Sábado, 18 Marzo 2006 19:00

Dos siglos de disputa. Persistente memoria: Librecambistas - proteccionistas

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Hay que recordar que para 1825, ya se producía en esta parte del mundo toneladas de acero y papel, además de textiles, artesanías y otros productos que indicaban a todas luces que empezaba a germinar una industria, antesala del desarrollo capitalista nacional. Esta industria, asentada en gran medida en Santander y Boyacá, fue la que los comerciantes criollos ofrendaron a la pujante burguesía inglesa.

 

En pocos años, y sin contrapeso legal, se llenó la Colombia aldeana, de toda clase de chécheres que, a precios favorables se tomaba el mercado, dando cuenta de los productores nacionales. Contradicción que se vivía en toda la Amércia recien liberada, y que el Mariscal Antonio José de Sucre, al frente del gobierno boliviano, resumía así: «indicaré toda vez, que si no se prohíbe absolutamente en todo el Sur la introducción de artículos manufacturados ordinarios de lana y algodón hasta la harina de trigo, estas provincias se arruinarán».

 

Los testimonios de la época retratan la rabia de los perjudicados:

 

“Infeliz Patria, hasta cuándo

Cesará nuestro desvelo,

Vuestros hijos por el suelo

Y los amigos mamando

 

Nos traen mesas, taburetes,

Canapés, escaparates,

Baúles, zapatos, petales,

Galápagos, ligas, fuertes,

Y multitud de juguetes

Con que barren nuestros reales;

Mientras nuestros menestrales

Se abandonan por no hallar

Cómo poder trabajar

Igual a tantos rivales.

 

Preciso es, caros hermanos,

Que dejemos la manía

De empobrecer cada día

Más y más los colombianos

Dando preferencia ufanos

A las cosas extranjeras

 

José María Garníca (artesano).

 

La lucha que se acumulaba en el subsuelo humano de la época, daba entraba a las ideas socialistas utópicas. La contradicción entre dos clases con intereses claramente antagónicos empezaba a perfilarse:

 

“Nuestro enemigo es la clase rica, nuestros enemigos reales son los inícuos opresores, los endurecidos monopolistas, los agiotistas protervos. ¿Por qué esta guerra de los ricos contra nosotros? Porque ya han visto que hay quien tome la causa de los oprimidos, de los sacrificados, de los infelices, a cuyo número pertenecemos; porque son acusados por su conciencia de su iniquidad; por que saben que lo que tienen es una usurpación hecha a la clase proletaria y trabajadora, por que temen que se les arrebaten sus tesoros reunidos a fuerza de atroces exacciones y de diarias rapiñas, por que temen verse arrojados de sus opulentos palacios, derribados de sus ricos coches que insultan la miseria de los que los han elevado allí con sus sudores y su sangre; porque ven que las mayorías pueden abrir los ojos y recobrar por la fuerza lo que se les arrancó por la astucia y la maldad(…). Sí, el comunismo será; ¿por qué no había de serlo? ¿En qué apoyarán sus derechos los expoliadores del género humano? ¿Será por ventura en la justicia? ¡Irrisión!” (Apartes del artículo el Comunismo, publicado en El Alacrán el 8 de febrero de 1849).

 

Al mismo tiempo y como una forma de eliminar los restos de las fuerzas que marcharon con Bolívar por el continente en contra de la Colonia, se pretendía rebajar el presupuesto para el ejército hasta lo irrisorio. Los defensores de este objetivo, alcanzaron a proponer un “ejército” de 800 soldados y unos pocos oficiales. Pretensión que no fue de buen recibo entre los ciudadanos de ruana, quienes se unieron en la defensa de los restos del ejército bolivariano.

 

Ideas resumidas en lo que la historia conoció como la pugna entre proteccionistas – y librecambistas y en la consigna: “¡Viva el ejército y los artesanos, abajo los monopolistas!”, con la que se alzaron los artesanos de la época. Consigna elevada al viento por cientos de estos en la plaza de Bolívar, el 17 de abril de 1854.

