Miles de enfermeras en Minnesota iniciaron una huelga de tres días para exigir incrementos salariales. Foto  Ap

Nueva York. Unas 15 mil enfermeras en protesta por condiciones de trabajo abandonaron sus labores en Minnesotta en la huelga más grande de ese sector privado en la historia de Estados Unidos, mientras que se intensificaron negociaciones con más de 100 mil ferrocarrileros para evitar un paro nacional el viernes y maestros en Seattle continúan en huelga, todo a la vez que la ola de organización de nuevos sindicatos marcó nuevos triunfos en sectores de medios y hasta de jugadores de beisbol.

La huelga de la Asociación de Enfermeras de Minnesotta contra unos 16 hospitales programada para tres días es por falta de una solución empresarial a las condiciones de turnos excesivos y falta de personal que están afectando al sector por todo el país desde la pandemia. Por ello, esta huelga podría engendrar otras en varios puntos del país donde hay múltiples disputas parecidas.

La pandemia impactó a todos los trabajadores de salud abrumados por la falta de coordinación y preparación por empresas y autoridades locales y federales. Durante la pandemia, el sector perdió decenas de miles de trabajadores y según el Departamento del Trabajo, el número de trabajadores del sector salud, incluyendo enfermeras, hoy día es menor por 37 mil comparado con los niveles en febrero de 2020.

Las enfermeras, reconocidas como héroes durante la pandemia, están recibiendo amplio apoyo de sus comunidades como por algunos políticos nacionales. “Estoy en solidaridad con las 15 mil enfermeras en huelga…. son la columna vertebral de nuestro sistema de salud. Saben qué es lo mejor para sus pacientes”, tuiteó el senador federal Bernie Sanders.

Por otro lado, unos 115 mil trabajadores ferrocarrileros agremiados en 12 sindicatos están preparados para estallar en huelga nacional el próximo viernes -la primera en este sector en unas tres décadas- lo cual tendría un efecto masivo sobre la infraestructura nacional de transporte y varias ramas de la economía al congelar alrededor de un 30 por ciento de la carga de bienes en el país. Más aún, podría interrumpir los sistemas ferroviarios de pasajeros ya que, aunque la disputa laboral es sólo con empresas de carga, los trenes comparten las mismas vías.

El gobierno de Joe Biden está participando en las negociaciones y el propio presidente hizo llamadas a líderes de los sindicatos y de las empresas este lunes para impulsar un acuerdo, ya que una huelga de esas dimensiones sería una pesadilla política y económica para la Casa Blanca a un par de meses de las elecciones intermedias.

La disputa no es sólo por salarios, sino por la falta de días pagados por enfermedad o el uso de multas por no asistencia hasta en casos de emergencias familiares.

También, unos 6 mil maestros estallaron una huelga en Seattle siguiendo los pasos de sus contrapartes en Minneapolis, Chicago y Sacramento en las últimas semanas, todas los cuales culminaron en nuevo contratos.

Al mismo tiempo, el sindicato de unos 22 mil estibadores y trabajadores portuarios ILWU -históricamente entre los más progresistas del país- está negociando un nuevo contrato desde mayo en la costa oeste.

Junto con todo esto, continúa la ola de organización de nuevos sindicatos en cadenas como Starbucks (van más de 230 tiendas) y Amazon entre otras que están resucitando al movimiento laboral del país por primera vez en décadas.

El viernes pasado, unos 500 empleados del emporio de medios Conde Nast -que produce revistas como Vogue, Vanity Fair y GQ- ganaron el reconocimiento de su sindicato por la empresa.

Y ese mismo viernes, las Ligas Mayores de Beisbol -la asociación de dueños del beisbol profesional- anunciaron que reconocerán al sindicato de jugadores de las ligas mayores como representante de los más de 5 mil jugadores de las ligas menores.

El movimiento laboral ahora goza con un amplio apoyo: un 71 por ciento de los estadunidenses tiene una percepción favorable de los sindicatos, el nivel más alto registrado por Gallup desde 1965.

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Lunes, 12 Septiembre 2022 06:06

El apocalipsis ya fue

Transitando. Acacio Puig

Todo o nada, aquí o ahora, victoria o muerte: también la revolución se pensó en el siglo XX como apocalipsis, con resultados desastrosos. Porque no hay Fin, no hay ningún final de la Historia, la pelea es interminable: la vida recomienza todo el rato

Amador Fernández-Savater 10/09/2022

Proliferan por todas partes los discursos colapsistas. El anuncio repetido del final de nuestra civilización (o del mundo) por una serie de catástrofes en cadena: suministros, guerras, epidemias. El llamamiento a la “emergencia climática” que quiere convertir la angustia (eco–ansiedad y depresión verde) en acción.

De alguna manera el colapsismo reedita el “discurso del fin” del marxismo clásico, pero en clave verde. El límite que determinará la caída de todo el sistema ya no es interno a la dinámica del capital (crisis cíclicas cada vez más severas), sino externo: la lógica de crecimiento infinito choca con la finitud misma del planeta.

¿Cuándo será el Big Crunch, la gran implosión? ¿2030, 2050? Esos cálculos recuerdan a los que entretuvieron tanto tiempo a los teóricos marxistas del siglo XX que rivalizaban por pronosticar el momento exacto del hundimiento definitivo del sistema. Pero, ¿y si el apocalipsis ya fue?

Hemos perdido el Cosmos

Es la idea que defiende el famoso escritor inglés D.H. Lawrence en su ensayo sobre el libro bíblico del Apocalipsis escrito por Juan de Patmos.

La verdadera catástrofe, la que determina todas las demás según Lawrence, es la costumbre que hemos adquirido de vivir como si no estuviésemos en el mundo. Y adquirimos esa costumbre como hace dos mil años.

La muerte del paganismo implicó la muerte del Cosmos, que es como Lawrence llama a un tipo de relación amorosa con el mundo. Creer que cada cosa está habitada por un dios implica considerar que cada una es concreta y singular, que tiene valor en sí misma y por sí misma, que nos solicita una escucha y un cuidado específicos.

Los dioses diseminados por el mundo, siempre en movimiento, siempre de paso, impedían que las cosas fuesen tratadas como simples cosas: como utilidades, medios de fines, objetos de cálculo. 

Primero con la aparición de la razón desencarnada y luego con el cristianismo, se produce un corte. El corte entre lo sensible y lo inteligible. El espíritu reina desde entonces sobre la materia. Los vínculos dejan de ser amorosos y se vuelven instrumentales. El mundo deja de estar en nosotros y nosotros en el mundo. Las cosas ya no nos tocan, no nos mueven, no nos conmueven: son objetos a acumular, recursos a explotar, experiencias a consumir, paisajes que turistear.

“Las conexiones se han roto”, constata Lawrence, “los centros sensibles están muertos”. La facultad de relacionarse con el mundo de manera no instrumental radica en nuestro cuerpo, capaz de afectar y dejarse afectar, capaz de amor. El apocalipsis es el asesinato “del amante que hay en nuestro interior”, la sensibilidad que puede conectar con la fuerza o la virtud singulares de cada cosa (con su “dios”).

Lo que así nace es el individuo y el individualismo: un fragmento separado del mundo, una conciencia aislada del cuerpo, una máquina de calcular. La libertad pagana es una libertad relativa: en relación a algo, relacional. La libertad del individuo es absoluta: poder hacer lo que quiera, abstrayéndose de la materialidad de los afectos, los vínculos y los territorios. Libertad de no amar, de no vincularse, de conectar y desconectarse sólo según el interés.

Cada una de las catástrofes que nos acontecen desde la pérdida del Cosmos es sólo una réplica del primer gran terremoto: la instauración de la relación instrumental con el mundo.

El proyecto de las cosas

En nuestros días, una pensadora como Rita Segato despliega un discurso en el que podemos encontrar resonancias con Lawrence, desarrollado no por casualidad desde las tramas vitales del feminismo comunitario o popular. Aquel interesado no sólo en las libertades absolutas del individuo, sino sobre todo en las libertades relativas de los vínculos.

El patriarcado es la estructura de poder más antigua, piensa Segato, las demás la replican. ¿En qué consiste? En un mandato, el mandato de hacernos dueños de las cosas del mundo. El mandato de masculinidad es un mandato de dueñeidad (en primer lugar del cuerpo de las mujeres).

La modernidad capitalista retoma, acelera y extiende el proyecto de desvitalizar el mundo y convertirlo en cosa adueñable. En el corte brutal entre lo sensible y lo inteligible, lo sensible queda depreciado (es impuro, engañoso, caótico) y lo inteligible se identifica con el cálculo. La materia queda despojada de su vibración propia, de su principio inmanente de movimiento y autoorganización, de su “divinidad”.

La violencia que estalla hoy por todas partes es el producto de esta pulsión propietaria. Una “pedagogía de la crueldad” se hace necesaria para educarnos a tratar el mundo como mercancía, como objeto adueñable (y a gozar con ello). Trata y explotación sexual, violencia contra los migrantes, agresión conquistadora y predatoria… La pedagogía de la crueldad busca enseñarnos a “poner a distancia” el mundo para sojuzgarlo, controlarlo, explotarlo. Insensibilizarnos

Los movimientos de mujeres son subversivos porque rechazan el “deseo mimético” –oponerse al adversario copiando sus métodos y queriendo en el fondo lo mismo– y encarnan otro paradigma. El del proyecto de los vínculos. No la búsqueda de una utopía o el modelo de lo que debe ser, sino la capacidad de actuar aquí y ahora. No el principismo ideológico abstracto, sino la facultad de improvisar y atender necesidades concretas. No el tiempo apocalíptico del instante decisivo, sino el tiempo de los procesos de la vida.

Reanudar, re–anudarse

El Fin ya fue, ahora toca “reanimar los centros sensibles” (Lawrence), “repoblar el mundo de vínculos” (Segato). 

La razón apocalíptica es pasión de absoluto: solución final, nuevo comienzo radical. Pero el Fin nunca llega, la catástrofe nunca es tan total como esperábamos. Por eso, como decía el filósofo francés Maurice Blanchot, “el apocalipsis decepciona”. Se desilusionan sólo quienes vivieron de ilusiones.

