Sábado, 11 Diciembre 2010 16:47

Carta a Pedro Gómez Barrero

Escrito por Juan Guillermo Gómez García
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La Fundación Compartir, y su presidente, Pedro Gómez, han institucionalizado el premio al Maestro. Su labor sobre la educación es mínima, sin embargo alardean con su gestión. Este hecho, junto
a la real situación del país, de su pasado y su presente, motivaron la siguiente carta, escrita por un docente universitario.


Medellín, noviembre de 2010*

Señor Don
Pedro Gómez Barrero
Presidente Fundación Compartir

Muy distinguido constructor Gómez Barrero:

No tengo motivo para sentirme afectado ante su no respuesta –pues no responder es otra manera de contestar y quizá la más diciente– a mi comunicación que dirigí vía e-mail a usted como Presidente de la Fundación Compartir. […] Aparte, pues, de este elemento subjetivo, […] cabe a su respuesta mi respuesta a un asunto que nos convoca por igual: la situación del gremio de los maestros y el estado deplorable de la educación nacional…1. […]
I

La educación en Colombia vive […] un estado deplorable. Concedo que es un gesto de pedantería remitir a los esfuerzos de don Miguel Antonio Caro para sofocar toda idea y toda institución educativa –como fue la Universidad Nacional– donde se respiraban aires de libertad, tolerancia y liberalismo positivista. Pero no concedo evadir la consideración negativa, perturbadora y regresiva que vivió el país en los años 30 y 40 bajo el terrorismo dogmático de Laureano Gómez, y sus efectos múltiples para la educación nacional. Apenas cabe aludir por la refundación de la universidad jesuita en Bogotá o la UPB en Medellín para medir las consecuencias de un proyecto de antimodernidad destinado a liquidar el “aire de modernidad” que se vivía en la UN, reinaugurada en 1936 por Alfonso López Pumajero y con la rectoría de Gerardo Molina.

Tampoco se puede pasar por alto, al hacer un brevísimo recuento de la destrucción de la nación, la persecución y el final cierre de la Escuela Pedagógica Nacional, que dio investigadores de la talla de Virginia Gutiérrez de Pineda y Jaime Jaramillo Uribe.
 
Concluido oficialmente el llamado ciclo de la ‘violencia’, se abre Colombia a otra modalidad de violencia oficial –no sólo la de las primeras organizaciones paramilitares de los pájaros–: la del olvido, borrón y cuenta nueva a favor de la vieja dirigencia bipartidista. El país, pues, encontró en el Frente Nacional un modelo político de alternancia pacífica y excluyente, y a la vez una caricatura de la democracia que encarnaron Alberto Lleras y Guillermo Valencia, y cuyo modus operandi se perpetuó más allá de sus límites temporales constitucionales. […]

Una reflexión, modesta pero suficientemente valiosa como fue el libro La violencia en Colombia (1963), de monseñor Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda, encontró eco marginal y corroboró que el “país político” no estaba dispuesto a escuchar demandas profundas del “país nacional”. El país político tenía manguala hacia uno, y los mismos dos partidos –liberal y conservador– que propiciaron la violencia, con una clase dirigente o el sector empresarial privado, que prosperaba a su modo. La perversa comunión entre las dirigencias política y empresarial hacía recordar el característico ‘bonapartismo’ –que dibujaron diestramente Marx y Tocqueville– en que el imperativo ético de lo nacional o lo social cede ante el egoísmo de los intereses privados y la seguridad de la propiedad privada sólo a favor de ellos.
 
