro tipo) de la misma. Esto último, así sea en el marco de una economía neoliberal de mercado o bien una de tipo socialista y/o colectivista planificada. Es la sociedad industrial y la sociedad de masas en todas sus variantes, sean capitalistas o socialistas, sus megaciudades, sus niveles productivos, sus patrones de consumo y estilos de vida, su “espíritu antropocéntrico”, asociados con unos determinados patrones demográficos en el cual la Tierra es concebida como un mero espacio destinado al consumo y la reproducción humana, el principal problema.

¿Es posible conciliar los actuales niveles de sobrepoblación con los requerimientos de la sobrevivencia de nuestra especie? No. Hemos devenido en una plaga planetaria y seguiremos siendo una plaga planetaria hasta el momento en que, por las buenas o por las malas (casi seguro por las malas) nuestro número se reduzca sustancialmente y se quede allí, en los niveles mínimos posibles, por lo menos durante algunos siglos o milenios. ¿Es posible solucionar el problema de la sobrepoblación y a la vez defender la legitimidad de los valores modernos tradicionales asociados a la promoción de los derechos humanos y sociales, al menos tal como estos valores han sido comprendidos en los últimos siglos? No. La modernidad ha fracasado. La modernidad está muerta. Vamos a tener que replantear cada uno de nuestros valores, incluidos los más básicos, todos. Vamos a tener que pensar de nuevo qué somos, donde vamos y de donde venimos. La sola existencia de casi 8 mil millones de personas hoy sobre nuestro planeta y, más aún, el probable aumento de esta cifra a una que llegue a los 10 o incluso 12 mil millones es no sólo incompatible con la realización de los propios ideales y valores democráticos modernos en todas sus variantes (capitalistas o socialistas), aquello simplemente porque no existirán ni de lejos los recursos necesarios para asegurarlos en un contexto demográfico semejante (simplemente, el agua y la comida no alcanzarán), sino que, además, con la propia sobrevivencia del conjunto de nuestra especie y, posiblemente, de toda la vida compleja existente en la Tierra. Nuestra situación es terminal. La modernidad está muerta. La democracia está muerta. El socialismo está muerto. Y si queremos que estos conceptos: democracia o socialismo, tengan realmente algún valor de cara al cataclismo que se aproxima, deberemos entonces repensarlos siendo un poco más humildes de lo que hemos sido hasta ahora.

La civilización moderna ha dado algunos de los mejores frutos del desarrollo social de la humanidad, pero también los peores. Somos de alguna manera como el hermano menor de una gran familia cuyos éxitos a temprana edad lo volvieron engreído, estúpido y que pensándose “dueño del mundo”, comenzó a perderlo todo. Nosotros somos ese joven. Deberíamos por lo tanto callarnos, guardarnos nuestras ideologías (capitalistas y socialistas) en el bolsillo, y comenzar a aprender un poco más de nuestros más modestos, pausados y equilibrados “hermanos mayores”; por ejemplo, cada una de las sociedades tradicionales o indígenas que, mientras que la sociedad industrial no habría siquiera cumplido tres siglos antes de poner en riesgo su propia existencia y la de todas las demás culturas del planeta, han podido asegurar su subsistencia por centurias y en algunos casos incluso milenios. Esto último, con frecuencia, en el marco del desarrollo de sistemas sociales mucho más respetuosos de los equilibrios ecológicos y ecosistémicos que son, a fin de cuentas, ante la mirada del largo trayecto de la evolución de las especies, los que realmente importan para el desarrollo de cualquier sociedad… esto porque sin especies (sean animales o vegetales) cualquier cultura humana es imposible. ¿Progreso científico y tecnológico? ¡Excelente idea! ¿Pero quizás podríamos tomar la ruta larga, pensar un poco más las cosas, y lograr lo mismo que hemos logrado hoy en dos siglos, pero quizás demorándonos un poco más, por ejemplo, diez, veinte o incluso cien siglos? Mal que mal, ¿quién nos apura? Aprendamos de la tortuga que, quizás por lenta, ha sobrevivido más de 220 millones de años en la Tierra, esto hasta que llegamos nosotros (que en tanto Homo sapiens no tenemos más de 250.000 años) y la pusimos en peligro.

