Jueves, 17 Abril 2008 19:00

La comida es cosa seria

Escrito por Álvaro Sanabria Duque
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Y la curiosidad surge de que, habiéndose caracterizado el FMI por provocar verdaderas hecatombes sociales en los países del Tercer Mundo con sus llamados Programas de Ajuste Estructural, se muestre ahora tan sensible a unos disturbios que considera extensibles a más naciones. Se puede pensar que de lo que se trata es de salvar la cara y dar una imagen más amable de unas instituciones altamente impopulares y sin legitimidad alguna. Sin embargo, no podemos entender si se trata tan solo de un asunto de maquillaje, sin mirar si ese problema de los precios es de carácter coyuntural o estructural.

 

Lo primero que se debe tener en cuenta es que, como lo sostiene Jacques Diouf, director de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la mayoría de los expertos considera que tales precios nos acompañarán por un buen tiempo, lo cual, en plata blanca, significará que estamos hablando de un problema estructural.

 

Ahora bien, entre las razones que se esgrimen para explicar ese hecho, tenemos el alza sistemática de la demanda mundial de alimentos por efecto de un consumo creciente en algunos países de muy reciente industrialización, como China e India que, además, soportan las dos mayores poblaciones mundiales (entre los dos deben sumar alrededor de 2.300 millones de habitantes). De otro lado, se considera que la demanda de productos agrícolas para agrocombustibles agrava el problema en razón de que la respuesta de la oferta no es suficientemente oportuna, fuera de que, al considerárseles sustitutos energéticos, a los precios de los productos agrícolas se les suma un factor especulativo con el que antes no se contaba.

 

Sea como fuere, lo cierto es que desde 2005 hasta hoy el precio de los alimentos básicos ha aumentado poco más del 80 por ciento, destacándose el caso del arroz, cuyo referente en el mundo, el arroz thai, superó la barrera de los 500 dólares-tonelada, cifra que no se alcanzaba desde hace 20 años. En Estados Unidos, cuarto productor mundial de arroz, la tonelada superó los 400 dólares-tonelada, duplicándose su precio en el último año. El trigo y la soja sobrepasaban, en Estados Unidos, los 500 dólares-tonelada, siendo para el trigo precio récord en las tres últimas décadas. El maíz también alcanzaba en abril su máximo precio histórico, al superar los 241 dólares-tonelada.

 

Estos hechos van aparejados con los máximos históricos de los precios del petróleo (el 9 de abril se rebasaron los 112 dólares-barril) y la debilidad del dólar, que ha llegado a estar cerca de 1,60 frente al euro. Y sucede que unas y otras cosas están más relacionadas de lo que normalmente estamos inclinados a pensar, pues para nadie es un secreto que ciertos niveles críticos de inflación son indicativos de una pérdida absoluta de confianza en la moneda que, en tales casos, va asociada a excesos de circulante. La inflación del precio de los alimentos y materias primas en el mundo, independientemente de que los factores arriba señalados jueguen un papel, debe mirarse entonces, dado su nivel, desde esta perspectiva. En ese sentido, la creciente deuda usamericana se convierte en el primer generador de circulante en el mundo, estableciéndose una relación entre el déficit de la balanza comercial de Estados Unidos y los niveles de precios de las materias primas en el mercado internacional, creándose un círculo vicioso en el que a más deuda más inflación, y a más inflación más deuda.

 

Pero el análisis del fenómeno tampoco puede limitarse a una explicación puramente monetaria, pues hay otros factores estructurales que acaban de complicar las cosas. Los descubrimientos de petróleo comienzan a ser inferiores a los aumentos de la demanda, con lo que se prevé que en un período relativamente corto se inicie la fase de regresión de las reservas, lo cual conducirá en el mediano y el largo plazo a que el precio, más allá de factores especulativos, asuma comportamientos permanentes al alza.

