L.S. Vygotsky

A veces cuesta dibujar horizontes que nos lleven a pensar más allá de nuestro horizonte capitalista que parece inquebrantable. Sin embargo, a veces es posible imaginar futuros en las letras de la tinta seca y desgastada del pasado. Hoy día es más importante que nunca recuperar alternativas, un destello de esperanza por el tragaluz de la historia. La psicología marxista (En concreto la aquí presentada pertenece a la Unión Soviética), a pesar de las dificultades a las que se vio enfrentada, como un materialismo mecanicista y donde se echa de menos la dialéctica predominante en la URSS  representa esa manera de repensar  una disciplina que ha sido acusada de complicidad con el sentido común de la clase dominante (a través de la psicologización por ejemplo). Muchos marxistas asumimos lo que dice Rosa: cuando alguien habla de moral, ciencia y democracia de forma general puede cometer el riesgo de hablar de la moral, la ciencia y la democracia de la clase dominante (Luxemburg, 2015).

Oposición a la psicología idealista

Llevar a cabo, como decía Marx, la crítica despiadada contra todo lo existente conlleva la identificación de la carcoma en las estructuras del capital. A veces hemos de asumir que son aquellos bloques de piedra impertérritos e incluso imperceptibles, por enormes que se nos muestran, donde el capital clava mejor sus garras, esto es, lo normal, lo natural y lo aceptable como enemigos de todo lo que es verdaderamente bueno. La psicología marxista de los primeros años de la URSS se construye en oposición a lo que se considera como la ciencia del sujeto natural y que ellos conciben como una psicología idealista. Tomando la crítica que hace Rubinstein a la psicología más allá de las fronteras de la URSS (Aunque también mordaz de puertas para adentro, sería injusto presentar toda la psicología como una argamasa indistinguible) él enarbola la existencia objetiva de lo psíquico en oposición a la psicología introspectiva, aquella que peca de encontrarse en los aledaños del idealismo, que crea una separación artificial de un mundo interno y que relegaba su objeto a este, también en oposición del conductismo al que señala un mecanicismo absoluto  reduciendo el mundo a lo externo y observable (Rubinstein, 2017).

Frente al dualismo de la época, Rubinstein asume la unidad de lo interno (psicológico) y lo externo (realidad). Y, a pesar de que hay un proceso de amnesia colectiva ante estos descubrimientos que sigue el hilo infecto de la época neoliberal, para Rubinstein lo psicológico es una construcción que se desarrolla de forma socio-histórica, la conciencia individual es imposible de dilucidar sin poner en valor la actividad y el contexto social, sin excluir el trabajo, concebido de la forma en que lo concibe Engels como proceso de transformación de la naturaleza en tanto que esta se da en el sujeto y en el objeto (Rubinstein, 2017).

Sin embargo, no podemos criticar por completo la psicología occidental sin entrar a debatir aquella que se encuentra dentro de las casas burguesas, aquel que convierte el hogar en una tragedia donde tu padre y tu madre pasarán de ser tenderos pequeño-burgueses a ser los mismísimos Layo y Yocasta, es decir, el coro: el freudismo. La crítica más mordaz a esta disciplina la realiza el psicólogo Valentín Nikolaevich Voloshinov en su texto ‘’El contenido de la conciencia como ideología’’. Voloshinov arguye que cualquier contenido en nuestras acciones conscientes es un contenido ideológico, no hay un límite fundamental entre el psiquismo y el contenido ideológico. Cualquier acción consciente se hilvana con un procesamiento ideológico (Voloshinov, 2017).  Para él nuestra conciencia  se forma de lo que podríamos llamar ‘’ideología conductual’’, la cual es más responsiva, excitable y más vivaz que una ideología formulada y oficial. Sin embargo tiene la misma relación con la base socioeconómica y el mismo tratamiento que cualquier superestructura ideológica en sentido estricto. Es, al mismo tiempo, donde se acumulan las contradicciones que hacen estallar una ideología ‘’oficial’’ (Es decir, un sistema ideológico formulado). Por eso para él los conflictos son ideológicos , no psíquicos, de manera que no solo son inaprensibles por la conciencia, sino que se escapan al individuo mismo. Para él parte de esta fuerza y expresión ideológica de los conflictos tratados en el psicoanálisis se basa en el sistema verbal y de representaciones del sufrimiento, bajo lo que se esconde diversas tendencias y corrientes ideológicas que forman esa ‘’ideología conductual’’ (Voloshinov, 2017).

Lo acusa, al mismo tiempo, de enterrar las relaciones sociales en el deseo sexual propio del psicoanálisis. Reduce la clase a una categoría inesencial y solo da carta de valor a las relaciones potencialmente sexualizables. De esta manera el triunfo del Freudismo supondría una ideología conductual enroscada contra sí misma que desintegra toda ideología ‘’oficial’’. El establecimiento de un contexto de clase y valores sociales que opera sin problemas y es universalmente respetado. La trituradora del freudismo dejaría un mar de detritus apoyado sobre una única realidad objetiva: la sexualidad como criterio supremo de la realidad, un contexto en el que contrastan la obviedad y la evidencia de las pulsiones sexuales con la vaguedad y la incertidumbre de los valores ideológicos sociales. El psicoanálisis representa la despolitización y desocialización del sujeto y sus relaciones. Cuanto más desclasada esté una persona más vivamente siente su ‘’desnuda naturalidad’’, su ‘’esencia’’ (Voloshinov, 2017).

La concepción marxista de algunos elementos de la psicología.

Excavar los yacimientos del pasado a veces nos lleva a construir al lado de los gigantes de otro tiempo, apoyarnos en su belleza, muchos psicólogos soviéticos comprendieron esto y retornaban constantemente a Marx y Engels como recurso para impregnar del Marxismo sus análisis. Si hay alguien impregnado por aquellos viejos teóricos y sus líneas ese es Aleksandr Romanovich Luria, de la misma manera arropado en los clásicos se da cuenta de algo que resulta cada vez menos obvio: el marxismo es una herramienta privilegiada para la construcción de alternativas. Debían retornar a Engels a través del materialismo monista y la dialéctica. El materialismo monista tal y como lo define Luria quiere definir el mundo como uno solo, distanciado de la filosofía idealista que nos sugiere una falsa separación en el mundo, el dualismo recalcitrante de siempre (Cuerpo y alma son un buen ejemplo de ello). De esta manera el mundo es un sinfín de movimientos materiales en el que la vida interior del ser humano solo forma una pequeña parte de ellos. Se podría resumir en como para Marx y Engels la conciencia es una propiedad de la materia organizada que hunde sus raíces en la actividad humana y las influencias de las condiciones sociales de producción por entero (Rubinstein, 2017). Resulta importante, una vez distanciados del idealismo a través del materialismo monista, apartarnos de los cantos de sirena que se producen desde el materialismo más estático y metafísico, para eso el marxismo siempre ha contado con un fuerte aliado: el materialismo dialéctico. Luria cree esencial aplicar el movimiento del materialismo dialéctico a nuestra interpretación del mundo: ver las condiciones materiales como algo que se transforma de manera constante y que se encuentra en un movimiento incesante a pesar de las rupturas y discontinuidades. Aquí es donde el marxismo resulta también de una necesidad acuciante, el aporte de dinamismo que permita repensar al sujeto y sus relaciones sociales como algo en constante cambio mutuo (Luria, 2017). El sujeto transforma la realidad mientras, en el mismo proceso, se transforma a sí mismo.

En estas reyertas con la psicología de aquella época surgen del choque de espadas pequeñas chispas que perfilan también algunos de los conceptos más importantes para la psicología marxista soviética y es Aleksei Nikolaevich Leontiev quien para mí define mejor algunos de ellos. Viendo como el método introspectivo se desmorona por los cuatro costados a la hora de plantearse su forma de construir la psicología y una interpretación del humano toma casi por entero el significado que Marx le da a la conciencia. Marx invierte el modo idealista de hacer psicología en su fórmula "No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia" (Marx, 2013)  y que repite en la ideología alemana "No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia" (Marx, 2014). De la misma manera asume como L.S. Vygotsky que cualquier herramienta psicológica es en primera instancia una herramienta social (Vygotsky, 2012).

Sin embargo no existiría necesariamente la conciencia para este psicólogo sin la impronta que la actividad deja la actividad, tomemos la fórmula de Marx: En su desasosegante camino la actividad laboral, el trabajo, deja su sello en el producto. Se realiza un camino que lleva desde la actividad a la sublimación de esta en lo que podríamos llamar la propiedad en reposo. Tomándolo en palabras del propio Leontiev: es un proceso de encarnación del contenido objetivo de la actividad, ahora se presenta al sujeto en su forma de objeto percibido (Leontiev, 2017). Es este un proceso parecido al que se opera con la conciencia que se crea a través de la actividad. Para este psicólogo la conciencia solo funciona a modo de correa transmisora y en la función de ‘’refuerzo/no refuerzo’’.

Y, siendo realmente esta una forma de describir la teoría marxista de Leontiev que abraza y explica en gran medida tres elementos muy presentes en la psicología soviética de manera muy interesante (A pesar de estar o no de acuerdo con él), la linealidad del guión nos lleva a hablar de la personalidad como concepto marxista dentro del paradigma de la psicología. Nuestro método requiere no pensar en ese saco roto donde todo entra como sale hacia el vacío más estéril en cuanto a la forma de analizar al sujeto, es decir, requiere no pensar en un mundo separado y esencialista. Construir barreras artificiales es, en realidad, una forma muy capitalista de concebir la naturaleza del ser humano: el capitalismo (Y posteriormente el neoliberalismo) se han relacionado con cualquier tipo de naturaleza tratando de subyugarla, dominarla y controlarla, quizá es eso lo que subyace a la concepción de la personalidad y la naturaleza humana como un archivador compartimentado, como una figura puramente artificial que resulta perfectamente aprehensible para la racionalidad capitalista. Es quizá menos productivo asumir, como asume Leontiev, que el ser humano, aplicando aquello de la dialéctica que párrafos más arriba hablábamos, es fruto del automovimiento, de relaciones motrices por cuanto sus premisas resultan transformándose en él mismo. Esto implica el factor histórico-social de la personalidad, del que deducimos que la personalidad surge en sociedad y la persona entra en la historia y que solo se convierte en persona (Sujeto) en el seno de las relaciones sociales. Según Dobrinin la especificidad del hombre consiste precisamente en que su actividad y voluntad le permiten no solo adaptarse a las condiciones de la vida, sino influir en ellas (Bozhovich, 2017). Tomando a Leontiev de nuevo: ‘’Dicho de otro modo, a diferencia del individuo, la personalidad del hombre no es algo preexistente en ningún sentido con respecto a su actividad.’’ (Leontiev, 2017).

Pero Rubinstein va más allá y plantea que la psicología solo es una ciencia natural en la forma en la que estudia la naturaleza del sujeto, es decir, la psicología cobra capital importancia en su estudio del humano. Pero lanza una advertencia de capital importancia: la ciencia psicológica es ante todo una ciencia histórica, pues la naturaleza humana es ante todo un producto histórico. (Rubinstein, 2017).

