Jueves, 17 Abril 2008 19:00

Sucede que el dólar baja. No es que el petróleo suba...

Escrito por Luis Humberto Hernández
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Se quiere dar a entender que el valor del petróleo no sube sino que el dólar está bajando, llevando a los dueños del petróleo a ajustar el precio de los hidrocarburos según la depreciación del dólar, con el atenuante de que las políticas de las autoridades económicas estadounidenses para combatirlo irritan aún más ese proceso, poniendo al mundo al borde de una hiperinflación.

 

Petróleo: Valor real bajo precio nominal alto

 

Contrario a lo que se piensa, el valor real del petróleo ha disminuido entre 1970 y 2008, así su precio nominal en dólares se vea aumentado. Eso se comprende al referenciarnos en el marco del patrón monetario internacional predominante hasta 1970, que estipulaba una relación de 35 dólares por una onza de oro Troy, base para el comercio internacional, patrón que las autoridades norteamericanas rompen en 1970 y que es la causa explicativa del desmadre actual en la economía mundial.

 

Veamos el siguiente cuadro:

 

Relación Oro, petróleo y dólares: 1970-2008

 

Año                Petróleo            Oro                   Relación

                       Precio             Precio              Onza Oro/

                      US/Barril     US/Onza Troy         petróleo                      

1970               5 dólares         35 dólares       7 barriles        

2008             100 dólares   1.000 dólares     10 barriles                 

Diferencia       95 dólares       965 dólares     3 barriles

 

Elaboración propia 2008

 

 

Vemos en este cuadro que en 1970, con una onza de oro (35 dólares) se compraban siete barriles de petróleo. Hoy (marzo de 2008), con la misma onza (1.000 dólares) se adquieren 10 barriles, o sea, tres barriles más. Eso significa que el valor real del petróleo ha bajado y no aumentado, como cree el sentido común; así, en términos nominales, en dólares, el precio del barril de petróleo haya pasado de 5 en 1970 a 100 en 2008.

 

Mientras en 1970 un barril de petróleo representaba el 14,2 por ciento del valor de una onza de oro, en 2008 sólo representa un 10, es decir, 4,2 por ciento menos, así su precio haya aumentado en un 2.000 por ciento al pasar de 5 a 100 dólares, precio nominal del petróleo pero no su valor real medido en la onza troy de oro. Por eso, el valor real del crudo ha diminuido en 1,5 dólares por barril respecto de su precio en 1970.

 

El aumento del precio se da en proporción a la sobrevaloración del dólar, causada desde cuando las autoridades políticas y económicas norteamericanas rompen en los 70 el patrón monetario internacional de Bretton Woods antes descrito, que regía el comercio del mundo. De hecho, la actual alza en el precio de los hidrocarburos es responsabilidad de las políticas inflacionistas o dolarizadas de la economía norteamericana desde los 70. Por tanto, la crisis actual de la economía mundial, en particular la de Estados Unidos, no es coyuntural sino de vieja data, con características y consecuencias estructurales.

 

Fundamentos

 

Defacto en marzo de 1968 y de jure en agosto de 1971, las autoridades económico-políticas estadounidenses abandonan el primer principio del sistema monetario montado en Bretton Woods, constituido luego de la segunda guerra mundial con base en la ecuación del dólar ante el oro, en una proporción de 35 dólares por onza, haciendo del dólar la base monetaria de la economía mundial (Sweezy y Magdoff, 1973).

 

Al romperse en los 70 esa relación1, equiparando el dólar ante el oro, Estados Unidos pone en sus manos una mina de oro gratuita, “sacando oro” de la imprenta de la Reserva Federal (FED) con sólo emitir billetes, con “el mismo valor” pero sin el sudor de los trabajadores que lo extraen de las minas sudafricanas, o de las barbacoas en Colombia. Esa política le dio derecho a Estados Unidos de pagar, prestarse y financiar sus gastos con moneda respaldada por el trabajo ajeno y no por el propio, en un mecanismo que ilustra John Nuller (Le Monde, junio 10 de 1990).

 

Imagine que las personas aceptan en pago los talones girados por usted; añada a eso que aquellos beneficiados de sus talones, repartidos por el mundo, no los cobran y se sirven de ellos como forma de moneda para cubrir sus gastos. Eso tiene para sus finanzas dos consecuencias importantes. La primera, que si todo el mundo acepta sus talones, usted no necesita usar billetes de banco; le basta su talonario. La segunda, que al revisar su extracto bancario, tiene la sorpresa de descubrir un saldo superior al importe de la suma no gastada por usted. ¿Por qué? Por el motivo expuesto antes, a saber: que los cheques girados por usted circulan, sin ser jamás cobrados, pasando incesantemente de mano en mano. En cuanto a los resultados prácticos, se ponen a su disposición más recursos para consumir e invertir. Cuanto más los otros usan sus cheques como moneda, más abundantes son los recursos suplementarios de que usted dispone.

