Sábado, 18 Septiembre 2021 10:24

Medio siglo de espejismos, falacias y autoengaños

Escrito por Álvaro Sanabria Duque*
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Herbert Cruz, A la deriva, (Cortesía del autor)Herbert Cruz, A la deriva, (Cortesía del autor)

“¿Dónde está pues este tesoro?
Ninguna losa suena a hueco”
Madre Ubu (personaje de la obra Ubu Rey,
de Alfred Jarry)

 

En alocución televisada por los canales oficiales, Richard Nixon, más conocido como Tricky Dick (el tramposo Dick), en su condición de presidente de Estados Unidos anunció, en la noche del domingo 15 de agosto de 1971, que había dado la orden al Secretario del Tesoro de “suspender temporalmente la convertibilidad del oro y otros activos de reserva” rompiendo, con esa decisión, de forma unilateral los acuerdos de Bretton Woods –que obligaban a mantener un cambio fijo de 35 dólares por onza de oro–, para poder esquivar el pago de las deudas en moneda dura y ofrecer en su lugar papelitos verdes emitidos por la Reserva Federal. Estados Unidos daba inicio, de esa forma, a una dictadura financiera que completa medio siglo. Además de las medidas sobre la moneda, el Nixon shock –como fue conocido el paquete económico–, congeló los precios y los salarios por noventa días, e impuso aranceles del 10 por ciento a las importaciones, iniciándose un período de austeridad que puede considerarse como el principio del fin del llamado Estado del Bienestar y el preámbulo de la era neoliberal.


La alocución de Nixon ese 15 de agosto no era la primera que sorprendía al mundo, pues el 15 de julio de ese mismo año había anunciado, también por la televisión oficial, que no sólo estaba invitado a la República Popular de China, sino que había aceptado, ocultando que la invitación fue inducida por iniciativa de su gobierno. La negociación de la visita fue fraguada en un viaje secreto que el Asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, realizó a Beijing los días 9 y 10 de julio, luego de un viaje fingido a Pakistán de donde partió sigilosamente a China.


Tricky Dick llegó a la nación asiática en febrero de 1972, ante un mundo asombrado porque un presidente republicano, que además había hecho parte del equipo de Joseph Raymond McCarthy –el senador que realizó una verdadera caza de brujas contra artistas y pensadores críticos en una supuesta lucha contra el comunismo– buscaba cercanía con la China comunista liderada por Mao Tse Tung. Ganar un aliado estratégico en la Guerra Fría que los EU libraba con la Unión Soviética fue el objetivo central de la visita, aprovechando que los dos gigantes del llamado socialismo real estaban enfrentados desde la década del sesenta. Lejos estaba Nixon de imaginarse que la nueva alianza sería el dardo estimulante que despertó al gigante asiático de un letargo de más de doscientos años y que medio siglo después de su viaje el nuevo “socio” contendería por la primacía mundial.


La publicación en 1971 de tres textos que unirían la naciente disciplina de la ecología con la economía y la sociología: Ambiente, poder y sociedad, de Howard T. Odum; El círculo que se cierra: naturaleza, hombre y tecnología, de Barry Commoner, y La ley de la entropía y el proceso económico, de Nicholas Geogescu-Roegen, pese a ser un hecho mucho menos mediático que los anteriores, acabaría de marcar ese año como un real parteaguas histórico. Fue el campanazo de alerta inicial que, desde las cimas de la academia, alertó sobre la amenaza que el consumismo capitalista representa para la subsistencia de la especie humana en particular, y en general sobre la vida del planeta tal y como la conocemos.


El uso masivo de recursos no renovables en el actual estilo de vida condujo a la aplicación del concepto de entropía al proceso social y a señalar que un crecimiento material infinito es imposible en un planeta finito. Conclusión que cincuenta años después sigue esquivada por la visión ortodoxa y convencional de los estudios económicos, que continúan sin considerar los límites físicos del planeta. El negacionismo de hechos que las disciplinas científicas prueban, es demostración de la lógica del avestruz que los poderes fácticos, en los diferentes órdenes sociales, asumen acerca de la disfuncionalidad de un sistema que acelera el holocausto colectivo de la especie humana. Por último, debe recordarse que Disney World abrió sus puertas el primero de octubre de 1971, dando inicio a la creencia que los espectadores podían hacer parte activa de la ficción del celuloide, en un paso adicional, nada despreciable, en el proceso de infantilización de las masas que la sociedad del espectáculo empezó a extender desde la segunda década del siglo XX.


