La inacción ante el cambio climático amenaza la vida en el planeta: ONU

Alarmante informe de expertos

Más de la mitad de la población mundial ya es muy vulnerable al impacto ambiental

 

La mitad de la población mundial ya es "muy vulnerable" a los impactos crueles y crecientes del cambio climático, y la inacción "criminal" de los dirigentes amenaza con reducir las pocas posibilidades de un futuro vivible en el planeta, advirtió ayer la Organización de Naciones Unidas (ONU).

El nuevo informe del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC) es un verdadero atlas del sufrimiento humano y no deja lugar a dudas: las consecuencias del calentamiento global provocado por las actividades humanas no se limitan al futuro.

El cambio climático y las condiciones meteorológicas extremas ya están perjudicando a la economía mundial y, si no se controlan, sumirán a millones de personas en la pobreza al tiempo que aumentarán los precios de los alimentos y perturbarán el comercio y los mercados laborales, añadió.

Sequías, inundaciones, canículas, incendios, inseguridad alimentaria, escasez de agua, enfermedades, subida de las aguas... Entre 3 mil 300 y 3 mil 600 millones ya son "muy vulnerables", subraya el resumen para quienes deciden, negociado línea por línea, palabra por palabra, por los 195 estados miembros en esta sesión a puertas cerradas que se extendió más de 24 horas de las dos semanas previstas.

Y esto es sólo el principio. Si el mundo no se decide rápido a reducir de manera drástica las emisiones de gases de efecto invernadero, deberá hacer frente a un diluvio de impactos inevitables y, a veces, irreversibles en las próximas décadas.

"He visto muchos informes científicos en mi carrera, pero ninguno como este", reaccionó el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, quien lo describió como "un atlas del sufrimiento humano y una acusación que apunta al fallido liderazgo en materia climática".

El sufrimiento es aún más importante para las poblaciones frágiles, los pueblos autóctonos o pobres, insiste el IPCC. Pero también afecta a países ricos, como lo recuerdan las terribles inundaciones en Alemania o los incendios devastadores en Estados Unidos el año pasado.

Frente a este dramático panorama, este informe no debería quedar eclipsado por la ofensiva en Ucrania, afirma Hans-Otto Pörtner, copresidente del grupo del IPCC que preparó el reporte. "El calentamiento del planeta nos persigue, ignorarlo no es alternativa", declaró a la agencia de noticias Afp.

El nuevo informe de los expertos es un recordatorio de que la crisis climática amenaza a todos”, declaró Antony Blinken, jefe de la diplomacia estadunidense.

Cuestión de supervivencia

La temperatura del planeta aumentó una media de 1.1 grados Celsius desde la era preindustrial, y el mundo se comprometió en 2015, en el Acuerdo de París, a limitar el calentamiento bien por debajo de 2 grados, si es posible 1.5.

En la primera parte de su informe publicado en agosto pasado, los expertos del IPCC estimaron que para 2030 –es decir, 10 años antes de lo pensado– la temperatura alcanzaría el umbral de 1.5 grados Celsius.

Antes de un tercer informe previsto en abril sobre las soluciones para reducir las emisiones de gases de afecto invernadero, el documento publicado ayer subraya que superar aunque sea de manera temporaria el umbral de 1.5 grados Celsius podría causar daños irreversibles en los ecosistemas frágiles como los polos, las costas y las montañas, con efectos en cascada para las comunidades que viven ahí.

Las consecuencias desastrosas aumentarán con cada décima suplementaria de calentamiento.

El informe anticipa, además, la desaparición de 3 a 14 por ciento de las especies terrestres y advierte que para 2050 cerca de mil millones de personas vivirán en zonas costeras de riesgo.

En lo que denominó un "escenario de alta vulnerabilidad", estimó que para 2050 habrá 183 millones de personas desnutridas en los países de bajos ingresos debido al cambio climático.

El documento se publica en un contexto de aumento de los precios de los combustibles y de la inflación que ha llevado a algunos políticos a resistirse a los esfuerzos por promover fuentes de energía más limpias, argumentando que hacerlo sólo aumentará el costo de la vida de los más pobres.

"La adaptación es crucial para nuestra supervivencia", comentó el premier de Antigua y Barbuda, Gaston Browne, quien preside la Alianza de Pequeños Estados Insulares (AOSIS).

Brown instó a los países desarrollados a respetar su compromiso de aumentar la ayuda climática a los países pobres, en particular para permitirles prepararse para enfrentar las catástrofes que anuncian.

Sobre este punto, el informe constata que a pesar de algunos progresos, los esfuerzos de adaptación son en su mayoría "fragmentados, a pequeña escala" y que sin un cambio de estrategia, la brecha entre las necesidades y lo que hay que hacer podría acentuarse.

Pero en un cierto punto, adaptarse ya no será posible. Algunos ecosistemas ya fueron empujados "más allá de su capacidad de adaptarse" y otros se sumarán si el calentamiento global continúa, advierte el IPCC, subrayando que la adaptación y la reducción de las emisiones de dióxido de carbono deben ir de la mano.

“A la luz de los compromisos actuales, las emisiones mundiales aumentarán casi 14 por ciento en la década actual. Eso supondrá una catástrofe. Destruirá cualquier posibilidad de mantener vivo el objetivo de 1.5 grados Celsius, denunció Guterres, señalando como "culpables" a los grandes países emisores.

"El abandono del liderazgo es un delito", mencionó.

A pesar del cataclismo constatado, varios estados como China, India y Arabia Saudita intentaron durante la negociación retirar las referencias al objetivo de 1.5 grados Celsius, indicaron fuentes que participaron en las discusiones.

El mundo prometió en la conferencia sobre clima de Naciones Unidas COP26 de Glasgow, en noviembre, acelerar la lucha contra el calentamiento global y reforzar sus ambiciones de cara a la COP27 de Egipto a celebrarse en noviembre próximo.

"No olvidemos una cosa: estamos todos en el mismo barco", manifestó el ex primer ministro de Tuvalu, Enele Sopoaga. "O le permitimos flotar o nos hundimos y nos ahogamos todos", agregó este ex dirigente de la pequeña isla del océano Pacífico.

Publicado enMedio Ambiente
Acuerdo con el FMI: la trama geopolítica y la disputa de fracciones del establishment de Estados Unidos

El Fondo Monetario actúa como un organismo internacional político de poder global

El Fondo Monetario no es un banco comercial ni de inversión, y tampoco un fondo de inversión internacional. Es una institución multilateral controlada por las potencias, utilizada como herramienta de poder geopolítico para desplegar la estrategia hegemónica global de Estados Unidos, al tiempo de imponer un condicionamiento amplio (económico, financiero, social y político) sobre países endeudados. Existen disputas de poder a nivel local, pero también al interior del FMI que expresan las peleas entre fracciones del establishment estadounidense. 

 

Con el antecedente de veintiún programas fallidos en 65 años, ya se debería incorporar como una variable clave en el análisis del vínculo de Argentina con el Fondo Monetario Internacional de que todo acuerdo es político. Y que lo más probable con el próximo a rubricar es que no se cumplan las metas tal como se enuncian al inicio y, por lo tanto, habrá un largo ciclo de negociaciones –tensiones- permanentes en la relación con ese organismo cuyo dueño principal es Estados Unidos.

Rescatar el factor político del acuerdo no significa que la cuestión económica-financiera sea poco importante, sino que concentrar las observaciones exclusivamente en ese aspecto debilita la comprensión de lo que significa el FMI a nivel global y el papel que cumple de injerencia en la política local.

El Fondo Monetario no es un banco comercial ni de inversión, y tampoco un fondo de inversión internacional. Es una institución multilateral controlada por las potencias, utilizada como herramienta de poder geopolítico para desplegar la estrategia hegemónica global de Estados Unidos, al tiempo de imponer un condicionamiento amplio (económico, financiero, social y político) sobre países endeudados.

Un programa con el Fondo entonces no se limita a definir números fiscales, monetarios, de reservas, del tipo de cambio, de las tarifas de servicios públicos y de otras variables macroeconómicas. Esas cifras conforman el marco general que determina una mayor o menor asfixia de la economía con el objetivo exclusivo de generar excedentes para pagar la deuda. En este caso, la deuda en dólares con el propio FMI, además de la comprometida con bonos en manos de acreedores privados, extranjeros y locales.

La diferencia sustancial respecto a las relaciones crediticias que se establecen con el mercado de capitales global es que el vínculo financiero con el Fondo incorpora componentes políticos y de relaciones internacionales, elementos que son tan importantes como las proyecciones macroeconómicas.

Esta es la consecuencia más gravosa de la decisión del gobierno de Mauricio Macri de traer de nuevo al FMI porque, además de la merma de soberanía en la definición y administración de la política económica, sumó un factor geopolítico muy perturbador para cualquier proyecto de integración regional y de desarrollo nacional.

Peleas de poder

La disputa política local entre el oficialismo y la oposición, y al interior de la coalición de gobierno, respecto al modo de relacionarse con el FMI es evidente. No se puede esperar otra cosa cuando el Fondo Monetario pasó a ocupar un lugar central en la cuestión económica y en la política nacional. La traumática historia de la economía argentina con el FMI es lo suficientemente extensa para no tener que sorprenderse por los conflictos que genera.

La renuncia de Máximo Kirchner a la presidencia del bloque de diputados oficialista es el más reciente cimbronazo. Un aspecto poco mencionado es que ese paso al costado, más allá de la valoración conceptual de esa posición detallada en una carta pública, lo concretó luego del anuncio del acuerdo y no antes, diferencia temporal importante puesto que de ese modo probablemente evitó demoras para alcanzarlo o, en forma más drástica, eludió la posibilidad de directamente tumbarlo. Es un comportamiento político de Máximo Kirchner que parece no haber sido registrado por la mayoría de analistas ni en la propia Casa Rosada.

Otro frente poco evaluado cuando se aborda la relación con el FMI es que también existen peleas de poder al interior del organismo. El hecho más contundente de esa disputa fue el ensayo de golpe palaciego contra Kristalina Georgieva, en septiembre pasado, de la fracción del establishment estadounidense más conservador.

Georgieva fue acusada de ejercer influencias para beneficiar a China en el informe "Doing Business 2018". En ese reporte se elabora un índice de "facilidad para hacer negocios" en los países.

En términos prácticos, resultaba insignificante lo que le cuestionaban a Georgieva que, según la denuncia, habría presionado para que China se mantuviera en el puesto 78 y no bajara al 85. Es evidente que se trataba de un hecho menor. El aspecto interesante es identificar quiénes y por qué hubo un intento de desplazarla del máximo cargo del FMI.

En esta instancia irrumpe la trama geopolítica del acuerdo con el FMI y la pelea al interior del establishment (financistas y funcionarios) de Estados Unidos para tener el control del organismo.

No existen grupos mejores que otros al interior del poder estadounidense, sino que expresan visiones hegemónicas con matices que los diferencian. Son cuestiones relevantes de conocer para evaluar con mayor grado de precisión las tensiones locales y externas que existen alrededor del acuerdo con el gobierno de Alberto Fernández.

Globalistas versus continentalistas

Los investigadores Walter Formento, Juan Constant, Sebastián Schulz y Ernesto Mori publicaron "Hacia una salida multipolar frente a la encerrona del FMI" en el portal del Centro de Investigaciones de Política y Economía.

Explican que existen distintos proyectos de poder que se expresan al interior del FMI, y que esa fractura se manifiesta en tres líneas política-estratégicas del establishment estadounidense (alianzas de partidos políticos con corporaciones), que pasan a detallar:

  1. El sector denominado "globalistas" (con posiciones fuertes en los centros financieros Wall Street, Londres, Hong Kong) se expresa en megabancos y fondos financieros de inversión globales. Sus naves insignia son el HSBC, el Citigroup, el Santander, y corporaciones como Shell, Turner, CNN y, cada vez con mayor presencia, las grandes corporaciones de las telecomunicaciones. Este esquema de poder volvió a ocupar la presidencia de los Estados Unidos a partir de la victoria de Joe Biden, Kamala Harris, Antony Blinken y Nancy Pelosi, y está mediado políticamente (en gran medida) por el Partido Demócrata.
  2. El bloque de poder llamado "continentalista"está enfrentado profundamente con los "globalistas". Sus naves insignia son Bank of América, JP Morgan, Goldman Sachs, grandes corporaciones petroleras como Exxon Mobil, además de la cadena FOX. Este proyecto estratégico está más contenido dentro de la territorialidad de estado-nación de país central con proyección regional (ALCA, T-MEC), y están expresados políticamente en el núcleo más conservador del Partido Republicano de George W. Bush, Mike Pence, John Bolton, Rex Tillerson, Mike Pompeo, entre otros. Su estrategia a nivel regional recupera los principios básicos de la “Doctrina Monroe” de “América para los americanos” y considera a Latinoamérica como su “patio trasero”.
  3. El grupo "nacionalistas-industrialistas", sintetizado en la figura de Donald Trump, es expresión política del empresariado industrial mercadointernista, los sectores de capital derrotados con la globalización impulsada por las transnacionales, con eje en el complejo siderúrgico del llamado “cinturón industrial”. Promueven una vuelta a la “grandeza” de la nación estadounidense e intentan articular al núcleo conservador de la población blanca y anglosajona (WASP). Entre las fracciones neoconservadoras continentalistas del Partido Republicano y los industrialistas expresados por Trump existen alianzas tácticas vinculadas al fuerte enfrentamiento contra el sector globalistas.