 

Esta situación los lleva en los 80 al delirio teórico y práctico del sueño económico capitalista, de enriquecerse especulando en las bolsas de valores sin necesidad de ser productor de riqueza alguna, sin ensuciarse las manos, ni siquiera los zapatos, como en la fábrica (Michel Albert. 1992), apareciendo ganancias sin fundamento real y cuyos efectos desmoralizadores realmente se subestiman,como afirma Maurice Allais, Premio Nobel de Economía 1988.

 

Estamos ante una economía norteamericana sin capacidad suficiente para respaldar los dólares que emite, y obra como un paisano tercermundista que cree que la riqueza proviene de hacer billetes, y no del valor del trabajo productivo, como dicen los viejos cánones. Parte de tal emisión se guarda hoy en proporción de 5,6 billones de dólares, cuyos ahorradores no saben cómo deshacerse de ellos (Whitney, 2007); de hacerlo, habría alzas de precios (incluso del petróleo), lo que acarrea una superinflación mundial.

 

La ruptura del sistema monetario de Bretton Woods llega como producto del creciente y persistente déficit que acusaba la balanza de pagos de Estados Unidos y que lo lleva a emitir dólares sin mayor respaldo, lo que incide en las demás economías del mundo2. Esa emisión de dólares se hacía para sostener la guerra en Vietnam y Camboya, suplir el déficit comercial y satisfacer la demanda a raíz de la crisis petrolera de mediados de los 70, que conllevó el alza de precios de 5 dólares-barril a 35 y 40 dólares, significando que ahora se necesitaban más dólares para comerciar la misma cantidad de crudo, que era de 48 millones de barriles-día (hoy, de 84 millones), fenómeno de petrodolarización de la economía mundial que inundó las arcas de la banca, obligada desde entonces a buscar deudores a como diera lugar (Davis, 1982).

 

Lo contradictorio: en la actualidad, esa situación puede caer en un círculo vicioso, pues, a mayor devaluación, mayor precio del petróleo, lo que incita a la banca central norteamericana a emitirlos más devaluados. Esta afirmación halla su razón en las más recientes medidas monetarias de la FED, de liberar unos 200 mil millones de dólares para paliarles a los bancos la crisis hipotecaria, que no es otra cosa que la expresión en la coyuntura de esta situación estructural que describimos, como luego lo veremos.

 

La inundación de dólares en el sistema bancario generó en los 70 la feria de préstamos para los países que quisieran endeudarse, sin importar las razones4 para ello, desatando la crisis de la deuda en los 80 y el posterior proceso de privatización de los activos estatales, que pasaron a manos de las trasnacionales, condición de la banca mundial al presionar el pago de una deuda propiciada irresponsablemente por ella misma.

 

Esa deuda, por las mismas razones que se dieron en los países en los 80, se reproduce hoy en el nivel doméstico de Estados Unidos, bajo la ‘burbuja inmobiliaria’.

 

De la sima o crisis estructural del dólar a la cima o crisis coyuntural de las hipotecas

 

En geología, la palabra cima significa cumbre de montaña, y sima la parte profunda que la sustenta, pues sin ella la montaña deriva en rueda suelta en la superficie terrestre.

 

Parodiando esa significación, en el análisis político, la cima es “la punta del iceberg”, momento actual o coyuntura de un sistema, y la sima su parte estructural. Lo coyuntural, constituido por el controvertible momento presente, y lo estructural por ser su fundamento incontrovertible. La figura ilustra la afirmación según la cual lo que explica la realidad no es lo que se ve, como lo considera el sentido común, sino, todo lo contrario, lo que no se ve, siendo lo que se ve, o sea, la coyuntura, objeto de sospecha para quien quiere explicarse desde el buen sentido o racionalmente su realidad estructural. Esto, para señalar que la actual crisis del sistema hipotecario estadounidense expresa la coyuntura de la crisis estructural que arrastra el dólar.

 

En ese orden, la situación crítica que le asiste a la economía norteamericana es calcada de la que vivió el mundo en los 80, pues la actual situación hipotecaria, originada en menor escala en Estados Unidos, se explica por las mismas razones estructurales de la deuda vivida por los países del Tercer Mundo en los 80.

