Miércoles, 26 Agosto 2009 19:48

Antonio Nariño

Escrito por Francisco Trujillo
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Precursor de la libertad de nuestros pueblos. Traductor de los “Derechos del hombre y del ciudadano”. Patriota. Vida ejemplar de quien es consecuente con sus principios y proyectos. Sus enseñanzas aún están por ser difundidas y retomadas. El Bicentenario es ocasión propicia para ello.

Nariño, precursor de nuestra independencia de España, en su improvisada vida político-militar tuvo éxitos e infortunios. Éstos, por dos causas principales: haberse hecho masón a la ligera cuando en Londres visitó al venezolano Francisco Miranda; otra, su amor a los negocios, pues puso mano sin astucia a dineros clericales a los que tenía acceso.
Nace en Santa Fe el 9 de abril de 1765, de familia acaudalada y prestigiosa, que influye mucho en el país y sobre todo en una ciudad tan pequeña. Con esfuerzo, estudia el idioma francés y así puede traducir y difundir (otra causa de sus desgracias) los “Derechos del hombre y el ciudadano”, proclamados en Francia en 1789. Santa Fe era el centro administrativo y cultural de la Nueva Granada, tenía 20.000 habitantes, dos médicos, dos colegios para los blancos y no tenía Universidad ni biblioteca pública. Hizo su bachillerato y luego estudió por su cuenta.

Contrae matrimonio con Mercedes Ortega, también de familia económicamente poderosa e influyente. Por sus vínculos y con sólo 24 años de edad es nombrado Alcalde de su ciudad en 1789. Antes, con la mirada puesta en los negocios, viaja a diferentes ciudades, incluida Cartagena, a la que estaría ligada ingratamente su vida; y conoce al sabio José Celestino Mutis, que lo inicia en el estudio práctico de la botánica. Pensando en exportar quina, monta plantaciones de ese producto medicinal en Fusagasugá. Como no tiene suficiente dinero en efectivo, le pone mano al oro de la Tesorería de Diezmos, que tiene millones ociosos; cambia la Alcaldía por la Tesorería, con la alarma del clero, que siempre ha controlado esa posición y sus millones. Por lo demás, Nariño representa a la naciente “burguesía progresista” y funda la tertulia “El Arcano de la Filantropía”, en la que departe con sus amigos.

Importa una modesta imprenta que bautiza “La Patria”, para mayor enojo del clero, que ha fracasado en su intento de encarcelarlo, pues sus cuentas monetarias, revisadas por las autoridades, le salen bien. Don Camilo Torres Tenorio y el clero son sus enemigos y sus ojos vigilantes.

Los periódicos y libros que Nariño recibe de Europa incluyen la Declaración de los derechos del hombre, que traduce y publica en 1794, con sólo 100 copias que distribuye sigilosamente. Aquello de que “todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos” indigna a los criollos, blancos que ven amenazadas sus fortunas y privilegios, y a quienes les desagrada que se hable de asociaciones políticas para conservar los derechos naturales e imprescriptibles del hombre.

Las autoridades españolas están alarmadas. Nariño se convierte en sospechoso hombre, temido y famoso. Escribe después: “El aspecto de un criminal mudó todo en contra mía… Era preciso hablar y obrar en contra mía para no hacerse sospechosos ante el Gobierno y la Real Audiencia”.

Por sus actividades, el 28 de agosto de 1794 es puesto preso, lo mismo que varios de sus amigos. Ningún abogado, incluido Camilo Torres Tenorio, acepta defenderlo. Uno, José Antonio Ricaurte, lo hace y es encarcelado, además de confiscados sus bienes. Destierro perpetuo después que cumpla 10 años de prisión en Cartagena, confiscación de sus bienes y hoguera para sus escritos sobre derechos del hombre. Permanece preso durante 17 meses en Santa Fe y adquiere tuberculosis; en diciembre de 1795 es enviado a Cartagena rumbo a África, a su destierro perpetuo.