-Guy McPherson:
Como los ecologistas han venido señalando durante décadas, los impactos ambientales son el resultado del tamaño de la población humana y los niveles de consumo de dichos humanos. La Tierra puede albergar a muchos más cazadores-recolectores que capitalistas que buscan más posesiones materiales. Lamentablemente, estamos atrapados con lo último en lugar de lo primero. Los ecologistas han propuesto cambios en el comportamiento humano desde al menos los inicios del siglo XX. Estas recomendaciones han caído en oídos sordos. Ahora bien, aún cuando sea posible lograr sustanciales cambios en dicho comportamiento y de que aquellos den por resultado una efectiva ralentización o detención de la actividad industrial, es discutible que lo anterior constituya un medio útil para asegurar nuestra supervivencia continua. Una de las razones de lo anterior radica en el conocimiento de lo que podría implicar para la crisis climática el efecto del “enmascaramiento de los aerosoles”.

El efecto de “enmascaramiento climático” de los aerosoles se ha discutido en la literatura científica desde al menos 1929, el cual consiste en lo siguiente: al mismo tiempo que la actividad industrial produce gases de efecto invernadero que atrapan parte del calor resultante de la luz solar que llega a la Tierra, aquella también produce pequeñas partículas que impiden que dicha luz solar toque siquiera la superficie del planeta. Estas partículas, llamadas “aerosoles”, actúan así como una especie de paraguas que evita que una parte de la luz del sol llegue a la superficie terrestre (de aquí que este fenómeno haya sido también denominado bajo el nombre de “ensombrecimiento global”)9. En otras palabras, estas partículas (aerosoles) evitan que una parte de los rayos del sol penetren en la atmósfera y, por lo tanto, impiden un calentamiento adicional del planeta. Esto quiere decir, entonces, que los niveles actuales de calentamiento global serían, de hecho, mucho menores a los que deberían asociarse a los volúmenes de gases de efecto invernadero presentes hoy en la atmósfera (de allí la designación de este fenómeno como de “enmascaramiento climático”). Ósea, la situación del calentamiento global hoy sería en realidad muchísimo más grave de lo que nos indican no sólo las ya altísimas temperaturas globales, sino que, además, las propias proyecciones (ya catastróficas) del aumento de las mismas durante las próximas décadas. Esto último sobre todo si consideramos la posibilidad (optimista) de una futura reducción de la cantidad de aerosoles presentes en la atmósfera como efecto de una potencial baja de las emisiones de gases de invernadero durante los próximos años, lo cual debería producir, paradójicamente, un aumento drástico de las temperaturas globales.

 

 

En otras palabras, las temperaturas globales hoy deberían ser no solamente mucho más altas de lo que son actualmente, sino que, además, el aumento esperado de las mismas deberá ser necesariamente mucho mayor a lo que nos sugieren la mayoría de los modelos climáticos. Según el padre de la ciencia climática, James Hansen, los aerosoles se demoran aproximadamente cinco días en caer desde la atmósfera a la superficie. Se han publicado más de dos docenas de artículos revisados ​​por pares sobre este tema y el último de ellos indica, por ejemplo, que la Tierra se calentaría en un 55% adicional en caso de perderse el efecto de “enmascaramiento” de los aerosoles, lo cual debería suceder, como dijimos, como resultado de que una disminución o modificación notable de la actividad industrial genere una reducción considerable de la emisión de gases de invernadero, produciéndose así con ello un potencial aumento adicional (súbito) de la temperatura de la superficie de la Tierra en alrededor de un 133% a nivel continental. Este artículo fue publicado en la prestigiosa revista “Nature Communications” el 15 de junio del año 2021. En conclusión, la pérdida o disminución sustantiva de los aerosoles en la atmósfera podría llevarnos, por lo tanto, a un potencial aumento en más de 3 grados centígrados de calentamiento global por encima de la línea de base de 1750 de manera muy rápida. Me resulta muy difícil imaginar a muchas especies naturales (incluyendo la nuestra) siendo capaces de resistir este veloz ritmo de cambio ambiental.

En realidad, un evento de extinción masiva ha estado ya en marcha desde al menos 1992. Esto fue reportado por el profesor de Harvard Edward O. Wilson, el llamado “padre de la biodiversidad”, en sus libros de los años 1992 y 2002 “La diversidad de la vida” y “El futuro de la vida”, respectivamente. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente informó además en agosto del 2010 que cada día conducíamos a la extinción de unas 150 a 200 especies. Este sería así al menos el octavo evento de extinción masiva en la Tierra. La literatura científica finalmente reconoció el evento de extinción masiva en curso el 2 de marzo del 2011 en “Nature”. Una investigación posterior en esta línea fue publicada el 19 de junio del 2015 en “Science Advances” a cargo del biólogo conservacionista Gerardo Ceballos y sus colegas titulado “Pérdidas aceleradas de especies modernas inducidas por el hombre: entrando en la sexta extinción masiva”. Coincidiendo con la publicación de este artículo, el autor principal Ceballos afirmó que “la vida tardaría muchos millones de años en recuperarse y que nuestra especie probablemente desaparecería pronto”. Esta conclusión se encuentra respaldada por trabajos posteriores que indican que la vida terrestre no se recuperó de los eventos de extinción masiva previos durante millones de años. Es cierto con todo que las perspectivas indígenas pueden ayudarnos a comprender los eventos en curso. Sin embargo, estoy convencido de que el racionalismo es clave para dar una respuesta positiva a estos eventos.

