Sábado, 18 Marzo 2006 19:00

¡Está desnudo!. El Tratado de Libre Comercio

Escrito por Héctor-León Moncayo S.
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La campaña publicitaria en defensa del TLC, dirigida en persona por el presidente de la República, no puede ser más vergonzosa. Publicitaria al fin, se reduce a un simple esquema demagógico. Pero es también de una puerilidad que asombra. Dos son sus argumentos principales. El primero, el más demagógico, sostiene que los consumidores colombianos se van a beneficiar con productos importados más baratos y de mejor calidad. El segundo intenta un silogismo que provoca risa: conquistaremos con nuestras exportaciones el mercado de los Estados Unidos.  Esto va a significar mayores inversiones, nacionales y extranjeras. La producción y el Producto Interno Bruto (PIB) crecerán. En consecuencia habrá más y mejores empleos. Adicionalmente se crearán las condiciones para un gigantesco plan de obras de infraestructura. Como quien dice, el paraíso en la tierra.

 

La ilusión de la sociedad de consumo

 

Es  posible que muchos ciudadanos incautos caigan en la trampa del primer argumento. Pero es, si acaso, una ilusión. Efectivamente, como se verá más adelante, la mayoría de las estimaciones hechas acerca de los efectos probables de la firma de un tratado, concluyen que las importaciones aumentarán, mucho más que las exportaciones. Y se puede suponer, en gracia de discusión, que, inicialmente, van a bajar los precios. El efecto más cierto, sin embargo, es el de una competencia ruinosa sobre los sectores productores colombianos. Con carácter más claro y devastador en la agricultura (arroz, maíz, otros cereales y lo que queda de oleaginosas) aunque también, por ejemplo, en sectores de la industria metalmecánica.

 

Un beneficio significativo para los consumidores supone que las limitaciones que tienen éstos se refieren al precio de los productos y no al poder de compra, lo cual es discutible dado que en Colombia, la característica principal es el desempleo. O el subempleo y la actividad informal, ambos con sus exiguos niveles de ingreso. Como, al mismo tiempo, la ruina del aparato productivo llevará a mayor desempleo, es claro que los supuestos beneficiarios serán cada vez menos. Con el agravante de que no se trata de una depresión coyuntural sino de una modificación estructural que pondrá en duda el porvenir del país. Es lo que no se detiene a mirar el ciudadano que se siente consumidor antes que productor. La única solución tiene que ver con el segundo argumento, esto es, que crezcan las exportaciones y que en los sectores exportadores se generen millones de empleos.  El crecimiento de las exportaciones, además, sería la única posibilidad de contar con divisas para seguir importando. A menos que la balanza se equilibre con ingresos de capitales. ¿Mayor endeudamiento?

 

Pero la disminución de precios sería tan sólo un efecto inicial y breve. En realidad una disminución sostenida de los precios no depende de las importaciones en sí mismas sino de la competencia, de la libre competencia. Y ella no va a existir. Las importaciones van a provenir de multinacionales que fijan precios y determinan el tipo de productos, generalmente en contra de la diversidad y a favor de la estandarización. La comercialización también está concentrada. Pocos grandes importadores, extranjeros y nacionales; pocas grandes cadenas de comercialización. Más pronto que tarde los precios de los productos volverán a subir.

 

Un buen ejemplo de sofisma

 

El segundo argumento parece tener a su favor la teoría económica. Las virtudes del “libre comercio”, el cual, según se dice, impulsa el crecimiento económico. Bastaría con decir que el comercio internacional no ha sido, no es, ni será, libre. Un análisis de elemental sensatez pone fácilmente en duda las premisas del argumento. La primera y más importante, es decir, la “conquista” del mercado de los Estados Unidos gracias al Tratado, resulta enteramente deleznable. ¿En realidad son los niveles arancelarios existentes en los Estados Unidos los que impiden el crecimiento de las exportaciones hacia ese mercado? Casi quince años de preferencias arancelarias (ATPA y ATPDEA) muestran que es poco lo que se ha aprovechado; que, como todo el mundo lo sabe, la cuestión consiste en que no hay oferta con verdaderas posibilidades de exportación hacia los Estados Unidos, aparte de los pocos productos que ya se conocen, algunos de los cuales, como el petróleo y el café, ni siquiera tienen la limitación de los aranceles. Además, las verdaderas barreras no son arancelarias: restricciones cuantitativas reales o implícitas, normas de origen, requisitos técnicos, normas antidumping, controles sanitarios y fitosanitarios, y muchos otros.

