La torre de la Central de Televisión de China (CCTV) en Pekín, el 13 de diciembre de 2021. (Foto: Andrea Verdelli / Bloomberg vía Getty Images)

 Una entrevista con Ho-Funa Hung

China tiene un largo camino que recorrer antes de poder superar el poderío económico de Estados Unidos. Es la rivalidad intercapitalista la que impulsa las tensiones entre Washington y Pekín, no las personalidades de Xi Jinping o Donald Trump

China fue el primer país en sufrir el COVID-19 a principios de 2020. Las noticias occidentales de finales de enero de ese año describían las escenas de Wuhan con una sensación de incredulidad. Pero las medidas de emergencia adoptadas allí pronto se harían familiares en todo el mundo. Mientras tanto, el gobierno chino parece haber hecho un mejor trabajo de contención de la pandemia que las autoridades de Estados Unidos.

La experiencia de la pandemia -19 ha alimentado la percepción de que China dominará este siglo de la misma manera que Estados Unidos dominó el anterior. Joe Biden ha dado prioridad a la prevención de ese peligro antes de que se haga realidad.

Ho-fung Hung es un destacado experto en la economía política de China. Es profesor del departamento de sociología de la Universidad Johns Hopkins y autor de The China Boom: Why China Will Not Rule the World.

El artículo que sigue es una transcripción editada de un episodio del podcast «Long Reads» de Jacobin. El episodio en inglés se puede escuchar aquí.

DF

¿Cuál fue el impacto de la pandemia de COVID-19 en la economía china en 2020? ¿Hasta qué punto ha conseguido recuperarse desde entonces?

HH

El impacto económico inmediato, por supuesto, fue grande, como lo fue en muchos otros lugares. China fue una de las primeras economías afectadas por el COVID-19. El gobierno chino consiguió contener la propagación del virus con algunas medidas de bloqueo extremas, aislando regiones enteras del país. Durante ese tiempo, la producción y el consumo se paralizaron y muchas actividades se detuvieron.

Sin embargo, al llegar el verano de 2020, el virus estaba prácticamente contenido. La economía china se recuperó con la ayuda de un enorme estímulo financiero. Fue como las secuelas de la crisis financiera mundial. El gobierno chino dijo a los bancos estatales que abrieran las compuertas de los préstamos. Si se observan los datos de la creación de préstamos a mediados de 2020, dio sus frutos con un fuerte repunte económico.

Pero este préstamo o estímulo financiero aumentó el endeudamiento que ya había estado persiguiendo a la economía desde 2009. A mediados de 2021, ya vimos que la economía china volvía a ralentizarse, lastrada por el fuerte endeudamiento de muchas empresas. El patrón acaba de repetirse: al igual que la situación después de la crisis financiera, la economía repuntó rápidamente con este estímulo, pero a largo plazo también creó un lastre en el rendimiento de la economía.

DF

Mirando los últimos años, ¿cómo diría que la administración Trump ha afectado a las relaciones políticas y económicas entre China y Estados Unidos?

HH

Definitivamente ha tenido un impacto, pero no en la dirección a largo plazo de las relaciones entre Estados Unidos y China. Como he argumentado a menudo, las relaciones entre Estados Unidos y China han pasado de una especie de luna de miel a una relación más rival a partir de la administración Obama. Fue después de la crisis financiera mundial cuando el Estado chino se volvió más agresivo a la hora de asegurarse una cuota de mercado nacional para determinadas empresas estatales en la propia China, y más tarde incluso se expandió en el extranjero para competir con empresas extranjeras, incluidas, por supuesto, las estadounidenses.

Esta intensificación de la competencia intercapitalista entre las corporaciones chinas y estadounidenses, así como otras corporaciones de Europa y Japón, fue la fuerza subyacente detrás del agrietamiento de las relaciones entre Estados Unidos y China. Todo comenzó en el segundo mandato de la administración Obama, que hizo mucho para cambiar la dirección de la política de Washington hacia China.

Esto incluyó el pivote hacia Asia, con el despliegue de más portaaviones militares y grupos de la Armada en el Mar de China Meridional para contrarrestar las reclamaciones de soberanía de China frente a sus vecinos. Al mismo tiempo, Barack Obama también aceleró el TPP, la negociación de la Asociación Transpacífica. Tenía la intención de alinear a los aliados de Estados Unidos (y a algunos no tan aliados) en un paquete de libre comercio, excluyendo a China, para presionar a esta última.

En otras palabras, contaban con todas las medidas prácticas que indicaban este cambio, pero diplomáticamente, la administración Obama seguía utilizando una retórica muy educada cuando discutía los temas con China. Curiosamente, en los primeros días de su administración, hubo señales de que Donald Trump podría ser más suave con China que Obama. Por ejemplo, en el primer medio año tras su toma de posesión en 2017, la administración Trump detuvo la operación de libertad de navegación en el Mar de China Meridional. No enviaron buques de guerra allí durante unos meses.

Algunos de los republicanos, así como los demócratas, se preocuparon de que esto pudiera ser una señal de que Trump era demasiado blando con China. Sin embargo, aunque Trump podría haber llegado como un presidente más suave en lo que respecta a China, esa competencia intercapitalista subyacente entre Estados Unidos y China no disminuyó. Al final, Trump también tuvo que ser duro con China, en el comercio y en muchas otras cuestiones.

La gran diferencia entre Trump y Obama fue que su retórica fue más cruda y utilizó un lenguaje muy colorido que impresionó a la gente y la sensibilizó sobre lo que estaba haciendo. Como resultado, existe la percepción popular de que las relaciones entre EE. UU. y China solo dieron un giro a peor con Trump, cuando en realidad comenzaron con Obama. La administración de Biden está básicamente continuando muchos de los enfoques de la era de Obama hacia China.

DF

Siguiendo con este punto, ¿cómo evaluaría la política de la nueva administración hacia China, y cómo perciben los dirigentes chinos a Joe Biden y su equipo?

HH

Los chinos no tienen ninguna fantasía sobre la administración Biden. Son muy conscientes de que este enfoque cada vez más duro de Estados Unidos hacia China comenzó con Obama. Durante las elecciones de 2016, muchos comentaristas de los medios de comunicación oficiales y académicos en China esperaban en voz alta que ganara Trump, porque pensaban que era probable que Hillary Clinton continuara con las políticas de la administración Obama. Pero no había ninguna fantasía sobre Trump más tarde, cuando las fuerzas estructurales lo empujaron hacia una línea más dura.

Lo mismo puede decirse con respecto a la administración Biden. Durante las elecciones de 2020 se habló mucho entre los académicos y los medios de comunicación oficiales de China en el sentido de que la administración Biden no sería muy diferente de la de Trump. Al fin y al cabo, muchas de las duras medidas estadounidenses sobre China no procedían de la Casa Blanca, sino del Congreso, con apoyo bipartidista.

Ahora todos podemos ver que Joe Biden ha sido muy duro con China. No revocó los aranceles de Trump. En sus primeros meses, la administración fue muy activa a la hora de alinear a los aliados en Europa y Asia para formar un frente unido con el que enfrentarse a China. No solo en términos de retórica, sino también en términos de política, está claro que el nuevo presidente no ha tirado de la cuerda, y de hecho ha continuado con muchas políticas de la era Trump.

DF

Usted argumentó hace varios años en su libro The China Boom que era un error imaginar que China podría realmente superar a Estados Unidos en la jerarquía económica mundial. ¿Cuál fue el razonamiento detrás de ese argumento? ¿Cree que sigue siendo válido hoy en día?

HH

Creo que sigue siendo válido hoy en día. Cuando se trata de China, siempre es muy importante distinguir la retórica de la realidad. Sabemos por los medios de comunicación oficiales chinos que se habla mucho de que China va a superar a Estados Unidos en muchos ámbitos. Por ejemplo, se dice que la moneda china se va a convertir en una moneda mundial dominante que puede derrocar la hegemonía del dólar estadounidense. Pero es cuestionable hasta qué punto esto refleja la realidad.

En The China Boom sostenía que hay que mirar los datos. No debemos dejarnos engañar por la propaganda. China es definitivamente una economía muy exitosa e importante. Es uno de los mercados más importantes, en el que las empresas tienen que intentar entrar. Pero al mismo tiempo, China sigue estando muy por detrás de Estados Unidos en muchos ámbitos diferentes.

En cuanto a las divisas, en la época de la crisis financiera de 2008 se habló mucho de que la hegemonía del dólar estadounidense había terminado, y que la moneda china lo había sustituido como moneda de reserva mundial. Pero ahora, más de una década después, el dólar estadounidense sigue siendo la moneda de transacción estándar y la moneda de reserva en el mundo. La moneda china no ha avanzado mucho: de hecho, ha habido cierto retroceso en su uso internacional, porque el Partido Comunista Chino (PCC) guarda celosamente su sistema financiero y la moneda aún no es libremente convertible.

Cuando China presta dinero a los países de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, o más allá, en América Latina, lo hace en dólares y no en su propia moneda. China ha estado compitiendo con Japón para convertirse en el principal prestamista de muchos países del sudeste asiático. Ha podido superar a Japón porque los japoneses prestan en yenes mientras que China ofrece préstamos en dólares. Además, las exportaciones chinas se facturan mayoritariamente en dólares. Este uso internacional de la moneda china está muy por detrás no solo del dólar estadounidense sino también de la libra esterlina.

En otro ámbito, el de la producción de microchips, China se apoyó en Estados Unidos o en sus aliados. Cuando Trump impuso sanciones a China como parte de una política estadounidense de cortar a China de los sectores de alta tecnología, muchas empresas tecnológicas chinas se vieron de repente en grandes problemas, porque no podían obtener suficientes suministros de microchips.

DF

¿Qué cree que ha sido lo verdaderamente distintivo del liderazgo de Xi Jinping?

HH

Mucha gente piensa que Xi Jinping supone un gran cambio con respecto a los líderes anteriores. No hay duda de que el PCCh se ha mostrado más confiado y agresivo en muchos aspectos: por ejemplo, en lo que se refiere a desatar a sus diplomáticos para que dirijan sus insultos a los líderes estadounidenses. Por otro lado, al igual que en el caso de Estados Unidos con Trump, ya se estaban produciendo cambios detrás de la retórica a un nivel más estructural.

Desde que Xi llegó al poder por completo en 2013, su retórica y su estilo han sido definitivamente más agresivos. Otro gran cambio que hizo fue abolir el límite de mandato para un alto dirigente chino, lo que significa que puede ser un dictador de por vida (a diferencia de sus predecesores, que tenían un claro límite de mandato de diez años, después del cual se esperaba que abandonaran la escena).

Sin embargo, gran parte del cambio en la política de China hacia el Estado y las empresas estadounidenses ha sido más estructural en sus orígenes. El resurgimiento del capitalismo de Estado y el estrujamiento del sector privado en China, así como de las empresas extranjeras, comenzó tras la crisis financiera mundial. El momento decisivo en este sentido no fue realmente la llegada al poder de Xi Jinping, sino el crack de 2008.

Los préstamos de los bancos estatales mantuvieron a flote a muchas empresas bien conectadas después de 2008: aunque no fueran rentables, seguían obteniendo préstamos y recursos financieros. Hay problemas de sobrecapacidad y endeudamiento en muchas empresas estatales. El legado de este estímulo en 2009-10 es que China ha estado luchando con la desaceleración económica, el endeudamiento y la lentitud. Es una típica crisis de sobreacumulación del tipo que experimentó Japón en la década de 1990.

Con un pastel global que se reduce, han estado tratando de aumentar la porción de ese pastel que va a las empresas estatales exprimiendo a la empresa privada en China y en el extranjero de forma más agresiva. También empezaron a exportar capital. El acero es un ejemplo: había un enorme exceso de capacidad en la industria siderúrgica china, por lo que China empezó a exportar acero a todo el mundo, lo que creó fricciones comerciales con muchos países diferentes, entre ellos Corea del Sur y algunos Estados europeos.

El momento decisivo fue la crisis financiera de 2008 y el estímulo chino que le siguió, que creó esta crisis de sobreacumulación en la economía, lo que a su vez impulsó a China a competir más agresivamente con Estados Unidos y otras empresas extranjeras. La llegada de Xi Jinping al poder se solapó con este cambio estructural. Xi, al igual que Trump, solo hizo más evidente una tendencia que ya estaba en marcha, por medio de un estilo y una retórica más agresivos.

DF

¿Qué cree que hay detrás de la represión del gobierno chino contra algunas grandes empresas, en particular las tecnológicas?

HH

Es un fenómeno muy interesante que mucha gente está discutiendo ahora mismo. Algunos dirán que el gobierno chino por fin presta atención a la justicia social y toma medidas contra estos monopolios.

En primer lugar, el objetivo era la gran empresa tecnológica Alibaba y su filial Ant Group, que había programado una salida a bolsa en los mercados extranjeros antes de que el gobierno chino la detuviera en el último momento. Tencent, otra gran empresa tecnológica, se ha enfrentado a grandes críticas y a la presión reguladora del Estado. Sin embargo, el ataque se ha trasladado desde entonces a todo tipo de grandes empresas de propiedad privada en China, incluyendo sectores como la tutoría extracurricular, la educación, las empresas de plataformas de entrega y muchas otras firmas.

Pero soy escéptico sobre si la preocupación de todo esto es promover la justicia social y tomar medidas contra los monopolios. Si nos fijamos en los objetivos de esta represión, todos son empresas privadas en China, mientras que estas empresas estatales o paraestatales bien conectadas han estado recibiendo todo el apoyo que necesitan para seguir siendo un monopolio. Se trata más bien de la inseguridad que siente el Estado sobre su control de la economía. Va detrás de estas empresas privadas para asegurarse de que las empresas estatales puedan seguir en la cima y no sean eclipsadas por la empresa privada.

Desde la dinastía Qing, en el siglo XVIII, la historia de China se ha caracterizado por la utilización por parte del Estado de los empresarios privados para hacer crecer la economía, aumentar los ingresos estatales y fortalecer el imperio. Al mismo tiempo, cuando esos comerciantes privados se volvían demasiado influyentes y poderosos, el Estado empezaba a preocuparse por ellos y los reprimía. En algunos casos, el Estado confiscó su riqueza o los puso bajo arresto.

Creo que estamos asistiendo a una especie de repetición de esta historia. En las primeras etapas del crecimiento económico, el Estado chino utilizó las empresas privadas— incluidas las extranjeras— para crecer y ayudar a la proyección del poder estatal chino en el extranjero. Sin embargo, cuando crecieron demasiado, sobre todo con esta desaceleración económica, el Estado empezó a sentir la necesidad de reprimir a los empresarios privados. Creo que éste es el principal motivo de la reciente represión.

DF

¿Cuáles son las perspectivas de un movimiento obrero chino, o en todo caso de una acción de los marcadores chinos que sea independiente del Estado?

