Los contrastes económicos en las grandes urbes del mundo se intensifican con la actual crisis y pronostican que se mantendrán por varios años. En la imagen una panorámica de Santa Fe, en la Ciudad de México.Foto José Carlo González

La crisis causada por la pandemia se mantendrá hasta 2030: BM

 

Los hombres y mujeres más acaudalados del mundo aumentaron su riqueza 18 mil dólares durante el año pasado por cada "nuevo pobre" que, según estimados del Banco Mundial (BM), ha dejado la crisis por el Covid-19. El organismo financiero estima que 100 millones de personas se sumaron a la pobreza el año pasado. Es la primera vez que esta tendencia crece desde 1998 y, como secuela, la desigualdad aumentará en 78 de las 91 economías de las que se disponen datos.

"La búsqueda para acabar con la pobreza ha sufrido su peor revés" y “con toda seguridad, los efectos de la actual crisis se mantendrán en la mayoría de los países hasta 2030; (…) a largo plazo, es probable que la crisis aumente la desigualdad dentro de los países por primera vez en una generación”, proyecta el Banco Mundial.

Mientras la economía tuvo su mayor caída en 90 años y millones de personas perdieron sus empleos, las 500 personas más ricas del mundo –que equivalen a 0.001 por ciento de la población mundial– vieron el mayor crecimiento de sus fortunas en ocho años, muestra el Índice de Multimillonarios que realiza Bloomberg. Ganaron un billón 800 mil millones de dólares el año pasado, 31 por ciento más que al cierre de 2019.

Como resultado, cinco personas –cuatro de ellos estadunidenses y dueños de los principales negocios de tecnología cuya regulación tributaria sigue en vilo a nivel mundial– ahora poseen una riqueza que supera 100 mil millones de dólares. Son Elon R. Musk (Tesla), Jeff Bezos (Amazon), Bill Gates (Microsoft), Bernard Arnault (Louis Vuitton-Moët Hennessy) y Mark Zuckerberg (Facebook).

También seis mexicanos se encuentran en el listado: Carlos Slim con una fortuna de 57 mil 600 millones de dólares, al sábado pasado; la familia Larrea, Sara Mota y Germán, con una riqueza conjunta de 26 mil 140 millones de dólares; Ricardo Salinas, con 13 mil 200 millones; Alberto Bailleres, con 10 mil 600 y Juan Beckmann, con 8 mil 470 millones de dólares.

Mientras los multimillonarios de la tecnología abultaron su riqueza en medio de la crisis, el Banco Mundial expuso que, aun sin la pandemia, reducir la pobreza extrema a menos de 3 por ciento para 2030 –que nadie sobreviva con menos 1.90 dólares al día (alrededor de 38 pesos)– ya daba visos de ser una meta irrealizable. Ahora, dada la crisis, es "más difícil de alcanzar que nunca", reconoció.

En el informe Un cambio de suerte, explicó que antes del Covid-19, millones de personas habían conseguido eludir la pobreza extrema por escaso margen, pero la recesión de 2020 se recargó en los más pobres y vulnerables; y abrió el perfil de la pobreza.

Además de los que el Banco Mundial llama "pobres crónicos" –población rural dedicada al agricultura y la ganadería–, la pandemia evidenció "nuevos pobres" en las ciudades, entre personas con mayores grados educativos, dedicada a los servicios, la construcción y la manufactura, y sobre todo entre la población más joven (hasta hace dos años la mitad de los pobres en el mundo eran niños menores de 15 años).

El Banco Mundial estima que con una contracción de hasta 8 por ciento en el producto interno bruto (PIB) per cápita el año pasado, la pobreza extrema habría aumentado hasta 1.5 puntos porcentuales en 2020 y 1.9 puntos porcentuales en 2021. Eso significa una tasa de pobreza extrema de 9.4 por ciento para ambos años, similar a los niveles que se tenían en 2017.

En adelante, aún con escenarios optimistas "los efectos empobrecedores de la pandemia serán colosales", advirtió. Para 2030, las proyecciones más positivas muestran que 6.7 por ciento de la población mundial vivirá con menos de 1.9 dólares al día, prácticamente el doble de la meta del organismo. Pero esta podría llegar hasta 8.6 por ciento si siguen avanzando los indicadores de desigualdad.

El Banco Mundial subrayó que la pandemia, los conflictos armados y el cambio climático son los tres factores cuya confluencia está impulsando la crisis actual y extenderá su impacto hacia el futuro. Así que "sin intervenciones enérgicas, la crisis puede desencadenar ciclos de mayor desigualdad de ingresos, menor movilidad social entre los grupos vulnerables y menor resiliencia frente a futuras conmociones", manifestó.

Publicado enEconomía
Escena captada en Barcelona en febrero pasado en el contexto del Congreso Mundial de Móviles.Foto Ap

En mi reciente libro La invisible cárcel cibernética (https://bit.ly/3lZfUsO)” sobre el poderío desregulado e inescrutable de los gigantes de Silicon Valley, advertí sobre la tiranía suprametaconstitucional de las redes sociales que han dado lugar a una genuina cibercracia (https://bit.ly/2TdShk6).

Los legisladores de los partidos Demócrata y Republicano, así como la Federal Trade Commission y el Departamento de Justicia de EU ya habían amagado con iniciar el empequeñecimiento y/o la atomización de los gigantes de Silicon Valley que siguen teniendo ganancias exorbitantes, pese a la pandemia del Covid-19.

La cibercracia nunca fue imaginada ni por la secuencia cíclica del poder de Aristóteles en el siglo IV aC –monarquía/tiranía/aristocracia/oligarquía/orden social/democracia– ni por la anaciclosis del historiador Polibio en el siglo II aC: monarquía, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia, oclocracia.

En EU no existe una "democracia" como tal, donde opera una "plutocracia" que se subsume en la bancocracia de sus gigabancos que controlan Wall Street y la voluntad de los valetudinarios ciudadanos (https://bit.ly/31qyFxI). Debido a la revolución tecnológica, en EU se han acoplado cibercracia/plutocracia/bancocracia que tienen sometido a 99 por ciento de sus ciudadanos.

La tiranía de la cibercracia ha llegado a grados inconcebibles cuando la más diminuta de todas, Twitter, se ha arrogado el derecho de censurar la publicación del New York Post sobre los correos de Hunter Biden en sus tratativas mafiosas con Ucrania/China/Kazajistán, lo cual ha sido fustigado por los republicanos del Comité Judicial del Senado (https://bit.ly/37oW0n3).

El Wall Street Journal (WSJ) anunció el proceso del Departamento de Justicia en una Corte Federal en Washington contra Google mediante una “ley antimonopolio ( antitrust)” debido a su “conducta anticompetitiva para preservar monopolios para la búsqueda ( search) y la publicidad de la búsqueda que forman las piedras de toque de su amplio conglomerado (https://on.wsj.com/3dHm4uR)”.

Se trata del “desafío legal más agresivo en EU al dominio de una empresa en el sector tecnológico en más de dos décadas, y tiene el potencial de sacudir a Silicon Valley y más allá (https://on.wsj.com/2TfEDg0)”: ¡90 por ciento de las búsquedas en el mundo y 80 por ciento en EU son controladas por Google!

Google, que sufre un juicio similar al de Microsoft hace 20 años, desechó la demanda como "profundamente defectuosa", pues "la gente usa Google porque lo desea, no porque está obligada o porque no puede hallar alternativas".

Lo más perturbador es que las acciones de su matriz empresarial Alphabet subieron 1.52 por ciento, cuya capitalización de mercado ronda mil 62 millones de millones (trillones, en anglosajón).

Google, que controla YouTube –la mayor plataforma de videos del mundo–, alega que "sus servicios son ofrecidos a los usuarios a casi o a ningún costo", lo cual “socava el argumento tradicional antitrust” sobre los daños potenciales de precio.

El WSJ sopesa el desenlace del juicio contra Google, que podría tomar muchos años, en caso de una derrota o de un triunfo judicial.

En caso de derrota, "la corte ordenaría cambios a la operación de partes de sus negocios", lo cual "crearía potencialmente nuevas aperturas a las empresas rivales". En realidad, lo que está en tela de juicio es su "modelo de negocios".

En caso de un triunfo de Google, le asestaría "un fuerte golpe al escrutinio general de Washington a los gigantes tecnológicos", lo cual obligaría a una subsecuente acción legislativa del Congreso para domesticarla.

Google pertenece a la tétrada Gafa (Google/Apple/ Facebook/Amazon) de los gigantes de Silicon Valley que exhiben la mayor capitalización de mercado en la Bolsa neoyorquina y su índice tecnológico Nasdaq.

Otros agregan Microsoft para crear el acrónimo Gafam, o al minúsculo Twitter, para formar el Gafat.

¿La impugnación de la cibercracia, ahora con Twitter y Google, podrá restituir su libertad perdida a los ciudadanos avasallados por su tiranía?

www.alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: alfredojalifeoficial

https://www.youtube.com/channel/UClfxfOThZDPL_c0Ld7psDsw?view_as=subscriber

Publicado enInternacional
Como de costumbre, el Banco de Suecia recompensa a los guardianes académicos del sistema capitalista

 Premio Nobel de Economía 2020

 

El premio del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel, llamado Premio Nobel de Economía, ha sido atribuido este año a Paul Milgrom y a Robert Wilson , ambos profesores de la Universidad de Stanford, California, especialistas en la venta en subasta.

Es decir que se han especializado en el estudio de los mecanismos por los que se llega a establecer el precio definitivo en el  que se realiza la transacción de un producto o servicio en el juego entre  uno o varios oferentes y potenciales adquirentes. Juego en que el o los oferentes tratan de obtener el precio  más elevado y los adquirentes el precio más bajo.

Un caso particular  sería el de las licitaciones públicas.