 

Notas:

*Respectivamente.

Lingüista, filósofo, científico cognitivo, historiador, crítico social y activista político estadounidense. Adhiere a las ideas del socialismo libertario y el anarcosindicalismo. Defiende la política de un New Green Deal como una de las vías para el enfrentamiento de la crisis ecológica.

Investigador social chileno en el área de la historia, la arqueología y las ciencias sociales. Coordinador internacional de la plataforma “Marxismo y Colapso” y exponente de la nueva ideología del colapsismo marxista. Plantea la necesidad de una actualización estratégico-programática del marxismo revolucionario de cara a los nuevos desafíos de la transición antropocénica y el avance de la VI extinción masiva.

Científico estadounidense, profesor emérito de recursos naturales, ecología y biología evolutiva. Adhiere al anarquismo. Plantea la inevitabilidad de un fenómeno de extinción humana y la necesidad de enfrentarla desde una perspectiva que haga hincapié en la aceptación, la búsqueda del amor y el valor de la excelencia.

 

1 El aludido debate entre Michael Lowy, Miguel Fuentes y Antonio Turiel (el cual contó además con los comentarios críticos del ecólogo marxista español Jaime Vindel, el dirigente de izquierda argentina Jorge Altamira y el periodista chileno Paul Walder) puede ser revisado íntegro en la sección de debates de la página de “Marxismo y Colapso” en el siguiente enlace: www.marxismoycolapso.com/debates.

2 Véase este y otros informes relacionados a esta temática en el sitio web del Breakthrough National Centre for Climate Restoration en el siguiente enlace: https://www.breakthroughonline.org.au/about-1.

3 Una explicación de esta paradoja puede encontrarse en la presentación de Jorge Riechmann “¿Dónde estamos? Crisis ecosocial y emergencia climática”, disponible en YouTube en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=KXwzJkDYtdE.

4 Para una ampliación de este problema en formato audiovisual véase el documental de Jeff Gibbs y Michael Moore El Planeta de los Humanos.

5 Revísense aquí, entre otros, los materiales disponibles en la sección de estrategia del sitio de “Marxismo y Colapso” en el siguiente link: www.marxismoycolapso.com/estrategia.

6 Véase aquí, por ejemplo, la entrevista a los investigadores Peter Wadhams, Martin Rees y Hugh Hunt titulada “Climate Change and Carbon Dioxide Removal”, disponible en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=o-PITZo7qOY.

7 Para una discusión respecto a los problemas inéditos a los que se enfrenta el horizonte socialista hoy pueden revisarse los artículos “¡La revolución socialista ante el abismo!” (2015-2019) y “Crisis ecológica, colapso civilizatorio y crisis terminal del marxismo clásico” (2019), disponibles en la sección de estrategia del sitio de “Marxismo y Colapso” en el siguiente link: www.marxismoycolapso.com/estrategia.

8 Una muestra gráfica bastante sugerente del impacto que vienen teniendo los actuales ritmos de reproducción humana sobre el planeta puede verse en la siguiente presentación audiovisual titulada “World Population History (1 C.E. - 2050 C.E.)”, disponible en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=8X2n4uRvZ-M.

9 Para una explicación informada y didáctica de este fenómeno, véase el documental “Oscurecimiento Global” en el siguiente enlace: https://www.dailymotion.com/embed/video/xp3p67?autoplay=1&logo=0&hideInfos=1&start=0&syndication=208464&foreground=&highlight=&background=.

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Adónde va China. Reseña de dos miradas contrapuestas

Para analizar el derrotero de la rivalidad entre EE. UU. y China, que esta semana tuvo nuevas escaladas provocadas por la principal potencia imperialista, es necesario comprender la naturaleza de las potencias en conflicto. El debate sobre las bases sociales de la formación económico social china está lejos de zanjarse, como ya venimos abordado en Ideas de Izquierda en numerosos artículos. En esta oportunidad discutimos dos libros recientes que exponen posiciones muy disímiles.

