Martes, 23 Junio 2015 12:35

¿Hechos o verdad?

Escrito por Equipo desde abajo
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Hablar de "verdad" no solamente es complejo sino problemático, pues, pese a que el término pretende referirse a lo que es indiscutible, la aceptación de algo como verdadero requiere consenso. Quizá por ese motivo, el lógico y teórico austro-británico Karl Popper desterró la verificación (búsqueda de la verdad) del campo científico y la sustituyó por la falsabilidad, es decir, la promulgación de afirmaciones siempre provisionales y que, mientras no sean refutadas, pueden considerarse como corroboradas, sin que eso signifique su aceptación definitiva. Las innumerables aristas de la realidad son la razón para que las explicaciones que de ella se dan no deban ser juzgadas, bajo ninguna circunstancia, como inmutables. Es el descubrimiento de factores o perspectivas no tenidas en cuenta previamente lo que enriquece el conocimiento de los fenómenos y los sucesos, que de esa manera asumen una condición dinámica frente a nuestros ojos.

 

La creación de una Comisión de la Verdad (CV) acerca del origen y el desarrollo del actual conflicto armado colombiano ha dado lugar, sin que aún comience a operar, a una serie de reacciones que le auguran un devenir tormentoso. En carta que el jefe insurgente Iván Márquez le dirigió al Procurador el pasado 10 de junio, le dice que la CV no busca la "verdad" del Procurador sino la de las víctimas, incluida la verdad de los muertos, cuyos cuerpos deben hablar a través de los estudios forenses acerca de lo que fue su fin. Y más adelante señala que también se trata de la verdad de lo hecho por el militar, los financistas, los empresarios y dirigentes políticos, en una clara muestra de lo espinoso que será el asunto de las verdades. Ahora, en el espíritu de la carta, lo que allí se quiere enfatizar es que muchos de los actores de la violencia no son reconocidos como tales, porque sus acciones no se interpretan correctamente como causa directa de esa violencia o porque conscientemente se oculta su participación en ella.

 

El asunto se complica aún más si añadimos el elemento de la "construcción de las verdades", pues tenemos que incluir a los medios de comunicación y la academia, que curiosamente no son nombrados por Márquez. Pues, aun limitándonos a la sola divulgación de hechos, es evidente que, cuando en un enfrentamiento abierto entre ejército y guerrilla, por ejemplo, los combatientes muertos del primero son descritos como "asesinados", mientras los de la insurgencia son "abatidos", la 'verdad' que de allí surge es interesada, y mal puede llamarse indisputable. Sin embargo, para los defensores del statu quo no hacer la distinción sería distorsionar lo que consideran la 'verdad'. Pero, ¿cuáles son los hechos en este caso? Acá no cabe duda de que el asunto es el de un enfrentamiento entre individuos armados y preparados para la guerra, por lo cual los muertos de los dos bandos lo son bajo circunstancias iguales que debieran ameritar igual denominación. Pues, bien, es sobre una base descriptiva de los hechos, contemplados a la luz de iguales parámetros, como debe actuar una Comisión que busca un balance de responsabilidades para evitar la repetición del conflicto. Los combatientes tomados prisioneros en los enfrentamientos no pueden ser "secuestrados" si los toma un bando y retenidos si los captura el bando contrario. Igual ocurre con los muertos fuera de combate o las afectaciones a la población civil, vengan de donde vengan.

 

El enfrentamiento que tuvo lugar entre el columnista León Valencia y Miguel Gómez Martínez en el programa Voces RCN, ampliamente reseñado por los medios, y motivado por el señalamiento que León Valencia hizo de la familia Gómez como partícipes de la violencia, es un buen ejemplo de lo que significa develar sucesos que puedan ampliar la comprensión del conflicto, ya que, desde el ejercicio de la política, casos como los de Laureano Gómez y su hijo Álvaro Gómez Hurtado –a quienes León Valencia se refería en la discusión–, para citar tan solo un ejemplo, no han sido suficientemente dimensionados, pese a que del segundo se conoce su persistencia en el Senado en denominar "repúblicas independientes" a poblaciones de campesinos que buscaban tierra donde asentarse, y que Gómez Hurtado invitaba a destruir. El caricaturista Héctor Osuna, bajo el seudónimo de Lorenzo Madrigal, conservador laureanista, en su columna del 7 de junio en el diario El Espectador terció en la polémica, y, luego de calificar como insolente la opinión de León Valencia sobre los Gómez, afirmó con tono de advertencia que "la paz de Santos estará en vilo, si lo que se pretende es unificar la verdad y la memoria históricas por acuerdo con los rebeldes y como decreto para historiadores", expresando el sentimiento de los más conservadores en su nula disposición a reconocer que las razones que esgrime el otro puedan ser conmensurables con las suyas, y menos asumir responsabilidad alguna en el conflicto.