Todo o nada, aquí o ahora, victoria o muerte: también la revolución se pensó en el siglo XX como apocalipsis, con resultados desastrosos. Porque no hay Fin, no hay ningún final de la Historia, no hay última palabra, la pelea es interminable: la vida recomienza todo el rato. La temporalidad emancipadora es la del proceso, la del continuo, la de lo interminable.

Recomenzar no es repetir, sino partir de lo que hay y crear algo distinto. Toda creación es recreación. Nada de lo que fue está realmente concluido, se puede prolongar siempre. Reanimar y reactivar las potencias del pasado. Aprendamos de las comunidades indígenas que vivieron su propio fin del mundo hace 500 años y resisten, insisten, siguen existiendo.

El miedo al Fin no activa, sino que disuade. La catástrofe por venir paraliza. Hoy es el método mismo de gobierno: “Nosotros o el caos”. Hay que oponer, al imaginario apocalíptico del Fin, una lógica de la reanudación. Del recomienzo y la reconexión. El apocalipsis ya fue. Ahora es tiempo –siempre es tiempo– de reanudar con la vida. Habrá futuro por añadidura.

10/09/2022

Autor. Es investigador independiente, activista, editor, 'filósofo pirata'. Ha publicado recientemente 'Habitar y gobernar; inspiraciones para una nueva concepción política' (Ned ediciones, 2020) y 'La fuerza de los débiles; ensayo sobre la eficacia política' (Akal, 2021). Sus diferentes actividades y publicaciones pueden seguirse en www.filosofiapirata.net.

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Posibles lecciones del referéndum constitucional en Chile

Organizar el descontento

Nadie organiza los levantamientos, los estallidos, las revueltas. Su lógica es más la del caos (una regla desconocida e impredecible) que la del orden (guiado por una mecánica lineal).

Un día Mohamed Buazzizi, un joven que tenía un tenderete de fruta en Túnez, se prende fuego desesperado por el maltrato de la policía. Estalla la primavera árabe. En Madrid, reprimen por la noche una concentración de jóvenes que han decidido acampar en la Puerta del Sol reclamando democracia real ya. Estalla el 15M. En Chile suben 30 centavos el metro y se despiertan treinta años acumulados de cansancio. Y lo mismo en la revolución rusa, la sandinista y las que vengan.

La represión suele ser la gota que desborda el vaso. Los revolucionarios profesionales de los que hablaba Lenin no crean la revolución, sino que la preparan y, llegado el caso, organizan el nuevo orden. Pero antes han llenado las calles de sustantivos y adjetivos. La antesala de toda revolución siempre es una gran conversación. Y antes de cualquier estallido, en las sociedades se ha ido larvando una gran conversación.

Los estallidos hay que organizarlos, como había que hacer con el desconcierto. Si no se organizan, suelen ver cómo su rebeldía se disuelve en el éter. Las aves cuando emigran siempre tienen alguna marcando la ruta, aunque se vayan turnando en esa tareas.

Los momentos de protesta son eso, momentos. En Chile, el estallido de octubre de 2019 fue el levantamiento popular de un pueblo cansado con el poder y su brutalidad cotidiana. Cansados ante un poder agotado al que no le quedaba más recurso que disparar a la gente. Los bandos eran claros. En un lado, supuestamente, el pueblo (que siempre está en construcción). En otro, más real, más concreto, más organizadas, las élites. En esa confrontación de las élites contra todos los que tienen alguna demanda insatisfecha, alguna reclamación o un enfado indefinido, se encuentras todos los enojados, sea cual sea su grado de impaciencia. El cemento que les une es la insatisfacción. Y como lo único que cuenta en ese momento es el acuerdo en quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos, no hace falta mucho más.

Después de la tormenta, poner rumbo

Después de esa fase destituyente viene la fase constituyente, la de crear un nuevo edificio. Ahí todo lo que estaba unido empieza a separarse. Porque para derribar un edificio basta con que cada uno agarre un pico y un martillo. Pero para levantar uno nuevo, o hay organización o es bastante probable que el edificio se levante torcido.

La Constituyente chilena tenía todos los requisitos teóricos para ser el ejemplo por excelencia de cómo debe hacerse una Constitución democrática. De alguna manera recordaba el intento constitucional en la República Democrática Alemana en 1990, cuando cayó el muro de Berlín, impulsado por los movimientos sociales que tumbaron el régimen comunista. Pero la arrogancia de la Guerra Fría prefirió anexionar a la Alemania comunista a golpe de talonario y esa promesa democrática se apagaría, poniendo a Europa camino de la guerra de Ucrania.

En Chile, la convención constituyente nació de un estallido social contra un gobierno autoritario que se reclamaba admirador del dictador Pinochet. El derechista Presidente Piñera tuvo que aceptar el referéndum sobre una nueva Constitución y el 80% de los chilenos (de los que votaron) dijeron que querían salir de la herencia pinochetista. Los electos satisfacían los paladares democráticos más exigentes. De los 155 miembros de la Convención Constituyente, 103 no respondían a ningún aparato partidista. La composición era paritaria, del mismo color intenso que Chile y con los pueblos originarios teniendo el papel que la historia siempre les negó. La victoria del referéndum abrió un gran debate y muchas expectativas. Seis meses después, Gabriel Boric, un activista estudiantil, era nombrado Presidente de Chile. En su toma de posesión dijo que se volvían a abrir las grandes alamedas. Allende regresaba a decirle a Pinochet que ellos, el pueblo, habían ganado. Pese a la represión, la muerte, las gafas de sol de torturador, sus robos y la capa de maleante. En su lugar, pura democracia horizontal abigarrada, desconcertada, múltiple y caótica.

Cuando te ocupas del árbol y te olvidas del bosque

Cada demanda, expresada en cada constituyente, en cada miembro de la convención, era compartida por la asamblea en un cuaderno de quejas asumido sobre la base de una regla (los dos tercios) que prometía acuerdo pero generó componendas no siempre bien trabadas. Con una terrible amenaza: el poder nunca deja de jugar sus bazas.

Cada error, salida de tono, ofensa a los símbolos patrios, mentira (como la del doliente enfermo de cáncer, el Pelao Vade, que resultó ser un fraude), idiotez o maximalismo iba a cargarse al conjunto de la Constitución. Ya se encargaba la oposición, con su control de los medios, de presentar cualquier extravagancia como la esencia del proyecto constitucional. No había una voz con auctoritas para decir qué era sensato y qué no iba. La horizontalidad no tiene algunas ventajas de la verticalidad (y viceversa).

Las razones de por qué la izquierda ha perdido el referéndum constitucional son variadas. Y la derrota ha sido sin paliativos, incluidas las comunas de Santiago donde es más difícil explicar por qué el Apruebo no ha ganado por goleada. Muchas de las razones se han señalado y tienen que ver con la escasa explicación de asuntos que vienen de largo y que tienen que ver con la identidad de los chilenos y chilenas, con medio siglo de neoliberalismo, con su individualismo y su "sálvese quien pueda", con el peso del racismo propio de buena parte de las sociedades latinoamericanas, con el peso de las diferentes iglesias (católicas y evangelistas), con la socialización conservadora y, no menor, con la capacidad de fuego mediático de las élites.

Así que el aborto, el papel de la justicia indígena, el mantenimiento de la unidad del país, el respeto a la propia vivienda, dejar las pensiones en herencia, la reelección del Presidente, la disolución del Senado y su sustitución por una cámara regional, el supuesto papel primordial de la justicia indígena sobre la estatal se mezclaron y tergiversaron en una campaña feroz de la derecha, que escondió a sus pinochetistas y encargó a expertos la campaña.

Una campaña donde todo lo que pudiera hacer daño iba a ser utilizado. A la derecha le sumaban las estridencias de una Convención que no siempre parecía seria (y a la que le ha faltado técnica constitucional); le sumaba el enfado con el gobierno de Boric, fuera por la inflación y la violencia urbana y rural como realidades novedosas, o por su supuesta moderación. Le sumaba que algunos les molestara apenas uno,o dos o tres artículos de una Constitución que en general les parecía bien pero que, pensaban, podía mejorarse. Todo acumulando para que primara el No sobre el Sí. Si encima se planteaba que el texto nada más aprobarse iba ya a ser reformado, o que en el horizonte inmediato estaba una nueva redacción de otra Constitución, ¿quién con alguna duda no iba a preferir ganar algo de tiempo? La obligatoriedad del voto, por vez primera desde 2012, era igualmente una invitación al rechazo. Si no lo veo claro y me obligan a votar, gano tiempo rechazando ahora y ya veremos después.

Hemos visto esta semana esposado y camino de la cárcel a Steve Bannon, el artífice de la victoria de Donald Trump y gran creador de las fake news junto al cerebro gris de la FOX, Roger Ailes. Bannon ha enseñado a toda la derecha occidental a mentir. Grandes adelantados han sido las derechas chilena y española. La magnitud de las mentiras de los partidarios del rechazo en Chile no ha tenido tasa. Se iba a romper Chile, les iban a quitar las casas y los carros, el país iba a convertirse en Venezuela... No eran solo los titulares, las tertulias, los informativos mintiendo: imprimieron decenas de miles de falsas constituciones imitando a la verdadera pero incorporando barbaridades, como que se podía abortar hasta unos días antes de dar a luz. Y una vez que la Convención terminó su trabajo, quienes tomaron el mando fueron los medios de comunicación.

Una explicación a explorar: ¿puede aprobarse una Constitución sin liderazgo?

Hay una explicación de la perdida del referéndum poco explorada que tiene que ver con la falta de liderazgo del proceso. Vinculado a esta ausencia, también la desaparición en el proceso constituyente de los partidos de izquierda (por su juventud, su fragmentación, su vaciamiento por la llegada al gobierno, por la falta de democracia interna, por su falta de debate a medio y largo plazo).

