Jueves, 11 Noviembre 2021 09:35

Una sociedad más higiénica pero más peligrosa

Escrito por Philip Potdevin
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Una sociedad más higiénica pero más peligrosa

El sistema mundo en la pospandemia engendra riesgos para la sociedad y cada uno de sus miembros pero también para el establecimiento neoliberal.

 

Entrar por estos días, a mediados del otoño boreal y en pleno Oktoberfest, a una cervecería típica de Luxemburgo es una experiencia que permite tomar el pulso a la sociedad pospandémica. El restaurante bar Braurei está ubicado en la popular calle Rives de Clausen, en la capital de uno de los países más ricos del mundo gracias a sus laxas políticas fiscales que atraen grandes capitales, personales y corporativos. Opera en las instalaciones de una antigua cervecería que conserva, a la manera de un monumento posmoderno, alambiques, ductos, válvulas, poleas, instrumentos y maquinarias de la cervecería original fundada en el siglo 18. No es el sitio más elegante de esta sofisticada capital europea, pero sí un lugar favorito de la población internacional y multicultural que confluye en la ciudad. Luxemburgo está estratégicamente ubicada en el centro de Europa. Su área está a medio camino, comparativamente, entre los departamentos de Atlántico y Quindío. Desde su capital, las fronteras con Alemania, Francia y Bélgica están a no más de 50 kilómetros cada una.


Nos damos cuenta de que estamos en la sociedad de la pospandemia cuando nos recibe una amable pero igualmente firme mesera que, para atendernos y antes de hacernos seguir a la mesa, exige enseñarle el “pasaporte” europeo covid. El código QR que traemos de Colombia no es reconocido en Luxemburgo, un país que sigue prohibiendo la entrada de colombianos. Nos salva que provenimos de una estancia corta en España que ha permitido el ingreso a la Comunidad Europea. Ya dentro de la comunidad la movilidad es fácil. Enseñamos a la joven una prueba de antígenos realizada en Mallorca dos días antes de viajar. La joven mesera se relaja y nos permite seguir. 


Además de disfrutar de una cerveza Clausel de barril, no filtrada tipo «Gezwickelt» y disfrutar los platos típicos como los coditos de cerdo, el steak tartar y las salchichas vienesas con mostaza, me quedo con la inquietud. Pregunto a mi hijo, nuestro anfitrión y residente en el Gran Ducado, si el protocolo que acabamos de vivir es usual y nos confirma que sí, el gobierno lo exige y la mayoría de los restaurantes lo aplica a rajatabla. Sin embargo, en otras ciudades europeas visitadas, como Palma en España, Metz en Francia y Treveris en Alemania (la ciudad que vio nacer a Marx) la medida aún no se aplica.


A diferencia de nuestro país, la mascarilla ha dejado de usarse en Europa en sitios abiertos pero es exigida tan pronto se traspasa el umbral de un establecimiento cerrado. De resto, la pandemia, con sus restricciones y limitaciones, parece haber quedado en el pasado. Vivimos ahora la sociedad de la pospandemia; una sociedad radicalmente transformada en tres esferas: la de salubridad pública, la personal y económica y, por último, la geopolítica. Ignacio Ramonet en conferencia brindada el pasado 5 de octubre y disponible en YouTube (1) ha hecho una radiografía del sistema mundo en la pospandemia. Entre lo más grave –y que ha sido resaltado por muchos– una sociedad expuesta en la vulnerabilidad de los sistemas de salud pública debido al progresivo desmantelamiento y desinversión que sufrió este sector durante la ola de privatizaciones bajo las políticas neoliberales de volver rentables los servicios más esenciales.


