Lunes, 24 Febrero 2014 20:14

Santos también comió en Andrómeda

Escrito por EQUIPO DESDEABAJO
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Santos también comió en Andrómeda

"Tratan de sabotear el proceso de paz, y necesitamos saber si [...] hay ruedas sueltas en la inteligencia", dijo Santos un día después que fuera develado el escándalo de la sala de intercepción digital Andrómeda, restaurante fachada que involucra en un ajetreado dilema de chuzadas ilegales a la Central de Inteligencia Técnica del Ejército (Citec), así como a un sector no despreciable del Estado colombiano.

 

¡Manzanas podridas!, vociferó el ministro de Defensa, reafirmado con eco prolongado por el Presidente, cuando algunos sectores políticos pretendieron centrar el debate sobre las cabezas de los generales Mauricio Zúñiga y Jorge Zuluaga, jefes de la inteligencia militar del ejército y del Citec, respectivamente.

 

Como se sabe, este no es el primer capítulo en la abultada saga de operaciones encubiertas con fines 'oscuros' de la inteligencia militar, policial y judicial en Colombia. ¿Serán manzanas podridas, o estamos ante factores de poder y doctrina militar del régimen?

 

Para lavar la cara del Estado, los creadores de opinión difundieron la versión de dos tipos de inteligencia: la buena (bajo los parámetros de la Ley de inteligencia, orden de los jueces y otros requerimientos) y la mala (que viola la normatividad oficial), diferencia sutil que trataron de imponer para difundir la idea de que todo fue a espaldas del inquilino de la Casa de Nariño. Por tanto, sólo había unos probables culpables de las chuzadas, que tocaron hasta el WhatsApp del negociador de La Habana, Sergio Jaramillo: Uribe y los más reacios militaristas. Sin embargo, el rastreo de los factores políticos, técnicos, doctrinarios y geopolíticos contrastan con la versión del jefe del Ejecutivo y las revistas que dirigen sus familiares.

 

¡Todo fue a mis espaldas!

 

Bajo la mascarada del malo y el bueno, han actuado durante estos años Santos y el propio Pinzón, Juan Manuel como el benévolo amigo de la paz y del diálogo en La Habana, mientras Juan Carlos como el hombre de la guerra, de los gestos duros contra la guerrilla y el movimiento popular. Ahora los dos, ventrílocuo y títere, se muestran histriónicamente eclipsados ante la intervención en asuntos de índole política y personal contra personajes del primer orden.

 

Como se sabe, sería imposible pensar la existencia del Citec y del servicio de inteligencia del ejército sin la intervención y la ordenanza del Ejecutivo nacional. La tecnología con la cual han dotado las salas de chuzar, telefónicas y digitales, son producto de acuerdos bilaterales entre el gobierno nacional, y los gobiernos estadounidense, británico e israelí, tal como lo comprueban la utilización de softwares como el Puma, y técnicas de interceptación de ciberguerra.

 

De igual manera, la doctrina militar empleada –en uso en el mundo entero– es un cruce de la geopolítica en la que el más alto de los dignatarios –exministro de Defensa de la anterior administración– tiene mucho que ver. La doctrina de guerra de cuarta generación dispone, como parte de sus cimientos fundamentales, del ataque preventivo –sobre el nido y no sobre el pájaro–, determina al espacio cibernético como un campo de guerra equiparable al aire, el mar y la tierra, y por último obliga a una concepción en la cual el Estado está en guerra total. Por tanto, es imprescindible el control total sobre los potenciales riesgos, lo cual conduce a ver y concebir al conjunto de la sociedad como saboteadora de la seguridad estatal y el orden establecido. Paranoia absoluta.

 

Capacidad técnica, doctrina militar y decisión geopolítica constituyen un tridente del cual ni el ministro de Defensa ni el Presidente escapan, y de ahí que sea imposible cualquier tipo de interceptaciones y actividades de inteligencia sin la decisión de los gobiernos, como administradores del Estado. Es decir, nada ocurre a espaldas de éstos. El poder militar, a través del cual se dirige la inteligencia en Colombia, no debe juzgarse por su apego a la ley sino por la funcionalidad específica que tiene al crear y mantener estamentos de poder dispuestos a conservar y adecentar el control sobre el conjunto social.

 

Privacidad entredicha

 

En el mundo cibernético, la guerra ya representa, en la mayor parte del mundo, el espacio privilegiado para las acciones de inteligencia. Por algo el 80 por ciento de la inteligencia establecida es de orden técnico. Es una conflagración en la internet, en las telecomunicaciones que potenciaron grandes controversias en el curso del último año, de Snowden a Assange, demostrando que la confrontación en este terreno criminaliza preventivamente, caracteriza a todo el mundo como objetivo potencial y desata ofensivas –como única forma de defenderse–, terreno donde la fuerza disuasiva se torna imposible gracias a que todos son una amenaza potencial. Los objetivos de este defensivo ataque no sólo son presidentes, corporaciones económicas y países amigos y enemigos; la colonización de internet por parte de los aparatos militares es una realidad inocultable en el otrora mundo libre de la red.

 

De esta manera, a comienzos de los 90 pasamos a un globo virtual vigilado las 24 horas, en que son comunes la recolección de información de las redes sociales –facebook, twitter...–, la sistematización de datos de los teléfonos inteligentes y el cruce con informaciones provistas de llamadas. Es en este preciso momento de la historia cuando los derechos de privacidad e intimidad están afectados en su totalidad, fundamentalmente los de los jóvenes, quienes actúan como protagonistas del espectro digital, llegando incluso a representar el 56,4 por ciento de los usuarios de estas tecnologías.

 

Expansión del autoritarismo estatal

 

El control de la cotidianidad del individuo, propio de la biopolítica, indica el incremento de la actividad del Estado como policía político, que con su paranoia multiplica la represión y el control, y disputa la dirección inmediata de la opinión pública. En estos estados de guerra permanente, los más favorecidos son los estamentos militares que actúan con la libertad del verdugo y terminan por ser comandantes operativos de la vida de la sociedad misma.

 

Tas aquéllos, ocultos en las llamadas operaciones encubiertas y en los escándalos que –como Andrómeda– propician la movilidad de las intenciones del voto (favorables a la continuidad santista), se encuentran soterrados los poderes factuales que determinan el rumbo de toda Colombia. El militarismo es útil, incluso indispensable, en las coordenadas del poder, en que, debido a los temores de los de arriba, éste busca impedir cualquier cuestionamiento sobre sus privilegios políticos, electorales, económicos y sociales.

 

Ante esta adversa realidad sobre el derecho a la privacidad y la propia vida, ante una Colombia chuzada y bajo control militar, ¿no será prudente definir que no hay inteligencia o espionaje bueno, y que es necesario remover el poder de los Estados sobre la vida, y de la doctrina militar sobre los ciudadanos?

Información adicional

  • Autor:EQUIPO DESDEABAJO
  • Edición:199
  • Sección:Editorial
  • Fecha:Febrero 20 - marzo 20 de 2014
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