El cuarteto de investigadores señala que el declive relativo de la hegemonía angloamericana en el sistema mundial agudiza progresivamente la disputa interna entre las distintas fracciones financieras, de forma tal que en algunos artículos ellos han caracterizado este proceso como la "Perestroika norteamericana".

Una de las disputas entre continentalistas y globalistas es por el papel y control de las instituciones multilaterales, entre ellas el FMI.

Mencionan, a la vez, que, a pesar de esas peleas, entre los tres grupos existen ciertos acuerdos tácticos respecto a grandes objetivos geopolíticos, entre los cuales se encuentra "recuperar la hegemonía sobre América latina y (re)subordinar a la región tras los incipientes procesos de integración regional autónoma de 2000 a 2015".

El objetivo geopolítico del crédito a Macri

Resulta tan desopilante un préstamo del FMI por un monto global de 57 mil millones de dólares, como el entregado en tiempo record al gobierno de Macri salteando las normas crediticias básicas del organismo, que no puede explicarse exclusivamente para facilitar la fuga y la salida de fondos especulativos de la economía argentina.

Además de cumplir con esa tarea tradicional de toda línea de financiamiento del Fondo para cualquier país con problemas financieros, ese crédito impuesto por la administración Trump y ejecutado por la conducción de Christine Lagarde tuvo un objetivo geopolítico bastante claro: dejar atrapada a la Argentina al esquema de poder del establishment estadounidense "continentalista" que, como se mencionó antes, está enfrentada con la "globalista", pero también contra los proyectos multipolares (China y Rusia) que desde hace algunos años comenzaron a ascender a nivel mundial.

Los investigadores apuntan que de este primer objetivo geopolítico se desprende el segundo: desarmar las potencialidades y el rol de la Argentina como articulador de una posible "segunda oleada" de integración regional autónoma para, de este modo, consolidar su estrategia de dominación sobre Latinoamérica y terminar de hundir a la Celac como espacio de coordinación, reposicionando a la OEA.

Por ese motivo se observa tanta hostilidad del dispositivo mediático de derecha, que expresa sin rubor cada uno de los intereses económicos y políticos estadounidenses, al intento del gobierno de Alberto Fernández de revitalizar la Celac asumiendo la presidencia de ese organismo, como también a la gira oficial a Rusia y China.

La salida de Okamoto y el principio de acuerdo

Formento, Constant, Schulz y Mori afirman que los continentalistas están obstinados en imponer "la derrota del proyecto nacional y popular en la Argentina (como condición necesaria para subordinar a su 'patio trasero' y debilitar aún más los intereses globalistas dentro de Estados Unidos), mientras que los globalistas (al no ser su prioridad estratégica) son más flexibles (en principio) a arribar a un acuerdo de partes que debilite al continentalismo".

Indican que un ejemplo de esa dinámica se observó el pasado 10 de enero, cuando un grupo de legisladores demócratas pidieron, mediante una carta a la actual secretaria del Tesoro, Janet Yellen (cuadro del globalismo), que recomiende a sus representantes en el FMI reconsiderar las sobretasas que paga la Argentina.

La dilatación del acuerdo por parte del FMI a la propuesta argentina provenía de funcionarios del continentalismo, que hasta enero pasado permanecieron en puestos ejecutivos clave dentro del organismo.

Detallan que si hasta el 28 de enero no se anunciaba un principio de entendimiento con el FMI no era por razones técnico-económicas, sino geopolíticas. En la cúpula del FMI fue el representante estadounidense y subdirector del organismo, Geoffrey Okamoto, quien se opuso con mayor vehemencia a la propuesta argentina y quien “se levantó de la mesa de negociación” en diciembre de 2021, pretendiendo imponer reformas estructurales y ajustes en tiempo record.

Okamoto fue quien dio la orden de que Estados Unidos no aprobara el informe expost stand-by de 2018 del propio organismo, el 22 de diciembre de 2021. Fue también Okamoto, en 2018, cuando se desempeñaba como asesor del secretario del Tesoro de Trump, Steven Mnuchin (un ex ejecutivo de Goldman Sachs), el encargado de subordinar al entonces representante de Estados Unidos en el FMI, el demócrata David Lipton (hombre de Wall Street -globalista-, hoy asesor de Janet Yellen), quien se oponía al crédito stand-by de 2018.

La salida de Okamoto como número dos del FMI el 21 de enero pasado materializa la nueva correlación de fuerzas en Estados Unidos al interior del Fondo Monetario Internacional. En su lugar, asumió Gita Gopinath, una economista indo-estadounidense de perfil académico que llega recomendada por el globalista David Lipton.

Los investigadores concluyen que el anuncio de los lineamientos del acuerdo no significa "en absoluto que el país haya recuperado su soberanía y se desprenda de las injerencias del organismo, sino que -en principio- se logró desarticular desde la política (interna-externa) el dispositivo de reformas y ajuste violento".

Para agregar que "seguimos bajo la órbita de una organización internacional política de poder que impone o intenta imponer los intereses estratégicos de los actores que la constituyen, disputan y conducen. Pero lo nuevo es que tanto el continentalismo como el globalismo se encuentran en una profunda y creciente confrontación interna, mientras que el multipolarismo gana grados de libertad y adquiere cada vez más peso, incluso en el FMI".

Rusia y China y el proyecto de desarrollo

En esta descripción de la trama geopolítica del FMI y de la refinanciación del crédito stand-by, la gira de Alberto Fernández por Rusia y China adquiere mayor relevancia, tanto por las declaraciones del Presidente (le dijo a Vladimir Putin, presidente de Rusia: Argentina tiene que "dejar de tener esa dependencia tan grande con el Fondo y Estados Unidos") como por los acuerdos rubricados (profundización de la Asociación Estratégica Integral con China).

En el editorial del último informe de FIDE se indica que, sin subestimar el corset al despliegue de la economía argentina provocado por la carga de la deuda heredada ni el significado de tener nuevamente al FMI monitoreando la economía local, "las prioridades del desarrollo trascienden ampliamente la letra del acuerdo".

Plantea que el gran desafío es implementar una agenda de industrialización, autoabastecimiento energético, cambio tecnológico y diversificación exportadora que garantice las condiciones materiales necesarias para la estabilización macroeconómica, el crecimiento sostenible, la generación de empleo y una distribución más equitativa del ingreso.

El interrogante nodal es si con el FMI, como un organismo internacional político de poder global, instalado como auditor económico y brazo geopolítico de Estados Unidos, se pueden alcanzar esos objetivos.

6 de febrero de 2022

Publicado enEconomía
Fuentes: CADTM [Imagen: «David Malpass y Kristalina Georgieva» por World Bank Photo Collection está bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0

En enero de 2022 el Banco Mundial advirtió que los países “en desarrollo” se quedarán aún más rezagados con respecto al mundo rico al tener dificultades para recuperarse del impacto económico de la pandemia debido a la propagación de las variantes del coronavirus y su capacidad limitada para implementar medidas de reactivación. En los nuevos pronósticos económicos publicados el martes 11 de enero de 2022, el Banco Mundial dice que espera que la economía mundial experimente una recuperación a dos velocidades en 2022, lo que impulsará una desigualdad cada vez mayor. Mientras que, según el Banco Mundial, la producción de los países ricos volverá a su nivel previo a la pandemia en 2023, la de los países “en desarrollo” se mantendrá en promedio un 4% por debajo de su nivel previo a la pandemia. Según el Banco, la débil recuperación tras el impacto del coronavirus será particularmente severa en los países más vulnerables; para el próximo año, la producción en «países frágiles y afectados por conflictos y pequeños Estados insulares seguirá siendo un 7,5-8,5% más baja» que su nivel previo a la pandemia.

David Malpass, presidente del Banco Mundial, ha declarado que había una brecha entre las tasas de crecimiento de los países ricos y pobres. Ha declarado también que mientras el ingreso per cápita aumentó un 5% el año pasado en las economías avanzadas, aumentó solo un 0,5% en los países de bajos ingresos, dijo. “Vamos en la dirección opuesta a lo deseable para un buen desarrollo”. «Tenemos ante nosotros un gran problema que podría durar años».

David Malpass, presidente del Banco Mundial, ha declarado que había una brecha entre las tasas de crecimiento de los países ricos y pobres

Ayhan Kose, jefe de la unidad de pronóstico económico del banco, ha declarado que los países en desarrollo enfrentan «una plétora de riesgos» que aumentan la probabilidad de un aterrizaje brutal, en particular la aparición de nuevas variantes, el aumento de la inflación, las tensiones en los mercados financieros con el aumento de las tasas de interés y las catástrofes relacionadas con el clima. Ha pedido una acción más agresiva de la comunidad mundial en los temas de las vacunas, la deuda y el cambio climático.

Según Kose, las economías emergentes y en desarrollo no han podido brindar una respuesta fiscal y monetaria a la pandemia tan grande como la implementada en las economías avanzadas y varias de ellas ya se han visto obligadas a retirar sus medidas de estímulo aumentando las tasas de interés para hacer frente a un aumento de la inflación. “Han hecho todo lo posible, pero lo que han hecho está lejos de lo que las economías avanzadas han podido hacer”, subrayó. Y agregó: “Esta es una pandemia de desigualdades que tendrá consecuencias sobre varias generaciones”.

Según Kose, jefe de la unidad de pronóstico económico del banco: Pretendemos que podemos superar la pandemia sin vacunar a grandes poblaciones en todo el mundo. Esto no es cierto

En particular, abogó en favor de una acción más ambiciosa para proteger del virus a las economías en desarrollo. “En el caso de las vacunas, el problema está muy claro y no abordarlo tiene consecuencias”, dijo. “Pretendemos que podemos superar la pandemia sin vacunar a grandes poblaciones en todo el mundo. Esto no es cierto”.

La advertencia del Banco Mundial se hace eco de llamamientos similares de otras instituciones mundiales. Rebeca Grynspan, Secretaria General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), ha declarado que la distribución de vacunas en todo el mundo había sido «deficiente e irracional», con economías avanzadas llegando a acuerdos de suministro de 3 mil millones de dosis de vacuna más de lo que necesitaban para sus propias poblaciones, casi lo suficiente para proporcionar dos dosis para toda la población de África. En su opinión, “el coste de la pandemia está creciendo más allá de todo lo que hemos visto antes, y no solo en términos de deuda y la salud de millones de ciudadanos”. Agregó que la propagación de nuevas variantes “ya está afectando la recuperación y erosionando la legitimidad de los gobiernos y las instituciones democráticas en todas partes…”. Si no encontramos la voluntad política y el espacio de negociación, desgraciadamente la realidad nos llevará a muy malos resultados” [1].

Rebeca Grynspan, Secretaria General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), ha declarado que la distribución de vacunas en todo el mundo había sido «deficiente e irracional»

En 2021, Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, advirtió que el mundo «enfrentaba una agravación de la recuperación a dos velocidades», debido a las diferencias en la disponibilidad de vacunas, las tasas de infección y la capacidad variable de los países para brindar apoyo político. Calificó a esta situación de “un momento crítico que requiere una acción urgente por parte del G20 y las y los responsables políticos”.

Las advertencias emitidas por el Banco Mundial y el FMI están bien fundadas, pero la autocrítica está totalmente ausente. Además, estas dos instituciones no cambian un ápice su política concreta: siguen recomendando la continuación de las políticas neoliberales, que son precisamente las que han llevado al desastre actual.

El final de 2021 y el comienzo de 2022 están marcados por aumentos muy fuertes en los precios de la energía. Esto ha comenzado a provocar disturbios como el de Kazajistán en enero de 2022. Frente al aumento de los precios de los alimentos básicos y los combustibles impuestos por los programas de ajuste estructural y apoyados por el FMI y el Banco Mundial, las poblaciones se enfrentan a enormes dificultades para calentar sus hogares en los lugares donde es necesario o para cocinar, hervir el agua y hacerla potable.

Los gobiernos y las principales instituciones multilaterales como el Banco Mundial, el FMI y los bancos regionales de desarrollo han utilizado el pago de la deuda pública para generalizar políticas que han dañado los sistemas de salud pública. Esto los ha hecho mucho más vulnerables a pandemias como la del coronavirus.

Frente al aumento de los precios de los alimentos básicos y los combustibles impuestos por los programas de ajuste estructural y apoyados por el FMI y el Banco Mundial, las poblaciones se enfrentan a enormes dificultades para calentar sus hogares en los lugares donde es necesario o para cocinar, hervir el agua y hacerla potable

Incluso antes del estallido de la epidemia de Covid-19, estas políticas ya habían producido enormes pérdidas en vidas humanas y, en los cuatro rincones del planeta, las y los trabajadores de la salud habían organizado protestas.

Si se quisiera tener los medios para luchar contra el coronavirus e incluso mejorar la salud y las condiciones de vida de la gente, habría que adoptar medidas de emergencia.

