Jueves, 28 Julio 2022 05:54

Crisis hegemónica y climática

Crisis hegemónica y climática

No es sólo por el freno de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos (EU) al plan de Biden contra el "cambio climático" (CC), más bien es una Casa Blanca hundida en las ganancias de las grandes corporaciones orquestadas por el Pentágono, producto del "acoso" estratégico de la OTAN, acercándose cada vez más a las vecindades de las fronteras de Rusia con despliegues de tropas y emplazamientos de equipos de alto nivel, mientras el planeta sigue calentándose en medio del brutal omnicidio, de la posposición de toda urgente regulación de los gases de efecto invernadero de más de mil 500 millones de motores de combustión interna.

Hasta ahora, el único comentario valioso sobre el alarmante CC vino del ex vicepresidente Al Gore, mientras Biden sigue con sus hasta ahora débiles y poco nutridas expresiones públicas al respecto, por el escaso alcance de su propuesta centrada en el automóvil eléctrico privado, que, me atrevo a caracterizar hasta ahora como la versión "gentrificada" (clasista) de la estrategia imperial frente al calentamiento planetario en curso, ya expresándose en intensas, catastróficas y más frecuentes y letales olas de calor acompañadas de graves y furiosos incendios forestales, inundaciones y el preocupante aumento en el nivel de los mares. Apenas la semana pasada en Groenlandia, en dos días, se derritieron 5 mil millones de toneladas de hielo.

Todo esto ya ha generado un creciente número de víctimas y daños a edificaciones y viviendas, acompañadas del desplazamiento masivo de familias, muchas de las cuales –en casi todas las grandes ciudades del mundo– viven a la orilla de los océanos, ademas de un sinnúmero de plantas nucleoeléctricas a lo largo de las costas de Boston aWashington.

La expresa posposición de medidas efectivas y coordinadas a nivel local, nacional y mundial es en verdad una falla omnicida del capitalismo monopólico: un déficit de acción creativa y efectiva y la absorción del liderato de EU en las fabulosas ganancias de sus mil millonarios inversionistas gracias a la guerra en Ucrania

"Eso" equivale a jugar y casi apretar el botón nuclear-termonuclear, dejando a un lado la drástica y necesaria restructuración y apoyos a la ampliación y lanzamientos constructivos a todo nivel.

La ola de calor que está sofocando a Europa y a EU, calificada por la cadena británica BBC Mundo como histórica, marca un punto de inflexión en el creciente y expansivo deterioro climático.El Reino Unido llego a 40.3 grados Celsius, una cifra jamás registrada ahí, junto con las insólitas imágenes de trenes cancelados, vías ferroviarias que se incendian, pistas de aterrizaje derretidas e incendios en algunas localidades inglesas. El Metro de Londres carece de aire acondicionado y se dice que lo que entra por las ventanas no es aire, sino fuego (BBC Mundo, 19/7/22).

Los incendios forestales en Francia, Portugal, España y Grecia han expulsado a miles de sus hogares, no se sabe aún la cifra de fallecidos, pero según el medio argentino Télam, en España ha habido 510 muertes, mientras en algunas localidades francesas la temperatura rebasó el récord anterior de 35.1 grados, alcanzando 42.6 en Biscarrosse, por lo que algunas zonas del suroeste francés "podrían vivir un apocalipsis de calor con hasta 44 grados" (Télam, 18/7/22).

Desde Meteored que unifica a varias estaciones metereológicas del Reino Unido, el profesor Stephen Belcher, científico en jefe de la Met Office y el profesor Paul Davies, meteorólogo en jefe de la misma organización, colocaron esta ola de calor en un contexto global, dando el primer aviso rojo por calor extremo anunciado el pasado 15 de julio, incluyendo las noches excepcionalmente cálidas, especialmente en áreas urbanas, creando un nuevo récord provisional de temperatura máxima nocturna. China ha soportado tres olas de calor en lo que va del verano también batiendo récords de temperatura (Francisco Martín, tiempo.com, 21/07/22).

A las olas de calor no se las trata con nombres, como los huracanes, ¿para que pasen inadvertidas? El calor extremo de este año en Europa está aumentando en frecuencia e intensidad a un ritmo mas rápido que en el oeste de Estados Unidos y aquí el CC juega un importante papel, pues las temperaturas actuales son en promedio 1.1 grados Celsius más altas que a finales del siglo XIX, antes de que se generalizaran las emisiones de dióxido de carbono y otros gases que atrapan el calor, como el metano, así que el calor extremo ya tiene un punto de partida más alto ( NYT, 19/7/22).

En EU, de mantenerse la sequía prolongada, según CNN, se advierte una "ola de calor peligrosa y letal" (8/07/22). Andone y Wolfe, señalan que el incendio en el Parque Nacional de Yosemite, en California, no tiene precedente: ya devastó 16 mil 700 acres y provocó el desalojo de 3 mil personas.Si bien se combate el fuego con 2 mil 500 bomberos y voluntarios, se avanza lento.

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Miércoles, 27 Julio 2022 05:36

El imperio se rompe por dentro

El imperio se rompe por dentro

La lógica «amigo y enemigo», constitutiva de las relaciones entre comunidades políticas distintas, está ganando terreno como forma de dirimir las diferencias al interior de la comunidad política estadounidense. ¿Hay salida?

Las recientes decisiones de la Corte Suprema de Estados Unidos sobre temas como el aborto, protección medioambiental, derecho al voto de minorías y porte de armas se inscriben en una disputa de tipo existencial que está teniendo lugar al interior de la sociedad estadounidense.

Eventos como la elección de un presidente negro, la irrupción de minorías raciales en el Congreso federal y el avance de movimientos subalternos como el BLM (siglas de Black Lives Matter) han hecho creer a una parte importante de los estadounidenses blancos que su marco identitario esencial está amenazado. A ello se le suma un progresivo proceso de debilitamiento de las instituciones públicas como resultado de décadas de implantación de políticas neoliberales en el país.

La presencia de jueces ultraderechistas, las recurrentes masacres en manos de supremacistas blancos, la violencia policial selectiva y la imparable lógica política trumpista son los emergentes más visibles de un proceso subterráneo que ha ido transformando lentamente el imaginario social. Para comprender estos cambios en toda su dimensión, entonces, debemos analizarlos en un doble plano: por un lado, el de la disputa existencial; por otro, el de la debilidad institucional.

La disputa existencial estadounidense

Para evitar la guerra o la descomposición interna, las disputas dentro de una comunidad política deben procesarse en términos de adversarios legítimos y no de enemigos irreconciliables. A su vez, los miembros de esa comunidad de alguna forma deben asumirse parte de lo que Carl Schmitt (2009) denominaba una «igualdad sustancial», lo que implica reconocer la existencia de un marco histórico común que fundamenta un presente y un futuro compartido.

Así, las instituciones formales funcionan como el mecanismo mediante el cual los actores sociales procesan sus diferencias; para ello, dicho marco institucionalidad debe gozar de legitimidad en el sentido weberiano, esto es, aceptación interna. Que las personas interpreten esas instituciones en un registro positivo porque en ellas ven la materialización de ciertos ideales nucleares del grupo como lo son la patria, la identidad, el bienestar colectivo, etc. De este modo, las instituciones son legítimas en tanto proyecten, y en cierta medida materialicen, un ideal de lo que es común a todos.

Cuando las diferencias dominantes no se pueden procesar en términos de adversarios, en cambio, esa comunidad política ha pasado a la lógica de amigo y enemigo. La cual, citando nuevamente a Schmitt, concierne no a la política interna sino a la externa. El enemigo no puede ser parte de la comunidad porque la existencia de este implica un exterior constitutivo en el sentido derridiano. Es decir, es ese otro externo cuya presencia da forma al nosotros interno.

Toda identidad colectiva, sostienen Laclau y Mouffe (2015), implica «lógicas de frontera». De modo que no hay identidad que adquiera el rango de política —en el sentido schmtiano de que agrupe en términos de «ellos» y «nosotros» a un grupo grande, como una nación— que no se establezca a partir de dinámicas fronterizas y exteriores constitutivos. Somos un «nosotros» en la medida que no somos «ellos».  

Mantener, pues, las diferencias internas fuera de la lógica amigo y enemigo permite que las discrepancias entre los diversos actores de la comunidad política no socaven la legitimidad que entre adversarios deben reconocerse. Ello da estabilidad al orden institucional al tiempo que posibilita el mencionado marco de proyecto común. 

Una vez que el «ellos» y el «nosotros» emergen internamente no es posible procesarlos institucionalmente, ya que significa que una parte de la comunidad política desconoce la legitimidad de la otra. Las instituciones se interpretan en registros opuestos según el lugar de cada grupo en disputa. En tales contextos, la historia es clara: lo que sobreviene es la guerra civil. Sin un marco legítimo donde entre grupos amplios y diferentes de una comunidad resuelvan sus querellas y equilibren sus aspiraciones, lo que queda es la violencia. Y, con ello, la descomposición interna. Tal es el escenario que, en nuestra opinión, se está configurando actualmente en los Estados Unidos.

«Ellos o nosotros»

Para un amplio sector de los estadounidenses blancos hay una parte de su sociedad que constituye un «ellos» antagónico a su «nosotros» esencial. O, lo que es lo mismo, un enemigo al cual se debe derrotar con todos los medios que sean necesarios —incluyendo la eliminación física, como creyó el genocida de Búfalo hace poco—.

Ese «otro» dejó de ser un adversario con el que, aunque se sepa que nunca se coincidirá en lo fundamental, se puede establecer un marco de legitimidad compartida. Así era cuando entre demócratas y republicanos luchaban políticamente dentro de claves institucionales: ganara quien ganara, cada cuatro años lo fundamental del país seguía igual. Y ello porque la comunidad política estadounidense, a nivel interno, se gestionaba fuera de la lógica de la disputa existencial. Ya no es el caso.

La «nación existencial» (Villacañas, 2014) es la que establece relaciones de amigo y enemigo. Esta forma de nación está siempre latente dentro de toda comunidad política. Aparece de tiempo en tiempo. Y le compete a cada orden institucional mantenerla contenida mediante mecanismos adecuados.

En Estados Unidos sucede que hoy día ese tipo de nación, encarnada en buena parte de su mayoría blanca, ha irrumpido con una fuerza e ímpetu significativos (en un país con una historia de violencia racial constitutiva). El trumpismo es un significante vacío que agrupa diversas demandas de buena parte de los estadounidenses blancos descontentos. 