HH

En los últimos diez años, mientras no había sindicatos independientes, vimos muchas huelgas salvajes y disturbios laborales esporádicos en todo el país. Como mucha gente ha señalado, la nueva ley laboral que se instituyó a principios de la década de 2000 fue una especie de respuesta a estas protestas laborales esporádicas: presionaron al Estado para que hiciera algo para mejorar las condiciones de los trabajadores. Pero, por supuesto, siempre hay una especie de juego del gato y el ratón en el trabajo: cuando los trabajadores ganan algo, el Estado y los capitalistas siempre encuentran una manera de evitarlo. Algunos fabricantes y empresarios encontraron la manera de sortear la nueva ley laboral y volver a poner a los trabajadores en una situación más precaria.

A primera vista, no vemos un movimiento laboral típico. Pero estoy seguro de que estas formas de disturbios laborales y protestas comunitarias no organizadas, espontáneas y esporádicas van a continuar. No necesitan una organización formal. A veces, un movimiento obrero puede incluso obtener mejores resultados cuando está menos organizado y es más espontáneo.

Por el momento, con la pandemia y una represión muy agresiva de la sociedad civil por parte del gobierno chino, parece que las protestas de todo tipo han disminuido. Pero si adoptamos una perspectiva a más largo plazo, estoy seguro de que estas manifestaciones espontáneas de protesta y malestar continuarán en diferentes sectores. A veces puede que no sea una protesta, sino una forma cotidiana de resistencia, utilizando todo tipo de tácticas diferentes. Estoy seguro de que este tipo de resistencia continuará y provocará cambios a largo plazo.

DF

¿Qué políticas medioambientales van a aplicar los dirigentes chinos en los próximos años? ¿Y cómo diría usted que la rivalidad entre China y Estados Unidos puede afectar a la gestión de la crisis climática mundial?

HH

Por supuesto, Estados Unidos y China tienen que cooperar para resolver la crisis climática mundial. En cuanto a China, ha habido algunos avances con la ampliación de la producción de vehículos eléctricos. También se ha convertido en el principal productor de paneles solares, turbinas eólicas y cosas por el estilo. Pero también hay contradicciones en lo que respecta a la política medioambiental.

Por un lado, China ve un futuro en el mercado de productos de tecnología verde y está invirtiendo mucho para ampliar la capacidad en esos sectores. Pero al mismo tiempo, China tiene todo tipo de otros sectores, desde las acerías hasta las plantas de carbón, que siguen teniendo un exceso de capacidad. Hay muchos intereses creados en el Estado y fuera de él que están vinculados a esos sectores. La capacidad de carbón de China sigue creciendo, y también está exportando plantas de carbón a muchos otros países en desarrollo, como solución a este problema de exceso de capacidad y acumulación, en lugar de dejar que esos sectores quiebren y mueran.

En general, se trata de una mezcla. Vemos una enorme expansión del sector de las tecnologías verdes, pero también de estos viejos sectores. Por supuesto, si China va a unirse al esfuerzo global para luchar contra el cambio climático de forma seria, y no solo de boquilla, va a requerir más esfuerzos coordinados en términos de energía y sectores de nuevas tecnologías. Pero ahora mismo no hay mucha coordinación. El crecimiento de la capacidad de carbón está impulsado por la lógica del crecimiento económico y la crisis de sobreacumulación más que por la preocupación por la crisis climática.

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Manifestación por la COP26 en Amsterdam. Bas van Est

¿Cuántas veces has escuchado hablar de ecofeminismos? Posiblemente sería incapaz de poner un número que se aproxima a una realidad común, posiblemente me haya perdido más de una vez tratando de explicar qué implica hablar de ecofeminismos en general y qué implica hablar de ellos desde unas coordenadas anticapitalistas.

Los ecofeminismos son un espacio de encuentro, donde confluyen corrientes de pensamiento, análisis teóricos, propuestas políticas y movimientos sociales diversos. La suma de estos enfoques moldea un cuerpo político-teórico-práctico plural con múltiples voces y sujetos que propone nuevas formas de organización y proporciona lecturas críticas sobre la realidad que nos atraviesa. Y si hay una cosa todas hemos aprendido leyendo sobre ecofeminismos es que, este cuerpo diverso y plural, sus miradas nacen de la impugnación de un sistema brutal, capitalista, genocida, colonial y heteropatriarcal 1/, que se produce y reproduce en base al dominio, la explotación y la desposesión. Ante las múltiples formas de dar respuesta a esta impugnación, algunas nos planteamos hacerlo desde el marxismo, desde la posición de ser feministas ecosocialistas revolucionarias, desde la voluntad de articular un ecofeminismo materialista, decolonial e internacionalista que nos permita articular una política de clase para el 99%.

Estas líneas que siguen recogen ideas, debates y reflexiones compartidas en esferas académicas, políticas y activistas, fruto de querer ampliar la discusión, de querer socializarla, conscientes de que parten de un pensamiento situado y territorializado en el Norte Global, que cambia y evoluciona.

  1. Ecofeminismo materialista frente al capitaloceno

«Las ecofeministas explican las conexiones históricas, materiales e ideológicas entre la subyugación de las mujeres y la dominación de la naturaleza». Con esta frase, Christelle Terreblanche empieza a definir el ecofeminismo en Pluriverse: A Post-Development Dictionary (2019) 2/ y genera un marco de discusión clave: ¿por qué hablamos de conexiones históricas, materiales e ideológicas?

El desarrollo de una propuesta ecofeminista materialista no se da en un espacio vacío. Nuestro espacio de debate se ve mediado por la constitución de un mainstream verde en el imaginario colectivo que, lejos de ser un elemento revolucionario y de transformación, han significado nuevas formas de enunciación y acumulación del capital.

La asunción de lo «verde» no se ha traducido en propuestas de enverdecimiento real de la economía, de reconocimiento de los límites biofísicos o de valorización de aquellos trabajos de sostenibilidad de la vida. Ha dado paso a procesos de mercantilización de lo verde y a la generación de nuevos espacios de acumulación, de nuevas burbujas especulativas sobre la naturaleza, la biodiversidad y el clima. La extracción de beneficios de los desastres naturales y sanitarios, de la disminución de reservas de agua y de la extinción de especies, a través de emisiones de deuda y la consolidación de nuevos mercados transnacionales ejemplifican a la perfección este proceso. 3/

Al mismo tiempo, ha impulsado una despolitización de la cuestión ambiental a través de la hegemonización de la narrativa del antropoceno y la construcción del capitalismo verde. Por una parte, la consolidación del discurso del antropoceno en el sentido común 4/ ha cristalizado en la concepción de un nosotros abstracto y totalizante responsable de la crisis socio-ecológica, escondiendo todas aquellas no privilegiadas, deshumanizadas e invisibles que se han opuesto activamente a la destrucción de la naturaleza. Así, se genera un discurso de culpabilización ante un sujeto global, ahistórico y de naturaleza destructiva –la humanidad– que contamina en todos los territorios por igual, que privatiza, canibaliza, explota, destruye y colapsa el sistema-tierra de forma inevitable. Y por otra parte, la construcción de un capitalismo verde certifica la entrada de la cuestión ambiental como mercancía y se plantea su resolución en términos de laisser-faire del capital. El reconocimiento por parte del capital del problema del cambio climático no implica una internalización de sus externalidades ni mucho menos que se vuelva sostenible: significa que corporaciones transnacionales y organismos financieros observan las necesidades de inversión en adaptación y/o mitigación climática como nuevos espacios de acumulación. Por lo tanto, la acción queda limitada a todo aquello que no cuestione el modelo de raíz, planteando así soluciones tecnológicas desde una lógica de sustitución, sin planificar ni priorizar necesidades, ni cuestionar los impactos sobre cuerpos, comunidades y ecosistemas.

Así, los ecofeminismos materialistas se construyen desde la otredad. Se construyen visibilizando que la crisis socio-ecológica, que las crisis que nos rodean, tiene una raíz histórica, que son fruto de decisiones políticas y relaciones materiales –y simbólicas– desiguales, y que estas se han dado en un sistema jerárquico de significación. Un sistema que polariza diferencias entre sujetos y las plantea como separaciones naturales e irreconciliables que se corresponden directamente a y naturalizan las opresiones de género, clase, raza y naturaleza, respectivamente. 5/ Por lo tanto, las lógicas de dominación, explotación y desposesión sobre los cuerpos y naturaleza responden a un ideal performativo: un sujeto autónomo en posesión de la razón –en cuanto a la ciencia, la tecnología y el derecho– y los medios de producción, con cuyas herramientas tiene el derecho a extraer el trabajo y el valor de lo que define como otredad.

Los ecofeminismos materialistas se articulan frente a una historia social, política, económica y cultural, desigual y violenta. Los ecofeminismos materialistas son una política emancipadora, una propuesta para el 99%, para las que sostienen el mundo.

  1. Cuerpos y sujetos: ¿quiénes impulsan la transición?

Si la definición del sujeto revolucionario y de la clase han sido y son una de aquellas discusiones sin fin dentro de la praxis-teoría marxista; en los feminismos, observamos un proceso similar en la definición del sujeto emancipatorio y la comprensión de la experiencia encarnada, del cuerpo. Estos debates se reproducen y se complejizan, intentando dar respuesta a pregunta de qué sujetos van a impulsar la transición –o transiciones–. Pero, ¿en qué términos se da el debate?

Las miradas ecofeministas sobre la noción de trabajo son fundamentales para el debate. Desde un análisis histórico de la división sexual, racial y transnacional del trabajo, Plumwood en Feminism and the Mastery of Nature (1993) ponía de relieve la asociación del trabajo como aquello concebido exclusivamente como productivo, con valores de sociabilidad y promoción de la cultura del sujeto autónomo y autosuficiente, aquello que se daba fuera del hogar, en fábricas y oficinas. Aquellas tareas invisibles de provisión de bienestar, de reproducción social y sostenibilidad de la vida se comprenden como menos-que-trabajo, naturalizándolas, precarizándolas, convirtiéndolas en algo más fácilmente apropiable. Así, planteaba el trabajo desde la premisa de la propiedad y la percepción de devenir mercancía en el sí de un circuito económico globalizado.

Esta lectura lleva a la teórica ecofeminista Ariel Salleh a defender la necesidad de situar el trabajo invisible de la reproducción como un frente de batalla dentro de una política económica ecofeminista. A través del concepto de clase meta-industrial6/ busca dar reconocimiento a una clase sin nombre, a aquellos que realizan trabajos que tienen una mediación directa con los ciclos humanos y naturales y que, en su desarrollo, aseguran el mantenimiento de las condiciones necesarias para el sostenimiento de la vida. Es una clase trabajadora, de cuerpos colonizados y subalternizados; que se construye desde la otredad de no ser industrial, de realizar tareas de cuidado y subsistencia, y de la contradicción estructural constante de ser recurso esencial sin condición reconocida de sujeto político. 7/ Así, dentro de la clase meta-industrial encontramos cuerpos feminizados, LGBTIQ+; cuerpos comunitarios, rurales, campesinos, indígenas y racializados; sujetos que con su acción enfrían la tierra.

Stefania Barca en Forces of Reproduction (2020) 8/ plantea cuáles son los sujetos clave que muestran las contradicciones del sistema, que habitan sus márgenes y lo rechazan a través de sus prácticas cotidianas y formas de existencia. Estos sujetos que denomina las fuerzas de reproducción, son cuerpos racializados, feminizados, queer, asalariados y no asalariados, que hacen tareas humanas y no humanas que, con su agencia material, mantienen el mundo vivo. Son sujetos invisibles para el sistema y olvidados en la historia, sujetos en construcción producto de la confluencia de luchas (trans)feministas, indígenas, campesinas, sindicales, en defensa de los comunes, de justicia ambiental y en lucha contra la deuda, y de todas aquellas luchas por la dignidad de «vivir vidas que merezcan la pena ser vividas».

En el reconocimiento de estas clases y los cuerpos diversos que las integran se da un espacio común de trabajo: se comprende el trabajo de cuidados, de reproducción y sostenibilidad de la vida como trabajo, como trabajo que produce un valor metabólico necesario y que es trabajo climático.

  1. Entre el reconocimiento y la redistribución ecofeminista: la cuestión del sujeto

En definitiva, si abordamos la cuestión del sujeto desde los ecofeminismos nos encontramos en un debate abierto. Un debate que se da desde posiciones teórico-académicas, desde las experiencias de lucha local pero también globales, y desde los nuevos espacios donde se desarrolla el conflicto capital-vida. Así pues, la discusión está dada y ante las reflexiones planteadas por autoras como Salleh y Barca, podemos problematizar la construcción del sujeto: ¿es correcto equiparar la necesidad de visibilización de los trabajos de reproducción y los cuerpos que los desarrollan a la constitución del sujeto revolucionario?

Sería un error considerar anecdótico la necesidad de reconocimiento de todos los trabajos de reproducción social y sostenibilidad de la vida que se dan en nuestro metabolismo socio-ecológico, junto a la voluntad de visibilizar los cuerpos que los realizan. Así, es necesario poner consciencia sobre los cuerpos que hacen posible la producción agroalimentaria, la pesca y la recolección, los trabajos domésticos y de cuidados, los trabajos de cuidado agroforestales y la silvicultura, las tareas de limpieza y saneamiento de los comunes –naturales y urbanos–, y que desarrollan tareas de provisión de bienestar comunitario fundamentales como la educación, la asistencia sanitaria, la recogida de residuos, etc.; entendiendo que son formas de trabajo reproductivas esenciales para el desarrollo de la vida humana en un contexto interdependiente y ecodependiente. Y sí, como recoge Barca en su planteamiento, son tareas humanas y no humanas, de ahí la necesidad de reconocer y visibilizar los procesos fundamentales que miles de especies hacen para el mantenimiento y sostenibilidad de nuestros ecosistemas. La cuestión de reconocimiento no es menor, es un reconocimiento amplio intraespecie pero también interespecie; pero el reconocimiento derivado de la realización de estas tareas no constituye el sujeto revolucionario.

Concebimos que el sujeto se construye en la lucha de clases, se construye a través de la autoorganización por la emancipación; no viene dado sólo por el desarrollo de un papel histórico y estratégico dentro de la estructura, sino por la disputa política colectiva que se da desde ese lugar. Así, el rol del reconocimiento en la concepción del sujeto es importante pero no es definitorio y, a riesgo de pecar de androcentrismo, puede llegar a exceder las realidades que intervienen en la lucha de clases.

Otro eje de problematización que podemos encontrar es la caracterización del sujeto. Las propuestas de clase que formulan Salleh y Barca surgen de hacer un repaso histórico a las formas de organización y las relaciones de poder, reconociendo, visibilizando y valorizando todo aquello que deviene otredad. Así, tanto la clase meta-industrial como las fuerzas de reproducción se configuran alrededor de la otredad, dibujándose sobre sujetos de características concretas y dándoles, a esas características, un potencial revolucionario y de transformación de per se. Pero, si bien observamos que la composición del sujeto revolucionario hoy está formada por una diversidad de cuerpos racializados, feminizados, campesinos, indígenas, asalariados y no asalariados, entre otras características, estas no son por ellas mismas constituyentes del sujeto.

No partimos de miradas ni esencialistas ni mecanicistas: si el sujeto se construye en la lucha, es en ella donde observamos y observaremos las características del sujeto revolucionario; siendo conscientes que es posible que encontremos que no todos los cuerpos respondan a ellas. Por lo tanto, la caracterización del sujeto no es estable ni responde intrínsecamente a lo que se considera otredad: se encuentra en movimiento, evolucionando constantemente dentro de los espacios de lucha de clases.