Esta  teoría  pretende  explicar –con modelos matemáticos, abscisas y ordenadas-  la manera en que se  llega al precio de mercado o precio de equilibrio de cualquier producto o servicio.

El “detalle”  consiste en  que dicha teoría es totalmente ajena a una explicación de cómo funciona la economía real. Es decir no aporta nada a la economía  política.

Es un residuo de las teorías marginalistas y subjetivistas que, en el mejor de los casos aportaron a la explicación de fenómenos económicos fragmentarios  sin llegar nunca a una comprensión global  y unitaria de la economía  y  a deducir las leyes generales de su funcionamiento.

Milgrom y Wilson hablan del mercado  pero ignoran qué es realmente el mercado: el lugar donde se encuentran  productores y consumidores, donde los primeros “llevan” los productos  fabricados  para ser vendidos  y/o los servicios  creados para –pago mediante- ser utilizados.  Y aparentan ignorar que en el caso particular de las licitaciones públicas, donde  la corrupción -pasiva  de los funcionarios  y activa de las empresas  oferentes- es habitual y distorsiona  totalmente  el “precio de equilibrio”.

Ignoran también cómo es el proceso de fabricación de  los productos y de  los servicios  destinados al mercado, en el cual  participan por un lado  los dueños del capital, de los instrumentos  y  medios de producción y  por el otro los productores reales: los trabajadores manuales e intelectuales,  por el otro.   Proceso en el que tiene lugar la explotación capitalista, fuente del beneficio de los dueños del capital (plusvalía)  y genera  la contradicción principal del sistema: que entre la producción y el consumo se interpone la explotación del productor/consumidor  final.

Hablan del mercado como si en él existiera la competencia pura y perfecta, ignorando que el precio lo fijan los monopolios  y oligopolios y la enorme influencia   de los mecanismos  que incitan a la gente a consumir por encima  de sus necesidades básicas y de sus posibilidades económicas. Por ejemplo la compra incesante e innecesaria de nuevos modelos de teléfonos portátiles, de videojuegos, de zapatillas de marca o de automóviles, según sea el nivel socio-económico del eventual comprador.

Quizás no es casual que en la misma Universidad de Stanford donde son profesores los nobelizados de este año, funciona un Laboratorio de Tecnología Persuasiva que dirigido por el psicólogo  B. J Fogg, quien ha escrito un libro cuyo título lo dice todo: Tecnología Persuasiva: utilizar las computadoras para cambiar lo que pensamos y lo que hacemos (tecnologías interactivas [Persuasive Technology: Using Computers to Change What We Think and Do (Interactive Technologies)]. También se llama a esta disciplina captología.

En resumen: no hay tal “precio de equilibrio”  que se alcanzaría en un juego limpio entre productor  y consumidor actuando  libremente.

El productor capitalista necesita vender aunque el consumidor común no tenga la capacidad adquisitiva  necesaria de  la que, como productor, fue despojado  por el capitalista  durante el proceso de producción (plusvalía).

Y esto se manifiesta claramente en tiempos de crisis,  que cada vez son más recurrentes y prolongadas.

Por ello el sistema inventa mecanismos para robotizar  al común de la gente despojándolos de discernimiento y de lo que le queda de libre arbitrio, mediante la “tecnología persuasiva”.

Los economistas nobelizados ignoran o simulan ignorar  cómo funciona realmente el mercado contemporáneo, dominado por los grandes monopolios y oligopolios y que el poder económico está confiscando el poder de decisión en todos los órdenes (en cuanto a  qué se produce, qué se consume, cómo se trabaja [si se consigue trabajo], qué se lee, qué información se difunde  y cómo se presenta ésta, qué se piensa, cómo se ocupa el tiempo libre, etc.)

Y el Banco de Suecia se ocupa de  otorgarles  una aureola de prestigio a individuos que tratan  de esconder con  teorías que no tienen nada de  científicas    la realidad del sistema capitalista imperante.

El rasgo común de estos economistas “nobelizados” es que nunca aciertan en sus previsiones. Ni cuando pronostican el fin de las crisis (jamás aciertan a preverlas) ni cuando nos prometen “un mundo feliz” con el capitalismo mundializado.

Un caso ejemplar (pero no único) de los desaciertos de los economistas nobelizados es el de Robert Merton y Myron Scholes, que recibieron el premio Nobel de economía en 1997. Scholes fue el creador, junto con Black, de un método matemático “infalible” para prevenir los riesgos financieros. Merton y Scholes eran asesores de Long-Term Capital Management (LTCM) un gestor de hedge funds de primera línea. Pero el método Scholes-Black no impidió que LTMC quebrara en 1998 y fuera salvado en última instancia por un aporte de 3500 millones de dólares proveniente de 14 grandes bancos.

Otro ejemplo. Stiglitz, muy solicitado en tribunas académicas y políticas y celebrado por los “progresistas” de todo el mundo, recibió en 2001, junto con Akerlof y Spence, el Premio Nobel de Economía por su contribución a la teoría de la asimetría de la información, que sostiene que las fallas del mercado capitalista no se deben a la inexistencia de una competencia “pura y perfecta” (“la mano invisible del mercado”) sino que es el resultado de una información asimétrica e imperfecta que, dice, podría “tener profundos efectos en la forma en la que se comporta la economía”. Véase: http://www.project-syndicate.org/commentary/asymmetries-of-information-and-economic-policy/spanish.

Una prueba de la ineficacia de las teorías y de los métodos de Stiglitz para analizar la economía real es un informe que elaboró en 2002, encomendado por los grupos financieros Fannie Mae y Freddie Mac, donde afirmó que la actividad de dichos grupos, que garantizaban los préstamos hipotecarios concedidos por los Bancos a clientes poco solventes, no implicaban prácticamente ningún riesgo para el sistema bancario. Según Stiglitz el riesgo era del orden de entre uno sobre medio millón y uno sobre tres millones.Véase: Implications of the New Fannie Mae and Freddie Mac Risk-based Capital Standard. Joseph E. Stiglitz, Jonathan M. Orszag and Peter R. Orszag.

Contra las “previsiones” de Stiglitz, basadas en modelos matemáticos, las políticas de Fannie Mae y Freddie Mac contribuyeron en buena medida a desencadenar la crisis financiera que dura hasta hoy.

Otros nobelizados se han dedicado a estudiar por qué la gente compra una cosa y no otra,  la llamada “decisión en condiciones de incertidumbre o teoría de la elección”. O a  realizar estudios que se utilizan  en las operaciones de mercadotecnia para fomentar el consumismo. Son una actualización de las orientaciones subjetivistas en economía  con un agregado “neurobiológico” (neuroeconomía y neuromercadotecnia). Así es como en 2002 se le otorgó el Premio Nobel de Economía al psicólogo Daniel Kahneman por sus trabajos sobre la “teoría de las perspectivas”, base de la “finanza comportamental” y por sus trabajos sobre la “economía de la felicidad”.

Los personajes como Milgrom y Wilson, otros nobelizados en Economía y muchos otros profesores y académicos convenientemente mediatizados  ya fueron caracterizados por Marx, quien escribió en el Epílogo a la segunda edición alemana de El Capital (Londres 1873):

“La burguesía, en Francia e Inglaterra, había conquistado el poder político. Desde ese momento la lucha de clases, tanto en lo práctico como en lo teórico, revistió formas cada vez más acentuadas y amenazadoras. Las campanas tocaron a muerto por la economía burguesa científica. Ya no se trataba de si este o aquel teorema era verdadero, sino de si al capital le resultaba útil o perjudicial, cómodo o incómodo, de si contravenía o no las ordenanzas policiales. Los espadachines a sueldo sustituyeron a la investigación desinteresada, y la mala conciencia y las ruines intenciones de la apologética ocuparon el sitial de la investigación científica sin prejuicios”.

Por Alejandro Teitelbaum | 19/10/2020 | 

Publicado enEconomía
Jueves, 24 Septiembre 2020 06:09

Los ricos cada vez más ricos

Los ricos cada vez más ricos

Millonarios estadounidenses ampliaron su fortuna un 29 por ciento

La fortuna personal de Jeff Bezos, que ya era el hombre más rico del mundo antes de la crisis del coronavirus, aumentó en 73.200 millones de dólares y alcanzó un punto máximo de 186.200 millones de dólares durante la pandemia

 

A más de seis meses del comienzos de la pandemia, sus efectos regresivos sobre la distribución de la riqueza ya no resultan novedosos, pero aparecen cifras que impactan. Las 643 personas más ricas de Estados Unidos incrementaron su fortuna un 29 por ciento durante la pandemia, al tiempo que más de 45 millones perdieron su empleo y 30 millones pasan hambre en ese país. Así lo indica el último informe "Billonaire Bonanza" sobre desigualdad de la riqueza, elaborado por el Institute for Policy Studies. 

Entre el 18 de marzo y el 15 de septiembre, los integrantes de la lista de multimillonarios encabezada por el cuarteto de Jeff Bezos, fundador y director ejecutivo de Amazon; Bill Gates, cofundador de Microsoft; Mark Zuckerberg, de Facebook y Elon Musk de Tesla, ganaron 845.121 millones de dólares. Para dimensionar el monto, en 6 meses, 643 personas obtuvieron más que el doble del Producto Bruto Interno generado por Argentina, que se ubicó en torno a los 314.800 millones de dólares durante el segundo trimestre de 2020. 

Incluso la riqueza dentro de los multimillonarios se encuentra cada vez más concentrada: mientras que en abril los 15 multimillonarios acumulaban el 28 por ciento de la riqueza del grupo de los 643, en septiembre ganaron cuatro puntos porcentuales y concentran el 32 por ciento de la riqueza de la elite estadounidense.  