La lógica política trumpista es un elemento estructurante que da unidad y conducción para que sus idearios obtengan resultados políticos concretos. Y el Partido Republicano, en tanto tomado totalmente por el trumpismo (según encuestas, más del 90% de votantes republicanos es favorable a Trump), está trasladando a las instituciones —Congreso, Corte Suprema, tribunales federales y otras— esa lógica de disputa existencial. He ahí, pues, la clave fundamental desde la que entender la radicalidad de los jueces supremos.

Cuando Barack Obama llegó a la presidencia cambiaron muchas cosas. Visto en retrospectiva, sin embargo, podemos decir que ese fue el momento en que la lógica existencial de los blancos tomó su impulso decisivo. No es fortuito que al primer presidente negro le sustituyera en la Casa Blanca el primer presidente de ultraderecha. 

Donald Trump, multimillonario devenido en mesías del populismo reaccionario, se hizo políticamente relevante cuando encabezó aquella rocambolesca campaña que sostenía que Obama no era estadounidense sino africano. En la perspectiva demócrata, anclada en la lógica del «votante medio», aquello se interpretó como una locura sin más. Incluso hubo una ocasión en la que el presidente Obama, en un evento social, se mofó frente al propio Trump de ese bulo.

Pero se equivocaron —ellos y casi todos nosotros— al minimizar esa narrativa, puesto que la misma contenía algo más profundo. Algo estaba cambiando en el «votante medio», y una parte significativa de los estadounidenses blancos se estaba radicalizando, estaba pasando a una lógica existencial en la que las cosas no se miden en términos de veracidad ni de hechos sino de percepciones guiadas por factores emocionales. Lo cual proyecta a la lucha política hacia planos que superan los clivajes tradicionales de «demócratas versus republicanos» o «liberales (en el sentido norteamericano) contra conservadores».

Desde ese entonces, Trump logró erigirse en la figura que expresa el sentido común de una parte de la llamada Deep America, en la que el descontento blanco ya no se vehiculiza mediante búsqueda de consensos sino de rupturas radicales. El primer presidente negro, dentro de esa subjetividad, desde luego no podía ser un estadounidense legítimo. Trump, el varón blanco nacionalista y agresivo que rompe los moldes de la conducta institucional, fue el justiciero que volvió a poner cada cosa en su sitio, a retrotraer las cosas a la «América grande» donde mandan los blancos y, por tanto, las personas negras y otros «ellos» están en su lugar correspondiente.

Moral, libertad y raza

El trumpismo se convirtió en una lógica política hegemónica, esto es, capaz de articular demandas diversas y de establecer fronteras antagónicas frente a otras hegemonías (en este caso, ante la hegemonía centrista tradicional). Movió las coordenadas del conflicto político estadounidense hacia superficies de disputa existencial. De ahí la elección de jueces de ultraderecha —y evidentemente supremacistas— a la Corte Suprema bajo su presidencia, rompiendo abiertamente con el hasta entonces hegemónico consenso de la moderación centrista.

En tal contexto, los senadores republicanos, que otrora se inscribían en dicho consenso, tenían dos opciones: o apoyaban a los jueces propuestos por el mesías de su partido radicalizado existencialmente o simplemente no volvían a ganar una elección en sus estados. Aun en el contexto de lógicas políticas existenciales, el pragmatismo electoral pesa.

Así las cosas, los jueces electos por el trumpismo emprenden desde las cortes una lucha contra el enemigo existencial de la «América auténtica». En el plano moral-religioso se trata de desmontar leyes a favor del aborto y de matrimonios LGBTQ+ y racialmente mixtos que, en el contexto de correlaciones políticas anteriores, sectores subalternos lograron se aprobasen. En el plano de la libertad (significante político constitutivo de este país) implica acabar con todos los límites que, en los mismos términos anteriormente señalados, se han venido imponiendo en las últimas décadas respecto al porte de armas y el uso indiscriminado de dinero para financiar campañas políticas. Y, en cuanto a lo racial, significa eliminar prohibiciones como las que dictaminaron varios tribunales estatales en lo que respecta a la manipulación distritos electorales (gerrymandering) para evitar que, aun siendo mayoría, los negros siguieran casi sin representación en varios congresos locales.

He aquí tres aspectos centrales: moral, libertad y raza. La concepción de mundo blanco-anglosajona estadounidense se construyó históricamente, en lo fundamental, sobre esos tres pilares. Y ello fue lo que, como sostiene Howard Zinn (2003), utilizaron las élites de principios del siglo XIX para fomentar el racismo del blanco pobre contra el negro en momentos en que entre estos dos grupos comenzaban a tejerse relaciones de hermandad y solidaridad a resultas de la creciente desigualdad que sufrían. El trumpismo en su versión judicial, desde la Corte Suprema, trabaja directamente para recomponer el país en claves del siglo XIX. 

El presidente Joe Biden, tras conocerse la decisión que anuló el precedente de casi 50 años de Roe vs Wade en relación al derecho al aborto, dijo que esta era una Corte «extrema». La otrora sacrosanta Corte Suprema, que simbolizaba imperio de la ley y solemnidad republicana, es ahora tratada como un ente partidista más. Con el agravante de que se la ubica en el extremo del espectro político; esto es, no se le reconoce legitimidad. Como vimos, una vez las instituciones pierden legitimidad entendida como aceptación el conflicto político-social pasa a otros ámbitos. Lo que hace que la idea del «todos» como horizonte común al interior de la comunidad política se derruya.

Para los demócratas, tanto del ala centrista-neoliberal como de la izquierdista-socialista, esta Corte Suprema no forma parte del «nosotros». La expresión institucional del trumpismo condujo a los demócratas a inscribirse, en forma de reacción, en una dinámica también existencial. Las luchas electorales que se avecinan, en tal contexto, no estarán inscritas solo en política contingente, sino que —y esto es lo decisivo— estarán signadas por la pugna entre dos Estados Unidos que no se reconocen legitimidad el uno al otro.

De ahí que entre demócratas y republicanos actualmente no se pueden poner de acuerdo en casi nada. La lógica amigo y enemigo, constitutiva de las relaciones entre comunidades políticas distintas, está operando al interior de la comunidad política estadounidense. Lo cual no hace sino evidenciar que Estados Unidos es un país roto por dentro. 

El neoliberalismo contra el bien común

En los últimos cuarenta años, Estados Unidos ha vivido bajo un sistemático ataque neoliberal contra lo público (Brown, 2016; Harvey, 2007; Zuboff, 2020) que ha debilitado considerablemente la capacidad de respuesta de las instituciones para atender las causas de la disputa existencial actual. Ahora bien, este avance neoliberal debe entenderse en dos planos: la estructura cultural-ideológica sobre la que se asentó y su cristalización en el nivel de políticas concretas.

En primer lugar, el neoliberalismo estadounidense vino de la mano de lo que George Lakoff (2007) caracteriza como la articulación entre el Partido Republicano y ciertas élites económicas para desmontar a nivel de los «marcos mentales» del ciudadano medio el consenso del New Deal. Para ello se sirvieron del aparato conceptual-discusivo que les proveyeron autores como Hayek, Rothbard y Friedman en su versión más propagandística. Las ideas (y elucubraciones) de estos referentes neoliberales fundamentaron los marcos mediáticos que fueron colocándose en la opinión pública. 

Lo público y el Estado eran presentados como «enemigos de la libertad» y, por consiguiente, contrarios a la creación de riqueza. Esa convergencia entre libertarismo y conservadurismo estadounidenses dio lugar al «paleolibertarismo», marco de análisis político, social, económico y cultural en el que se formaron diversas figuras que luego pasaron a ocupar cargos de dirección en administraciones republicanas desde Reagan y demócratas con Clinton (Zuboff, 2020). 

Esa sistemática operación mediática —vehiculizada mediante el incentivo de marcos mentales que vincularan valores morales y costumbres preexistentes con idearios neoliberales (Lakoff, 2007)— dio como resultado que millones de estadounidenses de clase media y baja asumieran la narrativa antiestatal y antirregulación, que en los hechos solo es favorable a los ricos. Tal identificación construyó un sentido común tendencialmente mayoritario que naturalizó el neoliberalismo, instalando así una hegemónica y ubicua matriz subjetiva neoliberal.

A partir de ese punto, lo que se inició con Reagan fue un amplio proceso de desregulación financiera, desmonte de protecciones medioambientales, baja de impuestos a las rentas altas y ganancias de capital, etcétera, que continuó indemne en las administraciones subsiguientes de ambos partidos. Esta «neoliberalización de la sociedad estadounidense», a nivel subjetivo y estructural, debilitó decisivamente el marco institucional surgido del New Deal que, entre 1945 y 1975 (la época de mayor prosperidad de la historia norteamericana y occidental) había asegurado la existencia de una sociedad cohesionada en base a clases medias fuertes, derechos sociales garantizados y separación entre intereses corporativos e intereses de Estado.

Desintegración

Estados Unidos entra hoy a la fase de desintegración interna probablemente más peligrosa de su historia desde la guerra civil de 1861 a 1865. Y lo hace en medio del auge de un sentido común de época neoliberalizado, individualista y extremadamente poco solidario. 

Pareciera que las preocupaciones del conservador Samuel Huntington contenidas en su libro Who are we? cristalizan hoy en el trumpismo. Pero, a diferencia de lo que afirmaba allí el autor, lo que amenaza a la sociedad estadounidense no es el reto demográfico hispano sino la respuesta de una parte de la mayoría blanca ante las identidades no blancas (racial y culturalmente) y subalternas (feministas, LGBTQ+, antirracistas, socialistas) que emergen frente al orden anglosajón históricamente hegemónico.

La disputa existencial que en los Estados Unidos de hoy se afirma como tendencia dominante para la resolución de conflictos políticos, entraña una peligrosidad inédita. Porque el enemigo contra el que lucha el trumpismo no es un «ellos» homogéneo. Es algo mucho más grande, que ya está respondiendo, y que el Partido Demócrata y sectores liberales no logran canalizar institucionalmente.

¿Se evitará la guerra civil? Existen observadores que afirman que, aunque en forma de guerra de baja intensidad, esa conflagración ya comenzó. El mundo se juega mucho en cómo los estadounidenses logren procesar su conflictividad interna sin desintegrarse.

Referencias 

Brown, Wendy (2016). El pueblo sin atributos. Barcelona: Malpaso. 

Harvey, David (2007). Breve historia del neoliberalismo. Madrid: Akal.

Laclau, Ernesto y Mouffe, Chatal (2015). Hegemonía y estrategia socialista. Madrid: Siglo XXI. 

Lakoff, George (2007). No pienses en un elefante. Madrid: Complutense. 

Schmitt, Carl (2009). El concepto de lo político. Madrid: Alianza Editorial. 

Villacañas, José Luis (2014). Historia del poder político en España. Barcelona: RBA. 

Zinn, Howard (2003). La otra historia de los Estados Unidos. Guipúzcoa: Argitaletxe Hiru.