 

Una vez efectuado el levantamiento, el cual pretendía en una primera instancia apoyar el gobierno de José María Obando, y ante su oposición al mismo, el General José María Melo no tiene más remedio que declararse en dictadura.

 

Sus primeros decretos tratan de lograr reservas monetarias, para lo cual citan a los prestamistas y comerciantes a facilitar en préstamo al nuevo Gobierno miles de pesos. Pero la respuesta de estos, en concordancia con la delegación diplomática de los Estados Unidos, es el refugio en la sede de este país. Desde ésta, y de la manera más descarada, se propició la contrarrevolución, la guerrilla, el armamentismo de las tropas constitucionalistas, el encubrimiento a prestamistas y comerciantes solicitados por la justicia, la ocultación de capitales y la injerencia pública sobre el desarrollo de la política interior del país –la que inició con la protección que le brindaron al vicepresidente Obaldía, refugiado en esa casa–, como tal vez no se efectuaría en otras épocas. Con el paso de los meses, llegarían cargamentos de fusiles y otros apoyos militares para la coalición militar liberal conservadora, liderada por Tomás Herrera, Julio Arboleda, Tomás Cipriano de Mosquera y el general López, que daría al traste, nueve meses después, con el mandato popular. 

 

Las consecuencias del triunfo liberal sobre los artesanos y militares, no son de poca monta, así lo precisa la historia:  El proteccionismo fue acallado, en consecuencia, el desmantelamiento del ejército se vio venir, los importadores celebraron como suya la victoria”.


 

 

1854, contra los artesanos y proteccionistas

La oligarquía toma a  sangre y fuego a Bogotá

 

 

“(…) El día 2  de diciembre el general Mosquera pernocta en Chapinero, distante una legua de la población (…) y el domingo 3, a eso de las dos de la tarde, comienzan a escucharse los primeros disparos de cañón y tiros de fusil, hechos por las tropas del ejército del sur, que ha recibido orden de avanzar sobre la ciudad. La resistencia que oponen los defensores de la capital comienza a cobrar características épicas. En una tremenda desventaja numérica, los melistas intentan rechazar el ataque, parapetados en los balcones de las casas, a lo largo de las calles que van de San Diego a San Agustín. En las principales boca-calles, colocan piezas de artillería y grupos de franco-tiradores abren fuego desde las torres de las iglesias. Las milicias populares luchan hombro a hombro con los miembros del ejército regular.

 

Durante cinco horas, el combate se concentra en las manzanas aledañas al sector de San Agustín y en el barrio de San Victorino, donde se pelea hasta bien entrada la noche. El valeroso coronel Diego Castro, quizá el mejor oficial que tuvo Melo, cae atravesado por dos disparos, cuando conduce sus hombres al ataque. Morirá al día siguiente.

 

A la llegada de la noche se interrumpe totalmente el tiroteo. Los “democráticos” no podrán dormir mientras sus adversarios ocupen algunos sectores de la ciudad, En la plazuela de San Agustín, se combate a la luz de los fogonazos. En las callejuelas, precariamente alumbradas, grupos de artesanos desde las ventanas, fusil en mano, disparan contra cualquier enemigo que pretenda mejorar su posición de la víspera.

 

Los “constitucionales” han ocupado ya toda la región de los cerros y la parte alta de la ciudad. En su poder han caído el convento del Carmen y la casa de la Moneda y ya se encuentran apenas a dos cuadras de la plaza de Bolívar.

