Viernes, 23 Octubre 2015 17:25

El asalto al océano: abordaje hacia el naufragio

Escrito por ÁLVARO SANABRIA DUQUE
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El asalto al océano: abordaje hacia el naufragio

"[...], de modo que se llevaron el Caribe en abril, se lo llevaron en piezas numeradas los ingenieros náuticos del embajador Ewing para sembrarlo lejos de los huracanes en las auroras de sangre de Arizona, se lo llevaron con todo lo que tenía dentro [...]"

Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca

 

En la ciudad de Valparaíso (Chile), los días 5 y 6 de octubre de 2015, tuvo lugar la segunda conferencia Nuestro Océano, convocada por el secretario de Estado norteamericano John Kerry. En el documento distribuido antes de la inauguración del encuentro, y suscrito por el mencionado funcionario, éste recordaba que "El año pasado convoqué a líderes gubernamentales, filántropos, científicos y líderes de la sociedad civil para la primera conferencia global "Our Ocean" (Nuestro Océano) en Washington, DC. A los que asistieron, les presenté el desafío de asegurarnos de que saldríamos de la conferencia con un plan para salvar el océano"; dejando claro que para el gobierno de los Estados Unidos los mares están en grave peligro, y de paso, generando inquietudes con el nombre dado a la citación, pues no sería la primera vez que cuando la potencia del norte utiliza la palabra "nuestro", lo hace en el sentido más literal del término. En efecto, cuando en 1823 el presidente estadounidense de la época, James Monroe, formuló la famosa frase "América para los americanos", partía de considerar que los americanos eran tan sólo ellos, aunque América si era el continente entero.

Las razones del creciente interés por el mar lo explicaba inequívocamente, a las agencias de prensa que acudieron a cubrir el evento, el comisario europeo de Medio Ambiente, Asuntos Marítimos y Pesca, Karmenu Vella, quien expresó: "Hemos inaugurado un siglo en el que nos veremos obligados a adentrarnos en los océanos en busca de soluciones para problemas energéticos, alimentarios y de crecimiento económico". Lo que en plata blanca significa que las grandes potencias dirigen su mirada hacía la vastedad de las superficies marinas con ánimo instrumental, y que en la búsqueda de garantizar su usufructo estiman necesario "unificar los diferentes acuerdos bajo un único paraguas legislativo", objetivo central de la Conferencia. En otras palabras que una regulación gestionada por los países dominantes, significa colocar el ecosistema al servicio de los intereses del capital, y por tanto de la ganancia. Decir que este siglo debe ser el "siglo azul", como lo expresó Vella, es un bonito eufemismo para evitar referirse a la toma del océano para una explotación sistemática y controlada por las grandes corporaciones.

 

Lo que está en juego

 

El ecosistema marino es el más grande de la tierra, ocupa el 72 por ciento de la superficie del globo terráqueo, y pese a sus diferentes denominaciones, en realidad se trata de un solo océano conectado por la dinámica de los vientos, y de las mismas aguas, que da como resultado que la proporción de sus elementos constitutivos sea asombrosamente homogénea en todas partes, constituyendo un espacio geográfico que pese a ese grado de uniformidad contiene una biodiversidad que aún es desconocida en buena medida.

Investigaciones relativamente recientes, probaron la influencia en gran escala del mar tanto sobre el clima como sobre el tiempo atmosférico (comportamientos de incidencia local). Hoy, nadie duda, por ejemplo, que los llamados fenómenos de El Niño y de La Niña, están asociados de forma directa con estados marinos específicos. También, en la actualidad, es indiscutible que la fotosíntesis de las plantas y algas del océano extrae gran cantidad de dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera, siendo, junto con la selva amazónica, el más importante sumidero de carbono, por lo que sin esa función el calentamiento global sería más acelerado. La inmensa biodiversidad que contiene de plantas y animales ha sido la base de subsistencia de no pocos grupos humanos, que hoy ven con gran temor la situación en que la irracionalidad de la explotación en gran escala ha puesto al ecosistema.

El océano está seriamente amenazado desde varios ángulos: de un lado, la biota está expuesta a la extinción por sobreexplotación, y del otro, la alteración de las condiciones fisicoquímicas debida a la contaminación, no sólo atenta contra la vida marina, sino que por su importante interacción con el clima puede provocar alteraciones de gran magnitud en las condiciones del Planeta. La competencia entre las empresas pesqueras ha llevado a que el llamado método de pesca de arrastre de fondo, que consiste en "barrer" un área determinada con una red que rastrilla también el suelo marino, además de destruir algas y otros organismo vivos, conduce a la captura de especies no comerciales -la llamada "pesca secundaria"-, que en su gran mayoría se devuelven muertas al océano con las obvias consecuencias ecológicas. Es una imagen icónica de la irracionalidad y la crueldad de la explotación de los océanos la captura de tiburones para cortarles sus aletas y devolverlos al mar amputados, sin la más mínima posibilidad de sobrevivencia (al año son capturados entre 100 y 150 millones de tiburones). La muerte a garrote de las focas en Canadá es otro de esos hechos impactantes que ilustra y simboliza lo que sucede cuando son aplicados el eficientismo y los principios de la producción capitalista al usufructo de las especies animales.