En este punto, la contradicción de la democracia colombiana radica en que la apelación a la voluntad de las mayorías se realiza no para provocar un cambio de los fundamentos de su existencia material, social, intelectual sino para resaltar el potencial reactivo y conformista en que cuaja. Entre las causas de la profunda estagnación de la conciencia pública, está haber arrasado toda conciencia del pasado; […] La responsabilidad que les cabe a las élites gobernantes, a la serie olvidable de sus Ministros de Educación en medio siglo –el último, que sabía leer y escribir y hacía libre uso de ellos, fue Pedro Gómez Valderrama– es definitiva y merece nuestro más indignado rechazo. […]
 
Pero, como todo lo que tiene que ver en Colombia con el “país político” resulta insoportable (estoy ciento por ciento de acuerdo con Rousseau en que no se les enseñe historia a los niños en los primeros años, pues es imaginable que a nuestros desnutridos párvulos, al pronunciar un nombre como el de Turbay Ayala, se les verá atacada de herpes la pobre boquita). Ahora resulta que nuestro primer mandatario, luego de “doscientos años de soledad”, es la lámina de Alberto Lleras Camargo. […]
[…]

Debemos estar de acuerdo en que el fenómeno político más importante de la reciente historia política nacional es la popularidad de Uribe Vélez. Tampoco es difícil llegar a cierto consenso en que aquél se basó en una serie de circunstancias o causas inmediatas que obraron a favor del ex gobernador de Antioquia y director de la Aeronáutica. La desesperanza generada en la población colombiana por los gobiernos de Ernesto Samper y Andrés Pastrana se sumó a la lenta deslegitimación de un sistema de gobierno bipartidista […] con base en la corrupción y la ineficiencia de la clase política tradicional. Uribe vino a llenar ese vacío de legitimidad con un lenguaje arrancado de las entrañas de la provincia paisa, y que sonaba a un pasillo o un bambuco oportuno: ¡Ay…qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano!

Los colombianos del mal eran los guerrilleros de las farcs2. Las farcs podían cargar con las culpas de la gangrena que consumía al país. [Eran] ellos [quienes] nos habían sumido, con sus actos terroristas, al hondo abismo de la inseguridad y los crímenes de lesa humanidad. La cobardía, la pereza y la abulia del bipartidismo habían inducido al país a un caos parecido a la complicidad con estos ‘hijos del infierno de las ideologías comunistas’. Uribe se cargó con esa responsabilidad en sus hombros de arriero macho, con el tono de retintín de los tres mosqueteros –“Uno para todos y todos contra las farcs”– en cada intervención por televisión y radio, y en consejos comunitarios, reuniones con empresarios, mensajes cifrados para los paras, etcétera.

El hijo de una de sus víctimas mortales de la guerrilla se mostraba como el vengador de esa frustración nacional; sólo él podía y de hecho encarnaba al ‘salvador’ de Colombia. Todos a una, políticos tradicionales o emergentes, clase empresarial tradicional o emergente (narcos y contrabandistas), hacendados tradicionales y emergentes (para esa fecha eran uno y lo mismo), clases media y popular, del artesano al taxista, se vieron representados por este hombre que sabía gritar y hacerse obedecer a gritos, con su cara de San Antoñito (retratada al natural del cuento de Tomás Carrasquilla), y al que siguieron en sus lances antiguerrilleros. Al fin, como se decía popularmente, alguien se ajustó los pantalones de chalán en el propósito de liquidar el Secretariado de la selva, [y así] […][para] encontr[ar] la ruta, el personaje y el lenguaje que los interpretaba y exaltaba con fidelidad conmovedora, de Pablo Escobar a Carlos Castaño y sus secuaces.

El mandar y el gesto de mandar, el gritar mandando y el mandar gritando, fueron elementos claves de su éxito. Las masas se alucinaron […] con esta forma de mandar, que estaba en el inconsciente del patrón de finca. Fue impactante el lenguaje con que trataba a los “cuatreros” de las farcs como “culebras”. Podemos convenir en que fue muy creativo y sugestivo. Muy nice. Uribe recreaba al caudillo o mandón de hacienda que reclutó a sus peones en las guerras civiles. Usaba el lenguaje de amigo-enemigo, el del catecismo de estar conmigo o “contra mí”, el gesticular autoritario que seduce al hombre sumiso y que ha reprimido de antemano su yo propio a favor de una autoridad superior a la que adora y le concede el derecho de mandar. En la cara del Presidente se traducía el anhelo nacional de la venganza, el dolor acumulado de la guerra que sin cuartel se libra desde hace más de 50 años en el campo y las ciudades, la orden y el orden, el regaño y la conducción efectiva. El monopolio del mando se contrajo al derecho omnímodo del gritón. Al fin, Colombia encontraba su redentor.