Al plantear los ecofeminismos como una política de clase para el 99%, en lugar de definir un nuevo sujeto ponemos de relieve cómo desde las coordenadas ecofeministas materialistas tenemos la capacidad de ampliar el sujeto de clase más allá de los sectores de trabajadoras. Esto adquiere especial importancia en un momento como el actual en el que, tal como describe Tithi Bhattacharya (2019), la producción de la vida cada vez genera más conflictos ante los imperativos de producción del capital. Es por este motivo por el que aquellos cuerpos que realizan las tareas de reproducción social y sostenibilidad de la vida se sitúan en una posición estratégica de lucha revolucionaria. Es en este punto donde las lecturas ecofeministas materialistas amplían la mirada sobre el sujeto; y es desde ahí, donde podemos trabajar en la organización de un sujeto político amplio y diverso con potencial revolucionario.

20 enero 2022

Notas

1/ Martí, J. (2020, septiembre). Entrevista a Maristella Svampa y Marta Pascual. Plural. Viento Sur, 171.https://vientosur.info/los-ecofeminismos-se-enfrentan-a-una-forma-de-hacer-que-violenta-los-cuerpos-las-personas-y-la-tierra/

2/ Terrerblanche, C. (2019). ‘Ecofeminism’. En: Kothari, A., Salleh, A., Escobar, A. Demaria, F., i Acosta, A. (eds.). Pluriverse. A Post-Development Dictionary. New Delhi: Tulika Books, 163-166.

3/ Bregolat, J. (2021). ¿Dónde está la justicia global en los pactos verdes? Propuestas para unos pactos verdes globales e internacionalistas. Barcelona: Observatori del Deute en la Globalització. https://odg.cat/es/publicacion/donde-esta-la-justicia-global-en-los-pactos-verdes/

4/ Goodman, J. y Salleh, A. (2013). The ‘green economy’: class hegemony and counter-hegemony. Globalizations, 10(3), 411-424.

5/ Plumwood, V. (1993). Feminism and the Mastery of Nature. Londres: Routledge.

6/ Salleh, A. (2017 [1997]). Ecofeminism as Politics: Nature, Marx and the Postmodern. Londres: Zed Books.

7/  Salleh, A. (2000). The Meta-industrial Class and Why We Need It. Democracy & Nature, 6(1), 27-36.

8/ Barca, S. (2020). Forces of Reproduction. Notes for a Counter-Hegemonic Anthropocene (Elements in Environmental Humanities). Cambridge: Cambridge University Press.

Joana Bregolat forma parte del Área de ecosocialismo de Anticapitalistas.

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Miércoles, 19 Enero 2022 06:02

De marcianos, meteoros e idiócratas

De marcianos, meteoros e idiócratas

Es indudable que a finales del siglo XIX, algún hado del destino decidió que la "industria de los sueños" surgiera casi a la par de Interpretación de los sueños, de Sigmund Freud. Sueños que, en ambos casos, podían hiperbolizarse en pesadilla.

Proyectada en 1896 por los hermanos Lumiére, , el filme La llegada de un tren a la estación (mudo) duró apenas 50 segundos, y a un niño de nuestros días le costaría creer que aquellas primeras imágenes en movimiento causaron miedo. Dicen que "parte del público abandonó la sala, temiendo que el tren, que avanzaba en su dirección, llegase hasta ellos".

Pues bien. Luego de mirar con sus padres Don’t look up, mi nieto de 12 años pidió dormir con ellos. En cambio, el filme de Adam McKay causó un impacto distinto en los adultos, dando lugar a rebuscadas interpretaciones de lo que ya en 1440 el teólogo y filósofo renacentista italiano Nicolás de Cusa llamó La docta ignorancia.

El arte siempre ha guardado dones proféticos y… razonables. El complejo Apocalipsis de San Juan, por ejemplo, fue imaginado y redactado en el siglo II dC, a modo de consuelo. Los cristianos, como no, necesitaban creer en "otro mundo" a causa de las cruentas persecuciones de los emperadores romanos.

En 1920, tras la Primera Guerra Mundial y la mal llamada "gripe española" (pandemia que mató de 20 a 40 millones de personas), el alemán Fritz Lang estrenó El gabinete del doctor Caligari, un anticipo de la sociedad nazi que, según algunos "doctos", habría sido erradicado por la victoria del "mundo libre" en la Segunda Guerra Mundial.

Falso. Derrotado militarmente en su versión más conocida, el nazismo logró sobrevivir con argumentos seudocientíficos y verosímiles, a más de políticas de verdad que no mueven el dedo del renglón: estimular el miedo, las dudas y la ignorancia.

  1. gr.: cuando en una de las primeras escenas de Don’t look up los astrónomos Leonardo Di Caprio y Jennifer Lawrence descubren que la Tierra será impactada por un meteoro con fuerza similar al que acabó con los dinosaurios, sus jefes le recomiendan ponerse en contacto con la "Oficina de Coordinación de Defensa Planetaria". Jennifer pregunta: "¿Eso existe?" "Ni idea", responde Di Caprio.

¿Ficción? Negativo. Tal oficina existe, está a cargo de la NASA y busca erigirse como una "defensa efectiva contra asteroides potencialmente peligrosos". Así, el 24 de noviembre último, el proyecto Double Asteroid Redirection (Dart) puso en órbita una misión que consiste en estrellar la superficie de un asteroide llamado Didymos para desviarlo de su eventual colisión con la Tierra.

En otra escena, un personaje idiota que sería un combo de Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates, Marck Zuckerberg y Steve Jobs, irrumpe en una sesión de gabinete del gobierno estadunidense, encabezada por la no menos idiota "presidenta" Meryl Streep (Janie). Y en segundos, la convence de rescatar el cometa descubierto por el equipo de Di Caprio, "una fuente inimaginable de recursos para acabar con el hambre y la pobreza en el mundo".

¿Parodia? Idem, negativo... En agosto de 2018, la NASA anunció la posibilidad de rescatar el asteroide metálico Psyche 16, compuesto de hierro y níquel. Descubierto el 17 de marzo de 1852 desde un observatorio napolitano, el Psyche 16 tendría un valor estimado en "100 trillones de dólares (sic), equivalente a 300 veces la economía mundial".

Ficción, parodia… ¿bromas? En todo caso, el mundo quedó atónito cuando el 11 de agosto de 1984, el presidente Ronald Reagan (un ex actor de segunda) declaró a la National Public Radio: "Compatriotas: me complace anunciar que hoy firmé una ley que proscribirá a Rusia para siempre. Empezaremos a bombardear en cinco minutos".

En versión de la capitalista Hollywood o la hipercapitalista Netflix, es comprensible que la gente sienta miedo o confusión frente a los idiotas de las corporaciones económicas que operan al margen y por encima de la política y los estados, así como de los científicos, intelectuales o artistas que por "no-meterse-en-política", prefieren ignorar la realidad.

Emblemático, el caso Di Caprio, quien ya había salvado a "la humanidad" en Titanic (1997). Activo difusor del "cambio climático", Di Caprio acaba de felicitar al presidente de Ecuador, Guillermo Lasso, por el decreto ejecutivo que el 14 de enero "amplió la Reserva Marina de Galápagos".

Un decreto que, así como suena, parece acertado… en la ficción. Porque en la realidad, Lasso mantiene la presencia militar de Estados Unidos en el archipiélago que nos ha contado la historia de la Tierra, y que el ex presidente Lenín Moreno calificó de "portaviones natural (sic) de Ecuador para la lucha contra el narcotráfico y la pesca ilegal".

Resumiendo: no serán los extraterrestres o meteoros los que acaben con la humanidad. Si acaso, serán los intraterrestres dueños de todo, apenas interesados en saber cuánto les costará.

Por José Steinsleger/II y última

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El 80 por ciento, sin estrategias y confundido

Un año después del alzamiento zapatista, durante el Foro sobre el estado del mundo (State of the World Forum) en San Francisco, en 1995, miembros destacados de las élites globales comentaron las estrategias que vienen diseñando.

Como se sabe, porque el tema ha sido difundido en libros y en muchos medios, Zbigniew Brzezinski (ex consejero de Seguridad Nacional del gobierno del presidente de Estados Unidos Jimmy Carter e ideólogo del neoliberalismo) expuso su idea, la Sociedad 20-80, que se ha convertido en paradigma de las clases dominantes, aunque se niegan a repetirlo por razones más que obvias.

Enfatiza que 20 por ciento de la población mundial, es suficiente para sostener el sistema económico y que 80 por ciento restante no tendrá ni empleo, ni oportunidades, ni futuro. El primer sector es el que participa de los beneficios del sistema: consumo de calidad, sanidad y educación privadas y empleos en empresas de alta tecnología.

Los de abajo, ese inmenso 80 por ciento, consumen comida chatarra, llenan la panza, pero no se alimentan, son adormecido con entretenimientos que los aturden y les impiden comprender lo que sucede alrededor. Los de arriba leen libros y periódicos, asisten a universidades, viajan y tienen capacidad de ahorro. Los demás sólo miran televisión, telenovelas y partidos de futbol.

Bzrezisnki acuñó el término tittytainment (pechos más entretenimiento, en el sentido del adormecimiento de los bebés cuando son amamantados), para dar cuenta de cómo tratan a las mayorías del sistema-mundo.

Hasta aquí un panorama bastante conocido de lo que sucede en el mundo actual, digamos posterior a la implosión de la Unión Soviética. Se pueden discutir los porcentajes (20-80 o 30-70), pero parece fuera de discusión que el mundo está dividido en estos dos sectores: los que sostienen el sistema y los descartables.

El problema principal, es el que apunta Carlos Fazio con base en el análisis del sicoanalista Mattias Desmet (https://bit.ly/3K26qK6). Encuentro que el llamado "grupo disidente" debe ser bastante inferior al 30 por ciento que se menciona en el artículo. Ojalá seamos 10 por ciento, pero me parece inconducente detenernos en la cuestión de los porcentajes.

El tema central es si hay posibilidad de unirnos, como apunta Fazio, y cuáles son las dificultades que enfrentamos para hacerlo. Entiendo que hay varios problemas a superar, tanto estructurales como culturales.

La primera dificultad son las naturales diferencias del sector antisistema, destacando las sexuales y de género, las contradicciones y desencuentros entre generaciones, las de color de piel, geografías y culturas, que dificultan la creación de un "nosotros", una identidad colectiva o, en su lugar, espacios de confluencias entre diferentes y diferencias.

En segundo lugar, entre quienes nos definimos anticapitalistas no tenemos consensos antipatriarcales y anticoloniales, por lo que el machismo y el racismo siguen provocando escisiones y rupturas. Conozco unos cuantos colectivos que han quebrado, literalmente, por la actitud machista de algunos integrantes.

La cultura política estatista o estadocéntrica, es la tercera dificultad a superar. No podemos pasar por alto que la adhesión a las políticas sociales –como expresión de la cultura estatista– sigue siendo mayoritaria en el campo del 80 por ciento, entre los de abajo. Por el contrario, la tensión por la autonomía y el autogobierno son minoritarias, aun entre movimientos que trabajan en esa dirección.

Sin poner nombres, conocemos importantes movimientos de pueblos cuyas comunidades sobreviven del cultivo de drogas, lo que contradice brutalmente los objetivos trazados, ya que los convierte en rehenes del narcotráfico y, por tanto, de grupos paramilitares y del propio Estado.

Sin embargo, una dificultad mayor para actuar conjuntamente, que divide profundamente a los movimientos y organizaciones, proviene de la izquierda. Una parte central del entretenimiento aturdidor es el sistema político, el circo electoral: pan y circo, decían los romanos, que hoy podemos traducir como políticas sociales y campañas electorales.

La izquierda de arriba, la electoral e institucional, es parte central del entretenimiento que ofrece el sistema, con su promesa de renovación cada cuatro o seis años, apelando al mismo marketing que se usa para vender jabones. Profesa la cultura del consumismo que caracteriza al capitalismo y ha secuestrado la política electoral.

Esta izquierda quedó atrapada en el binomio dictadura o democracia, apoyando siempre al "mal menor", aun sabiendo que de ese modo no se puede construir nada distinto.

Más allá de cuántos sean los verdaderamente empeñados en superar este sistema, lo que parece decisivo es avanzar hacia autonomías territoriales donde ejercer autogobiernos, capaces de crear mundos nuevos. Su multiplicación, será por contagio.

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EU enfrenta escasez de alimentos por ómicron y mal clima

Washington. Benjamin Whitely acudió a un supermercado Safeway en Washington DC para comprar algunas cosas para la cena. Pero se decepcionó cuando encontró los estantes de verduras vacíos y una escasa oferta de pavo, pollo y leche. “Parece que no encontré nada”, comentó Whitely, de 67 años de edad. “Ahora voy a tener que buscar en otro lado”.

La escasez es generalizada a nivel nacional y ha impactado en todo tipo de productos, tanto los de primera necesidad –carnes, verduras, leche y pan–, además de alimentos empaquetados e insumos de limpieza.

El descontento de los consumidores se ha expresado de manera reiterada en redes sociales en los días recientes. Y es que se trata de un panorama inédito para las tiendas en Estados Unidos, donde usualmente los anaqueles de supermercados en la mayor economía del mundo suelen estar a rebosar.

La carestía en los supermercados ha empeorado en las últimas semanas, luego de que problemas nuevos, como la variante ómicron del coronavirus y el mal clima, se han sumado a los problemas en la cadena de suministro y a la escasez de mano de obra que han afectado a los minoristas desde que comenzó la pandemia de coronavirus.

Las tiendas de alimentos de Estados Unidos por lo general tienen entre 5 y 10 por ciento de falta de existencias, pero ahora esa tasa ronda el 15 por ciento, dijo Geoff Freeman, presidente y director general de la Asociación de Marcas de Consumo.

Parte de la escasez que los consumidores están observando en los estantes de las tiendas se debe a tendencias de la pandemia que nunca disminuyeron y que se han visto exacerbadas por la variante ómicron. Los estadunidenses comen más en casa de lo que solían hacerlo, sobre todo debido a que las oficinas y algunas escuelas siguen cerradas.

El hogar estadunidense promedio gastó 144 dólares a la semana el año pasado en tiendas de abarrotes, de acuerdo con FMI, una organización comercial de comestibles y productores de alimentos. Eso está debajo del punto máximo alcanzado en 2020 de 161 dólares, pero sigue siendo mucho más alto que los 113.50 dólares que las familias gastaron en 2019.

Y una escasez de conductores de camiones que empezó a presentarse antes de la pandemia sigue siendo un problema. En octubre, la Asociación Estadunidense de Transporte Terrestre dijo que en el país faltaban unos 80 mil conductores, una cifra histórica.

Además, los envíos de cargamentos siguen demorados, lo que afecta a todo, desde a los productos importados hasta los empaques que son fabricados en el extranjero.