Si es que hay algo así como un final y no un horizonte

El valor que representan es que son un inicio en el que acudir al conocimiento enterrado en el olvido de la historia que nos hace ver que hay huecos en la vieja tumba de la transformación de las cárceles que nos ofrece el neoliberalismo. Salir del cenagal del realismo capitalista a veces resulta complicado e incluso implica darse cuenta de que cuando salimos  del peor estercolero salimos llenos de su barro hasta las orejas. Es por eso quizás que nunca se ha llegado a desarrollar lo que L.S. Vygotsky plantea en ‘’el sentido histórico de la crisis de la psicología’’: nadie ha desarrollado el ‘’Capital’’ que pueda dar un sentido marxista a la psicología (Vygotsky, 2013). La idea es que librar una batalla contra el capitalismo es plantearnos una transformación radical que limpie de su mugre todas las relaciones humanas. Por eso es tan importante repensar también la psicología, replantear nuestra concepción del sujeto es de acuciante necesidad transformadora en un horizonte de interdependencia. La historia debe servir como acicate para empezar a pensar el futuro, no en nombre de un pasado añorado, sino en nombre del más profundo presente. Para plantear un comienzo a veces es necesario echar la vista atrás. Mi intención es, a fin de cuentas, abrir esa curiosidad que no cree en los fines, sino en los horizontes.

23 agosto 2022

Referencias

Luxemburgo, R. (2015). Reforma o revolución. Ediciones Akal.

Marx, K., Engels, F., & Roces, W. (2015). La ideología alemana (Cuestiones de antagonismo no 81) (1.a ed.). Ediciones Akal, S.A.

Marx, K., & Llorente, R. F. (2013). Manuscritos de economía y filosofía (1.a ed.). Alianza. Universitario.

Vygotsky, L.S. (2012). El Desarrollo de los Procesos Psicológicos Superiores, Ed. Austral.

Vygotsky (2013). Obras Escogidas I, Machado Grupo de Distribución S.L.

VVAA (2017) Marxismo, psicología y psicoanálisis, Paradiso Editores.

Ilustraciones: María Farré

Un feminismo con perspectiva de clase no puede pensar a los hombres solo como ganadores.

Tal vez sea el momento de formular una crítica radical que libere a la teoría feminista de la obligación de construir una base única o constante. […] La identidad del sujeto feminista no debería ser la base de la política feminista. (Judith Butler, El género en disputa)
La estructura impone sus coerciones a los dos términos de la relación de dominación, y por consiguiente a los propios dominadores, que pueden beneficiarse de ella sin dejar de ser, de acuerdo con la frase de Marx, «dominados por su dominación». (Pierre Bourdieu,La dominación masculina)

 

El avance del feminismo en los últimos tiempos es uno de los acontecimientos políticos y sociales más notorios y con efectos de mayor alcance para los proyectos de izquierdas. Al compás de importantes movilizaciones de mujeres que han tenido lugar estos años en diversos países, el feminismo ha ido calando en la vida social, llegando a sus espacios más cotidianos y produciendo un movimiento tectónico del sentido común. 

La hegemonía del feminismo se ha evidenciado en su capacidad para salir de la academia, de los libros y las charlas de expertas, de los espacios más militantes o de las organizaciones políticas, en definitiva, en su potencia para devenir algo popular. Muchas más mujeres, desde nuestras abuelas hasta las adolescentes de la generación del trap, saben que el feminismo tiene que ver con ellas. Al mismo tiempo, al compás de esta expansión acelerada del alcance del feminismo, se hace cada vez más presente la pregunta acerca de su sujeto, de dónde están sus límites, de si es preciso resguardar sus fronteras. El feminismo se ha vuelto hegemónico pero, al mismo tiempo, se hacen cada vez más evidentes las tensiones que a ciertos feminismos les supone aceptar un proyecto para el 99%, un «feminismo para todo el mundo».

Algunos debates actuales —como el que se da entre una parte del feminismo y las demandas de derechos de las personas trans—, evidencian fracturas ideológicas profundas y constatan una vuelta al esencialismo por parte de ciertas corrientes feministas. Esta inercia conservadora forma parte de una foto más amplia, de un repliegue identitario generalizado, de una apuesta por las identidades fuertes y bien delimitadas, una lógica que está recorriendo nuestras luchas políticas y movimientos sociales. Los sujetos políticos reivindican su especificidad hasta el solipsismo y se multiplican las diferencias esenciales, metafísicas e insalvables que nos vuelven irremediablemente extraños unos de otros.

La asignación de nuestras causas políticas a determinados sujetos supuestamente esenciales y naturales, la asunción de que las reivindicaciones les pertenecen en exclusiva a unos —con autoridad para ejercer de legítimos propietarios de las mismas y denegar la entrada a los otros—, es contraria al proceso de mestizaje y de multiplicación de alianzas en el que consiste la construcción de un proyecto colectivo de mayorías radicalmente transformador.

El feminismo, inmerso también en estas lógicas identitarias, es hoy, por tanto, el ambivalente escenario de dos inercias diferentes y contrarias. Existe un feminismo con voluntad de integrar a lxs otrxs y con potencial, por lo tanto, para devenir una de las luchas políticas y sociales más poderosas y transformadoras del siglo veintiuno. Como existe, también, un feminismo sumergido en una inercia excluyente y contrarrevolucionaria que avanza hacia un movimiento centrípeto de contracción política. Esta ambivalencia representa una encrucijada y, por lo mucho que depende de ella, no se puede no tomar partido.

En la apuesta sobre qué feminismo defendamos se pone en juego la potencia de uno de los principales frentes de lucha para las izquierdas en nuestro momento histórico actual; nos arriesgamos al posible retraimiento del feminismo, a su vuelta al estatuto de causa particular y subalterna que solo interpela o convoca a una parte de la sociedad.

Lxs otrxs llaman a la puerta… ¿les vamos a dejar entrar?

Como afirma Wendy Brown, «la deconstrucción del sujeto provoca un evidente pánico en el feminismo» y en el debate sobre la cuestión trans se pone de relieve hasta qué punto algunos feminismos condicionan la viabilidad misma de todo proyecto político feminista a una clarísima delimitación de su sujeto y a una nítida y unívoca definición de lo que son «las mujeres». La vuelta de ciertos discursos actuales a la biología como criterio para patrullar las fronteras del sujeto político es síntoma de un retroceso esencialista.

Lo cierto es que venimos de décadas en las que la teoría feminista, desde diferentes perspectivas, sometió a análisis crítico la noción de «mujer» para evidenciar su construcción social —«no se nace mujer, se llega a serlo», en palabras de Beauvoir— y, por tanto, su carácter profundamente político. Incluso Celia Amorós, teórica de referencia para muchas de las feministas más beligerantes con las leyes trans en el contexto español, afirmaba: «hay que reconocerle a Butler que la dialéctica construcción-deconstrucción de la categoría “mujeres” plantea sin duda problemas [y que] ello debería llevarnos a asumir el carácter siempre revisable de la definición de la categoría y su problematicidad».

Ahora bien, más allá de que, en efecto, una mirada no esencialista deba renunciar a la pretensión de tener una delimitación definitiva de ese concepto, la cuestión de los límites del feminismo —y, por tanto, su capacidad de convertirse en una lucha del 99%— no se resuelve solo con la ampliación del sujeto mujer. Por supuesto, frente a las versiones más excluyentes, puede tener potencia política afirmar que «las mujeres trans son mujeres», pero eso no debería servir para volver a poner en marcha una lógica excluyente que nos haga incapaces de integrar a esa pluralidad de sujetos que van a seguir llamando a la puerta.

El encuentro de la cuestión trans con el feminismo nos plantea preguntas mucho más profundas sobre nuestra capacidad para renunciar, como propone Butler, a un sujeto identitario. Porque, ¿acaso no son todas las personas trans parte del sujeto del feminismo? ¿Dejará el feminismo fuera de su sujeto político a los hombres trans? ¿Va el feminismo a condicionar el derecho de acceso de las personas trans —muchas de las cuales no se adscriben a una categoría identitaria de género ni como hombres ni como mujeres— a su identificación en términos de género? ¿Exigirá carnets de identidad (de género) como condición para ser parte de esta revolución? En definitiva, ¿es que acaso el feminismo es una lucha solo de y para las mujeres?

En nuestro contexto actual, la cuestión trans es una de las costuras por donde surge la pregunta acerca del sujeto del feminismo y se tensan las contradicciones de un feminismo identitario pero, evidentemente, otra de esas costuras está hoy abriéndose con la pregunta en torno a los hombres. Y esta pregunta se vuelve políticamente relevante no solo porque hoy son muchos los hombres que se ven ante ella, sino porque es un interrogante que algunas fuerzas políticas están respondiendo en clave reaccionaria.

Las nuevas extremas derechas están reclutando un ejército de hombres enfadados contra el feminismo, al que se describe como un proyecto excluyente que ha declarado la guerra a la mitad de la sociedad. Conviene no subestimar que esa interpelación, aunque maniquea y tramposa, está siendo preocupantemente exitosa; uno de los rasgos más característicos del voto a las nuevas extremas derechas es su altísima masculinización (los hombres son, por ejemplo, el 76% del electorado de Vox). La pregunta, por tanto, es qué feminismos nos ponen en condiciones de comprender este panorama y combatir estas inercias. ¿Son las nuevas derechas, en gran parte, una reacción a las demandas de igualdad de las mujeres? ¿Explican estos años de avances feministas la violencia con la que se ha levantado la reacción?

Para abordar estas preguntas necesitamos salir del identitarismo en el que están encalladas algunas perspectivas feministas. Bajo los marcos de un feminismo que siempre esté a la defensiva con el desdibujamiento de su sujeto identitario —es decir, de las mujeres—, las cuestiones relativas a la masculinidad suelen ser entendidas como un asunto que nos es ajeno y que le compete por completo a otros. Ese desentendimiento, defendido a menudo como una victoria, es, en realidad, una gran renuncia. Supone abandonar un problema social que justamente el feminismo está en condiciones de pensar con lucidez y de abordar eficazmente.

La tentación de una mirada esencialista implica, incluso, naturalizar la reacción masculina, darla por descontada, no necesitar siquiera explicarla, convertirla en un hecho inevitable. Y así podríamos acabar preguntándonos, con satisfacción: ¿Hasta qué punto no son todos esos hombres que votan a Vox la consecuencia automática del hecho de que los estamos destronando? Ladran, luego cabalgamos. La reacción masculina a la que asistimos en nuestros días, así, podría incluso acabar siendo una prueba de lo mucho que estamos avanzando.

Sin embargo, este tipo de perspectivas son peligrosamente acríticas y cierran la puerta a la posibilidad de plantearnos otros interrogantes: ¿Qué les pasa hoy a los hombres? ¿Qué malestares masculinos está politizando la extrema derecha? ¿Qué cosas no estamos nombrando? ¿Cómo podemos convencer a los hombres? ¿Cómo podemos ayudarles a cambiar? ¿Qué feminismo puede desactivar a la reacción?

Una cuestión (también) de clase

La densificación de la identidad de las mujeres ha conducido, como sabemos, a perspectivas feministas poco capaces de comprender cómo el género se intersecta también con la clase o la raza. Las feministas que nos oponemos a las miradas esencialistas de ciertos feminismos cuestionamos la tendencia a homogeneizar e igualar en exceso a las mujeres y reivindicamos la necesidad de fracturar el sujeto mujer justamente para hacer aparecer las diferencias y desigualdades que nos atraviesan.

La otra cara de la moneda, y parte imprescindible de toda perspectiva interseccional, es cuestionar también la excesiva homogeneización de los hombres y poner de relieve las jerarquías y las relaciones de dominio y de desigualdad que existen también en el territorio de la masculinidad. Probablemente bell hooks sea una de las voces que más contundentemente ha puesto sobre la mesa que un feminismo con perspectiva de clase no puede pensar a los hombres solo como ganadores y que es problemático sostener la idea de que los hombres, todos ellos privilegiados con respecto a las mujeres, igualados por el patriarcado entre sí, participan por igual de su superioridad política, económica y social. «Las mujeres con privilegios de clase –dice bell hooks– son las únicas que han perpetuado la idea de que los hombres son todopoderosos, porque a menudo los hombres de sus familias sí que eran poderosos».