La suspensión inmediata del pago de la deuda y, mejor aún, su cancelación deberían haber sido una prioridad.

Sin embargo, ni el Banco Mundial ni el FMI han cancelado deudas desde el inicio de la pandemia del coronavirus. Estas dos instituciones han multiplicado declaraciones que pretendían dar la impresión de que estaban tomando medidas muy fuertes. Es completamente falso. El mecanismo de suspensión del servicio de la deuda puesto en marcha por el FMI, el Banco Mundial y el G20 en abril de 2020 se parece como dos gotas de agua al mecanismo puesto en marcha tras el tsunami que azotó India, Sri Lanka, Bangladesh e Indonesia en diciembre de 2004. En lugar de la cancelación, los acreedores públicos no hacen sino aplazar los vencimientos. Hay que subrayar que los acreedores privados no están obligados a hacer ningún esfuerzo. En cuanto al FMI, no pone fin al reembolso, ni siquiera lo suspende. Ha creado un fondo especial que es alimentado por los países ricos y del que el FMI extrae para reembolsarse.

Peor aún, desde marzo de 2020, el FMI ha extendido acuerdos de préstamo que implican la continuación de las medidas neoliberales y de austeridad.

El mecanismo de suspensión del servicio de la deuda puesto en marcha por el FMI, el Banco Mundial y el G20 en abril de 2020 se parece como dos gotas de agua al mecanismo puesto en marcha tras el tsunami que azotó India, Sri Lanka, Bangladesh e Indonesia en diciembre de 2004

En cuanto al Banco Mundial, entre marzo de 2020 y abril de 2021, recibió más reembolsos de países «en desarrollo» de lo que proporcionó como financiación ya sea en forma de subvenciones o préstamos.

En 2021, ante la crisis internacional y la pandemia, el CADTM internacional estuvo presente en la iniciativa del Manifiesto «¡Acabemos con el sistema privado de patentes!» que tuvo un importante eco internacional: Lista de las primeras 360 firmas de personas que apoyan el Manifiesto ¡Acabemos con el sistema privado de patentes! #FREECOVIDPATENTS. Más de 250 organizaciones también son firmantes a nivel internacional.

Para luchar contra las crecientes desigualdades y hacer frente a la pandemia del coronavirus, la red internacional CADTM y los firmantes del manifiesto impulsado por el CADTM estamos a favor de:

  1. La suspensión de patentes privadas sobre todas las tecnologías, conocimientos, tratamientos y vacunas relacionadas con el Covid-19;
  2. La eliminación de los secretos comerciales y la publicación de información sobre los costes de producción y las inversiones públicas utilizadas, de forma clara y accesible para toda la población;
  3. Transparencia y control público en todas las etapas del desarrollo de vacunas;
  4. Acceso universal, abierto y gratuito a la vacunación y el tratamiento;
  5. La expropiación y socialización bajo control ciudadano de la industria farmacéutica privada como base de un sistema de salud público y universal que promueva la producción de tratamientos y medicamentos genéricos;
  6. El aumento de las inversiones y los presupuestos públicos destinados a las políticas públicas de salud y atención local, incluyendo un aumento en las contrataciones, salarios y una mejora en las condiciones laborales del personal de estos sectores;
  7. La introducción de impuestos sobre la riqueza (patrimonio e ingresos del 1% más rico) para financiar la lucha contra la pandemia y asegurar una salida socialmente justa y ecológicamente sostenible de las diversas crisis del capitalismo mundial;
  8. La suspensión del pago de las deudas mientras dure la pandemia y la cancelación de las deudas ilegítimas y de las contraídas para financiar la lucha contra el virus.

La movilización ciudadana es la piedra angular fundamental de los cambios que pretende impulsar el CADTM

En todas partes del planeta el “sistema deuda” acentúa las desigualdades. Si los contextos son diferentes, el mecanismo es similar en el Norte y en el Sur: los Estados sobreendeudados son estrangulados por pagos insostenibles y puestos bajo el control de los acreedores. Las soluciones impuestas en el Sur y en el Norte son idénticas: planes de ajuste estructural allá, políticas de austeridad aquí, privatizaciones, esclavización sistemática de la naturaleza y medidas antisociales por todas partes.

Para que los pueblos puedan liberarse de la tutela de los acreedores, el CADTM preconiza la cancelación de todas las deudas identificadas como ilegítimas, ilegales, insostenibles u odiosas sobre la base de la realización de auditorías capaces de esclarecer su origen e identificar la parte que no debe ser pagada. porque no ha beneficiado a la población. La movilización ciudadana es la piedra angular fundamental de los cambios que pretende impulsar el CADTM. Una de sus estrategias para alimentarla consiste en fortalecer a las organizaciones miembros de su red internacional a la vez que desarrolla sus sinergias con redes que trabajan sobre la deuda y sus colaboraciones con otros movimientos sociales para que integren el tema de la deuda y la reivindicación de su cancelación en su agenda política. Hay que señalar que a ojos del CADTM, la cancelación de todas las deudas ilegítimas no es un fin en sí mismo. Es en mayor medida un medio, una condición necesaria pero no suficiente para la construcción de un mundo que permita la consagración universal de los derechos humanos fundamentales, la emancipación social y el respeto por la naturaleza.

Nota:

[1] Citas del artículo del Financial Times del 11 de enero de 2022, ““Two-speed pandemic recovery will worsen inequality, World Bank warns Economic impact on developing countries will leave them further behind rich nations/La recuperación pandémica a dos velocidades empeorará la desigualdad, advierte el Banco Mundial El impacto económico en los países en desarrollo los dejará aún más atrás de las naciones ricas”.

Por Eric Toussaint | 05/02/2022

Traducido por Alberto Nadal Fernández

Fuente: http://www.cadtm.org/El-Banco-Mundial-y-el-FMI-reconocen-que-se-amplia-la-brecha-entre-el-Norte-y-el

Publicado enEconomía
Domingo, 30 Enero 2022 06:04

La teocracia del crecimiento

La teocracia del crecimiento

Economía del crecimiento económico perpetuo

 

Si salimos a la calle y le preguntamos a cualquier persona de un país occidental si considera que vive bajo un gobierno de fundamentalistas religiosos, sería muy sorprendente que alguien dijese que sí (a menos que tuviese su residencia en algún lugar como Texas, claro). "Nuestros gobiernos son laicos y gobernados por la razón, guiados por la mejor ciencia disponible en cada asunto donde la ciencia tiene algo que decir. Faltaría más." Pero la realidad es que esta percepción social es totalmente errónea: las políticas más importantes de nuestros países, aquellas que condicionan todas las demás, es decir, las políticas ecónomicas, están basadas en un pensamiento mágico, que contradice las ciencias físicas, y que por tanto es perfectamente equiparable a una religión. Y esa religión no reconocida, pero dominante a escala planetaria, bien podría denominarse la Iglesia del Crecimiento Perpetuo. No es tanto que el crecimiento haya "sustituido a la religión en las sociedades modernas, dando así sentido a todos los esfuerzos colectivos", como afirma Yoros Kallis, sino que el crecimiento es ahora la Religión, con mayúscula.

Según una famosa cita atribuida a Kenneth Boulding —quien además de ser un notable economista fue uno de los padres de la ciencia de sistemas—, alguien que creyese que el crecimiento infinito era posible en un planeta finito sólo podía ser o un loco o un economista. Lo que viene a decirnos ese acertado aforismo es que una economía que se fundamente en la posibilidad de crecer indefinidamente es una completa irracionalidad. No hace falta cursar un doctorado para llegar a esta conclusión lógica: no hay nada en el mundo real, ningún ser ni objeto natural, que crezca ad infinitum. Todo aquello que crece llega un momento en que deja de hacerlo; es decir, su crecimiento es temporal y llegado a un punto, se detiene. Boulding lo explicaba hace medio siglo comparándolo con el crecimiento de las personas:

"Los problemas del siglo XX no son diferentes de los de la adolescencia: un crecimiento rápido que excede la capacidad de las organizaciones para gestionarlo, una emoción incontrolable y una desesperada búsqueda de la identidad. Pero después de la adolescencia, llega la madurez en la cual el crecimiento físico, con todas sus dificultades inherentes, llega a su fin, pero donde se sigue creciendo en conocimiento, en espíritu, en comunidad y en amor; es esto lo que esperamos también como especie humana".

Sin embargo, lejos de cumplirse esa esperanza de Boulding, durante el siglo pasado no hizo sino consolidarse el dominio dogmático de una visión magufa de la economía que —del mismo modo que el Cristianismo o el Islam se elaboran como doctrinas religiosas basándose en credos previos— hundiría sus raíces en mitos previos con siglos de antigüedad y un inmenso poder cultural: el mito del Progreso, el mito de excepcionalismo humano o el mito de la separación y dominio del Homo sapiens con respecto al resto de la Biosfera.

Interpretar esta religión oculta pero hegemónica por medio de la analogía biológica nos puede resultar enormemente útil para comprender los efectos de no detener el crecimiento a tiempo: así, el cáncer y las plagas se convierten en contraejemplos de gran valor esclarecedor y predictivo, pues todo el mundo sabe que ambos terminan muy mal. Por si fueran insuficientes la apreciación intuitiva y el sentido común, o las matemáticas más simples, disponemos también desde hace al menos medio siglo de advertencias científicas que se han demostrado sorprendentemente precisas al contrastar sus predicciones con la realidad actual, como la del modelo informáticoWorld3, utilizado en Los límites del crecimiento (1972) por el equipo liderado en el MIT por Donnella Meadows: o abandonamos nuestra obsesión por el crecimiento, o habrá un colapso trágico del mundo humano. Recientemente el último premio Nobel de Física, Giorgio Parisi, se lo recordaba a parlamentarios de todo el mundo reunidos en la preparación de la cumbre del clima COP26, con un suave pero sacrílego ataque al tótem de esta Iglesia Crecentista: "El PIB no proporciona una buena medida de la economía. (...) Los políticos, periodistas, economistas que planean nuestro futuro y monitorizan el progreso que se ha realizado, deben usar un indicador que tenga en cuenta otros aspectos aparte del Producto Nacional Bruto". Pocos días después, el presidente español Pedro Sánchez clausuraba un seminario bajo el inaudito título "Más allá del PIB" con palabras que reconocían los defectos de dicho tótem, pero para no ser excomulgado por sus correligionarios, inmediatamente volvía a hacer acto de fe afirmando, contra toda prueba científica disponible, que "la reducción de CO2 es compatible con el crecimiento, a través de la transición energética".

Y es que vistiéndose con ropajes pseudocientíficos y estandartes nuevos como la "transición energética", la "economía circular", el "hidrógeno verde", "la transición digital", el "coche eléctrico" y muchos otros —cuanto más moderna y tecnológica suene la letanía, mejor—, recitando los mantras de "la eficiencia, la innovación y la competitividad", pretenden mantener viva su ya desacreditada religión, como intentaron mucho antes que ellos las élites romanas cuando los tiempos cambiaban, mediante el sincretismo religioso con las nuevas religiones que penetraban en el Imperio, o como las diversas confesiones cristianas han ido adaptando sus dogmas para dar cabida a constataciones científicas relativas a la creación del universo o a la evolución de las especies con conceptos como el del diseño inteligente del Universo. Son tácticas con siglos de antigüedad que siempre buscan la pervivencia gattopardiana de los dogmas de las religiones tocadas de muerte, cuando la realidad los hace ya insostenibles. Trágicamente, nuestros líderes se parecen cada vez más a esos líderes tiránicos de sectas que, cuando se demuestra que no van a venir los ángeles en sus platillos volantes a llevarse a sus acólitos a la derecha del Padre, están dispuestos a cubrir el fallo de sus dogmas con un baño de sangre que no deje a nadie atrás. Y sabemos que el Dios Dinero (aquel que los evangelistas cristianos llamaron Mammón) nos acabará fallando al final, porque no nos va a servir para comprarnos un planeta nuevo cuando hayamos destruido el único que tenemos.

Por tanto, podemos concluir, por sentido común y por contraste con toda la ciencia disponible, que la economía actualmente hegemónica, la escuela denominada neoclásica marginalista, es anticientífica y que se fundamenta no en la razón, sino básicamente enla fe. Un economista ecológico relataba en una ocasión su conversación con un catedrático de economía acerca de la imposibilidad de continuar creciendo. El economista ortodoxo le reclamaba al ecológico datos que soportasen su afirmación, y este aceptó el reto pidiéndole, a su vez, datos que apoyasen la confianza del catedrático en el crecimiento perpetuo, a lo cual este respondió: "Esos datos no existen porque los avances disruptivos no son previsibles, pero los habrá". Amén. Ahí muere toda discusión racional, en cuanto entra en acción la fe. "Ante posiciones de fe, ya no hay argumentación posible", concluía nuestro herético economista ecológico.