El ser humano, en su angustia existencial, prefigurada en el siglo 19 por el movimiento romántico y exacerbada en el 20 con la verificación de lo absurdo de la existencia, descrita magistralmente por Kafka, Camus y Duras entre otros, vivió durante la pandemia el terror de verse aislado físicamente de sus seres queridos, incluso en casos in extremis. La casa de habitación pasó de ser un lugar usado esencialmente para dormir e iniciar o terminar el día, a un lugar de confinamiento total: trabajo, descanso, educación, alimentación, socialización, ejercicios y otras rutinas quedaron concentradas en los pocos metros cuadrados de la vivienda. La salud mental y emocional del individuo quedó impactada por la pandemia. Las crisis personales, de pareja y familiares ocasionada por los confinamientos parecen ser más devastadoras que el propio virus. El individuo, ya alienado por el asedio de las inteligencias artificiales de móviles, televisores, autos, cámaras y sistemas de seguimiento y vigilancia, ahora ha visto cercada aún más su autonomía para pensar, decidir y disponer de si mismo. La sociedad pospandémica emerge más desigual que antes; con una mayor concentración de riqueza en farmacéuticas, bancos, empresas de logística y tecnología; y del otro lado, países más pobres y vulnerables a la pandemia donde aún no llegan las primeras dosis, y que seguramente cerraran el año 2021, como Colombia, sin haber alcanzado la “inmunidad de rebaño”. Del otro lado, resaltan casos como el de Cuba que a la fecha ha logrado desarrollar al menos cinco vacunas propias contra el covid. Los pobres están cada vez más pobres, y además se ven obligados a efectuar los oficios más peligrosos como, por ejemplo, en hospitales donde enfermeros, auxiliares y paramédicos deben encargarse de disponer de residuos tóxicos y contaminantes y estar en contacto permanente con personas infectadas.


En la esfera geopolítica vivimos un mundo que se enfrenta a una nueva etapa de tensión política entre China y EE. UU. con una Europa fragmentada y desarticulada por el Brexit y el Aukus. En esta última alianza Francia ha quedado por fuera del círculo de poder en el Pacifico, un área de tradicional influencia francesa. Ramonet desglosa cómo el mundo de la pospandemia está marcado por una serie de fragilidades, vulnerabilidades, injusticias y desigualdades aun mayores que las de épocas prepandémicas. Su conclusión es categórica: vivimos hoy en una sociedad más peligrosa que la anterior.


Si algo positivo podemos rescatar de la pandemia es que vivimos en un mundo más aséptico. Los niveles de obsesión por lavarnos y desinfectarnos las manos y limpiar todas las superficies que tocamos alcanza visos a veces delirantes. Queda la tranquilidad que los servicios de aseo en restaurantes y lugares públicos, en general, hoy son más pulcros que antes de la pandemia. En el mismo sentido, la población vacunada es cada vez mayor, con lo cual parece controlarse la dispersión de las primeras cepas del virus. Al mismo tiempo el rebaño humano se deja conducir dócilmente para permitir nuevas dosis de vacunas. También es necesario admitir como positivo que hoy somos cada más conscientes del autocuidado y de la responsabilidad que tenemos con los demás para evitar su contagio.


Como contrapartida aparece una peligrosa fragilidad, cierta vulnerabilidad de la especie humana ante nuevas formas de ataque masivo. Ya no se trata de la amenaza atómica que aterrorizó a la humanidad desde 1945 hasta 1989, sino la de un ataque frontal pero invisible. Un virus que se cuela por entre las rendijas más imperceptibles de las fronteras, de los edificios, las casas y los cuerpos.


Al otro lado de este escenario, hay otras fuerzas “peligrosas” –al menos para el establecimiento– que también surgen con mucha actividad. Son las fuerzas emancipadoras de los de abajo. En realidad nunca han dejado de existir, están allí desde que se impuso la división de clases, la concentración y acumulación de capital, la desigualdad económica. Son las fuerzas que siempre han impulsado los grandes cambios sociales, pero que, según las circunstancias y condiciones, van cambiando de forma y modo de acción. En el siglo XXI, y durante la pandemia y ahora, en su aftermath surgen o se consolidan actores considerados como peligrosos para el neoliberalismo. Son los nuevos revolucionarios, los nuevos terroristas, los nuevos insurrectos, las nuevos inconformes que no renuncian a sus utopías de vivir, aquí y ahora, una sociedad mejor y más justa, o al menos distinta. Se trata de clases “peligrosas” que comienzan a construir un nuevo imaginario emancipador, al igual que lo hicieron en el pasado esclavos, artesanos, obreros, soldados, marinos, artistas. Estos revolucionarios trabajan sobre las nuevas realidades del siglo 21. A fines del siglo pasado Negri y Hardt los aglomeraban de manera gaseosa en lo que denominaron “la multitud” intentando alejarse del concepto de proletariado venido a menos después de la caída del muro de Berlín. 


