Miércoles, 24 Noviembre 2021 11:09

Ciencia y Nación

Escrito por Silvio E. Avendaño C.
Valora este artículo
(0 votos)
Jasu Hu Jasu Hu

Recuerdo hace muchos años, en otro siglo, cuando llegué de la mano de mi madre a la escuela elemental. El salón de clase estaba decorado: El Sagrado Corazón y el Escudo Nacional. A los pocos días, en la primera hoja del cuaderno de matemática unos dibujos, en uno de ellos me dibujé en el centro. En la parte superior de la hoja quedaba el Norte, en la parte inferior el Sur, a la izquierda el Occidente, en la parte derecha el Oriente. La maestra preguntaba: ¿Qué es el espacio?  Y todavía permanece en la memoria el tic tac del reloj. Y en el trayecto hacia la escuela estaba presente la prisa, pues no podía llegar tarde. Caminaba, la pregunta me perseguía como mi sombra: ¿Qué es el tiempo?

Y en la escuela la enseñanza de los dos catecismos. El catecismo religioso y el catecismo patrio. Además de aprender a leer y a escribir, estaban la aritmética, la doctrina religiosa y la patria, en forma de preguntas y respuestas, cuya finalidad no era otra que llegar a ser parte de la Nación, entendida como una sociedad natural, a la que la unidad del territorio de la lengua y la cultura inclina a la comunidad de la vida y crea conciencia del destino común. Desde el punto de vista religioso, el catecismo plantea, en preguntas y respuestas, un origen y un destino: creación, caída, promesa, encarnación, vida pasión y muerte, la Iglesia, el final de los tiempos. A su vez, el catecismo patrio: descubrimiento, conquista, colonia, independencia, república, libertad y orden.

Pronto me encontré leyendo Los viajes de Gulliver. El mundo de dimensiones medias, el viaje a la microfísica del cosmos de los liliputienses y, luego de aquel azaroso viaje, el encuentro con la macrofísica, en el país de los gigantes. Me hallaba en algo, que con el pasar de las lecturas y los tiempos, me llevaría a la relatividad de la magnitud. Según Pascal, el hombre se encuentra entre dos abismos: lo infinitamente pequeño y los infinitamente grande. Y la maestra hablaba de Francisco José de Caldas. El personaje examinaba con una lupa de cincuenta aumentos, indagando en el mundo micro; y cuando subió al Cotopaxi apuntó con su telescopio hacia el abismo de la Vía Láctea. Pero aquel viaje, ya a lo micro o a lo macro, fue interrumpido. Al ser capturado fue sentenciado a muerte. Ante la petición de clemencia que solicitaba le dieran tiempo para el sendero de sus inquietudes, se escuchó: “España no necesita sabios”.

El momento más fugaz es una historia


enormemente larga, en comparación con los sucesos casi idéntica del mundo macrofísico. ¿Qué es el ahora ante lo pasado y el futuro? Lo que llamamos “ahora” se compone de dos partes, igualmente irreales, de las cuales una “ya no existe” y, la lectura de La máquina del tiempo, relato de Wells. Me encontré en el viaje del “todavía no es”. Más pronto me hallé en el tiempo “a cualquier lugar de la región del pasado, del presente, del futuro”, en la cual la distinción entre el pasado y el futuro es meramente convencional. Kant planteó: “el tiempo no es otra cosa que la forma del sentido interno esto es, de intuirnos a nosotros mismos y nuestro estado interno”1.

En las clases de fisicomatemática, en los últimos pinitos del bachillerato, el tiempo y el espacio se redujeron, fueron formulas sencillas, que superaban la intuición y se encontraban en el entendimiento. Simples ecuaciones: e=v.t; t= e/v. El movimiento no es otra cosa que el cambio de coordenadas espaciales que implica el tiempo y el espacio, en la física clásica.

Sólo que se vive en la ilusión del progreso. En Macondo, Úrsula se queja. “Aquí nos hemos de pudrir en vida sin recibir los beneficios de la ciencia”. Y cuando llegan los inventos los habitantes de la soledad: “Deslumbrados por tantas y tan maravillosas invenciones la gente de Macondo no sabía por dónde empezar a asombrarse. Se trasnochaban contemplando las pálidas bombillas eléctricas […]. Se indignaban con las imágenes vivas que el próspero comerciante don Bruno Crespi proyectaba en el teatro de bocas de león, porque un personaje muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se derramaron lágrimas, reaparecía vivo y convertido en árabe en otras películas […]”2.