Al igual que ha ocurrido con el personal de hospitales, escuelas y oficinas, la variante ómicron ha causado estragos en las líneas de producción de alimentos. Sean Connolly, presidente y director general de Conagra Brands, que produce las verduras congeladas de Birds Eye, los aperitivos de carne Slim Jim y otros productos, comentó a los inversionistas la semana pasada que los suministros de las plantas de la empresa en Estados Unidos se verán limitados durante al menos el próximo mes debido a las ausencias relacionadas con la variante ómicron.

Además, eventos relacionados con el clima, desde tormentas de nieve en el noreste de Estados Unidos hasta incendios forestales en Colorado, también han impactado en la disponibilidad de los productos y causado que algunos clientes compren más de lo habitual, exacerbando los problemas de suministro provocados por la pandemia.

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“Estamos ante una crisis civilizatoria que comenzó antes de la pandemia”

Entrevista al periodista Raúl Zibechi, coordinador del libro Tiempos de colapso III (Baladre-Zambra)

Recuerda el periodista e investigador uruguayo Raúl Zibechi la siguiente idea del Subcomandante Marcos, formulada en 2007: “Las grandes transformaciones no empiezan arriba ni con hechos monumentales y épicos sino con movimientos pequeños en su forma y que aparecen como irrelevantes para el político y analista de arriba”.

Zibechi extrae también una enseñanza del poeta griego Konstantino Kavafis, autor de Viaje a Itaca: “Lo importante es caminar, mucho más que llegar a alguna meta”.

El escritor montevideano comparte estas reflexiones en la introducción del libro colectivo Tiempos de colapso III. Construcción y luchas de pueblos en resistencia, editado en 2021 por coordinación Baladre e iniciativas sociales Zambra. Coordinado por Aida Morales Franco, Manolo S. Bayona y Raúl Zibechi, la obra incluye artículos sobre el colonialismo en Palestina, del activista Daniel Lobato; la lucha de [email protected] ocupantes de Los Molinos contra el Tren de Alta Velocidad (AVE) en el Valle Clarea (Turín); el movimiento Genuino Campesino y las redes por el acceso a la tierra en Italia (Giovanni Pandolfini); o el Colapso en Canarias, de la Asamblea Canaria por el Reparto de la Riqueza, entre otros.

-“Los Estados ya no son parte de la solución, porque son uno de los problemas que afrontamos”, afirmas en la introducción del libro. ¿Supone un avance la victoria de un candidato de izquierdas –Gabriel Boric- en las elecciones presidenciales de Chile (diciembre 2021), frente al ultraderechista y admirador de Pinochet José Antonio Kast?

El debate se centra en qué puede hacer Boric respecto a los temas cruciales de Chile: la insurgencia mapuche, el monocultivo extractivista de pinos, la crisis hídrica, el sistema privado de pensiones y de salud, por decir apenas algunos. Mi convicción es que no habrá cambios estructurales, el modelo seguirá siendo el mismo, como sucedió en todos los países con gobiernos progresistas. En ninguno se consiguieron cambios, por el contrario se profundizaron la minería a cielo abierto, los monocultivos de soja y la especulación inmobiliaria.

Por otro lado, los gobiernos progresistas debilitan a los movimientos y pueblos, y esta también es una constante en todos los casos. Profundización del capitalismo neoliberal y debilidad de los movimientos. Luego, cuando hace falta movilización para frenar a la derecha, la gente está desorganizada y, peor aún, confundida.

Pero también se puede elegir otro escenario, otra mirada: si no gana Boric, gana la ultraderecha. Aquí hay dos aspectos que deben tenerse en cuenta. Por un lado, impedir que gane la ultraderecha es importante, pero, por el otro, el precio no puede ser la desmovilización, ni desarmar las cientos de asambleas territoriales que nacieron durante la protesta chilena.

-En el contexto de las últimas revueltas en América Latina (Chile, Ecuador, Perú, Bolivia, Nicaragua, Haití o Guatemala) ¿Por qué destacas la protesta social iniciada en abril de 2021 en Colombia?

Porque es el país donde no había revueltas urbanas desde el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en 1948. En Colombia siempre gobernó la oligarquía terrateniente, no hubo reforma agraria y las luchas siempre habían estado centradas en áreas rurales. Desde 2019, poco antes de la pandemia, y sobre todo desde el 28 de abril de 2021, el centro de la lucha pasa a ser la ciudad.

Creo que las principales organizaciones colombianas siguen siendo rurales, campesinas, indígenas y negras, pero ahora se consolida un fuerte activismo en las periferias urbanas, con una enorme creatividad cultural y social, con capacidad de abrir espacios en la urbe como sucedió en Cali con la creación de 25 “puntos de resistencia”.

Acabamos de publicar un libro con compas del grupo Kavilando de Medellín y Desdeabajo de Bogotá (“Entre la rebeldía y la esperanza”), un libro colectivo, donde se recogen las enormes creaciones de abajo durante más de tres meses.

-¿En qué consiste y qué importancia –material y simbólica- atribuyes al Movimiento a la Resistencia, inaugurado en junio de 2021 en Santiago de Cali?

Porque aparece el activismo juvenil, femenino y negro, que se entrelaza con la Guardia Indígena nasa que llegó a Cali a solidarizarse con los pobres de la ciudad. Esta alianza dará mucho que hablar en el largo plazo, ya que los indígenas pueden contribuir a la organización urbana, que es donde la represión actúa de forma más despiadada.

Cali es una ciudad mestiza; la mitad de la población es afrodescendiente y vive en las peores condiciones en barrios segregados del resto de la ciudad. Cali fue una ciudad industrial y ahora no puede ofrecer futuro a esa mitad pobre y negra, de modo que estamos ante un activismo que toma conciencia de que, o lucha o se lo lleva la represión. Porque esa es la alternativa real.

Durante la revuelta, este sector se entrelaza con jóvenes de clases medias con formación universitaria, y crean cosas maravillosas. En los puntos de resistencia aparecen bibliotecas populares en locales donde funcionaba la policía de proximidad; surgen espacios de ocio, de arte, danza, música, generados por ellos y ellas, porque la presencia de mujeres es muy alta. Los puntos de resistencia tuvieron fuerte apoyo del barrio. Hubo vecinas que abrían sus puertas a jóvenes para que usaran sus baños, sabiendo que muchos de ellos estuvieron en la cárcel por pequeños robos.

Quiero decir que se formaron relaciones comunitarias durante algunas semanas, que fueron enormemente creativas, como el fabuloso anti-monumento Resiste. La revuelta destruyó y creó a la vez, tiró abajo la estatua de Belalcázar, fundador de la ciudad, y erigió otras en base al trabajo colectivo.

-Pasado los meses de crisis por la COVID-19, “observamos que los más trascendentes levantamientos de los pueblos están siendo reconducidos hacia el redil electoral”, escribes. ¿Por ejemplo?

Chile, Colombia, entre los más recientes. Me parece que esto es inevitable, es ya un patrón en las luchas sociales. Las grandes revueltas deslegitiman a los gobiernos y la gente, naturalmente, busca un cambio de gobierno. No se trata de juzgar sino de entender. Los pueblos necesitan hacer esta experiencia, y eso es algo que no podemos criticar.

En lo personal, lo único que digo es que no esperen mucho de estos gobiernos, que lo principal es estar organizados, porque el sistema no va a solucionar tus problemas. Estamos en un período en el cual “sólo el pueblo salva al pueblo”, y para eso necesitamos estar organizados.

-¿Qué experiencias de solidaridad, intercambio y autoorganización popular destacarías en América Latina durante la pandemia? ¿Qué conclusión extraerías de estas iniciativas?

Muchas. Por un lado hay movimientos formales, instituidos, como el indígena del Cauca colombiano, los sin tierra de Brasil, la Conaie de Ecuador, en general los más potentes son indígenas y campesinos, en todo el continente. Pero van naciendo colectivos de nuevo tipo, tanto urbanos como rurales, que tienen menos visibilidad pero mucha potencia.

Me interesa destacar la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) en Argentina, miles de familias rur-urbanas que cultivan alimentos y los distribuyen por canales propios. La Teia dos Povos de Brasil, una alianza de comunidades negras, indígenas y campesinas que nace en Bahia y ahora está en todo el país. Hasta los movimientos menos estructurales, como las cientos de asambleas territoriales en Chile, las ollas comunes en Uruguay, Chile y Paraguay, entre muchas otras experiencias notables.

Menos visibles aún, son los gobiernos autónomos como el wampis y el awajún que se formaron en el norte del Perú, así como otros procesos de autonomía, desde el mapuche hasta los amazónicos, que van en una dirección similar a la del zapatismo, que sigue siendo el referente principal de la corriente autonomista.

MI principal conclusión es la que los sectores populares debemos ayudarnos entre nosotros, porque los de arriba no lo van a hacer. Por eso creo firmemente en la orientación hacia la autonomía y el autogobierno.

-¿En qué consiste la “profundización en el arraigo territorial” de las experiencias, en el caso de los movimientos sociales europeos?

Desde la crisis de 2008, veo la proliferación de huertas urbanas, de centros sociales y culturales, de espacios recuperados. Barcelona, en particular el barrio de Sants, es un referente ineludible, donde coexisten decenas de cooperativas con sindicatos de vivienda y una enorme fábrica recuperada como Can Batlló.

Pero conozco una hacienda Sin Patrón cerca de Florencia, fábricas recuperadas en Atenas y Milán, decenas de iniciativas de espacios comunes y hasta un barrio entero recuperado, como Errekaleor en Gasteiz/Vitoria. Han nacido además, edificios “alternativos” y sustentables, como Entrepatios en Madrid. Digo que el “mundo otro” sigue siendo pequeño y minoritario, pero ya no es marginal, ni en América Latina ni en Europa.

-Adviertes en tu artículo de un presente atravesado por la confusión, además de la desesperación, miedos y angustias que pueden conducir a salidas individualistas o una búsqueda de seguridad en el fascismo. ¿Incluirías en esta reflexión a la militancia de los movimientos sociales?

Puede ser, aunque pienso más bien en la población no organizada. En México y en Colombia hay organizaciones sociales que ahora actúan como paramilitares, y eso es un triunfo de la política contrainsurgente. Por otro lado, hay muchas organizaciones que han sido cooptadas por el Estado y pueden derivar en apoyo a salidas de ultraderecha. Pero todavía es muy pronto para poder analizarlo.

-Por último, ¿consideras que la humanidad se halla ante una crisis civilizatoria? (como consecuencia de la llamada gripe española de 1918 murieron entre 20 y 40 millones de personas).

Todo es relativo. En dos años murieron 5,5 millones por Covid. Pero cada año mueren 7 millones por la contaminación del aire (https://ourworldindata.org/data-review-air-pollution-deaths) y otros 4 millones por agua contaminada (https://elpais.com/sociedad/2010/03/22/actualidad/1269212403_850215.htm). O sea, creo que hay que relativizar tanto la gripe española como la pandemia de Covid que, efectivamente, es muy dañina pero no debemos olvidar los otros graves problemas.

Creo que estamos ante una crisis civilizatoria que comenzó antes de la pandemia y que ahora se ha profundizado, que tiene varios ejes pero el principal es la desigualdad, de poder y de renta. Pero tampoco quiero salvar una civilización que es patriarcal, capitalista y colonial/racista, y que es la que ha provocado esta pandemia.

Por Enric Llopis | 13/01/2022

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Mantener el timón en medio de tormentas y colapsos

Vivimos en un mundo de tormentas sistémicas y de colapsos sociales, agravados y acelerados durante la pandemia de coronavirus. No sólo es un escenario nuevo para las fuerzas antisistémicas, que no tenemos experiencia reciente en este tipo de coyunturas, sino que también el conjunto de crisis y caos en los que vivimos hace mucho más difícil mantener el norte, guiar el timón de nuestras resistencias sin perder los objetivos de largo plazo.

Atravesamos un hondo caos geopolítico, con grandes riesgos de guerra entre potencias nucleares, ya sea entre Estados Unidos y Rusia o entre Estados Unidos y China. Los conflictos explosivos se acumulan. La OTAN está dispuesta a instalar armas en Ucrania, capaces de alcanzar Moscú en apenas cinco minutos. Rusia está dispuesta a impedirlo, aún al precio de invadir su ex república soviética.

La tensión entre China y Taiwán, azuzada por Estados Unidos, Japón, Australia, Gran Bretaña y buena parte de la Unión Europea, puede desencadenar un conflicto de grandes dimensiones. No son pocas las naciones en pie de guerra. Los disturbios en Kazajistán enseñan que las potencias están dispuestas a intervenir para defender sus espacios geopolíticos, como sucede con el despliegue militar ruso en el país asiático.

La guerra que libra Turquía contra el pueblo kurdo, la de Arabia Saudí en Yemen, por mencionar sólo dos puntos calientes, pueden desembocar en agresiones capaces de desestabilizar la región de Medio Oriente, que sigue siendo la más inflamable del planeta, donde están presentes todas las grandes potencias y aun las regionales, desde Irán e Israel, hasta Arabia Saudí y Turquía, cada una defendiendo intereses a expensas de las otras.

Mención aparte merece el agravamiento de las tensiones internas en Estados Unidos, que varios analistas consideran pueden desembocar en guerra civil, y la tendencia a la descomposición de la Unión Europea, que durante la “era Merkel” era un espacio mínimamente predecible.

Una reciente entrevista de Amy Goodman a Noam Chomsky, además de revelar su notable lucidez a los 93 años, asegura que Estados Unidos atraviesa “una enfermedad social, una ruptura del orden social y cultural, que es muy grave en el caso de la pandemia, pero, como quiero seguir insistiendo, mucho más grave en el caso de la destrucción del medio ambiente” (https://bit.ly/3fmpPHT).

Cuando se lo consulta sobre el crecimiento de las tendencias hacia el fascismo, el enorme peso del extremismo evangélico y anticientífico, y el probable retorno de Donald Trump a la presidencia, responde que se debe a la transferencia de riqueza del 90 por ciento más bajo de la población, es decir, la clase trabajadora y la clase media, hacia los más ricos, que se estima en 50 mil millones de dólares. “Deberíamos llamarlo robo”, concluye, que ha llevado a que la mayoría de la población sobreviva con los cheques de ayuda social del gobierno.

“Estos son signos de un colapso social masivo, que se manifiesta concretamente en el hecho de que la gente, literalmente, no tiene suficientes reservas financieras para afrontar una crisis. Y, por supuesto, es mucho peor cuando vas a comunidades realmente desfavorecidas. Por ejemplo, la riqueza familiar entre los negros es casi nada”, señala el lingüista.

La pandemia de desigualdad ha sido denunciada tantas veces que parece innecesario retornar a una guerra contra los pobres, que lleva ya 40 años. Menos evidente es la creciente dictadura de los medios. Que twitter haya bloqueado la cuenta del presidente de Estados Unidos, por más horrible que haya sido la gestión de Trump, revela la existencia de un poder fuera de control que día a día se ejerce con las personas comunes.

Para terminar con este breve repaso de desastres, debe mencionarse la crisis terminal de las izquierdas, la desaparición de un sector político que tuvo relevancia desde la revolución francesa, que dominó el panorama de los oprimidos durante dos siglos y que se ha evaporado, literalmente.

