Miércoles, 09 Diciembre 2020 09:07

Corona-miedo y corona-ideología como descomponedores de la democracia constitucional

Escrito por Bernd Marquardt
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Tutus Mobio, sin título (Cortesía del autor) Tutus Mobio, sin título (Cortesía del autor)

El presente artículo revisa la ola de coronapolíticas del 2020 desde la perspectiva de las ciencias sociales –principalmente las constitucionales (1)–, orientándose de modo contra-hegemónico en preocupaciones según el siguiente cuestionamiento: ¿nos ubicamos más en un tema de salud, o de control social? ¿‘Corona’ se refiere más a una enfermedad, o a miedos, mentalidades e ideología? ¿Es más peligroso el microorganismo Sars-CoV-2, o el virus socio-mental de la autocratización?

El mundo del 2020 ha pasado por una ola autocratizante sin ejemplo en su extensión y profundidad. Revisando la fase de ascenso de marzo a mayo, el miedo a un virus –de impacto medio/bajo– sirvió como justificación para que 186 Estados ordenaran restricciones del tráfico fronterizo, 169 cerraran sus colegios, 135 limitaran los negocios no esenciales, 127 exigieran la distancia social, 114 promulgaran la emergencia y 91 ordenaran algún toque de queda total o parcial (2), incluyendo monstruosas confinamientos nacionales –encarcelaciones colectivas en casa– durante varios meses, que nunca se habían practicado en la historia mundial antes del 2020. En toda la época pudo observarse voces críticas de la ciencia jurídica y política: recientemente, el politólogo berlinés y experto en estudios democráticos Wolfgang Merkel constató un “populismo iliberal de las prohibiciones” y la nueva tendencia de “gobernar a través del miedo”, mientras el constitucionalista gotingués Hans M. Heinig advirtió, al inicio del coronamiedo, los peligros de un “Estado fascistoide-histérico de higiene” y su colega porteño Roberto Gargarella habló del “Derecho a la sospecha” (3). Se trata del mayor pico autocrático en Europa noroccidental y central desde finales de la Segunda Guerra Mundial, en la península Ibérica desde la caída dictatorial en la mitad de los años 70 y en América Latina desde la fase final de la Guerra Fría en los años 80. La tendencia del nuevo Estado policial a sobrecontrolar sin coherencia mínima, motivó a la prensa a reconocer en la Francia de noviembre del 2020 un “absurdistan autoritario” (4).


De tal manera, por medio de este proceder son afectados los tres componentes más nucleares del Estado constitucional, proveniente del iusracionalismo y humanitarismo de la Ilustración europea y americana. Primero, los aislamientos de los Estados ‘coronizados’ restringieron fuertemente y durante plazos largos la mayor parte de los derechos humanos y fundamentales en sociedad, asociados con el meta-valor de la dignidad humana, como el libre desarrollo de la personalidad con otros, la libre circulación, la libertad de reunión y manifestación, la seguridad de no ser detenido sin debido proceso (en los confinamientos en casa), el deporte, los cultos, las artes (escénicas), el trabajo, la propiedad y libertad económica, la familia y los derechos del niño, la educación y la autonomía universitaria, la vivienda digna (donde se obligó a quedarse en una casa marginal de subestándar) e incluso la salud y vida, donde en nombre de la salud se condenaron a la vida insana de pobreza, hambre, sedentarismo y psicoestrés de soledad. Segundo, resultó neutralizada la separación y el equilibrio de poderes, pues surgió una tendencia a la unidad de poderes en manos del ejecutivo que ordenó las restricciones a través de decretos sin participación significativa del Congreso, por ejemplo, en forma de 157 corona-decretos presidenciales y ministeriales en Colombia de marzo a junio. Tercero, fue afectado el principio democrático en los casos del soberano encarcelado por una cuarentena nacional, un acto que solo puede evaluarse como usurpación por su primer servidor. Esta triada describe nada menos que la implosión de los pilares principales del Estado constitucional democrático, social y ambiental. Habla por si mismo que en un país como Alemania, la rama judicial se vio obligada a revisar la constitucionalidad de decenas de corona-medidas, en lo que se detectó una hostilidad extendida de los 16 ejecutivos federales frente a diversos valores cardenales de la Ley fundamental de 1949 (5).