De hecho, si reflexionar sobre la masculinidad desde el feminismo es políticamente transformador es, precisamente, porque puede mostrar no tanto los éxitos como las fallas, las brechas o los fracasos a los que los hombres están abocados en un sistema capitalista y patriarcal. Como dice bell hooks, el relato de que el dominio sobre las mujeres reporta siempre privilegios, éxitos y beneficios a los hombres es justamente funcional para el adoctrinamiento masculino, que, para reclutar a los hombres, debe ocultar todos los fracasos y malestares a los que les arroja una sociedad patriarcal.

Así pues, «la idea de que los hombres tenían el control, el poder, y estaban satisfechos con su vida antes del movimiento feminista contemporáneo es falsa». El patriarcado genera soledad, silencio, incomunicación, violencia, suicidios y muertes en la población masculina y el feminismo debe politizar en clave transformadora todos esos malestares. Si no, lo hará la extrema derecha. ¿Cómo es posible que sean voces reaccionarias las que hablan de los altos índices de suicidios masculinos, de los accidentes mortales de tráfico o de las muertes violentas que padecen los hombres? ¿Cómo puede ser que los males que justamente el patriarcado genera en los hombres sean usados como un argumento contra el feminismo y no a su favor?

Salir de los marcos identitarios implica, por lo tanto, pensar que el malestar contemporáneo de los hombres no es (al menos no principalmente) un efecto de los avances del feminismo. Es la reacción la que pone a funcionar ese mito, y eso debería darnos una pista de hasta qué punto no lo podemos comprar. Michael Kimmel sugiere que para entender la emergencia de proyectos reaccionarios racistas, homófobos y machistas hay que rastrear los miedos masculinos en una sociedad en la que la precariedad económica ha hecho especialmente imposible que los hombres puedan cumplir con los imperativos de la masculinidad tradicional. 

El rol del proveedor de la familia ha quedado socavado por las fuerzas económicas que o bien expulsan a los hombres (y mujeres) del mercado laboral o nos condenan a la precariedad. ¿A qué tipo de fracasos están hoy abocados quienes han sido educados para ser padres de familia que garantizan protección y estabilidad a los suyos? ¿Es posible seguir siendo un hombre de verdad en un contexto de empobrecimiento generalizado de la población, desempleo y permanente amenaza de pérdida de estatus social? La tesis de Kimmel es que las nuevas extremas derechas americanas, preludio del triunfo de Trump, supieron politizar esa frustración masculina, propia de nuestras sociedades capitalistas tardías, orientándola contra chivos expiatorios: las mujeres feministas, las personas LGTB o migrantes.

La cuestión, por tanto, es qué marcos y discursos feministas necesitamos para volvernos contra los verdaderos responsables. Frente a quienes buscan falsos culpables, tenemos una imprescindible tarea por delante. Y no pasa por considerar ajenos los malestares masculinos, mucho menos darlos por sentado o incluso celebrarlos como el efecto colateral que da pruebas de nuestros éxitos, sino entenderlos —lo que, por supuesto, no es lo mismo que justificarlos— y dotarlos de sentido. Politizar el malestar masculino contra los de arriba, cambiar los bandos y hacer del feminismo una lucha donde hombres y mujeres combatamos juntos tanto los mandatos de género y sus violencias como el capitalismo y las suyas es uno de los principales retos de todo proyecto político que pretenda enfrentarse con éxito a la emergencia de las extremas derechas.

Una perspectiva estructural

El rechazo de ciertos feminismos a incorporar a los hombres tiene que ver, supuestamente, con el miedo a que quede desdibujada la desigualdad. Pareciera como si la incorporación de los hombres en tanto que objetos del patriarcado —subsumidos y atrapados también en los mandatos de género— fuera a relativizar su responsabilidad en la dominación que ejercen y supusiera inevitablemente una infravaloración de sus privilegios. Estos marcos, sin embargo, dibujan una disyuntiva paralizante: o bien somos objetos del poder o bien tenemos responsabilidad y agencia. De este modo, para ser objetos de una estructura patriarcal —lugar que estaría reservado a las mujeres— debemos ser víctimas pasivas de sus mandatos. Para ser agentes responsables —lugar que estaría reservado en exclusiva a los hombres— debemos ser sujetos puros, absueltos de las estructuras y libres de toda dominación. ¿Pero es necesariamente así? ¿Son los hombres los agentes del patriarcado pero no sus víctimas? ¿Inventan los hombres, como artífices externos, el patriarcado, o más bien forman parte de ese sistema, son productos de él y permanecen atados en su interior?

El identitarismo produce una invasión de lo moral y una regresión de lo político: necesita víctimas puras, tan puramente inocentes como puramente impotentes, y victimarios puros, tan esencialmente culpables como aparentemente poderosos. Hay, por tanto, una exacerbación de la agencia individual de los hombres —en detrimento del peso de lo estructural— y una paralizante victimización pasiva de las mujeres, que quedan desprovistas de responsabilidad y, por tanto, también de margen para la acción.

Los discursos identitarios en auge tienden a producir un efecto despolitizador en la medida en la que desaparece el peso estructural del patriarcado como sistema de dominación. Que sea un sistema o una estructura quiere decir, justamente, que todos los sujetos que forman parte de ella están sujet(ad)os a dicho sistema, subsumidos, producidos por él y que, por consiguiente, tanto hombres como mujeres son objetos de una dominación (tal como explica excelentemente Pierre Bourdieu en La dominación masculina). La radicalidad del feminismo como teoría social descansa fundamentalmente en esta cuestión: el análisis de una estructura social enormemente poderosa e insidiosa de la que todos y todas formamos parte. Los hombres son beneficiarios de ciertos privilegios y, al mismo tiempo, objetos de una determinación estructural. Las mujeres, principales damnificadas por una estructura de desigualdad social, pueden también participar en el mantenimiento de los imperativos de género que sobre unas y otras impone una sociedad patriarcal.

Los feminismos contemporáneos que están centrados en resguardar y patrullar las fronteras de su sujeto político y necesitan densificar una identidad fuerte de «las mujeres» están contribuyendo a una esencialista santificación de la víctima —a una política «victimista», en palabras de Wendy Brown—, donde el sujeto político (las mujeres, supuestamente únicas víctimas del patriarcado) queda investido de verdad, pureza y bondad pero desprovisto de cualquier margen de emancipación. Abren también la puerta a discursos contemporáneos sobre la masculinidad que restauran un sujeto inverosímil al que asiste una autonomía,  autosuficiencia y radical independencia clásicamente masculina y neoliberal.

Si la responsabilización de los hombres pasa por convertirlos en sujetos externos a la estructura y absueltos del sistema de dominación, estaremos, paradójicamente, disolviendo el poder del género, la importancia del patriarcado y su carácter estructural. 

Emancipación colectiva o volver a disputar la libertad

Uno de los retos que las izquierdas tienen en el siglo veintiuno, tanto frente a las nuevas ultraderechas emergentes como frente al imaginario neoliberal, es reconquistar la idea de libertad. Así que otras de las cuestiones es hasta qué punto uno de los principales frentes de lucha política al día de hoy —el feminismo— puede estar en condiciones de llevar a cabo esa disputa con éxito. O, lo que es lo mismo, qué feminismo puede resignificar la noción de libertad más allá de los marcos neoliberales.

La cuestión es que los feminismos atrapados en la identidad ponen en marcha discursos del agravio —centrados en el dolor y el daño a las víctimas, que son solo una parte de la sociedad— y no de la libertad colectiva. Es desde ese centramiento en una política de la víctima agraviada y convertida en el sujeto político desde donde se considera que es incompatible denunciar los privilegios masculinos y, a la vez, decir que el feminismo tiene cosas buenas que ofrecer a los hombres y que lucha también contra las servidumbres que los oprimen a ellos. Y son justamente esos discursos feministas que ponen siempre el acento en los privilegios que los hombres tienen que perder, pero nunca en las libertades que los hombres tienen que ganar, los que asumen unos marcos compartidos con la reacción: o ellas o nosotros. Esta lógica de suma cero, donde si unos ganan es siempre a costa de que otros pierdan, forma parte del corpus ideológico que sostiene al patriarcado. Pero, además, está en consonancia con una limitadísima y negativa noción de libertad que la redibuja dentro de los marcos del neoliberalismo.

La disputa por la idea de libertad es posible desde los feminismos, pero solo saliendo de marcos esencialistas e identitarios. Más allá de ellos hay una idea más ambiciosa y revolucionaria: que la libertad de unos requiere la libertad de otras y viceversa. Y, de nuevo, solo así puede entenderse la emancipación que promete el feminismo, si entendemos el patriarcado como un problema estructural. Si la lucha feminista tiene que enfrentarse a un sistema de género que nos adoctrina de forma diferenciada a unos y a otras y prescribe comportamientos y destinos sociales diferentes para hombres y para mujeres —eso que llamamos «género»—, ¿hasta qué punto se puede combatir ese sistema de opresión sin combatir todos los mandatos de género? ¿Podrían acaso las mujeres liberarse del sistema de género y del patriarcado si no se liberan también los hombres? ¿Pueden los hombres ser más libres sin combatir junto a nosotras la desigualdad?

No hay nada más movilizador y transformador que implicarnos a todas y a todos en un proyecto político donde revertir las desigualdades sea apostar juntos por nuestra propia libertad. Es en ese marco donde los discursos de las extremas derechas no pueden reclutar a los hombres contra las mujeres, donde escapamos a las lógicas liberales que entienden siempre la libertad de unos como limitadora de la libertad de otros. Es dentro de estas perspectivas donde los discursos sobre la masculinidad pueden significar un importante paso hacia adelante en la transformación de nuestra sociedad.

Pero solo podremos avanzar en ese camino con una política que renuncie a refugiarnos en la confortable identidad que nos garantiza un feminismo solo de y para las mujeres. Combatir hoy a la extrema derecha, así como la precariedad y los miedos de los que se alimenta, requiere apostar decididamente por un feminismo para todo el mundo, un feminismo popular y radical.

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"The Big Quit": tras la pandemia millones de personas dejaron su empleo formal para mejorar su calidad de vida

En Francia las renuncias también se hicieron masivas y desembocaron en una crisis del empleo. El colapso, esta vez, fue al revés: no por el desempleo sino por la falta de candidatos a cubrir decenas de miles de puestos de trabajo vacantes.