Zuboff, Shoshana (2020). La era del capitalismo de la vigilancia. Madrid: Paidós. 

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Martes, 26 Julio 2022 05:15

Espina

'San Jerónimo escribiendo' (1605).

Las espinas no trabajan contra nosotros; las púas, los pinchos, los alambres sí. O por decirlo de otra manera: el capitalismo no es un conjunto de espinas

 

Una historia popular arquetípica es esa del sabio o el santo o el niño o la doncella que liberan a una bestia de la espina que lo atormenta. De todas ellas, la que más me gusta es la de San Jerónimo, según el relato maravilloso de la Leyenda Áurea. Allí se nos cuenta, en efecto, que el traductor de la Vulgata, eremita en el desierto, tropezó en una ocasión con un león que, entre rugidos, se le acercaba para devorarlo. O eso parecía. Porque –nos dice la fabulita– no era hambre sino dolor lo que sentía el animal, afligido por el aguijón de una espina que se le había clavado en la zarpa. Jerónimo se la quitó con delicadeza y el león, agradecido, lo siguió mansamente hasta la pequeña comunidad que regentaba, donde –se entenderá– los otros monjes, al verlo así acompañado, sintieron mucho menos entusiasmo que estupor y espanto. Jerónimo, sin embargo, no solo insistió en incorporar el león a la vida de la comunidad sino que, contra las advertencias escandalizadas de sus compañeros, decidió encomendarle el cuidado de los únicos recursos que poseían: un asno y un cordero. Así que todos los días el león los pastoreaba hasta algún lejano mechón de hierba y todos los días, al caer la tarde, los devolvía indemnes al recinto del monasterio, desmintiendo una y otra vez la desconfianza de los monjes, quienes todas las mañanas aseguraban ceñudos que la bestia, tarde o temprano, cedería a su naturaleza depredadora y devoraría a los dos animales. Pasaron los años sin que nada ocurriera. Hasta que una jornada aciaga el león, ya anciano y con las fuerzas mermadas, relajó la vigilancia y sucumbió al sueño, oportunidad que aprovecharon dos ladrones para robarle el asno y el cordero; de manera que la pobre bestia volvió sola y cabizbaja a casa, donde fue acusado e imprecado y vituperado por los monjes (con esa fruición libidinosa, imaginamos, del que espera lo peor y ve cumplidos sus pronósticos): “¿Ves, Jerónimo? Ya te lo habíamos dicho: un león es siempre un león. No has querido escucharnos y se ha comido a nuestros animales”. La desaparición del león a la mañana siguiente pareció darles la razón. Pero no, amigos lectores, no la tenían; el león no había huido, como pretendían los maledicentes eremitas. Todo lo contrario. Ofendido en su honor, responsable de su destino, fiel a su amigo Jerónimo, recorrió durante meses los parajes más remotos y las aldeas más abstrusas de Siria hasta que encontró a los dos ladrones, rescató el asno y la oveja y los devolvió sanos y salvos a la comunidad monástica. Podemos imaginar la triunfal entrada de la bestia orgullosamente rehabilitada, la sorpresa –y desilusión– de los monjes y la satisfacción de Jerónimo, quien decidió entonces jubilar al provecto animal y darle cobijo en su mesa de trabajo. Allí sigue eternamente a los pies del santo mientras éste, con una calavera de pisapapeles, redacta con alta pluma la traducción al latín de la Biblia, tal y como lo representa la iconografía cristiana.

Recuerdo que, cuando leí por primera vez Las elegías del Duino a los dieciséis años, me impresionó mucho leer en el prólogo que Rilke, enfermo de leucemia, había muerto mientras cogía una rosa, pinchado por una de sus espinas. Naturalmente el poeta no murió enseguida sino tras semanas de una lenta infección agravada por sus bajas defensas, pero en mi cabeza quedó siempre esta imagen de una rosa blanca que, por sumisión lingüística, producía una irrestañable hemorragia de sangre también blanca, como si la flor le hubiese producido, o al menos descubierto, la enfermedad griega y mortal que padecía. La rosa de Rilke era, sin embargo, roja, y no lo digo porque sepa del amor de Rilke por esa variedad de rosas sino porque, si a uno le mata una rosa, le tiene que matar una verdadera rosa. Nuestro gran humanista Andrés de Laguna, en su comentario de 1555 al Dioscórides, dice que la naturaleza de la rosa reside en su “asperidad” y “espinidad”, de manera que la roja, la más erizada de espinas, es la rosa por excelencia o la rosa esencial. Es difícil no ver en este razonamiento, por lo demás muy aristotélico, una tentación de simpatía cromática. Me explico. Cuando se dice que “no hay rosas sin espinas” se entiende que, igualmente al revés, tampoco hay espinas sin rosa, pues la espina que penetra en el dedo produce –salvo en el caso de Rilke y su leucemia– una herida roja. Las rosas rojas hacen florecer rosas rojas en los dedos desprevenidos. O en la cabeza de Cristo, adornada por sus verdugos con una floración de heridas. La espina es, digamos, la pasarela física y simbólica entre dos rosas rojas, una en el arbusto y otra en el cuerpo; una en el rosal y otra en la sangre. Si la espina es la verdad de la rosa, la herida es la confesión de la espina. Por eso, más allá de su asonancia vocálica, en el famoso poema de Miguel Hernández podríamos sustituir un término por otro sin alterar su sustancia: “Llegó con tres heridas/ la del amor/ la de la muerte/ la de la vida”. Heridas o espinas, las rosas de dentro esperan el menor pinchazo para salir al exterior y exponer su dolor escondido. La belleza de las rosas rojas –gran tópico poético inevitable– tiene que ver con la alegría máxima del ojo, sí, pero también, a través de la espina, con esta extraversión –de dentro a fuera– de la íntima vivencia de la humanidad desvalida. El león de Jerónimo, al que volveremos enseguida, no se pinchó con una rosa roja sino –más probablemente– con un espino albar, pero rosa roja era lo que le ofreció al santo en su zarpa y lo que los unió a los dos para siempre. Una rosa es una espina es una herida es una rosa.

Una espina es una cosa muy seria. En 1934 la gran filósofa, mística y activista francesa Simone Weil dejó la carrera docente para enrolarse como obrera en una fábrica de la casa Renault. Lo hizo, según confiesa en su diario, para sentir clavada en su carne “la espina de la realidad”. Al calificar de “espina” la realidad –asociada en este caso al trabajo penoso y la explotación fabril–, Weil parece sucumbir a la idea muy judeocristiana del sufrimiento como medida de toda verdad, pero la noción de espina, y ella lo sabe, implica menos el concepto de dolor que el de intimidad: la realidad se interioriza en el cuerpo en la forma de una experiencia que, generalizada entre los cuerpos, nadie puede tener en mi lugar. El poder metafórico de la rosa no procede de su color ni de su caducidad maravillosa sino del hecho de que tiene espinas. Pero es que el poder metafórico de la espina, por su parte, procede del hecho de que, una vez se nos clava en la carne, se nos queda dentro. Se dirá que también la astilla se queda dentro, pero la astilla no tiene ninguna relación con una flor y, en consecuencia, no significa nada más allá de sí misma. Lo mismo pasa con otros sinónimos o ideas aledañas. Pensemos, por ejemplo, en el cardo, gótico y azul, que está armado, sin embargo, de “pinchos”; o en el erizo, al que tampoco se atribuyen “espinas” sino “púas”. La rosa es natural porque tiene espinas; al imaginar pinchos y púas en los cardos y los erizos los sacamos de la naturaleza para incorporarlos al mundo artefacto de la agresión humana, poblado de filos, ganchos y aceros. Pinchos y púas, digamos, tienen los dos un origen voluntarioso y artificial. El pincho, del latín punctio, es pariente de la “punta” y el “punzón”, que se utilizan conscientemente para agujerear una superficie. En cuanto a “púa”, palabra labial y liviana como un beso, es un apócope del cuchillo latino llamado pugia, de donde se deriva también nuestra “puya”, esa vara acerada con que ganaderos y picadores castigan a las reses, y quizás también la palabra “pulla”, la expresión afilada que dirigimos, fulminantes y picajosos, a quien queremos castigar verbalmente. Toda la diferencia entre “espinas”, “pinchos” y “púas” se pone de manifiesto, por lo demás, cuando intentamos hacer hablar a Weil de “la púa o el pincho de la realidad” o sustituimos en el poema de Miguel Hernandez “las tres heridas” –las tres espinas– por “los tres pinchos” o “las tres púas”. No funciona y no funciona porque los pinchos y las púas, que también hieren, en ningún caso forman parte de nosotros mismos. Solo la espina, inseparable de la rosa, retiene la ambigüedad de la belleza y del dolor humanos: es anfibia, por así decirlo, entre el alma y el cuerpo, entre el mundo y la carne. Por eso Machado podía escribir en unos famosos versos: “En el corazón tenía/ la espina de una pasión/ logré arrancármela un día:/ ya no siento el corazón”. A veces es difícil distinguir entre la espina y la vida. No es una casualidad quizás que el esqueleto de los peces se llame también “espina” y el de los humanos “espina dorsal”: una espina, al contrario que un cuchillo, es algo que se queda o se lleva dentro.

Por eso también, mientras nos arriesgamos con las espinas, huimos de los pinchos y las púas, a las que imita el mal humano cuando quiere herir al prójimo. Es repugnante la idea de un “alambre de púas” y más vergonzoso aún el símil de un “alambre de espino”, porque usurpa para el racismo y el egoísmo armado la belleza natural de ese bellísimo espino albar que se clava en la zarpa del león de Jerónimo o en el que se convierte el enamorado conde Olinos tras ser asesinado por la reina celosa. Las espinas no trabajan contra nosotros; las púas, los pinchos, los alambres sí. O por decirlo de otra manera: el capitalismo no es un conjunto de espinas sino un sistema de alambres, pinchos y púas. Acabo de pasar unos días ingresado en un hospital de Madrid, gigantesca nave náufraga en la que la mitad “sistema” es frenada sin parar por la voluntad heroica de miles de Jerónimos que siguen quitando espinas, una por una, noche y día, a gente que da las gracias y llora.

Contra ese sistema tenemos que luchar todos juntos. Las espinas nos las tenemos que quitar –cuerpo a cuerpo– los unos a los otros. Hay dos cosas que me gustan de la historia de Jerónimo y el león. La primera tiene que ver con el reconocimiento ingenuo de la potencia de la gratitud. Los veganos encontrarán ahí la prueba de que incluso una bestia depredadora puede renunciar a los imperativos de su naturaleza y convertirse en un compañero herbívoro. No me gusta esa politeja. Prefiero pensar en la seriedad de la espina, en la zarpa convertida en rosa roja y en ese vínculo de fidelidad entre cuidadores. El agradecimiento no convierte al león en vegetariano; lo convierte en pastor vigilante y cuidadoso. No ha cambiado su naturaleza sino su relación con el mundo.