 

Los hechos señalan que, en los 80, los bancos, rebosantes de dólares, incentivaban el endeudamiento de los hogares norteamericanos “sin ton ni son”, es decir, sin ver la capacidad de pago de los acreedores. Su política crediticia estaba incentivada por el mismo gobierno que alentaba ese endeudamiento con el argumento de que se avecinaba una reactivación económica gracias a la globalización de la economía y las políticas neoliberales implementadas por el Consenso de Washington5, generando empleo e ingresos para responder por las obligaciones financieras contraídas.

 

Por su causa se daba una pequeña reactivación de la economía en Norteamérica, que resulta ser una quimera del oro dominada por el boom de las tarjetas de crédito, altos intereses, estabilidad inflacionaria, consumo suntuario, celulares y préstamos hipotecarios, en un país cuyos bienes raíces están sobrevalorados en un 40 por ciento.

 

Los bancos con estos préstamos hacían su agosto, pues con los intereses compran bonos respaldados por las mismas hipotecas que negociaban con los inversionistas, ganando por todos lados. Una medida amparada supuestamente por el pago que los estadounidenses hicieran de sus deudas.

 

Las bajas tasas de interés no tienen consecuencias para la economía doméstica e incentivan el consumo; no así para los inversionistas extranjeros, que las ven como ataque directo a sus bolsillos e indicador para llevar su plata adonde les paguen mejor, por ejemplo, Colombia. Tasas de interés del 7,25 por ciento hicieron de países como Colombia objeto de la inversión extranjera directa (IED), acompañando con sus bondades la política de ‘seguridad democrática’ del gobierno del presidente Uribe.

 

La crisis hipotecaria de Norteamérica es la versión actualizada de la ‘vieja’ deuda, y sus repercusiones hacen revivir globalmente el fantasma de la inflación, que llega con la intención de quedarse. De tal enfermedad del dinero se responsabilizó en los 70 a Keynes y sus políticas de bienestar. Aquél consideraba que un Estado con su poder emisor incentivaba la producción, el empleo y el consumo, manteniendo así la dinámica económica. Se afirmaba que había inflación pero había empleo.

 

El neoliberalismo combatió a Keynes y su Estado de bienestar por causar indisciplina monetaria inflacionista y manirrota del Estado, planteando una férrea política antiinflacionista de control monetario, privatización, desmantelamiento del Estado, desempleo, baja de salarios, inestabilidad y flexibilidad laboral, dolarización de las economías y pérdida de soberanía sobre las decisiones de la banca central.

 

El fantasma renace pero sin las bondades keynesianas, con estanflación, resultando el remedio neoliberal peor que la enfermedad, pues ahora nos quedamos con el pecado y sin el género, o sea, con un futuro donde domina de nuevo la inflación pero sin empleo, junto a la elevación crónica de precios.

 

Para atacarla internacionalmente, se aventura la guerra en Iraq6, buscando un triunfo fácil que luego involucrará a Irán, con el cual Estados Unidos pensaba controlar “dos tercios del petróleo en el mundo. Esto hubiera permitido que América siguiera escribiendo cheques sin fondo sobre papel verde por un siglo más” (Whitney, 2007).

 

Para enfrentarla en lo interno y bajarles los inventivos a las solicitudes de crédito que acompañaban el proceso, la FED opta por subir las tasas de interés en 25 puntos, registrando desde entonces un aumento periódico y escalonado que halla su punto débil en la demanda de créditos por los consumidores, ya que aumentan sus préstamos antes que suban más los intereses. La situación crítica emerge al aumentar las deudas y los bancos no recibir de vuelta el dinero prestado, y que ellos a la vez deben a los fondos.

 

Sucede, pues, que el negocio de la construcción que había impulsado esa reactivación entra en crisis. La economía del país empieza a estancarse, con un déficit comercial de 58.200 millones de dólares y petrolero de 35.100 en enero de 2008, junto a la pérdida de 63 mil puestos de trabajo no agrícolas. El precio de las viviendas baja a su precio real, y una quinta parte de los 36 millones de títulos de hipoteca entran en grave situación de mora, lo que lleva a que los bancos realicen 1,5 millones de ejecuciones hipotecarias, en comparación con las 950 mil de 2005-2006.

 

Ilustra esa crisis financiera el desplome del Banco Bear Stearns, adquirido por la firma J.P. Morgan en 263 millones de dólares, cerca del 10 por ciento de lo que costaba el día anterior en la bolsa: unos 20 mil millones, en una operación concretada en “jornada no laboral” para evitar pánico en los mercados. Según Alan Greenspan, ex director de la Reserva Federal, esta situación es la peor desde la segunda guerra mundial, y lleva a los expertos a considerar que la economía Norteamérica ya está en recesión.