En este panorama de colapsos y pandemias, las fuerzas anti-sistémicas estamos sometidas a tremendos desafíos que, a menudo, sentimos nos superan. Entre ellos, la militarización y paramilitarización de nuestros entornos es quizá el más complejo. ¿Cómo mantener la firmeza sin caer en tentaciones geopolíticas, estatistas o de alianzas que, a la larga, impiden avanzar en la liberación de los pueblos?

Primero, no sabemos.

Segundo, mantener el timón orientado hacia la autonomía y el autogobierno colectivos es un buen principio.

Tercero, fortalecer la organización, mejorar las autodefensas y mantener la diversidad interna con alta participación de mujeres y jóvenes pueden contribuir a sostener la vida en medio de las ofensivas de muerte.

10 enero 2022

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Los ejércitos han ido delegando espacios y tareas a entidades militares privadas.
La privatización de las labores tradicionalmente asumidas por los ejércitos nacionales supone una amenaza a la democracia y una peligrosa infiltración de la gobernanza neoliberal en las guerras.

Actualmente, las estructuras básicas de gestión del Estado están cambiando. Con el fin de la guerra fría y la victoria de la dinámica de libre mercado, observamos una realidad en la que el sector privado está penetrando en funciones que hasta hace relativamente poco habían pertenecido al Estado. Este proceso de privatizaciones, que abarca desde el control de fronteras o contratación de compañías mercenarias tiene que ver también con el triunfo de la lógica neoliberal, tendencia ideológica bajo la que se defiende que el sector privado es el mejor garante de los servicios y que bajo la regulación de la mano invisible, gestiona de manera competitiva y mejor de lo que el Estado es capaz de conseguir mediante la planificación.

Lo preocupante de esta lógica son los problemas derivados de intentar aplicar las premisas de mercado y de intereses empresariales privados a las dinámicas públicas, pues las prioridades del primero residen en el beneficio económico, mientras que la segunda en proveer servicios de acuerdo a valores que no priman el lucro. Así, hay que analizar la externalización de las funciones de defensa nacional y de la seguridad mediante la contratación de servicios a través de compañías privadas de seguridad militar, la externalización de servicios de control de fronteras y las consecuencias que ello conlleva

El auge del mercenariado

Las compañías militares privadas (CMP) se han convertido en uno de los negocios empresariales del sector bélico que alcanzan un auge imparable desde hace ya más de dos décadas. El funcionamiento, naturaleza y simple existencia de estas corporaciones militares es un negocio mantenido en una incómoda discreción, tanto por las propias empresas, como por los contratistas de las mismas, contratistas que por su parte son variados, pasando por los más esperables; los estados, hasta corporaciones o individuos millonarios. 

El “renacimiento” de los cuerpos mercenarios puede achacarse a varios motivos, desde los sociales a los político-económicos. El primero podría atribuirse a la caída del bloque soviético y con él, al fin de la guerra fría, periodo caracterizado por un monopolio total de los Estados desarrollados de cada bloque de las fuerzas armadas y del monopolio de la violencia (en el caso del bloque soviético, también del monopolio de la gestión armamentística). El segundo tiene que ver con lo que se define como sociedad post heroica; el cambio de mentalidad del nuevo siglo, junto al cambio de dinámicas políticas, de estructura democrática, implica que los Estados ya no están dispuestos (ni están legitimados por su ciudadanía) a sacrificar a su población por determinados objetivos que, por ejemplo en el siglo XX y XIX sí habrían estado justificados, tales como el patriotismo, expansionismo, o incluso cuestiones políticas o revolucionarias que suponen costes humanos. De hecho, en base a esta filosofía los Estados occidentales están observando problemas en reclutar soldados dispuestos a exponerse a la muerte, apostando por la contratación de extranjeros a las filas o la firma de las CMP, dos opciones en alza en estos casos.

Pero es posible aventurar que el principal motivo del auge de los ejércitos privados reside en un crecimiento descontrolado de lo que Dwight Eisenhower denominó en su discurso de despedida como presidente, el complejo industrial militar (CIM). Esta idea hace referencia a una economía estatal enfocada a la producción militar, en un contexto como el EEUU de la guerra fría, en el que el mandatario denunciaba el interés de las empresas armamentísticas de mantener un crecimiento en la producción bélica que ofreciera beneficios privados. El peligro del CIM fue señalado por el expresidente por su justificada preocupación de que ese nuevo modelo económico no desapareciera –como la medida temporal para la que se había creado, originándose para que la producción económica se enfocara hacia la guerra a fin de vencer contra el Eje en la Segunda Guerra Mundial- sino que se convirtiera en la dinámica de funcionamiento a perpetuidad, primando los intereses militares, con el temor de que eso conllevara un peligro para la democracia.

Lo cierto es que este elemento de militarización económica implicó a su vez una simultanea militarización política, todo estructurado para hacer frente al conflicto soviético que se avecinaba, formándose así una elite conformada por la clase política, la clase militar y la clase empresarial, todos ellos con una línea común e intereses compartidos. Así, podemos decir que si bien este modelo del CIM es fruto de la guerra fría, se mantiene en la actualidad como una estructura político-económica que, finalizado el conflicto de bloques, se niega a desaparecer. Esto supone un problema, y también un peligro, pues a fin de retroalimentarse y perpetuarse, ha desarrollado desde los noventa una visión de intervención extranjera en nombre de la “seguridad” estadounidense, a falta de un enemigo permanente bajo el que justificar su producción de armas, armamento que también deben comprar terceros países.

De hecho, la máxima de la seguridad como eje central estadounidense en las relaciones internacionales es un punto justificativo de este entramado, lo que unido a su lógica de funcionamiento de la escuela realista (anarquía internacional, búsqueda nacional por el poder y recursos, Estados como actores únicos en el panorama internacional, etc.) y su clara línea económica neoliberal, han degenerado en un híbrido conceptual de ambas formas de pensamiento por el que la seguridad se materialice y se entienda en el sentido estrictamente militar y que la gestión de esa fuerza militar se gestione, de acuerdo a la lógica neoliberal, de la forma más racional y económica posible, es decir, mediante su externalización en base a las CMP.

Problemas de las CMP

Las empresas privadas multinacionales presentan en la actualidad un papel de importancia en el campo de la seguridad internacional, convirtiendo el campo de seguridad, y bélico, en un servicio sujeto al lucro. Esta lógica supone la aparición de un modelo de seguridad paralelo a los ejércitos y cuerpos de seguridad nacionales: el ejército privado. Ésta es una estructura que, si bien no se reconoce estatalmente, mantiene características efectivamente militares, y que opera en base a contratos para los campos gubernamentales (Estados y departamentos de defensa) y privados (multinacionales y corporaciones). 

El ejército privado, por su carácter externo al Estado, mantiene enormes diferencias con los ejércitos nacionales, separándose de la lógica territorial y la propia seguridad de la ciudadanía. La legitimación de estas CMP radica en los intereses económicos de las partes actuantes que promueven su existencia, algo bien distinto de la legitimación del ejército regular, basada en la cesión voluntaria de una fracción de derechos individuales, valores, creencias e intereses compartidos. El funcionamiento de las CMP se basa en procesos productivos, no históricos.

Preocupa también el cuerpo integrante de estas CMP, las cuales, tienden a estar dirigidas por antiguos altos cargos militares que, debido a la naturaleza que requiere una empresa mercenaria, acostumbran a ser individuos ligados a cuerpos militares de dudosa o nula ética, tales como policía secreta del apartheid, líderes de comandos fascistas de Pinochet, veteranos de Vietnam, etc.

Las ventajas que supone para los estados la contratación de estas CMP son varias, y de hecho, ayudan a comprender el porqué de su creciente número. En lo que respecta a los gobiernos, se benefician de las CMP valiéndose de ellas en el plano internacional, consiguiendo desligarse a nivel nacional de las operaciones militares que estas compañías lleven a cabo en su nombre, y evitando tensiones internacionales —o,al menos tensiones oficiales y sanciones internacionales—. Económicamente suponen también una ventaja, al ser los ejércitos nacionales una institución financieramente costosa (desde el despliegue de las tropas, mantenimiento del equipo, sueldo y pensiones de los militares y de viudedad, costes médicos y un larguísimo etc.) frente a un costo elevado en la contratación de las CMP, pero que elimina todo lo anterior, unido a un gasto basado en la temporalidad, es decir, en la duración del contrato. La amortización del costo político también tiene que ver, en tanto en cuanto un mercenario no tiene la representatividad ni unión cultural de un soldado, ni relación alguna con el Estado contratante, además de no contabilizarse como bajas en las estadísticas nacionales, lo que suaviza considerablemente una operación militar frente a la opinión pública.

La propia naturaleza empresarial de las CMP les lleva a una fuerte dinámica de coste-beneficio. Por un lado, se niegan a llevar a cabo más funciones que las especificadas en el contrato, buscando maximizar beneficios con el menor número de pérdidas materiales (y humanas), o una inversión extra que no estaría planteada en un principio. También pueden decidir rescindir el contrato en cualquier momento si ven que la peligrosidad del conflicto va a ser demasiada como para compensar la paga recibida. Tampoco es raro encontrar cobros por servicios no prestados cuando el contrato no especifica exhaustivamente las funciones de las CMPs, haciendo además muy difícil descubrir los sobrecostos e inflaciones de precios que estas compañías puedan llevar a cabo por sus servicios, pues, al contrario que el ejército, no necesitan dar cuenta de sus facturas y gastos, haciendo de su gestión algo opaco.

Al ser un modelo de empresa relativamente joven, las CMP aún no cuentan con un reglamento claro sobre qué entidades pueden requerir sus servicios y cuáles no (huelga decir que precisamente su limbo legal es parte de las ventajas por las que los estados y empresas les contratan). Así como la mayoría de CMP busca dar servicios a Estados democráticos y organizaciones humanitarias, principalmente para mantener una legitimidad del negocio, lo cierto es que el abanico de contratistas de estas compañías no son siempre de este tipo.

Hay CMP como Logistics Group que fueron acusadas de instigar un golpe de estado en países como Guinea ecuatorial, además de saberse que las compañías tienden a dar servicios a dictaduras, carteles de la droga y grupos rebeldes, como el ejército de liberación de Kosovo (KLA) al que dieron entrenamiento táctico. Tampoco existe un control riguroso del personal contratado ni normas que excluyan de las CMP a individuos potencialmente peligrosos. Esto se puede explicar no solo por la necesidad de estas empresas de mantener constantemente personal en nómina para encarar los contratos, sino porque el perfil de los soldados que llevan a cabo las operaciones dentro de las compañías requiere de una personalidad concreta. 

Precisamente una de las acusaciones contra estas compañías es las numerosas violaciones de derechos humanos que perpetran, habiendo múltiples ejemplos archivados. Entre los casos que se pueden destacar está la supuesta compraventa y violación de menores durante la guerra de Bosnia por parte de integrantes de la compañía Dyncorp. El desenlace de este suceso se saldó con los despidos de los encausados, pero ninguno recibió penas judiciales. Lejos de suponer el fin de Dyncorp, esta empresa fue después contratada por el pentágono para el adiestramiento de la policía iraquí. Tampoco hubo repercusión alguna para los mercenarios acusados de torturas en la cárcel de Abu Ghraib en Irak.

La utilización de CMP en lugar de fuerzas militares nacionales puede dañar el vínculo ejército-pueblo por varias razones:El ejército es una institución que está controlada en las democracias occidentales porque hay estructuras que priman el poder civil sobre el militar, así por una dinámica democrática –a priori- tanto en el interior del ejército como entre éste y la sociedad civil. La supeditación de las fuerzas armadas como simple herramienta de las instituciones democráticas dista mucho, y puede verse alterada gravemente por la intrusión del modelo contratista de las CPM: Al encontrarse al margen de la cadena de mando militar y ajena al control de los gobiernos, su control en las actuaciones es más difícil.

Además, el vínculo entre el Estado y el ejército funciona no solo porque el estado es la razón misma de la existencia del ejército, sino que existe una conexión entre éste y la ciudadanía, en el sentido de que los militares “representan” a la población, y es de ella de la que reciben la legitimidad para actuar. Frente a eso, las CMP trabajan para los gobiernos bajo contrapartidas económicas, y su obligación para con ellos reside únicamente en el contrato, lo que no solo mercantiliza la cuestión de la defensa nacional, sino que vuelve su legitimidad más dudosa que las del ejército. Los propios valores de defensa de los principios democráticos y la instrucción en normativa internacional que las fuerzas armadas reciben, son para las CPM innecesarios para sus prioridades, que como empresas que son, se resume a las cuentas y beneficios de su negocio (y que, dadas las actuaciones para las que se les contrata, tampoco tienden a seguir, ni se les exige que sigan).

Este es, por tanto, un preocupante retroceso en la regulación de las fuerzas armadas y del derecho internacional, que amenaza con “feudalizar” de nuevo el panorama de los conflictos (entendiéndolo como la vuelta de ejércitos privados contratados por países o reyes, como ocurría en el pasado), facilitando el descontrol en las operaciones militares y sus consecuentes crímenes de guerra, un panorama en el que conviene analizar quienes son los ganadores de este modelo, pues queda claro quiénes somos los perdedores.

 
 
-Azellini, D. (4 Julio 2013). America Latina y la privatización de la guerra. Cuadernos de Marte, 3, 247-262.
-Gadea, G. El Ejército Privado: Nuevo Modelo de Seguridad Internacional. 20/3/2018, de Congreso de Relaciones Internacionales.
-Laboire, M. (2008). La privatizacion de la guerra. El auge de las compañías militares privadas. Dialnet, Nº 307, 83-119. 22/3/2018, De Dialnet Base de datos.
-Rovira, C. (2005). Nuevas y viejas guerras: asimetría y privatización de la violencia. 30/4/2018, de Siglo XXI Editores.
- Shah, R. (Mayo, 2014). Beating Blackwater: Using Domestic Legislation to Enforce the International Code of Conduct for Private Military Companies. Yale Law Journal, 123
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Viernes, 07 Enero 2022 06:39

La absurda idea de una moneda libertaria

La absurda idea de una moneda libertaria

Una ideología libertaria pueril pretende argumentar que las criptomonedas como Bitcoin constituyen la solución a la arrogancia estatal y a los desmanejos económicos de algunos políticos. Pero lo que se necesita no es una nueva moneda (con características muy discutibles), sino una democracia que ponga límites a la irresponsabilidad de un capitalismo desbocado.

Con el precio del Bitcoin en nuevos máximos y la decisión de El Salvador y Cuba de aceptarlas como moneda legal, las criptomonedas han llegado para quedarse. ¿Qué implicaciones tendrá esto para el dinero y la política?

El dinero depende de la confianza. Se acepta a cambio de bienes y servicios solo porque la gente puede asumir con seguridad que otros lo aceptarán en el futuro. Esto es tan cierto para el dólar estadounidense como para el oro. Sostener que las criptomonedas como el Bitcoin son un mero juego de confianza -o una burbuja especulativa, como han subrayado muchos economistas- es ignorar su popularidad. Y, sin embargo, las criptomonedas carecen de las bases institucionales estables necesarias para reforzar la confianza del público en ellas. La confianza avanza y retrocede, haciéndolas frágiles y volátiles, como han demostrado ampliamente los giros salvajes de Bitcoin.