Esta historia de hadas, en que el mundo se dividía entre el bueno de la Casa de Nari y los malos del monte, entre Uribe y Tirofijo, se hizo pesadilla de chantaje político y moral: “Si no está con Uribe, está con las farcs”. Tal pesadilla –el más grande daño a la democracia en Colombia en las últimas décadas– se tomó del arsenal dogmático del catecismo del padre Astete. El país se abrazaba al clavo ardiente de una venganza colectiva, gracias y por virtud a ese sustrato católico que nos muestra el mundo entre buenos y malos, […]. El lenguaje y la figura de Uribe eran artículos de fe. El país, hasta ese momento monoteísta, se fue convirtiendo en biteísta, en el que el verdadero, primero y único dios fue Uribe. O, como en el relato de Kafka, todos empezamos a parecernos ideológicamente a cierta alimaña remoloneando en la cama de sus malos pensamientos.
 
Antes, quien tenía delirios de grandeza leía la vida de los Césares. Luego, hace medio siglo, imitaron la vida y la doctrina de Hitler o Goebbels. Uribe carece de estas lecturas, pues su modelo está en la tierrita y habla de que es uno de “los nuestros” (…)3. Y esta gente, señor constructor Gómez Barrero, quiere quedarse con nuestras universidades.

La mejor virtud política de Uribe fue la soberbia, su peor vicio la soberbia. Si alguien le hubiera sugerido moderación, si alguien, cura, bioenergista o consejero de su camarilla de bribones, le hubiera llamado a ahogar la ira, la cólera, la sed de venganza, tan solo una pizca, quizá permaneciera en el trono de Nariño. Si con suerte hubieran dado en el clavo de que atendiera siquiera una pizca los llamados del Evangelio a la mansedumbre, al perdón de nuestros enemigos, lo tuviéramos reinado vitaliciamente y hasta con derecho de sucesión. Pero fue el agrio vociferar, la voluntad ilimitada de violar toda norma posible, el fondo espeso de sus pasiones incontenibles, de él, de su familia y sus más allegados, el factor que desbordó la copa del poder. (…) Incluso, [para quienes] siguen siendo sus furiosamente uribistas, los “furibistas”.
[…][…][…][…]
II

[…] Colombia vive un profundo traumatismo en su desarrollo social del último medio siglo. El paso del campo a la ciudad se realiza bajo el signo de la violencia. La ciudad ha sido refugio de miles de desplazados, por las más diversas razones, desde los días de Sangre Negra y Chispas, y antes. La movilización de millones, del campo al medio urbano, se acompaña de todo tipo de necesidades, en medio de precariedades sin fin. Como buen urbanista que es usted, no le será ajena la cifra de invasiones que a diario se producen aquí. Hay ciudades como Montería que llegan a ser en un 70 por ciento de barrios de invasión. Una mirada a las comunas de Medellín da la impresión de un gran belén de forma peristáltica, en que sus miles de casas se pegan, una al lado de otras, por obra y milagro de la pobreza que parece resistir. Esta masa urbana desea vivir de otro modo, sobre todo si escudriña sus anhelos y desea tener cada uno su Hacienda Nápoles.

