Sábado, 22 Septiembre 2007 19:00

De juegos, perfiles y panoramas sombríos

Escrito por Salvador Verdugo
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Piedad produce ruido, y es ruido, porque no armoniza con las voces de quienes la rodean. Esto la lleva a ser vilipendiada, caricaturizada y hasta descalificada. Todo porque convierte  nuestro escenario público, adverso para ella, en factor de fortaleza. Afrodescendiente declarada y activista, de un departamento pobre, olvidado y sin trascendencia política, nunca ha querido encajar donde debería estar encasillada. Jamás se conforma  con cumplir un fijo y predeterminado rol. No es dócil ni sumisa. Menos, conforme y humilde. No calla lo que siente y piensa. Asimismo, le gustan los compromisos sociales; se ata a ellos como retos. De ahí que desde hace ya mucho tiempo oficie de piedra en el zapato de este gobierno. Difícilmente la oficialidad ha logrado contenerla.

 

Ahora, en estos tiempos. Y acá, en este país (donde la impunidad obra como elegante forma de defender la institucionalidad), se han juntado voces que quisieran llevarla al patíbulo. Y no se trata de voces cualesquiera: el coro es de tonos poderosos. No se le perdona que en el ejercicio democrático del disentir, que ella ha optado con solvencia, se atreva a mostrar las llagas que por todas partes manchan el manto sagrado que reviste nuestra enferma gobernabilidad. Lo ha hecho donde la labor de asepsia empieza por los medios –en su totalidad, oficiales, oficiosos–; y termina en el Congreso, donde con prebendas e incentivos se recubren los meas culpas. Y lo hace afuera, allende las fronteras, donde es evidente que ni los medios ni los congresistas tienen esa facilidad de maniobra para encubrir la vergüenza.

 

Porque se ha encontrado que nuestra gran fragilidad es justo la fachada que nos recubre; porque se evidencia el pánico, el aspaviento y la iracundia que genera el hecho de que otros sepan que tras las conquistas –que tanto celebramos con pompas y oropeles mediáticos– existe una historia de infinitas miserias. Ominosa relación con la verdad, la nuestra. En vez de ser lugar de reflexión, principio de liberación, ocasión para el resurgimiento, se nos invita a enterrarla como cobardía. La consigna, el rictus, son perfectamente infalibles: ¡echad tierra, cubrid esos muertos y, si es posible, blanquead las tumbas…!

 

La negra Piedad, como era de esperarse, no asimila este mandato estratégico. Mucho les debe a los grupos de mujeres, a las comunidades de desplazados y las víctimas de esas zonas que la apoyan, como para llegar a traicionar su drama y disimular su dolor. De ellos ha extraído la contundencia de sus acusaciones. No ha tenido otro camino.

 

Ahora bien. Si por sus actos se conoce a las personas, ¿quién puede olvidar que fue Carlos Castaño quien ordenó su secuestro para poder reprocharle su carácter irredimible? Y allí, prisionera y sometida, en las propias huestes del paramilitarismo (por allá, en la nudosa cordillera donde se firman tantos acuerdos de refundación de la Patria), enfrentó a su raptor, desnudándole el verdadero lugar estratégico que ocupaba su siniestra tarea. Según Castaño –en publicitada entrevista televisiva–, hasta entonces nadie le había evidenciado que tarde o temprano, ellos serían absorbidos, liquidados y traicionados por el gran establecimiento al que tan caro servicio le prestaban; ese mismo stablishment al que sólo le servía su labor de limpieza social disfrazada de contrainsurgencia. Que en el juego de intereses sobre nuestro escenario político, él y sus amigos hacían de comodines funcionales. Y reconoció que ella le pronosticó un destino similar al de Pablo Escobar, Gacha y los Rodríguez Orejuela. Todo porque ese establecimiento es cerrado y tiende a olvidar las lealtades. Todo porque, además, es escrupuloso y vergonzante. Olvida pronto sus filiaciones secretas, y, contra todo, jamás estará dispuesto a compartir espacios y privilegios. Se dice, y en parte lo reconoció Castaño, esa actitud le valió para no ser ejecutada.

