Sábado, 10 Julio 2021 14:35

El mercado del arte: De tiburones disecados a bananos en las galerías

Escrito por Carlos Fajardo Fajardo
Valora este artículo
(0 votos)
Damián Hirst. Tiburón titulado ‘La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo’Damián Hirst. Tiburón titulado ‘La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo’

Lo novedoso sin peligro


La sustitución de los valores del arte por el valor de cambio es la lógica con la cual se manejan las relaciones entre artista, obra, espectador y comprador. En este entorno se han levantado a categorías de artistas a ciertos personajes que, disfrazados como tales, venden sus supuestas “originales” obras por sumas impresionantes que alcanzan millones de dólares. Es el caso de Damián Hirst, con sus tiburones disecados (1), con el patrocinio del publicista millonario Saatchi, dueño de la empresa de relaciones públicas Saatchi And Saatchi y compañía.


En esa misma categoría, la más reciente obra de arte corresponde a un banano, pegado con cinta adhesiva a una pared, inspiración del italiano Maurizio Cattelan, expuesta en la feria de Art Basel Miami Beach, y llevada por Perrotin, una galería de arte contemporáneo fundada en París y cuya segunda edición fue vendida en 120.000 dólares (2).


De manera que estos neo-dadaístas, con una lectura deficiente de las propuestas de las vanguardias y, más aún, en la mayoría de los casos con un desconocimiento de tales propuestas, se benefician de la ausencia de una crítica contundente, rigurosa y fuerte, amparados –mercadeados– en el comentario y la reseña que el periodista cultural de turno realiza sobre las obras, tal vez sin criterios estéticos ni formación alguna, o quizás oficiando como agente comercial tras una mampara de comentarista cultural. La liquidación de la crítica es tal, que ya no es posible saber dónde queda el arte, qué obras son valiosas estéticamente, qué propuestas son importantes.


En estas condiciones, el caleidoscopio epistémico y estético abre múltiples posibilidades donde todo se acepta, todo entra al spot del arte, desde un tiburón disecado, hasta un banano expuesto en el museo. Es ahí cuando entran los marchands o curadores a dar valor a las obras, a explicar su importancia estética. De modo que son los curadores los que adquieren más importancia que las obras y los creadores; son ellos los que dan valor de cambio y de uso a las acciones artísticas. Unidos a las galerías, a los corredores de arte, a los publicistas y a los medios, impulsan la imagen de las obras y de los “novedosos” artistas como marcas seductoras, para la venta. En medio y al final del mercadeo, farándula, publicidad, seducción, manipulación, narcisismo, engaño, vanidad, banalidad, todo ello y mucho más se complementa en este arte, dialogando con las estrategias del mercado global.


En esta conjunción, vivimos, al decir de Arthur Danto, en un “momento en el que cualquier cosa es posible como arte, un momento en el que no hay reglas, en el que todo está –en último término– abierto. Contra esta heterogeneidad aparente sin esperanza tenemos que construir una filosofía del arte que sólo puede ser válida para nuestra época si lo es para cualquier otra época, incluyendo aquellas en las que los artistas gozaban de las más estrechas opciones” (3). La quiebra de los relatos legitimadores tradicionales de la historia del arte, llevó a una liberación de los argumentos modernos sobre la pesada carga de estilos, formas, tendencias, escuelas. Una cierta liberalidad de estructuras reafirma la posibilidad de un “no estilo” contra aquella “voluntad de estilo” de la tradición representativa occidental.


En 1965, Warhol hizo expresa esa nueva sensibilidad artística: “¿cómo se puede decir que un estilo es mejor que otro? comentaba. Habrá que poder ser expresionista abstracto la semana que viene, o artista pop, o realista, sin sentir que uno ha renunciado a algo”. La exclusión de los relatos legitimadores del arte moderno, llevan a la fusión multiforme, más allá de pretensiones estilísticas.


Arte descentrado, des-jerarquizado, abierto a otros ritos de normas múltiples. Vaciedad de fundamentos últimos, levedad e ingravidez en su exploración. El arte ha ingresado a una fragmentación de sus cánones unificadores. La teoría pluralista “ayuda a explicar por qué el mundo del arte acepta ahora cosas como fiestas de sangre, tiburones muertos y cirugía plástica como arte. (Sin embargo) Decir que algo es arte no es en modo alguno lo mismo que decir que es buen arte” (4). Esta pluralidad facilita una apertura de cruces, interrelaciones y nudos simbólicos. Hibridaciones, diásporas, fusiones se constituyen en la sensibilidad multicultural de nuestra época.


Con ello se entra a un campo donde el pluralismo sin narraciones legitimadoras supremas actúa, y donde una expansión de los terrenos artísticos se torna visible. De este modo, llamamos objetos múltiples o multimediáticos a los actuales objetos del arte que reúnen diseño, moda, tecnología, publicidad, exhibicionismo, espectacularidad, realidad y virtualidad, objetos de muchas caras, lo que hace inclasificable hoy por hoy al arte y, por ende, a los actuales artistas. El arte se abre a diferentes lenguajes.