Esta nostalgia por la vida del campo, por más tergiversada que esté del postulado rusoniano del retorno a la naturaleza, se tradujo en el ideario de Uribe en “volver a la finquita”, sustrato de un traumatismo colectivo en que se envolvió la más acelerada, caótica y feroz urbanización. Volver a la finquita fue un postulado hábilmente orquestado por la clase dirigente para el pedestal en que Uribe se subió. Este imponderable se identificó con el sueño del citadino. Ese sueño es: “en la finquita se dejaron sembrados todos los ideales, las ilusiones perdidas, y era hora de recuperarla”. Si Uribe y sus amigotes, cómplices y socios, tenían haciendas bananeras, ganaderas, de palma, y la mayoría de los colombianos tenían eso mismo pero en sueños que forjaron la fortuna de Alí Babá de Pablo Escobar, todos compartieron el ideal y se solidarizaron con los que las tenían de verdad: nostalgia del retorno en la versión colombiana.

No importa que los colombianos jamás hubieran leído u oído a Rousseau. Este apóstol de la modernidad antiurbana es el santo cifrado cuyo lugar usurpó el propietario de El Ubérrimo, que hizo de este retorno a la vida campesina (que pudo haber sido el ideal de Andrés Bello, Miguel Antonio Caro y Laureano Gómez, pero en situaciones históricas muy diferenciadas), algo tan aberrante, detestable y sangriento. A nadie se le ocurrió, más coherente con la experiencia de su vida urbana, que antes que desear volver a la finquita real, supuesta o virtual a entonar con “aguardiente de caña” el bambuco de Rafael Godoy, más valía tener educación, salud, vivienda, entretenimiento o, como se dice ahora pragmáticamente, mejor calidad de vida efectiva.

El aplazamiento de los bienes materiales o las exigencias propias de toda sociedad secularizada jugaron a favor de este tótem maligno de los recuerdos turbios, para satisfacción de los propietarios reales y no propietarios, que se imaginaron propietarios de las hectáreas interminables del azotado campo colombiano. Esto de volver a la finquita tiene, créame, un profundo significado porque revela o déficit contra un estado presente de la cultura o regresión a valores sociales supuestamente superados; o indisposición ante patrones de conducta modernos en el conjunto social. En el paso campo-ciudad se registran quizá los más determinantes cambios de valores experimentables. En Colombia, este cambio fue brutal y veloz, y el remanente de vida tradicional o rural parece ser mayor que aquel que las sociedades comúnmente pueden observar. Hay algo de fundamentalismo dogmático, de rechazo a la vida moderna en este predicado nostálgico, en una forma por lo demás inquietantemente irracional.

Por un lado, las masas urbanas se ven compelidas a un consumo superior a sus posibilidades, y sobre todo por encima de sus patrones culturales tradicionales (hoy un muchacho de clase media baja está sometido a los efectos de la publicidad y de hecho consume mucho más y más variado), pero a la vez se le inculcan propagandísticamente valores retardatarios, según una mentalidad conservadora y reactiva.

Esto hace posible que un muchacho de comuna porte tenis de marca y al tiempo le rece a la Máter dolorosa… antes de descargar el revólver en una ‘gonorrea’ (nunca entendí la exquisita metáfora, pues esta enfermedad es curable hasta donde alcanza la penicilina, y le dan trato de mortal)4. Consumo capitalista y tradición mariana se dan la mano –sin ofender al mercado ni a la curia– como el fundamento ideológico, el caldo en que se fermentó en patroncito Uribe. Acumular capital sin consideración y al tiempo aparecerse como beato es compatible y perfectamente complementario en este torcido espectáculo nacional.

En un mundo en que todo se torna valor publicitario, no es raro invocar el ideal mariano para facilitar el crimen y toda forma de violencia; en una palabra, consumo, fe y sangre. Nada diferencia tal banalidad de la de lograr una reelección indefinida en el sentimiento secreto del monarquismo, en el retorno a la fidelidad hacia la persona sagrada del monarca, montado a caballo, que hoy no se practica ni en las sociedades europeas con reyes de verdad5. Usted debe entender en todo caso que el deseo de satisfacer el consumo en las clases populares se impone sin restricciones ante sí mismo; en ellos no opera el mismo autodisciplinamiento con que vienen entrenadas y equipadas las clases superiores para mantener su propia jerarquía como clases de mando. Matar por obtener unos guayos no es ajeno a quien no conoce estos límites, entre adolescentes pobres, pero no se diferencia del de propiciar una masacre por los grandes hacendados, para adquirir otras hectáreas. Entre unos y otros no varía el objetivo de satisfacer deseos materiales sino el cuánto y el cómo.
III