 

Segundo perfil: la jugada

 

Ahora bien, para qué toda esta antesala si no es para preguntarnos ¿cómo se puede pensar que Piedad Córdoba cumpla un papel en el tema del intercambio humanitario? O, más específico aún, ¿a qué juega este gobierno al involucrar a sus adversarios políticos en la trama de sus designios? Comprendemos mejor esto si se analiza el hecho de que este gobierno tiene una larga tradición en el manejo pragmático de fichas que resulten útiles a sus propósitos. Y es tal vez ahí donde veríamos la intención secreta de la nueva maniobra.

 

Más allá de los efectos mediáticos –que siempre tienden a salvar y favorecer su imagen–, este gobierno tiene en su haber un buen número de personajes a los que sitúa y pone a figurar según sus necesidades políticas. Basta pensar en el lugar de un vicepresidente y un ministro extraídos de la casta familiar del periodismo, para efectos de amarrar la opinión y catapultar sus consignas. Dígase algo sobre la forma de acolitar disidencias en un partido –hasta hace poco tradicionalmente mayoritario– para formar coaliciones segmentadas y ambiciosas que avalan ciegamente sus proyectos. Concíbase el hecho de hacer de un partido en desgracia –en verdadera vía de extinción, pero con ministro a bordo– su principal aliado: el nicho de fortaleza para su vocación de estirpe goda y autoritaria (la fuerza que decide, según el eslogan).

 

¿Habrá que hacer una abstracción de alta inteligencia para entender por qué se nombra a un ex rehén de la guerrilla como Ministro de Relaciones Exteriores? ¿Por qué un secuestrado fugitivo pasa a ocupar una suerte de cancillería ambulante, portadora de la imagen–discurso que contrapone libertad y terrorismo? ¿Acaso ambos no fueron presentados en la antesala de la entrevista del Presidente y el profesor Moncayo, como forma de neutralizar a un público que clamaba por el acuerdo humanitario?… Y cualquiera se ingenia la maliciosa pregunta ¿Qué hace un monje-soldado del Opus Dei en la oficina de prensa si no es porque en la obediencia ciega y en el comportamiento gregario quedan bien selladas las intrigas palaciegas? Y ni se crea que esta especie de malabarismo nominativo se haya agotado con el nombramiento –en tiempos de crisis de imagen internacional y ante presiones del Congreso estadounidense– de una negra en la cartera de Cultura. Seguro vendrán. Y es tal vez éste el actual caso.

 

En verdad, en el estilo de juego del gobierno, cualquiera puede ocupar una plaza. Cualquiera –aliado o detractor– puede, dadas específicas circunstancias, desempeñar una función útil y benemérita que ensalce la realización de sus fines. Pragmatismo crudo del poder, dirían unos. Pero tal destreza –artilugio no exclusivo de Uribe– sería indigna de análisis si no fuera porque, cuando se trata de apaciguar voces disidentes, neutralizar adversarios, o aplacar críticos y diluir oponentes, este gobierno le da un matiz particular. Con ellos se practica un exorcismo muy curioso: se invitan y ofertan para cumplir delicadas misiones, a lo cual ellos deben responder con gesto de desprendimiento personal a modo de “sacrificio patriótico”. De hecho, algunos ceden. Pero a la larga, mientras con estas jugadas es el gobierno quien obtiene todos los réditos, a ellos por lo regular tal experiencia les resulta suficientemente ingrata. A la sazón, todo aquel que participad en este mandato, así sea del modo más precario, queda maniatado a él, y en alguna forma pierde toda legitimidad para contradecirlo. Difícilmente, incluso, recuperan su imagen social.

 

Ahí esta la gracia del juego. Los casos del ex presidente Pastrana y Horacio Serpa dan fe de esta infalible estrategia. ¡Cuánto les ha costado haber avalado la gestión de gobierno por un solo hecho: recibir credenciales diplomáticas!