En este sentido llama la atención el patrimonio de Elon Musk, que aumentó 273,8 por ciento, pasando de 24.600 millones de dólares en marzo a 91.966 millones de dólares en septiembre de este año. La fortuna personal de Jeff Bezos, que ya era el hombre más rico del mundo antes de la crisis del coronavirus, aumentó en 73.200 millones de dólares y alcanzó un punto máximo de 186.200 millones de dólares durante la pandemia. Esto se debe al aumento de la participación de Amazon en el contexto del incremento de las compras en línea y las entregas a domicilio. Zuckerberg se benefició en 84 por ciento. En tanto Bill Gates, que se comprometió a donar al menos la mitad de su fortuna a la lucha contra el coronavirus, registró un aumento de 19 por ciento, alcanzando los 116.000 millones. El estudio se basa en los datos de patrimonio neto de las personas rastreados por Forbes.

Al igual que en Argentina, en Estados Unidos también se está debatiendo un impuesto extraordinario a los más ricos: Bernie Sanders e Ilhan Omar, senadores del Partido Demócrata, presentaron un proyecto de ley para imponer un impuesto por única vez del 60 por ciento de las ganancias de los multimillonarios, para asistir a los trabajadores estadounidenses a cubrir la atención médica. De acuerdo al proyecto, Bezos pagaría un impuesto único de 43.947 millones de dólares, y Musk tendría que pagar 40.419 millones de dólares.


 CORONAVIRUS Y CRISIS

Los trabajadores del mundo perdieron 3,5 billones de dólares en salarios durante la pandemia

Según un informe de la ONU la masa total de salarios perdidos por los y las trabajadoras de todo el mundo equivale a 5,5 % del Producto Interno Bruto global. Los rescates multimillonarios de los Estados fueron a las grandes empresas, farmacéuticas, bancos y el sector financiero, mientras que los trabajadores se empobrecieron en todo el mundo.

La Izquierda Diario

@izquierdadiario

Miércoles 23 de septiembre | 11:43

La gestión de la pandemia de coronavirus por parte de los gobiernos del mundo se está cobrando un alto precio en los puestos de trabajo y salarios a nivel mundial. Según un informe de la ONU publicado este miércoles, se trata de cientos de millones de empleos perdidos y trabajadores sufriendo una caída "masiva" de ingresos.

El informe hace un cálculo sobre el total de horas de trabajo perdidas durante la pandemia y las presenta como cantidad de empleos y salarios perdidos por los trabajadores en ese período.

El nuevo estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) encontró que a mediados de año, las horas de trabajo globales habían disminuido en un 17.3 por ciento en comparación con diciembre pasado, lo que equivale a casi 500 millones de empleos a tiempo completo.

Eso es casi 100 millones más de equivalentes de empleo que el número pronosticado por la OIT en junio, cuando esperaba que el 14 por ciento de las horas de trabajo se perdiera al final del segundo período de tres meses del año.

"El impacto ha sido catastrófico", dijo a la prensa el director de la OIT, Guy Ryder, en una sesión informativa virtual, señalando que el ingreso laboral global se había reducido en un 10,7 por ciento durante los primeros nueve meses del año en comparación con el mismo período en 2019.

Eso equivale a una caída de unos 3,5 billones de dólares, o un 5,5 por ciento del producto interno bruto (PIB) global, dijo la OIT.

La OIT también advirtió que las perspectivas para los últimos tres meses de 2020 habían "empeorado significativamente" desde su último informe en junio.

La organización había pronosticado anteriormente que las horas de trabajo globales serían un 4,9 por ciento más bajas en el cuarto trimestre que el año anterior, pero dijo que ahora esperaba una caída del 8,6 por ciento, lo que corresponde a 245 millones de empleos de tiempo completo.

Desde que apareció en China a fines del año pasado, el nuevo coronavirus ha matado a casi un millón de personas en todo el mundo de los más de 31 millones infectados.

Además de los problemas de salud, la administración de la pandemia por parte de los gobiernos del mundo ha tenido un impacto devastador en los empleos y los ingresos de los trabajadores.

Durante meses la mayoría de los gobiernos ensayaron un discurso de elegir entre la salud o la economía, una falsa dicotomía que como quedó demostrado ni protegió la salud de los trabajadores esenciales, ni garantizó los empleos y salarios de los trabajadores.

Mientras que los sistemas de salud se vieron cada vez más saturados, tras años de políticas neoliberales que los desfinanciaron por completo, ahora el mundo entra en una segunda fase del virus con rebrotes en Europa sin que se haya hecho nada al respecto.

Los distintos estados votaron paquetes de rescates multimillonarios que se estiman en alrededor de 9,6 billones de dólares a nivel mundial. Sin embargo, la gran mayoría de esa suma fue destinada a financiar a las grandes empresas, a la industria farmacéutica privada, a los bancos y al sector financiero. Las "ayudas" para paliar la situación desesperante de quienes perdían su empleo, eran suspendidos o les rebajaban el salario, fueron minúsculas en relación al salvataje multimillonario para los empresarios. Por otra parte, a pesar del discurso generalizado de que la pandemia "afecta a todos por igual, y todos deben hacer un esfuerzo", tampoco fueron tocados los intereses del los más ricos en ninguna parte del mundo. Paradójicamente esos mismos ricos fueron los principales favorecidos por los planes de estímulo.

Publicado enEconomía
Jueves, 10 Septiembre 2020 06:15

El reseteo del capitalismo tecnológico

El reseteo del capitalismo tecnológico

La tendencia a la monopolización es una de las claves del capitalismo tecnológico actual. Una perspectiva progresista debería reflexionar sobre la materia y romper los cercos que se imponen en este nuevo modelo.

 

El 13 de agosto, a las dos de la madrugada, el director ejecutivo de la empresa Epic Games, Tim Sweeney, mandó un correo a su tocayo y contraparte en Apple, Tim Cook. La misiva decía escuetamente que su compañía, fabricante del popular juego Fortnite, ya no iba a adherirse más a las restricciones de pago en la tienda virtual de Apple. «Tengo la firme creencia que la historia y la ley están de nuestra parte», sentenció.

El accionar del monopolio de Apple sobre el procesamiento de pagos de aplicaciones de terceros y las molestias que esto conlleva son bien conocidos. De hecho, aunque el abierto desafío de Epic Games a la compañía más valiosa del mundo es excepcional, tampoco está sola en su inconformidad con Apple. Pero hay algo que se conoce menos: la forma en que esta empresa y otras grandes compañías tecnológicas ocasionan un cortocircuito en la forma en que nuestras sociedades gestionan la relación entre el mercado, las nuevas tecnologías y las brechas sociales.

Nuestra actualidad puede ser definida como una nueva «edad dorada», cuyas maravillas tecnológicas polarizan al mundo económica y socialmente. Se trata de una «edad dorada» similar a aquella que caracterizó el periodo previo de las grandes guerras, en la que carteles y monopolios lo dominaban todo (desde la Standard Oil de John D. Rockefeller a los opacos acuerdos financieros coordinados por J.P. Morgan). A esta nueva época la definen, a diferencia de la del pasado, cercamientos tecnológicos que generan monopolios modernos, como la tienda de Apple que se impone entre clientes y desarrolladores.

La brecha social, política y existencial contemporánea es consecuencia y no causa de esta realidad. Las tecnologías modernas polarizan las interacciones y esquinan los mercados a su favor. Lo que se impone como reto es su democratización. En definitiva, la resistencia a un futuro cercado que tacharía los beneficios de una sociedad que aspiró a «custodiar a los custodios», lograr un bienestar de clase media y gozar de pluralismo democrático.

Los nuevos cercos tecnológicos

Existe una abundante bibliografía sobre los «cercamientos» nacidos en las décadas tardías del siglo XV y comienzos del XVI, cuando se inicia el quiebre de los vínculos feudales entre siervo y señor de la tierra, inicialmente en Inglaterra. Karl Marx, con su acostumbrada mordacidad, relata en El capital la usurpación de las tierras comunes (a las que los siervos tenían acceso para consumo familiar) a manos de una nueva generación de nobles en «insolente conflicto» con sus antecesores feudales. Con el lento desarrollo del capitalismo comercial, esta nueva generación alineó sus intereses con el Parlamento y aspiró a enriquecerse más allá de los usos y costumbres permitidos por la nobleza. Con la «sangrienta disciplina» que impuso esta acumulación primitiva, la abierta y cruda privatización de estos recursos lanzó a esa nueva clase de proletarios a las ciudades sin salvaguardas.

En su clásico La gran transformación, Karl Polanyi aseguraba que estos encercamientos fueron el primer intento de desacoplar el entonces incipiente mercado de la institucionalidad social y productiva de ese entonces, donde existían deberes de cuidado, aunque mínimos. En un interesante veredicto histórico del liberalismo clásico, escribiría que «el laissez faire estuvo planificado, mientras que la planificación [social, la reacción a cargo de la Corona para mitigar los efectos negativos de los cercos] no lo estuvo». Las mismas palabras valen, siglos después, para el orden neoliberal.

La crisis del coronavirus exacerbó tendencias que hasta hace poco eran visibles, pero incipientes. Actualmente, el proceso es más sutil. No obstante, es posible constatar que existió planificación en esta solapada acumulación primitiva «versión 2.0». Las grandes compañías de tecnología devaluaron los protocolos abiertos de la internet que permitían una relativa porosidad en el trasiego de información. Crearon un mundo donde las plataformas y los agregadores cercaron grandes espacios para monetizar a un consumidor cautivo. La visión del científico de la computación y creador de la World Wide Web Tim Berners-Lee de impedir la exclusividad de estos protocolos y de evitar que una sola organización manejara internet seguiría siendo cierta. Pero ya no sería un espacio abierto.

El negocio de estos monopolios modernos es capturar externalidades, jerga microeconómica para describir el efecto incidental y, si es beneficioso, el valor indirecto que genera la relación de mercado a un tercero. Estas nuevas compañías generan más valor al tener más usuarios. Capturando al usuario, se esquina el mercado. Esto proporciona «fosos protectores» que dificultan las amenazas de competidores potenciales. Estos «fosos» no son inherentes a los monopolios modernos: las inversiones más rentables de Warren Buffett fueron en compañías con explícitos y profundos fosos protectores. Buffett, de hecho, repite con gusto que «la competencia es perjudicial para la riqueza». Visto así, las compañías de tecnología solo adoptaron el mantra de la no competencia que Buffett enseñó a lo largo de su carrera.