En general, se ha difundido la mentalidad anti-constitucional del estado-sitismo que rinde homenaje a los estados de sitio, de excepción y de emergencia, sea abiertamente o de modo camuflado a través de la interpretación ilimitada como presumido derecho policial normal, aunque la intensidad es única en términos históricos. Se impuso la lógica in dubio pro securitate en vez del constitucionalizado in dubio pro libertate, sacrificando la libertad en nombre de una efímera seguridad. Por definición, el estado de sitio es una dictadura comisaria para superar una crisis, pero si la afirmada crisis se perpetúa, se consolida también la dictadura. En ello, hay que constatar la tardía marcha triunfal del pensamiento de Carl Schmitt, el horrible “jurista de la corona” del totalitarismo nazi (6), alrededor del mundo. También puede citarse la figura del Estado de medidas activistas y represivas, de autoría de un crítico del nazismo, Ernst Fraenkel (7).


Para la constitucionalidad de los corona-decretos es esencial la cuestión de la proporcionalidad, teniendo en cuenta que ningún valor constitucional es absoluto (tampoco el combate epidémico) y debe ser ponderado de modo sistémico en sus relaciones con otros, bajo la prohibición del exceso. Por lo tanto, es inevitable el cálculo de riesgo. Al respecto, no existirían grandes dudas sobre medidas duras (en caso de su eficiencia) frente a una verdadera pandemia asesina como la peste justiniana del Mediterráneo de 541 d.C., la peste negra euro-asiática de 1347-1351 y el cocolitzli mexicano-peruano del siglo XVI, que provocaron colapsos demográficos alrededor del 40-90 por ciento. ¿Pero contra el covid 19? Hay que disputar si es razonable tratar de manera semejante un virus, donde la probabilidad de sobrevivir un contagio concreto se específica alrededor del 99,8 por ciento (con base en la plausible Infection Fatality Rate de 0,2) (8), sin duda seria que la letalidad corresponde mucho más con una gripe invernal que con una peste histórica.


Del mismo modo, surge la duda si es apropiado restringir los derechos de la totalidad, cuando menos del 0,5 por ciento de la población muestra un contagio con Sars-CoV-2, de los cuales el 80 por ciento se comprueba como asintomático o monosintomático, es decir, no se enferma. Tampoco parece irrelevante que la edad promedia de los contados como corona-muertos corresponde notablemente con la expectativa de vida del respectivo país, por encima de 80 años de edad en Europa. Otro criterio valiosa es que el covid 19 se ubica en el mero séptimo rango de las causas de muerte prematura del 2020, muy por debajo de los 9,2 millones por hambre, los 6,8 millones por cáncer, los 4,2 millones por contaminación del aire libre, los 4,1 millones por fumar, los 2 millones por alcohol o los 1,4 millones por Sida, en el mismo rango con los 1,1 millones de muertos por el tráfico motorizado, solo gradualmente por encima de la malaria o agua contaminada (9). Si se tomara en serio la justificación oficial de la coronapolítica de proteger la salud, habría que tomar prioritariamente medidas eficaces contra el hambre, prohibir las empresas contaminantes y los automóviles, lo que obviamente no ocurre debido al poder de opinión de los interesados.


Una ponderación racional requeriría, además, calcular los riesgos de la coronapolítica misma para la salud y vida, así como revisar bien las finalidades planteadas como ganar tiempo, en particular, la expectativa de generar más seguridad por prolongar artificialmente las olas naturales de difusión y desaceleración viral, teniendo en cuenta que las pandemias del pasado como las pestes del Antiguo Régimen y las gripes del siglo XX –la española (1918-1920), asiática (1957-1958) y hongkonesa (1968-1969)– no fueron vencidas sino que terminaron naturalmente por mutación e inmunización, y que solamente una enfermedad peligrosa se suprimió de modo completo por el ostentado camino ideal de la vacuna, la viruela en 1978.