Esta semana EE. UU. organizó una “Cumbre por la democracia” de la que excluyó a los países que no se alinean con la principal potencia imperialista, entre ellos China. Continuando con una línea de provocaciones iniciada por Donald Trump, el presidente Joe Biden incluyó en la lista de invitados a Taiwán, isla que mantiene reclamos independentistas pero a la que China considera parte de su territorio. En estos días, EE. UU. también anunció un boicot diplomático a los Juegos Olímpicos de invierno que se realizarán en 2022 en Beijing escudado en la preocupación por las violaciones a los derechos humanos por parte de China. Son las muestras más recientes de que la escalada de la disputa que se viene produciendo hace años no ofrece ningún signo de apaciguarse, sino todo lo contrario.

Para poder dar cuenta de esta rivalidad cada vez más exacerbada y comprender sus perspectivas, es necesario en primer lugar definir con claridad de qué tipo de conflicto se trata, lo que implica, en primer lugar, caracterizar la naturaleza de los adversarios. En el caso de China, lejos de zanjarse la cuestión de qué tipo de formación es, seguimos encontrando las posiciones más disímiles, como vuelve a mostrar la bibliografía más reciente, parte de la cual abordaremos a continuación.

Deng Xiaoping, ¿un regreso a Marx?

Entre quienes afirman que China no se apartó de un sendero socialista, sino que por el contrario lo ha profundizado, se encuentra John Ross, que publicó recientemente La gran ruta de China [1]. En opinión de Ross, la “reforma y apertura” iniciada por Deng Xiaoping en 1978, lejos de apartar a China del socialismo, habrían significado un verdadero retorno a las nociones de Marx sobre la transición, primero del capitalismo hacia el socialismo, para alcanzar finalmente el estadio comunista. La privatización de numerosas empresas que dejó solo las grandes firmas dentro del sector estatal, “junto con la creación de un nuevo sector privado creó una estructura económica más en consonancia con la prevista por Marx que la propiedad soviética esencialmente estatal del cien por ciento establecida después de 1929” [2].

Ross sostiene que la “reforma y apertura” se inició como una crítica de la política económica soviética desde la introducción del Primer Plan Quinquenal (1929), “y por implicación la política económica soviética posterior”, que “había cometido el error de confundir la etapa ‘avanzada’ del socialismo, en la que la producción no está regulada por el mercado, con la etapa ‘primaria’ de desarrollo del socialismo durante la cual tiene lugar la transición del capitalismo a una economía socialista avanzada” [3]. De esta forma, la formulación de una “economía socialista de mercado con características chinas” sería la más adecuada al estadio actual, y las reformas, lejos de una regresión o el inicio de una restauración capitalista, serían el abandono de una ruta voluntarista y equivocada para realizar una transición rápida al socialismo que no resulta viable, como afirma Ross que comprendió la dirección del PCCh. La transición al socialismo “debe concebirse como algo que se extiende durante un período prolongado: muchas décadas” [4].

Ross sigue la senda de Giovanni Arrighi al mirar a la sociedad china desde el esquema conceptual de Adam Smith, pero va un paso más allá, al construir un Marx mucho más smithiano de lo que sugiere una lectura atenta de El capital. El autor completa su esquema teórico bastante ecléctico con el rescate del planteo que realiza John Maynard Keynes al final de Teoría general del empleo, el interés y el dinero sobre la necesidad de una socialización de las inversiones en un estadio avanzado del capitalismo, como única vía para sostener el crecimiento. Para Ross, seguir esta prescripción de Keynes que los Estados capitalistas son incapaces de llevar a cabo, ha sido la clave del éxito de la “reforma y apertura”. Como vemos, el entendimiento y defensa que hace del “socialismo de mercado con características chinas” es bastante peculiar. Solo con el prisma de este Marx smithiano y keynesiano, para el que la clave es la división del trabajo y el comercio, y el estímulo de las inversiones, pero ninguna “expropiación de los expropiadores” generalizada hasta un estadio muy avanzado de socialismo en el lejano futuro, puede afirmarse el “regreso a Marx” que encuentra Ross en las políticas iniciadas por Deng.

El principal punto de apoyo al que acude Ross una y otra vez en los artículos compilados en el libro, es que ningún país capitalista expone una trayectoria similar en materia de crecimiento económico sostenido, ni en millones de personas que salieron de la pobreza. Esto se comprueba, afirma Ross, ya sea que comparemos lo que ocurrió en las últimas décadas en los países más ricos –que según el autor están situados en una “nueva mediocridad” de débil crecimiento económico y limitado aumento de la productividad– o si vemos lo que ocurrió en toda la historia del capitalismo, en la que ningún país generó un impacto equivalente al de China, que involucró al 22 % de la población mundial en su “milagro”. Ross quiere desmontar la ideología de que este desempeño se explica por la decisión del PCCh de abrazar el capitalismo. Si el modo de producción capitalista no redujo la pobreza ni llevó al desarrollo a ningún país pobre en las últimas décadas, ¿cómo podría atribuirse a un giro capitalista los resultados alcanzados en China?

