Sábado, 22 Septiembre 2007 19:00

El Dane, Uribe y los desocupados. Muchos más colombianos tienen que vivir con menos

Escrito por Álvaro Sanabria Duque
Valora este artículo
(0 votos)

La última controversia sobre la cifras del Dane ha girado alrededor de la pobre reducción de las tasas de desempleo que aparentemente contrastan con un crecimiento sostenido trimestral de más del 7 por ciento. En efecto, desde agosto se inicia un proceso de pérdida de puestos de trabajo que no tenía lugar desde el mismo mes de 2003, debido en lo esencial al comportamiento negativo del empleo en el sector rural y en las cabeceras de los municipios más pequeños, que no pudo ser compensado con los magros resultados positivos (en cuanto a creación de puestos de trabajo) de los 13 conglomerados urbanos más grandes del país.

 

No cabe duda de que si se mira el problema desde una perspectiva regional, sectorial y grupal, lo aparentemente contradictorio pierde tal connotación. Si, por ejemplo, tal como se dice arriba, las cifras del Dane sostienen que la disminución del empleo se ha concentrado en las áreas rurales y en las cabeceras de los municipios más pequeños, esto concuerda perfectamente con la debilidad de la agricultura, la contracción de los cultivos de ciclo corto y la tendencia a sustituírseles por productos de plantación (verbigracia, la palma africana), cuya maduración es tardía y además tienen la característica de ser poco intensivos en mano de obra. De los 528 mil puestos de trabajo perdidos en el último año, poco más de 251 mil corresponden al campo, lo que de por sí no tiene que sonar extraño.

 

De otro lado, el repunte del precio internacional de las materias primas en un país que concentra su economía de exportación en el petróleo y sus derivados, el carbón y el ferroníquel, puede hacerlo ‘crecer’ sin que el empleo tenga necesariamente que mejorar. Por la misma razón, tampoco es de extrañar que las reformas laborales, que no han tenido objeto distinto del de abaratar aún más la fuerza de trabajo, se conviertan en saludos a la bandera cuando de crear puestos de trabajo se trata. El comportamiento del empleo, luego de la reforma laboral de 2002, que extendió los períodos de la jornada de trabajo para disminuir los pagos por horas extras y que abarató los despidos, tan solo consiguió consolidar las cifras del subempleo, que también se muestran crecientes (en valores absolutos, según el Dane, el número de subempleados se elevó en 589.600 en el último año).

 

La otra cifra del escándalo tiene que ver con lo que técnicamente se llama tasa global de participación, que relaciona la población económicamente activa con la población en edad de trabajar, y que en últimas señala cuantas personas de cada 100 que tienen edad de trabajar están haciéndolo. Pues bien, esa tasa ha venido mostrando un descenso significativo desde finales de 2003, en el que de un valor máximo de 63 por ciento se llega a valores de 56,8 y 56,9 en el último trimestre de 2006 y primero de 2007. Esto significa, en plata blanca, que quienes tienen el ‘privilegio’ de laborar sostienen un número mayor de personas. O, en otras palabras, que en términos absolutos muchos más colombianos tienen que vivir con menos.

 

La tasa de ocupación entonces cae y las personas inactivas aumentan en 11,4 por ciento si se comparan el primer trimestre de 2006 con el primero de 2007, desnudándose un hecho sobre el que muy poco voltean los analistas, y es el de los expulsados del sistema económico o parias absolutos, que ni siquiera funcionan como ofertade fuerza de trabajo, pues por diversas razones dejan de hacer parte del mercado laboral.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahora bien, la crisis no se limita al sector rural, que ve un proceso de sustitución de cultivos con una importante intensidad de fuerza de trabajo por otros que no la tienen, pues también toca a la industria, que con la fuerte revaluación del peso siente intensificada la competencia con un crecimiento nada despreciable de las importaciones, no sólo de bienes finales sino asimismo de bienes intermedios que sustituyen producción nacional.

 

Por ello, las explicaciones sobre el ‘extraño’ comportamiento del mercado laboral no deben buscarse en las fallas técnicas de la recolección de los datos sino en una estructura perversa de la economía que carga siempre sobre los hombros de los trabajadores los mal llamados ajustes.

 

En la lucha contra el trabajo, la llamada flexibilización laboral se ha traducido en el aumento de la temporalidad y el trabajo parcial, es decir, en la contratación a término definido, en el mejor de los casos, o a trabajos de jornada incompleta que han hecho que incluso las relaciones contractuales formales sean absolutamente leoninas para los trabajadores. Este factor parte de una consideración ideológica, sancionada por la academia oficial, según la cual las remuneraciones de los trabajadores y sus actuaciones son antisociales. Jamás se considera que un crecimiento de las ganancias sea negativo ni ‘inflacionario’, mientras a los salarios se les muestra como el ave negra de las variables económicas.

 

Es así como en el último congreso de la Asociación de Exportadores, éstos le reclaman al Presidente que, dada la revaluación del peso, se debe propugnar por una contracción del ‘alza’ de los salarios (!) en razón de que si se traducen a dólares éstos no se han deprimido lo suficiente, restando competitividad a las exportaciones. Y lo que uno se pregunta es si, cuando la devaluación del peso fue la norma, los exportadores abogaron por que se les pusieran impuestos sobre sus ganancias multiplicadas en pesos. O si en la actualidad se debe hacer eso sobre el componente importado de sus producciones. Pero sobre esto nada dicen nuestros tecnócratas, quienes consideran que sus axiomas son ciencia revelada y verdad objetiva, desnuda de ideología, cuando abogar por las ganancias en detrimento del salario no pasa de ser una petición de principio tan comprometida como cualquier otra. Así que, aunque disfracen de ciencia sus opiniones, lo que no se puede ocultar es el sesgo definitivamente antitrabajador de todos los economistas oficiales y oficiosos, y de los ejecutores de política económica.

 

Pero como se trata es de maquillar con estadísticas y argumentos traídos de los cabellos lo que se quiere ocultar de la realidad, en forma análoga a como se ha venido ganando la guerra desde los noticieros, quién quita que los nuevos directivos del Dane eliminen por decreto la pobreza y el desempleo. ¿Estaremos dispuestos los colombianos a soportar ese tipo de reality shows? Amanecerá y veremos.

Visto 3537 veces

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.