Sábado, 21 Febrero 2009 20:12

Bogotá, Pico y Placa: Alcalde, es hora de entendimientos

Escrito por Hernando Gómez Serrano
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El modelo de organización urbana impuesto en todo el mundo, donde el carro es el centro de la planeación y crecimiento del perímetro de las ciudades, entró en crisis. Algunos creen que restringiendo por pocas horas el uso de los vehículos se puede remediar el caos, pero todo parece indicar que estamos en mora de imaginar otras alternativas.

Este año se cumplen 200 años del natalicio de Charles Darwin, el padre de la Teoría de la evolución, quien, indagando sobre el origen de las especies, nos enseñó que “la lucha por la existencia es inevitable debido a la rapidez con que todos los seres orgánicos tienden a multiplicarse”. Parece que en homenaje a él y en contravía con sus ideas, en Bogotá continuamos buscando soluciones al problema de la contaminación del aire y la movilidad en la ciudad, desdeñando las experiencias de otros en lugares diversos, negándonos al aprendizaje de sus aciertos y fracasos. Bueno, puede ser que estemos inaugurando, con “novedosas propuestas” como el Pico y Placa, una nueva era antievolucionista en la cual tendremos que repetir y repetir los errores ajenos hasta que en carne propia aprendamos la lección, y así, desde una nueva pedagogía ciudadana, perpetuar el principio de que “se marca a fuego lento algo para que quede eternamente en la memoria” (como dijera Nietzsche). O tal vez lo que debemos hacer es simplemente, junto con Alicia, asomarnos a la ventana para descubrir el mundo al revés.

Rodizio e indigestión

En Brasil, obligado referente para quienes buscamos soluciones a los problemas urbanos de América Latina, de manera coloquial llaman rodizio a este sistema de pico y placa rotativo durante días completos, ya revaluado por completo. Cabe recordar que el rodizio es igualmente una costumbre gastronómica en que se hace degustación, rotativamente, de múltiples y variadas clases de carnes, hasta que el comensal, a riesgo de su propio bienestar digestivo, deja de consumirlas. Sí. Lo que sucede es que, cuando el rodizio no es de carnes sino de automóviles, el resultado es también indigestión; en términos de movilidad, grandes congestiones. Está estudiado con suficiencia que con estas medidas resulta un aumento del número de automóviles, ya que hay quienes deciden comprar un carro adicional para alternar los días de restricción que se les asignan. Pero no sólo aumenta el parque automotor sino que asimismo, en busca de economía, la gente decide vender su carro de modelo reciente para cambiarlo por dos de modelos antiguos y así, pretendiendo controlar la movilidad y la contaminación, los autos se multiplican por dos. Es apenas obvio que, por el desgaste del motor, un carro antiguo tiene mayores posibilidades de emitir más gases contaminantes a la atmosfera y, por ende, a los pulmones de los ciudadanos. Lo que sucede quizás es que debemos ‘evolucionar’, en honor a Darwin, y analizar el problema desde otros puntos de vista, para encontrar, ahora sí, nuevas respuestas a éste.

Si entendemos que el problema no es exclusivamente el número de carros que circulan por la ciudad sino además el estado de las vías y el deficiente servicio de transporte público masivo, centraremos nuestros esfuerzos en implementar políticas públicas, y acciones de planificación y mejoramiento del sistema vial, por un lado, y del sistema de transporte masivo, por el otro. Claro está que todas estas acciones deben estar acordes con los principios inamovibles de sostenibilidad económica y ambiental.

