Miércoles, 21 Noviembre 2007 19:00

Entre dioses y hecatombes

Escrito por Salvador Verdugo
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Sólo uno de estos entes requería genuinas ofrendas de sangre. Algunos relatos lo ubican tomando partido en episodios donde la muerte era la moneda corriente con la que los hombres pagaban sus auxilios. Este era Ares, dios de la guerra y furor de las batallas, siempre distinguido por su índole insaciable y pendenciera. El culto a esta inteligencia superior no se satisfacía con la simple liturgia: el rito se desarrollaba como práctica, como acción en desarrollo. El fruto del combate, es decir, la muerte, era su único paliativo. Según dicen los más elementales diccionarios, se acompañaba de otras deidades menores pero concluyentes: Deimo (temor), y Fobo (terror)… Con razón es fácil traducir que en las escenas de combate intensivo reine la zozobra, mientras un dios único se alimenta… La hecatombe, como el holocausto, comparten un mismo terreno simbólico: son la ofrenda de los hombres al dios que rige la guerra.

 

¿A quién teme?

 

Por extraña que parezca la ligereza con que el actual gobierno ha utilizado la expresión de hecatombe - cuando avista a corto plazo su propia ausencia en el solio del poder-, no sabe uno si admirarse por la ignorancia léxica y semántica (en verdad es una expresión que lo delata); o por la engañifa con la que quiere montar el espectáculo de distracción que le permita catapultarse hacia una nueva reelección.

 

Quien teme la hecatombe, teme lo peor. Y es en ese punto donde vale la pena preguntarse: ¿a qué le teme el ente que hoy habita el Palacio de Nariño? ¿A qué obedece su iracundia y su actual encono? ¿A qué se debe la sarta de escarnios que lanza, a diestra y siniestra, contra todo lo que no sea acatamiento a su voz incontestable?… Cualquiera, de una manera desprevenida, quisiera creer que le asisten temores de acontecimientos aciagos y tenebrosos que provienen del terreno donde él se maneja: el conflicto armado… Pero, no. No se trata de eso. Sus aurigas, sus amanuenses, sus voceros y él mismo, siempre pregonan que todo a su alrededor son cánticos triunfantes. Que todo son salvas y vítores… Y, si esto es así… ¿Qué es lo que perturba sus laureles?

 

El enigma pareciera complicado. Pero un poco de argumento, nos podría encaminar hacia un buen diagnóstico. Propongo tomar estas dos imágenes.

 

El primero, el triunfo de la izquierda democrática en la ciudad capital. Ese es un asunto serio y delicado para el adalid de la seguridad democrática (recordemos que esta es una variable de lo que antes se llamaba Estatuto de seguridad o del Estatuto Antiterrorista, una vieja y nefasta escuela, hoy maquillada por el lenguaje del poder hegemónico globalizante). Casi un millón de votos, no son cifra despreciable, ni tan manipulable como las cifras del Dane (así sea a costa de rodar cabezas). Es un dato que muestra el arribo de un criterio del manejo político cada vez más ilustrado, más racional, menos apasionado. Y lo peor, muestran el apoyo, en ascenso, a una gestión que se ha mostrado capaz de ser eficaz, responsable y transparente… ¡Y lo mejor!... dispuesta a seguir enfrentando los grandes retos de la nación bajo las premisas del compromiso social como trabajo de “inclusión”. Eso, desde luego, le huele mal a nuestro mandatario, tan acostumbrado a la pertenencia exclusiva, es decir, a la consolidación de los privilegios con sustento en la miseria, al manejo mimado y por lo mismo, excluyente, de la misión pública.

 

El triunfo del Polo Democrático en Bogotá, es un hecho contundente que debió provocar gritos ahogados de frustración. Alaridos que, así contenidos, son fáciles de somatizar. Así es difícil conciliar el sueño y, si alcanza, deviene en delirio onírico: ¿Cómo identificarlos? ¿A través de qué estrategia neutralizarlos?... ¡Están aquí… Están aquí!... ¡Se están tomando la casa!… ¿Están acá, nos están rodeando?... ¿Qué hacer, si no se pueden bombardear! ¿Cómo, entonces?... ¿Cómo?... Para quienes dudan que el gobierno padece de una negación sicótica de la realidad, ahí les va este ejemplo: a estas alturas no ha recibido al alcalde electo. Para qué más.

 

El otro aspecto tiene que ver con la justicia, es decir, con su componente más preciado: el establecimiento de la verdad.

 

Es así que existe una especie de verdad, cuya existencia pareciera estar cercando los círculos presidenciales. Una verdad jurídica; una verdad procesal. Esa que, paso a paso y expediente tras expediente, está configurando el rostro oculto de la política de seguridad nacional. Y es ella, la justicia, la que está manejando las evidencias que remontan al secreto que tanto se trata de ocultar. Juegos de alianzas, complicidades macabras, intereses mezquinos, están siendo minuciosamente develados; y con ellos, el costo infame de sufrimiento, de desarraigo, de dolor, de iniquidad y hambre al que están siendo sometidos los menos favorecidos. Esa verdad está quedando en manos de los jueces, y con ella, por fin, se está reconstruyendo ese mosaico protervo de nuestra verdad histórica; la misma que tenemos el deber moral de ensañar a nuestros hijos y glosar para las futuras generaciones, como la forma más elegante en que se ha presentado la barbarie en nuestro país.

 

Porque esta verdad está siendo relatada por boca de sus verdaderos protagonistas: las viudas, las madres, los huérfanos… Es decir, por las víctimas y por uno que otro victimario confeso. Quienes, a pesar de su aparente aislamiento, están mostrando la conexión sináptica de una red, tan deplorable como tétrica, que está dispuesta a jugarse el todo por el todo para encubrir sus rostros.