 

Con las primeras luces de la madrugada del 4 de diciembre, el general Mosquera ordena al ejército del Norte un avance en masa sobre la ciudad. El convento de San Diego está defendido por 400 “democráticos” que acaudilla el herrero Miguel León, estando a su lado el coronel Ramón Acevedo, uno de los pocos combatientes que tiene experiencia en el arte militar. Enfrentados a un ejército que los supera en proporción de 10 a 1, los artesanos presentan una heróica resistencia. Detrás de las tapias que han arpillado para facilitar la acción de las armas, los revolucionarios disparan a través de las troneras que han preparado de antemano. El combate en los alrededores es tremendo. El general Tomás Herrera que va al frente de una columna, cae mortalmente herido por una bala que le dispara un francotirador. Trasladado a la Quinta de Bolívar, morirá después.

 

(…) Sólo hasta las once de la mañana, las tropas de Mosquera logran someter a los rebeldes que defienden el convento de San Diego. El negro Justo Forero, coronel que se ha distinguido por su valor en ésta guerra, lograr burlar el cerco y escapar con un puñado de rebeldes. Mientras van amarrando a los “democráticos” prisioneros y se encuentran separando a los muertos de los heridos, los vencedores encuentran el cadáver de Miguel León, con el fusil todavía empuñado. El artesano que en representación del pueblo fue a parlamentar con Obando el 17 de abril de 1853, el herrero que ante su miseria prefirió cambiar los instrumentos de la fragua por los de la guerra, el periodista artesano que exponía sus querellas en carteles murales, había sido consecuente consigo mismo y con su causa hasta  el último momento.

 

Las tropas “constitucionales” continúan avanzando hacia el barrio de las Nieves. La lucha continúa ventana por ventana, casa por casa, solar por solar, manzana por manzana. Ocupan el hospicio, la iglesia de la Tercera y llegan a la plazuela de San Francisco, donde está el cuartel de “húsares”, centro de operaciones de José María Melo.

 

Las cosas por los lados del Ejército del Sur, están más enredadas, pues los revolucionarios que defienden el convento, el cuartel y las casas aledañas al sector de San Agustín, mejor protegidos por los gruesos paredones de tapia pisada, resisten con tenacidad, lo que hace prever que el sitio dará para largo. Codo a codo con los soldados y los “democráticos” los frailes agustinos disparan entusiastas contra los “constitucionales”.

 

Se decide entonces mantener sitiada la zona, mientras otras columnas continúan avanzando sobre el centro de la ciudad. Se inicia el combate por la toma del colegio de San Bartolomé, en tanto que otras fuerzas van cobrando lentamente posiciones en dirección a la plazuela de San Francisco. Encaramados en los techos de las casas los “democráticos” continúan disparando sus armas, hasta agotar las municiones. Recurren entonces a las tejas, que arrojan desde las cumbreras y no vacilan en utilizar como proyectiles piedras, ladrillos, adoquines, en un dramático y enternecedor esfuerzo por repeler el arrollador ataque.

 

Cae gravemente herido el zapatero José Vega. También es víctima de las balas “constitucionales” el periodista Joaquín Pablo Posada, director de “el 17 de abril”. ¡Los intelectuales también son capaces de caer luchando! Definitivamente como analiza un ensayista: “¡La clase artesanal fue fiel hasta el último momento de la lucha! ¡No cabe duda sobre el carácter social de la dictadura, muy lejos en verdad de haber sido el golpe de una camarilla.

 

Por el occidente de la capital, fuerzas contrarrevolucionarias atacan la iglesia de la Concepción y de San Juan de Dios; las toman por asalto y a las dos de la tarde el repique de las campanas al vuelo, anuncia a la ciudad que los rebeldes han perdido también estas dos posiciones.

 

En medio de la más espantosa descarga de fusilería, los contrarrevolucionarios ocupan el palacio de San Carlos, donde funciona la casa de gobierno, media hora después, cae también el colegio del Rosario. La devastadora acometida de los ejércitos coaligados de las oligarquías nacionales, confluye por todos los costados sobre la plazuela de San Francisco, para arrasar el cuartel de caballería, desde donde Melo dirige la resistencia, acompañado por los restos de sus tropas profesionales y populares.