De nuevo, la buena suerte. En el barco hace amistad con el capitán español, hombre culto que admira la inteligencia y los conocimientos de Nariño, y facilita su fuga en Cádiz (España), en marzo de 1796. Nariño viaja entonces a Madrid, donde las autoridades le ponen el ojo. Huye a París, donde tiene amigos de negocios que lo ayudan y lo orientan. Ha oído hablar del venezolano Francisco Miranda, preso por su oposición a los gobernantes radicales; lo visita en la cárcel y éste, a él y a Francisco Zea, que ha sufrido en parte su misma suerte, los engancha en la logia masónica Lautaro. Por sugerencia suya, Nariño visita en Londres al primer ministro Pitt, a quien le ofrece ventajas económicas para Inglaterra contra apoyo para la lucha contra España. Pitt pide la influencia política directa de Inglaterra pero Nariño la rechaza: “Sacar a mi patria de la dominación de España para entregársela al duro yugo de los ingleses era en mi concepto la acción más vil que yo podría cometer”.

Es buen amigo allí del cubano José Caro, con quien hace planes de independencia para sus países. Caro se queda en Europa buscando dinero y armamento; Nariño, clandestinamente, regresa a su patria. Solo y desconociéndolo todo entre enero y julio de 1797, recorre varias regiones, sufriendo privaciones y dificultades. La tuberculosis avanza, y, como si hubiera perdido el juicio, se entrega en Santa Fe a las autoridades españolas el 19 de julio de 1797.

Así comienza una etapa de amarguras y vergüenza que dura 12 años. Preso, en su indagatoria dice: “Mi idea era no contar sino con el pueblo… pensaba retirarme hacia los pueblos inmediatos al Socorro, entre Barichara y Simacota, juntar un corto número de hombres, y escoltado por ellos revivir la insurrección de los comuneros”. Presionado por las autoridades y los interrogadores, en condición de total indefensión se humilla: “Yo espero que, restablecido a la soberana confianza del Rey, podré pasar el resto de mis días en reparar el pasado, dar prueba de mi arrepentimiento, poner mi vida al servicio de sus majestades”. Propone cambios en el Gobierno para convertirlo en ‘bueno’ y le da consejos útiles a la Corona Española para perpetuarse en el poder. Sus enemigos lo califican de claudicante y abyecto.

Falta el último golpe: Caro, su amigo cubano que se había quedado en Europa buscando ayudas económicas y armas, le escribe contándole que ha fracasado, carta que cae en manos del gobierno español, que se indigna porque en Inglaterra hubiera conspirado contra España. Está encarcelado y la tuberculosis avanza. En 1803, le escribe al Virrey: “Suplico hendidamente que se digne permitir mi excarcelación y salida al campo”. Lo logra, pues el Virrey teme que aquel destacado prócer muera encarcelado. Nariño se repone, y en 1804, a base de préstamos, reemprende actividades agrícolas, y aquí entra en juego otro personaje, un buen amigo de Nariño, José María Carbonell, que desde 1808 ha iniciado una fuerte actividad revolucionaria por la independencia. Estará a la cabeza de las jornadas de 1810 en Santa Fe. Nariño está detrás de Carbonell en su reiterada labor conspirativa. Es descubierto, se le encarcela de nuevo –esta vez con su hijo- y se le envía a las mazmorras de Cartagena. Permanece cuatro meses con grillos en manos y pies, mientras su hijo es puesto en libertad.

En toda América se vivía un ambiente revolucionario. En 1810, Carbonell y otros compañeros crean el “Club Revolucionario Permanente”. Se constituye también la Junta Patriótica de la oligarquía, encabezada por Camilo Torres Tenorio, que no habla de independencia sino de igualdad con los españoles en oportunidades y privilegios. Carbonell y amigos los hostigan, invaden las deliberaciones de la Junta Patriótica. Entre tanto, surgen justas revolucionarias en Socorro, Pamplona, Tunja y Neiva, tierras que recordaban a José Antonio Galán.

Los grupos patriotas de Cartagena ponen en libertad a Nariño. Regresa a Santa Fe el 8 de diciembre de 1810. Carbonell y amigos lo esperan. El Precursor publica primero una modesta hoja, Los Toros de Fucha, y luego La Bagatela. Prevé lo que puede venir y escribe, refiriéndose a la Junta Patriótica: “Desengáñense los hipócritas que nos rodean, caerán sin misericordia bajo la espada de la venganza, porque nuestros conquistadores no vendrán a disputar con palabras como nosotros sino que segarán las dos hierbas, sin detenerse a examinar y apartar la buena de la mala”. Y así fue: en la reconquista del pacificador Morillo serían fusilados el tibio sabio Caldas, Camilo Torres, Carbonell y, entre otros más, Alejo Sabaraín y Policarpa Salavarrieta, “La Pola”. Había agitación, protestas, movilizaciones encabezadas por Carbonell y el cronista José María Caballero, quien legó sus apuntes históricos sobre aquellos años y episodios.