Desde París. El sueño de la casa propia se vio ultra superado por otro: el de la vida propia. Esa aspiración ya presente en las sociedades se incrementó con la pandemia y llevó a millones de personas a renunciar a sus puestos de trabajo para buscar otra vida distinta. No hay lugar en el mundo donde no haya aparecido ese movimiento. En Estados Unidos, unas 50 millones de personas dejaron sus trabajos en 2001 en la industria, los servicios o el sector terciario. La ola fue y sigue siendo tal que se la ha llamado “Great resignation” o "Big Quit" (la Gran Renuncia). En Francia, aunque en menor número debido a una población más reducida y una resistencia mucho más fuerte al cambio, las renuncias también se hicieron masivas y desembocaron en una crisis del empleo. El colapso, esta vez, fue al revés: no por el desempleo sino por la falta de candidatos a cubrir decenas de miles de puestos de trabajo vacantes. Para evitar la fuga las empresas propusieron mejores condiciones salariales a sus empleados sin que ello bastara para detener una corriente que se dirige no hacia un mejor salario sino a una actividad más cercana a las convicciones personales, a la necesidad de sanear el planeta o de tener una vida infinitamente menos limitada a los sacrificios. Stéphane Malmond, un ex empleado bancario dentro de un gran grupo, lo dejó todo de un día para otro: ”eso de Metro, Dodo, Boulot (Metro, non noni y laburo) se acabó para mí. Preferí ganar mucho menos, renunciar a un cargo de responsabilidad y de prestigio por un trabajo donde se acentúa mi responsabilidad personal con el bienestar mío y de mi familia. Hasta que no apareció la pandemia y el confinamiento no me di cuenta de que estaba llevando una vida de locos y, peor aún, que estaba siendo cómplice de la destrucción del mundo”. Stéphane Malmond se fue de París a vivir a Rennes, una de las grandes ciudades de Bretaña, y allí se instaló con un modesto negocio especializado en poner marcos a los cuadros. ” Ganar más o menos ya no me importa. Mi principal ambición socioprofesional no es tener un auto o dos sino sentirme bien y sentir que contribuyo a mejorar el mundo”.

En Francia

En Francia, según datos publicados por La Dirección de la Animación, la Investigación y los Estudios Estadísticos (DARES), durante el primer trimestre de 2022 520.000 personas renunciaron a sus trabajos, de las cuales 469.000 tenían contratos fijos y asegurados (CDI). ”Se trata de un nivel de demisiones muy, muy alto”, reconoce el organismo DARES que pertenece al Ministerio de Trabajo. El filósofo francés Eric Sadin (último libro publicado en la Argentina por Caja Negra Editora “La Era del Individuo Tirano, el fin de un mundo en común”), señala que se trata de un “gran aliento renovador, de una suerte de celebración de la alternativa que irrumpió de golpe en varios sectores”. El cambio de actividad profesional dio lugar a que muchas empresas, en particular en el sector de la hotelería, la restauración y los transportes, carecieran drásticamente de mano de obra. Sin embargo, no son los únicos afectados por esa “búsqueda de un sentido” que describe muy bien la socióloga y especialista de los empleados altamente calificados que renuncian a sus puestos, Elodie Chevalier. ”Ha habido -asegura la socióloga- un replanteamiento de lo que era esencial o no. En determinados sectores terciarios se produjo una pérdida de sentido precedida por la pandemia que aceleró e incrementó la reflexión sobre los oficios que podían o no ser considerados como esenciales”. La problemática no es nueva, sobre todo en las generaciones más recientes. Hace unos seis años, el sociólogo Jean-Laurent Cassely escribió un ensayo ("La revuelta de los primeros de la clase") sobre los jóvenes que egresaban de las mejores universidades y escuelas de comercio, con un porvenir trazado y sueldos enormes, pero que se negaban a “alimentar el sistema” y terminaban volviéndose agricultores, abriendo panaderías y fiambrerías. Luego de la pandemia, el investigador francés constató “una suerte de epidemia que ganó a los consultores, ejecutivos, intelectuales o gente de los medios: abrir un lugar, crear un espacio casi experimental para instalar una granja urbana, una escuela de cocina vegetal, una fiambrería, una escuela de yoga, otra de osteopatía. Lo importante es, sobre todo, reunir gente, estar entre personas, y no ya tener un puesto bien pagado pero aislado. Son, en suma, proyectos existenciales dentro de los cuales se desarrollan nuevos modos de vivir”. Cassely también constata una de las poderosas paradojas de esta “gran renuncia” y deseo de cambio: se invirtieron años y años en inventar comunidades en línea, conectadas por medio de internet a través de todo el planeta, pero ahora lo máximo, lo total, consiste en promover contactos sociales con los otros, con y entre individuos dentro de los mismos espacios físicos y no ya conectados”.

“Es un cambio fuerte. Mucha gente ha dejado de creer en el sistema, tomó conciencia de la futilidad de alimentar un monstruo y decidió optar por su camino y apostó por la permacultura o una panadería. Es lo mismo. Este movimiento del Big Quit testimonia de una acelerada pérdida de sentido ante lo que existía, sobre todo dentro de las llamadas “profesiones calificadas”, comenta Sadin. Christine Le Fèvre, una mujer que trabajada en el sector de la publicidad y renunció a todo para ir a vivir en Normandía en una granja donde practica la permacultura, cuenta que, ” antes de la pandemia y a pesar de que tenía un excelente puesto de trabajo, con un salario alto que me permitía residir en los barrios más caros de París, nunca podía sacarme de encima la sensación de infelicidad. Antes de dormirme sentía que era una fracasada. Desde que trabajo tres veces más con las manos en la tierra me siento en paz, en resonancia con mis inclinaciones y orgullosa de estar llevando a cabo una actividad que no destruye el planeta, la tierra, sino que los restaura”. Elodie Chevalier observa también que las renuncias “no se concentran en un segmento, sino que conciernen al conjunto de la población activa de Francia. Todo el mundo se está moviendo, los recién ingresados al mundo laboral como las personas qua ya cuentan con carreras muy ricas. No hay jóvenes ni menos jóvenes, sino todas las generaciones confundidas”.

Cambiar la vida

Em anhelo de cambiar de vida, de darle un sentido a la existencia o de trasladar la actividad profesional hacia proyectos bio ecológicos no son los únicos resortes de Big Quit a la francesa. También, como lo explica Chevalier,” el miedo entra en juego en esta variable”. Miedo quiere decir aquí buscar una seguridad económica fuera de los puestos de trabajo donde se dependa de una estructura o de un jefe. Durante la pandemia, decenas de miles de personas fueron despedidas de sus puestos de trabajo. La economía se detuvo y con ella también el trabajo mensual y el salario garantido. Las medidas adoptadas por el gobierno y el seguro de desempleo amortiguaron la caída. Sin embargo, ante la posible repetición de una situación semejante, decenas de miles de personas optaron por garantizarse a través de la independencia laboral sus medios de existencia. Si a las 520 mil personas que renunciaron a su trabajo durante los seis primeros meses de 2022 se le suman las 518 mil que lo hicieron en el curso de los seis últimos meses de 2021 se llega a más de un millón de trabajadores. ”Es tan impresionante como invisible”, comenta Jean-Laurent Cassely.

El récord de renuncias precedente remonta al año 2008, justo cuando estalló la crisis financiera: unas 510 mil personas abandonaron entonces sus trabajos. El fin de la pandemia trajo igualmente un fuerte incremento de la actividad económica y, por consiguiente,” mucha movilidad en el mundo del empleo”, observa la DARES. El organismo acota que “en las fases de expansión económica aparecen nuevas oportunidades para trabajar y ello incita a la gente a renunciar a los puestos que ocupaba”. Sin embargo, las renuncias, ahora, están más ligadas a un profundo anhelo “a no dejar los huesos en una oficina” (Christine Le Fèvre) que a buscar oportunidades profesionales dentro del mismo sector. ” Los cambios de orientación profesional han sido radicales”, recuerda Jean-Laurent Cassely. Radicales y, a su manera, también con un aura real de representar una nueva existencia, una humanidad distinta en la que el banquero especulador se vuelve panadero, el especialista en redes sociales y manipulaciones virtuales cambia esa vida por la de apicultor. Puede que el movimiento se quede ahí, reducido a muchos individuos, pero no los suficientes como para trastornar el sistema. Puede también que se torne masivo y marque, al fin, un punto final a la expansión de un liberalismo que no hace más que destruir la esencia humana y la noción del otro, del semejante, como un aliado.

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Publicado enSociedad
Hallan una manera simple de degradar los "químicos eternos"

Un equipo internacional de científicos ha descubierto una manera simple y de bajo consumo de energía para descomponer los llamados “químicos eternos”, sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS) de origen antropogénico, que se encuentran ampliamente esparcidas en las fuentes de agua de todo el mundo y se han relacionado con múltiples problemas de salud humana, que incluyen desde dificultades para el aprendizaje hasta cáncer, infertilidad, aumento del colesterol y problemas del sistema inmunitario.

Las moléculas de PFAS poseen enlaces carbono-flúor tan fuertes que se consideraban prácticamente imposibles de romper. Sin embargo, en su estudio publicado este 18 de agosto en la revista Science, los investigadores aseguran haber desarrollado un proceso de baja energía que degrada estos químicos a temperaturas suaves, utilizando reactivos baratos y dejando solo moléculas inocuas que contienen carbono y iones de fluoruro.

“El conocimiento fundamental de cómo se degradan estos materiales es probablemente lo más importante que surge de este estudio”, dio William Dichtel, coautor de la investigación y profesor de química en la Universidad Northwestern (Illinois, Estados Unidos).

Él y sus colegas probaron su método de baja energía en moléculas PFCA de diferentes longitudes de cadena y lograron descomponer 10 de ellas. El truco consistía en apuntar a un grupo de átomos de oxígeno cargados en el extremo final de las moléculas de PFCA.

“La acción desencadenó todas estas reacciones y comenzó a expulsar átomos de flúor de los compuestos para formar fluoruro, que es la forma más segura de flúor”, explicó Dichtel. “Aunque los enlaces carbono-flúor son extremadamente fuertes, ese grupo de cabeza cargado es el talón de Aquiles”.

Luego, el equipo usó simulaciones por computadora para comprobar la avalancha de reacciones químicas complejas y confirmar que los subproductos eran relativamente inofensivos.

En opinión de Shira Joudan, investigadora de química ambiental en la Universidad de York, y su compañero Rylan Lundgren, de la Universidad de Alberta, el estudio “brinda una idea de cómo estos compuestos aparentemente robustos pueden sufrir una descomposición casi completa en condiciones inesperadamente suaves”. Estos hallazgos podrían “combinarse con la captura eficiente de PFAS de sitios ambientales contaminados para proporcionar una posible solución al problema químico eterno”, concluyen.

Sin embargo, existen más de 12 000 diferentes productos químicos PFAS reconocidos hasta la fecha, por lo que aún se necesita más investigación para comprender a fondo la reactividad de estas moléculas y determinar si todas pueden degradarse utilizando enfoques similares.

20 agosto 2022

(Tomado de RT en Español)

Domingo, 21 Agosto 2022 05:21

Cuerda

‘Alejandro corta el nudo gordiano’. Jean-Simon Berthélemy, 1767.

Volver a ser cuerdos, llegar a acuerdos, afinar el instrumento olvidado que ata el corazón a la cabeza. No somos agua ni barro ni bacterias: somos un montón de cuerdas que hay que anudar hacia dentro y hacia fuera

 

De entre los fundadores míticos de ciudades, mi preferido es sin duda Gordias, quien construyó la ciudad de Gordio tras ser nombrado rey de Frigia en cumplimiento de un oráculo. Gordias era un pobre campesino que llevaba al mercado en su carreta algunas pobres verduras cuando unos cuervos sobrevolaron su cabeza; de esa manera señalaban, según los sacerdotes, al elegido por los dioses para ocupar el trono vacante. El nuevo rey, a modo de agradecimiento y como testimonio de su origen, ató su carreta al templo de Zeus con un nudo tan complicado que ninguna mano humana podía deshacerlo. De hecho, anunció a sus súbditos que, mientras ese nudo se mantuviese intacto, la ciudad de Gordio y el reino de Frigia florecerían invulnerables. Durante siglos, en efecto, lo fueron. Hasta que, hacia el año 330 antes de Cristo, llegaron a las puertas de Gordio los invencibles ejércitos del imperioso Alejandro Magno, el cual amenazó con conquistar y saquear la ciudad. Los gordianos mandaron embajadores y desafiaron al conquistador. “Te entregaremos sin resistencia la ciudad y el reino”, le dijeron con ingenua seguridad, “si desatas el nudo de la carreta de Gordias”. Alejandro aceptó el reto, acudió solemne al templo, dejó pasar unos segundos de meditabundo suspense. Luego sacó su espada y de un tajó cortó la cuerda. A continuación sus ejércitos conquistaron y saquearon la ciudad.