Las nuevas coronapolíticas muestran en múltiples países una estructura paralela, pero se distinguen en su radicalidad y moderación relativa. Pese a muchas particularidades y oscilaciones, parece viable detectar el patrón que los Estados tendencialmente moderados fueron aquellos sin experiencia autocrática durante el último siglo (Suecia, Suiza) o con un manejo crítico de su pasado dictatorial (Alemania), así como las culturas sin las creencias gnósticas, escatológicas y apocalípticas de Occidente (Corea del Sur). En general predominan los Estados bien consolidados de buena confianza en sí mismo. En cambio, como Estados tendencialmente radicales destacan aquellos que se han acostumbrado a apreciar el estado de sitio como la medicina general para todo problema y sin manejo crítico de las fases autocráticas de su historia reciente. Típicamente, son católicos. De igual forma, se descubren los Leviatanes de peluche que prefieren simular y fingir una eficiencia objetivamente inexistente al estilo de una estatalidad de teatro. Los tres países más corona-represivos del mundo –Colombia, Perú y Argentina–, cuentan con todas estas preconfiguraciones como bases de sus encarcelamientos monstruosos de su soberano democrático durante varios meses.


La ideologización de la miedocracia

En el presente análisis, se considera central la ideologización de la miedocracia, pues ‘corona’ se ha transformado en un conjunto de creencias y emociones sin verificabilidad, así en el triángulo político entre el Estado, las grandes empresas de medios masivos y el brazo apocalíptico de la (pseudo) ciencia microbiológica que es cercano a la industria farmacéutica. Llama la atención el alarmismo que apela con una frecuencia e intensidad grotesca al miedo, lo que promueve la des-racionalización societal. En el fondo, tuvo lugar la redefinición conceptual de pandemia por la OMS en 2009, independizándola de los riesgos reales para la vida humana, con el efecto de que muchas comunicaciones estatales se limitan al reduccionismo de cuantificar el contagio. En efecto, se difunde el malentendido según el cual el receptor popular escucha ‘peste’, aunque el emisor dice nada más que ‘difusión rápida de una especie de gripe’.


La corona-ideología tiende a encuadrar el pensamiento colectivo por filtros de efecto sugestivo, introduciendo y popularizando conceptos, mediciones y valores límites desconocidos anterior al 2020, con selectas cifras absolutas de apariencia amenazante sin contextualización suficiente. Es central la estrategia de reinterpretar segmentos de la muerte natural por edad, exponiéndolos como víctimas de una invasión viral. Se complementa por la ilusión de la Confirmed Case Fatality Ratio que provoca imaginarios de una letalidad alta por relacionar los muertos con la pequeña minoría de los contagiados conocidos por las autoridades, aparte de jugar con una inflación artificial del número de víctimas por presentar todo muerto con prueba PCR positiva como víctima del virus, independiente de toda causalidad. No faltan las referencias a una sobre-mortalidad abstracta que incluyen generosamente las víctimas de la corona-política a aquellas del virus. Paralelamente, ocurren engaños comparativos como la tendencia del mundo hispanoparlante de presentar la estrategia del confinamiento (encarcelación colectiva en casa) como la respuesta uniforme de todo el mundo, aunque la mayor parte de los países nunca actuó tan radical, mientras se extiende el concepto de cuarentena del histórico control de pocos viajeros a la esfera nacional.


De igual forma, hace parte de la ideologización de la miedocracia, el intento de construir la salud como el presumido supra-derecho del cielo iusnatural, en contra de todo equilibrio teórico y constitucional establecido. En general, ocurre una desconstrucción de la sensibilidad para los valores constitucionales provenientes de la Ilustración occidental, con base en un discurso en pro de la seguridad que reduce la libertad a un mero lujo, pospuesto a futuros días mejores, transformando el pueblo en corona-súbditos que son exigentes de su propia incapacitación. Los corona-halcones diseñan la excepcionalidad constitucional como la nueva normalidad, camuflando el neo-estadositismo como presumido derecho policial normal.