La vida citadina provoca traumas en las relaciones culturales. La vieja forma de cohesión producida por el vínculo familiar-patriarcal, sobre todo en la zona cafetera, se derrumbó al contacto con la masificación urbana. El modelo de familia descrito con agudeza y juicio incomparables por Virginia Gutiérrez, se puso en tela de juicio. Se quiso conjurar la crisis familiar en novelas como Una mujer de cuatro en conducta (cero en novelística), de Jaime Sanín Echeverri, o en los frescos maicero-renacentistas de Pedro Nel Gómez, en vano como en estos casos de romanticismo trasnochado. La nostalgia por el núcleo familiar y sus mitos regionales fueron borrados por esta inconclusa marea alta que es la vida en la gran ciudad. Al romperse el modelo patriarcal en las barriadas, en las cuales el madresolterismo es fenómeno común, originó la ilusión del padre protector, ausencia común en el país y que favoreció la emergencia del ídolo paternal-patricio Uribe Vélez, el padre del huérfano, del niño sin padre, de quien desea un progenitor con esa figura entre mandón y beato. El imaginario colombiano “le sacó la pinta” deseada, y que cabía en este gran traumatismo socio-cultural que renovó el caudillismo o el populismo de otros siglos y otras décadas.
 
Desconcierta comprobar que se exalta el retorno a la finca en una sociedad que hace décadas modificó composición social. Usted, Pedro Gómez, como constructor, sabe perfectamente la evolución inusitada que sufre la vida urbana en nuestras grandes ciudades. En particular, el consumo da un vuelco e integra grandes masas, excluidas antes o al margen de adquirir bienes industriales. Un centro comercial como Unicentro era sólo concebible hace 30 años, cuando las clases altas o medio-altas podían comprar en un guetto exclusivo, con aval de elegancia, distinción y seguridad. Hoy, el modelo se exporta a capas sociales –digamos, estrato 3–, para las que a su modo se les garantizan los mismos valores, justo al pie de sus barrios más modestos. […]
 
El ajuste armónico o cohesión social que presuponía Talcott Parsons para Estados Unidos, producto del equilibrio de valores, medios y estímulos, es problema que se pasa por alto o se escamotea hasta en las facultades de ciencias sociales en Colombia. Ni de la alta clase política ni de los empresarios cabe esperar algo para propiciar una reflexión sociológica; si de ellos se espera algo es de sofocarla. […] Esta ceguera ha sido posible por la carencia de una ideología o un cuerpo vigoroso de ideas políticas o unas ciencias sociales liberadoras, tras el derrumbe de leninismo-estalinismo en la URSS y gracias al clima de complacencias estúpidas que dominan la vida universitaria de la última década.
 
[…] A nadie, ni a los profesores mismos, se le ocurre pensar que debe un libro o una biblioteca, a la altura de la época, que arriesgue responsablemente una nueva imagen del país, como fue La Violencia en Colombia a principios de los 60. El clima politizado de adaptación miserable está en proporción con la ramplona ‘ciencia’ cultivada en nuestros claustros, convulsionados o no. Fuertes personalidades como Gerardo Molina, Luis Eduardo Nieto Arteta, Antonio García, Arturo Valencia Zea, Ernesto Guhl Nimtz, Guillermo Abadía Morales, J.M. Ots Capdequi, Virginia Gutiérrez de Pineda, Darío Mesa, Jaime Jaramillo Uribe, Danilo Cruz Vélez, Rafael Carrillo, Marta Traba, Rafael Gutiérrez Girardot, Germán Colmenares, Rubén Jaramillo Vélez, Estanislao Zuleta, Mario Arrubla, que caracterizaron a la universidad colombiana por décadas, sucumben en pro de una vacua cultura mediática y la adaptación de bazar árabe a los patrones de ascenso institucional, contra la universidad, la sociedad, la figura del profesor y su tarea.