De esta vieja leyenda procede la expresión “nudo gordiano” para referirse a un problema hasta tal punto difícil que solo puede solucionarse de un plumazo. En uno de mis libros usé la fábula de Gordias para proponer dos modelos de humanidad que se habrían enfrentado y cruzado a lo largo de la historia: yo las llamaba “civilización del nudo” y “civilización del tajo”, la pugna entre –si se quiere– los dedos que atan y desatan con paciencia el mundo y la espada que lo conquista a empellones rápidos: entre el trabajo cuidadoso y la violencia fulminante, finalmente siempre victoriosa por distintas vías y atajos, militares o tecnológicos. Más allá de la metáfora, en cualquier caso, las cuerdas y los nudos han sido muy importantes en los últimos 15.000 años. Lo eran, por ejemplo, en el imperio inca, cuya memoria colectiva dependía de ellos. Según nos cuenta Charles Mann en su maravilloso 1491, los llamados quipus no eran simples colgajos mnemotécnicos sino que constituían un verdadero sistema de escritura táctil, semejante, al parecer, al braille de los invidentes o incluso al sistema digital (pues era binario y se leía con los dedos) de la informática. Otro mundo cuya supervivencia dependía (y en parte depende) de las cuerdas y los nudos es el marinero, sostenido mágicamente casi sin clavos ni fuerza y capaz, sin embargo, de atar el mar mismo con nudos simples, franciscanos, de tope, de rizo, de escota, de guía, nombres que evocan manos rudas y cuidadosas, hábiles y callosas. La fascinación que ejerce sobre nosotros el mundo clásico de la marinería tiene que ver, a mi juicio, con esta desproporción –traducida en una mezcla de extravagancia y paciencia– entre el océano y las cuerdas. Lo contrario de un marinero es un conquistador terrestre. Al parecer, tras cortar el nudo gordiano Alejandro habría exclamado despectivo: “Tanto da desatarlo o cortarlo”. De ahí habría tomado nuestro Fernando el Católico, por cierto, su famoso lema privado: “Tanto monta monta tanto”, emblema de una España que siempre ha preferido cortar que anudar. Pero no, no da igual cortar o desatar, golpear o enhebrar, desgarrar o hilar, aunque solo sea porque la cuerda desatada se puede anudar de nuevo –en un renovado, digamos, contrato social– mientras que el nudo roto no se puede entreverar otra vez. Un abrazo es un nudo; un nudo es un abrazo. Un hachazo es la destrucción de los cuerpos y, por lo tanto, la imposibilidad del amor. El universo mismo, según una discutida teoría, podría estar más bien atado con cuerdas que compuesto de electrones y partículas.

En castellano tenemos la palabra “hilo”, cuya delgadez casi inaprehensible permite metáforas textiles y ontológicas: “Su vida depende de un hilo”, decimos, evocando sin darnos cuenta la tarea atribuida a las Moiras o las Parcas, esas hilanderas de la mitología griega y romana que tejían y tejían y finalmente cortaban la existencia de los humanos. También tenemos la palabra “soga”, del latín “soca” y antes tal vez de un homónimo celta, que asociamos inevitablemente con la muerte más atroz: la soga del ahorcado, áspera y voluminosa, con ese nudo antinarrativo –antitextil– que se cierra sobre el cuello de la víctima. España tiene la ventaja de ser un país malhadado, de amplia historia criminal, que expulsó a los moriscos y quemó sus libros, pero que se quedó con buena parte de sus palabras, de manera que a menudo, junto al término latino, tenemos en castellano un sinónimo o aledaño árabe. Este es el caso de “maroma” (del hispano-árabe mabruma), esa cuerda gruesa, muy marinera, compuesta de fibras trenzadas, cuyo masculino “maromo” nos traslada a la fisiognómica humana para describir, con un poco de desprecio, a un tipo también grueso, de cuerpo y de alma, al que consideramos poco refinado y más bien amenazador. O a veces ocurre al revés: cuando consideramos a alguien amenazador, lo consideramos también poco refinado y lo llamamos, sin que nos oiga, “maromo”.

Pero la palabra más común, la más general, es “cuerda”, cuyo origen es el latín chorda, procedente a su vez del griego khordé, que nombraba las tiras de tripa o de intestino con que se hacían las cuerdas de los instrumentos. Volveremos aquí. Conservemos, en cualquier caso, esta idea, central a mi juicio, de un vínculo entre las cuerdas, la intimidad del cuerpo y los instrumentos musicales.

Antes diré que mi cuerda favorita es la de tender, de la que colgamos las verdaderas banderas de la humanidad: bragas y calzoncillos limpios, camisas recién lavadas, pantalones vacíos encabritados al viento. Ese paisaje de ropas volanderas entre dos balcones ha ido desapareciendo de las ciudades, con excepción quizás de Nápoles, en cuyas callejuelas aún puede verse el mar cromático y encrespado de la colada al aire. No solo ocurre que nuestra ropa limpia, metonimia mojada de nuestra fragilidad corporal, ya no está a la vista, porque ha sido condenada a lugares excusados, como patios o ventanas traseras, sino que algunos países han prohibido su exhibición. Es una cosa extraña: los vestidos son privados; la publicidad de Zara no. Indicio fatal de retroceso cósmico, los tendederos han ido dejando su lugar en las calles y plazas a las separatistas banderas rojigualdas y a las pantallas publicitarias. Hace algunos años me inventé a un viejo poeta gallego, Bibiano Piñeira, autor de un poemario dedicado a la ropa tendida, cuyo primer poema comenzaba así: “Sacaron las mujeres/ sus banderas/ al balcón”. Y cuyo último verso termina evocando con dolor “la civilización antigua y verdadera del agua y del jabón”.

Pero volvamos a las etimologías. Porque lo interesante de la palabra “cuerda” es que es imposible no dejarse llevar por la tentación de emparentarla de algún modo con cor-cordis, “corazón” en latín. No hay entre ellas, es verdad, ninguna relación verbal, aparte la asonancia, pero esa misma asonancia ha acabado por entreverar o anudar sus sentidos. No olvidemos que del cor latino se desprende una multitud de vocablos que acaban cubriendo, sin abandonar su centro, un vasto espectro semántico: tenemos, por ejemplo, “cordial”, “acuerdo”, “coraje”, “misericordia”, “recuerdo”; y también el adjetivo “cuerdo”, que nos sirve para atar el corazón y la cabeza en un equilibrio cada vez más raro. El caso del verbo “recordar” es el más inquietante. Sabemos que memorizar, en francés, se dice “apprendre par coeur” o, valga decir, “aprender de corazón”; y que en portugués y en castellano antiguo “recordar” quiere decir también “despertar” (pensemos, por ejemplo, en nuestro Jorge Manrique, donde encontramos combinados todos estos sentidos: “Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte”). Pero “recordar” hace pensar asimismo en el hecho de retejer o volver a anudar una cuerda, y esto es así porque establecemos un paralelismo intuitivo entre olvidar y desatar o, al revés, entre la memoria y esa sucesión de ataduras precarias o de nudos gordianos materializados en los quipus peruanos. Re-cordar es volver a atar el corazón y la razón, re-anudar los nudos que están siempre a punto de disolverse en el abismo. ¿No se habla de red neuronal? ¿No se habla también del corazón como de un instrumento de cuerda?

Hasta tal punto esta filtración acústico-semántica está presente en mi cabeza que en una ocasión, hace muchos años, tuve un encuentro elocuente. Buscando otra cosa en el diccionario de la RAE (edición de 1981, revisión de la de 1936), topé con la definición más extraña y –creo– desasosegante de mi vida. Se trataba de la palabra “canute”. ¿Qué es un canute? El diccionario dice así: “Gusano de seda que enferma después de recordar y muere a los pocos días”. De entrada uno siente, al leerla, un sobresalto de angustia. Se nos impone la acepción más banal y común del verbo y el terror nos oprime el corazón: ¿acaso los gusanos de seda recuerdan? ¿Acaso tienen malos recuerdos? ¿Cómo serán de malos y –qué contenido tendrán– para que la nostalgia o el miedo de traerlos de nuevo a la memoria les provoque la muerte? Pasé un largo rato sobrecogido por la literalidad de la frase hasta que, pensando en la seda, se me ocurrió que “recordar”, en este caso, podía ser un término técnico para referirse a la acción del gusano de seda que teje su capullo: que re-cuerda o re-anuda –digamos– la seda. Parecía y parece una solución cabal, muy coherente con el tema que nos ocupa, si no fuera porque, en el mismo diccionario, el verbo “recordar” no contempla esta acepción. Así que lo que hace el canute no es rememorizar su vida (primer y más evidente significado) ni tampoco hilar la seda (como yo deduje llevado por este falso y verdadero parentesco entre chorda y cor): el canute, pobre, muere al “despertar”: o está dormido o está muerto.

Ahora bien, para hallar la expresión más sintética y acendrada de este parentesco intuitivo, con el que construimos nuestros afectos y nuestros pensamientos, hay que acudir a la lengua italiana y concretamente a un poema del gran Eugenio Montale, muerto en 1981. En su bellísimo poema de 1928, Corno inglese, el último verso dice: “Scordato strumento, cuore”, cuya correctísima traducción al castellano sería: “desafinado instrumento, corazón”, porque “afinar” en italiano se dice “accordare”, verbo donde las “cuerdas” y el “acuerdo” se dan cita de un modo mucho más evidente y sonoro que en castellano. Ocurre, en cualquier caso, que “scordare” quiere decir asimismo “olvidar”; es decir, lo contrario de “recordar”, de manera que “scordato strumento, cuore”, en un segundo plano, resonaría en el paladar de un lector de Roma de esta manera: “olvidado instrumento, corazón”. Los filólogos italianos discuten aún si se trata de una pura homonimia o si el “scordare” de la memoria y el “scordare” del instrumento tienen un mismo origen etimológico, pero lo que aquí me importa destacar es cómo el verso de Montale reúne magistralmente la ambigüedad mencionada: el corazón es un instrumento de cuerda, un instrumento de cuerdas anudadas cuya rotura (o cuyo desafinamiento) es inseparable de la vida misma: lo raro en los humanos es la “cordura” y la memoria. El corazón es, además, un instrumento de cuerda cuya existencia tendemos a olvidar; un violín o una guitarra olvidados, como la ropa de los tendederos, en una época en la que claramente el tajo ha vencido al nudo.

El capitalismo, al contrario que el universo, al contrario que los barcos, al contrario que los latidos y los argumentos, no tiene cuerdas. Si hay un proyecto político digno de ese nombre debe ser el de re-cordar, en el sentido que yo atribuía al pobre canute, pero sin morirnos a los pocos días. Despertar, hacer memoria, templar las cuerdas: uncir de nuevo el carro al templo de Zeus con un nudo que ningún Alejandro pueda cortar, pero que cualquier mujer sensata pueda desatar. Volver a ser cuerdos, llegar a acuerdos, afinar el instrumento olvidado que ata el corazón a la cabeza. Somos cuerdas que hay que anudar hacia dentro y hacia fuera. No somos agua ni barro ni bacterias: somos un montón de cuerdas.