Evidentemente, algo de lo que no pueden dar cuenta los que quieren tomar la evolución de China para hacer una apología del capitalismo, es que difícilmente podría haber tenido lugar cualquier “milagro chino” sin la Revolución de 1949, que logró la unidad nacional, llevó a una ruptura con el imperialismo (hasta el restablecimiento de relaciones iniciado por Mao a comienzos de la década de 1970), liquidó la gran propiedad agraria y apuntó al fortalecimiento de una industria nacionalizada. Todo esto, que no había podido llevar a cabo el nacionalista Kuomintang [5] ni ningún otro sector de la burguesía, lo logró la revolución.

Pero en su esfuerzo de atacar la ideología burguesa que se construye también a partir de China para reafirmar que “no hay alternativa” al capitalismo, el planteo de Ross expone numerosos puntos débiles.

En primer lugar, como señala Michael Roberts –con quien ya hemos polemizado en notas anteriores respecto del planteo que hace de que en China la ley del valor no tiene una gravitación relevante, y por lo tanto está lejos de ser capitalista–, Ross

… casi se hace eco de las opiniones de ese socialista antisocialista, el economista húngaro Janos Kornai, recientemente fallecido, ampliamente aclamado en los círculos económicos dominantes. Kornai argumentó que el éxito económico de China solo fue posible porque abandonó la planificación central y el dominio estatal y se trasladó al capitalismo.

Ross le otorga una coherencia a las políticas implementadas desde Deng hasta Xi Jinping, bajo este paraguas de un socialismo inspirado en el retorno a Marx que no se condice con los hechos. Por empezar, la “reforma y apertura” estuvo marcada por numerosas instancias de prueba y error, atravesadas por una fuerte disputa entre sectores de la burocracia del PCCh, como relatan Yue Jianyong en China’s Rise in the Age of Globalization. Myth or Reality? o Isabelle Weber en el reciente How China escaped shock therapy. Ambos libros dan cuenta de los múltiples giros y retrocesos a los que se vieron obligados los líderes de la República Popular en las políticas de privatización e introducción de reformas capitalistas, cruzadas por la resistencia de sectores asalariados de la ciudad y del campo y con divisiones en el propio grupo dirigente (más sobre los ritmos de las reformas que sobre la dirección de las mismas).

Quizá lo más importante, en su esfuerzo por mostrar el sendero progresivo de la “gran ruta” recorrida por China, siempre en su opinión hacia el socialismo, Ross niega todos los aspectos profundamente regresivos que tuvieron las transformaciones iniciadas en 1978. No se menciona la destrucción masiva de empleo en las empresas de propiedad estatal que fueron privatizadas –y también en las que se mantuvieron en manos estatales que fueron “modernizadas”–; tampoco la creación de una fuerza laboral “de segunda” que llegó a ser mayoritaria, compuesta por los sectores rurales migrantes que no cuentan con “hukou” (permiso de residencia) en las ciudades, lo que los priva el acceso a numerosos derechos. La masiva huella ambiental que fue de la mano de la transformación de China en el taller del mundo, y que se profundiza con el ritmo frenético de construcción de obras de infraestructura y ciudades enteras (muchas de ellas casi vacías y con emprendimientos inmobiliarios de vida útil notablemente corta), también es englobada por Ross dentro de los ataques ideológicos sin fundamento que recibiría China.

China aparece como un faro para el resto del mundo, una alternativa al capitalismo neoliberal, y ninguna mención otorga Ross al lugar central que ocupó China para habilitar en gran escala el “arbitraje global del trabajo”, que permitió a las patronales de todo el planeta montar un gran ataque contra la fuerza de trabajo. Como afirmamos en nuestro reciente libro El imperialismo en tiempos de desorden mundial,

El resultado de este arbitraje fue un marcado cambio en el “reparto de la torta” entre las clases, con un aumento de la participación del capital en el ingreso generado, lo que ocurrió en los países imperialistas pero también en estos países que atrajeron inversiones y en otras economías dependientes que quedaron relegadas. China, con su población actual de 1.400 millones de personas y 940 de fuerza laboral, fue una pieza central de la llamada “duplicación” de la fuerza de trabajo mundial disponible para el capital trasnacional.