El santo catecismo de esta Iglesia incluye viejos dogmas economicistas como la perfecta sustituibilidad de los factores productivos (si falta energía o una biosfera sana, ¡se sustituye con capital y santas pascuas!) y algunos de más reciente cuño como la desmaterialización de la economía (las economías pueden seguir creciendo sin que crezca su consumo material y energético, moviendo los inmensos metabolismos industriales por arte de birlibirloque). Pero las consecuencias del estrepitoso fallo de los dogmas de esta religión, no sólo las va a pagar la posteridad con un futuro devastado, sino que las estamos ya sufriendo en propia carne aquí y ahora, en el presente y en todas partes. Y ello sin olvidarnos del hecho incontrovertible de que la rama más asesina de esta Religión, el llamado Neoliberalismo, tiene a su cuenta miles de muertos en las últimas décadas, principalmente en los países llamados "en desarrollo" (países en fase de colonización criptorreligiosa, sería más apropiado llamarlos) mediante esas campañas de cruzada neoliberal en las Tierras Santas de los recursos llamadas Planes de Ajuste.

Pero sin necesidad de remontarnos históricamente podemos también apreciar en la actual falta de suministros que se está produciendo en todo el mundo la consecuencia de un sistema de comercio mundializado, de una era de deslocalizaciones y de abastecimiento just-in-time que partía de la premisa (puramente religiosa) de que el petróleo barato iba a durar para siempre y que siempre iba a tener sentido económico concentrar toda la producción mundial en un par de fábricas y luego mover cada pieza decenas de miles de kilómetros de país en país buscando la eficiencia de costes. Un sistema que sacrificó en el altar de la plusvalía monetaria las necesarias características de redundancia y racionalidad energética imprescindibles para la resiliencia de cualquier sistema, sea artificial o natural. Esto es, en el fondo, el resultado del dominio del pensamiento mercadolátrico y tecnolátrico propio de la Iglesia hegemónica y sus presupuestos sin base científica alguna.

Y así también, el actual encarecimiento de la electricidad en Europa es, en buena medida, la consecuencia de un sistema de determinación de precios marginalista ideado por unos economistas neoliberales que creían que pagar toda la electricidad al precio de generación más caro estimularía laaparición (nótense las connotaciones sobrenaturales del término) de nuevas energías y tecnologías, en un ejemplo más de la parusía tecnológica propia de esta fe. Sin embargo, el contraste de esta absurda fe con el mundo de las energías realmente existentes, en el que el gas natural se enfrenta a su previsible Peak Exports (todos los combustibles finitos se terminan acabando, y antes de agotarse deja de ser rentable energéticamente extraerlos, y antes que eso se acaba la capacidad exportadora de los países donde se extraen), nos cuesta cada mes millones de euros a quienes no nos queda más remedio que ser sus feligreses sin saberlo. Y cada día, este cepillo obligatorio que nos pasan los sumos sacerdotes en el templo del libre mercado nos saldrá más y más caro, mientras siguen construyendo moáis tecnológicos como la 5G, el coche eléctrico o toda la Cuarta Revolución Industrial (¡alabada sea!)... hasta que lleguemos al punto en que tengamos que abandonar, con los bolsillos completamente vacíos, sus templos económicos, excluidos del sistema, excomulgados al desempleo y al desconsumo. Mientras, los concilios del G20, de la Comisión Europea o del Foro de Davos prosiguen marcando el camino ortodoxo hacia la extinción sacrificial de nuestra especie.

Todo esto sería ridículamente gracioso, propio de una película de los hermanos Marx o de Monty Python, si no fuese esta Sharia económica la que rige con mano de hierro nuestras vidas día a día y la que nos está llevando de cabeza a un suicidio colectivo. A diario se nos extrae por medio de los impuestos un diezmo religioso que se pone inmediatamente al servicio de este conjunto de dogmas. Por supuesto que hay unos imprescindibles servicios públicos que también se financian con esos impuestos, pero no podemos engañarnos pensando que son un objetivo primordial de los gobernantes adscritos a esta fe. En realidad, no dejan de ser una especie de hipócrita caridad estatal (el Welfare State bien podría verse como la gran Cáritas de esta Iglesia), unos beneficios obtenidos colateralmente de su gran misión y que nos han logrado mantener apaciguados desde hace casi un siglo, pero siempre supeditados a la mayor gloria del beneficio privado del capital, único motor que justifica, en realidad, el mandamiento religioso del crecimiento. De la misma manera que la Iglesia cristiana, entre otras, funcionó al servicio del poder a lo largo de buena parte de su historia, ahora constatamos cómo la Iglesia del Perpetuo Crecimiento se mantiene en pie únicamente porque presta un vital servicio a los mismos de siempre: nos obcecamos en seguir creciendo, única y exclusivamente porque les resulta beneficioso a quienes detentan el auténtico poder, el económico. Es falso que necesitemos crecer: lo que necesitamos se puede lograr sin crecimiento, de hecho... una vez hemos chocado con los límites de la realidad, dejar de crecer es la única manera de lograr lo que necesitamos: una vida digna para todas las personas y una casa biosférica que no se nos derrumbe encima. Pero quizás lo más trágico es que los ayatolás del PIB no se dan cuenta de que esa iglesia se convertirá también al final en su propia tumba. Como escribió Frank Herbert en su famosa novela Dune: "Cuando religión y política viajan en el mismo carro, los viajeros piensan que nada podrá interponerse en su camino. Se vuelven apresurados… viajan cada vez más rápido y más rápido y más rápido. Dejan de pensar en los obstáculos y se olvidan de que un precipicio siempre se descubre demasiado tarde."

Nos llevamos las manos a la cabeza, con razón, por las atrocidades cometidas por regímenes teocráticos como el de los talibanes, atentando a diario contra los derechos de millones de mujeres en Afganistán, guiados por su dogma religioso. Pero ¿acaso nuestros democráticos gobernantes no los superan al destruir el propio derecho a la vida de incontables generaciones futuras con su dogma del crecimiento perpetuo? Porque insistir en seguir creciendo, cuando uno ya ha chocado con los límites de su propio crecimiento, sólo puede causar dolor y destrucción. Por tanto, no parece exagerado afirmar que la escuela económica que dirige el mundo bien merecería encabezar las listas de sectas destructivas. Otro concepto similar que también estaría justificado emplear es el de yihad o el de cruzada, bajo cuyos nombres se han justificado —ayer y hoy— miles de muertos a lo largo y ancho del mundo, aumentando los sangrientos saldos de los más dañinos fundamentalismos religiosos. Sin embargo, la religión más genocida, la que insiste en que producción, consumo y polución sigan creciendo como un auténtico cáncer destructor de vidas humanas y no humanas, sigue sin ser reconocida como tal, y por tanto no percibimos que la guerra civil mundial en la que estamos embarcados, contra la vida actual y futura, es en realidad la peor de las guerras santas que jamás haya existido.

Por supuesto, cualquier ministra de economía o presidenta de gobierno o de Estado occidental negará con indignación cualquier acusación de estar guiada por la religión y defenderá su laicismo y el carácter técnico y científico de sus decisiones en política económica. Por eso hablamos de una criptorreligión, un culto religioso que niega serlo, pese a tener un funcionamiento, un objetivo y una estructura que se corresponden de manera sorprendentemente ajustada al paradigma religioso. Y precisamente por ese ocultamiento de su carácter religioso, resulta mucho más peligroso y difícil de combatir. No cabe ninguna duda de que esta religión es parte constitutiva de esa cultura o civilización que llamamos Capitalismo, que es el auténtico marco religioso de la Modernidad, y que no pocas voces han identificado desde entonces como un culto tanático, un culto a la muerte. Walter Benjamin lo denominaba "quizás el culto más extremo que jamás haya existido". El crecimiento constituiría así, la norma moral suprema para cumplir con aquello que constituye "el único sacramento de la religión capitalista: el crédito-débito", como concluye Giorgio Agamben a partir del protoecosocialista Benjamin.

Percibirlo en estos términos ayuda a comprender por qué cuesta tanto afrontar las salidas más lógicas, simples y efectivas al cataclismo climático hacia el que nos dirigimos, y sobre todo nos aporta claridad a la hora de combatirlo. La mitigación del cambio climático o cualquier otra consecuencia de la extralimitación a la que nos ha conducido la irrefrenada metástasis del crecimiento civilizacional no se trata de un problema técnico que resolver con nuevas tecnologías, ni siquiera de un problema político. Esto ya no va solamente de lucha de clases, no. La batalla definitiva que está librando nuestra especie contra sí misma, tiene lugar simultáneamente en el terreno social, en el cultural, en el simbólico y en el del mito. Nos enfrentamos, pues, a una auténtica y asimétrica guerra de religión, a un exterminio a la altura de las matanzas religiosas más terribles de la historia. Reconocerlo y denunciarlo como tal debería ser el primer paso para arrojar a los teócratas de sus púlpitos y poner, al fin, a una ciencia honesta, no reduccionista, comprometida con la vida, al servicio del futuro y liberada de los grilletes y de la censura de la hegemonía religiosa, a guiarnos hacia la supervivencia y la emancipación.

Por Manuel Casal Lodeiro

28 enero 2022 |

Manuel Casal Lodeiro espadre, activista y divulgador. Autor de La izquierda ante el colapso de la civilización industrial y Nosotros, los detritívoros. Coordinador de la Guía para el descenso energético, de la revista 15/15\15 para una nueva civilización y del Instituto Resiliencia.

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Shanghái (China). Foto: Hanny Naibaho / Unsplash

A finales de 2020, el Partido Comunista Chino (PCC) anunció oficialmente que China había superado, por primera vez en su historia, la extrema pobreza. De ser cierto, ahora ya no hay ciudadanos y ciudadanas chinas que mueran de hambre. Sin embargo, ello no quita que las desigualdades sigan acentuándose entre la gente superrica y la población hiperpobre.

No cabe duda de que los progresos de la economía china son espectaculares y que, desde este punto de vista, los 14 billones de dólares que representa la producción china agregada parecen casi un milagro en comparación con la situación en que se hallaba este país hace todavía una veintena de años. No obstante, ¿cuál es de hecho el nivel de vida de la población china en comparación con la de otros países? Si el PIB chino en valor absoluto es como tal impresionante, otros criterios de medición revelan una situación mucho más contrastada, por no decir claramente deprimida.

El PIB nominal por habitante, medido en dólares, que es la moneda de reserva mundial, sitúa a China en el puesto 72 del ranking mundial en 2021, detrás de México y de Turquía, según el FMI. En cuanto al PIB por habitante calculado en paridad de poder adquisitivo, es decir, en lo que se puede comprar con una determinada suma de dinero en los distintos países, China queda relegada al puesto 77 del ranking mundial, detrás de Guinea Ecuatorial, según la clasificación del FMI correspondiente a 2020.

Por detrás de los países del tercer mundo

EE UU, a su vez, se sitúa es el quinto país en la clasificación nominal (detrás de Luxemburgo, Irlanda, Suiza y Noruega) y el séptimo en paridad de poder adquisitivo. En realidad, los logros estadounidenses son realmente excepcionales, pues este país ocupa el quinto lugar en una clasificación en la que destacan pequeñas economías homogéneas y socialmente estables, mientras que EE UU es una gran potencia económica, muy diversificada y caracterizada por fuertes disparidades sociales. En comparación, los puestos número 72 y 77 de China la sitúan por detrás de los países más pobres, mientras que su PIB agregado la propulsa al segundo lugar mundial, tan solo detrás de EE UU, y pronto, tal vez, al primer puesto.

Esta contradicción flagrante permite considerar que China es a la vez una superpotencia económica y un país subdesarrollado. A escala nacional se pone de manifiesto en el hecho de que las personas chinas más ricas pueden llevar un tren de vida igual al de las personas occidentales más acaudaladas, al mismo tiempo que la mayoría aplastante de la población malvive en condiciones peores que la de Guinea, como subraya Michel Santi, macroeconomista y especialista en mercados financieros y bancos centrales, en un artículo publicado el pasado 2 de enero en el diario La Tribune.

Claro que las desigualdades son un fenómeno y una desgracia que están presentes en todos los países. El caso es que incluso en el país occidental mas desigual del mundo, EE UU, la gente más pobre tiene un nivel de vida incomparablemente mayor que el de la población guineana.

Xi Jinping conoce perfectamente la historia de su país y en especial la Larga Marcha que emprendió Mao y que unió a la población marginada, al campesinado y a la gente pobre de la época. El Gran Timonel supo construir sobre esta base un ejército capaz de derribar el régimen establecido, acusado de promover injusticias y desigualdades. Recordemos el episodio trágico del Gran Salto Adelante (1958-1962), en cuyo transcurso murieron de hambre 40 millones de habitantes el país, con informaciones dignas de crédito que dejan constancia de casos de canibalismo. Bajo este prisma hay que observar la cruzada impulsada hoy contra los más ricos y cuyo propósito es demostrar que el Partido Comunista de preocupa de la gente pobre.

Sin embargo, las medidas que adoptan Xi Jinping y sus fieles son susceptibles de menoscabar la maquinaria productiva china, y por tanto al PIB de su país. Por tanto, los dirigentes chinos se hallan, en cierto modo, en una encrucijada. Enfrentados a una pobreza en su territorio comparable a la de los países más depauperados del mundo, obligados a tomar medidas espectaculares –a menudo teatrales– concebidas para mostrar a la ciudadanía que están decididos a luchar contra este azote, son conscientes de que sus acciones volatilizan la confianza del mundo de los negocios en su economía y que fragilizan ese PIB que con razón les hace sentir tan orgullosos.