Tú eres, vida mía, mi nudo gordiano, mi nudo cordiano; y no tengo espada.

Sólo tú podrías desatarlo. Por favor, no lo hagas.

20/08/2022

Por Santiago Alba Rico, filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son "Ser o no ser (un cuerpo)" y "España".

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GB enfrenta ola de huelgas masivas por la inflación

Las protestas se extenderán más allá de los sectores transportes, correos y puertos

 

Londres. Reino Unido vive desde ayer una nueva ola de huelgas masivas en transportes, correos y puertos, al continuar el mayor movimiento social de este tipo en décadas ante una inflación disparada y un poder adquisitivo que se derrumba.

En este periodo de vacaciones escolares, sólo un tren de cada cinco circulaba ayer. Decenas de miles de empleados ferroviarios fueron llamados al paro por los sindicatos RMT, TSSA y Unite. Network Rail, gestor público de la red, instó a los británicos a evitar usar el férreo.

Los pasajeros que, pese a todo, intentaban tomar un tren, se mostraban comprensivos con los huelguistas, dada una inflación que superó 10 por ciento anual en Reino Unido por primera vez en 40 años, desvalorizando los salarios.

"La huelga es justa, porque la inflación está ahora en un nivel récord", afirmó a Afp Usam Sarda, un dentista de unos 30 años, en la estación londinense de Euston.

"Toda mi simpatía está con los huelguistas", sostuvo Greg Elwood, un asesor de 26 años, interrogado en la estación de Leeds, al norte de Inglaterra.

El mayor movimiento de huelga ferroviaria desde 1989, al final de los años de Margaret Thatcher, podría "proseguir indefinidamente" advirtió el secretario general de RMT, Mick Lynch. Los paros en este sector se han producido ya por episodios desde junio, a falta de acuerdos salariales. De hecho, las movilizaciones obreras se multiplican en el país. El conjunto de la red de transportes de Londres estará casi paralizado hoy y seguirá perturbado todo el fin de semana, y mañana se prevé otro día de cese ferroviario.

Los estibadores del puerto de Felixstowe (este de Inglaterra), iniciarán pasado mañana una interrupción de labores de ocho días, lo que amenaza con detener gran parte del tráfico de mercancías.

Acciones similares están previstas o se han producido en los depósitos de Amazon, entre abogados penalistas y empleados del servicio de limpia.

Las manifestaciones podrían durar más allá del verano y extenderse a los funcionarios de la educación y de la salud, donde los sindicatos han calificado de "miserables" las ofertas de aumentos salariales de 4 por ciento.

En todas partes, la consigna es la misma: alzas de salarios concordantes con la inflación, que llegó en julio a 10.1 por ciento en 12 meses y podría superar 13 por ciento en octubre, según las previsiones del Banco de Inglaterra.

Los precios se han disparado, principalmente por las cotizaciones de gas, de las que el país es muy dependiente, y que aumentan por la guerra en Ucrania, pero también por las perturbaciones en las cadenas de abastecimiento y la falta de trabajadores, como consecuencia del covid-19 y el Brexit

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Los extractivismos a “manos llenas” son incompatibles con la justicia social y ambiental

La intención del Pacto Histórico de promover unas transiciones para abandonar los extractivismos mineros y petroleros desató fuertes polémicas. Esa intención se lee en el programa de gobierno y Gustavo Petro lo ha repetido desde hace tiempo. Es transitar hacia una economía sin petróleo y carbón, sostuvo en su discurso tras la victoria electoral.

Como era esperable, esa idea provocó críticas, tales como denunciar que abandonar esos extractivismos llevaría a un colapso económico. Reacciones como esas, desde el poder político y económico, fueron tan simplistas que no requieren mayor análisis.

En cambio, merecen consideración los cuestionamientos que provienen de lo que podría llamarse una “academia verde”. El caso más reciente son los dichos de Manuel Rodríguez Becerra, de la Universidad de los Andes y del Foro Nacional Ambiental, afirmando que Colombia debería exportar carbón a “manos llenas” y petróleo y gas hasta la “última gota”. Es más, sostuvo que los planes del presidente Petro de abandonar el carbón y el petróleo eran equivocados.

Seguramente muchos esperarían que desde la academia enfocada en temas ambientales en lugar de proponer más extractivismos se defendiera reducirlos. Pero ese tipo de posiciones no son raras, y otro caso conocido es Brigitte Baptiste, quien también defendió exportar hasta la “última gota” de petróleo (1). Es necesario considerar ese propósito y los argumentos empleados para justificarlo, dejando a un lado los individuos para no entrar en una polémica personalizada.

Los argumentos y justificaciones se encuentran en esas recientes intervenciones en los medios de Rodríguez Becerra. Sostuvo que deben extraerse y exportarse todos los combustibles fósiles ya que “no hay ninguna razón para no hacerlo”, dejar esas actividades “no tiene ningún impacto” (o “cero” efecto) en las emisiones de gases invernadero, y que si Colombia no los exportara, algún otro país lo haría. Agregó que esos extractivismos son necesarios para el "desarrollo" o para "resolver problemas sociales" (2).

Como se verá en el análisis que sigue, esas consideraciones son incorrectas. Reflejan una minimización o incomprensión de los impactos locales de los extractivismos, un incompleto abordaje del cambio climático, y un inadecuado tratamiento de la economía política y la geopolítica de los extractivismos. Esos argumentos no son suficientes para defender a los extractivismos, y por el contrario, son incompatibles con la justicia social y ecológica.

Ese tipo de defensas de los extractivismos se puede esquematizar en el siguiente encadenamiento de argumentos: (a) los extractivismos tienen implicancias sociales y ambientales locales, (b) pero esas consecuencias son menores, manejables o son ignoradas, (c) los efectos ecológicos globales son minimizados o ignoradas, (d) esas exportaciones son necesarias, e incluso indispensables, para el crecimiento económico y el desarrollo, y (e) eventualmente pueden generar dineros para resolver los problemas locales y sus beneficios superan los perjuicios sociales y ambientales. Se pueden analizar cada uno de estos componentes.

Comencemos por el primer componente en ese raciocinio. Sostener que se debe continuar con extractivismos mineros y petroleros a “manos llenas” olvida sus severos impactos sociales y ambientales a nivel local. No puede desconocerse, por ejemplo, que la megaminería de carbón a cielo abierto implica una amputación ecológica, o que la perforación petrolera inevitablemente lleva a problemas de derrames y contaminación. La evidencia de estos y otros problemas es abrumadora, y se ha acumulado por años, y cualquiera puede advertirla en Colombia.

En cuanto al segundo argumento basado en que esos impactos se pueden resolver adecuadamente, en realidad en muchos casos no existen esas soluciones tecnológicas o gerenciales perfectas dadas la escala e intensidad de los extractivismos. Sus impactos son inevitables.

Es por eso que si se aplicaran seriamente exigencias y controles ambientales, sanitarios y sociales, muchos de esos emprendimientos serían inaceptables. Se llevan adelante en tanto se imponen daños irreparables a la Naturaleza, y se toleran sus impactos sociales (un aspecto que se discute más abajo) (3).

Sigamos ahora con el argumento del “cero” o “nulo” impacto de los extractivismos colombianos en el cambio climático global. En esa posición hay varios problemas, ya que los combustibles fósiles que exporta Colombia se quemarán en algún otro país, y desde allí alimentarán el cambio climático. Por ejemplo, el carbón que se remueve desde la mina Cerrejón se quemará en una planta de generación eléctrica en Europa, y aunque esas emisiones se contabilizan desde un país europeo, eso no anula que su origen es colombiano ni su efecto invernadero planetario. Si no se considera esa relación estamos ante una incomprensión de las cadenas de comercialización extractivistas y sus consecuencias ecológicas globales.

Para ilustrar esto se puede compartir un rápido ejercicio. Considerando que Colombia en 2021 exportó 54,3 millones de toneladas de carbón térmico, un cálculo provisorio muestra que al quemarse ese combustible fósil se emitiría un estimado de mas de 125 millones de ton CO2 (4). El propósito de estas líneas no es ofrecer un cálculo exacto, sino dejar en claro que solamente un rubro de exportación extractivista termina arrojando millones de toneladas de gases invernadero. Una evaluación similar se debería hacer con las exportaciones de coque y de otros hidrocarburos, lo que aumentaría todavía más los gases invernaderos resultantes.

Por lo tanto, los efectos de las exportaciones extractivistas en el cambio climático no son ni “nulos” ni “cero”. No es riguroso ni propio de la academia sostener que no se emite “nada” o “muy poco”. Es más, si se sumaran a las emisiones nacionales esas otras que son responsabilidad de los combustibles fósiles exportados, seguramente el total se acercaría al nivel de los países industrializados (5). Este es un hecho que no puede olvidarse al diseñar políticas públicas.

De modo similar, muchas veces se sostiene que como Colombia emitiría “pocos” gases invernadero en comparación con los países industrializados, se justificaría continuar con los extractivismos. Este argumento es otra simplificación, ya que, a menos que se sea China, siempre habrá alguien que emitirá más gases invernadero. Basar las políticas públicas en una lógica que asume que el daño que produzco es menor al que provoca otro, no parece muy serio. De este modo queda en evidencia otro asunto clave: no se comprende que todos los países son responsables del cambio climático, y todos deben enfocarse en medidas de reducción de sus emisiones, sin excepciones.

Pero hay otros problemas con esa argumentación de minimizar los impactos de los combustibles fósiles exportados. Es que la quema de carbón tiene una enorme relevancia en el cambio climático global; se ubica en el primer puesto en alimentar las emisiones de CO2 (con el 39% de participación en las emisiones globales). A su vez, la minería de carbón ocupa el segundo lugar después de la de hierro, con las mayores contribuciones al cambio climático debido a la extracción de materia (6). Esto muestra que la promoción de los extractivismos de combustibles fósiles contribuye al cambio climático, pero además, se basa en rubros que están entre los más contaminantes.

Por si fuera poco, parecería que no se entiende que contribuir al descalabro ecológico planetario también afecta a la propia Colombia, un país que padece muchas fragilidades para lidiar con anomalías climáticas y desastres naturales. Es por todas estas razones que la defensa de extractivismos a “manos llenas” expresan una incomprensión de la dinámica del cambio climático y de cómo se articulan sus causas y consecuencias.

Pasando al siguiente argumento de justificación, se sostiene que si Colombia dejara de exportar esos combustibles fósiles, de todos modos alguna otra nación lo haría, y eso mantendría incambiadas las emisiones de gases invernadero globales. Siguiendo esa lógica, no tendría sentido abandonar ese rubro comercial. Ante esas ideas se debe enfatizar que las metas de las políticas nacionales no pueden basarse en las malas prácticas de otros países. Si se aplicara aquel razonamiento, el gobierno colombiano podría tolerar la exportación de maderas amazónicas porque de todas maneras en los países vecinos hay tala ilegal que alimenta la demanda internacional. Entonces, al contrario de esa postura, un país debe asegurar las mejores políticas y gestión ambiental para sí mismo, para sus ciudadanos y su Naturaleza, y no puede tomar como justificativo político o moral las malas prácticas de otros gobiernos.

Se pueden abordar ahora las consideraciones sobre economía y desarrollo. El argumento extractivista insiste en que esas exportaciones son necesarias para obtener dineros que servirían al desarrollo en general, o para acciones específicas, tales como generar empleo o reducir la pobreza. Es el mismo razonamiento que empleaba el gobierno Duque, y que ha sido utilizado en otros países, y por más de un siglo: insistir en exportar materias primas como el único y necesario camino para el anhelado desarrollo.