El dólar-centrismo inaugurado con la ruptura del tratado de Bretton Woods, transfigurado en dictadura financiera mundial; la tensión estructural surgida del reto a la unipolaridad y al predominio imperial de EU que el fortalecimiento económico y militar chino representa –y que algunos cobijan con el apelativo de la “trampa de tucídides”, aludiendo a que los temores de una potencia en decadencia, cuando ve amenazada su superioridad, puede recurrir a una guerra en toda regla– y, por último, la comprobación que nos encontramos en el antropoceno, pues efectos sobre la biota como las extinciones masivas de especies y los cambios extremos en el ambiente, son en verdad resultado de la acción humana, constituyen en conjunto, una totalidad amenazante cuyo desarrollo tuvo su punto de inicio en 1971.


Un conjunto de sucesos de especial significado que permiten interrogar, ¿Por qué la conformación de ese mundo material del postmodernismo, que está cumpliendo medio siglo, no es objeto de conmemoraciones y debates? Quizá, mirarse en esa realidad no devuelve una imagen agradable y tranquilizadora, pues niega el optimismo propio del desarrollismo y el cientificismo, que son aristas de la más rancia cosmovisión capitalista. Pero, sea como sea, lo cierto es que 1971 fue un verdadero año bisagra y que Nixon, Dick el tramposo, es de lejos el presidente que realmente simboliza el establecimiento norteamericano, pues refrendó que ese Estado no tiene amigos sino intereses, y que el incumplimiento de lo firmado y la felonía son normas corrientes en el comportamiento del imperio anglosajón.


Parasitismo y dilema de Triffin


El acuerdo de Bretton Woods adoptó el dólar como moneda de referencia en el comercio internacional, pues la posición inglesa, representada por J.M. Keynes, que abogaba por la creación del Bancor, una moneda resultante de una canasta de las principales divisas, fue derrotada. El inicio del dólar-centrismo, hijo de los acuerdos de la segunda postguerra –luego del mencionado fin de la convertibilidad en 1971–, acabó en una verdadera dictadura monetaria, pues la creación de liquidez mundial fue monopolizada por una nación. Por primera vez la supranacionalidad de la divisa aceptada en los pagos del comercio internacional, y que por muchos siglos representó el oro, fue eliminada dando lugar al “privilegio exorbitante” que por medio siglo ha disfrutado EU.


Además de haber salido casi indemne de la Segunda Guerra Mundial, EU pudo imponerse en Bretton Woods por la cantidad de oro que poseía como reserva, que al finalizar el conflicto sumaban 21.582 toneladas que constituían el 75 por ciento de las reservas del metal en el mundo, quince años más tarde descendieron a 15.821 y en 1971 eran tan sólo 8.500. La emisión creciente de dólares deja de corresponderse, entonces, en un grado cada vez mayor con la existencia del metal que la respalda, dando paso a la sobrevaloración de la moneda y a una desconfianza creciente en la divisa, que es lo que obliga a eliminar la convertibilidad, y a dejar el respaldo del dólar en el abrumador poder militar que detenta EU.


El déficit comercial norteamericano de 1971 fue el primero del siglo XX en esa nación, y corroboró la anticipación que el economista de origen belga, Robert Triffin, hizo en su libro El oro y la crisis del dólar: el futuro de la convertibilidad, publicado en 1960, y en el que mostraba que mantener la liquidez mundial obligaría a EU a entrar en déficits comerciales permanentes, pues la circulación continua de dólares por fuera de la frontera sólo es posible si ese país compra más de lo que vende. Esta paradoja, conocida como el dilema de Triffin, le da al imperio del norte poder gratuito de compra que el estadista francés, Charles De Gaulle, uno de los críticos más acerbos de ese privilegio, denominó “el derecho de seignoraje”.


Una prebenda que sin embargo tiene su lado oscuro, pues tanto la necesidad de incurrir en déficits comerciales crónicos, como la capacidad de un poder adquisitivo tan amplio, condujo a un proceso de desindustrialización acelerado a partir de la última década del siglo XX, como consecuencia de la deslocalización de una parte muy importante del parque industrial hacía China. El privilegio de poseer la llave de la liquidez mundial en los siglos XVI y XVII extinguió al imperio español, pues la desmedida capacidad de compra estimuló la adquisición de bienes fabricados afuera y desestimuló la producción interna, dando lugar a un rezago marcado en el proceso de industrialización que debilitó su poder material. Estados Unidos, al deslocalizar su industria engendró a quien hoy le disputa la primacía.