Por eso, más que ese reset que se ha previsto discutir en el cónclave de Davos en 2021, el mundo experimentó un cortocircuito entre la economía real y la utilidad neta de estas grandes compañías. Este cortocircuito es evidente en la desconexión entre las altas finanzas y la economía de los hogares estadounidenses. La valorización del Nasdaq, el índice que aglutina a las compañías de tecnología más importantes de ese país, tiene niveles récord de capitalización en plena pandemia y las cifras de desempleo triplican el promedio histórico.

Esta desconexión es propia de un mundo dominado por monopolios. En su libro The Myth of Capitalism [El mito del capitalismo], Jonathan Tepper subraya que los votantes hoy reconocen lo quebrado del sistema, pero asegura que «no es el bajo crecimiento económico lo que está incrementando la desigualdad, sino el aumento de la concentración de mercado y la muerte de la competencia». En la vieja «edad dorada», otros también lo entendieron. John Hobson, desde su visión liberal sobre el imperialismo, reconoció que fue la estructura monopólica del mundo decimonónico lo que empujó a sangre y fuego la apertura de nuevos mercados, contrario a la historia liberal whig que tanto sacó a Marx de sus casillas. Ni qué decir a Vladímir Lenin, quien también notó la creciente desigualdad en la acumulación y en el despliegue de capital anterior a la crisis de 1929.

El cortocircuito social y la «gran polarización»

Peter Termin, economista e historiador del MIT, escribió un libro audaz titulado The Vanishing Middle Class. Explicó el fenómeno de la desaparición de la clase media en Estados Unidos usando el modelo desarrollista que el Premio Nobel de Economía Arthur Lewis utilizó años atrás para explicar las economías duales en los «países en desarrollo». En efecto, la clase media desaparece porque no tiene cabida entre estos dos mundos, uno de subsistencia donde el valor marginal del trabajo es casi cero, y el otro caracterizado por una economía de enclave altamente tecnológica. Para mantener el ritmo de crecimiento, se requiere mantener la economía de subsistencia contra el piso. Mientras más bajo sea el salario, mayor valor creará el enclave moderno al usar a estos trabajadores en sus procesos.

Al automatizar los trabajos de la clase media, irónicamente los más fáciles de reemplazar, esta capa social perdió la capacidad de mediar entre las presiones de un mercado con ansias de desacoplarse de la sociedad y la institucionalidad pública del Estado de la posguerra. Este desacoplamiento sería facilitado por la «paradoja de Moravec», que indica que es relativamente fácil enseñarle a una computadora a jugar damas o ajedrez al más alto nivel (o tomar dictado, traducir una página o cuadrar la logística de un proceso o la contabilidad de una empresa), pero no es tan fácil enseñarle lo que un niño de preescolar sabe en materia de cognición o movimiento. Así, las oficinas corporativas de Amazon usan tecnología de punta para trazar la entrega de un paquete con precisión milimétrica, pero usan para embalarlos a miles de empaquetadores con salarios de subsistencia y sin protección sindical. Además de tecnologías sin costos marginales, el nivel de subsistencia de trabajo tecnológico por contrato y de poca seguridad tiene escasos beneficios adicionales de bienestar para gran parte de la población. Todo esto crea brechas sociales.

Democracia e instituciones para una polarización constructiva

Como diría Polanyi, el doble movimiento a favor del reacoplamiento social en esa primera época estuvo a cargo de poderes públicos desgastados que reaccionaron de forma instintiva. Tanto ayer como hoy, carecían del peso y la legitimidad para implementar robustos procesos y resguardos sociales. La burocracia europea, y en menor escala la estadounidense, como sus antecesores del ancien régime feudal, ofrecieron resistencia a estos monopolios modernos. Sin duda, el caso contra Microsoft en 2001 fue clave para repensar las estrategias de ligar servicios y aplicaciones. Desde 2010, la Comisión Europea acusó a Google de utilizar su poder de mercado en desmedro de sus competidores. Entretanto, Google y Microsoft tienen niveles de capitalización inéditos en medio de este nuevo «insolente conflicto» entre viejos y nuevos actores.

Existen trampas implícitas en una regulación especial para estas compañías. Después de todo, Google tiene, como agregador, una relación directa con sus consumidores. Existen comunidades de desarrolladores que le pagan a Google para tener la oportunidad de servirle mejor. Eso es voluntario. Si existe desventaja con otras aplicaciones, eso es un problema de la plataforma que administra Google (el Google Store) y merece un trato distinto y específico. En efecto, la pelea entre Epic Games y Apple se circunscribe a este último punto. Estas sutilezas son importantes y propician el debate sobre si en efecto estos monopolios modernos merecen ser considerados como utilidades públicas, visto el rol que desempeñan y el alcance de sus servicios.

En un reciente artículo publicado en Nueva Sociedad, Ricardo Dudda reconoció correctamente que «los países que están interviniendo más en la economía no son necesariamente los más progresistas, los países que menos están interviniendo en la economía no son necesariamente los más neoliberales». El problema es que estas inconsistencias tienen raíces materiales más allá del discurso ideológico. Estos monopolios diseñan la retórica misma sobre la cual hablamos del presente. Tal es su poder. No es coincidencia que hablemos de reiniciar la sociedad, como si fuera un celular que no responde. Más bien este reset es tratar de reiniciar el celular como respuesta a la queja de alguien en la línea. La ciudadanía elevó su voz, y ahora reiniciar al modelo de fábrica más sencillo se podría considerar como una falta de respeto.

Existe un aspecto aún más crítico de nuestra «gran polarización». Se trata de que la misma concepción del Estado está rota porque refleja esa misma mentalidad de monopolio. Gran parte del fracaso de la administración pública contemporánea fue regular lo que era innecesario, no innovar procesos y no planificar resguardos para situaciones previstas pero inmaduras. No sabemos cuándo nacerá el cisne negro, pero cuando crece resalta poco a poco en el estanque. No es invisible. Esta es la mejor metáfora para ver la falla del Estado en no entender que hay riesgos incalculables, pero igual de incalculable es la capacidad que tenemos como sociedades para hacer frente a estos retos. Por eso, el reto debe propiciar actuar con audacia, con atención a las sutilezas. Solo así el veredicto histórico, de resistir y cambiar el futuro que nos convidan, será favorable a nuestro progreso como sociedades.

Jueves, 03 Septiembre 2020 05:49

Competencia en el laboratorio

Competencia en el laboratorio

Entrevista a Johannes Varwick

 

¿Rusia, China o Estados Unidos? La búsqueda de una vacuna contra el covid-19 se está convirtiendo en un campo de batalla geoestratégico. Johannes Varwick, analista especializado, explica los riesgos y los efectos colaterales de esta competencia.

 

En la actualidad estamos viviendo una carrera global por producir una vacuna contra el coronavirus. Rusia es el primer país que ha aprobado una. Al mismo tiempo, se multiplican las advertencias sobre los efectos de esta competencia. ¿Qué rol cumple la preocupación por la propia reputación en las reacciones críticas a la vacuna de Rusia que se suscitaron en Estados Unidos y Europa?

Por supuesto que estamos ante una carrera por la vacuna y que es una cuestión de prestigio nacional, pero también están en juego intereses nacionales bien concretos. Por lo que sabemos, Rusia ha aprobado la vacuna sin haberse atenido a los estándares establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Usar la vacuna a gran escala sin esperar los resultados de los estudios clínicos suena a experimento con humanos. Solo puede permitírselo un sistema autoritario como el de Rusia, sería inconcebible en las democracias occidentales. Con estos antecedentes, no es posible predecir aún si la vacuna rusa –que los rusos probablemente llamarán «Sputnik V»– es efectiva o, por el contrario, dañina.

Queda por ver si el procedimiento nada convencional de los rusos tendrá éxito. Si Rusia se convierte en el primer país con una protección efectiva contra el covid-19 y la pone a disposición de su población, en realidad tendrá algo de «Sputnik», como en la década de 1950, cuando la Unión Soviética lanzó el primer satélite artificial terrestre. Rusia dispondría entonces de una ventaja en una carrera tecnológica que le aportaría prestigio y beneficios económicos. En el caso de no lograrlo, el daño sería igualmente grande. No puedo imaginarme a Rusia asumiendo tamaño riesgo a sabiendas y, en ese sentido, supongo que está convencida de que va por el camino correcto. Pero esta autopercepción podría ser engañosa.

¿Por qué la investigación de una vacuna contra el coronavirus se convirtió en el nuevo campo de batalla de la geopolítica?

El desarrollo de vacunas, una cuestión estratégica para superar esta crisis del siglo, es en verdad lo que llamábamos antes «bienes colectivos mundiales». O sea, la producción de bienes materiales o inmateriales que son fundamentales para gran parte del mundo, como la seguridad internacional, las rutas de libre comercio o un medio ambiente intacto. Aquellos que fueron líderes en la fabricación de estos productos tradicionalmente determinaron la política internacional también en otras áreas. Esas eran, en cierto modo, las herramientas de los países hegemónicos.

Si las vacunas son los nuevos bienes colectivos mundiales, no es de extrañar que haya comenzado una carrera por ellas. Sin embargo, hay dos argumentos que deben mantenerse separados. Algunos dicen que esta pandemia nos hace ver que necesariamente debemos pensar globalmente, que necesitamos, en cierto modo, una política estructural global sobre estas cuestiones de salud mundial. El contraargumento dice que ahora cada país se preocupa principalmente por sí mismo. No creo esté definido qué argumento triunfará. Pero si gana el segundo, entonces realmente tenemos una confrontación entre países, con todas las consecuencias resultantes. Es probable que esto no beneficie a nadie en el largo plazo.