 

La tozudez de los hechos económicos impele el equilibrio del precio del dólar en su valor real, condición para sanear la economía norteamericana y estabilizar la economía mundial, en un proceso que, si bien no significa el fin del capitalismo, sí el de la hegemonía norteamericana, objeto ésta de disputa por parte de China, país políticamente comunista y económicamente capitalista, que, para ironía de todas las ideologías, se apuntala como nuevo centro de la reactivación del capitalismo.

 

Para Colombia, hoy más que en ninguna otra época dependiente del destino de la política y la economía de los Estados Unidos, esa situación indica un cambio en la política de ‘seguridad democrática’ por una de Seguridad Económica y Social.

 

Esta política mandará lentamente todo al olvido: secuestrados, farc, Íngrid y “esos afeites” del acuerdo humanitario, poniendo sobre la mesa la cruda realidad de los asuntos urgentes7, tan ligados al destino de un dólar cada vez más devaluado, que en su vértigo arrastra nuestra desafortunada suerte económica y, por qué no decirlo, política.

 

Bogotá, marzo 30 de 2008

 

* Profesor de la Universidad Nacional y de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

1    “La verdad es que ya no existe algo que pueda ser llamado, en forma apropiada, sistema monetario internacional. Existe tan solo una colección de monedas nacionales que se relacionan entre sí sobre unas bases diarias, en repuesta a una variedad de fuerzas económicas, políticas y psicológicas” (Sweezy y Magdoff: 6).

2    “En esta época, los dólares poseídos en el exterior sumaban 53.300 millones, frente a solamente 10.500 millones de respaldo en oro poseído por Estados Unidos. El flujo de dólares hacia el exterior continuó hasta el punto de que, a comienzos de 1973, había 82.000 millones fuera de Estados Unidos” (Sweezy y Magdoff: 5).

3    “El Wall Street Journal estimaba para 1973 en US$ 268.000 millones los valores líquidos de corto plazo en poder de “instituciones internacionales financieras privadas, y que la mayor porción del dinero está controlada por multinacionales y bancos cuyas bases de operación están establecidas en Estados Unidos” (Sweezy y Magdoff: 5).

4    Se les prestó, entre otros, a países como México y Argentina para realizar dos mundiales de fútbol y de paso sostener la dictadura militar y el fracaso de los militares argentinos en la guerra de las Malvinas contra Inglaterra.

5    “La primera formulación del llamado ‘Consenso de Washington’ se debe a John Williamson y data de 1990. El escrito concreta 10 temas de política económica, en los cuales, según el autor, ‘Washington’ está de acuerdo. ‘Washington’ significa el complejo político-económico-intelectual integrado por los organismos internacionales (FMI, BM), el Congreso de los EUA, la Reserva Federal, los altos cargos de la Administración y los grupos de expertos. Los temas sobre los cuales existiría acuerdo son: disciplina presupuestaria, cambios en las prioridades del gasto público (de áreas menos productivas a sanidad, educación e infraestructuras), reforma fiscal encaminada a buscar bases imponibles amplias y tipos marginales moderados; liberalización financiera, especialmente de los tipos de interés; búsqueda y mantenimiento de tipos de cambio competitivos, liberalización comercial, apertura a la entrada de inversiones extranjeras directas, privatizaciones, desregulaciones, garantía de los derechos de propiedad” (Serrano, 2006).

6    16/01/1991: Principio de la Operación Tormenta del Desierto. 26/02/2006: Final de la Guerra del Golfo (liberación de Kuwait). 20/03/2003: Principio de la Guerra en Iraq.

7    “El problema de todas estas ocasiones es que se agotan rápidamente: una vez que retornamos a nuestras ocupaciones cotidianas, las cosas vuelven, inalteradas, al mismo sitio donde estaban” (Barman, 2007:11).

 

Bibliografía

 

Bauman, Zygmunt. En busca de la política. FCE, Colombia, 2007.

Davis, L.J., Dinero quemado. Planeta, Caracas, 1982.

Serrano, Josep F. María. El Consenso de Washington. ¿Paradigma económico del capitalismo triunfante?, 2006. http://www.utal.org/economia/consenso.htm, obtenida el 14 de julio de 2006.

Sweezy, P. y Magdoff, H., “La crisis del dólar” en Monthly Rewiew. Julio, año I, Nº 4, Bogotá, 1973.

Whitney, Mike. “Un dólar del tamaño de un sello de correos”, en Counterpunch,27 de noviembre de 2007.

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