Miércoles, 23 Abril 2014 09:49

El ratón y el queso

Escrito por EQUIPO DESDE ABAJO
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El ratón y el queso

Siempre se dijo que Colombia es un país de regiones, y de ciudades. Lo primero es innegable, y lo segundo, si bien cambió producto del constante despojo y del forzado desplazamiento campesino, así como de la deformación de Bogotá y otras ciudades capitales de departamento, la verdad es que conserva todo su potencial.

 

Con el 76 por ciento de su población habitando en ciudades, esta realidad es una particularidad notable de nuestro país. Decenas de ciudades intermedias conservan importancia o la ganan: en la región cafetera, Pereira, Manizales y Armenia; en el oriente, Bucaramanga, Cúcuta, Florida Blanca, Arauca y Saravena; en el Pacífico, Buenaventura, en la cosa norte, Sincelejo, Cartagena, Santa Marta; en el sur, Florencia. Estas ciudades, por no relacionar otras intermedias, tienen toda la vitalidad que les otorga la permanente recepción de nueva población, con sus aspiraciones y demandas, en una tensión Estado-sociedad a través de la cual derechos fundamentales como el acceso a servicios públicos, educación, salud y otros, son resueltos de manera parcial o total por los mismos pobres.

 

En éstas y otras ciudades, como otrora sucedió –y aún persiste– en Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, la gente de a pie, no espera que el Estado resuelva, ella misma pone manos a la obra, pues el techo no puede esperar a que llegue lo imposible, cuando el déficit aproximado de vivienda del país alcanza 2 millones trescientos mil unidades. De esta manera, invadiendo, intercambiando metros cuadrados de tierra por un predio poseído en zona rural, comprando a cuotas, o de cualquier otra manera, la gente resuelve un asunto vital. Mientras logra que así sea paga arriendo por meses y años o se amontona en inquilinato, cancelando el servicio por semanas, días o noches.

 

Es una lucha que parece de años, pero es de toda la vida. En demanda constante y colectiva, el arrojado a "tierra de nadie" accede de manera 'pirata' a luz y agua, pero también traza calles y consigue que los comerciantes del transporte recorran con sus buses el barrio recién conformados. De esta manera, la gente, por miles, construyó –lo sigue haciendo– las ciudades de nuestro país. Luego llega el Estado a reglamentar, formalizar, cobrar impuestos, reprimir.

 

La informalidad dura unos años, para dar paso a lo formal: nomenclatura, escrituras, recibos, etcétera. Pero aún así la lucha por el "derecho a la ciudad" no termina con ello. Prosigue en la demanda de ingresos dignos, educación para sus hijos, atención presta en salud, pero también por armonizar el nuevo barrio con espacios públicos como parques y lugares para que los más jóvenes practiquen su deporte preferido.

 

De esta manera, la lucha por la tierra, que pareciera rural también está presente en las urbes, pequeñas, medianas o grandes. La ciudad la hacen los pobres, y en su lucha enfrentan al terrateniente y casateniente urbano, que especula con la propiedad habitacional y el lote de engorde; pero también enfrenta o aprende a utilizar –o es utilizado– por el político de turno que de la pobreza de muchos hace consigna para el clientelismo multiplicado durante las campañas electorales.

 

Espacios de relacionamiento

 

Esta es y ha sido la dinámica con la cual tomaron cuerpo nuestras ciudades. En el barrio popular, al son del convite de cada ocho días fueron levantadas miles de viviendas, de segundos y terceros pisos, y allí, al son de la pala y las cervezas, la socialización de sueños y de problemas personales y colectivos. Pero también en la tienda de la esquina, tatareando las canciones que cada uno memorizó desde la infancia. La salida al centro de la ciudad para comprar vituallas fundamentales, era de cuando en cuando, pues la falta de dinero y de transporte la dificultaba.

 

Los espacios de la vida, por tanto, eran cercanos para todos, reconocidos y reconstruidos al ritmo de imaginarios propios. Pero la especulación urbana impuso su lógica, y con ella un modelo de ciudad para los negocios. Los barrios de casas con puertas abiertas fueron rotos por la construcción de unidades residenciales, con sus edificios rodeados de mallas o muros, donde la cotidianidad es ajena para todos. Y también fue rota la dinámica de la tienda de esquina, ahora suplantada por los centros comerciales, lugar de encuentros al paso, lugar de fuga e imaginarios del consumo insaciable, con el cual queda deshecha la sociabilidad y la hermandad, la solidaridad y complicidad, para quedar reemplazados por el individualismo y la mezquindad, el endeudamiento y la ilusión perdida.