Los grandes jugadores actualmente parecen ser Rusia, Estados Unidos y China. ¿Dónde se encuentra la Unión Europea en esta competencia?

Los más de 150 desarrollos prometedores para una vacuna que se enumeran en la OMS prueban que actualmente hay un esfuerzo enorme en diferentes niveles. De modo que, tarde o temprano, habrá una vacuna eficaz. Por cierto, en cualquier otro momento de la historia esto habría sido imposible. Pero la pregunta crucial es: ¿quién tendrá acceso a la vacuna y quién sacará provecho de ella? En estos últimos meses, todos los países grandes con capacidad económica se han asegurado los derechos de uso de vacunas o están promoviendo la investigación con empresas estatales o participaciones estatales. La entrada del Estado alemán en la empresa CureVac, con sede en Tubinga, no es, por cierto, una excepción. El hecho de que CureVac empiece ahora a cotizar en la Bolsa de Estados Unidos muestra también la interconexión transnacional en esta área.

Estados Unidos tiene, además, acuerdos con la empresa alemana BioNTech, pero también con Johnson & Johnson, Sanofi y varias otras. Australia, Canadá, Japón y muchos otros países han firmado contratos similares. También hay numerosos esfuerzos en este sentido: en Europa, por ejemplo, una alianza de Alemania, Francia, Italia y los Países Bajos ha acordado con el grupo británico AstraZeneca el suministro de 400 millones de dosis. La Unión Europea quiere participar en la iniciativa COVAX, creada por la OMS junto con la alianza mundial para vacunas GAVI, que tiene como objetivo hacer una compra colectiva de 2.000 millones de dosis para 2021 y distribuirlas de manera equitativa en todo el mundo.

¿Tiene sentido que los Estados europeos se pronuncien a favor de la disponibilidad universal de la vacuna? Al fin y al cabo, países como Alemania y Francia vacunarán primero a sus propios habitantes antes de que sean tenidos en cuenta los países del Sur global.

Si la filosofía básica de esta pandemia global es: «Nadie está a salvo mientras no todos estén a salvo», entonces es importante hacer popular esta idea al distribuir la vacuna. Por otro lado, es claro que la tarea de cada gobierno es cuidar en primer lugar a su propia gente. Resulta que en estos tiempos uno de los parámetros más importantes para medir el éxito o el fracaso de un gobierno es la cuestión de cómo se maneja el país durante la pandemia. Un liderazgo político inteligente no hace de esto una contradicción. Por tanto, necesitamos un equilibrio entre los intereses a corto plazo, puramente nacionales, y los intereses mundiales a mediano plazo, que, si se los observa correctamente, también son intereses nacionales.

¿La vacuna, como lubricante de alianzas globales, allanará el camino para un nuevo orden mundial? ¿Qué países es probable que se beneficien con esto?

Creo que eso es una exageración. Veo más bien el problema en el largo plazo, por el hecho de que en el futuro la solidaridad internacional les parecerá a muchos un bien suntuario. En los próximos años, los famosos «deberes más allá de las fronteras», las obligaciones más allá del propio país, se verán sometidos a una intensa presión. Es probable que cada país se ocupe lo mejor que pueda de sus propios problemas, y la idea de la solidaridad internacional se verá sometida a una intensa presión, por así decirlo. Es de suponer que esto se manifestará en disminución de los presupuestos de ayuda al desarrollo, reducción de los presupuestos para la estabilización internacional, retirada de las misiones internacionales para el mantenimiento de la paz y recortes en los presupuestos de defensa. El cosmopolitismo, la solidaridad internacional y la responsabilidad global amenazan con quedar rezagados, primero en el discurso, pero también en la acción.

¿Cómo puede garantizarse que organizaciones internacionales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) no terminen siendo víctimas de esta compulsa geopolítica?

Por desgracia, la ONU es irrelevante en este momento. Si bien el Consejo de Seguridad se reunió, está paralizado por los derechos de veto de China, Rusia y los Estados Unidos. Hay algunas agencias especializadas de la ONU, como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo o en el área de ayuda humanitaria, que son bastante efectivas. Esto también se aplica a la OMS, que continúa haciendo un buen trabajo, pero que simultáneamente es víctima de la política. Se ha llegado a un punto tal que Estados Unidos ha anunciado su salida de esa organización. La creciente pugna por el poder entre Estados Unidos y China también se refleja claramente en la OMS.

De modo que el sistema de la ONU no es completamente ineficaz, pero el multilateralismo tal como lo conocemos está verdaderamente bajo presión. El público no sabe en absoluto qué está sucediendo en los países en desarrollo porque aún no conocemos las cifras. Esto tiene que ver con el hecho de que allí se testea poco, pero sería un verdadero milagro que una buena parte de África o las regiones en conflicto, desde Siria hasta Libia o Afganistán, sobrelleven mejor esta pandemia. Los números también aumentarán allí, lo cual producirá inestabilidad. En tal sentido, los famosos agujeros negros en la política mundial probablemente aumentarán y esto puede ser para preocuparse.

Johannes Varwick es politólogo y catedrático de Relaciones Internacionales y Política Europea en la Universidad Martín Lutero de Halle-Wittenberg. Desde mayo de 2019 es presidente de la Sociedad de Políticas de Seguridad (GSP, por sus siglas en alemán).

Fuente: IPG

Traducción: Carlos Díaz Rocca

Facebook es una clase nueva de imperio cuya expansión parecía tan circunscrita a lo virtual que no reparamos en sus manifestaciones físicas, como que proporciona la única infraestructura de red a cientos de millones de personas en todo el mundo EFE

En la última década, el imperio de las grandes plataformas tecnológicas se ha expandido hasta ocupar todas las industrias, como una flota tentacular de cables y servidores, imponiendo su propio modelo de negocio y legislación. ¿Es más grande el poder de las plataformas digitales que el de los estados nación?

 

Hubo un momento en que parecía que Mark Zuckerberg quería ser presidente de los EE UU. A nadie le pareció un disparate porque era 2017 y acababa de ganar Donald Trump. El joven CEO anunció que su propósito para el nuevo año sería "conocer gente en cada estado de los Estados Unidos" y que, como había estado ya en veinte, le quedaban treinta por visitar. Los escándalos sobre el papel de Facebook como escenario y facilitador de las campañas de desinformación rusa, las manipulaciones de Cambridge Analytica y el genocidio de Myanmar estallaron casi simultáneamente mientras él visitaba fábricas, estrechaba manos y besaba bebés, como un nuevo Kennedy entrenando para las primarias. La compañía perdió más de cien mil millones de dólares en valores bursátiles antes de que se decidiera a volver. Era un mal momento para pensar en democracia. Tendría que seguir siendo emperador.

"Zuckerberg es una de las pocas personas del mundo para las que ser presidente sería bajar de categoría", ironizaba Nick Bilton en un artículo de Vanity Fair. En aquel momento, su plataforma tenía "solo" 1.800 millones de usuarios, un cuarto de la población del planeta. Hoy tiene más de 2.500 millones de usuarios, un tercio, y sin contar Instagram y WhatsApp. Nos faltan herramientas para comprender lo que significa eso exactamente. Si Facebook fuera un país, sería el más grande de la historia. Si fuera la herramienta de la revolución, como se declaró durante la Primavera Árabe, habría ganado la revolución. Si fuera una unión global de trabajadores, el mundo sería un lugar radicalmente distinto.

Pero Facebook es una clase nueva de imperio cuya expansión parecía tan circunscrita a lo estrictamente virtual que no reparamos en sus manifestaciones físicas. Como el hecho de que proporciona la única infraestructura de red a cientos de millones de personas en todo el mundo a través de su programa FreeBasics, o que lidera la construcción de la siguiente generación de cables submarinos de fibra óptica junto con Google, aparente némesis pero frecuente colaborador. Como los datos no se mueven solos y las antenas solo sirven para las distancias cortas, el grueso de Internet son unos 380 cables submarinos que transportan el 99.5% del tráfico transoceánico. El 0,5% restante es gestionado por lentos y caros satélites, el futuro de una industria que se prepara para perder sus infraestructuras en manos de desastres climáticos. Ese espacio también está siendo rápidamente colonizado por Facebook, Google y SpaceX, la empresa de Elon Musk, con su flota de nanosatélites StartLink.

El feudalismo digital

Hay pocas plataformas como Facebook, con el poder gravitacional de sus miles de millones de usuarios. Google, Amazon, Apple y Netflix en occidente; en oriente Alibaba, Tencent y Baidu. Pero, en la última década, su imperio se ha expandido hasta ocupar todas las industrias, como una flota tentacular de cables, servidores y líquido refrigerante, imponiendo en ellas su propio modelo de negocio y de legislación. Su lógica opaca y cambiante, que incluye protocolos, algoritmos y un ejército de moderadores, se superpone al gobierno descentralizado del Internet sobre el que transita y también a las leyes de los estados soberanos cuyas democracias asfixia sin sufrir repercusiones. Ese imperio se sienta sobre esos territorios como una impenetrable capa de látex, interponiendo entre ambos una aduana de intermediación.

Alrededor del corazón amurallado de sus centros de datos linda, por un lado, el territorio poroso de las APIs donde viven las aplicaciones que operan en el feudo a cambio de subordinar derechos y pagar impuestos. Google y Apple, con Android y iPhone, gobiernan el mercado de las aplicaciones móviles y no hay aplicación que sobreviva en su mercado sin someterse a su jurisdicción. Lo mismo para Amazon, que hospeda la mitad de la World Wide Web. Sus reinos se relacionan íntimamente entre ellos, no siempre de manera hostil. Apple tiene su nube en Amazon Web Services, Facebook tiene sus aplicaciones en las tiendas de Apple y de Google.