En ello, juegan un papel diversas técnicas propagandísticas básicas, en particular, adoctrinar mediante la repetición penetrante: en algunos días, hasta el 70 por ciento de las noticias se dedican a corona, lo que crea una obsesión y adicción al tema. Bajo el uso de una retórica bélica, se argumenta la coronapolítica del país propio como una supuesta verdad objetiva sin alternativa (principio de Tina: there is no alternative). Desde siempre, es uno de los mejores indicios de ideología, la negación del pluralismo científico, lo que ocurre en el 2020 cuando los promotores igualan profecías de los sumos sacerdotes de la escuela apocalíptico-oscura de la microbiología –incluyendo Neil Ferguson, autor del Malleus maleficarum de los corona-cazadores (10)– con la ciencia como tal, bajo la estigmatización de los realistas y una ceguera sistemática hacia los criterios de las ciencias sociales, incluyendo el gran silencio frente a las experiencias históricas con las pandemias. Paralelamente, la corona-ideología establece rituales cuasi-sacralizados que simbolizan la inclusión al endogrupo, como el código de vestimenta de tapabocas. Se demonizan a los oponentes (países, científicos, manifestantes), tratándolos como heréticos.


En el núcleo ideológico, llama la atención la creencia que las fuerzas naturales serían plenamente controlables por el ser humano y sus instituciones. No se pone en duda que las medidas estatales e industriales definirían decisivamente el curso de ‘la pandemia’. Así, se ignora medio siglo de las ciencias ambientales que precisaron las limitaciones naturales de la humanidad en el ecosistema Tierra. En otras palabras, el corona-tecnocentrismo reactiva una especie de superstición en vestimenta seudo-ilustrada, tan presuntosa como irracional. Consecuentemente, la oferta de salida de la crisis se reduce al camino industrial-tecnológico bajo la dirección estatal: a través de la ‘vacuna’ de la industria farmacéutica, una expresión que esconde que se impone precisamente una nueva tecnología genética (tipo ARNm).


Tradicionalmente, la ciencia política analiza las ideologías en el esquema derecha-izquierda, lo que no es tan fácil con corona, pues diversos seguidores velan de bandera falsa y forman alianzas diagonales. No obstante, es términos estructurales la corona-ideología pertenece a la derecha acentuada: hablan por sí mismas la concepción negativa del ser humano que debe ser disciplinado, la afición de dirigir por el derecho policial y penal, la confusión de dureza con eficiencia, la prioridad de la seguridad nacional frente a los derechos humanos o el neo-estado-sitismo con base en el “jurista de la corona” nazi Carl Schmitt. No debe subestimarse que el nazismo fue la única ideología del pasado que hizo de la higiene uno de sus pilares centrales. También puede citarse la preferencia de la corona-ideología para soluciones del complejo industrial-tecnológico. A los confundidos del espectro de izquierda, se invita a despedirse del imaginario que todo lo relacionado con la salud sería un tema propio: en realidad, todo dictador europeo de los años 30 practicó algún grado de populismo social.


Paralelamente, la corona-ideología articula una tendencia de reactivar la memoria cultural al combate de desgracia y peste en el Antiguo Régimen pre-ilustrado. Ocurre un renacimiento de elementos estructurales del derecho del miedo de los siglos XVI y XVII que, en su tiempo, asoció la peste endémica con demonios peligrosos como metáfora de los virus desconocidos, en lo que el brazo apocalíptico de las Universidades recomendó la prevención férrea, incluyendo excesos como sacrificar miles de ayudantes de la ira satánica en el fuego purificador. En la actualidad, se reanima el estilo de las ordenanzas de la buena policía de entonces con su enfoque sacralizado en el disciplinamiento societal que reglamentaron detalladamente todo espectro de la vida conjunta (vestimenta, número de invitados a bodas, limitación de fiestas…). De tal manera, renacen las capas de protección contra la desgracia de espíritus que se pretenden impresionar mediante la dureza. Incluso resurge la paradoja del cazador de brujas, pues la autopercepción de aquel según la cual solo su intolerancia hubiera prevenido mayores daños de manos del demonio, aparece otra vez en las especulaciones de los corona-halcones que asocian contrafácticamente la evitación de mayores daños con su severidad. También la cuarentena como tal es una herencia de este mundo del pasado, como lo entendió también una ley del alto liberalismo neogranadino de 1850 que abolió las cuarentenas como superstición incompatible con los valores del ascendiente constitucionalismo. Así, se constata un peligro que corona revoca el ‘desencanto del mundo’ de la Ilustración y se despide del ius/racionalismo.