En la universidad, pensar se convirtió en adecuar el lenguaje a la compresión de las grandes masas que modelan su conducta y su mentalidad de acuerdo con los factores dominantes, religiosos, políticos, económicos. Pensar es asentir, consentir con la realidad por el hecho de ser ésta dominante. [Por tanto] Un profesor […] su pensar no supera ni un centímetro al del mercader que especula en la plaza de abastos, la beata que va al templo los domingos, el político que llama a reelegir a Uribe, el planificador que abruma a la instituciones con su portentosas invenciones, o el sicario que mata y reza. En una palabra, todo lo alucina y de paso le garantiza una vicerrectoría, una decanatura, una jefatura de departamento.
IV

Uribe, monarca, Nike, Virgen, haciendas, caballos, mal humor, “no-más-farc”, no-ciencias sociales, son los términos yuxtapuestos, relacionados orgánicamente –pero incoherentes–  de este cementerio que es la democracia colombiana. Y aunque sea un trago más amargo que el del anís de nuestras montañas, que invita a consumir a discreción la trémula canción […] la partitura de la danza macabra de las guerrillas, para conservar símiles musicales, fue escrita antes por ustedes y su poder, don Pedro Gómez. Ustedes han redactado con egoísmo, injusticia, oportunismo e infamia sin nombre los pasos y los ritmos que luego, muy infortunadamente, siguieron sus opositores.

Sus opositores no se equivocaron al declararse sus enemigos sino por haberlos imitado. La falta de legitimidad, en otros términos, de las guerrillas se debe no a levantar las armas de la protesta social sino a seguir los métodos y las formas de las élites del poder. Vincularse al narcotráfico y haber matado y secuestrado no es un delito que se pueda atribuir sólo a las guerrillas, pero sus crímenes –infames, como es esta clase de crímenes– escandalizan –por la manipulación mediática– a la sociedad y justifican, de paso, los inmensos crímenes cometidos a nombre del combate de esos crímenes.

La guerrilla no se deslegitimó por tomar las armas y sostener un ejército de resistencia. En realidad, no se deslegitimó por el ingreso al callejón sin salida del narcotráfico sino por llegar al narcotráfico en virtud de su falta de ideas. Esta carencia y no la tentación demoníaca de enriquecerse para sostener la guerra es el factor deslegitimante de la guerrilla. [Para un desenlace político y de “paz justa” del conflicto], una guerrilla con ideas o, mejor, la guerrilla de ideas, aceitada en las “armas de la crítica”, como plantea Marx, es la que precisa el país. Ella, sabiendo que se intentará ahogarla en su propia sangre pensante, [al alcanzarla] es siempre legítima [o sobreviviente por lustros] porque le da cuerpo, vida y sostén a la protesta popular, que precisa no extraviarse ante los cantos de sirena que tras el telón entonan las clases sociales dominantes; ni recurrir a los desgastados mecanismos e instituciones tradicionales. Desdogmatizar a la izquierda es el paso más provechoso, verdadero reto para la inteligencia del país. Desuribizar a Colombia, a la universidad y los oportunistas cómplices que medran tras una burocracia académica es tarea complementaria de la nueva inteligencia nacional, así ella deba padecer insultos, incomprensiones y persecuciones propias de toda nueva forma de resistencia creativa.

Se hace un honor, social y político, exigirles a las farc que tengan ideas, en un país donde todos tienen sólo intereses, compromisos, ocupaciones importantísimas y grandes negociados. Eso quiere decir que alguien debe [contribuir a] pensar dignamente por todos. Entonces, eso es lo que estamos empezando a realizar.