Con el resto la relación de poder es 100% unidireccional y revela frecuentemente sus prioridades internas, como cuando Amazon expulsó a Wikileaks de sus servidores o Apple eliminó de su tienda la aplicación de los manifestantes de Hong Kong para evitar los enfrentamientos policiales pero mantuvo las que usa el gobierno chino para saber quiénes son y dónde están. En el reino del capitalismo digital, la extracción de datos es delito solo cuando no perjudica a la empresa y los derechos humanos importan solo cuando no entren en conflicto con el mercado. No es lo mismo censurar a los ciudadanos de la primavera árabe que enfrentarse a un régimen que controla el mercado de un séptimo de la población mundial.

Por el otro, el agujero negro por el que caen los contenidos y datos de los usuarios está legislado por Términos y Condiciones cuidadosamente diseñados para repeler la lectura y sacudirse responsabilidad. Ese imperio resiste mapas y definiciones y desborda el calificativo más generalista de Feudalismo Digital, porque es digital pero también es físico y cognitivo. En su discurso en la Universidad de Georgetown en Washington, Mark Zuckerberg lo llamó "el Quinto Poder".

Paradojas productivas del "Quinto Poder"

Zuckerberg define el Quinto Poder como "la habilidad [que tienen los usuarios] de compartir sus pensamientos con las masas". Que es una interpretación dudosa pero involuntariamente provocadora. Contra lo que nos sugiere la intuición contemporánea, la prensa no se convirtió en el cuarto poder después del legislativo, ejecutivo y judicial porque Edmund Burke lo propusiera en 1787 y entonces no había democracia sino la jerarquía parlamentaria del Reino Unido. Allí los tres poderes iniciales eran los Lores Espirituales (iglesia), los Lores Temporales (nobleza) y los Comunes (políticos). Según cuenta Thomas Carlyle, Burke declaró que la prensa era el más influyente puesto que tiene el poder de crear opinión pública, además de reflejarla.

Zuckerberg quiere dar a entender que el quinto poder es el del los Comunes vulgaris (la masas), esa inteligencia colectiva que caracterizó la retórica de la web 2.0. y que iba a cambiar el mundo y hacerlo más justo y equilibrado. Solo que la Inteligencia Colectiva y la web 2.0 resultaron ser los ejes de una campaña de branding diseñada para oscurecer la verdadera operación: la extracción de cantidades masivas de datos, pensamientos y experiencias de los usuarios para entrenar algoritmos predictivos de inteligencia artificial. Algoritmos entrenados para entender, predecir y modificar los pensamientos de las masas. El quinto poder tiene la capacidad de persuadir a las masas de consumir cosas que no necesitan, votar a candidatos que no les convienen o quemar casas de vecinos que no han hecho nada. Podemos llamarlo, en honor a Zuckerberg, el Quinto Imperio. Burke diría que es el más peligroso porque tiene el poder de doblegar a los cuatro anteriores porque ha conseguido poner el proceso democrático a trabajar en su propia destrucción.

Como decía Alex Angulo en El Día de la Bestia, el diablo imita a Dios para burlarse pero también para apropiarse de sus cualidades divinas. En el caso de Facebook, la retórica democrática que empezó con su fallida campaña pre-presidencial ha ido incorporando una parodia de poder legislativo independiente. Primero llegaron los fact-checkers, periodistas externos certificados por la International Fact-Checking Network que verifican las excreciones del reino sin poder modificarlo y la novedad de este año, un "tribunal supremo" de apelaciones que dictará sentencia vinculante sobre aquellos temas que superen a los algoritmos y a los verificadores y den trabajo al departamento de Relaciones Públicas. Ambos asumen una responsabilidad sin poderes y facilitan que el reino ejerza un poder sin responsabilidad.

La gran parodia democrática

En el Quinto Imperio no existe la cárcel pero hay una pena máxima: desplataformar. Significa "impedir el acceso a una plataforma para expresar su opinión". El wikidiccionario propone los siguientes sinónimos: censurar, expurgar, suprimir, incidiendo en la expulsión como el bloqueo del ejercicio de la libertad de expresión en un lugar donde se tiene el derecho. Solo que el usuario no tiene derechos como la privacidad o la libertad de expresión porque no es ciudadano sino un súbdito que no ha elegido a sus gobernantes. Por lo tanto, la palabra apropiada es desterrar. Según la RAE, "dicho de quien tiene poder o autoridad para ello: expulsar a alguien de un territorio" y "apartar de sí algo inmaterial o hacerlo desaparecer". Aquí notamos que el imperio ejerce un monopolio del espacio público, político, cognitivo y también comercial. Para un usuario, el destierro significa censura. Para un desarrollador, un fabricante o un político, significa desaparecer.

Hay un contenido que no está sujeto al aparato legislativo independiente: la propaganda política. Incluyendo la clase de propaganda que escandalizó al mundo con Cambridge Analytica y que ahora es el lugar común del marketing político digital. "No creo que esté bien que una empresa privada censure a los políticos o las noticias en democracia", declaró Zuckerberg en Georgetown. En su reino, censurar usuarios no es censura ni está reñido con la democracia porque no entra en conflicto con su mercado y ayudar a sus grandes clientes a diseñar y distribuir noticias falsas en campañas oscuras que no puede monitorizar ni la prensa libre ni legislar las leyes democráticas es proteger la libertad de expresión.

"En tiempos de revuelta social, tendemos a retroceder en libre expresión. Queremos el progreso que viene de la libre expresión pero sin las tensiones que trae con ella –declaró Zuckerberg–. Lo vemos en la famosa carta que escribió Martin Luther King Jr. desde la cárcel de Birmingham, donde había sido ilegalmente encarcelado por manifestarse pacíficamente". Por suerte, hay momentos en que la disonancia cognitiva es denunciada con suficiente claridad. "Quisiera ayudar a Facebook a entender mejor lo que significaron para MLK las campañas de desinformación lanzadas por políticos –le respondió en Twitter la hija del Doctor King–. Esas campañas crearon la atmósfera para su asesinato". A diferencia de nuestra democracia, ese templo tenía un buen dragón.

Por Marta Peirano

@minipetite

Publicado enSociedad
Sábado, 01 Agosto 2020 06:01

Gigantes digitales, al banquillo

Gigantes digitales, al banquillo

Este 29 de julio de 2020, cuatro de las cinco mayores empresas tecnológicas del planeta, Google, Amazon, Facebook y Apple (GAFA), comparecieron en una audiencia pública ante el Congreso de Estados Unidos, acusadas de prácticas monopólicas contra competidores más pequeños, consumidores y usuarios. Siendo un aspecto clave de los impactos negativos de estas gigantes plataformas digitales, es sólo uno de los que caracterizan el poder económico, político y social sin precedentes que detentan.

El mercado de esas cuatro empresas juntas es actualmente de más de 5 billones de dólares estadunidenses (millones de millones). Junto con Microsoft (GAFAM), están entre las 10 con mayor valor de capitalización de mercado del mundo y de la historia del capitalismo. Apple, Alphabet, Microsoft y Amazon, junto con las petroleras Petrochina y Saudi Aramco, son las únicas seis compañías que han superado el billón de dólares en valor bursátil ( Trillion dollar companies, en inglés). Facebook sigue de cerca, valuada en 633 mil millones de dólares, similar a las plataformas digitales chinas Alibaba y Tencent.

En la audiencia, que duró más de cinco horas, los representantes de Google, Amazon, Facebook y Apple oyeron una larga lista de cuestionamientos, reunidos por la comisión antimonopolios, coordinada por David Cicilline, luego de un año de investigación y más de un millón de documentos. Jeff Bezos, fundador de Amazon; Marc Zuckerberg, fundador de Facebook (ambos entre los ocho hombres más ricos del planeta); los presidentes ejecutivos de Apple, Tim Cook, y Sundar Pichair, de Alphabet (dueña de Google), defendieron a sus empresas ante un muro de evidencias que difícilmente pudieron contestar.

Los casos presentados eran conocidos, pero no por eso menos graves. Por ejemplo, se mostró a través de correos electrónicos que Facebook compró a sus competidores Instagram y WhatsApp porque los percibía como una amenaza a su control de los usuarios, algo que también fue la intención de Alphabet (Google) al adquirir YouTube. Se evidenció que Google roba información a empresas más pequeñas, por ejemplo las reseñas de Yelp sobre restaurantes, y ante la queja de ésta amenazó con asegurar que ya no saldría en los resultados de búsqueda. Google controla 90 por ciento de las búsquedas en línea. Las acusaciones contra Apple giraron en torno a la imposibilidad de que sus clientes usen aplicaciones de otros desarrolladores.

Amazon superó en ventas minoristas a Walmart, el mayor supermercado del planeta, desde 2019. Con la pandemia sus ganancias aumentaron exponencialmente, convirtiendo a Bezos en el hombre más rico del mundo, con una fortuna personal de 181 mil millones de dólares. El control de Amazon sobre sus proveedores es brutal, con poder de llevar a la quiebra a los que no pueden o no quieren entrar en sus condiciones. Quedó claro que también copia, fabrica con su marca y vende más baratos (al principio) los productos más rentables de otras compañías, llevándolas a morir.

Además de lo anterior, se mencionó también, pero muy lejos de la verdadera dimensión que tiene, la manipulación de los datos e información con impactos políticos y discriminatorios. Lo particular de esta audiencia fue el alto nivel de preparación que trabajó la comisión antimonopolios, que hizo incluso titubear a los ejecutivos. Hace dos años Zuckerberg tuvo que acudir a responder al Congreso por la “filtración” (o venta) de los datos de más de 80 millones de usuarios de Facebook a la empresa Cambridge Analytica, a partir de lo cual ésta y sus ejecutivos influyeron decisivamente, por métodos abiertos y subliminales, en la elección de Trump y otros personajes, como Bolsonaro en Brasil. En esa ocasión Zuckerberg tuvo el control del debate frente a congresistas que apenas entendían el tema y salió librado con una multa de 5 mil millones de dólares, que no es poco pero fue mucho menor a las ganancias que obtuvo y al valor de repunte inmediato de sus acciones apenas se emitió la sentencia.