Pero a contrapelo de lo que dice Úrsula, si llegan los inventos. Valdría considerar como Caldas, como comerciante, recorría el costillar de los Andes ecuatoriales. En la mañana se dedicaba al pedido y distribución de paños, y en las tardes se entregaba a las observaciones científicas; mientras la industria de los textiles crecía en Inglaterra, gracias a la tecnología –carbón mineral-máquina de vapor-hierro–. Y los barcos de vapor navegando por el río Magdalena hacia 1830, mientras la unidad de la Gran Colombia hacía aguas. A mitad de siglo se llevó a cabo la Expedición Corográfica. Los objetivos no fueron solamente cartográficos, sino también toda una construcción de conocimiento respecto al territorio y sus habitantes. Mientras el primer ferrocarril construido en Colombia (1855) rodó en el departamento de Panamá.

En el siglo XIX, en tiempo de la Regeneración y la Guerra de los Mil Días, crecen otras innovaciones tecnológicas: electricidad, concreto y acero, que se transfieren y transforman las ciudades, todo ello mientras Julio Garavito escribía su extensa obra. Y luego dejar atrás los caminos en piedra para dar espacio al caucho-motor de combustión-gasolina y la explotación del petróleo, en 1918. Atrás quedaron las herraduras, los aparejos y los caballos. Décadas después, llegará la era de la información y las telecomunicaciones, los computadores, el celular y el ciberespacio. Y la genética con Emilio Yunis, los trabajos de Jaime Jaramillo Uribe, la investigación de Rodolfo Llinas.

Ciencia e incomprensiones. Miguel de Unamuno pronunció aquello: “¡Que inventen ellos, que nosotros nos aprovechamos de sus invenciones! Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí también como allí donde se inventó”, en polémica con José Ortega y Gasset, en el arco comprendido entre 1906-1912. Unamuno consideró que no hacía falta la ciencia.

Pero esa indecisión por la ciencia se encuentra arraigada no solo en la “madre patria”. En Colombia, 1991, se crea el Sistema de Ciencia y Tecnología. El ser humano crece con la Misión de los Sabios. Catapultada Colciencias. Luego la omisión. Más no sólo por las ciencias duras, también por las Humanidades y las Sociales, como se pudo ver, no ha mucho tiempo, cuando Colciencias negó la beca a estudiantes de las ciencias blandas. Además del magro presupuesto asignado a Colciencias, no son sorprendentes los criterios estrechos y equivocados sobre las disciplinas sociales y humanísticas que ha tenido la institución. El prejuicio de que aquello que no está sometido a la cuantificación no entra en el conocimiento porque quizá las Humanidades y las Sociales no ayudan a fomentar el PIB, o bien porque las investigaciones o trabajos en estos campos del conocimiento no son convenientes. Sobra la evidencia. Es evidente que a la ‘elite’ gobernante la ciencia no le interesa, como puede desprenderse del hecho de que en sus últimos ocho años de vida, un director por año pasó por la institución. Luego vendría el Ministerio del ramo y toda la improvisación que lo irá marcando, así como la flor del negociado, corrupción y clientelismo, que lo marca y determina.

Vale considerar los obstáculos que impiden la germinación de la curiosidad y el amor por la ciencia. La carencia del público lector, el primero de las barreras, a lo cual no ha contribuido el catolicismo, anclada en los catecismos; aunque en los últimos tiempos permitió la lectura de la Biblia, no potenció la formación del público lector como sí sucedió con la invención de la imprenta y el protestantismo.

El segundo obstáculo, el catolicismo visceral que se ha recibido desde la niñez, el cual inculca la mentalidad dogmática, no cuestionada, y su método de “aprendizaje” por repetición, aún presente en algunas universidades, y que consiste en aprender formulas y, lógico, la pereza mental pues el catolicismo es un tema que nadie se atreve a cuestionar.

Se acepta una teoría de la misma manera como se aprendió el catecismo, sin la capacidad de plantear problemas, de discutirlos, en otras palabras, de investigar y de explorar. ¿Quizá esto explica, en buena parte, las modas? A lo que hay que añadir esa constante de “ignorar al otro”, pues si tiene una idea no se le escucha y si escribe se le ignora.

