Miércoles, 21 Noviembre 2007 19:00

¿Habrá futuro?. Colombia:

Escrito por Alberto Verón
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Si. “El futuro es como un trozo de arcilla que se moldea a base de inteligencia y pasión, de imaginación y tenacidad” escriben los autores del trabajo(1), un país como Colombia debería contar con los estándares de desarrollo más importantes del mundo. Pues capacidad de empuje es la que manifiesta el colombiano que arregla calzado, aquel joven que frecuenta la universidad o ese otro que trabaja en los países del norte desde antes que el sol aparezca hasta después que haya ocultado.

 

Observar y escuchar a nuestros “compatriotas” –lástima el desprestigio por abuso del término– en su lucha diaria en el extranjero es la mejor manera de contrastar, por lo menos de preguntarnos, ¿en qué incierta geografía vagan nuestras políticas educativas con todos sus etéreos y hermosos términos acuñados por los ingenieros del pensamiento complejo? En Colombia “deberíamos caber todos” pero resulta que no es así, pues más de un millón de colombianos no han “cabido” durante décadas, viéndose obligados a partir ya sea como turistas o como refugiados políticos. En el exterior las oficinas de extranjería se preguntan si tantos nacionales pueden darse unas vacaciones de quince días en el mediterráneo o en la Florida con los salarios que se ganan en la mayor parte de nuestras empresas.

 

 Como dicen los autores del texto, todos los nacidos en Colombia, tenemos el derecho incuestionable de caber y esta debería ser casi una obligación ética y social de Estado. Pero llevamos prácticamente una década, negándonos a nombrar lo que está sucediendo, que es todo lo contrario a las bonitas fórmulas que hablan de multiplicar la educación pública mientras se practica todo, pero todo lo contrario: el desplazamiento interno y la emigración externa son las formas en que la globalización y eso un tanto gaseoso que llaman “glocalización” ha llegado a nuestra vida. ¿Dónde viven los noruegos?, pues en Noruega y ¿donde los suecos?: pues en Suecia. Lo cierto es que desde hace muchos años ellos viajan, aprenden lenguas, conviven con ambientes tecnológicos y todo ese hermoso relato que inventaron los “ricos” para extraerle el poco dinero a base de consultorías y planes estratégicos a los más “pobres”. Pero así como los privilegiados viajan por placer y conocimiento, los pobres en cambio no viajan, sino que emigran o padecen un desplazamiento forzado. En este sentido el lenguaje no tiene extravío.

 

El futuro puede ser un trozo de arcilla que se moldea pero solamente lo redoma quien tiene un mínimo acumulado de confianza en sí mismo y unas destrezas acerca de cómo se da forma a ese objeto. Para el resto, o sea la mayoría de “compatriotas” el futuro puede parecer como una fuerza sobre la que no se puede intervenir y ante la cual es mejor obedecer sus dictámenes; dictámenes que ya vienen elaborados en fórmulas pertenecientes a los mundos “posibles” (léase el norte o los nortes) o correr el riesgo, como en un relato de Kafka de probar cientos de llaves para finalmente descubrir aquella que permita penetrar esa fortaleza que se le presenta indiferente, refractaria, gigantesca, inexpugnable: el futuro

 

Todos merecemos un futuro, pero este no se labra solo y más en una nación donde se parlotea estimular el sentido modernizador, pero donde el sentido crítico apenas toca los callos es visto como anatema y quien lo produce debe ser ridiculizado, minimizado o si “obliga” eliminado. ¿Quién llamó al aguafiestas si estamos en los tiempos de la de globalización?

 

En las naciones pobres, globalizarse significa alquilar a sus jóvenes como contingentes obreros desechables en los mercados internacionales, arrendar sus fuerzas productivas a “maquilas” que trabajan por bajo costo, o entregar las riquezas naturales, por pedazos a quienes tienen como “convertirlas en productivas”; a cambio se espera una mano invisible salvadora que preferentemente habla en inglés, chino o catalán.

 

No pienso que en un país así todos “quepamos”. Cabe de bulto, una mayoría que ocupada en conseguir el pan de mañana o abonar a la deuda pública por su consumo doméstico de energía termina aceptando la gran injusticia, la gran monstruosidad que se teje sobre ella. Pero el derecho a una mínima felicidad de los “compatriotas” no aparece en nuestro horizonte. Se trabaja para el futuro, pero como se evade la pregunta sobre quienes son los que mueven los hilos de ese futuro, terminamos caminando hipnotizados rumbo a la sala de emigración del aeropuerto, ebrios de futuro, intuyendo que es nuestro derecho, pero sin atrevernos a decir que esas mismas fuerzas que tanto hablan de futuro, llevan décadas no solo postergando el nuestro, sino robándolo hipotecándolo, mientras a la sombra otros sí que labran su propio futuro.

 

Quien esto escribe ha sido sucesivas veces bendecido por el futuro.

 

*          Profesor asociado Universidad Tecnológica de Pereira. Becario de investigación en el Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid. Candidato a doctor en filosofía.

1        Los desafíos educativos del siglo XXI, Vallejo Gonzalo Hugo, Arias López Jaime, en: Diario del Otún, Las Artes, 4 de noviembre de 2007. http://www.eldiario.com.co/

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