La otra lección que me gusta de esta historia está relacionada con las espinas que llevamos dentro y con las espinas que nos quitan nuestros amigos. Contra el sistema y a medida que vivimos, vamos acumulando espinas que ningún Jerónimo viene a quitarnos. Pero intuimos, a través de esta leyenda blanca, que las cosas podrían ser de otro modo; es decir, que un león es en realidad un pastor al que se le ha clavado una espina; que algunas de las bestias que conocemos no son sino seres humanos con una espina dentro; que bastaría un poco de cuidado –personal e institucionalizado– para aliviar o eliminar una parte de los males de este mundo. Jerónimo libera la zarpa del león y el león –al contrario de lo que podría pensarse– no se hace ni vegano ni manso: recupera su verdadera naturaleza. El sistema y sus alambres –digamos– nos impiden quitarnos mutuamente las espinas.

Una rosa es una espina es una herida es una rosa. Hemos visto que llevamos dentro al menos cuatro: el amor, la vida, la muerte, la realidad. En este intercambio feroz de rosas rojas nos estamos todo el tiempo clavando y quitando espinas. Que nos deje el sistema de una vez lamernos las heridas.

Así que quítame, mi amor, todas las espinas que puedas, por favor. Salvo ésa que me encadena dolorosamente a tu alivio.

24/07/2022

Por Santiago Alba Rico. filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son "Ser o no ser (un cuerpo)" y "España".

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Economía global desinflada // FMI recortará perspectivas // Salud y derechos humanos

Los videntes financieros, que pululan, no la vieron venir y del entusiasmo casi desbordado por ellos mostrado a principios del presente año (contagios por covid-19 en descenso, reactivación económica, incremento del intercambio comercial, mayor empleo, etcétera) pasaron a "un estado de cautela" (el ambiente global no es el deseado) y de ahí al abierto ataque de pánico ante la posibilidad de que el mundo enfrente una nueva recesión, en medio de la pandemia, los efectos de la guerra en Ucrania y un modelo económico inservible.

Mañana martes el Fondo Monetario Internacional (FMI) divulgará su "actualización de las perspectivas de la economía mundial" (una de las primeras que se conocerán por estos días) y el ambiente prevaleciente en el circuito financiero no resulta nada grato, pues desde ya el propio organismo advierte que el panorama global "se ha deteriorado significativamente y el nivel de incertidumbre es muy elevado. Los riesgos de contracción (léase recesión, especialmente en Estados Unidos) son hoy una realidad".

La guerra en Ucrania ha "colaborado" para empeorar el panorama económico global y lo propio han provocado las alocadas e interminables sanciones a Rusia impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea, con el ya conocido efecto búmeran: niveles de inflación no registrados en décadas, crisis energética y desabasto de alimentos, entre tantas otras cosas, que han generado una ola de protestas ciudadanas en los países sancionadores ante la impotencia de sus respectivos gobiernos de enderezar el barco.

Previo a la divulgación de las nuevas estimaciones del FMI, la directora gerente de esa institución, Kristalina Georgieva, advirtió que "las condiciones financieras mundiales se están endureciendo más de lo previsto, y las continuas alteraciones asociadas con la pandemia y los nuevos cuellos de botella en las cadenas mundiales de suministro están afectando la actividad económica".

Así, la "actualización de las perspectivas de la economía mundial" del FMI de nueva cuenta recortará las proyecciones de crecimiento mundial para el presente año y el próximo, toda vez que “los riesgos de contracción continuarán y podrían incluso agravarse –en especial si persiste la inflación–, requiriendo políticas de intervención más contundentes que podrían eventualmente impactar en el crecimiento y exacerbar los efectos secundarios, en particular para los países emergentes y en desarrollo. Los países con alto nivel de endeudamiento y poco espacio para políticas enfrentarán presiones adicionales”, subraya Georgieva.

A lo anterior se suma la acelerada fuga de capitales del otrora llamado Tercer Mundo hacia paraísos fiscales y Estados Unidos, país que supuestamente es (era, en realidad) "refugio seguro" y "motor del mundo" (ahora ubicado en Asia Oriental, concretamente en China), actualmente destartalado, al igual que sus "aliados" europeos, quienes ya no sienten lo duro sino lo tupido.

Queda claro que el modelo neoliberal (defendido a capa y espada por, entre otros, el FMI) fracasó rotundamente (los privilegiados del minúsculo mundillo de los multimillonarios dirán exactamente lo contrario) y debe ser reemplazado de inmediato. Crisis tras crisis, recesión tras recesión, el único resultado ha sido que la voluminosa factura es pagada por la mayoría, mientras la minoría no deja de acumular riqueza y poder.

Crimen De lesa humanidad es que un selecto grupúsculo concentre el ingreso, la riqueza y el poder en el planeta, con gobiernos a su servicio, mientras el resto de los habitantes del planeta no tiene ni para lo más elemental. Por eso, la economía global –lo mismo que las nacionales– no puede seguir dependiendo –ni permitiendo– de los excesos, la voracidad, el saqueo, la mezquindad y los caprichos de una minoría igual de rapaz que de indolente ante una realidad social verdaderamente apabullante.

Habrá que ver la magnitud del recorte que aplica el FMI a la economía global y sus nuevos pronósticos, pero lo cierto es que el horno no está para bollos.

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El logo del BCE a la entrada de su sede en Fráncfort. — Daniel Roland / AFP

El banco central con una política monetaria más agresiva es el de Zimbabue con unos tipos de interés del 200% para doblegar los movimientos especulativos contra su moneda en una economía con tradición de hiperinflación y cuya estrategia contrasta con un precio del dinero aún en territorio negativo en dos mercados de rentas altas como Suiza y Japón.

El inesperado movimiento de medio punto de encarecimiento del dinero por parte del BCE confirma que el pistoletazo de la carrera monetaria internacional lanzado en diciembre pasado por el Banco de Inglaterra (BoE) entre los bancos centrales de potencias industrializadas se ha escuchado en la práctica totalidad de las capitales del planeta. Aún con excepciones, como en Japón, a pesar de que su moneda, el yen, ha retrocedido en los cuatro primeros meses desde el estallido de la guerra de Ucrania en casi un 17% frente al dólar y acaba de superar la psicológica barrera de los 140 yenes por cada billete verde americano, en medio de mensajes cada vez más insistentes del mercado en los que se reclama al BoJ una primera maniobra alcista de los tipos de interés que acuda en defensa de la cotización de su divisa. Ni siquiera el Banco de Suiza, que encareció en medio punto a finales de junio el precio del franco de su territorio, moneda refugio en época de vacas flacas bursátiles, aunque para aproximarlo a la cota cero; es decir, sin sacar aún los tipos de territorio negativo a la espera de que la economía helvética sortee unos posibles números rojos.

En esta trayectoria de súbito encarecimiento del dinero y, por tanto, de restricciones financieras a hogares y empresas para frenar la alocada escalada de la inflación en todo el mundo y que ha cobrado especial celeridad tras el estallido del conflicto armado en Europa, el BCE acaba de dar por finalizada a su etapa de rebajas de tipos. Es el primer toque alcista en once años, cuando el hasta ahora primer ministro italiano, Mario Draghi -devorado, una vez más, por otra crisis política transalpina- dominaba las riendas de la institución monetaria del euro y el que determina que la carrera de los bancos centrales, efectivamente, tiene como misión esencial frenar la espiral inflacionista. Más que espolear unas economías en riesgo latente de recesión a pesar de escaso bagaje del ciclo de negocios post-covid.

En este panorama, el mapa de tipos de interés en el mundo se ha distorsionado. Con naciones que han encarecido hasta límites estratosféricos el precio de su dinero. Como Zimbabue, que ha disparado su tasa hasta el 200%. Récord absoluto. Pero una maniobra impulsada desde su banco central para hacer frente a una doble amenaza. Por un lado, para contener el meteórico ascenso de los precios y, en paralelo, lejos de ser además un segundo plato, para estabilizar su moneda de los ataques especulativos y que ha llevado a su gobierno a decretar la reintroducción oficial del dólar como divisa de curso legal en el país.

Estos movimientos del mercado contra el llamado dólar RTGS (siglas en inglés de Liquidación Bruta en Tiempo Real), que se instauró en febrero de 2019 después de un carrusel de cambios monetarios que se inició en 2009 cuando el dólar de EEUU puso el epitafio a 29 años de vida del zimbabuense que, a su vez, reemplazó al rodesiano, la antigua denominación del país, adoptado en 1970, han motivado otra cirugía urgente del banco central. Acostumbrado, sin embargo, a lidiar con intensos episodios de hiperinflación, ya que el IPC del país subsahariano alcanzó el estratosférico registro del 231.000.000% en 2009 y motivó la penúltima adopción del billete verde americano, que ha duró un decenio. Porque la última acaba de ser decretada por las autoridades de Harare.

El termómetro catastrofista de Zimbabue

La de Zimbabue ha sido una gestión monetaria en estado de permanente estado de alarma, tal y como se reconoce desde la diplomacia económica española. Es un mercado que "se ha visto en la obligación de adoptar una cesta de monedas internacionales liderada por la divisa de EEUU y que ha permitido a la gente pagar en dólares, rands sudafricanos, bonos y mediante un sistema de pago por teléfono móvil (Ecocash)", a pesar de que en esa cesta de monedas se encontraba también el yuan, la moneda china apenas se llegó a utilizar, precisan las autoridades comerciales que resaltan, a la vez, la condición de Zimbabue como economía mayoritariamente importadora para explicar su fragilidad. Con cierta frecuencia -aducen- se queda sin dólares estadounidenses para hacer frente a las operaciones comerciales tanto locales como internacionales.

El gobernador de su banco central, John Mangudya, justificó la subida de tipos del 80% al 200% que, en el fondo, desde el inicio de año, ha supuesto un alza de 14.000 puntos básicos, la de más calado de todo el planeta, en la necesidad de restaurar la demanda del consumo y la confianza en los gastos de los hogares ante la persistente nueva escalada de la inflación porque, en el caso de que no surta efecto, "se perderá irremediablemente el progreso económico de los últimos dos años". Además de apelar a la mayor subida de tipos desde los años ochenta ante unas tasas de precios en estado de ebullición que impulsan la huida de capitales y debilitan las divisas tanto de potencias industrializadas como de mercados emergentes y naciones en desarrollo, aseguró Mangudya, "dañando también las rentabilidades de los mercados de bonos".