Llama la atención que no citaran a Microsoft y su fundador Bill Gates, quien junto con GAFA controla más de la mitad del mercado global de plataformas digitales. Probablemente porque Microsoft fue citada a una audiencia similar hace 22 años para responder por su monopolio en el mercado de software, proceso que influyó en la estructuración de la compañía y cambió algún plan, como el desarrollo de teléfonos. No obstante, Microsoft y su poder actual de nubes de cómputo, inteligencia artificial y manejo de datos masivos ( Big data) juegan un papel fundamental en el control de economías y políticas, junto con los otros cuatro monstruos de la digitalización.

El tema del control monopólico de mercados es definitorio, pero solamente uno de los aspectos cruciales que implican estas nuevas formas de acumulación capitalista a partir de los datos sobre la vida de todas y todos, que conforman el llamado “capitalismo de la vigilancia”, tema que debemos entender y organizarnos colectivamente para enfrentar. No se trata sólo de tecnologías digitales, sino que la digitalización ha entrado en todos los aspectos de la vida productiva y social. Una contribución interesante a este debate es la revista Internet Ciudadana (https://al.internetsocialforum.net/publicaciones/)

*Por Silvia Ribeiro, nvestigadora del Grupo ETC

Viernes, 24 Julio 2020 06:09

Agro-imperialismo en tiempos de Covid-19

Agro-imperialismo en tiempos de Covid-19

«En América Latina, nuevo epicentro de la pandemia del Covid-19, la matanza ha sido particularmente severa. Con la economía global casi detenida, los agronegocios de la región han continuado funcionando con total impunidad, profundizando su impacto y daño en las comunidades y los ecosistemas. En casi todos los países de la región, las actividades agroindustriales han quedado exceptuadas de la cuarentena ya que se consideran “esenciales”, aunque se centran en las exportaciones y no en proporcionar alimentos a la población local».

Nestlé, la compañía de alimentos más grande del mundo, es famosa por el escándalo. En la década de 1970  se ganó el apodo de “asesina de bebés” por provocar enfermedades y muertes infantiles en comunidades de bajos ingresos al promover la alimentación con biberón de su fórmula infantil y desalentar la lactancia materna. En los últimos años se han presentado  cargos similares contra la compañía por dirigir sus ventas de alimentos chatarra ultraprocesados en comunidades pobres y así contribuir al aumento de las tasas de obesidad y diabetes. Pero hay otro escándalo de proporciones igualmente sombrías que está archivado en la contabilidad de la empresa.

El 23 de abril de 2020, mientras el mundo estaba sumido en la pandemia del Covid-19 y la FAO advertía sobre una inminente crisis alimentaria mundial, los accionistas y ejecutivos de Nestlé  se otorgaron un pago de dividendos récord de 8.000 millones de dólares. En una época de crisis mundial en materia de salud y alimentos, esta ganancia equivale a más que todo el  presupuesto anual del Programa Mundial de Alimentos de la ONU y sería suficiente para cubrir el gasto anual promedio de la atención médica para más de 100 millones de personas en África.

El cuantioso pago de los dividendos de Nestlé de 2020 fue, de hecho, apenas poco más que el año anterior. Esos pagos tan enormes para accionistas y ejecutivos son una práctica habitual para la compañía, así como lo son para todas las grandes empresas transnacionales de la alimentación y el agronegocio, incluso en momentos de catástrofes sanitarias mundiales. Entre otros notables lucros para los accionistas, anunciados en abril de este año, figuran un pago de 2.800 millones de dólares por parte de Bayer AG, la compañía de semillas y agroquímicos más grande del mundo; un pago de 600 millones de dólares de Tyson, el mayor productor avícola del mundo; y un pago de 500 millones de dólares del Grupo WH, la mayor empresa porcina mundial. Cargill, la compañía del agronegocio más grande del mundo, está en vías de superar el pago récord del año pasado de 640 millones de dólares, que alcanza a un pequeño número de miembros de la familia Cargill. El aumento del comercio electrónico, particularmente de alimentos, durante la crisis del Covid-19 aumentó el patrimonio neto de Jeff Bezos, el fundador del gigante del comercio electrónico Amazon, en la impactante cifra de  24.000 millones de dólares. También es un momento de ganancias para los accionistas de actores más pequeños de la industria, como la empresa de plantaciones de palma aceitera y caucho SOCFIN. Las dos familias francesa y belga que son esencialmente las propietarias de la compañía,  recibieron 20 millones de euros (alrededor de 22,5 millones de dólares) en dividendos y remuneraciones de las actividades del grupo SOCFIN, mientras que las comunidades en Nigeria, Ghana y Camerún, donde opera la empresa, no pueden acceder a agua limpia o potable.

Toda esta avaricia de los de arriba deja devastación y muy poco se filtra a los de abajo, donde sus consecuencias son mortales.

 

Una industria poderosa en medio de una “tormenta perfecta”

 

Los y las trabajadoras del sistema alimenticio empresarial, quienes literalmente están muriendo por mantener el estilo de vida de accionistas y ejecutivos, no están bien. Las cadenas de suministro de las grandes compañías de alimentos, que siempre han sido lugares peligrosos para los trabajadores, ahora se han convertido en puntos críticos para las infecciones y la transmisión del Covid-19. En todo el mundo se han producido brotes mortales en plantas de carne, instalaciones portuarias,  almacenes,  fábricas de conserva de pescado,  plantaciones de palma aceitera, granjas frutícolas,  supermercados y todos los demás puntos a lo largo de las cadenas que estas compañías controlan, con la excepción de sus torres de oficinas, por supuesto.

Las grandes compañías cárnicas quizás hayan sido las peores delincuentes. Con la pandemia del Covid-19 en su apogeo,  aceleraron agresivamente sus líneas de producción para incrementar sus exportaciones a China, donde los precios de la carne son inusualmente altos. Esta decisión se tomó con pleno conocimiento de que estos aumentos en el procesamiento hicieron imposible el distanciamiento social y pusieron a sus trabajadores y trabajadoras y a las comunidades vecinas en riesgo de masivos brotes del virus. A fines de mayo, los resultados en las mayores naciones exportadoras de carne fueron terribles: cientos de trabajadores migrantes de fábricas de carne enfermos con Covid-19 en  Alemania y  España, miles de casos de trabajadores enfermos con Covid-19 en la industria del envasado de carne de Brasil, y más de  20.000 trabajadores infectados con Covid-19 en fábricas de envasado de carne de los Estados Unidos, con al menos 70 muertes. Mientras tanto, se están sacrificando cientos de miles de animales  en condiciones atroces porque estas enormes fábricas han tenido que clausurar la producción, y los pequeños mataderos que podrían haber recibido el ganado, hace tiempo se vieron obligados a cerrar sus negocios.

En América Latina, nuevo epicentro de la pandemia del Covid-19, la matanza ha sido particularmente severa. Con la economía global casi detenida, los agronegocios de la región han continuado funcionando con total impunidad, profundizando su impacto y daño en las comunidades y los ecosistemas. En casi todos los países de la región, las actividades agroindustriales han quedado  exceptuadas de la cuarentena ya que se consideran “esenciales”, aunque se centran en las exportaciones y no en proporcionar alimentos a la población local.

Por ejemplo, el gobierno de Ecuador emitió un  decreto de estado de emergencia que paralizó a todo el país, pero asegura que “toda la cadena de exportaciones, la industria agrícola, [la industria] ganadera … seguirá funcionando”. Como resultado, los trabajadores de las plantaciones de bananeras, de palma, piscinas camaroneras, viveros de flores y muchos más, se vieron obligados a continuar trabajando, como si el país no estuviera en una emergencia sanitaria, y exponiéndose al riesgo de contraer el Covid-19.

Del mismo modo, el gobierno de Bolsonaro en Brasil  declaró que las actividades de producción, transporte y logística general de las cadenas alimenticias para exportación eran actividades esenciales que deben seguir funcionando sin restricciones. En este contexto, las exportaciones de carne, soja y otros productos van en aumento, al igual que el número de personas expuestas al Covid-19 a lo largo de las cadenas de exportación. En el Estado brasileño de Rio Grande do Sul, centro de actividades de exportación de carne, más de una  cuarta parte de los nuevos casos de coronavirus confirmados en mayo se dieron entre trabajadores de frigoríficos de carne. Los abogados laborales luchan ahora para  cerrar las plantas infestadas y obligar a las empresas a implementar al menos las medidas básicas para  proteger y cuidar a sus trabajadores durante la pandemia.

Las exportaciones de soja de Brasil, que  aumentaron un 38 por ciento respecto al año pasado, son otro foco potencial del Covid-19, especialmente en los puertos donde circulan constantemente camiones y trabajadores. Cuando el gobierno local de la ciudad portuaria de Canarana en Mato Grosso intentó adoptar medidas  emitiendo un decreto para detener temporalmente la exportación de soja y otros granos a falta de condiciones adecuadas de salud y seguridad, los gigantes del agronegocio Louis Dreyfus y Cargill intervinieron y lograron revertir el decreto en pocos días. Canarana está ahora, a principios de junio, experimentando un aumento de las infecciones por Covid-19.

Todo este frenesí exportador tiene un tremendo impacto en el terreno. Según Deter, el sistema de detección en tiempo real del instituto nacional de investigaciones espaciales de Brasil, la deforestación de la Amazonía en ese país, en el apogeo de la pandemia de coronavirus, ha aumentado más del 50 por ciento en estos tres primeros meses de 2020 en comparación con el primer trimestre del año anterior. Aprovechando la cortina de humo de la pandemia, con menos agentes capaces de llevar a cabo las tareas de inspección,  las actividades del agronegocio y la minería avanzan en áreas protegidas y territorios indígenas, aumentando el riesgo de contagio por Covid-19 en las poblaciones indígenas. Numerosos observadores temen un genocidio como resultado de estos irresponsables avances de las actividades del agronegocio y la minería durante la pandemia.