Ahora esta multitud parece perfilarse de manera más precisa: juventudes que no ven futuro alguno y que no quieren repetir historias de vida de sus padres, jóvenes que tienen sueños opuestos a lo que movieron a generaciones anteriores con la quimera de “casa, carro y beca”, jóvenes sin nada que perder y mucho que experimentar. Hoy la experiencia sustituye, de lejos, el anhelo de tener; el desarraigo y la vida nómada comienza a ser una forma social cada vez más común; la anarquía comienza a encontrar nuevas formas de expresión cuando las generaciones rechazan el vértigo de la sociedad consumista que insiste en imponer sus formas de manera artificial, sintética, superflua. Jóvenes que se mueven por fuera de los sistemas bancarios, que navegan los blockchain y creen más en el bitcoin que en monedas tradicionales, jóvenes que rehúsan comprar ropa nueva y dejan de consumir alimentos ultraprocesados, jóvenes que rechazan plásticos de un solo uso, que reciclan de manera instintiva, que exigen saber de dónde provienen y de qué manera fueron cultivados y producidos los alimentos y bienes que consumen, y que están dispuestos a exigir a parlamentarios y gobernantes, bien sea en Colombia o ante el parlamento europeo, el respeto a los derechos de la naturaleza, de los animales y de los más vulnerables. Jóvenes que han encontrado nuevas formas de expresión y protesta, arriesgando su vida, integridad física y libertad como sucedió hace poco entre los miembros de las primeras líneas en las jornadas de protesta del paro nacional. Son “clases peligrosas” que encuentran nuevas formas asociativas para revitalizar los movimientos sociales y populares, que reinventan un nuevo lenguaje poético y metafórico para hacer frente a la prosa del discurso hegemónico del neoliberalismo. Se trata de combatir la “prosa de la circunstancia” como lo afirma Eiden-Offe en su reciente libro La poesía de la clase (2). Clases “peligrosas” que persiguen la poesía de la emancipación. Son actores de sus vidas en sus barrios, en las calles, en los muros, en sus cuerpos, en sus nuevas identidades de género, en sus expresiones de anticonsumo para descubrir su inconformidad con la sociedad que les ha tocado en suerte. Son nuevos actores que reivindican el derecho a la rabia y al odio –olvidada y rechazada por las fuerzas socialdemócratas, como decía Benjamin–; estas “clases peligrosas” no miran al pasado, solo hay un presente tan distópico como el de muchos mundos de la ciencia ficción. Es cuando la utopía y la distopía convergen a lo mismo.


El sistema mundo en tiempos poscovid, tanto en el primer nivel como en los menos desarrollados, se va enterando de cómo una pandemia ha cambiado, quizás para siempre, la forma de vivir en sociedad. Y en nuestro continente, duramente golpeado por la pandemia, los países tendrán que tomar decisiones urgentes, prudentes y valientes, que puedan dar la cara a los efectos de la pandemia, y a los cambios de la economía mundial. Según el FMI, los países de América Latina tuvieron una caída de producto del 7 por ciento frente a un 3.3 de la media mundial. Países como Brasil, México y Perú estuvieron entre los más altos en decesos por millón de habitantes, apenas por debajo de los Estados Unidos. El impacto en sectores como el turismo y el comercio ha sido mayúsculo, y en economías precarias, como la colombiana, el empleo informal ha sido del 60 por ciento. Latinoamérica es la región con mayor desigualdad del mundo y durante la pandemia se sumaron 22 millones más de nuevos pobres (3) .Todo ello, presenta una presión formidable para la recuperación de la región, en un mundo globalizado donde urgen las transformaciones energéticas, sociales y económicas; en donde el cambio climático no da espera y el impacto tecnológico erosiona cada día más la dignidad humana.

 

1 . “La sociedad y el sistema mundial postpandemia, con Ignacio Ramonet” en https://www.youtube.com/watch?v=ZrCmggN3Zyw
2. Eiden-Offe, Patrick, La poesía de la clase, anticapitalismo romántico e invención del proletariado, Katrakak, Iruñea, 2021.
3. Lucena Giraldo, Javier, “La década que lo cambiará todo: Iberoamérica tras la pandemia y más allá”, Revista de Occidente, octubre 2021, pp. 127-137.

*Escritor, integrante del consejo de redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

 

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Información adicional

  • Autor:Philip Potdevin
  • Edición:216
  • Fecha:Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº216, noviembre 2021
Visto 957 vecesModificado por última vez en Jueves, 11 Noviembre 2021 09:39

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