 

El negacionismo histórico es una característica de las élites criollas, legitimadas con una historiografía mediocre y dulzona que, salvo las excepciones de siempre, hasta el día de hoy ha sido panegírica y complaciente. ¿Cuál es el peso de la ausencia de un inventario riguroso de los hechos en nuestra persistente forma violenta de relacionarnos? Parece que no es despreciable, puesto que, siempre que han tenido lugar procesos de paz significativos, la búsqueda de una explicación estructural de las causas ha sido sentida como una necesidad perentoria para evitar la repetición de la tragedia.

 

El 27 de mayo de 1958, mediante el Decreto 0942, se creó la Comisión Nacional de Investigación de las Causas Actuales de la Violencia (el nombre completo del actual organismo es Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la no Repetición), que, pese a un trabajo ingente y unas esperanzadoras recomendaciones, ve apenas una breve paz de cinco años, luego de los cuales estalla de nuevo el conflicto armado que ya sobrepasa el medio siglo de existencia. Negarse a entender las necesidades de grupos acorralados por el hambre y la ausencia de derechos, y, lo que es peor, negarse luego a aceptar que son esas necesidades la causa de las rebeliones armadas, se convirtió en el alimento de una espiral que no ha parado de crecer.

 

¿Puede alguien creer seriamente que sin diálogo se puede alcanzar en Colombia un silenciamiento de los fusiles? La respuesta es no, pero, para nuestro pesar, los guerreros de escritorio estiman que unos litros de sangre adicionales pueden llevarlos a la mesa con ventaja, y claman por empujar la confrontación un poco más, bajo la creencia de que el enemigo está debilitándose. A las élites y sus guardaespaldas intelectuales les parece inconcebible que de un acuerdo de paz surja un cuestionamiento a su quehacer histórico, y se niegan a aceptar responsabilidades. El trabajo de la pasada Comisión Histórica del Conflicto, que terminó convertida en una colcha de retazos en razón de las visiones mutuamente excluyentes de las diversas interpretaciones, es una muestra de la obcecación que acompaña las reflexiones sobre nuestro devenir como sociedad. La intolerancia de las visiones convencionales (¿oficiosas?) no fuera tan problemática si no se constituyera en una línea roja trazada como muro de defensa.

 

Si referirnos a la verdad es problemático porque, entre otras cosas, ésta lleva adosada siempre la carga de la valoración emocional, hablemos modestamente de hechos y de sus principales protagonistas. Respondámonos, quizá tan solo con las frías cifras y la simple enumeración, con una corta lista de interrogantes como: ¿Cuántas fuerzas armadas paraestatales han sido creadas en nuestra historia y por quiénes? ¿Cuántos miembros de la cúpula del ejército han participado en ejecuciones extrajudiciales, antes incluso que fueran denominadas con el eufemismo de "falsos positivos"? ¿Cuál fue la tasa de crecimiento de esas ejecuciones luego que se emitiera la directiva de premios por "las bajas provocadas al enemigo"? ¿Quiénes han sido los 'inversionistas' privados de la guerra y cuánto el monto de su 'inversión'? ¿Cuáles patrimonios han surgido directamente del despojo? ¿Cuáles columnas de periódico o programas de radio o televisión son los que más gritos de ¡mátenlos! han emitido?

 

Dar respuesta a interrogantes de ese tipo tal vez nos ayude más que el propósito pomposo de "establecer la verdad" por parte de una Comisión para la que, dados los antagonismos ideológicos, es un imposible; y quizá nos evite la discusión inmediata sobre las justificaciones y el contexto de los acontecimientos, que debe ser una tarea permanente de todos.

 

Simplifiquemos la misión de los comisionados, garanticemos de alguna manera sus resultados y asegurémonos de que el caudal de hechos conocidos aumenta para que las generaciones futuras estén en condiciones de saber lo que no les conviene. No. No se trata de una discusión semántica para diferenciar hechos de verdades, se trata precisamente de no caer en discusiones bizantinas que hasta ahora les han permitido a muchos eludir su participación como agentes activos de nuestro cruento discurrir.

Información adicional

  • Autor:Equipo desde abajo
  • Edición:214
  • Sección:Editorial
  • Fecha:Junio 20 - Julio 20
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