Miércoles, 21 Noviembre 2007 19:00

A propósito del Che Guevara

Escrito por Francisco José Trujillo
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En 1961 los delegados de diversos países fuimos invitados a la Sierra Maestra en donde se celebraba un nuevo aniversario de la gesta de Fidel y compañeros. Los responsables de los grupos tuvimos oportunidad de saludar a Fidel, acompañado cercanamente por un hombre silencioso, Che Guevara. En 1962, en mayo, Guevara hacía charlas sobre problemas económicos y el trabajo voluntario. Para entonces yo trabajaba en Colombia en la prevención de accidentes industriales, aumentados por las políticas patronales del “salario incentivo”, a mayor producción más prima económica. En Cuba Che Guevara, como Ministro de Industrias, predicaba los incentivos morales. En una de aquellas charlas le pregunté cómo se compaginaba su idea con el reciente aumento de salario en un país bloqueado económicamente y desabastecido. No le gustó mi pregunta, dijo secamente, “el compañero no sabe lo que pregunta”.

 

En el hotel me había hecho buen amigo de Luís de la Puente Uceda, dirigente del MIR peruano, a su vez gran amigo de otra peruana, Hilda Gadea (cuyo hermano murió combatiendo en el Perú), primera esposa del Che, que vivía en Cuba y manifestaba que cuando encontró al Che en la Guatemala de Jacobo Arbens lo indujo a estudiar marxismo. Tomábamos los alimentos conjuntamente. Un par de veces nos acompañó una joven rubia, bonita, no supe su nombre, luego me enteré que era alemana y se llamaba Tania, que también moriría en Bolivia. Logré a través del compañero peruano (un año después, al regresar a su país, murió en combate) una entrevista con el Che, la misma que logré después de esperarlo por espacio de cuatro horas (así sucedía con frecuencia por sus múltiples compromisos). Me reconoció preguntándome si ya había comprendido las dificultades de una economía en transición. Luego, sin más, me preguntó cómo iba la revolución en Colombia. Yo era miembro del Comité Ejecutivo del Frente Unido de Acción Revolucionaria, FUAR, envuelto en una crisis mortal. Le dije que no estaba en nuestro propósito la toma inmediata del poder, “¿y entonces que hacen?”, o algo así me preguntó, acotando que siempre era igual, los revolucionarios (con cierta sorna), dejaban lo importante para mañana. Recalcó que era tiempo de que pensaran en la liberación de los pueblos.

 

No lo volví a ver. A mi regreso me uní al sacerdote revolucionario Camilo Torres Restrepo en la construcción del Frente Unido. Por esto considero pertinente transcribir estos apartes que incluí en el libro “Camilo y el Frente Unido”…

 

Vidas paralelas

 

“Tanto el Che Guevara como Camilo nacen en familias pequeño-burguesas que no tienen mayores apremios económicos y cuyos antecesores fueron influyentes social y políticamente. Pero se trataba de familias liberales, progresistas, de ideas avanzadas, enemigas de la injusticia y las dictaduras. En ambos casos se produce separación de los padres, quedando lo hijos al cuidado de las madres. Tanto doña Celia de la Serna como doña Isabel Restrepo aportaban el mayor tinte “aristocrático” familiar y ambas tenían personalidad, carácter independiente y dominante. Celia acompaña espiritualmente al Che en sus luchas guerrilleras y desata a partir de 1959 una enorme actividad en su país y fuera de él, para apoyar la Revolución cubana y el papel de su hijo. Isabel hace otro tanto; ambas hasta su muerte.

 

Che y Camilo pueden obtener títulos profesionales: El uno en Medicina y el otro en Ciencias Sociales, pero ninguno busca usufructuar económicamente su profesión o hacer de ella una plataforma de ascenso social dentro de la burguesía, ambos tienen avidez de conocimientos, que el Che sacia a través de lecturas y secundariamente en pláticas y diálogos. Camilo, a la inversa. Esta ansia de conocimientos lleva al uno y al otro a moverse, a desplazarse continuamente dentro de su país y fuera de él. Son viajeros impenitentes. Ambos son sencillos, cordiales, asequibles, de fácil trato, ajenos por completo a la comodidad o los bienes materiales, desorganizados en el manejo de su tiempo y de sus horarios. Ambos rechazan airadamente las intrigas, chismes y componendas, predican y practican la unidad. Camilo insiste en el compromiso real con el pueblo, en el abandono de la vida y el espíritu burgués. El Che insiste en la necesidad del hombre nuevo.

 

En 1965 el Che Guevara, desde una perspectiva marxista revolucionaria (El Socialismo y el Hombre Nuevo) planteaba el problema del amor: “Déjenme decirles a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad” “…hay que tener una gran dosis de humanidad, una gran dosis del sentido de la justicia y de la verdad, para no caer en extremos dogmáticos, en escolasticismos fríos, en aislamiento de las masas. Todos los días hay que luchar porque ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización”.

 

Camilo insistió en el amor al prójimo, un amor eficaz que debía convertirse en hechos concretos: dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, alfabetizar, y esto solo podría hacerse conquistando el control del estado, el poder público.

 

En ninguno de los dos hay temor al convencionalismo o al “qué dirán” y ambos orientan sus vidas por fuera de los prejuicios sociales. Uno y otro impulsan con su propio ejemplo el trabajo voluntario: Che en la zafra y otras actividades, Camilo a través del desarrollo de la comunidad en barrios y veredas. Ambos tienen participación y responsabilidades en los programas de la Reforma Agraria, en los Institutos de Cuba y de Colombia. Y ambos mueren combatiendo en la guerrilla: Che en el ELN de Bolivia, Camilo en el ELN de Colombia. Che tenía 39 años, Camilo 37.

 

Che, algunas de sus últimas cartas

 

A Fidel Castro: “…en una revolución se triunfa o se muere. Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria… Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi puesto de ministro, de mi grado de comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba; solo lazos de otra clase, que no se pueden romper como los nombramientos… He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en nuestros días luminosos y tristes de la crisis del Caribe… me enorgullezco de haberte seguido sin vacilaciones. Identificado con tu manera de pensar, de ver y apreciar los peligros y los principios… otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos… lo hago con una mezcla de alegría y de dolor… la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo…”

 

A sus padres: “otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante; vuelvo al camino con mi adarga al brazo…nada ha cambiado en esencia, salvo que soy mucho más consciente, mi marxismo está enfatizado y depurado. Creo en la lucha armada como única solución para los pueblos que luchan por liberarse y soy consecuente con mis creencias”.

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