Una Constitución no son la suma de todos sus artículos, sino la lógica común que emana del conjunto. Los movimientos sociales representados en la Convención defendían cada cual su árbol. ¿Quién defendía el bosque? La derecha aprovechaba y decía que el bosque ardía. En esa falta de liderazgo –la legislación chilena impedía que el Presidente se decantara por una opción en el referéndum-, la izquierda se dejó robar la identidad chilena. Y se la dejó a los que asesinaron a Allende. Quizá fuera exagerada, pero no le faltaba razón a Gustavo Petro cuando veía cierta victoria de Pinochet en el triunfo del rechazo. No porque todos los que votaran No fueran pinochetistas, sino porque las "tres comunas" fueron los que tuvieron desde el comienzo clara la estrategia. Y porque el Plan Cóndor, del que participó Pinochet, persiguió a demócratas como Petro.

Pero la derecha se equivoca: los ocho millones que han votado en contra ni son de su cuerda ni comulgan con los planes reaccionarios de la derecha. La condición paritaria, los derechos de las mujeres y de los pueblos originarios, la comprensión de Chile como un Estado social y democrático de derecho han venido para quedarse. Una parte importante de esos ocho millones que han votado por el Rechazo, junto a los cinco millones que han votado por el apruebo, quieren un Chile diferente y la izquierda les tiene que dar una nación que vuelva a hacerles vibrar porque les cuida.

Es imposible que un proyecto de Constitución triunfe a día de hoy sin una gran conversación en la sociedad civil y por supuesto en los movimientos sociales–para lo que hace falta dar respuesta al control mediático por parte de la derecha-, no puede triunfar tampoco sin organización –para lo que hacen falta partidos-movimiento que estén en las instituciones, en las calles y en los movimientos, que sean democráticos internamente y que entiendan el momento que vivimos de crisis del modelo neoliberal- y por último y no menor, sin un claro liderazgo que tiene la función de sumar coherentemente las piezas del puzle. Un liderazgo que exprese el nuevo Chile y todos los nuevos derechos que le han sido hurtados durante medio siglo.

Y la constituyente sigue

Chile quiere una nueva Constitución y en ese país de experimentos hay que seguir siendo creativos. El Presidente Boric ya ha dicho que comienza a trabajar en esa dirección. Es de pura lógica que la discusión constitucional arranque desde el texto construido en la Convención, apoyado por cinco millones de chilenos, mientras que la Constitución de Pinochet es la de una dictadura. Igual que debe atenderse a la experiencia constitucional acumulada después y más allá del texto reaccionario de 1980.  No debe tampoco desperdiciarse la participación popular y las iniciativas populares (que son un salto de inteligencia democrática), pero ha faltado mucha técnica constitucional. Una Constitución no es un reglamento prolijo y detallado. Por eso hará falta acompañarla con experticia parlamentaria y de los partidos. La democracia en el siglo XXI es una suma entreverada constantemente entre los adentros y los afueras de las instituciones.

La derrota en el plebiscito no debe significar ceder la voluntad de cambio que expresó el pueblo chileno y tampoco correr el gobierno a la derecha esperando así cualquier indulgencia. Porque no la habrá. Pactar con la antigua convergencia no significa abandonar el estado social. Quizá todo lo contrario. Puedes hacer más plural el gobierno pero mantener las propuestas. Gustavo Petro está ensayando esa posibilidad. Ocho de cada diez chilenos, al margen de lo que votaran, apoyan una universidad superior gratuita y la defensa del agua como un bien inapropiable. Siete de cada diez quieren el Estado social y democrático de derecho y una democracia participativa e inclusiva, así como el reconocimiento constitucional de los pueblos originarios. Seis de cada diez quieren un sistema de pensiones público y el derecho al aborto y la mitad del país apuesta por un sistema de salud universal y público. Todo esto son logros, pese a cincuenta años de propaganda neoliberal, que deben estar en el nuevo texto constitucional.

El gobierno de Boric, al que sigue mirando todo el continente, debe aprovechar eso que solo enseñan las derrotas: no repetir los errores.

11/09/2022

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Viernes, 09 Septiembre 2022 05:40

Chile, la suerte echada

Chile, la suerte echada

Sigo pensando que un comienzo es necesario. Pero ahora, como muchos en Chile, en vez de miedo a lo que pueda ocurrir siento alivio por lo que viene

Es triste decirlo, pero supe de la derrota del Apruebo en el plebiscito chileno del 4 de septiembre pasado unos cinco o seis días antes de la votación. Fue una predicción involuntaria –aunque no de la magnitud acontecida– y ocurrió luego de ver Mi país imaginario, la nueva película de Patricio Guzmán que fue liberada por su realizador como apoyo a la campaña por una nueva Constitución la semana anterior al plebiscito. 

Advierto que soy un admirador de La batalla de Chile y otras muchas películas que Guzmán ha realizado desde que se radicó en Francia a fines de los años 70, por lo que no se trata en ningún caso de pedirle cuentas a partir de contingencias electorales desfavorables a sus decisiones artísticas. Lejos de eso, La memoria obstinada (1997) y Nostalgia de la luz (2010) son verdaderos hitos cinematográficos en la búsqueda de cura para un país atrapado en las heridas de un viejo trauma histórico. Son filmes notables justamente por esa mixtura de distanciamiento e inmersión en los fantasmas del pasado, donde la autoría documental no esconde un punto de vista partisano pero no por ello menos exacto y crítico. 

En honor quizá a ese carácter distanciado, Mi país imaginario arranca con un breve homenaje a Chris Marker, el maestro de la imagen en filmes como La Jetée (1962) y Sans Soleil (1982), con el cual Guzmán introduce su nueva película insertando imágenes de El primer año, documental rodado en 1971 durante el comienzo del gobierno de Salvador Allende. Enseguida, el filme incorpora escenas de batalla y apedreo en la Plaza Italia durante el estallido de octubre de 2019 para exponer el escenario de una heroicidad espontánea en la presencia de los jóvenes de la primera línea, epítomes del tiempo recobrado à la Proust. Fiel a su método, Guzmán busca las causas de esa rebelión en sus protagonistas, las víctimas, las literatas y periodistas que apoyen la interpretación de los hechos, las proyecciones que el movimiento de revuelta suscita en una sociedad anestesiada por el neoliberalismo. Las brigadas de asistencia sanitaria en las calles contrastan con las grotescas apariciones del presidente Piñera en la televisión. No hay donde perderse: el país imaginario de Guzmán está en las calles de ese octubre violento que se incendia como un largo derrame. 

Al igual que los convencionales Stingo, Baradit, Politzer, y Loncón, las reglas de la imagen aquí las pone el director. No hay Rojas Vade (miembro de la Convención Constitucional hasta su renuncia en marzo de 2022) falseando su condición de constituyente con un cáncer terminal, no hay maximalismo en las ceremonias y rituales de la Pachamama, no hay abuso en las pifias y abucheos al himno nacional, no hay nada impropio en aprobar desde la ducha de la casa un articulado de la nueva carta fundamental. En el fondo, para la Convención Constitucional que filma Guzmán no hay problema con los trasuntos del estallido que se manifiestan en la conducta de la Convención Constitucional, ni constituye conflicto alguno que, en una de esas, hasta tiemble la democracia al grito de el pueblo unido avanza sin partidos. Es el fin de una era, finalmente, de un largo ciclo histórico, reflexiona en VO el realizador, y quien no lo entienda así carece de madurez para sintonizar con este comienzo pletórico de buenismo mesiánico. Reductivo hasta el escándalo, el filme borra con el codo todas las prácticas dramáticas que enfrentaban a unos con otros en La batalla de Chile, y que hacía del filme un juego de posiciones ejemplar cuando dos fuerzas se enfrentan por el poder. O la magnífica alegoría del polvo de estrellas en los cielos del norte pareados con la búsqueda de huesos en el desierto por parte de las madres y familiares de desaparecidos. Me pregunto dónde, en qué parte de Mi país imaginario quedó esa visión que ampliaba los fenómenos hasta volverlos sensibles e incontestables. ¿Por qué Guzmán no visitó Colchane, donde los inmigrantes sin documentos hacen nata y donde el día del plebiscito el Rechazo ganó con un 94,7% sobre el Apruebo? ¿Por qué no fue al sur donde la guerra de Llaitul y el extremismo indigenista se alimenta de robos, quemas, amenazas y asesinatos contra los residentes del lugar? ¿Por qué Guzmán no visita la angustia e incertidumbre de los barrios populares atacados por la delincuencia ni habla con quienes, sin tener un pelo de retrógrados, dudaron hasta el último minuto entre Aprobar o Rechazar la propuesta constitucional? ¿Por qué, en el fondo, en Mi país imaginario solo hay imágenes de un beato convencido de su propia doctrina en vez de contradicciones, incertezas, luchas y conflictos, salvo los que se libran con los fantasmas del pasado y la revolución? 

Misterio, pero no viene al caso juzgar a Guzmán. Ya vendrán nuevas películas que hagan honor al conjunto de su obra. Lo que importa aquí, lo terrible de Mi país imaginario, es la correspondencia que se establece entre sus imágenes y la prefiguración del fracaso en el relato del Apruebo. De hecho el metraje del documental repite como en un guión de hierro cada una de las falsas premisas que llevaron a la derrota total a la Convención Constitucional este 4 de septiembre. Gruesos errores no forzados y al menos dos falsedades explican este fracaso lo mismo que la sensación de estafa que deja el documental. Una primera falsedad a la vista fue atribuirle al estallido social la realización del plebiscito en pro de una nueva Constitución. No fue así: ni el PC ni los sectores ultras deseaban una solución democrática a la revuelta, apostando por la vía insurreccional y el desfondamiento institucional para salir de la crisis. Fue un pacto político encabezado por el actual presidente Gabriel Boric quien allanó el camino para un acuerdo amplio del Congreso entre todos los partidos en procura de una salida democrática, liderazgo que le valió la condena de sus propios adeptos y una funa pública con escupitajos incluidos. 