 

La información sobre esa red, muestra a las claras sus cercanías al gobierno: a sus aliados, a sus ideólogos, a sus financiadores y promotores..... ¡Esa verdad, está quedando en manos de nuestros jueces y magistrados, se está convirtiendo en una verdad incómoda!... De ahí su decisión de pasar a la ofensiva. De ahí, su decidida estrategia de entrar a desprestigiar la labor de la justicia.

 

Sí, la justicia está amenazada. No sólo en su institucionalidad, sino que también en el carácter eminentemente simbólico y eficaz de su papel dentro de la sociedad. Hay que ser muy avieso, como para señalar que la actual tarea de la Corte Suprema de Justicia es una labor golpista del Estado Social de Derecho. Hay que ser un caradura, como para tildar a los más altos magistrados de estar actuando bajo sesgos ideológicos trasnochados y por medios indecentes e ilegítimos. Hay que estar preso de un recelo muy intenso, hay que proteger secretos e intereses demasiado escandalosos, como para atreverse al intento de indisponer a la comunidad contra la más cara de sus majestades: la Justicia.

 

Este ataque y su vehemencia redundan en un único objetivo. No puede existir otro. Se está perdiendo la legitimidad de su discurso. La civilidad política y la justicia social, están ganando demasiado terreno.

 

Eso suena injurioso para quien tiene comprometida su gestión al círculo vicioso de la violencia como venganza. ¿Qué hacer cuando la guerra deje de ser un estandarte y la retaliación una misión? ¿Qué hacer cuando se pierda mi historia, mi razón y la razón de mi historia? ¿Cómo reaccionar, cuando se atreven a decir que estoy colocando instrumentos jurídicos –“creados supuestamente para conjurar el delito”– para salvaguardar la impunidad absoluta de aquellos que atrozmente han deshonrado a la sociedad?… Pues reacciono y contraataco. Yo digo que tengo mi verdad y la interpreto mejor que los jueces: se trata de reacciones institucionales moralmente válidas...

 

Este gobierno olvida algo que conocen muy bien los etnólogos y los antropólogos: que sólo el sistema judicial puede romper con la escalada de la violencia; que sólo él –por más precario que sea–, puede mostrar su eficacia en la medida que desplace la venganza y las retaliaciones como mecanismos privados de justicia: ellas son una amenaza más severa para la misma colectividad. Sólo el sistema judicial puede trasmutar la venganza “privada” en “pública” (de ahí la expresión, vindicta pública), para de esta manera alejar a la comunidad de un círculo de retroalimentación que, a la vez, puede desintegrarla. El sistema judicial, pues, es el único mecanismo eficaz de supresión del avance sin límite de la violencia. No es que la suprima del todo, no, simplemente la canaliza, la limita efectivamente a una serie de sanciones como resultado de un delicado establecimiento de la verdad. Verdad sin la cual, es imposible allanar cualquier camino de reconciliación y convivencia.

 

Absolutismo

 

Ya vemos, entonces, por donde va la cosa. En el Palacio de Nariño es odiosa toda tendencia civilista que hable de verdad, consenso y conciliación. Cuando se define su política como un programa cuyo objetivo principal es combatir a los violentos mediante la misma violencia (esa es su consigna), se cierra un círculo, y se olvida que es punto de partida para volver por el mismo camino. Pero no nos engañemos. Es sólo un programa para vivir en guerra. Es la propuesta de una “defensa institucional”, es decir, del status quo, a todo costo. Ya no la justicia puede poner cuestión sus conceptos. Ella es dueña incontestable de su verdad absoluta. Cualquier lectura distinta, es un ataque al Estado.

 

De aquí, al absolutismo de nueva data (ese que cree poder situarse por encima de las reglas que instaura y pretende respetar)…. ¿qué otro paso habrá que dar? … Por este camino, cuando todos creíamos que la Seguridad Democrática estaba dibujada para combatir los grupos insurgentes, ahora resulta que es un diseño a largo plazo, en el que la guerrilla opera como desnudo instrumento. Justamente para combatir a todos aquellos que no apostamos por la estrategia sofocante y pavorosa de la miseria… Precisamente para contener la avanzada de otras opciones posibles. Entonces, puede verse a las claras, que es ahí donde sus voceros están identificando a quienes consideran sus verdaderos enemigos.

 

Por la escotilla

 

Los etnólogos han descubierto que en muchas de las comunidades por ellos estudiadas, se tiene la percepción de que quien está untado de la sangre de su hermano, es un ser impío. Por ello el colectivo lo aísla, evita su contacto, hasta tanto no ocurra el castigo o ritual que lo purifique. La idea que rige ese pensamiento es que está untado de violencia, y ésta no dejará de propalarse como una peste. Como todos temen infectarse, soslayan el ínfimo trato. Por lejanos que nos parezcan estos gestos genuinos de protección, nosotros no estamos tan ajenos a ellos. Al Gore, premio Nobel de la Paz y exvicepresidente de los Estados Unidos, conocedor del alto costo de nuestra política, tuvo un gesto de alejamiento con nuestro presidente. No asistió al Foro Verde, convocado por la Revista Poder, en Miami. Lo que aquí se vivió como un escandaloso desaire, obedecía a esta lógica ancestral. Solo nuestros incautos locales no se percatan que el discurso belicoso es un instrumento fatídico: atrae exclusivamente a las aves de rapiña, a las fieras carroñeras, como los cadáveres.

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