La inflación saltó un 192% en junio en Zimbabue en términos interanuales, su mayor incremento en más de un año, porque el precio de los alimentos se triplicó con creces lo que, además, llevó a una dura depreciación del dólar zimbabuense que ha perdido más de dos terceras partes de su valor respecto al dólar este año. El peor comportamiento monetario de todo África.

Desde el Ministerio de Finanzas que dirige Mthuli Ncube se promete hacer causa común con el gobernador. "El Gobierno está enfocando claramente su política económica al mantenimiento del sistema de multi-divisas basado en el uso dual del dólar americano y zimbabuense" para que se consigua "eliminar la especulación y el arbitraje" en los mercados cambiarios. Motivo por el que -afirma Ncube- "el uso del billete verde americano se prolongará durante otro periodo de 5 años". Así como el repunte de la tasa de depósito bancario hasta el 40% desde el 12,5% y el uso de monedas de oro en circulación como medida de intercambio de valor alternativa. Unidades que serán acuñadas y gestionadas desde la estatal Fidelity Gold Refineries que las venderá a los habitantes y empresas del país a través de los canales bancarios, apuntó Mangudya sin ofrecer mayores detalles, aunque la pretensión sea la de crear un precio alternativo a la moneda oficial.

Sin embargo, la reacción económica y monetaria oficial no parece contentar ni a empresas ni a expertos. OK Zimbabwe, la mayor compañía de comercio minorista del país, duda de que esta doble estrategia pueda torcer la trayectoria inflacionista y considera que la espiral de precios, la volatilidad de los tipos de cambio y el desorbitado precio del dinero contribuirán a deteriorar su cuenta de resultados. También Jee-A van der Linde, economista de Oxford Economics emite una nota en la que "pone en serias dudas la eficacia de unos tipos de interés tan altos sobre el IPC" y en la que advierte de un "deterioro gradual de las condiciones de vida y del clima empresarial a corto plazo".

Pulso entre economía e inflación

Las tensiones generadas por una fase de estanflación demasiado pasajera y que pronostica un clima tormentoso en medio de cumbres borrascosas a partir de otoño ha propiciado un cuadro de mando con múltiples variaciones entre los bancos centrales. Sometidos al dilema de hallar el punto de equilibrio entre el control de los precios y el estímulo de sus economías. Así lo concreta un reciente estudio elaborado por el World Economic Forum (WEF), la institución que gestiona las cumbres de Davos, y Visual Capitalist en el que pasan revista de forma gráfica y elocuente a la capacidad de resiliencia emprendida por las autoridades monetarias desde que el estallido del conflicto armado en Ucrania ha distorsionado completamente los precios y elevado las cotas de riesgo sistémico globales.

En su diagnóstico conjunto inciden en que el precio del dinero se apresta a protagonizar un año con múltiples subidas, las mayores en décadas, que generan dudas sobre el punto de reversión de los índices de inflación, y menos incertidumbre sobre la reducción de la capacidad de compra de las familias y de los proyectos de inversión empresariales. "Es como una bola de nieve que se desliza por la ladera y coge cada vez más dimensión" sobre la que la Reserva Federal ha decidido actuar con mucha mayor celeridad y con un calibre monetario mucho más amplio que el de otras autoridades como el BCE. La infografía de Visual Capitalist resulta elocuente. Junto a la evolución de los tipos en las potencias industrializadas.

El WEF describe el escenario al que se enfrentan las autoridades monetarias como la de un viaje en coche en el que el conductor necesita frenar -aplicar tipos al alza- para evitar un obstáculo en medio de la carretera. Pero, en este desplazamiento, hay bancos centrales con los frenos más sobrecalentados que otros, explican, para hacer frente a una espiral de precios que ha disparado las tasas de inflación desde el pasado otoño, aunque se ha intensificado de manera muy aguda a raíz de la invasión rusa de Ucrania. Con efectos colaterales perniciosos en las cadenas de valor, la demanda de materias primas de todo tipo; pero en especial energética y alimenticias y unos colapsos logísticos de los flujos de bienes, servicios y capitales.

Estos esfuerzos por combatir la inflación ya se han trasladado a los tipos interbancarios y a los depósitos de las entidades financieras que han encarecido hipotecas y condiciones prestamistas consumidores y empresas y que han deteriorado súbitamente "la favorable climatología que se había instalado sobre el consumo desde el comienzo del ciclo de negocios post-covid". Ahora, será más arriesgado financiar la compra de una vivienda o un coche -admite el WEG- y mucho más complejo disponer de liquidez inicial para amortiguar cualquier montante crediticio. Y, de igual manera, será más costoso llenar una cesta de la compra sobre la que las compañías habrán repercutido ya el valor adicional de sus costes productivos y operativos.

Entre las economías de rentas altas las hojas de ruta hacia el encarecimiento del dinero tampoco están siendo demasiado sincronizadas. Por no decir que siguen velocidades distintas en rumbos divergentes en función de las cotas de inflación que se ven obligados a reducir por debajo del 2%, el límite que, por norma general, rige en sus mandatos estatutarios como contraprestación a su asunción de la soberanía monetaria que les entregaron en su momento los Estados.

La Fed, por ejemplo, ha sido la más agresiva con una subida de tres cuartos de punto, la última, desconocida desde 1994 y que dejó en junio los tipos en el 1,5%. Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, adujo que la inflación es la prioridad monetaria de los próximos meses y que resulta imperiosa la acción del organismo regulador por hacer retroceder un IPC en los niveles más elevados de los últimos cuatro decenios. La senda de incrementos iniciada en enero podría prolongarse hasta mediados de 2023, aduce el mercado.

En el otro lado, el BCE, ha retrasado siete meses respecto a la Fed el primer gesto alcista de los últimos casi once años, pese a tener la inflación de la zona del euro por encima del 8%, un hecho excepcional, que lleva varios meses de registros desorbitados y que precipitará nuevas subidas en septiembre y diciembre, según su nueva política de rigor informativo que está avanzando no pocas decisiones de inversión y gasto, aunque sin lograr estabilizar las disrupciones del mercado.

La tensión, pues, no es si los bancos centrales incrementarán el precio del dinero sino, más bien, cuánto y hasta cuándo mantendrán esta política restrictiva para frenar la inflación. Porque hay partidarios del estilo Paul Volcker, presidente de la Fed en los ochenta, que llegó a elevar tipos hasta el 20% durante el último gran episodio inflacionista de EEUU y precipitó a su economía a la recesión para rebajar el IPC de sus dobles dígitos. En cambio, quienes apelan a la moderación admiten que un aumento sosegado del precio del dinero complicaría anticipar o comprobar el momento en el que las tasas de inflación tocan techo y si la primera bajada de los precios será un punto de regresión continuado que les devuelva en el medio plazo a su estadio de control por debajo del 2%. Como reconoce el propio Jerome Powell, presidente de la Fed: "siempre hay un riesgo de ir demasiado lejos o de no hacer lo suficiente, aunque por encima de todo está el temor a no cumplir con el juramento de tener los precios bajo control".

Los bancos centrales son las únicas instituciones capaces de influir con su gestión monetaria en la consecución de una demanda equilibrada. Algo determinante porque esta espiral inflacionista está motivada por las distorsiones en las cadenas de valor asociadas, desde el otoño pasado, a unos precios energéticos desbordados por los cortes de suministro del gas ruso, a la guerra de Ucrania, a la revalorización fulminante de las materias primas y a los cuellos de botella tanto comerciales como logísticos que todavía atenazan a los flujos de bienes y servicios y que han colisionado con las inversiones directas en el exterior a cuyas huidas de ciertos mercados han contribuido las sanciones económicas occidentales a Rusia y las respuestas del Kremlin desde su escudo financiero forjado con la colaboración de China.

 24/07/2022 20:43  

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Dennis Meadows / Autor de ‘Los límites del crecimiento’

Inflación galopante. De dos cifras. Guerra. Problemas energéticos cada vez más graves. Olas de calor más potentes y tempranas. Detenciones de científicos. Matanzas en las fronteras. Retroceso en los derechos de la mujer en la –supuesta– cima del Imperio, que nos lleva 50 años atrás… Justo 50 años. ¿Tiene todo esto alguna relación?

En realidad sí.

Se cumplen 50 años de la publicación de uno de los trabajos más importantes del siglo XX, Los límites del crecimiento. Aquel informe encargado al MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) que ya en 1972 avisaba de que el planeta tenía límites y poco tiempo para enfrentar el choque contra los mismos.

Por ello, Dennis Meadows (EE.UU, 1942), uno de los dos autores principales del estudio, ha estado concediendo entrevistas para medios como Le Monde o el Suddeutsche Zeitung. Fue un honor entrevistarle para CTXT.

En el cincuentenario de la publicación del informe, uno de los escenarios –el standard– de su modelo sigue siendo muy similar y consistente con la realidad; en él adelantaban que el crecimiento se detendría por la fuerza alrededor del 2020. ¿Es esto lo que estamos experimentando ya? ¿Fue una previsión o una predicción?

Nosotros no hicimos predicciones. Ya dijimos que es imposible “predecir” con exactitud nada en lo que el comportamiento humano sea un factor, lo que hicimos fue modelar 12 escenarios consistentes con las reglas físicas y sociales. 12 futuros posibles. Uno de ellos, el standard, como sabes, mostraba que el crecimiento se iba a detener cerca del año 2020. Entonces todas las variables (producción industrial, de alimentos, etc.) tocaban techo y en unos 15 años comenzaban a declinar inexorablemente.

¿Se parece esto a lo que estamos viviendo? Yo diría que sí. El mundo está mostrando cada vez más consecuencias de un choque contra los límites.

Lo que sí tuvimos fue mucho cuidado, ya en 1972, dejando claro que después del pico de cualquier variable todo se vuelve aún más impredecible, porque entran en juego factores que no podían ser representados en nuestro modelo. Una vez llegados a este punto es obvio que vamos a ser dirigidos más por factores psicológicos, sociales y políticos que por limitaciones físicas.

Le he escuchado denominar al cambio climático como un “síntoma”, ¿de qué exactamente?

Es esencial reconocer que el cambio climático, la inflación, la escasez de alimentos, a veces son considerados problemas, pero en realidad son síntomas de un problema mayor.

Así como un dolor de cabeza persistente puede en ocasiones ser un síntoma de cáncer, muchas dificultades actuales son síntomas de niveles de consumo de materiales que han crecido más allá de los límites del planeta. Por supuesto que los síntomas son importantes. Un dolor de cabeza merece una respuesta. Sin embargo, una aspirina puede hacer que el paciente se sienta mejor temporalmente, pero no resuelve el problema de fondo. Para ello hay que tratar el crecimiento incontrolado de las células cancerosas en el cuerpo.