Ahora bien, Kant, en el prólogo a la Crítica de la razón pura, anota: “Nuestra época, es de modo especial, la de la crítica. Todo ha de someterse a ella, pero la religión y la legislación pretende de ordinario escapar a la misma. La primera a causa de la santidad y la segunda a causa de su majestad. Sin embargo, al hacerlo, despiertan contra sí mismas sospechas justificadas y no pueden exigir un respeto sincero, respeto que la razón sólo concede a lo que es capaz de resistir un examen público y libre”3. Es curioso como al crítico de la legislación se le señala y se le ubica. “Y si no está de acuerdo y es crítico, sea lógico ¿por qué no se va a la guerrilla? Y cuando la crítica cuestiona a la religión, lo mínimo que se dice es que se está ante un anticlerical. Rechazo, señalamiento, estigmatización, quizá porque se toca la identidad nacional, soportada sobre bases religiosas.

Ya desde el movimiento de Córdoba (1918) se planteó la universidad como una universidad profesionalizante, sin mayor interés por la ciencia, acosada por el ahogo presupuestal al que están sometidas las universidades públicas. Es significativo también lo que sucede con las cátedras, dado que para ser profesor universitario no hay mayor exigencia. Se olvida que es necesaria la formación de científicos dadas las realidades del trópico. A su vez, se necesita la formación de científicos sociales que establezcan las relaciones del individuo, la sociedad civil y el Estado. Pero la mayoría de las universidades forman profesionales. Hay interés por la trasmisión del conocimiento, pero no hay interés en la creación del mismo, como tampoco en enseñar a pensar. Continua el divorcio existe entre la realidad social y la universidad. A su vez la competencia entre la universidad pública y la universidad privada recuerda que no sobresale ni prevalece una educación de calidad. La universidad estatal se ve continuamente cuestionada por la “politización, hecho que no ocurre en la universidad privada, a pesar de estar dominada y determinada por cierta línea ideológica y política. Suele decirse, atambién, que la universidad pública forma “trabajadores”, mientras que la privada forma “dirigentes”. Mas no hay mayor arraigo por la ciencia. La mayoría de los estudiantes no están interesados en la investigación y la creación de conocimiento científico. pues su afán real es la de obtener un “título”.

Me viene a la memoria el relato de Jorge Luis Borges, intitulado “Ulrica”, publicado en El libro de la arena4. El personaje, Javier Otálora, que ha pasado “mocedades en Popayán”, se halla en la ciudad de York y se encuentra con Ulrica: “Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano: Me dijo de un modo pensativo: ¿Qué es ser colombiano?, No sé –le respondí–. Es un acto de fe; como ser noruega –asintió–”.

Bien se puede pensar que esto de “ser colombiano es un acto de fe”, encierra las creencias del nacionalismo y la religión. El sentimiento de identidad, formada desde el hogar, los estudios, la supuesta identidad de la lengua, la historia fundida en la patria, el escudo, la bandera, el himno nacional, que siembran un sentido de pertenencia forjado con la balcanización de Hispanoamérica en las primeras décadas del Siglo XIX. Al mismo tiempo, la creencia cuasireligiosa en la desigualdad de poder, fortuna, facultades como algo necesario en la sociedad.
Miguel Antonio Caro justificó esa condición: “La iglesia principia predicando como virtud capital la resignación, es decir el contentamiento de cada cual con la labor que el padre de familia humana, Dios, le tiene designada; y como verdad también principal, el reconocimiento que la desigualdad de condiciones bien entendida y regulada no es un mal, no un desorden, sino bien y armonía”5.

 

1 Kant Manuel. Crítica de la razón pura. (2000) Alfaguara. Barcelona. pp. 76-77
2 García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. (1997) Cátedra. Madrid. p.339.
3 Kant, Manuel. Nota en el Prólogo, a la primera edición de la Crítica de la razón pura, (2000) Alfaguara. p. 9.
4 Borges, Jorge Luis. Libro de la arena (1975) Editorial Emecé. Buenos Aires
5 Caro, Miguel Antonio. “La lucha”, El tradicionalista. Bogotá mar 15, 1873:4.

 

 

Para adquirir suscripción

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Información adicional

  • Autor:Silvio E. Avendaño C.
  • Edición:286
  • Fecha:Periódico desdeabajo Nº286, noviembre 20 - diciembre 20 de 2021
Visto 614 vecesModificado por última vez en Miércoles, 24 Noviembre 2021 11:19
Más en esta categoría:Embera un pueblo que resiste »

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.