Redistribución razonable de las riquezas

Hace unos meses, el presidente Xi Jinping llamó a sus compatriotas más acaudalados a hacer más por la prosperidad común y prometió un ajuste de los ingresos excesivos, en un país en que el auge económico fulgurante ha ahondado al mismo tiempo las desigualdades. El nivel de vida en China ha ascendido notablemente desde la década de 1970. El país es hoy un mercado gigantesco con cientos de millones de consumidores pertenecientes a la clase media, cortejados por las multinacionales extranjeras. Sin embargo, las diferencias de riqueza son importantes, porque si bien China es el país con el mayor número de milmillonarios en dólares, oficialmente no erradicó la pobreza absoluta hasta el año pasado. Una proclama victoriosa que, por cierto, desmienten ciertos observadores independientes.

En una reunión dedicada a la economía, el presidente Xi propuso el pasado mes de agosto una redistribución razonable de la riqueza, de manera que todo el mundo saliera beneficiado. Con ánimo de promover la equidad social, dijo que había que tomar medidas para “incrementar los ingresos de los grupos de rentas bajas”. No obstante, Xi no concretó cómo pensaba alcanzar este objetivo, si bien sus directrices suelen fijar la pauta de las prioridades del país durante los meses siguientes. La reunión también trató de la mejora de la equidad en materia de educación, en un momento en que los precios prohibitivos de las academias de apoyo privadas son objeto de crecientes protestas. En julio, Pekín había apretado las tuercas al lucrativo sector educativo, que se propone convertir en no comercial, reduciendo drásticamente el volumen del mismo. La medida contrarió a numerosas familias, obsesionadas con la educación de sus hijas e hijos, a quienes suelen inscribir en una multitud de clases extraescolares que a menudo resultan caras.

Gran olla común

Recordemos un poco la historia. Casi la totalidad de la población china vivía en la pobreza cuando se proclamó la República Popular en 1949. Las reformas económicas introducidas a finales de la década de 1970 dieron pie a la acumulación de grandes fortunas. El dirigente de la época, Deng Xiaoping, consideraba normal en 1984 que algunas personas se enriquecieran antes que las demás. Si bien las regiones costeras, abiertas al comercio internacional, se modernizaron rápidamente, el mundo rural del interior experimentó un crecimiento más lento. Para enderezar el rumbo, las autoridades han multiplicado estos últimos años las iniciativas encaminadas a detectar a las familias necesitadas, repartir subvenciones y construir grandes infraestructuras.

En realidad, las desigualdades económicas figuran en China entre las mayores del mundo. La diferencia entre ricos y pobres es casi tan grande como la que existe en EE UU. En 2021, el país ha registrado un aumento del PIB del orden del 8 %, pero todo indica que este crecimiento se estancará en el entorno del 5 % en 2022, debido sobre todo a la desaceleración del consumo interior. Hay que recordar que durante varios decenios, China encadenó tasas de crecimiento de más del 10 %, un logro sin precedentes en todo el mundo, fruto de las famosas reformas económicas impulsadas por Deng Xiaoping en 1978. Sin embargo, hay que constatar que hoy crece la distancias entre niveles de renta. Según el índice de Gini, un indicador que mide las diferencias de renta, China se sitúa entre los países más desiguales del planeta, muy por detrás de Europa y EE UU.

Entre 1978 et 2015, China ha pasado de la condición de país pobre en vías de desarrollo a la de economía emergente. Así, su aportación al PIB mundial ha aumentado de menos del 3 % en 1978 a alrededor del 20 % en 2015. Según las estadísticas oficiales, la renta nacional mensual por habitante era de unos 120 euros en 1978 (en paridad yuan/euro calculada en 2015). Esta renta superó los 1.000 euros en 2015. La renta nacional anual media por habitante, que era inferior a 6.500 yuanes (1.400 euros) en 1978 pasó a 57.800 yuanes (12.500 euros) en 2015. Sin embargo, es difícil evaluar la distribución de la riqueza en este país, donde las cifras oficiales deben tomarse con cautela y el funcionamiento de la economía no deja de ser opaco.

Lo que se sabe a ciencia cierta es que el sector privado ha sido durante este periodo una locomotora del crecimiento chino. La propiedad pública en la riqueza nacional ha descendido en el mismo periodo de alrededor del 70 % en 1978 al 30 % en 2015. El 95 % de los hogares chinos son propietarios actualmente de sus viviendas, frente al 50 % en 1978. El sector público, sin embargo, sigue predominando con alrededor del 60 % du PIB.

En resumen, China ya no es realmente comunista y desde 1978 se ha adherido progresivamente a un sistema semicapitalista. Resultado: el grado de desigualdad, que en la década de 1970 era claramente inferior al de Europa, se acerca ahora al de EE UU. En 2015, el 50 % de las personas más pobres daban cuenta de cerca del 15 % de la renta anual bruta del país, frente al 12 % en EE UU y al 22 % en Francia. En cambio, el 1 % de las personas chinas más ricas representan el 14 % de la renta del país, frente al 20 % en EE UU y al 10 % en Francia.

Claro que volver a la política maoísta de la gran olla común sería un juego peligroso. No cabe duda de que la recuperación de las prácticas del Gran Timonel sería rechazada por aquellos sectores de la población que vivieron la tragedia de la Revolución Cultural (1966-1976). Sería asimismo una señal desastrosa para los mercados financieros y los inversores extranjeros, que ya están atemorizados ante la quiebra técnica de buena parte del sector inmobiliario y la magnitud de la deuda pública china.

Por Pierre-Antoine Donnet

28 enero 2022

Pierre-Antoine Donnet, ex corresponsal de AFP en Pekín, es autor de una quincena de libros sobre China, Japón, Tíbet e India y los grandes desafíos de Asia.

11/01/2022

https://asialyst.com/fr/2022/01/13/chine-sortie-extreme-pauvrete-masse-enfonce-inegalites/

Traducción: viento sur

Publicado enInternacional
¿Abolición del trabajo? Una idea clave para la construcción de la sociedad poscapitalista

Podría decirse que el pensamiento marxista, desde sus inicios y especialmente a partir de los debates en torno a las diferentes experiencias nacionales de construcción del socialismo, ha estado sometido a una tensión particular: productivismo frente antiproductivismo, centralidad normativa del trabajo frente a «desprecio» del mismo, etc. Siempre estuvo claro que la crítica de la economía política de Marx aspiraba a la abolición de la propiedad privada de los medios de producción: como es bien sabido, incluso los textos más sencillos o «divulgativos», por así decirlo, como el Manifiesto Comunista, hacen hincapié en la condición histórica, y por tanto contingente, de la forma burguesa de propiedad, que debe ser superada mediante fórmulas colectivas de carácter social que no se funden en la apropiación privada del plustrabajo ajeno. Sin embargo, la idea de la abolición del trabajo per se no ha conseguido alcanzar la unanimidad: a lo largo de los últimos siglos una gran variedad de propuestas —desde la «alegría de la producción» y el «disfrute del producto» que comporta el trabajo no alienado para el «joven» Marx [1] hasta el «derecho a la pereza» de Lafargue [2], pasando por el estajanovismo soviético— da fe de la complejidad de la cuestión. Tomando como punto de partida un sentido amplio del concepto de abolición, expondremos brevemente la utilidad de reflexionar, desde las problemáticas a las que nos enfrentamos en nuestro presente, no solo sobre la necesaria abolición del mecanismo que asegura la plusvalía, sino también sobre el cuestionamiento radical de la categoría de trabajo tal y como la conocemos.

El comunismo es "el poder de los soviets más la electrificación"

Cuando Lenin formuló esta famosa frase, la propia supervivencia de la Unión Soviética estaba en entredicho a causa de la violencia ejercida por los Estados-nación capitalistas, que habían orquestado un acoso sin precedentes contra ella. De hecho, la NEP fue concebida como una forma de darle alcance a Occidente e incluso de superarlo: estaba claro que la experiencia histórica del socialismo y los valores que la respaldaban estaban profundamente ligados a la tradición modernizadora occidental [3] (por lo que, en todo caso, lo que algunos clamaron como su «derrota» no puede sino poner en duda toda la narrativa occidental en la que esta se fundaba: progreso constante, conquista de la naturaleza, etc., como hizo, por ejemplo, Bolívar Echeverría [4]). La utopía bolchevique —la promesse de bonheur para los históricamente desposeídos— se basaba en la glorificación de una carencia: la «cultura de la máquina» era un síntoma, en un país altamente agrícola y feudalizante, de la falta de «patrimonio industrializador»; el arte constructivista, por poner un ejemplo, era una especie de apología de la subjetividad propia de la fábrica, que resultaba minoritaria (esto es, constituía de alguna manera una sobrecompensación que merece, por lo demás, toda la admiración y cuyo poder sugestivo pervive). El constructivismo aspira a acabar con la historia del arte concebida como la justificación del pasado y, para eso, se consagra a entender y recrear la especificidad de la producción. Esta es una reflexión estimulada por un libro muy interesante de Susan Buck-Morss, Dreamworld and Catastrophe. The Passing of Mass Utopia in East and West (2000), en el que la autora expone, siguiendo un hilo conductor estético, el paralelismo existente entre la industrialización capitalista y el modelo soviético de desarrollo industrial (especialmente tras el primer plan quinquenal). Sería erróneo pensar, de todas formas, que la historia estaba tomando una dirección unívoca e irreversible, pues los «peligros» antedichos ya eran percibidos con gran clarividencia entonces: «(…) la intención constructivista se quedó bajo la forma de imitación ingenua y diletante de las construcciones técnicas, imitación que solo se remite a una veneración hipertrofiada del industrialismo de nuestro siglo» [5].

Si bien es cierto que Engels especificó que el Estado revolucionario debía organizar «la producción social según un plan preestablecido» para garantizar el «desarrollo de la producción» [6], no va de suyo que la Rusia soviética debiera adoptar necesariamente la definición de industria pesada hegemónica de la modernización económica capitalista. También es cierto, por otra parte, que habría sido muy difícil sobrevivir durante casi un siglo, y especialmente afrontar un conflicto armado de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial, sin el respaldo de una industria sólida y fuerte. Pero eso se hizo a costa de abandonar (sería mejor decir «minimizar») el deseo utópico (que consiste en la comodidad material, por supuesto, pero también en la capacidad de imaginar relaciones humanas alternativas), por decirlo de algún modo. Según Buck-Morss, los soviéticos «perdieron la oportunidad de transformar la idea misma de "desarrollo" económico» y se vieron obligados a «producir una utopía fuera del propio proceso de producción» [7]. Además, esta situación tuvo ciertas consecuencias evidentes en el ámbito de la cultura, favoreciendo el desarrollo de un reino de lo kitsch y de una cultura de masas en el seno mismo del llamado «socialismo real», tal y como ha estudiado, además de Buck-Morss, el crítico Boris Groys, entre otros [8].

Así, la reproducción «a la rusa» de la industrialización y la técnica capitalistas no pudo alterar sustancialmente la concepción del trabajo como una actividad alienada en la que el trabajador «se siente como un animal», hablando sencillamente [9]. Objetivamente, no había extracción de plusvalía como tal —o tal vez esta quedaba en manos de una clase no capitalista—; sea como fuere, aun suponiendo que se hubiera abolido el trabajo asalariado, el proceso de producción era similar en términos prácticos en lo que respecta a los trabajadores: la alienación seguía presente, como si fuera un elemento más de la cadena de montaje. La imitación demasiado fiel, en este sentido, del capitalismo —lo que Charles Bettelheim y otros llamaron «capitalismo de Estado» [10]— no evitaba e incluso amparaba el impacto sensorial que la producción fabril tenía sobre los trabajadores: a este respecto, Buck-Morss nos invita a relacionar el famoso concepto bejaminiano de shock, que se refiere a la experiencia estética de la modernidad propiamente urbana, con el contexto de la construcción del socialismo en la Unión Soviética. Desde el punto de vista cognitivo, nada diferenciaba al trabajador moscovita del inglés, por ejemplo; el sistema fordista (que fascinaba en la Unión Soviética y al que Gramsci, por cierto, dedicó elogiosas palabras en sus cuadernos de la cárcel) seguía paralizando la imaginación del trabajador, condenándolo a dar respuestas condicionadas o automáticas. Todo esto plantea al menos una pregunta: ¿en qué medida se produjo realmente la abolición de todos los aspectos del trabajo asalariado? Aunque el socialismo, según el esquema marxista-leninista clásico de las etapas del desarrollo histórico —que esbozaba, por poner un ejemplo, Bujarin ya en 1919 [11]—, no implicaba la desaparición del Estado (y por lo tanto es posible imaginar que ciertas categorías económicas del sistema de producción capitalista siguieran vigentes), quizás una de las razones que explican en lo profundo la derrota de la Rusia soviética fuera la de que eternizó en tiempo y forma un determinado modelo de industrialización.

Caos climático o desarrollo de las fuerzas productivas: ¿quién acabará con el trabajo?