 

Este hecho terminará jalonando un comportamiento similar en los precios de los productos agrícolas, dada la estrecha relación entre la producción agropecuaria y la industria del petróleo, como prueba de lo cual basta recordar que un kilogramo de abono nitrogenado requiere 1,8 litros de combustible fósil para su producción. A esto se debe sumar que en la actualidad, para ser consumidos, la mayoría de productos agrícolas transitan enormes distancias, cuya parte fundamental del costo también puede medirse en litros de combustible. Eso, sin tener en cuenta que, en el embalaje, la mayoría de los insumos (cajas, bolsas plásticas, etcétera) proviene de la industria petroquímica.

 

De otro lado, como se sabe, la fase monopolística del capital se consolidó con el uso masivo y sistemático de petróleo como fuente energética y materia prima básica de la producción de bienes de consumo fundamentales (desde mediados del siglo XX, el vestuario, con la producción masiva de polímeros, también entra a depender del petróleo), por lo cual cuesta creer que una crisis cuyo eje central parece depender en gran medida del descubrimiento, por parte del capital, de que dicho recurso es finito, sea una crisis más. Se olvida a menudo que el alza de los precios del petróleo en los 70, y la crisis concomitante del momento, no fueron ajenos a que Estados Unidos alcanzara para la época el punto de inflexión de su producción de petróleo, comenzando su fase de declinación que hoy continúa. Es decir, que el Pico de Hubbert (aunque en un solo país) ya tuvo sus efectos sobre la economía mundial, lo que sólo fue posible paliar con la ruptura de la convertibilidad del dólar y la diversificación de las importaciones de petróleo por parte de Estados Unidos.

 

Por tanto, tomar conciencia de la relación precio del petróleo-precio de los productos agrícolas implica revalorizar conceptos como el de rendimientos decrecientes, que fue expulsado del acervo teórico por la creencia en un progreso indefinido y en un mundo ilimitado. Hoy debe entenderse que dedicar la tierra a la producción de materia prima para agrocombustibles es un exabrupto, no sólo por las implicaciones sobre el precio de los alimentos sino asimismo porque amenaza el suministro de otros recursos básicos como el agua. En la actualidad, la agricultura en gran escala consume entre el 65 y el 70 por ciento de toda el agua demandada en el planeta, lo que significa que aumentar la cantidad de tierras arables para la producción de etanol es lo mismo que privar de agua a un número creciente de seres humanos. Se estima que en 25 años, de continuar la lógica económica actual, dos tercios de la población no tendrán acceso adecuado al suministro de agua dulce. También debe tenerse en cuenta que para la producción de un kilogramo de cereal se requiere un metro cúbico de agua, y que la destilación y fermentación de un litro de etanol demanda entre 30 y 37 litros de agua. Esto lleva a concluir que los pobres del mundo son el sector más amenazado.

 

El problema no es ni mucho menos ajeno a nosotros, y no sólo porque nuestra oferta de alimentos tiene un alto componente importado sino también porque la racionalidad de la agricultura nacional se asienta sobre los mismos principios productivos. Y, para completar el cuadro, el gobierno de Uribe se empeña en llevarnos a producir etanol en gran escala (basado en palma africana y caña de azúcar), con lo que nos exponemos a los efectos antes señalados (para no hacernos extensos, no hemos entrado en los impactos ambientales, que van desde el aumento del óxido nitroso, derivado del uso de los abonos, y que tiene un efecto 230 veces mayor que el CO2, hasta la desertización y la tala de bosques), reforzamos la estructura latifundista en el agro y terminamos de atar al país con un modelo agrario-exportador que, por sus connotaciones sobre la tenencia de la tierra, ha demostrado históricamente que es inseparable de un proceso de acumulación basado en la violencia. Quizá la peor herencia histórica de este gobierno no vaya a ser el aislamiento de la comunidad internacional ni la desinstitucionalización extrema sino la condena al predominio de una clase rural con lógicas decimonónicas y sentimientos feudales (cuyos símbolos son el caballo y el sombrero vueltiao), con los cuales se nos quiere regresar a las épocas del señorío.

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