Se podrá discutir el punto de que sin la gente en las calles no habría habido pacto político alguno, pero eso fue exactamente lo que se intentó: quebrar toda negociación, amenazando incluso con ‘rodear a la Convención’ si se conducía con criterios de ‘cocina política’ en los debates. Es decir, se rechazaba la política en caso de que no favoreciera estrictamente los designios de las agendas políticas de la revuelta. Aprobado el plebiscito de entrada con un 80% del voto ciudadano, empezaron los errores no forzados. El primero fue la conducta arrogante y mesiánica que la Convención adoptó como identidad corporativa, acallando a la disidencia y condenando los 30 años de democracia previa como un tiempo perdido ante los verdaderos desafíos del país. Casi de inmediato el lenguaje inclusivo, la paridad de género, la plurinacionalidad y el opio de las redes sociales se apoderó de la actuación de los convencionales, que discutían y legislaban tuiteando con la galería en vez de acordar puntos comunes con sus colegas. Entre medio hubo estafas diversas y falsificaciones que más vale olvidar, pero fue bajo esta modalidad de asamblea y narcisismo galopante donde nació el proyecto de Constitución.  

Luego, una segunda premisa falsa, que era más bien una falacia, vino a sumarse a lo anterior: la votación del 4S se definía entre el apoyo a la Constitución de Pinochet y el nuevo texto redactado por la Convención. Este relato no solo pasaba por alto las variadas y sucesivas reformas que el texto de 1980 había sufrido durante los años de transición, sino que arrastraba consigo algo más grave como consecuencia lógica: transformaba una decisión política y electoral en un discurso moral. Los hombres y las mujeres del futuro estaban con la Convención y su texto, los corruptos de los últimos treinta años de democracia apoyaban la Constitución de Pinochet. Los propios exdirigentes de la Concertación por la Democracia se tragaron la mentira con aceite de ricino para paliar la náusea, y en un carnaval de malabarismos políticos sirvieron de voceros a quienes los despreciaban con total transparencia desde el día uno de la Convención. Peor aún: esta falacia operó como anteojera e impidió mirar el país real que tenían al frente, cuyas preocupaciones por cierto estaban tan lejos de apoyar o condenar a Pinochet como los miembros de la Convención Constitucional lo estaban de la realidad. Hasta ahora, ni aun en la derrota, los voceros de la campaña han logrado superar su propia mentira de representar una opción moral, ya que en caso de hacerlo tendrían que invalidarse ellos mismos como actores políticos luego del resultado electoral. Supongo que algo parecido ocurre con Pablo Iglesias de Podemos y el nuevo presidente de Colombia, Gustavo Petro, cuyas condolencias trasuntaron el mismo gustillo de pretensión moral que tanto daño hizo a los objetivos del Apruebo. Esta superioridad discursiva, voceada incluso por un ministro de Estado que hace solo unos años pasaba el gorro entre simpatizantes de los gobiernos de la Concertación para financiar su campaña a diputado, se cobró un alto precio entre los electores que fueron tratados de ‘fachos pobres’ e ignorantes, muy a la manera en que Hillary Clinton calificó de “pueblo deplorable” a quienes seguían a Trump, iniciando así el derrumbe de su campaña a la presidencia en 2016. 

Los seres de luz, los seres de moral, en verdad deberían estar prohibidos en la política. O al menos restringidos a circular en el recinto de una iglesia o de un hospital en tiempo de elecciones. Más todavía si se empeñan en hacer de una teoría académica una ley de la República. El clímax de este abismo con el mundo popular que decían representar se vivió en Valparaíso, a una semana de la votación: una performance de vanguardistas inclusivos se pasó literalmente por el culo la bandera nacional durante un acto oficial del Apruebo. La idea era hacer un símil del aborto, donde la bandera era propiamente la criatura a expulsar. El mal gusto, unido al grotesco orgullo de los actores, fue cubierto de disculpas y excusas de los organizadores, que poco pudieron hacer para borrar la impresión de vivir en mundos distintos, sin relación de continuidad cultural ni valórica entre uno y otro. Ni las apariciones desabridas de Susan Sarandon ni del infumable Mark Ruffalo con mensajes de apoyo lograron enderezar esta fatal incursión por los signos donde el Apruebo avergonzó a sus propios partidarios. 

Finalmente, un último error no forzado fue el miedo que se impuso como clima de bienvenida a la nueva Constitución. De pronto la felicidad era aterradora. Todos fuimos acusados de algo en algún momento. Y la culpa no era mía, ni por quién votaba ni lo que leía, para parafrasear a las feministas de Las Tesis. Fuimos timoratos, premodernos, traidores, acomplejados, borrachos o ladrones, mientras exministros y viejos dirigentes de la Concertación posaban ante las cámaras, camuflados de apruebistas y contemporáneos del nuevo Chile que nacía con la propuesta constitucional, olvidándolos a ellos en primer lugar. Un espectáculo tristísimo, en verdad: al final yo mismo me aburrí de aclararle a los descerebrados que me insultaban por redes sociales de que no era yo de quien hablaban sino de mi hermano Ricardo, exdirector del Museo de la Memoria y crítico activo a favor del Rechazo. 

El miedo no es monopolio de la derecha ni la izquierda, sino de quien ejerce el poder o ha sido empoderado para ejercerlo, viendo allí una herramienta de alta capacidad coercitiva, e incluso movilizadora. El miedo a una insurrección popular que proponía quemarlo todo; el miedo a una reacción de ultraderecha que remilitarizara el país; el miedo a hablar y hacerse oír en un espacio público intoxicado por la intolerancia, los patoteos y las funas; el miedo a la cancelación, a la disidencia, a la mentira y el falseamiento de los hechos. El miedo a los iluminados y redentores del pasado, a los activistas performáticos, a la criminalidad en los barrios, a la crisis migratoria en el norte y el bandolerismo ideológico en el sur. El miedo, en fin, a una propuesta de Nueva Constitución que parecía promover las bondades del todo vale y operaba como el brazo ilustrado de la violencia política en que se fue convirtiendo el sueño de la razón. 

Ya bien decía Barthes que el fascismo no es impedirle a alguien decir algo, sino obligar a decirlo. Acusar a los electores de timoratos ante una propuesta política que requiere una moral superior para asumirla, es tan reaccionario y anticlimático como considerarse elegido sin haber ganado todavía la elección. Y sin embargo eso fue lo que ocurrió con el Apruebo: derrotado en todas la regiones del país, en los centros urbanos y en las aldeas remotas, en las comunas más pobres y en las más ricas, entre los que ganan millones y entre los que ganan solo miserias, en los quintiles más bajos y en los más altos, la misma democracia se encargó de castigar a la moral con un estallido en las urnas. La elección del 4S no fue entre Pinochet y la Nueva Constitución, sino entre la realidad de un Chile tan complejo como múltiple y el país imaginario que filmó Guzmán abrazado a la Convención. La mayor evidencia de lo anterior es que el miedo murió la noche del plebiscito con el peso de casi ocho millones de votos por el Rechazo sobre un total de trece millones de electores, con una diferencia más de tres millones sobre el Apruebo en la participación ciudadana más grande desde el retorno a la democracia en 1990. 

No quisiera ser cruel con el Apruebo. Muchos de mis amigos están allí, heridos, honestos e irredimibles en su humanidad, así como hijos, sobrinos, familiares y conocidos (no así los meros turistas de la justicia social que luego de esta pasada volverán a sus carreras en la televisión y los programas de moda). Yo mismo voté Apruebo porque sigo pensando que un comienzo es necesario. Pero ahora, como muchos en Chile, en vez de miedo a lo que pueda ocurrir siento alivio por lo que viene. Nada se ha perdido de ese inicio si acaso la izquierda y el progresismo dejan de mentirse, abandonan la revancha del 73, el rencor de los noventa, la cultura del pueblo unido jamás será vencido y otras alegorías de la derrota, la cultura de los apoyos de Hollywood y las fábulas morales de Giorgio Jackson. Aquí son los chilenos con las chilenas, y para los chilenos y las chilenas, quienes deben mantener vivo el proceso constituyente que, entre otras muchas cosas, validó el espacio de los pueblos originarios como parte de su propia esencia. Ese fue el mandado ciudadano del Apruebo en el plebiscito de entrada y ese es hoy el mandato del Rechazo en el plebiscito de salida. 

Alea iacta est, en Chile la suerte ya está echada, y ahora le toca al presidente Boric cruzar el Rubicón. En cuanto a Mi país imaginario, conjeturo que si algo quiso decir entre líneas Patricio Guzmán con su última película, puede que ese algo haya sido una despedida cifrada en el título. Mi país imaginario, de hecho, no parece ser tanto el renacer de un sueño trágico en octubre de 2019 como la despedida de un largo duelo que se arrastra desde 1973. La victoria aplastante del Rechazo, al menos, sí tiene ese significado político para el país. 

Por Roberto Brodsky 7/09/2022

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Artículo publicado en colaboración con rialta.org/magazine

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Mujeres en la manifestación del 8-M en Ñuñoa, Chile (2019).

El texto que votará el pueblo chileno tiene más implicaciones para el género y los derechos de las mujeres que cualquier otra constitución del mundo

 

El año pasado, Chile hizo historia: su pueblo eligió una Convención Constituyente para redactar una nueva constitución, la primera asamblea de este tipo en la historia con paridad de género. La líder y académica progresista mapuche Elisa Loncón fue elegida como su primera presidenta.

Ahora, se dispone a hacer historia de nuevo, mientras el pueblo chileno se prepara para votar un nuevo documento con las mayores implicaciones para el género y los derechos de las mujeres que cualquier otra constitución del mundo.

Nosotras, feministas de todo el mundo, celebramos este proceso ejemplar y apoyamos a Chile mientras se prepara para abrir un nuevo capítulo de su historia.

En la nueva constitución de Chile, somos protagonistas. Garantiza la igualdad de representación de género y de toma de decisiones a nivel nacional, regional y municipal, exigiendo la paridad de género en todas las instituciones, elegidas y designadas — “Su democracia es inclusiva y paritaria”.

En la nueva constitución de Chile, somos libres. Con leyes progresistas para el aborto seguro y legal, derechos para las personas trans y no binarias, y el derecho a una vida libre de violencia, protege el derecho de toda persona a vivir una vida de dignidad y alegría. Se garantiza a toda persona el derecho a la identidad en todas sus dimensiones y manifestaciones, incluidas las características sexuales, las expresiones de género, el nombre y las orientaciones sexoafectivas.