La información disponible muestra que esa relación causal entre extractivismo y desarrollo carece de sustento. La dependencia extractivista no resolvió los problemas de pobreza y calidad de vida en América Latina. Además sabemos que produce distorsiones económicas que acentúan todavía mas la simplificación económica del país, impiden la industrialización propia, repetidamente producen enfermedades holandesas (con sobrevaluación de la moneda nacional, invasión de manufacturas de consumo importadas, etc.), generando condiciones para ser todavía más extractivistas (7). De este modo, aseveraciones tan simplistas como las de asumir que “más extractivismo” es “más desarrollo” resultan de una incomprensión de la economía política de los extractivismos (y del desarrollo).

A su vez, la insistencia en exportaciones extractivistas obliga a insertarse en las redes mundiales de comercio, aceptar sus reglas y los canales por los cuales fluye el capital, y adaptarse a los precios fijados en las metrópolis financieras. En otras palabras, se profundiza la subordinación del país a la globalización. Por lo tanto, en el pedido de exportar a “manos llenas” hay una incomprensión de la geopolítica de los extractivismos, ya que se erosionan las autonomías nacionales.

Finalmente, más minería significa inevitablemente más conflictos ciudadanos, más disputas, represiones policiales, violaciones de derechos humanos, y así sucesivamente. Defender los extractivismos parecería que olvida o minimiza esta problemática, sin atender en particular a los llamados “efectos derrame”. Este es un concepto que refiere a la distorsión de las políticas públicas, la erosión de la salvaguarda de los derechos y la tolerancia de la corrupción y la violencia. Esos efectos no son impactos locales de un emprendimiento en particular, sino consecuencias que tiñen a toda la dinámica política de un país, y por ello es posible que sean las consecuencias más graves de los extractivismos. Insistir con los extractivismos desemboca en reproducir esos efectos derrame; a la inversa, la pacificación del país requiere transitar salidas a ellos.

Llegado a este punto es posible ofrecer un balance en esta discusión. La justificación de imágenes tales como las de explotar el carbón a “manos llenas” o el petróleo hasta la “última gota” están inmersas en un conjunto de incomprensiones y mitos tal como se han ejemplificado más arriba. Hay un abordaje inadecuado o parcial sobre lo qué son los extractivismos, sus impactos sociales, económicas y políticas, y a su vez, sobre el cambio climático. Son justificaciones que se vuelven simplistas, como puede ser asumir que los extractivismos aseguran desarrollo, y es ese simplismo lo que las hace populares. Todo esto hace que afirmar que no existe “ninguna razón” para seguir siendo extractivista es insostenible: hay una enorme lista de evidencias y razones para dejar los extractivismos. Se las podrá considerar suficientes o no, verificadas o no, y así sucesivamente, pero no pueden ser negadas o escondidas, y las decisiones políticas deben incorporarlas para poder tomar decisiones de manera informada y rigurosa.

En este contexto se inserta la idea de “transiciones”, que viene siendo usada en uno y otro sentido, e incluso fue empleada por el gobierno Duque. Las transiciones sociales y ecológicas requieren, por un lado, análisis rigurosos y detallados de las situaciones actuales, para determinar qué se quiere resolver y evitar, y por el otro lado, metas y objetivos de cambio. En el repaso que se hace más arriba queda en claro que hay limitaciones importantes en el diagnóstico de los extractivismos actuales. Entonces, si ese análisis de partida es incompleto o inadecuado, las alternativas propuestas también serán limitadas. Eso explica que se use el término “transiciones” y a la vez se promuevan los extractivismos de “manos llenas”. Por lo tanto, en realidad lo que allí se ofrece es una transición entre distintas formas de extractivismos, por ejemplo abandonando el fracking pero incrementando la minería de carbón. Ese tipo de cambio no es una alternativa a la dependencia extractivista ni representa una transición postextractivista.

Se llega así a la cuestión clave en este repaso: una defensa de la Naturaleza, de la justicia social, y de la ecología planetaria son incompatibles con los extractivismos mineros y petroleros. Las transiciones que se necesitan no buscan exportar más, sino que, por el contrario, son medidas y acciones para reducir los extractivismos, desmontar sus efectos derrame y reducir nuestra dependencia global (8). O sea, para dejar de exportar minerales o hidrocarburos a manos llenas.

Notas

  1. Brigitte Baptiste: “El petróleo colombiano hay que sacarlo hasta la última gota”, Crudo Transparente, Bogotá, 2017.
  1. Declaraciones de M. Rodríguez Becerra en Crisis climática, ¿es tarde para encontrar las soluciones?, Hora 20, Caracol Radio, Bogotá, 29 julio 2022; diversas intervenciones en twitter (por ejemplo el 10 julio, 31 julio, etc.).
  1. Los extractivismos se justifican construyendo narrativas que minimizan o anulan esos impactos sociales y ambientales; el caso del petróleo y enfocado en los debates colombianos, se aborda en La construcción de narrativas que defienden los extractivismos desde académicos del área ambiental, y que sirven a un sentido común que los concibe como necesario, se analizan con más detalle en Hasta la última gota. Las narrativas que sostienen los extractivismos, E. Gudynas, RevIISE 13: 15-31, 2019.
  1. El carbón colombiano aviva las esperanzas de crecimiento, BN Americas, 4 agosto 2022, https://www.bnamericas.com/es/entrevistas/el-carbon-colombiano-aviva-las-esperanzas-de-crecimiento

Cálculo siguiendo el Industrial CO2 Emissions calculator, version 1.7, www.carbonsolutions.com

  1. Las emisiones colombianas se describen en el reciente reporte BUR 3 Tercer Informe Bienal de Actualización de Cambio Climático de Colombia, IDEAM y otros, Bogotá, 2021,

Las comparaciones con otros países según el www.globalcarbonatlas.org

  1. Trends in global CO2 and total greenhouse gas emissions, 2021 Summary Report, J.G.J. Olivier, PBL Netherlands Environmental Assessment Agency, 2022,

The global environmental costs of mining and processing abiotic raw material and their geographical distribution, R. Arendt y colab., Journal Cleaner Production, 10 agosto 2022.

  1. Las relaciones entre desarrollo, políticas sociales y extractivismos se examinan en detalle en Extractivismos. Ecología, economía y política de un modo de entender el desarrollo y la Naturaleza, E. Gudynas, CEDIB, 2015.            
  1. Informaciones y documentos sobre las transiciones de salida de los extractivismos están disponibles en el portal www.transiciones.org

Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). Su último libro publicado en Colombia es “Extractivismos y Corrupción”, editado por Desde Abajo. Twitter: @EGudynas

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En defensa de “Científicos por la revolución”, de la libertad y contra el atropello del poder

Vayan estas palabras por esos científicos que en su momento tomaron consciencia del paradigma desde el que actúa la ciencia y de sus relaciones con el poder económico. Por ello, se desoyen sus investigaciones, no se estudian en las universidades, no aparecen en los medios de comunicación

 

Siempre tenemos una filosofía que funciona como los anteojos con los que vemos el mundo y nos vemos a nosotros mismos, así como a nuestras relaciones con los demás y con la naturaleza. Es trabajo del filósofo ver esos presupuestos, analizarlos, elaborarlos, hacer que fructifiquen. Pero la filosofía, como digo, la tenemos todos, filósofos y no filósofos, esta lo impregna todo. Cada palabra tiene una interpretación, una semántica, a partir de la cual vemos el mundo… Pero, lamentablemente, en la mayoría de los casos se es inconsciente de la filosofía que subyace a nuestra forma de interpretarnos y ver el mundo. Y esto tiene consecuencias que pueden ser graves. También ciertas actividades como pueda ser la ciencia tienen un presupuesto filosófico, generalmente inconsciente, a partir del cual interpretamos y actuamos.

Pues bien, el presupuesto de la ciencia que es inconsciente es la filosofía que se forjó en el Renacimiento y que hizo que la ciencia obtuviese grandes éxitos en lo que se refiere al conocimiento del mundo, e inaugura una nueva forma de mirar el mundo inspirada en el trabajo que ya hicieron los griegos, aunque no era lo mismo que en los griegos. El nacimiento de la ciencia era algo nuevo e inmenso, una auténtica revolución. A esa visión del mundo se le llama en filosofía el materialismo, pero tiene unos adjetivos detrás: es reduccionista, mecanicista y determinista y lo convierte todo en objeto separado de estudio, incluyendo al hombre. Esto es grave porque nos quedamos sin sujeto, por tanto, sin ética: “todo es objeto mecánico y regido por leyes que lo determinan”. La ciencia, cuando actúa desde este presupuesto (es decir casi siempre y además de forma inconsciente) no se rige por principios éticos, sino por principios de utilidad y poder. El conocimiento se convierte en arma de poder, en la mayor arma, que está incluso por encima de las leyes de la ética. Por eso el hombre se permite avasallar a los otros hombres y esquilmar la naturaleza creyendo que la domina, cuando en el fondo es él mismo el dominado, ya que somos ineludiblemente naturaleza y nos regimos por sus leyes. Por eso estamos en el colapso civilizatorio y hemos llevado a la naturaleza a una situación en la que la vida humana se hará prácticamente imposible.

En realidad, no es la ciencia la que causa esto, sino el cientificismo, pero es que en realidad es eso lo que tenemos: cientificismo. Y, por otro lado, la ciencia no es esa actividad heroica de descubrimiento en solitario de los principios y leyes que gobiernan el mundo; sino que la ciencia, el cientificismo (la idea de que todo se explica por la ciencia siguiendo el presupuesto materialista) tiene dueño. Y este es el poder político y económico. Por tanto, el cientificismo no es la búsqueda inocente del conocimiento; sino que obedece a los principios e intereses del poder de la política y la economía, por cierto, cada vez más unidas y casi indistinguibles ya. Esto implica que la ciencia es el instrumento del poder económico.

Pero, aún más lejos, que el presupuesto filosófico sobre el que opera la ciencia: el materialismo cuando es mecanicista, reduccionista y determinista, es la mejor ideología al servicio del poder. Es más, la economía, como supuesta ciencia, que reniega de sus orígenes éticos y filosóficos, se rige por este paradigma mecanicista-materialista. Y, por eso, todo lo que no entra dentro de los intereses del poder, todo lo que no es útil, eficaz, que no se reduce a mercancía, que no se puede objetualizar, pues se intenta eliminar, hacer que no exista: el arte, las humanidades... o se instrumentalizan o se eliminan. Y se eliminan de forma sutil, pero también por la fuerza bruta. Y vaya esto último como recordatorio de esos científicos que en su momento tomaron consciencia del paradigma desde el que actúa la ciencia y de sus relaciones con el poder económico. E investigaron las consecuencias y escribieron libros y artículos, pero fueron marginados porque estaban poniendo una carga de profundidad en el centro de la ciencia y del poder.

Por ello, se desoyen sus investigaciones, sus propuestas no aparecen en los libros de texto, no se estudian en las universidades, no aparecen en los medios de comunicación. Es más, hoy en día, viviendo el pleno colapso civilizatorio y viendo la realidad imparable del cambio climático (respuesta de la Tierra a la acción desalmada del hombre), se sigue con la misma actitud desde el poder y con la diferencia inconsciente y no tan inconsciente de la mayoría de la población.