 

Maurizio Cattelan. Obra “Comediante”.

 


Estas condiciones hunden cada vez más la propuesta de un arte de confrontación, de ruptura, e introduce, en un mar de engaños, a la gran mayoría de espectadores, seducidos por los juicios mediáticos. El arte queda así reducido a la oferta y a la demanda, convirtiéndose el mercado en una tabla de criterio a la hora de su exposición y venta. Es la era de la rentabilidad neoliberal la que impone dichas condiciones, llevando al arte a unas condiciones demasiado lamentables. Así, una esfera de creaciones frívolas, facilistas, efectistas, mediocres, es fabricada por el show y el shock mediáticos, impuesta casi como una burla neo-duchampniana en el museo. De allí parte su estrategia: que se exponga y se publicite por los curadores y que, por supuesto, se venda en una elevada suma, cotizándolo como un importante “artefacto” artístico.


Reducido el arte a estas condiciones, el criterio que propone es el de ser una novedad sin peligro alguno, es decir, un espectáculo fascinante, seductor, efímero. Es la novedad supeditada a su precio rentable. Entre más superficial e inmediatista mucho mejor; que no produzca escozor intelectual ni proyecte preguntas, ni angustias e inquietudes existenciales; que se adecue a la mediocridad cultural de los tiempos, a la ligereza y fragilidad de juicios teóricos y conceptuales; que proyecte más bien la imagen de lo artificioso, ligero, sin esfuerzo alguno. De este modo un cambio de sensibilidad se ha operado. La obra de arte, trágica, lacerante, que llenaba de inquietudes al observador, se agotó. Ha sido mutada por el fuego de lo “novedoso”, lo excitante, confortable y cómodo.


¡Esto es sensacional!


Con la irrupción del mundo del mercado en las ideas estéticas, la dinámica vida-arte se funde y el gran grito de Alekxander Ródchenko “metamos al arte en la vida”, se hace tangible, próximo, familiar y posible, gracias a la estetización de la vida cotidiana. Arte y vida establecen un perpetuo diálogo donde se puede encontrar la magia, el milagro, lo mistérico en la perpetua banalidad de la vida, en la fugacidad de su trivial presencia. Así, las lógicas de representar cambian, tanto que pueden caer en el sofisma de que al fundir arte y vida se debe aplaudir ingenuamente el mundo circundante como algo sensacional y excitante, sin poseer un proyecto de distanciamiento crítico-creativo sobre lo que nos presentan con su luminosa fascinación.


Estos son algunos de los problemas estéticos y éticos que se plantean en el arte desde Duchamp y el Pop hasta nuestros días: el exclamar ante el escaparate publicitario global: ¡esto es sensacional!, exaltando la iconografía dinámica del mercado sin propuesta de transformación sensible alguna. ¡Esto es sensacional!, nos repite el crítico norteamericano Arthur Danto, reivindicando la propuesta Pop de los sesenta, su aporte de partir de lo ordinario al unir vida cotidiana y arte (5). Pero, tal como hemos planteado, ello puede resultar exagerado al tolerar una sensibilidad relajada, hechizada, fascinada ante los nuevos ídolos del espectáculo mediático y mercantil. Sí, ¡esto es sensacional! también es nuestro grito, pero no sólo para celebrarlo, sino para confrontarlo, para deconstruirlo.


Ante esta supuesta novedad, un reto gana de nuevo escenario y es aquella que nos recuerda que una de las alternativas del arte no sólo es partir de la realidad para aplaudirla y reafirmarla, sino también romper con ella y ponerla en duda. De la realidad parte, de sus iconografías e imaginarios, pero contra ésta se rebela.

 

1. El tiburón titulado ‘La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo’, con algo más de cuatro metros de longitud, suspendido en un tanque transparente de aldehído fórmico, fue comprado por unos 9,5 millones de euros por el multimillonario estadounidense Steve Cohen.
2. La obra titulada “Comediante” del italiano Maurizio Cattelan, es un banano comprado en una tienda de comestibles de Miami y un solo pedazo de cinta adhesiva. Con tres ediciones las cuales todas se ofrecieron a la venta.
3. Danto, Arthur. 2003. La Madonna del futuro. Ensayos en un mundo del arte plural. Barcelona: Piadós, p. 15.
4. Freeland Cynthia. 2004. Pero ¿esto es arte? Madrid: Cátedra. Cuadernos de arte, pp. 71-72.
5. Danto, Arthur, op. cit., pp. 138-139.

* Poeta y ensayista colombiano.

Visto 393 vecesModificado por última vez en Sábado, 10 Julio 2021 14:39

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.