En un final, no estime como animadversión personal estas palabras sobre el ex presidente Uribe. Son críticas a un gobierno que juzgo políticamente deplorable. Nunca he visto a este mandatario ni he tenido la sensación de estrecharle la mano. Él, por su parte, tampoco sabe de mi existencia. Esto, considerándolo en forma conjetural, me ha salvado la vida. […] como soy creyente, rezo todos los días sobre el Tratado de la tolerancia, del amigo de la humanidad, Voltaire, para que el inquisitorial señor de los tormentos no vuelva a hospedarse en la residencia presidencial, porque de ahí no lo sacan ni muerto, en la próxima ocasión, ni en las próximas generaciones por derecho monárquico de sucesión.

Señor Gómez Barrero: entienda usted esta carta, si desea, como un acto de terrorismo intelectual y acérquese a cualquier fiscalía política para denunciar el atentado en su ego empresarial. Le solicito que no se tome la molestia de contestarme o, si lo hace, sepa de antemano que no recibirá a su turno respuesta mía. Tengo demasiado por hacer. Estoy en la fase final de semestre y me abruman las tareas docentes. […]

Reciba un atento saludo,
 
Juan Guillermo Gómez García

*    La carta en su contenido textual se puede consultar en www.desdeabajo.info, sección "Para compatir". Todos los paréntesis rectangulares, así […] o con su contenido [xxx], son de la Edición. De igual manera la numeración.
1    En esto, estamos, en principio, de acuerdo. Nada que preocupe o que llame a mayor alarma que el estado en que se encuentran los millones de niños que se educan en el país como nada que genere mayores dolores de cabeza que las condiciones materiales y espirituales en que se desarrolla la actividad docente y educativa
2    El autor escribe “FARCs”. En esta referencia y las demás, la edición del periódico mantendrá minúsculas.
3    Ahora, sin embargo, a alguno de sus íntimos le dio la lobería de inflar su ego con lecturas a medias. Se creyó un doctrinante político. Este seudo-Carl Schmitt predicó un “decisionismo de poncho y carriel” que fue otra nota folclórica de la Casa de Nariño. Casi nadie advirtió la novedad provinciana. Esta doctrina jurídica, antijurídica en el fondo, fue amago de doctrina y no pasó de ser un chiste hermético que tuvo otra virtud muy equívoca: reclutó, este ex leninista, a otros ex lenisnistas –usted puede caer en la cuenta de que nada se semeja más al estalinismo, en su forma de argumentar que la escolástica, y que los métodos de poder de los leninistas, están copiados como de la Compañía de Jesús para pobres– y los puso a funcionar en la Universidad. ¡Usted no imagina a estos tipos con ganas de quedarse con decanaturas y rectorías: es la quinta columna del uribismo, adobado de seudocalrsmittismo (no han leído siquiera estos tipos a Donoso Cortés): unos sujetos resentidos, que, frustrados de no poder tomarse el Palacio de Invierno, como fue su sueño de adolescencia fanática, ahora quieren quedarse con nuestra educación superior! Esta gente quiere vengar sus orígenes con actos demostrativos de fidelidad al régimen de derecha; ocultar su patanería con lecturas oportunistas y malintencionadas. Trepar es el verbo que más se parece a vengar o vengarse de sí mismos, de su pasado oscuro, que reprimen y con el cual no se concilian.
4    Puede ser obra de caridad anticiparle, por vía de plomo, la muerte, al paciente, que en todo caso no le iban a despachar esta droga en el centro de urgencias; además, puede ser de medida higiénica, midiendo el sistema de salud, para que no se propague “en el parche”. Hay más opciones, seguro.
5    Usted pudiera coincidir conmigo en que la charlotada de Uribe en su finquita de Rionegro (tiene fincas esta nueva Mamagrande en cada municipio y vereda de Colombia, por lo demás, él, su mujer y sus intocables hijitos), frente a la elegante mujer y culta pianista Condoleezza Rice, de paso por Colombia como Secretaria de Estado de Bush, fue vergonzoso. Esto explica el trato de malabarista chino o, peor, que reciben nuestros dignatarios en Washington o Bruselas.


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