 

Posesionados de las casa de la viuda del general Santander, del convento de los Franciscanos, y de todas las construcciones que enmarcan la plazoleta, toda la furia de las tropas “constitucionales”  se concentra ahora contra el último reducto del gobierno soldado – artesanal. Mosquera pretende volar la torre de la iglesia de San Francisco, para quitarse de encima el fastidio de los moscardones de plomo, que certeramente le envían desde allí los francotiradores revolucionarios.

 

La guerra está perdida. José María Melo toma entonces una decisión. Cargando sus dos pistolas turcas, se dirige a las caballerizas del cuartel donde cuida sus caballos de pura sangre, el único patrimonio que le queda y que, por tanto, no quiere ver en manos enemigas. ¡No serán sus nobles animales, los que lleven sobre sus lomos a los generales, se escuchan ahora otras detonaciones. Melo con su propia mano ha sacrificado sus queridos caballos, que no se conviertan en botín de guerra. Regresando luego a la comandancia, ordena al coronel Ramón Beriña que salga a la calle portando una bandera blanca y acompañado de una corneta de órdenes, para que rinda el cuartel que se ha convertido en plaza fuerte. Melo, cuarenta y nueve oficiales y cerca de mil rebeldes, quedan prisioneros.

 

En esos momentos los efectivos del Ejército del Sur, han ocupado ya la plaza de Bolívar y echan al vuelo las campanas de la catedral, Desde todas las torres y espadañas de la capital se escuchan los repiques de Victoria y tan sólo permanece enmudecido el campanario de la iglesia de San Agustín, en poder de los rebeldes. Pero el coronel Pedro Arnedo se da cuenta que han quedado solos y poco después depone también sus armas.

 

Por los cuatro costados de la Plaza de Bolívar, comienzan a confluir las tropas victoriosas y el pedestal de la estatua del Libertador se va cubriendo con los pabellones de las escuadras vencedoras. En ésta forma, a las cuatro y media de la tarde del 4 de diciembre de 1854, concluye el único intento de gobierno popular que se efectuó en el país en el siglo XIX.


 

 

El ‘Che’ del siglo XIX

 

General José María Melo

 

Pocos hombres de Colombia del siglo XIX debieron sortear tantas contradicciones de clase, sociales y económicas como las que afrontó Melo. Vinculado al ejército liberador en abril de 1819,  participó en casi todas las batallas importantes de la independencia de Suramérica, hecho que muy pocos de sus coetáneos, aun siendo militares, hubieran podido demostrar: estuvo en Bomboná y Pichincha en 1822; en Junín, Mataró y Ayacucho en 1824; participó en el sitio a El Callao en 1825, y en la batalla del Portete de Tarqui en 1829. Por riguroso ascenso fue capitán en febrero de 1823, coronel en 1830 y general en 1851. En abril 17 de 1854, fue el protagonista del célebre golpe político-militar del 17 de abril de 1854, llevado a cabo por una insólita alianza de artesanos cada vez más empobrecidos, y militares e intelectuales desilusionados de las fórmulas económicas que los políticos de la joven burguesía de «cachacos» ensayaba en el país en detrimento de los «de ruana». El general Melo tuvo que cargar, además, con situaciones inéditas en la vida pública del país: si no pijao puro, sí tal vez el único presidente de Colombia que podía reclamar ancestros indígenas. Melo nació en Chaparral, Tolima, el 9 de octubre de 1800.

A la muerte de Bolívar, y siéndole fiel en su programa político, apoyó a Rafael Urdaneta durante su breve mandato dictatorial. Por esta causa fue expulsado a Venezuela, donde, vinculado nuevamente a un grupo de oficiales que conspiraron contra el presidente José María Vargas, en 1835, obtuvo un efímero triunfo al derrocarlo. En esa conspiración, llamada «de las Reformas», participaron abiertamente oficiales de la talla de Silva, Briceño, Ibarra, Perú de Lacroix y Julián Castro, entre otros. Fracasados en el intento de instalar gobierno, al retomar el poder el general José Antonio Páez, «hombre fuerte» de Venezuela, fueron desterrados los conspiradores.