No se puede sostener el crecimiento, digamos, enfrentándonos a problemas uno por uno. Aunque solucionásemos el cambio climático, nos encontraríamos con el siguiente problema al empecinarnos en seguir creciendo, ya sea escasez de agua, de alimentos o de otros recursos cruciales. El crecimiento se va a detener, por una razón o por otra.

Llegados a este punto, por el retraso en la acción necesaria, ya no podemos evitar un cambio climático grave. Hagamos lo que hagamos. Aunque siempre hay grados

El mito del progreso, de que la tecnología vendrá al rescate, es una de las ideas más paralizantes para hacer frente al problema real: el decrecimiento es inevitable, ya que esto no se trata de un problema técnico. ¿Quizá lo que necesitamos es un cambio cultural, moral y ético?

Sí, completamente, ese era uno de los puntos cruciales de nuestra obra hace ya medio siglo. En condiciones ideales, la tecnología puede darte más tiempo, pero no va a solucionar el problema. Te puede ampliar el margen, la oportunidad de hacer los cambios políticos y sociales que son necesarios. Pero mientras tengas un sistema que se basa en el crecimiento para solucionar cada problema, la tecnología no podrá evitar que se sobrepasen muchos límites cruciales, como ya estamos viendo.

Pese a la tremenda utilidad e importancia de su trabajo, a usted y sus compañeros les criticaron mucho. Esto sigue ocurriéndole a cualquiera que se sale del discurso dominante: la “happycracia”. ¿Existe una imposibilidad social para hablar de según qué temas porque te convierten en el catastrofista, el pesimista que amarga?

Yo era muy ingenuo en los setenta, cuando lanzamos el libro. Fui formado como científico, y tenía la impresión de que utilizando el método científico, producíamos datos incuestionables, y si se los enseñábamos a la gente, entonces esto bastaría para producir un cambio en la mirada y las acciones de las personas. Eso fue ingenuidad cuanto menos.

Hay dos maneras de enfrentar estas situaciones: en una recoges datos y entonces decides qué conclusiones son consistentes con los datos, la manera científica. En la otra, muy habitual, decides qué conclusiones son importantes, y buscas datos que cuadren y apoyen tus “conclusiones”. Esto es lo que ocurre con los negacionistas climáticos, por ejemplo.

No he tratado de ganar esos debates entre pesimistas y optimistas, con este tipo de personas. Cuando alguien viene enfadado a acusarme de lo que sea, simplemente les digo: “ojalá tengas razón”, y sigo adelante.

Existe una tendencia en los sistemas, las empresas, las personas hacia la autopreservación, fundamentándonos muchas veces en miradas cortoplacistas que no nos dejan avanzar a largo plazo, ¿cómo luchar contra estas inercias y hábitos?

Sí, la única manera de gestionar esto es ampliar el horizonte temporal y espacial. Y así ver con perspectiva los posibles costes y beneficios. Un ejemplo: la pandemia y la gestión en mi país [EE.UU.] ha sido lamentable, muy corta de miras. Si no extiendes las vacunas a todo el espacio, al resto del mundo, no son tan útiles.

¿Cómo ampliar ese marco temporal? Con las siguientes generaciones. La mayoría de la gente tiene preocupaciones legítimas, genuinas, sobre el futuro de sus hijos, sobrinos, nietos.

En España últimamente estamos teniendo buenas noticias al respecto del decrecimiento: la primera asamblea ciudadana por el clima ha elegido entre sus 172 medidas la necesidad de hacer pedagogía con el decrecimiento, varios políticos –incluyendo al ministro de Consumo– han hecho declaraciones a favor de abrir este debate ineludible, y el IPCC cada vez incluye más esta palabra en sus informes.

¿Estamos más cerca de un Tipping Point social –como suele decir Timothy Lenton–, o tendremos que esperar a que las crisis sean aún más patentes para reaccionar?

La respuesta a ambas cuestiones es sí. Estamos más cerca de un punto de vuelco social positivo, pero por otro lado, me temo que tendremos que esperar al agravamiento de las crisis para reaccionar. Y es aún peor: si nos hubieran descrito nuestra actual situación en, digamos, el año 2000, habríamos pensado que eso era ya una crisis catastrófica. Somos la rana que no salta de la olla, cocida demasiado a fuego lento. Desgraciadamente creo que esa es nuestra situación.

Según el modelo HANDY–otro modelo de dinámica de sistemas– un parámetro fundamental para causar colapsos es la desigualdad, que crece en paralelo a la falta de confianza entre semejantes, otra de las principales razones de los colapsos. El diseño de nuestro sistema económico hace que ambas aumenten cada año. Y hace imposible ajustarse a los límites, porque la élite –que suele estar alejada de la realidad y por tanto no detecta las alarmas– es la que sirve de modelo. ¿Cómo desenredar semejante lío?

La verdad no se encuentra en unas pocas ecuaciones, obviamente. Se encuentra en la historia. Y nuestra historia durante miles de años muestra que los poderosos buscan más poder, y lo tienen más fácil por su situación para encontrarlo, es un bucle de retroalimentación positivo. En dinámica de sistemas esto se llama “éxito para los ya exitosos”. Rara vez nos desviamos de ese fenómeno.

Nadie puede desenredar este enredo. No creo que exista ninguna acción o ley que pueda hacer eso. En unas pocas culturas, sin embargo, se han visto mecanismos evolucionados de redistribución. En el Noroeste de los Estados Unidos hay algunas tribus que tienen una costumbre llamada “Potlatch”, es una ceremonia en la que los jefes de la tribu, los más ricos, regalaban parte de sus posesiones –estoy simplificándolo, seguro–. En el budismo también hay una tradición de desapego a lo material en muchos de sus practicantes. Pero son raras excepciones. En nuestro mundo la tendencia es a acumular poder y, como dices, eso ayuda a estar desapegado de la realidad. Es entonces cuando se acaba produciendo un colapso –también del propio poder– y todo vuelve a empezar de nuevo. Es un proceso que se produce como respuesta a los límites. Y la desigualdad está creciendo en todos los países.

¿Hasta qué punto están las élites anticipando la necesidad matemática de reducir la desigualdad? ¿O solo se están preocupando por su supervivencia?

Bueno, no se puede hablar con propiedad de “élites”. Algunas élites están preocupadas y hacen todo lo que pueden para reducir la desigualdad, otras ni siquiera piensan en ello, –probablemente la mayoría–, y otras, sin duda, están trabajando para hacerla cada vez más grande. Desde luego no hay una tendencia hacia la reducción de la desigualdad. Y a veces se dice que el crecimiento ayuda a que llegue riqueza a todo el mundo, lo cual, viendo cómo han crecido simultáneamente las tasas de crecimiento y de desigualdad, es manifiestamente falso.

¿Ve hoy en día más preocupación por el colapso de la civilización en los círculos de poder, económicos y políticos? ¿O siguen con los beneficios a corto plazo como siempre?

Yo no estoy en círculos de poder así que no puedo responder a eso. Soy un profesor jubilado de 80 años. Es el 50 aniversario de Los límites del crecimiento y salvo por las entrevistas que se hacen sobre un libro que aún despierta interés, no hay tanta atención como podría parecer.

Teniendo en cuenta la miopía espacial y temporal respecto a los límites, ¿no cree que la visión moderna del mundo está obsoleta? ¿Podría sugerir algunas ideas filosóficas para una transición hacia una nueva cosmología?

Gracias por imaginar que puedo tener la capacidad de hacer tales cosas. Que la actual forma de ver el mundo está obsoleta es obvio solo con mirar las noticias. Casi nadie puede estar contento con el estado del mundo.

Sobre una nueva cosmología: hay una diversidad enorme de filosofías, prácticas espirituales, muchas de ellas consistentes con el funcionamiento del mundo. Cualquiera que vaya a funcionar tiene que reconocer la interacción y dependencia que tenemos con el mundo natural. Ya hemos comentado el extendido mito de que la tecnología nos llevará a superar cualquier obstáculo. Lo vemos con el reto climático: existe esta cosa llamada Captura y Secuestro de Carbono (CCS). A pesar del hecho irrefutable de que es más barato, rápido y fácil reducir el consumo energético, la tendencia es buscar la solución tecnológica que nos permita hacer lo que ya no podemos seguir haciendo sin causar graves daños. Es una fantasía total. Lo mejor que podemos decir del CCS es que es una idea que va a hacer a unas pocas personas ganar mucho dinero.

Estamos como en una cinta de correr que se acelera rápidamente. Ya sabes, esas cintas en las que corres pero no vas a ningún sitio. Eso es lo que estamos haciendo. A medida que vamos tomando malas decisiones, eso nos aboca a crisis que por obligación acortan nuestra perspectiva temporal, todo se vuelve reactivo mientras aceleramos. Eso a su vez ayuda a que tomemos más malas decisiones, porque estrechamos más y más nuestro horizonte temporal. Es un círculo vicioso.

Creo que vamos a ver más cambios en los próximos 20 años que los que hemos vivido en los últimos 100. No quiero que pase lo que voy a decir, pero creo que es lo más probable: habrá desastres significativos debido al caos climático y al agotamiento de los combustibles fósiles, esto devolverá a la humanidad a estados más descentralizados y desconectados. Lentamente, evolucionarán culturas que estén más preparadas para la situación. Solo así, creo, podrá aparecer una “nueva cosmología” apropiada.

¿Cree que una coalición de élites dotadas podría cambiar el curso de los acontecimientos?

¿Élites dotadas? Me suena a oxímoron.

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La revolución en tiempos de desesperanza

Dice Enzo Traverso en su libro, “Melancolía de izquierda”, que tras el giro histórico que dio la humanidad con la caída del Muro de Berlin, el descubrimiento que tras él no había socialismo y la restauración del capitalismo, lo que queda del siglo XX, “de cielos tomados por asalto”, “es una montaña de ruinas y no sabemos cómo comenzar la reconstrucción o si vale siquiera la pena hacerlo”.

Y sí, merece la pena, porque a pesar de lo que digan los apologistas del sistema, los conscientes y los inconscientes en forma de pos modernos, la historia no se ha acabado; solo ha dado un giro trágico que hay que comprender en toda su profundidad. La reconstrucción tiene que partir de reconocer expresamente que los años 90 significaron una derrota en toda regla y a todos los niveles de la lucha por el socialismo; que solo dejó “ruinas” y “melancolía” por lo que pudo haber sido y no fue.