El vertimiento de residuos industriales y agrícolas -de los que los fertilizantes y pesticidas son considerados como los de mayor impacto-, al depositarse finalmente en el océano, estimula un desarrollo excesivo de microbios y algas que acaban con el oxígeno de las aguas y eliminan en el área de impacto la posibilidad de vida. Hasta el momento han sido identificadas cuatrocientas "zonas muertas", que es la denominación dada por los expertos, y que según algunas estimaciones cubren el 10 por ciento del océano. La zona muerta del Golfo de México, una de las más grandes según la Administración Nacional de Océanos y Atmósfera de Estados Unidos, este año podría alcanzar cerca de 22.000 kilómetros cuadrados, convirtiendo las partes profundas del golfo en un verdadero desierto acuático.

La absorción de CO2 por parte del ecosistema marino, estimada como un hecho positivo, pues funciona como amortiguador del calentamiento global, parece, sin embargo, encontrarse en un punto crítico, dado el aumento de la acidez de las aguas marinas que eso provoca. El dióxido de carbono al entrar en contacto con las aguas del océano reacciona formando ácido carbónico, compuesto que debilita la consistencia de conchas, caparazones y esqueletos de muchas especies, hasta el punto que la corrosión de las aguas, debida a la alta acidez, acaba literalmente diluyendo los cuerpos calcáreos. Además, recientemente se han descubierto en los sedimentos oceánicos grandes concentraciones de hidratos gaseosos que son formas sólidas y cristalinas de agua que contienen metano en su interior, y que de diluirse, si la temperatura del océano sigue aumentando, al liberar el metano podrían acelerar de forma dramática el calentamiento global. Con el aumento de la acidez de los océanos, los arrecifes de corales se corroerán más rápidamente de lo que pueden crecer, generando el temor que las estructuras de los arrecifes puedan extinguirse en todo el mundo. Los científicos predicen que para el momento en que las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono lleguen a 560 partes por millón (ppm), un nivel accesible para mediados de siglo ya que estamos llegando a 400 ppm, los arrecifes de coral dejarán de crecer, e incluso comenzarán a disolverse.

 

Lo que se busca

 

En enero de este año, fue alcanzado en las Naciones Unidas el consenso para iniciar las deliberaciones sobre un acuerdo vinculante para la protección de la vida marina en las áreas más allá de la jurisdicción nacional. Estas áreas, conocidas también como el Alta Mar, están conformadas por el espacio que trasciende las doscientas millas de zona económica exclusiva de cada país (cubren el 64 por ciento del océano y el 46 por ciento del globo terráqueo). En teoría, el Alta Mar es abierta a todos los Estados, y las actividades de pesca son reguladas por las normas establecidas en la Convención de las Naciones Unidas de 1982 sobre el derecho del mar (Convemar). No obstante, la inmensidad del área deja, de hecho, a la buena fe de los países y las corporaciones los comportamientos respetuosos de la naturaleza.

El impulso que el gobierno de los Estados Unidos ha dado a la realización de una conferencia como "Nuestro Océano", en la que el tema y el espacio geográfico son los mismos sobre los que empezará a deliberar la ONU, está inscrito en el mismo espíritu de la creación de asociaciones de países que firman acuerdos paralelos a las instituciones multilaterales oficiales. Tiza, en el caso de servicios, es quizá un ejemplo paradigmático en el que eludir las discusiones en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC) significa crear una situación de hecho que obliga al resto de países a someterse posteriormente a las condiciones establecidas por el grupo particular. Es notaria una debilidad creciente de organismos multilaterales como la ONU o la OMC, que ceden poder a organizaciones regionales o geo-políticas, con el consecuente aumento del riesgo de un futuro aún más inestable y conflictivo. La disputa por el predominio del mar abierto no parece ser un escenario menor en la lucha librada entre una organización multipolar del mundo, defendida por los llamados países emergentes, y el dominio unipolar de EU, apoyado por los países de la Otan.

El capitalismo, pese a la aceptación del problema del deterioro de la naturaleza, da muestras de negarse a asumir posiciones coherentes con la amenaza que representan fenómenos como el calentamiento global y el agotamiento de los recursos no renovables, así como la extinción de aquellos que siendo renovables, por la sobreexplotación están desapareciendo. El reciente caso de la empresa automovilística Volkswagen, que adulteró la medición de las emisiones de gases de efecto invernadero, es una muestra de la brecha que separa las normas y el discurso oficial sobre el medio ambiente de la realidad de un sistema cuyo objetivo central es el crecimiento material por encima de cualquier consideración. Nadie puede hacerse ilusiones, entonces, que puede darse, bajo las actuales condiciones, una búsqueda real de revertir los daños que amenazan la vida en el Planeta tal y como la conocemos.