La inviabilidad de las encarcelaciones nacionales en países con un amplio proletariado informal


Cuando Colombia, Perú y Argentina copiaron la cuarentena nacional de la Italia de G. Conte y la radicalizaron a monstruosas encarcelaciones del demos completo en sus hogares durante múltiples meses, olvidaron repensar la viabilidad en países con la estructura societal propia. Donde una transformación subóptima a la sociedad industrial había establecido un proletariado informal urbano que encarna la mitad de la población, se observó una especie de cuarentenas nacionales de papel, pues los pobres urbanos de pocos ingresos diarios necesitaron salir de sus hogares para sobrevivir, bajo la imposibilidad de toda distancia social en la estructura de los barrios informales, mientras se entregó un número desconocido de pobres y nuevos empobrecidos –víctimas de la coronapolítica– al destino del acortamiento de vida por desnutrición, hambre, falta de tratamiento médico común, depresión de soledad y violencia familiar. Al respecto, llama la atención que el 74 por ciento de la sobre-mortalidad peruana del 2020 no puede ser asociada con infecciones por el coronavirus, al igual que en Sudáfrica con su estructura societal semejante (11), lo que invita a repensar la probabilidad de fenómenos semejantes en Colombia. Algunos gobiernos desconocían las condiciones de su sociedad propia, aparentemente sin grandes escrúpulos de pasar al sociocidio.

Interesados y ganadores

Con respecto a la pregunta clave por las fuerzas dirigentes de la coronapolítica, se advierte de la tentación de un decisionismo estrecho, pues comparando con otras psicosis colectivas, como la caza de brujas de 1560-1690, no se detecta necesariamente el gran supervillano, sino más una interacción compleja de factores y actores en sistemas retroalimentivos. Sin embargo, esto no significa la ausencia de stakeholders y beneficiados que aceleraron de manera no altruista la violencia estructural.

En primer lugar, se señala el provecho de las naciones del núcleo industrial del planeta frente a las menos industrializadas que resultan debilitadas en mayor medida por los shutdowns. De modo social-darwinista, la coronapolítica fortalece el eco-imperialismo con sus huellas ambientales extensas a través de las cuales la UE, los EEUU y la sinósfera ocupan cada vez más partes de la bioproductividad del ‘sur global’.

Segundo, se indica el avance del gran empresariado ‘anarco-liberal’ a costa de las empresas medianas y pequeñas, dirigidas masivamente a la bancarrota. De tal manera, se acelera el reemplazo del ciudadano económico por poderes neo-feudales. Entre los ganadores destacan las empresas farmacéuticas, digitales y bancarias. También se asegura la hegemonía de la ideología neoliberal contra la creciente pérdida de su fuerza persuasiva, pues el régimen del miedo promueve el súbdito obediente en vez de reflexivo.

En tercer lugar, expande la estatalidad autocrática contra la estatalidad limitada del ideal constitucional-democrático de la Ilustración. Por una parte, gobernantes concretos aumentan su reputación pública mediante un populismo salvador de dureza que trata el estado de sitio como garante de seguridad. Por otra parte, se rompe abiertamente con el paradigma de la unidad de la democracia de mercado, haciendo obvio y definitivo el divorcio del liberalismo económico de su hermano político. En vez del canto del cisne al Estado, popularizado por la globalización a comienzos del tercer milenio, se reconfigura la alianza sistémica entre el gran empresariado industrial y el Estado policial.


En paralelo, pueden discutirse las relaciones internacionales, revisando el gran juego de la competencia de sistemas, pues la renaciente potencia mundial de China destaca no solo como la única sin recesión y como el punto de partida del curso viral, sino que representa también el exportador original del coronamiedo con su potencial tóxico de desintegrar la estructura profunda e identidad del competidor sistémico, subrayando la superioridad de la armonía confuciana sobre la floja estatalidad limitada.


