Miércoles, 23 Mayo 2007 19:00

El libro por un lado, la reflexión por otro. Feria Internacional del Libro 2007

Escrito por Paulina Tamayo
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Como si se tratara de un video ya proyectado, la Feria guarda año tras año el mismo esquema: áreas decoradas de manera uniforme, escaso espacio para la tertulia, y mínima cantidad de foros y debates polémicos. Tal vez lo único ‘novedoso’ es que cada año las grandes empresas editoriales ocupan más espacio, y las pequeñas desaparecen o quedan relegadas a rincones o segundos pisos, adonde muy poca gente concurre.

 

En realidad, la Feria del Libro de Bogotá no es un evento de hondo sentido cultural, que por demás parta de una política de ese tenor en una ciudad y un país preocupados por estimular la reflexión, la multiplicación de la edición y el encuentro de ideas. No. La Feria simplemente es una gran librería adecuada para 10 ó 15 días de ventas al detal o al por mayor. Con muy buenos rendimientos para los dueños de la Cámara de Comercio de la ciudad, que es la dueña de Corferias, pues no sólo alquilan el metro cuadrado a precios altísimos sino que además cobran a precios también altísimos el ingreso del público al recinto ferial.

 

Pero este año se esperaba que todo fuera distinto. El hecho de que Bogotá asumiera como Capital Mundial del Libro creaba expectativas: por ejemplo, que el ingreso a la Feria fuera gratuito, que se invitara a investigadores polémicos que disertaran y compartieran con el público, que por cuenta de la ciudad se entregaran libros sin ningún costo a todos los visitantes de la Feria, y que se les brindara apoyo económico a los libreros independientes, de suerte que éstos encontraran un aire fresco para continuar con su aporte a la ciudad, labor en la cual están cada vez más arrinconados.

 

Eso era lo mínimo que se esperaba. Pero ni lo uno ni lo otro. “Bogotá Capital Mundial del Libro” se redujo a un eslogan, un acto formal, unas declaraciones, una reseña televisiva… ¡y nada más! El ingreso a la Feria, en contravía de múltiples eventos análogos en todo el mundo, continuó costando, esta vez siete mil pesos, y por esta vía excluyendo a gran parte de los habitantes de Bogotá. El “máximo intelectual” con que contó el evento, de acuerdo con los organizadores y el récord de visitas, fue Roberto Gómez Bolaños (El Chavo). La política de apoyo a los pequeños libreros y editores ni siquiera fue considerada. Y los libros se guardaron para el Campín, para la foto. El 6 de mayo, con el más simple de los sentidos de la cultura-espectáculo, la Alcaldía quiso tomar la foto de Bogotá Capital Mundial del Libro, con miles de aficionados al gol blandiendo libros al viento.

 

En realidad, no importa establecer dónde están las necesidades culturales de la ciudad. El libro va por un lado y la reflexión por otro. El espectáculo es lo que tiene sentido.

 

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