El dramático resultado de la lucha de clases actuó como cuando Pandora cerró la caja, quedando dentro el único bien que los dioses habían dejado, la esperanza. La falta de esperanza de los seres humanos es uno de los principales motivos para que se hundan en la depresión que en una sociedad se manifiesta en la impotencia para cambiarla. Se convierten todas sus acciones en lo que Walter Benjamin dijera, “medios sin fin”. Así, y alimentando esta desesperanza, hoy es más fácil imaginar futuros apocalípticos parecidos a los Juegos del Hambre, Divergente o las Tribus de Europa, que la caída del capitalismo y la construcción del socialismo.

El camino de salida de esta espiral inversa no está solo en diagnosticar la crisis social, a día de hoy es fácil ser “anticapitalista”; hasta ellos mismos, cuando estalló la crisis en el 2007 hablaron de “refundar el capitalismo”, como dijera el expresidente francés, Nicolás Sarkozy. El quid de la cuestión estriba en definir qué alternativa social, y por ende, que sujeto social puede catalizar, y darle un sentido a la respuesta social, a los medios de lucha que los pueblos y la clase trabajadora siguen desarrollando día a día con ejemplos innumerables.

Desde que los años 90 vieran la caída del Muro de Berlín y la restauración del capitalismo en los llamados “estados del socialismo realmente existente”, un velo cubrió los ojos de la inmensa mayoría de la población mundial que los asociaban a que era posible una sociedad no regida por las leyes del capitalismo.

En un mundo en crisis, la desesperanza y la falta de alternativas se convierten no solo en un lastre de mucho calado, sino que aporta “base social a los pijos ricos”, como dice uno de los personajes más estúpidos de “No mires arriba”, en sus maniobras políticas y geoestrategicas; los limites en la subjetividad, en la conciencia de que es posible una cambio social, se convierten en un problema objetivo para que las luchas en curso apunten a la transformación de la sociedad y no al fortalecimiento de las distintas fracciones del capital.

La superación de esta situación provocada por la falta de alternativas a la gran crisis social del capitalismo, es decir, la recuperación de la esperanza, no es un acto de fe, ni llega con reabrir la caja de Pandora; solo comprendiendo las nuevas condiciones en las que las luchas sociales se dan, se podrán sentar las bases para reconstruir el proyecto de la transformación socialista de la sociedad que rompa el círculo vicioso de los “medios sin fin”.

Porque, ¿a qué viene tanta desesperanza en el futuro?, reducido a una confianza ciega en el desarrollo tecnológico y seudo científico (la estadística convertida en la prueba del algodón del pensamiento científico). La burguesía en su camino hacia la hegemonía absoluta del mundo atravesó derrotas y retrocesos, no fue un camino lineal desde las repúblicas italianas, de mercaderes y banqueros; sino todo lo contrario. El régimen feudal, bajo su forma absolutista, se mantuvo más de 500 años, hasta el siglo XX: la I guerra mundial fue el punto y final de dos de los imperios en los que se mantenía, el zarismo ruso y el austrohúngaro.

En este camino histórico hacia el dominio del mundo, la burguesía contó con el creciente poder económico de las ciudades (los burgos), con las universidades y tras la Reforma protestante, con la religión, es decir, al revés de la clase obrera, la burguesía cuando encara el tramo final de su desarrollo, ya es la clase dominante de facto que solo precisaba deshacerse del cascarón vacío que era el estado feudal/absolutista y la propiedad de la tierra, y subrogarse como clase dominante.

Por contra, la clase obrera solo tiene sus “cadenas”; de otra manera, solo tiene su fuerza de trabajo y su papel en la producción y distribución de bienes y servicios. ¡No le exijamos a esta clase, lo que a la burguesía le costó siglos hacer!

La desesperanza creada por la falta de futuro y alternativa al capitalismo viene dada, primero, por un motivo objetivo que después se analizará, el “descubrimiento” de que tras el Muro de Berlín no existía socialismo y, segundo, que apoyándose en esta evidencia la burguesía mundial lleva lanzando la campaña del “socialismo ha muerto”, “no hay alternativa al capitalismo”.

Como en estos más de 30 años desde la caída del Muro, ya muchos de los “comunistas” que defendían la URSS (o China, o Cuba) como “faros de la revolución” se han pasado al bando de la ideología burguesa, y desesperanzados se convirtieron en los adalides de las nuevas “alternativas” pos modernas, que en ningún momento cuestionan la esencia del sistema capitalista.

La “nueva política”, que no es otra cosa que la versión progresista del individualismo y el negacionismo de la verdad objetiva sobre la base de las críticas a “los grandes relatos” herederos de la Ilustración, alimentaron esa desesperanza.

El crecimiento exponencial de las políticas identitarias, instaladas en la visión fragmentaria e individualista de la sociedad, se convierten en un verdadero freno objetivo para reconstruir un proyecto social alternativo de manera global al capitalismo. Así, mientras este si aparece como un todo coherente, dentro de sus crisis, ante la sociedad, esta no tiene frente a sí una fuerza igual y opuesta que pueda cuestionarlo.

La desesperanza introducida por el descubrimiento de que tras el Muro de Berlín no existía socialismo, sino sociedades no capitalistas, encuentra en todo esto un efecto multiplicador que solo se puede combatir desde el “análisis concreto de la realidad concreta” de los comunistas revolucionarios. Como decía Marx, “la burguesía tiene economistas, la clase obrera comunistas”.

La lucha por la transformación socialista de la sociedad resurgirá como el anhelo por volar del sastre de Ulm del poema de Bertold Brecht, que se empeñó en construir un aparato que le permitiese hacerlo; queriendo demostrar que podía conseguirlo, mas cuando lo intentó terminó en el suelo. Aunque el obispo sentenció que nunca ocurriría, ese “nunca” resultó miope y cortoplacista; resulta que años más tarde los seres humanos sí pueden surcar los cielos.

Los ideólogos del sistema, como el obispo de Brecht, podrán decir que el socialismo, tras las primeras experiencias de estados obreros, ha quedado por los suelos como el sastre; pero lo cierto es que no está escrito en ningún lugar que no exista otro futuro que el negro que nos ofrece el capitalismo, cargado de desigualdades, guerras y opresiones.

De la misma forma que la burguesía, a caballo del desarrollo histórico, se hizo con la hegemonía absoluta de las relaciones sociales, la clase obrera puede llegar a hacerlo. Para ello es preciso extraer todas las consecuencias de lo que pudo haber sido y no fue, que es fuente de una gran desesperanza e impotencia en la sociedad, superándolas con las actualizaciones que sean precisas.

Por Roberto Laxe | 21/07/2022

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Fuentes: CLAE

Se decía que si EE.UU. se resfriaba, a los demás países les venía una neumonía, sin embargo, esta dependencia ya no es tanto como antes, puesto que en la economía mundial han aparecido múltiples polos económicos.Sin embargo, este país sigue siendo el centro de la economía mundial más allá de que su PIB pasó a segundo lugar, desplazado por China.

Las discusiones entre los economistas son geniales, como en el caso reciente de si la inflación era transitoria o permanente en tanto se aceleraba el alza de precios en la economía mundial. Así, para los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ( OECD) se prevé una tasa de inflación del 8,5% en 2022 más del doble de la registrada en 2021 (3,7%) y cuatro veces más alta que en todo el periodo 2013-2019, que fue de 1,7% en promedio inferior a la meta del 2% que tienen los bancos centrales de la OECD. 

Lo mismo está pasando ahora en las discusiones sobre la posible recesión en los países avanzados, que en un principio fue descartada y posteriormente admitida como probable a regañadientes, siendo actualmente la discusión de si está “a la vuelta de la esquina” como dicen algunos economistas y Wall Street,  o si ya está presente como perciben los consumidores. 

Sin embargo en Estados Unidos,  a junio aumentó la planilla de nuevos trabajadores contratados y la tasa de desempleo se mantuvo en 3,6%, similar a los niveles pre pandemia en 2019, lo que mostraría que la recesión no sería inminente.  

¿Pero por qué seguimos a EE.UU. de cerca? Porque sigue siendo el centro de la economía mundial más allá de si su PIB pasó a segundo lugar, desplazado por China. Es el centro financiero mundial y de las más importantes Bolsas de Valores como el Dow Jones y el Nasdaq, el mercado de valores y bolsa de valores automatizada y electrónica más grande de Estados Unidos. 

Es el primer emisor  internacional de bonos públicos como en el caso de los Bonos del Tesoro estadounidense. Es la más importante fuente de origen  y destino de la inversión directa extranjera y de los flujos de capital y, sobre todo, el dólar es la principal moneda de reserva internacional y se ha revaluado en 7% entre enero y junio de 2022, alcanzando su nivel más alto en 20 años. 

Tradicionalmente se decía que si EEUU se resfriaba, a los demás países les venía una neumonía, sin embargo, esta dependencia ya no es tanto como antes, puesto que en la economía mundial han aparecido múltiples polos económicos  pero que, debido a la hiperglobalización,  el mundo es cada vez más interdependiente e interconectado con una trasmisión casi inmediata de las perturbaciones, los efectos contagio y la ampliación de los shocks entre la mayoría de las economías del orbe.  

Un mecanismo de trasmisión de la crisis mundial se da a través de las fluctuaciones de los precios de los commodities que son los principales productos de exportación de Bolivia y de la región.  Con la pandemia, los precios de los commodities cayeron a niveles críticos, con excepción los metales preciosos, así en el caso del petróleo a 21 dólares el barril, el más bajo precio desde diciembre de 2001 y en el caso de los alimentos y minerales descendieron a los bajos niveles de la crisis financiera de 2008. 

Con la recuperación de la demanda mundial empezaron a subir las cotizaciones de los alimentos, minerales y el petróleo a 95 dólares el barril. Con la guerra y las sanciones  se dispararon los precios del petróleo a 122 dólares el barril, el 8 de junio, para después declinar en torno a los 100 dólares en la primera semana de julio. 

Tras alcanzar un máximo en marzo los precios de los minerales cayeron en 18% hasta junio a los que se sumó la cotización del oro que descendió en 14% y la plata en 28% hasta principios de julio. Los precios de los alimentos  también empezaron a disminuir desde marzo aunque solo en 3,5% hasta junio según la FAO. ¿Será el fin del ciclo post Covid?

Los signos de la desaceleración de la economía mundial son claros, la OECD estima un crecimiento del producto mundial del 3% en 2022, por debajo del 4,5% proyectado en diciembre pasado y para el último trimestre prevé un 1,9% de crecimiento. 

Adicionalmente, un indicador anticipado, el Índice de Confianza del Consumidor, muestra un nivel de 97 por debajo de 100, que significa una actitud pesimista de la evolución futura de la economía y posiblemente  una tendencia a ahorrar más y consumir menos ante las amenazas de recesión. 