Este rol central que ocupó China en el sociometabolismo global del capitalismo trasnacionalizado durante la internacionalización productiva de las últimas décadas, muestra que el “milagro” chino que Ross califica de “socialista” y la regresión social que impuso el capital en el resto del planeta fueron las dos caras de un mismo fenómeno.

La vía comunista al capitalismo

El libro The Communist Road to Capitalism, de Ralf Ruckus [6], ofrece una mirada de la trayectoria de China desde la revolución de 1949 hasta la actualidad. El autor sostiene, y compartimos, que desde las reformas de Deng se inició una transición al capitalismo, y que la misma fue cristalizando en una nueva formación social, con preeminencia del capitalismo, “con características chinas”, podríamos decir.

Un aspecto interesante del método con el que analiza Ruckus las transformaciones en China es el énfasis en las transiciones. El autor señala que desde la revolución hubo dos transiciones, que fueron en sentido contrario. La primera, desde 1949, hacia el socialismo, y la segunda, desde mediados de la década de 1970, hacia el capitalismo. El autor además pone de relieve el papel de las acciones de las masas en toda la historia de la República Popular.

En este marco acertado, el autor caracteriza, equivocadamente desde nuestro punto de vista, que a finales de 1950 o comienzos de 1960 podía caracterizarse la formación que habría surgido de la primera transición como socialista. Esto tiene que ver con la posición del autor, crítica sin distinciones de lo que identifica como marxismo-leninismo (que junto con la socialdemocracia considera dos “grandes narrativas” que la izquierda debería superar) en favor de una estrategia con rasgos autonomistas. Ruckus caracteriza correctamente varias de las contradicciones que produjo la consolidación del PCCh, que lejos de terminar con la estratificación social produjo nuevas jerarquías con la burocracia del partido y del Estado ocupando el lugar privilegiado, que a pesar de las promesas de terminar con la opresión de la mujer creó nuevas formas de opresión, que después de entregar tierra a los campesinos se apoyó en la apropiación de elevados excedentes de los mismos para sostener el crecimiento industrial. Pero estos rasgos, que como muestra Ruckus alimentaron rápidamente el descontento social y dieron lugar a profundas conmociones que explican todas las disputas y giros de las distintas facciones del PCCh, no dan cuenta de una formación socialista ni nada que se le parezca, sino de un Estado obrero que desde su origen estaba burocratizado, rasgo que no hizo más que profundizarse. Esto es el resultado de las fuerzas sociales que actuaron en la Revolución. Como señalan Emilio Albamonte y Matías Maiello que “no fue la clase obrera con su propio partido revolucionario la que llevó adelante las tareas democrático-burguesas y las ligó con su propio programa, sino que un partido comunista de base campesina terminó aferrándose a parte del programa del proletariado”. La consecuencia fue que “no se desarrolló una dinámica ‘permanentista’ (internacional y nacionalmente) hacia el comunismo luego de la toma del poder, sino que esta perspectiva se bloqueó desde el comienzo” [7]. Si bien por sus bases sociales el Estado era obrero, con la propiedad nacionalizada de los medios de producción, una planificación (burocrática) y el monopolio estatal del comercio exterior, la estructura el partido-ejercito impuso desde el comienzo un aparato burocrático, sin ningún tipo de democracia soviética. Esta burocracia que se apoderó del Estado se constituyó en un barrera para cualquier avance hacia el socialismo.

En el marco de estas importantes objeciones, Ruckus identifica bien algunos de los puntos de inflexión en el curso de restauración capitalista. “Las protestas masivas marcaron una vez más el punto de inflexión histórico, esta vez incluyendo demandas de cambios políticos y una participación más democrática”, observa [8]. El llamado Movimiento 5 de abril, que tuvo lugar en 1976 luego de la muerte del premier Zhou Enlai, y el Movimiento del Muro de la Democracia dos años después, dieron lugar otra vez “al patrón repetido de agitación seguido de una mezcla variada de represión, concesión, cooptación y, finalmente, reforma” [9]. El primero fue recibido con dureza, pero, tras la muerte de Mao en el mismo 1976 la situación política tuvo un vuelco:

La facción conservadora en el liderazgo del PCCh organizó un golpe exitoso y despojó de poder a los rivales de izquierda agrupados en torno a la llamada Banda de los Cuatro. Un grupo afín a Deng Xiaoping, que había sido rehabilitado, se hizo cargo. Cooptó las demandas de cambio democrático y, en 1978, anunció oficialmente las políticas de Reforma económica y Apertura [10].