 

Hoy sabemos que, en el Tratado escasamente llegamos, con variantes negativas y nuevos requisitos, al nivel del ATPDEA. No importa que se diga que los gringos aceptaron arancel cero para el 99 por ciento de los bienes industriales; lo que cuenta son los bienes de posible exportación que son pocos. Todas las ilusiones se fincan en las confecciones, pero ellas ni siquiera contarán con liberación definitiva. Y en cuanto a los productos agrícolas, para algunos solamente se tiene un exiguo aumento de cuotas y los otros, las frutas, las plantas medicinales y las hierbas aromáticas, no pasan de ser una ilusión.  En diez años, de contar con fortuna, y superando las barreras fitosanitarias, representarán apenas algunos centenares de millones de dólares. (Actualmente, el nivel de las exportaciones ya pasa los 20 millones de dólares). Es por eso que, los defensores del Tratado, cuando ya se encuentran contra la pared, lo único que se atreven a balbucear es que salvaríamos las condiciones del ATPDEA pues los Estados Unidos no contemplan su prórroga después de 2006.

 

Hasta en el engañoso mundo de las cifras

 

El buen sentido bastaría, pues, para rechazar el argumento. Pero como en el mundo de los economistas se exigen cifras, se acostumbra construir modelos matemáticos para proyectar, o prever, los efectos y los resultados cuantitativos. Los modelos cuentan con enormes limitaciones. Buena parte del resultado obtenido va a depender de los supuestos que se establezcan. En este caso se trataría de calcular qué va a suceder después de la “liberalización del comercio”, primero que todo con las exportaciones y las importaciones y luego con la mayoría de las principales variables de la economía.  Lo curioso es que todos los grupos de investigadores, al servicio del gobierno o identificados ideológicamente con él, ya sea Planeación Nacional, Banco de la República, Fedesarrollo o Universidad de los Andes, han llegado a conclusiones bastante desalentadoras. Tomemos sólo uno de esos estudios, solamente como ilustración*. 

 

Sería muy largo y dispendioso hacer la descripción completa del modelo y sus resultados, pero basta con recoger las principales conclusiones que son contundentes. Dejando de lado el hecho de que las exportaciones y las importaciones aumentan (y más éstas últimas) lo más significativo consiste en que, por cuenta de las primeras y un poco por las segundas, el crecimiento del PIB apenas aumentaría un punto porcentual. Y lo que es más importante: eso sucedería solamente si los Estados Unidos eliminan a la vez las barreras arancelarias y las no arancelarias. Si sólo se eliminan las primeras el aumento sería apenas de 0.3%. Hoy sabemos que éste es el verdadero escenario. Bien poco, lo que se aspira a conseguir. Y eso que el modelo lo consideró en las mejores condiciones posibles, suponiendo una reacción de las exportaciones bastante positivo.

 

Con ello se derrumba toda la secuencia del argumento simplista que esgrime la campaña publicitaria. Por ejemplo, se aumentaría el empleo rural, y el urbano de mano de obra no calificada (incluyendo informal) sólo si se eliminan las barreras no arancelarias en Estados Unidos. De lo contrario, el efecto neto sería disminución del empleo. No hay ni siquiera traslado de recursos de los sectores destinados al mercado interno hacia sectores exportadores que pudiera servir de compensación. Los sectores “perjudicados” serían entonces no solamente los intensivos en capital y tecnología que es lo que los autores admiten como “costo” necesario (¡!), sino también los intensivos en trabajo. Se admite, en consecuencia, que el efecto en el mundo rural sería devastador.

 

No hay modelo que logre corregir este resultado a favor del Tratado. Claro, se puede suponer un factor complementario de crecimiento “endógeno”,  suponiendo incrementos en la tasa de inversión (acumulación de capital) y en la productividad de todos los factores.  La carta bajo la manga que tiene el gobierno: un extraordinario flujo de inversión extranjera directa. Pero aún introduciendo el supuesto de manera artificial, habría que aceptar que bastan las garantías otorgadas a la inversión pues si no estaría dependiendo ante todo del posible incremento en las exportaciones. Y ya sabemos que la inversión extranjera viene destinándose a la compra de empresas existentes o a la privatización de servicios públicos, con un efecto nulo, o negativo en el empleo y hasta en el crecimiento.

El traje nuevo del emperador

 

El paraíso prometido se encuentra pues suspendido de un frágil hilo de suposiciones e ilusiones. Todo es mentira. Descarado engaño. Y lo más grave de todo se encuentra en los costos económicos, políticos y constitucionales que se van a pagar por el espejismo. Es allí, en los costos, donde se encuentra la verdadera esencia del Tratado. La abdicación del Estado colombiano; la renuncia a su capacidad para desarrollar políticas públicas en lo económico y lo social; la renuncia a su pretendida función de protección de los derechos humanos; la renuncia a la soberanía nacional que va de la mano con la soberanía popular. Esos costos son los que de ahora en adelante tendremos que mostrar y denunciar. Lo que no se ha dicho es que los costos asumidos no son el pago por beneficios comerciales y económicos, sino por el respaldo y la protección que necesita Álvaro Uribe de parte de su progenitor en el norte; protección política y sobre todo militar. 

 

*          Martín y Ramírez. “El impacto económico de un acuerdo parcial de libre comercio entre Colombia y los estados Unidos” Banco de la República, Bogotá  2004. Una síntesis se encuentra en Carta Financiera ANIF Enero de 2005

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