Quiero mencionar aquí a un grupo de científicos e investigadores, que tras largos años de estudio, han abandonado momentáneamente sus investigaciones y han optado por la revolución pacífica: “Científicos por la revolución”. Muchos de ellos saben que no hay vuelta atrás, pero que sí podemos aprender a fracasar mejor, como señala Jorge Riechmann, uno de ellos y de los más reconocidos aquí e internacionalmente. Estos científicos por la revolución nos quieren enseñar los entresijos del poder, el paradigma que nos convierte en mercancía, que nos deshumaniza… y que nos han enseñado un acto de consciencia y de libertad, frente al estado de vasallaje de la inmensa mayoría de la sociedad en la que estamos. Pues bien, contra ellos se ha empleado el poder por la fuerza, disfrazado de justicia. Pero ya sabemos que el poder judicial no está separado de los otros poderes y que por encima de ellos está el gran poder económico.

Sirvan estas palabras como elogio, agradecimiento y en su defensa por el atropello, que una vez más, se comete contra los que ejercen la libertad.

12 ago 2022

Más de 60 congresistas radican proyecto de Ley para prohibir el fracking en Colombia

Los congresistas, junto con la Alianza Libre de Fracking, radicaron el proyecto de ley para prohibir la técnica de extracción no convencional e implementar las llamadas energías renovables que necesitan de la explotación de distintos minerales.

La dura pelea contra el fracking parece llegar a su recta final. La técnica de fractura hidráulica que permite extraer gas y petróleo no convencionales, es cuestionada por diversidad de científicos tras estudios que muestran con soporte empírico los efectos negativos para la salud tanto de las personas como del ambiente en general. El primer piloto de fracking en Colombia fue autorizado por el gobierno de Iván Duque 3 meses antes de concluir su mandato y por realizarse en Puerto Wilches, Santander.

Jahel Quiroga, senadora por el Pacto Histórico, y firmante de la iniciativa radicada el pasado 10 de agosto, comentó sobre el particular: “Los habitantes de Puerto Wilches y del Magdalena Medio (que es donde se viene experimentando con esta técnica) van a tener la satisfacción y la seguridad de que el fracking no va a acabar con el agua, con el medio ambiente, con las riquezas naturales. Un proyecto radicado para Colombia y para el mundo”.

Este proyecto de ley busca prohibir, entre otros, la exploración y producción de hidrocarburos provenientes de yacimientos no convencionales, al tiempo que la prohibición del fracturamiento hidráulico multietapa (fracking) en Colombia. También, tiene como eje la protección del medio ambiente y la prevención de conflictos socioambientales asociados a estas actividades para contribuir con el cumplimiento efectivo de las metas del Acuerdo de París aprobadas mediante Ley 1844 de 2017.

El Acuerdo de París, parte y desarrollo del marco de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, entró en vigor en noviembre de 2016, firmado por 97 países para combatir el cambio climático y acelerar e intensificar las acciones e inversiones necesarias para un futuro sostenible con bajas emisiones de carbono. El acuerdo tiene por objeto aumentar la capacidad de los países para hacer frente a los efectos del cambio climático y lograr que las corrientes de financiación sean coherentes con un nivel bajo de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y una trayectoria resistente al clima. 

En este sentido, según Sandor A. Gerendas-Kiss, director de SGK Planet, la técnica de fracturación hidráulica implica contaminación de acuíferos, elevado consumo de agua, contaminación de suelos, aguas y aire, retorno de los gases y químicos utilizados hacia la superficie, además de probables efectos para la salud humana. También hay casos de incremento en la actividad sísmica.

El proyecto propone que, a partir de convertirse en ley, el gobierno Petro formule la Política de Transición Energética Justa. En donde deberán formular, de manera participativa, en el término máximo de dos (2) años contados a partir de la expedición de tal ley, la política pública de transición energética justa, que incluya un plan de diversificación energética y promoción de fuentes no convencionales de Energía Renovable que logren de manera gradual y progresiva la sustitución de la explotación de combustibles fósiles.

Los ambiciosos retos que soportan esta iniciativa, así como la ley a que daría paso, abren el debate sobre los costos a todo nivel que implicaría la transición energética, así como las reales posibilidades y límites de las energías que ahora son valoradas como posible sustituto de la proveniente de los combustibles fósiles, y entre las cuales se cuenta la solar, hidráulica, termosolar de concentración, bioenergía, geotérmica, nuclear, hidrógeno verde, eólica, electicidad. Hay que llamar la atención que todas estas fuentes de energía requieren intensos procesos de captación y transformación que demandan el uso de diversidad de minerales, entre ellos cobre, litio, cromo, zin, oro, grupos de platinos, aluminio y tierras raras (que suman 17 elementos de la tabla periódica).

También está abierto el debate sobre la capacidad energética de todos y cada uno de estas fuentes de energía, y su relación costo-beneficio en todos los planos: ambiental, económico, social, etcétera. Un debate que merece toda la atención de nuestra sociedad para que lidere la necesaria transición ecológica con total conocimiento de causa y profundice la misma al ampliarla a la relación sociedad-naturaleza, economía y producción industrial, movilidad-transporte y uso del vehículo, así como usos y consumos en general.

Un debate complejo y que, para asumirlo a profundidad implicaría preguntarnos por la sociedad poscapitalista por construir.

Consulte aquí el proyecto de Ley presentando por los más de 60 congresistas para prohibir el fracking en Colombia:

“Por medio de la cual se prohíbe el fracking, la exploración y producción de los Yacimientos No Convencionales (YNC) de hidrocarburos, se ordena la reformulación de la política de transición energética y se dictan otras disposiciones”.

 

Para profundizar sobre el tema del fracking, invitamos a leer los siguientes artículos publicados en desde abajo:

https://www.desdeabajo.info/ediciones/item/39187-fracking-en-colombia-rompiendo-las-entranas-de-la-tierra-sin-medir-consecuencias.html

 

https://www.desdeabajo.info/mundo/item/42972-fracking-en-america-latina-entre-las-promesas-de-expansion-y-las-denuncias.html

https://www.desdeabajo.info/colombia/item/36414-colombia-resiste-al-fracking.html

https://www.desdeabajo.info/colombia/item/37293-el-fracking-en-colombia-la-batalla-continua.html

https://www.desdeabajo.info/colombia/item/35515-la-dura-pelea-contra-el-fracking-en-colombia.html

https://www.desdeabajo.info/colombia/item/38056-graves-problemas-para-el-fracking-en-colombia.html

https://www.desdeabajo.info/ambiente/item/41582-biden-suspende-el-fracking-en-territorio-federal-pero-no-lo-prohibe-en-el-90-restante.html

https://www.desdeabajo.info/ambiente/item/35613-fracking-causa-escasez-del-agua-en-eu.html

www.desdeabajo.info/ambiente/item/37331-danos-del-fracking-en-estados-unidos.html

https://www.desdeabajo.info/ambiente/item/37780-las-potencias-europeas-promueven-el-fracking-fuera-mientras-lo-prohiben-dentro-de-sus-fronteras.html

Fuentes consultadas:
https://unfccc.int/es/process-and-meetings/the-paris-agreement/que-es-el-acuerdo-de-paris

https://www.iea.org/reports/world-energy-outlook-2021

 

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Viernes, 12 Agosto 2022 06:07

Movimientos en la pospandemia

Movimientos en la pospandemia

Son meses recorriendo el continente: México, Colombia, Río de Janeiro, Ecuador, Bolivia, Argentina. En todos se observan de forma directa situaciones similares, que se suman a los datos que van llegando por otros canales. A grandes rasgos: desarticulación y degradación de las relaciones sociales; violencia estatal, paraestatal y narco; gran dificultad de movimientos y pueblos para construir.

Tal vez este resquebrajamiento sea la forma en que se nos presenta la tormenta sistémica, agravada por el caos climático y el derrumbe de los estados-nación. No es sencillo establecer un relato abarcador, pero existen situaciones comunes más allá de las diferencias entre geografías.

Los motivos por los que se están rompiendo nuestras sociedades son diversos, y abarcan tanto lo material como lo espiritual.

La pobreza crece de forma permanente y constante, consecuencia de la voracidad del capital más concentrado que lleva a la población a situaciones de vida insostenibles. Mientras, los gobiernos atinan sólo a gestionar la pobreza con políticas sociales que buscan domesticar a las clases populares y pueblos originarios y negros.

La acumulación por despojo/cuarta guerra mundial contra los pueblos forma parte de este modelo empobrecedor pero, sobre todo, permite explicar las violencias, los desplazamientos forzados, el robo de tierras y la ocupación de territorios por las bandas armadas que, al violentar pueblos, favorecen los planes del capital.

El narcotráfico es una de las formas que asume el derrumbe del sistema, pero debemos tener claro que es utilizado por los poderosos contra todo movimiento organizado, como lo enseñan las experiencias de Colombia y México. El narco no fue directamente creado por el capital y los estados, pero una vez surgido han aprendido a direccionarlo contra nuestras organizaciones.

Los gobiernos progresistas que gestionaron todos los países que estoy visitando y ahora lo hacen en Colombia, aceleraron el declive al profundizar el extractivismo pero, a la vez, al desorganizar a los movimientos. Esto lo hicieron por una doble vía: apropiarse del discurso y de sus modos de hacer, mientras lanzan a las bandas armadas contra los mismos pueblos y sectores sociales que pretenden ablandar con políticas sociales.

Ambas políticas son complementarias y están destinadas a facilitar el ingreso del capital especulativo en los territorios de los pueblos, para convertir la vida en mercancías.

La fase de descomposición de nuestras sociedades, vínculos entre abajos y pueblos enteros, está entrando en una fase aguda al impactar incluso en comunidades rurales que antes parecían casi inmunes a estos modos destructivos y violentos del capital y los estados, que trabajan codo a codo para cumplir esos objetivos. Estamos ante características estructurales y sistémicas del capitalismo, no frente a desvíos puntuales.

En la medida que estamos ante procesos relativamente recientes, los pueblos y sectores sociales no hemos encontrado todavía los modos de frenar y revertir la destrucción. En este punto algunas consideraciones.

La primera es constatar la gravedad de la situación, el grado elevado de descomposición no sólo de las organizaciones, sino de las bases sociales en que se referencian y arraigan. Porque el panorama puede resumirse así, en casi todas las regiones: sociedades y comunidades en descomposición y organizaciones amenazadas o cooptadas por el sistema. Ambos hechos son enormemente destructivos.

La segunda es la reflexión sobre los caminos para seguir siendo lo que somos: pueblos y sectores sociales que resisten y construyen. El EZLN ha adoptado la resistencia civil pacífica para enfrentar a las bandas armadas y para seguir construyendo el mundo nuevo. Es un camino muy difícil, que requiere voluntad y disciplina, constancia y capacidad de afrontar la violencia y los crímenes sin caer en actitudes individualistas.

Creo que los modos adoptados por el zapatismo, sin duda consultados y decididos por las bases de apoyo, pueden servirnos de referencia en toda América Latina, porque enfrentamos problemas similares y porque debemos sacar conclusiones de las guerras decididas por las vanguardias, que costaron la vida de cientos de miles de personas de los pueblos originarios, negros, campesinos y sectores populares.

No repetir errores es sabiduría. En diversas intervenciones, el EZLN ha colocado como ejemplos las guerras en Guatemala y El Salvador. En ellas, y esto va por mi cuenta, la actitud de las vanguardias no benefició a los pueblos, que pagaron decisiones que no habían tomado con miles de muertos, para luego entrar en "procesos de paz" sin consultarlos, pero salvando los intereses de los dirigentes y cuadros.

Entiendo que los de abajo nos debemos, en estos momentos difíciles, un debate en profundidad sobre los modos de enfrentar la guerra de arriba. Sin rendirnos ni vendernos, pero tomando los caminos que permitan eludir la guerra y seguir construyendo sin caer en provocaciones.

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