 

Tercer perfil: el artista

 

Bajo estas premisas, engañan quienes aúpan sus voces buscando dirigir la opinión bajo la sesgada idea de que el mandatario realiza una jugada suicida. Todo lo contrario. Estamos ante uno de esos artistas que conocen y manejan a la perfección las mañas de la plaza pública. A veces esgrime un verbo seductor e irascible con el que logra confundir a los parroquianos recién salidos de misa; a veces hace el simulacro de jugarse la vida con serpientes dopadas. Pero siempre se tercia un carriel en el que guarda –con la aguja capotera y la estampita del Sagrado Corazón– cartas marcadas y dados previamente cargados. Depende.

 

Hoy quiere mostrarnos lo habilidoso de manos que se requiere para saber “dónde está la bolita”. Era ésta la clave del programado artificio. Y, de entrada, ya se dio un esperado resultado. Con un publicitado beso a la negra Piedad en la instalación del Congreso, ya bajaba la guardia. Luego, cuando a través de los medios se le vio declararse ‘chavista’, la llamó y le ofreció el encargo. Ella, por supuesto, más que sorprendida, conmovida, aceptó el reto. El vínculo con el presidente venezolano ya estaba extendido. Por esta vía había que establecer el puente con las Farc en el tema de la liberación de los secuestrados.

 

Y he aquí cómo, por arte de magia, la dupla Piedad–Chávez liberará al gobierno del desgaste de imagen que tanto le viene costando, no sólo en lo nacional sino también, y cada día más crecientemente, en lo plano internacional –donde más se siente mortificado. Serán ellos entonces quienes en tiempos venideros asuman esa pesada carga, la fastidiosa tarea de dar la cara al cúmulo de familiares angustiados y organismos internacionales que hasta hoy han sido tan perspicaces con esta política de devaste. Y téngase bien claro: no es ésta la primera ocasión en que Uribe les delega el trabajo sucio a otras personas, para quedar limpio en sus intenciones. Será Chávez, en últimas, quien mirará de frente a la bestia negra de los colombianos y conocerá sus fauces. ¡Qué truco!

 

Habrá, pues, que aclarar: no hemos importado el Caballo de Troya para anclarlo en el corazón de nuestro patio. Lo contrario. Ha sido empaquetado aquí y enviado al Palacio de Miraflores, muy, pero muy envenenado. Más allá de que a Chávez, con todo y su potencial carismático, se le otorgue carta de plena credibilidad para establecer vínculos de acercamiento en el tema del acuerdo, ya se sabe que nada podrá hacer, más allá de dar un respiro, de aliviar el deterioro que hoy sufre este régimen. Parapolítica, infiltraciones mafiosas en el establecimiento, Moncayos, desplazamientos e indultos disimulados: todo perderá protagonismo. Habrá una especie de pausa para reacomodar las cosas, mientras los medios dirigen su atención hacia el país hermano, donde quizá podría cocinarse la idea del tan anhelado regreso de los cautivos.

 

De Chávez será el desgaste. Y suyo será, también, el desprestigio y posible enlodamiento de imagen.

 

Puro efecto de superficie para ocultar la fuerza de las aguas subterráneas y profundas en que navegamos. Porque, con la parafernalia del encuentro presidencial reciente; con todo y que de allí sale un personaje reconocido internacionalmente y con carta blanca para propiciar acercamientos que este gobierno no ha querido realizar. Con todo y eso, ya lleva en su agenda los puntos inamovibles sobre los que el régimen no querrá ceder. Y es precisamente cuando se llegue a esos puntos que el panorama se oscurecerá de nuevo.