El inicio de las reformas económicas fue de la mano de la negación de cualquier concesión significativa en materia de participación democrática. A partir de este momento se inició la entrega de tierras rurales para usufructo privado (sin transferir la propiedad), el desarrollo de las empresas industriales privadas en zonas rurales, y la apertura de las primeras Zonas Económicas Especiales para el ingreso del capital multinacional, para la cual las migraciones rurales proveyeron la necesaria fuerza de trabajo. A mediados de los años 1980 se introdujeron los contratos laborales y empezaron a desarrollarse los mercados laborales. “La transformación gradual de la economía planificada y las industrias urbanas condujeron a la turbulencia económica, a la corrupción de los cuadros y a la agitación social” [11]. Las huelgas y otras formas de protesta de trabajadores y estudiantes durante la década de 1980 alcanzaron su punto cúlmine en el Movimiento de Tiananmen de 1989, que fue reprimido de manera sangrienta por el Ejército de Liberación del Pueblo. La conmoción que siguió (en un momento donde colapsaban la URSS y los regímenes estalinistas de Europa del Este) creó un impasse de unos años en el avance de las medidas de restauración pero, bajo la presión de Deng (ya formalmente sin ningún cargo) que realizó una gira por todo el sur del país para defender la política de reforma y apertura, a partir de 1992 se produce un avance acelerado. El ingreso en cantidades crecientes de inversión extranjera y la migración masiva de fuerza de trabajo rural a las ciudades y las Zonas Económicas especiales “convirtió a la República Popular de China en la fábrica del mundo” [12]. En este marco, el PCH “aceleró la transformación de la economía socialista planificada y reestructuró o privatizó las empresas de dirigidas por el Estado, ahora llamadas Empresas de Propiedad Estatal –un proceso que resultó marcando el final de la transición al capitalismo” [13].

El libro de Ruckus finaliza señalando los signos de agitación que amenazan las ambiciones de Xi de eternizarse y que explican los rasgos cada vez más bonapartistas de su gobierno, de lo que dimos cuenta en otro artículo reciente.

Capitalismo, imperialismo y desorden mundial

La naturaleza de la disputa entre EE. UU. y China no puede analizarse entonces como la de dos regímenes sociales de bases antagónicas, como ocurrió en la Guerra Fría. Es igual de ilusorio pensar que porque China está enfrentada a la principal potencia imperialista puede ofrecer una perspectiva de una hegemonía más benevolente, no imperialista, para los países oprimidos. Por el contrario, y como ya mostró en algunos terrenos donde su peso como potencia se hace sentir más fuerte, China no se propone impugnar el sistema imperialista. En África, donde consiguió en muchos países posiciones de ventaja respecto de EE. UU. y las potencias europeas, mostró en varias oportunidades comportamientos que tienen poco que envidiarle al colonialismo tradicional en materia de rapacidad y despreocupación por los impactos ambientales. El desarrollo de la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda, con la cual Pekín apunta al acceso privilegiado a recursos naturales en todo el planeta, también llevó a conflictos en varios países por la carga de endeudamiento que impone el gigante asiático a sus socios para llevar adelante las ambiciosas obras de infraestructura que integran el proyecto. En instituciones como el FMI, donde China ganó peso, si bien sigue siendo minoritario respecto del de EE. UU., no dio ningún paso para imprimirles una orientación distinta, como mostraron las respuestas que dio a los funcionarios argentinos que se ilusionaron con su apoyo y financiamiento para saltearse las exigencias de ajuste del organismo que preside Kristalina Georgieva.

China apunta a disputar las condiciones a partir de las cuales se organiza la jerarquía imperialista y pelear por una posición predominante en la misma, lo que determina el choque con EE. UU. Es esta amenaza lo que lleva a que, tanto antes con Trump como ahora con Biden, el eje central de la política de la principal potencia imperialista esté hoy en la disputa con lo que ven como la principal amenaza para perpetuar su dominio. Para los pueblos oprimidos no se trata de apostar por un hegemón más benevolente, sino de concentrar las fuerzas y forjar las alianzas para terminar con la opresión imperialista, lo que exige luchar por poner fin al capitalismo.

Publicado enInternacional
Sábado, 23 Octubre 2021 07:15

Viejos fantasmas

Viejos fantasmas

Los términos izquierda y derecha nunca han sido tan confusos como hoy en América Latina, pero sobre todo tropezamos con valladares de entendimiento cuando nos referimos a la izquierda, que padece de un síndrome de identidad.