En la nueva Constitución de Chile se nos valora. Ve el mundo como lo hacen las feministas, reconociendo las múltiples formas en que las mujeres sostienen nuestras economías y nuestros mundos. Prioriza la dignidad económica y la independencia de las mujeres, reconociendo el trabajo del cuidado y su contribución a la economía, junto con el reconocimiento de la discriminación en la esfera laboral. 

En la nueva Constitución de Chile se nos ve. La Constitución no sólo defiende los derechos personales y políticos, sino que garantiza la igualdad de género sustantiva, más que formal, al encomendar al Estado promover una sociedad en la que “mujeres, hombres, diversidades y disidencias sexuales y de género, participen en condiciones de igualdad sustantiva, reconociendo que su representación efectiva en el conjunto del proceso democrático es un principio y condición mínima para el ejercicio pleno y sustantivo de la democracia y la ciudadanía.”

Elisa Loncon dijo: “A partir de este momento, encontramos un nuevo Chile: plural, multilingüe, con mujeres, con territorios. Este es el sueño de nuestros antepasados hecho realidad”.

Compartimos este sueño con nuestrxs amigxs de Chile, compartimos este sueño con el mundo.

Firman:

Angela Davis, profesora, EE.UU. 

Irene Montero, ministra de Igualdad; miembro del Congreso de los Diputados, España.

Silvia Federici, cofundadora del Colectivo Feminista Internacional; profesora, Italia.

Judith Butler, profesora, EE.UU.

Elizabeth Gómez Alcorta, ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad, Argentina.

Clara López Obregón, senadora; ex ministra de Trabajo y ex alcaldesa de Bogotá, Colombia. 

Nancy Fraser, profesora, EE.UU.

Chantal Mouffe, profesora, Bélgica.

Niki Ashton, miembro del Parlamento, Canadá.

Zarah Sultana, miembro del Parlamento, Reino Unido. 

Aruna Roy, fundadora y miembro de Mazdoor Kisan Shakti Sanghathan (MKSS); presidenta de la Federación Nacional de Mujeres de la India (NFIW), India.

Paola Pabón, Prefecta de Pichincha, Ecuador. 

Lidy Nacpil, coordinadora del Movimiento Popular Asiático sobre la Deuda y el Desarrollo (APMDD); co-coordinadora de la Campaña Mundial para exigir Justicia Climática, Filipinas. 

Julia Argentina Perié, co-presidenta del Foro EuroLat de la Mujer, Argentina.

Veronika Mendoza, ex candidata presidencial; ex miembro del Congreso de la República, Perú.

Manuela D'Ávila, ex candidata vice presidencial; ex miembro de la Cámara de Diputados, Brasil. 

Anahí Durand, profesora; ex ministra de Mujeres y Poblaciones Vulnerables, Perú. 

Betiana Díaz, miembro de la Cámara de Representantes; miembro del Parlamento de Mercosur, Uruguay.

Mônica Valente, secretaria ejecutiva, Foro de São Paulo, Brasil. 

Idoia Villanueva, miembro del Parlamento Europeo; secretaria de Relaciones Internacionales Podemos, España.

Lucía Muñoz Dalda, miembro del Congreso de los Diputados, España.

Verónica Gago, profesora, Argentina. 

Jahiren Noriega Donoso, asambleísta alterna por Pichincha, Asamblea Nacional, Ecuador.

Maite Mola, vicepresidenta primera, Partido de la Izquierda Europea (PIE), España. 

Cinzia Arruzza, profesora, Italia.

Lucía Cavallero, profesora; miembro del Colectivo Ni Una Menos; Argentina.  

Dolores Gandulfo, directora del Observatorio Electoral, La Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (COPPPAL), Argentina.

Esther Miranda, analista; miembro de la Secretaría Internacional de Podemos, España.

Puedes firmar el manifiesto en esta página.

Autora , Angela Davis

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Imagen: Sandra Cartasso

Entrevista al nuevo jefe de la política antidrogas de Perú

El presidente ejecutivo de la Comisión Nacional para el Desarrollo de Vida sin Drogas asegura que poner al Ejército a combatir el narco "puede ocasionar más problemas que beneficios".

 

Ricardo Soberón es desde noviembre de 2021 el presidente ejecutivo de la Comisión Nacional para el Desarrollo de Vida sin Drogas (Devida), un organismo que depende del gobierno de Perú. Lleva décadas estudiando la geopolítica del narcotráfico y propone para su país un pacto social con los campesinos cocaleros que demuestre que "es posible una vía no violenta de erradicación de sus siembras". En diálogo con PáginaI12 Soberón asegura que no debe involucrarse a las fuerzas armadas en el combate a las estructuras narcocriminales, ya que se trata de "una tarea que no les compete" y "puede ocasionar más problemas que beneficios".

Abogado de la Universidad de Lima, Soberón visitó Buenos Aires para participar de la VIII Conferencia Latinoamericana y XX Conferencia Nacional sobre Políticas de Drogas. Destaca la propuesta antidrogas del presidente Gustavo Petro en Colombia aunque la define como demasiado amplia cuando, en cambio, "las mazorcas de maíz se desgranan una por una". Más allá del combate al narcotráfico, el experto pone el acento en las desigualdades comerciales entre americanos y europeos: "Creemos que una taza de café que se tomen en París, Londres o Hamburgo a cinco euros debe pagar no solamente el café que se ha invertido sino el carbono absorbido, la cocaína evitada y la biodiversidad protegida".

- Usted propone para Perú un pacto social con los cocaleros. ¿En qué consiste?

- Llevo 30 años de mi vida trabajando alrededor de la problemática y los actores sociales y me di cuenta de que todas las experiencias de interdicción para reducir la oferta de hoja de coca en los Andes no han funcionado. No ha habido un trato igualitario, democrático, ciudadano del Estado peruano con sus productores campesinos cocaleros. Se les ha narcotizado, criminalizado, se les ha tratado mal. ¿Qué es lo que planteamos? Un pacto ciudadano con derechos y obligaciones para impedir la erradicación forzosa en una región como el Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem) que tiene remanentes de Sendero Luminoso, un narcotráfico boyante y una ausencia intensa del Estado peruano. Bajo ese contexto, el compromiso es que no expandan sus cultivos de coca y más bien lo reduzcan. A cambio hemos conseguido los recursos públicos del Estado peruano, cuatro millones de euros de la Unión Europea y le ofrecemos a los agricultores un programa de desarrollo alternativo de sus cultivos.

- En Colombia, el presidente Petro anunció una política antidrogas ambiciosa. ¿Cómo la evalúa?

- Mire, nosotros no queremos expandir nuestro plan a todo el Perú porque no tenemos los recursos ni la espalda financiera. A diferencia de la propuesta de Petro que es abierta, totalizadora e interesante, pero tengo que decirlo, poco realista. Los funcionarios colombianos tienen evidencia científica para poner en discusión varios conceptos del sistema internacional, pero una cosa es opinar en el aula universitaria y otra cosa es cuando entramos a gestionar política pública. Ya tenemos experiencias pasadas de intentos de reforma que no han tenido éxito. Y países como Colombia tienen agendas entrecruzadas con Europa, con Estados Unidos, con nosotros mismos, entonces por eso es que llamaría a una reflexión mayor para poder hacer aterrizar esas propuestas en cosas más específicas. Las mazorcas de maíz no se rompen, se desgranan una por una.

- ¿Una respuesta antidrogas eficiente incluye también una reforma de las fuerzas de seguridad?

- Las estructuras complejas de la criminalidad organizada requieren un trabajo eficiente por parte de nuestras fuerzas de seguridad. Nuestros sistemas carcelarios están absolutamente saturados, qué decir de los tribunales. Por lo tanto yo reduciría el ámbito de trabajo de las fuerzas de seguridad para poder focalizarlos allí donde hace falta. Follow the money, eso es lo que hay que hacer. Y definitivamente es decirle 'no' a involucrar a las fuerzas armadas en una tarea que no les compete, para la cual no están preparadas y que como muestra la realidad puede ocasionar más problemas que beneficios.

- ¿Cómo se aborda desde el Estado a las guerrillas vinculadas al narcotráfico en Latinoamérica?

- Es una mixtura compleja. Primero es evidente que hay múltiples muestras de las cuáles grupos ideologizados que optaron por la lucha armada terminaron absolutamente involucrados en actividades ilícitas. No solamente en América latina, sino también en el Medio Oriente. Entonces para enfrentar esa relación no podemos caer en una distorsión o generalización del foco del fenómeno que hay que abordar. Creo que lo mejor es dejar sin combustible al problema. Si nosotros introducimos factores de efervescencia social para combatir el narcotráfico que terminen alimentando el discurso violentista de un grupo armado, vamos por el mal camino. Eso lo hemos aprendido en el Perú. Dejamos al pez sin agua y podemos agarrar al pez. Pero si hacemos, por ejemplo, erradicación forzosa en una región donde está Sendero Luminoso, le estamos echando agua al pez y el pez se va a desenvolver sin problemas para ganar adeptos militantes y potencialmente gente armada.

- ¿Cómo está configurado el circuito mundial de la cocaína? ¿Se dieron cambios importantes en los últimos años?

- El detenimiento del comercio marítimo internacional generó una evidente agresión del crimen organizado hacia la Amazonia y sus pueblos indígenas. Te estoy hablando literalmente de volcar los circuitos transnacionales de comercio a través de la Amazonia para llegar al Atlántico y de ahí a África Occidental y Europa. El enorme riesgo ahora es que el problema de drogas se convierta en un problema entre Perú, Brasil y Argentina. Ya no es de Europa y ya no es de Estados Unidos. Pues tenemos que nosotros encontrarnos, mirarnos a la cara y decir qué tenemos en común en ciertos temas que no nos amarren de brazos pero que nos permitan actuar consensuadamente ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), ante el sistema de Naciones Unidas, ante foros políticos, etcétera. Para nosotros no es un asunto de que porque tú produces y yo consumo, tenemos la misma responsabilidad. Perdónenme pero Adam Smith nos enseñó en "La Riqueza de las Naciones" que es la demanda la que genera la oferta y no es a la inversa. Bajo ese criterio Europa, que nos va a poner condiciones de trazabilidad para nuestro café y nuestro cacao para el 2024, quiere lavarse la cara con el cambio climático a costa nuestra y nuestros productores no van a poder exportar ese café y ese cacao porque no tienen las condiciones de trazabilidad. Y, sin embargo, toda la cocaína que se consume en Europa Occidental o en América del Norte se expande libremente. Tienen que cambiar los términos de la cooperación sí o sí.