 

Este es uno de los grandes logros del capitalismo (para neutralizar las acciones de los negados en procura de una mejor sociedad): romper la comunidad urbana por medio del consumo, el individualismo y la competencia; masificar instrumentos y utensilios que hacen la vida diaria más suave, e incorporar a la mayoría social al sistema financiero y con él a la ilusión de que todo puede adquirirse.

 

Modelo urbano que ajusta cada tanto, para el caso colombiano, al ritmo del narcotráfico que con sus inmensas masas de dinero permitió una movilidad urbana imposible de otra manera, dinero lavado por el sistema financiero, entre otros trucos, a través de invertir en la construcción de las ciudades –unidades residenciales, casas de lujo, centros comerciales–, dándole salida así a tales excedentes de dinero.

 

El efecto de estas inversiones no es de poca monta: por un lado segmenta las ciudades, creando a su interior zonas para pobres y para ricos, centros y periferias, norte y sur, separando en su totalidad grandes conglomerados humanos, que ahora se miran como enemigos, y se tratan como tales; los medios de comunicación se encargan de profundizarlo al fortalecer la imagen del pobre como potencial criminal, estigmatizando sus barrios, multiplicando el pánico y reclamando el control social, cada vez más violento, policial o militar del marginado. Llegamos así a las ciudades militarizadas u ocupadas, particularidad que soportan sus habitantes desde hace más de sesenta años. Control ahora reforzado por la 'siembra' de cámaras de vigilancia por doquier que acaban con la privacidad. Antes habían sido los vigilantes privados con su mirada acusadora.

 

La ciudad como concentración de inmensos grupos poblacionales es territorio excepcional para la inversión de los excedentes de capital. Así lo entendieron desde hace décadas los detentadores del poder, preocupados por la contención de los marginados. Los proyectos oficiales de vivienda actualmente en marcha son parte de esa lógica, como lo son la entrega de subsidios y la masificación de derechos fundamentales, con los cuales, además, crean un subsector de clase –colchón– entre la media y los más pobres, proyectando la falsa visión en la media de que tienen más de lo que realmente poseen, a la par de la satisfacción por "ser más" que los de vivienda de interés social.

 

Con sus políticas urbanas, por tanto, proyectan, crean o recrean desde el Estado ciudades del consumo, ciudades marketing, ahondadas en su perfil por el neoliberalismo que permeó culturalmente en lo más profundo de las sociedades de masas. Como ya anotamos, en Colombia esto fue reforzado por el narcotráfico, bastión sustancial para el control social y la reacción local.

 

Foro Urbano

 

Fue en Medellín prototipo colombiano de estas ciudades, donde las Naciones Unidas acordó la realización del VII Foro Urbano Mundial.

 

Para sorpresa de la gente no especialista en temas de hábitat, el Foro, cuya consigna central reivindica la equidad, estuvo plagado por representantes de la cara humana de las multinacionales –sus ong–, además de empresarios nacionales del sector cementero, constructor y financiero.

 

Lo increíble de algunas de las temáticas abordadas en el Foro es que las soluciones para las problemáticas que hoy cargan las urbes quedaron en manos de estos empresarios, especialistas en especulación, acaparamiento y ganancia. Este proceder es como el de quien encarga al ratón del queso. Las ciudades, por tanto, aún con el supuesto interés de la ONU por la cuestión urbana, su imparable crecimiento poblacional, y los potenciales estallidos sociales en proceso, no se resolverán de manera efectiva sus principales conflictos como debe ser: de manera colectiva y solidaria.

 

Esta vía, como hasta ahora es la norma, sólo procederá de la mano de los negados de siempre, que ahora, con algunos de los derechos fundamentales resueltos, está en el deber de cimentar un modelo urbano que relacione cotidianidad y medio ambiente, movilidad y salud, trabajo y vida digna, vivienda y espacio público, participación y democracia radical, agua y ordenamiento territorial, estos entre otras medidas que le coloquen límite al crecimiento de las urbes, reorganizando –sembrando–, ciudades como estrategia para evitar que prosigan deformándose, lo que impide que a su interior la vida digna llegue a ser realidad cotidiana.

 

Sobre éstos y otros temas, opinan en el presente informe Luis Fernando González, Omar Varela y Luis Fernando Acebedo Restrepo, todos ellos, docentes universitarios especializados en temas urbanos.

 

Información adicional

  • Antetítulo:VII FORO URBANO MUNDIAL
  • Autor:EQUIPO DESDE ABAJO
  • Edición:da 201
  • Sección:Foro Urbano Mundial
  • Fecha:Abril 20 - Mayo 20
Visto 6552 vecesModificado por última vez en Miércoles, 23 Abril 2014 18:07

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