Otra cosa que, lamentablemente, la Unión Soviética reprodujo del capitalismo con más exactitud de la que hubiera debido fue la falta de conciencia sobre los efectos que la intervención humana tiene a gran escala sobre la naturaleza. Con todo, conviene no olvidar que, como demuestra magistralmente Andreas Malm, es sobre todo la dinámica de la autovalorización del valor propia del capital la que, en primera y última instancia, en virtud de su esencia misma, está detrás de la degradación del planeta [12]. Pero incluso si, como se debe, valoramos con justicia, al margen de sus insuficiencias, los innumerables éxitos de uno de los mayores proyectos de organización social alternativos al capitalismo, el problema al que se enfrenta nuestro mundo hoy no es simplemente —o no solo, en el caso de las industrias deslocalizadas en los países del Sur global— que las cadenas de montaje alienen a los trabajadores (tanto en los países socialistas como en los capitalistas). El problema es que, si nada cambia, el cambio climático hará imposible la posibilidad misma de la producción alienada (y de cualquier otra), aniquilando la viabilidad de la vida en sociedad. Ahora mismo está claro que la utopía de la abolición, «aplicada» al proceso de producción, como sugería Buck-Morss, debía y debe implicar necesariamente un cambio radical de las expectativas puestas en la explotación de los recursos naturales y de los animales.

Por lo tanto, también parece evidente que, aunque hubiera conseguido acabar con el componente alienante, la URSS solo podría haber proyectado una abolición real y satisfactoria, por así decirlo, del trabajo asalariado si hubiera tenido en cuenta la necesidad, igualmente importante, de proyectar una «visión del mundo» orientada a la ecología, por utilizar el término de Lucien Goldmann. El socialismo, que sigue siendo hoy el horizonte para una verdadera democratización de la vida, no podrá ser nunca más, en cambio, eso más la «electrificación» (si por esta entendemos algún tipo de utilización masiva de los combustibles fósiles, por ejemplo). Lo que todo ello nos demuestra es que solo el análisis histórico crítico y riguroso puede ayudarnos a transformar verdaderamente la realidad, permitiéndonos extraer las lecciones pertinentes de las experiencias pasadas. En estas condiciones, cabe preguntarse si a la abolición forzosa y trágica del trabajo a manos del cambio climático podría oponérsele, en un sentido liberador, lo que se denomina «desempleo tecnológico». Esta es una de las cuestiones que la economía política de nuestro siglo debe afrontar.

En este sentido, puede que el cambio climático no sea la única razón para pensar la desaparición forzada del trabajo. Según Aaron Bastani, que propone un modelo de sociedad que bautiza como «comunismo de lujo totalmente automatizado», la creciente desigualdad de la que somos testigos en el mundo está vinculada a varios tipos de crisis (además de la crisis ecológica y climática ya mencionada), entre ellas la que se vincula a una nueva era tecnológica que amenaza con provocar «un desempleo creciente a medida que las máquinas realizan progresivamente más trabajo físico y cognitivo y sustituyen a los humanos» [13]. El desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo ha conducido a una concentración cada vez mayor de la riqueza y a un aumento del desempleo tecnológico —debido a la automatización del trabajo y la consiguiente pérdida de empleo humano (o desplome del precio de la fuerza de trabajo)—, pero no siempre tiene por qué ser así. La digitalización, que sigue un progreso exponencial según la ley de Moore, permite concebir, incluso a corto plazo (siempre que haya una verdadera voluntad política de actuar, por supuesto), una sociedad en la que las máquinas realicen la mayor parte de las tareas, dejando a los humanos mucho tiempo para el autodesarrollo. Esto significaría, en última instancia, de acuerdo con Bastani, que el capital «se convierte en trabajo», es decir, que «las herramientas producidas por el ser humano pueden realizar cualquier tarea» [14]. Todo esto, junto con una distribución equitativa de los recursos y de servicios básicos de carácter universal (lo que implicaría revertir completamente la famosa «acumulación por desposesión» del neoliberalismo), podría finalmente fundar una lógica más razonable en las relaciones sociales: la superación, por fin, del «reino de la necesidad». Se trataría, en resumidas cuentas, de un desarrollo de las fuerzas productivas con un fuerte sentido de la justicia social.

Dado que la automatización del trabajo es probablemente imparable (en el sentido de que, históricamente, el desarrollo de las fuerzas productivas no puede ser obstaculizado), la posición más inteligente —y, con toda probabilidad, también la más difícil— sea la de disputarle al capital el significado y el sentido último de esa automatización: un intento desesperado de las élites para evitar la caída de la tasa de ganancia del capital o una solución democrática a la precariedad de gran parte del mundo y a la crisis climática. De hecho, el capitalismo ha construido su narrativa de legitimación ideológica a partir de la noción de escasez (de recursos, de bienes...), que es lo que justificaría la competencia en el mercado y la intervención etérea de la supuesta «mano invisible»; pero, por ejemplo, el grado de sofisticación alcanzado por la tecnología de las energías renovables —que debería seguir superándose a sí misma, de nuevo, por la Ley de Moore— demuestra que es posible concebir un escenario de abundancia —si bien es igualmente prioritario cuestionar qué abundancia, o bajo qué criterios éticos la entendemos— que también sea respetuoso con el medio ambiente. Puede resultar curioso recordar que la monumental Critique de la raison dialectique de Sartre polemizaba con Marx precisamente en este punto: en el hecho de que la abolición del trabajo asalariado (o de la propiedad privada) no basta, dice el filósofo, para superar cualquiera de las formas de enajenación, pues el ser humano seguirá siendo esclavo de su mundo material mientras esté enfrentado a una relación con el medio marcada por la escasez (no una escasez objetiva, sino, de nuevo, resultado de una determinada relación práctica del ser humano con su medio) [15]. Así, en un contexto de automatización del trabajo en el que la tecnología y la información sean accesibles para todos en el sentido anteriormente apuntado, es concebible que la abolición del trabajo asalariado pueda significar simplemente la abolición del trabajo.

En busca del mejor de los mundos posibles

La industrialización de la URSS —y la reflexión que sigue podría hacerse extensible al caso chino— sentó un precedente para la economía política durante gran parte del siglo XX: la presencia de una industria fuerte era una garantía de soberanía frente a la agresividad de los países capitalistas. Por otro lado, no sería justo atribuirle sin más a estos países el grueso de la responsabilidad en materia de emisiones, por ejemplo, que está probado que corresponde en gran parte al conjunto de países imperialistas que se industrializaron en el siglo XIX, que expolian y consumen las materias primas del Sur global y que, en un intento desesperado por continuar haciéndolo sine die, trasladan allí la generación de emisiones. La justicia climática debe ser otra cosa. Si bien eso es totalmente cierto, el resultado distó mucho de alcanzar la utopía que ha caracterizado al pensamiento socialista desde sus inicios. Lo que lo impidió no fueron el fordismo o la industrialización como tal (al igual que el problema del desempleo tecnológico actual no es la automatización creciente), sino la infravaloración del factor ambiental y de la importancia de las dinámicas alienantes, por decirlo de forma muy simplificada. En definitiva, lo que resulta difícilmente discutible es que por el camino desbrozado por el productivismo —aquello que hizo enloquecer a Fausto— no se ha podido llegar al destino de la abolición del trabajo, aunque hayamos contado con oasis de gran envergadura. En el libro tercero de El capital, compendiado y editado tal y como hoy lo conocemos, como se sabe, por Engels, Marx afirma: «De hecho, el reino de la libertad sólo comienza allí donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y la adecuación a finalidades exteriores (...). Allende el mismo empieza el desarrollo de las fuerzas humanas, considerado como un fin en sí mismo, el verdadero reino de la libertad, que sin embargo sólo puede florecer sobre aquel reino de la necesidad como su base. La reducción de la jornada laboral es la condición básica» [16]. Esta cita no corresponde a un pretendido argumento de autoridad, pero es útil para revelar precisamente cuánto de terra incognita alberga aún, en términos prácticos y en la línea de lo que hemos venido sugiriendo, la obra de un pensador cuando menos estimulante. Nikolai Tarabukin, historiador del arte y activo miembro del Proletkult, se mostraba abiertamente contrario a la institución del museo, cuyas salas, «cementerios del paseísmo», hacinaban las pinturas dejándolas fenecer, cuando lo adecuado sería darles su espacio en la vida práctica. Y advertía, como pronunciando un vaticinio que, más tarde, oprimiría «como una pesadilla el cerebro de los vivos»: «toda la tempestad revolucionaria encontrará su calma en los cementerios del museo» [17]. La analogía puede funcionar para lo que aquí se ha propuesto: toda tempestad que anhele una revolución del modo de producción en un sentido progresivo tendrá que evitar la comodidad de los cementerios de la imitación acrítica, del desarrollismo desenfrenado, del complejo de inferioridad.

Este escrito no trataba de arrojar sin más a la laguna Estigia de la condena moral a este tipo de experiencias históricas que tuvieron que enfrentarse, como decimos, a unos desafíos nunca antes planteados y a una presión injerencista sin igual, sino de explorar, evitando toda suerte de determinismos, cuáles han sido las limitaciones endógenas y exógenas de esos proyectos autocondebidos como emancipadores, y qué de su legado puede contribuir con validez a la edificación de un futuro más digno de recibir tal nombre.

‍Por Violeta Garrido, filósofa

 [1] Karl Marx, Manuscritos económico-filosóficos, Madrid, Alianza, 2008, p. 47.

[2] Paul Lafargue, El derecho a la pereza, Madrid, Maia ediciones, 2012.

[3] Lucio Colletti, From Rousseau to Lenin, Nueva York, Monthly Review Press, 1972.

[4] Bolívar Echeverría, Las ilusiones de la modernidad, México D.F., UNAM/El equilibrista, 1995.

[5] Nikolai Tarabukin, El último cuadro, Barcelona, Gustavo Gili, 1977, p. 42-43.

[6] Friedrich Engels, Socialismo utópico y socialismo científico, Madrid, Fundación Federico Engels, 2006, p. 88.

[7] Susan Buck-Morss, Mundo soñado y catástrofe, Madrid, Antonio Machado Libros, 2004, p. 136.

[8] Borys Groys, Obra de arte total Stalin, Valencia, Pre-Textos, 2019.

[9] Karl Marx, op. cit., p. 60.

[10] Charles Bettelheim, Las luchas de clases en la URSS. Primer periodo (1917-1923). Madrid, Alianza, 1976.

[11] Nikolai Bujarin, ABC del comunismo, Barcelona, Fontamara, 1977, p. 198.

[12] Andreas Malm, Capital fósil, Madrid, Capitán Swing, 2020.

[13] Aaron Bastani, Comunismo de lujo totalmente automatizado, Valencia, Antipersona, 2020, p. 38.

[14] Ibid, p. 94.

[15] Jean-Paul Sartre, Crítica de la razón dialéctica (2 vols.), Buenos Aires, Losada, 1963.

[16] Karl Marx, El capital, Tomo III, Vol. 8, México D.F., Siglo XXI, p. 352.

[17] Nikolai Tarabukin, op. cit., p. 62.

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Jueves, 04 Noviembre 2021 05:43

Los retos de una transición ecosocial

Los retos de una transición ecosocial

El reciente informe del IPCC no deja lugar a dudas: “es inequívoco que la influencia humana ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra”. Es más, según las filtraciones del borrador del documento del grupo III, se llega a afirmar que el sistema capitalista es el responsable directo de dicho cambio. Pues bien, en este artículo voy a tratar de hablar de cuáles serían los retos para la transición y, además, por qué la transición debe ser planificada y ecosocialista y no bajo una dinámica de mercado.

¿Cuáles son los retos para la transición?

En general, hablar de transición ecosocial y hablar de transición energética en sentido amplio no son sinónimos, pero casi. La transición energética,  lejos de lo que se suele pensar, va mucho más allá del sistema eléctrico: el 77% de la energía final consumida es distinta de la electricidad. Por ello, una transición energética hacia un modelo completamente sostenible implica un cambio muy profundo del conjunto de las estructuras y dinámicas sociales.

Al margen de consideraciones de tipo político, se pueden identificar cuatro grandes retos para esa transición, ya sea desde una perspectiva neoliberal, social-liberal o ecosocialista:

1- El agotamiento de los combustibles fósiles

Que los combustibles fósiles se van a agotar es un hecho dado el carácter finito de nuestro planeta. Pero en realidad, el problema inminente no es tanto que se agoten como que la oferta no sea capaz de suplir la demanda. Al desequilibrarse la oferta y la demanda, suben los precios y eso es precisamente lo que está empezando a ocurrir.

Por otra parte, si la oferta no satisface la demanda, entonces, con el petróleo disponible hay que decidir para qué hay y para qué no. En este punto, el gran problema del sistema capitalista es que la decisión final no es fruto de una deliberación democrática, sino de una imposición vía precio cuando no de una imposición militar. Y al margen de la profunda crisis en la que puede entrar la economía mundial, recordemos que para fabricar las fuentes renovables se sigue necesitando quemar fósiles.