Además, con Bitcoin y otras criptomonedas que se basan en mecanismos de «prueba de trabajo», las transacciones deben verificarse y registrarse continuamente en un libro de contabilidad descentralizado (en este caso basado en blockchain o «cadena de bloques»). Esto requiere que millones de computadoras operen continuamente para actualizar y verificar las transacciones, un trabajo que se ve incentivado por la oportunidad de ser recompensado con Bitcoins recién acuñados. La energía consumida en estas operaciones de «minería» supera ya la de un país de tamaño medio como Malasia o Suecia. Ahora que el mundo se ha dado cuenta de los peligros del cambio climático (y de la mezquindad de nuestra respuesta), este desperdicio masivo debería hacer que Bitcoin sea muy poco atractivo.

Sin embargo, a pesar de su volatilidad, fragilidad y enorme huella de carbono, hay cinco factores que han concurrido para hacer de Bitcoin una propuesta atractiva para mucha gente: su narrativa política, las actividades criminales que permite, el señoreaje que distribuye, el tecnooptimismo de la época actual y el deseo de hacerse rico rápidamente en un momento en el que hay pocas oportunidades económicas. Consideremos cada uno de estos puntos en orden inverso.

Vivimos en una época de perspectivas económicas decrecientes. Incluso los trabajadores con un título universitario ya no acceden a un trabajo estable y bien remunerado. Cuando las oportunidades económicas son tan escasas, los planes para enriquecerse rápidamente se vuelven especialmente atractivos. No es sorprendente que ahora exista toda una industria dedicada a decirle a la gente que pueden hacerse ricos invirtiendo en Bitcoin. El dinero se ha volcado en la criptomoneda porque millones de personas en Estados Unidos y en todo el mundo creen que pueden obtener importantes beneficios con ella.

La narrativa de rendimientos masivos para los inversores aficionados y minoristas de una criptodivisa está en consonancia con nuestra era obsesionada por la tecnología. Se nos dice constantemente que el ingenio tecnológico está creando un futuro más brillante. Y, a primera vista, no se puede negar que Bitcoin es una maravilla de la innovación tecnológica. Se ha necesitado auténtica creatividad y maestría para crear un sistema descentralizado tan intrincado y capaz de funcionar sin ninguna supervisión ni aplicación gubernamental.

El señoreaje, o el poder adquisitivo adicional que confiere (normalmente a los gobiernos) el control de la oferta monetaria, es otro factor del atractivo de Bitcoin. Cuando el gobierno estadounidense pone en circulación una nueva moneda, puede utilizarla para comprar servicios o pagar su deuda. La perspectiva de obtener señoreaje es muy atractiva, y probablemente ayuda a explicar por qué hay ahora más de 1.600 criptodivisas cotizadas. En el caso de Bitcoin, la ausencia de una autoridad centralizada significa que el señoreaje está distribuido, lo que supone un incentivo para los esfuerzos de minería (que ahora llevan a cabo más de un millón de personas en todo el mundo).

Una fuente de demanda específica puede ayudar a una nueva moneda a establecerse de forma fiable. Para las criptomonedas en general, y para el Bitcoin en particular, este ancla está firmemente asentada en el mundo criminal. En sus inicios, la demanda de Bitcoin se vio impulsada por sitios web oscuros como Silk Road, que permitían todo tipo de transacciones ilícitas. A día de hoy, las actividades delictivas representan casi la mitad de las transacciones de Bitcoin, según algunas estimaciones.

Cada uno de estos cuatro factores ha impulsado el Bitcoin de forma artificial. Obviamente, los males económicos de nuestra sociedad no se solucionarán porque la gente gane dinero con Bitcoin. Tampoco se ha confirmado en el mundo real el ánimo tecnooptimista imperante. Y cualesquiera que sean los beneficios de la distribución del señoreaje a través de la minería, están más que compensados por el masivo desperdicio de energía.

Eso deja el argumento político a favor de Bitcoin. ¿Nos liberará del indebido poder estatal sobre la economía? Realmente no.

Es cierto que la Reserva Federal de Estados Unidos actúa a veces de forma misteriosa, y el rescate de Wall Street durante la crisis financiera de 2008 fue visto, con razón, como un trabajo interno que benefició a los bancos y a los banqueros a expensas de la gente común. Por tanto, es comprensible el deseo de reducir el excesivo poder de los políticos y los responsables de la administración pública. Pero Bitcoin no es la respuesta. Apela a una ideología libertaria pueril en la que un genio solitario lucha contra un Estado arrogante para liberar la excelencia individual. De hecho, la persona (o personas) del mundo real que diseñó Bitcoin y escribió su inspirador manifiesto bajo el seudónimo de Satoshi Nakamoto merece aún más la etiqueta de «visionario» que el ficticio John Galt (el héroe de La rebelión de Atlas de Ayn Rand).

Sin embargo, la visión de ese «visionario» es pura fantasía. El riesgo de que los gobiernos occidentales produzcan una inflación desbocada o socaven el sistema monetario internacional es prácticamente nulo. La verdadera amenaza existencial reside hoy en la polarización política, el desmantelamiento de la democracia y la incapacidad de los sistemas políticos democráticos para mantener a raya a las élites económicas y a los políticos autoritarios.  Una nueva moneda no resolverá estos problemas. Lo que se necesita son medidas para garantizar que los políticos, los burócratas y los magnates de Silicon Valley y Wall Street actúen de forma responsable. Esto requiere una participación democrática y un compromiso cívico activo. Los trucos como el Bitcoin son una distracción del verdadero trabajo que hay que hacer.

 

Fuente: Project Syndicate

Publicado enEconomía
Según Nancy Fraser, enfrentamos a varias crisis a la vez: en la economía, en la reproducción social, en el medio ambiente y en la política. Sin una intervención drástica, podemos acabar con un «capitalismo caníbal».(Foto: Malte Jäger/ Philosophie).

Jacobin América Latina conversa con la destacada teórica norteamericana Nancy Fraser sobre la crisis ecológica, la estrategia socialista y mucho, mucho más…

Durante décadas, la teórica estadounidense Nancy Fraser ha aportado a la izquierda algunas de sus ideas más potentes. Por momentos, estas ideas son de corte claramente políticas, como cuando Fraser reclama que el feminismo corte sus vínculos con la élite económica y adopte una política de clase que pueda atacar la opresión desde sus raíces. En otras ocasiones, son conceptos poderosamente teóricos, como cuando Fraser analiza la interacción entre el capitalismo y las «condiciones de fondo» de las que depende el capitalismo y que no puede subordinar completamente.

En sus últimos trabajos, Fraser aboga por una síntesis entre lo práctico y lo teórico, con el fin de evitar el desastre que se avecina y que ella denomina, en su próximo libro, «capitalismo caníbal»: la perspectiva de que el capitalismo, al invadir todas las esferas de la vida, pueda destruir sus condiciones de supervivencia y, lo que es más importante, las nuestras.

Martín Mosquera de Jacobin América Latina habló con Fraser sobre los escenarios futuros que se vislumbran en el horizonte si no actuamos decisivamente para socavar el poder del capital y sobre los retos que implica construir un frente común de lucha política.
 

 
Martín Mosquera.- Tus trabajos más recientes desarrollan un «concepto ampliado de capitalismo». Se trata de cuestionar la definición tradicional que se concentra de manera estrecha en el capitalismo como sistema económico, ¿es así?
 
Nancy Fraser.- Efectivamente, la concepción ampliada del capitalismo es un intento de abandonar las interpretaciones inadecuadas y burdas de cierto marxismo que piensa en términos de base y superestructura, es decir, que afirma que el fundamento real de la sociedad es el sistema económico y que todo lo demás es una superestructura. En ese modelo, la causalidad fluye de manera unidireccional desde la base económica hacia la superestructura jurídico-política. En cambio, si hablamos de la relación entre el subsistema económico de la sociedad capitalista y las condiciones de posibilidad que constituyen su trasfondo necesario, la imagen de la base y la superestructura se complica. Afirmar que algo es una condición necesaria de la economía implica que las actividades que hacen al funcionamiento del sistema económico capitalista —la producción de mercancías, la posibilidad de venderlas para obtener ganancias y acumular capital, la compra de la fuerza de trabajo y su utilización— no pueden desarrollarse a menos que otros elementos, que a veces se piensa que están fuera de la economía, se encuentren en su debido lugar.

En este sentido, por ejemplo, son necesarias las relaciones de parentesco que organizan los nacimientos, el cuidado, la socialización y la educación de las nuevas generaciones, que reponen la fuerza de los trabajadores adultos que deben alimentarse, bañarse, vestirse y descansar para poder retornar a sus trabajos al día siguiente. Creo que este es un argumento que los lectores de Jacobin conocen bien y que fue desarrollado en detalle por las feministas que trabajan en el marco de esa variante del feminismo marxista que se denomina Teoría de la Reproducción Social. Si tomamos el ejemplo de la reproducción social, percibimos inmediatamente que, de no realizarse adecuadamente esta condición de fondo, se estropea la producción. Esto implica que las posibilidades de acumular capital por medio del sistema económico están limitadas por algunos rasgos de las relaciones de parentesco, como las tasas de nacimiento o las tasas de mortalidad. Por lo tanto, las condiciones de fondo tienen consecuencias importantes sobre todo el proceso. De esta manera, podemos construir una imagen más compleja de la causalidad. 

Podríamos decir algo similar de las condiciones de fondo denominadas «naturales» o «ecológicas»: la producción capitalista y la acumulación de capital suponen que todas las cosas materiales que necesita el sistema están disponibles sin reservas y desde siempre en la naturaleza, que basta con elaborarlas en el proceso de producción. Pero las materias primas, las fuentes de energía y la posibilidad de eliminar los residuos —todas condiciones de fondo indispensables— no son necesariamente ilimitadas. Al mismo tiempo, está claro que las fallas en los ecosistemas esenciales (por ejemplo, el agotamiento de las fuentes de energía o la contaminación excesiva) también pueden estropear las industrias. El Covid-19 que, al menos en un nivel, es resultado de una disfunción ecológica, nos brinda en este momento un ejemplo particularmente interesante de todo esto. Se trata de un derrame zoonótico, es decir, de la transmisión de un virus que, a través de algunas especies intermedias —probablemente los pangolines—, pasa de los murciélagos a los seres humanos y hace que todo el sistema económico se contraiga y cierre por la fuerza. En este sentido, podemos decir que el Covid-19 es un excelente ejemplo de una causalidad que avanza en la dirección contraria a la del esquema de la base y la superestructura. 
 
MM.- Quisiera saber algo más sobre el lugar que ocupa el subsistema económico en tu teoría. En tus términos, el capitalismo no es un sistema económico autónomo porque depende de «condiciones de fondo» que, en algún sentido, son parcialmente externas. Surgió el ejemplo de la naturaleza. Pero aun si todas estas esferas son relativamente autónomas, son «condiciones de fondo» del subsistema económico, el «primer plano» del capitalismo. ¿No continua siendo el subsistema económico, en tu enfoque, el elemento predominante, para decirlo de algún modo, «en última instancia»?
 
NF.- Sí, efectivamente hay algo específico en la economía que le otorga un vigor causal particular, una fuerza real y una gran importancia: el imperativo de acumular y expandirse. Sabemos que la economía capitalista no se trata de individuos que ganan dinero y luego se tiran a descansar y a consumir lo que compraron en hogares lujosos. El capitalismo conlleva el imperativo de la reinversión continua, que genera cada vez más plusvalor, más ganancias y más capital. En las sociedades capitalistas, se trata de una fuerza realmente dinámica que históricamente dispuso del poder causal para torcer —en mayor o en menor medida— ciertas condiciones externas a voluntad del capital. No es un poder absoluto. Siempre corre el riesgo de retroceder frente a lo que recién mencionaste, de forma adecuada, como «esferas relativamente autónomas»: la naturaleza tiene sus propios tiempos y obedece a un tipo de reproducción que, a la larga, cae por fuera del control capitalista.

De todas formas, la dinámica capitalista es una compulsión bruta y ciega que está fuertemente anclada en el sistema y es mucho más poderosa que la voluntad de los seres humanos individuales que personifican al capital, lo poseen y realizan su voluntad. El impulso es tan poderoso que, en algunos casos, es capaz de modificar las condiciones de fondo. Aunque probablemente siempre encontrará un límite. Lo que intento decir es que Marx y la mayoría de los marxistas tienen razón cuando insisten en el poder y en la fuerza transformadora que conlleva la dinámica de la acumulación. Aun así, no creo que esto necesariamente se traduzca a la imagen causal de la base y la superestructura. Existen toda clase de presiones porque las denominadas «condiciones de fondo» tienen una gramática de reproducción propia y valores normativos que influencian las decisiones de la gente.
 
MM.- Me gustaría centrarme ahora en tu concepto de «luchas de frontera». Se trata de las luchas por definir los límites entre la economía y la sociedad, la producción y la reproducción, etc., es decir, entre el «primer plano» y sus «condiciones de fondo». En algún punto, parecería que estas luchas de frontera son sinónimos de la lucha de clases. Al abordar las luchas sociales de esta forma, ¿no existe el riesgo de extraviar la especificidad de la lucha de clases? Si volvemos a leer tu respuesta a Butler en la New Left Review, podríamos preguntarnos si la Nancy Fraser de 2021 corrige a la Nancy Fraser de 1998. Te cito:

Butler pretende llegar a la conclusión de que las luchas de liberación sexual son económicas, pero esta conclusión se vuelve tautológica. Si las luchas en torno a la sexualidad son económicas por definición, entonces no son económicas en el mismo sentido en el que lo son las luchas en torno a la tasa de explotación. Llamar «económicas» a ambos tipos de lucha supone arriesgarse a hacer colapsar las diferencias, generando la falsa impresión de que entran en sinergia de manera automática y anulando nuestra capacidad de plantear y responder a cuestiones políticas complicadas, pero acuciantes, relativas a cómo hacerlas entrar en sinergia aunque, de hecho, sean divergentes o estén en conflicto.
 
NF.- En realidad, no. Creo que descubrí que podía expresar mejor lo que quería decir sirviéndome de otra terminología. Pienso que existen dos estrategias. Históricamente, al menos en el marxismo tradicional y en los principales movimientos obreros y socialistas, hubo una tendencia a pensar las luchas de clase en un sentido estrecho, como luchas en el campo de la producción que se desarrollan a partir de disputas por la tasa y la distribución del plusvalor que se extrae a los trabajadores asalariados por medio de la explotación en las fábricas. Y luego sí, por supuesto, se supone que esas luchas deben expandirse más allá de las puertas de la fábrica, desarrollar una dimensión política y asumir otras reivindicaciones más lejanas. Pero sigo pensando que, en general, esta imagen de la lucha de clases como algo esencialmente relacionado con el trabajo asalariado en entornos industriales es una imagen muy poderosa.

