Miércoles, 22 Agosto 2018 10:00

¿Se echó colonia o perfume de París?

Escrito por HÉCTOR H. PARRA PÉREZ
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¿Se echó colonia o perfume de París?

La innegable realidad de una presencia hispánica en nuestra cotidianidad, sigue siendo un hecho que llena de cuestionamientos, reflexiones y elucubraciones a la mente. Traspasa con variopintos sentimientos encontrados el corazón, ya que, tal vez bajo el filo damoclesiano de la tragedia, dicha realidad insoslayable da una certeza al alma. Sea ésta una tragedia con estilo de resignación. O con atisbos de certeza afirmativos, alimento de la dualidad identitaria, al mejor estilo del monólogo más famoso y más trillado de Hamlet: “Ser o no ser”.

 

Sin embargo, al utilizar el término resignación en el anterior párrafo, y haciendo uso de los retruécanos de esta lengua que tanto desconozco, propongo al lector concederle otro valor a esa raíz etimológica que de un sabor meramente indicativo, y su pretexto dé señal al signo, concediéndole más poderes simbólicos y hasta filosóficos, para tratar de llenarle de significado.

 

Entonces, nuestra tragedia hispano-descendiente no sería una tragedia resignada, sino resignificable, desde la capacidad de no negar la historia, pero sí de entrar en diálogo con sus consecuencias en el presente. De no temerle a la historia oficial triunfalista, pues, desde el grito de Triana, no sólo se han encontrado sangres derramadas en el campo de batalla, y sangres fusionadas en el lecho, sino también sendas virtualidades de mundos pluridiversos y confusos: se encontraron muchas maneras de ensoñarse al mundo, y los sueños no son del mundo de la razón. Es más, si bien la patrimonialización de la razón llegó en barco allende del estrecho de Gibraltar, tendría que esperar casi trescientos años para escuchar su propio eco y soliloquio en suelo americano. Y mientras tanto, el delirio católico ad portas de pintas de Yagé.

 

Lágrimas de cocodrilo, diría mi abuelita

 

Es imposible tratar de razonar con el lúgubre campo de lo patético. Por ello, desde el campo de la filosofía, probablemente se prefiera pensar antes que emocionarse, en un “tomar distancia” metodológico, y no político. Me atrevo, entonces, a decir que la relación más inmediata con el mundo hispánico, que nos habita por dentro y por fuera, está constituida por una serie de relaciones emotivas tan a flor de piel como a cavernas del subconsciente. Una serie de relaciones que van desde el tedio del sueño colonial tan vigente, a la rabiosa indignación por los “indios” de hace quinientos años. Manifestación irónicamente dramatizada cual monólogo de Antígona, en la frívola corte de Felipe IV.

 

Sin embargo, ese lúgubre campo de lo patético, sí que resulta estratégico para quienes, con poder en mano, utilizan el dolor y el éxtasis de otros para su propio beneficio. La razón ha sido secuestrada por el raciocinio instrumentado, para hacer de las emociones el vehículo que obnubile. Por ello, es posible avizorar cómo la propaganda política ha sido la mayor secuestradora de las manifestaciones artísticas, estéticas y estésicas en todas las culturas. Por otra parte, la ensoñación y la creatividad contemplativa, permanecen ignoradas en este campo de la inmediatez y del azuce campal identitario. Aquellos que ensueñan, ¿a qué irían a un campo de batalla? El ensueño de Don Quijote de la Mancha, quien a su vez era el ensueño del manco de Lepanto, atacó molinos de viento para desdicha de Rocinante y solaz de los leyentes.

 

Visiones lejanas de gigantes que son molinos

 

El caso de los molinos es muy similar al de nuestra realidad novelada. El espejismo al que se ataca, es también, causal de la desgracia. Y aunque resulte divertido en el caso del ingenioso hidalgo, la pesadillezca virtualidad de nuestra embriaguez mestiza, cual confluencia revuelta de chichas fuertes, nos impide ver que el verdadero enemigo es el actual, y siempre vigente, odio fratricida. Odio que se disputa la mismísima abundancia pretérita de estos territorios. Odio cotidianizado por más de doscientos años y después de:


Proclamados los actos políticos emancipatorios, por parte de los criollos reconocidos con nombre propio.

 

Ejecutados los actos militares por parte de los zambos, los mulatos, los mestizos, las ñapangas y las guaneñas desconocidos y nombrados en genérico.