Especial rechazo recibieron las palabras del vicepresidente José Miguel Pey: “Retiraos y que no se oigan más en adelante las tumultuosas voces que el pueblo pide, el pueblo dice, el pueblo quiere. El pueblo, en auténtico “cabildo abierto”, desde abajo, exige la conducción de Nariño, que acepta la Presidencia del Estado de Cundinamarca, cuando el país se debatía entre el federalismo defendido por Camilo Torres y el centralismo defendido por Nariño, para luchar unificados por la independencia. En la medida en que la Revolución de los Comuneros produjo admiración y adhesiones, ahora con Santa Fe sucedía algo parecido. Los federales partidarios, encabezados por Camilo Torres Tenorio, lanzan un decreto: “Se declara a don Antonio Nariño usurpador y tirano”. Este había dicho, refiriéndose a Torres: “Hemos mudado de amos pero no de condición. Los mismos títulos, dignidades, preeminencia, conquistamos nuestra libertad para volver a ser lo que antes éramos”.

Eran poderosos los enemigos del gobierno de Nariño, y no sólo en Santa Fe. Los partidarios de España, y no sólo españoles, han logrado dominar el extenso Estado del Cauca, fortín de los esclavistas-mineros. Las autoridades de Cundinamarca enviaron un pequeño ejército al mando de un representante del sector criollo rico, Antonio Baraya, que obtuvo importante victoria inicial. Regresa envanecido y le pide a Nariño que se ponga a sus órdenes, pero éste subestima al aristócrata Baraya, que, presionado por sus ricos parientes, se pasa con sus tropas a los federalistas, y no fue solo éste. Los oficiales del ejército provenían de las familias ricas, que tenían mucho que defender y temían perder. Nuevos envíos de tropas para apoyar regiones solidarias con su gobierno ve repetirse la historia.

Nariño, improvisando ‘generales’, se dirige con sus tropas a Villa de Leyva. Los mandatarios federales proponen negociaciones. El 31 de julio de 1812, Nariño firma un tratado en el que hace múltiples concesiones, entre ellas reconocer la autoridad del Congreso Federal. El ministro Carbonell se opone a esos acuerdos capituladores. Nariño avanza en su retroceso, poniendo en libertad a prisioneros enemigos suyos. Se retira a su finca Fucha a reflexionar y descansar, pero Carbonell, al frente del pueblo, lo saca de allí y lo instala de nuevo en la Presidencia.

Los federalistas preparan tropas para atacar a Santa Fe. En noviembre de 1812, Nariño sale a combatirlos. Un ‘señorito’, el capitán Antonio Ricaurte, en quien Nariño tenía confianza, lo traiciona. El Precursor regresa derrotado a Bogotá.

En Santa Fe, todos los partidarios del Congreso combaten y calumnian a Nariño, que inútilmente busca alcanzar acuerdos. A las cartas insultantes responde con cortesía. Nada vale: las poderosas familias quieren todo. Nariño pierde la paciencia y arma sus tropas, de las que hacen parte su esposa Mercedes, su hijo Antonio, Policarpa Salavarrieta y su compañero Alejo Sabaraín. Surge una dura consigna: “Santafereños, perdidos por perdidos, morir matando”. El triunfo es total. Baraya y Ricaurte huyen. Nariño será duro con los poderosos y benévolo con los soldados. Se dedica a fortalecer la Presidencia y asimismo a organizarla administrativamente, pero no hay paz. El general español Sámano, que meses atrás le había jurado fidelidad a la Junta Patriótica, se levanta en armas en el sur. Nariño le propone al Congreso que las tropas de Cundinamarca enfrenten a las españolas, pues prevé el principio de la futura reconquista. Nariño se pone al frente de ellas.