El déficit comercial que equivalía a menos del uno por ciento del PIB a comienzos de los setenta alcanza su máximo valor en 2005 cuando representó el 6 por ciento, para descender luego a valores que fluctúan alrededor del 3 por ciento. El consumo de los hogares, que hace medio siglo era el 62 por ciento del PIB, en la actualidad representa el 68 con un fuerte componente de bienes comprados en el exterior, que lo convierten en el principal importador del mundo.


Además, como apuntan Gérard Dumenil y Dominique Lévy, debe señalarse la “[…] sorprendente divergencia entre el inventario de activos externos en propiedad de los Estados Unidos y activos estadounidenses en poder de foráneos [..]”. Pues si bien “El crecimiento simultáneo de las dos variables es un efecto de las tendencias subyacentes de la globalización financiera predominante durante estos años, en el caso de los Estados Unidos este movimiento se ve altamente sesgado en favor del resto del mundo, ya que los extranjeros adquirieron gradualmente más activos en Estados Unidos que los agentes estadunidenses activos en el extranjero” (1). La deslocalización de las industrias tuvo un doble efecto negativo, de un lado, la perdida de trabajos cualificados contribuyó al descenso de los salarios obligando a las familias a recurrir al endeudamiento permanente y, del otro, no sólo transfirió tecnología sino que engendró países superavitarios que como grandes acumuladores de reservas han ido adquiriendo activos en Norteamérica, como lo destacan Dumenil y Levy.


La relación simbiótica entre una demanda inducida de bienes del resto del mundo por parte de las familias norteamericanas y el suministro de liquidez mundial, exacerbó el consumismo propio del capitalismo, que para obviar el descenso de los salarios instituyó una economía de deuda generalizada y orientó el consumo hacía los grupos de mayores ingresos. La deuda de las familias norteamericanas en relación con los ingresos corrientes es del 120 por ciento, y en Gran Bretaña del 140, siendo las acreencias más importantes las hipotecarias y las de los bienes durables seguidas, con un peso creciente, por las correspondientes a la educación superior que en EU suman 1,6 billones de dólares y afectan a 44 millones de personas.


El endeudamiento endémico es un instrumento del poder, instituido de forma preferente en esta nueva fase del capital tal y como el sociólogo italiano Maurizio Lazzarato muestra: “La moneda-deuda fue el arma estratégica de destrucción del fordismo y de la creación de los perfiles de un nuevo orden capitalista mundial” (2), en el que la radical asimetría existente entre acreedor y deudor es usada como forma acentuada de sometimiento.


Un instrumento que Deleuze y Guattari ya lo habían percibido y consigado en su Anti-edipo: “La deuda se convierte en deuda de existencia, deuda de existencia de los sujetos mismos. Llega el tiempo en que el acreedor todavía no ha prestado mientras el deudor no deja de devolver, porque devolver es un deber pero prestar es una facultad, como en la canción de Lewis Carroll, la larga canción de la deuda infinita: «Un hombre puede, está claro, exigir lo que se le debe/ pero cuando se trata de prestar/ puede, está claro,/ elegir el momento que le convenga»” (3).


La relación acreedor-deudor quedó sobrepuesta a la de capitalista-trabajador y revela una dependencia adicional y despersonalizada que refuerza los lazos invisibles que atan al subordinado a la creciente presencia de lo abstracto y convierte al agente dominante en un ente que está más allá y con el que la interlocución no sólo es, en el mejor de los casos, mediada, sino absolutamente discrecional. El deudor no puede hacer huelga de brazos caídos al Banco porque el juez actúa sin apelaciones contra él, amparado y obligado por el poder estatal. La desregulación de las relaciones entre trabajo y capital está detrás de la volatilidad y fugacidad del entorno social y económico de los trabajadores, que al ser desanclados de colectivos como los sindicatos son des-socializados y debilitados frente a los factores de poder, limitándose las reacciones esperadas frente a la creciente retracción de sus espacios y derechos.


