Jueves, 22 Abril 2010 17:14

La mujer en la amenazada casa planetaria

Escrito por Ancízar Cadavid Restrepo
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En las semanas que suceden a la fiesta de la Pascua cristiana, entra inocultablemente en escena la mujer. De hecho, en los relatos evangélicos de los acontecimientos posteriores a la crucifixión de Jesús que se evocan en las liturgias, siempre son ellas las primeras en llegar al sepulcro. Los varones miran de lejos y se quedan más o menos escondidos por miedo a las represalias de los incondicionales del Imperio Romano. Y son ellas quienes salen presurosas a alentar con buenas noticias a los demás discípulos encerrados en sus miedos1.

Son muchos los episodios de la vida de Jesús que lo muestran bastante libre para criticar y combatir los mitos de la cultura. Y sobre todo cuando esos mitos amenazan o destruyen la integridad y la vida de otros seres humanos, cuando los sojuzgan, los señalan, los estigmatizan y los condenan. En ese contexto es particularmente elocuente un episodio en el que Jesús arremete, irreverente, contra una turba de sabios podridos en sus verdades a medias que amenazan de muerte a una mujer “sorprendida en adulterio”: Jesús se inclina, sin mirarlos, y se pone a jugar con tierra en el suelo como el niño que no quiere escuchar desaliñadas cantaletas de adultos. Sólo se yergue para mirar con ojos de fuego y para sacudir el mito de “la mujer perversa” con palabras fulminantes: “El que no tenga pecado que lance la primera piedra”. Y empezó el desfile de desvergonzados machos míticos. Sólo cuando se queda frente a la mujer recobra la compostura y se hace de nuevo digno y manso, y cálido, y dulce en la mirada, y acariciador en la palabra. Y le da un mandato limpio y transparente. Ese mandato es de tal dignidad, fecundidad y hondura, que bien valiera por todo el Evangelio: ¡Levántate que yo no puedo condenarte, sigue tu camino y no dejes que te roben tu dignidad!2.

Mientras el planeta arde y sus alaridos son de emergencia, la mujer sigue siendo postergada, aprovechada, utilizada, esquilmada y negada. En todo el planeta es más pobre que los hombres, y no se le concede igualdad de condiciones para acceder a la educación y la cultura, y se limita su participación en las decisiones, y se le confina a la casa y las tareas domésticas, y las religiones la consideran en mancha desde el principio, concupiscente y principio de pecado y seducción para el mal, y se predica que la mujer que gobierna su cuerpo y ama con su cuerpo es adúltera y sucia, y se concluye fatalmente que la mujer que se afirma como sujeto y gobierna su pensamiento, sus emociones, su sexualidad y su fecundidad biológica ha de padecer condenas, estigmas, afrentas, soledad y juicio de las turbas intransigentes.

¡Tan letal como la emergencia planetaria es la negación de la mujer! Y tan letal como esa negación, lo demás: pobreza creciente, inequitativo reparto de los bienes y de las rentas; producción y consumo irracionales, insostenibles; superpoblación sin señales de racionalidad, continentes enteros sin acceso al agua potable; contaminación de fuentes, ríos, lagos y mares, calentamiento global, deshielo de los glaciares continentales, Ártico y Antártico, acumulación de desechos, invasión de rayos solares ultravioleta por el roto en la capa de ozono que nos protege. Todo eso y más tenía que sucederle a una sociedad humana que, organizada por machos, se hizo capaz de negar al 54 por ciento de su población, que son las mujeres. Mientras tanto, desde muchos lados del pensamiento concordamos en una suposición esperanzadora: tal vez la mujer sea capaz natural de ponerle racionalidad y orden a estos procesos de caos, enfermedad y muerte.

Más de 2000 años antes de esta posmodernidad agónica y letal, Jesús lo entendió y lo puso en obra: levantó a la mujer, la puso a caminar otra vez y la alentó para la dura tarea de reconquistar la dignidad que los mitos de las culturas le habían robado. Levántate –le dijo–, sigue de nuevo tu camino y no te dejes robar tu dignidad. Hay razones objetivas para sentir, desde los contextos de mayor pobreza y opresión, que ellas saldrán otra vez presurosas a alentar con buenas noticias a los demás discípulos enclaustrados en sus miedos.

1    Ver: Lucas 24, 1-11; Juan 20, 1-2; Mateo 28, 1-8; Marcos 16, 1-8.
2    El pasaje en mención se encuentra en Juan 8, 3-11.
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