Se producen combates, algunos victoriosos. Al lado de los españoles combaten los indígenas acaudillados por el guerrillero Agustín Agualongo, quienes prefieren los españoles a los criollos, a quienes ven como lo que son, mineros y latifundistas que los explotan. Nariño es víctima de la situación. En medio de cobardía y traiciones, producto de su espíritu conciliador e iluso, es puesto preso el 14 de mayo de 1813 por los jubilosos españoles. Quito, Guayaquil, Lima y finalmente Cádiz son sus cárceles, enviado a ellas 14 meses después de su captura. En esta última ciudad hay grupos políticos y militares avanzados, contrarios a la monarquía y su estela de prepotencia, feudalismo, atraso y corrupción. Este clima favoreció a Nariño, y no fue dura su prisión. Pronto se supo quién era, y los masones, uno de ellos también preso, divulga entre intelectuales y políticos progresistas quién es el Precursor, que tenía ya 53 años y una inimaginable vida de escritor, político y militar. En torno suyo, en la cárcel, los muchos visitantes lo escuchaban con respeto. Ante todos ellos, el Precursor defendió la justeza de la lucha por la independencia americana. Desde su sitio, Nariño, con el seudónimo de Enrique Samoyar, publica en periódico de Cádiz, “Carta de un Americano”, ratificando lo dicho a sus amigos. Siente su vida amenazada por los monarquistas, viaja a París y Londres, desde donde le escribe a Bolívar poniéndose a su disposición. El Libertador lo invita a regresar “por las noticias y luces que vuestra excelencia puede facilitarme”. Se encuentran en Venezuela. Bolívar le otorga la Vicepresidencia de la Gran Colombia, y en tal calidad viaja a Cúcuta a inaugurar el crucial Congreso, citado por Nariño para el 6 de mayo de 1821, congreso de luchas intestinas en el que Santander le disputa el poder a Bolívar, con el rechazo de Nariño, quien renuncia a la Vicepresidencia, asumida entonces por Santander.

Nariño es elegido Senador por Cundinamarca. Pero algunos santandereanos piden su anulación por “Malversación de fondos en 1793”; traición a la patria por “haberse entregado a los españoles”; no tener el tiempo necesario dentro de la República, habiendo estado ausente “por su gusto”. La defensa de Nariño en el Senado es contundente. Presenta proyecto de reforma constitucional y otras iniciativas. Enfermo, minada su salud por largos años de prisión, muere el 13 de diciembre de 1823.

Bibliografía

Liévano, Indalecio, Los grandes conflictos socioeconómicos de nuestra historia..
Molano, Alfonso, Biografía de Nariño.
Barón Wilches, El sino trágico de Antonio Nariño.
L. Manzini, Bolívar.

Historia de la radio comunitaria en Bogotá
Con la Sentencia 460/06, proferida por la Corte Constitucional, la posiblidad de que la radio comunitaria tenga aciento en las ciudades capitales toma cuerpo. En junio de 2007 el Ministerio de Comunicaciones abre la primera convocatoria para las mismas, ampliándola meses después para ciudades como Medellín, Cali, Bogotá y Barranquilla. Recientemente fueron seleccionadas las propuestas que respondieron a la convocatoria. En Bogotá contarémos con 4 emisoras nacidas del esfuerzo comunitario.

Historia de los altoparlantes

La radio comunitaria se gesta en la capital del país como resultado de procesos de organización social. Sus inicios se escuchan a través de altoparlantes comunales en los barrios periféricos de la ciudad. La localidad de Usme se convierte en el primer escenario donde se sueña con la posibilidad de un medio local que exprese el sentir de la gente. Allí, un grupo de jóvenes apoyados por las juntas de acción comunal y el Programa de Promoción Profesional Popular Urbano del Sena logra producir un noticiero local que se distribuye en casetes semanales a más de 30 barrios de la localidad, con el propósito de que los líderes comunales lo transmitan por sus altoparlantes todos los domingos a las 9 de la mañana.

Y entonces, luego de una histórica primera emisión de 15 minutos, esta quijotesca iniciativa se convierte en todo un acontecimiento social: la emisora por altoparlantes capta la atención de los habitantes de Usme. El domingo es todo un ritual en el que familias enteras salgan a las azoteas de sus casas, o en las puertas de sus casas, a escuchar la emisión de su noticiero comunitario.

Así nace la radio comunitaria en Bogotá, por altoparlantes. La experiencia se multiplican, con otros grupos, en otras localidades … y el sueño se vuelve colectivo. Surgen entonces experiencias similares en Ciudad Bolívar, Suba, Kennedy, Uribe Uribe, Santa Fe, incluso con algunas curiosidades: en Kennedy, alguien arma una bicicleta y le monta un parlante para salir por los barrios de Patio Bonito a contar las noticias del sector: es “La Radiocicleta”.
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