 

Con el fracaso se frustró el plan de 9 puntos que los insurgentes habían presentado como ultimátum a Vargas, donde se contemplaba, entre otros asuntos, la reconstitución de la Gran Colombia. Melo se dirigió en diciembre de 1836 a Europa.

 

En 1837 se hallaba en la Confederación Germánica, en Bremen, Sajonia. A este período corresponde su ingreso a la Academia Militar y su lectura de los textos políticos socialistas. Entre el 13 de agosto de 1851 y el 19 de junio de 1852 lo encontramos al frente del Montepío Militar, una vez que el presidente José Hilario López lo rehabilitó y lo ascendió a general.

 

Poco después, López mismo lo nombró comandante de Cundinamarca. No fue fácil el trabajo de Melo en la Comandancia. Rota la paz social por los esfuerzos de un rico sector de la oligarquía, que deseaba imponer una política librecambista, favorecer la importación indiscriminada de todo tipo de géneros y objetos europeos, licenciar al ejército veterano, considerado inútil y costoso, expulsar a los jesuitas. En fin, reformar la Constitución a la que consideraban poco liberal. Melo se convirtió, contra su voluntad, en símbolo de la resistencia gubernamental al cambio y de la urgencia proteccionista de las masas populares.

 

Las conspiraciones de los dos bandos en pugna hacían inminente el enfrentamiento. Setecientos artesanos se armaron y ofrecieron apoyar a Obando, pero éste rehusó su apoyo que consideraba comprometedor. Melo quiso mediar en el conflicto, pero entonces el ejército y los artesanos, aquellos en uniforme de parada y éstos luciendo escarapelas con la consigna «Vivan los artesanos y abajo los monopolios», formados en la Plaza de Bolívar, esperaban resultados y le ofrecieron respaldo decidido. Melo asumió entonces la grave responsabilidad de abolir la vigencia de la Constitución, cerrar el Congreso, detener a Obando y al vicepresidente José de Obaldía, y convocar al pueblo a defenderlo.

 

Melo gobernó a la defensiva durante los ocho meses en que pudo resistir la presión de los partidos tradicionales que, enemigos ayer, se congregaron fácilmente para restablecer, con la Constitución, sus fueros y prerrogativas. El 4 de diciembre de 1854 Bogotá fue tomada militarmente por una coalición legitimista, donde se encontraban los generales Pedro Alcántara Herrán, Tomás Cipriano de Mosquera y José Hilario López, jefes, a su vez, de sendos partidos.

 

En 1855 se le siguió a Melo un sonado juicio. Expulsado de Nueva Granada, salió rumbo a Costa Rica. Se sospecha que, con nombre ficticio, participó en Nicaragua en la resistencia contra el filibustero norteamericano William Walker.

 

En 1859 lo encontramos en El Salvador, como instructor del ejército, y muy activo en la vida social del país. Después permaneció escasos dos meses en Guatemala, donde se enemistó con el dictador Rafael Carrera, razón por la cual decidió pasar a México donde ofreció su experiencia militar al presidente Benito Juárez, refugiado en Veracruz.

 

En su condición de encargado de defender la frontera de México con Guatemala, Melo organizó un destacamento de caballería, de algo más de cien jinetes, y desde Comitán dispuso la defensa de Chiapas ante las incursiones de los conservadores que, desde el país vecino, llevaban a cabo operaciones tácticas, bajo las órdenes del general mexicano Juan A. Ortega.

 

En la madrugada del 1 de junio de 1860, en Zapaluta, hoy La Trinitaria, Chiapas, México, Melo fue sorprendido por descargas de fusilería. Herido, al igual que a cuatro de sus compañeros, se les fusiló sin fórmula alguna bajo la orden expresa de Ortega para matarlo.

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