- Y Argentina, ¿qué lugar ocupa en ese circuito?

- Es el factor distractor. El eje Rosario - Buenos Aires se ha convertido en la modalidad para distorsionar el foco que anteriormente tenían las policías del mundo sobre el Caribe, sobre el Pacífico, y los narcos inmediatamente han reconstruido sus redes a nivel regional a través del territorio argentino. Entonces el Río de La Plata se ha convertido en un punto de salida de la cocaína hacia Europa. Hay evidencia empírica que muestra que hay lugares en Argentina que han sufrido un incremento de los indicadores de violencia y Rosario es un ejemplo de ello. Que llegue a niveles como los que en su momento tuvo Colombia, México, Honduras o El Salvador es difícil saberlo. Pero los narcos tienen una forma de operación: plomo o plata. Y me temo que aún tenemos esa debilidad en toda América del Sur para caer en la tentación de la plata antes que en la del plomo

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Espejos de las resistencias en la Grecia rebelde

Dos mantas cuelgan a la entrada del bosque Skouries, en la región de Calcídica, norte de Grecia. En una se lee: "Las chispas de nuestra resistencia prenden fuego a la larga noche de la humanidad". La otra tiene una historia especial: fue elaborada en el contexto de la Travesía por la Vida del EZLN, en particular para saludar el recorrido del escuadrón zapatista 4-2-1 que navegó desde México hasta la Europa Insumisa. "La montaña abre sus brazos a [email protected] herman@s zapatistas. Buen viaje compañeroas", reza.

Es julio de 2022 y el calor puede sentirse aún bajo el manto del bosque. En el camino aparecen otras mantas y banderas que apenas son la antesala de un escenario que alberga foros, conciertos, reuniones... Ahí se concentran al menos 100 activistas que han acudido a un encuentro de "lucha y libertad", en el que durante 10 días se compartió información, balances, estrategias, talleres, alimentos, música y muchas horas de palabra y escucha. Durante los fines de semana llegaría mucha más gente con sus casas de campaña a engrosar el encuentro.

La defensa del bosque de Skouries es un referente en Grecia, en Europa y el mundo. Los pueblos de la región y colectividades aliadas se han enfrentado durante 15 años a la minera canadiense Eldorado Gold Corporation, que busca extraer oro y cobre. Los pueblos han logrado evitar que la mina sea echada a andar, aunque ya está construida gran parte de la infraestructura necesaria. Diferentes gobiernos han utilizado la represión, la cárcel y la persecución para amedrentar al movimiento, y aunque lo han mermado, el corazón de la resistencia permanece activo. Quienes defienden el bosque de Skouries también conocen la falsedad de las palabras de quienes prometieron parar la mina una vez llegados al gobierno, y cuando llegaron, voltearon para otro lado, o dijeron que la "correlación de fuerzas no les favorecía".

Quizá por eso en Skouries apuestan por las luchas de abajo, de la gente sencilla, la que defiende sus territorios y construye proyectos alternativos. Son esas luchas las que abrazan a Skouries y responden a su llamado, acuden al encuentro. Entre esas luchas están los defensores del agua en Stayates, en el monte Pelión, a unos kilómetros de ciudad de Volos. Ese poblado, de apenas 70 habitantes, ha librado una batalla contra los intentos de privatización de su agua, al mismo tiempo que ha desplegado una intensa campaña de difusión de los ideales antifascistas y antirrascistas, aspirando y practicando la autonomía, la autogestión y la democracia directa.

También acudieron al encuentro los trabajadores de la fábrica recuperada de BIO.ME, quienes ante el abandono por los patrones organizaron asambleas y decidieron recuperar la fábrica, autogestionarla y "fabricar productos útiles y necesarios para la familia popular". Fue así como en la fábrica recuperada pronto comenzaron a producir artículos de limpieza, para luego incorporar también otros de higiene y cuidado personal, todos naturales y ecológicos.

Entre las organizaciones que asistieron estuvo Infolibre, un medio de comunicación independiente que con periodistas solidarios cubre distintos movimientos sociales desde un enfoque crítico y solidario.

Muchas otras organizaciones participaron del encuentro, en el que se abordaron temas como la guerra de Rusia contra Ucrania y sus efectos en toda Europa, el ecocidio y el cambio climático, el colonialismo verde y sus granjas eólicas y fotovoltaicas, la intensificación de la migración y el desplazamiento forzado, la pandemia y las políticas sanitarias de control, los movimientos de mujeres y las contradicciones dentro de las organizaciones respecto al tema de género y la crisis alimentara.

Herederos una fuerte tradición antiautoritaria, antifascista y libertaria, las organizaciones que acudieron al encuentro con los pueblos que defienden el bosque de Skouries saben que sólo mediante la lucha anticapitalista se puede aspirar a construir un mundo mejor. Ya probaron las promesas y fracasos de quienes soñaron con domesticar el capitalismo, y como consecuencia sufrieron la desarticulación y cooptación de muchas de sus luchas. Ahora es distinto, saben que, aunque sea a paso lento, lo necesario es reconstruir el movimiento y volverse a encontrar con quienes luchan en Grecia y el mundo por un mundo mejor. Hoy saben ya que otra vez las chispas de las resistencias reavivan el fuego que dará luz a esa larga noche en la que los señores de la guerra y el dinero han sumergido a la humanidad. Mirarse en los espejos de las resistencias de la Grecia rebelde, y acudir al encuentro para volver a reconocernos, es una tarea que se hace necesaria en todo el mundo.

Por Raúl Romero*

*Sociólogo. @RaulRomero_mx

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Lunes, 29 Agosto 2022 05:57

Conservadores y progresistas, una nota

Conservadores y progresistas, una nota

En cada nación se podría listar un conjunto de hechos que apuntan a la profunda transformación social ocurrida en lo que corre de este siglo. En tales listas habría muchos elementos comunes a todas las sociedades y otros, por supuesto, de índole específica.

Todo país enfrenta condiciones cambiantes en su sociedad y en su relación con el resto del mundo. A pesar de la crisis de la globalización, ésta no se acabará, se reconformará de alguna manera que hoy no es clara. Será más o menos inestable, con otro tipo de alianzas y de conflictos, algunos de los cuales ya se prefiguran, y con un distinto armazón del poder, tanto en la zona del Atlántico y del Pacífico y de sur a norte.

Una breve enumeración de hechos, por supuesto que sólo de modo ilustrativo y desordenado, advierte sobre dicha mudanza social: el clima y sus consecuencias, crisis económicas recurrentes, incapacidad de los estados para proteger a los ciudadanos, débiles o muy cuestionables liderazgos políticos, un sistema económico rígido que no difunde la prosperidad, proliferación de la pobreza, sentimiento de pertenecer a sociedades que no son funcionales, la cuestión energética, guerras y enfrentamientos, migraciones, racismo e inseguridad.

Ante esta situación, por ejemplo, los dos aspirantes al liderazgo del Partido Conservador del Reino Unido y para sustituir a Johnson como primer ministro: Truss y Sunak, se declaran abiertamente identificados con la versión conservadora de Margaret Thatcher que ejerció el gobierno de 1979 a 1990.

De modo muy esquemático el dogma del conservadurismo político se ha formulado en algunos principios: libertad individual, gobierno limitado, estado de derecho, la paz conseguida mediante la fuerza, responsabilidad fiscal, mercados libres.

Ciertamente, dicha versión ya exhibía su agotamiento desde hace más un par de décadas. La crisis financiera de 2008 puso en entredicho al capitalismo ultra-liberal y desregulado, con los ingresos salariales estancados y confrontaciones cada vez más patentes.

Un rasgo muy notorio del conservadurismo como el del Partido Republicano de Estados Unidos, es que no sólo se expresa en la arena política y legislativa, sino que se ha judicializado. Las acciones y los postulados son cada vez menos flexibles.

Del otro lado del espectro político, el de los progresistas, recurro aquí algunas nociones del filósofo español Daniel Innerarity que considera que éstos, tanto como sus antagonistas, comparten la idea de que la historia va por una vía que los primeros quisieran recorrer hacia adelante con rapidez y los otros –conservadores y reaccionarios– quieren frenarlo o hasta retroceder a un tiempo pasado que se supone mejor y se vuelve una referencia para sus propuestas y acciones.

Estas fuerzas políticas, dice Innerarity, admiten que hay un camino de la historia y se distinguen por ubicar la catástrofe hacia atrás o hacia adelante en el tiempo. Esto, concluye, hace que las ideologías de derecha e izquierda se expresen en la forma de prisa y nostalgia.

El discurso político y la gestión de gobierno en muchas partes aparecen como un campo ideológico en el que las nociones expuestas por el progresismo y el conservadurismo tienden, en ciertos aspectos, a confundirse.

En todo caso la cuestión abierta acerca de la relación entre capitalismo y democracia, así como el incremento de las desigualdades y otras formas de antagonismo social con distintas intensidades ha propiciado una vuelta del populismo y, además, de vertiente autoritaria. En algunos casos se exhibe, de plano la barbarie.

Las ideologías parecen estar hechas de retazos de idealizaciones, prejuicios, mitos, subterfugios y, también, falsificaciones. Esto se presenta como fórmulas para superar situaciones indeseables y que acaban por convertirse en expresiones distintas de tensiones y conflictos viejos y nuevos. La cuestión se aprecia en las políticas públicas, en la gestión de la administración del Estado, en el deterioro de los servicios que provee. También se expresa en los espacios que se ofrecen a la población en materia de apertura política, transparencia, seguridad, mayores y reales oportunidades y bienestar y calidad de vida.

Movimientos, partidos y liderazgos políticos se presentan reiteradamente como la encarnación de la única vía posible a seguir en una sociedad. Guiar políticamente: ejecutar, legislar, administrar la justicia e implantar las formas institucionales para hacerlo es una cuestión que debe aclararse política y prácticamente y convertirlo en un instrumento de la sociedad frente al gobierno.

