Viernes, 20 Abril 2007 19:00

La infatigable lucha de todos los días. Informe especial Primero de Mayo

Escrito por El caminante
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 Sin duda, eso pensamos los hombres que la vemos subir, a pasos frescos y lozanos, los escalones de la buseta. No paga. Da media vuelta y mira a los pasajeros con una actitud desbordada de seguridad, como quien mira a un auditorio, conociendo de pe a pa la conferencia: la misma retahíla repetida aquí y allá.

 

Al frenazo del bigotudo conductor, sus ágiles piernas se abren e inclina su cuerpo hacia delante, dando equilibrio a su graciosa humanidad. Deja escapar su brazo derecho del tirante de la maleta negra que lleva sobre sus hombros. Abriendo la cremallera, pronuncia sus primeras palabras en una voz chillona, mal usada y cansada.

 

“Señoras y señores: tengan ustedes buen día. Agradezco al señor conductor la oportunidad de subir al bus y dejarme trabajar. Yo vengo en representación de la empresa X, fabricante de útiles escolares. En esta ocasión, traemos una promoción de lápices y colores de alta calidad que voy a entregar a cada uno de ustedes sin ningún compromiso”.

 

Soportando los bruscos timonazos del bigotudo, la joven empieza su recorrido. Algunos hombres, olvidando la rítmica retahíla, reciben el lápiz, y, girando sin disimulo su cabeza, detienen la mirada en las posaderas de la chica, resaltadas por su apretado y descaderado pantalón. Ida y vuelta, aprovechan para saciar su inocultable deseo.

 

“Los invito a mirar el lápiz y golpearlo con una superficie dura, miren y comprueben la calidad del producto que ofrecemos. Esto no lo puede hacer en una papelería y mucho menos en un supermercado. El material es especial y no deja que la mina se rompa, a pesar de los golpes”. Sacando un tajalápiz de su bolsillo, empieza a sacarle punta al objeto. “Como pueden observar, al lápiz no se le cae la mina”.

 

Sacando una pequeña libreta, de la cual pasa y pasa hojas rayadas hasta encontrar una limpia, prueba el trazo del lápiz a la vista de todos. También saca un lápiz rojo, repite el procedimiento del golpe contra el tubo metálico, lo taja y raya la hoja, ya marcada hace unos segundos por rayas negras.

 

“Como pueden ver, es un lápiz de alta calidad. ¿Cuánto vale un lápiz en una papelería? ¿setecientos, ochocientos pesos? Y ustedes saben que son lápices que no duran, ya que hay que tajarlos constantemente. Pues hoy la empresa X desea que ustedes, queridos pasajeros, se lleven este producto para su casa, su trabajo o el estudio de sus hijos, a un cómodo precio de promoción: un lápiz le cuesta trescientos pesos, o para mayor economía cinco en mil. Si desea probar el producto que se lleva, con gusto lo tajamos y probamos en el papel”.

 

Muchos en la buseta sacan el solitario billete y se llevan la promoción. Antes de bajar, la vendedora les desea buen día a todos y de nuevo le agradece al conductor. La miro por la polvorienta ventana, guardando sus arrugados billetes, esperando otro conductor que la deje trabajar. No imagino su nombre: es otra NN de las estadísticas; otra colombiana que se levanta en la mañana con la esperanza de conseguir unos pesos para sobrevivir.

 

Imagino que ella desearía ser la hija a quien le llevan el lápiz, para tajarlo todos los días sentada en un pupitre de cualquier salón universitario. Imagino que hace mucho no usa un lápiz para hacer la figura de unos vanidosos números que complican la vida en las operaciones matemáticas, o para escribir vocales y letras que expresen una idea o perpetúen en el papel los efímeros sueños del espíritu.

 

¿Cómo creer en las cifras que hablan de disminución de la pobreza? ¿Cómo creer en que la economía crece prósperamente año a año, cuando millones se rompen el lomo por un pan? Lo único claro, a la luz de la más simple razón, es que unos pocos se están enriqueciendo, y no creo que sean los que van conmigo en la buseta, quienes pensaron dos veces antes de guardar el billete o aprovechar la promoción.

 

Las cifras ostentosas y maquilladas del Dane y de Planeación Nacional no debieran alardear de unos ridículos números que hablan de la supuesta reducción de la pobreza; debería mostrar con orgullo el tesón y coraje de millones de colombianos que, a pesar de las inclemencias de la pobreza, no se dejan morir de hambre y, por si fuera poco, tienen energía para reír de vez en cuando.

 

A pocas cuadras, el conductor detiene la buseta. Un hombre con guitarra sube y se para apoyado en el espaldar de una silla; saluda y le da gracias al conductor por dejarlo trabajar. En este país de hermanos, los que dan empleo son los humildes buseteros y no los avaros capitalistas.

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