En quinto lugar, re-expanden los medios masivos en manos del capital industrial contra el ascendente desafiador de los medios sociales alternativos. En ello, no debe subestimarse el riesgo de una dirección errónea autorreferencial del sistema de comunicación globalizado, según las lógicas de la economía de atención (incluyendo el uso de algoritmos) y de la competitividad digital que presiona a los medios establecidos a presentar nuevos artículos en su página web múltiples veces al día.
En sexto lugar, gana el conservadurismo industrial contra el ambientalismo, pues todos los citados anteriormente aseguran sus intereses contra la hegemonía de debate y el potencial de reforma en el ámbito del cambio climático antropogénico, desviando de la necesidad de las reformas estructurales, pues si el pueblo piensa que el problema más urgente es la salud, se abstiene de tematizar las incómodas limitaciones al industrialismo carbonizado, de modo que resultan marginados los movimientos socio-ambientales prometedores como Fridays for Future del 2018-2019.

 

1. El artículo se fundamenta en una obra propia con referencias detalladas: Marquardt, B.: “Coronapolíticas y coronaderecho: Un viaje comparativo al mundo del 2020 en estado de excepción”; en Íd. (Comp.): ¿Coronademocracia o coronadictadura? Anuario IX de CC - Constitucionalismo Comparado, Bogotá: Ed. Ibáñez, 2020, pp. 11-124.
2. Cheng, C. et al.: “Coronanet: A Dyadic Dataset of Government Responses to the Covid 19 Pandemic”, en SocArXiv, Open Archive of the Social Sciences, de 16.5.2020, DOI: 10.31235/osf.io/dkvxy (17.11.2020).
3. Merkel, W.: “Corona-Politik: ‘Ich nenne das: Regieren durch Angst’“, en Die Zeit, de 14.10.2020, https://www.zeit.de/politik/ deutschland/2020-10/corona-politik-demokratie-angela-merkel-regierung-pandemie-wolfang-merkel (17.11.2020); Heinig, H.M.: “Gottesdienstverbot auf Grundlage des Infektionsschutzgesetzes”, en Verfassungsblog, On Matters Constitutional, de 17.3.2020, DOI: 10.17176/20200318-003209-0 (17.11.2020); Gargarella, R.: “Frente al coronavirus: ¿es necesario restringir las libertades compulsivamente?” en Clarin, de 24.3.2020, https://www.clarin.com/opinion/frente-coronavirus-necesario-restringir-libertades-compulsivamente-_0_7-hXC6hjy.html (17.11.2020).
4. Joeres, A.: “Corona-Regeln in Frankreich: Autoritäres Absurdistan”, en Die Zeit, de 12.11.2020, https://www.zeit.de/politik/ ausland/2020-11/corona-regeln-frankreich-lockdown-polizei-quarantaene-attest-joggen-sport (17.11.2020).
5. Panorama: https://www.lto.de/themen/recht/c/coronavirus/ (17.11.2020).
6. La expresión “jurista de la corona” (Kronjurist) es del politólogo W. Gurian de 1934.
7. Fraenkel, E.: Der Doppelstaat, 4ª ed., Hamburgo: EVA, 2019 (originalmente de 1938).
8. De una IFR de 0,2 parte plausiblemente: Ioannidis, J.P.A.: “Infection fatality rate of COVID-19 inferred from seroprevalence data”, en Bulletin of the WHO, de 13.9.2020, https://www.who.int/bulletin/online_first/BLT.20.265892.pdf (17.11.2020).
9. Data de 28.10.2020 de: Worldometer: Real time world statistics: Health, https://www.worldometers.info/ (28.10.2020). Sobre la mortalidad de la contaminación del aire: OMS, https://www.who.int/health-topics/air-pollution#tab=tab_1 (17.11.2020).
10. Imperial College Covid 19 Response Team: Report 9, Impact of Non-Pharmaceutical Interventions (NPIs) to reduce Covid 19 Mortality and Healthcare Demand, de 16.3.2020, https://doi.org/10.25561/77482 (17.11.2020).
11. Viglione, Giuliana: “How many people has the coronavirus killed?” en Nature, de 1.9.2020, https://www.nature.com/articles/d41586-020-02497-w (17.11.2020).

*Profesor titular de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional; Director del Grupo de Investigación Constitucionalismo Comparado.

 

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Información adicional

  • Autor:Bernd Marquardt
  • Edición:206
  • Sección:Informe especial. Covid-19: sombras y luces
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº206, diciembre 2020
Visto 1251 vecesModificado por última vez en Miércoles, 09 Diciembre 2020 09:13

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