Innerarity señala que la democracia, hoy, se asienta en la idea de estancamiento más que en la disputa entre el avance de la sociedad –para no decir aquí progreso– y su regresión. El cambio, afirma, se manifiesta como un seudomovimiento, una aceleración que es improductiva (como había propuesto Gabriel Zaid hace mucho tiempo).

Ese estancamiento sólo puede producir sometimiento, ineficiencia, limitaciones, distorsiones y una creciente mediocridad. Una oferta ciertamente exigua para poblaciones que necesitan, quieren y merecen más.

La exacerbación del discurso y la confrontación como método que se observa en todas partes no produce necesariamente un cambio positivo en las sociedades.

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El emblema oficial de las Naciones Unidas en la Sede de la ONU en la ciudad de Nueva York, Nueva York, EE. UU. -REUTERS

Durante los últimos cien años se ha hablado mucho acerca de transiciones entre tipos de sociedad y entre civilizaciones, y se han construido muchas teorías de la transición. Según el antropólogo francés Maurice Godelier, la transición es la fase particular de una sociedad que encuentra cada vez más dificultades en reproducir el sistema económico y social en el que se funda y comienza a reorganizarse sobre la base de otro sistema que se convierte en la forma general de las nuevas condiciones de existencia. Las transiciones más estudiadas en las ciencias sociales fueron las siguientes: de la edad media a la edad moderna, del feudalismo al capitalismo, del capitalismo al socialismo, de la dictadura a la democracia. En las últimas décadas, con el colapso de la Unión Soviética, las transiciones del socialismo de tipo soviético al capitalismo han sido muy estudiadas. Los signos de los tiempos nos obligan a pensar en dos tipos de transición aún poco estudiados: la transición de la democracia a dictaduras de nuevo tipo; y la transición de época del paradigma moderno de explotación ilimitada de los recursos naturales (la naturaleza nos pertenece) a un paradigma que promueve la justicia social y ecológica, tanto entre los humanos como entre los humanos y la naturaleza (nosotros pertenecemos a la naturaleza). La primera transición apunta a una profunda crisis de la democracia, mientras que la segunda apunta a la profunda crisis de los modelos de desarrollo económico-social que han dominado en los últimos cinco siglos. Son transiciones de signo opuesto porque, si se consuma la primera transición, es difícil imaginar que pueda ocurrir la segunda. Es bueno tener esto en cuenta, pues quien aspire a que se produzca la segunda transición tiene que luchar para que no ocurra la primera. Voy a explicar por qué.

La crisis de la democracia

El modelo de capitalismo que hoy domina es cada vez más incompatible con la democracia, incluso con la democracia de baja intensidad en la que vivimos, una democracia centrada en democratizar las relaciones políticas y dejar que sigan imperando los despotismos en las relaciones económicas, sociales, raciales, etnoculturales y de género. Me refiero a la prioridad de los mercados sobre los Estados en la regulación económica y social; la mercantilización de todo lo que puede generar ganancias, incluidos nuestros cuerpos y mentes, nuestras emociones y sentimientos, nuestras amistades y nuestros gustos; relaciones internacionales dominadas por el capital financiero y los superricos. El crecimiento global de las fuerzas de extrema derecha es el síntoma más visible de la profunda crisis de la democracia. Pero hay otros: la facilidad con que la guerra de la información impide el pensamiento y suscita emociones que incitan al conformismo y pasividad ante los opresores o a la rebelión contra los falsos agresores; la elección recurrente de gobernantes mediocres incapaces de gobernar y de pensar estratégicamente; el contrarreformismo conservador de los tribunales y la impunidad de los poderosos; la creación artificial de un ambiente de crisis permanente cuyos costos recaen siempre sobre las clases sociales más vulnerables; y el comportamiento de los partidos de extrema derecha que cuanto más antidemocráticos y violentos son, más suben en las encuestas. No se puede excluir la posibilidad de que el empeoramiento de la crisis socioeconómica lleve al colapso de las instituciones democráticas. Lo que sucedió en Sri Lanka el pasado 9 de julio es una advertencia perturbadora: descontenta con el costo de vida y el colapso de la economía, la multitud invadió el palacio presidencial y el presidente, incapaz de resolver los problemas del país, huyó al exterior.

La desfiguración de la democracia es cada vez más evidente. Teniendo como objetivo original garantizar el gobierno de las mayorías en beneficio de las mayorías, la democracia se está convirtiendo en un gobierno de minorías en beneficio de las minorías. Si al comienzo de la invasión de Ucrania se hubiese realizado una encuesta a la opinión pública europea sobre la continuación de la guerra o la negociación inmediata de la paz, estoy seguro de que la respuesta a favor de la paz sería abrumadoramente mayoritaria. Sin embargo, ahí está la continuidad de la guerra con su innegable y, hasta ahora, única certeza: los grandes perdedores son el pueblo ucraniano y los demás pueblos europeos. Nada de esto sucederá en vano. Será bueno señalar de entrada que fueron los gobiernos más autoritarios (Hungría, Turquía) y los partidos de extrema derecha los que menos entusiasmo mostraron por el vértigo bélico y antirruso que los neoconservadores norteamericanos lograron imponer en Europa a través de una guerra de información sin precedentes. Así es como el imperialismo norteamericano en nombre de la democracia promueve la autocracia.

Las nuevas dictaduras que se anuncian en el horizonte no prohíben la diversidad política partidaria, más bien eliminan la diversidad ideológica entre las diferencias partidarias. No eliminan la libertad, la reducen a un menú de libertades autorizadas. No hostilizan el ejercicio de la ciudadanía, inducen a los ciudadanos a hostilizarlo o a serle indiferente. No reducen la información, la aumentan hasta el agotamiento por la repetición siempre igual y siempre diferente de lo mismo. No eliminan la deliberación política, hacen que la deliberación sea tanto más dramática cuanto más irrelevante, dejando las "verdaderas" decisiones a cargo de entidades no democráticas, ya sean Bilderberg, Google, Facebook, Twitter, BlackRock, Citigroup, deep state, etc.

La crisis ecológica y el extractivismo

Las regiones del mundo que más intensamente sufren la crisis ecológica son África, algunas islas del Pacífico y algunos países del sur de Asia (Bangladesh), pero donde más se ha discutido al respecto es en Europa y América Latina. Ante la actual ola de calor y sus consecuencias, el Secretario General de la ONU declaró recientemente que la humanidad se enfrenta a una elección existencial: "o acción colectiva o suicidio colectivo". Ya a fines de mayo de 2020, la temperatura al norte del Círculo Polar Ártico alcanzó los 26 grados centígrados. Un poco más al sur, en Siberia –esa región del mundo que se usa como referencia de algo muy frío–, las temperaturas alcanzaron los 30°C. En 2020, el hielo oceánico glacial del Ártico experimentó la mayor disminución jamás registrada en solo un mes. Entretanto, se está construyendo un nuevo continente, el continente de los plásticos en pleno Océano Pacífico, que se extiende desde California hasta el archipiélago de Hawái. Durante muchos miles de años, los seres humanos se han concentrado en las regiones tropicales y templadas de la Tierra. Si continúa el ritmo actual de calentamiento global, entre 1.000 y 3.000 millones de personas quedarán en los próximos 50 años fuera del nicho climático donde se concentra actualmente la mayor parte de la población mundial: la parte sureste del continente asiático. Uno de los países más gravemente afectado por las inundaciones asociadas a los monzones es Bangladesh, con cerca de una cuarta parte de su territorio inundado, situación que afecta a más de cuatro millones de personas.

La injusticia ambiental es hoy una de las más graves y quizás la menos discutida. El dióxido de carbono (CO2) responsable del calentamiento global permanece en la atmósfera durante muchos miles de años. Se estima que el 40% del CO2 emitido por los humanos desde 1850 permanece en la atmósfera. Así, aunque China sea hoy el mayor emisor de CO2, lo cierto es que, si tomamos como referencia el periodo 1750-2019, Europa es responsable del 32,6% de las emisiones, EE.UU. 25,5%, China 13,7%, África 2,8% y Latinoamérica del 2,6%. Cada vez es más evidente que la acción colectiva pedida por Guterres no puede dejar de tener en cuenta esta dimensión de la injusticia histórica (casi siempre superpuesta a la injusticia colonial).

Los modelos de desarrollo industrial vigentes desde finales del siglo XVIII se basan en la explotación ilimitada de los recursos naturales. Sus dos versiones históricas, el capitalismo y el socialismo soviético (entre 1917 y 1991), fueron muy similares en su relación con la naturaleza. El productivismo era la otra cara del consumismo, y ambos se basaban en un crecimiento económico infinito. Europa recurrió al colonialismo y al neocolonialismo para apropiarse de los recursos naturales que le faltaban y que abundaban en otras regiones del mundo. En éstas, las élites económicas y los Estados encontraron en la intermediación de la explotación de los recursos naturales una de las principales fuentes de su poder económico. Hasta hoy. En América Latina, este modelo económico se denomina actualmente neoextractivismo para distinguirlo del extractivismo que dominó durante el período del colonialismo histórico. En este continente está abierto el debate sobre la transición de este modelo de desarrollo a otro, ecológicamente sustentable, llamado Buen Vivir, expresión traída al debate por el movimiento indígena. Es él quien más se ha destacado en la lucha por otra concepción de la naturaleza basada en la idea de que la naturaleza es la fuente de toda vida, incluida la vida humana, y por lo tanto debe ser respetada, so pena de cometer el "suicidio colectivo" mencionado por Guterres. Una de las principales líneas de fractura dentro de las fuerzas políticas usualmente consideradas de izquierda es entre quienes quieren mantener el modelo neoextractivista para generar recursos que mejoren las condiciones de vida de la mayoría de la población empobrecida; y aquellos para quienes este modelo no solo destruye la ya precaria supervivencia de las poblaciones en las regiones donde se explotan los recursos, sino también perpetúa el poder de las élites rentistas, agrava aún más la desigualdad social y produce el desastre ecológico.