En Argentina, en plena cuarentena nacional, tampoco han cesado las exportaciones de soja ni la tala de bosques. En uno de los bosques más conservados de todo el ecosistema del Gran Chaco se está preparando deforestar  una superficie de 8.000 hectáreas. Además, basándose en el monitoreo con imágenes satelitales, Greenpeace denunció que desde que comenzó la cuarentena, en el norte del país se  deforestaron más de 10.000 hectáreas.

Tal descarada búsqueda de lucros empresariales está creando una crisis de legitimidad del sistema alimenticio empresarial. Por otro lado, si bien las cuarentenas dificultan la medición, se  perciben cambios en el terreno: vemos a los trabajadores de la industria alimenticia denunciar, organizarse y obtener más apoyo y solidaridad de otros trabajadores; vemos un interés creciente entre los consumidores por alimentos locales saludables así como por el bienestar de los productores de alimentos y agricultores; y ha habido un auge innegable de los esfuerzos desde la comunidad por llevar los alimentos a donde se necesitan a través de la solidaridad, la ayuda mutua, el trabajo voluntario y las cooperativas. Ha habido incluso algunas victorias a nivel político, como la  reciente decisión del gobierno alemán de prohibir mano de obra subcontratada en frigoríficos de carne y otra para evitar que las empresas que reciben ayuda pública  otorguen dividendos.

Pero se trata de una industria poderosa, que dispone de grandes sumas de efectivo y conexiones políticas, y no hay duda de que hará todo lo que esté a su alcance para utilizar este momento de confusión y cuarentena para beneficio de sus intereses. Ya lo hemos visto con la orden ejecutiva que dictó el presidente de los Estados Unidos, Trump, a instancias de JBS, Tyson, Cargill y otras empresas cárnicas para mantener en funcionamiento sus fábricas infestadas de Covid-19. También lo vimos en Brasil, donde el gobierno de Bolsonaro  aprobó un récord de 96 nuevos plaguicidas en los primeros meses de 2020, más que todas las aprobaciones de 2019. El mismo gobierno utilizó deliberadamente la cobertura de la pandemia para tratar de  aprobar una ley que legalizaría el acaparamiento de tierras y la deforestación de 80 millones de hectáreas en las regiones de la Amazonia y del Cerrado. La pandemia también ha sido utilizada como una oportunidad para expandir rápidamente  el comercio electrónico para la compra minorista de alimentos e imponer los organismos modificados genéticamente (transgénicos) en  Etiopía y  Bolivia, donde el gobierno de facto afirmó que la emergencia sanitaria del Covid-19 ha convertido las semillas transgénicas en una necesidad para el país.

 

El agronegocio como gran ganador de la nueva ola de ajuste estructural

 

Lo peor todavía está por venir. Numerosos gobiernos están empleando firmas consultoras internacionales, como  McKinsey, para darle forma a sus planes de abrir nuevamente sus economías. Estas empresas herméticas que están profundamente conectadas con las  empresas más grandes del mundo, incluidas aquellas del sector agroalimenticio, influirán sin duda en quienes emerjan como ganadores y perdedores de las respuestas pandémicas: trabajadores o jefes, mercados de agricultores o gigantes del comercio electrónico, pescadores o la industria de arrastre.

También estamos viendo que el FMI y el Banco Mundial usan sus fondos de emergencia del Covid-19 para presionar a los países a implementar reformas favorables a los agronegocios. En  Ucrania, por ejemplo, se implementó una ley que privatiza las tierras agrícolas a pesar de la oposición de la mayoría de los ucranianos. En los próximos meses, ese tipo de presiones aumentarán.  Decenas de países se encaminan a situaciones de incumplimiento, y esas deudas deberán negociarse no solo con el FMI y los prestamistas bilaterales sino también con acreedores privados que  ya han indicado que no están interesados en siquiera retrasar el pago de la deuda y los intereses durante esta crisis sanitaria. Se viene una nueva ola de ajuste estructural que se centrará en gran medida en aumentar la inversión extranjera en el agronegocio así como las exportaciones de productos agrícolas para pagar a los predadores.

Esta vez, sin embargo, a los gobiernos les resultará increíblemente difícil imponer una nueva ronda de agro-imperialismo a poblaciones que ya han tenido más que suficiente, y que están cada vez más ávidas de las alternativas que los movimientos sociales han estado promoviendo durante décadas.

23 julio 2020 

Publicado originalmente en GRAIN

Publicado enMedio Ambiente
Viernes, 15 Mayo 2020 06:17

La pandemia de las transnacionales

La pandemia de las transnacionales

La expansión de la pandemia de Sars-Cov-2 ha puesto de manifiesto muchos problemas en este mundo globalizado donde en la mayoría de las naciones impera el sistema neoliberal, con énfasis en la proliferación de las privatizaciones, impuesto por los países capitalistas desarrollados.

Con la propagación del nuevo coronavirus esas compañías han sufrido algunas pérdidas que después de aminorar la enfermedad resarcirán con creces debido a los grandes capitales, el financiamiento que poseen y el control que ejercen sobre los países donde están ubicadas.

Los grandes perdedores, como ya se ha hecho habitual desde que se expandieron estos monopolios, son los trabajadores y los países donde se han instalado.

Los primeros porque son ciudadanos que enfrentan una gran explotación capitalista bajo constantes amenazas de despido sin poder recurrir a un sindicato que los represente, pues esas organizaciones están prohibidas en esos centros. Los segundos perjudicados son las naciones donde se asientan, ya que extraen sus riquezas y envían las ganancias hacia sus sedes principales.

En reiteradas ocasiones se ha comprobado el poder de estas transnacionales que al tener gran influencia en la economía de un país presionan a los gobiernos y hasta en ocasiones, cuando no les convienen, ayudan a derrocarlos.

En estos días se han conocido represalias y excesos de varias  transnacionales contra empleados que protestan por la desatención sanitaria y la poca protección que le ofrecen los dueños para evitar contagiarse con el coronavirus.

Ante las demostraciones, empresas como Amazon, Walmart o JBS Cactus (especializada en empaque de carnes) expulsaron a varios trabajadores al catalogarlos de “revoltosos”.

En estas tres empresas decenas de empleados están enfermos con la covid-19 y siguen trabajando sin las mínimas condiciones de resguardo, lo cual aumenta la proliferación del virus entre los que están sanos. 

En los dos últimos meses éstas y otras compañías han cerrado filiales y despedido a numerosos empleados sin que los mismos tengan derecho a una compensación.

Como se conoce, sus matrices o sedes casi siempre se hallan en naciones desarrolladas como Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá, Australia y Japón, y en la actualidad también en Brasil, México o India.

Los abundantes capitales y movilidad de que disponen les permiten lanzarse sobre las ventajas que les ofrecen diversos países del mundo y de esa forma obtener fabulosas ganancias.

Bajo las leyes neoliberales exigen y obtienen facilidades como bajos salarios, impuestos y obligaciones tributarias bajas o nulas, acceso fácil y barato a recursos naturales y energías, normas ambientales, laborales y prebendas financieras permisivas en algunos Estados con sistemas judiciales débiles y vulnerables.

Las transnacionales operan en todos los sectores de los países y en todos los ámbitos de nuestras vidas. Destacadas en la producción, distribución y venta de alimentos aparecen, Coca-cola, Walmart, Monsanto, Cargill, Nestlé, PepsiCo, Mars, Unilever. En la elaboración y expendio de medicamentos e insumos para la salud: Johnson and Johnson, Bayer, Novartis, Pfizer, Roche, Merk.  

En las energías y petróleo sobresalen, Exxon-Mobil, BP, Chevron, Shell, Petrobrás, Gazprom, Total y en comunicaciones y tecnología, Apple, Telefónica, Samsung, Microsoft, Facebook. 

En la rama del transporte se pueden citar, Daimiel, GM, Volkswagen, Toyota, Alstom, y en educación y libros, Kroton, Alfaguana, Person, Amazon.

En la industria extractiva y minera, Glencore, BHP Bilinton, Anglo American, y en la banca y fondo de inversiones, HSBC, JP Morgan Chase, Bank of America, Wells Fargo, Citigroup.

En la mala política social que aplican algunos estados y los beneficios que otorgan a estas transnacionales se encuentran los orígenes de la pobreza, exclusión, impunidad, violación de derechos humanos, deterioro del medio ambiente e incertidumbre laboral.

Resulta innegable que las inversiones extranjeras son necesarias para el desarrollo, pero deben realizarse con estricto control y sin permitir convenios leoninos en contra de la mayoría de la población.

Un informe del año 2018 de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) asegura que las transnacionales extraen de los países hasta el 60 % de las ganancias y solo dejan unas migajas a los gobiernos.

El crecimiento tan marcado de estas utilidades, indica el organismo regional, tiende a neutralizar el efecto positivo que produce el ingreso de la inversión extranjera directa sobre la balanza de pagos.

En los últimos años, con la imposición en América Latina de gobiernos dóciles a Estados Unidos, se han incrementado las privatizaciones a favor de esas poderosas compañías que lejos de ayudar a los ciudadanos los impulsan al desempleo, al hambre y la miseria.

Medios de prensa hegemónicos y organismos financieros internacionales han propagado en estos días que las transnacionales han sufrido grandes pérdidas por la covid-19 pero no dicen que como tienen gran control mundial sobre productos de consumo, alimentación, medicinas, vestuario, transporte, recursos energéticos y hasta del agua, sus riquezas crecerán rápidamente tras la eliminación de la pandemia, mientras millones de personas padecerán más hambre y pobreza si los gobiernos no son capaces de ayudarlos.  

Por Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano.

Publicado enInternacional