 

Cuarto perfil: en terrenos sombríos

 

Para una gran mayoría de colombianos (aquellos que no hacen parte de la impresionante cadena que logra réditos en la continuación de la guerra, que no son pocos), no cabe duda de que, si se lograra pactar el intercambio, se crearía a la vez un ambiente de distensión que nos haría soñar en una paz negociada. Pero ese clima de distensión no se propicia sólo certificando emisarios que brinden confianza y tengan suficiente carisma para acercarse al adversario. La credibilidad no hay que brindársela al interlocutor, al mediador o facilitador de un mensaje. Tanto, o mucho más que a éste, también hay que otorgársela, por principio, al presunto destinatario. Lo que no sucede en este caso.

 

El tema de una franja de territorio donde se pueda realizar la liberación volverá, inevitablemente, a desnudar el juego de “negación del otro” como legítima contraparte. Y por más que el Presidente tenga como Consejero de Paz a un psiquiatra. Poco le sirve para entender una negación enfermiza (psicótica, en su propio lenguaje) de la realidad.

 

Este mandato, que juró solemnemente aniquilar ‘la plaga de las guerrillas’; que prometió borrar sus huellas de la patria sacrificada; al que –siempre bajo esta égida– se le toleró maquinar el Congreso y alcanzar una reforma de la Carta Política que permitiera su reelección… Todo esto, siempre con la ilusión de que un segundo período le daría el tiempo necesario para cumplir tamaño empeño. Este gobierno, pues, no aceptará hacer una concesión que, a la luz pública, expondría directamente su impotencia para llevar a cabo su cometido. A no ser que alguien le hiciera el favor de lograr una liberación de rehenes, expedita y sin concesiones. Así, claro está, ya sin rehenes mezclados en las mesnadas enemigas, se tendría vía libre para realizar su idea febril de bombardear las selvas y precipitar el holocausto indiscriminado. ¿Quién caerá en la trampa?

 

El equívoco generalizado –del que no queremos zafarnos– es que al eln y mucho más a las farc se les ha querido negar su condición de fuerza beligerante. Se les quiere borrar, por gracia del lenguaje occidental imperante, su status y su vocación histórica de poder. Hoy se les llama terroristas. Y, lo que es peor –tendríamos que aceptarlo–, también hemos creído que el estado de cosas de nuestra inicua y desequilibrada sociedad no les permite recabar en su discurso restaurador y justiciero. Por más trasnochada que parezca su disertación, en la materialidad de nuestra vida cotidiana encuentran elementos suficientes para seguir sosteniendo su proyecto. Con todo, no pudiendo vencérseles y aniquilárseles –sueño dorado del régimen y pesadilla que le sobresalta–, se les quiere brindar un status híbrido: el de insumisos que no aceptan la benignidad de un posible perdón para sus vidas. Situación que los ofende.

 

Ellos saben que no están vencidos; que es mucho el territorio nacional donde operan como fuerza constituyente. Y que, cada vez que se les permita, harán ostentación de su capacidad de tocar la sensibilidad de quienes con tanto frenesí los combaten. Responderán con el mismo fuego paranoico del enemigo. Y anunciarán, eso sí –ya lo han hecho–, que esperan el turno de un gobierno que llame las cosas por su nombre y que esté dispuesto a anteponer el bien sagrado de los dolientes por la imagen narcisista del poder que representa.

 

Hugo Chávez tendrá que escuchar estas y otras exposiciones: minucias de una ignominia apenas digna de una historia de la infamia. Y no se sabe hasta qué punto nuestra sociedad esté dispuesta a aceptar que sea un mandatario vecino el que exponga esa serie de recados. ¡Vaya bomba mediática la que se armará cuando se diga que es imposible que los pecados internos se confiesen por fuera! Y que alguien, en quien se deposita toda la confianza, venga a entremeterse descaradamente en asuntos que no le competen… El descrédito será siempre para Chávez… Y para la negra Piedad… a quien, además de infidente, se le acusará de traidora.

 

Entonces resplandecerá esa imagen de enemigos potenciales que hoy simplemente se aplaca apenas prudentemente. Pero que, en el fondo, es únicamente un gesto solapado y traicionero.

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