En Europa, el debate parece limitarse a las modalidades de la transición energética. Cambiar los modelos de consumo no está en el horizonte. Es una ecología de los ricos que se satisface con coches eléctricos, siempre y cuando cada familia de clase media siga teniendo dos coches, olvidando, además, que las baterías de los coches eléctricos utilizan recursos minerales no renovables (litio). Para la perspectiva dominante, es anatema reducir el consumo no esencial o proponer una economía sin crecimiento.

Mencioné anteriormente que la crisis de la democracia y la crisis ecológica están vinculadas. La guerra de Ucrania, al implicar la profundización de la crisis de la democracia, implica también la profundización de la crisis ecológica. Basta tener en cuenta cómo la crisis de la energía fósil provocada por la guerra evapora todas las buenas intenciones de la transición energética y las energías renovables. El carbón ha regresado del exilio y el petróleo y la energía nuclear se están rehabilitando. ¿Por qué es más importante perpetuar la guerra que avanzar en la transición energética? ¿Qué mayoría democrática decidió en ese sentido?

28 agosto, 2022

Traducción de José Luis Exeni Rodríguez

Publicado enSociedad
Sábado, 27 Agosto 2022 06:19

Gran Bretaña, sin timón y en crisis

Una de las huelgas del correo en el Reino Unido.. Imagen: AFP

Inflación, salud en colapso, falta de agua, tarifazo energético

Los dos dígitos de inflación por primera vez en cuarenta años, la caída del salario real a su peor nivel en décadas y las huelgas de transporte son algunos de los síntomas de un descontento generalizado. El Sistema Nacional de Salud está al borde del colapso, la sequía por un verano de altas temperaturas dejó sin agua a amplias zonas del país, los precios energéticos van a duplicarse en octubre y la conflictividad laboral se ha disparado. Hasta los abogados criminalistas acaban de anunciar un paro.

Por momentos parece que no hay sector en Gran Bretaña que funcione del todo. El primer ministro Boris Johnson renunció en junio y su sustituto recién se anunciará el 5 de septiembre. El barco de este país del G7 está averiado, a la deriva y sin nadie a cargo.

Trágico declive

En los medios conservadores hace rato que encendieron la señal de alarma. “Prácticamente nada funciona en el Reino Unido”, dice el semanario conservador “The Economist”. “El país está crujiendo”, diagnostica otro pilar del establishment, el “Financial Times”. Uno de los diagnóstico más lapidarios pertenece a un columnista estrella del ultraconservador matutino “Daily Telegraph”. “Nuestro asombrosamente acelerado declive es trágico y, sin embargo, no sorprende. Estamos cerca del desenlace, del punto final, de un cuarto de siglo de fracaso político, intelectual y moral del cual la mayoría de nuestra clase política es cómplice”, escribe Allister Heath.

Los problemas van más allá de la pandemia o la guerra con Ucrania. “Hay una repentina conciencia de que la era de la covid-19, el Brexit, la Guerra en Ucrania y la emergencia climática están exponiendo fallas fundamentales que han estado supurando por décadas”, dice en el “The Guardian”, el columnista John Harris.

¿Quién invierte?

El mantra del gobierno conservador que asumió en 2010 tras el estallido financiero global fue que el problema residía en el déficit fiscal y la solución era bajar el gasto y estimular la inversión privada recortando los impuestos de ricos y corporaciones.

En los 80 Margaret Thatcher convirtió esta fórmula en dogma. Los conservadores del siglo 21 no cambiaron de discurso: los resultados fueron los mismos que con la “dama de hierro”.

A pesar de tener una de las tasas impositivas más bajas, el Reino Unido está en el fondo de la tabla de la inversión privada y pública de los países del G7. “Esta falta de inversión viene de décadas. Una obsesión con la eficiencia del gasto ha hecho que en vez de mantener y mejorar la infraestructura se la haya dejado colapsar. En el Reino Unido se trabaja mucho más que en Alemania y Francia pero estamos muy por detrás en términos de productividad porque invertimos muchos menos en rubros clave incluidos tecnología, capacitación e investigación”, señala el editor económico del “The Guardian” Larry Elliot.

Dos ejemplos

La sequía en este bochornoso verano dejó a la vista que las corporaciones que manejan el suministro de agua, privatizado en los 80, no han construido ningún nuevo reservorio a pesar de que hubo un aumento poblacional de diez millones de personas en las últimas décadas. El mismo descuido se ve en el mantenimiento de un sistema que, en gran parte, viene de la época victoriana. El resultado es que unas treinta millones de personas enfrentan hoy un uso restringido del agua y que en buena parte de la costa del sur inglés, de Cornualles a Devon, está prohibido meterse en el mar por la contaminación de las aguas.

Al igual que el resto del sector corporativo, los impuestos a las compañías responsables han bajado del 26 por ciento en 2010 al 19. Pero más que estimular la inversión, las ganancias se usaron para pagar dividendos a los accionistas: el equivalente a más de setenta mil millones de dólares (57 mil millones de libras) en los últimos treinta años. Los ejecutivos de las empresas del sector tampoco se han perdido la fiesta. En los dos últimos años, plena pandemia, se adjudicaron bonos por más de 35 millones de dólares. En comparación Scottish Water, que permaneció en manos del estado, invirtió cerca de un 35 por ciento en infraestructura por hogar en el mismo período.

El sector energético, que registró ganancias extraordinarias con la guerra, está aumentando los precios de lo lindo. Este viernes se confirmó un aumento del ochenta por ciento en las tarifas, que regirá desde el 1 de octubre, vísperas del duro invierno inglés. Accionistas y ejecutivos, felices: el público no tanto. Hasta en zonas tradicionalmente conservadoras como Surrey, en el sur del país, los votantes están desilusionados con el sistema privatizado y dispuestos a cambiar de partido. “He votado casi siempre a los conservadores, pero no voy a volver a hacerlo. Las ganancias que están sacando las compañías de agua y de energía son un escándalo. Tendrían que ir a la cárcel en vez de ganar bonos millonarios”, comenta una jubilada, Mary Barnby.

Un país emparchado

A nivel del sector público, el congelamiento y reducción de la inversión desde 2010 hizo que el Sistema Nacional de Salud (NHS) tenga hoy uno de los más bajos números de camas hospitalarias por persona de un país desarrollado, algo que se notó durante la pandemia. El virtual congelamiento de salarios desde 2010 llevó a un éxodo de enfermeras y médicos, éxodo compensado solo parcialmente con la contratación de profesionales de países en desarrollo. El staff del NHS se parece cada vez más a la ONU por su mezcla de nacionalidades, pero aun así, uno de cada diez puestos de enfermería siguen vacantes.

Mientras que en Alemania, España o Estonia los estados invierten en el sector ferroviario para sacarlo de la crisis que tuvo a raíz de la pandemia, el gobierno británico anunció cortes equivalentes a más de 2500 millones de dólares. Desde el 21 de junio hubo ocho huegas que han semiparalizado la red ferroviaria.

El secretario general de RMT, el sindicato ferroviario, Mick Lynch, advirtió que el descontento actual puede terminar en una huelga general de facto (la última fue en 1927). “Es algo que decidirá la central de trabajadores. Pero lo que vamos a ver en educación, salud, transporte y el sector privado es acción sincronizada de huelga”. En los últimos dos meses hubo señales claras de este descontento laboral: cancelación de miles de vuelos en plena temporada veraniega, medidas de fuerza en el puerto de Felixstowe por el que pasa el 48 por ciento del comercio de contenedores, huelgas en petroleras, fábricas y hasta en Amazon.

En agosto el índice inflacionario de los doce meses previos superó el diez por ciento. Con la práctica duplicación de las tarifas energéticas a partir de octubre, el Banco de Inglaterra anticipa un trece por ciento para los próximos meses. El cálculo es que unas  quince millones de personas ingresarán en lo que se llama “pobreza energética” (destinan el diez por ciento de sus ingresos a pagar el gas y la electricidad). En los bancos de alimentos para los sectores más postergados muchos no compran papa por el gasto en que incurrirán al cocinarla: en el invierno británico el dilema será para muchos encender la estufa o comer.

Más de lo mismo

A esta crisis, se añade una virtual acefalía desde que Boris Johnson renunció en junio y quedó en funciones sin privarse por ello de contraer matrimonio y tomarse vacaciones en un gobierno sin cabeza. En más de la mitad de los ministerios no se toman decisiones hasta que haya un sustituto: en la prensa lo bautizan el “Zombie government”

El problema es que los dos candidatos para sustituirlo ofrecen más de lo mismo. La favorita, la canciller Liz Truss, promete una reducción impositiva de 27 mil millones de libras que favorecerá a empresas y multimillonarios para estimular la inversión en un país que todavía está lidiando con el agujero fiscal que le dejaron la pandemia y el Brexit. Su rival, el ex ministro de finanzas Rishi Sunak, es un poco más prudente y dice que ese es un objetivo a alcanzar más adelante. Pero privado de ese mantra impositivo, su programa contiene poco y nada.

Una encuesta el pasado fin de semana le daba una ventaja a los laboristas de ocho puntos sobre los conservadores y ponía por delante a su apocado líder Keir Starmer como mejor primer ministro que Johnson, Truss o Sunak.

¿Qué se viene?

El consenso es que el nuevo primer ministro gozará de una escasísima legitimidad: lo elegirán unos 200 mil miembros del Partido Conservador, en su mayoría mayores de 60 o 70 años que viven en zonas rurales. El resto del Reino, que enfrenta fuertes tensiones separatistas, sociales y generacionales, hará de invitado de piedra, una situación insostenible en medio de una crisis. A pesar de todo esto, a pesar de que Truss y Sunak están contaminados por su participación en el gabinete de Johnson, es posible que tengan la breve luna de miel que espera a los nuevos gobiernos. En algunos medios se especula que quien gane intentará aprovechar ese resurgimiento de expectativas para improvisar un paquete de ayuda masivo para el costo de la vida y convocar a elecciones anticipadas. 

 Es difícil que con tan escasa legitimidad y tantos agujeros económico-sociales el gobierno llegue a diciembre de 2024, más en un país que tiene una larga tradición de elecciones anticipadas. Pero más allá de los vaivenes políticos y electorales, los problemas de fondo no se irán con una nueva cara, sea del partido que sea. 

27 de agosto de 2022

Publicado enInternacional