El impacto en una economía como la boliviana se sentirá más en el segundo semestre de 2022 por lo que se debe estar preparados con todo el instrumental de la política económica y los mecanismos disponibles de financiamiento externo. O, toquemos madera.

19/07/2022

Por Gabriel Loza Tellería. ex-presidente del Banco Central de Bolivia, ex-ministro de Planificación del Desarrollo

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Lunes, 18 Julio 2022 06:32

Aterrizar suave o duro

Aterrizar suave o duro

Hoy, el escenario económico en el mundo está definido por las altas tasas de inflación. Esto ha provocado un vuelco en las políticas monetarias hacia la subida de las tasas de interés.

En el sistema monetario se mantiene la jerarquía del dólar de Estados Unidos. Lo que hace la Reserva Federal (Fed) con las tasas de interés repercute en los países cuyas monedas y, sobre todo, sus sistemas financieros, es decir, los grandes bancos, están vinculados al dólar. El caso de México es claro, el banco central aquí responde a las decisiones de la Fed alzando también las tasas en pesos. Pero lo mismo ocurre en la Unión Europea con el euro y, también, en China con el renminbi y en otros países.

La secuencia de las acciones indica que a mayores tasas de interés se espera una reducción del gasto de inversión y consumo, por el costo del crédito. La transmisión de estos efectos no es inmediata.

Hay cuestiones que en el corto plazo aparecen fuera del guion. Por ejemplo, los principales índices del mercado de valores en Estados Unidos subieron con el dato del alza de uno por ciento de las ventas al menudeo en junio con respecto a mayo.

Los grandes fondos de inversión contemplan cómo se combinará la necesidad de frenar la inflación, que llegó en ese país a 9.1 por ciento el mes pasado, con las consecuencias de una esperable recesión provocada por las más altas tasas de interés. Un dato relevante es que dos terceras partes de la actividad económica están vinculadas al gasto de consumo de los hogares.

Por el lado del mercado laboral, las cifras oficiales señalan que en junio se añadieron 372 mil puestos de trabajo; que la tasa de desempleo se mantuvo en 3.6 por ciento y que, además, en los pasados 12 meses los ingresos promedio por hora trabajada subieron 5.1 por ciento.

Esos datos no parecen apuntar a un escenario recesivo, a pesar de que ya se elevó la tasa efectiva de interés de los fondos federales desde 0.08 en enero de este año hasta 1.21 en junio. Se espera que en la próxima reunión de la Fed se elevará la tasa hasta en un punto porcentual.

De esas medidas sobre el costo del crédito se desprende la gestación de una recesión económica. Esta debería servir de ajuste para la inflación, al tiempo que recoja parte de la enorme liquidez que se ha creado en esa economía en los años recientes.

Del dato general de inflación de 9.1 por ciento anual, el precio de los energéticos ha subido 42 por ciento y el de los alimentos 10. La inflación subyacente, que excluye esos dos rubros genéricos, es de 5.9 por ciento anual.

En la jerga de los bancos centrales referida a la inflación lo que se pretende en este entorno es: "Romper el círculo vicioso y volver a anclar las expectativas de largo plazo de alza de los precios".

Tales expectativas se expresan en que los trabajadores que negocian sus remuneraciones cuestionan si la inflación realmente será contenida y, por otro lado, las empresas con mayor poder de monopolio suben los precios y fuerzan al alza su nivel. Otros sectores hacen lo propio en sus áreas de influencia. Este es el impacto sobre el proceso de formación de los precios que siempre está sesgado al poder de mercado.

La mancuerna de la inflación-recesión se conforma a partir de estas interacciones y si no se calibra correctamente el proceso desigual de elevación de los precios, el efecto adverso de la recesión será mucho más grande en cuanto a la destrucción de valor, de riqueza, de empresas y de fuentes de empleo. A la mayoría de la gente, tanto la inflación como la recesión la castigan ineludiblemente en sus condiciones de vida.

Hay un elemento adicional en esta dinámica de inflación versus recesión que podría derivar en un proceso conjunto de menor actividad económica a la par de inflación: la estanflación. Se trata de los altos niveles de deuda que existen.

La periodista Gillian Tett del Financial Times destaca un elemento que complicaría la política antiinflacionaria y que es la enorme deuda que se acumuló durante los años de bajas tasas de interés y cuyo servicio ahora será más costoso.

La deuda global es del orden de 352 por ciento del PIB, de la cual el sector privado representa dos terceras partes y una el público. Esta proporción es más del doble del nivel observado en 2006 y tres veces más que en 2000.

Este nivel de "apalancamiento" debe ajustarse para no sobrevalorar los riesgos que implica, tal como lo hace el Banco Internacional de Pagos (https://www.bis.org/publ/cgfs67.pdf). En todo caso, se constata que los riesgos de impago de hasta la mitad de la deuda privada son muy altos en varios países y que, alrededor de 17 por ciento corresponde a empresas de países industrializados denominadas como "zombis" y que sólo sobrevivían por el bajo costo de la deuda que ya no se mantendrá.

Finalmente está el sector inmobiliario en el que los precios de las casas siguen creciendo al tiempo que lo hace el costo de las hipotecas. La crisis de este sector en China lleva meses "cocinándose" y la gigante constructora Evergrande está quebrada. El gobierno tendrá que intervenir para paliar el efecto de esta crisis.

Todos estos elementos asociados con el combate a la inflación y sus efectos sobre el crecimiento económico enmarcan los escenarios que usualmente se describen como de "aterrizaje suave o duro" de las políticas públicas.

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Lunes, 18 Julio 2022 06:18

La respuesta correcta a la inflación

La respuesta correcta a la inflación

En las décadas transcurridas desde los shocks petroleros que en los años 70 del siglo pasado provocaron grandes picos inflacionarios y trabas al crecimiento económico, la estabilidad de precios se ha mantenido incluso en momentos de crecimiento firme. Muchos políticos y economistas se llevaron los aplausos, y proclamaron con orgullo que habían hallado la fórmula mágica. Lo que se denominó Gran moderación (https://bit.ly/3AQ1zcN) se basó en que bancos centrales independientes pudieran anclar las expectativas inflacionarias mediante la promesa creíble de subir los tipos de interés al menor indicio de inflación, o incluso actuar en forma preventiva cuando fuera necesario. Independencia quería decir que los bancos centrales no debían (ni solían) preocuparse por comparar los costos (en general, la pérdida de actividad económica y empleo) contra cualquier presunto beneficio.

Pero esta ortodoxia siempre fue cuestionada. Puesto que las alzas de tipos de interés obtienen el resultado deseado reduciendo la demanda, no pueden resolver la inflación derivada de perturbaciones del lado de la oferta, por ejemplo encarecimientos del petróleo (como en los años 70 y de nuevo ahora) o interrupciones de las cadenas de suministro como las vistas durante la pandemia de covid-19 y a continuación de la guerra de Rusia en Ucrania. Subir los tipos de interés no aumentará la oferta de autos, petróleo, granos, fertilizantes o leche de fórmula. Por el contrario, al encarecer la inversión, puede incluso obstaculizar una respuesta eficaz a los problemas del lado de la oferta.

La experiencia de los años 60 del siglo pasado ofrece algunas enseñanzas importantes para el momento actual. Una es que grandes aumentos de los tipos de interés pueden ser muy disruptivos. Basta pensar en la crisis de deuda (https://bit.ly/3PaawSM) latinoamericana de los años 80, cuyos efectos perduraron casi dos décadas. Otra enseñanza es que los aterrizajes suaves (https://bit.ly/3IBRX7y) guiados por el banco central son muy difíciles de instrumentar.

Hoy buena parte del debate público se centra en asignar culpas por el aumento de la inflación. Los expertos discuten si la Reserva Federal de los Estados Unidos debió actuar antes, y si el gobierno debió gastar menos en respuesta al covid-19. Pero esas preguntas no son particularmente pertinentes. En vista de la escala de las últimas alteraciones de la oferta derivadas de las estrictas medidas de confinamiento en China (https://bit.ly/3IBBS1I), la escasez de semiconductores (https://bit.ly/3uMTlyg), problemas en la producción de leche de fórmula (https://bit.ly/3aC5iA3) y productos higiénicos (https://n.pr/3aBMLUL), y los efectos (https://nyti.ms/3ObGywe) de la guerra sobre el suministro de granos, petróleo y fertilizantes, la inflación era inevitable.

Además, el marcado crecimiento de las ganancias corporativas (https://bit.ly/3cj7Vrf) hace pensar que un factor importante de la inflación actual puede ser el aumento de la concentración de mercados. Las causas exactas de ese crecimiento no están del todo claras, pero nadie discute que de hecho hubo un aumento de ganancias durante la pandemia. Y cuando en los mercados surgen restricciones de suministro importantes, como ha sucedido en muchos sectores estos dos años anteriores, las empresas con un poder de mercado considerable están mejor posicionadas para aprovechar la situación.

Para quienes no están en el gobierno es fácil criticar a los que están; es la naturaleza de la política. Pero el presidente Joe Biden y los congresistas demócratas no son más culpables por la inflación en Estados Unidos que la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen (https://bit.ly/3o12EHc) en la Unión Europea o el primer ministro Boris Johnson en el Reino Unido. ¿Hay alguien, fuera de la secta de seguidores de Donald Trump, que realmente crea que Estados Unidos se hubiera ahorrado la inflación actual si Trump hubiera sido relecto?

El lado equivocado de la ecuación.

La pregunta pertinente, ahora que la inflación llegó, es qué hacer con ella. Aunque un alza de tipos de interés de una magnitud suficiente amortiguará el crecimiento de los precios, lo hará destruyendo la economía. Es verdad que algunos defensores de subir los tipos de interés aseguran que un combate decidido a la inflación ayudará a los pobres, porque los salarios van por detrás de los precios (lo cual implica, por supuesto, que los salarios no están motorizando la inflación sino amortiguándola). Pero para los trabajadores nada es peor que la falta total de ingresos y un poder de negociación disminuido, que es lo que sucederá si el banco central provoca una recesión. Y esto vale especialmente en los Estados Unidos, que tiene el sistema de protección social más débil (https://bit.ly/3AUmV90) de las economías avanzadas.

Por supuesto que cierta normalización de los tipos de interés estaría bien. Se supone que los tipos de interés deben reflejar la escasez de capital; y obviamente, el precio correcto del capital no puede ser ni cero ni negativo, como el que se deriva de tipos de interés cercanos a cero y que se tornan muy negativos en términos reales al descontar la inflación. Pero un alza excesiva y apresurada de los tipos de interés implica grandes riesgos.

Por Joseph E. Stiglitz y Dean Baker

Artículo Especial para La Jornada

Nueva York.

La versión íntegra del artículo puede leerse en https://bit.ly/3ocIWIw

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