2- Los materiales para la transición

Según el informe de la Agencia Internacional de la Energía, para llevar a cabo la transición (su modelo de transición), en 2040 la cantidad de materiales escasos a emplear será ingente. Pero de todos los materiales que se requieren, los destinados a los coches y las baterías supondrían en torno al 45%. Igualmente, la red eléctrica consumiría el 35% de los materiales, pero también es cierto que sin electrificar toda la flota de vehículos no sería necesario aumentar la red eléctrica en tan gran escala. Aunque los aerogeneradores requieren de algunas tierras, no así la fotovoltaica basada en silicio, parece que los materiales no tendrían por qué ser un mayor problema si la transición llevada a cabo es de tipo ecosocial y comedida. El problema vendrá si se quiere mantener el estándar de consumo actual.

3- El almacenamiento

El almacenamiento es de las cuestiones más estratégicas en el ámbito de la energía en el medio plazo, porque, en última instancia, es lo que va a marcar la disponibilidad energética. Las distintas tecnologías renovables se complementan entre sí, pero aún así habrá huecos por la noche y en invierno que deberán ser cubiertos: bien quemando fósiles, aprovechando la energía almacenada en las horas de excedente o bien racionalizando la energía; o, lo que es lo mismo, asumiendo que haya cortes.  Si el almacenamiento está en manos públicas, podrá ser gestionado de forma democrática, pero si está en manos privadas, será una gran fuente de lucro para una minoría y de privación de derechos básicos para la mayoría. Por eso es tan importante la creación de una empresa pública que gestione el almacenamiento.

El gran problema es que el almacenamiento de energía no es fácil de conseguir. Y cuanto más consumo haya, mayor será la necesidad de almacenamiento. Por tanto, si se quiere un escenario 100% renovable, es imperativo reducir el consumo de forma drástica.

4- La electrificación de los consumos

El cuarto de los grandes retos es la cuestión de la electrificación. Del actual consumo energético final en el Estado español, sólo el 23% es electricidad y el 7% renovable directa. Esto quiere decir que el otro 70% procedente de fuentes fósiles, principalmente derivados del petróleo y gas, hay que hacerlo renovable. Y eso implica electrificar los consumos (por ejemplo, el coche eléctrico), emplear renovables directas (por ejemplo, los viejos molinos para moler el trigo), y reducir el consumo energético de esos sectores.

Aquí el problema es que ni todos los procesos son electrificables (o al menos no son sencillos de electrificar) ni tampoco es posible emplear renovables directas en muchas ocasiones. Por ello, cuando se habla de un escenario 100% renovable, aun con propuestas de reducciones drásticas de consumo energético, es mucho más fácil enunciarlo que ponerlo en práctica.

¿Cuál es el modelo de transición actual?

La principal característica del modelo de transición que se está llevando a cabo es que sigue la dinámica de mercado. El Estado deja hacer a las entidades privadas, que ven en la transición un gran nicho para hacer negocio a nuestra costa. Pero otro problema aún más crucial es que, lejos de ser una transición medianamente ordenada, en la que a cada apagón fósil le acompaña un encendido simultáneo renovable, será una transición completamente caótica. Dado que bajo el sistema de mercado el mecanismo de ajuste entre oferta y demanda es vía precio, cuando se rompa ese equilibrio en la sustitución de fósiles por renovables, los precios de la energía se van a disparar, impactando en el conjunto del sistema económico.

Así, una transición bajo dinámica de mercado será caótica, generará grandes sufrimientos sociales y probablemente desencadenará una conflictividad e inestabilidad política global.

Entonces, ¿qué transición y por qué?

Frente a una transición caótica, injusta y generadora de desigualdades, necesitamos una transición planificada, porque es la única forma de garantizar que sea efectiva, además de justa y democrática. Modelos de transición planificada puede haber muchos, pero la propuesta que se defiende aquí es una combinación pública y comunitaria. La parte pública es fundamental porque hay una serie de infraestructuras que tiene que garantizar el Estado y, en especial, todo lo que tiene que ver con la distribución, el almacenamiento o la garantía en el suministro. Por otra parte, la titularidad comunitaria es imprescindible para garantizar la soberanía energética de las comunidades con la suficiente autonomía respecto a los vaivenes del mercado o del Estado. Previene frente a movimientos especulativos o futuras privatizaciones, además de permitir una gestión democrática y más cercana al territorio.

No obstante, y dados los retos expuestos, dos cosas se deben hacer a la vez y además rápido: instalar renovables masivamente y reducir el consumo energético drásticamente. Incluso en un escenario de reducción del consumo del 70%, la fotovoltaica en tejados sólo cubriría del orden del 40% del total de fotovoltaica que habría que instalar en ese escenario de reducción extrema, la eólica habría que multiplicarla por 2, la solar térmica por 5 o por 6… Es muchísima la potencia renovable que aún faltaría por instalar.

Siendo conscientes de que reducción va a haber sí o sí, ya sea por un acto consciente, ya sea por el agotamiento de los combustibles fósiles, o ya sea porque no existan suficientes materiales, la decisión de época es si el mecanismo de reducción va a ser vía mercado o vía planificación democrática. Bajo la vía de mercado será un sálvese quien pueda, bajo la vía de la planificación democrática, podrá ser un aterrizaje lo más suave e igualitario posible. Primero deberán reducir su consumo las actividades que más derrochan, pero sobre todo, los fuertes descensos en el consumo energético se van a producir mediante cambios sistémicos en nuestro modelo de vida como el modelo productivo o el modelo de ciudad. Además, si hay escasez energética, habrá que prepararse para racionalizarla bajo criterios como el establecimiento de un consumo máximo por actividades y/o por habitantes.

La tarea a realizar es realmente épica teniendo en cuenta que, durante lo más duro del confinamiento, tan sólo se consiguió reducir el consumo energético en torno al 30%. Llevar a cabo el gran reto que tenemos como sociedad implica no sólo una socialización del sistema eléctrico y energético, implica la socialización del conjunto de actividades económicas productivas y reproductivas.

30 octubre 2021

Estanislao Cantos es ingeniero aeronáutico y miembro del Área de Ecología de Anticapitalistas

Publicado enMedio Ambiente
Con 88 mil investigaciones se confirma que humanos han causado el cambio climático

Fundamental, admitir el papel de las emisiones de gases de efecto invernadero para aportar nuevas soluciones, alertan

 

Más de 99.9 por ciento de los artículos científicos revisados por pares coinciden en que el cambio climático es causado principalmente por los humanos, según 88 mil 125 estudios relacionados con el tema.

La investigación de la Universidad de Cornell actualiza un documento similar de 2013 que revela que 97 por ciento de los estudios publicados entre 1991 y 2012 apoyaron la idea de que las actividades humanas están alterando el clima. La actual examina la literatura publicada desde 2012 hasta noviembre de 2020 para explorar si el consenso ha cambiado.

"Estamos virtualmente seguros de que el consenso está muy por encima de 99 por ciento ahora y que está prácticamente cerrado el caso de cualquier conversación pública significativa sobre la realidad del cambio climático causado por los humanos", destacó Mark Lynas, miembro visitante de la Alianza para la Ciencia en Cornell University y el principal autor del artículo.

"Es fundamental reconocer el papel principal de las emisiones de gases de efecto invernadero para que podamos movilizar rápidamente nuevas soluciones, dado que ya somos testigos en tiempo real de los devastadores impactos de los desastres relacionados con el clima en las empresas, las personas y la economía", señaló Benjamin Houlton, decano de la Facultad de Agricultura y Ciencias de la Vida en Cornell y coautor del estudio, publicado en Environmental Research Letters.

A pesar de estos resultados, las encuestas de opinión pública, así como los juicios de políticos y representantes públicos, apuntan a creencias falsas y afirman que todavía existe un debate significativo entre los científicos sobre la verdadera causa del cambio climático.

En 2016, el Centro de Investigaciones Pew descubrió que sólo 27 por ciento de los adultos estadunidenses creen que "casi todos" los científicos estaban de acuerdo en que el cambio climático se debe a la actividad humana, según el documento. Una encuesta de Gallup de 2021 señaló una división partidista cada vez más profunda en la política de Estados Unidos sobre si el aumento de las temperaturas desde la revolución industrial fue causado principalmente por los hombres.

"Para comprender dónde existe un consenso, es necesario cuantificarlo. Eso significa examinar la literatura de una manera coherente y no arbitraria para evitar intercambiar papeles seleccionados, que es a menudo la forma en que estos argumentos se llevan a cabo en la esfera pública."

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 16 Octubre 2021 06:06

Erotismo y enfermedad

Erotismo y enfermedad

A comienzos de 1983, creo, una noticia estremeció al mundo: una nueva enfermedad había comenzado a instalarse y se difundía con la presteza de una peste, como otras que habían afligido a la humanidad y de las que numerosos libros se escribieron y películas que se filmaron y cuadros que se pintaron a propósito y que ilustran sus espantosos alcances. Se llamó SIDA y lo que se empezó a ver como sus efectos era escabroso, un cáncer de nombre terrorífico, sarcoma de Kaposi, tuberculosis y otros flagelos que omito mencionar, no veo para qué lo haría, está fresco el recuerdo de lo que iba produciendo y sigue produciendo, parece que África es su lugar preferido, no tanto porque los africanos lo hayan elegido sino porque los medicamentos que abundan afortunadamente en Europa y otros continentes no llegan hasta esas remotas regiones.

Conocí a algunos afectados; todavía están en mi memoria sus tristes gestos de despedida, la vida se les iba yendo y las esperanzas en la medicina salvadora adelgazaban cada día, aunque poco a poco no sólo empezaron a encontrarse drogas al principio paliativas sino también hasta curativas, no sé si total o parcialmente curativas de modo que, como todo se termina por olvidar, al cabo de algunos años pareciera que dejó de ser tema, ya casi no se habla de eso que tanto conmovió en su momento: hoy, para qué decirlo, se habla de Covid que, da la impresión, es más mortífera, desde su punto de vista más eficiente, si es que se trata de castigar al género humano, objetivo que ambas pestes alcanzaron y la última sigue alcanzando.

Cuando la peste del SIDA iba manifestándose se dijo que había sido introducida por un sobrecargo de un avión que venía de Europa y tenía como destino los Estados Unidos. Se trataba de un homosexual de modo que fue fácil atribuir el origen de la enfermedad a la homosexualidad, equivalente en esos primeros meses a una devastadora y mortífera potencia. Todo se dirigía a los homosexuales que, se puede inferir, debían empezar no sólo a tomar más precauciones que las que habían tomado previamente, desaprensivos o incautos o poseídos por una pasión que no reconocía riesgos, sino a sentirse culpables, hasta el punto de abandonar la decisión de vida que habían tomado. Pero, no deja de ser sorprendente, eso no ocurrió; diría que, al contrario, la homosexualidad masculina adquirió mucho más volumen que antes, se situó en la escena social, salió de la oscuridad y empezó a exigir y logró muchas cosas, el matrimonio igualitario por empezar.

Eso fue un triunfo si se trata de derechos y, por añadidura, se logró quitar ese detestable cartelito de la homosexualidad como enfermedad del cuerpo y del alma, de la moral y la civilización, tal vez no del todo pero en una gran medida y, además, algo tanto o más importante, ampliar el horizonte de la sexualidad que estaba recluido en el psicoanálisis pero no en la superficie de las relaciones sociales. Y a eso me quiero referir.

Algo, entonces, se destapó o se despertó, la temática sexualizante --ya había ocurrido en otros momentos, siglo XVIII, fines del XIX-- cobró tal fuerza que generó dispositivos de todo tipo, desde la vestimenta hasta la publicidad pasando por la literatura, el cine y el periodismo, hasta llegar a la Universidad, campo de contiendas teóricas e institucionales en el cual se ha dado una proliferación de investigaciones, seminarios, secciones, departamentos, maestrías, cursos, tesis de doctorado sobre toda clase de modalidades de la sexualidad; por supuesto en el lenguaje, ejemplo de lo cual es la aparición de la respetable palabra “gay” y, desde luego, en expresiones quizás no novedosas pero ahora públicas, el travestismo, la transexualidad y hasta la generalización del concepto de género. Pero, para lo que me interesa ahora, el majestuoso reinado del erotismo que, por cierto, tenía ya notables antecedentes a partir de las categorías básicas freudianas.

Sólo que el interés que ha despertado es también desconcertante porque si la dimensión erótica, que Freud puso en el tapete, junto con su antagónica, la tanática, no sólo era central sino la garantía de la existencia misma, en un momento como el actual, desde fines del 2019 hasta ahora y vaya uno a saber cuánto tiempo más, con tanto muerto efectivo y tanto en ciernes, parecería en retirada, el Tánatos, triunfante, sonríe en su trono mientras que el Eros se encoge pero no se rinde, justamente el combate contra la peste descansa sobre un impulso erótico que sigue buscando las maneras de hacer retroceder la muerte, me refiero a la ciencia, al cuidado, a la conciencia y, sobre todo, al amor.

Pero todo eso es de orden general, es la lucha misma por la vida; en lo particular se trata del concepto y de sus alcances y características, además de la historia de las interpretaciones y aproximaciones que se han venido haciendo y se siguen haciendo pese a todo, en el heroico combate que la inteligencia realiza entre quienes no renuncian a pensar y rechazan el temor.