La relación deuda-acreedor entre Estados-Nación tiene ya manifestaciones análogas. El caso de Grecia en el 2009 cuando el gobierno de turno intentó ocultar su deuda, con complicidad de Goldman Sachs, y los efectos cuando el truco contable fue descubierto, es un caso ejemplarizante de la pérdida total de autonomía no sólo cuando las deudas no pueden saldarse sino por el simple hecho de adquirirlas. Pérdida de autonomía inscrita en la lógica misma de la globalización y reflejada en el recorte de los grados de libertad de los Estados que son presa de los condicionamientos cada vez más exigentes en sus solicitudes de financiación o en la adquisición de ciertos productos que los países dominantes consideran estratégicos. Incluso los Estados Unidos han visto limitadas sus posibilidades de acción por su grado de dependencia de productos fabricados en el exterior.


David Harvey llamaba la atención, en fecha tan temprana como 2003, sobre los riesgos para los EU de su dependencia de los chips producidos en el lejano oriente (4). teniendo en cuenta que hasta el complejo militar-industrial está supeditado a estos insumos importados. Y no fue necesaria una guerra entre la isla y China continental para que el suministro de chips desatará una crisis de producción en los países del centro capitalista, pues el aumento abrupto de la demanda de ordenadores y teléfonos personales por efecto de la obligatoriedad del teletrabajo y las clases virtuales como consecuencia de la pandemia del covid 19, desbordó la capacidad de producción de microprocesadores cuya fabricación está concentrada en la empresa taiwanesa Tsmc (54%) y la coreana Samsung (17%) que lideran de lejos la oferta de ese producto.


Una realidad con efectos concretos. La casi parálisis de la industria automotriz por falta de chips –que tan sólo para China puede representar una disminución en la producción de un cuarto de millón de autos– ha llevado tanto a EU como a China a replantearse la necesidad del autoabastecimiento y a reforzar el renaciente nacionalismo económico. La crisis de los chips tiene un condimento adicional como quiera que la contracción en la producción ha estado agravada por la sequía sufrida por Taiwán, dado que la producción de semiconductores es intensiva en el uso de agua, pues una fábrica promedio utiliza entre ocho y catorce millones de litros diarios de agua ultra-pura en los procesos de esterilización. Esto desmiente el mito de que la virtualidad y las nuevas tecnologías desmaterializan la sociedad, disminuyen nuestra dependencia de la naturaleza y reducen los efectos ambientales negativos. La entropía de la base material en el antropoceno, como lo previó Georgescu-Roegen, sigue su recorrido.


La acelerada marcha hacía lo incierto


La introducción de la noción de entropía en la explicación del proceso de reproducción material de la humanidad, que Georgescu-Roegen hizo en su obra de 1971, abrió paso a argumentos críticos contra el hiper-consumismo del capitalismo qué, pese a cierta aceptación, están aún lejos de convertirse en consciencia planetaria. La distinción que el pensador rumano hace entre reversible, irreversible e irrevocable, definiendo esto último como “[…] procesos que no pueden pasar por un estado determinado más que una sola vez” (5), llevó al experimento mental de pensar que en el largo plazo, incluso si la población y el consumo fueran estabilizados, dada la dependencia de los seres humanos de recursos no renovables, era absurdo considerar infinita la existencia de la especie humana en un planeta finito.


Un año después de publicada su obra magna, en la serie de conferencias organizadas por la Universidad de Yale, a raíz de la publicación en 1972 del estudio del MIT Los límites del crecimiento, Georgescu-Roegen leyó la ponencia Energía y mitos económicos, en la que frente a las descalificaciones por parte de los defensores del establecimiento de la idea de “límites de la humanidad”, que los estudios pioneros sobre la degradación ambiental habían formulado, afirmó: “Algunos defensores nos han instado a tener fe en la especie humana: tal fe triunfará sobre todas las limitaciones. Pero ni la fe ni la certeza de algunos famosos catedráticos podría alterar el hecho de que, de acuerdo con la ley básica de la termodinámica, la dotación energética de la humanidad es finita. Aún si se estuviera inclinado a creer en la posible refutación de estos principios en el futuro, no se debe actuar con esa fe ahora” (6).