 

Actos de ambas naturalezas que resultan siendo complementarios. Actos que, fundamentalmente notifican al mundo del comercio ultramarino de una estratégica independentista de este endeudado ente territorial, respecto a una España empobrecida por su autófaga corrupción inveterada. A la merced estuvo el mundo hispanoparlante de la codicia imperialista comandada por el mismo Napoleón Bonaparte, tan consecuente a la Revolución francesa. Es, en ese escenario, en donde estos territorios equinocciales serían comercial y políticamente disputados entre Inglaterra, Francia y Holanda desde otras estrategias de dominación.

 

Menos de medio siglo después, aparecen en el escenario los Estados Unidos de Norteamérica y su neocolonialismo de tan bananera recordación. Un poco más acá en lo temporal pero más allá en lo geográfico, se dejó entrever el proyecto expansivo de una aparatosa Unión Soviética que, al tratar de enraizarse en el trópico neogranadino, se fue vaporizando o evaporando entre los sahumerios sacrílegos de la teoría de la liberación, tan doctrinaria también.

 

Pergaminos y microscópicos marcadores filogenéticos

 

Surge, entonces, la tentación decimonónica de patrimonializar a nuestro odio fratricida y nacional como herencia española. Lo cual, además de ser una irresponsable delegación de cargas éticas, es una concesión política a la vetusta corona española, al brindarle aún más publicidad a la nefasta maquinaria de guerra colonial de su antiguo imperialismo y a sus muertos en tanto víctimas, dando al traste con un agente distractor, frente al auténtico e inmanente enemigo neocolonial.

 

El sistema colonial del imperio español consumió carnes mediterráneas, amerindias y africanas; pergaminos y microscópicos marcadores filogenéticos. La única diferencia con la guerra neocolonial es que los pergaminos no circulaban en aquel entonces. Y en la actualidad bélica transnacional, para más ironías, los viejos pergaminos coloniales son la única herramienta de algunos pueblos indígenas para reclamar al gobierno nacional, terrenos ancestrales, bajo la figura del resguardo.

 

Si tuviéramos el respeto individual y colectivo para rememorar a los indígenas asesinados por la campaña bélica del imperio español, no usaríamos sus nombres como propaganda para nuevos intereses políticos igualmente mezquinos. Si de verdad nos interesara colectivamente la memoria de los pueblos indígenas, más que darnos golpes de pecho por un descuartizado, Túpac Amaru II; interlocutaríamos con la situación de los Misak y los Nasa en el Cauca, de los Wayuú en la Guajira, de los Huitoto y los Embera en Bogotá. Pero talvez un pueblo indígena del Chocó es menos mediático que el rimbombante nombre croniticio, puesto al antiguo Tawantinsuyo.

 

Si de verdad nos asqueáramos con la esclavitud de los africanos de la colonia, reconoceríamos más al sinsentido ruidosamente taciturno de los afrodescendientes de las ciudades y campos, en vez de encarcelar estatuas de Cristóbal Colón, pues ese tipo de actos ni siquiera son simbólicos. Podría decirse que son un “lavarse las manos” socialmente aceptable, tan complaciente con el viejo e histórico libreto de víctimas resentidas y victimarios indiferentes.

 

La retórica, sí que ha sido una herencia colonial vigente, pero sólo perpetuada bajo el cálido clima de una minoría de edad auto-imputada. Como ambiguas herramientas de construcción de imagen nacional, hemos sido, frente a la necesidad de representación identitaria, indios para unas cosas, –sean mexicanos, peruanos o bolivianos– negros para otras, –negra afrodisíaca, exótica y teñida de visceralidad y sabor– y españoles medievales para otras –ni siquiera renacentistas o ¿en dónde empacamos al neo-feudalismo actual?–.

 

Sin embargo, mestizos confundidos, sí que es impopular aceptarlo. ¿Resulta más seductor un fundamentalismo racial o ideológico? La retórica de esgrimir argumentos bizantinos para ser una buena salvaje, un señor barroco o un caudillo romántico, son ditirambos a la razón y burlas que cotidianamente le hacemos a las condiciones precarias de los indígenas, campesinos (mestizos) y afrodescendientes, siendo estos colectivos de por sí heterogéneos y disímiles dentro de estas categorías nuevamente impuestas desde un lenguaje externo a sus cosmovisiones, y sin necesidad de la sociedad de castas.

 

Asumir un mestizaje confuso no ha de ser motivo para enarbolar banderas tal como lo pretendieron los nacionalismos criollos latinoamericanos del siglo XIX. Puede ser una incómoda posibilidad pero, toda vez, una oportunidad para ver a los ojos a las múltiples realidades crudas, pero potencialmente transformables. Desde el arte, la cultura, la lúdica y otras instrupupencias.

Información adicional

  • Autor:HÉCTOR H. PARRA PÉREZ
  • Edición:249
  • Sección:Memoria
  • Fecha:Agosto 18-Septiembre 18/2018
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