¿Vale la pena, cuando estamos tan preocupados por la fuerza del covid, reflexionar sobre el concepto, afilarlo, invocarlo con precisión y neutralizar los equívocos que son como una red que lo aprisiona? Quizás no y sea inútil pero como tampoco es útil repetirse incesantemente que la situación es realmente horrible, al menos podemos hacer que la cabeza no entre en el marasmo de una repetición viciosa, más angustiosa que esclarecedora. Por eso, me congratulo de mi suerte: formé parte de un proyecto de investigación sobre el erotismo en la literatura latinoamericana que, bajo la dirección de mi querido amigo Gustavo Lespada, se llevó a cabo y terminó recientemente; no sólo eso: en la reunión anual del Instituto de Literatura Hispánica hubo varios trabajos que giraban sobre ese deseo de precisión, inteligencia y belleza.

Me costaría enumerar las ideas que se presentaron, tal fue su sutileza, que surgieron como ilustraciones de lo que es el erotismo más allá de la vulgar identificación con lo exclusivamente sexual y las distinciones con la pornografía. Reside en el toque físico, por cierto, en el deseo, categoría central para el psicoanálisis sin duda, pero también en el básico gesto de la escritura ..la escritura per se, no necesariamente de un decir lo erótico.-, en las rupturas y en las transgresiones, se encuentra en el derroche y en el desperdicio, en la holgazanería, en el movimiento de transformación de la materia y del sueño, en la fuerza de la representación, en fin en todo lo que encarna lo que puso Freud cuando lo ubicó en el inconsciente como el ariete que detiene, por no se sabe cuánto tiempo, los arrebatos del Tánatos.

Suficiente como para enriquecerse y comprender que si bien nos acecha y asedia una peste furiosa, a la que como escapatoria del miedo y la angustia se ve preponderantemente desde una mirada política --basta con considerar lo que intenta lograr la llamada “oposición” con sus delirios acusatorios-- no nos queda otra que tratar de comprender mediante el rescate del erotismo lo que está en riesgo creyendo que en esa comprensión, o su intento, reside la única posibilidad de al menos acercarse a lo que la peste produce, más allá de la muerte que produce y que está ahí nomás acechante en los recovecos de lo cotidiano.

Comprender lo erótico, salvarlo, distinguirlo en el lenguaje pero también en lo político mismo, comprender el erotismo al revés de los que aprovechan, los ricos cada vez más ricos, los politicastros que suponen que fabricando el fracaso de unos encontrarán su menguado y triste éxito, pero también comprender lo que se hace y cómo se hace, en la eterna lucha contra el mal.

 Comprendí, además, que más allá de su existencia previa, la del niño que busca el pecho de su madre, el erotismo se construye, nace de la presencia del otro, lo necesita del mismo modo y recíprocamente lo necesita el otro, en una interacción silenciosaambos construyen esa vibración, ambos “quieren”, y en ese querer está todo, no estar solos en el desamparo.

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Llamamiento a la acción urgente para limitar el aumento de la temperatura global, restaurar la biodiversidad y proteger la salud

Este comentario se publica simultáneamente en varias revistas (apéndice). Esta lista completa de revistas, así como una lista adicional de revistas de apoyo, también se puede encontrar en el sitio web del BMJ.

 

La Asamblea General de las Naciones Unidas de septiembre de 2021 reunió a los países en un momento crítico para organizar una acción colectiva para hacer frente a la crisis medioambiental mundial. Se reunirán de nuevo en la cumbre sobre la biodiversidad en Kunming (China) y en la Conferencia de las Partes de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) en Glasgow (Reino Unido). En vísperas de estas reuniones fundamentales, nosotros -los editores de las revistas de salud de todo el mundo- hacemos un llamamiento para que se tomen medidas urgentes a fin de mantener el aumento medio de la temperatura mundial por debajo de 1,5°C, detener la destrucción de la naturaleza y proteger la salud.

La salud ya se está viendo perjudicada por el aumento de la temperatura global y la destrucción del mundo natural, una situación sobre la que los profesionales de la salud llevan llamando la atención desde hace décadas /1.

La ciencia es inequívoca: un aumento global de 1,5°C por encima de la media preindustrial y la pérdida continuada de biodiversidad suponen un riesgo de daño catastrófico para la salud que será imposible de revertir /2, 3

A pesar de la necesaria preocupación del mundo por el COVID-19, no podemos esperar a que pase la pandemia para reducir rápidamente las emisiones.

Como reflejo de la gravedad del momento, este Comentario aparece en las revistas de salud de todo el mundo. Estamos unidos en el reconocimiento de que sólo cambios fundamentales y equitativos en las sociedades revertirán nuestra trayectoria actual.

Los riesgos para la salud de los aumentos superiores a 1,5°C están ya bien establecidos /2. De hecho, ningún aumento de temperatura es "seguro". En los últimos 20 años, la mortalidad relacionada con el calor entre las personas mayores de 65 años ha aumentado en más de un 50% /4. El aumento de las temperaturas ha traído consigo un incremento de la deshidratación y de la pérdida de la función renal, de las neoplasias dermatológicas, de las infecciones tropicales, de los resultados adversos para la salud mental, de las complicaciones en el embarazo, de las alergias y de la morbilidad y mortalidad cardiovascular y pulmonar /5, 6. Los daños afectan de forma desproporcionada a los más vulnerables, como los niños, las poblaciones de edad avanzada, las minorías étnicas, las comunidades más pobres y las personas con problemas de salud subyacentes /2, 4

El calentamiento global también está contribuyendo a la disminución del potencial de rendimiento mundial de los principales cultivos, que se ha reducido en un 1,8-5,6% desde 1981; esto, junto con los efectos del clima extremo y el agotamiento del suelo, está obstaculizando los esfuerzos para reducir la desnutrición /4. Los ecosistemas prósperos son esenciales para la salud humana, y la destrucción generalizada de la naturaleza, incluidos los hábitats y las especies, está erosionando la seguridad hídrica y alimentaria, y aumentando la posibilidad de pandemias /3, 7, 8

Las consecuencias de la crisis medioambiental recaen de forma desproporcionada en los países y comunidades que menos han contribuido al problema y que menos pueden mitigar los daños. Sin embargo, ningún país, por muy rico que sea, puede protegerse de estos impactos. Permitir que las consecuencias recaigan desproporcionadamente sobre los más vulnerables generará más conflictos, inseguridad alimentaria, desplazamientos forzados y enfermedades zoonóticas, con graves consecuencias para todos los países y comunidades. Como en el caso de la pandemia de la COVID-19, en el mundo somos tan fuertes como nuestro miembro más débil.

Las subidas por encima de 1,5°C aumentan la posibilidad de alcanzar puntos de inflexión en los sistemas naturales que podrían encerrar al mundo en un estado de inestabilidad aguda. Ello perjudicaría gravemente nuestra capacidad para mitigar los daños y evitar un cambio ambiental catastrófico y desbocado /9, 10.

Resulta alentador que muchos gobiernos, instituciones financieras y empresas estén fijando objetivos para alcanzar las emisiones netas cero, incluyendo objetivos para el 2030. El coste de las energías renovables está bajando rápidamente. Muchos países se proponen proteger al menos el 30% de la tierra y los océanos del mundo para 2030 /11.

Estas promesas no son suficientes. Los objetivos son fáciles de fijar y difíciles de alcanzar. Todavía tienen que ir acompañados de planes creíbles a corto y largo plazo para acelerar las tecnologías más limpias y transformar las sociedades. Los planes de reducción de emisiones no incorporan adecuadamente las consideraciones sanitarias /12. Cada vez es más preocupante que el aumento de la temperatura por encima de 1,5°C empiece a considerarse inevitable, o incluso aceptable, para los miembros más poderosos de la comunidad mundial /13. En relación con esto, las estrategias actuales para reducir las emisiones a cero neto a mediados del siglo XXI asumen de forma inverosímil que el mundo adquirirá grandes capacidades para eliminar los gases de efecto invernadero de la atmósfera /14, 15

Esta acción insuficiente significa que es probable que el aumento de la temperatura supere ampliamente los 2°C /16, un resultado catastrófico para la salud y la estabilidad medioambiental. Lo más importante es que la destrucción de la naturaleza no tiene la misma importancia que el elemento climático de la crisis, y no se ha alcanzado ninguno de los objetivos mundiales para restaurar la pérdida de biodiversidad en el 2020 /17. Se trata de una crisis medioambiental global /18.

Los profesionales de la salud se unen a los científicos medioambientales, a las empresas y a muchos otros para rechazar que este resultado sea inevitable. Se puede y se debe hacer más ahora -en Glasgow y en Kunming- y en los años inmediatos que les siguen. Nos unimos a los profesionales de la salud de todo el mundo que ya han apoyado los llamamientos a una acción rápida /1, 19.

La equidad debe estar en el centro de la respuesta mundial. Contribuir de forma justa al esfuerzo mundial significa que los compromisos de reducción deben tener en cuenta la contribución histórica acumulada de cada país a las emisiones, así como sus emisiones actuales y su capacidad de respuesta. Los países más ricos tendrán que recortar las emisiones más rápidamente, realizando reducciones para 2030 más allá de las actualmente propuestas /20, 21 y alcanzando emisiones netas cero antes de 2050. Se necesitan objetivos similares y medidas urgentes para la pérdida de biodiversidad y la destrucción global del mundo natural.

Para alcanzar estos objetivos, los gobiernos deben introducir cambios fundamentales en la organización de nuestras sociedades y economías y en nuestra forma de vida. La estrategia actual de animar a los mercados a cambiar las tecnologías sucias por las más limpias no es suficiente. Los gobiernos deben intervenir para apoyar el rediseño de los sistemas de transporte, las ciudades, la producción y distribución de alimentos, los mercados de inversiones financieras, los sistemas de salud y mucho más. Se necesita una coordinación mundial para garantizar que la carrera por las tecnologías más limpias no se produzca a costa de una mayor destrucción del medio ambiente y de la explotación humana.

Muchos gobiernos afrontaron la amenaza de la pandemia del COVID-19 con una financiación sin precedentes. La crisis medioambiental exige una respuesta de emergencia similar. Se necesitarán enormes inversiones, más allá de lo que se está considerando o entregando en cualquier parte del mundo. Pero tales inversiones producirán enormes resultados positivos para la salud y la economía. Entre ellos, puestos de trabajo de alta calidad, reducción de la contaminación atmosférica, aumento de la actividad física y mejora de la vivienda y la dieta. La mejora de la calidad del aire por sí sola supondría unos beneficios para la salud que compensarían fácilmente los costes globales de las reducciones de emisiones /22.

Estas medidas también mejorarán los determinantes sociales y económicos de la salud, cuyo mal estado puede haber hecho a las poblaciones más vulnerables a la pandemia de COVID-19 /23. Pero los cambios no pueden lograrse mediante la vuelta a las perjudiciales políticas de austeridad o la continuación de las grandes desigualdades de riqueza y poder dentro de los países y entre ellos.

En particular, los países que han creado la crisis medioambiental de forma desproporcionada deben hacer más para apoyar a los países de ingresos bajos y medios para que construyan sociedades más limpias, más sanas y más resistentes. Los países de renta alta deben cumplir y superar su compromiso pendiente de aportar 100.000 millones de dólares al año, compensando cualquier déficit en 2020 y aumentando las contribuciones hasta 2025 y más allá. La financiación debe repartirse a partes iguales entre la mitigación y la adaptación, incluyendo la mejora de la resiliencia de los sistemas sanitarios.

La financiación debe ser a través de subvenciones en lugar de préstamos, creando capacidades locales y empoderando realmente a las comunidades, y debe venir acompañada de la condonación de grandes deudas, que limitan la agencia de tantos países de bajos ingresos. Hay que movilizar fondos adicionales para compensar las pérdidas y los daños inevitables causados por las consecuencias de la crisis medioambiental.

Como profesionales de la salud, debemos hacer todo lo posible para contribuir a la transición hacia un mundo sostenible, más justo, resistente y saludable. Además de actuar para reducir los daños de la crisis medioambiental, debemos contribuir de forma proactiva a la prevención global de nuevos daños y a la actuación sobre las causas profundas de la crisis. Debemos pedir cuentas a los líderes mundiales y seguir educando a los demás sobre los riesgos sanitarios de la crisis. Debemos unirnos al esfuerzo de lograr sistemas de salud ambientalmente sostenibles antes de 2040, reconociendo que esto significará cambiar la práctica clínica. Las instituciones sanitarias ya han desinvertido más de 42.000 millones de dólares en activos de combustibles fósiles; otras deberían unirse a ellas /4.

La mayor amenaza para la salud pública mundial es el fracaso continuado de los líderes mundiales para mantener el aumento de la temperatura global por debajo de 1,5°C y restaurar la naturaleza. Deben realizarse cambios urgentes en toda la sociedad, que conducirán a un mundo más justo y saludable. Nosotros, como editores de revistas de salud, hacemos un llamamiento a los gobiernos y a otros líderes para que actúen, marcando 2021 como el año en que el mundo cambie finalmente de rumbo.

14 octubre 2021

Publicado enMedio Ambiente
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