Hay una izquierda conservadora metida en el túnel del tiempo que no puede orientarse hacia la salida del siglo XXI porque tiene enfrente de los ojos la enorme piedra filosofal de la añoranza soviética. El partido, duro y monolítico, que guía a las masas hacia un futuro sin mácula, y está la otra, de los viejos guerrilleros ideológicos que ven en la lucha armada un ideal que saben desgastado, pero para el que no encuentran sustituto.

Los acuerdos de paz conseguidos en Colombia bajo el gobierno del presidente Juan Manuel Santos, significaron la renuncia a las armas de las FARC, el más viejo de los movimientos guerrilleros de América Latina, ya cuando la lucha armada como método de toma del poder había perdido todo prestigio.

Antes, los acuerdos de paz de Esquipulas, conseguidos bajo el plan impulsado por el presidente Arias de Costa Rica, terminaron con las guerras de la década de los 80 del siglo pasado en Centroamérica: la que se libraba en Nicaragua entre el régimen de guerrilleros sandinistas en el poder respaldados por la Unión Soviética, y los contras financiados por Estados Unidos, y las guerrillas del FMLN en El Salvador, y la URNG en Guatemala, cuyos dirigentes pasaron a la vida política civil.

Pero lo que se dio entonces fue una situación de orfandad. Estos procesos de paz de antes del fin del siglo coincidían con la caída del Muro de Berlín. La década de los 90 fue de agonía para la izquierda ortodoxa, que nunca estuvo dispuesta a hacer concesiones, porque sus ideas fundamentales quedaron desmanteladas: el partido único o hegemónico en control del Estado; éste como empresario único; y la democracia proletaria, contraria a la democracia burguesa.

Para quienes se negaron a aceptar que aquel mundo, en parte irreal y en parte real –se habló mucho entonces del socialismo real a la hora del derrumbe– había dejado de existir, todo se quedó en una nostalgia viciosa. No vieron, y muchos aún no lo ven desde esa estricta ortodoxia, que la única salida para la izquierda es hacerse parte del sistema democrático sin apellidos, que empiezan por competir por el poder en elecciones, y aceptar que a través de los procesos electorales se gana o se pierde.

Pero entonces, antes de empezar el nuevo siglo, el desgaste del sistema democrático en Venezuela, que perdió credibilidad por falta de renovación, le abrió las puertas al fenómeno populista de Chávez, algo que no era nuevo en América Latina –basta recordar a Perón y a Getulio Vargas–, pero que venía insuflado de un nuevo espíritu mesiánico y redentor, y volvió a poner de moda el lenguaje anquilosado de la izquierda tradicional.

Es cuando se crean las mayores confusiones acerca de la izquierda, porque detrás del populismo de Chávez, con sus petrodólares benefactores, un viejo ortodoxo como Ortega aparece también como populista en Nicaragua, porque puede disponer de los cerca de 5 mil millones de dólares que le llegan desde Venezuela a lo largo de varios años, y populista es también Evo Morales en Bolivia. Todos, junto con la Cuba de Fidel Castro, que sin la munificencia de Chávez no hubiera sido capaz de sobrevivir.

El populismo de izquierda que desangra a Venezuela. Pero entrado el siglo XXI, el populismo pasa a ser también de derecha, un populismo cerrado ideológicamente, el que Trump alienta en Bolsonaro, sectario, intransigente, demagógico. Pero también Maduro, el heredero de Chávez, es un demagogo que erige su discurso altisonante sobre las ruinas de una nación empobrecida al extremo por la corrupción y el dispendio.

Y un dirigente político de la vieja guardia de izquierda, como Cerrón en Perú, hasta hace poco seguro en su papel de poder detrás del trono del profesor Castillo, exhibe un discurso homofóbico y misógino, un conservador de izquierda, que se toca con el de Bolsonaro. Y en el mismo saco, las leyes de Ortega que castigan a quienes él juzga que atentan contra la soberanía nacional, son leyes como las de Putin, pero también como las de Mussolini.

Los grandes polos políticos en América Latina continuarán siendo los partidos de izquierda y de derecha dispuestos a aceptar la alternancia como la regla fundamental del juego. Una izquierda o una derecha tramposas, que al llegar al poder por la vía electoral asuman el designio de quedarse para siempre, concentrando todo el poder a cualquier costo, son la negación misma de la democracia, y lo único que hacen es crear nuevos ciclos de violencia.

El caudillo, sea de izquierda o sea de derecha, es un viejo fantasma que hace sonar sus cadenas de fanatismo, sectarismo, y represión de las ideas y de la libre expresión del pensamiento.

Una obsolescencia de nuestra historia, que conspira contra toda posibilidad de modernidad.

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