Esa imagen ha llevado a mucha gente a intentar argumentar contra lo que Mouffe y Laclau llaman «esencialismo de clase». Estas personas argumentan que las luchas de clases no son las únicas que existen en las sociedades capitalistas y que no tienen la potestad absoluta para definir qué es una reivindicación justa o qué sería una sociedad justa. No tienen el monopolio sobre los nombres de la opresión y la injusticia. Y, de hecho, a lo largo de la historia, las sociedades capitalistas han sido espacios en los que se desarrollaron luchas enormes alrededor de la esclavitud y el trabajo forzado, el género y múltiples ejes de opresión y dominación. Entonces, una estrategia consiste en decir: «Bien, las luchas de clases son esta cosa específica y, por lo tanto, debemos reconocer las luchas que no son luchas de clases, que son otra cosa».

Sin embargo, desde otra perspectiva, podríamos decir que el problema es la definición estrecha de lo que es una lucha de clases. Si analizamos la cuestión de una manera más sofisticada y con más detalle (y creo que esto es lo que quise decir cuando discutí con Butler) podemos afirmar que las otras también son luchas de clases, pero en un sentido diferente. Esto nos lleva de vuelta al inicio de nuestra conversación, cuando hacías referencia a mi idea de un concepto ampliado del capitalismo. En la medida en que el capitalismo no es solo una economía, la clase no se define únicamente en el campo de la producción. Si comprendemos al capitalismo como una realidad que abarca todas estas condiciones de fondo, necesarias para que funcionen los sitios especializados en los que se acumula plusvalor a costa de la explotación del trabajo asalariado, comprendemos también que la reproducción social es un componente esencial del sistema y de la forma en la que sus partes encastran unas con otras. Si decimos lo mismo sobre la naturaleza, sobre los bienes públicos y las capacidades regulatorias, sobre las formas legales que consideramos políticas, si todo esto también es esencial, entonces podría darse el caso de que las luchas que se generan alrededor de estas realidades también sean luchas anticapitalistas, o al menos luchas en torno a componentes esenciales del sistema capitalista. También podemos decir que, si logran conjugarse de forma adecuada —y no siempre sucede así— estas luchas pueden ser comprendidas como luchas de clases.

A lo largo de la historia, las luchas alrededor de la reproducción social formaron parte de la lucha de clases. Esto es lo que está detrás de la poderosa reivindicación de un salario familiar defendida por el movimiento obrero. Se trata a la vez de una lucha por las condiciones de trabajo —en términos literales— y una lucha por las condiciones de la reproducción social y las actividades del hogar. Resultó ser una solución que no siempre favoreció a las mujeres ni a esas porciones de la clase trabajadora a las que no se consideraba idóneas para un salario familiar. Pero podemos percibir que rápidamente, dependiendo de cómo hablemos sobre la lucha clases, las cosas pueden volverse muy complicadas.

Pienso que en términos intelectuales, la mejor solución es redefinir la clase y la lucha de clases de una manera más amplia. Pero, al mismo tiempo, debemos tener mucho cuidado a la hora de precisar lo que significa que estas luchas sean luchas de clases. Lo digo teniendo en mente una cuestión en particular: ¿cuál es la mejor manera de promover el tipo de alianzas amplias que necesitamos para enfrentar a los enormes poderes, profundamente arraigados, contra los que debemos luchar y a los que debemos desarmar? A primera vista, afirmar que se trata de luchas de clases parece abrir el campo de lo posible: estamos todos juntos y enfrentamos el mismo enemigo. Todos somos parte del mismo proyecto. Por otro lado, hay gente que suele interpretar este tipo de lenguaje en términos de disputa: «Tratan de hegemonizar nuestra lucha y niegan su especificidad».

Si adoptamos una concepción ampliada del capitalismo y, por lo tanto, de la lucha de clases y de las luchas anticapitalistas, tenemos la obligación de definir con mucha precisión los motivos por los que estas luchas no armonizan inmediatamente. Pero esa es una tarea que compete a la política y, en efecto, una tarea difícil.

Por cierto, para explicar las luchas de frontera, suelo referirme a la perspectiva de Karl Polanyi. Sin utilizar el término, Polanyi estaba muy interesado en las luchas de frontera entre lo que denominaba el mercado autorregulado —podríamos decir, simplemente, la economía— y la sociedad. Este enfoque también enfrenta múltiples problemas sobre los cuales no voy a explayarme en este caso, pero lo interesante y fructífero es la idea de que la lucha no se desarrolla simplemente alrededor de la distribución del plusvalor. Se desarrolla más bien en torno a aquellos elementos que definirán la gramática de la vida. En una comunidad determinada, ¿se le dará carta blanca al capital o no? Esto suscita preguntas muy profundas sobre el poder y sobre quienes disponen del poder para moldear la gramática de la vida de una sociedad. Todas estas son cuestiones que, en las sociedades capitalistas, se eliminan subrepticiamente de la agenda política y se le delegan sin nuestro consentimiento al capital y a quienes se encargan de la acumulación de capital.

Hablar de las luchas de fronteras en este sentido nos acerca a la pregunta que planteas. No es solo una cuestión de distribución, sino de la gramática de la vida social. La clase tiende a hacernos pensar que se trata de «quién gana cuánto» y esto no es del todo adecuado. Lo que digo también suena un poco populista. La noción de luchas de fronteras nos indica que hay un problema fundamental a la hora de trazar la línea que separa a la sociedad de la naturaleza, y esto nos lleva de nuevo al coronavirus y al derrame zoonótico. Estas cuestiones se volvieron ineludibles en la actualidad y creo que la situación actual debería bastar para dejar atrás cualquier tipo de ingenuidad al respecto.

No es solo que las luchas de frontera sean una alternativa a las luchas de clases. Es que las luchas de clases a veces toman la forma de luchas de frontera y las luchas de frontera —cuando son bien conducidas— a veces toman la forma de luchas de clases.

Se plantean problemas muy serios cuando se piensa en la relación entre el trabajo remunerado —que asumo que existirá, de alguna manera, en una sociedad socialista— y las otras actividades que realizamos en nuestras comunidades, las relaciones familiares, la crianza de los niños, etc. Estos problemas no desaparecerán y son precisamente a los que me refiero cuando hablo de luchas de frontera. Es probable que, en el momento en que nos involucramos en estas luchas, los intereses no estén del todo claros. Como socialista democrática, asumo que en una sociedad socialista deberá haber algún tipo de mercado. No creo que podamos seguir hablando de economías planificadas. Pero los problemas se plantean cuando nos preguntamos cuáles son las fronteras legítimas en el marco de las cuales deben funcionar los mercados o qué cosas es legítimo comprar y vender. Pienso que hablar de luchas de frontera implica asumir que debemos disputar todo esto en las sociedades capitalistas. No es solo que las luchas de frontera sean una alternativa a las luchas de clases. Es que las luchas de clases a veces toman la forma de luchas de frontera y las luchas de frontera —cuando son bien conducidas— a veces toman la forma de luchas de clases.
 
MM.- En tu conversación con Rahel Jaeggi rechazaste la idea de un capitalismo «posracista» o «postsexista», pero en «¿Es el capitalismo necesariamente racista?», tu conclusión es que tal vez nos dirigimos hacia una forma de acumulación capitalista en la que se diluirá «la base estructural del racismo», porque ya no se separará tajantemente la expropiación (que fundamentaba la opresión racista) de la explotación. ¿Podríamos decir lo mismo de la reproducción social y el patriarcado?

No planteo esta cuestión para embarcarnos en «experimentos mentales» sobre una eventual forma del capitalismo «indiferente al género», sino más bien para evaluar el significado y el estatus de los avances del movimiento feminista. Empujados por las luchas feministas, ¿asistimos a una despatriarcalización parcial del capitalismo?
 
NF.- Personalmente, evito usar el término patriarcado porque tiene un sentido técnico que remite al dominio de hombres mayores y a una idea de dependencia que incluye tanto a hombres como a mujeres. Prefiero hablar de las formas específicamente capitalistas de dominación masculina. Y creo que estas formas de dominación remiten a algo que —hasta donde alcanza mi entendimiento— es específico de las sociedades capitalistas en tanto se oponen a las sociedades precapitalistas. Lo que es específico en las sociedades capitalistas es la diferenciación aguda entre la producción de mercancías, que se apoya en el trabajo asalariado y en la acumulación de capital, y la reproducción social, que se apoya en gran medida en el trabajo no asalariado de la familia y de ciertos miembros de las comunidades, especialmente las mujeres. Creo que la separación de estas dos funciones esenciales de la sociedad en función del género es específica del capitalismo, y si hay un eje estructural de las formas de dominación masculina, es ese.

Ahora bien, diría que no es posible superar completamente la dominación masculina sin modificar esa separación. Debemos imaginarnos de una forma completamente nueva la relación entre la producción y la reproducción, una forma que haga que sean mucho más porosas la una a la otra. Lo cierto es que estas esferas no pueden diferenciarse de manera categórica, tanto en términos de su relación con la acumulación de capital como en términos de las formas en las que se relacionan con el género. Es como el cambio climático y la idea de que en realidad la descarbonización es imposible. No se puede construir una sociedad sustentable sin descarbonizar. No se puede tener una sociedad realmente justa en términos de género sin meterse con esa división. En algún sentido, se trata de argumentos paralelos. Y agregaría que allí donde la raza está en juego, es imposible alcanzar la justicia racial sin meterse con la distinción entre explotación y expropiación, trabajo libre y trabajo injusto o forzado, que creo que es el fundamento de la cuestión racial.

Los movimientos feministas que, a falta de una palabra más adecuada, podemos definir como anticapitalistas, se encuentran entre la espada y la pared. Es necesario luchar contra el feminismo liberal y contra los sectores que defienden la «familia tradicional» a la vez.

Pero también agregaría lo que Hester Eisenstein denomina «relaciones peligrosas» entre el feminismo —o las formas del feminismo burgués liberal— y el capitalismo, que tiene que ver con el hecho de que muchas fuerzas que promueven el capitalismo también quieren desmontar estas relaciones tradicionales de género, estas jerarquías tradicionales que pueden representar en sí mismas obstáculos a la mercantilización, la capitalización y la financierización de las cosas a gran escala. Si no percibimos esto, seguiremos imaginando al capitalismo como un sistema conservador, aristocrático y paternalista. Este es también el motivo por el cual existe una extraña hostilidad entre las élites liberales (que incluyen a la feministas liberales, Wall Street, Hollywood, Silicon Valley y todos los sitios en los que existe un capitalismo neoliberal progresista) y las comunidades evangélicas y aquellos sectores de lo que podríamos denominar el «mundo de Donald Trump», que están a favor de la familia tradicional. 

Tenemos ahora una nueva jueza en la Corte Suprema de los Estados Unidos que representa esto a la perfección. Es la antítesis de Hillary Clinton. Estas dos figuras icónicas representan la oposición entre el feminismo liberal de Wall Street y los valores de la familia tradicional. Frente a esta situación, los movimientos feministas que, a falta de una palabra más adecuada, podemos definir como anticapitalistas, se encuentran entre la espada y la pared. Es necesario luchar contra ambos a la vez.
 
MM.- Como mencionaste, la crisis del Covid-19 es un ejemplo impresionante de cómo las externalidades interactúan con el capitalismo de manera compleja y pueden conducir al tipo de crisis capitalistas que defines como «multidimensionales». En otra parte también afirmaste que, al menos desde 2008, la etapa actual de capitalismo financiarizado y neoliberal atraviesa una crisis —tal vez terminal— que podría implicar eventualmente el desplazamiento hacia una forma diferente de acumulación capitalista. ¿Qué se puede decir de la crisis actual?
 
NF.- Me gustaría señalar algunos elementos en la forma en que planteas la pregunta. Uno es que debemos distinguir entre crisis sectoriales y crisis generales. Una crisis sectorial implica que, en un régimen capitalista de acumulación o en una fase de desarrollo capitalista, un área importante empieza a ser disfuncional, enfrenta algún obstáculo insuperable, desestabiliza el sistema, etc. Solemos pensar las crisis económicas de esta manera. Los historiadores pueden brindar ejemplos de estas crisis en una esfera o sector de la sociedad, en este caso, la economía.

No es lo mismo que una crisis general de todo el orden social. Los historiadores también utilizan este concepto de crisis general: una suerte de sobredeterminación de obstáculos y disfuncionalidades. De hecho, creo que esto es lo que estamos viviendo en este momento. Es verdad que vivimos formas periódicas de crisis económica, como la de 2007-2008, que estuvo a punto de convertirse en un colapso financiero, aunque al parecer nuestros gobernantes encontraron la forma de resolver el problema. Pero pienso que ahora podemos comprender que este impulso hacia la financierización es una bomba de tiempo que está siempre a punto de explotar y que, en este sentido, la crisis no se resolvió.

Al mismo tiempo, tenemos el problema del calentamiento global y una crisis ecológica muy grave, tal vez catastrófica, que se estuvo gestando durante mucho tiempo y que ahora se volvió evidente. Cada vez más sectores de la población mundial, incluso aquellos que lograron mantenerse relativamente aislados de los efectos más nocivos, están empezando a comprender la magnitud de la crisis. También tenemos una crisis de la reproducción social, es decir, de todas aquellas actividades esenciales vinculadas al nacimiento y el cuidado de los seres humanos, que no siempre están directamente mercantilizadas: educación, salud, trabajo doméstico, trabajo de cuidados, etc. Este sector también está en crisis. Es muy interesante observar el activismo que se genera en torno a estos sectores, que en algunos casos albergan más actividad sindical que ciertas áreas de la industria.

Hasta aquí tenemos una crisis de la reproducción social y una crisis ecológica. Pero creo que también atravesamos una grave crisis política. Y la elección de Joe Biden en los Estados Unidos está lejos de ser una solución. Se trata en parte de una crisis de gobierno, con lo cual me refiero a que incluso los países más poderosos, como Estados Unidos, carecen en este momento de la capacidad de gestión para resolver los problemas que enfrentan. El poder corporativo los supera. Son incapaces de lidiar con una cuestión como el cambio climático, que no es susceptible de ser contenida en los límites de una frontera jurisdiccional. La crisis de gobierno se está desarrollando a nivel estructural.

Sin embargo, también hay una crisis de hegemonía en el sentido gramsciano, un abandono generalizado de la «normalidad» política. La gente se aleja de los partidos políticos tradicionales y de las élites asociados con (y habría que añadir: deslegitimados o mancillados por) las políticas neoliberales. Todos estos elementos se suman y resultan en una crisis general. Una buena metáfora para pensar la crisis es la metástasis: es posible forzar a un cáncer que surge en un lugar determinado a retroceder, pero luego puede irrumpir en otro lugar. En nuestro caso, puede tratarse tanto de un lugar geográfico como de uno sectorial. Pienso que esta crisis se está volviendo palpable y evidente para mucha gente. Sin embargo, esto no significa que nos estemos acercando a algún punto de colapso total o resolución revolucionaria que nos llevará a tomar el Palacio de Invierno o algo por el estilo. Desafortunadamente, las crisis pueden desarrollarse durante mucho tiempo.

Esta crisis se está volviendo palpable para mucha gente. Sin embargo, esto no significa que nos estemos acercando a algún punto de colapso total o resolución revolucionaria. Desafortunadamente, las crisis pueden desarrollarse durante mucho tiempo.