“Flexibilización laboral y movilidad”

Pero hoy queremos proponer otro análisis que centra nuestra atención en aspectos que parecen desconectados del problema. El profesor Óscar Alfonso, economista especializado en temas urbanos, nos decía hace unos días que el aumento de pasajeros en el transporte público y el aumento en el flujo automotor tienen que ver también, entre otras cosas, con la puesta en vigencia de las reformas de flexibilización laboral impuesta por la Ley 80 en nuestro país. Curiosa pero imaginativa, y creo que acertada, reflexión. La rotación aquí no es de carros; es de miles y miles de personas que antes se desplazaban casi exclusivamente a un solo sitio de trabajo, pero que ahora, gracias a las leyes de ajuste laboral, tienen que movilizarse por la ciudad dos, tres y hasta cuatro veces más para poder percibir ingresos similares a los que antes tenían, pero en dos o más lugares de trabajo. Desde este punto de vista, señor Alcalde, resulta útil pensar como forma alternativa una política de estabilidad laboral y equidad, para que los ciudadanos(as) puedan tener los mismos ingresos en condiciones estables y sin tantos desplazamientos por la ciudad.

Igualmente, podemos analizar la distribución territorial de los equipamientos educativos, de salud, recreativos y de servicios, haciéndolos equidistantes a los lugares de habitación de los usuarios y evitando los desplazamientos a grandes distancias y en varias direcciones, que aquellos tienen que realizar. Esta puede ser una tarea inaplazable en la revisión del Plan de Ordenamiento Territorial que está en curso en la ciudad.

Por qué no pensar también en “pactos ciudadanos” que permitan ordenar los horarios de entrada y salida masiva de los estudiantes a los establecimientos educativos; los trabajadores a las empresas, fábricas y oficinas, y los funcionarios a sus puestos de trabajo, contribuyendo así a la disminución de los grandes flujos de personas a una misma hora. De paso, estoy seguro de que disminuye el consumo de energía, lo cual coadyuva en el apaciguamiento del calentamiento global, la contaminación del aire, la insalubridad de la población y la infelicidad, auspiciando mayores y mejores tiempos de ocio y libertad, y mejorando paralelamente la productividad de Bogotá.

No solamente vemos buses semivacíos en ciertas horas del día sino también establecimientos comerciales subutilizados, y en las mismas condiciones teatros, colegios, universidades, centros de atención a ciudadanos, parques, etcétera. Los comerciantes bien pudieran así concentrar sus esfuerzos en las horas en que realmente haya afluencia de clientes a sus establecimientos, y en contraprestación la Alcaldía programaría actividades educativas, recreativas, deportivas, culturales, en horarios en que los escenarios destinados a estas actividades estén subutilizados. Al mismo tiempo, los empresarios y los directivos de las organizaciones podrían implementar programas de capacitación, recreación, integración, investigación, formación ciudadana u otras, en los días y las horas en que estuvieran cerrados los establecimientos. La Alcaldía podría ofrecer, a quienes entren en el pacto, variadas actividades complementarias para sus trabajadores, los estudiantes e incluso los clientes, que habrían de servir para compensar el esfuerzo y el ahorro aportado a la urbe.

¿Qué tal, digo, que organizáramos rotativamente, por zonas de la ciudad, en los días en que se abren los establecimientos comerciales, las plazas de mercado, los teatros, las oficinas de servicio público, de acuerdo con una evaluación de los días y las horas en que realmente asiste la gente y en las que a su criterio fueran más accesibles?

 Alcalde: atrevámonos a ser creativos; pensemos en hacer más bien rotaciones de actividades, en cambiar horarios y buscar salidas nuevas, en fin, en construir una cultura urbana y ciudadana que propenda a la vez por una convivencia ambiental, psicológica y económicamente sana y sostenible.

 No digamos NO de manera inmediata y reactiva; atrevámonos a imaginar nuevas salidas, evaluémoslas, consultémoslas con la ciudadanía. Estoy seguro de que si abrimos un buzón interactivo de propuestas para este y muchos otros problemas de la ciudad, tendremos un banco inagotable de ideas, y entre éstas muchas soluciones viables, eficientes y eficaces. Con seguridad, también, la novedad de las propuestas constituirá una garantía de mayor acercamiento a los deseos y anhelos ciudadanos.

Finalmente, con el mismo ánimo y la intención inicial, nos recuerda Eduardo Galeano que:

Hace unos trescientos mil años la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras, y creyeron que podían entenderse. Y en eso estamos, en esos estamos todavía, queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras.

Alcalde, empecemos a hablar con todas y todos. Es hora de que nos entendamos.

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