 

Los negacionistas al servicio de la catástrofe

 

A la par que el secretario Kerry, en el documento reseñado, luego de enumerar algunos de los problemas más graves del océano, expresaba: "Si suena mal, es porque lo es", y el gobernador del Banco Central de Inglaterra, Mark Carney, en una charla en la multinacional de los seguros Lloyds de Londres, afirmaba que los desafíos que plantea la situación del cambio climático en la actualidad "palidecen en importancia en comparación con lo que podría venir", en las redes y en muchos medios masivos de comunicación fue reproducido un documento negacionista de la problemática ambiental titulado Manifiesto ecomodernista, que recicla toda una serie de argumentos que han sido esgrimidos desde la década de los setenta del siglo pasado, intentando desmentir lo denunciado inicialmente en el documento del MIT, Los límites del crecimiento.

El argumento central consiste en sostener que los seres humanos, sobrepasado un punto de su desarrollo material, empiezan a desacoplarse de la naturaleza: "El desacoplamiento puede ser impulsado por tendencias tecnológicas y demográficas y por lo general resulta de una combinación de ambas", dice el Manifiesto, en una reedición de los razonamientos de Robert Solow y Joseph Stiglitz, cuando Georgescu Roegen y Herman Daly (dos de los fundadores de la economía ecológica), al cuestionar los modelos de crecimiento neoclásicos, criticaban el supuesto de las sustitución de recursos naturales por capital, como si éste último, en su manifestación física, no fuese material y por tanto extraído de la naturaleza. Cualquier estadística elemental muestra que actualmente la extracción y movimiento de recursos no tiene parangón en la historia. Quemamos más combustibles fósiles que en ninguna etapa anterior del capitalismo y extraemos del subsuelo una cantidad de minerales también sin antecedentes, para citar tan sólo dos ejemplos.

En otro de sus puntos centrales, los negacionistas sostienen: "Gracias a los avances tecnológicos en agricultura, desde mediados de los años sesenta la cantidad de tierra requerida para producir los alimentos humanos y la comida para animales que permiten alimentar a la persona promedio se ha reducido a la mitad", pasando por alto que esos "avances tecnológicos" son intensivos en combustibles fósiles, agua y productos químicos que, como veíamos, se han constituido, por ejemplo, en los determinantes de la aparición de "zonas muertas" en el océano. Pero, lo que es peor, es obviado el hecho que las necesidades de uso per cápita de tierra -indicador conocido como la huella ecológica- para satisfacer las necesidades de consumo de un individuo promedio supera ya la capacidad de sustento del Planeta. Igualmente, argumentos como el de que a mayor desarrollo menos contaminación, conocido como la teoría de la Curva Ambiental de Kuznets, ampliamente debatido, y que puede validarse para algunos países en particular, deja de tener sentido si lo aplicamos al Planeta en general (lo que es válido para la parte no necesariamente es válido para el todo). Igualmente es reciclada la creencia (¿o la falacia?) de que "La alta productividad asociada con los modernos sistemas socio-tecnológicos ha permitido que las necesidades se satisfagan con menos recursos y con menor impacto sobre el ambiente", asunto también ampliamente discutido desde finales del siglo XIX, y conocido en la literatura como "la paradoja de Jevons", por William Stanley Jevons, quien percibió, en el caso del consumo de carbón, que el aumento de la eficiencia en el uso específico del recurso, se traducía en un consumo absoluto mayor por el aumento de las unidades consumidoras.

Por lo contrario, el científico James Lovelock, quien formuló la teoría de Gaia en la que la Tierra es considerada un gran ecosistema vivo, una especie de hiper-organismo, estima que la quema de combustibles fósiles es irreversible, y que lo que debemos hacer es prepararnos para afrontar las consecuencias del calentamiento global, pues entiende que los poderes que nos rigen no van a renunciar sin más a las ventajas que derivan del actual sistema de cosas. No le falta razón, entonces, al presidente boliviano Evo Morales cuando calificó en la reciente Cumbre Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático-, al capitalismo como el cáncer de la tierra.

Hablar de "capitalismo verde" es, por tanto, un oxímoron que no pasaría de una contradicción lógica o semántica si no nos enfrentáramos al asalto del capital al más grande ecosistema de la Tierra, el océano, y por tanto a un ataque al corazón regulador de los ciclos de agua, carbono, oxígeno, nitrógeno y hierro. Parafraseando un lema de los años sesenta de siglo XX, deberíamos gritar: "capitalismo o vida".

Información adicional

  • Autor:ÁLVARO SANABRIA DUQUE
  • Edición:218
  • Sección:Medio ambiente
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