El hecho de que esta crisis sea particularmente aguda, multidimensional, sobredeterminada o metastásica no significa que podamos saber cuál será el resultado del juego ni cuándo se terminará. En la historia del capitalismo hubo crisis generales que se desarrollaron durante décadas. Podríamos decir que todo el siglo XX, hasta la derrota del fascismo y el final de la Segunda Guerra Mundial, fue solo el despliegue de la crisis general del capitalismo colonial liberal o de laissez faire. Tal vez quede un largo camino por andar.
 

MM.- Las previsiones son siempre difíciles, sobre todo ante grandes eventos todavía en desarrollo. Sin embargo, quisiera insistir: ¿se perciben tendencias hacia un nuevo modo de acumulación o, para ponerlo en tus términos, hacia una redefinición de «las fronteras» que dieron forma a la fase actual del capitalismo?
 
NF.- Diré algo sobre los escenarios posibles, pero quiero destacar que no son predicciones. En primer lugar, podemos imaginar que la crisis actual es lo que la Escuela de Binghamton denomina una «crisis de desarrollo», es decir, que no se trata de una crisis de época. Una crisis de desarrollo implica que lo que entra en crisis es un régimen específico de acumulación, una forma específica de organizar la naturaleza, la economía, la producción, la reproducción, la relación entre el Estado y el mercado, etc. Hay momentos en la historia del capitalismo en los que un régimen establecido y profundamente arraigado entra en crisis. Y la crisis se resuelve eventualmente mediante la restructuración del sistema: una nueva manera —en el marco del capitalismo— de organizar la producción y la reproducción.

Podríamos pensar en la socialdemocracia o en el New Deal, en el caso de Estados Unidos, como formas de reorganizar la relación entre la producción y la reproducción. Los Estados asumieron una responsabilidad mucho más explícita a la hora de garantizar cierto equilibrio social y se comprometieron en la financiación o en la organización de algunos trabajos de cuidado sociales y reproductivos. En teoría, podemos imaginar una analogía ecológica en la actualidad: las organizaciones intergubernamentales probablemente podrían asumir la responsabilidad de internalizar estas externalidades, en el sentido de someterlas a la gestión y la regulación para prevenir que se salgan de control, por decirlo de alguna forma, o evitar que se vuelvan en su contra. Una crisis que termina así no es una crisis del capitalismo en sí mismo, es decir, una crisis ética en la que el capitalismo mismo cede el paso a una forma de organización social no capitalista o poscapitalista. Habrá sido, en cambio, una crisis de desarrollo intrínseca al capitalismo, que hace que el capitalismo entre en una nueva fase de desarrollo.

Así sucedió a lo largo de toda la historia del capitalismo. Podríamos decir que nos sorprendieron su creatividad y su ingenio, su capacidad para encontrar nuevas maneras de reformarse a sí mismo. Estoy haciendo un juicio antropomórfico que en realidad debería evitar, porque son siempre actores sociales los que promueven estos proyectos de reforma y restructuración. Pero la idea de la crisis de desarrollo es esta: luego de un largo andar en la crisis —durante el cual se despliegan muchas luchas hegemónicas para conformar nuevos bloques históricos— se presenta una alternativa y gana suficiente apoyo. El resultado es una nueva forma de capitalismo. Esto es lo que intentó hacer la socialdemocracia a nivel del Estado nación: garantizar algunas de las condiciones de fondo para que el capital se mantuviera en funcionamiento y salvaguardar la dinámica de la acumulación como eje impulsor mientras gestionaba algunas cosas en los márgenes. Es como Ulises que se ata al mástil para impedirse a sí mismo destruir sus propias condiciones de posibilidad.

Digo esto porque hay otra alternativa, que implicaría un punto de inflexión de tal magnitud que no seríamos capaces de resolver la crisis por medio de una nueva forma de capitalismo. Por ejemplo, es probable que el calentamiento global represente algo más que los límites de un régimen específico. Tal vez el calentamiento global le plantee un límite al capitalismo en sí mismo. Por supuesto, no lo sabemos, o al menos yo no creo poder decidir si esto es así o no, porque la historia de la creatividad del capitalismo siempre me da que pensar. Si resulta que se trata de una crisis ética del capitalismo en tanto tal, entonces existen distintas posibilidades. Algunas deseables, como por ejemplo alguna forma de socialismo democrático mundial. De nuevo, es muy difícil describir exactamente cómo sería, pero de alguna manera desmontaría la dinámica de la acumulación, la ley del valor, etc. Y luego, en el otro extremo del espectro, tenemos toda una serie de resultados poscapitalistas o no capitalistas realmente terribles: escenarios dominados por caudillos militares autárquicos, guerras permanentes, regresión social o algún tipo de régimen mundial autoritario. Hay también, supongo, otra posibilidad, que es que la crisis no se resuelva, que simplemente se desarrolle una lenta canibalización de la sociedad humana, una especie de lento retroceso que nos devuelva a la mera lucha por la supervivencia.

Quiero volver a destacar que no estoy haciendo ninguna predicción. Pero creo que sería más justo decir, en los horizontes del presente, que los dos escenarios más alentadores giran en torno a un Green New Deal a nivel mundial en el marco del capitalismo o a alguna forma de socialismo democrático que vaya más allá del capitalismo. Tampoco estoy segura de si puede existir un Green New Deal a nivel mundial en el marco del capitalismo. Es probable que no sea posible alcanzar la reducción de carbono necesaria en los límites del capitalismo. En tal caso, esta alternativa no existiría en absoluto. Luego viene la solución del socialismo democrático a nivel mundial, que es aquella a favor de la cual me posiciono, al menos en teoría. Estos son los dos escenarios por los que considero que vale la pena luchar y que deberíamos intentar generar. Y es posible que un Green New Deal a nivel mundial, aun si no es sustentable en el largo plazo, sirva como una especie de programa transicional (como solían decir los trotskistas) que nos guie hacia el socialismo democrático.

Los dos escenarios por los que considero que vale la pena luchar son un Green New Deal a nivel mundial en el marco del capitalismo o alguna forma de socialismo democrático que vaya más allá del capitalismo.

Por supuesto, nadie puede saber lo que sucederá, porque en realidad depende de las acciones de la gente. En este sentido, lo que intento hacer con mi obra es aclarar la magnitud, la dinámica y la naturaleza de la crisis en sus múltiples dimensiones. Mi objetivo final es brindar una especie de mapa para la gente que está comprometida o que está pensando en comprometerse con alguna forma de activismo político. Esta gente tiene toda una serie de preocupaciones y de intereses que resultan apremiantes. Pero estos intereses son parciales por definición, y lo que quiero hacer es ayudar a que la gente perciba en dónde encajan en el mapa general de esta crisis y brindar una imagen de la situación de las fuerzas sociales, de forma tal que todas estas preocupaciones e intereses particulares puedan ser movilizados para producir una mejor solución a la crisis.
 
MM.- Tu descripción se asemeja a una estrategia populista: la idea de que la sociedad está compuesta de intereses o demandas parciales y que el desafío es hacer que estos intereses diversos se fusionen en un agente político coherente. En ocasiones anteriores también hablaste favorablemente del populismo de izquierda. Sin embargo, los acontecimientos recientes parecen mostrar experiencias fallidas del populismo de izquierda, mientras que su variante de derecha parece exhibir un historial más exitoso. ¿Qué balance se puede extraer de esto?
 
NF.- Empecé a pensar seriamente en el populismo luego de Occupy Wall Street. Me sorprendió mucho este lenguaje del 99% y el 1%. Desde mi punto de vista, este es el lenguaje del populismo por antonomasia. Tal vez carezca de la precisión y del rigor del análisis de clase, pero es inmediatamente comprensible y poderoso. Evoca una respuesta afectiva. Me sorprendió mucho la velocidad con la que se comprendía este discurso, fue un momento de genialidad retórica de quienes lo inventaron. Al menos en el contexto de Estados Unidos, este lenguaje se popularizó con Bernie Sanders, que empezó a usar una palabra muy potente: «rigged» [arreglado, amañado], como cuando se dice que la economía está arreglada, que las elecciones están arregladas, que el sistema arreglado, etc. Trump tomó este lenguaje de Bernie Sanders y le dio un giro propio.

De nuevo, estoy pensando en Estados Unidos, aunque creo que lo que digo también es pertinente en otros países. En la época de Occupy Wall Street empecé a pensar en la cultura política estadounidense y en el período previo del activismo, que estuvo fuertemente centrado en lo que se denomina «políticas identitarias». El hecho de que la gente estuviese hablando de repente del 99% contra el 1% me hizo pensar que existía, al menos en potencia, una enorme fuerza de izquierda en Estados Unidos. Me pareció que este discurso lograba llegar a mucha gente que sentía, tal vez sin darse cuenta, que necesitaba un análisis capaz de explicar de las conexiones y de armar una gran fuerza capaz de superar la fragmentación que tanto había debilitado a la izquierda. También me di cuenta de que podía distinguir el populismo de izquierda del populismo de derecha.

Básicamente, mi idea es que ambos brindan una especie de mapa que define quiénes están arriba y quiénes abajo, quiénes pisan las cabezas de quiénes. En el caso del populismo de izquierda, tal como muestra el 99% contra el 1%, se afirma que existe una oligarquía elitista o un pequeño grupo de gente que parasita a todo el resto. Entonces la idea es intentar movilizar a todo el mundo en contra de ese pequeño grupo. El populismo de derecha no tiene esta estructura dual. Tiene una estructura tripartita. Hay una élite parasitaria y luego una clase baja parasitaria que «nos roba lo que es nuestro». En el populismo de derecha, al «pueblo» lo conforman quienes están atrapados en el medio. Por lo tanto, el populismo de derecha se alza contra el 1% pero también contra los inmigrantes, contra la gente de color, contra las minorías sexuales, etc. Es un cuadro muy diferente, un mapa muy diferente. Pienso que es importante enfatizar que el populismo de izquierda tiene una estructura distinta.

Una segunda diferencia es que el populismo de derecha define al enemigo en términos concretos, identitarios o sustantivos. Por lo tanto, cuando definen a quienes están arriba, siempre se trata de una conspiración internacional judía o, si están abajo, de inmigrantes sucios o negros vagos, etc. Son distinciones identitarias concretas que definen una categoría de persona —el enemigo— en términos de sus características culturales o sustantivas. En contraste, el populismo de izquierda como mucho define las características del enemigo, es decir, no define a nadie en términos de su cultura, su identidad ni nada concreto, sino en términos de la función que ocupa en el sistema. Cuando se dice «Wall Street», por ejemplo, comprendo que históricamente la frase puede desplazarse hacia los banqueros judíos. Es verdad que no hay una barrera absoluta entre los dos populismos. Pero desde mi punto de vista, la identificación del mundo de las finanzas con «el sistema» es correcta. Hoy existe una forma de capitalismo en la cual las finanzas juegan un rol muy importante, muy distinto del que jugaban en otras formas de capitalismo anteriores.

Luego hay que pensar si el populismo de izquierda así definido funciona como una especie de formación transicional capaz de conquistar victorias. Y no solo victorias. La cuestión es también saber si, en el curso de la lucha, este mismo populismo de izquierda puede enseñarles a las personas cosas nuevas, si puede ayudarlas a comprender el sistema y explicar lo que significa afirmar que el sistema esté arreglado. Arreglado, en el sentido del populismo de izquierda, no significa como dice Trump que alguna gente está hackeando las máquinas para votar y moviendo datos de una columna a otra. Como marxistas, sin importar la tendencia a la que pertenezcamos, deberíamos ser capaces de darle contenido a la afirmación y explicar qué significa que el sistema esté arreglado para funcionar en contra de los trabajadores. Tal vez las formaciones populistas de izquierda sean capaces de brindar una puerta de acceso a la lucha política que, a medida que se desarrolle, logre refinar el discurso y aclarar qué es el sistema y qué es lo que se necesita para cambiarlo.

Ahora bien, una vez dicho esto, acuerdo perfectamente contigo en que el historial del populismo de izquierda hasta el momento, si se lo compara con el de derecha, no es tan impactante, en el sentido de que el populismo de derecha tuvo mucho más éxito a la hora de ganar y sostener el apoyo de un gran número de personas. Pero añadiría que, en este caso, una parte del problema es el descrédito que afecta a la socialdemocracia en todo el mundo, es decir, el descrédito de los partidos socialdemócratas, muchos de los cuales se autodenominan socialistas. Hubo gente, que no provenía de la derecha dura, que tuvo una enorme responsabilidad en la institución del neoliberalismo: los Clinton en Estados Unidos, Blair en Gran Bretaña y Schröder en Alemania. Lo que intentaron hacer estas formas de populismo de izquierda es ocupar una parte del espacio que solía pertenecerle a los partidos socialdemócratas, y lo hicieron utilizando un lenguaje diferente. Obviamente, existen puntos en los que la política socialdemócrata y el populismo de izquierda se superponen: si analizamos en detalle a Bernie Sanders, por ejemplo, sería difícil negar que es un socialdemócrata. Se trata de una ética distinta, de otra retórica.

El populismo de izquierda afirma que existe una oligarquía elitista que parasita a todo el resto. El populismo de derecha no tiene esta estructura dual, sino una tripartita. Hay una élite parasitaria y luego una clase baja parasitaria que «nos roba lo que es nuestro».

En cualquier caso, no veo otra estrategia viable. Debemos disputar a los sectores que en este momento apoyan al populismo de derecha. Por supuesto, me refiero a aquellos que no pasaron de la raya, porque ciertamente hay algunos que son irrecuperables. Sea como sea, no podemos partir de que perdimos a las grandes mayorías contra la política de derecha. Si esto es así, entonces el juego está terminado. Debemos empezar por asumir que es posible recuperar a una porción significativa de los votantes de Trump en Estados Unidos, o de los de Bolsonaro en Brasil. Porque sabemos que no siempre fue así: mucha gente votó a Lula o a Dilma, del mismo modo en que alrededor de 8 millones de personas votaron por Obama. Creo que lo que hace el populismo de izquierda es reconocer, validar y defender los reclamos legítimos de las personas y brindarles, al mismo tiempo, una interpretación diferente de cuál es el problema: quién es exactamente el que está manipulando qué cosa, por qué el eje puesto en el desprecio a las clases bajas lleva a un callejón sin salida, por qué jamás será posible crear una coalición lo suficientemente grande como para derrotar a las fuerzas reales del capital global y de las finanzas mientras la clase trabajadora esté dividida, etc. En otras palabras, creo que en este punto nuestra única esperanza es un populismo de izquierda que sea capaz de evolucionar hacia algún tipo de movimiento socialista.

 

Nancy Fraser es una filosofa política, intelectual y feminista estadounidense. Es profesora de filosofía en The New School en Nueva York. Es ampliamente conocida por sus críticas y contribuciones teóricas en el ámbito de la filosofía política, especialmente es cuestiones de política de la identidad, sobre justicia social y teoría feminista. 

Martín Mosquera es editor principal de Jacobin América Latina.

Traducción: Valentín Huarte

 

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