Esta última recomendación, inscrita en el principio de precaución, que el ambientalismo propugna pero que el capital burla, y pese a informes como el publicado recientemente por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (Ipcc) –elaborado por 234 autores de 66 países, y que tuvo como una de sus fuentes análisis consignados en 14 mil artículos científicos–, en el que queda confirmada la causalidad antrópica en la alteración del clima y no deja dudas que las consecuencias serán devastadoras para la humanidad, las respuestas que amerita el tamaño del problema no aparecen. Las previsiones, entre otros muchos efectos, de la elevación del nivel de los mares y el aumento y concentración de las precipitaciones en períodos muy cortos de tiempo, que garantiza frecuentes inundaciones, ya empiezan a ser realidad, pero las reacciones son poco trascendentes. Debe entenderse, cuanto antes mejor, que teñir de verde el capitalismo no pasa de ser un placebo que no elimina su insostenibilidad.


Las previsiones del Centro de Investigación Económica y de Negocios, institución británica, que anticipa para 2028 la ascensión de China como primera potencia económica mundial, agrega otra perturbación sísmica a la ya de por si alterada estructura del sistema-mundo. Si las metas chinas buscan alcanzar el consumo de Occidente, los desequilibrios materiales serán aún más acelerados. Continuar, por ejemplo, con los ritmos actuales de la obsolescencia programada significa un suicidio colectivo, y las multinacionales tecnológicas chinas parecen seguir el ritmo de las occidentales en su lucha por los mercados, lo que no augura nada halagüeño.


La primacía del gigante asiático significa, además, el fin del dólar como moneda exclusiva de los intercambios internacionales, pues el yuan ocupará buena parte de su espacio como moneda de reserva, a lo que debe agregarse la irrupción de las criptomonedas que al posibilitar los intercambios de valor de forma instantánea y a costos muy bajos, por ser descentralizadas, para el tenedor no requieren de bancarización. Los bancos centrales también prueban el desarrollo de monedas digitales, en lo que China ha avanzado más que las otras grandes economías con la implementación gradual de su e-RMB.


Son todos estos hechos que obligan a pensar que el mundo iniciado en 1971 y que tuvo su techo con el dominio unipolar de Estados Unidos, desde 1990 está resquebrajándose, por lo que el riesgo de que caiga en la trampa de Tucídides y quiera sostener su predominio por la fuerza de las armas no puede descartarse, como tampoco que los efectos de cascada del daño ambiental detonen anticipadamente fenómenos impensables que desestructuren radicalmente las formas espaciales y su ocupación. Quizá el imperio de mayor fortaleza material que haya visto la historia humana pueda ser, a su vez, el de menor duración. Una caída estrepitosa no será inocua para los demás paises y puede llevar al colapso buena parte del mundo conocido, pero la probabilidad del suceso no parece despertar suficiente inquietud.


La sociedad del riesgo global como denominó el sociólogo alemán Ulrich Beck a la situación actual y que tiene, al parecer, en la inseguridad endémica su rasgo distintivo, ¿es tan imprevisible como algunos piensan? ¿no puede la acción colectiva direccionar la creación de un futuro diferente? Quizá lo primero sea forjar una representación más precisa del sistema-mundo en su actual condición, acompañada de una apropiación amplia que por entender las amenazas reales que rodean al colectivo conduzcan al convencimiento de que la acción política es hoy una obligación de todos.

1. Gérard Dumenil y Dominique Levy, La crisis del neoliberalismo, Lengua de Trapo, p. 181
2. Maurizio Lazzarato, La fábrica del hombre endeudado: ensayo sobre la condición neoliberal, p. 85
3. Citados por Lazzarato, Ibídem., p. 85
4. “La dependencia de la producción (y los servicios) efectuada en el extranjero conlleva cierto riesgo porque exige una notable estabilidad geopolítica o la capacidad de Estado Unidos para aplastar militarmente los eventuales disturbios y conmociones en otros países. Por ejemplo si estallara un conflicto militar entre China y Taiwán, ¿qué le sucedería a la oferta de artículos industriales en el mercado estadounidense? Hasta el complejo militar-industrial depende del este y sureste de Asia en cuanto a los chips para ordenador” (David Harvey, El nuevo imperialismo, Akal, p. 14
5. Nicholas Georgescu-Roegen, La ley de la entropía y el proceso económico”, Argrntaria-Visor, p. 258
6. Nicholas Georgescu-Roegen, Energía y mitos económicos, Trimestre económico, 42 (168(4)), p. 804


* Integrante del Consejo de redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

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Información adicional

  • Autor:Álvaro Sanabria Duque*
  • Edición:284
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº214, septiembre 2021
Visto 999 vecesModificado por última vez en Sábado, 16 Octubre 2021 10:03

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